La formación en los seminarios

La pregunta de Cristina Inogés: “¿Por qué los seminarios siguen formando en un modelo ministerial agotado?”

Por RUBÉN CRUZ

“Hay que introducir la Inteligencia Emocional en la formación de los futuros sacerdotes”, señala la teóloga española en el Congreso Internacional sobre la Problemática de los Seminarios Católicos, que se celebra en Braga

“¿No falta algo en el diseño de la formación de los futuros sacerdotes? ¿No se les sigue formando en un modelo de ministerio que está absolutamente agotado para la Iglesia, para la sociedad y para ellos mismos?”. Estas son solo algunas de las preguntas que la teóloga española Cristina Inogés se ha hecho hoy en el Congreso Internacional sobre la Problemática de los Seminarios Católicos, bajo el lema ‘Levanta tus ojos y mira’, que se celebra en Braga (Portugal) del 16 al 19 de noviembre con motivo del 450º aniversario del seminario diocesano.

Pero no se han quedado ahí sus cuestionamientos: “¿Perpetuamos el modelo de futuro sacerdote que hace aguas por diferentes vías, o planteamos un modelo nuevo, más abierto y con un entorno formativo más acorde con la realidad eclesial y social, cultural y, sobre todo humana, que se va a encontrar y en la que va a vivir?”.

Tras aludir a la crisis de los abusos en la Iglesia, ha pedido “modificar profundamente la formación de los futuros sacerdotes e introducir en ella dos elementos hasta ahora –solo tenidos en cuenta en poquísimos seminarios– más o menos inexistentes y urgentísimos: la formación psico-afectivo-sexual y la Inteligencia Emocional”.

Formación en clave sinodal

Durante su ponencia, titulada ‘¿Seguir formando en un modelo ministerial agotado?’, ha señalado que los seminarios “no deberían escapar a la reflexión que el proceso sinodal nos propone vivir”. “Por su estructura eclesiástica más que eclesial, están llamados a vivir una profunda transformación en sus estructuras, medios, métodos y enseñanzas para asegurarse que, quienes allí se forman para ejercer el ministerio, salgan preparados para ser sacerdotes del siglo XXI, en la Iglesia y en la sociedad del siglo XXI, y no copias de un modelo ministerial que pudo funcionar en su momento, pero que lleva ya mucho tiempo mostrando que está agotado”, ha remarcado.

Según la teóloga -miembro de la Comisión Metodológica del Sínodo de la Sinodalidad-, “esta forma de Iglesia que conocemos ahora hace aguas por todas partes y mantener una forma de ministerio agotado solo servirá para que la agonía sea más lenta y dolorosa”. Por eso, sostiene que “la convocatoria de este Sínodo no ha sido una ocurrencia de Francisco, un capricho, o una decisión para limpiar la fachada de la Iglesia. Se trata de la necesidad urgente de empezar a cambiar de la Iglesia de los ordenados a la Iglesia de los bautizados; de la Iglesia del yo, a la Iglesia del nosotros”.

En este sentido, ha indicado que, “si el futuro clero no se prepara, ni es preparado en clave sinodal, más vale que disfrutemos de este momento, aunque no sea muy bueno porque, de aquí a cinco o diez años, los problemas que tenemos ahora se habrán multiplicado exponencialmente y será, prácticamente imposible, hallar soluciones pastorales que no sean radicales”. Y, estas, “en el caso de que pudieran servir”, ha puntualizado.

“El desastre actual se gestó hace mucho tiempo”

Haciendo un repaso histórico, Inogés ha señalado que “el desastre actual se gestó hace mucho tiempo”. “Desde la Baja Edad Media, el clericalismo se convirtió en el gran aliado de la institución y en el gran enemigo de la Iglesia. Ese clero clericalizado, dueño y señor de la institución, pervirtió lo que curiosamente más valoraba, la figura sacerdotal, convirtiéndola en una caricatura grotesca, autoritaria, carente de toda humanidad a favor de esa institución. Y, así, el clericalismo se convirtió en el cáncer de la Iglesia. Lenta, pero insistentemente, se extendió en una metástasis imparable”, ha explicado.

Señalando las carencias en la formación de los seminaristas y, por ende, en la formación permanente del clero y de los obispos, ha insistido en que “seguimos inmersos en la gran teología que no evoluciona, ni cambia su manera de expresarse, cuando sus receptores son muy diferentes en cada generación que se sucede”. Por ejemplo, “la gran teología no aborda, porque le da mucho miedo, nada que tenga que ver con el género, porque, en la Iglesia se suele confundir género con ideología de género”, ha dicho, para luego advertir que “todavía nos movemos mucho en esa poderosa razón del ‘siempre se ha hecho así’”.

La teología femenina en los seminarios

También deberá cambiar y corregirse “la ausencia de teología femenina en las bibliotecas de los seminarios, así como en las bibliografías de las asignaturas impartidas, donde tampoco se suelen ver obras de teólogos que vayan abriendo otras vías de reflexión, porque la teología en Europa todavía cree que nada tiene que aprender de otras”, ha afirmado. “La decisión de apartar esas voces de la formación, la decisión de controlar qué leen o no los futuros sacerdotes es ya en sí misma una sutil forma de abuso de poder que silenciosa, pero insistentemente va enraizando en las personas”, ha añadido.

Asimismo, ha continuado: “En los seminarios se forma a los candidatos al sacerdocio privados de la presencia de más de la mitad de la humanidad que somos las mujeres. Y se les forma para un ministerio en el que se van a ver rodeados de mujeres dado que somos más del 80% de los miembros de la Iglesia. ¿No hay alguna incoherencia en esa ausencia?”. Y todo esto, “cuando están llamados a vivir su ministerio en una sociedad que habla con toda naturalidad, y es algo muy interesante a tener en cuenta, de las nuevas masculinidades que profundizan en aspectos muy positivos y que se oponen a un único modelo masculino rígido y bastante insensible”, ha advertido.

Según Inogés, esto, “en lugar de hacernos fruncir el ceño y pensar que son tonterías de la deriva de una sociedad narcisista, podría hacernos pensar en el modelo de vida de Jesús de Nazaret, que manifestó con su comportamiento modelos diversos de masculinidad en su muy cerrada sociedad”. Por ejemplo, “llorar abiertamente ante la tumba de Lázaro (Jn 11, 28-35), acariciar a niños (Mt 19, 13-15), hablar en público con mujeres (Jn 4, 5-43; Mt 15,21-28; Jn 11,19-27) o dejarse acariciar por la mujer que le ungió los pies con perfume (Lc 7, 36-48)”, ha subrayado.

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (6)

Todo los participantes en la Eucaristía son sacerdotes “concelebrantes”

Por Rufo González

En el artículo anterior insistía en la necesidad de resaltar el sacerdocio común más que el ministerial. Citaba la opinión de dos teólogos actuales que piden “desacerdotalizar la Iglesia Católica. La versión sacerdotal del cristianismo se ha convertido en una expresión patológica del mismo” (J. Costadoat. RD 17.02.2022. RC 19/08/2022). “Que desaparezca toda connotación `sacerdotal´ en el ministerio.. La rica teología de los evangelios sobre el pastor, puede suministrar enfoques mucho más cristianos del ministerio que esa especie de `divinización´ que sugiere el término `sacerdote´” (G. Faus. RD 01.08.2022).

El Espíritu recibido en el bautismo da acceso libre al Padre en el Hijo. Toda realidad o acontecimiento lo podemos conectar con el amor del Padre. Así hacemos puentes (somos “pontífices”) para hacer llegar su amor, y dejarnos bendecir por el mismo Dios. El papa Francisco inició su ministerio provocando el sacerdocio común: pidió con humildad “urbi et orbi” (a la ciudad y al mundo) que le bendijeran. Nos pedía ejercer nuestro sacerdocio, acceso a Dios, para que bajara a él la bendición divina (para que Dios “dijera-bien” de su ministerio). Así damos el don de Dios (sacer-dare = da lo sagrado), su Espíritu a la vida. Hoy analizamos el modo singular de ejercer el sacerdocio común en la Eucaristía.

Los clérigos han puesto resistencia a toda intromisión en lo que creen ser sus funciones exclusivas. Recuerdo el caso del párroco madrileño que se atrevió a interrumpir una misa de boda, presidida por un sacerdote de otra diócesis. Al oír invitar a toda la asamblea a decir conjuntamente las palabras finales de la plegaria eucarística: “por Cristo, con él y en él…”, se acercó a toda prisa al altar, le requisó el micrófono y dijo que aquello era ilegal y no respetaba el poder exclusivo del sacerdote a pronunciar la oración sacerdotal. El pueblo sólo podía decir “amén”. Excusó su proceder diciendo que no podía tolerar que se hiciera en su parroquia lo que él impedía a sus feligreses y le había costado esfuerzo conseguir. El presidente de la celebración lo justificó así: “el párroco organiza la vida litúrgica; sigamos su orientación obedientemente. En mi parroquia acostumbramos a decir esto todos. No hay ningún problema. Tiene razón el párroco: así es la ley litúrgica. Pero la ley puede cambiar y tiene sentido lo que les he propuesto. Todos ofrecemos al Padre la vida de Jesús y nuestra vida con él. Por eso no ofende a la fe el compartir en todo o en parte la oración sacerdotal. Compartamos, al menos, el unánime y final `amén´”.

Hoy es claro que todos somos “concelebrantes” en la eucaristía: “Quienes participan del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a ellos con Ella; así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos realizan su propia parte en la acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno de modo distinto” (LG 11). Por eso es “este sacrificio mío y vuestro”, como dice el presidente. La “Institución General del Misal Romano” aclara el papel del sacerdote “ordenado”: “En la Misa o Cena del Señor el Pueblo de Dios es reunido, bajo la presidencia del sacerdote que hace las veces de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico” (MGMR, 7). Hay ministerios distintos, pero todos sacerdotales: coro, acólitos, lectores, animadores, distribuidores de la comunión… hasta la presidencia, que simboliza a Jesús, en medio de su iglesia. Todos sirven al ejercicio del sacerdocio común, el de Cristo, el único existente.

La “presidencia” se ha apropiado, no sólo del calificativo “sacerdotal”, sino de todos los servicios, incluso de la comunidad entera. Si no hay comunidad celebrante, el clero actúa de “presidente del vacío”. Ejerce el despotismo ilustrado, el absolutismo de que “la comunidad soy yo”, celebrando a veces en soledad absoluta. Sobre todo si la misa está encargada. La comunidad se ha reducido al clericalismo presidencial. Tan absurdo como los títulos de obispos auxiliares. Al no tener comunidad exclusiva (comparte ministerio con el obispo titular), se les adjudica el título de una comunidad antigua, inexistente hoy. Así los hacen “presidentes del vacío”. Pintoresco, al menos. La comunidad cuenta tan poco… El ministerio clerical se vuelve vitalicio. Existe aunque no tenga comunidad. Claro clericalismo: los servidores se han hecho más que el “Señor” (Jn 13,16).  

El clericalismo, imperante durante siglos, se reserva el término “sacerdotal” para su función presidencial. Como se reservó la palabra “clero” sólo para ellos, “servidores” entre otros servidores del Pueblo de Dios, que es el “clero” de verdad: “porción, heredad, patrimonio, elección” de Dios (1Pe 5,3). Se resisten a llamar “sacerdotal” a la acción de la comunidad en la eucaristía. Varias veces he recordado en este blog que la traducción de la Plegaria eucarística II no es fiel al original griego, por no querer reconocer que la comunidad celebrante es “sacerdotal”. Procede de la “Tradición apostólica” (s. II-III). En este texto se llama al obispo “sumo sacerdote” en su comunidad, por presidirla. Es “primus inter pares” (primero entre iguales). El original contiene esta frase: “te damos gracias porque nos has llamado para estar ante ti y servirte como sacerdotes”. El Misal actual traduce: “te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia”.

Ciertamente se tiende a ocultar el sacerdocio de los fieles y a destacar el clerical, como único. En ambientes clericales la nomenclatura “celebrante”, “concelebrantes”, se reserva a presbíteros y obispos. La jerarquía teme perder privilegios y no dejan de reconocerse derechos a sí mismos en el control absoluto del culto, disciplina, economía… Este miedo lo camuflan con razones aparentes: por bien de la Iglesia, de la gloria de Dios… Pero a la Iglesia, al Pueblo de Dios, no le permiten ni siquiera opinar. Poca gente los cree ya. La mayoría social y cristiana piensa que pretenden mantener su situación privilegiada.

El Vaticano II abrió caminos: “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado” (SC, 30). “Que los fieles no intervengan.. como espectadores extraños y mudos…; participen la acción sagrada consciente, piadosa y activamente; sean instruidos en la palabra de Dios, alimentados con la mesa del Cuerpo del Señor; den gracias a Dios, ofreciendo la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, aprendan a ofrecerse a sí mismos…” (SC 48). La mejor celebración debería ser: “hacer lo que decimos”, vivir todos lo que estamos diciendo, lo que estamos ejerciendo.

También hay que evitar lo que aleja del misterio celebrado. El debate conciliar sobre la Constitución litúrgica aportó voces que siguen sin escucharse. El obispo chileno, Larraín Errázurir: “deseamos que eliminen totalmente del culto sagrado todos los ornamentos y apariencias externas que no aportan nada a la digna claridad y a la sobria hermosura, más aún saben de algún modo a vanidad del mundo, a grandeza inoportuna, a rica pompa. Los hombres perciben más propiamente y mejor el rostro de Dios en la pobreza, y escuchan con más propiedad y eficacia la voz de Dios en la pobreza” (F. Gil Hellín, Constitutio de Sacra Liturgia. Libreria Vaticana, Città Vaticano, 2003, p. 936). El obispo francés, luego  cardenal, Paul Gouyon, se preguntaba sobre el excesivo fasto en el culto divino. Provoca, dijo, no sólo extrañeza, sino hasta escándalo (Id. 598-599)

Encuesta a 300 clérigos y seminaristas sobre el clericalismo

El 58% de curas y seminaristas encuestados por una universidad jesuita se declaró «no heterosexual»

Clericalismo

Los teólogos de EE.UU. han estudiado las actitudes de los católicos hacia el clericalismo, y han llegado a conclusiones claras: Los sacerdotes apenas reciben apoyo para establecer una relación sana con su sexualidad. Esto fomenta el abuso

«Los nuevos modelos de sacerdocio que se centran en el empoderamiento de los laicos, el cuidado mutuo, la transparencia, la apertura y la vulnerabilidad, son cruciales para la prevención de la violencia sexual en la iglesia», subrayan los autores.

Las dimensiones importantes para el estudio del clericalismo son la sexualidad, los roles de género y el poder

Los investigadores recomiendan, por tanto, anclar el desarrollo de una sexualidad madura en la formación de sacerdotes y laicos. Todavía hay muy poca reflexión en la Iglesia sobre cómo se retratan las relaciones

El 49% de los sacerdotes y el 73% de los seminaristas encuestados dijeron que les habían aconsejado reprimir la sexualidad como estrategia para afrontar su propia sexualidad. Proporciones similares de sacerdotes y seminaristas dijeron que les resultaba difícil hablar de su sexualidad. 

Estos datos forman parte de un estudio realizado por teólogos de la Universidad jesuita de Santa Clara, donde examinan las actitudes del clero y de los laicos ante el clericalismo, entendido este «como una estructura de poder que sitúa a los sacerdotes por encima de los demás, les otorga un exceso de poder y autoridad, y limita la competencia de los laicos para actuar».

Según las conclusiones, en la formación del clero se descuida el examen de la sexualidad, los roles de género y el poder, recalcando que el clericalismo se ve favorecido por las deficiencias en la formación para una sana integración de la sexualidad, según informa a la agencia KNA.

Violencia y dominación

Otro factor fue la falta de confrontación con los roles de género. «El clericalismo se manifiesta en formas de masculinidad que se asocian en la investigación con la violencia y la dominación. El estudio llega a la conclusión de que una forma clericalista de ejercer el poder está asociada a estilos de liderazgo autoritarios y caóticos», apunta la misma fuente.

Según los autores, los abusos sexuales en la Iglesia no pueden explicarse de forma individualista por el hecho de que sólo los lleven a cabo autores individuales. «En cambio, es necesario un análisis estructural de la vida de la Iglesia. Para superar el clericalismo, se necesitan estrategias ‘anticlericalistas’, a las que hasta ahora no se ha prestado suficiente atención entre las medidas para afrontar y prevenir la violencia sexualizada en la Iglesia».

Los estudios demuestran que existe una conexión entre la falta de capacidad para hablar de la sexualidad y el abuso. También faltan enfoques sobre cómo dar forma adecuada a la intimidad y la vulnerabilidad. El tratamiento de esto debe ir más allá de establecer límites con los demás, señalan los autores.

Educación sexual

Tras la ordenación sacerdotal, muchos clérigos carecen de estrategias sobre cómo implicar más a los laicos y permitirles asumir mayores responsabilidades. «Por lo tanto, uno de los enfoques en los seminarios y facultades de teología, pero también en las parroquias, debería ser el tema del ‘empoderamiento’. Desde el punto de vista teológico -apunta el informe- hay que reforzar las imágenes del sacerdocio que se centran menos en la autoridad del clérigo individual».

Los nuevos modelos de sacerdocio

«Los nuevos modelos de sacerdocio que se centran en el empoderamiento de los laicos, el cuidado mutuo, la transparencia, la apertura y la vulnerabilidad, son cruciales para la prevención de la violencia sexual en la Iglesia», subrayan los autores.

Esto incluye también la reflexión sobre las prácticas litúrgicas. En este sentido, «el clericalismo estructural debe ser contrarrestado por prácticas litúrgicas que enfaticen la posición del sacerdote como miembro de la congregación que preside, se centren en la oración de la congregación (sacerdote y pueblo) y fomenten con alegría la participación plena, consciente y activa de todo el pueblo de Dios», dice el estudio.

«Los nuevos modelos de sacerdocio que se centran en el empoderamiento de los laicos, el cuidado mutuo, la transparencia, la apertura y la vulnerabilidad son cruciales para la prevención de la violencia sexual en la iglesia»

Dificultades para encontrar posibles encuestados

El estudio se basó en casi 300 encuestados, de los cuales aproximadamente la mitad eran clérigos, en formación para ser clérigos o religiosos. Aunque querían haber llegado a los 600 encuestados, no fue posible debido a la resistencia de las diócesis y los seminarios, lo que ha hecho que los encuestados formados en instituciones jesuitas estén sobrerrepresentados.

«Al compararlos con los egresados de otras instituciones de formación, se notan grandes diferencias: la mitad de los sacerdotes y seminaristas entrevistados afirmaron haber sido preparados adecuadamente en su formación para vivir el celibato sin negar su sexualidad; todos ellos eran egresados de instituciones jesuitas», subrayan los autores.

Muy llamativo fue el dato de que entre los encuestados, el 58% dijo no ser heterosexual (25% homosexual, 10% bisexual, 11% otro o sin respuesta), mientras que entre los encuestados laicos, el 85% se describió como heterosexual y sólo el 1% no dio ninguna indicación sobre su orientación sexual. «No se puede obviar la concentración de hombres homosexuales en el sacerdocio, ya que la mayoría de los sacerdotes son incapaces de hablar abiertamente de su orientación sexual, y algunos de ellos, consciente o inconscientemente, eligen el sacerdocio como una forma de evitar o reprimir su sexualidad, lo que dificulta extraordinariamente un enfoque saludable del celibato», señalan los autores en la información acogida por la agencia alemana.

Acabar con el clericalismo

“Cristianismo clerical, cristianismo formalista, cristianismo apagado y endurecido”

Clericalismo
Clericalismo

Contradicciones entre la palabra del Papa y la realidad eclesial (1)

«La ‘prudencia’ clerical ha apagado mucho del Espíritu: desde la libertad creativa (marginando y luego rehabilitando a teólogos, pensadores…, impidiendo reformas litúrgicas y jurídicas…), hasta el diálogo sincero, la cultura»

«Todo lo que merma el protagonismo clerical, es puesto en entredicho. Ahí están muchos de los resúmenes diocesanos presentados para el Sínodo. Siguen en ‘lo de siempre'»

Por Rufo González

La homilía pronunciada en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo (29.06.2022) gira en torno a dos ejes. Dos actitudes vividas por Pedro y Pablo. La primera es del relato de la prisión y liberación milagrosa de Pedro: “¡Levántate rápido! (Hch 12,7). La segunda es traída de la Segunda Carta a Timoteo: “He peleado el buen combate (2Tm 4,7). Hoy comentamos la primera. “`Levantarse rápido´ es una imagen significativa para la Iglesia”, afirma rotundamente el Papa Francisco. “Nosotros estamos llamados a levantarnos rápidamente para entrar en el dinamismo de la resurrección y dejarnos guiar por el Señor en los caminos que Él quiere mostrarnos”.

A continuación denuncia que la Iglesia, en vez de sumarse al dinamismo de la vida resucitada, lleva años de retraso respecto de la evolución humana, y no digamos respecto de la utopía evangélica. Bien sabe Francisco que “los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19).

Apertura de la Asamblea Sinodal en la Fundación Pablo VI
Apertura de la Asamblea Sinodal en la Fundación Pablo VI

La recomendación de “no apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías, examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1Tes 5,19-21) ha sido muy poco seguida por la cúpula eclesial. La “prudencia” clerical ha apagado mucho del Espíritu: desde la libertad creativa (marginando y luego rehabilitando a teólogos, pensadores…, impidiendo reformas litúrgicas y jurídicas…), hasta el diálogo sincero, la cultura, la democracia, el sindicalismo, el papel de la mujer, el celibato opcional…

Hoy el Papa se duele de estas actitudes eclesiales: “nos abruma la pereza y preferimos quedarnos sentados a contemplar el pasado…, no dirigimos nuestra mirada hacia nuevos horizontes”. Estamos “encadenados como Pedro en la prisión de la costumbre, asustados por los cambios, atados a la cadena de nuestras tradiciones”.

Recuerda, contemplando la escena que comenta, otra actitud eclesial, que no explica, pero que cree real: “relatar fantasías”: “Esa misma noche hay otra tentación”.Es la actuación de la criada Rode (He 12,13s) que “asustada, en lugar de abrir la puerta vuelve hacia atrás a relatar fantasías”. ¿A qué fantasías alude? ¿A las apariciones de vírgenes, santos, demonios…? ¿A las promesas que dan el cielo al que rece o haga alguna oración o actividad automática? ¿A la compra-venta de indulgencias? ¿A jubileos que aseguran “indulgencia plenaria” en virtud del “tesoro de gracia” que administran los clérigos? ¿A los encuentros más o menos folclóricos de imágenes a que se dan algunos clérigos más jóvenes? ¿A entretener a la gente con “devociones, ornamentos, consuelos vulgares”?…

Sínodo España
Sínodo España

Esta situación tiene consecuencias, reconocidas por el Papa: “nos deslizamos hacia la mediocridad espiritual… Corremos el “riesgo de `solo tratar de arreglárnoslas´ incluso en la vida pastoral… El entusiasmo por la misión disminuye… No somos  signo de vitalidad y creatividad”. Damos “impresión de tibieza e inercia”… “El Evangelio se convierte en una fe que «cae en el formalismo y cae en la costumbre, en religión de ceremonias y de devociones, de ornamentos y de consuelos vulgares… Cristianismo clerical, cristianismo formalista, cristianismo apagado y endurecido”. El Sínodo que estamos viviendo, dice el Papa, nos llama a convertirnos: “en una Iglesia que se levanta…, que no se encierra en sí misma…, capaz de mirar más allá, de salir de sus propias prisiones, de abrir las puertas”.

A partir de aquí, Francisco expone su sueño de Iglesia: – “Una Iglesia sin cadenas y sin muros”; – “todos puedan sentirse acogidos y acompañados”; – “se cultive la escucha, el diálogo, la participación, bajo la única autoridad del Espíritu Santo”; – “Una Iglesia libre y humilde”: – que “se levanta rápido”, – que “no posterga”, – que “no acumula retrasos ante los desafíos del ahora”, – que “no se detiene en los recintos sagrados”, – que “se deja animar por la pasión del Evangelio y el deseo de llegar y acoger a todos, – “vaya al cruce de las calles y lleve a ciegos, sordos, cojos, enfermos, justos, pecadores…, – que “haya lugar para todos, – que “no despida ni condene”.

Esta es la teoría, el evangelio, que enamora. Pero se queda todo en teoría. Al final el Papa deja dos preguntas para que las trabajemos. Una en singular: “¿qué puedo hacer por la Iglesia?”. Otra para las comunidades cristianas: “¿qué podemos hacer juntos, como Iglesia, para que el mundo en el que vivimos sea más humano, más justo, más solidario, más abierto a Dios y a la fraternidad entre los hombres?”.

Iglesia sinodal
Iglesia sinodal

Cualquier respuesta evangélica, de calado organizativo, pasa por el Código de Derecho canónico, lleno de “cadenas y muros”, uno de los derechos más despóticos. ¿Qué puede hacer un cristiano, ante la oligarquía clerical, por ejemplo en esta serie de temas: 1.- Democratizar la Iglesia para hacerla más comunión. 2.- Protagonismo de la comunidad. 3.- Recuperar el principio de elección de los responsables (obispos, párrocos…). 4.- Superar el divorcio entre jerarquía y fieles. 5.- Menos sacerdocio clerical y más sacerdocio común. 6.- La eucaristía, obra sacerdotal común. 7.- Voz y voto al pueblo cristiano. 8.- “Reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar, decidir”, camino de toda comunidad cristiana. 9.- Revalorizar la eucaristía como sacramento de reconciliación: Eucaristía y Penitencia, dos caminos opcionales de reconciliación. 10.- Que la “Forma C” sea un modo ordinario del sacramento de la Penitencia: como opción libre, sin necesidad de confesar los pecados tras la absolución general. 11.- Supresión del celibato obligatorio para obispos y presbíteros: La Iglesia ganaría en libertad, honradez, amor de Dios, alegría evangelizadora… 12.- Acceso de las mujeres al sacerdocio ordenado.

Estos temas están abiertos en la Iglesia. Sistemáticamente la oligarquía eclesial viene negándose a tratarlos. ¿“Les abruma la pereza y prefieren quedarse sentados a contemplar el pasado”? Cierto: “no dirigen su mirada hacia nuevos horizontes”. Están “encadenados como Pedro en la prisión de la costumbre, asustados por los cambios, atados a la cadena de sus tradiciones”. Todo lo que merma el protagonismo clerical, es puesto en entredicho. Ahí están muchos de los resúmenes diocesanos presentados para el Sínodo. Siguen en ‘lo de siempre’.

Y la Secretaría del Sínodo de la Conferencia Episcopal Española remata como insignificante lo que necesita hoy la Iglesia para recuperar la libertad evangélica y la honradez con la cultura actual: “se trata de cuestiones suscitadas solo en algunas diócesis y, en ellas, por un número reducido de grupos o personas…: la necesidad de discernir con mayor profundidad la cuestión relativa al celibato opcional en el caso de los presbíteros y a la ordenación de casados; en menor medida, ha surgido igualmente el tema de la ordenación de las mujeres…

Se detecta una clara petición de que, como Iglesia, dialoguemos sobre ellos con el fin de permitir conocer mejor el Magisterio respecto de los mismos y poder ofrecer una propuesta profética a nuestra sociedad”. La “propuesta profética” es la evangélica, concordante con el “sentido de los fieles”. No la imposición clerical. Suscribo lo que ha escrito J. Mª. Marín Sevilla: “silencian las voces disidentes especialmente cuando se trata de temas novedosos, que surgen, a mi entender de la acción del Espíritu y del discernimiento sereno y esperanzador” (RD 29.06.2022).

La pederastia, un problema de poder

[Por: Juan José Tamayo]

El negacionismo, el silencio y el ocultamiento de los crímenes de pederastia durante décadas, primero, el encubrimiento y la falta de denuncia ante los tribunales de justicia, después, y, ahora, la auditoría encargada por la Conferencia Episcopal Española (CEE) al despacho de abogados Cremades & Calvo Sotelo, cuyo presidente Javier Cremades ha reconocido su pertenencia al Opus Dei, organización eclesiástica encubridora de pederastas en su seno, son la mejor demostración del desprecio a las víctimas, de la falta de com-pasión hacia ellas por parte de la jerarquía católica española, que se convierte así en responsable y cómplice de dichos crímenes.

No vale decir que se trata de casos aislados y marginales, ni, como excusa, que la mayoría del clero católico y de los formadores de seminarios y noviciados de congregaciones religiosas han demostrado una conducta ejemplar. No, no son casos aislados y marginales, ni la pederastia es algo excepcional. Se trata de un problema estructural que debe resolverse a través de una transformación igualmente estructural de la Iglesia católica. Los pederastas dentro de la iglesia católica se ubican en el ámbito de lo sagrado, que es considerado espacio protegido, y, desde la institución eclesiástica, es excluido del ámbito cívico y se pretende blindar frente a cualquier acción judicial. Así se viene procediendo desde tiempos inmemoriales. 

La pederastia se produce en todos los espacios del poder eclesiástico y en sus dirigentes:  cardenales, arzobispos, obispos, miembros de la Curia romana, miembros de congregaciones religiosas, responsables de parroquias, capellanes de Congregaciones religiosas femeninas, profesores de colegios religiosos, formadores de seminarios y noviciados, padres espirituales, confesores, etc. Todos ellos se consideran representantes de Dios, y sus comportamientos, por muy perversos que sean, se ven legitimados por “su” Dios, el Dios varón que ellos han creado a su imagen y semejanza para ser perdonados por sus crímenes y librarse de las condenas terrenales y, a través de la absolución, también de las penas eternas. 

Este es su razonamiento: solo Dios es capaz de juzgar y, en su infinita misericordia y bondad, puede perdonar y perdona los pecados, no solo los veniales, sino también los mortales por muy graves que sean. Se crea así un cerco eclesiástico que impide llevar los casos de pederastia a los tribunales civiles.  

La raíz de la pederastia se encuentra en el poder detentado por las personas sagradas, un poder omnímodo y en todos los campos: poder sobre las conciencias que requieren de guías morales que ayuden a discernir el bien del mal, y esos guías son los representantes de Dios; poder sobre las mentes para uniformarlas sin posibilidad de disentir y para discernir la verdad de la falsedad, que llega a poner entre paréntesis la razón y reclama la iluminación de la fe bajo la guía del magisterio eclesiástico; poder sobre las almas, que, desde una antropología dualista, es lo único a salvar del ser humano; poder fálico sobre los cuerpos que se convierten en propiedad de las masculinidades sagradas, en objeto de colonización y en territorio de uso y abuso a su capricho. 

Es, en fin, un poder omnímodo, sin control de instancia humana alguna, sin equilibro de otros poderes, porque en la Iglesia católica no hay división de poderes, sino que todos están concentrados en el Papa y en sus representantes, nombrados con el dedo del Sumo Pontífice, como tampoco hay democracia que reconozca el derecho a elegir o cesar a los representantes, como tampoco reconocimiento y respeto de los derechos humanos de los cristianos dentro de la Iglesia católica.  

Pero no es un poder cualquiera, sino un poder patriarcal sobre las mujeres, los niños, las niñas, los adolescentes, los jóvenes y las personas discapacitadas. A las mujeres se les impone una moral de esclavas, que se resume en estos verbos: obedecer, someterse, soportar, aguantar, sacrificarse por, depender de, cuidar de, perdonar, renunciar, privarse de, callar. Un poder que se caracteriza por tener una organización jerárquico-piramidal donde las personas creyentes de base no tienen otra función que la de cumplir órdenes y donde las mujeres son excluidas del acceso directo a lo sagrado y de los ámbitos donde se toman las decisiones que afectan a toda la comunidad cristiana. La pederastia clerical se convierte así en la mayor perversión de la divinidad, de lo sagrado y de la religión.

¿Pueden erradicarse tamañas agresiones sexuales? Mi respuesta es negativa mientras impere en la Iglesia católica la masculinidad hegemónica convertida, además, en sagrada, y siga siendo la base del ejercicio del poder. No será posible la erradicación mientras el patriarcado sea la ideología y el orden religioso sobre el que se sustente la organización eclesiástica. Menos todavía mientras los ministerios eclesiales sean ejercidos solo por el clero y la jerarquía se apropie de la eclesialidad en exclusiva. 

Sí es posible la erradicación de la pederastia si se de-construye la actual estructura doctrinal, organizativa, legislativa autoritaria, patriarcal, homófoba, sexista, estamental y clerical, se produce un cambio de paradigma, una verdadera eclesiogénesis (Leonardo Boff) y se cambia la imagen del Dios padre padrone, porque como afirma Rafael Sánchez Ferlosio, si no cambian los dioses no cambiará nada.

La revolución de la Iglesia en Alemania

Sínodo alemán
Sínodo alemán

«¿Qué ha pasado o está pasando en Alemania para que, cinco siglos después de la reforma luterana, vuelvan a sonar tambores en estas tierras»

«Hay otras propuestas que, referidas, por ejemplo, al celibato opcional de los curas, a la homosexualidad o al sacerdocio de las mujeres han de ser debatidas y, si fuera el caso, votadas de nuevo en otro foro en el que se encuentren -al menos, representadas- todas las diócesis del mundo»

«Y, en segundo lugar, la moral sexual, sobre todo, en lo referente a la homosexualidad y a la disciplina del celibato»

Por | Jesús Martínez Gordo teólogo

Para algunos curialistas vaticanos, los obispos y católicos alemanes -habiendo puesto en marcha conjuntamente un “Camino Sinodal vinculante”- estarían aprovechándose del llamado Informe MHG sobre la pederastia eclesial y, a la vez, rompiendo con el modelo de Iglesia que -durante siglos- ha venido siendo tradicional, así como arriesgando su unidad con las cerca de 6.000 diócesis dispersas por el mundo.

Para otros, menos temerosos, es cierto que en dicho “Camino Sinodal vinculante” se están debatiendo, votando y aprobando importantes propuestas que, de hecho, suponen una redefinición del sacerdocio; de la presencia de la mujer en la Iglesia; del poder y de su ejercicio en el seno de la institución y también de la moral sexual. Pero no peligra, de ninguna manera, la comunión de esta Iglesia, sencillamente porque tienen muy claro que hay resoluciones que -si son aprobadas- pueden ser implementadas en las respectivas diócesis o por la Conferencia Episcopal del país sin comprometer, para nada, dicha unidad.

Sínodo alemán

E, igualmente, que hay otras que, referidas, por ejemplo, al celibato opcional de los curas, a la homosexualidad o al sacerdocio de las mujeres han de ser debatidas y, si fuera el caso, votadas de nuevo en otro foro en el que se encuentren -al menos, representadas- todas las diócesis del mundo. Ello explica que los obispos alemanes se hayan comprometido a presentar y defender en el próximo Sínodo Mundial, a celebrar en Roma, durante el mes de octubre de 2023, estas u otras propuestas, en el caso de que sean admitidas por el “Camino Sinodal” que, previsiblemente, se clausurará el próximo mes de septiembre en Frankfurt.

¿Qué ha pasado o está pasando en Alemania para que, cinco siglos después de la reforma luterana, vuelvan a sonar tambores en estas tierras, según unos, de una posible separación cismática y, según otros, de la ineludible e imperiosa superación de un modelo de Iglesia que, heredado del concilio de Trento (1545-1563), resulta irrelevante para la causa del Evangelio?

La respuesta es, por mucho que pueda disgustar a no pocos, el Informe que, encargado en 2014 por la Conferencia Episcopal Alemana a las universidades de Mannheim, Heidelberg y Giessen –y conocido como MHG, por las iniciales de tales universidades- tenía que investigar la implicación de sacerdotes, diáconos y religiosos varones en el abuso sexual de menores de 1946 a 2014. Los obispos alemanes, encomendando esta investigación a un equipo externo, buscaban obtener una información, lo más veraz posible, sobre este lado oscuro de la Iglesia, tanto por el bien de los afectados como para tomar -una vez detectados los errores cometidos- las decisiones que fueran necesarias y evitar que se repitieran dichos comportamientos. Los resultados son de sobra conocidos. En el Informe, publicado después de cuatro años de investigación, se identificaron a 1.670 clérigos abusadores sexuales de menores (el 4,4 % de todos los de ese período) y a 3.677 víctimas. 

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Y, continuando con la tarea asignada, indicaron, como causas de tales delitos, en primer lugar, el clericalismo que, activado y facilitado por un “sistema jerárquico-autoritario”, lleva al dominio de los consagrados sobre los no consagrados y los sitúa en una posición de superioridad, siendo el abuso sexual una consecuencia extrema de ello. Una Iglesia con este perfil, se sostiene en el Informe, sanciona o traslada a los culpables y encubre u oculta los hechos, bloquea su divulgación y no tiene en cuenta a los menores abusados. Procediendo de esta manera, no solo estamos ante comportamientos equivocados de individuos aislados, sino ante un problema estructural y sistémico que urge atajar

Y, en segundo lugar, la moral sexual, sobre todo, en lo referente a la homosexualidad y a la disciplina del celibato. Si bien es cierto, se puede leer, que ni la disciplina del celibato ni la homosexualidad son -a la luz de la investigación realizada- factores de riesgo de abuso sexual, también lo es que urge reconsiderar la postura, fundamentalmente adversa, de la Iglesia Católica ante la ordenación de hombres homosexuales y propiciar la creación de un ambiente abierto y tolerante, así como cuidar, mucho mejor que hasta el presente, la voluntariedad y madurez  de quienes optan por llevar una vida célibe. 

He aquí los datos y causas más importantes que, con una batería de recomendaciones, se encuentran  en el origen del llamado “Camino Sinodal vinculante” alemán, acordado en julio de 2019 por la Conferencia Episcopal Alemana y el Comité Central de los Católicos Alemanes e inaugurado el 1 de diciembre del mismo año. Desde entonces, se viene debatiendo y formulando propuestas sobre el desmantelamiento de las estructuras de poder y clericales de la Iglesia; la participación equitativa de laicos y personas consagradas en su dirección; la abolición del celibato obligatorio o el acceso de las mujeres a todas las funciones eclesiásticas para colocarlas en igualdad de condiciones con los varones y un largo etcétera.

La sinodalidad es el ADN de la Iglesia

«La sinodalidad es el ADN de la Iglesia», recalcan en su mensaje para Pentecostés

Los obispos españoles admiten que «el clericalismo es uno de los problemas más serios que existe en nuestra Iglesia actual»

Laicos en la Iglesia

«La vocación laical no es una vocación residual, ni hay que considerar al laico como un cristiano de segunda, ni un actor de reparto, sino protagonista de la misión evangelizadora de la Iglesia, junto a los pastores y la vida consagrada»

«Sigamos construyendo juntos. Sigamos creyendo que los sueños se construyen juntos, desde la fraternidad, la comunión eclesial. La sinodalidad consiste en ir creando un “nosotros” eclesial compartido, es decir, que todos sintamos como propia la biografía de la Iglesia»

«Debemos abandonar el criterio pastoral del «siempre se ha hecho así» y tenemos que reinventarnos, ser creativos, imaginativos…»

Por Jesús Bastante

«Sigamos construyendo juntos. Sigamos creyendo que los sueños se construyen juntos, desde la fraternidad, la comunión eclesial. La sinodalidad consiste en ir creando un “nosotros” eclesial compartido, es decir, que todos sintamos como propia la biografía de la Iglesia». En su mensaje para Pentecostés, que lleva por título ‘Sigamos construyendo juntos. El Espíritu Santo nos necesita’, los obispos destacan «el papel fundamental» del laicado en la transmisión del Evangelio, en mitad del «gran reto y desafío pastoral de la sinodalidad» y del proceso sinodal que, justo este mes de junio, tiene uno de sus momentos cumbre con la reunión el 11 de junio de los delegados de todas las diócesis.

Antes, Pentecostés, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, instituciones de marcado carácter sinodal. Y es que, sostiene la nota, «la sinodalidad expresa la naturaleza de la Iglesia, es su dimensión constitutiva. No nos referimos a algo accidental, secundario, sino al ADN de la Iglesia», más allá de «una reflexión teórica».

La vocación del laico no es residual

«La vocación laical no es una vocación residual, ni hay que considerar al laico como un cristiano de segunda, ni un actor de reparto, sino protagonista de la misión evangelizadora de la Iglesia, junto a los pastores y la vida consagrada», sostiene el mensaje de la CEE, que insiste en que «los laicos no están en la Iglesia para pedir a los párrocos o a los obispos que les atribuyan funciones».

Mensaje de los obispos españoles

«No se trata de ejercer un poder o de ocupar espacios en las estructuras eclesiásticas, sino que la participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia brota del sacramento del bautismo, desde donde descubren su vocación a ser misión, enviados, sin olvidar que, como afirma el Concilio Vaticano II, lo propio y peculiar de los laicos es su compromiso en el mundo», recalcan, abundando en que «una Iglesia sinodal es aquella en la que la Iglesia reconozca a los laicos y los laicos se reconozcan Iglesia, evitando caer en el clericalismo, que es uno de los problemas más serios que existe en nuestra Iglesia actual».

Este proceso sinodal, añaden, «nos debe llevar a vivir más intensamente la comunión y a promover espacios en los que todos nos sintamos protagonistas de la vida de la Iglesia y de su vocación misionera». Para ello proponen «diálogo profundo y escucha mutua», dos cualidades que no siempre han estado presentes en la relación de la jerarquía eclesiástica española con el mundo. Y con los fieles.

Nadie se salva solo

«En estos tiempos, marcados aún por la pandemia y por el drama de la guerra, por la inestabilidad económica, recibimos una llamada urgente a descubrir que nadie se salva solo, porque estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia, pero sobre todo que nadie se salva sin Dios», añade el mensaje, que recuerda que, también, el proceso sinodal es «un proceso espiritual y está orientado al discernimiento», porque «el Espíritu Santo es el garante de la comunión, de la unidad que no es igual a uniformidad, sino que se expresa en la diversidad que nos conduce a la complementariedad».

«La sinodalidad eclesial no es solo una cuestión organizativa, sino que su finalidad es relanzar el sueño misionero, es la evangelización», recalca el mensaje de la CEE, que concluye reclamando cambiar el modo de actuar, sin «mirar hacia atrás con añoranza, con nostalgia del pasado». «Debemos abandonar el criterio pastoral del «siempre se ha hecho así» y tenemos que reinventarnos, ser creativos, imaginativos…».

«Estamos ante la posibilidad de un cambio profundo (…). La tarea es enorme, sus contornos no están totalmente definidos; no conocemos por dónde y cómo discurrirá este camino. No sabemos qué nos aguarda»

«Estamos ante la posibilidad de un cambio profundo (…). La tarea es enorme, sus contornos no están totalmente definidos; no conocemos por dónde y cómo discurrirá este camino. No sabemos qué nos aguarda. Solo que debemos ponernos en camino porque el Espíritu Santo nos necesita, nos llama a escuchar, discernir y seguir construyendo juntos un Pueblo de Dios en salida, que anuncie el Evangelio con alegría y sea fuente de esperanza en el momento actual», finaliza el documento, firmado por el presidente de la comisión y arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano, y de la que forman parte Mazuelos, Reig, Gil Hellín, Pérez Pueyo, Santos Montoya, Arturo Ros, Jesús Orozco y Antonio Gómez Cantero, junto a Saiz Meneses y Sergi Gordo.

Manifiesto de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia

«Imaginamos y construimos una Iglesia nueva, donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo»

"Imaginamos y construimos una Iglesia nueva, donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo"
«Imaginamos y construimos una Iglesia nueva, donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo»

«Venimos de una larga tradición feminista que ha luchado por la dignidad de las mujeres, que ha exigido la igualdad de derechos, poder votar, libertad sexual y reproductiva, y en el siglo XXI se reconoce diversa, se muestra con una fuerza joven y renovada, y hoy volvemos a salir a la calle para alzar la voz y decir ¡Basta!»

«Son incontables las congregaciones de religiosas que trabajan día a día por los derechos de los más vulnerables. ¿Quién constituye una parte importante de la Iglesia en el siglo XXI? ¡Nosotras!»

«Decimos basta a que se nos niegue el sacerdocio debido a nuestro cuerpo, un cuerpo que siempre está bajo sospecha»»Basta a una imagen de un Dios exclusivamente masculino»

06.03.2022

En el marco de las jornadas feministas del 8 de marzo, las mujeres creyentes, de movimientos y comunidades, salimos a la calle para alzar nuestra voz y decir que queremos estar en la Iglesia ¡con voz y voto!

VENIMOS DE LEJOS.

– Venimos de una larga tradición feminista que ha luchado por la dignidad de las mujeres, que ha exigido la igualdad de derechos, poder votar, libertad sexual y reproductiva, y en el siglo XXI se reconoce diversa, se muestra con una fuerza joven y renovada, y hoy volvemos a salir a la calle para alzar la voz y decir ¡Basta!

– Venimos de las mujeres valientes y libres de las primeras comunidades cristianas, y de todas las que a lo largo de la historia se han negado a quedar recluidas en los roles secundarios e invisibles a que la tradición eclesial y teológica las quería someter.

– Venimos de la buena noticia de un Jesús que transgrede las normas de una sociedad profundamente patriarcal. Venimos de una Iglesia que en sus inicios hizo de la igualdad entre hombres y mujeres, una de las aportaciones más radicales del cristianismo a la historia de la humanidad. ¡Recuperémosla!

Venimos de una Iglesia que en sus inicios hizo de la igualdad entre hombres y mujeres, una de las aportaciones más radicales del cristianismo a la historia de la humanidad. ¡Recuperémosla!

SOMOS MUCHAS

– Somos muchas las que en todo el mundo alzamos la voz. Somos mayoría en las tareas de voluntariado, en las celebraciones religiosas, como catequistas, en los consejos parroquiales, somos muchas en los movimientos, asociaciones, centros recreativos y en el mundo educativo de la infancia y juventud.

– Son incontables las congregaciones de religiosas que trabajan día a día por los derechos de los más vulnerables. ¿Quién constituye una parte importante de la Iglesia en el siglo XXI? ¡Nosotras!

DECIMOS BASTA

– Decimos basta a ser invisibilizadas y silenciadas.

– Decimos basta a ser tratadas con condescendencia como si fuéramos menores de edad. Decimos basta a la discriminación por razón del sexo o del género.

– ¿Cuántas mujeres vemos representando la institución? ¿Cuántas pueden tomar parte en la toma de las decisiones? ¿Cuántas teólogas trabajan en las facultades de teología, cuántas acompañan espiritualmente, cuántas son formadoras de los seminarios?

¿Cuántas mujeres vemos representando la institución? ¿Cuántas pueden tomar parte en la toma de las decisiones? ¿Cuántas teólogas trabajan en las facultades de teología, cuántas acompañan espiritualmente, cuántas son formadoras de los seminarios?

– Decimos basta a que se nos niegue el sacerdocio debido a nuestro cuerpo, un cuerpo que siempre está bajo sospecha.

– Basta a una visión negativa de la sexualidad, que crea sufrimiento.

– Basta a una imagen de un Dios exclusivamente masculino.

IMAGINAMOS Y CONSTRUIMOS UNA IGLESIA NUEVA

– Una Iglesia que es comunidad de iguales, donde la mujer es reconocida como sujeto de pleno derecho, con voz y voto en todas partes, donde la mujer es valorada por los propios talentos, carismas y aportaciones a las comunidades.

– Una Iglesia donde el liderazgo es compartido entre mujeres y hombres, laicos, laicas, personas consagradas y sacerdotes. Una iglesia paritaria, más plural y menos jerárquica.

– Una Iglesia que acompaña sin juzgar toda la diversidad de las familias, de identidades y orientaciones sexuales.

– Una Iglesia donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo. Una Iglesia que ya hoy es semilla de futuro.

– Venimos de lejos, somos muchas, y alzamos la voz para decir basta y exigir una Iglesia nueva que este 6 de marzo de 2022 da un nuevo paso adelante

¿Clericalismo laico?

José Ignacio González Faus,

Recomiendo al lector una espléndida novela (Como polvo en el viento) del cubano Leonardo Padura (con algún premio ya en su haber) que toca el tema de los emigrados de Cuba. Una pequeña parte de ella transcurre en Cataluña, donde un médico cubano, que dejó a su esposa Clara e hijos en la Habana, ha encontrado trabajo en Barcelona, junto a una Montse millonaria, (“mejor que Clara en la cama”), y tiene doble vivienda: una en Barcelona y la otra en Segur de Calafell, acabadita de construir cara al mar. Pero todo esto es secundario: lo que le satisface más, y le comenta a otro inmigrante cubano no tan afortunado es que: “en el hospital todo el mundo me llama Señor Doctor, o Profesor; no compañero como en La Habana”.

   Primera reflexión. La igualdad puede ser una grandísima virtud, pero solo cuando surge espontánea, no cuando es impuesta. La igualdad impuesta se deforma. Ya conté otra vez una conversación en la Nicaragua de 1980, con un sandinismo recién restrenado y sonoras proclamaciones de que habían terminado para siempre las inicuas desigualdades somocistas. No recuerdo el episodio que comentábamos, pero sí que mi interlocutor exclamó levantando un poco la voz: “el hijoputa del compañero hizo esto o aquello”. Otra vez: el compañerismo impuesto se falsifica; porque todos aspiramos consciente o inconscientemente a aquel final de la novela 1984 de Orwell: “todos los hombres son iguales; pero unos más que otros”.

Segunda reflexión.- Ese médico que ahora vive en la abundancia tuvo una infancia de lo más miserable, pero pudo tener escuela y estudiar medicina gracias al régimen socialista del que ahora ha huido. No es un caso único: tengo recogido el testimonio de una señora venezolana que decía: “antes era muy pobre y votaba a Chávez, con él salí de la pobreza y ahora voto a la derecha” (y aclaro que estoy hablando de Chávez, no de su Inmaduro sucesor). Un personaje de novela y otro real; pero no hay que criticarlos porque esa es nuestra pasta humana: “todos iguales, pero unos más que otros”…

Aquí estuvo el gran fallo de don Carlos Marx que era tan buen analista económico como mal ateo: pues era un gran supersticioso, que creía a pie juntillas en que la constitución dialéctica de la materia hacía que, con solo cambiar las estructuras, ya cambiaban automáticamente las personas y no eran necesarios mandamientos de amor al prójimo. En los años finales del franquismo, en aquellos partidos clandestinos (heroicos por otra parte): PSUC, Bandera Roja, LCR…, militaban muchos marxistas y varios cristianos, curas incluidos. La eterna discusión entre ambos era si había que cambiar las estructuras o había que cambiar a las personas: según unos, cambiando las estructuras ya cambiarían las personas, según otros, solo personas cambiadas podrían cambiar bien las estructuras.

El resultado ya es sabido: los países socialistas cambiaron las estructuras, pero no lograron cambiar a las personas que seguían aspirando a ser “más iguales que otros” y a que les trataran de señor doctor y no de simple compañero. Esta ha sido la razón principal de su fracaso. Pero han fracasado también y con igual rotundidad los países capitalistas que, por más que hagan rotundas declaraciones de derechos humanos, después las leen así: “todos los hombres tienen derecho a la vivienda, pero unos más que otros. Todos tienen derecho al trabajo digno, pero unos más digno que otros. Todos tienen derecho a la educación y al alimento, pero unos mejor que otros. Y todos tienen derecho a emigrar, pero unos menos que otros. Los derechos humanos son universales, pero para unos más que para otros…”.

En total: unos países producen mucho, pero a condición de no repartir y otros quieren repartir pero no producen casi nada. Y cada cual, como decía Jesús, mirando solo la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el prójimo. Porque también pertenece a la pasta humana el que tengamos dos medidas: una para mí y lo mío y otra para los demás.

Tercera reflexión.- El problema no es solo de convivencia laica: la España de Franco era “muy católica” porque a los curas se les llamaba Reverendo Padre (y a los obispos Excelencia), por más que eso contradiga todas las enseñanzas de Jesús y del Nuevo Testamento. Así llegamos a esa situación en la que Francisco ha declarado al clericalismo como una de las mayores plagas de la Iglesia: fuente de desigualdades y privilegios contrarios a la fraternidad cristiana. Y ha resultado pionero: porque ningún gobernante ha declarado todavía que tratar a los parlamentarios, no de Excelencia pero sí de Señoría es una de las plagas de nuestra democracia, fuente de un clericalismo laico.

Y es que los reconocimientos de dignidad solo valen cuando brotan espontáneamente del otro, y uno procura rechazarlos agradecido. En cambio, las apelaciones y exigencias de igualdad, solo valen cuando nos brotan espontáneamente de dentro; no cuando alguien nos las impone.

Pero mucho hemos de cambiar todavía para que eso nos nazca sinceramente de dentro. Y mucho preguntarnos cómo se consigue ese cambio que nos lleva a un “hombre nuevo” y no a un escepticismo estéril frente a la historia, que nos vuelve más egoístas. Como cristiano, me atrevo a sugerir que el seguimiento de Jesús es el mejor camino que conozco para intentar eso. Porque, si todas las vidas humanas no son más que “polvo en el viento” (título y conclusión de la novela comentada) ¿qué más da entonces que unas motas de polvo sean más grandes o más oscurias que las otras?

NOTA BENE:

Puede ayudar saber que la palabra griega kleros, no significa clero sino suerte o parte de una herencia. Así la usa el Nuevo Testamento referida a todos los cristianos: “Damos gracias al Padre porque nos ha posibilitado compartir la herencia del pueblo santo” (Col 1, 15). Cuando la iglesia creció y necesitó estructurarse, echó mano acríticamente del Antiguo Testamento, y aplicó a los servidores eclesiásticos la palabra sacerdote, que el Nuevo Testamento nunca les había aplicado, porque es título de gran dignidad que solo puede darse a Cristo. De este modo, el ministerio eclesiástico se sacralizó, se revistió de gran dignidad, y se le aplicó en exclusiva la palabra kleros, como si fuesen los únicos partícipes de esa suerte divina. El clericalismo designa así una situación de dignidad y de superioridad, merecedora de toda clase de privilegios. Buena parte de los dramas de abusos, parecen haber derivado de aquí.

La desclericalización de la Iglesia

Ramón Sarmiento: «El autor de «Episodios anticlericales» considera que la desclericalización de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente»

Antonio Aradillas
Antonio Aradillas

«El autor de ‘Episodios anticlericales’ es un experimentado usuario de la lengua escrita y un profesional modélico del periodismo religioso que la Iglesia española posconciliar no ha sabido valorar ni ha acertado a integrar y, por ello, está en deuda permanente con él»

«Antonio Aradillas ha sido y es, sobre todo, un ‘cura de profesión’; no un clérigo, casta fustigada por Jesús en su visita al Templo, sino un buen samaritano»

«La obra Episodios anticlericales es fruto de una voz libre, lúcida y crítica que a sus 93 años sigue luchando todas las mañanas»

«Después de una lectura fácil y repleta de tantas y tan buenas anécdotas, pienso que las experiencias de la vida son el mejor testimonio de firmeza en la fe»

Por Ramón Sarmiento

Episodios anticlericales es el título del libro que Antonio Aradillas acaba de publicar en Ed. Autografía de Barcelona. Consta de 266 páginas en edición esmerada y con letra bien legible, redactadas en un estilo ameno y distribuidas en 66 episodios de fácil lectura.

El autor es un experimentado usuario de la lengua escrita y un profesional modélico del periodismo religioso que la Iglesia española posconciliar no ha sabido valorar ni ha acertado a integrar y, por ello, está en deuda permanente con él. Porque Antonio Aradillas ha sido y es, sobre todo, un “cura de profesión”; no un clérigo, casta fustigada por Jesús en su visita al Templo, sino un buen samaritano que a lo largo del camino recorrido ha ido sanando cuantas heridas humanas ha podido y ha saciado la sed espiritual de quienes se han acercado a él.

La obra Episodios anticlericales es fruto de una voz libre, lúcida y crítica que a sus 93 años sigue luchando todas las mañanas -ora et labora-para que cada ocaso pueda alumbrar a la Iglesia un nuevo día mejor, más justo y acorde con el evangelio de Jesús. Como escribió José Manuel Vidal, «la llegada de la primavera de Francisco le pilló donde siempre estuvo: en la Iglesia samaritana, abierta y evangélica». Estas páginas son el testimonio generoso de una voz autorizada, según el padre Ángel, la de «un cura valiente y libre, de un cura como la copa de un pino, incansable y comprometido: de los de Francisco, de los que han permanecido fieles al Concilio Vaticano II».

En Episodios anticlericales se narran y describen episódicamente los conflictos religiosos, ideológicos y sociales que en la Iglesia española posconciliar han ido estallando hasta hoy como si de una secuencia de bombas minuciosamente programadas se tratara. Es una obra muy elaborada y profunda, pero de fácil comprensión, que por asonancia recuerda los otros Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.

En ambos casos, episodio indica «un incidente, suceso enlazado con otro que forman un todo o conjunto». Pero en Galdós, los episodios giran entorno a un personaje de ficción que funciona a modo de hilo conductor de cada una de las cinco series de los episodios históricos que se van narrando; en Aradillas, en cambio, el hilo narrativo-descriptivo es su viacrucis personal, su vida religiosa y la de sus colegas y algunas situaciones en las que tanto colectiva como individualmente se ha visto involucrado y que va desgranando en los sesenta y seis acontecimientos anticlericales.

Estos episodios los califica el autor como anticlericales en consonancia con su convicción personal proclamada: «He sido, soy y seré anticlerical por la gracia de Dios». Según el diccionario español de Oxford, anticlerical es un adjetivo que sirve para describir a quien es «contrario a la intervención de la Iglesia en la sociedad». En efecto, los adjetivos clerical y anticlerical están utilizados por Aradillas como clave interpretativa y descriptiva de los acontecimientos de singular relevancia que desde su perspectiva personal han marcado la convivencia de la Iglesia y la sociedad española. 

El argumentario con que se inicia la obra está inspirado en la calificación de intolerable que el papa Francisco aplicó al clericalismo persistente hoy en la Iglesia, en tanto influencia excesiva del clero en la sociedad o su sumisión al clero. En efecto, este hecho es el que ha inducido a muchos, dentro y fuera de la Institución, a identificar Iglesia con Jerarquía en sus variopintas versiones de títulos, colorines y reverencias.

En este estado de cosas, los laicos y las laicas-etimológicamente, analfabetos,-as poco o nada tienen de Iglesia ni en la práctica ni en la realidad pastoral o canónica. Por ello, la desclericalización hoy de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente. Sin laicos, feligreses o fieles no hay Iglesia. Es más, -escribe Aradillas-: «por mucha piedad o comprensión con que se quiera presentar a la Iglesia-Institución actual, no la reconocería ni su Fundador».

Clericalismo

Los episodios anticlericales recogidos en estas paginas se focalizan principalmente sobre diez grandes núcleos temáticos: la riqueza de la iglesia, el sistema jerárquico, la curia romana y las diocesanas, la falta de democracia interna, la sagrada liturgia, la pederastia sacerdotal, la discriminación de la mujer, los tribunales eclesiásticos, desclericalización episcopal, la iglesia que se acaba. 

La Iglesia tiene que verse reflejada en la pobreza del portal de Belén y debiera de inspirase en la humildad del pesebre. No es un hotel de cinco estrellas ni un palacio (casa suntuosa destinada a ser habitación de grandes personajes), sino algo terrenalmente accesible (del latín humus) para permitir el descubrimiento de la verdad existencial y franciscana lejos de la vorágine de las alturas sociales.

El carrerismo y la burocracia, los nombramientos y los grados, el amiguismo y el sobrinazgo no son razones para acceder a cargos y a puestos eclesiásticos en esta vida y menos en la otra. No es posible aseverar con decencia intelectual y fe religiosa que esto sea connatural a la Institución. Debe ser replanteado.

La Iglesia jerárquica se está acabando por ser manifiestamente incompatible con «servicio sagrado al pueblo» y menos haciendo uso de símbolos de raigambre pagana con los que representan y actúan y mucho más acentuado aún en los usos de lenguaje ajenos a la religión, como entronización y tratamientos de otra época. Todo ello requiere una refundación, una reforma urgente de la Curia para homologarla con el Evangelio. Pues, con exclusión de algunos de sus servidores y funcionarios, ni la Curia romana ni las diocesanas son portadoras hoy de métodos ni de esperanzas evangélicas. Casi todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

La Iglesia discrimina a la mujer. Es antihumano, anticristiano y antidemocrático. La mitad de la iglesia – madre, esposa o hermana- por el hecho de ser mujer no puede ser excluida. Fueron las únicas personas que acompañaron a Jesús sin defección hasta el ultimo suspiro en la Cruz y las primeras en descubrir el sepulcro vacío al día siguiente. Son mártires del machismo inveterado, añade el autor.

La Iglesia ha de exigir a los obispos y a cuantos configuran sus perfiles oficiales prescindir en la liturgia de la parafernalia de elementos que distraen y nada añaden catequéticamente para las nuevas generaciones. Solo así se explica que, a las catedrales, a las iglesias vacías y a las de la España vaciada más aún, ya solo acudan las cigüeñas para anidar en sus espadañas que cobijan campanas silenciadas. Y la culpa no es del gobierno.

Los tribunales eclesiásticos forman un capítulo aparte en esta obra elocuentemente ilustrativo de cómo no debe aplicarse la justicia que no es divina ni humana. «Sin justicia y más si esta no es reflejo fiel del evangelio, no hay Iglesia de Cristo», escribe Antonio Aradillas, quien ha sido víctima de la injusticia eclesiástica y a quien en 1982 el cardenal Enrique Tarancón hubo de levantarle la sanción canónica que le había sido impuesta por informar en Sábado Gráfico bajo el título: “Madrid, ¡matrimonio religioso de un cura!”.

 En consecuencia, el autor considera que la desclericalización de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente, recurriendo a palabras del papa Francisco. Porque una Institución sin feligreses, fieles o laicos no es una Iglesia, sino otra cosa de la que Jesús ya prescindió. No es de extrañar, pues, que la mirada que sobre la Iglesia actual reflejan estos episodios sea tan combativa como escéptica, tan cargada de razones para creer como fatigada del ejercicio de la fe.

Y esta posición de Aradillas también crítica y amorosa quizás la pueda reflejar mejor estos dos sintagmas de un verso del poeta Ángel González «vivir sin esperanza, con convencimiento», entre los cuales no existe la conjunción copulativa, pero, sino una coma que hace todavía más complicada la interpretación. Porque vivir sin esperanza supone hacerlo sin expectativas, y vivir con convencimiento implica saber que nuestra palabra significa algo y que hay que actuar en consecuencia.

Después de una lectura fácil y repleta de tantas y tan buenas anécdotas, pienso que las experiencias de la vida son el mejor testimonio de firmeza en la fe. Solo me queda la admiración personal por quien ha alcanzado la alta cumbre de fray Luis de León y se encuentra en plenitud de fuerzas y gozando de una agilidad mental admirable para seguir en activo a su edad. Así el libro termina con esta reflexión personal suya: “Y, si se es feliz de verdad, no es posible conjugar el verbo someter ni por activa ni por pasiva. Es palabra de Dios, ‘ejemplo de Jesús y testimonio viviente del papa Francisco, fervoroso devoto de los líos’”.