El cambio climático

El cambio climático como detonante de conflictos armados en África

La aceleración del cambio climático puede exacerbar la inestabilidad social y desembocar en conflictos armados o movimientos migratorios masivos.

Una zona de África asolada por la sequía, en una imagen tomada en 2019 en Graaff-Reinet, Sudáfrica.- Mike Hutchings / REUTERS

El deterioro de las condiciones de vida debido al cambio climático es el desencadenante de un círculo vicioso que pone en peligro el bienestar individual y, en última instancia, el orden social.

En el caso de África, el aumento de la temperatura y los cambios en los patrones de precipitación amenazan la actividad agrícola y ponen en riesgo el sustentamiento de la población. Una de las principales preocupaciones en el continente es que la aceleración del cambio climático pueda exacerbar la inestabilidad social y desembocar en conflictos armados o movimientos migratorios masivos.

Dos fenómenos complejos

El cambio climático es un fenómeno global con manifestaciones locales. La vulnerabilidad climática y la propensión a los conflictos dependen de las circunstancias socioeconómicas de cada territorio. Es importante por lo tanto tener en consideración aquellos matices que afectan a la conexión entre estos dos fenómenos complejos.

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Por un lado, el cambio climático se manifiesta en cada área geográfica de manera diferente y con diferente intensidad. Por ejemplo, puede ocasionar subidas de temperaturas y sequías, pero también inundaciones. Cada uno de estos fenómenos tiene consecuencias muy especificas para la seguridad y la viabilidad económica de las comunidades afectadas.

Por otro lado, los conflictos armados no son fenómenos binarios. Su análisis no se puede limitar, como se suele hacer en estudios empíricos existentes, a las dos circunstancias extremas: hay conflicto o no hay conflicto. El perjuicio de un conflicto armado a la comunidad que lo sufre depende del tiempo de gestación y de la duración, y del riesgo de propagación en territorios contiguos.

Conflictos avivados por el cambio climático

Nuestro análisis de 2 653 celdas territoriales en todo el continente africano desde 1990 a 2016 muestra que la probabilidad de que estalle un conflicto es significativamente más alta si la sequía dura al menos tres años. Este resultado es coherente con la evidencia empírica que demuestra que el tiempo de normalización de la actividad agrícola después de una larga sequía es de casi dos años. La elevada inseguridad alimentaria fomenta la inestabilidad.

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Por el contrario, el exceso de precipitaciones desencadena conflictos en un lapso de tiempo muy corto. Esto es debido a la amplitud de alteraciones que se producen después de una inundación, que perjudica no solo la actividad agrícola, sino también toda la infraestructura del territorio afectado.

El trabajo refleja también que un aumento prolongado de las temperaturas y de las precipitaciones supone una probabilidad entre cuatro y cinco veces más elevada de conflictos más allá de la zona afectada directamente, en concreto en comunidades situadas en un radio de hasta 550 kilómetros. En este caso el estallido de violencia es un resultado indirecto del cambio climático y refleja la materialización de tensiones debidas a una inestabilidad de larga duración.

Medidas de adaptación y de paz

Nuestros resultados tienen implicaciones de gran calado para el diseño y la implementación de políticas para construir y reforzar la resiliencia.

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Las condiciones climáticas influyen en la probabilidad de conflictos dependiendo de las circunstancias especificas de cada comunidad. Por lo tanto, es necesario que las medidas para contrarrestar los efectos adversos del cambio climático se ajusten a la situación socioeconómica del territorio, especialmente en lo que concierne a la identificación previa de focos de inestabilidad que puedan facilitar la propagación y la agravación de tensiones.

La existencia de un tiempo de gestación antes del estallido de conflictos en el caso de sequías, por ejemplo, vislumbra la posibilidad de que haya un margen útil para monitorear y, posiblemente, prevenir que una situación crítica pueda desencadenar violencia.

Asimismo, la posibilidad de un efecto de desbordamiento de los conflictos más allá del territorio directamente afectado por temperaturas o lluvias anómalas exige estrategias de adaptación al cambio climático diseñadas de forma conjunta con medidas que favorezcan el mantenimiento de la paz, especialmente en aquellas áreas más propensas a que se produzca un conflicto armado.

En definitiva, la puesta en marcha de políticas que no tengan en cuenta estos matices y estos efectos indirectos puede resultar no solo ineficiente de cara al objetivo de construir resiliencia, sino dañina, pues puede aumentar las desigualdades existentes y el riesgo de inestabilidad

¡qué calor hace!

Lo que ya no podemos decir

La batalla ecológica la hemos perdido. Y la hemos perdido por culpa nuestra.

Asistimos a los demoledores incendios que arrasan el sur y a las devastadoras inundaciones que ahogan el norte… La característica típica de nuestra economía (repartir pesimamente lo que hay), se ha traspasado a la tierra con consecuencias desoladoras: en un lado sobra todo lo que falta en el otro.

Por José Ignacio González Faus

Pues sí: a pesar de las temperaturas cuarentonas ya no podemos decir aquello de “¡qué calor!”: porque esa expresión aludía siempre a algo excepcional y pasajero que no forma parte de nuestra normalidad. Ya no podremos hablar de “una ola” o un golpe de calor: porque el calor se ha convertido en nuestro mar y nuestra atmósfera. Por supuesto, cambiarán las cosas porque la naturaleza tiene sus ritmos: Pero cuando volvamos a la situación actual dejemos de pensar en un accidente o una excepción.

Con eso quiero decir simplemente: la batalla ecológica la hemos perdido. Y la hemos perdido por culpa nuestra. Se ha cumplido el aviso de Francisco: “Dios perdona siempre, la naturaleza no perdona nunca”. Porque además, en los meses futuros iremos tomando medidas protectoras que aún dañarán más a la tierra. Y creo que alguna vieja máxima militar decía algo así: cuando las medidas que se toman para defenderse fortifican al adversario, es la señal de una guerra perdida.

Además parece ser que a nuestros políticos todo eso les importa un comino: ellos son el mejor ejemplo de ese inmediatismo de nuestra modernidad que, prometía “para mañana mismo”, convertir la tierra en un cielo, y ha acabado convirtiéndola en un infierno. Esa obsesión por lo inmediato nos ha configurado: y hace que a los políticos solo les importe mantenerse en el poder o llegar a él cuanto antes.

Y así, por un lado se toman por fin unas medidas (muy razonables por otra parte), pero solo cuando hay un bache en las encuestas. Y por el otro se dice que esas medidas no se han tomado para ayudar al pueblo sino para comprar “los votos de los etarras”; un juicio bastante sorprendente en quienes a veces presumen de católicos: porque pretende conocer no solo los hechos y las palabras, sino las intenciones y el corazón del otro. Y si algo repiten los evangelios y el nuevo testamento es que los corazones humanos solo son accesibles a Dios que es el único que puede conocerlos. Estamos pues como en aquel pasaje del evangelio en el que sus enemigos decían de Jesús que expulsaba demonios “en nombre del príncipe de los demonios”. No me parece la manera más ética de hacer política.

Pero volvamos al drama ecológico: estos días asistimos a los demoledores incendios que arrasan el sur y a las devastadoras inundaciones que ahogan el norte. En el sur, el antiguo gesto de aplaudir por las tardes a los sanitarios, debería continuarse ahora con los bomberos: alguno de ellos ya ha pagado con su vida, mientras nosotros aún podemos decir: “¡qué calor!”. La característica típica de nuestra economía (repartir pesimamente lo que hay), se ha traspasado a la tierra con consecuencias desoladoras: en un lado sobra todo lo que falta en el otro. España y Portugal formarán parte climática de África dentro de poco.

La tierra tiene cáncer: no se lo estábamos tratando bien porque ya sabemos que las terapias anticáncer son muy sacrificadas. Pero ahora, al revés: vamos a aplicarle medidas más cancerígenas, porque la necesidad de salir del frío o del calor es inmediata, mientras que la venganza de la naturaleza solo llega a largo plazo. Y todos llevamos dentro un pequeño tenorio acostumbrado a argumentar diciendo: “qué largo me lo fiais”.

Políticas terapéuticas que parece que aliviarían a la tierra (y a nuestro sufrimiento futuro) no son económicamente aconsejables: la obsesión por una plantada masiva y constante de árboles y de placas solares para energías renovables, suena a bello ideal: pero rinde mucho menos que una construcción de apartamentos en algún lugar de la costa (si es que queda aún algún espacio aprovechable): “comamos y bebamos que mañana moriremos”. O construyamos y cobremos, que mañana moriremos también.

Y, aunque hemos criticado a los políticos, es también claro que la culpa no es solo de ellos sino nuestra y bien nuestra. Y que si una formación o grupo o partido intentara implantar unas políticas ecológicas radicales, perdería las siguientes elecciones con gran regocijo de la oposición. Quedan solo esos grupos minoritarios bien intencionados que intentan hacer todo lo que pueden, invitándonos a los demás a seguirles: porque la vida está tan llena de milagros como de crímenes y siempre queda esa vaga esperanza de: quién sabe…

 Yo ya no lo veré y no sé qué es lo que podrán hacer (aunque temo que poco). Pero quedaría al menos el detalle de que después de los sanitarios (y de los bomberos) fuesen ellos los que reciben en aplauso desde los balcones al anochecer. Y la posibilidad de preguntarse si cuando Jesús hablaba de un fin del mundo calamitoso, en contraste con lo que había sido su primer lenguaje (cf. Mc 13, Lc 21 y Mat 24), no estaba dándonos un aviso.

Pero ya, con estos calores, ¿qué más da?

La crisis climática

La ONU exige una reducción inmediata de los gases que causan la crisis climática: “Es ahora o nunca”

Chimeneas emitiendo CO2 / EFE
Chimeneas emitiendo CO2 / EFE

El mensaje científico es claro: si no se cortan drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero, es imposible contener el recalentamiento del planeta que está alterando el clima. “Una reducción rápida, profunda, incluso inmediata”, exige el Panel Científico de la ONU (IPCC) en su último informe.

La ONU alerta de que la crisis climática se acelera y todos sus daños empeoran

Los cálculos que muestra esta evaluación global sobre mitigación del cambio climático no engañan. Contener el calor extra de la Tierra en 1,5ºC implica, físicamente, que, como muy tarde en 2025, las emisiones de CO2 caigan y en 2030 sean la mitad. “Estabilizar la temperatura exige que haya emisiones netas cero en 2050”, repiten los científicos del IPCC. La diferencia en cuanto a daños que supone detener el calentamiento en 2ºC en lugar de 1,5 es muy significativa. Implica admitir demasiados efectos irreversibles para la salud, la seguridad y los ecosistemas.

La cuestión es que los números no cuadran. Por un lado, entre 2010 y 2019, el promedio anual de emisiones de gases invernadero ha estado en su máximo así que la acumulación en la atmósfera no ha parado de crecer. Por otro, las políticas actualmente puestas en marcha por los países, lejos de atajar el calentamiento del planeta a 1,5ºC o, al menos, 2ºC al final de siglo predicen un incremento de las emisiones más allá de 2025 y, por lo tanto, “el recalentamiento se irá a 3,2ºC”.

Es ahora o nunca. Sin esas reducciones en todos los sectores implicados será imposible

Jim Skea, codirector de la investigación

“Es ahora o nunca. Sin esas reducciones en todos los sectores implicados será imposible”, ha asegurado el codirector de la investigación, Jim Skea , que ha remarcado que el cambio climático es “el resultado de más de un siglo de uso insostenible de la energía y el terreno, además de los modelos de consumo y producción”.

El calentamiento del futuro depende del presente

Es una cuestión de ahora o nunca porque el pico de calentamiento que experimentará la Tierra en futuras décadas depende directamente de la acumulación de gases de efecto invernadero que provocan actualmente las actividades humanas. El CO2 que se libera ahora mismo –que dura activo cientos de años– se suma al que se liberó desde finales del siglo XIX a lo que se le añade, por ejemplo, el metano, para espesar la costra gaseosa que retiene el calor en el planeta.

El informe destaca que los recortes en las emisiones, el abandono de los combustibles fósiles y el cambio hacia fuentes de energía limpia son “la única opción real de evitar un cambio climático desbocado”, analiza la red Climate Action Network que aúna a 1.500 organizaciones de todo el mundo.

“Alcanzar y mantener unas emisiones netas cero hace que el calentamiento vaya declinando después de marcar su máximo”, indican los investigadores. Pero, al mismo tiempo, se ha comprobado que la acumulación de emisiones que conllevarán las infraestructuras de combustibles fósiles existentes y planeadas excede la que permitiría limitar el calentamiento en 1,5ºC.

Una vez más, las cuentas no salen así que ¿de dónde reducir?

Energía: desengancharse del petróleo, el gas y el carbón

Todas las fórmulas posibles para conseguir el objetivo de limitar el calentamiento a 1,5ºC o 2ºC extras pasan por eliminar gran parte de los combustibles fósiles como el petróleo, el gas y el carbón de la generación de energía. “Todos los modelos incluyen pasar de esos combustibles a fuentes renovables o que tengan sistemas de captura de carbono”, dice el informe.

Lo del sistema de captura es una estrategia desplegada por los productores de combustibles fósiles que afirman que pueden atrapar las emisiones de CO2 y que no se instalen en la atmósfera. El informe dice que, para que esto funcionara, deberían capturar el 90% de las emisiones de plantas térmicas y el 50-80% de las fugas de metano.

En este sentido, el IPCC explica que los costes de generar electricidad con fuentes renovables se han abaratado constantemente desde 2010. El coste por megavatio de la energía solar ha caído un 85% y el de la eólica un 55%, indica el trabajo.

Industria: una manera diferente de producir y consumir

Las emisiones netas cero en la industria “son un reto, pero es posible alcanzarlas”, sentencia el IPCC. Los eslabones donde puede fabricarse lanzando menos gases invernadero son múltiples. Lo primero, y más intuitivo, es que la electricidad que se utilice en las fábricas provenga de fuentes renovables. El subidón del precio de la energía que ha conllevado la escalada del coste del gas (antes y después del inicio de la guerra en Ucrania) ha revelado las consecuencias de la dependencia de este combustible fósil y su influencia a la hora de fijar el precio de la electricidad.

También se apunta a la economía circular de materiales para no mantener la dinámica de extracción, uso y desperdicio que, a la larga, impone emisiones de CO2.

Nos encontramos en una encrucijada. De las decisiones que tomemos ahora depende conseguir un futuro vivible

Hoesung Lee, jefe del IPCC

“En realidad, lo que confirma el informe es que con el sistema económico actual no seremos capaces de evitar la crisis climática”, aseguran en la organización Amigos de la Tierra. Y explican que en el trabajo del IPCC es imposible encontrar modelos que no sobrepasen el 1,5ºC grados. “O se produce un cambio de sistema o no será posible abordar la crisis”.

Las ciudades: transportarse y construir sin emitir tanto

“La manera de funcionar de las ciudades son una fábrica de CO2. Puede recortarse, para empezar, con el cambio a modelos de transporte urbano más eficientes: los vehículos eléctricos alimentados por fuentes limpias son los que más posibilidades de reducción ofrecen”. El IPCC admite que los biocombustibles sostenibles y otros productos como el hidrógeno pueden servir para atajar los gases de la aviación, el transporte marítimo y el trasporte pesado por carretera.

En cuanto a la construcción hay mucho campo: los edificios, tanto los que ya existen como los que vayan a levantarse, deberían estar pensados para no provocar emisiones de CO2. Utilizar electricidad renovable, impedir las fugas y conseguir que demanden menos energía.

Los científicos del IPCC insisten en que “la evidencia es cristalina”. “El momento de actuar es ahora y pueden rebajarse a la mitad las emisiones para 2030”. Nos encontramos en una encrucijada“, resume el jefe del IPCC Hoesung Lee. ”De las decisiones que tomemos ahora depende conseguir un futuro vivible“.

Gracias Garzón

¡GRACIAS GARZÓN!

El humano no deberá por mucho tiempo seguir mirando para otro lado como si nada pasará. El animal siente y padece con el maltrato. El animal no debe seguir siendo torturado en la macrogranja. Por ello, más pronto que tarde, deberíamos empezar a prescindir de la ganadería industrial. Por ello se agradecen voces valientes como la del Ministro de Consumo que ha levantado una tormenta mediática de grandes dimensiones. Los intereses concitados en torno a la industria de la carne son también de parejo tamaño.

Virulenta cruzada contra Garzón que ha incorporado a ganaderos, industriales, veterinarios y hasta gobiernos autonómicos: «Ha hecho un daño terrible, debe dimitir o ser destituido…”. Su grave delito ha sido cuestionar la macro industria del dolor y la muerte. Dicen los del sector que cumplen estrictamente la legislación, pero resulta que la ley bendice el sufrimiento y la tortura a una escala mayúscula. Si nos comprometemos con el desarrollo humano, esa ley habrá de ser cuestionada, lo mismo que en su día cayó la ley que protegía la esclavitud, afirmaba la segregación racial o negaba el voto a la mujer. 

Muchos se sienten agredidos en sus intereses por las atrevidas declaraciones a un periódico británico por parte del político de Izquierda Unida, pero pocos reparan en el dolor inmenso y diario que se origina a millones y millones de animales enjaulados, hormonados, atiborrados de antibióticos, tratados como simples máquinas productoras de carne o de leche. 

Harán falta más Garzones, más políticos osados dispuestos a poner en riesgo sus puestos por proclamar la verdad. Una civilización sustentada, en importante medida, en el sufrimiento animal, empieza a ser cuestionada desde las propias entrañas de un gobierno progresista. Es sin duda un paso adelante, por más que cueste caro a los pioneros que se atrevan a sobrepasar líneas rojas, en este caso a cuestionar las inmensas uralitas que esconden macroinfiernos. En este sentido, no deseo aventurarme en otros, será preciso reconocer que la coalición morada está cumpliendo algo de su papel de acicate de real progreso.

En su interminable ascenso evolutivo la humanidad ha de discernir entre sus hábitos aquello que ha de ir poco a poco dejando atrás. Quisiéramos más dirigentes a la vanguardia de ese progreso.  Cedan por lo tanto las proclamas voraces y faltas de la debida responsabilidad. Mientras que Sánchez disfruta de su “entrecot”, la carne devora igualmente buena parte de nuestro aire limpio. En general, los productos animales producen entre 10 y 50 veces más gases de efecto invernadero que los vegetales. Según la FAO el sector ganadero es el responsable del 18 % de todas las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto es equivalente a lo que emiten todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos.  La carne se lleva el 70% de los suelos agrícolas del mundo y del 30 % de la superficie terrestre del planeta. Constituye además la primera fuente de contaminación de las aguas. Si realmente deseamos combatir el cambio climático, habremos de empezar a sacar de nuestro menú el “entrecot” o cuanto menos reducir su ingesta.

Toca dar un paso adelante como comunidad. No podemos desatender este nuevo reto evolutivo humano, por muy inocentes que se nos presenten las bandejas del sufrimiento en los grandes supermercados.  No deseamos dañar ningún interés, sino sembrar conciencia, salud y sostenibilidad. No vamos contra nadie, vamos en favor del bien en un sentido que clama abarcar, junto a la humana, a la condición animal. La civilización avanza y es preciso ya que, dentro de los términos de vida y respeto, comencemos a incluir a esas benditas criaturas que se nos otorgaron en defensa y custodia, no para cruel aprovechamiento.

La crisis del agua es inminente

La ONU prevé una «inminente» crisis mundial del agua derivada de la emergencia climática 

Un nuevo informe de la Organización Mundial de Meteorología, organismo adscrito a las Naciones Unidas, advierte que las sequías se han vuelto más duraderas y calcula que para mediados de siglo podría haber 5.000 millones de personas con problemas para acceder al agua. 

Los efectos de la sequía en un embalse de Cantareira, en Piracaia (Brasil) durante el verano de 2021.  Amanda Perobelli / REUTERS 

ALEJANDRO TENA 

La crisis del agua es «inminente». La escasez de este recurso ya es un problema real en algunas regiones del mundo y el acceso universal estará lejos de ser garantizado en las próximas décadas, tal y como advierte la ONU en un informe publicado este martes a través de la Organización Mundial de Meteorología (WMO, por sus siglas en inglés), en el que se estima que en los próximos treinta años podría haber más de 5.000 millones de personas con algún tipo de dificultad para acceder plenamente a este bien esencial.  

El problema, no obstante, ya es real y en el presente hay cerca de 3.600 millones de personas que padecen las consecuencias de la escasez durante al menos un mes al año. La crisis climática ha intensificado las sequías y el almacenamiento de agua terrestre –acuíferos, humedales, glaciares y nieve– disponible para beber o regar cultivos ha disminuido una media de un centímetro al año en las últimas dos décadas. Si bien, la mayor pérdida de masas de agua se concentran en territorios poco poblados como las regiones de la Antártida Groenlandia –donde se registran descensos de hasta 4 cm anuales–, existen otras zonas de riesgo con alta densidad poblacional –como los países del entorno mediterráneo, el Sahel, el sur de África o el este del continente sudamericano, así como la India y otros países del sur de Asia– donde las masas de agua no estarán garantizadas a medio plazo para toda la población.  

Thank you for watching 

Las sequías, advierte la publicación, se han vuelto más recurrentes e intensas, en tanto que su duración media es ya un 29% más larga que a comienzos de siglo. Un escenario que está agrandando el mapa de regiones con probabilidades altas de padecer estrés hídrico, es decir, con una demanda de agua superior a la disponibilidad tanto para consumo como para producción agropecuaria. 

 Los países, lejos de encaminarse hacia la resolución del conflicto, se mantienen estancados en la toma de decisiones, tal y como denuncia el organismo de la ONU. Así, sólo 28 naciones han alcanzado los Objetivos de Desarrollo Sostenible relacionados con la adaptación a la escasez hídrica. Otros seis Estados han conseguido mantener la inversión pública en unos mínimos básicos para paliar los efectos de la crisis climática en el acceso al agua, pero 57 países –de un total de 101 analizados– dedican una cantidad de dinero que la WMO considera «insuficiente» para garantizar la disponibilidad plena y segura tanto para el consumo, como para la agricultura y la higiene. 
 La situación, no obstante, podría ser aún peor, pues hay un vacío de información en los datos hidrológicos del 67% de los países miembros de la WMO. Esto se traduce en una incapacidad de la mayoría de los servicios meteorológicos nacionales de anticiparse a etapas de sequía, pero también de poder prevenir otros fenómenos climáticos vinculados al agua como las lluvias torrenciales o las inundaciones. 

Mapa de las pérdidas de masas terrestres de agua anuales (2002-2021).  Organización Mundial de Meteorología 

Muertes y pérdidas 

La escasez del agua ya está dejando consecuencias irreversibles en el planeta. Así, los expertos de la ONU advierten de que en los últimos cincuenta años (1970-2019) las sequías han provocado la muerte de 700.721 personas en todo el mundo, la mayoría de ellas (695.081) en el continente africano. Le siguen Asia, con 4.129 personas que perdieron la vida al no tener acceso al agua potable; y los países del Pacífico Sudoccidental, que contabiliza 1.432 defunciones en ese mismo periodo de tiempo. Se constata, además, una desigualdad en la distribución de la letalidad que se intensificará en los próximos años si no se toman medidas, según la publicación. Una desigualdad que dejará a las naciones más empobrecidas en una situación de mayor vulnerabilidad pero que también generará mayores adversidades en las mujeres debido a la brecha de genero del mundo agrícola, tal como ha advertido en el pasado la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura)

 ANA MARÍA PASCUAL 

Las sequías y las inundaciones están cambiando ya las estaciones agrícolas, con un impacto en la salud alimentaria 

Pero las sequías no sólo se llevan por delante vidas. Los daños económicos son tan importantes que suman, en las últimas seis décadas, 262.000 millones de dólares en pérdidas. Asia es el continente del mundo donde la falta de agua ha generado mayores daños, sobre todo por la dependencia agraria de esta región, con daños cuantificados en 77.000 millones de dólares. Le siguen los países de Centroamérica y el Caribe, con una merma económica de 73.000 millones de dólares; el continente europeo, donde los periodos de sequía han dejado un coste económico de 48.000 millones de dólares; y Sudamérica, que suma 28.000 millones. 

La publicación advierte que las consecuencias de la crisis del agua en la que la humanidad ya parece haberse sumergido no están ligadas únicamente a las sequías, pues también se pone de relieve cómo la intensificación de fenómenos extremos puede desestabilizar vidas y economías nacionales. Se pone el foco así sobre las inundaciones que, a escala global, han experimentado un un aumento del 134% desde el año 2000 respecto al periodo 1980-1999. En las últimas décadas se han perdido 322.514 vidas en este tipo de catástrofes y los daños materiales están valorados en más de un billón de dólares. 

Petteri Taalas, secretario general de la Organización Mundial de Meteorología, ha demandado más inversión a los gobiernos nacionales para garantizar la adaptación ante la crisis climática y poder amortiguar sus efectos. El dirigente advierte de cómo las sequías y las inundaciones están ya cambiando las estaciones agrícolas, «con un impacto importante en la salud alimentaria» y en la vida del ser humano. «Necesitamos despertar ante la crisis del agua que se avecina», ha reclamado el profesor Taalas. 

Informe sobre el cambio climático

El gran informe científico sobre cambio climático responsabiliza a la humanidad del aumento de fenómenos extremos

Los expertos del IPCC avisan de que ya se han causado cambios que serán “irreversibles” durante “siglos o milenios”. El secretario general de la ONU asegura que este estudio es “un código rojo” para el mundo

MANUEL PLANELLES

Ya no se trata de algo más o menos probable, sino de un hecho. El último gran informe de situación del IPCC, el panel de expertos vinculados a la ONU que lleva más de tres décadas sentando las bases sobre el cambio climático, fulmina al negacionismo y considera como algo “inequívoco” que la humanidad “ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”, lo que ha generado “cambios generalizados y rápidos” en el planeta. La anterior edición de este estudio data de 2013 y desde entonces las evidencias se han multiplicado, al igual que los artículos y análisis científicos que muestran las consecuencias de una crisis que ya ha generado cambios en el clima “sin precedentes” en los últimos miles de años y que en algunos casos serán “irreversibles” durante siglos o milenios. Entre las consecuencias directas, además de la subida de las temperaturas medias, figuran los fenómenos meteorológicos extremos. Se trata de eventos similares a las olas de calor o las lluvias torrenciales que se están viviendo en las últimas semanas por distintas partes del globo y que ya han aumentado en intensidad y frecuencia debido al calentamiento generado por el ser humano, según confirma el informe.

El estudio que se ha hecho público este lunes es el del grupo de trabajo I del sexto informe de evaluación del IPCC y en su elaboración han participado 234 expertos de 66 países. Los científicos han revisado más de 14.000 artículos y referencias publicadas hasta ahora para realizar su síntesis sobre los efectos físicos que ya ha tenido el calentamiento y los posibles escenarios en función de los gases de efecto invernadero que emita la humanidad en las próximas décadas.

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Esos gases se liberan fundamentalmente cuando se queman los combustibles fósiles para generar energía y son los responsables del sobrecalentamiento del planeta. Desde la Revolución Industrial las emisiones no han parado de crecer, llegando hoy a niveles insólitos. Dos ejemplos: la concentración en la atmósfera del dióxido de carbono (CO₂) —el principal de ellos— es la más alta a la que se ha llegado en los dos últimos millones de años; las de metano y óxido nitroso —los otros dos grandes precursores del calentamiento— no habían alcanzado unos niveles tan altos en los últimos 800.000 años. Esto tiene una consecuencia clara: el aumento de la temperatura media global está ya en 1,1 grados respecto a los niveles preindustriales; y el ritmo de calentamiento planetario es tal que no hay precedentes de un proceso similar en al menos los últimos 2.000 años, apunta el informe del IPCC.

El estudio advierte de que el incremento de la temperatura seguirá al menos hasta mediados de este siglo pase lo que pase. A partir de 2050 las cosas se pueden poner realmente complicadas, porque no se logrará que el nivel de calentamiento se quede entre los 1,5 y 2 grados “a menos que se produzcan reducciones profundas en las emisiones de CO₂ y otros gases de efecto invernadero en las próximas décadas”. En el peor escenario, si no se actúa y las emisiones siguen creciendo al mismo ritmo que hasta ahora, el informe estima que a finales de este siglo se llegaría a un incremento de 4,4 grados, algo que multiplicaría también la intensidad y frecuencia de los fenómenos extremos. Los científicos recuerdan que la última vez en la que se llegó a un nivel de calentamiento por encima de los 2,5 grados fue hace tres millones de años, cuando ni siquiera existía el ser humano. El Acuerdo de París, firmado en 2015, fijó como objetivo principal reducir las emisiones para que el aumento de la temperatura global se quedara entre esos 1,5 y 2 grados. Y los informes del IPCC sirven también para notificar a los gobernantes de los países sobre qué se debe hacer para cumplir esos compromisos. Los expertos plantean varios escenarios de emisiones durante este siglo. En todos se espera que la barrera de los 1,5 grados se supere en los próximos 20 años debido a los gases de efecto invernadero que ha emitido hasta ahora la humanidad y que permanecen en la atmósfera durante décadas. Pero Pep Canadell, director del Global Carbon Project y uno de los científicos responsables del informe del IPCC, explica que la situación todavía no es irreversible: en el escenario de emisiones más optimista aún se puede lograr que el incremento de la temperatura a final de siglo se quede en 1,5 grados aunque pueda haber una superación temporal de ese umbral en los próximos años.

Para quedarse en los 1,5 grados hacen falta reducciones “rápidas, sostenidas y a gran escala”, como explica la climatóloga argentina Carolina Vera, una de las vicepresidentas del grupo de trabajo I del IPCC. Esas reducciones de las emisiones tardarían entre 20 y 30 años en tener efectos en las temperaturas globales. Pero el informe señala que “los beneficios para la calidad del aire llegarían rápidamente”. Además de reducir las emisiones, para cumplir con París se necesitará recurrir a la captura del dióxido de carbono que ya hay en la atmósfera a través de sumideros naturales, como los bosques, o soluciones tecnológicas, añade por su parte Canadell. Eso sí, la captura a través de los sumideros naturales es limitada, por lo que no puede ser la principal solución.

Cambio de paradigma

Desde que en 1990 se publicó el primero de estos documentos de síntesis se han ido acumulando las evidencias y los estudios sobre el calentamiento. Pero los informes finales del IPCC suelen emplear un lenguaje conservador porque tienen que aprobarse por consenso entre los representantes de los 195 países que participan en las negociaciones climáticas ante la ONU. El equipo científico de este sexto informe presentó sus resultados a los países a finales de julio y durante las dos últimas semanas se ha estado negociando el texto final de 42 páginas presentado este lunes y en el que se zanja el debate sobre la influencia del ser humano en el cambio climático. En la redacción del informe de 2013 se dejaba una mínima ventana abierta a la duda. Pero ocho años después se cierra definitivamente.

“La evidencia de la influencia del ser humano en el clima es ya tan abrumadora que no hay duda científica”

José Manuel Gutiérrez, director del Instituto de Física de Cantabria (IFCA) y otro de los coordinadores del informe, lo explica así: “El IPCC usa un lenguaje calibrado que tiene que ver con probabilidades y con la evidencia disponible. Pero la influencia del ser humano en el clima ya no encaja en ninguno de esos umbrales de probabilidad y se considera que es un hecho probado que no tiene incertidumbre. La evidencia es ya tan abrumadora que no hay duda científica. En este informe se emplea tal rotundidad para no seguir con este debate; es un hecho y a partir de ahí vamos a ver cómo afecta y potenciales soluciones”. Canadell considera que se trata de “un cambio de paradigma”: “Hemos tirado por la ventana las posibilidades y las probabilidades y se concluye que es un hecho que el calentamiento se debe a la humanidad”.

Atribución de los fenómenos extremos

El equipo científico del IPCC lleva tres años trabajando en este informe. Pero la etapa final ha coincidido con una concatenación de fenómenos meteorológicos extremos, como la tremenda ola de calor de finales de junio en Canadálas inundaciones en el centro de Europa o en China de julio y los recientes incendios asociados al calor en la cuenca del Mediterráneo. Precisamente, otra de las importantes novedades del informe es la referida a estos eventos. El IPCC afirma rotundo: “El cambio climático inducido por el hombre ya está afectando a muchos fenómenos meteorológicos y climáticos extremos en todas las regiones del mundo. La evidencia de los cambios observados en extremos como olas de calor, fuertes precipitaciones, sequías y ciclones tropicales, y, en particular, su atribución a la influencia humana se ha fortalecido desde el AR5 [el informe de 2013]”.El texto apunta a que “es prácticamente seguro que las olas de calor extremas se han vuelto más frecuentes e intensas en la mayoría de las regiones terrestres desde la década de 1950, mientras que los extremos fríos (incluidas las olas de frío) se han vuelto menos frecuentes y menos graves, con una gran confianza en que el cambio climático inducido por el hombre es el principal impulsor de estos cambios”. Una situación similar se plantea para “la frecuencia y la intensidad de los eventos de precipitaciones intensas”, que han aumentado “desde la década de 1950 en la mayor parte de la superficie terrestre” y de las que “el cambio climático inducido por el hombre es probablemente el principal impulsor”.

Sergio Vicente-Serrano, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología, del CSIC, y uno de los autores del capítulo referido a los eventos extremos, señala que las evidencias sobre esta vinculación “son mucho más robustas que en los informes anteriores”. En 2013, por ejemplo, se apuntaba a la posibilidad de que aumentaran estos fenómenos en virulencia y frecuencia debido a la energía que se estaba acumulando en la atmósfera por el calentamiento. El gran paso que ha dado la ciencia en los últimos años es el de la atribución de los fenómenos extremos concretos al cambio climático inducido por el hombre, como ocurrió con la ola de calor de Canadá. Se ha logrado, explica Canadell, por los avances tecnológicos —por ejemplo, con computadoras más potentes capaces de manejar muchos más datos— y por el aumento de estos fenómenos.

El informe concluye que existe una “relación directa” entre el incremento de las temperaturas medias y la multiplicación de los extremos cálidos, las fuertes precipitaciones, las sequías agrícolas y ecológicas en algunas regiones, además del aumento de los ciclones tropicales intensos y la disminución del hielo marino del Ártico y la reducción de la capa de nieve y el permafrost. El texto avisa de que, por cada medio grado de calentamiento global, se provocan “aumentos claramente perceptibles en la intensidad y frecuencia de extremos cálidos, incluidas olas de calor (muy probable) y fuertes precipitaciones (nivel de confianza alto), así como sequías agrícolas y ecológicas en algunas regiones (nivel de confianza alto)”. Y se advierte de que “habrá una ocurrencia creciente de algunos eventos extremos sin precedentes en el registro de observación con el calentamiento”, incluso si se logra cumplir la meta de los 1,5 grados.

Cambios irreversibles

El informe del IPCC recuerda que muchos cambios motivados por las emisiones pasadas ya serán “irreversibles durante siglos o milenios”, especialmente los que afectan a los océanos y las capas de hielo. La investigadora Carolina Vera remacha que estos impactos “van a continuar durante cientos o miles de años, pero se pueden ralentizar si se reducen las emisiones”. Se espera, por ejemplo, que el nivel del mar siga aumentando durante este siglo. Entre 1901 y 2018, el incremento fue de unos 20 centímetros. Y, tomando como referencia el nivel del periodo comprendido entre 1995 y 2014, para 2100 la subida podría ser de 40 centímetros en el escenario de emisiones más optimista; en el más pesimista se duplicaría, hasta superar los 80 centímetros. Esto contribuirá a que se den “inundaciones costeras más frecuentes y graves en las zonas bajas y la erosión” de la costa. “Los eventos extremos relacionados con el nivel del mar que antes ocurrían una vez cada 100 años podrían ocurrir cada año a finales de este siglo”, explica el IPCC.

“Los eventos extremos relacionados con el nivel del mar que antes ocurrían una vez cada 100 años podrían ocurrir cada año a finales de este siglo”Otro de los puntos críticos que se resaltan en el informe es el Ártico, que se seguirá calentando más del doble de rápido que la media del planeta. Esto “amplificaría aún más el deshielo del permafrost y la pérdida de la capa de nieve estacional, el hielo terrestre y el hielo marino del Ártico”. La previsión de los científicos es que el Ártico “esté virtualmente libre de hielo marino en septiembre, al menos una vez antes de 2050″, en todos los escenarios previstos en el informe.

Reacciones

“El informe del IPCC de hoy es un código rojo para la humanidad”, ha comentado este lunes António Guterres, secretario general de la ONU, que aseguró que “la viabilidad de nuestras sociedades” depende de la actuación de gobiernos, empresas y ciudadanos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados. “Las alarmas son ensordecedoras y la evidencia es irrefutable: las emisiones de gases de efecto invernadero por la quema de combustibles fósiles y la deforestación están asfixiando nuestro planeta y poniendo a miles de millones de personas en riesgo inmediato. El calentamiento global está afectando a todas las regiones de la Tierra, y muchos de los cambios se vuelven irreversibles”, ha afirmado el portugués.

Desde EE UU, el presidente Joe Biden se ha referido también a este trabajo de los científicos: “No podemos esperar para afrontar la crisis climática. Los signos son inconfundibles. La ciencia es innegable. Y el costo de la inacción sigue aumentando”, ha manifestado el líder estadounidense en un tuit.

Por su parte, Alok Sharma, presidente de la decisiva Cumbre Mundial del Clima que tendrá lugar el próximo noviembre en Glasgow (COP26), ha recalcado que “la próxima década es decisiva”. “La ciencia es clara, los impactos de la crisis climática pueden verse en todo el mundo y si no actuamos ahora, seguiremos viendo cómo los peores efectos impactan en las vidas, los medios de vida y los hábitats naturales”, ha señalado.

También ha llamado a actuar la vicepresidenta y ministra española para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, que ha pedido “intensificar los esfuerzos de adaptación al cambio climático”. Como ha comentado, “las alteraciones del clima se suceden a un ritmo cada vez más acelerado y la evidencia científica nos empuja a los gobiernos y al conjunto de la sociedad mundial a acelerar el ritmo de transformación de nuestro modelo de desarrollo y de nuestro sistema económico para hacer frente a la gran amenaza que representa el cambio climático”

Lo peor está por llegar

                                                                                   Leonardo Boff
Las grandes crecidas que han ocurrido en Alemania y en Bélgica en julio. mes del verano europeo, causando cientos de víctimas, asociadas a una ola de calor abrupto que en algunos lugares ha llegado a más de 50 grados, nos obliga a pensar y a tomar decisiones con vistas al equilibrio de la Tierra. Algunos analistas han llegado a decir: la Tierra no solo se ha calentado; en algunos sitios se ha vuelto un horno.
Esto significa que decenas de organismos vivos no consiguen adaptarse y acaban muriendo. Actualmente el calentamiento que tenemos subió en el último siglo más de un grado Celsius. Si llegase, como está previsto, a dos grados, cerca de un millón de especies vivas estarán al borde de su desaparición, después de millones de años viviendo en este planeta. Seguir leyendo

Hacia una ecología política de las energías renovables


Por Sofia Ávila
Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 550: Energía y crisis civilizatoria 26/10/2020

El último reporte del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático ha sido contundente: limitar el calentamiento global a 1.5°C requiere de una transición “rápida” y “sin precedentes” en los sistemas energéticos basados en las energías fósiles[1]. Pero si bien hay un consenso generalizado sobre el papel central que las energías renovables jugarán en este proceso, poco se discute sobre las formas en que nuestras sociedades aprovecharán, transformarán, distribuirán y consumirán estos recursos alternativos.

La estrecha relación entre el uso de la energía y la organización social plantea preguntas clave sobre el tipo de proyecto político, económico y ecológico que las energías renovables sostendrán. Una transición hacia el aprovechamiento y consumo de energías renovables puede verse como un mero cambio tecnológico que daría vuelta al engranaje del “crecimiento verde” (proyecto eco-modernista), o bien, como el impulso para una transformación social más amplia que apunta hacia la construcción de proyectos eco-sociales alternativos.

Eco-modernismo y energías renovables

Los debates dominantes de la transición energética apuestan por impulsar un proyecto en donde el desarrollo de más y mejores tecnologías, así como el emplazamiento de mega-infraestructuras en energía renovable se entienden como la solución inmediata a la crisis climática. El paradigma eco-modernista se enraíza en la tradición del pensamiento ambiental que asume que la protección ecológica y el crecimiento económico son compatibles a través del desarrollo de tecnologías y procesos eficientes, mismos que son promovidos por mercados competitivos y/o intervenciones estatales[2].

El carácter central de este paradigma en los debates sobre la transición queda atestado en la postura de gobiernos, organizaciones internacionales y grandes inversionistas que definen una estrategia en donde los objetivos climáticos son compatibles con un “crecimiento económico continuo” y los principios de “desarrollo sostenible”[3]. Tales discursos, parten del supuesto de que los patrones de producción y consumo permanecerán constantes e incrementarán en las próximas décadas, promoviendo así la idea de que las renovables pueden mantener una versión “sustentable” y “más justa” del modelo económico impulsado por las energías fósiles[4].

Desde una perspectiva integral, sin embargo, el proyecto eco-modernista resulta cuestionable en al menos tres dimensiones.

1.- Los recursos renovables (flujos de sol, viento y agua) se encuentran dispersos en términos espaciales, tienen una naturaleza intermitente, y su densidad energética es considerablemente menor que la de las fuentes fósiles[5]. Esto significa que, si bien los recursos renovables son en principio infinitos, existen una serie de límites biofísicos para su aprovechamiento y consumo a escala industrial.

2.- La apuesta por mantener un modelo de desarrollo fósil bajo un sistema de energías renovables, necesariamente se traduciría en una gran demanda de tierras[6], así como de otros materiales y energía. Un modelo energético “100% basado en renovables” que mantiene los patrones de producción y consumo actuales conllevaría, por lo tanto, a una mayor expansión de las fronteras extractivas; así como a profundos cambios en la propiedad, uso y acceso de los territorios rurales a favor de las grandes inversiones energéticas.

3.- El emplazamiento de grandes infraestructuras de energía renovable no se da como un proceso neutro y aislado, sino que se inserta dentro de una serie de estructuras políticas, económicas y sociales más amplias que son fundamentales para el análisis y diseño de una transición que sea socialmente justa y ambientalmente sustentable.

Megaproyectos renovables y conflictos socioambientales

El impulso del proyecto eco-modernista ha ido tomando forma con el incremento de capitales en el sector de las energías renovables. Para los países en “vías de desarrollo”, estas inversiones se han materializado en la implementación de grandes infraestructuras, comúnmente enmarcadas como parte de un “desarrollo bajo en carbono”, y aceleradas por la desregulación de algunos sectores económicos clave[7].

Inversión en energías renovables: países desarrollados y en vías de desarrollo

Este patrón de inversiones comienza a generar un creciente número de conflictos locales (ver: Atlas de Justicia Ambiental). Estudios sistemáticos para el caso de los mega-proyectos hidráulicos, eólicos y solares, demuestran que la gran mayoría de estos conflictos surgen como una respuesta directa a la adquisición irregular de tierras por parte de grandes desarrolladores (e.g. desplazamiento de poblaciones, expropiación/privatización de tierras, contratos irrisorios por la renta de parcelas[8][9]). Estos procesos vienen comúnmente acompañados de una falta de reconocimiento de las relaciones socio-ecológicas de los territorios, incluyendo las instituciones de propiedad y gestión colectiva de los recursos. La implementación de proyectos es, a su vez, facilitada por la violación al derecho de consulta previa, libre, informada y culturalmente adaptada; así como a la falta de estudios integrales y vinculantes sobre los impactos sociales y ambientales vinculados a estas infraestructuras.

El patrón de inversiones en renovables refleja también una distribución desigual de los impactos y beneficios. Además de la privatización de tierras, recursos y los beneficios económicos de su comercialización, los megaproyectos tienden a estar destinados para el consumo energético de grandes empresas, sectores industriales y ciudades en crecimiento[10]. Así, los megaproyectos van reafirmando una organización del espacio en donde lo “rural” funciona como un nodo de producción de energía para proveer las crecientes demandas urbanas e industriales. La posibilidad de promover sistemas eléctricos descentralizados, gestionados democráticamente y diseñados para sostener las necesidades regionales queda, así, anulada en tales esquemas.

Los conflictos tienen un claro componente reactivo, en la medida en que comunidades locales y organizaciones resisten la implementación de infraestructuras que, bajo la legitimación del discurso climático, reproducen estructuras de despojo neocolonial que caracterizan al modelo de desarrollo neoliberal. Pero también, los conflictos dan lugar a procesos “productivos”[11], abriendo debates democráticos sobre las transformaciones estructurales necesarias para una transición basada en la gestión pública y colectiva de los recursos. El creciente número de conflictos que emergen ante estos procesos demuestra, pues, la emergencia de un “ambientalismo popular”[12] que se convierte en la punta de lanza para empujar un proyecto de transición más democrático, justo y sustentable.

Muchos de estos conflictos contribuyen a visibilizar las contradicciones que emergen a partir del discurso del crecimiento verde; mientras que otros consiguen impulsar reformas legales para la consulta e implementación justa de nuevas infraestructuras energéticas. Otros casos avanzan cuestionando el control de los recursos y las tecnologías, planteando el aprovechamiento colectivo, democrático y descentralizado de las fuentes renovables. Y hay otros más que cuestionan también la escala de las infraestructuras y replantean las necesidades de consumo a nivel local y regional.

Politizando el debate sobre las renovables

Mientras que el discurso eco-modernista de la transición energética tiende a presentarse como un proyecto neutral y despolitizado, los conflictos emergentes hacen visible una serie de temas que resultan fundamentales para enriquecer un debate que es, sobre todo, político. Si bien las energías renovables son una pieza fundamental para resolver la crisis climática, las injusticias socioambientales continuarán emergiendo si un proyecto de transición energética no va acompañado de cambios en los patrones de consumo y gestión de los recursos; todo lo cual implica transformaciones sociales, políticas y económicas de fondo.

Una ecología política de las energías renovables pone en el centro del debate los límites biofísicos de la transición energética, al tiempo que potencia las oportunidades de regeneración social que brinda la transición. Politizar el debate sobre las energías renovables implica democratizar el cómo, por quién y para quién impulsaremos el aprovechamiento de las energías renovables. Una apuesta política de la transición es, por lo tanto, una apuesta por replantear los flujos metabólicos dentro de los límites planetarios, abriendo espacios para la realización de múltiples proyectos de vida que apuntan hacia transiciones civilizatorias más justas y sustentables. Las alianzas entre los movimientos a favor de la justicia ambiental, con aquellas iniciativas que promueven alternativas al desarrollo, son y serán clave en la construcción de los debates políticos sobre la transición.

Sofía Ávila es investigadora y candidata doctoral en Ecología Política y Economía Ecologica, dentro del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental de la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente trabaja dentro del proyecto Environmental Justice, analizando las dimensiones sociales y biofísicas de las energías renovables.

Espiritualidad y política

UTOPÍA nº 115: Espiritualidad y Política

Dentro del ciclo de este año, ¿Que es la espiritualidad?, encaramos el nº 115, con el lema Espiritualidad y política.

Partiendo de que un espíritu sin “carne” social está vacío y de que la primera prueba de la espiritualidad auténtica es la opción social y política, en el momento que estamos viviendo, golpeados por la inesperada pandemia, se agudiza todavía más la total desconexión entre la praxis política y las preocupaciones de la ciudadanía.

Hay una perversión de la democracia que no responde a las necesidades del pueblo, que produce que los ciudadanos estén en otra cosa y los políticos sigan enzarzados en disputas partidistas y estériles.

Planteamiento del nº 115

Intentaremos hacer un planteamiento global del tema de este número desarrollando las reflexiones en tres líneas para cada una de las tres ediciones:

  1. El sistema privado: Espiritualidad de lo público
  2. El acceso a la alimentación: Espiritualidad de la Tierra
  3. Religión vs Evangelio: El secuestro de la religión por la política (y viceversa), que enlazará con el tema del nº 116: Espiritualidad y post-religiones

Contenido

Tras la entrevista que Luis Ángel Aguilar ha realizado a Emma Martínez Ocaña, y que se completa de una recensión de su libro Es tarde pero es nuestra hora, proponemos tres reflexiones:

  • El secuestro de lo político, donde Javier Domínguez analiza las propuestas de Casado y Abascal como una versión cutre de las de Goebbels en el nazismo.
  • Luis Pernía, en su artículo La sanidad secuestrada, nos expone con crudeza cómo la crisis de la pandemia ha hecho aflorar la realidad de la situación de este servicio público, que no debe vivir más solo de nuestros aplausos.
  • Emiliano de Tapia nos propone que el Ingreso Mínimo Vital es eso, un “mínimo”, debiendo ser superado por una Renta Básica.

Completan el número tres comunicaciones:

  • La revisión de la Carta fundacional de los círculos de espiritualidad progresista de Podemos
  • El editorial de una emisión de FUNDALATIN: Espiritualidad liberadora y unidad solidaria en patria grande
  • La convocatoria de una nueva mesa redonda dentro del ciclo Orientaciones en tiempos de crisis

El camino

Desde UTOPIA somos conscientes de que quizás hay que hacer una cierta pedagogía del proceso, pero, tras ella:

  • hay que pasar de las palabras a los hechos
  • hay que dar pasos.
  • hay que tomar decisiones

De todas formas, recordamos el poema de Blas de Otero: Nos queda la palabra

 

El virus de la desigualdad y la pandemia de la pobreza

 

José María Vera, de Intermón Oxfam

«La desigualdad ha crecido en la mayoría de los países, asentada en un sistema económico que favorece el acaparamiento de la riqueza, la renta, las oportunidades y los recursos naturales»

«De no enfrentar esta crisis descomunal de forma diferente a otras, asistiremos a un crecimiento agudo de la pobreza»

José Mª (Chema) Vera profundiza en las consecuencias sociales y económicas de la crisis del coronavirus en Cristianisme i Justícia

11.09.2020

(Cristianismeijusticia).- El coronavirus se abate sobre un mundo en que la desigualdad ha crecido en la mayoría de los países, asentada en un sistema económico que favorece el acaparamiento de la riqueza, la renta, las oportunidades y los recursos naturales por parte de unos pocos.

De no enfrentar esta crisis descomunal de forma diferente a otras, asistiremos a un crecimiento agudo de la pobreza y a la profundización de la brecha que divide a la humanidad entre quienes tienen acceso a protección y quienes quedan a la intemperie.

Con una larga trayectoria en relaciones internacionales, José Mª (Chema) Vera ha sido director de Oxfam Intermón, y actualmente es director de Oxfam Internacional.  Colabora desde hace años con Cristianisme i Justícia. Es miembro del Patronato y publicó en 2002 «Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional (Cuaderno nº 112). Lee su artículo pinchando aquí.