Los derechos de la naturaleza y de la Tierra 

Ha costado mucha lucha el reconocimiento pleno de los derechos de las mujeres, de los indígenas, de los negros, así como ahora está exigiendo mucho esfuerzo el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y de la Madre Tierra, formada por el conjunto de todos los ecosistemas. 

Con la irrupción de la Covid-19 y el aumento de los eventos extremos, la naturaleza y la Tierra han entrado en el radar de las preocupaciones humanas. El hecho es que nos encontramos dentro de la sexta extinción en masa, agravada por el antropoceno y por el necroceno de los últimos decenios. Por eso, se impone otro tipo de relación con la naturaleza. y con la Tierra, nuestra Casa Común, para que mantengan su biocapacidad. 

Eso solo ocurrirá si rehacemos el contrato natural con la Tierra y si consideramos que todos los seres vivos, portadores del mismo código genético de base (los mismos 20 aminoácidos y las 4 bases fosfatadas), forman la gran comunidad de vida como lo entiende la Carta de la Tierra. Esta afirma taxativamente que todos ellos tienen valor intrínseco, independiente del uso que hagamos de ellos, y por eso merecen respeto y son sujetos de dignidad y de derechos. Repetidamente en su encíclica ecológica Laudato Si el Papa Francisco recalca que “cada criatura tiene un valor y un significado propio” (n.76). 

Todo contrato se hace a partir de una reciprocidad, del intercambio y reconocimiento de derechos de cada una de las partes. De la Tierra recibimos todo: la vida y los medios de vida. En correspondencia tenemos un deber de gratitud, de retribución y de cuidado. Pero hace mucho que nosotros rompimos ese contrato natural. Hemos sometido a la Madre Tierra a una verdadera guerra, en el afán de arrancarle, sin ninguna consideración, todo lo que nos parecía útil para nuestro uso y disfrute.  

Si no restablecemos ese lazo de mutualidad duradera, ella puede eventualmente no querernos más sobre su faz. Por eso la sostenibilidad aquí es esencial, por ser la base de una reedición del contrato natural.  

El Presidente de Bolivia, el indígena aymara Evo Morales Ayma, en su alocución en la ONU el 22 de abril de 2009, al discutir si el día 22 de abril seguiría siendo el Día de la Tierra o si debería ser el Día de la Madre Tierra, enumeró algunos de esos derechos: 

“Derecho a la vida y a existir; 

Derecho a ser respetada; 

Derecho a regenerar su biocapacidad y a continuar sus ciclos y procesos vitales libre de las alteraciones humanas; 

Derecho a mantener su identidad e integridad como seres diferenciados, autorregulados e interrelacionados; 

Derecho al agua como fuente de vida; 

Derecho al aire limpio; 

Derecho a la salud integral; 

Derecho a estar libre de contaminación, polución y residuos tóxicos o radioactivos; 

Derecho a no ser alterada genéticamente ni modificada en su estructura, amenazando así su integridad o funcionamiento vital y saludable; 

Derecho a una plena y pronta restauración después de violaciones a los derechos reconocidos en esta Declaración y causadas por las actividades humanas”. 

Su propuesta fue acogida unánimemente por la Asamblea de los Pueblos.  

Del 19 al 23 de abril de 2009 se celebró en Cochabamba, convocada por Evo Morales, la Cúpula de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, en la cual yo estuve presente con el encargo de fundamentar teóricamente tales derechos. De ahí surgió la Carta de los Derechos de la Madre Tierra con los puntos afirmados por él en la ONU,  

Esta visión permite renovar el contrato natural con la Tierra que, articulado con el contrato social entre los ciudadanos, acabará por reforzar la sostenibilidad planetaria y garantizar los derechos de la naturaleza y de la Tierra. 

Hoy sabemos por la nueva cosmología que todos los seres poseen no solo masa y energía. También son portadores de información, que resulta de las permanentes interacciones entre sí y que va creciendo hasta irrumpir como autoconciencia. Tal hecho implica niveles de subjetividad y de historia. Aquí reside la base científica que justifica la ampliación de la personalidad jurídica a la Tierra viva. 

Desde los años 70 del siglo pasado, como hipótesis, y a partir de 2002 como teoría científica se acogió la visión de que la Tierra es un SuperEnte vivo que se comporta sistémicamente, articulando los factores físicoquímicos y ecológicos de tal forma que continúa siempre viva y productora de vida. 

Al afirmar que es un SuperEnte vivo, le corresponde la dignidad y el respeto que toda vida merece. Cada vez crece más la clara conciencia de que todo lo que existe merece existir y todo lo que vive merece vivir. Y a nosotros nos toca acoger su existencia, defenderla y garantizarle las condiciones para continuarr evolucionando. 

Además nadie duda de que el ser humano es sujeto de derechos inalienables y goza de subjetividad y de historia. Pues bien, este ser humano, como sostienen muchos cosmólogos y antropólogos, es la Tierra misma que en un momento avanzado de su complejidad empezó a sentir, a pensar, a amar y a cuidar. Esos derechos humanos, por el hecho de ser nosotros Tierra, deben ser atribuidos también a la Tierra. Los modernos la llamaron Gaia, los antiguos Gran Madre y los andinos, Pacha Mama. 

 Esta subjetividad posee historia, es decir, se encuentra dentro del inmenso proceso cosmogénico haciendo que la Tierra viva, a través de los seres humanos, se vea a sí misma, contemple el universo y represente el estadio más avanzado del cosmos conocido hasta ahora. 

Michel Serres, filósofo francés de las ciencias, afirmó con propiedad: «La Declaración de los Derechos del Hombre tuvo el mérito de decir “todos los hombres tienen derechos” y el defecto de pensar “solo los hombres tienen derechos”». 

Ha costado mucha lucha el reconocimiento pleno de los derechos de las mujeres, de los indígenas, de los negros, así como ahora está exigiendo mucho esfuerzo el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y de la Madre Tierra, formada por el conjunto de todos los ecosistemas. 

Por causa de su imbricación mutua, Tierra y Humanidad tienen el mismo destino. Toca a nosotros, su porción consciente y sus cuidadores, hacer que este destino común tenga éxito a condición de respetar la dignidad y los derechos de la Madre Tierra. 

Leonardo Boff ha escrito: Dignidad de la Tierra: ecología, grito de la Tierra-grito de los pobres, Vozes 1999/2015. 

Ante el futuro, desencanto o esperanzar

Leonardo Boff

Estamos en pleno 2021, año que no ha acabado porque la Covid-19 ha anulado la cuenta del tiempo al continuar su obra letal. El 2022 no puede ser inaugurado todavía. El hecho es que el virus ha puesto de rodillas a todos los poderes, especialmente a los militaristas, pues su arsenal de muerte se ha hecho totalmente ineficaz.

No obstante, el genio del capitalismo, a propósito de la pandemia, hizo que la clase capitalista transnacional se reestructurase mediante el Great Reset (el Gran Reinicio), expandiendo la reciente economía digital mediante la integración de los gigantes: Microsoft, Facebook, Apple, Amazon, Google, Zoom y otros con el complejo militar-industrial-de seguridad. Tal evento representa la formación de un poder inmenso, nunca antes habido. Notemos que se trata de un poder económico de naturaleza capitalista y que por lo tanto realiza su propósito esencial de maximización de los lucros de forma ilimitada, explotando sin consideración a los seres humanos y a la naturaleza.

La consecuencia de esta radicalización del capitalismo confirma lo que un sociólogo de la universidad de California-Santa Bárbara, William I. Robinson bien ha observado en un artículo reciente (ALAI 20/12/2021): “A medida que el mundo se vaya librando de la pandemia, habrá más desigualdad, conflictos, militarismo y autoritarismo, y en esta misma medida aumentarán las convulsiones sociales y los conflictos civiles. Los grupos dominantes se empeñarán en expandir el estado policial global para contener a los descontentos en masa, venidos de abajo”. En efecto, se utilizará la inteligencia artificial con sus billones de algoritmos para controlar a cada persona y a la sociedad entera. ¿Ese poder brutal adónde llevará a la humanidad?

Sabiendo de la lógica inexorable del sistema capitalista, Max Weber, uno de los que mejor la analizaron críticamente, afirmó un poco antes de morir: “Lo que nos espera no es el florecimiento del otoño, nos espera una noche polar, gélida, sombría y ardua (Le Savant et le Politique, Paris 1990, p. 194). Acuñó la fuerte expresión que apunta al corazón del capitalismo: él es una “jaula de hierro”(Stahlartes Gehäuse) que no consigue romper y, por eso, nos puede llevar a una gran catástrofe (cf. el pertinente análisis de M.Löwy, La jaula de hierro: Max Weber y el marxismo weberiano, México 2017). Esta opinión es compartida por grandes nombres como Thomas Mann, Oswald Spengler, Ferdinand Tönnies, Eric Hobsbawn, entre otros. Varios modelos de sociedad-mundo están siendo discutidos para la pos-pandemia. Los más importantes, además del Great Reset de los multibillonarios, son: el capitalismo verde, el ecosocialismo, el bien vivir y convivir de los andinos, la biocivilización, de varios grupos y del Papa Francisco entre otros. No cabe aquí detallar tales proyectos, cosa que hice en el libro Covid-19: La Madre Tierra contraataca a la Humanidad ( Vozes 2020). Solamente diría: o cambiamos de paradigma de producción, de consumo, de convivencia y, especialmente, de relación con la naturaleza, con respeto y cuidado, sintiéndonos parte de ella y no sobre ella como dueños y señores, o se realizará el pronóstico de Max Weber: de 2030 hasta 2050 como máximo podremos conocer un armagedón ecológico-social extremadamente dañino para la vida y para la Tierra.

En este sentido, mi sentimiento del mundo me dice que quien irá a destruir el orden del capital, con su economía, política y cultura, no será ningún movimiento o escuela de pensamiento crítico. Será la propia Tierra, planeta limitado que ya no soporta un proyecto de crecimiento ilimitado. El visible cambio climático, objeto de discusión y de toma de decisiones (prácticamente ninguna) de las últimas COPs de la ONU, el agotamiento creciente de los bienes y servicios naturales fundamentales para la vida (The Earth Overshoot) y la amenaza de ruptura de los principales nueve límites planetarios, que no pueden ser rotos sino al precio del colapso de la civilización, son algunos indicadores de una tragedia inminente.

Un número significativo de especialistas en clima afirman que llegamos demasiado tarde. Con lo ya acumulado de gases de efecto invernadero no podremos contener la catástrofe, podremos solamente con ciencia y tecnología disminuir sus efectos desastrosos. Pero la gran crisis irreversible vendrá. Por eso se han vuelto escépticos y hasta tecnofatalistas.

¿Seremos pesimistas resignados o adeptos, en el sentido de Nietzsche, a la “resignación heroica”? Estimo, como decía un presocrático, que debemos esperar lo inesperado, pues si no lo esperamos cuando llegue no lo percibiremos. Lo inesperado puede ocurrir dentro de la perspectiva cuántica: el sufrimiento actual a causa de la crisis sistémica no será en vano; está acumulando energías beneficiosas que, al alcanzar cierto nivel de complejidad y de acumulación, darán un salto hacia otro orden más alto con un nuevo horizonte de esperanza para la vida y para el planeta vivo, Gaia, la Madre Tierra. Paulo Freire acuñó la expresión esperanzar: no quedarnos esperando que la situación mejore algún día sino crear las condiciones para que la esperanza no sea vana, sino que con nuestro empeño la hagamos efectiva.

Creo que, con nuestra participación, ese salto podrá ocurrir y estaría dentro de las posibilidades de la historia del universo y de la Tierra: del actual caos destructivo podemos pasar a un caos generativo de un nuevo modo de ser y de habitar el planeta Tierra.

En esto creo y espero, reforzado por la palabra de la Revelación que afirma: “Dios creó todas las cosas por amor porque es el apasionado amante de la vida” (Sabiduría 11,26). Él no permitirá que terminemos trágicamente así. Todavía viviremos bajo la luz benevolente del sol.


*Leonardo Boff, ecoteólogo, filósofo y escritor, ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amistad social, Vozes 2021; Habitar la Tierra:¿cuál es el camino para la fraternidad universal?, Vozes 2021

El fascismo y la política de odio

Pasos para derrotar el fascismo y la política de odio

Leonardo Boff

Boff

Este artículo está dedicado a los que luchan por la democracia herida y para recuperar la nación devastada.
Fuerzas políticas, enemigas de la vida, se aliaron al Coronavirus y están favoreciendo la muerte de más de 600 mil vidas. Su objetivo consiste en conducirnos a los tiempos pre-modernos, desmantelando nuestra cultura y nuestra ciencia, suprimiendo derechos laborales y de seguridad social, difundiendo mentiras, odio cobarde a los pobres, a los indígenas, a los quilombolas, a los afrodescendientes, a los homoafectivos y a los LGBTI.

Ideológicamente tales fuerzas son ultraconservadoras con tintes nítidamente fascistas. Han ascendido al más alto poder de la república. El representante principal de estas fuerzas quiere, por todos los medios, incluso desafiando la ley, reelegirse. Como parlamentario magnificó torturadores y defendió dictaduras. Como jefe de estado fue permisivo con las grandes quemas de la selva amazónica, con los madereros y con la penetración de las empresas mineras y del garimpo (minería informal), inclusive en tierras indígenas. Cometió crímenes contra la humanidad por su negacionismo en relación con las inmunizaciones contra la Covid-19 y se mostró insensible y sin ninguna empatía ante el sufrimiento de los miles de familias enlutadas y los millones de desempleados y hambrientos.

Lamentablemente tenemos que constatar la fragilidad, hasta la omisión, de nuestras instituciones oficiales o jurídicas y la baja intensidad de nuestra democracia. Poco o nada se ha hecho para alejar a esta figura siniestra, autoritaria y fascistoide. No les está permitido presenciar impasibles el desgarro poblacional, cultural, político y espiritual de nuestro país.

Frente a esta tragedia histórica, necesitamos frenar por la vía electoral esta pulsión de muerte, presente en el poder ejecutivo y en sus auxiliares. Se impone infligir una derrota electoral aplastante a quien se ha mostrado insano, indigno, malévolo e incapaz de gobernar al pueblo brasilero. Él merece ser barrido legalmente de la escena política y pagar por sus crímenes, para que por fin podamos vivir con un mínimo de desarrollo justo y sostenible, con paz social, con franca alegría y con felicidad colectiva.

Para concretar esta diligencia política y ética, dentro de los límites de la Constitución del orden democrático de derecho, es importante a mi modo de ver recorrer los siguientes pasos:

Primero, garantizar, si es posible ya en la primera vuelta, la victoria para presidente de alguien con carisma, con la confianza de las grandes mayorías y con capacidad de sacarnos del pozo oscuro al cual hemos sido lanzados. Él ya mostró anteriormente que es capaz de realizar esta redención. No es necesario revelar su nombre pues ya despuntó en los sondeos electorales.

Segundo, no basta elegir un presidente con tales características. Es fundamental garantizarle un grupo parlamentario numeroso para que el presidencialismo de coalición no comprometa los ideales y propósitos presentes en los orígenes y recuperables, como la opción por políticas sociales que atiendan a las grandes mayorías empobrecidas y oprimidas, con transparencia, con la ética de la solidaridad a partir de los más vulnerables y con soberanía activa y altiva. Igualmente es importante garantizar la elección de gobernadores y, a su tiempo, de alcaldes y concejales que en las regiones y en la base apoyen al gobierno central con sentido de justicia social y de cuidado de la vida del pueblo y de la naturaleza.

Tercero, – el más importante – reforzar y, donde sea preciso, retomar el trabajo de base organizando comités populares de todo tipo para que participen y se articulen con las organizaciones ya existentes como la de salud, de educación, de igualdad de género y otras, creando conciencia ciudadana. No basta garantizar la inserción en el sistema vigente, perverso y antipopular, sino crear conciencia de cambio, que apunte hacia otro tipo de sociedad con democracia participativa, ecológica y social.

Este trabajo de base es imperativo si queremos crear las condiciones para una transformación que viene de abajo y crear movimientos progresistas y libertarios que traducen los sueños en prácticas viables y cotidianas. Es a ras del suelo donde empieza a ensayarse lo nuevo y se alimenta la energía necesaria para continuar la refundación de un nuevo Brasil, contra la prolongación de la dependencia histórica, contra la baja autoestima, presente en las élites del atraso, y contra el oligopolio de los medios de comunicación, brazo ideológico de la clase dominante, heredera de la Casa Grande.

Estamos convencidos de que este sufrido caos destructivo va a pasar y será transformado en un caos generativo prometedor de un nuevo orden, más alto, más justo, fraterno y cuidador de toda la vida, en fin, de un Brasil en el cual tendremos alegría de vivir y convivir, donde será más fácil la amorosidad y la jovialidad que caracterizan lo mejor de nosotros mismos.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor y ha escrito: Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia, Vozes 2018.

Los Herodes de ayer y de hoy

Leonardo Boff

Los relatos ancestrales sobre el “Divus Puer” (el Niño Divino) adquieren siempre nuevos significados según van cambiando los tiempos y los contextos históricos. Nosotros los leemos e interpretamos con los ojos de hoy, en el contexto de una situación sombría, marcada por la muerte de millones personas en todo el mundo, y de muchos miles entre nosotros causada por el ataque traicionero de un virus letal. Descubrimos similitudes y pocas diferencias entre la Navidad de entonces y la de hoy. A decir verdad, en una lectura simbólica, estamos tratando con algo que afecta a todos os humanos.

Por un lado, tenemos a José y a María, su esposa, embarazada de nueve meses. Vienen de Nazaret, del norte de Palestina, a Belén. Son pobres como la mayoría de los artesanos y campesinos mediterráneos. A las puertas de Belén, María se pone de parto: se sujeta el vientre pues el largo viaje ha acelerado el proceso. Llaman a la puerta de un hospedaje. Oyen lo que oyen siempre los pobres en la historia: “no hay lugar para ustedes en la posada” (Lc 2,7).

Bajan la cabeza y se alejan preocupados. ¿Cómo va a dar a luz? En el vecindario solo quedaba un establo de animales. Allí hay un pesebre con pajas, un buey y una mula que extrañamente permanecen quietos observando. Ella da a luz a un niño entre los animales. Hace frío. Lo envuelve en pañales y lo acuesta entre las pajas. Llora fuerte como todos los recién nacidos.vienen de todas partes: “quiero la vida de mis hijos e hijas; quiero que los vacunen; quiero que vacunen a mis nietos y nietas”.

Como el faraón, ha endurecido su corazón y alimenta el propósito del Herodes del tiempo del Niño. Pero habrá siempre una estrella, como la de Belén, para iluminar nuestro camino. Por más perverso que sea nuestro Herodes no puede impedir que nazca cada mañana trayéndonos esperanza el sol, aquel que fue llamado “El Sol de la Esperanza”.

Hay pastores que velan de noche, vigilando su rebaño. Son considerados impuros y despreciados por eso, por estar cerca de los animales y sus excrementos. Sorprendentemente, una luz los envolvió y escucharon desde lo Alto una voz anunciándoles: ”no temáis os anuncio una gran alegría para todo el pueblo; acaba de nacer el Salvador; esta es la señal: encontraréis un niño, envuelto en pañales, acostado en un pesebre”. Al ponerse presurosos en camino oyeron un armonioso cántico, de muchas voces, que venía de lo Alto: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres amados por Dios” (Lc 2,8-18). Cuando llegaron, se confirmó todo lo que se les había anunciado: allí está un niñito, titiritando, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, en compañía de animales.

Algún tiempo después, vienen bajando por el camino tres sabios de Oriente. Sabían interpretar las estrellas. Llegan. Se extasían ante lo misterioso de la situación. Identifican en el niño a aquel que iría a sanar la existencia humana herida. Se inclinan, reverentes, y dejan presentes simbólicos. Con el corazón ligero y maravillados, toman el camino de vuelta evitando la ciudad de Jerusalén, pues allí reinaba una persona terriblemente belicosa.

Lección: Dios entró en el mundo, en la noche oscura, sin que lo supiese nadie. No hay pompa ni gloria, que imaginaríamos adecuadas a un niño que es Dios. Prefirió nacer fuera de la ciudad, entre animales. No salió en la crónica de la época, ni en la de Jerusalén ni mucho menos en la de Roma. Sin embargo, ahí está Aquel que el universo estaba gestando dentro de sí desde hacía miles de millones de años, aquella “luz verdadera que ilumina a cada persona que viene a este mundo” (Jn 1,10).

Debemos respetar y amar la forma como Dios quiso entrar en este mundo: anónimo, como anónimos son las grandes mayorías pobres y menospreciadas de la humanidad. Quiso empezar desde abajo para no dejar a nadie fuera. La situación humillada y ofendida de ellos fue la que el mismo Dios quiso hacer suya.

Pero hay también sabios y hombres estudiosos de las estrellas del universo, que captan por detrás de las apariencias el misterio de todas las cosas. Vislumbran en este niño que titirita de frío, moja los pañales y busca hambriento el pecho de su madre, el Sentido Supremo de nuestro caminar y del propio universo. Para ellos también es Navidad.

Es verdad lo que se dice: “Todo niño quiere ser hombre. Todo hombre quiere ser rey. Todo rey quiere ser Dios. Sólo Dios quiso ser niño”.

Este es el lado gozoso: un rayo de luz en medio de la noche oscura. Un poco de luz tiene más fuerza que todas las tinieblas. De ahí nos viene la salvación, una revolución dentro de la evolución que, de forma anticipada, llegó a su plenitud. En fin…

Pero hay otro lado, sombrío y también trágico. Hay un Herodes que se siente amenazado en su poder de soberano por la presencia de este niño. José, atento, pronto se da cuenta de que quiere matar al niño. Huye hacia Egipto con María y el niño en su regazo, que duerme, busca el pecho y vuelve a dormir.

Herodes es sanguinario. Para estar seguro mandó matar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores. Así el niño Jesús no escaparía. Entonces se oyó uno de los lamentos más conmovedores de todas las Escrituras: “En Ramá se oyó una voz, mucho llanto y sollozos: es Raquel que llora a sus hijos asesinados y no quiere ser consolada porque los perdió para siempre” (Mt 2,18).

Los Herodes se perpetúan en la historia. Entre nosotros tenemos uno que no ama la vida, que se burla del virus, que no se compadece de las lágrimas y el llanto de miles de familias que perdieron hijos, hermanos, parientes y amigos. No se sienten consoladas mientras no se haga justicia. Niega protección de la vacuna a niños y jóvenes entre 5 y 11 años. Ellos pueden contagiarse, contagiar e incluso morir. No quiere porque no quiere, a contracorriente de la ciencia y de los países que están vacunando a sus niños. Se acostumbró al negacionismo, parece haber hecho un pacto con el virus. Se oyen voces de padres y abuelos que vienen de todas partes: “quiero la vida de mis hijos e hijas; quiero que los vacunen; quiero que vacunen a mis nietos y nietas”.

Como el faraón, ha endurecido su corazón y alimenta el propósito del Herodes del tiempo del Niño. Pero habrá siempre una estrella, como la de Belén, para iluminar nuestro camino. Por más perverso que sea nuestro Herodes no puede impedir que nazca cada mañana trayéndonos esperanza el sol, aquel que fue llamado “El Sol de la Esperanza”.

Es una alegría inaudita: nuestra humanidad, pobre y mortal, a partir de Navidad comenzó a pertenecer al propio Dios. Por eso algo nuestro ha sido ya eternizado por el Niño Divino, que nos garantiza que los Herodes de la muerte jamás triunfarán.

Feliz Navidad a todos con mucha luz y discreta alegría.

Iglesia: carisma y poder, 40 años

Leonardo Boff 

El Centro de Estudios Bíblicos (CEBI) de Sergipe organizó del 25 al 28 de octubre una serie de charlas sobre el libro Iglesia: carisma y poder, que celebra 40 años desde su publicación en 1981. El CEBI es una organización nacional de grupos populares y ecuménicos que estudian la Biblia en profundidad, como inspiración de prácticas innovadoras dentro de la Iglesia y también libertarias en la sociedad. El propósito era mostrar la actualidad de los temas tratados en el libro, que articulan la Iglesia con la sociedad y los modelos de Iglesia vigentes. 

Este libro fue enjuiciado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevando a su autor, a mí en este caso, a un verdadero proceso judicial. Este culminó en 1985 con una “notificación” y no un decreto condenatorio, prohibiendo la reedición del libro y la imposición al autor de un tiempo de “silencio obsequioso”. En ella no se hace ninguna condenación doctrinal, solo se dice como conclusión: “Esta Congregación se siente en la obligación de declarar que las opciones aquí analizadas de Fray Leonardo Boff son de tal naturaleza que ponen en peligro la sana doctrina de la fe, que esta Congregación tiene el deber de promover y tutelar”. 

Obsérvese que no se trata de doctrinas (campo de los dogmas) sino de “opciones” (campo de la moral) que pueden significar un “peligro”. Evitado ese peligro, no hay por qué no seguir adelante con las opciones que eran y siguen siendo: la centralidad de los pobres y de su liberación, el poder como servicio y no como centralización, y la constitución legítima de comunidades eclesiales de base, como una reinvención de la Iglesia en los medios populares (eclesiogénesis). 

Al leer todo el texto del Card. Joseph Ratzinger exponiendo los tales “peligros” se nota un error de lectura. Se leyó no Iglesia: carisma y poder, sino Iglesia: carisma o poder. Esta alternativa no se encuentra en ninguna página del libro, que afirma la legitimidad de un poder en la Iglesia junto con el carisma. 

Seguramente el punto central que la Congregación vio como “peligro” fue la confrontación entre un modelo de Iglesia, sociedad jerarquizada de poder sagrado y otro modelo de Iglesia, comunidad fraterna de iguales con funciones diferentes. El primer modelo, dominante, es el de la Iglesia-gran-institución compuesta de clérigos, portadores del poder sagrado, y de laicos y laicas sin ningún poder de decisión. Aquí surgen las desigualdades, especialmente cerrando las puertas del ministerio sacerdotal a las mujeres e imponiendo la ley del celibato obligatorio a todo el cuerpo clerical. El otro modelo es el de la Iglesia-red-de-comunidades, todos sujetos de poder sagrado, ejercido mediante funciones (carismas) diferentes. 

Ambos modelos se remiten al pasado de la Iglesia; el primero especialmente al evangelio de San Mateo, que confiere gran importancia a Pedro (Mt 16,18;18,16) que originará la centralización, llamada “cefalización” (todo se concentra en la cabeza). El segundo se refiere a las cartas de San Pablo, que hablan de una Iglesia comunidad de hermanos y hermanas, dotada de muchos carismas (funciones y servicios), especialmente en sus Cartas a los Corintios, a los Romanos y a los Efesios. Para San Pablo el carisma pertenece a la cotidianidad y significa simplemente funciones o servicios, todos animados por el Espíritu Santo y por Cristo resucitado, cabeza en la Iglesia y en el cosmos, lo que implica una descentralización del poder, presente en todos y todas. 

De manera resumida, el hecho histórico es el siguiente: Hasta el siglo IV la Iglesia era fundamentalmente una comunidad fraternal. Desde el momento en que el cristianismo fue declarado por el emperador Constantino (325) “religión lícita”, por Teodosio (391) “religión obligatoria” para todos, prohibiendo el paganismo, hasta culminar con el emperador Justiniano (529) transformando los preceptos cristianos en leyes civiles, se gestó entonces la Iglesia-gran-institución. De religión perseguida pasó a religión perseguidora de los paganos. Siendo “religión obligatoria”, todos tuvieron que asumir la fe cristiana, creando una Iglesia de masas, no por conversión sino por obligatoriedad bajo el miedo y la amenaza de muerte. 

Con la decadencia del imperio romano, el obispo de Roma León Magno (440-461) asumió el poder y el título de Papa (abreviación de pater patrum, padre de los padres), reservado hasta entonces a los emperadores. Junto al estilo imperial se asumieron también los palacios, el báculo, la estola, el manto (muceta) símbolo del poder monárquico, la púrpura y otros símbolos imperiales y paganos que perduran hasta el día de hoy. 

La Iglesia-gran-institución no pasó la prueba del poder. En ella se realizó lo que afirma Thomas Hobbes en el Leviatán (1615): “Señalo, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e impaciente deseo de poder y más poder que solo cesa con la muerte; la razón de eso reside en el hecho de que no se puede garantizar el poder sino buscando más poder todavía” (cap.X). Los Papas empiezan a acumular poder hasta llegar al Papa Gregorio VII con su Dictatus Papae (la dictadura del Papa), que proclama al Papa como señor absoluto sobre la Iglesia y sobre los emperadores o reyes. Ya no bastaba ser sucesor de Pedro. 

El Papa Inocencio III(+1216) se anunció como vicario de Cristo y finalmente Inocencio IV(+1254) se estableció como representante de Dios. Todavía hoy se atribuye al Papa, según el derecho canónico, un poder que parece pertenecer solamente a Dios. El Papa es portador de un poder sagrado “supremo, ordinario, pleno, inmediato y universal” (canon 331). A esto se añadió en 1869 la infalibilidad en asuntos de fe y moral. A más no se podría llegar. 

La consecuencia ha sido el surgimiento de una Iglesia-sociedad piramidal, monárquica, rígida y rigurosa, que en términos doctrinales de sus inquiridos, fue mi experiencia, no olvida nada, no perdona nada y exige todo. En este modelo de Iglesia se verifica lo que el psicoanalista C.G.Jung afirmaba: «Donde prevalece el poder no hay lugar para la ternura ni para el amor». 

Los únicos Papas que rompieron con esta tradición, celosa de su poder sagrado y monárquico, fue el Papa bueno Juan XXIII y explícitamente el Papa Francisco que, en sus primeras palabras, dijo gobernar la Iglesia en la caridad y no en el poder sagrado. Por eso pide a los pastores la “revolución de la ternura”. 

Frente a ese modelo, hoy en profunda crisis estructural, surgió otro modelo de Iglesia red-de-comunidades fraternas. En la historia de la Iglesia siempre ha existido, especialmente en las órdenes y congregaciones religiosas, aunque nunca consiguió ser hegemónico. Pero adquirió densidad en la amplia red de comunidades eclesiales de base, extendidas actualmente por todo el universo cristiano y ecuménico. En ellas el poder es servicio real, cotidiano y participado por todas las personas en la medida en que cada una tiene su lugar en la comunidad. 

Hay muchos servicios y funciones (carismas): quien reza, quien enseña, quien organiza la liturgia, quien visita a los enfermos, quien trabaja con los jóvenes, todos en pie de igualdad, según dice San Pablo (1Cor 7,7;12,29). Hay una función (carisma) singular que es la de crear unidad y cohesión en la comunidad haciendo que todos los servicios (carismas) confluyan al bien común: es el servicio de presidir la comunidad. Como tal, preside también la eucaristía, no como función exclusiva, sino simultánea con las demás. Su función no es concentrar sino coordinar. 

Este modelo traduce mejor el mensaje y el ejemplo del Jesús histórico que no quiso ningún poder y que estableció todo el poder como servicio y no como dominación (Mt 23,11). Este modelo se presenta como otra forma de organizar la herencia de Jesús, de gestar una Iglesia más conforme con su sueño de todos hermanos y hermanas (Mt 23,8). 

Este modelo comunional se presenta más adecuado a la verdadera evangelización, que significa encarnar el mensaje cristiano en las diferentes culturas, asimilando sus modos de ser. La Iglesia sería como un inmenso tapete de colores, hecho con un tejido inmenso de comunidades cristianas, diferentes en sus cuerpos, pero todas unidas en el mismo testimonio de la vida nueva traída por Jesús muerto y resucitado. Caminaría junto con el proceso de mundialización que lentamente construye la Casa Común, el mundo necesario, dentro del cual están los varios mundos culturales (asiático, africano, latino, indígena etc). Ahí estará la Iglesia-gran-institución, que seguramente pervivirá pero sin la hegemonía actual, y principalmente la red inmensa de comunidades cristianas diversas y unidas en el mismo testimonio del Resucitado y de su Espíritu, junto con otras iglesias y caminos espirituales al servicio unos de otros y de la única Casa Común que tenemos, la Madre Tierra. 

*Leonardo Boff ha escrito Iglesia: carisma y poder, Record, Rio de Janeiro 2005; Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record, Rio de Janeiro 2008; Francisco de Asís y Francisco de Roma: una nueva primavera en la Iglesia, Mar de Ideias, Rio de Janeiro 2015. 

Dos tipos de poder en la Iglesia

Leonardo Boff: «El enfrentamiento de dos tipos de poder en la Iglesia» 

Pedro y Pablo 

«El Centro de Estudios Bíblicos (CEBI) de Sergipe organizó del 25 al 28 de octubre una serie de charlas sobre el libro ‘Iglesia: carisma y poder'» 

«Este libro fue enjuiciado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevando a su autor, a mí en este caso, a un verdadero proceso judicial» 

«Seguramente el punto central que la Congregación vio como ‘peligro’ fue la confrontación entre un modelo de Iglesia, sociedad jerarquizada de poder sagrado y otro modelo de Iglesia, comunidad fraterna de iguales con funciones diferentes» 

«Frente a ese modelo, hoy en profunda crisis estructural, surgió otro modelo de Iglesia red-de-comunidades fraternas. adquirió densidad en la amplia red de comunidades eclesiales de base, extendidas actualmente por todo el universo cristiano y ecuménico» 

Por Leonardo Boff 

El Centro de Estudios Bíblicos (CEBI) de Sergipe organizó del 25 al 28 de octubre una serie de charlas sobre el libro ‘Iglesia: carisma y poder’, que celebra 40 años desde su publicación en 1981. El CEBI es una organización nacional de grupos populares y ecuménicos que estudian la Biblia en profundidad, como inspiración de prácticas innovadoras dentro de la Iglesia y también libertarias en la sociedad. El propósito era mostrar la actualidad de los temas tratados en el libro, que articulan la Iglesia con la sociedad y los modelos de Iglesia vigentes

Este libro fue enjuiciado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevando a su autor, a mí en este caso, a un verdadero proceso judicial. Este culminó en 1985 con una “notificación” y no un decreto condenatorio, prohibiendo la reedición del libro y la imposición al autor de un tiempo de “silencio obsequioso”. En ella no se hace ninguna condenación doctrinal, solo se dice como conclusión: 

“Esta Congregación se siente en la obligación de declarar que las opciones aquí analizadas de Fray Leonardo Boff son de tal naturaleza que ponen en peligro la sana doctrina de la fe, que esta Congregación tiene el deber de promover y tutelar”. 

Obsérvese que no se trata de doctrinas (campo de los dogmas) sino de “opciones” (campo de la moral)que pueden significar un “peligro”. Evitado ese peligro, no hay por qué no seguir adelante con las opciones que eran y siguen siendo: la centralidad de los pobres y de su liberación, el poder como servicio y no como centralización, y la constitución legítima de comunidades eclesiales de base, como una reinvención de la Iglesia en los medios populares (eclesiogénesis). 

Al leer todo el texto del Card. Joseph Ratzinger exponiendo los tales “peligros” se nota un error delectura. Se leyó no Iglesia: carisma y poder, sino Iglesia: carisma o poder. Esta alternativa no se encuentra en ninguna página del libro, que afirma la legitimidad de un poder en la Iglesia junto con el carisma evidentemente el poder como servicio y no como acumulación em pocas manos. 

Seguramente el punto central que la Congregación vio como “peligro” fue la confrontación entre un modelo de Iglesia, sociedad jerarquizada de poder sagrado y otro modelo de Iglesia, comunidad fraterna de iguales con funciones diferentes. El primer modelo, dominante, es el de la Iglesia-gran-institución compuesta de clérigos, portadores del poder sagrado, y de laicos y laicas sin ningún poder de decisión. Aquí surgen las desigualdades, especialmente cerrando las puertas del ministerio sacerdotal a las mujeres e imponiendo la ley del celibato obligatorio a todo el cuerpo clerical. El otro modelo es el de la Iglesia-red-de-comunidades, todos sujetos de poder sagrado, ejercido mediante funciones (carismas) diferentes. 

Ambos modelos se remiten al pasado de la Iglesia; el primero especialmente al evangelio de San Mateo, que confiere gran importancia a Pedro (Mt 16,18;18,16) que originará la centralización, llamada “cefalización” (todo se concentra en la cabeza). El segundo se refiere a las cartas de San Pablo, que hablan de una Iglesia comunidad de hermanos y hermanas, dotada de muchos carismas (funciones y servicios), especialmente en sus Cartas a los Corintios, a los Romanos y a los Efesios. Para San Pablo el carisma pertenece a la cotidianidad y significa simplemente funciones o servicios, todos animados por el Espíritu Santo y por Cristo resucitado, cabeza en la Iglesia y en el cosmos, lo que implica una descentralización del poder, presente en todos y todas. 

De manera resumida, el hecho histórico es el siguiente: Hasta el siglo IV la Iglesia era fundamentalmente una comunidad fraternal. Desde el momento en que el cristianismo fue declarado por el emperador Constantino (325) “religión lícita”, por Teodosio (391) “religión obligatoria” para todos, prohibiendo el paganismo, hasta culminar con el emperador Justiniano (529) transformando los preceptos cristianos en leyes civiles, se gestó entonces la Iglesia-gran-institución. De religión perseguida pasó a religión perseguidora de los paganos. Siendo “religión obligatoria”, todos tuvieron que asumir la fe cristiana, creando una Iglesia de masas, no por conversión sino por obligatoriedad bajo el miedo y la amenaza de muerte. 

Con la decadencia del imperio romano, el obispo de Roma León Magno (440-461) asumió el poder y el título de Papa (abreviación de pater patrum, padre de los padres), reservado hasta entonces a los emperadores. Junto al estilo imperial se asumieron también los palacios, el báculo, la estola, el manto (muceta) símbolo del poder monárquico, la púrpura y otros símbolos imperiales y paganos que perduran hasta el día de hoy.  

La Iglesia-gran-institución no pasó la prueba del poder. En ella se realizó lo que afirma Thomas Hobbes en el Leviatán (1615): “Señalo, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e impaciente deseo de poder y más poder que solo cesa con la muerte; la razón de eso reside en el hecho de que no se puede garantizar el poder sino buscando más poder todavía” (cap.X).  

Los Papas empiezan a acumular poder hasta llegar al Papa Gregorio VII con su Dictatus Papae (la dictadura del Papa), que proclama al Papa como señor absoluto sobre la Iglesia y sobre los emperadores o reyes. Ya no bastaba ser sucesor de Pedro. El Papa Inocencio III(+1216) se anunció como vicario de Cristo y finalmente Inocencio IV(+1254) se estableció como representante de Dios. Todavía hoy se atribuye al Papa, según el derecho canónico, un poder que parece pertenecer solamente a Dios. El Papa es portador de un poder sagrado “supremo, ordinario, pleno, inmediato y universal” (canon 331). A esto se añadió en 1869 la infalibilidad en asuntos de fe y moral. A más no se podría llegar

La consecuencia ha sido el surgimiento de una Iglesia-sociedad piramidal, monárquica, rígida y rigurosa, que en términos doctrinales de sus inquiridos, fue mi experiencia, no olvida nada, no perdona nada y exige todo. En este modelo de Iglesia se verifica lo que el psicoanalista C.G.Jung afirmaba: «Donde prevalece el poder no hay lugar para la ternura ni para el amor». 

Los únicos Papas que rompieron con esta tradición, celosa de su poder sagrado y monárquico, fue el Papa bueno Juan XXIIIy explícitamente el Papa Francisco que, en sus primeras palabras, dijo gobernar la Iglesia en la caridad y no en el poder sagrado. Por eso pide a los pastores la “revolución de la ternura”.  

Frente a ese modelo, hoy en profunda crisis estructural, surgió otro modelo de Iglesia red-de-comunidades fraternas. En la historia de la Iglesia siempre ha existido, especialmente en las órdenes y congregaciones religiosas, aunque nunca consiguió ser hegemónico. Pero adquirió densidad en la amplia red de comunidades eclesiales de base, extendidas actualmente por todo el universo cristiano y ecuménico. En ellas el poder es servicio real, cotidiano y participado por todas las personas en la medida en que cada una tiene su lugar en la comunidad. 

Hay muchos servicios y funciones (carismas): quien reza, quien enseña, quien organiza la liturgia, quien visita a los enfermos, quien trabaja con los jóvenes, todos en pie de igualdad, según dice San Pablo (1Cor 7,7;12,29). Hay una función (carisma) singular que es la de crear unidad y cohesión en la comunidad haciendo que todos los servicios (carismas) confluyan al bien común: es el servicio de presidir la comunidad. Como tal, preside también la eucaristía, no como función exclusiva, sino simultánea con las demás. Su función no es concentrar sino coordinar

Este modelo traduce mejor el mensaje y el ejemplo del Jesús histórico que no quiso ningún poder y que estableció todo el poder como servicio y no como dominación (Mt 23,11). Este modelo se presenta como otra forma de organizar la herencia de Jesús, de gestar una Iglesia más conforme con su sueño de todos hermanos y hermanas (Mt 23,8). 

Este modelo comunional se presenta más adecuado a la verdadera evangelización, que significa encarnar  mensaje cristiano en las diferentes culturas, asimilando sus modos de ser. La Iglesia sería como un inmenso tapete de colores, hecho con un tejido inmenso de comunidades cristianas, diferentes en sus cuerpos, pero todas unidas en el mismo testimonio de la vida nueva traída por Jesús muerto y resucitado. Caminaría junto con el proceso de mundialización que lentamente construye la Casa Común, el mundo necesario, dentro del cual están los varios mundos culturales (asiático, africano, latino, indígena etc). 

Ahí estará la Iglesia-gran-institución, que seguramente pervivirá pero sin la hegemonía actual, y principalmente la red inmensa de comunidades cristianas diversas y unidas en el mismo testimonio del Resucitado y de su Espíritu, junto con otras iglesias y caminos espirituales al servicio unos de otros y de la única Casa Común que tenemos, la Madre Tierra. 

*Leonardo Boff ha escrito Iglesia: carisma y poder, Record, Rio de Janeiro 2005; Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record, Rio de Janeiro 2008; Francisco de Asís y Francisco de Roma: una nueva primavera en la Iglesia, Mar de Ideias, Rio de Janeiro 2015 

Entrevista a L. Boff

Leonardo Boff: «El problema es el capitalismo» pero los líderes evitan decirlo 

 ¿Bolsonaro? «Seguirá adelante con la deforestación mintiendo a Brasil y al mundo, de esto no hay duda». Cómo el sistema actual condena a muerte al «gran pobre» que es el planeta devastado. 

Claudia Fanti 

EDICIÓN DEL 04.11.2021-Il Manifesto 

El grito de la indígena brasilera Txai Suruí, hija de uno de los líderes más respetados de su país, Almir Suruí, ha resonado en la apertura de la COP 26: «Mi padre me ha enseñado que debemos escuchar a las estrellas, la luna, los animales, los árboles. Hoy el clima está cambiando, los animales están desapareciendo, los ríos mueren, nuestras plantas no florecen como antes. La Tierra nos está diciendo que no tenemos más tiempo». 

¿Pero es demasiado tarde para cambiar?  Se lo hemos preguntado a Leonardo Boff, uno de los padres de la Teología de la Liberación, la de los pobres y del «gran pobre» que es nuestro planeta devastado y herido,  cuyo doble – y conjunto – grito ha ocupado el centro de toda su reflexión.  

Bolsonaro está entre los firmantes del acuerdo sobre la deforestación alcanzado en la Cop 26. ¿El triunfo de la hipocresía? 

Nada mínimamente creíble puede venir del gobierno Bolsonaro: con él las mentiras han pasado a ser política de estado. Solo ha dicho la verdad en un punto: «Mi gobierno ha venido para destruir todo y volver a empezar de cero». Es una pena que este reinicio sea en nombre del oscurantismo y del negacionismo científico, ya sea sobre la Covid o sobre la Amazonia. Su opción económica va exactamente en dirección opuesta a la de la preservación ecológica: Bolsonaro ha favorecido la extracción de madera, la minería dentro de las zonas indígenas y la destrucción de la selva para dar paso al monocultivo de soja y a la ganadería. Sólo de enero a septiembre, la Amazonia perdió 8.939 km² de bosque, un 39% más que en el mismo periodo de 2020 y el peor índice de los últimos 10 años. Su adhesión al plan de reducción de las emisiones de metano en un 30% para 2030 es pura retórica. De hecho, no hay duda de que continuará el camino de la deforestación, y seguirá mintiendo a Brasil y al mundo. 
 
 

¿La Amazonia podrá sobrevivir a otros 10 años de deforestación? 

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DENUNCIAR ESTE ANÚNCIOPRIVACIDADE 

 Antônio Nobre, gran especialista en la Amazonia, afirma que al ritmo actual de destrucción, y con una tasa de deforestación cercana ya al 20%, en 10 años podría alcanzarse el punto de no retorno, con el inicio de un proceso de transformación de la selva en una sabana apenas interrumpida por algunos bosques. El bosque es exuberante pero con un suelo pobre en humus: no es el suelo el que alimenta a los árboles, sino al contrario. El suelo es sólo el soporte físico de una complicada red de raíces. Las plantas se entrelazan a través de las raíces y se apoyan mutuamente en la base, formando un inmenso equilibrio rítmico. Todo el bosque se mueve y danza. Por esta razón, cuando una planta es derribada, arrastra a muchas otras con ella. 
 
 
 

¿Todavía estamos a tiempo de intervenir? 

Los líderes mundiales han evitado cuidadosamente tocar el verdadero problema: el capitalismo. Si no cambiamos nuestro modelo de producción y consumo, no detendremos el calentamiento global, y llegaremos  a 2030 con un aumento de la temperatura de más de un grado y medio. Las consecuencias son bien conocidas: muchas especies no podrán adaptarse y se extinguirán, habrá grandes catástrofes medioambientales y millones de refugiados climáticos, huyendo de las tierras que ya no se pueden cultivar, cruzarán desesperadamente las fronteras de los Estados, desencadenando conflictos políticos. Y con el calentamiento vendrán otros virus más peligrosos, con la posible desaparición de millones de seres humanos. Incluso ahora, los científicos del clima dicen que ya no hay tiempo. Con el dióxido de carbono ya acumulado en la atmósfera, que permanecerá allí durante 100-120 años, más el metano, que es 80 veces más dañino que el CO2, los eventos extremos serán inevitables. Y la ciencia y la tecnología podrán mitigar los efectos catastróficos, pero no evitarlos. 

¿Usted siempre ha afirmado que sin un cambio real en nuestra relación con la naturaleza no tendremos ninguna posibilidad. ¿Está la humanidad preparada para este paso? 

El sistema capitalista no ofrece las condiciones para hacer cambios estructurales, es decir para desarrollar otro paradigma de producción más amigable con la naturaleza y capaz de superar la desigualdad social. Su lógica interna es siempre asegurar primero el beneficio, sacrificando la naturaleza y las vidas humanas. De este sistema no podemos esperar nada. Las experiencias que vienen de abajo son las que nos ofrecen la esperanza de una alternativa: desde el buen vivir de los pueblos indígenas hasta el ecosocialismo de base y el biorregionalismo, que pretende satisfacer las necesidades materiales respetando las posibilidades y los límites de cada ecosistema local, creando al mismo tiempo las condiciones para la generación de bienes espirituales, como el sentido de la justicia, la solidaridad, la compasión, el amor y el cuidado de todo lo que vive

El fracaso de la COP-26

El fracaso de la COP26: ausencia de la razón cordial y sensible 

Leonardo Boff*

 Es un lugar común decir, como en tantas pancartas de los manifestantes de la calle fuera de la gran Asamblea de las distintas COPs: “Lo que tiene que cambiar no es el clima sino el sistema” o también de forma más directa: “el problema no es el cambio climático sino el capitalismo”. En estos mensajes hay mucho de verdad, pero hay que ir más allá: el sistema y el capitalismo son expresiones de algo más profundo, el verdadero desencadenante de los cambios climáticos que se forman dentro del mencionado sistema y del capitalismo. 

Por detrás del sistema y del capitalismo hay un tipo de racionalidad que adquirió características monopolísticas y, a veces, tiránicas, pues se impuso a todas las demás formas como la única válida. Se trata de la razón instrumental-analítica y burocrática sin sensibilidad ni cordialidad. Mediante ella se hizo realidad el mantra de los padres fundadores de la modernidad del siglo XVII-XVIII, Descartes, Francis Bacon y otros. Se estableció la voluntad de poder como eje estructurador del mundo a construir; poder entendido como dominación despiadada de la naturaleza, de la vida, de continentes, de pueblos, de clases y de personas. Max Weber, en su texto de 1919 “El oficio y la vocación del científico” afirmó: “El destino de nuestra época, caracterizada por la racionalización, intelectualización y sobre todo, por el desencantamiento del mundo, condujo a los seres humanos a retirar los valores supremos más sublimes de la vida pública”. En efecto, lo que cuenta hoy es el PIB calculado fríamente por los valores materiales producidos. En él todo lo que es valioso y da sentido a la vida humana, como el amor, la amistad, la solidaridad, la compasión, expresiones de la razón cordial, no viene computado. Ese mismo Max Weber en el Espíritu del Capitalismo mostró que el espíritu de cálculo, la racionalidad instrumental-analítica y la dominación burocrática son connaturales al capitalismo. Él no aprecia cualidades en la naturaleza, su esplendor y su rica complejidad, sino solo cantidades a ser explotadas para el disfrute humano. La Tierra es considerada un baúl de recursos que, explotados, producen riqueza material. El ser humano se entiende como “dominus: dueño y señor” de la naturaleza y no parte de ella. Olvida que viene también, como todos los seres, del polvo de la tierra, lo que le hace hermano y hermana universal, sueño mayor de la Fratelli tutti (2020) del Papa Francisco: el frater como alternativa al dominus. El mundo contemporáneo y cibernético ha llevado hasta las últimas consecuencias este destino, duramente criticado en la tercera parte de la encíclica papal Laudato Si (2015): “la raíz humana de la crisis ecológica” (n.101-114). Critica la indiferencia y la falta de sensibilidad hacia los demás humanos y hacia todos los seres de la naturaleza. 

Ocurre que el ser humano no posee solo este ejercicio de la razón, forma dominante de organizar y dominar el mundo. Hay en él algo más ancestral que es la razón sensible y cordial. Ella alberga el sentimiento de pertenencia, el universo de los valores éticos, el amor, la empatía, el cuidado y la espiritualidad. Por encima de ella, irrumpe la razón como inteligencia que capta el sentido de todo y nos abre al infinito de nuestro deseo, que busca su adecuado objeto infinito: Aquel ser que hace ser a todos los seres. En estas dos expresiones de la razón –la cordial y la intelectual– se encuentran los valores que nos permiten simultáneamente oír y sufrir con el grito de la Tierra y con el grito del pobre, que nos hacen percibir la red de relaciones e interdependencias establecidas entre todos los seres de la naturaleza y de la humanidad. 

Precisamente la razón cordial y la razón intelectual (que lee dentro: intus legere) han estado y están absolutamente ausentes en todas las COPs. En ellas ha predominado la razón utilitaria, económica y los intereses feroces de las grandes corporaciones, cuyo ejército de lobistas presiona a los representantes de todos los pueblos para que no acepten las medidas que perjudican sus negocios y sus capitales, como la eliminación del carbón y la superación gradual de las energías fósiles en dirección a fuentes de energía limpia. Se ha llegado al vergonzoso acto de obligar in extremis a cambiar el texto consensuado, en el mismo momento en que finalizaban los trabajos de la asamblea, por parte del representante de la India, apoyado por China. De no hacerlo, la COP26 habría terminado sin ninguna resolución: “abolir” el uso del carbón se sustituyó por “gradual superación”, lo que permite la continuidad de su uso y así aumentar el CO2. El presidente de la COP26, consciente de las consecuencias, dejó exteriorizar la razón sensible y cordial y lloró.  

Cómo sería de eficaz y transformador si las COPs empezasen mostrando imágenes bellísimas del frágil planeta Tierra colgado en el fondo oscuro del universo. Y después exhibir la devastación que hacemos de las selvas y de ecosistemas enteros en la tierra y en el mar, en el sentido de una ecología ambiental. Y terminar haciendo ver la abismal injusticia social con millones y millones de pobres y hambrientos, en la línea de una ecología política y social. Todo esto crearía las condiciones de una ecología ética y espiritual: comprometerse para preservar el jardín heredado e impedir que lo entreguemos a nuestros hijos y nietos como una estepa. Ahí surgiría, estoy seguro, la necesidad de un lazo afectivo con la naturaleza, y ese lazo, fundado en la razón cordial y sensible, nos llevaría a tomar medidas salvadoras de la vida y de nuestra propia civilización. Sin corazón no hay solución para los climas ni para la vida sobre este pequeño y amable planeta Tierra. 

Urge enriquecer la razón instrumental-analítica, necesaria frente a la complejidad de nuestras sociedades, con la razón cordial y la razón intelectual. Tendríamos entonces la base de un nuevo paradigma de convivencia, o mejor, de convivialidad entre todos, de la técnica con la poesía, de la producción con la amorosidad, del ser humano con su Casa Común, incluida la naturaleza. 

*Leonardo Boff ha escrito Los derechos del corazón, Trotta 2015, y El cuidado esencial: ética de lo humano – compasión por la Tierra, Trotta 2002. 

La teología de la liberación

La Teología de la liberación 50 años después: entre herejes y profetas 

Se cumplen cinco décadas de la publicación de ‘Teología de la Liberación. Perspectivas’, de Gustavo Gutiérrez  Varios teólogos latinoamericanos reflexionan para Vida Nueva sobre su evolución 

A los 50 años de la publicación del libro Teología de la Liberación. Perspectivas’, del sacerdote y teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, acta fundacional de algo más que una corriente de pensamiento, cabría preguntarse por su vigencia. En esta era pospandémica y de nativos digitales, ¿en qué estado de salud se encuentra esta llamada teología nacida de y para los pobres? 

Mucha agua ha corrido bajo el puente, con el coronavirus a cuestas. Los niveles de pobreza han alcanzado cifras que no se veían desde hace 20 años. Como apunta a Vida Nueva el teólogo brasileño Leonardo Boff, “mientras exista un pobre en el mundo que grita bajo la injusticia de su situación, habrá siempre algún cristiano que va a levantarse”. 

Boff lo pone en perspectiva: “La centralidad otorgada por la Teología de la liberación a los pobres del mundo dio dignidad y respetabilidad a la Iglesia y le ayudó a ver la raíz evangélica de su opción por los pobres en favor de la justicia social. Ayudó a todos a entender que lo opuesto a la pobreza no es la riqueza, sino la injusticia, y solo mediante la justicia social podrá haber una sociedad de libres y liberados”. 

Para entender sus orígenes, hay que remontarse tres años antes de la publicación de la obra de Gustavo Gutiérrez. Corría el año 1968, y la ciudad colombiana de Medellín, se convirtió en el epicentro de la II Asamblea General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Eran tiempos de convulsiones sociales y crisis políticas, una América Latina gobernada por férreas dictaduras de derechas. 

Algunos curas colgaron sus sotanas y, fusil al hombro, se fueron en pos de una revolución, como Camilo Torres (Colombia) o Néstor Paz (Bolivia). Emergieron prelados críticos con el sistema: Mauricio Lefebvre, en Bolivia, y Óscar A. Romero, en El Salvador, ambos asesinados posteriormente con sevicia. 

Es así como más de 150 obispos y 130 sacerdotes, religiosos y laicos se propusieron en Medellín dar cuerpo al Concilio Vaticano II, tras declarar que “la Iglesia Latinoamericana tiene un mensaje para todos los hombres que en este continente tienen hambre y sed de justicia”. 

Con esta premisa, ¿sigue viva o está muerta la Teología de la liberación? A Andrés Gallego, profesor de teología de la Pontificia Universidad Católica del Perú y mano derecha de Gustavo Gutiérrez, le parece “curioso que esta pregunta todavía exista, cuando, sin duda, la Teología de la liberación actualmente tiene una presencia en la vida de la Iglesia como, posiblemente, nunca la tuvo”. Es más, subraya que, “con el correr de los años, se ha ido profundizando y ampliando. Su influencia y presencia en las nuevas teologías es evidente. Se trata de las teologías india, feminista, latina en Estados Unidos, negra en África y Asia”. 

Un estilo de vida 

El discípulo de Gutiérrez se detiene en otra aportación de su mentor: “Su método teológico, de donde se deducen sus tres aportes básicos: la opción preferencial por los pobres, el compromiso como práctica cristiana y la unidad de la historia como lugar donde se revela Dios y se produce la salvación”. Así, enfatiza cómo para el sacerdote dominico peruano –que ha cumplido ya 93 años– “entender la teología como acto segundo supone que hacer teología es ponerle nombre a nuestra experiencia de Dios; lo primero, será experimentar a Dios”. 

Esto se resumiría, en palabras del propio Gutiérrez, en una frase: ‘Mi método es mi espiritualidad’. “El método, en este caso –aclara Gallego–, es un estilo de vida, una práctica cristiana que se vive en la liberación de los pobres. Por eso, la pregunta al que se define como teólogo no debe ser tanto cómo es tu teología, sino cómo es tu práctica”. 

Desde el equipo de Amerindia, Manoel Godoy asegura que “la Teología de la liberación nunca ha reclamado su permanencia eterna en el escenario de la Iglesia, porque, para ella, lo que importa es el primer acto, es decir, la realidad, que es dinámica y cambiante”. Por ende, “mientras haya una reflexión crítica de la realidad confrontada con la Palabra de Dios, con la tradición y con el magisterio de la Iglesia, habrá Teología de la liberación”. 

El presbítero brasileño invita a preguntarse a quienes afirman que ha muerto: “¿No hay más víctimas, no hay más crucificados en la historia?”. De hecho, considera que ha evolucionado por los aportes de quienes “han entendido que el planeta gime junto a las víctimas y crucificados, dándole un nuevo vigor a la ecoteología de la liberación”. “Como dice el papa Francisco en Laudato si’, todo está interconectado, y advierte que, cuando en la realidad misma no se reconoce la importancia de una persona pobre, un embrión humano, una persona con discapacidad, por poner algunos ejemplos, es difícil que sepa escuchar los gritos de la propia naturaleza”, subraya sobre este nuevo desarrollo. 

La voz femenina 

Las mujeres de Amerindia también comparten este devenir. La teóloga mexicana Socorro Martínez explica que, desde los pueblos creyentes de la Amazonía, “se abre una praxis liberadora en fidelidad a Jesús de Nazaret, y que la teología reflexiona, desde una atenta escucha, para escudriñar los clamores de los pequeños de la tierra, que, pese a ser los ninguneados, se yerguen como pueblo digno con acciones colectivas hacia el bien común”. 

Por ello, esta religiosa del Sagrado Corazón sostiene que “la Teología de la liberación cobra vigencia, con un método que parte de la realidad y hace la reflexión teológica”, a partir de  “violencias como el extractivismo, las culturas destruidas, los ríos envenenados y miles de vidas arrasadas por el COVID-19”

María José Caram, pensadora argentina, por su parte, apunta que, desde los 70 hasta nuestros días, “el contexto ha cambiado, pero –como decía Pedro Casaldáliga– están los pobres y, en ellos, está Dios, motivo más que suficiente para que la Teología de la liberación continúe”. En este sentido, señala que “el amor brota del encuentro con Dios en los pobres y en el discipulado misionero, como hijos e hijas de nuestra hermana Madre Tierra, todos hermanos y hermanas, y de la reflexión sobre esta experiencia de fe”. 

De ahí que “Francisco, con sus gestos y palabras, nos sigue confirmando en ese camino” a través de los documentos guía de su pontificado, como Evangelii gaudium, Laudato si’ y Fratelli tutti. “Todos llevan la marca de la Iglesia latinoamericana”, asevera, al tiempo que defiende: “La Teología de la liberación no es una ideología, es un testimonio de la fe de comunidades cristianas que caminan a la luz del Evangelio”. 

Comunistas infiltrados 

Ideología, política, la huella del marxismo… Dos imágenes contrapuestas con Ernesto Cardenal como protagonista. La reprimenda de Juan Pablo II en la pista del aeropuerto de Managua y la imagen de la restitución a pie de cama en un hospital casi cuatro décadas después. ¿Hasta qué punto resulta herética o profética la Teología de la libertación? 

Pedro Trigo, jesuita venezolano, prefiere entenderla “desde el Concilio Vaticano II, ya que es la teología que está en el trasfondo de Medellín, que es su recepción autorizada, fiel y creativa en nuestra América”. Por consiguiente, “puede sonar, no digo a herejía, sino a novedad inasimilable a los que se identificaron con la cristiandad postridentina”. 

“A estos les resulta igualmente inasimilable el Concilio”, subraya. Incluso argumenta que pone en práctica lo demandado en el Vaticano II: “La vuelta a Jesús de Nazaret a través de la lectura orante de los evangelios”. Desde ahí, se muestra convencido de que es profecía: “Dice a la Iglesia y al mundo lo que Dios quiere. El que lo dice más claro es el papa Francisco”. 

En cuanto a la postura de Wojtyla, cree que “le vendieron maliciosamente la idea de que los teólogos de la liberación eran comunistas infiltrados en la Iglesia”. Frente al usufructo que gobiernos de izquierda en América Latina han hecho de esta corriente para posicionar sus proyectos políticos, Boff es tajante: “Lo nuevo es superar el asistencialismo y el paternalismo, que no dejan de ser expresiones de compasión y de caridad cristiana, pero que mantienen situaciones de pobreza”. 

Una increíble revelación

Una increíble revelación, vivida por pocos y rechazada por muchos (II) 

Leonardo Boff 

La primera palabra de Jesús cuando apareció públicamente fue: “El Reino tan ansiado ha llegado; cambien de mente y de corazón” (Mc 1,14). Reino, contrariamente a la expectativa de los judíos, no era el restablecimiento del antiguo orden, la liberación política de la dominación romana que los avergonzaba. Para Jesús, el Reino de Dios es otra cosa: consiste en una nueva relación de amorosidad entre las personas, incluyendo a todos, hasta a los ingratos y malos (Lc 6,35). Lo que prevalece ahora es esa proximidad de Dios hecha de amor y de misericordia ilimitada. 

No hay condenación eterna, sólo temporal 

La condenación es una invención de las sociedades. Dios no conoce una condenación eterna, pues su misericordia no tiene límites. Si hubiese una condenación eterna, Dios habría perdido. Él no puede perder nunca nada “de aquello que creó con amor, pues no odia a ninguno de los seres que ha puesto en la existencia; si no, no los habría creado, porque es el apasionado amante de la vida” (cf. Sab 11,24-26). Deja 99 ovejas a buen recaudo y se va a buscar la oveja perdida hasta encontrarla. 

Afirma el salmo 103, uno de los más esperanzadores textos bíblicos: “Dios no nos está acusando siempre. Como un padre siente ternura hacia sus hijos, así de tierno es Dios… porque conoce nuestra naturaleza, se acuerda de que somos polvo; su misericordia es desde siempre para siempre” (Sl 103:6-17). 

Este mensaje innovador de Jesús –la proximidad incondicional y la misericordia ilimitada de Dios-Abba– fue y es tan innovador que ha sido y es vivido por pocos y rechazado por la gran mayoría, como ocurrió en el tiempo en que él andaba por los pedregosos caminos de Palestina. No debemos olvidar que fueron los políticos y principalmente los religiosos quienes lo condenaron y lo llevaron a la cruz. En palabras del padre Julio Lancellotti hemos sido desafiados a vivir el “amor a la manera de Dios” (título de su libro, Planeta, 2021) empezando por la gente de la calle, por los discriminados a causa del color de su piel o de su origen, los quilombolas, las mujeres lesbianas, los homoafectivos y los LGBTI, los pobres cobardemente odiados por la “élite del atraso” (la mayoría cristiana culturalmente pero a siglos-luz de la Tradición de Jesús), ignorantes de la amorosidad y de la proximidad de Dios-Abba a ellos también. 

La gran tragedia vivida por Jesús fue que esa proximidad de Dios amoroso no fue acogida: “vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron”(Jn 1,11). Por eso lo crucificaron, porque no hubo correspondencia. Ese rechazo se viene manteniendo durante siglos y siglos hasta el día de hoy, tal vez con más ferocidad aún, pues el odio y la discriminación campan por el ancho mundo. 

No importa. Aunque se sintiese Hijo de Dios-Abba identificándose con Él, no se aferró a esta situación de Hijo bienamado; por solidaridad se presentó como simple hombre en la condición de siervo, aceptando el más vergonzoso castigo, morir en la cruz, que significaba morir en la maldición divina (cf. Flp 2,6-8). 

El gran rechazo a la proximidad de Dios 

Por causa de este amor que ardía dentro de él, Jesús asumió sobre sí solidariamente ese tipo de muerte maldita y todos los dolores del mundo; todo tipo de maledicencia contra él; soportó la traición de los apóstoles, Judas y Pedro, la suerte de aquellos que ya no creen o se sienten abandonados por Dios, y recibió una seria amenaza de muerte que después se cumplió. Como tantas personas en el mundo, él también se llenó de angustia y de pavor, hasta el punto que “el sudor se volvió gruesas gotas de sangre” (Lc 22,41) en el Jardín de Getsemaní. En la cruz, casi al límite de la desesperación, que muchos sufren también y que él quiso también sentir en comunión con todos ellos, gritó: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). 

La proximidad de Dios estaba en Jesús pero encubierta, para que él pudiese participar del infierno humano de la muerte de Dios, sufrida por no pocas personas. Todos estos, no estarán jamás solos en su sufrimiento. El credo cristiano reza “descendió a los infiernos”, que significa: sintió estar absolutamente sólo, sin que nadie lo pudiese acompañar. Pero Dios-Abba estaba también allí como ausente. Desde ese momento nadie más estará solo en el infierno de la absoluta soledad humana. Jesús estuvo y estará con todos ellos. 

La resurrección de Jesús que representa una verdadera insurrección contra la religión de la Ley y la justicia de su tiempo, es como una luz que va a mostrar, en total plenitud, esta proximidad de Dios que nunca se ausentó. Ella estaba totalmente allí, sufriendo con los que sufren. Los negadores y los ateos son libres de ser lo que son, de no acoger o de ni siquiera saber de esta proximidad de Dios, pero eso no cambia nada para Dios-Abba, que nunca los abandona porque no dejan de ser sus hijos e hijas, sobre los cuales repite: “Vosotros sois mis hijas e hijos bienamados, con vosotros me regocijo”. 

Pero vale la pena considerar: si no puedes ver una estrella en el cielo límpido, la culpa no es de la estrella, sino de tus ojos. Por su amor ilimitado y su misericordia sin fronteras también ellos son abrazados por Dios-Abba aunque se nieguen a abrazarlo. Aunque no la vean, la estrella estará brillando. 

El cristianismo verdadero y real es vivir esta Tradición de Jesús. La mayoría de las iglesias cristianas, no excluida la romano-católica, se organizan en torno al poder sagrado que crea desigualdades, se apoyan sobre un grueso libro doctrinario llamado Catecismo, están vinculadas a cierto orden moral, a una vida piadosa, a la recepción de los sacramentos, a la participación en la fiestas litúrgicas. Todo esto no es que no tenga importancia. Pero difícil y raramente se proponen vivir el amor incondicional y ensayar a amar al modo de Dios y al modo de Jesús, privilegiando a aquellos que él privilegió, los últimos, los que no son, ni cuentan. Donde impera el poder, no brota el amor ni florece la ternura y la proximidad de Dios-Abba y su misericordia, siempre presentes. 

No hay cómo negar que, históricamente, gran parte de la Iglesia católica romana estaba más cerca de los palacios que de la gruta de Belén, teniendo en mayor consideración el madero de la cruz que aquel que está crucificado en él por solidaridad con todos, con los perdidos y caídos en los caminos. 

La gran inversión: la conversión del padre y no la del hijo pródigo 

Qué diferente sería todo si esta inaudita revolución hubiese prosperado en nuestro mundo. No habría lo que estamos presenciando en nuestro país y, en general, en tantas partes, la prevalencia del odio, de la discriminación, de la violencia contra los que no pueden defenderse, y especialmente hoy contra la naturaleza que nos asegura las bases que sustentan la vida y a la Madre Tierra. 

Por esta razón, Jesús, aun resucitado, continúa dejándose crucificar con todos los crucificados de la historia de las más diversas modalidades. 

La parábola del hijo pródigo revela cómo es la Tradición de Jesús. El hecho nuevo y sorprendente no es la conversión del hijo que vuelve arrepentido a casa de su padre, sino la conversión del padre que, lleno de amor y de compasión, abraza, besa y organiza una fiesta para ese hijo que derrochó su herencia. El único criticado es el hijo bueno, seguidor de la Ley. Todo en él era perfecto. Para Jesús, sin embargo, no basta ser bueno. Le faltaba lo principal: la misericordia y la percepción de la proximidad de Dios-Abba hasta en su hermano perdido por el mundo. 

El futuro de la increíble revolución de Jesús 

Hemos experimentado de todo en la ya larga historia humana, pero todavía no hemos experimentado colectivamente amar al modo de Jesús y de Dios-Abba. No obstante, ha habido muchos hombres y mujeres que lo han entendido y vivido: son los verdaderos portadores del legado de Jesús, testimonios de la proximidad de Dios, especialmente a aquellos mencionados en el evangelio de san Mateo: “yo era forastero y me hospedaste, estaba desnudo y me vestiste, tenía hambre y me diste de comer, estaba en la cárcel y me fuiste a ver” (Mt 25,34-30). En eso se revela la Tradición de Jesús que se sentía tan unido a Dios-Abba hasta el punto de decir: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Y dice a todos estos: “Cuando lo hicisteis a mis hermanas y hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,34-40). 

¿Llegaremos a ver aceptada un día la proximidad de Dios, independientemente de la situación moral, política e ideológica de las personas (pensemos en los torturadores de las dictaduras militares) aunque lo rechacen explícitamente y abusen de su nombre (como nuestro jefe de Estado, enemigo de la vida)? ¿Ganará centralidad esta verdadera revolución transformadora del mundo? 

Francisco de Asís y Francisco de Roma, junto con un ejército de personas, muchas de ellas anónimas, osaron emprender esta aventura, creyeron y creen que por ahí pasa la liberación de los seres humanos y la salvaguarda de la vida y de la Madre Tierra amenazadas. La gravedad de la situación actual nos coloca ante esta disyuntiva: “o nos salvamos todos o nadie se salva” como lo dijo enfáticamente el Papa Francisco en la Fratelli tutti (n.32). La Madre Tierra se encuentra en permanentes dolores de parto hasta que nazca, ese día que sólo Dios sabe, el ser nuevo, hombre y mujer; juntos con la naturaleza habitarán la única Casa Común. Como profetizó el filósofo alemán del principio esperanza, “el verdadero Génesis no se encuentra al comienzo sino al final”. Sólo entonces “Dios vio todo lo que había hecho y le pareció que era muy bueno” (Gen 1,31). 

O hacemos esta conversión al sueño del Nazareno, que nos trajo la novedad de la proximidad de Dios que siempre nos está buscando, hasta en las sombras del valle de la muerte, o si no, debemos temer por nuestro futuro. En vez de ser los cuidadores del ser, hemos venido a ser su amenaza mortal. Pero aquel que está en medio de nosotros y jamás nos retira su proximidad, tiene el poder de forjar de las ruinas un nuevo cielo y una nueva Tierra. Entonces todo esto habrá pasado. Las lágrimas serán enjugadas y todos serán consolados por Dios-Abba. Comenzará la verdadera historia de Dios-Abba con sus hijas e hijos bienamados por toda la eternidad.