La Merced en tiempo de cautiverios y cárceles

Virgen de Merced, redentora de cautivos y encarcelados. Relectura de Mt 25

Celebra hoy la Iglesia el día de la Merced, esto es, del cuidado y liberación de los cautivos y encarcelados. Comenzó esta fiesta a principios del XIII, cuando unos frailes (=hermanos) de “merced” crearon en Barcelona una “orden” (institución) cívico-religiosa para atender y redimir a cautivos y encarcelados. Le llamaron “Orden de Santa María de la Merced” y pusieron como lema y clave de su “constitución·, fijada el año 1275, el texto de Mt 35, 31-46.

               Ésta fue entonces fiesta y tarea importante. Esta fiesta y tarea vuelve a ser muy importante en el momento actual (año 2022) tiempo de duros cautiverios y cárceles.  Por eso he querido ofrecer ese día una lectura actual del texto básico de la “merced”, esto es, de la redención de cautivos y encarcelados. Buen día de Merced a todos los amigos, hermanos y colaboradores de la obra de Merced en la humanidad y en la Iglesia.

Por X.Pikaza

Texto final y confirmación del compromiso de “merced”   en la Constitución de 1275:

(Traducción castellana) Por la cual obra de misericordia o merced…, todos los frailes de esta Orden  estén siempre alegremente dispuestos a dar sus vidas, si es menester, como Jesucristo la dio por nosotros; a fin de que en el día del juicio, sentados a la derecha por su gran misericordia, sean dignos de oír aquella dulce palabra que con su boca dirá Jesucristo: Venid, benditos de mi Padre, a recibir el reino que os está preparado desde el comienzo del mundo: porque estaba en la cárcel y vinisteis a mí, estaba enfermo y me visitasteis, tenía hambre y me disteis de comer, tenía sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, no tenía posada y me recibisteis.

En el siglo XIII, aquellos  frailes-hermanos de,  bajo el patrocinio de la madre de Jesús, a la que llamaron Virgen de Merced, interpretaron de un modo práctico el texto fundamental de Mt 25, 31-46. Siguiendo aquella tradición, también yo he querido re-intepretar ese pasaje, fijándome de un modo especial en el problema de los encarcelados (en el que incluyo a los cautivos).

Un tiempo de cárceles y cautiverios

 La cárcel constituye, un elemento característico de la sociedad moderna (ilustrada) que, por un lado, dice ofrecer y ofrece un tipo de libertad formal a todos los ciudadanos, pero que por otro, (para defender la seguridad del “sistema” de poder) necesita expulsar y encerrar a los que juzga «peligrosos». Ciertamente, parece que por ahora (año 2022) no se ha implantado en ningún país una sociedad plenamente carcelaria (prescindiendo de las grades dictaduras terroristas, como han podido ser la nazi, la estalinista y cierto comunismo chino, por citar sólo las tres más importantes), pero muchos estados actuales (incluidos los de América) tienden a organizarse de forma “carcelaria”.

                La sociedad antigua esclavizaba a los vencidos y castigaba físicamente (y mataba) con frecuencia a los disidentes, contrarios y “delincuentes”, manteniendo de esa forma su estabilidad, sin que necesitara intervenir el Estado en cuanto tal, de manera que muchas culturas, el derecho de sangre (castigo y venganza) lo ejercían los parientes o familiares cercanos de la víctima (entre los que se contaba el “goel” o vengador de sangre). Lógicamente, las cárceles eran pasajeras o poco importantes. Tampoco el sistema esclavista, de fuerte estatificación social, como el de la Edad Media europea, necesitaba cárceles (a no ser para nobles o eclesiásticos superiores), pues seguía matando a los más “peligrosos”, mientras esclavizaba al resto, dentro de un “orden” donde no todos tenían las mismas libertades.

La cárcel, tal como actualmente se conoce, ha surgido sólo en el momento en que los Estados modernos han asumido en su territorio el monopolio de la justicia legal y de la violencia legítima, encerrando, vigilando y castigando a los peligrosos o «culpables», apareciendo así como garante de una ley puesta al servicio del sistema establecido. Pues bien, el sistema carcelario que, en algunos países como España tiene por Constitución una finalidad “terapéutica” (la reeducación y resocialización de los “transgresores”: Constitución España 25, 2) parece estar en crisis, tanto en sentido jurídico-social como moral, y son muchos los que piensan que no puede mantenerse en su forma actual.

Son muchos los que piensan que hemos entrado en un momento clave de la historia, de manera que, si mantenemos y aumentamos el tipo de cárceles actuales, en vez de suscitar fraternidad y sororidad (en adelante diré sólo “fraternidad”) corremos en riesgo de enterrar no sólo los ideales cristianos (centrado en la ayuda a los necesitados), sino los mismos principios democráticos de una sociedad que presume de libertad, fraternidad e igualdad (conforme al lema fundante de la Revolución Francesa. Nuestras “constituciones” y normas fundantes siguen proclamando la igualdad, libertad y fraternidad ante, la Ley, pero la mayor parte de los encarcelados provienen de situaciones sociales de opresión e injusticia, de manera que la cárcel constituye una forma de sometimiento para ciertos colectivos marginados. En esa línea, puede hablarse de una profunda relación entre dos hechos:

‒ Un tipo de Sociedad-Estado crea la cárcel, para que los ciudadanos “pacíficos” no corran el riesgo de ser atacados (robados, matados) por los “asociales” del entorno. De esa forma, un tipo de Estado, que debía estar al servicio de todos los ciudadanos, se pone de hecho al servicio del Gran Capital, que le utiliza para su provecho.

‒ La cárcel va creando un tipo de Estado Policial, que sirve para proteger y defender al Capital, y que sólo puede mantener su producción y consumo, sus estructuras y formas de organización, expulsando y encerrando en la cárcel a un determinado tipo de ciudadanos, especialmente enfermos y débiles.

 Nos hallamos, pues, ante una especie de contradicción que define el conjunto de nuestra sociedad. (a) Por un lado, como herederos de la gran Ilustración europea del siglo XVIII-XIX, podemos afirmar que la cárcel es signo de la racionalidad de la justicia, propia del Estado, que asume el monopolio de la legalidad, y así “libera” al conjunto de la sociedad de aquellos individuos que suponen un peligro para ella.

‒ Pero, de hecho, la misma cárcel que debía presentarse como garantía de justicia social, se ha convertido en signo de falta de racionalidad y en motivo de injusticia (contraria a la fraternidad básica de todos los hombres, pues no cumple su objetivo: no consigue detener la violencia del sistema, ni rehabilita a los detenidos, ni está al servicio de la libertad y vida de todos, sino de la seguridad de un tipo de economía.

Iluminación bíblica Mt 25, 31-46

              Esta parábola constituye el final y compendio de las enseñanzas de Jesús. Algunos de sus rasgos pueden encontrarse no sólo en Israel, sino en otras naciones y culturas cercanas y lejanas (de Mesopotamia a Grecia, de Egipto a China…). Pero en su conjunto, ofrece un mensaje único en la historia de la humanidad y ha marcado no sólo la visión del cristianismo, sino de la cultura de occidente (y del mundo).

[Parábola] 25 31 Pues cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; 32 y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. 33 Y colocará las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

[Salvación] 34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui extranjero y me acogisteis; 36 estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. 37 Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? 38 ¿y cuándo te vimos extranjero y te acogimos o desnudo, y te vestimos? 39 Y cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel y vinimos a ti? 40 Respondiendo el Rey, les dirá: En verdad os digo: cada vez que lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis.

Obras mesiánica: Fraternidad Justicia, Servicio, Acogida

Los seis dolores mesiánicos del texto, que el Hijo del Hombre ha compartido (hambre-sed, exilio-desnudez, enfermedad-cárcel), se identifican con los sufrimientos reales de miles y millones de personas, no tienen nada de específico cristianos, como seguiré indicando. Pues bien, frente a ellos eleva nuestro texto las obras de ayuda que los hombres (los juzgados) deberían haber realizado para superar esos dolores (dar de comer y beber, acoger y vestir, visitar y ayudar a los necesitados), en clave de fraternidad, a fin de que la historia humana fuera lugar y presencia de Dios.

               La tradición cristiana posterior, al menos desde la Edad Media, les ha llamado “obras de misericordia”, añadiendo una más (enterrar a los muertos) y creando así una terminología específica, que ha definido la conciencia posterior de la Iglesia, tendiendo a decir que estas siete obras de misericordia son fundamentales para salvarse, distinguiéndose así de las “obras de justicia”, que serían necesarias para organizar este mundo, pero no para alcanzar la salvación final. De esa manera se han podido devaluar tanto las obras de misericordia (no servirían para organizar este mundo), como las de justicia (no servirían para la vida eterna). Pues bien, en contra de eso, el mismo texto afirma que estas son obras de fraternidad justicia, servicio y acogida/episcopado:

Son obras de fraternidad (fraternidad-sororidad), como he puesto de relieve en Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños (Sígueme, Salamanca 1984) insistiendo en la complementariedad entre fraternidad y serfviciopues el Cristo Juez define a todos los necesitados como sus hermanos, y de un modo especial como “sus hermanos más pequeños”. Ésta no es una fraternidad de puro nacimiento biológico, sino de comunión y comunicación humana.

Son obras de obras de justicia, como dice expresamente el texto, pues aquellos que las cumplen se llaman justos: “Entonces responderán los justos (dikaioi)”, es decir los de la derecha (25, 37), es decir, los que han dado de comer y beber a los necesitados. Al utilizar este lenguaje, el texto asume no sólo toda la tradición de la justicia del Antiguo Testamento (la Tsedaqa: ayuda a los necesitados), sino todo el mensaje de Jesús en el evangelio de Mateo, a quien podemos llamar el evangelio de la justicia (cf. Mt 5, 20 hasta 23, 23).

Son obras de servicio, es decir, de diakonía, como dice expresamente la pregunta de los “condenados”: ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento… y no te servimos” (kai ou diêkonêsamen soi?; 25, 44). No se trata pues de unas obras de misericordia más o menos discrecional, sino de servicio humano, en el sentido radical de la palabra, que todo el Nuevo Testamento ha situado en el centro del mensaje de Jesús de la tarea de la Iglesia. En un sentido extenso, el Nuevo Testamento distingue entre el doulos o esclavo, que sirve por necesidad, es decir, por condición social, el diakonos o siervo, que es un hombre libre, que sirve a otros por su propia voluntad., aunque a veces los matices se solapan. Sea como fuere, Jesús aparece en el Nuevo Testamento como el el gran servidor o diakonos, aquel que ha venido a servir a los demás, regalándoles la vida (cf. Mt 20, 28).

               Aquí se expresa la gran revelación de este pasaje: El hombre está hecho para “servir a Dios”, sirviendo a los necesitados (en esa lista que va del hambriento al encarcelado). Servir es dar o, mejor dicho, darse para que el otro viva. Este descubrimiento de la solidaridad universal y del servicio concreto a los demás, como expresión y presencia de Dios (plenitud del hombre) constituye el mensaje central del evangelio. El hombre es el viviente cuya realidad se expresa en forma de amor activo a los demás, en línea de servicio. Ésta es la verdad y el contenido de la justicia, el servicio interhumano.

‒ 4. Son obras de solidaridad y comunión humana, en el doble sentido de entrega activa (de ir donde los necesitados: los enfermos y los encarcelados) y de acogida (de recibir, synagogein,a los extranjeros…). En este contexto evoca el evangelio la palabra clave de la tradición judeo-cristiana de su tiempo, que es la de acoger y crear espacios de diálogo y convivencia, tal como se realiza especialmente a través de las “sinagogas”. A diferencia de la tradición judía, la cristiana ha puesto más de relieve la palabra “iglesia”, entendida en sentido más confesional, como asamblea en la que se reúnen los “convocados” y celebran el misterio de Jesús (cf. Mt 16,18 y 18,17). Pero en Mateo (y en la iglesia primitiva) sigue siendo fundamental la experiencia de la “acogida” humana, tal como se expresa por la palabra synagogein, sinagoga.   

               No se trata, pues, de ayudar simplemente desde fuera (como podría suceder en el caso de dar de comer y de beber a otros en sentido material, como puede suceder dando comida a los animales estabulados), sino de acoger en la propia casa de fraternidad a los de otros grupos, formando así comunión humana, un espacio de diálogo integral, superando los enfrentamientos divisiones que se van estableciendo entre grupos y grupos. Así lo ha destacado 25, 35. 38. 43, poniendo de relieve la importancia de la “acogida”, como creación de un espacio de convivencia humana

Son finalmente obras de episcopado, en el sentido también radical de la palabra. Como estamos viendo, los representantes de la humanidad y fraternidad de Dios son los que sufren, los necesitados (los hambrientos-sedientos, enfermos-encarcelados). Pues bien, en esa línea los representantes del Dios salvador son los que hacen justicia, sirviendo a los otros y acogiéndoles. En ese contexto ha proclamado Jesús la palabra central del “episcopado”, tanto en referencia a los enfermos (me cuidasteis: 25, 35), como en referencia a los enfermos y encarcelados (25, 43), utilizando en ambos casos el verbo episkeptomai (tener cuidado de, ayudar), del que viene el sustantivo episcopos, obispo, que es una especie de “superintendente”, encargado del servicio mutuo en la comunidad.

Derechos humanos, obras de servicio El camino de la fraternidad

En ese contexto presenta y condensa este pasaje los seis sufrimientos básicos de la historia humana, que no son propios de un determinado pueblo o religión, de de un Estado concreto, de una clase social, sino de todos los seres humanos, representados de un modo especial por los más pequeños, es decir, por los que sufren.

‒ Mt 25, 31-46 ofrece quizá, la primera tabla social (universal) de los derechos humanos, la más concreta e importante de todas. Éstos no son los derechos de una nación, de un Estado social, de una Iglesia… sino los derechos de la fraternidad humana empezando por los pobres. Éstos son ante todo los derechos de los pobres (hambrientos, encarcelados), no en sentido general, como en la Revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad), sino en una línea concreta, que implica y exige la presencia, ayuda y asistencia del conjunto social (=dar de comer, visitar al encarcelado). Éstos son los derechos que todos los hombres y mujeres tienen a ser atendidos.

‒ Esos derechos marcan y definen el carácter divino de la vida humana, pues son los deberes y derechos del mismo Dios, que se ha encarnado en Cristo, no sólo de un modo individual (en Jesús, un hombre concreto), sino en sentido universal: en todos los hombres, y de un modo especial, en cada uno de los pobres en concreto, que son “hermanos” de Jesús, presencia de Dios. Esta encarnación de Dios (de Cristo) en los pobres-necesitados marca identidad suprema de la vida humana, como vida de Dios.

‒ Esos derechos suscitan unos deberes correspondientes, que se fundan en la gracia y compromiso básico de reconocer, acoger y ayudar al mismo Dios que está presente en los necesitados. En esa línea, el deber fundamental no es el de honrar a los poderosos, sino el de atender, acoger y cuidar a los necesitados.

Esos sufrimientos (con el deber que suscitan de ayudar a los necesitados) eran en tiempo de Jesús y siguen siendo en nuestro tiempo (2017) los sufrimientos y dolores normales de la gente, en un contexto y circunstancia de pobreza. Significativamente entre los que sufren esos males el texto no presenta de una manera expresa a los esclavos, ancianos o moribundos, ni a los huérfanos o viudas, ni a los marginados sexuales ni a los impuros religiosos, los publicanos o prostitutas…, sino que se limita a evocar seis tipos de hombres o mujeres sometidos a necesidades generales de tipo universal, que son como un compendio de todas las necesidades y opresiones de los hombres .

‒ Estas seis necesidades no son en principio de tipo religioso ni de estructura eclesial (el problema de fondo no es la falta de evangelización estricta, de buena religión o sacramentos…), sino de tipo humano, en el sentido básico del término. La iglesia cristiana, comprometida a cumplir estas “obras” (dar de comer, acoger al extranjero, visitar al encarcelado…), según el evangelio, ha de ponerse ante todo al servicio de la humanidad necesitada, por encima de un pueblo concreto (Israel, Antiguo Testamento), no para negarlo, sino para universalizar su aportación, o por encima de la misma iglesia, como institución creyente, tampoco aquí para negarla, sino para indicar mejor el sentido universal de su experiencia de Dios y su tarea de servicio humano.

‒ Son obras abiertas a todos los pueblos, es decir, a todas las unidades sociales, entendidas en forma cultural o social, obras de fraternidad universal, dirigidas a cada uno de los hombres y mujeres, de los pueblos y naciones,  cada uno pueblos con su propia identidad, conforme a una visión común del Antiguo Testamento, que divide a los hombres y mujeres en lenguas y naciones (no en imperios, estados o clases sociales), para vincularlos después desde las necesidades de cada uno de ellos, en línea de fraternidad. Significativamente, este pasaje deja a un lado las grandes unidades políticas (imperios, estados, reino…) que, a su entender son secundarias, para situarnos ante los pueblos, entendidos como unidades culturales y sociales de convivencia. Pero después tampoco los pueblos como tales importan, pues en contra de las grandes diatribas de los mensajes proféticos contra los estados-pueblos (cf. Ez 25-32), aquí esos estados-pueblos desaparecen inmediatamente, de manera que ante el juez final quedan sólo hombres concretos, de cualquier pueblo o nación. Esas necesidades son las que vinculan a todos los pueblos y las que suscitan una serie de “obras”.

‒ Estas obras no son todas las que deben realizarse, sino un compendio de ellas, como una indicación, un ejemplo y resumen de todas las posibles. No han de verse, por tanto, de un modo excluyente, sino inclusivo, pues en ellas se condensan todas las que pueden y deben realizarse a favor de los necesitados, hombres y mujeres sin distinción (¡aquí no hay nada exclusivo de hombres, nada de mujeres, todo se dirige a los seres humanos, incluidos varones y mujeres, grandes y niños, en la línea de Gal 3, 28).

‒ Éstas son, finalmente, unas obras in crescendo, es decir, estructuradas de un modo creciente, entre el hambre y el encarcelamiento. Es muy importante poner de relieve el orden progresivo, como si formaran una “cadena”, es decir, un proceso o progreso que va desde el hambre a la cárcel, que aparece como culminación de todos los males de la historia humana. Resulta fundamental tener en cuenta este ordenamiento, pues nos permite descubrir que la cárcel no nace de sí mismo, sino que, según Mt 25, 31-45, es la consecuencia y culminación de un tipo de males que empiezan con el hambre.

               Como seguiré indicando, estas seis obras son de tipo humano integral, aunque después la Iglesia ha tendido a llamarles obras corporales, añadiendo una séptima (que sería enterrar a los muertos) y poniendo a su lado unas siete obras también importantes, que serían “espirituales” (enseñar a quien no sabe, dar buen consejo a quien lo necesita, corregir al que yerra…). Pues bien, conforme al esquema de Jesús, cuidadosamente estructurado por Mt 26, todas las obras de misericordia se condensan en estas seis, que son espirituales y corporales, que son cristianas siendo universales, que empiezan por el hambre y culminan en la cárcel, como seguiré indicando.

               Por eso, según Mt 25, 31-46, no se puede visitar (liberar) a los encarcelados de verdad si es que no se empieza desde el principio, es decir, dando de comer a los hambrientos, para ir pasando desde ahí a todas las restantes (dar de beber, acoger a los exilados, vestir a los desnudos…). En ese sentido el “apostolado carcelario” (es decir, el envío de los cristianos a las cárceles del mundo) ha de entenderse como culmen y compendio de un testimonio completo de vida mesiánica, es decir, de compromiso al servicio de los necesitados.

Tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25, 35)

En principio, el hambre es una necesidad material, y parece fácilmente remediable, pues la tierra ofrece mucho alimento, y el hombre actual sabe producir, de manera que hay comida suficiente para todos. Pero de hecho los hombres concretos no saben o no quieren compartir la comida (los bienes), de forma que unos tienen pan sobrante y otros mueren por falta de alimento. Por eso, aunque el hambre tiene varias raíces(escasez de recursos, desgracias, subdesarrollo de algunos colectivos…), en sentido más profundo, ella proviene de dos principales: el egoísmo de algunos y la injusticia del sistema social.

‒ Éxodo, liberación de los hambrientos. La historia bíblica empieza resaltando la abundancia de la tierra (Gen 1), un paraíso, regalo de Dios y objeto del cuidado/trabajo de los hombres (Gen 2). Pero la necesidad apareció muy pronto: “Hubo entonces hambre en la tierra y descendió Abrahán a Egipto para vivir allí, porque era mucha el hambre en la tierra” (Gen 12,10). Ese pasaje supone que (a diferencia de lo que pasaba entre las tribus trashumantes y los cananeos) los egipcios habían logrado racionalizar la producción y reparto de alimentos, de forma que así podían vender “pan” a los necesitados.

Por eso los hijos de Jacob (“descendientes” de Abraham) “bajaron” a Egipto en busca de comida, pues tenían hambre, pero fueron esclavizados por los amos de la tierra, viniendo a convertirse en siervos de un sistema opresor que les utilizaba para construir grandes obras de seguridad nacional (cf. Gen 37-41; Ex 1-2).

‒ El evangelio sabe que no sólo de pan material vive el hombre, pues antes que el pan se encuentra la Palabra (cf. Mt 4, 1-4 par.), pero sin pan no se vive. Así responde Jesús al Diablo tentador, que puede producir pan material, pero no quiere compartirlo, pues pone el mismo pan (lo pone todo) al servicio de la destrucción humana. Ese pan del Diablo se parece al de un sistema económico, que produce mucho, pero no alimenta a todos, sino a sus privilegiados (y a los que necesita para producir y vender sus productos), dejando morir a otros muchos. Para que los hombres compartan el pan han de aprender a compartir la vida, como lo había visto Pablo, al afirmar que la verdad del evangelio es “synesthiein” (comer juntos: Gal 2, 5.14), no que cada uno coma en su mesa (saciando su necesidad, sin ocuparse de los otros), sino compartiendo el pan y la palabra, es decir, la humanidad.

Tuve sed y me disteis de beber (Mt 25,35).

 El agua era (y sigue siendo) tan urgente y necesaria como el pan, pues en zonas y tiempos de sequía el mayor riesgo para el hombre es la falta de bebida, como así aparece indicarlo Mt 10, 42: “Aquel que os diere de beber un vaso de agua, no quedará sin recompensa”. Conforme, al conjunto de la Biblia, Dios ofrece el agua, para que los hombres la compartan, en un plano de conjunto, donde se vinculan el aspecto material y espiritual, físico y social.  

Ciertamente, el agua tiene otros sentidos, pero la primera bendición de Dios, la más importante, es aquella que debemos dar a los pobres, compartiéndola con ellos, para así vivir en hermandad. Sólo partiendo del agua podemos hablar de otras obras de misericordia: Vestir al desnudo, acoger al extranjero… Lo más espiritual (Espíritu de Dios) se identifica con el don material del agua (bebida para los necesitados). Mientras todos los hombres y mujeres no tengan acceso al agua, en igualdad y justicia, no se puede hablar de fraternidad humana.

En ese contexto se debe recordar la falta de agua y de higiene de los inmensos suburbios de las grandes ciudades modernas, en América, en Asia, en África, sin servicios sociales, sin presencia del Estado, en un contexto de miseria general. Algunos de esos suburbios (favelas, barrios miseria…) se están convirtiendo en cárceles de vida indigna, sin higiene ni seguridad, sin programa educativo ni sanitario, sin otra perspectiva de futuro que un tipo de mendicidad, quizá de robo… Sin atención a este problema, sin compartir el agua, como primero de los bienes (es decir, sin una transformación real de las condiciones de vida de cientos de miles de hacinados de los suburbios del mundo, es decir, sin un programa y proyecto de comunidad integral y re-educación) no puede resolverse el tema final de la cárcel, que es el resultado de una vida hecha de enfrentamientos y de miserias sociales .

  Fui extranjero (indígena…, exilado, de otro color y/o clase social…)  y me acogisteis (Mt 25,35).

Acoger se dice en griego synagô, recibir, reunir en un grupo. De la misma raíz proviene la palabra sinagoga, reunión o comunidad, en sentido social. Pues bien, en ese contexto, Jesús pide que acojamos en nuestro grupo (asamblea) a los extraños (xenoi), en gesto de hospitalidad integral, es decir, humana, en el sentido espiritual y social. No se trata de recibir sólo a los demás (a los extranjeros) en una iglesia entendida en línea espiritualista, sin más vínculos que un tipo de oración aislada de la vida, ni tampoco de ofrecer unos servicios sociales desde un plano superior (desde fuera), sino de acoger en comunidad, compartiendo la propia vida con los marginados y extranjeros.

En esa línea, este pasaje de juicio supone que, de un modo individual o en grupo, los seguidores de Jesús han de hallarse dispuestos a recibir a los xenoi o extranjeros, los que han sido expulsados de (o no integrados) en la comunidad mayoritaria. Entendido así, Mt 25, 31-46 eleva una propuesta de grandes consecuencias para una iglesia, que no puede encerrarse como grupo/secta separada, para algunos “fieles propios” (los miembros oficiales) sino que ha de abrirse a los de fuera, no para perder su identidad, para enraizarla y expandir, ofreciendo a los extranjeros un espacio de vida física y social, una casa, en el sentido radical de ese término.

No se trata pues sólo de no rechazar (de ser tolerantes, de respetar, no matar), sino de recibir a los xenoi o extranjeros en la comunión vital de los creyentes, en un tiempo como el de Jesús en el que los no integrados corrían el riesgo de la exclusión social y física (de la muerte), pues era muy difícil vivir sin grupo (patria), sin espacio de humanidad.

Estos xenoi provenían de otros lugares, con otras culturas, pues habían debido abandonar su tierra, casi siempre por razones de paz y de comida, para vivir en entornos económicos, culturales y sociales extraños, en ambientes casi siempre adversos. Solían ser pobres y así en general carecían no sólo de bienes económicos, sino también personales y afectivos. Lógicamente, ellos formaban parte de los estratos socialmente menos reconocidos (valorados) de la población, condenados al ostracismo y rechazados como peligrosos, en una sociedad estamental donde ser extranjero significaba carecer de un espacio social reconocido (apareciendo además casi siempre como fuente de riesgos, de robos etc.). Por eso, al decir “fui xenos y (no) me acogisteis”, el texto piensa ante todo en una iglesia o comunión creyente que ha de ser casa para los sin casa (como dice 1 Pedro) .  

No se trata de extranjeros poderosos que han dejado su hogar antiguo para así triunfar (por armas o dinero), en lugares nuevos sino más bien de aquellos pobres que no son bien acogidos ni en su lugar de origen, ni en su lugar de destino (en caso de que tengan un destino, y no sean de hecho apátridas permanente). Entre ellos están hoy las grandes masas de emigrantes que vienen a países ricos, huyendo del hambre o la muerte, siendo con frecuencia rechazados. Por ellos dice Jesús: Soy extranjero y me (o no me) acogéis.

Es evidente que la iglesia no puede sustituir la responsabilidad política de la sociedad. Más aún, es posible que una emigración indiscriminada y una apertura indistinta a los extranjeros puede resultar poco eficaz, e incluso peligrosa, a no ser que venga acompañada por una transformación general del conjunto de los pueblos. Pero, desde un punto de vista cristiano (conforme a la palabra de Jesús “fui extranjero y no me acogisteis”) la solución no está en cerrar fronteras sino en abrir espacios de colaboración y acogida, poniendo tierra y bienes al servicio de todos los hombres, de manera que nadie tenga que salir por fuerza y todos puedan hacerlo, si quieren, pues el mundo es hogar de comunión universal.

La patria del cristiano es el diálogo y la acogida, abierta con y por Jesús a los más necesitados. Sobre un tipo de derechos estatales, por encima de las imposiciones de tipo nacional o militar, los cristianos creemos en la palabra, esto es, en la comunicación y en la acogida mutua. Significativamente, una parte considerable de los encarcelados de ciertos países más ricos (entre ellos España) provienen de otros países: Son emigrantes pobres, indocumentados, sin papeles…Por eso, el problema de las cárceles está internamente vinculado a la falta de acogida social.

Por otra parte, al lado de las cárceles oficiales se han elevado (se están elevando) otro tipo de lugares de encerramiento que son a veces más dañinos, más siniestros: Los campos de concentración, los campamentos de refugiados, los centros de internamiento de extranjeros (CIES)… De esa manera, junto a las cárceles oficiales (organizadas y dirigidas por Estados “legales”) se extienden y multiplican un tipo de cárceles clandestinas, quizá más peligrosas que las estatales.   Y junto a ellos (en su origen) están los grupos de expulsados, los que van de un lado y de otro, los que se arriesgan y a veces mueren en “pateras”, los que viven encerrados tras grandes muros de separación, los que son objeto de trata de “blancas” (o de negras), encarcelados de hecho en manos de mafias que se aprovechan de su necesidad.

Este problema de los extranjeros ofrece, sin duda, una propuesta abierta a todos, pero Mt 25 piensa de manera especial en los cristianos, que debían (deben) ofrecer a los extraños un espacio de vida, una casa, como sucedía al principio de la Iglesia. Sólo en esta línea puede resolverse en realidad el tema de la cárcel, concebida como institución originaria de expulsión. No puede hablarse en modo alguno de “visita” a los encarcelados si no se empieza acogiendo a los extranjeros, en un mundo donde todos pueden y deben ser acogidos en espacios de comunión fraterna.

Estaba desnudo y me vestisteis (Mt 25,36)

               El vestido definía al hombre por su situación social y oficio. En esa línea habla la Biblia de la armadura de Goliat (1 Sam 17, 4-6. 38-39), y de los ornamentos sagrados del Sumo Sacerdote, descritos de manera minuciosa en Ex 28, pues ellos sirven para ensalzar y sacralizar al ministro del culto: «Harás vestiduras sagradas para tu hermano Aarón, que le den gloria y esplendor…, y para consagrarlo, a fin de que me sirva como sacerdote. Las vestiduras que le harán son las siguientes: pectoral, efod, túnica, vestido a cuadros, turbante y cinturón… para él y para sus hijos, a fin de que me sirvan como sacerdotes» (Ex 28, 1-4).

Esas vestiduras ricas de culto marcan una distancia entre los sacerdotes y el resto de los creyentes, ratificando así las jerarquías sacrales y sociales. Pues bien, al lado de ellas, el Éxodo ha puesto de relieve el valor sagrado de la vestidura de los pobres, que nadie puede usurpar a perpetuidad: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás a la puesta del sol, pues no tiene vestido para cubrir su cuerpo y para acostarse? Cuando clame a mí, yo le oiré; porque soy misericordioso (hanun)” (cf. Ex 22, 26).

Este vestido no es objeto de culto, sino de protección para los más necesitados, como ha puesto de relieve la tradición bíblica, al decir que la religión verdadera (ayuno), consiste en vestir al desnudo, ayudándole a vivir en dignidad (Is 68, 7). En ese contexto, desnudez significa exclusión, de manera que los desnudos aparecen como pobres de los pobres, aquellos que no tienen dignidad reconocida, ni derecho, apareciendo sin embargo (¡por eso!) como signo supremo del reino de Dios.

En ese contexto, de un modo muy significativo, Mt 25 retoma la experiencia de Is 58, 7 para quien la verdadera religión (ayuno) se expresa vistiendo (es decir, ayudando) a los desnudos y marginados. En esa línea avanza Ezequiel, cuando dice lo que ha de hacer el justo: “No robar, alimentar al hambriento, vestir al desnudo, no prestar con usura…” (Ez 18, 7.16; cf. Job 22, 6).

Según eso, desnudo no es sólo (ni ante todo) quien no tiene ropa, sino aquel que está excluido, humillado, oprimido por otros, pues carece de la dignidad y lugar social que le ofrece el vestido. El desnudo es un extranjero en su propio país y en su tierra, aquel que no ha podido lograr que se reconozca su dignidad, o ha sido expulsado del orden social.

‒ Se trata, por tanto, de vestir en sentido externo. Por eso, quien tiene ropa sobrante (capa de rey, manto de sacerdote, túnica de labrador) y no viste al desnudo es un ladrón, merecedor del juicio (como supone Juan Bautista: Lc 3, 11).

‒ Pero se trata, sobre todo, de vestir en un sentido integral, creando espacios de dignidad, de cultura compartida, formas de vida en las que nadie sea en principio excluido, rechazado.

Puede mantenerse la traducción usual (y no me visitasteis…), pero, tomada en sentido estricto (limitado), ella resulta imprecisa y acaba siendo falsa, pues no se trata de “hacer visitas” ocasionales a los enfermos, como a parientes lejanos, sino de cuidarles de un modo eficaz. Ese es el sentido de la palabra aquí empleada (epikeptomai), que significa cuidar, “preocuparse por”, organizar las cosas para el bien de los enfermos, como supone el término hebreo que está al fondo (paqad) y el griego ya citado, del que deriva la palabra clave de la iglesia posterior: episcopos, obispo, el que anima y coordina la vida de la comunidad (siendo signo de la presencia de Dios en la Iglesia).

Pues bien, conforme a este pasaje, el hombre o mujer más importante en la Iglesia no es el “episcopos” (obispo) posterior sino el enfermo y necesitado a cuyo servicio ha de ponerse el mismo obispo que le visita y cuida; más aún, en esa línea, todos los cristianos son “obispos”, responsables unos de los otros. En ese fondo aparece con nitidez el “crescendo” de estas “obras de diaconía”, que nos llevan de lo que parece más externo (hambre/sed) a lo realmente humano (acoger al extranjero, vestir al desnudo…), para crear de esa manera una comunidad de atención y solicitud a favor de los demás, y en especial de los débiles/enfermos, una comunidad de acogida, cuidado y madurez, pues sin ella el hombre acaba siendo un oprimido, utilizado por los otros o condenado a la cárcel.

Estuve en la cárcel y vinisteis a mí (25, 36), cuidasteis de mi (Mt 25, 43).

En el contexto de Jesús y de la primera iglesia, en el mundo judío y el imperio romano, en tiempos de Mateo (hacia el 85 d.C.), los encarcelados solían ser personas que estaban en prisión por poco tiempo, en espera de juicio, por algún “delito” social o político, en espera de ser liberados o condenados a muerte. En ese contexto, el Evangelio de Mateo ha citado varios tipos de persecución contra los cristianos, por motivos de fe o compromiso religioso (desde Mt 5, 11-12 hasta 23, 34-36 y 24, 9-14). Pero nuestro pasaje (Mt 25, 31-46) no habla ya de cristianos encarcelados a causa de su fe, sino de un abanico más amplio de personas (cristianas o no) mantenidas en prisión, por diversas causas personales y sociales, institucionales e individuales.

En ese sentido resulta significativo el hecho de que Mt 25, 31-46 presente al final de su lista de necesitados los encarcelados, tras los hambrientos-sedientos-extranjeros-desnudos-enfermos, como para indicar que en ellos se condensan y culminan todos los males de la sociedad, que son signo de la presencia de Dios sobre la tierra. Y sigue siendo significativo el hecho de que no les presente en modo alguno como culpables (pero tampoco como inocentes), sino simplemente como “detenidos”, es decir, como personas que está bajo custodia o confinamiento (en phylakê), sin añadir ningún tipo de reflexión moralista, judicial o social .

Pues bien, estos encarcelados, a quienes la sociedad encierra (expulsa) como peligrosos, culminando con ellos el camino que empieza con el hambre y sed y sigue con el exilio, desnudez y enfermedad, son para Jesús una especie de piedra angular de la comunidad mesiánica, en la línea del cimiento del reino que es el mismo Hijo de Dios que ha sido expulsado de la “viña” (de la buena sociedad) y condenado a muerte, pues no cabe en el edificio de la sociedad dominante (cf. 21, 43).

Sin duda, algunos encarcelados pueden representar un peligro para la vida de los demás (por perturbación psíquica o tendencias agresivas/homicidas insuperables) social, y no es sensato que queden sin más en libertad. Pero en conjunto, de hecho, la mayoría de los encarcelados actuales no van en contra de los valores humanos como tales, sino de este tipo de sociedad, de manera que resulta necesario un proceso de cambio social para superar la cárcel, sin olvidar, al mismo tiempo, la obra de presencia y ayuda a los encarcelados concretos.

Por eso, en este contexto, Jesús quiere ofrecer a los encarcelados una presencia humana de cuidado (¡como obra que se hace a Dios!), pidiendo a sus discípulos que se ocupen de ellos (estrictamente hablando, que les acojan y cuiden). La transformación de la sociedad resulta inseparable de la atención a los encarcelados reales.

 En un sentido más personal, la opresión más fuerte del ser humano puede ser la enfermedad, vejez y muerte de cada uno, como han puesto de relieve Buda y el Budismo, al insistir en la transformación personal de cada uno, superando sus deseos que conducen al sufrimiento. Pero en un plano social, conforme a la dinámica de la Biblia hebrea y a la experiencia de Jesús, tal como ha sido condensada en Mt 25, 31-46, la necesidad y dolor más alto se expresa en los encarcelados (y en las víctimas que ellos mismos han podido producir, quizá matando, robando…).

Al situarse ante ellos, Jesús no defiende ni condena el posible pecado moral de esos encarcelados, ni instituye una dinámica de tipo judicial, para saber si son o no culpables (cf. Mt 7, 1), para que así respondan a la justicia del mundo, sino que asume su dolencia y pide a la comunidad que se ocupe de ellos, que les visite y cuide, en un gesto mesiánico de solidaridad salvadora.

En un nivel externo, ese gesto de ayuda a los encarcelados parece oponerse a la a la sentencia final de este pasaje. Por un lado, Jesús pide a sus seguidores que visiten/atiendan a los encarcelados (no que les condenen). Pues bien, desde ese presupuesto: ¿Cómo podrá decir, al fin, a los de la izquierda que vayan al fuego, esto es, a la cárcel “eterna” (25, 41.46), sin visitarles ni ayudarle, a los que no han ayudado/visitado a los encarcelados?

La cárcel, tema teológico y social, una gran paradoja. A partir de todo lo anterior se plantea la gran pegunta: ¿Puede Dios condenar al infierno final a los “injustos” (es decir, a la cárcel eterna) si él manda a los hombres que no condenen a los encarcelados, sino que les ayuden? En ese contexto, Mt 25,31-46 plantea un tema que resulta teóricamente insoluble, pues nos sitúa ante el misterio del mal, con la posibilidad de una “destrucción eterna” de los malvados, es decir, de aquellos que no ayudan a los otros.

Urgencia social, ayudar a los encarcelados. Desde el fondo anterior se entiende la tarea (exigencia) de ayudar a los encarcelados. Jesús no quiso destruir por la fuerza las cárceles de su tiempo (siglo I dC), ni pide a sus discípulos que destruyan por la fuerza las cárceles de ahora (s. XXI), pero introduce en este contexto carcelario (penitenciario) un principio de inversión (de transformación) que se expresa en forma de cuidado, a fin de que ellas (las cárceles) puedan convertirse en escuela especial de humanidad, lugar de presencia solidaria y cuidado, como indica la palabra epeskepsasthe: “Estuve en la cárcel y cuidasteis de mí” . De aquí derivan tres consecuencias importantes para los cristianos:

‒ El cristiano acepta en un sentido el orden judicial como expresión de justicia intra-mundana (cf. Rom 13,1-7). Eso significa que no quiere convertirse en guerrillero, para tomar por asalto la cárcel y liberar con violencia a los presos (como podría suponer una lectura sesgada de Lc 4, 18-19: He venido a liberar a los presos. Eso significa que Jesús se (nos) introduce en el contexto de la justicia carcelaria que actualmente existe, dentro del orden actual de la sociedad, pero invirtiendo de algún modo su tendencia, poniéndose al servicio de los encarcelados (para bien de toda la sociedad).

 Pero el cristiano quiere transformar las cárceles actuales, no destruyéndolas en sentido violento (con otra violencia que sería también opresora), sino convirtiéndolas en lugar de humanización (de fraternización, no de castigo). En esa línea, el cristiano visita a los encarcelados (es decir, va a ellos y les cuida: estaba encarcelado y vinisteis a mí: 15, 37.39), a fin de ocuparse de ellos (es decir, de visitarles y servirles: 25, 43-44), porque sabe que el sistema judicial en sí resulta insuficiente, no libera al ser humano, sino que se limita a controlar una violencia que parece incontrolada (o a-social) con otro tipo de violencia controlada. Por eso, aceptando en un plano la cárcel, el cristiano quiere superarla.

‒ Este principio cristiano (visitar/cuidar a los encarcelados) está abierto a la superación del sistema carcelario, convirtiendo las medidas de prisión (encerramiento físico) en un medio para la transformación personal y social de los presos, en la línea de la práctica penitencial de la Iglesia en los siglos IV-VII d.C. El cristiano quiere crear formas eficaces y misericordiosas de re-educación de los culpables (sin necesidad de este tipo prisión externa), de manera que sólo algunos especialmente “peligrosos” podrían (quizá deberían) quedar físicamente encerrados. Éste es, un deseo humanista, pero de fondo cristiano, que ha de aplicarse en los próximos decenios, para que la condena de los culpables no se expresa en forma de venganza, sino como ofrecimiento de una oportunidad de transformación humana.

En el límite social, un camino de reeducación en gratuidad, de comunicación en amor.

En otro tiempo, las mismas sociedades tradicionales educaban a los jóvenes a madurar en clave humana, tanto en el campo laboral como en el despliegue del amor (y el matrimonio), con diversas formas de iniciación. Actualmente nos hallamos en un momento de crisis, como el de Jesús, con millones de personas derrumbadas (locos, posesos…). Pues bien, la respuesta ante esa situación no es sin más la de impartir o realizar un tipo exorcismos rituales con los encarcelados, en el sentido casi sacramental del término, sino que es educar para curar y curar de hecho al conjunto social y a las personas que se sitúan en el entorno de la cárcel, de un modo intenso, no sólo con las terapias de tipo psicológico normal, sino con otras de tipo más hondo, en la línea de Jesús, como he puesto de relieve al hablar de sus “milagros”.  

En otro tiempo, cuando niños y mayores maduraban dentro de un espacio familiar ampliado, parecía menos necesaria esta educación para personas con una psicología distinta (¿difícil?) o con deficiencias sensitivas, motoras o afectivas (disminuidos, enfermos…). Pues bien, hoy se plantea con gran fuerza esa exigencia, desde la perspectiva de Jesús, que quiso educar a posesos y enfermos, como ha puesto de relieve en especial el evangelio de Marcos. Esta educación para personas menos integradas e incluso peligrosas, con problemas afectivos y/o sociales, constituye un reto para todos los creyentes, y en especial para aquellos que asumen la opción de ayudar (liberar) a los encarcelados, transformando su entorno social.

En esa línea, como lugar donde ha de expresarse de un modo más intenso la terapia de Jesús quiero evocar la cárcel, que es signo y consecuencia de un fracaso educativo, pues se nutre sobre todo de personas que provienen de familias y escuelas fallidas que no logran que niños y jóvenes maduren para la convivencia y responsabilidad. Pues bien, cuando parece que al hombre o mujer no se le puede ya educar, pues ha delinquido y su misma libertad es peligrosa, nuestra sociedad echa mano de la cárcel, que está ligada no sólo a un tema de seguridad (mantener un orden público), sino también de reeducación y resocialización de los presuntos delincuentes.

‒ Por un lado, la cárcel es la confesión de un fracaso: Cuando no parece haber más soluciones, cuando su libertad se vuelve peligrosa, la sociedad se siente obligada a encerrar a los culpables.

‒ Pero ella tiene o ha de tener, por otro lado, una finalidad educativa, al menos en principio, pues sólo desde ella, desde la cárcel puede entenderse y vivirse en verdad el misterio del Cristo encarcelado, la experiencia del fracaso de Dios como principio de transformación y salvación de los hombres.

‒ El sistema jurídico no confía en el cambio humano (es decir, de la educación), vinculado a la confesión y al perdón, al reconocimiento del culpable y a la aceptación de la comunidad, ni tiene (que yo vea) medios adecuados para hacerlo. Por eso, aunque varias legislaciones digan que la cárcel es para reeducar y reinsertar a los delincuentes, el Estado no tiene medios, ni personal (ni quizá voluntad) para conseguirlo.

‒ En contra de eso, la iglesia antigua había descubierto y elaborado un medio ejemplar de educación sanadora de los culpables, vinculado a la praxis penitencial para homicidas, adúlteros y apóstatas sociales. Con su gran poder social, ella se creía capaz de reeducar de hecho a los delincuentes, que debían reparar de alguna forma el daño cometido, para aprender a vivir de un modo distinto en la comunidad, tras un tiempo de separación penitencial.

Así actuaba la Iglesia cuando tenía gran autoridad. Pero después ella perdió esa autoridad (asumida en gran parte por el Estado), y la confesión sacramental privada sustituyó a la penitencia pública, aunque siguió teniendo tal importancia que ha sido durante siglos la institución educativa quizá más importante de occidente. Sin duda, la nueva práctica de la confesión privada refleja una intensa sabiduría de la Iglesia, que visto que la declaración de los “pecados” resulta fundamental para alcanzar el perdón, pues pone al hombre en manos de la gracia de Dios, para reconciliarse de nuevo con la sociedad. Pero ella ofrece también sus limitaciones, pues a veces ha olvidado la exigencia de reparación real, y ha dado a los confesores (clérigos) un gran poder jerárquico, convirtiendo así la educación de los “pecadores” en un gesto intimista, sin verdadera repercusión social.

Hoy en día, esa práctica, tomada en sentido sacramental, se encuentra en crisis dentro de la Iglesia, pero ha realizado (y quizá puede realizar en el futuro) una función religiosa y social muy profunda, recuperando (desde otros contextos) su función educadora en el entorno de la cárcel (o, quizá mejor, del sistema penitenciario). Sin duda, el camino sacramental de la Iglesia (confesión y absolución del sacerdote) y el orden penitencial de la sociedad moderna (con sentencia del juez civil y posible cárcel) son diferentes y cubren áreas en parte distintas de la vida, pero están muy relacionados. Pero ambos pueden y deben vincularse de algún modo, en una línea que esté al servicio de la nueva y más alta educación de las personas.

Resulta necesaria una tarea de “reeducación social”, vinculada al sistema penitencial de la sociedad, dirigida por el Estado, siempre al servicio de la reeducación (evitando en lo posible la forma de castigo actual de la cárcel). Pero, al lado de eso, también la praxis penitencial de la Iglesia (con la confesión de los pecados y el perdón de la comunidad) tiene un hondo sentido educativo. Este motivo (la reeducación de los “culpables”) nos sitúa en el centro de uno de los más hondos problemas de la sociedad actual. Si la sociedad en conjunto no cambia, si no logra reeducar a los asociales y delincuentes, ella corre el riesgo de destruirse a sí misma, y en este contexto puede servir de ayuda la “reeducación” cristiana, vinculada con la confesión.

El sacramento de la confesión implica un reconocimiento personal de la culpa y un camino penitencial, que va en la línea de la reconciliación entre el agresor y el agredido, en la línea de una educación distinta del conjunto social. Pues bien, en contra de ese ideal de re-educación de los culpables, gran parte de la justicia penal de la actualidad es incapaz de educar, porque olvida a las víctimas y trata a los agresores como autómatas (no como personas), descargando sobre ellos un tipo de venganza, al servicio de un sistema de poder.                                        Ciertamente, la confesión sacramental pudo ser a veces un instrumento de poder del clero, pero en sí misma, vivida y desplegada en libertad, como reconocimiento social del delito, ella ha servido no solo de catarsis, sino de medio de educación personal y social, cosa que no tiene el sistema penitenciario (Cf. J. Delumeau, Confesión y Perdón, Alianza, Madrid 1992; S. Lefranc, Políticas del perdón, Cátedra, Madrid 2004).

En este campo se plantea uno de los retos más significativos de la educación cristiana, no sólo en el entorno de la cárcel (donde los cristianos quieren ser testigos del perdón y de la nueva “educación” de Cristo), sino también en el conjunto de la sociedad. Aquí ha de desplegarse el poder educativo del perdón cristiano y de la comunión entre los creyentes, en un contexto tienen que vincularse la justicia y la misericordia, para transformar de esa manera un modelo penitenciario en el que sólo se exprese un tipo de justicia vengativa (por no hablar de venganza).

En esa línea ha de avanzar la educación de los cristianos en el entorno de la cárcel, no sólo en la línea de la «reeducación y reinserción social» de los presos, sino de la maduración de todos los creyentes (y de la sociedad en su conjunto). Para cumplir con esa finalidad, las cárceles deberían suprimirse en su forma actual, pero no para abandonar a los delincuentes a su suerte y dejar a la sociedad desprotegida, sino para promover formas distintas de educación social y convivencia

La reinserción de los presos en la sociedad

Volver a la vida, tras años de cárcel: “Algunos llevan tanto en prisión que hay que enseñarles a usar un móvil”

Un equipo de profesionales y voluntarios dirige a los expresos hacia su reinserción cubriendo las “grietas” que deja el Estado: “El recluso no sale y se va a su casa como en las películas porque muchos no tienen ni casa donde ir.

Por Blanca Sáinz

 “Hay mucho desconocimiento porque las cárceles son un tema tabú”. Así comienza Julio García a hablar con este periódico. Él es voluntario en El Dueso (Santoña) desde hace 27 años y, como resalta en varias ocasiones durante la entrevista con elDiario.es, si hay algo que generan los temas tabú es desconocimiento. Así, cuestiones como que los presos pueden trabajar mientras están en la cárcel tanto dentro como fuera de ella, o que no están obligados a confesar durante una entrevista laboral que han estado en prisión, siguen siendo asuntos que solo conocen aquellos que lo han vivido de cerca.

Según la propia Constitución española, la cárcel es el espacio donde la gente se prepara para reinsertarse. Sin embargo, estos centros continúan situándose en lugares alejados de los núcleos de población con el objetivo de separarlos aún más de una sociedad a la que tendrán que regresar tarde o temprano. Precisamente a eso se dedica Julio, que además de voluntario en la cárcel de El Dueso, de Cantabria, es el fundador de la Asociación Nueva Vida, la única en Cantabria que trata y guía a los presos desde el momento en el que entran en prisión.

Esta asociación, además de asesoramiento, atención psicológica y acompañamiento durante el proceso de salida de la cárcel, también ofrece alojamientos temporales, algo que según cuenta este voluntario es necesario en dos casos y el primero, es en el que el expresidiario no puede ir a otro lugar: “No sale y se va a su casa como en las películas porque muchos no tienen ni casa y hay que acogerles”. Luego, tras los informes emitidos por la Junta de tratamiento de cada preso, el juez y la Fiscalía deciden si la persona se puede ir a su casa o si acude a una entidad que le acoja.

De esta parte más profesionalizada se encarga Paz Allende, que es integradora social y la coordinadora de un recurso que puede alcanzar hasta más de una docena de presidiarios o expresidiarios: “Además de cuando salen de la cárcel, también recibimos a personas que se encuentran de permiso, así como a sus familias, que pueden no tener recursos, vivir fuera de la comunidad y no poder visitar al interno”, señala.

Este lugar, ubicado en Renedo de Piélagos y gestionado por educadores sociales, trabajadores sociales, integradores y psicólogos, dista enormemente “de lo que la gente se puede imaginar”. “Son personas muy disciplinadas. Para disfrutar de permisos lo tienen que hacer muy bien dentro, y una persona problemática probablemente nunca llegue ni a tener acogida con nosotros. Es que no hemos tenido ni un problema, la verdad”, asevera la especialista.

No obstante, si hay algo en lo que la asociación santanderina pone el foco es en la búsqueda de empleo como método de integración social e independencia económica, algo de lo que se encarga la psicóloga Celia Valiente, trabajadora de Nueva Vida y encargada del programa ‘Reincorpora’ financiado por la Fundación ‘La Caixa’. “Se trata de que sean autónomos y a veces hay que empezar por lo más básico… Hay personas que llevan tanto tiempo en prisión que hay que enseñarles hasta a utilizar un móvil o abrirles una cuenta en el banco para que les puedan pagar la nómina”, señala.

Este programa imparte diferentes cursos que van desde cómo hacer un currículum hasta el trabajo de las habilidades sociales ya que, en muchos casos, se ven afectadas al estar en prisión. Después vendría la búsqueda activa de empleo, que suele ser un éxito: “Es difícil que no lo consigan porque les guiamos y apoyamos con empresas que, además, colaboran con nosotros directamente aunque sin saber si se trata de presos, refugiados u otro tipo de personas vulnerables”, indica.

Sin embargo, a pesar del éxito del programa de la asociación, para Julio los presos siguen siendo “los grandes olvidados del Estado”, por lo que las fundaciones privadas tienen que cubrir esas “grietas”: “Todos los políticos que he visto en estos 27 años, que han sido de todos los colores, no se han implicado nada. Y asuntos como la Prisión Permanente Revisable (PPR) me sigue pareciendo que no tienen ningún sentido porque si las penas son encaminadas a la reinserción, que haya casos de PPR quiere decir que hay casos que no se están sabiendo resolver.”, reivindica.

“Se pueden reinsertar al 100% siempre”

Sobre la capacidad de reinsertarse, tanto Paz como Celia como Julio tienen claro que los expresos pueden conseguirlo al 100% siempre y cuando cuenten con soporte. Un soporte que, además de por ellos, también puede venir de su propia estructura familiar, recuerdan. “No todo el mundo nos necesita, está claro. Lo importante es darles una oportunidad y que luego ellos hagan lo que quieran con ella, pero todo el mundo se merece que, al menos, se la ofrezcan”, concluye Celia.

Por su parte, Paz cuenta con orgullo cómo uno de los hombres que se encuentra en la casa de acogida tras su paso por la cárcel se ha graduado en Derecho e insiste en la idea de que son “muchos” los que deciden ponerse a estudiar, sobre todo grados medios.

Y Julio, que cada vez tiene su agenda más llena -llega a hacer 14 visitas en un solo día en El Dueso-, repasa junto a este periódico las tareas pendientes: ayudar a conseguir un permiso, hablar con un juez, con un criminólogo… Y antes de marcharse hace un apunte: “Yo, que ni siquiera me quiero enterar del delito que han cometido por si me influye, he conseguido, a pesar de ese estigma social, ver solo personas que se han equivocado. Algunas se han equivocado y mucho, otras a lo mejor no deberían estar ni presas e igual otras deberían estar incluso más tiempo. Pero ese no es nuestro trabajo. De momento es solo ayudar”, concluye.

Entrevista a Chelsea Manning

Chelsea Manning

Chelsea Manning: “La cárcel cambió por completo mi percepción del mundo”

Mónica Zas Marcos

Chelsea Manning (Oklahoma, 1987) lleva cinco años libre. En 2017, Barack Obama conmutó la pena de 35 años de cárcel que le impuso un tribunal por una de las mayores filtraciones de documentos de la historia de EEUU. Había entregado a Wikileaks un CD con más de 700.000 documentos clasificados de las guerras de Irak y Afganistán, algo que pagó con siete años en prisión. De aquella época habla poco, pero se filtró que intentó suicidarse dos veces y Amnistía Internacional denunció que sufrió maltrato.

Ella siempre dice que las amenazas no procedían de otros compañeros, sino de los guardias. Una intimidación que se vio agravada cuando la exanalista de inteligencia del Ejército comenzó su transición de género en una cárcel militar para hombres, donde entre otras cosas no le permitían dejarse crecer el pelo y seguían refiriéndose a ella en masculino. “Me siento presionada desde arriba”, reconoció una vez.

Ahora le parece otra vida. La soledad y la incertidumbre de esos años explotaron su sentimiento de comunidad y ahora es activista a tiempo completo en contra del estado de vigilancia de EEUU y por los derechos trans. En calidad de ello ha ido al festival Culture & Business Pride a recibir el premio Alan Turing, la primera vez que pisa España, y a participar en la mesa Derechos Humanos Hoy, moderada por elDiario.es. Allí ha hablado de su labor, de la transformación que vivió en prisión y del futuro violento que le vaticina al colectivo queer y transexual.

“La cárcel cambió por completo mi percepción del mundo y mis valores”, dice Manning. “Ahora aprecio mi tiempo y mi relación con los demás frente a una vida esencialmente materialista. En la cárcel también se generan entornos comunitarios sin tener acceso a una casa, a un coche ni a riquezas”, asegura, pero sin dejar de reivindicar que “la gente no quiere vivir en jaulas, desconectada”. La imposibilidad de asociarse con otros, expresarse libremente y luchar fue “un paso atrás para tomar perspectiva”.

Manning fue condenada en 2013 por espionaje después de haber proporcionado más de 700.000 documentos secretos del Departamento de Estado y el Pentágono a WikiLeaks. “Como dijo una vez el ya fallecido Howard Zinn, no existe bandera lo bastante grande como para tapar el asesinato de gente inocente”, escribió en un comunicado antes de entrar en la cárcel. Pero no le gusta ahondar en la filtración ni en la figura de Julian Assange, en parte por su necesidad de mirar al futuro y en parte porque hay documentos e información que han sido reclasificados por EEUU.                                           “2010 es una era distinta. Me suelen preguntar por lo que pasó entonces, por el secretismo y por la censura de la información. Pero es que ahora nos enfrentamos al problema contrario. Hay muchísima información y es muy complicado interpretarla: falta de información, desinformación, alteración de la información, sesgo de información. Hay que identificar qué es preciso y qué es útil porque económicamente es muy importante. Hay que replantear su perspectiva política y en términos de los derechos humanos”, defiende.

Me preguntan por lo que pasó [con Wikileaks], por el secretismo y por la censura de la información. Pero es que ahora nos enfrentamos al problema contrario: hay demasiada información

Su preparación le ha permitido especializarse en la red y los algoritmos. “La Inteligencia Artificial se está usando para crear pequeñas burbujas donde la gente interactúa entre sí sin darse cuenta de que una máquina les está dictando las normas. Terminas creyéndote la información que te proporciona esa máquina”, critica. Cree que los algoritmos son una parte causante de la radicalización del mundo y de “generarnos ansiedad y miedo solo para que volvamos a nuestros teléfonos a dejar nuestra información personal”.

Su proyecto político frustrado

En 2018, Chelsea Manning se presentó como candidata al Senado por Maryland. Su programa incluía cerrar cárceles, liberar reclusos, eliminar las fronteras nacionales y reestructurar el sistema judicial penal. Aquel intento político no salió adelante y siempre dice que creía saber más de lo que en realidad sabía, pero no se arrepiente. Ahora bien, con perspectiva, sabe que “cambiar el sistema desde dentro es un tema mucho más profundo que conseguir representatividad”.

“La idea de que si hubiera más mujeres o personas trans en las instituciones mejorarían las cosas es una falacia. He visto a mujeres y minorías –trans o personas racializadas– llegar al poder dentro de este sistema y hacer lo mismo. El establishment les vuelve incapaces de parar el daño y la destrucción. EEUU no se va a convertir en una nación más pacífica por tener un piloto trans de drones o una mujer presidenta”, asegura. “Las normas siguen existiendo, lo que hay que hacer es plantearse reestructurarlas de forma distinta”.

Un ejemplo es que después de la legislatura de Donald Trump, con el Partido Demócrata en el Gobierno, algunos estados están retrocediendo en derechos fundamentales ya alcanzados, como el aborto. “Desde hace 50 años, la ultraderecha ha ido acumulando muchísimo dinero y ha respaldado al establishment para lanzar paquetes de medidas vinculados a su ideología y para eliminar determinados derechos. Este proyecto tiene una financiación enorme y el respaldo de figuras públicas como en su día Ronald Reagan o Donald Trump”, explica la exanalista.

Manning avisa de que su enfoque es muy “americanocentrista”, pero que las estrategias que usa la extrema derecha en su país se reproducen en distintas culturas y diferentes idiomas. “Oímos por todas partes términos como wokeness, cultura de la cancelación o fake news. Son las mismas políticas reaccionarias que usan lenguajes testados para minar los movimientos progresistas que puedan emerger”, compara. Por eso hay alianzas de partidos de extrema derecha, procedentes de regiones distintas y que tienen enfoques distintos en muchas cosas, “pero que se han dado cuenta de que les interesa compartir estrategias y explotar sus espacios en internet y los medios de comunicación”.

Mientras tanto, asegura volviendo a EEUU, el Partido Demócrata “no aboga tanto por el progreso, sino por mantener un ‘statu quo’ de centro donde todo permanezca invariable”. Recuerda que el lema de Joe Biden en la campaña electoral de 2020 era Build Back Better, reconstruir el pasado. “Cuando ven que hay un terreno progresista que amenaza con emerger, lo vuelven a acallar porque no les interesa”, replica.

La activista Chelsea Manning.

Manning defiende que la comunidad LGTBI, en especial la trans, vive en la cuerda floja. “Cada día salen por lo menos 12 propuestas y contrapropuestas para perseguirnos y dos tercios de los estados de EEUU están cuestionando actualmente los derechos trans, los de las mujeres y alentando guerras culturales”. Pero lo que más le angustia a este respecto es la escalada de violencia.

“Hay una facción militarizada de la extrema derecha que apuesta por amenazar a la gente. Eso se solapa con la increíble militarización de la policía. No estoy diciendo que el cuerpo entero sea de extrema derecha. Algunos sí, pero como institución son de centro-derecha. Pero van armados hasta los dientes y en breve habrá una escalada de violencia contra la comunidad queer y trans. Lo estoy advirtiendo”, se lamenta.

Preguntada por las alternativas, se queda pensativa. “No me gusta vivir en un país donde cualquiera puede acceder a todo tipo de armas y herramientas. Pero cuando ocurre y tus oponentes están armados hasta los dientes, deberías poder protegerte por algún medio”, dice, sin atreverse a ahondar en el asunto. “Es una posición muy incómoda y muy rara para alguien que es vulnerable y necesita defenderse. No me gusta. No creo que sea el enfoque más saludable, pero ¿qué se supone que tienen que hacer las personas queer y trans cuando las instituciones están controladas por estos tipos?”, concluye

Tragedia en la cárcel de Tuluá, Colombia

Colombia: el obispo de Buga llama a la solidaridad tras tragedia de la cárcel de Tuluá

Una riña entre internos produjo un incendio que dejó el lamentable saldo de 51 internos fallecidos y más de 30 heridos

Centro Penitenciario de Tuluá

Una riña en el centro penitenciario de Tuluá, departamento del Valle del Cauca, pacífico colombiano, ha dejado un saldo de 51 muertos y 30 heridos. Según el Inpec (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario) tras intervenir en la gresca, los propios internos “prendieron fuego a sus propios colchones”.

José Roberto Ospina, obispo de Buga, jurisdicción eclesial donde se ubica esta prisión, ha expresado su cercanía a los familiares de las víctimas “quiero pedir oraciones a todos ustedes (familiares) orar por el eterno descanso de quienes han fallecido, que el Señor consuele y fortalezca a sus familiares”.

Llamado a la solidaridad

Asimismo llamó también “la atención para que en todas las parroquias y arciprestazgos de la diócesis se recolecten estos elementos”, mientras que en las próximas horas estará presidiendo las exequias de algunos de los internos fallecidos en el incendio.

Según el Inpec, la cárcel de Tuluá alberga a 1.267 reclusos. En el pabellón, donde ocurrió la tragedia estaban 180 reclusos. El obispo, en tanto, apela a la solidaridad de los tulueños con  la ayuda en especie como: frazadas, artículos de aseo personal, sábanas, entre otros.

Para ello, ha dispuesto de centros de acopio para recibir ayudas, entre las parroquias se encuentran: San Bartolomé, Medalla Milagrosa, Perpetuo Socorro y la casa del mendigo en Buga.

Tortura en las cárceles

Cerca de 400 presos fueron atados con correas a una cama en 2021

Cárcel Sevilla II
Módulos de la cárcel de Sevilla II, en Morón de la Frontera.  EFE

El Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura insta a Instituciones Penitenciarias a adoptar medidas para «reducir la aplicación de medios coercitivos» en las cárceles. Advierte que en los registros de las cárceles hay escasos datos al respecto.

DANILO ALBIN

Las polémicas medidas de sujeción mecánica con correas siguen presentes en el interior de las cárceles y centros de internamiento de menores. Así lo ha detectado el Defensor del Pueblo en el último informe del Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNTP), que vuelve a dejar en evidencia la brecha existente entre las peticiones de dicho organismo y la realidad que se vive en los centros penitenciarios.

«Como dato relevante se puede destacar que durante 2021, en el ámbito de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, hubo 3.600 sujeciones mecánicas», subraya el documento entregado días atrás en el Congreso.

En ese apartado del informe, señala que se detectaron 148 casos de presos atados con correas «por motivos sanitarios» y otros 251 a los que también se aplicó dicho método, lo que implica un total de 399 episodios en los que se recurrió a esa cuestionada técnica.

De acuerdo al protocolo vigente en Instituciones Penitenciarias, la «sujeción mecánica de temporalidad prolongada» –aquella cuya duración excede de media hora– conlleva la utilización de las correas homologadas en celda habilitada al efecto».

«En la dependencia y cama especialmente dispuesta de antemano para ello, se tenderá al interno en posición de decúbito supino (boca arriba), semi-incorporado, procediéndose a su sujeción en el siguiente orden: extremidades inferiores, cinturón abdominal y extremidades superiores«, describe el protocolo.

Frente a esa línea de actuación, el Defensor del Pueblo vuelve a recordar que «la óptima gestión del conflicto es aquella que trabaja para que la aplicación de los medios coercitivos se reduzca al máximo, de una manera progresiva» una idea que «debe ser especialmente aplicada en las sujeciones mecánicas con correas».

De hecho, este organismo sostiene que «se debe trabajar para intentar abolirlas a largo plazo si se considera posible». Por tales motivos, formuló una recomendación a Instituciones Penitenciarias en la que insta a «tender a la reducción al máximo de la aplicación de sujeciones mecánicas con correas como aplicación de medio coercitivo, con el objetivo a largo plazo de su supresión total».

En su informe,  el Defensor del Pueblo insta además a «incrementar la formación del personal sanitario y de vigilancia sobre la técnica de realización de las contenciones mecánicas». Además, «la Secretaría General de Instituciones
Penitenciarias debe tener una posición alternativa global para reducir la aplicación de medios coercitivos e intentar, a la vez, reducir los incidentes y la conflictividad en las cárceles en que proceda».

«La contención mecánica no debe aplicarse nunca. Los protocolos fallan sistemáticamente», resume Jorge del Cura, miembro del Centro de Documentación contra la Tortura. En tal sentido, subraya que «en caso de ser necesaria, una contención puede durar media hora, pero no 8, 24 o 36 horas, como ha habido casos».

«No solo es la contención mecánica por la fuerza que conlleva y la situación de indefensión, sino las condiciones totalmente humillantes en las que se lleva a cabo», remarcó.  

Intentos de suicidio

Hay otro dato alarmante. «En las revisiones que se hacen de las aplicaciones de medios coercitivos, el MNP todavía observa que se aplican sujeciones mecánicas prolongadas por intentos de suicidio», una «práctica cuestionable» que también ha sido observada por el Comité para la Prevención de la Tortura.

Por ello, el Defensor se vio obligado a pedir a Interior que dicte las órdenes oportunas para que «en casos de intentos de suicidio no se aplican las sujeciones mecánicas con correas por motivos regimentales».

Falta de información

En los centros visitados dependientes de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, el MNP observó que los sistemas de registros basados en libros no contienen información completa sobre el motivo de aplicación del medio coercitivo concreto, más allá de la fecha y hora de inicio y cese, nombre del interno y firma del jefe de servicios y el director», mientras que en el formato digital «se añade una mínima descripción del incidente y el lugar».

Ante esta situación, el MNP recomendó  «aprobar un libro de medios coercitivos para los centros penitenciarios dependientes de esa Administración en el que figure toda la información relevante de la medida aplicada,incluyendo el motivo detallado del medio coercitivo aplicado, los funcionarios implicados, así como la hora y fecha de comunicación a la autoridad correspondiente».

Tras visitar la cárcel de Sevilla II, el Defensor del Pueblo reclamó a Instituciones Penitenciarias que se remitan al juzgado y a la fiscalía de vigilancia penitenciaria «las imágenes grabadas de las sujeciones mecánicas con correa practicadas».

En el caso de ese centro, pidió además que se emita «un informe por parte de la inspección penitenciaria de proporcionalidad, oportunidad y práctica de las sujeciones prolongadas que se hagan en cada centro penitenciario».

Centros de menores

El documento apunta también hacia las medidas de sujeción con correas en los centros de menores, sobre los  que subyace un trágico antecedente: en 2019, el joven Iliass Tahiri murió en el Centro de Menores de Tierras de Oria en Almería tras ser atado a su cama con correas y boca abajo por los guardias del centro. El caso fue archivado por el juzgado y posteriormente reabierto por la Audiencia Provincial de Almería. En diciembre pasado, la Fiscalía se pronunció a favor del archivo definitivo de la causa.

En esa línea, el Defensor del Pueblo recuerda que en el informe anual del Mecanismo Nacional de Prevención de 2020 se recogía una Recomendación al Ministerio de Justicia «para que fuera abolida la sujeción mecánica en los centros de internamiento para menores infractores en todo el territorio nacional», lo cual fue aceptado por la Administración.

«Según se ha informado al MNP, en ninguno de los centros visitados durante el
año 2021 se utilizaba la sujeción mecánica mediante correas a una cama», describe el informe. Sin embargo, el Defensor del Pueblo señala que en una visita al centro de internamiento de menores El Molino de Almería «disponía de dos habitaciones preparadas para la aplicación de sujeciones mecánicas mediante correas». La sugerencia efectuada a la administración para que retirasen estas dos camas «ha sido aceptada».

Algo parecido ocurrió en la visita al centro de Zaragoza, donde el MNP «apreció que tenían un protocolo de seguridad y normas de funcionamiento que incluía la sujeción mecánica mediante correas homologadas«. En este caso, la «recomendación formulada a la Administración para que se eliminara la
referencia a la sujeción mecánica y trasladaran a las personas que trabajan en el centro la prohibición de este medio coercitivo» también ha sido aceptada.

«Inmovilizar a menores mediante correas a una cama o a un objeto fijo es un uso desproporcionado de la fuerza y una medida incongruente con los criterios de un centro de ese tipo, que debe tener una orientación educativa y de reintegración social de los menores», subraya el documento.

Bajó a los infiernos. La Pascua de los “encarcelados”

El credo romano (= de los apòstoles) incluye un “articulo” clave de la iglesia antigua en el que  se dice que Jesús “descendió” a los infiernos para liberar a todos los encarcelados (condenados) de la historia humana

   La Iglesia oriental sigue representando la pascua con la imagen de Jesús que desciende a los infiernos de la historia (de la muerte y opresión humana) para liberar a todos los  condenados de la opresión del mundo para hacerles participantes de su resurrección.

    He desarrollado este “artículo” central de la fe en diversos libros, en especial en el Diccionario de la Biblia.  Desde ese fondo quiero presentar hoy dos breves reflexiones que no sirven para exponer el tema en su totalidad, sino para situarlo en un contexto más amplio de compromiso y oración cristiana, en este tiempo de Pascua. 

 | X. Pikaza

La cárcel de la historia, lugar de Dios.

  Al final de su lista de los necesitados humanas, tras los hambrientos-sedientos-extranjeros-desnudos-enfermos, como para indicar que en ellos se condensan y culminan todos los “males de Dios”, Mt 25, 31‒46 presenta a los encarcelados, esto es, a los hombres y mujeres a quienes la sociedad encierra (expulsa) como peligrosos. Precisamente ellos aparecen así como más cercanos a Jesús, Hijo de Dios que ha sido expulsado de la “viña” (de la buena sociedad) y condenado a muerte, pues no cabe en la “casa” de la “buena” sociedad dominadora (cf. Mt 21, 43).

Sin duda, algunos encarcelados representan un peligro para la vida de los demás (por perturbación psíquica o tendencias agresivas/homicidas insuperables), y no es sensato que queden sin más en libertad. Pero la mayor parte de los encarcelados son enfermos y víctimas de una falta de educación y de la violencia social. Sea como fuere, Jesús se identifica con todos ellos, y así quiere ofrecerles (recibir en ellos) una presencia humana de cuidado.

Jesús no define el posible pecado moral y social de esos encarcelados, ni instituye una dinámica de tipo judicial, para saber si son o no culpables (cf. Mt 7, 1), sino que pide a sus seguidores y a todos los que quieren responder en amor a la presencia del Dios Trinidad que les visiten/atiendan (les cuiden), definiendo así la cárcel como “casa trinitaria”.  Así se expresa la gran paradoja del evangelio: 

‒ Por un lado, Jesús pide a los hombres que visiten/ayuden a los encarcelados, no que les “castiguen” ni que les condenan. En esa línea, los cristianos están llamados no sólo a perdonarles (en el caso de que sean culpables), sino a servirles con su visita y cuidado personal. Eso significa que ellos no pueden condenarles, mandándoles a un tipo de infierno, que sería ya irrecuperable, sino que han de entender la cárcel como espacio de ayuda a los necesitados y como lugar de terapia para los culpables, es decir, como “casa activa de la Trinidad”, laboratorio de amor.

 De todas formas, ese mismo Jesús que pide que perdonemos y salvemos a los encarcelados, parece condenar a quienes no lo hacen: ¡Apartaos de mí, el fuego eterno, pues estuve encarcelado y no me visitasteis… (Mt 25,41). Así parece que este Dios Trinidad, que nos pide que perdonemos y ayudemos a todos, no cumple lo que pide: Por un lado, dice a los hombres que perdonen y ayuden siempre a los demás; por otra parte parece que tiene una cárcel eterna e inmensa (sin salida, una casa de la no‒Trinidad) para aquellos que no ayudan a los encarcelados.

 Esta paradoja ha de entenderse desde la gracia de la libertad del hombre: El Dios del amor supremo, que nos pide amar a todos, tiene que dejarnos en libertad, no puede obligarnos a “ir al cielo” (es decir, no puede tenernos a la fuerza en su Casa de Trinidad). Eso significa que nosotros podemos condenarnos a quedar fuera de Dios, no porque Dios deje de ser amor, sino porque lo es y así quiera salvarnos en amor, libremente. En esa línea, también los que ayudan a los encarcelados han de estar dispuestos a comprender el misterio del fracaso: A pesar de que quieran rehabilitar a todos los encarcelados puede haber algunos que voluntariamente se nieguen, que no quieran “redimirse”, liberarse.

            Entendido así, este pasaje (Mt 25, 31-46) nos deja en manos del misterio más hondo de la vida. (a) Por un lado, el Dios de Jesús (Casa abierta de la Trinidad) se hace presente en los que sufren (hambrientos, sedientos…), y de un modo especial en los encarcelados, y así quiere ayudarles, liberarles de su perdición y acogerles en su casa. (b) Pero, al mismo tiempo, ese Dios de Jesús de libertad en (por) amor y no pueda cambiar (liberar del infierno) a los hombres por la fuerza, sino que les deja (nos deja) en manos de nuestra propia opción, de aquello que nosotros queramos.

‒ Éste es, por un lado, el Dios del poder-supremo que entra (se encarna) en el lugar de mayor miseria (en la cárcel), invitándonos a seguirle, desde allí, acompañando a los encarcelados, pues él es el Dios que les libera (Lc 4, 18-19) y ama sin exigirles nada. En esa línea resulta difícil hablar de una cárcel para siempre, de un infierno del que Dios no pueda liberar a los que “quieran” condenarse (¡libremente, no a la fuerza!).

‒ Pero este Dios de la suprema libertad, amor gratuito, que tiene que avisar a los hombres, diciéndoles: ¡Tened cuidado, pues podéis condenaros si es que no ayudáis a los otros! Por puro amor, Dios tiene que indicar a los hombres su riesgo de infierno, advirtiéndoles que puede destruirse si no ayudan a los encarcelados.  

 En esta línea, podemos afirmar que Mt 25, 31-46 sólo habla del infierno (es decir, de la cárcel eterna) como aviso para los que no dan de comer ni cuidan los encarcelados,  pues si mantienen esa línea de conducta pueden acabar destruyéndose a sí mismos, en la cárcel que van construyendo con su egoísmo. El Dios de Jesús no quiere en modo alguno la cárcel, y por eso se ha encarnado en los encarcelados para liberarles (pidiendo a los hombres que le ayuden, ayudando a los encarcelados, para crear así la casa de la Trinidad sobre la tierra).

Pero, precisamente por eso, por amor, él proclama su amenaza (¡ay de vosotros!, cf. Lc 6, 20‒26) ante aquellos que no visitan y ayudan a los encarcelados, diciéndoles que pueden destruirse a sí mismos. Ésta no es la “amenaza de Dios”, sino la de aquellos que no quieren a Dios, es decir, a los necesitados de la tierra. No les condena Cristo (¡ha venido a salvarles!), pero tiene que elevar su aviso de amor diciendo que pueden perderse, pues la vida del hombre es gracia y libertad, y el que niega la gracia del amor puede “libremente” condenarse, no por castigo de Dios, sino a pesar del amor de Dios. Éste es el “infierno”: Dios abra su casa trinitaria para todos, pero algunos pueden rechazarla.

2 Orar con (por) los encarcelados (y descartados)

Éste es un tema clave de los salmos, en sus dos vertientes: (a) Orar desde el abismo del dolor, de la injusticia y de la muerte, en el borde de la desesperación, como el salmo “de profundis” (Sal 129/130) o el otro aún más intenso y propio del Señor crucificado: “Dios mío ¿por qué me mas abandonado?” (Sal 22/21; Mc 15, 34 par). (b) Orar en comunión (a favor de) los hombres y mujeres del abismo, los hambrientos y sedientos, extranjeros y desnudos, enfermos y encarcelados” (Mt 25, 31-46).

            Esta Oración de Cruz, como llamada dirigida a Dios y como experiencia de vinculación con los crucificados, constituye una  oración fundamental de Cristo y de la iglesia, desde el principio del Bautismo (morir en y con Cristo) hasta la Eucaristía (resucitar con el Crucificado, descubriendo sus llagas en las llagas de los crucificados). Ésta es la oración activa, vinculación y compromiso real (personal y social) a favor de los sufrientes, siendo, al mismo tiempo, o “pasiva” (en sentido radical): Contemplar al Cristo no sólo como amigo personal,  sino descubrir y venerar su presencia y acción redentora (acompañarle y ayudarle) en los crucificados de la historia.

            Así lo ha sabido la piedad del pueblo creyente, igual que la experiencia de los grandes orantes como Francisco de Asís o Juan de Cruz. Éste es no sólo el motivo de fondo de Mt 25, 31-46, principio de toda acción de amor (dar de comer, acoger, cuidar, liberar a los pobres), sino también el “argumento” supremo de la mística cristiana, desde los salmos de Israel hasta el mensaje emocionado de los evangelios y de Pablo en el NT. No se trata, simplemente, de contemplar a Dios como misterio separado, sino de verle y venerarle, acompañarle y amarle en los crucificados de la historia.

Algunos han podido minusvalorar esta oracióndel compromiso social objetando que la “ayuda y cuidado” a los pobres es un “activismo” externo, añadiendo que el cristianismo y la oración habrían de ser sólo “otra cosa”, una elevación y encuentro personal, directo, con Dios sin añadido o mezcla de otros objetivos de tipo social e incluso “político”. Pero esa objeción va en contra de la encarnación de Dios y de la unión de los dos mandamientos (amor a Dios y amor al prójimo).   

            Así preguntan los “examinados” de la tarde: ¿Cuándo te vimos hambriento, enfermo, oprimido, encarcelado…?  Cada vez que “visteis” (contemplasteis, acogisteis) a uno de estos hambrientos, oprimidos… me visteis a mí Mt 25, 31-46.  Éste es la mística cristiana más profunda, en la línea de aquello que Jesús dice a Tomás (Jn 20): “Mira mis manos clavadas, toca mi costado abierto; así me verás y tocarás cuando veas, acojas y ayudes a los crucificados de la tierra”.

            Éste es la mística del Cristo tierra/carne dolorida (cf. Jn 1, 14), carne hambrienta, ensangrentada. Mística no es sólo ver la gloria del Dios exaltado (de ella pueden hablar otras religiones), sino verle y encontrarle en la carne sufriente de los hombres, como sabe el himno más alto de la kénosis (Flp 2, 6-11).

Esta es la palabra de Mt 25, 38.42: ¿Cuándo te vimos…? Tanto aquellos que han servido-ayudado a los pobres-encarcelados como aquellos que no les han servido preguntan a: Cuándo te vimos(pote se eidomen). Ésta es la pregunta y tema central de la oración cristiana: Que la sociedad en su conjunto (y de un modo especial los seguidores de Jesús) sepan y sientan el “contenido” divino del dolor humano, el valor de la carne sangrante, dolorida, de los “crucificados” de la tierra, a quienes de pensamiento, palabra y obra han de acompañar, acompañando y ayudando así al mismo Dios encarnado.

Éste es el sentido de la oración cristiana, en el doble sentido que ella tiene en Mt 25: Sólo vemos a Dios viendo y amando en verdad a sus pobres. Por eso es necesario comenzar “viendo” de hecho (sintiendo, acogiendo) a los hambrientos-sedientos, extranjeros-desnudos, enfermos-encarcelados, oponiéndose así a una sociedad que tiende a invisibilizarles, para así justificarse a sí misma, en una estrategia defensiva, tratándoles como si no existieran.

            Esa visión de los pobres/oprimidos en Dios es el principio de la oración cristiana, en contra de la tentación de pasar de largo, como si esos “necesitados” no existieran, como si no tuvieran nada que ver con nosotros, como dice la parábola del buen samaritano, al referirse al sacerdote y al levita, que pasaron de largo sin querer “ver” al herido del camino, es decir, sin ver a Dios (cf. Lc 10, 30-37). No se trata sólo de ver a los pobres como puros sufrientes materiales (producto de un destino adverso, resultado colateral de una empresa victoriosa de los “vivos”…), sino de verles como “Dios”, contemplando en ellos a su Cristo, esto es, al mesías de Dios y portador de la salvación.

Esta experiencia radical de ver al Mesías de Dios (Dios mismo) en los necesitados forma parte del mensaje del evangelio, que ha sido preparado a lo largo del Antiguo Testamento (especialmente a través de los profetas) y que ha culminado en la vida y obra de Jesús, centrada en exigencia de ayuda a los enfermos y oprimidos, como indican, de una forma expresa Lc 4, 18-19 y Mt 11, 2-5.

            En contra de cierta tradición que quería que el Mesías nos hiciera capaces de ver al Dios siempre más alto y poderoso (un Dios aislado de los hombres, por encima de ellos), Jesús nos ha enseñado a verle en los hambrientos y sedientos de la tierra. Así lo ha formulado de manera clásica 1 Jn 4, 20 cuando afirma que no podemos amar al Di

Debate en el Congreso sobre la prisión permanente

El Congreso debate este martes extender la prisión permanente a los asesinos que oculten el cadáver

El Pleno del Congreso debate este martes la toma en consideración de la propuesta del PPCiudadanos y varias formaciones del grupo mixto de reforma del Código Penal para castigar con prisión permanente revisable a los asesinos que oculten el cadáver y a los que vuelvan a matar tras salir de prisión.

Un debate que comenzará en torno a las 16:00 horas, pero antes familiares de las jóvenes asesinadas Marta de Calvo, Marta del Castillo y Diana Quer comparecerán ante los medios de comunicación a las puertas de a Cámara Baja para mostrar su apoyo a la iniciativa.

El PP firma una proposición de ley para extender la prisión permanente a esos supuestos, iniciativa a la que también se suman Ciudadanos y formaciones como Coalición Canarias o Foro Asturias.

Tras destacar que la sociedad española está mayoritariamente a favor de un máximo castigo para delitos de especial gravedad y recordar el reciente aval del Tribunal Constitucional, apuestan por aplicar la prisión permanente en los casos en los que, además de un asesinato, se oculta el cadáver, causando un dolor añadido y «un daño concreto y específico» a familiares y allegados de la víctima.

A su juicio, se cumpliría así con el «efecto retributivo» de la pena, al imponer un castigo mayor al que se aplica en el caso de asesinato, y se «proporcionaría un estímulo al reo» para revelar el paradero del cuerpo.

Extender la pena a los asesinos reincidentes

Plantean además castigar con prisión permanente a los asesinos reincidentes: «Sorprende a los ciudadanos ver casos en los que un delincuente ya condenado por asesinato en el pasado vuelve a cometer tal delito al encontrarse de nuevo en libertad».

Para los impulsores de esta iniciativa, la reincidencia revela «una tendencia criminal de la que la sociedad tiene el legítimo derecho a precaverse».

En estos momentos se aplica prisión permanente en ocho supuestos: el asesinato de menor de 16 años o de una persona especialmente vulnerable; el cometido junto a un delito sexual; cuando el asesino pertenece a un grupo criminal; el asesinato múltiple; matar al rey, la reina o al príncipe o princesa de Asturias; matar a un jefe de Estado extranjero; y el genocidio y los crímenes para la humanidad.

Acarrea el cumplimiento íntegro de entre 25 y 35 años, dependiendo del tipo del delito y de si la pena es por uno o varios hechos, tras lo cual se revisará; si no se cumplen determinados requisitos para la libertad, el preso seguirá en la cárcel.

Pastoral penitenciaria

Florencio Roselló: «Cuantos más presos tenga un país, una sociedad, más evidencia su fracaso social»

«El que se les pregunte a los presos sobre la Iglesia, sobre la Jerarquía, sobre las celebraciones, sobre la idea que tienen de la Iglesia, sobre su relación con la Iglesia está resultando interesante y sorprendente. A los presos pocas veces se les pide su opinión por cualquier tema»

«Cuando una sociedad no sabe qué hacer con las personas que cometen fallos por distintas causas (droga, enfermedad mental, inmigración…) y la única solución es la prisión, algo estamos haciendo mal»

«No preguntamos a nadie por qué está en la cárcel. Nos interesa la persona y todo lo relacionado con ella, familia, situación persona. Vamos un poco contracorriente, porque la sociedad despierta y se interesa por la cárcel ante delitos mediáticos y sorprendentes, y nosotros reaccionamos ante la necesidad de la persona presa, ante sus problemas»

Por Jordi Pacheco

Cerca de 60 mil personas de promedio cumplen penas en las cárceles de España, según datos del Ministerio del Interior del año 2020. Conocemos las cifras, pero poco sabemos, en cambio, de los dramas familiares y de las necesidades que se esconden tras el mundo de las prisiones, que son las grandes silenciadas de la sociedad. En ellas realiza su labor de acompañamiento la pastoral penitenciaria a través de una extensa red de capellanes y voluntarios que, en este 2021, llevan también la voz del Sínodo a los presos en un proceso en el que, según el padreFlorencio Rosellóla Iglesia debe estar abierta a recibir respuestas, opiniones, comentarios que no tal vez no espera. De hecho, tal como confiesa este mercedario director de Pastoral Penitenciaria, ya han llegado a su departamento algunos trabajos de algunas prisiones que “sorprenden por su crítica, y también por su adhesión a la Iglesia de a pie, la que ellos conocen en prisión”.

¿Cómo es el material que han preparado desde el Departamento de Pastoral Penitenciaria para llevar el sínodo a las prisiones y cómo se pretende hacerlo llegar a los presos?

El material que se ha preparado ha sido adaptado a la realidad de los presos y de las prisiones. Hemos intentado “aterrizar” los contenidos a su realidad concreta, que en muchos casos es de nula participación en la Iglesia cuando estaba en la calle, pero que se ha acercado a la Iglesia en prisión, bien por interés (ropa, dinero, permisos, libertad…), por curiosidad o por vivencia personal, que también la hay. Los presos, como la propia sociedad, aunque no hayan participado de la vida de la Iglesia, también opinan de la Iglesia, y eso a la Pastoral Penitenciaria nos interesa, y por eso hemos adaptado este material a su realidad.

¿Cómo está siendo recibido en los centros? ¿Se ha empezado a poner en práctica? 

Ha habido que explicarles qué es un sínodo, la Sinodalidad, todo. Su experiencia eclesial y de fe es mínima, por eso hay que empezar de cero. Pero el hecho de que se les pregunte qué opinan de tal o cual tema ya es positivo. El que se les pregunte sobre la Iglesia, sobre la Jerarquía, sobre las celebraciones, sobre la idea que tienen de la Iglesia, sobre su relación con la Iglesia está resultando interesante y sorprendente. A los presos pocas veces se les pregunta su opinión por cualquier tema. 

El preso tiene dos visiones muy diferentes de la misma Iglesia, por un lado la Iglesia que ellos conocen, la Pastoral Penitenciaria que les lleva ropa, que les pone dinero en peculio, que les acoge en permisos, que les mira a los ojos…pero sobre todo que nos les juzga ni condena, esta es muy positiva; y por otro lado la Iglesia institución, jerarquía, la ven diferente, con poder y prestigio.

Como mercedario, ha dedicado su vida al mundo de las prisiones. ¿Qué le ha aportado esta experiencia al lado de quienes viven entre las cuatro paredes de la cárcel?

Ya antes de ordenarme comencé a trabajar en prisiones, y desde entonces, y son más de treinta años como sacerdote, no he dejado de pisar una cárcel ni de encontrarme a Cristo en el hombre y mujer preso. Mi relación con el preso, con la cárcel configuró mi vocación mercedaria. Hoy soy lo que soy gracias a muchos presos y presas necesitados de misericordia, pero que al final fueron ellos los que, como diría el Papa Francisco, me “misericordiaron”. Muchos sábados y domingos termino la celebración de la misa diciendo, “gracias por permitirme celebrar con vosotros/as”.

El encuentro con ellos me habla de que no soy mejor. Muchos presos tienen un gran corazón. Mucho antes que lo dijese el Papa Francisco, por los años noventa, yo ya decía “qué hubiese sido de mi vida si hubiese estado en su situación”. No soy mejor que ellos. Es injusto, pero quizás Dios me ha tratado mejor que a ellos sin yo merecerlo, y a veces me pregunto por qué.

La prisión es un modo de apartar de la sociedad a muchas personas que no han tenido suerte en sus vidas, que han nacido tal vez en un entorno favorable y han sido empujadas a una vida poco ordenada. Desde la opinión pública y desde la misma justicia, sin embargo, parece como si esto no se tuviera en cuenta, ¿qué opina?

Es triste que la única solución para muchas personas sea la cárcel. Cuantos más presos tenga un país, una sociedad, más evidencia su fracaso social. Cuando una sociedad no sabe qué hacer con las personas que cometen fallos por distintas causas (droga, enfermedad mental, inmigración…) y la única solución es la prisión, algo estamos haciendo mal. Mucho número de presos no significa mayor seguridad en la calle, sino que no sabemos abordar los problemas reales. Pues hay soluciones que no pasan por la prisión. El ingreso en la cárcel lo único que hace es alargar el problema y no solucionarlo. A la salida ese problema sale nuevamente. 

Pero también mucha gente se pregunta por la víctima del delito. Es cierto que hasta hace unos años ha sido la gran olvidada del delito y del conflicto. Pero la Iglesia cree en la Justicia Restaurativa. No hay reinserción real sin la víctima. El infractor debe conocer el daño causado y si es posible repararlo. Y la Iglesia ha participado en encuentros restaurativos donde se ha reconciliado con la víctima, y donde ha reparado el daño.

Afirma usted que la Pastoral Penitenciaria tiene la conciencia tranquila porque vive el Evangelio en primera persona, y en primera línea pastoral. En este sentido, ustedes deben de tener razones para sentirse reconfortados.

No me gusta la autocomplacencia, no soy amigo de halagos, es peligroso porque puede llevar a instalarnos y a conformarnos con poco. Mientras haya un hombre o mujer en prisión ni me puedo conformar ni tener la conciencia tranquila. Cuando digo vivimos el Evangelio en primera persona estoy diciendo que cada vez que voy a prisión me encuentro con el mismo Cristo preso, y eso para mí, como cristiano, mercedario y sacerdote, es un privilegio. Pero es cierto que nos sentimos bien, porque ir a prisión es una opción libre, evangélica y vocacional, y eso reconforta.

La Pastoral Penitenciaria no pregunta al preso qué ha hecho ni por qué está en la cárcel. Esto supone ir contracorriente, porque vivimos en una sociedad que juzga constantemente. Para construir un mundo humano y justo, ¿debemos aprender a juzgar menos y perdonar más?

No preguntamos por qué está. Nos interesa la persona y todo lo relacionado con ella, familia, situación personal…Y sí, vamos un poco contracorriente, porque la sociedad despierta y se interesa por la cárcel ante delitos mediáticos y sorprendentes, y nosotros reaccionamos ante la necesidad de la persona presa, ante sus problemas. Vivimos en una sociedad en que cada ciudadano es un juez, y tiene muy clara la sentencia ante delitos de telediario. Una sociedad que busca mayor dureza en las penas y menos oportunidades en la reinserción, aunque luego digamos que las cárceles no reinsertan, ¿una contradicción, no?. ¿Juzgar menos y perdonar más?, contesto con la reflexión del Papa Francisco cuando visita una prisión; se detiene en la puerta antes de entrar y dice “¿Por qué ellos y no yo?”, esta frase resume el ¿quién soy yo para juzgar?

¿Qué pediría a la Iglesia y a la sociedad?

Que humanicemos nuestras opiniones y reflexiones sobre los presos. Detrás de cada caso hay personas, también víctimas, hay familias que necesitan acompañamiento. Pediría a la Iglesia que sea acogedora, que tenga puertas abiertas para que el que sale de prisión, que haga efectiva la misericordia, que no confunda ni mezcle delito con pecado. A la sociedad que crea en la reinserción, que crea en las segundas oportunidades. La reinserción es un derecho constitucional recogido en el artículo 25. Hoy en día se ha democratizado mucho el perfil de los presos. En la actualidad nos encontramos presos de todos los estamentos sociales, por diferentes delitos que antes no entraban en prisión (delitos económicos; violencia de género, delitos de tráfico;…)…un día, este nuevo perfil de preso, puedes ser tú.

Tortura en la cárceles

El comité para la prevenciòn de la tortura documenta más de 20 casos de malos tratos en cárceles y comisarías españolas 

El informe correspondiente a 2020 recoge distintas actuaciones contrarias a los derechos humanos por parte de Policía Nacional, Guardia Civil o funcionarios de Prisiones. También se incluyen datos relacionados con centros de menores. 

DANILO ALBIN@DANIALRI 

Las denuncias de torturas y malos tratos en dependencias policiales, prisiones y centros de menores en España han encontrado reflejo en un informe oficial. El Comité Europeo para la Prevención de la Tortura (CPT) ha identificado una serie de vulneraciones a los derechos humanos en esos ámbitos, tal como queda expuesto en el informe sobre España que este martes ha publicado dicho organismo. 

El documento que acaba de ver la luz ha sido elaborado tras la visita realizada en septiembre de 2020 por una delegación del CPT, que «examinó el trato y las condiciones de detención de hombres y mujeres recluidos en varias prisiones y en los dos hospitales psiquiátricos penitenciarios de Alicante y Sevilla, así como en un centro de detención para menores en Algeciras». Además, «se examinó el trato y las garantías ofrecidas a las personas privadas de libertad por la Policía». 

En total, el informe documenta 21 casos de torturas o malos tratos a manos de la Policía Nacional, Guardia Civil, funcionarios de Prisiones y personal de centros de internamiento de menores. En esa línea, destaca que «la delegación del CPT recibió un número importante de denuncias de malos tratos, incluso de menores, que afectaban principalmente a la Policía Nacional». 

Un detenido por la CIA revela las torturas que sufrió en Guantánamo: «Pensé que iba a morir» 

PÚBLICO 

«Los malos tratos se infligían supuestamente como medio para obligar a los sospechosos a proporcionar información o a confesar determinados delitos o para castigarlos por el supuesto delito cometido», indica. 

Del mismo modo, «la delegación escuchó algunas denuncias de abusos verbales por parte de los agentes de policía hacia las personas detenidas, en particular los extranjeros, y de esposas excesivamente apretadas». De hecho, el informe hace referencia a varios casos de malos tratos a modo de ejemplo. 

«Es necesaria una acción concertada para abordar el problema de los malos tratos por parte de los agentes de la ley. Esto debería incluir un mensaje claro por parte del Ministro del Interior y de los líderes de la Policía de que tal comportamiento es ilegal y poco profesional, y que será sancionado en consecuencia», remarca. 

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Además, el CPT «reitera la importancia de una supervisión y formación adecuadas de los agentes de las fuerzas del orden, y de la necesidad de llevar a cabo investigaciones eficaces sobre las denuncias de malos tratos». También subraya la importancia de que las grabaciones de las cámaras de seguridad «se almacenen durante un mínimo de 30 días en todas las instalaciones de las fuerzas del orden». 

El documento recoge distintos casos concretos de malos tratos policiales. Uno de ellos, por ejemplo, relata que «un menor extranjero fue detenido a las 15.00 del 26 de septiembre de 2020 en la Casa de Campo de Madrid. Alegó que cinco policías acudieron a detener a otros menores y que se enzarzó con ellos en una discusión verbal que llevó a un agente a darle una bofetada en el cuello y tirarlo al suelo». 

«Le inmovilizaron en el suelo y un agente le puso una rodilla en la cabeza y otro en la espalda mientras le esposaban las manos a la espalda. Posteriormente, alegó que fue sometido a múltiples patadas, puñetazos y golpes de porra en varias partes de su cuerpo mientras estaba tendido en el suelo. El SAMUR que acudió́ a la comisaria observó hematomas en el codo y el hombro izquierdos, además de una excoriación (desgaste de la piel) visible en la frente», describe. 

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JAIRO VARGAS MARTÍN 

El informe recoge otro caso en Valencia, originado al parecer por una discusión con un hombre que no llevaba mascarilla y a quien «el policía le empujó contra la pared y le dio un puñetazo en la cara». «Otros agentes le agarraron de los brazos, se los retorcieron y le aplicaron las esposas con fuerza», relata. El médico del CPT «observó marcas de esposas en ambas muñecas y una hemorragia subconjuntival en el ojo izquierdo cuando el detenido fue entrevistado unas 10 horas después». 

También en Valencia, «un ciudadano extranjero con escaso nivel de español alegó que el 11 de junio de 2020 fue detenido por agentes de policía vestidos de paisano y que, una vez puesto en el suelo, le apuntaron con una pistola a la cabeza y recibieron varios golpes de porra en el cuerpo. Afirmó que le pusieron en fila con otros ocho sospechosos y le hicieron arrodillarse frente a una pared mientras le esposaban por la espalda. Posteriormente, lo llevaron a la esquina donde varios agentes le propinaron múltiples puñetazos en el cuerpo». 

Golpes a presos 

En el ámbito de Prisiones, la delegación del CPT recibió́ un gran número de alegaciones consistentes y creíbles de malos tratos físicos recientes por parte del personal, sobre todo en los módulos ordinarios denominados «conflictivos» que se consideraba que acogían a los presos más difíciles y en los módulos de régimen cerrado y departamentos especiales. 

Los reclusos que cometieron actos de autolesión, algunos de los cuales padecían una enfermedad mental, también alegaron que fueron maltratados como castigo por haberse autolesionado. 

El informe del CPT indica que «en la mayoría de los casos, los supuestos malos tratos consistían en bofetadas en la cabeza y en la parte superior del cuerpo por parte de funcionarios que llevaban guantes. Sin embargo, en cada una de las prisiones visitadas se recibieron varias denuncias mucho más graves de puñetazos, patadas y golpes con porras». 

«En varios casos, los presuntos malos tratos se aplicaron como castigo informal tras casos en los que el personal consideró que los presos habían sido desobedientes (por ejemplo, por participar en un altercado verbal, por llegar tarde al encierro o por molestar a los funcionarios durante el mismo) o tras casos de violencia entre presos», señala 

Entrevista a Núria Ortín

Núria Ortín: «Las prisiones son las grandes silenciadas de la sociedad» 

Núria Ortín. Foto: Adrián Quiroga 

Trabajar por la libertad y la dignidad de las personas son los objetivos de Obra Mercedària, una entidad con ocho siglos de historia que trabaja en sintonía con los tiempos haciendo frente a las nuevas formas de esclavitud que afectan a los colectivos más vulnerables de la sociedad 

Fundación Obra Mercedària está orientada de forma integral al mundo penitenciario. Por eso contempla el antes, el durante y el después de la cárcel. Lo primero es la prevención. «Prevenimos educando», explica Núria, «donde hay educación, herramientas, valores, hay más posibilidades de no delinquir» 

En las prisiones, el mercedario es el mediador, el vínculo entre los presos y la sociedad, la persona a la que se le pueden encargar desde pilas por un reloj hasta cigarrillos, pasando por mensajes a la familia (“di a mi madre que estoy bien”) o al abogado (“me ha llegado un papel que no entiendo qué significa”) 

Por Jordi Pacheco 

Hay diferentes hipótesis sobre el lugar de nacimiento de San Pedro Nolasco (1180-1249). Algunos historiadores le sitúan en Languedoc-Rosellón, sur de Francia; otros, en Barcelona. De lo que no cabe duda es que desde inicios del siglo XIII el santo entregó su vida y su patrimonio personal con el afán de liberar a las personas que vivían cautivas de los musulmanes. Primero lo hizo en Valencia, después, en Barcelona. 

Fue durante una noche de verano de 1218 en la ciudad condal donde, según la leyenda, se le apareció la Virgen encomendándole la creación de una orden dedicada a rescatar a los cristianos de un sufrimiento que les llevaba a perder la fe. Fruto de la experiencia nació en la Catedral de Barcelona, y con el patrocinio de Jaime I el conquistador y el obispo de Barcelona, Berenguer de Palou, la orden de la Mercè. 

Patrona de Barcelona… y de las prisiones 

«La Virgen de la Merced es patrona de Barcelona y patrona de las prisiones, pero hay muchos barceloneses que esto último no saben», advierte Núria Ortín, en la azotea del edificio que alberga la curia provincial de los mercedarios, desde donde se escuchan los chillidos de los niños de la Escola Castella. Es una mañana soleada del mes de octubre en pleno barrio del Raval, y es desde aquí que Núria dirige la Fundación Obra Mercedària, presente en 23 países, divididos en 8 provincias, 6 vicarias y 5 delegaciones. 

La orden mercedaria se distinguen de otras congregaciones religiosas por el cuarto voto, consistente en dar la vida por los demás. “Los mercedarios pagaban por el rescate. Y en los casos en los que no se llegaba a un acuerdo económico, entonces daban la vida para liberar a alguien. De esta forma se quedaron por el camino unos mil miembros de la congregación. Muy heavy”, sentencia Núria. 

Fundación Obra Mercedària está orientada de forma integral al mundo penitenciario. Por eso contempla el antes, el durante y el después de la cárcel. Lo primero es la prevención. «Prevenimos educando», explica Núria, «donde hay educación, herramientas, valores, hay más posibilidades de no delinquir«. En países del Tercer Mundo, marcados por otros tipos de problemáticas, la labor preventiva a menudo lleva a los mercedarios a rescatar a menores de las calles para evitar que acaben en prisión. 

«Lo que miran los mercedarios al entrar en un centro penitenciario son rostros humanos, almas, independientemente de su religión» 

En cuanto al período de cumplimiento de una pena, el durante, lo que miran los mercedarios al entrar en un centro penitenciario son rostros humanos, almas, independientemente de su religión. En las prisiones, el mercedario es el mediador, el vínculo entre los presos y la sociedad, la persona a la que se le pueden encargar desde pilas por un reloj hasta cigarrillos, pasando por mensajes a la familia (“di a mi madre que estoy bien”) o al abogado (“me ha llegado un papel que no entiendo qué significa”). 

Como ejemplo de la influencia de los mercedarios en las cárceles, Núria hace referencia a Wad Ras, la cárcel de mujeres de Poblenou. «En este centro» detalla, «cuando la directora, Soledad Prieto, no sabe cómo desatascar una situación, pide ayuda al Padre Jesús Roy, todo un referente del ámbito penitenciario». 

Según el Idescat, en el 2020 había cerca de 8 mil personas cumpliendo penas en las cárceles catalanas. La mayoría eran hombres, condenados por delitos como hurtos y tráfico de estupefacientes. La cifra de mujeres se sitúa en torno al medio centenar. “Los hombres delinquen más —comenta Nuria—, y al contrario que las mujeres, no tienen una red protectora entre su entorno cuando salen de prisión. La mujer siempre tiene algún pariente, la hermana, la madre, o alguna amiga”. 

Muchas mujeres delinquen por coacciones. A menudo vienen a España en avión y las utilizan como ‘mulas’, es decir, para cargar paquetes con droga. Algunas veces son conscientes de ello y otras no. La ignorancia y necesidad de buscar un futuro mejor las hacen vulnerables. 

Salir de la prisión 

El después es quizás la parte más difícil. Quien sale de prisión a menudo lo hace sin ningún tipo de apoyo familiar, económico o social. “Las cárceles —advierte Núria— son bolsas de pobreza en las que se encuentran mezclados prostitutas, delincuentes, drogadictos, alcohólicos, enfermos, personas con problemas de salud mental… Son los más repudiados de la sociedad, el último eslabón. Por eso, cuando salen a la calle no tienen nada ni nadie que les ayude a volver a un mundo que ya no conocen”. 

La sociedad se convierte en una jungla para quienes vuelven después de cumplir penitencia. “Hay personas que han pasado veinte años entre rejas y al salir no saben ni qué es un teléfono móvil, ni un billete del metro; es como volver a nacer”. Además, según Núria, muchas de estas personas salen con las facultades mentales mermadas. «Si a cualquiera de nosotros nos cerraran dos décadas entre cuatro paredes, nos quedaríamos lelos», resume. 

El proyecto de reinserción social de la Obra Mercedària, dispone de una red de pisos de acogida en España y El Salvador con capacidad para 100 plazas. En 2020 atendió a 365 personas. En estos hogares, monitorizados por profesionales y voluntarios de la fundación, los beneficiarios viven en familia con normas de convivencia y habitaciones individuales. “Vienen de ser un número, de un lugar donde les dicen cuándo y cómo hacer cada cosa; y esto hace difícil el proceso”, apunta Núria. 

“Hay personas que han pasado veinte años entre rejas y al salir no saben ni qué es un teléfono móvil, ni un billete del metro; es como volver a nacer” 

«Intentamos cuidar el tema del después, que no recaigan en el delito, algo que es fácil si no tienen acompañamiento», señala la directora de la fundación. “Cuando acompañas a alguien y lo valoras, esta persona, al no sentirse sola, se ve con ganas de salir adelante y superar las dificultades. Hay gente que lo consigue, bien porque se les da bien alguna actividad profesional como cocinar o llevar una carretilla elevadora, da igual. Que alguien te diga que vales por algo es muy valioso”. 

En la reinserción, es crucial recuperar la autoestima. En este sentido, es de gran ayuda el carácter positivo y optimista de Núria. “A veces me dicen que siempre estoy contenta y yo digo que no tengo motivos para no estarlo. Si al final puedo decidir si estar bien o mal, decido estar bien. A las personas que han pasado por prisión, esta mirada positiva se les ha ido apagando, y conviene que alguien les recuerde, para ellos es muy potente”, sostiene. 

Se trata de poner en juego todos los mecanismos para que la persona se sienta con fuerza para volver a la vida social. El soporte de la Obra Mercedaria se articula a través del PAO (Punto de Atención y Orientación) e implica piso de acogida, trámites administrativos, servicios legales y formación a través de clases de idiomas y talleres. Todo ello conforma un itinerario personalizado que la persona debe poder alcanzar en un período de un año como máximo, lo que, según confiesa Núria, no siempre ocurre: “Algunos esperan que se lo hagan todo, y eso no lo podemos permitir, debe haber un límite, una cultura del esfuerzo: les ayudamos, pero ellos deben poner de su parte”. 

Para Núria, el proceso de reinserción consiste en ir alcanzando pequeñas metas, como quitarse el carné de conducir o estudiar un curso. De esta forma quien sale de la cárcel es capaz de sentirse fuerte y creer que puede tener una salida. “La mayoría no han tenido la suerte de nacer en una buena familia, con estudios, recursos, nunca han tenido posibilidad de nada. El nuestro es un trabajo de mirada de largo recorrido. Trabajar en este contexto me ha ido bien porque yo era muy impaciente, y aquí he aprendido que en la vida todo son procesos personales, no todo es rápido, todo cuesta y cada vez que te caes, tienes que volver a levantarte”. 

Donde con muy poco se puede hacer mucho 

Núria llegó a la Obra Mercedària en 2016 después de una larga etapa como técnica en Ràdio Estel. En el mundo social, dice, “con muy poco puedes hacer mucho”, y aunque encuentra complicado trabajar en un ámbito al que casi todo el mundo da la espalda, “estar aquí es un reto y de vez en cuando aún piensas que el mundo se puede cambiar algo”. 

Su labor al frente de la fundación le ha llevado a visitar prisiones en Centroamérica y África, donde ha visto de cerca las condiciones infrahumanas de un mundo penitenciario marcado por la suciedad, la violencia, las enfermedades y la falta de higiene y de respeto. Las películas, dice, se quedan muy cortas en comparación con la realidad. 

A pesar de que últimamente se ha hablado del tema a raíz del caso de los presos políticos catalanes, para Núria, «las cárceles siguen siendo las grandes silenciadas de la sociedad». Es un mundo de sombras que asusta y del que casi nadie quiere saber nada. “Los mercedarios —dice— son seres de luz en las cárceles porque van, sobre todo, a escuchar sin juzgar. Como Obra Mercedària miramos a personas. No quiero saber lo que han hecho, si han matado o no. ¿Qué habría hecho yo si estuviera en su sitio? Hay personas realmente malas, pero son las menos. En la cárcel la gente entra por circunstancias de la vida: porque vienen de barrios y familias desestructuradas, o a menudo por problemas de salud mental. Justamente, uno de los grandes problemas que existen en las prisiones actualmente es que internos que están o deberían estar recibiendo tratamiento psiquiátrico están mezclados con el resto de reclusos”. 

«Uno de los grandes problemas que existen en las prisiones actualmente es que internos que están o deberían estar recibiendo tratamiento psiquiátrico están mezclados con el resto de reclusos» 

La última reflexión que deja Núria es que como sociedad, estamos perdiendo la capacidad de escuchar. “No sabemos ponernos en la piel del otro. Somos una sociedad egoísta, estamos demasiado ocupados mirándonos el ombligo. Estamos construyendo sociedades destructoras, cuando deberíamos hacer lo contrario: al final todos nos necesitamos unos a otros”. 

Por todo ello, la Obra Mercedària sigue dando a la gente segundas, terceras, cuartas oportunidades, las necesarias para no dejar a nadie en el suelo. “Que alguien te dé la mano para levantarte es lo mejor que puede pasarte. Cuando te apoyan te sientes más fuerte. Siempre digo que las penas, compartidas, no lo son tanto”, concluye. 

Cuando damos por terminada la conversación, Núria recibe una llamada al móvil. Al día siguiente llegarán a Barcelona el Provincial y el ecónomo de los mercedarios; vuelven de una visita a las comunidades de Mozambique y Núria tiene que ir a buscarlos al aeropuerto. De fondo, se oye aún el incesante alboroto que viene del patio de la Escola Castella.