La mano de Caín

Michael Moore. «¿Quién debe detener la mano de Caín?»

Michael Moore. "¿Quién debe detener la mano de Caín?"
guerra en Ucrania
  • «La realidad de la guerra, con la catarata de irracionalidades, muertes injustas, vidas truncadas y sinsentidos varios que conlleva es, sin duda, uno de los grandes males de la humanidad que claman al cielo»

¿Quién manda y detiene -o puede detener- la lluvia? ¿Quién manda y detiene -o puede detener- la guerra? Leyes de la naturaleza en un caso, libertades humanas, en el otro, que producen dolor y muerte.

«Las súplicas van dirigidas a quienes son los responsables de detener este fratricidio, y Francisco lo hace en el nombre del Dios de la paz… el Omnipotente que se vuelve Impotente ante la decisión libre de sus hijos prepotentes de hacer la guerra»

«La oración sirve para expresar(nos) ante Dios y ante quien quiera escucharnos, nuestros gozos y, en este caso, nuestros dolores; sirve para cambiarnos a nosotros y, quizá, para movilizar los corazones de quienes nos oyen… ¡pero no para cambiar a Dios de impasible a pasible!»

«Hacer teología, pensar creyentemente (en forma adulta) supone asumir ese duro dato de realidad, y preguntarnos: ¿si no intervino en el destino de su Hijo -y esto porque habría implicado violar la libertad de los hombres que habían decidido que su propuesta era in-útil-, tenemos derecho a reclamarle que lo haga en nuestras historias?»

«Todos somos Abel y todos somos Caín. También en esta nueva página de irracionalidad de la historia humana que estamos ahora escribiendo. Y de las pequeñas guerras y los sutiles fratricidios que protagonizamos todos los días»

Por| Michael Moore

La realidad de la guerra, con la catarata de irracionalidades, muertes injustas, vidas truncadas y sinsentidos varios que conlleva es, sin duda, uno de los grandes males de la humanidad que claman al cielo. O, mejor dicho, que hacen que el creyente -de la religión que sea- dispare angustiosamente la petición a su Dios para que ponga fin a esa barbarie. El tema del sufrimiento (sobre todo del inocente), con sus diversos rostros, siempre ha sido el gran escollo para creer en un Dios al que se concibe -expresa o tácitamente- todopoderoso, entendiendo tal nota como la capacidad de obrar absolutamente todo y cualquier cosa, más de allá de leyes y lógicas.

Hasta ayer fue el azote del virus del COVID 19. Hoy, la fratricida guerra que tiene como escenario central Rusia-Ucrania. No soy politólogo, pero creo que no hace falta un master en Harvard para darse cuenta que el tema es sumamente complejo y excede a las simplificaciones que, a veces, ciertos medios de comunicación -interesados, claro- intentan vendernos. Sólo quiero, como teólogo, llamar la atención sobre un punto que a mí me parece central porque pone en juego -y esto lo he escrito en más de una ocasión en estos espacios- la imagen del Dios en quien creemos.

Caín

De Caín a la Virgen de Fátima

Estas líneas, escritas un poco a las apuradas surgen porque me llamó la atención esta mañana la noticia que leí en varios periódicos on-line -cito textualmente el titular de un importante portal de Argentina-: “El papa Francisco pidió detener la invasión a Ucrania con un mensaje para Putin: ¡Dios, detén la mano de Caín!” Esta última frase está tomada de una oración escrita por el arzobispo de Nápoles, Mimmo Battaglia (https://www.avvenire.it/chiesa/pagine/ucraina-la-preghiera-di-don-mimmo-battaglia)  con la que el papa cerró la audiencia general de hoy, 16 de marzo. De más está decir que no se desprende ni del texto ni del contexto que Francisco está asociando a Putin sin más y unilateralmente con la figura de Caín… a pesar de lo que insinúan varios titulares. Lo cual no implica tampoco afirmar que Putin sea Santa Margarita María de Alacoque. Pero, en lo que me interesa detenerme es en esa imprecación tan elocuente -que “da que pensar!- subrayada por varios periódicos: “¡Dios, detén la mano de Caín!” Porque aquí me surge la pregunta como creyente (del S.XXI): ¿quién debe frenar la mano del asesino? ¿es Dios quien puede -y debe- hacerlo dada su supuesta omnipotencia y su presupuesta misericordia? Los lectores de este portal se darán cuenta que resuena en esta cuestión el eco del debate que se suscitó en Religión digital hace unos días a partir de un breve texto publicado por el teólogo P. Castelao -en clara línea con A. Torres Queiruga- con intento de refutación (¿?) teológica más descalificación personal por parte del señor B. Moreno, en el cual luego intervino también X. Pikaza. ¿Quién manda y detiene -o puede detener- la lluvia? ¿Quién manda y detiene -o puede detener- la guerra? Leyes de la naturaleza en un caso, libertades humanas, en el otro, que producen dolor y muerte.

En la oración citada de Battaglia se pide al Señor que tenga piedad de nosotros por los males que causamos, con lo cual se asume, implícitamente, la responsabilidad de los desastres que produce la guerra. Y, a final, se implora que no nos abandone, que nos detenga, que ponga fin a la violencia y que detenga la mano de Caín. Pero ¿es Dios quien debe hacerlo? Si puede y, “milagrosamente” lo hace -imaginemos p.ej.- luego de la consagración de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María pedida ahora por los obispos ucranianos tal y como lo solicitó (¿?) la Virgen de Fátima en sus apariciones de 1917, y programada para este 25 de marzo … a mí, como creyente, me surgirán el 26 de marzo muchas preguntas a la cuales no encontraré respuesta razonable -y si la fe no es razonable (que no es lo mismo que racional) no es un acto verdaderamente humano por no ser libre-; p.ej ¿por qué no detuvo antes esta guerra que ya lleva miles de muertos y familias destrozadas de por vida? ¿Por qué no hizo lo mismo con la primer y segunda guerra mundial? etc. etc. Personalmente, me resisto a creer en un dios así. Y no es que pretenda manejarle la agenda, solo que el modo tapa-agujeros me resulta sumamente arbitrario.

Nuestra-Senora-De-Fatima

Otra oración es posible

Me resuenan mucho más “creíbles” las palabras con el papa cerró el Ángelus del 13 de marzo: “En nombre de Dios, escuchen el grito de los que sufren, pongan fin a los bombardeos y a los ataques. En nombre de Dios, les pido: ¡detengan esta matanza! ¡En nombre de Dios, escuchen el grito de los que sufren y pongan fin a los bombardeos y atentados! (…) En nombre de Dios, les pido: ¡detengan esta matanza!” (https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2022/documents/20220313-angelus.html). Porque, como resulta claro, aquí las súplicas van dirigidas a quienes son los responsables de detener este fratricidio, y Francisco lo hace en el nombre del Dios de la paz… el Omnipotente que se vuelve Impotente ante la decisión libre de sus hijos prepotentes de hacer la guerra.

Porque, claro, la oración sirve para expresar(nos) ante Dios y ante quien quiera escucharnos, nuestros gozos y, en este caso, nuestros dolores; sirve para cambiarnos a nosotros y, quizá, para movilizar los corazones de quienes nos oyen… ¡pero no para cambiar a Dios de impasible a pasible! Dios es el Amor misericordioso puro (“Dios es el anti-mal”, dice A. Torres Queiruga) que siempre está suscitando el bien -la paz- en los corazones de todos los hombres, a través de fuerza de su Espíritu, pero que es un Espíritu “discreto”, insistente pero respetuoso de nuestros tiempos y libertades. No violenta: seduce e interpela.

Hacer teología post-factum

La historia de la humanidad está atravesada por guerras y catástrofes naturales de la cuales debemos exonerar a los dioses o, al menos, al Dios revelado en Jesucristo en quien creemos los cristianos. Y digo exonerar no porque Dios necesite nuestra absolución sino porque somos nosotros los que debemos purificar esa imagen de un Dios que inter-viene ocasionalmente en nuestra(s) historia(s) según sus ganas o nuestras “poderosas por insistentes” oraciones que logran arrancarlo de su desidia, desinterés o desinformación acerca de los males que vamos padeciendo. Para ir acabando y compartiendo el fundamento teológico de cuanto he dicho, me permito transcribir algo ya publicado aquí cuando iniciaba la pandemia: “Los cristianos creemos que Dios se ha revelado de un modo pleno -aunque no único- en la historia de Jesús de Nazaret; por eso debemos volver una y otra vez la mirada del corazón a esa vida (…) En medio de aquel escenario de dolor, los evangelistas ponen en boca de los que contemplan al crucificado, una suerte de súplica/puesta a prueba: “si es el Hijo de Dios que baje de la cruz y creeremos en Él…” (Mt 27,40; Mc 15,31; Lc 23,35). Esta actitud es sumamente comprensible, me atrevería a decir “muy humana”. Al menos, creo que es la de todo creyente -de cualquier creencia- cuando se encuentra frente al misterio del dolor: pedir ser bajado de la cruz. Y aquí, me parece, nace gran parte de la paradójica novedad del cristianismo: porque el Padre no baja de la cruz a su Hijo amado. Muere. Y muere sufriendo, fracasado, solo, titubeante entre la desesperanza (Mc 15,34) y la entrega confiada (Lc 23,46). Luego, los cristianos, es decir, los que ponemos el centro de nuestra fe en la historia de Jesús, tenemos que hacer teología post-facutm, esto es, después del hecho concreto: Dios no lo des-clavó “milagrosamente” de la cruz. Hacer teología, pensar creyentemente (en forma adulta) supone asumir ese duro dato de realidad, y preguntarnos: ¿si no intervino en el destino de su Hijo -y esto porque habría implicado violar la libertad de los hombres que habían decidido que su propuesta era in-útil-, tenemos derecho a reclamarle que lo haga en nuestras historias? ( https://www.religiondigital.org/opinion/Michael-Moore-Dios-anti-pandemia-post-pandemia-teologia-coronavirus-jesus-salvacion-hombres_0_2216178370.html). Desde esta perspectiva ¿tiene sentido que le pidamos a Dios que frene “milagrosamente” a los Caínes que promueven, desatan y sostienen las guerras?

tentaciones cruz3

“Abel, Abel ¿qué has hecho de tu hermano?”

La oración del arzobispo de Nápoles reza, sobre el final, “y cuando hayas frenado la mano de Caín, cuídalo también a él. Es nuestro hermano”. Me trajo a la memoria, instantáneamente, un bello soneto de Pedro Casaldáliga que también compartí aquí en otra ocasión, que subvierte el relato genesíaco del fratricidio original, nos cuestiona por si algo de responsabilidad podríamos tener en el devenir de Caín en Caín y nos recuerda, además, que todos somos Abel y todos somos Caín. También en esta nueva página de irracionalidad de la historia humana que estamos ahora escribiendo. Y de las pequeñas guerras y los sutiles fratricidios que protagonizamos todos los días.

Caín

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