Francisco: «La compasión es una fuerza poderosa»

Libro 'El tejido del mundo', de andrea Monda, con el epílogo del papa Francisco
Libro ‘El tejido del mundo’, de andrea Monda, con el epílogo del papa Francisco

Publicamos el epílogo del Papa Francisco al libro ‘El tejido del mundo’, un diálogo a varias voces sobre la narración como camino de salvación, publicado por Lev y Salani

Editado por Andrea Monda, el volumen, ya en las librerías, reúne las voces de grandes protagonistas de la cultura

El texto inédito del Papa es publicado íntegramente hoy por los diarios Avvenire y Domani, así como por los medios de comunicación del Vaticano

Este libro con sus 44 textos fue compuesto en tiempos de pandemia y se siente la importancia, la urgencia de volver a la actividad más antigua y más humana: el arte de contar historias, es decir, de construir puentes que puedan «conectar los vivos a los muertos» para guiarnos

Por | Papa Francisco

(Vatican News).- «Las historias que contamos y re-contamos y que transmitimos los unos a los otros son tiendas bajo las cuales reunirse, estandartes para seguir en la batalla, cuerdas indestructibles para conectar a los vivos y los muertos, y el entretejido de estas vastas tramas a través de los siglos y las culturas nos une con fuerza unos a otros y a la historia, guiándonos a través de las generaciones».

Así escribe Donna Tartt después de haber leído este volumen que recoge las reflexiones de 44 escritores, artistas, teólogos y periodistas sobre el tema del relato. La novelista estadounidense capta con agudeza uno de los puntos en los que convergen muchos de los autores de este libro: el relato como “tejido”, hecho de “cuerdas indestructibles” que conecta todo y a todos, presente y pasado, y permite abrirse hacia al futuro con sentimientos de confianza y de esperanza. Este aspecto del textum (en latín para indicar tejido, de donde procede el español texto) estuvo en el centro de mi Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones del año 2020 que fue como la chispa que generó todas las demás reflexiones aquí recogidas. De hecho, desde febrero a octubre de 2020, en las páginas de L’Osservatore Romano, fueron publicados estos textos “provocados” por la lectura de mi Mensaje. Luego se me pidió que agregara una conclusión final para terminar esta rica y hermosa serie que ya había leído con gran placer a medida que se desarrollaba a lo largo de los meses. Por lo tanto, acepté con gusto, siempre que no se considere “final” un poco porque, como dice Frodo, el protagonista de El Señor de los Anillos de Tolkien, «los relatos nunca terminan» y luego porque un aspecto muy hermoso de este libro es precisamente el sentido de apertura, de circularidad, de diálogo.

Antes de volver al tema del “contenido”, me gustaría detenerme brevemente en el “método” de este volumen: al principio hay un mensaje que se lanza; este mensaje se comparte y se ofrece a la atención de algunas personas que se dejan cuestionar y enriquecen ese mensaje con su aportación; el autor del mensaje lee todas estas contribuciones y relanza una nueva reflexión más rica que la inicial gracias a la aportación de todos; finalmente, el lector de este libro entrará en este diálogo y lo continuará en su vida diaria. Aquí están las “tiendas bajo las cuales reunirse” de las que habla Tartt, aquí está el entretejido que “nos une con fuerza” incluso a través de las generaciones.

Todo esto dice mucho. Y dice en particular que en las historias lo que cuenta obviamente es el decir, pero quizás aún más escuchar. Este libro es el resumen de un diálogo que no termina en la última página y, como diálogo, tiene su corazón en la escucha. También silencioso. En estas páginas sobre el relato se siente con fuerza la presencia del silencio. Desde este punto de vista es importante que también haya un ensayo, me refiero al texto “Tú hablas también cuando cayas” de Massimo Grilli, dedicado directamente al silencio. Casi un contrapunto, un contraste, tan esencial como el tema principal interpretado por el resto de la orquesta. Palabra y silencio, juntos.

Y aquí quiero volver a los aspectos de contenido para destacar, entre los muchos posibles (la colección es preciosa precisamente por la libertad y variedad de enfoques y puntos de vista), tres temas que me parecen los más recurrentes: el primero ya lo he subrayado, el contar historias como “tejer”; el segundo se esconde dentro de la referencia al silencio, y es el tema del “misterio”, el tercero es el tema de la “compasión”.

Relato

Sobre el primero, como ya he dicho, el tejer, es quizás el aspecto en el que se centran la mayoría de los autores, algunos enfatizando el papel de la mujer, como por ejemplo Marcelo Figueroa, otros destacando la “ductilidad” del tejido de historias «capaces de acoger en sí situaciones siempre nuevas y destinatarios siempre nuevos» (J.P.Sonnet), mientras que otros como Antonella Lumini se detienen en la consistencia “magmática” de las historias que sin embargo “existen”, tienen una “capacidad” y una tendencia, «como las aguas en el nacimiento de un río que luego desemboca en el mar».

El tema del misterio, declinado como sentido del límite pero también como “magia” que interviene en el momento de la inspiración poética, está presente desde el primer texto, el del arquitecto Renzo Piano para quien «los seres humanos estamos todos unidos por esta conciencia de un misterio que nos sobrevuela, nos supera. Esto también tiene que ver con la poesía». «Lo que no sé, lo sé cantar» recita una canción del cantautor romano Francesco De Gregori entrevistado en la recopilación, y los artistas, añade Judith Thurman, con profunda intuición, «deben escribir no tanto sobre lo que saben, sino sobre lo que no sabían que sabían hasta que lo rescataron de la oscuridad».

El sentido del misterio abre a lo trascendente, hacia una dimensión inconfundiblemente espiritual, religiosa. Donna Tartt observa que «quizás, más propiamente, las historias son tela para velas que izamos para capturar un soplo de lo divino. Los pensamientos de otras personas adquieren una vida extraña en nosotros, y por eso la literatura es el arte más espiritual de todos y ciertamente el más transformador. Como ninguna otra forma de comunicar, una historia puede cambiar nuestra forma de pensar, en el bien o en el mal […] las culturas antiguas y modernas siempre han considerado que las historias son mágicas, – y peligrosas – por una razón: porque se puede escuchar una historia y, al final, ser una persona totalmente diferente».

Compasión

Y esto lleva al tercer aspecto, la compasión, también presente en varios textos recogidos en el volumen. En particular, la escritora Marylinne Robinson, recordando las historias y las canciones que le leía su madre, reflexiona sobre la compasión que en su sentido más amplio es según ella «en la vida del alma, el equivalente humano de la gracia divina» y luego añade que: «la historia demuestra cuán importantes son las narraciones para las comunidades». La literatura, por tanto, está ligada a la compasión y esto conduce a la transformación que se produce en toda experiencia de escritura y lectura, y se produce de forma ambigua, ambivalente y, por tanto, arriesgada: el relato también puede desprender una fuerza negativa, manipuladora, destructiva.

La compasión, como repito a menudo en mis discursos, es una de las tres características del estilo de Dios, junto con la cercanía y la ternura. Se trata, pues, de una fuerza poderosa, y no puede reducirse sólo a un aspecto interior, íntimo, porque también posee una dimensión evidentemente pública, social, de manera que el relato se revela como una fuerza de la memoria, por tanto, custodia del pasado, pero también, precisamente por esto, levadura de transformación para el futuro. La compasión encuentra el icono más representativo en la figura del Buen Samaritano narrada en el capítulo 10 del Evangelio de Lucas. Este hombre se compadece del hombre herido y le ofrece no sólo cuidados y curaciones sino con estos también otro relato de su vida que con su gesto ha “redimido de la oscuridad”. La compasión transforma la vida de los dos protagonistas, y esto vale para cada persona y para cada comunidad.

Esta dimensión si queremos “política” de la narración también está muy presente en los 44 textos del libro. Pienso en la reflexión de Alessandro Zaccuri que habla de Jesús como el “Mesías narrador”, aparentemente desarmado, pero en realidad dotado del arma poderosa del relato. Así como el novelista irlandés Collum McCann ve en la narración «uno de los medios más poderosos que tenemos para cambiar nuestro mundo. […] La narración es nuestra gran democracia. Es eso a lo que todos tenemos acceso. Contamos nuestras historias porque necesitamos ser escuchados. Y escuchamos historias porque necesitamos pertenecer. La narrativa traspasa fronteras. Cruza los confines. Rompe los estereotipos. Y nos da acceso al pleno florecimiento del corazón humano». A lo que alude McCann es a la conclusión a la que llega Daniel Mendelsohn cuando afirma que «La palabra es un puente […] a través del relato podemos reducir la distancia que nos separa y creo que esto es hoy más necesario que nunca».

Mendelsohn hace referencia al momento en que se escribieron estos textos, su contribución es de abril de 2020, e indica una referencia literaria precisa: el Decamerón de Boccaccio, ambientado en época de peste. También este libro con sus 44 textos fue compuesto en tiempos de pandemia y se siente la importancia, la urgencia de volver a la actividad más antigua y más humana: el arte de contar historias, es decir, de construir puentes que puedan «conectar los vivos a los muertos» para guiarnos, a través de los siglos y las generaciones, hacia un futuro para construir, tejer, juntos.

La compasión en un mundo injusto

El principio-compasión
El principio-compasión

«La intencionalidad del proceso sinodal consiste en una renovación de la Iglesia de consecuencias decisivas para su crítico presente y problemático futuro»

«La sinodalidad quiere avanzar con toda la humanidad para lograr  la fraternidad universal»

«La compasión es el principio motor de la sinodalidad; sin ella no habrá auténtico proceso sinodal»

«Solo quien ‘com-padece’, ‘sufre con’  la otra persona,  camina humanamente junto ella, con toda la creación»

Por | Félix Placer Ugarte, teólogo

El proyecto sinodal  que, por iniciativa e impulso del Papa Francisco, ha comenzado realizándose   en la base eclesial y culminará en el Sínodo de  Obispos el próximo año, no se limita a una consulta. Va mucho más allá. Su intencionalidad consiste en una renovación de la Iglesia de consecuencias decisivas para su crítico presente y problemático futuro.

Se trata, en primer lugar de caminar juntos, sinodalmente, en todos los ámbitos de la Iglesia, de establecer relaciones nuevas u olvidadas durante siglos  en una Institución excesivamente jerarquizada. Quiere dar la  voz a todo el Pueblo de Dios no solo reconociendo el derecho a la palabra en todas las personas creyentes, sino para lograr que se sientan en comunión de igualdad, en participación responsable, en misión compartida.

Pero la sinodalidad en su espíritu, intención y profundidad en las que el Papa la entiende va, a mi entender, más adelante aún. Significa, siguiendo  la Constitución pastoral del Concilio Vaticano (nº 1), la solidaridad con toda la familia humana. Quiere avanzar con toda la humanidad para lograr  la fraternidad universal (id, 3; enc. Fratelli tutti).

Sinodalidad
Sinodalidad

La sinodalidad, en consecuencia, desborda los límites de la Iglesia-institución para hacerse relación con el mundo, “con sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias…sobre todo de los pobres y  de cuantos sufren” (Vaticano II, Constitución  pastoral, 1):  “Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana” (Evangelii gaudium, 169). En esta ‘nueva’ sinodalidad destaca como principio motor, como motivación básica, la compasión. Sin ella no habrá  auténtico  proceso sinodal.  La compasión se convierte entonces en palabra clave en este proyecto y es la que conducirá a un cambio de esta Iglesia, con frecuencia centrada  en sí misma.

Pero la compasión  se entiende  y practica de  maneras diversas y hasta opuestas. Indico dos. Hay quienes la ven  como sentimiento de lástima, de pena, de conmiseración y la reducen a un simple sentimentalismo  inoperante. Esta concepción implica una ideología de superioridad y distancia.  Para otra compresión radicalmente distinta, la compasión  es un principio humano, una virtud decisiva para ser  persona humana. Sin compasión no hay humanidad y la humanización es un proceso de compasión. 

En esta línea humanizadora Juan José  Tamayo ofrece en su reciente libro un sentido de  la compasión cargado de resonancias y significados enlazados desde diversas perspectivas religiosas, históricas, filosóficas, feministas, éticas, místicas. Son  diferentes  aproximaciones al denso y  profundo significado de la compasión.

“El verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria”.

 A mi entender, su trabajo es un auténtica reflexión sinodal para  caminar juntos y juntas aportando su razón última que radica precisamente en la compasión. Solo quien ‘com-padece’, ‘sufre con’  la otra persona,  camina humanamente junto ella, con toda la creación,  porque “no puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos”, afirma el papa Francisco en la Laudato si’. 

En esta compasión se juega el presente y futuro de la humanidad, que o será compasiva o no será  humana. Y acabará por autodestruirse. Por tanto, las mismas  religiones tendrán  razón de ser, si son compasivas, como lo muestran sus orígenes fundadores, según el recorrido que por ellas presenta Tamayo.

En este momento del mundo, en sus contextos, la compasión adquiere hoy una relevancia y significado específicos que Juan José Tamayo subraya en el mismo título de su libro: La compasión en un mundo injusto. Se refiere a la injusticia  que  abarca dramáticamente a todos los ámbitos  de nuestra convivencia y existencia. Este contexto mundial  de injusticias se opone  frontalmente a la compasión. Vivimos en un mundo sin compasión, fraccionado por las “brechas de la desigualdad”. 

Algunas persona sentirán lástima, lamentarán determinadas condiciones de vida de los pobres, de personas emigrantes, desplazadas, hambrientas,marginadas… Incluso aportarán ayudas y apoyarán ONGs. Pero no serán  compasivas. La compasión no será su principio  básico, sino una simple sentimiento inoperante para tranquilizar sus conciencias  y mantener todo como está, en un beneficio excluyente. Por supuesto, en modo alguno, como subraya Tamayo siguiendo a Ellacuria,  aceptarán ‘cargar con la realidad’, de la que no se sienten culpables y menos aun ‘tomarán a su cargo’ un hacer real  que subvierta  el injusto estado de cosas.  En lugar de mirar con ‘ojos abiertos’, como pide Johann Baptist Metz, citado por Tamayo, les dirigirán una superficial mirada.  Evitarán  ahondar sus causas y avanzar subversivamente con “las mujeres olvidadas… por los caminos de  la liberación y emancipación”.

Por eso precisamente la reflexión  de su libro, comienza desde esa constatación en la que, como ya lo hizo en su anterior  trabajo de denuncia, La internacional del odio, se elimina todo atisbo de compasión para llegar a ser incluso en sus formas  religiosas neofascismo  o ‘cristoneofascismo’.  

Desde el punto de vista de la fe cristiana, esa falsa compasión  es todo lo contrario del sentido de la encarnación  que es la definitiva revelación de la compasión de Dios  con la humanidad.  Su caminar humano tomando forma de esclavo  le llevó a la muerte con los últimos, no como consecuencia  de su ‘exceso de compasión’, como afirmaba F. Nietzsche, sino por su  total solidaridad con ellos y ellas. Ahí brotó, según la  fe  cristiana,   el ‘principio-esperanza’ liberador para  la humanidad, como lo expuso Jon Sobrino.

La ética de la compasión, como ética fundamental, que desarrolla Tamayo, se apoya  en importantes reflexiones de filósofos que han hecho de la compasión centro de sus planteamientos: A. Schopenhauer, E. Levinas, J. Butler, J-C. Mèlich aportan, en la síntesis que nos ofrece su libro, reflexiones decisivas e impactantes.

Basta citar, entre otros, al filósofo autor del libro Totalidad e infinito que es, según J. Derridas, “un inmenso tratado de la hospitalidad”, de bondad, de amistad, en definitiva de caminar juntos buscando y realizando la justicia incluso más allá de imperativos categóricos para acercarnos  con ternura, con responsabilidad al otro/a, en un “cara-a-cara”, en relación ética con todas las consecuencias, en auténtico amor. Un amor, como subraya  Tamayo siguiendo a J.B. Metz, que se hace políticamente eficaz desde las víctimas. 

Este planteamiento y orientación que nos ofrece y desarrolla el  libro de Juan José Tamayo es profundamente espiritual. Por eso   termina su reflexión con el capítulo dedicado a “una mística de ojos abiertos”. Es la espiritualidad radical que  inspira un auténtico amor. Nos lleva a  caminar hacia la unidad del género humano en esa común experiencia del Espíritu, en su energía. Nos impulsa a la justicia e igualdad, al respeto de las diferencias, a la relación dialogante y liberadora, a la bondad. “Descubre la única felicidad o bienaventuranza verdadera, la de la paz, la mansedumbre y la compasión con los heridos”, como Jesús de Nazaret,  afirma José Arregi.

El proceso sinodal en su Vademecum llama precisamente  a mirar más allá de los confines visibles  de la Iglesia, a dialogar sin exclusiones, a convencernos de que “Dios habla a menudo a través de aquellos que podemos excluir, desechar o descartar fácilmente “. Como subrayó otro Sínodo anterior (1971), reconocer  “las injusticias sin voz que oprimen nuestro mundo…” nos exige ponernos   “al servicio de nuestro hermanos para ayudarles a encontrar los caminos  para  establecer una humanidad más justa”;  para, según Fratelli tutti,  “avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados”.

Entonces nuestro camino sinodal se ira haciendo ‘camino al andar’ con las personas hambrientas, desnudas, marginadas, oprimidas (Mt 25) en la justicia y solidaridad.  Esta sinodalidad compasiva será auténtica conversión y comunión de la Iglesia con el mundo, verdadera participación solidaria en el  drama de la humanidad y nos hará fieles al Espíritu que, como a Jesús, nos envía a anunciar la buena nueva a los pobres y liberar a los cautivos (Lc 4,18)

La compasión en un mundo injusto

Presentación de «La compasión en un mundo injusto», de Juan José Tamayo, en FragmentaEl principio-compasión. Ver la realidad desde las víctimas y sentirse afectado por ellas

El principio-compasión
El principio-compasión

«El libro ‘La compasión en un mundo injusto’, de Juan José Tamayo, es fruto de la pandemia, en muchos sentidos»

«En este contexto Tamayo ha intuido que la compasión ha de dejar de ser una virtud bajo sospecha para convertirse en algo esencial a la vida y a la convivencia humana»

«Su itinerario tiene tres momentos que corresponden al VER, JUZGAR y ACTUAR de la teología de la liberación latinoamericana, pero acentuando aquí que el ver no es una simple mirada sociológica sino un ver la realdad desde las víctimas»

«Examina ampliamente el tema de la compasión en las diversas religiones: Islam, hinduismo, budismo y religiones originarias de América latina y concluye que hay una gran convergencia en todas ellas»

«El libro es un asumir el Principio compasión como clave de lectura, interpretación, cuestionamiento y conversión transformadora tanto personal como colectiva. Es algo original, actual y necesario»

PorVíctor Codina

El libro‘La compasión en un mundo injusto’, de Juan José Tamayo, es fruto de la pandemia, en muchos sentidos. No solo porque el confinamiento en casa ofrecía tiempo para leer y escribir, sino sobre todo porque la pandemia ha desvelado la vulnerabilidad humana y la injusticia a nivel nacional y mundial

En este contexto Tamayo ha intuido que la compasión ha de dejar de ser una virtud bajo sospecha para convertirse en algo esencial a la vida y a la convivencia humana, común a todas las religiones y central en la fe cristiana, que cree en el amor entrañable de Dios mostrado en Jesús de Nazaret. La compasión no es simple sentimiento de conmiseración y lástima sino una empatía con las víctimas que lleva al compromiso con la justicia.

Así Tamayo completa de modo original el Principio esperanza de Ernst Bloch y el Principio misericordia de Jon Sobrino, con el Principio compasión. Este principio compasión da unidad y originalidad a toda la obra.

Su itinerario tiene tres momentos, que constituyen las tres partes del libro, pero cada una de estas tres partes es tan completa que en realidad podríamos decir que hay tres libros en uno.

Comienza por analizar el mundo estructuralmente injusto y desigual que vivimos, en sus diferentes manifestaciones.

Luego sigue una reflexión sobre la compasión como valor ínsito en el ser humano y opción de Dios, manifestado en Jesús de Nazaret. El Principio-compasión es necesario para que nuestra teología no se convierta en cómplice de los victimarios. Se examina la compasión en el judaísmo, cristianismo, islam, hinduismo, budismo y religiones originaras de Amerindia. Es la parte nuclear y central del libro.

Finalmente se aborda la historificación de la compasión para que la compasión se convierta en lucha contra los grandes grupos económicos de poder, mostrando así que la compasión se traduce en solidaridad con las víctimas y un amor políticamente eficaz.

zapatos
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Estos tres momentos del itinerario corresponden al VER, JUZGAR y ACTUAR de la teología de la liberaciónlatinoamericana, pero acentuando aquí que el ver no es una simple mirada sociológica sino un ver la realdad desde las víctimas, desde abajo y sentirse afectado por ella.

«Lo más original y extenso es la profundización del Principio-compasión en las tradiciones humanistas, religiosas y bíblicas»

I.En la primera parte Tamayo se aproxima al mundo injusto y desigual de hoy que se manifiesta, entre otras cosas, en la injusticia ecológica, la insolidaridad con inmigrantes y refugiados, la injusticia de género contra las mujeres, la necropolítica y el descarte de los marginados, la injusticia económica, cultural y cognitiva, la vuelta del fascismo y del cristo-fascismo (el nacional-catolicismo y el cristo´-fascismo en la España hoy) y finalmente la constatación de que la pandemia es selectiva, no ha afectado a todos igualmente.

II.En la segunda parte se analiza el Principio compasión que caracteriza al ser humano en su dimensión más profunda, aunque no siempre se traduce en una práctica compasiva y solidaria. La compasión está presente en las tradiciones humanistas y religiosas, aunque no siempre las personas, creyentes y no creyentes han mostrado empatía con los que sufren, con los crucificados de la historia. Este referente ético de las religiones constituye su principio teológico.

El ser humano no es solo homo sapiens; es también homo patiens, ser compasivo, no solo vale el “atrévete a pensar” sino también el “atrévete a sufrir con el que sufre y con la creación que sufre dolores de parto (Rm 8,22).

Tamayo observa que los diccionarios bíblicos hablan más de misericordia divina que de compasión. Sin embargo. el Dios bíblico aparece como compasivo ante el dolor humano, el sufrimiento y la opresión. La escritura usa los términos rahamin y hesed. Rahamin significa entrañas, vientre materno. Hesed es compadecerse tener cariño y compasión.

En el Éxodo Dios se compadece del sufrimiento del pueblo Ex 3, 7-12-Los sapienciales y salmos expresan la compasión de Dios (Sal 103)

Pero esta compasión está unida al Mispat (derecho) y sedaqa (justicia) que son atributos bíblicos de Dios que los profetas proclaman y denuncian a sus incumplidores; jefes, sacerdotes, y comerciantes que son injustos, aunque aparezcan como piadosos. Los profetas realizan un cambio de paradigma religioso: el ayuno es abrir prisiones injustas, la verdadera religión es hacer el bien, el sacrificio y holocausto es reconocer a Dios y ayudar al prójimo. Conocer a Dios es hacer justicia al prójimo (Jer 22,15-16).

La utopía profética es utopía de paz y comunidad ecohumana (Is 11, 6-8) La utopía bíblica es la de la vida, del sustento y de la vida cotidiana.

Todo esto se refuerza y profundiza en el Nuevo Testamento. Jesús de Nazaret se compadece del sufrimiento, cura a enfermos, incluso en sábado, pone la vida del pueblo por encima del sábado y la ley, afirma “misericordia quiero y no sacrificios”, expulsa a los vendedores del templo; las bienaventuranzas y el juicio final de Mt 25 son alegatos a favor de la compasión. Pero esta compasión de Jesús es conflictiva: las autoridades religiosas le llevarán a la cruz.

Jesús fue un indignado contra la religión oficial y sus teólogos, contra el poder religioso, económico y político, con la sociedad patriarcal y siente el abandono de Dios en la cruz.

El buen samaritano, muestra una ética de la compasión, se le conmueven las entrañas, ayuda y de su tiempo al que sufre. La iglesia ha de ser samaritana y compasiva.

Convergencia

Tamayo examina ampliamente el tema de la compasión en las diversas religiones: Islam, hinduismo, budismo y religiones originarias de América latina y concluye que hay una gran convergencia en todas ellas, expresada en principios como “no hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”, “no somos extraños para nadie, somos amigos de todos”, “yo soy yo si tú también eres”.

Sin embargo, durante mucho tiempo, la teología, incluso cristiana, aplicaba a Dios términos como omnipotente, motor inmóvil, causa sui, principio de todo, un Dios incapaz de sentir, amar, sufrir, insensible al dolor humano. Esta imagen es más cercana a los amigos de Job que a Jesús. A pesar de ello todas las religiones han tenido personas compasivas y el sufrimiento ha entrado en la teología. La teología no puede pasar de largo ante el sufrimiento, sería cinismo. Para Horkheimer, la teología es la esperanza de que la injusticia no sea lo último, la esperanza de que el asesino no triunfe sobre la víctima inocente.

III. La tercera parte mira a la praxis. La compasión no es solo individual, interpersonal e intersubjetiva, sino que la compasión debe historificarse para poder ser liberadora y encarnarse en instituciones sociales, ejerciendo una crítica, resistencia y solidaridad transformadora de las vidas dañadas, atender al anawim, al otro me pide ayuda (Levinas).

Tamayo critica los sistemas contrarios a la compasión y deja muy claro que no hay compasión sin justicia sin reconocimiento de la dignidad humana, sin igualdad y justicia de género, sin cuidado de la tierra, sin defensa de los derechos humanos, sin hospitalidad, sin considerar que el centro es la tierra, sin pluralismo cultural, étnico y religioso, sin espiritualidad liberadora. La práctica de justicia y implica participación en movimientos sociales, renuncia a nuestra arrogancia y superioridad, asumir nuestra ambigüedad, etc.

Dentro de la parte de la historificación de la compasión, Tamayo incluye la reflexión de algunos autores sobre la compasión. Metz, en su teología política critica la reducción de la razón a una ilustración privatizante que no escucha la voz de las víctimas y propone una memoria subversiva de las víctimas, lejos de una teología de la gloria y de todo triunfalismo. Defiende un ecumenismo de la compasión con empatía hacia el sufrimiento ajeno. Cita a Schopenauer para quien la compasión es el fundamento de la ética; para Levinas, la responsabilididad por el otro es la filosofía primera. Para Joan Carles Mélich, el ser humano es doliente, quaerente y deseante, debe vivir bajo la dimensión patética de la existencia: lo contingente, corpóreo, provisional, situacional, frágil, circunstancial, no lo absoluto ni lo categórico. La ética comienza cuando los demás entran en esfena, cuando nos ponernos al lado de las personas sobrantes, desechos de la sociedad. La ética es una relación compasiva, una respuesta al dolor del otro, es transgresora del orden social establecido. Hay que ver al mundo no desde la razón pura sino desde la razón desvalida, una razón encarnada en la historia, trágica, no separada del tiempo ni del cuerpo, que sospecha del mito del progreso. Frente a la razón ilustrada está la razón desvalida, frente al bien, la bondad, frente al deber cumplido, la vergüenza.

Metz propone una mística de ojos abiertos, con un corazón solidario y un amor políticamente eficaz. La mística no es algo pre-lógico, antirracional, sino una experiencia antropológica fundamental (Zambrana), forma parte de la historia, para ir más allá, crea personas de incansable entrega a los demás, aunque resulten extrañas y sospechosas como Eckhart y Juan de la Cruz, recuerda Tamayo

Hay una relación intrínseca entre mística y política, Dios es justicia (Jeremías 23,6), la justicia es tema no sólo político sino teológico, Dios hace justicia a las víctimas. El cristianismo ha sido más sensible al pecado que al dolor de las víctimas (Metz), en cambio Jesús fue liberador y compasivo

Conclusión

El libro de Tamayo no es solo una toma de conciencia de nuestra realidad injusta y discriminatoria, ni solo un diálogo con las tradiciones religiosas y las éticas contemporánea, sino un asumir el Principio compasión como clave de lectura, interpretación, cuestionamiento y conversión transformadora tanto personal como colectiva. Es algo original, actual y necesario. Le agradecemos a Tamayo este esfuerzo.

Personalmente, luego de vivir casi 40 años en Bolivia, he sintonizado mucho con este Principio-compasión de Tamayo.

Hablemos de liderazgo parroquial III

 
   
Este ejercicio es como tirar una botella al mar: encerrado, no solo va un mensaje, sino la esperanza de que alguien más lo lea y reflexione sobre el tema; también la intención de conectar con otras mentes y otros corazones que alimentados del Evangelio ardan en deseos de seguir mejorando nuestra Iglesia. Y es que este ejercicio de autorreflexión es vital para todos, no solo como una mera retórica, sino confrontados siempre por el Evangelio que custodia e interpreta el magisterio de la Iglesia. Porque al hablar de liderazgo parroquial, debemos buscar, más allá de las recetas, esquemas, modos en los que alguien lo está construyendo, el entender el espíritu de este liderazgo, que no es cualquier liderazgo, sino es uno compasivo al modo del Evangelio
 
Muchas veces nos quedamos con palabras bonitas que revisten nuestros discursos y reflexiones, pero entre tantas palabras nos vamos quedando con aquellas que más se acomodan a nuestra mejor conveniencia. Por ejemplo, en una ocasión estaba escuchando cómo los líderes en la Iglesia deberían ser los que “cuidan, acompañan y conducen a los demás a modo de ser luz de las naciones, sal para encontrar el sentido de la vida y levadura que fermente en la sociedad la presencia del Reino de Dios”. Y por supuesto que tiene razón, pero cuando solo nos quedamos con esta frase y nos olvidamos del Evangelio, terminamos justificándonos, por ejemplo, en el “conducir” para ejercer actos violentos que nada tienen que ver con el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo y con la propagación de una Buena Nueva esperanzadora. 
Un auténtico liderazgo desde la compasión 
Y es que corremos el riesgo de caer en la tentación de los absolutismos que nos llevan a vivir una dictadura que termina por arruinarlo todo, y para mantener el control comenzamos a compensar el liderazgo con una tiranía que se expresa en un esquema de castigo-recompensa que no refleja en absoluto al Padre amoroso que nos reveló Nuestro Señor. Por poner un ejemplo, preguntémonos cuántas veces nuestros laicos ven el hacer una lectura en la Misa como un premio, incluso muchos de ellos no se sienten dignos de hacerlo, o merecedores, o ven en los que lo hacen como alguien que ya ha hecho los méritos suficientes. Si no rompemos este esquema de castigo – recompensa, no podremos hablar de un auténtico liderazgo desde la compasión. Es verdad, es un esquema que tenemos sembrado en nuestra cultura, pero que es anti hospitalaria y sobre todo, anti evangélica. En todo momento, pero hoy más que nunca, la compasión no es un lujo, sino una necesidad
Este sistema violento de castigo – recompensa es sumamente perverso, pues hunde sus raíces directamente en el ser de la persona y en su quehacer, provocando tres reacciones devastadoras que, si el líder no lo sabe y lo sana, primero en sí mismo y luego en su apostolado, no podrá ser verdaderamente hospitalario al estilo de Jesús. Estas tres reacciones son la culpa, la vergüenza y el miedo. Cuando estamos cargados de estas energías, puede estar la gente muriendo a nuestro alrededor y no darnos cuenta, como lo hizo el Sacerdote de Israel y el Levita que aparecen en la parábola del buen Samaritano. 
La culpa siempre va a calificar el quehacer de la persona, se va a sentir culpable porque piensa que ha actuado mal, y esto puede suceder incluso si su actuación ha sido buena, pero por el rechazo lo ve de forma negativa o culposa, y cuando nuestra Iglesia se llena de personas que actúan “mal”,  ya sea porque cometen una equivocación, porque no están suficientemente capacitadas o hasta porque sucede un accidente no previsto, terminan por alejarse; como no sabemos romper ese sistema violento que lo provoca y seguimos instalados en el castigo – recompensa, empezamos a competir, y tratamos de ser menos “malas” que el de junto. 
La compasión evangélica 
La vergüenza en cambio califica el ser de la persona; cuando el sentimiento de vergüenza se siente es porque nos juzgamos indignos, malos, ajenos. Los pensamientos que alientan la vergüenza tienen raíces muy complejas en nuestra infancia, porque se fueron entre tejiendo con la dinámica de nuestros apegos y las reacciones que creímos necesarias para tener aceptación. Los apodos que en casa eran una muestra de cariño como “gordita”, en la escuela pasan a tener una carga negativa, de rechazo, y provoca conflictos que muchas veces terminamos reflejando en nuestras relaciones en la iglesia o con Dios mismo. Pero solo habitan en nuestros pensamientos, porque nos juzgamos así, indignos o malos delante de Dios o para su servicio. 
El miedo es una fuerza paralizante, que teniendo su parte útil, porque nos alerta para salvarnos la vida; sin embargo, cuando se alimenta de todo lo que hemos dicho anteriormente, terminan siendo irracionales como el miedo de que me regañe el padre o de que me corran de la iglesia. El miedo encierra el corazón y hace que veamos en Dios a un fantasma (Mc 6,49). En la práctica de nuestra fe cotidiana, vivimos con el miedo a equivocarnos y que nos castiguen o vivimos haciendo méritos para que nos premien y ese no es el Dios que nos mostró Nuestro Señor Jesucristo. 
La compasión evangélica, por otro lado, no es una actitud, sino es más bien una fuerza que llena a la persona cuando la vive realmente, entonces no hablamos de ningún modo de algo sentimental, sino una “dínamis” del Espíritu. Esta fuerza que proviene de Dios nos permite ver con claridad la naturaleza del sufrimiento conectando no con el dolor, sino con las necesidades no cubiertas de la persona que sufre y lo más maravilloso de este movimiento interno es que conectamos con nuestras propias necesidades y ahí, es ese espacio íntimo de las necesidades humanas y universales, se da una profunda y auténtica comunión; por eso otra cualidad a destacar de la compasión evangélica es que aspira a transformar la realidad violenta con acompañamiento, sin aferrase al desenlace, porque las virtudes cardinales le dan la certeza del cielo
El auténtico liderazgo de Jesús 
Los principales enemigos de la compasión son la lástima, la indignación moral y el mismo miedo. ¿Cuántas veces nosotros mismos o las personas que asisten a nuestras iglesias viven en estas trampas? Con ellas solo se aleja a los más necesitados de Dios y muestran un rostro hostil de una Iglesia que es Madre antes que todo. Y este sistema violento que algunos llaman “sistema chacal”, lo podemos encontrar en todas las esferas de nuestra Iglesia. 
Ahora la neurociencia ha destacado varias propiedades de vivir en la compasión evangélica como lo he descrito aquí, las principales son la resiliencia, la integración neutral y hasta el fortalecimiento del sistema inmune. En estudios que se han hecho en Oakland por el Doctor Gilbert, P., o los de Lutz, A., y otros que con resonancias magnéticas han demostrado que un cerebro que actúa en compasión como fuerza vital, trabaja con ambos hemisferios cerebrales de forma coordinada, y esto es solo un ejemplo. 
Y aunque todo esto nos puede llevar a pensar que la compasión nos debe venir del cielo, y no debe cabernos la menor duda de que así puede ser; sin embargo, podemos entrenarnos para ser líderes compasivos al estilo de Jesús. Desde las cabezas de nuestra iglesia que muchas veces dan despensas a los “más pobres”, pero a los “lázaros” sentados a sus puertas no dan ni las sobras; tal vez porque dar muchas despensas infla nuestros números o porque no hemos desarrollado eficazmente nuestra propia bondad que Dios ha sembrado en cada corazón humano. Este, creo yo, es el espíritu del liderazgo que debemos vivir y desarrollar en cada una de nuestras parroquias, para desguarnecer nuestros corazones y abrirlos al hijo que arrepentido busca a su madre la Iglesia o al que está tirado en el camino, sin ver en ellos al que desperdició su herencia o al que no piensa como yo porque es samaritano. 
Como conclusión quisiera preguntarte: ¿Estás dispuesto a reflexionar sobre el auténtico liderazgo de Jesús y amoldarte a él? ¿Estás dispuesto a no oprimir al prójimo sino buscar sus necesidades auténticas? ¿Estás dispuesto a adoptar la compasión como la fuerza vital? ¿Estás dispuesto a romper con todo sistema violento de tu vida y de tu Iglesia? “Ánimo, no tengan miedo”. 

Sufrir con quien sufre: la actualidad de la compasión

Leonardo Boff
Un manto de sufrimiento y de dolor cubre toda la humanidad, amenazada por la Covid-19. La cultura del capital, dentro de la cual vivimos, se caracteriza por el individualismo y por una clamorosa falta de cooperación. El Papa, en la isla italiana de Lampedusa, al ver a cientos de africanos que llegaban en barco desde África y eran mal acogidos por la población local, dijo casi entre lágrimas: “nuestra cultura moderna nos ha arrebatado la compasión por nuestros semejantes; nos hemos vuelto incapaces de llorar”.
Parece que la inflación de racionalidad instrumental y analítica nos ha producido una especie de lobotomía: nos hemos hecho insensibles al sufrimiento del otro. El presidente actual es la comprobación más trágica de esta indiferencia. Jamás visitó un hospital a tope de personas contaminadas de Covid -19, muchas muriendo asfixiadas. Sin ningún sentimiento leyó en un discurso público una fría frase que le prepararon, pero se sentía que no venía de un corazón sensibilizado por las casi 600 mil vidas truncadas por su política necrófila.
La pandemia nos está haciendo descubrir nuestra humanidad profunda: la centralidad de la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad y el cuidado necesario. Nos hace más sensibles. Ha traído de vuelta la compasión. Tener compasión no es tener pena de los otros, mirándolos desde arriba. Compasión es la capacidad de sentir y compartir la pasión del otro, decirle al oído palabras de esperanza, ofrecerle un hombro y decirle que estás ahí, a su lado para lo que sea, es ser capaz de llorar juntos pero también de animarse mutuamente. Seguir leyendo

El principio compasión y las víctimas del COVID-19


Por Leonardo Boff
A través de la Covid-19 la Madre Tierra está llevando a cabo un contraataque sobre la humanidad como reacción al ataque avasallador que ella viene sufriendo desde hace siglos. La Covid-19 es igualmente una señal y una advertencia que nos envía: no podemos hacerle una guerra como hemos hecho hasta ahora, pues está destruyendo las bases biológicas que la sustentan y sustentan también todas las demás formas de vida, especialmente, la humana.
Tenemos que cambiar, de lo contrario podrá enviarnos virus más letales todavía, quien sabe, hasta un virus invencible contra el cual nada podríamos hacer. Entonces estaríamos seriamente amenazados como especie. No sin razón la Covid-19 ha atacado solo a los seres humanos, como aviso y lección. Ha llevado ya a la muerte a millones de personas, dejando un viacrucis de sufrimientos a otros millones y una amenaza letal que puede alcanzar a todos los demás. Seguir leyendo

Una solidaridad nueva

 

Por Juan Antonio Mateos Pérez

“Toda vida verdadera es encuentro… Cada uno de nosotros hemos sido un nosotros antes de ser un yo”

Martin Buber

“La solidaridad nace en la experiencia del encuentro afectante con la realidad del otro herido en su dignidad de persona y que se nos manifiesta como no-persona desde el momento en que es tratado como cosa, como excluido, como nadie”

  1. L. Aranguren

Nos creíamos que estábamos inmunizados para todo tipo de tragedias, parecía que estaban lejos, más allá de los mares, en África o en Asia, en otros mundos. Como mucho, nos podía tocar el drama de los inmigrantes en las fronteras, pero nos parapetábamos detrás de los muros, en nuestras tareas cotidianas, inmunizados contra el dolor en nuestro individualismo intrascendente.

Ahora, estamos en “cuarentena social”, aún más aislados, con el pánico y el miedo; miedo al contagio, miedo a la muerte, miedo de una posible crisis, de pérdida de empleos, caída de las bolsas. Cuando estoy escribiendo este artículo, las cifras van en escalada libre, casi 40.000 personas afectadas y 2700 fallecidos, superando los 500 muertos en un día. La vieja Europa, se vuelve más vulnerable. En estos momentos es el epicentro de la pandemia, parapetada en sus fronteras, cada país encerrado en sí mismo y sin una política común contra el virus. Tampoco se aprecia en nuestro propio país, donde se ofrece un apoyo con la “boca chica”, para luego ahondar en la crítica o en la búsqueda del provecho político.

Por otro lado, están los ciudadanos encerrados en sus casas, con la perplejidad que corresponde ante una situación jamás vista por la mayoría. Ahí está presente, no muy lejana, así no la contaban nuestros padres, muchos de los que han muerto estos días, la gripe olvidada de 1957. En plena Guerra Fría, cuando el mundo estaba al borde de una catástrofe nuclear, la gripe puso a prueba los sistemas sanitarios con cerca de un millón de muertos.

Es un momento que nos obliga a relativizar muchas cosas innecesarias y accesorias para encontrarnos con lo esencial, como el valor de la vida, la amistad, el amor y la solidaridad. También es un momento para la pregunta por el sentido, que forma parte de lo esencial de la existencia. Vivimos despojados y desnudos de nuestra dimensión espiritual, cegados en la oscuridad de lo cotidiano, habíamos perdido el verdadero sentido de nuestro ser. Se han caído muchos asideros y en medio de ellos, nos viene a la mente aquel grito de A. Camus de su obra la Peste “Lo urgente es curar”. Con él, asumimos lo absurdo de esta realidad que estamos viviendo y de forma espontánea cada día, muchos se ofrecen a la compasión y la solidaridad, en cientos de iniciativas de ciudadanos no solo en nuestro país, sino de todos los lugares del mundo. Iniciativas de compartir, lo que son y lo que tienen.

Solamente despojándome de mi yo, puedo hacerme cercano, escuchar el clamor de los más necesitados y descubrir sus sufrimientos. No tenemos respuestas claras para los males de este mundo, el mal es oscuro en sí mismo. Es incomprensible, es lo más irracional, incluso un misterio. El ser humano tiene que atreverse a pensarlo todo, incluso lo más recóndito del sentido del mal, aunque siempre de una manera humilde y modesta.

Hay un mal inocente, provocado por las fuerzas incontrolables de la naturaleza; y un mal moral responsable y culpable producto del mal uso de la libertad humana. Es en estos momentos, cuando surge la pregunta ¿Por qué Dios permite y calla?, no lo sabemos. Algún día, más allá de esta vida, me gustaría preguntarle, como hizo el bueno de Job. Hans Jonas, el filosofo judío alemán, después de Auschwitz, se hace la misma pregunta ¿Quién es ese Dios que pudo dejar hacer?, recurre al mito de la creación, Dios renunció a su propio ser, para dejar lugar al mundo. Sin su retraerse de sí mismo, nada habría fuera de Dios. De alguna manera, renuncia a su omnipotencia y se convierte en un “Dios sufriente”.

Dios ha renunciado a su omnipotencia, pero no a su bondad. Dios se deja afectar por el sufrimiento sin estar sometido a él, forma parte de la omnipotencia, o mejor como nos apunta W. Kasper o el filósofo Kierkegaard, es la omnipotencia del amor o de la misericordia. Dios ha renunciado a la omnipotencia en favor de la autonomía del hombre y de la libertad del mundo. Allí donde el hombre sufre, Dios sufre con él. Es el hombre quien tiene la responsabilidad de decidir, si se deja dominar por el mal o preserva en él la chispa divina, que transforma su corazón y le inclinan a la misericordia y al amor.

¿Dónde está Dios? En todos los que están sufriendo, en todos los crucificados; en los médicos y en las enfermeras; en los sanitarios que atienden en las casas, en los policías que colaboran para solucionar el problema en las calles de las ciudades o de los pueblos; en las empresas o personas que colabora fabricando mascarillas, jabones y guantes; en los que ayudan a desinfectar las residencias de ancianos; en los que están fabricando de forma altruista respiradores con impresoras en tres dimensiones; en los que ayudan a sus vecinos y personas ancianas a realizar la compra o adquirir medicamentos. Esta epidemia de solidaridad de tantos, a pesar del encierro y en condiciones difíciles, es la mejor forma de ser persona.

Desde estas páginas queremos hacer un “elogio de la solidaridad”, que surge de los anhelos más profundos de la fraternidad humana y, es el humus necesario para transformar la sociedad y respetar su dignidad. En estos días hemos visto muchos ejemplos de solidaridad y a pesar del mal, pedimos que la tragedia nos traiga una nueva forma de relacionarnos, de vivir la fraternidad y la amistad. Porque la solidaridad es la actitud básica para hacer un mundo más justo y habitable en una sociedad globalizadora que esconde y olvida a tantos indefensos. Se necesitan personas que hagan de la solidaridad una virtud, que se encarne en sus vidas, como en estos días de la pandemia. Necesitamos personas que desplieguen la lógica del compartir y del servicio, como en aquel compartir los panes y los peces, brotando de la solidaridad y la fraternidad, la abundancia para todos.

 

Reflexiones del Papa Francisco sobre el coronavirus

Por Monseñor Ramón De la Rosa y Carpio

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El Papa Francisco ha dado seguimiento muy cercano a la pandemia del coronavirus. Se me ocurrió reunir cinco situaciones concretas con sus respectivas reflexiones y ofrecérselas, según la redacción de ACI Prensa. Son noticias y reflexiones al mismo tiempo. Helas aquí.

1- El papa reza por las personas que sufren problemas económicos por el coronavirus
“El Papa Francisco comenzó la Misa celebrada este lunes 23 de marzo en su residencia de Casa Santa Marta pidiendo rezar por todas las personas que, por causa del confinamiento decretado en muchos países para atajar la pandemia de coronavirus COVID 19, están sufriendo graves consecuencias económicas al no poder trabajar.

“Rezamos hoy por las personas que, por la pandemia están comenzando a sentir problemas económicos, porque no pueden trabajar y todo ello recae sobre la familia. Rezamos por la gente que tiene este problema”, fueron las palabras del Pontífice.
El Santo Padre ha mostrado en varias ocasiones su preocupación por las consecuencias que esta crisis sanitaria puede tener para las familias.

Ayer domingo 22 de marzo ofreció la Misa por aquellos que fallecen por causa del coronavirus, “que mueren solos sin poder despedirse de sus seres queridos”, y por sus familiares, que “no pueden acompañar a sus seres queridos en su fallecimiento” debido a las medidas de confinamiento de la población.

El sábado 21 de marzo pidió rezar por “las familias que no pueden salir de casa”, “para que sepan encontrar el modo de comunicarse bien, de construir relaciones de amor en la familia, para que sepan vencer las angustias de este tiempo, juntos, en familia”.

El lunes 16 de marzo también ofreció la Misa por “las familias encerradas”. “Que el Señor los ayude a descubrir nuevos modos, nuevas expresiones de amor, de convivencia en esta situación de prueba”.

El Papa Francisco también ofreció la Misa por los ancianos que sufren solos la pandemia, por los médicos que luchan contra el coronavirus hasta dar la vida, por los encarcelados y por todos los fallecidos”.
Redacción ACI Prensa

2- El papa ofrece la misa en Santa Marta por las familias confinadas por la epidemia
“El Papa Francisco ofreció la Misa celebrada este lunes 16 de marzo en Casa Santa Marta “por las familias encerradas” en sus casas durante la epidemia de coronavirus COVID-19, que afecta ya a numerosos países en todo el mundo.

“Pienso en las familias encerradas. Los niños no van a la escuela. Quizás los padres no pueden salir. Algunos estarán en cuarentena. Que el Señor los ayude a descubrir nuevos modos, nuevas expresiones de amor, de convivencia en esta situación de prueba”, pidió el Santo Padre.

Subrayó que este confinamiento decretado en varios países “es una ocasión buena para reencontrar los verdaderos afectos con una creatividad en la familia. Recemos por la familia, para que las relaciones en la familia en este momento florezcan siempre para el bien”.

Desde que el gobierno italiano decretó el 8 de marzo la suspensión de “ceremonias civiles y religiosas”, el Papa decidió que se retransmitiera en directo por los medios de comunicación del Vaticano la Misa que cada día celebra de forma privada en su residencia de Casa Santa Marta.

El Papa Francisco está ofreciendo cada día la Misa celebrada en Santa Marta por una intención concreta. Hasta ahora, el Papa ha ofrecido la Misa por los pastores que acompañan al pueblo de Dios ante la crisis, por los que tienen que trabajar a pesar de la epidemia y por los gobernantes”.
Redacción ACI Prensa

3- El papa ofrece la misa por los que trabajan durante crisis del coronavirus
“El Papa Francisco ofreció la Misa de este Tercer Domingo de Cuaresma 15 de marzo celebrada en Casa Santa Marta por “las personas que con su trabajo garantizan el funcionamiento de la sociedad, de los laboratorios, de las farmacias, de los supermercados, del transporte, de la policía”.

“Recemos por todos aquellos que están trabajando para que en este momento la vida social, la vida de la ciudad, pueda ir adelante”.

Además, el Pontífice también quiso ofrecer la Misa de este domingo de Cuaresma “por los enfermos, por las personas que sufren”.

La Misa celebrada por el Papa Francisco todos los días en Casa Santa Marta se retransmitirá, una semana más, en directo por los medios de comunicación de Vatican Media.

Se trata de una decisión destinada a paliar la cancelación de Misas en toda Italia como consecuencia de la epidemia de coronavirus”.
Redacción ACI Prensa

4- Rescatar la convivencia familiar puede ser logro en tragedia de coronavirus

“Consultado por el periodista español Jordi Évole, en una entrevista transmitida este 22 de marzo, el Papa Francisco señaló que una de sus principales preocupaciones frente a la crisis del coronavirus COVID-19 es “la soledad”, y alentó a rescatar la convivencia de las familias.

“Me preocupa la soledad”, dijo el Santo Padre, y lamentó que “el mano a mano de la convivencia lo hemos olvidado, no lo recordamos”.

Cuando en una familia comen juntos, lamentó, están “los padres mirando televisión y los chicos cada uno con su teléfono comunicándose con otros y entre ellos no se comunican”.

La variedad de coronavirus identificada como COVID-19 se registró por primera vez en Wuhan (China) y se ha propagado por cerca de 180 países. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), al 21 de marzo se confirmaron 266.073 infecciones de coronavirus COVID-19, y 11.184 muertes en todo el mundo.

Frente al coronavirus, que ha llevado a que muchos gobiernos sugieran o impongan el aislamiento social para evitar que los contagios aumenten, el Papa señaló que “hoy día en las casas, los padres empiezan a escuchar con sus hijos de otra manera”.

“Los papás juegan con sus hijos chicos porque no pueden salir, están allí. Tienen tiempo para encontrarse, reencontrarse. Hoy día siente cada uno la necesidad de acariciar a sus viejos, a sus abuelos”, señaló.

Para el Papa Francisco, “hoy tenemos que rescatar la convivencia. Y este quizás sea uno de los logros que podemos llegar a tomar en esta tragedia”.

“Muy triste que sea una tragedia, pero tenemos que recuperar la convivencia humana, la cercanía”, señaló”.
Redacción ACI Prensa

5- A empresarios en crisis del coronavirus: el “sálvese quien pueda” no es solución

“Entrevistado por el periodista español Jordi Évole, para su programa televisivo transmitido este 22 de marzo, el Papa Francisco hizo un llamado a los empresarios a no abandonar a sus empleados durante la crisis causada por el coronavirus COVID-19: “el ‘sálvese quien pueda’ no es solución”.

El Papa Francisco precisó que si bien “las soluciones concretas las tiene que buscar cada uno en cada situación”, precisó que “ciertamente que el ‘sálvese quien pueda’ no es solución”.

“Una empresa que despide para salvarse no es una solución. En este momento más que despedir hay que acoger, y hacer sentir que hay una sociedad solidaria, son los grandes gestos que hacen falta ahora”, señaló.

La variedad de coronavirus identificada como COVID-19 se registró por primera vez en Wuhan (China) y se ha propagado por cerca de 180 países. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), al 21 de marzo se confirmaron 266.073 infecciones de coronavirus COVID-19, y 11.184 muertes en todo el mundo.

El Santo Padre indicó que si bien puede ser que no conozca el manejo y las pérdidas económicas de las grandes corporaciones, “sé las penurias que va a pasar el empleado, el operario, la operaria, la empleada que vos vas a despedir”.

“No digo que esto sea lo bueno de la peste. No, lamentablemente todo es malo. Pero aparecen realidades y se nos pide que nos hagamos cargo de esas realidades”.
Redacción ACI Prensa