El tiempo de los presos es tiempo de Dios

«Entrañas maternales. Esa es la motivación esencial de la persona voluntaria»

Cárcel
Cárcel

“El voluntariado es el lugar donde la compasión y la solidaridad se encuentran. Ambos conceptos comparten los mismos valores fundamentales: apoyarse mutuamente desde una posición de confianza, humildad, respeto e igualdad”

«Cada uno es llamado a sincronizar el tiempo del propio corazón, único e irrepetible, con el tiempo del corazón misericordioso de Dios»

Por Xaquín Campo Freire

— Ya estamos en NAVIDAD. Y aquí me tienes, amigo Xaquín, otra vez más para seguir hablando de la cárcel y de los presos. Hoy tengo una hora o más. Hace unos días, 05-12-2022, era el “Día del voluntariado”. Es curioso eso de tener que poner días para aquello que no debemos olvidar. Tiene su aquél de positivo y también de negativo, supongo. De forma muy reiterada te he escuchado, eso de: “El TIEMPO DE LOS PRESOS ES TIEMPO DE DIOS”. 

¿Quieres entonces que hablemos de eso? Haces alusión a dos temas bien interesantes. Ambos le afectan a las cárceles de forma muy directa

1º.- “El voluntariado es el lugar donde la compasión y la solidaridad se encuentran. Ambos conceptos comparten los mismos valores fundamentales: apoyarse mutuamente desde una posición de confianza, humildad, respeto e igualdad”. ¿Sabes de quién es esta cita? Ya veo que señalas hacia Biblia que ves ahí encima de la mesa. No. Aunque en ella, ya en el Antiguo Testamento ambas utopías son elementos absolutamente axiales y fundamentales. Y no digamos ya toda la forma de vivir de Jesús de Nazaret. Te voy a repetir algo de lo que mi benemérito mentor bíblico, D. Uxío García Amor, nos ha hablado mucho. El vocablo hebreo rahamim, plural del sustantivo raham, significa exactamente seno materno. La traducción literal sería entrañas maternales. Esa es la motivación esencial de la persona voluntaria que esté bien constituida.

Belén

La palabra hamal, literalmente: mantener con vida a un enemigo derrotado, expresa ese rasgo de compasión, que significa: mostrar compasión, conceder el perdón y la conmuta de las penas. Dedicarle parte de la vida para que viva. Por eso el Día Internacional del Voluntariado, 5 de diciembre, es el recordatorio para celebrar y agradecerles a las personas del mundo su valioso tiempo y esfuerzos voluntarios al servicio de los más necesitados y de las causas humanitarias más urgentes e imprescindibles. Es unir esfuerzos y promover iniciativas positivas para una mejor atención. Porque también necesitan absolutamente aliento y ánimo y saber que no están solos. Los temas de los Días Internacionales están vinculados a los principales campos de acción de las Naciones Unidas para: “mantenimiento de la paz, protección de los derechos humanos, promoción del desarrollo sostenible, defensa del derecho internacional y la ayuda humanitaria”. 

¿Son necesarios estos recordatorios en días significativos? Sí. Pues de lo contrario quedaríamos al albur de los más aprovechados y abusones. 

2º.- Y hablando del segundo tema: “El TIEMPO ES DE DIOS” 

Sí, en la vida todo es dialéctico. Y eso es positivo si sabemos “vivir en el hoy de Dios”, como dijo el Hermano Roger de Taizè. Eso que tú me atribuyes no es una  idea mía. Se lo debemos a Juan Pablo II, en el MENSAJE JUBILAR PARA LOS PRESOS EN EL AÑO 2000: Año Santo Romano. Es un documento corto pero muy importante para el mundo de las prisiones, para los Estados,  ciertamente,  para la Pastoral Penitenciaria y para el mundo actual. En él el Papa habla muy claro de varias cosas, entre ellas esa que a ti te llama tanto la atención y a mí también. Por eso mismo,  más que un comentario prefiero una lectura conjunta del texto literal y luego hablamos de ello, si te parece. Vale la pena la cita: 

“El Jubileo los recuerdan que el tiempo es de Dios. Y não escapa la este señorío de Dios el tiempo de la detención. 1º.-Los poderes públicos que, en cumplimiento de una disposición legal, privan de la libertad personal a un ser humano poniendo como que entre paréntesis un período mas o menos largo de su existencia, deben saber que no son señores del tiempo del recluso». 2º. «Del mismo modo, quien se encuentra detenido, no debe vivir como si el tiempo de prisión le fuera sustraído de manera irremediable”. También el tiempo transcurrido en la cárcel es tiempo de Dios y como tal debe ser vivido; es tiempo que há ser ofrecido a Dios como ocasión de verdad, de humildad, de expiación y también de fé». 3º. «El Jubileo sirve para recordarnos que no solo el tiempo es de Dios. Más aún: los momentos en que supiéremos recapitular todo en Cristo se tornan para nosotros «en un año de gracia del Señor». 4º. «Durante el período del Jubileo cada uno es llamado a sincronizar el tiempo del propio corazón, único e irrepetible, con el tiempo del corazón misericordioso de Dios, siempre pronto a acompañar la cada uno, al ritmo de su paso, hasta ala salvación» 5º. «Sin embargo, aunque a veces, la condición carcelaria corra el riesgo de despersonalizar el individuo, privándolo de muchas posibilidades de expresarse a sí mismo públicamente, el recluso debe recordar que, delante de Dios, no es así: el Jubileo es el tiempo de la persona, donde cada uno es él mismo delante de Dios, à imagen y semejanza de Él. Y cada uno/una es llamado a acelerar su paso, con rumbo hacia la salvación y progresar en el descubrimiento gradual de la verdad sobre sí mismo». (Mensaje Jubilar, 3).

Navidad en la cárcel

Si juntamos los dos temas que tú citas podemos concluir: Voluntariados en la cárcel, ¿para qué?

 “El voluntariado es el lugar donde la compasión, (concepto bíblico) y la solidaridad (concepto más civil) se encuentran. Ambos conceptos comparten los mismos valores fundamentales: apoyarse mutuamente desde una posición de confianza, humildad, respeto e igualdad”. “Mantenimiento de la paz, protección de los derechos humanos, promoción del desarrollo sostenible, defensa del derecho internacional y la ayuda humanitaria”. (ONU). 

Y ahora que estamos comenzando un nuevo año: Cada uno es llamado a sincronizar el tiempo del propio corazón, único e irrepetible, con el tiempo del corazón misericordioso de Dios, «en un año de gracia del Señor», siempre prontos a acompañarnos cada uno, al ritmo de su paso, hasta la salvación». (X. P. II)

“El TIEMPO ES DE DIOS”. EL DE LOS PRESOS TAMBIÉN.

Xaquín, vale la pena que sigamos hablando! 
—  Amigo: FELIZ NADAL! FELIZ ANO NOVO! E UN BO 2023! 

La cárcel y los pobres

En la cárcel están los pobres. Los pobres están en la cárcel

(Parece una tautología. Pues no es tal)

Cárcel

«Me gustaría tener una conversación larga; un diálogo, o varios, sobre la pobreza en el mundo. Pero concretando por grupos de empobrecidos. Por ejemplo: ¿Son las cárceles lugares de pobreza hoy, aquí y también en el mundo? ¿Cómo está eso?»

«¿En la cárcel sólo hay pobres?  ¿Y en el caso de las mujeres hay alguna diferencia en esto? ¿Qué le aporta la cárcel a cualquier preso/a?»

«Ni tenemos instrumentos e instituciones de acogida y reinserción y resocialización. Ni personal especializado suficiente. ¿Es la cárcel un fracaso colectivo pero con muchos intereses de todo tipo detrás?»

«Claro que no les aporta nada de lo que se debía. Nos hace peores a todos»

Por | Xaquín Campo Freire

Xaquín, desearía hablar contigo de algo que me está preocupando. El domingo, 13-11-2022, fue la Jornada Mundial de los Pobres. El Obispo de Mondoñedo Ferrol escribió: “La cercanía a los pobres hace que nos preguntemos sobre lo importante y fundamental en la vida; nos permite quitar nuestras máscaras y alejarnos de la superficialidad para provocarnos al amor auténtico”. Y tiene razón.

Me gustaría tener una conversación larga; un diálogo, o varios, sobre la pobreza en el mundo. Pero concretando por grupos de empobrecidos. Por ejemplo:

¿Son las cárceles lugares de pobreza hoy, aquí y también en el mundo? ¿Cómo está eso? El Papa dijo: “Frente a los pobres no se hace retórica”. Hay que pisar realidad. Se quieres comenzamos haciendo con calma como una visita virtual a la cárcel, un lugar donde solo hay cantidad de pobrezas variadas, pero reales todas ellas: La soledad, el desamor, los miedos, la falta de libertad, enfermedades varias, los más diversos desarraigos, la desconfianza, las fracturas familiares, los enfermos psiquiátricos, los trastornos de conducta, etc.

«La fábrica del llanto y el telar de lanas lágrimas”, como dijo Miguel Hernández»

Sí. A mi casi me gustaría más ir formulándote preguntas concretas. Sí. Algo así como esa ‘visita virtual’. Aunque pienso que va a dar para varias sesiones.

¿En la cárcel sólo hay pobres? Psicosociológicamente proceden mayoritariamente de sectores empobrecidos, ya desde la propia infancia. Sí. Ya vienen de ambientes pobres o son víctimas de varios infortunios empobrecedores previos: Las hipotecas, los desahucios, los cierres de empresas, malas gestiones o despilfarros económicos, alcohol, drogas, ludopatías, no inculturados, inmigrantes, maltrartadas/os, los/as sin trabajo, deudores, hipotecas, víctimas de especulaciones financieras, enfermos de todo tipo, conflictos familiares y de pareja. Casi todos proceden de barriadas de clases desfavorecidas o de sectores pobres y empobrecidos.

También están aquellos que cuando llega una crisis económica o desahucio son despedidos del trabajo, o no pueden con los créditos, tienen muchos hijos, son inmigrantes, etc. Como en la crisis del 2008 o la pandemia; o ahora con la guerra, etc. “Para los pobres siempre es noche”. “Siempre los pilla el toro”.

«Algunos ricos también van a la cárcel pero su estancia, aun estando en el mismo patio, celda o vida común, las angustias son diferentes. Si lees el libro ‘Memorias de un preso’ de Mario Conde te darás cuenta de esto»

Y sobre todo están los de tipo psiquiátrico en diversos grados y diagnósticos o incluso sin diagnosticar y por tanto sin ningún tratamiento adecuado ya desde la infancia o de la adolescencia.

Algunos ricos también van a la cárcel pero su estancia, aun estando en el mismo patio, celda o vida común, las angustias son diferentes. Si lees el libro “Memorias de un preso” de Mario Conde te darás cuenta de esto.

¿Y en el caso de las mujeres hay alguna diferencia en esto? Sí. De entre esos pobres, desde siempre, están el caso de las mujeres encarceladas y también los menores. La mayoría son aún más pobres. Y están las víctimas de la trata de seres humanos. España es uno de los países con los mayores negocios. Piensa en todas las cárceles. También en las cárceles de fuera: de los pisos o lugares de comercio y explotación sexual y otros por el estilo. ¡Son cárceles!

Nadie puede querer una hija, una madre, hermana o abuela en esos lugares. Precisamente por ser mujeres y menores. Para ellas la cárcel ya llegó más temprano. La vida las marginó más, las excluyó y las rompió ya muy pronto. A muchos ya justo al nacer. Luego, el tiempo de la condena siempre llega y se presenta más dura de cumplir la estancia en la cárcel o reformatorio, por ser mujeres y menores, es decir, más vulnerables. También está el negocio del juego. Los sociólogos y los que nos movemos por el interior de las cárceles sabemos de esta realidad. Es suficiente con entrar cualquier día en Google y seleccionar aquellos estudios de autores que veamos serios, con artículos imparciales, más objetivos y documentados. Están ahí a nuestra disposición. Y no le demos más vueltas.

Te diré más. Muchas de estas nuestras hermanas pobres ya nacieron físicamente en las cárceles, de madres gestantes en prisión. Una pobreza multiplicada. Hasta los tres años viven con ellas en las prisiones llamadas ‘humanizadas’, pero sin libertad. Llevan la cárcel, no en el ADN físico, pero casi. Los primeros apegos y las primeras intuiciones, que van grabadas en el subconsciente, serán las de la cárcel. Y los desapegos que vienen a continuación serán consecuencia de esa realidad y aparecen sucesivamente las primeras tomas de conciencia con el crecimiento evolutivo. Ya el mismo salir, que para el niño/a llega de un día para otro, de repente. E irán posteriormente a los vis a vis a la cárcel, si no quedan muy lejos los tutores, que al ser pobres, depende del tiempo que puedan librar y de la economía. Los desplazamientos son caros, seguramente con pernoctas, y con riesgos. “Y todo para dos horas”. ¿De verdad vale la pena, dicen, hacer sufrir al niño y a la madre, cuyas despedidas luego son un drama desgarrador para todos? Y los mismos bebés irán preguntando paulatinamente: ¿Y por qué mamá está ahí y no viene para casa? ¿Es que ya no nos quiere?

Otras veces, aun estando relativamente cerca, (80 quilómetros sencillos; 160 en total), no podrán, por pobreza, ir con frecuencia semanal a esa visita a la cárcel donde está la mamá, con el trauma de la separación y falta de frecuencia de trato para todas y todos. Si no castigan a la madre con la suspensión del encuentro por ‘su comportamiento’. El niño/a va creciendo en esas circunstancias. Ya alguien les dirán, más temprano que tarde, en la barriada o en el colegio o incluso en la misma familia: “¡tú eres un hijo/a de la cárcel!”. “Dicho en Román paladín y bíblico: “¡acuérdate que eres polvo y al polvo vas a volver!”. O en clarito castellano: “Está de Dios que la cabra tira al monte”.

¿Qué le aporta la cárcel a cualquier preso/a? Nunca a problemas complejos se deben presentar soluciones simples. Ni como políticos ni como sociedad de opinión. El problema es muy diverso y amplio. La cárcel es “la grande purga de Benito”: Vale para todos los desajustes conductuales. Es el ‘sistema-parche’ general y universal que nosotros, como sociedad, hemos creado para solucionar todas las disonancias conductuales, sean ellas cuáles sean: “¡Venga ya! ¡A la cárcel! ¡Que nos los quiten de delante!”. Y no vale culpabilizar luego al funcionariado. Puede haber casos aislados con problemas, como en todo colectivo, pero no es culpa de ellos. Son problemas estructurales.

«¡Venga ya! ¡A la cárcel! ¡Que nos los quiten de delante!»

Se intentó con el art. 25, § 2, de la Constitución afrontar el problema. Pero ahí se quedó. Gran parte de las leyes que se debían ir desarrollando y/o crear institucionalmente los medios para las distintas respuestas adecuadas por sectores y grupos de problemas, están sin desarrollar. Pongo por caso toda la sanidad psiquiátrica pública y las respuestas adecuadas para toda la población, por sectores parciales, con instituciones para diagnósticos precoces y preventivos y con respuestas y terapias idóneas. Hay, por ejemplo, ‘cárceles-granja’ para psiquiátricos con buenos resultados. Pero hay que invertir en personal especializado y en medios.

Pero todo eso sigue ahí dentro de la sanidad general, limitada a los Centros de Salud, como una gripe o un catarro común. Y conste que los sanitarios de estos Centros hacen muchísimo más de lo que pueden. Pero van allá más de cuarenta años. Y cuando llegan los problemas,… ‘cada uno que se entienda’. Los pobres nunca tendrán medios para ir a la sanidad privada y especializada, muy cara ella ya desde las primeras consultas y no digamos luego las terapias en régimen de internamiento. Que tampoco están bien orientadas. ¡Están al máximo lucro! Pero somos principalmente nosotros, la sociedad civil, los algo más que presuntos implicados.

Solo sabemos repetir como grito común: “Que se pudran en la cárcel”. Victimizamos vindicativamente. Si a un niño en vez de mandarlo a la escuela lo mandamos a cuidar del ganado no le podemos luego exigir que esté preparado con la EXB o el Bachillerato. No está ni en el sitio ni con el tiempo adecuado.

Muchos de los reclusos, de ser gente con problemas, los retiramos de la sociedad con juicios legales, (faltaría más), por discordantes sociales o peligrosos inadaptados. Pero no van para el sitio en el que se les ayude a curarse, rehabilitarse, reeducarse, reinsertarse y resocializarse. Ni cuando salen nosotros los acogemos en la sociedad para poder valerse por sí mismos.

«¿Sabes, por ejemplo, que está creciendo el número de reclusos que no quieren dejar la cárcel porque no se creen capaces de salir adelante y, por miedo, prefieren seguir presos?»

Ni tenemos instrumentos e instituciones de acogida y reinserción y resocialización. Ni personal especializado suficiente. ¿Sabes, por ejemplo, que está creciendo el número de reclusos que no quieren dejar la cárcel porque no se creen capaces de salir adelante y, por miedo, prefieren seguir presos?

Pero llegado el día se les echa. Y para regresar “a su casa”, el penal, tienen que re-delinquir gravemente. También está constatado que un sector, no pequeño, salen peor. Allí se han preparado mejor para delinquir de nuevo como solución para sobrevivir y que ellos mismos te dicen que tienen claro que serán reincidentes.

Ellos están dentro de un sistema que todos nosotros, sociedad civil, preparamos como la grande solución para todo: “¡Que se pudran ahí!, gritamos alto y al unísono. Dicho todo el anterior, claro que no les aporta nada de lo que se debía. Nos hace peores a todos.

¿Es la cárcel un fracaso colectivo pero con muchos intereses de todo tipo detrás? Muchos especialistas serios en estos temas dicen que hay que ir a otras formas de tratar toda la inadaptación y la desadaptación social.

«Otra justicia es posible. Otro cumplimiento de las penas es posible»

Seguimos hablando otro día. Se me hace tarde. Cuídate.

Adviento en la Cárcel de Navalcarnero:

Los presos nos transmiten sus esperanzas

San Dimas

«Hoy nos hemos reunido en la cárcel de Navalcarnero como cada sábado, para celebrar las dos eucaristías. En ellas, intentamos celebrar cada semana nuestra vida a la luz del evangelio y de las circunstancias personales de cada uno»
«Ha sido una celebración muy especial, de mucha ternura, de mucha emoción y de mucho encuentro profundo con el Dios pequeño y pobre que nos va a nacer. Hemos vuelto a comprobar cómo los pobres y los pequeños, representados en los presos de la cárcel, nos dan lecciones y nos ‘preceden en el Reino de los cielos'»
«A mí me enseñan los presos de Navalcarnero y su sufrimiento me hace ser más humano, más evangélico y me obliga a intentar llenar ese dolor de vida y de esperanza. Un día más doy gracias a Dios por este ministerio encomendado»

Por | Javier Sánchez, capellán de la cárcel de Navalcarnero

Hoy nos hemos reunido en la cárcel de Navalcarnero como cada sábado, para celebrar las dos eucaristías. En ellas, intentamos celebrar cada semana nuestra vida a la luz del evangelio y de las circunstancias personales de cada uno. El inicio de cada celebración siempre es un momento de encuentro, porque a muchos de los chavales los vemos una vez a la semana, sobre todo los voluntarios, yo tengo la suerte de verlos casi a diario. Y por eso, siempre hay un primer momento de saludarnos, de darnos un abrazo de bienvenida y ver cómo estamos, y cómo hemos pasado la semana.

Hoy ha sido una celebración muy especial, de mucha ternura, de mucha emoción y de mucho encuentro profundo con el Dios pequeño y pobre que nos va a nacer. Hemos vuelto a comprobar cómo los pobres y los pequeños, representados en los presos de la cárcel, nos dan lecciones y nos “preceden en el Reino de los cielos”. Los listos, los engreídos, los que creen saberlo todo no entienden el Evangelio, porque no pueden aprender nada de nadie. Los presos, desde su dolor, y desde su debilidad, nos han hecho una vez más descubrir qué es lo importante de nuestra vida cristiana, y hacer nuestras las palabras del Evangelio de Jesús “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt )

«Hemos vuelto a comprobar cómo los pobres y los pequeños, representados en los presos de la cárcel, nos dan lecciones y nos ‘preceden en el Reino de los cielos’. Los listos, los engreídos, los que creen saberlo todo no entienden el Evangelio, porque no pueden aprender nada de nadie»

Javier Sánchez, capellán de Navalcarnero

Además, este sábado iniciábamos el tiempo de adviento, junto con toda nuestra Iglesia, y por eso hemos comenzado explicando cada uno de los símbolos que teníamos en esta celebración. Los colores litúrgicos para este tiempo especial de preparación previo a la navidad, la corona de adviento, y los elementos fundamentales de estas cuatro semanas. Uno de los chavales nos había preparado también un cartel de ambientación de este tiempo, y la palabra que resumía la temática evangélica de este día: esperad. Con todo ello hemos comenzado la celebración, con nuestro canto de entrada y nuestra disposición a tener un encuentro con Dios y con los demás hermanos reunidos.

Hemos leído la lectura del profeta Isaías y después también el Salmo que como siempre elaboramos y adaptamos para nuestra celebración. En el Salmo se mencionaba mucho la palabra esperanza y el reconocimiento de que la esperanza supone “estar activos”, creyendo que las cosas pueden cambiar. Un tiempo nuevo para una cárcel y una experiencia nueva de vida, la que se nos brindaba. “Que nuestra esperanza consista en estar atentos a quien nos necesita”, rezábamos juntos.

Después del Salmo, como cada día, hemos ido haciendo el eco de lo que habíamos rezando, y como siempre es impresionante, en un silencio conmovedor escuchar cómo cada uno vamos repitiendo la frase que más nos llega en ese momento o más nos llama la atención. Es un momento de oración profunda y sentida la que vivimos juntos y sin duda es expresión de lo que en ese momento cada uno de nosotros estamos sintiendo y viviendo.

Y después del Salmo y su eco, encendimos nuestra primera vela de este tiempo de Adviento, antes de proclamar el evangelio. En esta primera vela se nos invitaba a estar atentos al paso de Dios por nuestra vida, y a poder descubrir que la esperanza nos debe llevar al compromiso con los más necesitados de los módulos, con aquellos con los que compartimos la vida en la cárcel. Una imagen acertada y bonita, que luego retomamos en la reflexión, era la de sentirnos “desde nuestra pobre arcilla llamados a dejarnos modelar por el Dios que nos llama al cambio y a una nueva vida”.

En este clima de oración, proclamamos el evangelio, que como últimamente, lo hizo Wilber, un muchacho colombiano en prisión preventiva desde hace varios meses, pero que fue catequista en su país y que lo proclama siempre desde el corazón y sintiendo lo que dice. Se le nota que está preparado y sobre todo que es de profunda fe. Su querer ayudar a la familia, y por qué no, le ha llevado a la cárcel, y ahora se encuentra aquí, sólo y en espera de juicio que nunca llega, con su familia y sus amigos en Colombia. Siempre me dice que nosotros somos su familia; está en comunicación con ellos por teléfono y varias veces su mujer me envía fotos de sus hijos para poder verlos crecer y participar de su vida, a pesar de la distancia. Llama la atención que siempre tiene una sonrisa en la boca y que además es tremendamente agradecido. Y después de escuchar el evangelio, como siempre lo hemos reflexionado entre todos. Como siempre ha sido impresionante.

Les he dicho a los chicos que estábamos estrenando el tiempo de adviento, un tiempo de esperanza, de ilusión y de sueños. Y luego les he preguntado si ellos tenían esperanzas, si esperaban algo. Se me han llenado los ojos de lágrimas al escucharles: “Claro que tenemos esperanzas, si no, no podríamos vivir”, han coincidido todos,” aquí la vida es muy dura pero tenemos esperanza de salir pronto y de poder cambiar de vida”. Al escucharles no he podido por menos que emocionarme, porque escuchar que en medio de tanto dolor, los sufridos, los crucificados tienen esperanza, sin duda que un gesto y un signo de Dios, del Dios de la vida, que también está crucificado con ellos y que también sufre con ellos. Los crucificados de la vida transmitiendo esperanza.

Les he dicho que me alegraba el escucharles y que haría la misma pregunta, como todos los domingos, en la misa de la parroquia, para ver también cómo la gente me respondía. Es impresionante, porque los que tenemos de todo, los que estamos con menos dolor, los que la vida nos sonríe a cada momento, no somos capaces de valorar los signos del amor de Dios, y quizás estamos siempre quejándonos.

Hemos hablado desde ahí de las esperanzas en medio del dolor que tienen tantos seres humanos; de cómo entre los escombros y las ruinas de Ucrania, surge la esperanza y el amor, cuando vemos que una señora hace comida para la gente, y es capaz de dar vida y cariño en medio de tanto dolor: es la esperanza la que triunfa por encima de la cruz, es la resurrección la que aparece primero. Es la vida del crucificado y a la vez resucitado, es la experiencia pascual por antonomasia. Y desde ahí también la llamada a estar en vela que nos brindaba el evangelio y a reconocer que “de las espadas forjarán arados, y de las lanzas podaderas” que nos decía el profeta Isaías.

Hemos continuado la celebración con el momento de petición, donde teníamos presente de modo especial al obispo auxiliar de la diócesis de Getafe, que en ese momento estaban consagrando, y le pedíamos al Padre que estuviera con aquellos más necesitados de nuestra Iglesia. Los chicos también han pedido por las familias, han presentado sus sueños, han pedido por la gente de la calle… como siempre eran peticiones de los crucificados, al crucificado.

Después de dar gracias juntos con la plegaria eucarística, rezar el santo salvadoreño, recordar a Jesús en su entrega y hacer el brindis por el amor de Dios que se hace presente en la entrega de Jesús y en la fuerza del Espíritu Santo, hemos compartido el momento de la paz. Un momento, el de la paz, especialmente entrañable en la cárcel, porque todos nos abrazamos y nos preguntamos cómo estamos, qué nos pasa. En cada abrazo todos sentimos el abrazo de un Dios Padre-Madre que nos quiere y nos abraza. No es un momento de cumplimento, de darnos la paz “porque toca”, sino que es un momento de hacer presente que nos necesitamos, que somos iguales, que no hay presos y libres, sino que hay hermanos y hermanas que queremos compartir la vida juntos.

Después el momento de la comunión, y al final el canto explosivo de “color esperanza”, que nos ha hecho descubrir que esa esperanza evangélica y profética, de este tiempo de adviento, es posible.

Si la primera misa ha sido especial, la segunda no lo ha sido mucho menos. En esta celebración segunda siempre somos más, unos cuarenta nos reunimos. Y confieso que al mirarles sentados he descubierto y vivido aún más esa fuerza de “algo nuevo”.

Cuando ha entrado Angel, un chaval peruano, toxicómano, le he dicho, mirándolo a los ojos y sonriendo que hace unos días estuvo su madre conmigo en la parroquia y me preguntó cómo estaba. Su madre, hacía mucho tiempo no se comunicaba con él, porque Angel seguía drogándose en la cárcel y porque seguía sin cambiar. Cuando se lo he dicho, la cara se le ha iluminado y me ha dicho: “De verdad? ¡qué alegría! Pensé que ya no quería saber nada de mí”. Su madre me había dicho varias veces, que era su hijo y lo quería mucho por encima de todo, y que en ocasiones había pensado incluso decirle al juez que entrara ella en prisión para que pudiera salir su hijo. Ha sonreído y me ha dado las gracias con un fuerte abrazo.

Luego ha llegado Egson, otro chico peruano, y me preguntado también por su madre; hace unos días me envió una carta para él que también lo emocionó, porque también hacía tiempo no se comunicaban. Le he dicho que esta semana no, pero que yo la escribiría para contarla cómo estaba.

Han ido apareciendo todos los demás, hasta casi cuarenta como digo, y así hemos comenzado la eucaristía. Hemos vuelto a proclamar las lecturas y de nuevo en la homilía, les he vuelto a preguntar si tenían esperanza. Otra vez han vuelto a coincidir todos en lo mismo: “tenemos esperanza de poder cambiar algún día y sobre todo de que Dios nos reúne y nos acompaña, que nos da fuerzas para seguir”. Sin poder contener la emoción y las lágrimas, les he dicho que esa esperanza la veía en cada uno de ellos.

Que para mí era esperanzador cada vez que estaba compartiendo con ellos. Ayer, les dije, pase la tarde con un compañero del módulo dos que está de permiso y con su madre, y fue una tarde esperanzadora y llena de vida. Similar al rato que estuve con la madre de Angel. Esperanza que veía cuando me escribía la madre de Egson, o el padre de Sergio. Y al nombrarlos a cada uno de ellos, me miraban y me regalaban la mejor de las sonrisas, que sin duda era la misma sonrisa del Dios crucificado, en cada uno de ellos, en cada una de sus vidas y en las de sus propias madres. Ha sido de nuevo un momento de gracias, y de pascua, de vida resucitada y llena de Dios.

Después hemos seguido la celebración como cada día. Cuando ha llegado el momento de la paz de nuevo ha surgido una especial ternura evangélica. Sergio, Egson y Angel me han dado especialmente las gracias al abrazarme y de nuevo he sentido las gracias y la sonrisa de Dios. En cada apretón, en cada sonrisa, estaban los cálidos brazos del Dios de la vida, que tantas veces me abraza y me quiere en Navalcarnero.

Y cuando estábamos comulgando, ha surgido algo muy especial, que nos ha demostrado la sensibilidad y solidaridad de los más pobres. Se me ha acercado un chico de los del módulo de enfermería para decirme que un compañero suyo, con demencia, había salido fuera de la sala y que no sabía dónde estaba, que estaba preocupado porque el otro día se perdió por toda la cárcel. Hemos parado de comulgar, y han salido a buscarlo, y de modo especial sus compañeros de la enfermería. Ha sido un momento especial, porque salían hasta los que estaban con muletas a buscar a su compañero. Por fin, lo han encontrado y todos han respirado agusto y sonreído. Tras comulgar, hemos dado gracias por este gesto, y hemos coincidido todos en que allí, en este lugar que parece tan insolidario, la sensibilidad por el otro está a flor de piel, especialmente en aquellos que se encuentran incluso más necesitados: los enfermos con muletas preocupados por aquel compañero con demencia, que se ha perdido. ¿Hay alguna definición más entrañable, más teológica y más evangélica de Dios?

Hemos terminado también con el canto “color esperanza” y la oración final, “Jesús esperamos un año más tu venida a nuestra vida, a nuestra cárcel, a nuestro mundo. Te necesitamos, no nos dejes. Te necesitamos para construir juntos un mundonuevo. Eres nuestra esperanza. Ayúdanos a creernos que se puede hacer”.

Un bonito comienzo de adviento, un signo de esperanza y de vida, algo nuevo está brotando y brota de donde tiene que brotar, de la cruz, del dolor, del sufrimiento, de la entrega. Siempre lo digo: la cárcel es un lugar pascual por excelencia, donde el crucificado Jesús de Nazaret, se une a los crucificados de Navalcarnero, para decirnos que cuenta con nosotros, para seguir poniendo vida y esperanza allí. Recuerdo, como en tantas ocasiones, las palabras de Monseñor Romero: “ No sólo el predicador enseña, el predicador aprende. Ustedes me enseñan. La atención de ustedes es para mí también inspiración del Espíritu Santo. El rechazo de ustedes sería para mí también rechazo de Dios” (Homilía 16 de julio de 1978).

A mí me enseñan los presos de Navalcarnero y su sufrimiento me hace ser más humano, más evangélico y me obliga a intentar llenar ese dolor de vida y de esperanza. Un día más doy gracias a Dios por este ministerio encomendado, porque cuenta conmigo para ello, porque me da su Espíritu y su gracia para poder compartirla. Ojala que pueda ser fiel a esa confianza que El pone en mí, porque me siento como el profeta Jeremías, que no sé hablar, que soy un niño. Y cada día y en cada momento, descubro que no soy yo el habla, sino que Alguien va hablando y haciendo posible la vida, a través de mí.

Los presos me enseñan cada día, me hacen ser más humano, más evangélico y me ayudan a ser cura. “Te doy gracias Padre porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mateo 11, 25)

Medalla de reconocimiento a Nelly León, capellana de la cárcel de Santiago

Chile: Medalla Cardenal Raúl Silva Henríquez para capellana de cárcel de mujeres

Por| ROBERTO URBINA AVENDAÑO

Reconocimiento a su permanente compromiso con quienes sufren la privación de libertad, revindicando su dignidad y persiguiendo su reinserción a la sociedad

La religiosa del Buen Pastor, Nelly León Correa, recibió la Medalla Cardenal Raúl Silva Henríquez en reconocimiento a su trabajo como capellana de la cárcel de mujeres de Santiago, otorgada por la Universidad Cardenal Raúl Silva Henríquez.La ceremonia tuvo lugar en la capilla de la Cárcel de mujeres de Santiago, a pedido de la homenajeada. En presencia de un grupo numeroso de reclusas, el Presidente y Gran Canciller de la Universidad, Padre Carlo Lira, el Rector Galvarino Jofré y el Vicerrector Académico, Álvaro Acuña, le entregaron la medalla por su “permanente compromiso con quienes sufren la privación de libertad, revindicando su dignidad y persiguiendo su reinserción a la sociedad, reflejando con ello la vigencia del pensamiento del Cardenal Raúl Silva Henríquez, y representando fielmente los valores de una egresada de nuestra Universidad”.

Mujer levántate

La hermana Nelly se ha hecho conocida por su trabajo con las reclusas del Centro Penitenciario Femenino de Santiago, desde 2005, y también por la creación de la Fundación “Mujer Levántate” que acoge a quienes egresan de la cárcel sin tener un lugar donde llegar. Adquirió especial notoriedad en enero de 2018 con la visita del Papa Francisco a Chile, ya que esta cárcel fue uno de los lugares que visitó y donde tuvo un emotivo y festivo encuentro con reclusas, momento que fue reconocido como el de mayor calidez y entusiasmo expresados al Papa.

En su discurso de agradecimiento la religiosa confesó estar “muy emocionada con esta distinción. Le pedí a las autoridades de la Universidad que vinieran a este lugar porque todo lo que yo soy y he logrado es por ustedes”, dijo a la numerosa concurrencia de reclusas presentes en el acto.

Una de las reclusas presentes, Elizabeth, entregó su testimonio durante la Misa. “Hoy me siento empoderada, sé que la Fundación Mujer Levántate me seguirá acompañando y confío en Dios que este trabajo pueda continuar y así restaurar muchas más vidas, tal como restauró la mía. Gracias, hermana Nelly por darle vida a esta fundación y gracias a todos quienes son parte de este maravilloso sueño”, confesó.

Inclusión social con trato digno

La ceremonia tuvo lugar durante la celebración de una Misa por el 14º aniversario de la Fundación “Mujer levántate” que Nelly León, con otras personas que la apoyaron, fundó y actualmente preside. En esa Fundación declaran que trabajan “por la inclusión social de mujeres que están o han estado privadas de libertad a través de un programa integral, donde el trabajo metódico, la conexión afectiva y el trato digno es nuestro sello fundamental”.

“Mujer levántate” acoge, actualmente, un promedio de 100 mujeres al año, impactando la vida de más de 300 niños y niñas. En su presentación, dicen que “cuando una mujer está en la cárcel no solo ella es condenada, sino todo su entorno, principalmente sus hijos, quienes son nuestros usuarios indirectos y en quienes pensamos cada vez que proponemos a una mujer integrarse a nuestro programa y protagonizar un cambio de vida, siendo sujetos de su propio cambio”.

En diciembre de 2020 Nelly León asumió como Delegada episcopal para la pastoral en la diócesis de San Felipe, tarea a la que la invitó el obispo Gonzalo Bravo Álvarez. “Cuando el obispo me pidió este servicio en la pastoral le dije que la cárcel no se transa. Entonces dentro del tiempo que yo pueda aportar a la diócesis, lo haré, pero la cárcel no está en juego y él lo aceptó así”, dijo Nelly a Vida Nueva en esa oportunidad.

Agregó que aceptó esa tarea “porque creo que las mujeres hemos luchado mucho para que se nos abran espacios y en el momento que se nos dan muchas veces retrocedemos, nos cuesta, no aceptamos. Entonces vi aquí una oportunidad no solo por mí, sino por todas las mujeres de la Iglesia que luchamos y pedimos a gritos un espacio. Aquí se abrió uno y espero que no sea el único”.

Plan de trabajo de la Pastoral Penitencial

¿Cuál es el objetivo general de la pastoral penitenciaria?

Evangelizar, anunciando la Buena Nueva de Jesús y promoviendo la instauración del Reino de Dios en el mundo penitenciario, humanizando mediante la promoción y defensa de los Derechos Fundamentales de las personas, sirviendo de puente de unión entre el centro penitenciario y la sociedad.

¿Cuáles son los objetivos específicos de la pastoral penitenciaria?

  • Evangelizar anunciando la Buena Nueva de Jesús y promoviendo la instauración del Reino de Dios en el mundo penitenciario.
  • Humanizar el mundo penitenciario mediante la promoción y defensa de los derechos fundamentales de las personas.
  • Servir de puente entre la cárcel y la sociedad, anunciando y denunciando la realidad del mundo penal y penitenciario.
  • Sensibilizar las comunidades cristianas (parroquias, movimientos apostólicos, institutos religiosos…) y la sociedad sobre la problemática penitenciaria en la diócesis.
  • Promover y formar agentes de pastoral para la misión específica que, encomendada por el obispo debe realizarse dentro o fuera de las prisiones.
  • Apoyar y coordinar las actividades y servicios que ofrecen las personas, grupos, movimientos para el servicio en la misión de pastoral penitenciaria.
  • Atender a las familias de personas privadas de libertad que soliciten ayuda, ofreciéndoles acogida y orientación.

X Congreso de Pastoral Penitenciaria

La Iglesia española pide revisar las «condenas largas sin horizonte de esperanza» y «medidas alternativas a prisión»

PorMaría Rodríguez 

La Iglesia católica española ha pedido «medidas alternativas a la prisión» y revisar la legislación para que no haya «condenas largas sin horizonte de esperanza».

Así se lee en la declaración final del X Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria, organizado por el departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que se ha celebrado en El Escorial (Madrid) del 21 al 23 de octubre.

En este sentido, defienden que «la prisión no es la solución a determinados delitos» y que «con un tratamiento mas educativo se evitaría el ingreso en prisión». Además, reclaman que «las penas alternativas no sean una excepción».

En concreto, a la Justicia le piden que «humanice las sentencias», que sea «valiente a la hora de apostar por las medidas alternativas a la prisión, sin condicionamientos sociales y mediáticos», y que «revise la legislación de las condenas largas sin un horizonte de esperanza y mucho menos de rehabilitación», apostando por «las vías de la justicia restaurativa».

«Como Pastoral Penitenciaria soñamos con un mundo donde cada vez haya menos presos. Un mundo positivo que vaya superando la prisión como recuperación de la persona para la sociedad, en la cual lo normal sean sentencias que se cumplan a través de medidas alternativas en un entorno social y familiar positivo para la persona, y nunca sean la excepción», subrayan

Modelo 77

Alberto Rodríguez: «Cuando entras en la cárcel, dejas de existir, es un sistema para alienar al individuo»

El director y guionista Alberto Rodríguez, durante el rodaje

BEGOÑA PIÑA

El cineasta viaja a finales de los años setenta en Modelo 77, película que ha inaugurado el 70 Festival de San Sebastián, para contar el movimiento de los presos sociales en las cárceles franquistas y que se cerró con la famosa fuga de la Modelo de Barcelona.

La brutalidad en las cárceles franquistas es uno de los capítulos más negros de aquellos años siniestros de la historia reciente de España. Más allá de la represión política, los presos sociales –entonces se les llamaba comunes– padecieron igualmente esa feroz violencia. Aquella historia y la del nacimiento de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL) al final de los años 70 es la que ahora cuenta Alberto Rodríguez en su nueva película, Modelo 77, que ha inaugurado el 70 Festival de San Sebastián.

Motines, episodios de autolesiones colectivas, huelgas de hambre… y asambleas, celebradas a sabiendas de las consecuencias que tendrían todas estas movilizaciones, fueron cimentando un colectivo que hizo historia. Hombres de todas las cárceles españolas y entre los que había homosexuales, vagabundos, artistas, ladrones, estafadores… y muchos de ellos sin haber tenido posibilidad de juicio, se unieron para pedir una amnistía y conseguir la libertad. Mejora en las condiciones de las cárceles y la depuración de jueces y de funcionarios de prisiones eran otras de sus reivindicaciones. La película se inicia tres meses después de la muerte del dictador Franco, cuando en la calle se respiraban por fin aires de libertad.

El colectivo no logró la amnistía que pedía, pero aquella fue una derrota dignísima y honrosa que, en el caso de la Cárcel Modelo de Barcelona se remató con la histórica fuga de 45 presos. Y precisamente ese es el escenario en el que ha rodado Alberto Rodríguez su película, con los actores Miguel Herrán, Javier Gutiérrez, Jesús Carroza y Fernando Tejero, entre otros, y sobre un guion escrito junto a Rafael Cobos. Se tardó años en volver a detener a aquellos 45 hombres y, a pesar de la nueva España que se estaba levantando, algunos no tuvieron un juicio hasta 1995.

Están presentando la película como una historia inspirada en la famosa fuga de la Cárcel Modelo de Barcelona de 1978, pero ¿no es mucho más una historia de cómo se organizaron los presos sociales en las cárceles franquistas?

Sí, es una película sobre lo ocurrido con COPEL, el sindicato de presos en las cárceles franquistas entre 1977 y 1979. No es una historia nueva para nosotros, llevamos trabajando en ella desde 2005, cuando empezamos a hacer entrevistas, pero no hemos tenido hasta ahora oportunidades ni cárceles para rodar. Y necesitábamos una cárcel grande, como Carabanchel o la Modelo.

¿Qué cuenta esta historia de finales de los setenta a la gente de hoy?

Algo que no deja nunca de ser interesante y que tiene que ver con la utopía, con la posibilidad de pensar que se puede aspirar a cambiar las cosas. Lo de COPEL fue excepcional, porque si la unión era complicada, mucho más dentro de la cárcel donde sabían que habría consecuencias. Por supuesto, los vientos que ya corrían por todo el país tuvieron mucho que ver y los presos tenían el apoyo de la calle, de abogados y de los intelectuales. Allí había homosexuales, estafadores, miembros de Els Joglars… Andreu Solsona nos dijo que recordaba como una gran experiencia las asambleas en la cárcel y que el trato que les dieron a ellos los otros presos fue exquisito. Están en la foto del final.

¿Esa unión, la fuerza del colectivo, también es un arma para cambiar cosas ahora?

Es lo que más nos hace falta, una visión de conjunto, una unión y dejar de pensar tanto en uno mismo. Hubo un momento en que tuve la sensación de que esta historia se iba a quedar sin contarse, como una página del libro de la Historia que se cae. Había que contarlo.

La violencia en las cárceles franquistas era brutal, usted la muestra en la película…

Tuve la sensación de que esta historia iba a quedarse como una página del libro de la Historia que se cae

Y tratamos de que no resultara demasiado duro, teniendo en cuenta lo que oímos en muchos testimonios y lo que leímos. No sé si en la película la crudeza se transmite porque se percibe como real, tal vez. Mira el caso del anarquista Agustín Rueda, al que asesinaron en Carabanchel. La violencia tenía que estar presente, porque la violencia tiene que ver con el fascismo y ésta es una película muy política.

Las cárceles han cambiado, pero ¿la sensación de ausencia de libertad es la misma, no?

Porque cuando entras en la cárcel, dejas de existir, tu tiempo ya no te pertenece y eso es una de las peores cosas que te pueden ocurrir. Es un sistema para alienar al individuo, por eso esta historia es más utópica todavía, porque ellos buscaban conseguir de nuevo su identidad a través de una lucha colectiva.

¿Es consciente de que con sus películas está escribiendo una especie de crónica de España desde el cine?

La violencia tenía que estar presente, porque la violencia tiene que ver con el fascismo

Pero es involuntario, sin querer, sin un plan deliberado. Pero, por otro lado, hay algo de eso, por eso es interesante esta historia, porque aquel fue un momento en el que parecía que se podía llegar a cualquier sitio, que todo era posible. Estaba todo por crearse y la sensación de libertad era bestial. Ese es un momento de nuestra historia que no se ha vuelto a producir. Entonces todos aspiraban a la libertad, hasta los que estaban en cárceles privados de ella. No todo estaba cerrado. Hay mucha gente que se enroca en el pensamiento contrario y así no se llega a ninguna parte.

‘Modelo 77’ es una ficción inspirada en hechos reales, ¿se han dejado fuera cosas interesantes que no eran pertinentes para la narración?

Rafael Cobos (coguionista) y yo hicimos muchas entrevistas, pero yo no tengo la sensación de haber dejado en el ‘debe’ cosas. También tengo que decir que una parte muy enriquecedora de todo el proceso ha sido construir la ficción. Nosotros nos debemos a la ficción, pero ésta debe ser coherente dentro de un marco histórico, aunque nosotros trabajamos más la parte emocional que la otra.

De todo lo que pasó con COPEL esos años ¿hay alguna historia especial?

El 18 de julio de 1977, los presos estuvieron cuatro días en los tejados de la cárcel de Carabanchel. En una entrevista nos contaron que tiraron un bote de humo desde un helicóptero, porque no conseguían bajarlos de allí, pero los presos lo cogieron y lo devolvieron. Nos dijeron que cayó dentro del helicóptero y que casi se estrella. Lo quitamos de la película porque era bastante increíble, pero luego hemos visto un vídeo con el humo saliendo de dentro del helicóptero. Y es impresionante la historia de los presos cortándose las venas en La Modelo para que entrara la prensa.

La prensa entonces tenía mucha fuerza, ¿qué papel cree que hacen hoy los medios de comunicación?

Bueno, es un momento tan delicado, con el auge de los fascismos y la ultraderecha, es como si lo estuviésemos digiriendo todavía y parece que entre todos estuviéramos blanqueando las cosas que pasan.

Y entre las historias personales, ¿han conocido muchas en esas entrevistas?

Con el auge de los fascismos y la ultraderecha parece  estuviéramos blanqueando las cosas que pasan

Muchas. Las cárceles están llenas de historias. Cada individuo tiene la suya. Hay una divertida, un funcionario de la Modelo que se fue y se dedicó a escribir novelas de ciencia-ficción. Era Luis García Lecha, que usaba varios seudónimos, uno era el de Clark Carrados, escribió centenares de novelas. Luego volvió a la cárcel para completar la pensión.

Y al final, la fuga.

Esta es mi película más austera, la más ceñida a un único punto de vista, el de los presos, el espectador solo sabe lo que ellos saben y ven. Y a partir de un momento, el final de la película tiene más que ver con la justicia poética que con la realidad, aunque la fuga fue real.

X Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria

La ex alcaldesa de Madrid participará en las próximas jornadas de Pastoral Penitenciaria

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, renueva el voto de la Villa a la Virgen de la Almudena/EFE

Tras dos años de pandemia, la Pastoral Penitenciaria convoca el X Congreso Nacional de esta Pastoral para el próximo mes de octubre. Un evento que se celebrará en El Escorial (Madrid) del 21 al 23 de octubre con el tema ‘Otro cumplimiento de pena es posible’ y para el cual la Conferencia Episcopal Española ha fichado como ponente a la ex alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, dado a su experiencia como juez de Vigilancia Penitenciaria. ponencia marco y la mesa redonda serán sobre el tema del Congreso, pero desde la visión del área religiosa, social y jurídica, e intervendrán especialistas que, con sus aportaciones, ayudarán a avanzar en el trabajo que se realiza en cada uno de estos campos.

Programa

La visión del área religiosa se abordará el primer día del Congreso, el viernes 21 de octubre. Ofrecerá la ponencia marco el presidente de la CEE, el cardenal Juan José Omella. En la mesa redonda intervendrán José Luis Segovia Bernabé, vicario episcopal de Pastoral Social e Innovación de la diócesis de Madrid; Carmen Martínez de Toda Terrero, hija de la Caridad, ex-coordinadora del área social de Pastoral penitenciaria, y Francisco Javier Sánchez González, capellán de Navalcarnero (Madrid). Además se presentará una experiencia de trabajo en beneficio de la comunidad (TBC).

Mercedes Gallizo Llamas, presidenta de SIEPSE y exsecretaria general de Instituciones Penitenciarias, presentará la ponencia marco del sábado 22, dedicada a la visión del área social. En la mesa redonda se sentarán la directora general de la Fundación Integra, Ana Muñoz de Dios; el director de la Fundación Cesal, Pablo Llano Torres; y la subdirectora general de Medio Abierto y de Penas y Medidas Alternativas, Guadalupe Rivera González.

La tercera sesión del Congreso, el domingo 23, se centrará en el área jurídica, con una ponencia marco a cargo de Manuela Carmena Castrillo, que fue Juez de Vigilancia Penitenciaria y alcaldesa de Madrid. Participarán en la mesa redonda el coordinador del Servicio de Orientación Jurídica (SOJ) penitenciario de Madrid, Carlos García Castaño; el especialista en Mediación general, penal y familiar, Pepe Castilla; y el director general de Ejecución Penal y Reinserción Social de Instituciones Penitenciarias, Ángel Vicente Cuenca.

La Merced en tiempo de cautiverios y cárceles

Virgen de Merced, redentora de cautivos y encarcelados. Relectura de Mt 25

Celebra hoy la Iglesia el día de la Merced, esto es, del cuidado y liberación de los cautivos y encarcelados. Comenzó esta fiesta a principios del XIII, cuando unos frailes (=hermanos) de “merced” crearon en Barcelona una “orden” (institución) cívico-religiosa para atender y redimir a cautivos y encarcelados. Le llamaron “Orden de Santa María de la Merced” y pusieron como lema y clave de su “constitución·, fijada el año 1275, el texto de Mt 35, 31-46.

               Ésta fue entonces fiesta y tarea importante. Esta fiesta y tarea vuelve a ser muy importante en el momento actual (año 2022) tiempo de duros cautiverios y cárceles.  Por eso he querido ofrecer ese día una lectura actual del texto básico de la “merced”, esto es, de la redención de cautivos y encarcelados. Buen día de Merced a todos los amigos, hermanos y colaboradores de la obra de Merced en la humanidad y en la Iglesia.

Por X.Pikaza

Texto final y confirmación del compromiso de “merced”   en la Constitución de 1275:

(Traducción castellana) Por la cual obra de misericordia o merced…, todos los frailes de esta Orden  estén siempre alegremente dispuestos a dar sus vidas, si es menester, como Jesucristo la dio por nosotros; a fin de que en el día del juicio, sentados a la derecha por su gran misericordia, sean dignos de oír aquella dulce palabra que con su boca dirá Jesucristo: Venid, benditos de mi Padre, a recibir el reino que os está preparado desde el comienzo del mundo: porque estaba en la cárcel y vinisteis a mí, estaba enfermo y me visitasteis, tenía hambre y me disteis de comer, tenía sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, no tenía posada y me recibisteis.

En el siglo XIII, aquellos  frailes-hermanos de,  bajo el patrocinio de la madre de Jesús, a la que llamaron Virgen de Merced, interpretaron de un modo práctico el texto fundamental de Mt 25, 31-46. Siguiendo aquella tradición, también yo he querido re-intepretar ese pasaje, fijándome de un modo especial en el problema de los encarcelados (en el que incluyo a los cautivos).

Un tiempo de cárceles y cautiverios

 La cárcel constituye, un elemento característico de la sociedad moderna (ilustrada) que, por un lado, dice ofrecer y ofrece un tipo de libertad formal a todos los ciudadanos, pero que por otro, (para defender la seguridad del “sistema” de poder) necesita expulsar y encerrar a los que juzga «peligrosos». Ciertamente, parece que por ahora (año 2022) no se ha implantado en ningún país una sociedad plenamente carcelaria (prescindiendo de las grades dictaduras terroristas, como han podido ser la nazi, la estalinista y cierto comunismo chino, por citar sólo las tres más importantes), pero muchos estados actuales (incluidos los de América) tienden a organizarse de forma “carcelaria”.

                La sociedad antigua esclavizaba a los vencidos y castigaba físicamente (y mataba) con frecuencia a los disidentes, contrarios y “delincuentes”, manteniendo de esa forma su estabilidad, sin que necesitara intervenir el Estado en cuanto tal, de manera que muchas culturas, el derecho de sangre (castigo y venganza) lo ejercían los parientes o familiares cercanos de la víctima (entre los que se contaba el “goel” o vengador de sangre). Lógicamente, las cárceles eran pasajeras o poco importantes. Tampoco el sistema esclavista, de fuerte estatificación social, como el de la Edad Media europea, necesitaba cárceles (a no ser para nobles o eclesiásticos superiores), pues seguía matando a los más “peligrosos”, mientras esclavizaba al resto, dentro de un “orden” donde no todos tenían las mismas libertades.

La cárcel, tal como actualmente se conoce, ha surgido sólo en el momento en que los Estados modernos han asumido en su territorio el monopolio de la justicia legal y de la violencia legítima, encerrando, vigilando y castigando a los peligrosos o «culpables», apareciendo así como garante de una ley puesta al servicio del sistema establecido. Pues bien, el sistema carcelario que, en algunos países como España tiene por Constitución una finalidad “terapéutica” (la reeducación y resocialización de los “transgresores”: Constitución España 25, 2) parece estar en crisis, tanto en sentido jurídico-social como moral, y son muchos los que piensan que no puede mantenerse en su forma actual.

Son muchos los que piensan que hemos entrado en un momento clave de la historia, de manera que, si mantenemos y aumentamos el tipo de cárceles actuales, en vez de suscitar fraternidad y sororidad (en adelante diré sólo “fraternidad”) corremos en riesgo de enterrar no sólo los ideales cristianos (centrado en la ayuda a los necesitados), sino los mismos principios democráticos de una sociedad que presume de libertad, fraternidad e igualdad (conforme al lema fundante de la Revolución Francesa. Nuestras “constituciones” y normas fundantes siguen proclamando la igualdad, libertad y fraternidad ante, la Ley, pero la mayor parte de los encarcelados provienen de situaciones sociales de opresión e injusticia, de manera que la cárcel constituye una forma de sometimiento para ciertos colectivos marginados. En esa línea, puede hablarse de una profunda relación entre dos hechos:

‒ Un tipo de Sociedad-Estado crea la cárcel, para que los ciudadanos “pacíficos” no corran el riesgo de ser atacados (robados, matados) por los “asociales” del entorno. De esa forma, un tipo de Estado, que debía estar al servicio de todos los ciudadanos, se pone de hecho al servicio del Gran Capital, que le utiliza para su provecho.

‒ La cárcel va creando un tipo de Estado Policial, que sirve para proteger y defender al Capital, y que sólo puede mantener su producción y consumo, sus estructuras y formas de organización, expulsando y encerrando en la cárcel a un determinado tipo de ciudadanos, especialmente enfermos y débiles.

 Nos hallamos, pues, ante una especie de contradicción que define el conjunto de nuestra sociedad. (a) Por un lado, como herederos de la gran Ilustración europea del siglo XVIII-XIX, podemos afirmar que la cárcel es signo de la racionalidad de la justicia, propia del Estado, que asume el monopolio de la legalidad, y así “libera” al conjunto de la sociedad de aquellos individuos que suponen un peligro para ella.

‒ Pero, de hecho, la misma cárcel que debía presentarse como garantía de justicia social, se ha convertido en signo de falta de racionalidad y en motivo de injusticia (contraria a la fraternidad básica de todos los hombres, pues no cumple su objetivo: no consigue detener la violencia del sistema, ni rehabilita a los detenidos, ni está al servicio de la libertad y vida de todos, sino de la seguridad de un tipo de economía.

Iluminación bíblica Mt 25, 31-46

              Esta parábola constituye el final y compendio de las enseñanzas de Jesús. Algunos de sus rasgos pueden encontrarse no sólo en Israel, sino en otras naciones y culturas cercanas y lejanas (de Mesopotamia a Grecia, de Egipto a China…). Pero en su conjunto, ofrece un mensaje único en la historia de la humanidad y ha marcado no sólo la visión del cristianismo, sino de la cultura de occidente (y del mundo).

[Parábola] 25 31 Pues cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; 32 y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. 33 Y colocará las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

[Salvación] 34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui extranjero y me acogisteis; 36 estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. 37 Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? 38 ¿y cuándo te vimos extranjero y te acogimos o desnudo, y te vestimos? 39 Y cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel y vinimos a ti? 40 Respondiendo el Rey, les dirá: En verdad os digo: cada vez que lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis.

Obras mesiánica: Fraternidad Justicia, Servicio, Acogida

Los seis dolores mesiánicos del texto, que el Hijo del Hombre ha compartido (hambre-sed, exilio-desnudez, enfermedad-cárcel), se identifican con los sufrimientos reales de miles y millones de personas, no tienen nada de específico cristianos, como seguiré indicando. Pues bien, frente a ellos eleva nuestro texto las obras de ayuda que los hombres (los juzgados) deberían haber realizado para superar esos dolores (dar de comer y beber, acoger y vestir, visitar y ayudar a los necesitados), en clave de fraternidad, a fin de que la historia humana fuera lugar y presencia de Dios.

               La tradición cristiana posterior, al menos desde la Edad Media, les ha llamado “obras de misericordia”, añadiendo una más (enterrar a los muertos) y creando así una terminología específica, que ha definido la conciencia posterior de la Iglesia, tendiendo a decir que estas siete obras de misericordia son fundamentales para salvarse, distinguiéndose así de las “obras de justicia”, que serían necesarias para organizar este mundo, pero no para alcanzar la salvación final. De esa manera se han podido devaluar tanto las obras de misericordia (no servirían para organizar este mundo), como las de justicia (no servirían para la vida eterna). Pues bien, en contra de eso, el mismo texto afirma que estas son obras de fraternidad justicia, servicio y acogida/episcopado:

Son obras de fraternidad (fraternidad-sororidad), como he puesto de relieve en Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños (Sígueme, Salamanca 1984) insistiendo en la complementariedad entre fraternidad y serfviciopues el Cristo Juez define a todos los necesitados como sus hermanos, y de un modo especial como “sus hermanos más pequeños”. Ésta no es una fraternidad de puro nacimiento biológico, sino de comunión y comunicación humana.

Son obras de obras de justicia, como dice expresamente el texto, pues aquellos que las cumplen se llaman justos: “Entonces responderán los justos (dikaioi)”, es decir los de la derecha (25, 37), es decir, los que han dado de comer y beber a los necesitados. Al utilizar este lenguaje, el texto asume no sólo toda la tradición de la justicia del Antiguo Testamento (la Tsedaqa: ayuda a los necesitados), sino todo el mensaje de Jesús en el evangelio de Mateo, a quien podemos llamar el evangelio de la justicia (cf. Mt 5, 20 hasta 23, 23).

Son obras de servicio, es decir, de diakonía, como dice expresamente la pregunta de los “condenados”: ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento… y no te servimos” (kai ou diêkonêsamen soi?; 25, 44). No se trata pues de unas obras de misericordia más o menos discrecional, sino de servicio humano, en el sentido radical de la palabra, que todo el Nuevo Testamento ha situado en el centro del mensaje de Jesús de la tarea de la Iglesia. En un sentido extenso, el Nuevo Testamento distingue entre el doulos o esclavo, que sirve por necesidad, es decir, por condición social, el diakonos o siervo, que es un hombre libre, que sirve a otros por su propia voluntad., aunque a veces los matices se solapan. Sea como fuere, Jesús aparece en el Nuevo Testamento como el el gran servidor o diakonos, aquel que ha venido a servir a los demás, regalándoles la vida (cf. Mt 20, 28).

               Aquí se expresa la gran revelación de este pasaje: El hombre está hecho para “servir a Dios”, sirviendo a los necesitados (en esa lista que va del hambriento al encarcelado). Servir es dar o, mejor dicho, darse para que el otro viva. Este descubrimiento de la solidaridad universal y del servicio concreto a los demás, como expresión y presencia de Dios (plenitud del hombre) constituye el mensaje central del evangelio. El hombre es el viviente cuya realidad se expresa en forma de amor activo a los demás, en línea de servicio. Ésta es la verdad y el contenido de la justicia, el servicio interhumano.

‒ 4. Son obras de solidaridad y comunión humana, en el doble sentido de entrega activa (de ir donde los necesitados: los enfermos y los encarcelados) y de acogida (de recibir, synagogein,a los extranjeros…). En este contexto evoca el evangelio la palabra clave de la tradición judeo-cristiana de su tiempo, que es la de acoger y crear espacios de diálogo y convivencia, tal como se realiza especialmente a través de las “sinagogas”. A diferencia de la tradición judía, la cristiana ha puesto más de relieve la palabra “iglesia”, entendida en sentido más confesional, como asamblea en la que se reúnen los “convocados” y celebran el misterio de Jesús (cf. Mt 16,18 y 18,17). Pero en Mateo (y en la iglesia primitiva) sigue siendo fundamental la experiencia de la “acogida” humana, tal como se expresa por la palabra synagogein, sinagoga.   

               No se trata, pues, de ayudar simplemente desde fuera (como podría suceder en el caso de dar de comer y de beber a otros en sentido material, como puede suceder dando comida a los animales estabulados), sino de acoger en la propia casa de fraternidad a los de otros grupos, formando así comunión humana, un espacio de diálogo integral, superando los enfrentamientos divisiones que se van estableciendo entre grupos y grupos. Así lo ha destacado 25, 35. 38. 43, poniendo de relieve la importancia de la “acogida”, como creación de un espacio de convivencia humana

Son finalmente obras de episcopado, en el sentido también radical de la palabra. Como estamos viendo, los representantes de la humanidad y fraternidad de Dios son los que sufren, los necesitados (los hambrientos-sedientos, enfermos-encarcelados). Pues bien, en esa línea los representantes del Dios salvador son los que hacen justicia, sirviendo a los otros y acogiéndoles. En ese contexto ha proclamado Jesús la palabra central del “episcopado”, tanto en referencia a los enfermos (me cuidasteis: 25, 35), como en referencia a los enfermos y encarcelados (25, 43), utilizando en ambos casos el verbo episkeptomai (tener cuidado de, ayudar), del que viene el sustantivo episcopos, obispo, que es una especie de “superintendente”, encargado del servicio mutuo en la comunidad.

Derechos humanos, obras de servicio El camino de la fraternidad

En ese contexto presenta y condensa este pasaje los seis sufrimientos básicos de la historia humana, que no son propios de un determinado pueblo o religión, de de un Estado concreto, de una clase social, sino de todos los seres humanos, representados de un modo especial por los más pequeños, es decir, por los que sufren.

‒ Mt 25, 31-46 ofrece quizá, la primera tabla social (universal) de los derechos humanos, la más concreta e importante de todas. Éstos no son los derechos de una nación, de un Estado social, de una Iglesia… sino los derechos de la fraternidad humana empezando por los pobres. Éstos son ante todo los derechos de los pobres (hambrientos, encarcelados), no en sentido general, como en la Revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad), sino en una línea concreta, que implica y exige la presencia, ayuda y asistencia del conjunto social (=dar de comer, visitar al encarcelado). Éstos son los derechos que todos los hombres y mujeres tienen a ser atendidos.

‒ Esos derechos marcan y definen el carácter divino de la vida humana, pues son los deberes y derechos del mismo Dios, que se ha encarnado en Cristo, no sólo de un modo individual (en Jesús, un hombre concreto), sino en sentido universal: en todos los hombres, y de un modo especial, en cada uno de los pobres en concreto, que son “hermanos” de Jesús, presencia de Dios. Esta encarnación de Dios (de Cristo) en los pobres-necesitados marca identidad suprema de la vida humana, como vida de Dios.

‒ Esos derechos suscitan unos deberes correspondientes, que se fundan en la gracia y compromiso básico de reconocer, acoger y ayudar al mismo Dios que está presente en los necesitados. En esa línea, el deber fundamental no es el de honrar a los poderosos, sino el de atender, acoger y cuidar a los necesitados.

Esos sufrimientos (con el deber que suscitan de ayudar a los necesitados) eran en tiempo de Jesús y siguen siendo en nuestro tiempo (2017) los sufrimientos y dolores normales de la gente, en un contexto y circunstancia de pobreza. Significativamente entre los que sufren esos males el texto no presenta de una manera expresa a los esclavos, ancianos o moribundos, ni a los huérfanos o viudas, ni a los marginados sexuales ni a los impuros religiosos, los publicanos o prostitutas…, sino que se limita a evocar seis tipos de hombres o mujeres sometidos a necesidades generales de tipo universal, que son como un compendio de todas las necesidades y opresiones de los hombres .

‒ Estas seis necesidades no son en principio de tipo religioso ni de estructura eclesial (el problema de fondo no es la falta de evangelización estricta, de buena religión o sacramentos…), sino de tipo humano, en el sentido básico del término. La iglesia cristiana, comprometida a cumplir estas “obras” (dar de comer, acoger al extranjero, visitar al encarcelado…), según el evangelio, ha de ponerse ante todo al servicio de la humanidad necesitada, por encima de un pueblo concreto (Israel, Antiguo Testamento), no para negarlo, sino para universalizar su aportación, o por encima de la misma iglesia, como institución creyente, tampoco aquí para negarla, sino para indicar mejor el sentido universal de su experiencia de Dios y su tarea de servicio humano.

‒ Son obras abiertas a todos los pueblos, es decir, a todas las unidades sociales, entendidas en forma cultural o social, obras de fraternidad universal, dirigidas a cada uno de los hombres y mujeres, de los pueblos y naciones,  cada uno pueblos con su propia identidad, conforme a una visión común del Antiguo Testamento, que divide a los hombres y mujeres en lenguas y naciones (no en imperios, estados o clases sociales), para vincularlos después desde las necesidades de cada uno de ellos, en línea de fraternidad. Significativamente, este pasaje deja a un lado las grandes unidades políticas (imperios, estados, reino…) que, a su entender son secundarias, para situarnos ante los pueblos, entendidos como unidades culturales y sociales de convivencia. Pero después tampoco los pueblos como tales importan, pues en contra de las grandes diatribas de los mensajes proféticos contra los estados-pueblos (cf. Ez 25-32), aquí esos estados-pueblos desaparecen inmediatamente, de manera que ante el juez final quedan sólo hombres concretos, de cualquier pueblo o nación. Esas necesidades son las que vinculan a todos los pueblos y las que suscitan una serie de “obras”.

‒ Estas obras no son todas las que deben realizarse, sino un compendio de ellas, como una indicación, un ejemplo y resumen de todas las posibles. No han de verse, por tanto, de un modo excluyente, sino inclusivo, pues en ellas se condensan todas las que pueden y deben realizarse a favor de los necesitados, hombres y mujeres sin distinción (¡aquí no hay nada exclusivo de hombres, nada de mujeres, todo se dirige a los seres humanos, incluidos varones y mujeres, grandes y niños, en la línea de Gal 3, 28).

‒ Éstas son, finalmente, unas obras in crescendo, es decir, estructuradas de un modo creciente, entre el hambre y el encarcelamiento. Es muy importante poner de relieve el orden progresivo, como si formaran una “cadena”, es decir, un proceso o progreso que va desde el hambre a la cárcel, que aparece como culminación de todos los males de la historia humana. Resulta fundamental tener en cuenta este ordenamiento, pues nos permite descubrir que la cárcel no nace de sí mismo, sino que, según Mt 25, 31-45, es la consecuencia y culminación de un tipo de males que empiezan con el hambre.

               Como seguiré indicando, estas seis obras son de tipo humano integral, aunque después la Iglesia ha tendido a llamarles obras corporales, añadiendo una séptima (que sería enterrar a los muertos) y poniendo a su lado unas siete obras también importantes, que serían “espirituales” (enseñar a quien no sabe, dar buen consejo a quien lo necesita, corregir al que yerra…). Pues bien, conforme al esquema de Jesús, cuidadosamente estructurado por Mt 26, todas las obras de misericordia se condensan en estas seis, que son espirituales y corporales, que son cristianas siendo universales, que empiezan por el hambre y culminan en la cárcel, como seguiré indicando.

               Por eso, según Mt 25, 31-46, no se puede visitar (liberar) a los encarcelados de verdad si es que no se empieza desde el principio, es decir, dando de comer a los hambrientos, para ir pasando desde ahí a todas las restantes (dar de beber, acoger a los exilados, vestir a los desnudos…). En ese sentido el “apostolado carcelario” (es decir, el envío de los cristianos a las cárceles del mundo) ha de entenderse como culmen y compendio de un testimonio completo de vida mesiánica, es decir, de compromiso al servicio de los necesitados.

Tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25, 35)

En principio, el hambre es una necesidad material, y parece fácilmente remediable, pues la tierra ofrece mucho alimento, y el hombre actual sabe producir, de manera que hay comida suficiente para todos. Pero de hecho los hombres concretos no saben o no quieren compartir la comida (los bienes), de forma que unos tienen pan sobrante y otros mueren por falta de alimento. Por eso, aunque el hambre tiene varias raíces(escasez de recursos, desgracias, subdesarrollo de algunos colectivos…), en sentido más profundo, ella proviene de dos principales: el egoísmo de algunos y la injusticia del sistema social.

‒ Éxodo, liberación de los hambrientos. La historia bíblica empieza resaltando la abundancia de la tierra (Gen 1), un paraíso, regalo de Dios y objeto del cuidado/trabajo de los hombres (Gen 2). Pero la necesidad apareció muy pronto: “Hubo entonces hambre en la tierra y descendió Abrahán a Egipto para vivir allí, porque era mucha el hambre en la tierra” (Gen 12,10). Ese pasaje supone que (a diferencia de lo que pasaba entre las tribus trashumantes y los cananeos) los egipcios habían logrado racionalizar la producción y reparto de alimentos, de forma que así podían vender “pan” a los necesitados.

Por eso los hijos de Jacob (“descendientes” de Abraham) “bajaron” a Egipto en busca de comida, pues tenían hambre, pero fueron esclavizados por los amos de la tierra, viniendo a convertirse en siervos de un sistema opresor que les utilizaba para construir grandes obras de seguridad nacional (cf. Gen 37-41; Ex 1-2).

‒ El evangelio sabe que no sólo de pan material vive el hombre, pues antes que el pan se encuentra la Palabra (cf. Mt 4, 1-4 par.), pero sin pan no se vive. Así responde Jesús al Diablo tentador, que puede producir pan material, pero no quiere compartirlo, pues pone el mismo pan (lo pone todo) al servicio de la destrucción humana. Ese pan del Diablo se parece al de un sistema económico, que produce mucho, pero no alimenta a todos, sino a sus privilegiados (y a los que necesita para producir y vender sus productos), dejando morir a otros muchos. Para que los hombres compartan el pan han de aprender a compartir la vida, como lo había visto Pablo, al afirmar que la verdad del evangelio es “synesthiein” (comer juntos: Gal 2, 5.14), no que cada uno coma en su mesa (saciando su necesidad, sin ocuparse de los otros), sino compartiendo el pan y la palabra, es decir, la humanidad.

Tuve sed y me disteis de beber (Mt 25,35).

 El agua era (y sigue siendo) tan urgente y necesaria como el pan, pues en zonas y tiempos de sequía el mayor riesgo para el hombre es la falta de bebida, como así aparece indicarlo Mt 10, 42: “Aquel que os diere de beber un vaso de agua, no quedará sin recompensa”. Conforme, al conjunto de la Biblia, Dios ofrece el agua, para que los hombres la compartan, en un plano de conjunto, donde se vinculan el aspecto material y espiritual, físico y social.  

Ciertamente, el agua tiene otros sentidos, pero la primera bendición de Dios, la más importante, es aquella que debemos dar a los pobres, compartiéndola con ellos, para así vivir en hermandad. Sólo partiendo del agua podemos hablar de otras obras de misericordia: Vestir al desnudo, acoger al extranjero… Lo más espiritual (Espíritu de Dios) se identifica con el don material del agua (bebida para los necesitados). Mientras todos los hombres y mujeres no tengan acceso al agua, en igualdad y justicia, no se puede hablar de fraternidad humana.

En ese contexto se debe recordar la falta de agua y de higiene de los inmensos suburbios de las grandes ciudades modernas, en América, en Asia, en África, sin servicios sociales, sin presencia del Estado, en un contexto de miseria general. Algunos de esos suburbios (favelas, barrios miseria…) se están convirtiendo en cárceles de vida indigna, sin higiene ni seguridad, sin programa educativo ni sanitario, sin otra perspectiva de futuro que un tipo de mendicidad, quizá de robo… Sin atención a este problema, sin compartir el agua, como primero de los bienes (es decir, sin una transformación real de las condiciones de vida de cientos de miles de hacinados de los suburbios del mundo, es decir, sin un programa y proyecto de comunidad integral y re-educación) no puede resolverse el tema final de la cárcel, que es el resultado de una vida hecha de enfrentamientos y de miserias sociales .

  Fui extranjero (indígena…, exilado, de otro color y/o clase social…)  y me acogisteis (Mt 25,35).

Acoger se dice en griego synagô, recibir, reunir en un grupo. De la misma raíz proviene la palabra sinagoga, reunión o comunidad, en sentido social. Pues bien, en ese contexto, Jesús pide que acojamos en nuestro grupo (asamblea) a los extraños (xenoi), en gesto de hospitalidad integral, es decir, humana, en el sentido espiritual y social. No se trata de recibir sólo a los demás (a los extranjeros) en una iglesia entendida en línea espiritualista, sin más vínculos que un tipo de oración aislada de la vida, ni tampoco de ofrecer unos servicios sociales desde un plano superior (desde fuera), sino de acoger en comunidad, compartiendo la propia vida con los marginados y extranjeros.

En esa línea, este pasaje de juicio supone que, de un modo individual o en grupo, los seguidores de Jesús han de hallarse dispuestos a recibir a los xenoi o extranjeros, los que han sido expulsados de (o no integrados) en la comunidad mayoritaria. Entendido así, Mt 25, 31-46 eleva una propuesta de grandes consecuencias para una iglesia, que no puede encerrarse como grupo/secta separada, para algunos “fieles propios” (los miembros oficiales) sino que ha de abrirse a los de fuera, no para perder su identidad, para enraizarla y expandir, ofreciendo a los extranjeros un espacio de vida física y social, una casa, en el sentido radical de ese término.

No se trata pues sólo de no rechazar (de ser tolerantes, de respetar, no matar), sino de recibir a los xenoi o extranjeros en la comunión vital de los creyentes, en un tiempo como el de Jesús en el que los no integrados corrían el riesgo de la exclusión social y física (de la muerte), pues era muy difícil vivir sin grupo (patria), sin espacio de humanidad.

Estos xenoi provenían de otros lugares, con otras culturas, pues habían debido abandonar su tierra, casi siempre por razones de paz y de comida, para vivir en entornos económicos, culturales y sociales extraños, en ambientes casi siempre adversos. Solían ser pobres y así en general carecían no sólo de bienes económicos, sino también personales y afectivos. Lógicamente, ellos formaban parte de los estratos socialmente menos reconocidos (valorados) de la población, condenados al ostracismo y rechazados como peligrosos, en una sociedad estamental donde ser extranjero significaba carecer de un espacio social reconocido (apareciendo además casi siempre como fuente de riesgos, de robos etc.). Por eso, al decir “fui xenos y (no) me acogisteis”, el texto piensa ante todo en una iglesia o comunión creyente que ha de ser casa para los sin casa (como dice 1 Pedro) .  

No se trata de extranjeros poderosos que han dejado su hogar antiguo para así triunfar (por armas o dinero), en lugares nuevos sino más bien de aquellos pobres que no son bien acogidos ni en su lugar de origen, ni en su lugar de destino (en caso de que tengan un destino, y no sean de hecho apátridas permanente). Entre ellos están hoy las grandes masas de emigrantes que vienen a países ricos, huyendo del hambre o la muerte, siendo con frecuencia rechazados. Por ellos dice Jesús: Soy extranjero y me (o no me) acogéis.

Es evidente que la iglesia no puede sustituir la responsabilidad política de la sociedad. Más aún, es posible que una emigración indiscriminada y una apertura indistinta a los extranjeros puede resultar poco eficaz, e incluso peligrosa, a no ser que venga acompañada por una transformación general del conjunto de los pueblos. Pero, desde un punto de vista cristiano (conforme a la palabra de Jesús “fui extranjero y no me acogisteis”) la solución no está en cerrar fronteras sino en abrir espacios de colaboración y acogida, poniendo tierra y bienes al servicio de todos los hombres, de manera que nadie tenga que salir por fuerza y todos puedan hacerlo, si quieren, pues el mundo es hogar de comunión universal.

La patria del cristiano es el diálogo y la acogida, abierta con y por Jesús a los más necesitados. Sobre un tipo de derechos estatales, por encima de las imposiciones de tipo nacional o militar, los cristianos creemos en la palabra, esto es, en la comunicación y en la acogida mutua. Significativamente, una parte considerable de los encarcelados de ciertos países más ricos (entre ellos España) provienen de otros países: Son emigrantes pobres, indocumentados, sin papeles…Por eso, el problema de las cárceles está internamente vinculado a la falta de acogida social.

Por otra parte, al lado de las cárceles oficiales se han elevado (se están elevando) otro tipo de lugares de encerramiento que son a veces más dañinos, más siniestros: Los campos de concentración, los campamentos de refugiados, los centros de internamiento de extranjeros (CIES)… De esa manera, junto a las cárceles oficiales (organizadas y dirigidas por Estados “legales”) se extienden y multiplican un tipo de cárceles clandestinas, quizá más peligrosas que las estatales.   Y junto a ellos (en su origen) están los grupos de expulsados, los que van de un lado y de otro, los que se arriesgan y a veces mueren en “pateras”, los que viven encerrados tras grandes muros de separación, los que son objeto de trata de “blancas” (o de negras), encarcelados de hecho en manos de mafias que se aprovechan de su necesidad.

Este problema de los extranjeros ofrece, sin duda, una propuesta abierta a todos, pero Mt 25 piensa de manera especial en los cristianos, que debían (deben) ofrecer a los extraños un espacio de vida, una casa, como sucedía al principio de la Iglesia. Sólo en esta línea puede resolverse en realidad el tema de la cárcel, concebida como institución originaria de expulsión. No puede hablarse en modo alguno de “visita” a los encarcelados si no se empieza acogiendo a los extranjeros, en un mundo donde todos pueden y deben ser acogidos en espacios de comunión fraterna.

Estaba desnudo y me vestisteis (Mt 25,36)

               El vestido definía al hombre por su situación social y oficio. En esa línea habla la Biblia de la armadura de Goliat (1 Sam 17, 4-6. 38-39), y de los ornamentos sagrados del Sumo Sacerdote, descritos de manera minuciosa en Ex 28, pues ellos sirven para ensalzar y sacralizar al ministro del culto: «Harás vestiduras sagradas para tu hermano Aarón, que le den gloria y esplendor…, y para consagrarlo, a fin de que me sirva como sacerdote. Las vestiduras que le harán son las siguientes: pectoral, efod, túnica, vestido a cuadros, turbante y cinturón… para él y para sus hijos, a fin de que me sirvan como sacerdotes» (Ex 28, 1-4).

Esas vestiduras ricas de culto marcan una distancia entre los sacerdotes y el resto de los creyentes, ratificando así las jerarquías sacrales y sociales. Pues bien, al lado de ellas, el Éxodo ha puesto de relieve el valor sagrado de la vestidura de los pobres, que nadie puede usurpar a perpetuidad: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás a la puesta del sol, pues no tiene vestido para cubrir su cuerpo y para acostarse? Cuando clame a mí, yo le oiré; porque soy misericordioso (hanun)” (cf. Ex 22, 26).

Este vestido no es objeto de culto, sino de protección para los más necesitados, como ha puesto de relieve la tradición bíblica, al decir que la religión verdadera (ayuno), consiste en vestir al desnudo, ayudándole a vivir en dignidad (Is 68, 7). En ese contexto, desnudez significa exclusión, de manera que los desnudos aparecen como pobres de los pobres, aquellos que no tienen dignidad reconocida, ni derecho, apareciendo sin embargo (¡por eso!) como signo supremo del reino de Dios.

En ese contexto, de un modo muy significativo, Mt 25 retoma la experiencia de Is 58, 7 para quien la verdadera religión (ayuno) se expresa vistiendo (es decir, ayudando) a los desnudos y marginados. En esa línea avanza Ezequiel, cuando dice lo que ha de hacer el justo: “No robar, alimentar al hambriento, vestir al desnudo, no prestar con usura…” (Ez 18, 7.16; cf. Job 22, 6).

Según eso, desnudo no es sólo (ni ante todo) quien no tiene ropa, sino aquel que está excluido, humillado, oprimido por otros, pues carece de la dignidad y lugar social que le ofrece el vestido. El desnudo es un extranjero en su propio país y en su tierra, aquel que no ha podido lograr que se reconozca su dignidad, o ha sido expulsado del orden social.

‒ Se trata, por tanto, de vestir en sentido externo. Por eso, quien tiene ropa sobrante (capa de rey, manto de sacerdote, túnica de labrador) y no viste al desnudo es un ladrón, merecedor del juicio (como supone Juan Bautista: Lc 3, 11).

‒ Pero se trata, sobre todo, de vestir en un sentido integral, creando espacios de dignidad, de cultura compartida, formas de vida en las que nadie sea en principio excluido, rechazado.

Puede mantenerse la traducción usual (y no me visitasteis…), pero, tomada en sentido estricto (limitado), ella resulta imprecisa y acaba siendo falsa, pues no se trata de “hacer visitas” ocasionales a los enfermos, como a parientes lejanos, sino de cuidarles de un modo eficaz. Ese es el sentido de la palabra aquí empleada (epikeptomai), que significa cuidar, “preocuparse por”, organizar las cosas para el bien de los enfermos, como supone el término hebreo que está al fondo (paqad) y el griego ya citado, del que deriva la palabra clave de la iglesia posterior: episcopos, obispo, el que anima y coordina la vida de la comunidad (siendo signo de la presencia de Dios en la Iglesia).

Pues bien, conforme a este pasaje, el hombre o mujer más importante en la Iglesia no es el “episcopos” (obispo) posterior sino el enfermo y necesitado a cuyo servicio ha de ponerse el mismo obispo que le visita y cuida; más aún, en esa línea, todos los cristianos son “obispos”, responsables unos de los otros. En ese fondo aparece con nitidez el “crescendo” de estas “obras de diaconía”, que nos llevan de lo que parece más externo (hambre/sed) a lo realmente humano (acoger al extranjero, vestir al desnudo…), para crear de esa manera una comunidad de atención y solicitud a favor de los demás, y en especial de los débiles/enfermos, una comunidad de acogida, cuidado y madurez, pues sin ella el hombre acaba siendo un oprimido, utilizado por los otros o condenado a la cárcel.

Estuve en la cárcel y vinisteis a mí (25, 36), cuidasteis de mi (Mt 25, 43).

En el contexto de Jesús y de la primera iglesia, en el mundo judío y el imperio romano, en tiempos de Mateo (hacia el 85 d.C.), los encarcelados solían ser personas que estaban en prisión por poco tiempo, en espera de juicio, por algún “delito” social o político, en espera de ser liberados o condenados a muerte. En ese contexto, el Evangelio de Mateo ha citado varios tipos de persecución contra los cristianos, por motivos de fe o compromiso religioso (desde Mt 5, 11-12 hasta 23, 34-36 y 24, 9-14). Pero nuestro pasaje (Mt 25, 31-46) no habla ya de cristianos encarcelados a causa de su fe, sino de un abanico más amplio de personas (cristianas o no) mantenidas en prisión, por diversas causas personales y sociales, institucionales e individuales.

En ese sentido resulta significativo el hecho de que Mt 25, 31-46 presente al final de su lista de necesitados los encarcelados, tras los hambrientos-sedientos-extranjeros-desnudos-enfermos, como para indicar que en ellos se condensan y culminan todos los males de la sociedad, que son signo de la presencia de Dios sobre la tierra. Y sigue siendo significativo el hecho de que no les presente en modo alguno como culpables (pero tampoco como inocentes), sino simplemente como “detenidos”, es decir, como personas que está bajo custodia o confinamiento (en phylakê), sin añadir ningún tipo de reflexión moralista, judicial o social .

Pues bien, estos encarcelados, a quienes la sociedad encierra (expulsa) como peligrosos, culminando con ellos el camino que empieza con el hambre y sed y sigue con el exilio, desnudez y enfermedad, son para Jesús una especie de piedra angular de la comunidad mesiánica, en la línea del cimiento del reino que es el mismo Hijo de Dios que ha sido expulsado de la “viña” (de la buena sociedad) y condenado a muerte, pues no cabe en el edificio de la sociedad dominante (cf. 21, 43).

Sin duda, algunos encarcelados pueden representar un peligro para la vida de los demás (por perturbación psíquica o tendencias agresivas/homicidas insuperables) social, y no es sensato que queden sin más en libertad. Pero en conjunto, de hecho, la mayoría de los encarcelados actuales no van en contra de los valores humanos como tales, sino de este tipo de sociedad, de manera que resulta necesario un proceso de cambio social para superar la cárcel, sin olvidar, al mismo tiempo, la obra de presencia y ayuda a los encarcelados concretos.

Por eso, en este contexto, Jesús quiere ofrecer a los encarcelados una presencia humana de cuidado (¡como obra que se hace a Dios!), pidiendo a sus discípulos que se ocupen de ellos (estrictamente hablando, que les acojan y cuiden). La transformación de la sociedad resulta inseparable de la atención a los encarcelados reales.

 En un sentido más personal, la opresión más fuerte del ser humano puede ser la enfermedad, vejez y muerte de cada uno, como han puesto de relieve Buda y el Budismo, al insistir en la transformación personal de cada uno, superando sus deseos que conducen al sufrimiento. Pero en un plano social, conforme a la dinámica de la Biblia hebrea y a la experiencia de Jesús, tal como ha sido condensada en Mt 25, 31-46, la necesidad y dolor más alto se expresa en los encarcelados (y en las víctimas que ellos mismos han podido producir, quizá matando, robando…).

Al situarse ante ellos, Jesús no defiende ni condena el posible pecado moral de esos encarcelados, ni instituye una dinámica de tipo judicial, para saber si son o no culpables (cf. Mt 7, 1), para que así respondan a la justicia del mundo, sino que asume su dolencia y pide a la comunidad que se ocupe de ellos, que les visite y cuide, en un gesto mesiánico de solidaridad salvadora.

En un nivel externo, ese gesto de ayuda a los encarcelados parece oponerse a la a la sentencia final de este pasaje. Por un lado, Jesús pide a sus seguidores que visiten/atiendan a los encarcelados (no que les condenen). Pues bien, desde ese presupuesto: ¿Cómo podrá decir, al fin, a los de la izquierda que vayan al fuego, esto es, a la cárcel “eterna” (25, 41.46), sin visitarles ni ayudarle, a los que no han ayudado/visitado a los encarcelados?

La cárcel, tema teológico y social, una gran paradoja. A partir de todo lo anterior se plantea la gran pegunta: ¿Puede Dios condenar al infierno final a los “injustos” (es decir, a la cárcel eterna) si él manda a los hombres que no condenen a los encarcelados, sino que les ayuden? En ese contexto, Mt 25,31-46 plantea un tema que resulta teóricamente insoluble, pues nos sitúa ante el misterio del mal, con la posibilidad de una “destrucción eterna” de los malvados, es decir, de aquellos que no ayudan a los otros.

Urgencia social, ayudar a los encarcelados. Desde el fondo anterior se entiende la tarea (exigencia) de ayudar a los encarcelados. Jesús no quiso destruir por la fuerza las cárceles de su tiempo (siglo I dC), ni pide a sus discípulos que destruyan por la fuerza las cárceles de ahora (s. XXI), pero introduce en este contexto carcelario (penitenciario) un principio de inversión (de transformación) que se expresa en forma de cuidado, a fin de que ellas (las cárceles) puedan convertirse en escuela especial de humanidad, lugar de presencia solidaria y cuidado, como indica la palabra epeskepsasthe: “Estuve en la cárcel y cuidasteis de mí” . De aquí derivan tres consecuencias importantes para los cristianos:

‒ El cristiano acepta en un sentido el orden judicial como expresión de justicia intra-mundana (cf. Rom 13,1-7). Eso significa que no quiere convertirse en guerrillero, para tomar por asalto la cárcel y liberar con violencia a los presos (como podría suponer una lectura sesgada de Lc 4, 18-19: He venido a liberar a los presos. Eso significa que Jesús se (nos) introduce en el contexto de la justicia carcelaria que actualmente existe, dentro del orden actual de la sociedad, pero invirtiendo de algún modo su tendencia, poniéndose al servicio de los encarcelados (para bien de toda la sociedad).

 Pero el cristiano quiere transformar las cárceles actuales, no destruyéndolas en sentido violento (con otra violencia que sería también opresora), sino convirtiéndolas en lugar de humanización (de fraternización, no de castigo). En esa línea, el cristiano visita a los encarcelados (es decir, va a ellos y les cuida: estaba encarcelado y vinisteis a mí: 15, 37.39), a fin de ocuparse de ellos (es decir, de visitarles y servirles: 25, 43-44), porque sabe que el sistema judicial en sí resulta insuficiente, no libera al ser humano, sino que se limita a controlar una violencia que parece incontrolada (o a-social) con otro tipo de violencia controlada. Por eso, aceptando en un plano la cárcel, el cristiano quiere superarla.

‒ Este principio cristiano (visitar/cuidar a los encarcelados) está abierto a la superación del sistema carcelario, convirtiendo las medidas de prisión (encerramiento físico) en un medio para la transformación personal y social de los presos, en la línea de la práctica penitencial de la Iglesia en los siglos IV-VII d.C. El cristiano quiere crear formas eficaces y misericordiosas de re-educación de los culpables (sin necesidad de este tipo prisión externa), de manera que sólo algunos especialmente “peligrosos” podrían (quizá deberían) quedar físicamente encerrados. Éste es, un deseo humanista, pero de fondo cristiano, que ha de aplicarse en los próximos decenios, para que la condena de los culpables no se expresa en forma de venganza, sino como ofrecimiento de una oportunidad de transformación humana.

En el límite social, un camino de reeducación en gratuidad, de comunicación en amor.

En otro tiempo, las mismas sociedades tradicionales educaban a los jóvenes a madurar en clave humana, tanto en el campo laboral como en el despliegue del amor (y el matrimonio), con diversas formas de iniciación. Actualmente nos hallamos en un momento de crisis, como el de Jesús, con millones de personas derrumbadas (locos, posesos…). Pues bien, la respuesta ante esa situación no es sin más la de impartir o realizar un tipo exorcismos rituales con los encarcelados, en el sentido casi sacramental del término, sino que es educar para curar y curar de hecho al conjunto social y a las personas que se sitúan en el entorno de la cárcel, de un modo intenso, no sólo con las terapias de tipo psicológico normal, sino con otras de tipo más hondo, en la línea de Jesús, como he puesto de relieve al hablar de sus “milagros”.  

En otro tiempo, cuando niños y mayores maduraban dentro de un espacio familiar ampliado, parecía menos necesaria esta educación para personas con una psicología distinta (¿difícil?) o con deficiencias sensitivas, motoras o afectivas (disminuidos, enfermos…). Pues bien, hoy se plantea con gran fuerza esa exigencia, desde la perspectiva de Jesús, que quiso educar a posesos y enfermos, como ha puesto de relieve en especial el evangelio de Marcos. Esta educación para personas menos integradas e incluso peligrosas, con problemas afectivos y/o sociales, constituye un reto para todos los creyentes, y en especial para aquellos que asumen la opción de ayudar (liberar) a los encarcelados, transformando su entorno social.

En esa línea, como lugar donde ha de expresarse de un modo más intenso la terapia de Jesús quiero evocar la cárcel, que es signo y consecuencia de un fracaso educativo, pues se nutre sobre todo de personas que provienen de familias y escuelas fallidas que no logran que niños y jóvenes maduren para la convivencia y responsabilidad. Pues bien, cuando parece que al hombre o mujer no se le puede ya educar, pues ha delinquido y su misma libertad es peligrosa, nuestra sociedad echa mano de la cárcel, que está ligada no sólo a un tema de seguridad (mantener un orden público), sino también de reeducación y resocialización de los presuntos delincuentes.

‒ Por un lado, la cárcel es la confesión de un fracaso: Cuando no parece haber más soluciones, cuando su libertad se vuelve peligrosa, la sociedad se siente obligada a encerrar a los culpables.

‒ Pero ella tiene o ha de tener, por otro lado, una finalidad educativa, al menos en principio, pues sólo desde ella, desde la cárcel puede entenderse y vivirse en verdad el misterio del Cristo encarcelado, la experiencia del fracaso de Dios como principio de transformación y salvación de los hombres.

‒ El sistema jurídico no confía en el cambio humano (es decir, de la educación), vinculado a la confesión y al perdón, al reconocimiento del culpable y a la aceptación de la comunidad, ni tiene (que yo vea) medios adecuados para hacerlo. Por eso, aunque varias legislaciones digan que la cárcel es para reeducar y reinsertar a los delincuentes, el Estado no tiene medios, ni personal (ni quizá voluntad) para conseguirlo.

‒ En contra de eso, la iglesia antigua había descubierto y elaborado un medio ejemplar de educación sanadora de los culpables, vinculado a la praxis penitencial para homicidas, adúlteros y apóstatas sociales. Con su gran poder social, ella se creía capaz de reeducar de hecho a los delincuentes, que debían reparar de alguna forma el daño cometido, para aprender a vivir de un modo distinto en la comunidad, tras un tiempo de separación penitencial.

Así actuaba la Iglesia cuando tenía gran autoridad. Pero después ella perdió esa autoridad (asumida en gran parte por el Estado), y la confesión sacramental privada sustituyó a la penitencia pública, aunque siguió teniendo tal importancia que ha sido durante siglos la institución educativa quizá más importante de occidente. Sin duda, la nueva práctica de la confesión privada refleja una intensa sabiduría de la Iglesia, que visto que la declaración de los “pecados” resulta fundamental para alcanzar el perdón, pues pone al hombre en manos de la gracia de Dios, para reconciliarse de nuevo con la sociedad. Pero ella ofrece también sus limitaciones, pues a veces ha olvidado la exigencia de reparación real, y ha dado a los confesores (clérigos) un gran poder jerárquico, convirtiendo así la educación de los “pecadores” en un gesto intimista, sin verdadera repercusión social.

Hoy en día, esa práctica, tomada en sentido sacramental, se encuentra en crisis dentro de la Iglesia, pero ha realizado (y quizá puede realizar en el futuro) una función religiosa y social muy profunda, recuperando (desde otros contextos) su función educadora en el entorno de la cárcel (o, quizá mejor, del sistema penitenciario). Sin duda, el camino sacramental de la Iglesia (confesión y absolución del sacerdote) y el orden penitencial de la sociedad moderna (con sentencia del juez civil y posible cárcel) son diferentes y cubren áreas en parte distintas de la vida, pero están muy relacionados. Pero ambos pueden y deben vincularse de algún modo, en una línea que esté al servicio de la nueva y más alta educación de las personas.

Resulta necesaria una tarea de “reeducación social”, vinculada al sistema penitencial de la sociedad, dirigida por el Estado, siempre al servicio de la reeducación (evitando en lo posible la forma de castigo actual de la cárcel). Pero, al lado de eso, también la praxis penitencial de la Iglesia (con la confesión de los pecados y el perdón de la comunidad) tiene un hondo sentido educativo. Este motivo (la reeducación de los “culpables”) nos sitúa en el centro de uno de los más hondos problemas de la sociedad actual. Si la sociedad en conjunto no cambia, si no logra reeducar a los asociales y delincuentes, ella corre el riesgo de destruirse a sí misma, y en este contexto puede servir de ayuda la “reeducación” cristiana, vinculada con la confesión.

El sacramento de la confesión implica un reconocimiento personal de la culpa y un camino penitencial, que va en la línea de la reconciliación entre el agresor y el agredido, en la línea de una educación distinta del conjunto social. Pues bien, en contra de ese ideal de re-educación de los culpables, gran parte de la justicia penal de la actualidad es incapaz de educar, porque olvida a las víctimas y trata a los agresores como autómatas (no como personas), descargando sobre ellos un tipo de venganza, al servicio de un sistema de poder.                                        Ciertamente, la confesión sacramental pudo ser a veces un instrumento de poder del clero, pero en sí misma, vivida y desplegada en libertad, como reconocimiento social del delito, ella ha servido no solo de catarsis, sino de medio de educación personal y social, cosa que no tiene el sistema penitenciario (Cf. J. Delumeau, Confesión y Perdón, Alianza, Madrid 1992; S. Lefranc, Políticas del perdón, Cátedra, Madrid 2004).

En este campo se plantea uno de los retos más significativos de la educación cristiana, no sólo en el entorno de la cárcel (donde los cristianos quieren ser testigos del perdón y de la nueva “educación” de Cristo), sino también en el conjunto de la sociedad. Aquí ha de desplegarse el poder educativo del perdón cristiano y de la comunión entre los creyentes, en un contexto tienen que vincularse la justicia y la misericordia, para transformar de esa manera un modelo penitenciario en el que sólo se exprese un tipo de justicia vengativa (por no hablar de venganza).

En esa línea ha de avanzar la educación de los cristianos en el entorno de la cárcel, no sólo en la línea de la «reeducación y reinserción social» de los presos, sino de la maduración de todos los creyentes (y de la sociedad en su conjunto). Para cumplir con esa finalidad, las cárceles deberían suprimirse en su forma actual, pero no para abandonar a los delincuentes a su suerte y dejar a la sociedad desprotegida, sino para promover formas distintas de educación social y convivencia

La reinserción de los presos en la sociedad

Volver a la vida, tras años de cárcel: “Algunos llevan tanto en prisión que hay que enseñarles a usar un móvil”

Un equipo de profesionales y voluntarios dirige a los expresos hacia su reinserción cubriendo las “grietas” que deja el Estado: “El recluso no sale y se va a su casa como en las películas porque muchos no tienen ni casa donde ir.

Por Blanca Sáinz

 “Hay mucho desconocimiento porque las cárceles son un tema tabú”. Así comienza Julio García a hablar con este periódico. Él es voluntario en El Dueso (Santoña) desde hace 27 años y, como resalta en varias ocasiones durante la entrevista con elDiario.es, si hay algo que generan los temas tabú es desconocimiento. Así, cuestiones como que los presos pueden trabajar mientras están en la cárcel tanto dentro como fuera de ella, o que no están obligados a confesar durante una entrevista laboral que han estado en prisión, siguen siendo asuntos que solo conocen aquellos que lo han vivido de cerca.

Según la propia Constitución española, la cárcel es el espacio donde la gente se prepara para reinsertarse. Sin embargo, estos centros continúan situándose en lugares alejados de los núcleos de población con el objetivo de separarlos aún más de una sociedad a la que tendrán que regresar tarde o temprano. Precisamente a eso se dedica Julio, que además de voluntario en la cárcel de El Dueso, de Cantabria, es el fundador de la Asociación Nueva Vida, la única en Cantabria que trata y guía a los presos desde el momento en el que entran en prisión.

Esta asociación, además de asesoramiento, atención psicológica y acompañamiento durante el proceso de salida de la cárcel, también ofrece alojamientos temporales, algo que según cuenta este voluntario es necesario en dos casos y el primero, es en el que el expresidiario no puede ir a otro lugar: “No sale y se va a su casa como en las películas porque muchos no tienen ni casa y hay que acogerles”. Luego, tras los informes emitidos por la Junta de tratamiento de cada preso, el juez y la Fiscalía deciden si la persona se puede ir a su casa o si acude a una entidad que le acoja.

De esta parte más profesionalizada se encarga Paz Allende, que es integradora social y la coordinadora de un recurso que puede alcanzar hasta más de una docena de presidiarios o expresidiarios: “Además de cuando salen de la cárcel, también recibimos a personas que se encuentran de permiso, así como a sus familias, que pueden no tener recursos, vivir fuera de la comunidad y no poder visitar al interno”, señala.

Este lugar, ubicado en Renedo de Piélagos y gestionado por educadores sociales, trabajadores sociales, integradores y psicólogos, dista enormemente “de lo que la gente se puede imaginar”. “Son personas muy disciplinadas. Para disfrutar de permisos lo tienen que hacer muy bien dentro, y una persona problemática probablemente nunca llegue ni a tener acogida con nosotros. Es que no hemos tenido ni un problema, la verdad”, asevera la especialista.

No obstante, si hay algo en lo que la asociación santanderina pone el foco es en la búsqueda de empleo como método de integración social e independencia económica, algo de lo que se encarga la psicóloga Celia Valiente, trabajadora de Nueva Vida y encargada del programa ‘Reincorpora’ financiado por la Fundación ‘La Caixa’. “Se trata de que sean autónomos y a veces hay que empezar por lo más básico… Hay personas que llevan tanto tiempo en prisión que hay que enseñarles hasta a utilizar un móvil o abrirles una cuenta en el banco para que les puedan pagar la nómina”, señala.

Este programa imparte diferentes cursos que van desde cómo hacer un currículum hasta el trabajo de las habilidades sociales ya que, en muchos casos, se ven afectadas al estar en prisión. Después vendría la búsqueda activa de empleo, que suele ser un éxito: “Es difícil que no lo consigan porque les guiamos y apoyamos con empresas que, además, colaboran con nosotros directamente aunque sin saber si se trata de presos, refugiados u otro tipo de personas vulnerables”, indica.

Sin embargo, a pesar del éxito del programa de la asociación, para Julio los presos siguen siendo “los grandes olvidados del Estado”, por lo que las fundaciones privadas tienen que cubrir esas “grietas”: “Todos los políticos que he visto en estos 27 años, que han sido de todos los colores, no se han implicado nada. Y asuntos como la Prisión Permanente Revisable (PPR) me sigue pareciendo que no tienen ningún sentido porque si las penas son encaminadas a la reinserción, que haya casos de PPR quiere decir que hay casos que no se están sabiendo resolver.”, reivindica.

“Se pueden reinsertar al 100% siempre”

Sobre la capacidad de reinsertarse, tanto Paz como Celia como Julio tienen claro que los expresos pueden conseguirlo al 100% siempre y cuando cuenten con soporte. Un soporte que, además de por ellos, también puede venir de su propia estructura familiar, recuerdan. “No todo el mundo nos necesita, está claro. Lo importante es darles una oportunidad y que luego ellos hagan lo que quieran con ella, pero todo el mundo se merece que, al menos, se la ofrezcan”, concluye Celia.

Por su parte, Paz cuenta con orgullo cómo uno de los hombres que se encuentra en la casa de acogida tras su paso por la cárcel se ha graduado en Derecho e insiste en la idea de que son “muchos” los que deciden ponerse a estudiar, sobre todo grados medios.

Y Julio, que cada vez tiene su agenda más llena -llega a hacer 14 visitas en un solo día en El Dueso-, repasa junto a este periódico las tareas pendientes: ayudar a conseguir un permiso, hablar con un juez, con un criminólogo… Y antes de marcharse hace un apunte: “Yo, que ni siquiera me quiero enterar del delito que han cometido por si me influye, he conseguido, a pesar de ese estigma social, ver solo personas que se han equivocado. Algunas se han equivocado y mucho, otras a lo mejor no deberían estar ni presas e igual otras deberían estar incluso más tiempo. Pero ese no es nuestro trabajo. De momento es solo ayudar”, concluye.