La revolución de la Iglesia en Alemania

Sínodo alemán
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«¿Qué ha pasado o está pasando en Alemania para que, cinco siglos después de la reforma luterana, vuelvan a sonar tambores en estas tierras»

«Hay otras propuestas que, referidas, por ejemplo, al celibato opcional de los curas, a la homosexualidad o al sacerdocio de las mujeres han de ser debatidas y, si fuera el caso, votadas de nuevo en otro foro en el que se encuentren -al menos, representadas- todas las diócesis del mundo»

«Y, en segundo lugar, la moral sexual, sobre todo, en lo referente a la homosexualidad y a la disciplina del celibato»

Por | Jesús Martínez Gordo teólogo

Para algunos curialistas vaticanos, los obispos y católicos alemanes -habiendo puesto en marcha conjuntamente un “Camino Sinodal vinculante”- estarían aprovechándose del llamado Informe MHG sobre la pederastia eclesial y, a la vez, rompiendo con el modelo de Iglesia que -durante siglos- ha venido siendo tradicional, así como arriesgando su unidad con las cerca de 6.000 diócesis dispersas por el mundo.

Para otros, menos temerosos, es cierto que en dicho “Camino Sinodal vinculante” se están debatiendo, votando y aprobando importantes propuestas que, de hecho, suponen una redefinición del sacerdocio; de la presencia de la mujer en la Iglesia; del poder y de su ejercicio en el seno de la institución y también de la moral sexual. Pero no peligra, de ninguna manera, la comunión de esta Iglesia, sencillamente porque tienen muy claro que hay resoluciones que -si son aprobadas- pueden ser implementadas en las respectivas diócesis o por la Conferencia Episcopal del país sin comprometer, para nada, dicha unidad.

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E, igualmente, que hay otras que, referidas, por ejemplo, al celibato opcional de los curas, a la homosexualidad o al sacerdocio de las mujeres han de ser debatidas y, si fuera el caso, votadas de nuevo en otro foro en el que se encuentren -al menos, representadas- todas las diócesis del mundo. Ello explica que los obispos alemanes se hayan comprometido a presentar y defender en el próximo Sínodo Mundial, a celebrar en Roma, durante el mes de octubre de 2023, estas u otras propuestas, en el caso de que sean admitidas por el “Camino Sinodal” que, previsiblemente, se clausurará el próximo mes de septiembre en Frankfurt.

¿Qué ha pasado o está pasando en Alemania para que, cinco siglos después de la reforma luterana, vuelvan a sonar tambores en estas tierras, según unos, de una posible separación cismática y, según otros, de la ineludible e imperiosa superación de un modelo de Iglesia que, heredado del concilio de Trento (1545-1563), resulta irrelevante para la causa del Evangelio?

La respuesta es, por mucho que pueda disgustar a no pocos, el Informe que, encargado en 2014 por la Conferencia Episcopal Alemana a las universidades de Mannheim, Heidelberg y Giessen –y conocido como MHG, por las iniciales de tales universidades- tenía que investigar la implicación de sacerdotes, diáconos y religiosos varones en el abuso sexual de menores de 1946 a 2014. Los obispos alemanes, encomendando esta investigación a un equipo externo, buscaban obtener una información, lo más veraz posible, sobre este lado oscuro de la Iglesia, tanto por el bien de los afectados como para tomar -una vez detectados los errores cometidos- las decisiones que fueran necesarias y evitar que se repitieran dichos comportamientos. Los resultados son de sobra conocidos. En el Informe, publicado después de cuatro años de investigación, se identificaron a 1.670 clérigos abusadores sexuales de menores (el 4,4 % de todos los de ese período) y a 3.677 víctimas. 

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Y, continuando con la tarea asignada, indicaron, como causas de tales delitos, en primer lugar, el clericalismo que, activado y facilitado por un “sistema jerárquico-autoritario”, lleva al dominio de los consagrados sobre los no consagrados y los sitúa en una posición de superioridad, siendo el abuso sexual una consecuencia extrema de ello. Una Iglesia con este perfil, se sostiene en el Informe, sanciona o traslada a los culpables y encubre u oculta los hechos, bloquea su divulgación y no tiene en cuenta a los menores abusados. Procediendo de esta manera, no solo estamos ante comportamientos equivocados de individuos aislados, sino ante un problema estructural y sistémico que urge atajar

Y, en segundo lugar, la moral sexual, sobre todo, en lo referente a la homosexualidad y a la disciplina del celibato. Si bien es cierto, se puede leer, que ni la disciplina del celibato ni la homosexualidad son -a la luz de la investigación realizada- factores de riesgo de abuso sexual, también lo es que urge reconsiderar la postura, fundamentalmente adversa, de la Iglesia Católica ante la ordenación de hombres homosexuales y propiciar la creación de un ambiente abierto y tolerante, así como cuidar, mucho mejor que hasta el presente, la voluntariedad y madurez  de quienes optan por llevar una vida célibe. 

He aquí los datos y causas más importantes que, con una batería de recomendaciones, se encuentran  en el origen del llamado “Camino Sinodal vinculante” alemán, acordado en julio de 2019 por la Conferencia Episcopal Alemana y el Comité Central de los Católicos Alemanes e inaugurado el 1 de diciembre del mismo año. Desde entonces, se viene debatiendo y formulando propuestas sobre el desmantelamiento de las estructuras de poder y clericales de la Iglesia; la participación equitativa de laicos y personas consagradas en su dirección; la abolición del celibato obligatorio o el acceso de las mujeres a todas las funciones eclesiásticas para colocarlas en igualdad de condiciones con los varones y un largo etcétera.

La sinodalidad es el ADN de la Iglesia

«La sinodalidad es el ADN de la Iglesia», recalcan en su mensaje para Pentecostés

Los obispos españoles admiten que «el clericalismo es uno de los problemas más serios que existe en nuestra Iglesia actual»

Laicos en la Iglesia

«La vocación laical no es una vocación residual, ni hay que considerar al laico como un cristiano de segunda, ni un actor de reparto, sino protagonista de la misión evangelizadora de la Iglesia, junto a los pastores y la vida consagrada»

«Sigamos construyendo juntos. Sigamos creyendo que los sueños se construyen juntos, desde la fraternidad, la comunión eclesial. La sinodalidad consiste en ir creando un “nosotros” eclesial compartido, es decir, que todos sintamos como propia la biografía de la Iglesia»

«Debemos abandonar el criterio pastoral del «siempre se ha hecho así» y tenemos que reinventarnos, ser creativos, imaginativos…»

Por Jesús Bastante

«Sigamos construyendo juntos. Sigamos creyendo que los sueños se construyen juntos, desde la fraternidad, la comunión eclesial. La sinodalidad consiste en ir creando un “nosotros” eclesial compartido, es decir, que todos sintamos como propia la biografía de la Iglesia». En su mensaje para Pentecostés, que lleva por título ‘Sigamos construyendo juntos. El Espíritu Santo nos necesita’, los obispos destacan «el papel fundamental» del laicado en la transmisión del Evangelio, en mitad del «gran reto y desafío pastoral de la sinodalidad» y del proceso sinodal que, justo este mes de junio, tiene uno de sus momentos cumbre con la reunión el 11 de junio de los delegados de todas las diócesis.

Antes, Pentecostés, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, instituciones de marcado carácter sinodal. Y es que, sostiene la nota, «la sinodalidad expresa la naturaleza de la Iglesia, es su dimensión constitutiva. No nos referimos a algo accidental, secundario, sino al ADN de la Iglesia», más allá de «una reflexión teórica».

La vocación del laico no es residual

«La vocación laical no es una vocación residual, ni hay que considerar al laico como un cristiano de segunda, ni un actor de reparto, sino protagonista de la misión evangelizadora de la Iglesia, junto a los pastores y la vida consagrada», sostiene el mensaje de la CEE, que insiste en que «los laicos no están en la Iglesia para pedir a los párrocos o a los obispos que les atribuyan funciones».

Mensaje de los obispos españoles

«No se trata de ejercer un poder o de ocupar espacios en las estructuras eclesiásticas, sino que la participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia brota del sacramento del bautismo, desde donde descubren su vocación a ser misión, enviados, sin olvidar que, como afirma el Concilio Vaticano II, lo propio y peculiar de los laicos es su compromiso en el mundo», recalcan, abundando en que «una Iglesia sinodal es aquella en la que la Iglesia reconozca a los laicos y los laicos se reconozcan Iglesia, evitando caer en el clericalismo, que es uno de los problemas más serios que existe en nuestra Iglesia actual».

Este proceso sinodal, añaden, «nos debe llevar a vivir más intensamente la comunión y a promover espacios en los que todos nos sintamos protagonistas de la vida de la Iglesia y de su vocación misionera». Para ello proponen «diálogo profundo y escucha mutua», dos cualidades que no siempre han estado presentes en la relación de la jerarquía eclesiástica española con el mundo. Y con los fieles.

Nadie se salva solo

«En estos tiempos, marcados aún por la pandemia y por el drama de la guerra, por la inestabilidad económica, recibimos una llamada urgente a descubrir que nadie se salva solo, porque estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia, pero sobre todo que nadie se salva sin Dios», añade el mensaje, que recuerda que, también, el proceso sinodal es «un proceso espiritual y está orientado al discernimiento», porque «el Espíritu Santo es el garante de la comunión, de la unidad que no es igual a uniformidad, sino que se expresa en la diversidad que nos conduce a la complementariedad».

«La sinodalidad eclesial no es solo una cuestión organizativa, sino que su finalidad es relanzar el sueño misionero, es la evangelización», recalca el mensaje de la CEE, que concluye reclamando cambiar el modo de actuar, sin «mirar hacia atrás con añoranza, con nostalgia del pasado». «Debemos abandonar el criterio pastoral del «siempre se ha hecho así» y tenemos que reinventarnos, ser creativos, imaginativos…».

«Estamos ante la posibilidad de un cambio profundo (…). La tarea es enorme, sus contornos no están totalmente definidos; no conocemos por dónde y cómo discurrirá este camino. No sabemos qué nos aguarda»

«Estamos ante la posibilidad de un cambio profundo (…). La tarea es enorme, sus contornos no están totalmente definidos; no conocemos por dónde y cómo discurrirá este camino. No sabemos qué nos aguarda. Solo que debemos ponernos en camino porque el Espíritu Santo nos necesita, nos llama a escuchar, discernir y seguir construyendo juntos un Pueblo de Dios en salida, que anuncie el Evangelio con alegría y sea fuente de esperanza en el momento actual», finaliza el documento, firmado por el presidente de la comisión y arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano, y de la que forman parte Mazuelos, Reig, Gil Hellín, Pérez Pueyo, Santos Montoya, Arturo Ros, Jesús Orozco y Antonio Gómez Cantero, junto a Saiz Meneses y Sergi Gordo.

Manifiesto de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia

«Imaginamos y construimos una Iglesia nueva, donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo»

"Imaginamos y construimos una Iglesia nueva, donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo"
«Imaginamos y construimos una Iglesia nueva, donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo»

«Venimos de una larga tradición feminista que ha luchado por la dignidad de las mujeres, que ha exigido la igualdad de derechos, poder votar, libertad sexual y reproductiva, y en el siglo XXI se reconoce diversa, se muestra con una fuerza joven y renovada, y hoy volvemos a salir a la calle para alzar la voz y decir ¡Basta!»

«Son incontables las congregaciones de religiosas que trabajan día a día por los derechos de los más vulnerables. ¿Quién constituye una parte importante de la Iglesia en el siglo XXI? ¡Nosotras!»

«Decimos basta a que se nos niegue el sacerdocio debido a nuestro cuerpo, un cuerpo que siempre está bajo sospecha»»Basta a una imagen de un Dios exclusivamente masculino»

06.03.2022

En el marco de las jornadas feministas del 8 de marzo, las mujeres creyentes, de movimientos y comunidades, salimos a la calle para alzar nuestra voz y decir que queremos estar en la Iglesia ¡con voz y voto!

VENIMOS DE LEJOS.

– Venimos de una larga tradición feminista que ha luchado por la dignidad de las mujeres, que ha exigido la igualdad de derechos, poder votar, libertad sexual y reproductiva, y en el siglo XXI se reconoce diversa, se muestra con una fuerza joven y renovada, y hoy volvemos a salir a la calle para alzar la voz y decir ¡Basta!

– Venimos de las mujeres valientes y libres de las primeras comunidades cristianas, y de todas las que a lo largo de la historia se han negado a quedar recluidas en los roles secundarios e invisibles a que la tradición eclesial y teológica las quería someter.

– Venimos de la buena noticia de un Jesús que transgrede las normas de una sociedad profundamente patriarcal. Venimos de una Iglesia que en sus inicios hizo de la igualdad entre hombres y mujeres, una de las aportaciones más radicales del cristianismo a la historia de la humanidad. ¡Recuperémosla!

Venimos de una Iglesia que en sus inicios hizo de la igualdad entre hombres y mujeres, una de las aportaciones más radicales del cristianismo a la historia de la humanidad. ¡Recuperémosla!

SOMOS MUCHAS

– Somos muchas las que en todo el mundo alzamos la voz. Somos mayoría en las tareas de voluntariado, en las celebraciones religiosas, como catequistas, en los consejos parroquiales, somos muchas en los movimientos, asociaciones, centros recreativos y en el mundo educativo de la infancia y juventud.

– Son incontables las congregaciones de religiosas que trabajan día a día por los derechos de los más vulnerables. ¿Quién constituye una parte importante de la Iglesia en el siglo XXI? ¡Nosotras!

DECIMOS BASTA

– Decimos basta a ser invisibilizadas y silenciadas.

– Decimos basta a ser tratadas con condescendencia como si fuéramos menores de edad. Decimos basta a la discriminación por razón del sexo o del género.

– ¿Cuántas mujeres vemos representando la institución? ¿Cuántas pueden tomar parte en la toma de las decisiones? ¿Cuántas teólogas trabajan en las facultades de teología, cuántas acompañan espiritualmente, cuántas son formadoras de los seminarios?

¿Cuántas mujeres vemos representando la institución? ¿Cuántas pueden tomar parte en la toma de las decisiones? ¿Cuántas teólogas trabajan en las facultades de teología, cuántas acompañan espiritualmente, cuántas son formadoras de los seminarios?

– Decimos basta a que se nos niegue el sacerdocio debido a nuestro cuerpo, un cuerpo que siempre está bajo sospecha.

– Basta a una visión negativa de la sexualidad, que crea sufrimiento.

– Basta a una imagen de un Dios exclusivamente masculino.

IMAGINAMOS Y CONSTRUIMOS UNA IGLESIA NUEVA

– Una Iglesia que es comunidad de iguales, donde la mujer es reconocida como sujeto de pleno derecho, con voz y voto en todas partes, donde la mujer es valorada por los propios talentos, carismas y aportaciones a las comunidades.

– Una Iglesia donde el liderazgo es compartido entre mujeres y hombres, laicos, laicas, personas consagradas y sacerdotes. Una iglesia paritaria, más plural y menos jerárquica.

– Una Iglesia que acompaña sin juzgar toda la diversidad de las familias, de identidades y orientaciones sexuales.

– Una Iglesia donde las mujeres ya somos, y nos reconocemos con autoridad y liderazgo. Una Iglesia que ya hoy es semilla de futuro.

– Venimos de lejos, somos muchas, y alzamos la voz para decir basta y exigir una Iglesia nueva que este 6 de marzo de 2022 da un nuevo paso adelante

¿Clericalismo laico?

José Ignacio González Faus,

Recomiendo al lector una espléndida novela (Como polvo en el viento) del cubano Leonardo Padura (con algún premio ya en su haber) que toca el tema de los emigrados de Cuba. Una pequeña parte de ella transcurre en Cataluña, donde un médico cubano, que dejó a su esposa Clara e hijos en la Habana, ha encontrado trabajo en Barcelona, junto a una Montse millonaria, (“mejor que Clara en la cama”), y tiene doble vivienda: una en Barcelona y la otra en Segur de Calafell, acabadita de construir cara al mar. Pero todo esto es secundario: lo que le satisface más, y le comenta a otro inmigrante cubano no tan afortunado es que: “en el hospital todo el mundo me llama Señor Doctor, o Profesor; no compañero como en La Habana”.

   Primera reflexión. La igualdad puede ser una grandísima virtud, pero solo cuando surge espontánea, no cuando es impuesta. La igualdad impuesta se deforma. Ya conté otra vez una conversación en la Nicaragua de 1980, con un sandinismo recién restrenado y sonoras proclamaciones de que habían terminado para siempre las inicuas desigualdades somocistas. No recuerdo el episodio que comentábamos, pero sí que mi interlocutor exclamó levantando un poco la voz: “el hijoputa del compañero hizo esto o aquello”. Otra vez: el compañerismo impuesto se falsifica; porque todos aspiramos consciente o inconscientemente a aquel final de la novela 1984 de Orwell: “todos los hombres son iguales; pero unos más que otros”.

Segunda reflexión.- Ese médico que ahora vive en la abundancia tuvo una infancia de lo más miserable, pero pudo tener escuela y estudiar medicina gracias al régimen socialista del que ahora ha huido. No es un caso único: tengo recogido el testimonio de una señora venezolana que decía: “antes era muy pobre y votaba a Chávez, con él salí de la pobreza y ahora voto a la derecha” (y aclaro que estoy hablando de Chávez, no de su Inmaduro sucesor). Un personaje de novela y otro real; pero no hay que criticarlos porque esa es nuestra pasta humana: “todos iguales, pero unos más que otros”…

Aquí estuvo el gran fallo de don Carlos Marx que era tan buen analista económico como mal ateo: pues era un gran supersticioso, que creía a pie juntillas en que la constitución dialéctica de la materia hacía que, con solo cambiar las estructuras, ya cambiaban automáticamente las personas y no eran necesarios mandamientos de amor al prójimo. En los años finales del franquismo, en aquellos partidos clandestinos (heroicos por otra parte): PSUC, Bandera Roja, LCR…, militaban muchos marxistas y varios cristianos, curas incluidos. La eterna discusión entre ambos era si había que cambiar las estructuras o había que cambiar a las personas: según unos, cambiando las estructuras ya cambiarían las personas, según otros, solo personas cambiadas podrían cambiar bien las estructuras.

El resultado ya es sabido: los países socialistas cambiaron las estructuras, pero no lograron cambiar a las personas que seguían aspirando a ser “más iguales que otros” y a que les trataran de señor doctor y no de simple compañero. Esta ha sido la razón principal de su fracaso. Pero han fracasado también y con igual rotundidad los países capitalistas que, por más que hagan rotundas declaraciones de derechos humanos, después las leen así: “todos los hombres tienen derecho a la vivienda, pero unos más que otros. Todos tienen derecho al trabajo digno, pero unos más digno que otros. Todos tienen derecho a la educación y al alimento, pero unos mejor que otros. Y todos tienen derecho a emigrar, pero unos menos que otros. Los derechos humanos son universales, pero para unos más que para otros…”.

En total: unos países producen mucho, pero a condición de no repartir y otros quieren repartir pero no producen casi nada. Y cada cual, como decía Jesús, mirando solo la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el prójimo. Porque también pertenece a la pasta humana el que tengamos dos medidas: una para mí y lo mío y otra para los demás.

Tercera reflexión.- El problema no es solo de convivencia laica: la España de Franco era “muy católica” porque a los curas se les llamaba Reverendo Padre (y a los obispos Excelencia), por más que eso contradiga todas las enseñanzas de Jesús y del Nuevo Testamento. Así llegamos a esa situación en la que Francisco ha declarado al clericalismo como una de las mayores plagas de la Iglesia: fuente de desigualdades y privilegios contrarios a la fraternidad cristiana. Y ha resultado pionero: porque ningún gobernante ha declarado todavía que tratar a los parlamentarios, no de Excelencia pero sí de Señoría es una de las plagas de nuestra democracia, fuente de un clericalismo laico.

Y es que los reconocimientos de dignidad solo valen cuando brotan espontáneamente del otro, y uno procura rechazarlos agradecido. En cambio, las apelaciones y exigencias de igualdad, solo valen cuando nos brotan espontáneamente de dentro; no cuando alguien nos las impone.

Pero mucho hemos de cambiar todavía para que eso nos nazca sinceramente de dentro. Y mucho preguntarnos cómo se consigue ese cambio que nos lleva a un “hombre nuevo” y no a un escepticismo estéril frente a la historia, que nos vuelve más egoístas. Como cristiano, me atrevo a sugerir que el seguimiento de Jesús es el mejor camino que conozco para intentar eso. Porque, si todas las vidas humanas no son más que “polvo en el viento” (título y conclusión de la novela comentada) ¿qué más da entonces que unas motas de polvo sean más grandes o más oscurias que las otras?

NOTA BENE:

Puede ayudar saber que la palabra griega kleros, no significa clero sino suerte o parte de una herencia. Así la usa el Nuevo Testamento referida a todos los cristianos: “Damos gracias al Padre porque nos ha posibilitado compartir la herencia del pueblo santo” (Col 1, 15). Cuando la iglesia creció y necesitó estructurarse, echó mano acríticamente del Antiguo Testamento, y aplicó a los servidores eclesiásticos la palabra sacerdote, que el Nuevo Testamento nunca les había aplicado, porque es título de gran dignidad que solo puede darse a Cristo. De este modo, el ministerio eclesiástico se sacralizó, se revistió de gran dignidad, y se le aplicó en exclusiva la palabra kleros, como si fuesen los únicos partícipes de esa suerte divina. El clericalismo designa así una situación de dignidad y de superioridad, merecedora de toda clase de privilegios. Buena parte de los dramas de abusos, parecen haber derivado de aquí.

La desclericalización de la Iglesia

Ramón Sarmiento: «El autor de «Episodios anticlericales» considera que la desclericalización de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente»

Antonio Aradillas
Antonio Aradillas

«El autor de ‘Episodios anticlericales’ es un experimentado usuario de la lengua escrita y un profesional modélico del periodismo religioso que la Iglesia española posconciliar no ha sabido valorar ni ha acertado a integrar y, por ello, está en deuda permanente con él»

«Antonio Aradillas ha sido y es, sobre todo, un ‘cura de profesión’; no un clérigo, casta fustigada por Jesús en su visita al Templo, sino un buen samaritano»

«La obra Episodios anticlericales es fruto de una voz libre, lúcida y crítica que a sus 93 años sigue luchando todas las mañanas»

«Después de una lectura fácil y repleta de tantas y tan buenas anécdotas, pienso que las experiencias de la vida son el mejor testimonio de firmeza en la fe»

Por Ramón Sarmiento

Episodios anticlericales es el título del libro que Antonio Aradillas acaba de publicar en Ed. Autografía de Barcelona. Consta de 266 páginas en edición esmerada y con letra bien legible, redactadas en un estilo ameno y distribuidas en 66 episodios de fácil lectura.

El autor es un experimentado usuario de la lengua escrita y un profesional modélico del periodismo religioso que la Iglesia española posconciliar no ha sabido valorar ni ha acertado a integrar y, por ello, está en deuda permanente con él. Porque Antonio Aradillas ha sido y es, sobre todo, un “cura de profesión”; no un clérigo, casta fustigada por Jesús en su visita al Templo, sino un buen samaritano que a lo largo del camino recorrido ha ido sanando cuantas heridas humanas ha podido y ha saciado la sed espiritual de quienes se han acercado a él.

La obra Episodios anticlericales es fruto de una voz libre, lúcida y crítica que a sus 93 años sigue luchando todas las mañanas -ora et labora-para que cada ocaso pueda alumbrar a la Iglesia un nuevo día mejor, más justo y acorde con el evangelio de Jesús. Como escribió José Manuel Vidal, «la llegada de la primavera de Francisco le pilló donde siempre estuvo: en la Iglesia samaritana, abierta y evangélica». Estas páginas son el testimonio generoso de una voz autorizada, según el padre Ángel, la de «un cura valiente y libre, de un cura como la copa de un pino, incansable y comprometido: de los de Francisco, de los que han permanecido fieles al Concilio Vaticano II».

En Episodios anticlericales se narran y describen episódicamente los conflictos religiosos, ideológicos y sociales que en la Iglesia española posconciliar han ido estallando hasta hoy como si de una secuencia de bombas minuciosamente programadas se tratara. Es una obra muy elaborada y profunda, pero de fácil comprensión, que por asonancia recuerda los otros Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.

En ambos casos, episodio indica «un incidente, suceso enlazado con otro que forman un todo o conjunto». Pero en Galdós, los episodios giran entorno a un personaje de ficción que funciona a modo de hilo conductor de cada una de las cinco series de los episodios históricos que se van narrando; en Aradillas, en cambio, el hilo narrativo-descriptivo es su viacrucis personal, su vida religiosa y la de sus colegas y algunas situaciones en las que tanto colectiva como individualmente se ha visto involucrado y que va desgranando en los sesenta y seis acontecimientos anticlericales.

Estos episodios los califica el autor como anticlericales en consonancia con su convicción personal proclamada: «He sido, soy y seré anticlerical por la gracia de Dios». Según el diccionario español de Oxford, anticlerical es un adjetivo que sirve para describir a quien es «contrario a la intervención de la Iglesia en la sociedad». En efecto, los adjetivos clerical y anticlerical están utilizados por Aradillas como clave interpretativa y descriptiva de los acontecimientos de singular relevancia que desde su perspectiva personal han marcado la convivencia de la Iglesia y la sociedad española. 

El argumentario con que se inicia la obra está inspirado en la calificación de intolerable que el papa Francisco aplicó al clericalismo persistente hoy en la Iglesia, en tanto influencia excesiva del clero en la sociedad o su sumisión al clero. En efecto, este hecho es el que ha inducido a muchos, dentro y fuera de la Institución, a identificar Iglesia con Jerarquía en sus variopintas versiones de títulos, colorines y reverencias.

En este estado de cosas, los laicos y las laicas-etimológicamente, analfabetos,-as poco o nada tienen de Iglesia ni en la práctica ni en la realidad pastoral o canónica. Por ello, la desclericalización hoy de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente. Sin laicos, feligreses o fieles no hay Iglesia. Es más, -escribe Aradillas-: «por mucha piedad o comprensión con que se quiera presentar a la Iglesia-Institución actual, no la reconocería ni su Fundador».

Clericalismo

Los episodios anticlericales recogidos en estas paginas se focalizan principalmente sobre diez grandes núcleos temáticos: la riqueza de la iglesia, el sistema jerárquico, la curia romana y las diocesanas, la falta de democracia interna, la sagrada liturgia, la pederastia sacerdotal, la discriminación de la mujer, los tribunales eclesiásticos, desclericalización episcopal, la iglesia que se acaba. 

La Iglesia tiene que verse reflejada en la pobreza del portal de Belén y debiera de inspirase en la humildad del pesebre. No es un hotel de cinco estrellas ni un palacio (casa suntuosa destinada a ser habitación de grandes personajes), sino algo terrenalmente accesible (del latín humus) para permitir el descubrimiento de la verdad existencial y franciscana lejos de la vorágine de las alturas sociales.

El carrerismo y la burocracia, los nombramientos y los grados, el amiguismo y el sobrinazgo no son razones para acceder a cargos y a puestos eclesiásticos en esta vida y menos en la otra. No es posible aseverar con decencia intelectual y fe religiosa que esto sea connatural a la Institución. Debe ser replanteado.

La Iglesia jerárquica se está acabando por ser manifiestamente incompatible con «servicio sagrado al pueblo» y menos haciendo uso de símbolos de raigambre pagana con los que representan y actúan y mucho más acentuado aún en los usos de lenguaje ajenos a la religión, como entronización y tratamientos de otra época. Todo ello requiere una refundación, una reforma urgente de la Curia para homologarla con el Evangelio. Pues, con exclusión de algunos de sus servidores y funcionarios, ni la Curia romana ni las diocesanas son portadoras hoy de métodos ni de esperanzas evangélicas. Casi todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

La Iglesia discrimina a la mujer. Es antihumano, anticristiano y antidemocrático. La mitad de la iglesia – madre, esposa o hermana- por el hecho de ser mujer no puede ser excluida. Fueron las únicas personas que acompañaron a Jesús sin defección hasta el ultimo suspiro en la Cruz y las primeras en descubrir el sepulcro vacío al día siguiente. Son mártires del machismo inveterado, añade el autor.

La Iglesia ha de exigir a los obispos y a cuantos configuran sus perfiles oficiales prescindir en la liturgia de la parafernalia de elementos que distraen y nada añaden catequéticamente para las nuevas generaciones. Solo así se explica que, a las catedrales, a las iglesias vacías y a las de la España vaciada más aún, ya solo acudan las cigüeñas para anidar en sus espadañas que cobijan campanas silenciadas. Y la culpa no es del gobierno.

Los tribunales eclesiásticos forman un capítulo aparte en esta obra elocuentemente ilustrativo de cómo no debe aplicarse la justicia que no es divina ni humana. «Sin justicia y más si esta no es reflejo fiel del evangelio, no hay Iglesia de Cristo», escribe Antonio Aradillas, quien ha sido víctima de la injusticia eclesiástica y a quien en 1982 el cardenal Enrique Tarancón hubo de levantarle la sanción canónica que le había sido impuesta por informar en Sábado Gráfico bajo el título: “Madrid, ¡matrimonio religioso de un cura!”.

 En consecuencia, el autor considera que la desclericalización de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente, recurriendo a palabras del papa Francisco. Porque una Institución sin feligreses, fieles o laicos no es una Iglesia, sino otra cosa de la que Jesús ya prescindió. No es de extrañar, pues, que la mirada que sobre la Iglesia actual reflejan estos episodios sea tan combativa como escéptica, tan cargada de razones para creer como fatigada del ejercicio de la fe.

Y esta posición de Aradillas también crítica y amorosa quizás la pueda reflejar mejor estos dos sintagmas de un verso del poeta Ángel González «vivir sin esperanza, con convencimiento», entre los cuales no existe la conjunción copulativa, pero, sino una coma que hace todavía más complicada la interpretación. Porque vivir sin esperanza supone hacerlo sin expectativas, y vivir con convencimiento implica saber que nuestra palabra significa algo y que hay que actuar en consecuencia.

Después de una lectura fácil y repleta de tantas y tan buenas anécdotas, pienso que las experiencias de la vida son el mejor testimonio de firmeza en la fe. Solo me queda la admiración personal por quien ha alcanzado la alta cumbre de fray Luis de León y se encuentra en plenitud de fuerzas y gozando de una agilidad mental admirable para seguir en activo a su edad. Así el libro termina con esta reflexión personal suya: “Y, si se es feliz de verdad, no es posible conjugar el verbo someter ni por activa ni por pasiva. Es palabra de Dios, ‘ejemplo de Jesús y testimonio viviente del papa Francisco, fervoroso devoto de los líos’”.

¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo?

Romero y Rutilio en un mural en El Paisnal, El Salvador,

Por Consuelo Vélez

En el imaginario popular ser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido. Pero como estas dos posturas se asumen como contradictorias, se postula ser de centro, como la alternativa correcta para no ser extremista. Por estas concepciones, muchos cristianos se identifican más con la derecha y, si acaso, con el centro. Pero a la izquierda le huyen como si fuera el mismo diablo que se ha encarnado en la historia.

Y, sin embargo, algunos partidos de izquierda parecen más cercanos a los pobres con sus propuestas sociales (con muchas limitaciones y equivocaciones, pero también con aciertos). Los de derecha parecen ser más de las élites que mantienen este mundo tan desigual y, como ya dijimos, algunos cristianos creen que la derecha garantiza la moral cristiana. Los de centro, pretenden ser neutrales, pero esto es imposible, el no tomar opción es ya una opción. Ahora bien, ninguna de estas descripciones se cumple en totalidad porque como dije son “imaginarios” y no siempre son realidad.

Mientras vivamos en las coordenadas espacio temporales, creo que es imposible no crear tendencias (con la realidad e imaginarios que estas traen) y, por eso, no sé si podremos abandonar algún día esas denominaciones. Pero lo que sí es necesario, es comprender que estamos en tiempos menos rígidos, menos binarios, menos definidos, y no porque sean tiempos de relativismo -como se alerta dentro del ámbito cristiano- sino porque ahora captamos mejor la complejidad de la realidad y la necesidad de movernos con mucha más apertura a la novedad que este momento trae y a enriquecer los conceptos de siempre con las experiencias actuales.

Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo; y si nos referimos a otros ámbitos, ser capaces de acoger la diferencia, de aceptar lo plural, de practicar más la misericordia y, por supuesto, de estar del lado de los más pobres y luchar por la justicia social para que la vida digna llegue a todos y a todas.

¿Por qué no se ve esta postura con más claridad? ¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo? En estos tiempos que tanto se habla de sinodalidad, convendría recordar que el primer ejemplo de “sinodalidad” fue aquella asamblea de Jerusalén que nos relata el capítulo 15 del libro de Hechos de los Apóstoles en el que la naciente Iglesia se confrontó con la pregunta de si tenían que exigir a los gentiles (los no judíos que se iban incorporando al naciente cristianismo) el cumplimiento de las normas de la Ley de Moisés, incluida la circuncisión. Muchos opinaban que, si no se plegaban a estas leyes, no podrían salvarse.

Por eso, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén donde está Pedro y otros apóstoles para dirimir la cuestión y después de una larga discusión, Pedro tomó la palabra e interpeló a la asamblea: ¿Por qué ahora quieren imponer esa carga que ni nosotros pudimos sobre llevar? Entonces terminaron la reunión diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponer más cargas a los gentiles imponiéndoles la circuncisión, solamente escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (15, 28-29).

Intentando ver lo que esto debió significar para ese contexto judío, constatamos que supuso una apertura fundamental. No temieron vivir a fondo la novedad de la Buena Noticia anunciada por Jesús.

De esa misma fidelidad nos habló el pasado 22 de enero la beatificación del jesuita Rutilio Grande y sus compañeros, asesinados por su compromiso con la justicia social. Ya antes la canonización de Monseñor Romero en 2018 nos había mostrado ese camino. Pero, lamentablemente, estas beatificaciones y canonizaciones no son buena noticia para los que se creen guardianes del orden establecido y la “mal interpretada”, tantas veces, moral cristiana. Una moral más apegada a la norma que a la misericordia.

A estos mártires se les catalogó de izquierda y por eso no merecían subir a los altares. Pero el Espíritu que, una y otra vez, abre momentos de gracia en nuestra historia, ha permitido que, a los que se consideraban de izquierda se le reconozca su fidelidad al evangelio y a los que se consideraban de derecha se constate que tanta “fidelidad” ha estado llena de ocultamientos (pederastia), riquezas mal habidas o clericalismo recalcitrante que tanto mal ha hecho a la Iglesia.

En definitiva, es difícil la situación social y eclesial. Por eso, hay que liberarnos de los imaginarios sobre las izquierdas, las derechas y los centros y buscar políticas que cambien nuestro mundo. Así como vamos, seguiremos hundiéndonos en la desigualdad social y la pobreza de las mayorías. Por eso no da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismoNo da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan.

No es lo mismo dejarse tocar por los mártires de nuestro tiempo o mantener esa visión estigmatizada de que fe y compromiso social es marxismo. Son tiempos en que hay que sacudirse del pesado lastre de lo que siempre fue así y alinearnos en la novedad del evangelio para que nadie pase necesidad porque la solidaridad cristiana es afectiva y afectiva para con todos, especialmente, con los últimos de nuestro tiempo presente

Basta ya de abusos en la Iglesia

Pasar de las tinieblas a la luz: justicia y reparación para las víctimas de abusos en la Iglesia

Rueda de prensa de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia
La revuelta de las mujeres en la Iglesia


Desde la Revuelta de Mujeres en la Iglesia de Madrid mostramos todo nuestro apoyo, solidaridad y compromiso con todas las víctimas de abusos en la Iglesia española; demandando con ellas verdad, justicia y reparación. Víctimas entre las cuales también hay mujeres, aunque sus casos sean todavía mucho más invisibles.


Saludamos los pasos dados por el papa Francisco para garantizar la apertura de una investigación sobre 251 casos inéditos de abusos recopilados y verificados por los periodistas de El País Íñigo Domínguez y Julio Núñez. A lo largo de los últimos tres años, el trabajo de estos periodistas ha establecido una base de datos de 602 casos de abusadores y 1.237 víctimas desde los años 30 hasta nuestros días dentro de la Iglesia católica española. Este número supera con creces los 220 casos reconocidos por la Conferencia Episcopal Española (CEE).

Los números de casos nos producen un profundo sentimiento de dolor y vergüenza. La investigación nos proporciona un atisbo de esperanza por lo que puede suponer para las víctimas, que ojalá encuentren en sus resultados algo de reparación a tanto sufrimiento vivido en soledad y silencio.

El Informe remitido por El País al Papa muestra una vez más una realidad dramática que no puede seguir quedando impune y que exige ser abordada con transparencia, responsabilidad institucional, reparación y solidaridad afectiva y efectiva con todas y cada una de las personas abusadas.

Postura negacionista y defensiva

Con indignación y dolor reconocemos que hasta ahora la postura mayoritaria de la jerarquía eclesial española ha sido negacionista y defensiva ante la reivindicación de las asociaciones de víctimas, ocultando institucionalmente los hechos y propiciando la impunidad de muchos de los abusadores y, con ello, la repetición de los abusos.

La actitud de la Iglesia ha buscado más enterrar el problema y borrar cualquier rastro documental de lo realmente sucedido que incidir en las causas y agravantes del mismo. Una postura que ignora, cuando no directamente desprecia el sufrimiento de las personas abusadas, cuyas declaraciones y testimonios son sometidos a sospecha y a quienes se les sigue negando la escucha y reparación que demandan, lo que supone una revictimización que perpetúa el horror y se les hace casi tan dolorosa como los abusos sufridos en su día.

La decisión del papa Francisco de abrir una investigación nos parece valiente y coherente con lo que viene siendo su postura en relación con el gran drama humano y lacra para la propia Iglesia que constituyen los abusos. Una postura que se niega a lavarse las manos. En contraste con ello, los obispos españoles, a excepción del de Zamora, Fernando Valera, se han caracterizado por su resistencia a abrir los archivos y hacer una investigación sistemática y en profundidad sobre la realidad de los abusos.

Tolerancia cero

La Revuelta de Mujeres en la Iglesia reclamamos tolerancia cero frente a toda forma de abuso de conciencia y abuso sexual. Estos abusos tienen su origen en el mal patológico del patriarcado y el clericalismo. Mal pandémico que anula la identidad de las personas bajo el abuso de poder.

Apoyamos a las víctimas en la exigencia de reparación a la vez que mostramos vergüenza y dolor por sus sufrimientos y nuestra inmensa gratitud por tener el valor de denunciar. Es hora de leer esta página para poder pasarla. Es hora de hacer caso a las palabras de Jesús: la verdad os hará libres. Es hora de que, más allá de la investigación de los 251 casos remitidos por El País al Papa y al cardenal Juan José Omella, la Iglesia española –diócesis y órdenes religiosas, y sus organismos de coordinación, la CEE y la CONFER– den definitivamente un paso adelante y propicien una investigación completa e independiente sobre los abusos cometidos en el seno de la Iglesia católica en nuestro país.

Es hora también de que las comunidades cristianas, independientemente de la actitud de nuestros obispos y órdenes religiosas, digamos alto y claro que esta historia de miseria, pecado y delito debe llegar a su fin y que las víctimas de abusos son nuestros hermanos y hermanas, que su herida es nuestra herida y que les abracemos, les acojamos y les pidamos perdón por nuestro silencio.

Abogamos finalmente por la prevención de los abusos en la Iglesia, estableciendo relaciones horizontales con especial atención al respeto de la alteridad y dignidad de las personas y enfocando las relaciones desde la cultura del cuidado y el rechazo a todo tipo de violencia.

Es hora de dejar atrás el reino de las tinieblas e ingresar en el reino de la luz.

¡Justicia y reparación para las víctimas de abusos en la Iglesia!

Ante el Documento preparatorio del Sínodo

Algunas reflexiones a partir del Documento preparatorio para el Sínodo sobre la “Iglesia sinodal” 

Documento preparatorio al Sínodo.  

Limitaciones bíblicas y prácticas a la escucha del pueblo de Dios. 

¿Se pretende que algo cambie? 

09.09.2021 | Eduardo de la Serna 

Algunas reflexiones a partir del Documento preparatorio para el Sínodo sobre la “Iglesia sinodal” 

Eduardo de la Serna 

Se ha hecho público el documento preparatorio para la XVI asamblea del sínodo de obispos: 

https://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2021/09/07/0540/01156.html#SPAGNOLOOK

Como es habitual, el texto presenta una serie de criterios para el desarrollo del próximo sínodo, que se presenta como diferente por un mayor tiempo y proceso de escucha (de 2021 a 2023). No me detendré en un análisis detallado del texto, ni tampoco de algunas propuestas metodológicas, que parecen sensatas o, al menos, prácticas, sino en algunos elementos que están en su sustrato y me parecen importantes. 

No me toca a mí, para empezar, evaluar las intenciones en la elaboración de propuestas, pero empiezo por un elemento que me parece principal: 

Y empiezo con un ejemplo del pasado. Cuando el Papa Juan Pablo II dividió en dos el Carmelo teresiano, y cada convento debía decidir a cuál de ellas adheriría, si a las tradicionalistas o a las renovadas (el tema es amplio y complejo, uso los términos simplemente para sintetizar) se indicó que la elección de la opción debía tomarla cada comunidad luego de diálogo, discernimiento y escucha de la opinión de todas las religiosas. Pero es sabido que, en muchos conventos, que adhirieron al primer grupo, la decisión fue tomada exclusivamente por la priora sin consulta a la comunidad (me consta de casos). Y acá el tema, lamentablemente, no solamente el clericalismo es un gran mal eclesial de este tiempo; también el autoritarismo lo es. Y, para peor, con un supuesto fundamento teológico: el espíritu santo (así, con minúscula) inspiraría a una autoridad para decidir y obrar a su arbitrio. ¡Causa finita! 

Esto, que ocurrió, es algo que nada impide que vuelva a ocurrir en comunidades eclesiales, diócesis, movimientos religiosos, etc. Y, para peor, el documento deja bien puestas las ideas para que siga ocurriendo al relativizar las democracias, por ejemplo (#14). 

Es evidente que quien conduce la Iglesia es – debiera ser – el Espíritu Santo. Y es razonable, entonces, que se proceda a un amplio, intenso, frecuente proceso de escucha lo más amplio posible, y perdurable. En esa escucha, sin duda, habrá voces diferentes, y hasta contrapuestas. El discernimiento es el arduo y difícil proceso por el que se logra escuchar al Espíritu entre tantas voces, para seguirlo. Pero, ¿cuál es el criterio para que todos sepamos que de seguir al espíritu se trata y no de someterse al autoritarismo de quien tiene poder para ejecutarlo? Difícil, si no imposible. Es posible, para peor, que algunas actitudes infantiles acepten a-críticamente “obedecer” sin seguir sus propios procesos de discernimiento. Lamentablemente, desde el proceso autoritario que se vivió en la Iglesia en los últimos tiempos, estos infantiles acríticamente obedientes han proliferado. ¿Cómo hacer para que detrás de la aparente invocación al Espíritu Santo no se oculte el autoritarismo, el infantilismo, y – por lo tanto – la falta absoluta de sinodalidad disimulada? ¡No lo sé! 

Pero el documento pretende presentar un fundamento bíblico a estos procesos (#16-24). Y me permito cuestionarlo. 

Señala que hay tres (y añade, extrañamente, un cuarto) sujetos: Jesús, las multitudes, los apóstoles (y añade, el “antagonista”). Dejo de lado este último: el conflicto y quienes lo provocan, son una constante en la experiencia humana; y en ocasiones, motivo de enorme enriquecimiento. Atribuir a una fuerza externa, diabólica, es un tema que excede estos párrafos. Aunque no deberíamos descuidar que esto también es motivo de discernimiento, ya que con frecuencia “satanás se disfraza de Ángel de luz” (2 Cor 11,14). 

El texto señala (sin precisarlas) dos “imágenes” de las Escrituras que entiende oportunas para emprender el camino sinodal; parece referirse a Jesús-la multitud-los Apóstoles (17-21) y el encuentro entre Pedro y Cornelio (22-24). El segundo de los textos, presentado como un doble proceso de conversión, no parece tocar más que tangencialmente lo principal del relato del libro de Hechos: la predicación a los paganos. Pareciera un texto que se ha elegido para que diga “lo que queremos que diga” y no una escucha atenta de lo que el texto dice. 

Pero la segunda imagen presenta una serie de conflictos bíblicos. 

Comienza haciendo referencia – lógica – a Jesús. Sin embargo, si se pretende hacer una sencilla y fundacional presentación de Jesús, su ministerio, su predicación, que en todo el texto el “reino de Dios” sólo se encuentre tres veces en el relato, y no demasiado resaltadas, invita a la sospecha o la duda. Y hay demasiados elementos soslayados (¡y de Jesús hablamos!). 

Luego se habla de la multitud. Y aquí hay un nuevo motivo de duda. Cualquier estudioso del Nuevo Testamento sabe que cada Evangelio tiene una diferente mirada sobre la “multitud” (ojlos); en Marcos, por ejemplo, suele ser un grupo ingente, que en ocasiones es incluso “escudo” de Jesús ante los intentos de capturarlo (12,12). Sin embargo, también son seducidos para pedir la muerte (15,11). No se debe descuidar que en Marcos el acento está puesto en el discipulado (“adentro”, “en casa”) que contrasta con el “afuera” (donde está la multitud; cf. 3,31.32; 4,11). En Mateo, en cambio, en ocasiones se trata de un grupo con fe incompleta o insuficiente (cf. 12,23; 20,31; 21,9; pero 22,45) y se distinguen de los discípulos (23,1). El contraste Mateo lo pone entre los que reciben / les es dada una “revelación” o no de los misterios (11,25-27; 13,11). En Lucas la imagen es semejante, aunque hay algunos matices (cf. 23,48). Es frecuente, sin embargo, en los tres sinópticos que, en el conflicto final en Jerusalén, la “multitud” (ojlós) se encuentra particularmente en actitud distante de Jesús. En el Evangelio de Juan el término solo se encuentra en la primera parte (1-12) y en ocasiones se trata de aquellos que se aproximan a Jesús, pero con frecuencia por los beneficios, no por que han accedido a la fe (o porque han visto signos; cf. 6,26). Como es evidente, entonces, el término multitud es, por lo menos ambiguo. 

Pero, y acá la extrañeza, el documento pasa a hablar del indeterminado grupo “los Apóstoles”. Para empezar, es bueno notar que el término significa cosas muy diferentes en cada uno de los evangelios. El término significa “enviado”, como se sabe, y no todas las veces en que un texto dice “los enviados” ha de entenderse como “los apóstoles”, por cierto (Jn 1,19 es un ejemplo evidente). 

En Marcos, solo 6,30 permite entender el uso del término “apóstoles” después que los Doce fueran enviados (6,7), pero es razonable entender que se refiere a los que antes había enviado, no a un “título” aplicado a ellos. 

En Mateo, a semejanza de Marcos, afirma que “envió” a los Doce (10,5) y da el nombre de los “Doce enviados” (10,2). Como se ve, tampoco acá necesariamente debe entenderse como un grupo específico. 

En Juan la situación es más compleja, porque en el cuerpo del Evangelio hay solamente un “apóstol / enviado”, que es el mismo Jesús, “el Enviado” (tema de cristología muy importante en el Cuarto Evangelio). Recién en la resurrección (anticipada en 17,18, referido a un grupo indeterminado: “los que me has dado”, 17,6.9.11.12) Jesús dice que “como el Padre me envió [epéstalkén] así yo los envío [pémpô]” (20,21; estos dos verbos para indicar “envío” parecen indistintos en Juan) y es dicho a “los discípulos”, sin que se indique a quiénes se refiere (20,19-20). 

En Pablo, es evidente que, no solamente él se aplica el título repetidamente sin ser del grupo de los Doce ni de los que estuvieron con Jesús, sino que el atributo parece más amplio: Pablo parece entender por “apóstol/es” a todo/s aquel/los que han visto al resucitado y lo testimonian (cf. 1 Cor 9,1). Concretamente, es evidente que llama apóstoles a una pareja que compartió con él la prisión y que tienen un cierto parentesco con él (Rom 16,7, ¡es decir, hay una mujer apóstola!). 

Recién en la doble obra de Lucas “apóstol” parece un título, expresamente referido a los Doce, y su característica es que este sea “uno de los que han estado en nuestra compañía durante todo el tiempo que el Señor Jesús permaneció con nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día de la ascensión, sea constituido junto con nosotros testigo de su resurrección» (Hch 1,21-22). Expresamente Lucas señala que “a los Doce los llamó apóstoles” (Lc 6,13). Pero lo de Lucas parece coherente con su eclesiología que intenta mostrar claramente una continuidad en la misión, que empieza por Jesús, sigue con los Doce, continua con un nuevo grupo (los Siete, Bernabé, Pablo) y culmina en los presbíteros (cf. Hch 20,18-35). Los “apóstoles”, entonces, son un eslabón en la cadena de la evangelización. 

Fuera de estos textos, en Hebreos, Apóstol es Jesús (3,1); la tradición petrina atribuye a su héroe el título (1 Pe 1,1; 2 Pe 1,1) sin que se especifique más; aunque en 2 Pe 3,2 se habla de “apóstoles y profetas” sin ninguna precisión (semejante, como es sabido a la tradición de Judas 17; cf. Ap 18,20). En Ap 21,14 se hace referencia a “los doce apóstoles del cordero”. 

En suma, no se entiende que el texto haga referencia a los “Apóstoles”. ¿Por qué no menciona a los “discípulos”, en cambio? Es evidente que, en el ministerio de Jesús, dentro del conjunto de los discípulos ha de haber habido diferentes “compromisos”. Algunos pudieron dejar todo circunstancialmente para seguirlo para encarar una misión itinerante con Jesús (sin duda no se trata de “dejar todo definitivamente; Pedro, por ejemplo, afirma que dejó a su familia [cf. Mc 10,28-31], pero más tarde lo encontramos con su mujer [1 Cor 9,5]); otros pudieron recibirlo y aceptar su mensaje en la región donde se encontraban (ese parece el caso del Discípulo amado, que se ubica en la región de Jerusalén) … Es decir, no hay una única manera de discipulado, pero nada más importante, para los evangelios, que esto: “mi madre y mis hermanos” (Mc 3,35), “los que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28). 

Finalmente, queda una referencia breve a “los Doce”. Es evidente que la elección de estos tiene como tema principal el número, más que los nombres; se trata de “reunir a las ovejas perdidas de Israel” (Mt 10,6; 15,24), son “las Doce tribus”; y mirando las listas, es probable que no hayan sido siempre los mismos, aunque la mayor parte hayan permanecido [por eso la tradición unió como si fuera un mismo sujeto a Tadeo (Mc 3,18) con Judas de Santiago (Lc 6,16)]. Evidentemente, el tema importante es ser discípulos; en cambio, ser parte de los Doce (obviamente varones, porque alude a los doce hijos de Jacob) es un aspecto simbólico referido a la Iglesia, pueblo de Dios (no deja de ser importante, por ejemplo, la poca atención que da el Cuarto evangelio a este grupo de Doce). 

La referencia a los Apóstoles en el documento, me da temor a un presupuesto fundamentalista de difícil profundización: los doce-apóstoles (únicos presentes en la Cena final [¿?] donde Jesús “instituye” el ministerio ordenado [¿?]) continúan presentes en sus sucesores, los obispos… Así el documento tiene “garantizado” que, aunque se escuche “sinodalmente” al pueblo de Dios (la multitud), puesto que no se trata de democracia, lo que cuenta es la definitividad de lo que los Apóstoles (= los obispos) afirmen. Se supone, se espera, se desea (ilusoriamente en ocasiones) que lo harán luego de una escucha atenta y acabado discernimiento, pero son ellos los que tienen la última palabra. Me permito dudar que de ese modo se escuche lo que “el espíritu dice a las iglesias”. 

La renovación eclesial en clave sinodal y ministerial

Birgit Weiler: Asamblea Eclesial como kairós de una Iglesia plenamente sinodal 

Birgit Weiler 

“Esfuerzos en la Iglesia de Latinoamérica y El Caribe para lograr cada vez más un caminar realmente en comunión, pueblo de Dios caminando juntos 

“La opción por los excluidos y descartados, por las personas en las periferias debe ser una característica fundamental de una Iglesia sinodal” 

“Superar el clericalismo y a colaborar con gozo a generar una cultura sinodal en nuestra Iglesia” 

09.09.2021 Luis Miguel Modino, corresponsal en Latinoamérica 

Sinodalidad y América Latina podrían ser consideradas dos caras de una misma moneda. No es por acaso que la busca de esa Iglesia sinodal, una idea nacida en el Concilio Vaticano II, esté dando pasos decisivos con la llegada a la sede de Pedro del primer papa latinoamericano. 

La Iglesia de América Latina y el Caribe siempre vio la aplicación del Vaticano II como un desafío a ser enfrentado. No en vano, sólo tres años después de la clausura del último concilio, celebró Medellín, que, salvando las distancias, puede ser considerado un pequeño concilio continental. Con el paso de los años, el Celam, con más o menos impulso, fue avanzando en este camino de la sinodalidad. La última novedad fue la convocatoria de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe

Sobre la relación entre sinodalidad y la Asamblea Eclesial ha reflexionado Birgit Weiler, quien destacaba este hecho como fruto de “esfuerzos en la Iglesia de Latinoamérica y El Caribe para lograr cada vez más un caminar realmente en comunión, pueblo de Dios caminando juntos”. A lo largo de las Conferencias Generales del Episcopado, la Iglesia de América Latina y el Caribe fue reconociendo “la necesidad de una conversión profunda como Iglesia para superar la exclusión de los pobres”, buscando una Iglesia de comunión. 

La teóloga alemana, misionera en Perú, es una de las ponentes en el Seminario Virtual “La renovación eclesial en clave sinodal y ministerial”, que se está celebrando de 7 a 10 de septiembre, convocados por el Grupo Iberoamericano del Boston College. En su intervención destacaba que “la opción por los excluidos y descartados, por las personas en las periferias debe ser una característica fundamental de una Iglesia sinodal”. La religiosa ha ido haciendo un recorrido histórico, destacando los elementos que han llevado a la Asamblea Eclesial, que considera “parte del camino hacia el Sínodo de Obispos en 2023 sobre el tema de la sinodalidad”.   

Con la Asamblea Eclesial se hace realidad la participación de todo el pueblo de Dios, que busca “discernir juntos, guiados por el Espíritu, la voluntad de Dios para nuestra Iglesia latinoamericana”, afirma la hermana Birgit.  La religiosa destaca como algo elemental el Proceso de Escucha, un elemento muy presente en el Sínodo para la Amazonía, donde fue perito, que supuso un avance para que “la práctica la sinodalidad sea reconocida como una dimensión constitutiva de nuestra Iglesia”, superando el clericalismo y autoritarismo. 

Según Birgit Weiler, con la Asamblea Eclesial estamos ante un momento de gracia “para avanzar en el camino hacia una Iglesia plenamente sinodal”, siguiendo “los aprendizajes e inspiraciones del Sínodo de la Amazonía” y el método ver, iluminar y actuar, a lo que une el escuchar. En ese sentido, la teóloga ha destacado la creatividad en el Proceso de “para facilitar que en diversos modos se recojan las voces de personas en las periferias”, así como el esfuerzo del Celam para “que haya una representación proporcional de los diversos sectores de nuestra Iglesia”. 

El Espíritu tiene un papel fundamental en el proceso sinodal, así como dejar atrás nuestros apegos y abrirse al sensus fidei, escuchar de manera continua, continuar los procesos aplicando los frutos de la Escucha, sostiene Birgit Weiler. La teóloga reflexionaba sobre el concepto de autoridad, que no tiene solo un carácter jurídico, reconociendo la importancia de los aportes del pueblo de Dios, también de las mujeres, cuyo papel en la Iglesia debería ser incrementado. 

En ese sentido, reflexionaba sobre el manejo del poder en nuestra Iglesia, que tiene que ser entendido desde el servicio, desde una relación de igual a igual, desde la abertura a nuevos ministerios y mayor participación de todos los fieles en la misión de la Iglesia. Ese es el camino de la conversión eclesial, citando palabras del Papa Francisco, buscando, según Weiler, un camino que lleve a “superar el clericalismo y a colaborar con gozo a generar una cultura sinodal en nuestra Iglesia

La Iglesia sufre un proceso de erosión

Hans-Joachim Sander y Rainer Bucher: «Los problemas de derechos humanos tienen mucho que ver en la erosión de la Iglesia»

«Mas que una crisis, la Iglesia sufre un proceso de erosión».

Según los dos teólogos alemanes, la Iglesia no está en crisis, sino en estado de permanente erosión

El “orden clerical-estatal de gobierno dentro de la Iglesia” también estaría en conflicto con la forma en que son percibidas por buena parte de la sociedad actual las normas de derechos fundamentales, defienden los teólogos Sander y Bucher en un artículo publicado en el folleto teológico feinschwarz.net

El hecho de negar el acceso a los “puestos de decisión y representación más eclesiásticos”, según los teólogos, va en contra de la función primordial de la Iglesia, que debería ser una institución de salvación, pero a los ojos de muchos es todo lo contrario

“Desde hace décadas, se han hecho justificadas advertencias sobre los autoengaños y las utopías que se han colado entre quienes tienen poder de decisión en la Iglesia. Se han encubierto los abusos sexuales de los sacerdotes y se ha trivializado el clericalismo»

Por Jordi Pacheco

El sistema de valores de la sociedad cambia con el paso de las generaciones. En este sentido, las prácticas concretas de los roles de género han tenido durante las últimas décadas una evolución considerable. La sociedad actual es mucho más sensible a esta cuestión que hace apenas medio siglo. De modo que toda institución que siga representando la paradoja patriarcal responde a una concepción anacrónica de la realidad y se sitúa al margen, en “el más allá de la sociedad”.  

Esta es la idea que defienden los teólogos Hans-Joachim Sander y Rainer Bucher en el folleto teológico feinschwarz.net. Para referirse a la realidad actual de la Iglesia católica consideran inapropiado hablar de crisis. Prefieren pensar que se trata de una “erosión de la institución que se había anunciado hace tiempo”. Y como culpable de esta erosión, los problemas de derechos humanos tienen buena parte de la culpa.Más allá de la discriminación por razones de género, esto es, el trato desigual de que son objeto las mujeres, el “orden clerical-estatal de gobierno dentro de la Iglesia” también estaría en conflicto, según los teólogos, con la forma en que son percibidas por buena parte de la sociedad actual las normas de derechos humanos. 

El hecho de negar el acceso a los “puestos de decisión y representación más eclesiásticos”, según los teólogos va en contra de la función primordial de la Iglesia, que debería ser una institución de salvación, pero a los ojos de muchos es todo lo contrario. “Esto tiene un efecto a largo plazo —advierten—, uno empieza a notarlo y está más que disgustado. Surge la fundada sospecha de que donde se propaga la salvación, hay maldad”.

Mitos en lugar de autocrítica

“Desde hace décadas, se han hecho justificadas advertencias sobre los autoengaños y las utopías que se han colado entre quienes tienen poder de decisión en la Iglesia. Se han encubierto los abusos sexuales de los sacerdotes y se ha trivializado el clericalismo. Se pusieron mitos en lugar de una teología autocrítica que expusiera sus propios errores”, concluyen.

Sander y Bucher están convencidos de que a lo largo de la historia de la Iglesia, la mayoría de pontífices han errado sus decisiones en ámbitos en los que se decidía la credibilidad de la institución. “Por eso pesa tanto que la cúpula de la Iglesia católica no abordara la dictadura del relativismo en su seno con prácticas democráticas de debate abierto, libre y público, sino que considerara esta laboriosa complejidad como religiosamente incompatible”, concluyen”