Tragedia en la cárcel de Tuluá, Colombia

Colombia: el obispo de Buga llama a la solidaridad tras tragedia de la cárcel de Tuluá

Una riña entre internos produjo un incendio que dejó el lamentable saldo de 51 internos fallecidos y más de 30 heridos

Centro Penitenciario de Tuluá

Una riña en el centro penitenciario de Tuluá, departamento del Valle del Cauca, pacífico colombiano, ha dejado un saldo de 51 muertos y 30 heridos. Según el Inpec (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario) tras intervenir en la gresca, los propios internos “prendieron fuego a sus propios colchones”.

José Roberto Ospina, obispo de Buga, jurisdicción eclesial donde se ubica esta prisión, ha expresado su cercanía a los familiares de las víctimas “quiero pedir oraciones a todos ustedes (familiares) orar por el eterno descanso de quienes han fallecido, que el Señor consuele y fortalezca a sus familiares”.

Llamado a la solidaridad

Asimismo llamó también “la atención para que en todas las parroquias y arciprestazgos de la diócesis se recolecten estos elementos”, mientras que en las próximas horas estará presidiendo las exequias de algunos de los internos fallecidos en el incendio.

Según el Inpec, la cárcel de Tuluá alberga a 1.267 reclusos. En el pabellón, donde ocurrió la tragedia estaban 180 reclusos. El obispo, en tanto, apela a la solidaridad de los tulueños con  la ayuda en especie como: frazadas, artículos de aseo personal, sábanas, entre otros.

Para ello, ha dispuesto de centros de acopio para recibir ayudas, entre las parroquias se encuentran: San Bartolomé, Medalla Milagrosa, Perpetuo Socorro y la casa del mendigo en Buga.

Tortura en las cárceles

Cerca de 400 presos fueron atados con correas a una cama en 2021

Cárcel Sevilla II
Módulos de la cárcel de Sevilla II, en Morón de la Frontera.  EFE

El Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura insta a Instituciones Penitenciarias a adoptar medidas para «reducir la aplicación de medios coercitivos» en las cárceles. Advierte que en los registros de las cárceles hay escasos datos al respecto.

DANILO ALBIN

Las polémicas medidas de sujeción mecánica con correas siguen presentes en el interior de las cárceles y centros de internamiento de menores. Así lo ha detectado el Defensor del Pueblo en el último informe del Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNTP), que vuelve a dejar en evidencia la brecha existente entre las peticiones de dicho organismo y la realidad que se vive en los centros penitenciarios.

«Como dato relevante se puede destacar que durante 2021, en el ámbito de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, hubo 3.600 sujeciones mecánicas», subraya el documento entregado días atrás en el Congreso.

En ese apartado del informe, señala que se detectaron 148 casos de presos atados con correas «por motivos sanitarios» y otros 251 a los que también se aplicó dicho método, lo que implica un total de 399 episodios en los que se recurrió a esa cuestionada técnica.

De acuerdo al protocolo vigente en Instituciones Penitenciarias, la «sujeción mecánica de temporalidad prolongada» –aquella cuya duración excede de media hora– conlleva la utilización de las correas homologadas en celda habilitada al efecto».

«En la dependencia y cama especialmente dispuesta de antemano para ello, se tenderá al interno en posición de decúbito supino (boca arriba), semi-incorporado, procediéndose a su sujeción en el siguiente orden: extremidades inferiores, cinturón abdominal y extremidades superiores«, describe el protocolo.

Frente a esa línea de actuación, el Defensor del Pueblo vuelve a recordar que «la óptima gestión del conflicto es aquella que trabaja para que la aplicación de los medios coercitivos se reduzca al máximo, de una manera progresiva» una idea que «debe ser especialmente aplicada en las sujeciones mecánicas con correas».

De hecho, este organismo sostiene que «se debe trabajar para intentar abolirlas a largo plazo si se considera posible». Por tales motivos, formuló una recomendación a Instituciones Penitenciarias en la que insta a «tender a la reducción al máximo de la aplicación de sujeciones mecánicas con correas como aplicación de medio coercitivo, con el objetivo a largo plazo de su supresión total».

En su informe,  el Defensor del Pueblo insta además a «incrementar la formación del personal sanitario y de vigilancia sobre la técnica de realización de las contenciones mecánicas». Además, «la Secretaría General de Instituciones
Penitenciarias debe tener una posición alternativa global para reducir la aplicación de medios coercitivos e intentar, a la vez, reducir los incidentes y la conflictividad en las cárceles en que proceda».

«La contención mecánica no debe aplicarse nunca. Los protocolos fallan sistemáticamente», resume Jorge del Cura, miembro del Centro de Documentación contra la Tortura. En tal sentido, subraya que «en caso de ser necesaria, una contención puede durar media hora, pero no 8, 24 o 36 horas, como ha habido casos».

«No solo es la contención mecánica por la fuerza que conlleva y la situación de indefensión, sino las condiciones totalmente humillantes en las que se lleva a cabo», remarcó.  

Intentos de suicidio

Hay otro dato alarmante. «En las revisiones que se hacen de las aplicaciones de medios coercitivos, el MNP todavía observa que se aplican sujeciones mecánicas prolongadas por intentos de suicidio», una «práctica cuestionable» que también ha sido observada por el Comité para la Prevención de la Tortura.

Por ello, el Defensor se vio obligado a pedir a Interior que dicte las órdenes oportunas para que «en casos de intentos de suicidio no se aplican las sujeciones mecánicas con correas por motivos regimentales».

Falta de información

En los centros visitados dependientes de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, el MNP observó que los sistemas de registros basados en libros no contienen información completa sobre el motivo de aplicación del medio coercitivo concreto, más allá de la fecha y hora de inicio y cese, nombre del interno y firma del jefe de servicios y el director», mientras que en el formato digital «se añade una mínima descripción del incidente y el lugar».

Ante esta situación, el MNP recomendó  «aprobar un libro de medios coercitivos para los centros penitenciarios dependientes de esa Administración en el que figure toda la información relevante de la medida aplicada,incluyendo el motivo detallado del medio coercitivo aplicado, los funcionarios implicados, así como la hora y fecha de comunicación a la autoridad correspondiente».

Tras visitar la cárcel de Sevilla II, el Defensor del Pueblo reclamó a Instituciones Penitenciarias que se remitan al juzgado y a la fiscalía de vigilancia penitenciaria «las imágenes grabadas de las sujeciones mecánicas con correa practicadas».

En el caso de ese centro, pidió además que se emita «un informe por parte de la inspección penitenciaria de proporcionalidad, oportunidad y práctica de las sujeciones prolongadas que se hagan en cada centro penitenciario».

Centros de menores

El documento apunta también hacia las medidas de sujeción con correas en los centros de menores, sobre los  que subyace un trágico antecedente: en 2019, el joven Iliass Tahiri murió en el Centro de Menores de Tierras de Oria en Almería tras ser atado a su cama con correas y boca abajo por los guardias del centro. El caso fue archivado por el juzgado y posteriormente reabierto por la Audiencia Provincial de Almería. En diciembre pasado, la Fiscalía se pronunció a favor del archivo definitivo de la causa.

En esa línea, el Defensor del Pueblo recuerda que en el informe anual del Mecanismo Nacional de Prevención de 2020 se recogía una Recomendación al Ministerio de Justicia «para que fuera abolida la sujeción mecánica en los centros de internamiento para menores infractores en todo el territorio nacional», lo cual fue aceptado por la Administración.

«Según se ha informado al MNP, en ninguno de los centros visitados durante el
año 2021 se utilizaba la sujeción mecánica mediante correas a una cama», describe el informe. Sin embargo, el Defensor del Pueblo señala que en una visita al centro de internamiento de menores El Molino de Almería «disponía de dos habitaciones preparadas para la aplicación de sujeciones mecánicas mediante correas». La sugerencia efectuada a la administración para que retirasen estas dos camas «ha sido aceptada».

Algo parecido ocurrió en la visita al centro de Zaragoza, donde el MNP «apreció que tenían un protocolo de seguridad y normas de funcionamiento que incluía la sujeción mecánica mediante correas homologadas«. En este caso, la «recomendación formulada a la Administración para que se eliminara la
referencia a la sujeción mecánica y trasladaran a las personas que trabajan en el centro la prohibición de este medio coercitivo» también ha sido aceptada.

«Inmovilizar a menores mediante correas a una cama o a un objeto fijo es un uso desproporcionado de la fuerza y una medida incongruente con los criterios de un centro de ese tipo, que debe tener una orientación educativa y de reintegración social de los menores», subraya el documento.

Bajó a los infiernos. La Pascua de los “encarcelados”

El credo romano (= de los apòstoles) incluye un “articulo” clave de la iglesia antigua en el que  se dice que Jesús “descendió” a los infiernos para liberar a todos los encarcelados (condenados) de la historia humana

   La Iglesia oriental sigue representando la pascua con la imagen de Jesús que desciende a los infiernos de la historia (de la muerte y opresión humana) para liberar a todos los  condenados de la opresión del mundo para hacerles participantes de su resurrección.

    He desarrollado este “artículo” central de la fe en diversos libros, en especial en el Diccionario de la Biblia.  Desde ese fondo quiero presentar hoy dos breves reflexiones que no sirven para exponer el tema en su totalidad, sino para situarlo en un contexto más amplio de compromiso y oración cristiana, en este tiempo de Pascua. 

 | X. Pikaza

La cárcel de la historia, lugar de Dios.

  Al final de su lista de los necesitados humanas, tras los hambrientos-sedientos-extranjeros-desnudos-enfermos, como para indicar que en ellos se condensan y culminan todos los “males de Dios”, Mt 25, 31‒46 presenta a los encarcelados, esto es, a los hombres y mujeres a quienes la sociedad encierra (expulsa) como peligrosos. Precisamente ellos aparecen así como más cercanos a Jesús, Hijo de Dios que ha sido expulsado de la “viña” (de la buena sociedad) y condenado a muerte, pues no cabe en la “casa” de la “buena” sociedad dominadora (cf. Mt 21, 43).

Sin duda, algunos encarcelados representan un peligro para la vida de los demás (por perturbación psíquica o tendencias agresivas/homicidas insuperables), y no es sensato que queden sin más en libertad. Pero la mayor parte de los encarcelados son enfermos y víctimas de una falta de educación y de la violencia social. Sea como fuere, Jesús se identifica con todos ellos, y así quiere ofrecerles (recibir en ellos) una presencia humana de cuidado.

Jesús no define el posible pecado moral y social de esos encarcelados, ni instituye una dinámica de tipo judicial, para saber si son o no culpables (cf. Mt 7, 1), sino que pide a sus seguidores y a todos los que quieren responder en amor a la presencia del Dios Trinidad que les visiten/atiendan (les cuiden), definiendo así la cárcel como “casa trinitaria”.  Así se expresa la gran paradoja del evangelio: 

‒ Por un lado, Jesús pide a los hombres que visiten/ayuden a los encarcelados, no que les “castiguen” ni que les condenan. En esa línea, los cristianos están llamados no sólo a perdonarles (en el caso de que sean culpables), sino a servirles con su visita y cuidado personal. Eso significa que ellos no pueden condenarles, mandándoles a un tipo de infierno, que sería ya irrecuperable, sino que han de entender la cárcel como espacio de ayuda a los necesitados y como lugar de terapia para los culpables, es decir, como “casa activa de la Trinidad”, laboratorio de amor.

 De todas formas, ese mismo Jesús que pide que perdonemos y salvemos a los encarcelados, parece condenar a quienes no lo hacen: ¡Apartaos de mí, el fuego eterno, pues estuve encarcelado y no me visitasteis… (Mt 25,41). Así parece que este Dios Trinidad, que nos pide que perdonemos y ayudemos a todos, no cumple lo que pide: Por un lado, dice a los hombres que perdonen y ayuden siempre a los demás; por otra parte parece que tiene una cárcel eterna e inmensa (sin salida, una casa de la no‒Trinidad) para aquellos que no ayudan a los encarcelados.

 Esta paradoja ha de entenderse desde la gracia de la libertad del hombre: El Dios del amor supremo, que nos pide amar a todos, tiene que dejarnos en libertad, no puede obligarnos a “ir al cielo” (es decir, no puede tenernos a la fuerza en su Casa de Trinidad). Eso significa que nosotros podemos condenarnos a quedar fuera de Dios, no porque Dios deje de ser amor, sino porque lo es y así quiera salvarnos en amor, libremente. En esa línea, también los que ayudan a los encarcelados han de estar dispuestos a comprender el misterio del fracaso: A pesar de que quieran rehabilitar a todos los encarcelados puede haber algunos que voluntariamente se nieguen, que no quieran “redimirse”, liberarse.

            Entendido así, este pasaje (Mt 25, 31-46) nos deja en manos del misterio más hondo de la vida. (a) Por un lado, el Dios de Jesús (Casa abierta de la Trinidad) se hace presente en los que sufren (hambrientos, sedientos…), y de un modo especial en los encarcelados, y así quiere ayudarles, liberarles de su perdición y acogerles en su casa. (b) Pero, al mismo tiempo, ese Dios de Jesús de libertad en (por) amor y no pueda cambiar (liberar del infierno) a los hombres por la fuerza, sino que les deja (nos deja) en manos de nuestra propia opción, de aquello que nosotros queramos.

‒ Éste es, por un lado, el Dios del poder-supremo que entra (se encarna) en el lugar de mayor miseria (en la cárcel), invitándonos a seguirle, desde allí, acompañando a los encarcelados, pues él es el Dios que les libera (Lc 4, 18-19) y ama sin exigirles nada. En esa línea resulta difícil hablar de una cárcel para siempre, de un infierno del que Dios no pueda liberar a los que “quieran” condenarse (¡libremente, no a la fuerza!).

‒ Pero este Dios de la suprema libertad, amor gratuito, que tiene que avisar a los hombres, diciéndoles: ¡Tened cuidado, pues podéis condenaros si es que no ayudáis a los otros! Por puro amor, Dios tiene que indicar a los hombres su riesgo de infierno, advirtiéndoles que puede destruirse si no ayudan a los encarcelados.  

 En esta línea, podemos afirmar que Mt 25, 31-46 sólo habla del infierno (es decir, de la cárcel eterna) como aviso para los que no dan de comer ni cuidan los encarcelados,  pues si mantienen esa línea de conducta pueden acabar destruyéndose a sí mismos, en la cárcel que van construyendo con su egoísmo. El Dios de Jesús no quiere en modo alguno la cárcel, y por eso se ha encarnado en los encarcelados para liberarles (pidiendo a los hombres que le ayuden, ayudando a los encarcelados, para crear así la casa de la Trinidad sobre la tierra).

Pero, precisamente por eso, por amor, él proclama su amenaza (¡ay de vosotros!, cf. Lc 6, 20‒26) ante aquellos que no visitan y ayudan a los encarcelados, diciéndoles que pueden destruirse a sí mismos. Ésta no es la “amenaza de Dios”, sino la de aquellos que no quieren a Dios, es decir, a los necesitados de la tierra. No les condena Cristo (¡ha venido a salvarles!), pero tiene que elevar su aviso de amor diciendo que pueden perderse, pues la vida del hombre es gracia y libertad, y el que niega la gracia del amor puede “libremente” condenarse, no por castigo de Dios, sino a pesar del amor de Dios. Éste es el “infierno”: Dios abra su casa trinitaria para todos, pero algunos pueden rechazarla.

2 Orar con (por) los encarcelados (y descartados)

Éste es un tema clave de los salmos, en sus dos vertientes: (a) Orar desde el abismo del dolor, de la injusticia y de la muerte, en el borde de la desesperación, como el salmo “de profundis” (Sal 129/130) o el otro aún más intenso y propio del Señor crucificado: “Dios mío ¿por qué me mas abandonado?” (Sal 22/21; Mc 15, 34 par). (b) Orar en comunión (a favor de) los hombres y mujeres del abismo, los hambrientos y sedientos, extranjeros y desnudos, enfermos y encarcelados” (Mt 25, 31-46).

            Esta Oración de Cruz, como llamada dirigida a Dios y como experiencia de vinculación con los crucificados, constituye una  oración fundamental de Cristo y de la iglesia, desde el principio del Bautismo (morir en y con Cristo) hasta la Eucaristía (resucitar con el Crucificado, descubriendo sus llagas en las llagas de los crucificados). Ésta es la oración activa, vinculación y compromiso real (personal y social) a favor de los sufrientes, siendo, al mismo tiempo, o “pasiva” (en sentido radical): Contemplar al Cristo no sólo como amigo personal,  sino descubrir y venerar su presencia y acción redentora (acompañarle y ayudarle) en los crucificados de la historia.

            Así lo ha sabido la piedad del pueblo creyente, igual que la experiencia de los grandes orantes como Francisco de Asís o Juan de Cruz. Éste es no sólo el motivo de fondo de Mt 25, 31-46, principio de toda acción de amor (dar de comer, acoger, cuidar, liberar a los pobres), sino también el “argumento” supremo de la mística cristiana, desde los salmos de Israel hasta el mensaje emocionado de los evangelios y de Pablo en el NT. No se trata, simplemente, de contemplar a Dios como misterio separado, sino de verle y venerarle, acompañarle y amarle en los crucificados de la historia.

Algunos han podido minusvalorar esta oracióndel compromiso social objetando que la “ayuda y cuidado” a los pobres es un “activismo” externo, añadiendo que el cristianismo y la oración habrían de ser sólo “otra cosa”, una elevación y encuentro personal, directo, con Dios sin añadido o mezcla de otros objetivos de tipo social e incluso “político”. Pero esa objeción va en contra de la encarnación de Dios y de la unión de los dos mandamientos (amor a Dios y amor al prójimo).   

            Así preguntan los “examinados” de la tarde: ¿Cuándo te vimos hambriento, enfermo, oprimido, encarcelado…?  Cada vez que “visteis” (contemplasteis, acogisteis) a uno de estos hambrientos, oprimidos… me visteis a mí Mt 25, 31-46.  Éste es la mística cristiana más profunda, en la línea de aquello que Jesús dice a Tomás (Jn 20): “Mira mis manos clavadas, toca mi costado abierto; así me verás y tocarás cuando veas, acojas y ayudes a los crucificados de la tierra”.

            Éste es la mística del Cristo tierra/carne dolorida (cf. Jn 1, 14), carne hambrienta, ensangrentada. Mística no es sólo ver la gloria del Dios exaltado (de ella pueden hablar otras religiones), sino verle y encontrarle en la carne sufriente de los hombres, como sabe el himno más alto de la kénosis (Flp 2, 6-11).

Esta es la palabra de Mt 25, 38.42: ¿Cuándo te vimos…? Tanto aquellos que han servido-ayudado a los pobres-encarcelados como aquellos que no les han servido preguntan a: Cuándo te vimos(pote se eidomen). Ésta es la pregunta y tema central de la oración cristiana: Que la sociedad en su conjunto (y de un modo especial los seguidores de Jesús) sepan y sientan el “contenido” divino del dolor humano, el valor de la carne sangrante, dolorida, de los “crucificados” de la tierra, a quienes de pensamiento, palabra y obra han de acompañar, acompañando y ayudando así al mismo Dios encarnado.

Éste es el sentido de la oración cristiana, en el doble sentido que ella tiene en Mt 25: Sólo vemos a Dios viendo y amando en verdad a sus pobres. Por eso es necesario comenzar “viendo” de hecho (sintiendo, acogiendo) a los hambrientos-sedientos, extranjeros-desnudos, enfermos-encarcelados, oponiéndose así a una sociedad que tiende a invisibilizarles, para así justificarse a sí misma, en una estrategia defensiva, tratándoles como si no existieran.

            Esa visión de los pobres/oprimidos en Dios es el principio de la oración cristiana, en contra de la tentación de pasar de largo, como si esos “necesitados” no existieran, como si no tuvieran nada que ver con nosotros, como dice la parábola del buen samaritano, al referirse al sacerdote y al levita, que pasaron de largo sin querer “ver” al herido del camino, es decir, sin ver a Dios (cf. Lc 10, 30-37). No se trata sólo de ver a los pobres como puros sufrientes materiales (producto de un destino adverso, resultado colateral de una empresa victoriosa de los “vivos”…), sino de verles como “Dios”, contemplando en ellos a su Cristo, esto es, al mesías de Dios y portador de la salvación.

Esta experiencia radical de ver al Mesías de Dios (Dios mismo) en los necesitados forma parte del mensaje del evangelio, que ha sido preparado a lo largo del Antiguo Testamento (especialmente a través de los profetas) y que ha culminado en la vida y obra de Jesús, centrada en exigencia de ayuda a los enfermos y oprimidos, como indican, de una forma expresa Lc 4, 18-19 y Mt 11, 2-5.

            En contra de cierta tradición que quería que el Mesías nos hiciera capaces de ver al Dios siempre más alto y poderoso (un Dios aislado de los hombres, por encima de ellos), Jesús nos ha enseñado a verle en los hambrientos y sedientos de la tierra. Así lo ha formulado de manera clásica 1 Jn 4, 20 cuando afirma que no podemos amar al Di

Debate en el Congreso sobre la prisión permanente

El Congreso debate este martes extender la prisión permanente a los asesinos que oculten el cadáver

El Pleno del Congreso debate este martes la toma en consideración de la propuesta del PPCiudadanos y varias formaciones del grupo mixto de reforma del Código Penal para castigar con prisión permanente revisable a los asesinos que oculten el cadáver y a los que vuelvan a matar tras salir de prisión.

Un debate que comenzará en torno a las 16:00 horas, pero antes familiares de las jóvenes asesinadas Marta de Calvo, Marta del Castillo y Diana Quer comparecerán ante los medios de comunicación a las puertas de a Cámara Baja para mostrar su apoyo a la iniciativa.

El PP firma una proposición de ley para extender la prisión permanente a esos supuestos, iniciativa a la que también se suman Ciudadanos y formaciones como Coalición Canarias o Foro Asturias.

Tras destacar que la sociedad española está mayoritariamente a favor de un máximo castigo para delitos de especial gravedad y recordar el reciente aval del Tribunal Constitucional, apuestan por aplicar la prisión permanente en los casos en los que, además de un asesinato, se oculta el cadáver, causando un dolor añadido y «un daño concreto y específico» a familiares y allegados de la víctima.

A su juicio, se cumpliría así con el «efecto retributivo» de la pena, al imponer un castigo mayor al que se aplica en el caso de asesinato, y se «proporcionaría un estímulo al reo» para revelar el paradero del cuerpo.

Extender la pena a los asesinos reincidentes

Plantean además castigar con prisión permanente a los asesinos reincidentes: «Sorprende a los ciudadanos ver casos en los que un delincuente ya condenado por asesinato en el pasado vuelve a cometer tal delito al encontrarse de nuevo en libertad».

Para los impulsores de esta iniciativa, la reincidencia revela «una tendencia criminal de la que la sociedad tiene el legítimo derecho a precaverse».

En estos momentos se aplica prisión permanente en ocho supuestos: el asesinato de menor de 16 años o de una persona especialmente vulnerable; el cometido junto a un delito sexual; cuando el asesino pertenece a un grupo criminal; el asesinato múltiple; matar al rey, la reina o al príncipe o princesa de Asturias; matar a un jefe de Estado extranjero; y el genocidio y los crímenes para la humanidad.

Acarrea el cumplimiento íntegro de entre 25 y 35 años, dependiendo del tipo del delito y de si la pena es por uno o varios hechos, tras lo cual se revisará; si no se cumplen determinados requisitos para la libertad, el preso seguirá en la cárcel.

Pastoral penitenciaria

Florencio Roselló: «Cuantos más presos tenga un país, una sociedad, más evidencia su fracaso social»

«El que se les pregunte a los presos sobre la Iglesia, sobre la Jerarquía, sobre las celebraciones, sobre la idea que tienen de la Iglesia, sobre su relación con la Iglesia está resultando interesante y sorprendente. A los presos pocas veces se les pide su opinión por cualquier tema»

«Cuando una sociedad no sabe qué hacer con las personas que cometen fallos por distintas causas (droga, enfermedad mental, inmigración…) y la única solución es la prisión, algo estamos haciendo mal»

«No preguntamos a nadie por qué está en la cárcel. Nos interesa la persona y todo lo relacionado con ella, familia, situación persona. Vamos un poco contracorriente, porque la sociedad despierta y se interesa por la cárcel ante delitos mediáticos y sorprendentes, y nosotros reaccionamos ante la necesidad de la persona presa, ante sus problemas»

Por Jordi Pacheco

Cerca de 60 mil personas de promedio cumplen penas en las cárceles de España, según datos del Ministerio del Interior del año 2020. Conocemos las cifras, pero poco sabemos, en cambio, de los dramas familiares y de las necesidades que se esconden tras el mundo de las prisiones, que son las grandes silenciadas de la sociedad. En ellas realiza su labor de acompañamiento la pastoral penitenciaria a través de una extensa red de capellanes y voluntarios que, en este 2021, llevan también la voz del Sínodo a los presos en un proceso en el que, según el padreFlorencio Rosellóla Iglesia debe estar abierta a recibir respuestas, opiniones, comentarios que no tal vez no espera. De hecho, tal como confiesa este mercedario director de Pastoral Penitenciaria, ya han llegado a su departamento algunos trabajos de algunas prisiones que “sorprenden por su crítica, y también por su adhesión a la Iglesia de a pie, la que ellos conocen en prisión”.

¿Cómo es el material que han preparado desde el Departamento de Pastoral Penitenciaria para llevar el sínodo a las prisiones y cómo se pretende hacerlo llegar a los presos?

El material que se ha preparado ha sido adaptado a la realidad de los presos y de las prisiones. Hemos intentado “aterrizar” los contenidos a su realidad concreta, que en muchos casos es de nula participación en la Iglesia cuando estaba en la calle, pero que se ha acercado a la Iglesia en prisión, bien por interés (ropa, dinero, permisos, libertad…), por curiosidad o por vivencia personal, que también la hay. Los presos, como la propia sociedad, aunque no hayan participado de la vida de la Iglesia, también opinan de la Iglesia, y eso a la Pastoral Penitenciaria nos interesa, y por eso hemos adaptado este material a su realidad.

¿Cómo está siendo recibido en los centros? ¿Se ha empezado a poner en práctica? 

Ha habido que explicarles qué es un sínodo, la Sinodalidad, todo. Su experiencia eclesial y de fe es mínima, por eso hay que empezar de cero. Pero el hecho de que se les pregunte qué opinan de tal o cual tema ya es positivo. El que se les pregunte sobre la Iglesia, sobre la Jerarquía, sobre las celebraciones, sobre la idea que tienen de la Iglesia, sobre su relación con la Iglesia está resultando interesante y sorprendente. A los presos pocas veces se les pregunta su opinión por cualquier tema. 

El preso tiene dos visiones muy diferentes de la misma Iglesia, por un lado la Iglesia que ellos conocen, la Pastoral Penitenciaria que les lleva ropa, que les pone dinero en peculio, que les acoge en permisos, que les mira a los ojos…pero sobre todo que nos les juzga ni condena, esta es muy positiva; y por otro lado la Iglesia institución, jerarquía, la ven diferente, con poder y prestigio.

Como mercedario, ha dedicado su vida al mundo de las prisiones. ¿Qué le ha aportado esta experiencia al lado de quienes viven entre las cuatro paredes de la cárcel?

Ya antes de ordenarme comencé a trabajar en prisiones, y desde entonces, y son más de treinta años como sacerdote, no he dejado de pisar una cárcel ni de encontrarme a Cristo en el hombre y mujer preso. Mi relación con el preso, con la cárcel configuró mi vocación mercedaria. Hoy soy lo que soy gracias a muchos presos y presas necesitados de misericordia, pero que al final fueron ellos los que, como diría el Papa Francisco, me “misericordiaron”. Muchos sábados y domingos termino la celebración de la misa diciendo, “gracias por permitirme celebrar con vosotros/as”.

El encuentro con ellos me habla de que no soy mejor. Muchos presos tienen un gran corazón. Mucho antes que lo dijese el Papa Francisco, por los años noventa, yo ya decía “qué hubiese sido de mi vida si hubiese estado en su situación”. No soy mejor que ellos. Es injusto, pero quizás Dios me ha tratado mejor que a ellos sin yo merecerlo, y a veces me pregunto por qué.

La prisión es un modo de apartar de la sociedad a muchas personas que no han tenido suerte en sus vidas, que han nacido tal vez en un entorno favorable y han sido empujadas a una vida poco ordenada. Desde la opinión pública y desde la misma justicia, sin embargo, parece como si esto no se tuviera en cuenta, ¿qué opina?

Es triste que la única solución para muchas personas sea la cárcel. Cuantos más presos tenga un país, una sociedad, más evidencia su fracaso social. Cuando una sociedad no sabe qué hacer con las personas que cometen fallos por distintas causas (droga, enfermedad mental, inmigración…) y la única solución es la prisión, algo estamos haciendo mal. Mucho número de presos no significa mayor seguridad en la calle, sino que no sabemos abordar los problemas reales. Pues hay soluciones que no pasan por la prisión. El ingreso en la cárcel lo único que hace es alargar el problema y no solucionarlo. A la salida ese problema sale nuevamente. 

Pero también mucha gente se pregunta por la víctima del delito. Es cierto que hasta hace unos años ha sido la gran olvidada del delito y del conflicto. Pero la Iglesia cree en la Justicia Restaurativa. No hay reinserción real sin la víctima. El infractor debe conocer el daño causado y si es posible repararlo. Y la Iglesia ha participado en encuentros restaurativos donde se ha reconciliado con la víctima, y donde ha reparado el daño.

Afirma usted que la Pastoral Penitenciaria tiene la conciencia tranquila porque vive el Evangelio en primera persona, y en primera línea pastoral. En este sentido, ustedes deben de tener razones para sentirse reconfortados.

No me gusta la autocomplacencia, no soy amigo de halagos, es peligroso porque puede llevar a instalarnos y a conformarnos con poco. Mientras haya un hombre o mujer en prisión ni me puedo conformar ni tener la conciencia tranquila. Cuando digo vivimos el Evangelio en primera persona estoy diciendo que cada vez que voy a prisión me encuentro con el mismo Cristo preso, y eso para mí, como cristiano, mercedario y sacerdote, es un privilegio. Pero es cierto que nos sentimos bien, porque ir a prisión es una opción libre, evangélica y vocacional, y eso reconforta.

La Pastoral Penitenciaria no pregunta al preso qué ha hecho ni por qué está en la cárcel. Esto supone ir contracorriente, porque vivimos en una sociedad que juzga constantemente. Para construir un mundo humano y justo, ¿debemos aprender a juzgar menos y perdonar más?

No preguntamos por qué está. Nos interesa la persona y todo lo relacionado con ella, familia, situación personal…Y sí, vamos un poco contracorriente, porque la sociedad despierta y se interesa por la cárcel ante delitos mediáticos y sorprendentes, y nosotros reaccionamos ante la necesidad de la persona presa, ante sus problemas. Vivimos en una sociedad en que cada ciudadano es un juez, y tiene muy clara la sentencia ante delitos de telediario. Una sociedad que busca mayor dureza en las penas y menos oportunidades en la reinserción, aunque luego digamos que las cárceles no reinsertan, ¿una contradicción, no?. ¿Juzgar menos y perdonar más?, contesto con la reflexión del Papa Francisco cuando visita una prisión; se detiene en la puerta antes de entrar y dice “¿Por qué ellos y no yo?”, esta frase resume el ¿quién soy yo para juzgar?

¿Qué pediría a la Iglesia y a la sociedad?

Que humanicemos nuestras opiniones y reflexiones sobre los presos. Detrás de cada caso hay personas, también víctimas, hay familias que necesitan acompañamiento. Pediría a la Iglesia que sea acogedora, que tenga puertas abiertas para que el que sale de prisión, que haga efectiva la misericordia, que no confunda ni mezcle delito con pecado. A la sociedad que crea en la reinserción, que crea en las segundas oportunidades. La reinserción es un derecho constitucional recogido en el artículo 25. Hoy en día se ha democratizado mucho el perfil de los presos. En la actualidad nos encontramos presos de todos los estamentos sociales, por diferentes delitos que antes no entraban en prisión (delitos económicos; violencia de género, delitos de tráfico;…)…un día, este nuevo perfil de preso, puedes ser tú.

Tortura en la cárceles

El comité para la prevenciòn de la tortura documenta más de 20 casos de malos tratos en cárceles y comisarías españolas 

El informe correspondiente a 2020 recoge distintas actuaciones contrarias a los derechos humanos por parte de Policía Nacional, Guardia Civil o funcionarios de Prisiones. También se incluyen datos relacionados con centros de menores. 

DANILO ALBIN@DANIALRI 

Las denuncias de torturas y malos tratos en dependencias policiales, prisiones y centros de menores en España han encontrado reflejo en un informe oficial. El Comité Europeo para la Prevención de la Tortura (CPT) ha identificado una serie de vulneraciones a los derechos humanos en esos ámbitos, tal como queda expuesto en el informe sobre España que este martes ha publicado dicho organismo. 

El documento que acaba de ver la luz ha sido elaborado tras la visita realizada en septiembre de 2020 por una delegación del CPT, que «examinó el trato y las condiciones de detención de hombres y mujeres recluidos en varias prisiones y en los dos hospitales psiquiátricos penitenciarios de Alicante y Sevilla, así como en un centro de detención para menores en Algeciras». Además, «se examinó el trato y las garantías ofrecidas a las personas privadas de libertad por la Policía». 

En total, el informe documenta 21 casos de torturas o malos tratos a manos de la Policía Nacional, Guardia Civil, funcionarios de Prisiones y personal de centros de internamiento de menores. En esa línea, destaca que «la delegación del CPT recibió un número importante de denuncias de malos tratos, incluso de menores, que afectaban principalmente a la Policía Nacional». 

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«Los malos tratos se infligían supuestamente como medio para obligar a los sospechosos a proporcionar información o a confesar determinados delitos o para castigarlos por el supuesto delito cometido», indica. 

Del mismo modo, «la delegación escuchó algunas denuncias de abusos verbales por parte de los agentes de policía hacia las personas detenidas, en particular los extranjeros, y de esposas excesivamente apretadas». De hecho, el informe hace referencia a varios casos de malos tratos a modo de ejemplo. 

«Es necesaria una acción concertada para abordar el problema de los malos tratos por parte de los agentes de la ley. Esto debería incluir un mensaje claro por parte del Ministro del Interior y de los líderes de la Policía de que tal comportamiento es ilegal y poco profesional, y que será sancionado en consecuencia», remarca. 

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Además, el CPT «reitera la importancia de una supervisión y formación adecuadas de los agentes de las fuerzas del orden, y de la necesidad de llevar a cabo investigaciones eficaces sobre las denuncias de malos tratos». También subraya la importancia de que las grabaciones de las cámaras de seguridad «se almacenen durante un mínimo de 30 días en todas las instalaciones de las fuerzas del orden». 

El documento recoge distintos casos concretos de malos tratos policiales. Uno de ellos, por ejemplo, relata que «un menor extranjero fue detenido a las 15.00 del 26 de septiembre de 2020 en la Casa de Campo de Madrid. Alegó que cinco policías acudieron a detener a otros menores y que se enzarzó con ellos en una discusión verbal que llevó a un agente a darle una bofetada en el cuello y tirarlo al suelo». 

«Le inmovilizaron en el suelo y un agente le puso una rodilla en la cabeza y otro en la espalda mientras le esposaban las manos a la espalda. Posteriormente, alegó que fue sometido a múltiples patadas, puñetazos y golpes de porra en varias partes de su cuerpo mientras estaba tendido en el suelo. El SAMUR que acudió́ a la comisaria observó hematomas en el codo y el hombro izquierdos, además de una excoriación (desgaste de la piel) visible en la frente», describe. 

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El informe recoge otro caso en Valencia, originado al parecer por una discusión con un hombre que no llevaba mascarilla y a quien «el policía le empujó contra la pared y le dio un puñetazo en la cara». «Otros agentes le agarraron de los brazos, se los retorcieron y le aplicaron las esposas con fuerza», relata. El médico del CPT «observó marcas de esposas en ambas muñecas y una hemorragia subconjuntival en el ojo izquierdo cuando el detenido fue entrevistado unas 10 horas después». 

También en Valencia, «un ciudadano extranjero con escaso nivel de español alegó que el 11 de junio de 2020 fue detenido por agentes de policía vestidos de paisano y que, una vez puesto en el suelo, le apuntaron con una pistola a la cabeza y recibieron varios golpes de porra en el cuerpo. Afirmó que le pusieron en fila con otros ocho sospechosos y le hicieron arrodillarse frente a una pared mientras le esposaban por la espalda. Posteriormente, lo llevaron a la esquina donde varios agentes le propinaron múltiples puñetazos en el cuerpo». 

Golpes a presos 

En el ámbito de Prisiones, la delegación del CPT recibió́ un gran número de alegaciones consistentes y creíbles de malos tratos físicos recientes por parte del personal, sobre todo en los módulos ordinarios denominados «conflictivos» que se consideraba que acogían a los presos más difíciles y en los módulos de régimen cerrado y departamentos especiales. 

Los reclusos que cometieron actos de autolesión, algunos de los cuales padecían una enfermedad mental, también alegaron que fueron maltratados como castigo por haberse autolesionado. 

El informe del CPT indica que «en la mayoría de los casos, los supuestos malos tratos consistían en bofetadas en la cabeza y en la parte superior del cuerpo por parte de funcionarios que llevaban guantes. Sin embargo, en cada una de las prisiones visitadas se recibieron varias denuncias mucho más graves de puñetazos, patadas y golpes con porras». 

«En varios casos, los presuntos malos tratos se aplicaron como castigo informal tras casos en los que el personal consideró que los presos habían sido desobedientes (por ejemplo, por participar en un altercado verbal, por llegar tarde al encierro o por molestar a los funcionarios durante el mismo) o tras casos de violencia entre presos», señala 

Entrevista a Núria Ortín

Núria Ortín: «Las prisiones son las grandes silenciadas de la sociedad» 

Núria Ortín. Foto: Adrián Quiroga 

Trabajar por la libertad y la dignidad de las personas son los objetivos de Obra Mercedària, una entidad con ocho siglos de historia que trabaja en sintonía con los tiempos haciendo frente a las nuevas formas de esclavitud que afectan a los colectivos más vulnerables de la sociedad 

Fundación Obra Mercedària está orientada de forma integral al mundo penitenciario. Por eso contempla el antes, el durante y el después de la cárcel. Lo primero es la prevención. «Prevenimos educando», explica Núria, «donde hay educación, herramientas, valores, hay más posibilidades de no delinquir» 

En las prisiones, el mercedario es el mediador, el vínculo entre los presos y la sociedad, la persona a la que se le pueden encargar desde pilas por un reloj hasta cigarrillos, pasando por mensajes a la familia (“di a mi madre que estoy bien”) o al abogado (“me ha llegado un papel que no entiendo qué significa”) 

Por Jordi Pacheco 

Hay diferentes hipótesis sobre el lugar de nacimiento de San Pedro Nolasco (1180-1249). Algunos historiadores le sitúan en Languedoc-Rosellón, sur de Francia; otros, en Barcelona. De lo que no cabe duda es que desde inicios del siglo XIII el santo entregó su vida y su patrimonio personal con el afán de liberar a las personas que vivían cautivas de los musulmanes. Primero lo hizo en Valencia, después, en Barcelona. 

Fue durante una noche de verano de 1218 en la ciudad condal donde, según la leyenda, se le apareció la Virgen encomendándole la creación de una orden dedicada a rescatar a los cristianos de un sufrimiento que les llevaba a perder la fe. Fruto de la experiencia nació en la Catedral de Barcelona, y con el patrocinio de Jaime I el conquistador y el obispo de Barcelona, Berenguer de Palou, la orden de la Mercè. 

Patrona de Barcelona… y de las prisiones 

«La Virgen de la Merced es patrona de Barcelona y patrona de las prisiones, pero hay muchos barceloneses que esto último no saben», advierte Núria Ortín, en la azotea del edificio que alberga la curia provincial de los mercedarios, desde donde se escuchan los chillidos de los niños de la Escola Castella. Es una mañana soleada del mes de octubre en pleno barrio del Raval, y es desde aquí que Núria dirige la Fundación Obra Mercedària, presente en 23 países, divididos en 8 provincias, 6 vicarias y 5 delegaciones. 

La orden mercedaria se distinguen de otras congregaciones religiosas por el cuarto voto, consistente en dar la vida por los demás. “Los mercedarios pagaban por el rescate. Y en los casos en los que no se llegaba a un acuerdo económico, entonces daban la vida para liberar a alguien. De esta forma se quedaron por el camino unos mil miembros de la congregación. Muy heavy”, sentencia Núria. 

Fundación Obra Mercedària está orientada de forma integral al mundo penitenciario. Por eso contempla el antes, el durante y el después de la cárcel. Lo primero es la prevención. «Prevenimos educando», explica Núria, «donde hay educación, herramientas, valores, hay más posibilidades de no delinquir«. En países del Tercer Mundo, marcados por otros tipos de problemáticas, la labor preventiva a menudo lleva a los mercedarios a rescatar a menores de las calles para evitar que acaben en prisión. 

«Lo que miran los mercedarios al entrar en un centro penitenciario son rostros humanos, almas, independientemente de su religión» 

En cuanto al período de cumplimiento de una pena, el durante, lo que miran los mercedarios al entrar en un centro penitenciario son rostros humanos, almas, independientemente de su religión. En las prisiones, el mercedario es el mediador, el vínculo entre los presos y la sociedad, la persona a la que se le pueden encargar desde pilas por un reloj hasta cigarrillos, pasando por mensajes a la familia (“di a mi madre que estoy bien”) o al abogado (“me ha llegado un papel que no entiendo qué significa”). 

Como ejemplo de la influencia de los mercedarios en las cárceles, Núria hace referencia a Wad Ras, la cárcel de mujeres de Poblenou. «En este centro» detalla, «cuando la directora, Soledad Prieto, no sabe cómo desatascar una situación, pide ayuda al Padre Jesús Roy, todo un referente del ámbito penitenciario». 

Según el Idescat, en el 2020 había cerca de 8 mil personas cumpliendo penas en las cárceles catalanas. La mayoría eran hombres, condenados por delitos como hurtos y tráfico de estupefacientes. La cifra de mujeres se sitúa en torno al medio centenar. “Los hombres delinquen más —comenta Nuria—, y al contrario que las mujeres, no tienen una red protectora entre su entorno cuando salen de prisión. La mujer siempre tiene algún pariente, la hermana, la madre, o alguna amiga”. 

Muchas mujeres delinquen por coacciones. A menudo vienen a España en avión y las utilizan como ‘mulas’, es decir, para cargar paquetes con droga. Algunas veces son conscientes de ello y otras no. La ignorancia y necesidad de buscar un futuro mejor las hacen vulnerables. 

Salir de la prisión 

El después es quizás la parte más difícil. Quien sale de prisión a menudo lo hace sin ningún tipo de apoyo familiar, económico o social. “Las cárceles —advierte Núria— son bolsas de pobreza en las que se encuentran mezclados prostitutas, delincuentes, drogadictos, alcohólicos, enfermos, personas con problemas de salud mental… Son los más repudiados de la sociedad, el último eslabón. Por eso, cuando salen a la calle no tienen nada ni nadie que les ayude a volver a un mundo que ya no conocen”. 

La sociedad se convierte en una jungla para quienes vuelven después de cumplir penitencia. “Hay personas que han pasado veinte años entre rejas y al salir no saben ni qué es un teléfono móvil, ni un billete del metro; es como volver a nacer”. Además, según Núria, muchas de estas personas salen con las facultades mentales mermadas. «Si a cualquiera de nosotros nos cerraran dos décadas entre cuatro paredes, nos quedaríamos lelos», resume. 

El proyecto de reinserción social de la Obra Mercedària, dispone de una red de pisos de acogida en España y El Salvador con capacidad para 100 plazas. En 2020 atendió a 365 personas. En estos hogares, monitorizados por profesionales y voluntarios de la fundación, los beneficiarios viven en familia con normas de convivencia y habitaciones individuales. “Vienen de ser un número, de un lugar donde les dicen cuándo y cómo hacer cada cosa; y esto hace difícil el proceso”, apunta Núria. 

“Hay personas que han pasado veinte años entre rejas y al salir no saben ni qué es un teléfono móvil, ni un billete del metro; es como volver a nacer” 

«Intentamos cuidar el tema del después, que no recaigan en el delito, algo que es fácil si no tienen acompañamiento», señala la directora de la fundación. “Cuando acompañas a alguien y lo valoras, esta persona, al no sentirse sola, se ve con ganas de salir adelante y superar las dificultades. Hay gente que lo consigue, bien porque se les da bien alguna actividad profesional como cocinar o llevar una carretilla elevadora, da igual. Que alguien te diga que vales por algo es muy valioso”. 

En la reinserción, es crucial recuperar la autoestima. En este sentido, es de gran ayuda el carácter positivo y optimista de Núria. “A veces me dicen que siempre estoy contenta y yo digo que no tengo motivos para no estarlo. Si al final puedo decidir si estar bien o mal, decido estar bien. A las personas que han pasado por prisión, esta mirada positiva se les ha ido apagando, y conviene que alguien les recuerde, para ellos es muy potente”, sostiene. 

Se trata de poner en juego todos los mecanismos para que la persona se sienta con fuerza para volver a la vida social. El soporte de la Obra Mercedaria se articula a través del PAO (Punto de Atención y Orientación) e implica piso de acogida, trámites administrativos, servicios legales y formación a través de clases de idiomas y talleres. Todo ello conforma un itinerario personalizado que la persona debe poder alcanzar en un período de un año como máximo, lo que, según confiesa Núria, no siempre ocurre: “Algunos esperan que se lo hagan todo, y eso no lo podemos permitir, debe haber un límite, una cultura del esfuerzo: les ayudamos, pero ellos deben poner de su parte”. 

Para Núria, el proceso de reinserción consiste en ir alcanzando pequeñas metas, como quitarse el carné de conducir o estudiar un curso. De esta forma quien sale de la cárcel es capaz de sentirse fuerte y creer que puede tener una salida. “La mayoría no han tenido la suerte de nacer en una buena familia, con estudios, recursos, nunca han tenido posibilidad de nada. El nuestro es un trabajo de mirada de largo recorrido. Trabajar en este contexto me ha ido bien porque yo era muy impaciente, y aquí he aprendido que en la vida todo son procesos personales, no todo es rápido, todo cuesta y cada vez que te caes, tienes que volver a levantarte”. 

Donde con muy poco se puede hacer mucho 

Núria llegó a la Obra Mercedària en 2016 después de una larga etapa como técnica en Ràdio Estel. En el mundo social, dice, “con muy poco puedes hacer mucho”, y aunque encuentra complicado trabajar en un ámbito al que casi todo el mundo da la espalda, “estar aquí es un reto y de vez en cuando aún piensas que el mundo se puede cambiar algo”. 

Su labor al frente de la fundación le ha llevado a visitar prisiones en Centroamérica y África, donde ha visto de cerca las condiciones infrahumanas de un mundo penitenciario marcado por la suciedad, la violencia, las enfermedades y la falta de higiene y de respeto. Las películas, dice, se quedan muy cortas en comparación con la realidad. 

A pesar de que últimamente se ha hablado del tema a raíz del caso de los presos políticos catalanes, para Núria, «las cárceles siguen siendo las grandes silenciadas de la sociedad». Es un mundo de sombras que asusta y del que casi nadie quiere saber nada. “Los mercedarios —dice— son seres de luz en las cárceles porque van, sobre todo, a escuchar sin juzgar. Como Obra Mercedària miramos a personas. No quiero saber lo que han hecho, si han matado o no. ¿Qué habría hecho yo si estuviera en su sitio? Hay personas realmente malas, pero son las menos. En la cárcel la gente entra por circunstancias de la vida: porque vienen de barrios y familias desestructuradas, o a menudo por problemas de salud mental. Justamente, uno de los grandes problemas que existen en las prisiones actualmente es que internos que están o deberían estar recibiendo tratamiento psiquiátrico están mezclados con el resto de reclusos”. 

«Uno de los grandes problemas que existen en las prisiones actualmente es que internos que están o deberían estar recibiendo tratamiento psiquiátrico están mezclados con el resto de reclusos» 

La última reflexión que deja Núria es que como sociedad, estamos perdiendo la capacidad de escuchar. “No sabemos ponernos en la piel del otro. Somos una sociedad egoísta, estamos demasiado ocupados mirándonos el ombligo. Estamos construyendo sociedades destructoras, cuando deberíamos hacer lo contrario: al final todos nos necesitamos unos a otros”. 

Por todo ello, la Obra Mercedària sigue dando a la gente segundas, terceras, cuartas oportunidades, las necesarias para no dejar a nadie en el suelo. “Que alguien te dé la mano para levantarte es lo mejor que puede pasarte. Cuando te apoyan te sientes más fuerte. Siempre digo que las penas, compartidas, no lo son tanto”, concluye. 

Cuando damos por terminada la conversación, Núria recibe una llamada al móvil. Al día siguiente llegarán a Barcelona el Provincial y el ecónomo de los mercedarios; vuelven de una visita a las comunidades de Mozambique y Núria tiene que ir a buscarlos al aeropuerto. De fondo, se oye aún el incesante alboroto que viene del patio de la Escola Castella. 

Adviento en la cárcel de Navalcarnero

Adviento en las familias de la cárcel de Navalcarnero: De la derrota a la esperanza

Esperanza en al cárcel
Esperanza en al cárcel

«La cárcel es verdad que mata muchas ilusiones, pero también nos brinda la posibilidad de poder abrirnos a una realidad distinta»

«Continuó hablando la madre de un muchacho fallecido ahora va a hacer tres años, y con otro enganchado a la droga, y como siempre fue también una lección de esperanza y de humanidad»

«En todos los relatos, lágrimas redentoras, miradas de afecto hacia las personas en prisión, y desde luego no derrota, sino lucha»

«Y en nuestro interior un grito profundo al Dios de Jesús, Maranatha, ‘Ven Señor Jesús’; ven en nuestra ayuda te necesitamos, necesitamos que nos des luz cada día para escuchar, para acompañar, para reír y para llorar. Necesitamos sentirte siempre a nuestro lado»

16.12.2021 | capellán de la cárcel de Navalcarnero

Hace dos semanas, nos reunimos como cada mes el grupo de familias de la cárcel de Navalcarnero, para intentar pasar un rato, compartir, y poner en común cómo estábamos cada uno de nosotros. Lo hicimos en vísperas de comenzar la celebración del adviento, un tiempo especial para los cristianos, de esperanza, de mirada hacia adelante, y de sentir y experimentar que no estamos solos. Fue una tarde como siempre muy especial, dura por muchos aspectos, pero a la vez llena de emoción, de cariño, y de humanidad, y por todo eso, llena también de Dios.

Fue un pórtico muy especial de entrada a nuestro adviento, y así lo vivimos los que, dentro del grupo, nos consideramos creyentes en el Dios de la vida, en el Dios hecho hombre en Jesús, que precisamente manifiesta su divinidad en la humanidad y debilidad de cada ser humano. Y desde luego que en el grupo de familias, esto se manifiesta de modo especial: debilidad que en ocasiones roza con la impotencia, y el no saber qué tenemos que hacer, o hacia dónde tenemos que dirigirnos. 

Esperanza

     Por fin esta vez después de varias reuniones donde éramos pocos, debido a que muchos tenían miedo por la pandemia, nos pudimos reunir un grupo de quince personas, y además hubo una familia nueva, la madre de uno de los chicos, cuyo hijo lleva en prisión dos años, y que también en este día pudo compartirlo con nosotros. La tarde fue de encuentro, de compartir, de llantos en algunas ocasiones, pero en muchas de ánimos y de esperanza. La dureza de la vida de estas familias siempre se mezcla con la mirada enternecedora y esperanzadora de luchar cada día. La cárcel es verdad que mata muchas ilusiones, pero también nos brinda la posibilidad de poder abrirnos a una realidad distinta.

      Fue muy impresionante el primer testimonio que pudimos escuchar de una de las familias. Como siempre, antes de comenzar a hablar compartimos un café y varios bollos caseros que habían traído, ese primer momento de desenfado y de cariño ya es parte de la reunión; esa humanidad fraterna es la que nos lleva después a sentirnos unidos en el dolor y en el sufrimiento. Y eso sí, desde la mirada atenta siempre del Dios de la misericordia, que en cada lágrima y en cada grito de auxilio se nos sigue haciendo presente y le sentimos cercano.

     Una familia que hacía tiempo no venía, por el miedo al covid, comenzó hablando, pero fue impresionante porque vinieron la mujer del chaval que está en prisión, su hermana y su madre. Y fue precisamente la madre, la suegra del chaval en prisión la que tuvo un testimonio muy especial y que dió en el clavo me parece a mí de muchas situaciones que vivimos en prisión y también fuera de ella. Nos dijo que estaba pasando un momento muy malo porque estaba entendiendo lo que significaba “perder la libertad”. “

Muchas veces había oído hablar de la cárcel, pero siempre me parecía una realidad que estaba fuera de mis preocupaciones, un lugar donde iban los que habían cometido algún delito y se lo merecían. Pero jamás imaginé lo que podría suponer perder la libertad como parte de tu vida, lo que podría significar estar encerrado. Ahora lo voy entendiendo, y me pongo en su lugar. La cárcel te parte la vida. Pero a la vez me ha hecho tener una mirada muy especial hacia la gente que está en prisión, y poder pensar en lo que significa la misericordia. Todos podemos cometer errores pero es necesario vivir también una experiencia de misericordia y mirar a los otros, a los que están allí de otra manera, porque todos podemos en algún momento y por circunstancias estar allí. Además yo soy creyente y la misericordia supone mirar a los otros como Dios nos mira a nosotros. Ahora muchos días me quita la paz esta situación, pienso en cómo estarán allí dentro, con todo controlado, sin poder disponer de su vida. Nosotros hemos estado encerrados apenas unos meses, con todo tipo de comodidades y no hemos aguantado. Me da penal mucha pena, y admiro a las personas que vais por allí a dar un poco de esperanza y ayuda, en medio de ese sufrimiento”.

Cárcel

     Fueron palabras muy especiales, que confieso a mí me llegaron muy adentro, y se me ocurrió felicitarla y decirla que estaba diciendo algo que todos pensábamos cuando íbamos allí; incluso que a los voluntarios, y a mí como cura, la cárcel nos había cambiado la vida, nos la cambiaba  cada día; nos hacía y nos hace mirar de otra manera al ser humano, y también mirarnos a nosotros de otro modo. La clave está en lo que ella decía: en la misericordia. Esa misericordia que supone cambiar la vida. Confieso que cuando la escuchamos todos nos quedamos con la boca abierta, había sido capaz de resumir en pocas palabras lo que todos sentíamos; y lo dijo con total serenidad pero a la vez con plena convicción de lo que estaba diciendo. Además se la veía como una familia muy unida, y muy llena de vida, intentando apoyar a su familiar en la cárcel, sin quitar por supuesto ni un solo ápice a la responsabilidad que el tenía en todo lo que había sucedido. Fue un testimonio sereno, bonito y lleno de realidad, que a todos nos hizo mucho bien y sentir que en el fondo era lo que todos sentíamos y vivíamos. 

Continuó hablando la madre de un muchacho fallecido ahora va a hacer tres años, y con otro enganchado a la droga, y como siempre fue también una lección de esperanza y de humanidad. Hablaba, con lágrimas en los ojos, como cada vez que se expresa, pero diciéndonos que ella estará siempre al pie de sus hijos. Que lo estuvo al pie del que ya falleció, que la cárcel lo perjudicó más de lo que le ayudó, pero que ella siempre estuvo con él. Y ahora con el que le queda; es una mujer de profunda fe, nunca se queja, siempre habla de Dios como de su Padre, como el que la anima cada día, y siempre tiene palabras de aliento para otras personas. Es una mujer donde Dios y toda su debilidad se nos manifiesta. En su rostro, en sus sollozos, en sus palabras…. Descubrimos la auténtica espera del adviento, descubrimos al Dios que se nos hace presente en ella. Y como digo eso sí, siempre dando ánimos a los demás, y con ganas de compartir y seguir hacia adelante. 

     Una de las familias estaba especialmente mal en este día porque a su hijo, después de estar siete años en prisión, y conseguir por fin un tercer grado (un régimen donde aunque siga siendo preso, salía a trabajar, y tenia los fines de semana libres), había tenido una regresión a segundo grado ( es decir, había vuelto de nuevo a estar en prisión total). Y la madre se encontraba dividida entre la metedura de pata de su hijo, y el castigo sin duda, desproporcionado del propio centro. Le habían pillado con un porro en el bolsillo y eso era motivo de regresión.

Madre de presos

¿La cárcel le iba a ayudar a superar la drogadicción? Es evidente que no, necesitaba otra ayuda. Pero a la vez, la madre era consciente de que su hijo había quebrantado una norma. Nos decía que no pensaba venir a la reunión, pero que para ella estos encuentros eran muy importantes, porque se sentía muy apoyada, y eso la daba vida. Se sentía escuchada, sentía que nadie la juzgaba y que entre todos la sacaban hacia adelante. A su hijo aún le quedan muchos años, esto ha sido una marcha hacia atrás, pero es consciente y así se lo hicimos ver  que hay que seguir hacia adelante, de que no se puede tirar la toalla. Es una mujer luchadora, y que de nuevo siempre está al pie de su hijo. Es la fuerza del amor y de la entrega desinteresada a un hijo, pase lo que pase y sea lo que sea. 

     Y junto a ellas, otras madres nos relataban cómo estaban, y cuál era su situación. Una de las madres, que se incorporó justo este día, entre sollozos, nos decía la angustia de su hijo en la cárcel desde hace dos años; a sus veinticinco años, y ya privado de libertad. Nos relataba lo mal que lo estaban pasando, y cómo pensaba que su hijo estaba bien, hasta que sucedió lo que sucedió… por causa de las drogas y el alcohol, arruinó su vida y la vida de otra persona. Pero nos decía que se estaba encontrando muy agusto entre nosotros, porque por fin podía manifestar y decir lo que pensaba y decía, sin nadie que la juzgara y la hiciera sentirse mal. En sus lágrimas, veía yo también el rostro de su hijo, un muchacho joven, en lo mejor de la vida, pero entre rejas por su mala cabeza. Siempre que le veo le digo que es muy joven, y que tiene que aprender de lo que ha pasado, que tiene que cambiar, pero lleva ya la mochila un poco llena… y eso a veces le hace perder la esperanza, tanto a él, como a su madre…

     Hubo más relatos, y más lágrimas, más voces entrecortadas, como las de la familia peruana que tienen a su hermano y a su hijo en prisión, y que siendo una familia humilde, y trabajadora, saben el daño que han hecho, pero solo les queda seguir mirando hacia adelante…O las palabras de un buen hombre, que sin tener que ver nada con un muchacho, porque se lo encontró en la calle un buen día pidiendo, le cogió cariño, y ahora va a visitarlo a la cárcel y ayuda a la familia en su seguimiento y , desde luego, en su sufrimiento. En todos los relatos, lágrimas redentoras, miradas de afecto hacia las personas en prisión, y desde luego no derrota, sino lucha.

     Otra familia nos relataba cómo su vida había cambiado totalmente desde que su hijo entró en prisión hace ya más de cuatro años, cómo van siguiendo adelante como pueden, pero con la pena cada día de ver a su hijo allí, y con la experiencia, como tantos otros, de parecerles increíbles que su hijo pueda estar allí. “No es algo fácil, relativizas y comprendes muchas cosas y a mucha gente”, nos decían. Pero siempre con la cabeza bien alta y la mirada hacia adelante. Junto a eso su confianza profunda en Dios que se hace presente cada día en cada uno de sus sufrimientos.

Cárcel de Navalcarnero

Tarde de adviento, tarde de esperanza, tarde de venida, tarde de mirar la vida con los ojos del Dios que viene y se hace hombre, para acompañar nuestro caminar. Fue un encuentro duro como siempre, pero a la vez lleno de vida…. No se borran fácilmente los rostros de los que estamos allí, las miradas de ternura y de abatimiento, las lágrimas que caen por las mejillas…. Pero también las sonrisas, los apoyos, los abrazos, el compartir los bollos que habían preparado con ilusión, como parte del compartir la vida. En todos ellos había una palabra de Gracias hacia nosotros, gracias por estar ahí, acompañándoles a ellos y a sus familias. Y en nuestro interior un grito profundo al Dios de Jesús, Maranatha, “Ven Señor Jesús”; ven en nuestra ayuda te necesitamos, necesitamos que nos des luz cada día para escuchar, para acompañar, para reír y para llorar. Necesitamos sentirte siempre a nuestro lado.

     Termino este escrito el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, en el corazón de nuestro adviento. Y ante nuestra Madre y discípula, pongo en esta mañana la imagen y el rostro de todas las madres, y me hago eco, una vez más de las palabras del evangelio que compartiremos hoy en la Eucaristía: “Porque para Dios nada hay imposible” ( Lc 1, 37). Y pongo delante de ella, y delante del Dios del pesebre, todas las “imposibilidades” que cada día veo en las familias de los presos, todo lo que cada día veo, comparto y abrazo en la cárcel de Navalcarnero.

No se trata de pedir milagros baratos, se trata de decirle a María que nos mire, y nos ayude cada día, y que nos haga creer que las cosas pueden cambiar, que depende de todos, pero que el Dios de la vida, pobre y humilde, que decidió meterse en nuestro mundo, está siempre a nuestro lado, pase lo pase, y suceda lo que suceda. Que las lágrimas redentoras de cada familia, en esa tarde de adviento, se transformen en vida y esperanza, por la fuerza del Espíritu de Jesús, y que sintamos que María nos sigue acurrucando a todos, desde sus brazos amorosos de Madre. Ven Señor Jesús y haz posible lo que de veras nos parece imposible. Eran las palabras también del Santo Romero ante la tumba del asesinado amigo y hermano, Rutilio Grande, a quien la iglesia va a beatificar próximamente, “Yo no puedo Señor, hazlo Tu”

Encierro de los sindicatos de prisiones

Los sindicatos de Prisiones se encierran en la sede de Madrid «hartos» de Interior 

Los responsables de los sindicatos de Prisiones Acaip-UGT y CSIF se han encerrado este martes en la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, situada en la calle de Alcalá en Madrid, para mostrar su hartazgo con la nula gestión de la administración penitenciaria y el Ministerio del Interior para cumplir sus promesas y mejorar las condiciones de los funcionarios. 

Ambos sindicatos informan en un comunicado que el secretario general de Acaip-UGT, José Ramón López, y el responsable nacional de CSIF, Jorge Vilas, han iniciado esta protesta aprovechando una reunión de la mesa delegada de Prisiones «como medida de presión para desbloquear las negociaciones con la Administración de las mejoras necesarias en prisiones». 

© EFE Concentración del personal de funciones en 2018 en Madrid. (EFE/Juan Carlos Hidalgo) 

Según han explicado en un comunicado, el encierro se ha iniciado aprovechando la reunión de la mesa delegada que ha tenido lugar en la sede de Instituciones Penitenciarias. En sus intervenciones parlamentarias, el ministro Fernando Grande-Marlaska suele responder a las críticas del PP en esta materia recordándole que, cuando llegó a Interior, «se encontró a los sindicatos encerrados» en la Secretaría General, por discrepancias con la anterior Administración. 

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Entre 2015 y 2019, fallecieron 862 internos en centros penitenciarios, y 203 lo hicieron a causa de las drogas, según los datos de Instituciones Penitenciarias 

Esto mismo han recordado ACAIP-UGT y CSIF, que aseguran que «vuelven a encerrarse en la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias tres años después para mostrar su hartazgo» con una Administración que se ha mostrado «totalmente incompetente e inoperante para solucionar los problemas de la institución y mejorar las condiciones laborales de sus empleados», entre ellos, el aumento de agresiones a funcionarios, una mejora de las retribuciones, la reclasificación de centros o el reconocimiento a los funcionarios como agentes de la autoridad, un punto que sí figura entre las modificaciones que el Gobierno quiere hacer a la ley de seguridad ciudadana. 

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Los dos sindicatos entienden que esto supone una «vuelta al punto de partida» en las negociaciones después de que el pasado 20 de septiembre declararan el conflicto colectivo, solicitando la intermediación del ministro Grande-Marlaska. Las organizaciones han pedido la dimisión del secretario general de la institución, Ángel Luis Ortiz. 

ACAIP-UGT y CSIF demandan una retribución adecuada y la reclasificación de los centros, así como la declaración de agentes de autoridad. Hace unos días, precisamente, valoraron positivamente que se registrara una enmienda de PSOE y Unidas Podemos a la Ley de Seguridad Ciudadana para reconocer esto último, aunque recordando que lo que esperan es la aprobación de la nueva ley de cuerpos 

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Los invisibles de Latinoamérica 

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Hace un par de semanas, una cárcel ecuatoriana se convirtió, nuevamente, en una sangría que dejó más de 100 personas –por demás decirlo, a cargo del Estado– asesinadas con inusitada brutalidad. Es la segunda vez que un evento de semejantes proporciones ocurre en el país suramericano en lo que va del año. Algo similar, quizás sin alcanzar esos niveles de sadismo, ha pasado en Guatemala, Honduras o Brasil en la última década. La escena de hombres apilados y semidesnudos, en una suerte de campo de concentración, que el presidente de El Salvador mostraba como un trofeo a inicios de la pandemia fue igualmente sobrecogedora. 

Sin embargo, nada de esto parece sorprendernos lo suficiente porque en América Latina, por desgracia, si algo hemos normalizado es la violencia que, en mayor o menor medida, padecemos los ciudadanos. En las prisiones la situación es más compleja porque aunque nadie desconoce su calamitoso estado, lo cierto es que seguimos legitimando la existencia de una institución ineficaz, cruel, inhumana y, sobre todo, contraproducente. Si en un lugar las disposiciones normativas son un brindis al sol en toda regla es, precisamente, en el sistema penitenciario. 

El tema, desde luego, va mucho más allá de lo jurídico. Con las cárceles pasa lo que –hablando de la pobreza– decía Bauman: psicológicamente están a suficiente distancia de la rutina de nuestras vidas como para no sentir demasiada preocupación. Por ejemplo, volviendo al caso ecuatoriano, basta leer las reacciones de algunas personas en redes y medios de comunicación para entender lo complejo del problema. Planea la idea de que esto no va de nosotros porque quienes se están matando son otros, son grupos de salvajes delincuentes. Por lo tanto, «Mientras se maten entre ellos» todo estará bien para el resto. Son los mismos comentarios que hubo cuando, hace unos meses en Buenos Aires, se intentó desahogar los sobrepoblados penales o cuando en Costa Rica, en 2016, se reubicaron 1600 presos en centros de semi-libertad para reducir el histórico 56% de hacinamiento carcelario al que entonces había llegado. 

Es mucho más sencillo pensar que tras los muros que no vemos se está eliminando gente que hizo cosas malas -que mató, que robó, que violó, etc.-. Semejante reduccionismo nos impide encarar lo que se esconde tras el aparato carcelario. En la región, hay cerca de dos millones y medio de personas presas. La inmensa mayoría por delitos asociados a pobreza y exclusión, y esa es una realidad incontestable que hemos preferido ocultar porque lo que no se ve y no se dice, no existe. 

Las cárceles latinoamericanas están saturadas de pobres, segregados de una sociedad cuyos círculos de producción y consumo no pudieron absorberlos. Ese debería ser el punto de partida para emprender cualquier proceso de reforma si es que en algún momento logramos poner de acuerdo a aquellos que desde la política tienen la inmensa responsabilidad de hacer algo para que esto cambie. Ese cambio es también cultural porque, en última instancia, tiene que ver con cómo entendemos el castigo y su encaje democrático. 

Claro que hay que construir una agenda robusta que busque destrabar los problemas endémicos que compartimos todos los países. Desde la gestión de los centros penales –tradicionalmente desprovistos de suficiente personal para atender los fines que, según desfilan por nuestras constituciones, deberían tener las penas privativas de libertad– hasta la incorporación de sanciones alternativas como sí lo han hecho de manera exitosa otros países como España cuyo sistema penal, para poner por caso, en 2020, elevó en 15% la imposición de medidas sustitutivas al encierro, entre las que destacan trabajos en beneficio de la comunidad, libertades condicionales o vigilancias electrónicas. 

Sin embargo, todo ello será insuficiente. Tengo la certeza de que el principal desafío es entender que lo que está pasando en nuestras cárceles es, además, una expresión más de la aporofobia de la que ha hablado Adela Cortina; de extrema gravedad en sociedades cruzadas por la inequidad que las fractura y las rompe. Es un rechazo al pobre llevado a su máximo nivel de cinismo que luego blanqueamos repitiendo que quienes pueblan las cárceles son personas malas. Desde luego que las hay –como las hay fuera– el tema de fondo es que el grueso de la criminalidad que nos golpea se explica no tanto en la maldad como en la exclusión y la marginalidad. 

Si como dice la catedrática de la Universidad de Valencia la forma de acabar con la aporofobia es la educación, tenemos un trabajo mayúsculo por delante. Hay que convencer a muchos actores de que, en todas partes –pero en América Latina con especial acento– el encarcelamiento tiene un sesgo de clase innegable. No es buenismo, es decencia. Porque en la medida que consigamos que los valores constitucionales y los principios que orientan la lógica del Estado de Derecho y los derechos humanos no sean sólo declaraciones de buenas intenciones –ni una extravagancia exclusiva para los menos– estaremos más cerca de tener sociedades un poco más decentes. No parar de visibilizar a esos invisibles, ni lo que representan, es también una obligación ética para nuestro tiempo