Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (8)

¿Cuándo se devolverá al Pueblo cristiano la voz y el voto?

Por Rufo González

El papa Francisco insiste mucho en la centralidad del Pueblo de Dios, dada en la unción o consagración bautismal. El clero la ha deformado haciéndose él el centro de la Iglesia. En una Carta al cardenal Ouellet dice: “El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo. A la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción… Una de las deformaciones más fuertes es el clericalismo:

– Esta actitud no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón…

– El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como `mandaderos´, coarta distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías… necesarios para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos…

– El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, poco a poco apaga el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar…

– El clericalismo olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14). Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados” (Carta al Cardenal M. A. Ouellet. Vaticano, 19 marzo 2016).

En una homilía en Santa Marta, al mes siguiente, el Papa va más allá. Comenta Hechos de los Apóstoles 15,7-21: “El camino de la Iglesia es este: reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir. Esta es la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la que se expresa la comunión de la Iglesia. ¿Y quién hace la comunión? ¡Es el Espíritu!… ¿Qué nos pide el Señor? Docilidad al Espíritu. No tener miedo, cuando vemos que el Espíritu es quien nos llama” (Homilía, jueves 5ª semana de Pascua; 28 abril 2016). En la carta al Card. Ouellet habla de “reflexionar, pensar, evaluar, discernir” con el Pueblo de Dios. En Santa Marta añade: “decidir”. Concuerda con el texto revelado: “Toda la asamblea hizo silencio para escuchar… Entonces los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir… Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros” (He 15, 12.22.28). Decidir comunitario. Esta es la “clave-llave” cuya exclusividad el clero no quiere soltar.

Sin encauzar bien los servicios eclesiales, llamados lujosamente ministerios, resulta poco creíble evangelizar hoy. La Iglesia debe ser comunión. Más que democracia, pero con democracia incluida. Los servicios-ministerios son precisos para la comunión. El Espíritu, que suscita carismas para el servicio, deja libertad para elegir servidores. Toda la comunidad (no sólo quien preside) puede tomar parte en la elección. El modo vigente de gobierno eclesial no es ejemplar para las sociedades actuales. Máxime cuando el Evangelio no prohíbe el control de la comunidad en su estructura y función. Tiene que haber apóstoles, profetas, maestros…, evangelio, sacramentos, comunidad, Espíritu… Esto debe ser respetado y promovido en comunidad. Desde el Papa hasta el párroco se han adueñado de las comunidades. A merced de su voluntad, como si fuera la divina. Han impuesto leyes -Código de Derecho Canónico- sin control comunitario. Leyes que no hay modo de cambiar, aunque la mayoría eclesial lo quiera. Ni siquiera permiten su discusión pública. Este proceder contradice el espíritu evangélico: “los jefes de las naciones las dominan y los grandes les imponen su autoridad. Se hacen llamar bienhechores. Nos será así entre vosotros…” ( Mt 20, 25s; Lc 22, 25s; Mc 10, 42s).

Estas actuaciones están hoy prohibidas en la Iglesia: – “Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles” (He 1,26). – “Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea... La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a” (He 6, 3-6). – “Entonces los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos para mandarlos a” (He 15, 22). Un papa benévolo, un obispo tolerante, un párroco bondadoso… puede permitir una consulta. Pero si no quieren, ni los horarios de misa puede decidir una parroquia. El servidor (que se hace llamar mucho más que “bienhechor”: hasta “santidad, eminencia, beatitud…”) manda más que los señores. El Consejo Pastoral, si el obispo o párroco permiten su existencia, sólo es consultivo. Así se perpetúan en el poder, aunque sean aborrecidos por la mayor parte de los fieles.

Hoy resulta inaudito leer lo que escribía san Cipriano (s. III): “El pueblo, obediente a los mandatos del Señor, debe apartarse de un obispo pecador…, dado que tiene el poder para elegir obispos dignos y recusar a los indignos… Sabemos que viene de origen divino el elegir al obispo en presencia del pueblo, a la vista de todos, para que todos lo aprueben como digno e idóneo… Se ha de cumplir y mantener con diligencia, según la enseñanza divina y la práctica de los Apóstoles, lo que se observa entre nosotros y en casi todas las provincias: que, para celebrar las ordenaciones rectamente, allí donde ha de nombrarse un obispo para el pueblo, deben reunirse todos los obispos próximos de la provincia, y debe elegirse el obispo ante el pueblo, que conoce la vida y la conducta de cada uno, por convivir y tratar con él” (Carta 67, 3, 2; 4, 1; 5, 1).

También es inaudito hoy la testificación de San Celestino (422-432): “Ningún obispo sea dado a quienes no lo quieran. Búsquese el deseo y el consentimiento del clero, del pueblo y del orden establecido. Y sólo se elija a alguien de otra iglesia cuando en la ciudad para la que se busca obispo no se encuentre a nadie digno de ser consagrado (lo cual no creemos que ocurra)” (Carta de Celestino I a los obispos de Vienne, PL 50, 434).

El papa León Magno (440-461)a pesar de su mentalidad centralizadora (la concepción de la autoridad papal del Vaticano I está en los escritos de este papa), no eliminó el papel del clero y el pueblo para elegir obispos. Tenía claro que la elección comunitaria era “elección de Dios” y que “elegir sin contar con el pueblo es elegir sin contar con Dios”, según la feliz expresión de san Cipriano: “el mismo Dios manifiesta cómo le disgustan los nombramientos que no proceden de justa y regular elección, al decir por el Profeta: `se eligieron su rey sin contar conmigo´ (Os 8, 4)” (S. Cipriano, carta 67). Leamos tres textos de este Papa del siglo V:

  1. a) “Guardar las reglas de los Padres es esperar los deseos de los ciudadanos y el testimonio del pueblo, buscar el juicio de los honorables y la elección de los clérigos… Al que es conocido y aceptado se le deseará la paz, mientras que al desconocido de fuera habrá que imponerlo por la fuerza… Por ello, manténgase la votación de los clérigos, el testimonio de los honorables y el consentimiento del orden (cargo público) y del pueblo. El que debe presidir a todos debe ser elegido por todos” (Carta 10 PL 54, 632-634).
  2. b) “Declaramos que no le es lícito a ningún metropolitano ordenar obispos a su gusto, sin el consentimiento del clero y del pueblo. Ha de poner al frente de la iglesia de Dios a quien haya sido elegido por el consentimiento de la ciudadanía” (Carta 13. PL 54, 665).
  3. c) “Cuando haya que elegir a un obispo, prefiérase entre todos los candidatos a aquel que demande el consenso del clero y el pueblo… Y que nadie sea dado como obispo a quienes no le quieren o le rechazan, no sea que los ciudadanos acaben despreciando, u odiando, a un obispo no deseado, y se vuelvan menos religiosos de lo que conviene porque no se les permitió tener al que querían” (Carta 14. PL 54, 673

La comunión en la Iglesia

El Papa defiende que la comunión en la Iglesia no es uniformidad u homogeneidad «más o menos espontánea o forzada»

Por María Rodríguez – 

El Papa ha defendido que la comunión en la Iglesia no es uniformidad o homogeneidad «más o menos espontánea o forzada» al tiempo que ha señalado que Jesús nunca «tuvo miedo de la diversidad que existía entre» los Doce apóstoles.

«La comunión no consiste en nuestra uniformidad, homogeneidad, compatibilidad, más o menos espontánea o forzada, no; consiste en nuestra común relación con Cristo, y en él con el Padre en el Espíritu», ha señalado el Papa en la reunión que ha mantenido con algunos miembros de la Orden de los Cistercienses de la Estricta Observancia (trapenses).

En la audiencia en el Vaticano con motivo de su Capítulo General, celebrado en la Porciúncula de la ciudad italiana Asís, Francisco ha alertado de los «particularismos» y de la tendencia al «exclusivismo» porque «son cosas malas que causan divisiones».

Del mismo modo, ha señalado que Jesús no tuvo miedo de la «diversidad que existía entre los Doce» apóstoles, por lo que nadie debe temerla. «Al Espíritu Santo le encanta suscitar las diferencias y hacer de ellas –ha dicho–. En cambio, nuestros particularismos, nuestros exclusivismos, esos sí, debemos temerlos, porque provocan divisiones. Por eso, el sueño de comunión de Jesús nos libera de la uniformidad y las divisiones. Ambas cosas son malas».

Del mismo modo, ha señalado que una comunidad de vida consagrada puede ser un signo del Reino de Dios al testimoniar «un estilo de fraternidad participativa entre personas reales y concretas que, con sus limitaciones, eligen cada día, confiando en la gracia de Cristo, vivir juntos». Por otro lado, ha defendido que los instrumentos de comunicación actuales deben estar al servicio «de una participación real -no sólo virtual- en la vida concreta de la comunidad».

El Papa ha reivindicado el sueño de Jesús de una Iglesia enteramente misionera y ha dicho que este mandato «concierne a todos en la Iglesia». «No hay carismas que sean misioneros y otros que no lo sean. Todos los carismas, en la medida en que son dados a la Iglesia, son para la evangelización de los pueblos, es decir, misioneros; por supuesto, de maneras diferentes, muy diferentes, según la ‘imaginación’ de Dios», ha destacado.

El divorcio entre clérigos y laicos en la Iglesia

Los clérigos: elegidos por la comunidad y obligados a dar cuenta de su servicio

Rufo González

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (4)
Cuando todos se sentían “laicos” (“laos” = pueblo), miembros del nuevo “Pueblo”, no existía “divorcio” entre el clero y el resto del Pueblo de Dios. Los “servidores” (apóstoles, profetas, maestros, cuidadores, asistentes, dirigentes…), eran elegidos y controlados por la comunidad. Pronto, al concentrar el poder en pocas manos, cayeron en la tentación de hacerse “señores”.

Como los labradores de la parábola de Jesús (Mt 21,33-46), poco a poco se saltaron las advertencias del Evangelio para hacerse “dueños de la viña”. Pronto permiten y exigen “ser reconocidos como jefes y grandes, tiranizan, oprimen, dominan, se hacen llamar bienhechores (y mucho más: santidad, beatitud, eminencia, excelencia…). “No será así entre vosotros, vosotros no hagáis así… Sed servidores, esclavos de todos. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Mt 20,25; Mc 10,42-45; Lc 22,25-27). Así se inició el divorcio entre clérigos y laicos.

Los clérigos no han tenido inconveniente en marginar a quien no acepta sus leyes: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros… No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9,38-40; Lc 9,49-50). A veces incluso se han atrevido a pedir: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc 9,54). No escucharon la regañina de Jesús (Lc 9,55).

Colaboraron y bendijeron el “fuego del cielo”: Esto ha escrito un papa a un obispo: “No consideramos que sean homicidas los que, ardiendo en el celo de su católica madre contra los excomulgados, resulte que han destrozado a algunos de ellos…” (Urbano II: Epist. 132. PL 151, 394). Y en 1520, el papa León X “condena, reprueba y rechaza” (DS 1.492) esta proposición atribuida a Lutero: “quemar herejes es contra la voluntad del Espíritu Santo” (DS 1.483, D 773). “Semejante atrocidad se encuentra recogida todavía en el Denzinger, libro titulado El Magisterio de la Iglesia” comenta González Faus (La autoridad de la verdad. Sal Terrae 2006. P. 80).

Olvidaron que todos los bautizados son “piedras vivas, edificio espiritual destinado a ser sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo…, raza elegida, sacerdocio regio, nación santa, pueblo patrimonio de Dios” (1Pe 2,5.9). Estas “piedras vivas” las han hecho pasar por “piedras inertes”, “simplemente laicos”, “reducidos” en relación a los clérigos, “pueblerinos”: cristianos sin voz, sin poder opinar ni decidir, sólo obedientes a los servidores. Pío X: “La Iglesia es por su naturaleza una sociedad desigual; comprende dos categorías de personas: los pastores y la grey. Sólo la jerarquía mueve y dirige… El deber de la grey es aceptar ser gobernada (más cruel es el original: “gubernari se pati”: sufrir ser gobernada) y cumplir sumisamente las órdenes de quienes la rigen” (Enc. “Vehementer nos” al clero y pueblo de Francia.1906).

Han logrado trastocar dos palabras: “laico” y “clero”. La primera (miembro del Pueblo) la aplican sólo a los cristianos de segundo orden, como si los clérigos no fueran Pueblo. La segunda (“clero”) se la aplican sólo a ellos, los servidores del Pueblo de Dios. Contra el Nuevo Testamento que considera a los bautizados “clero de Dios” (“parte, suerte, herencia, heredad…”): “kleronomoi” (Gál 3,29; Rm 8,17), “eklerozemen” (Ef 1,11), “kleronomías” (Ef 1,14; He 20,32), “ton kléron” (He 26,18; 1Pe 5,3); “tou klerou ton hagíon” (Col 1,12: “clero de los santos”). Silencian textos tan claros como: “linaje elegido, un sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios…” (1Pe 2, 9-10). Y no conformes sólo con eso, los clérigos se convierten en pirámide graduada de poder, se eligen a sí mismos y no están obligados a dar cuenta de su servicio. Ponen barreras: ropas y distinciones pintorescas, indignas del que no tenía dónde reclinar la cabeza. Los más importantes se dotan hasta de “escudo de armas” como la nobleza mundana.

La “consagración” bautismal ha sido arrinconada. Poca gente sabe que el bautismo es la consagración fundamental, más importante, la que nos hace “sacerdotes” de la Nueva Alianza, “otros Cristos”. Los primeros cristianos tenía clara conciencia, recibida en la catequesis previa al bautismo: “Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción, nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo, con toda razón os llamáis `cristos´; y Dios mismo dijo de vosotros: `no toquéis a mis cristos´” (S. IV. De las Catequesis de Jerusalén, cat. 21, Mystagogica 3, 1-3: PG 33, 1087-1091).

El clero termina por ser “la Iglesia”. En cierto modo se han convertido en “ocupas” de la “Iglesia”. Resaltan más su “consagración”, secundaria, servicial o ministerial. Asumen solos toda la misión evangelizadora, sacerdotal, deliberadora y decisoria del Pueblo de Dios. Los que eran servidores del Pueblo sacerdotal se han hecho señores (“monseñores”), sacerdotes por encima del sacerdocio común. Su “sacerdocio ministerial”, “servicial”, para fomentar y coordinar el ejercicio sacerdotal de todos, ha anulado en la práctica al original y primer sacerdocio cristiano. Ha tenido que venir el Vaticano II para afirmar solemnemente que: “los sagrados pastores saben que ellos no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal modo a los fieles y reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su modo, cooperen unánimemente a la obra común” (LG 30).

Hay que recuperar la primacía de la comunidad poniendo el sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común, ontológicamente primario, perteneciente a todo el Pueblo de Dios. Ciertamente ambos sacerdocios son uno solo. El ministerial recuerda a Cristo, cabeza, que hace posible el que todo su Pueblo sea y viva el sacerdocio único de Jesús. Sirve al Pueblo representando a Cristo en medio de los suyos, pero sabiendo que él es también Pueblo. Tiene la misma dignidad. Desempeña una función distinta entre otras funciones y carismas que el Espíritu concede a otros miembros de su Pueblo. Coordina la actividad y ayuda a que todos podamos ser parte activa y desarrollemos el sacerdocio originario del Bautismo y de la Confirmación. Pueden ser elegidos por la comunidad y rendirle cuentas. Así puede superarse el divorcio actual entre pastores y pueblo.

Creo acertado al teólogo chileno, Jorge Costadoat, SJ, al escribir: “El asunto de fondo es que la participación y la comprensión de los fenómenos que nutren la enseñanza y la toma de decisiones en la Iglesia es prerrogativa prácticamente exclusiva de los sacerdotes. El cristianismo sacerdotal… genera clericalismo y un sinfín de otros problemas… El común de los católicos… no tienen ninguna participación en la generación de las decisiones más importantes de su Iglesia.

Estas son obra de un estamento sacerdotal que se elige a sí mismo y no se siente obligado a dar cuenta a nadie del desempeño de sus funciones. Los obispos y sacerdotes son los “elegidos” por Dios, pero como si Dios no pudiera elegirlos a través de las comunidades. Así las cosas, la Iglesia no está a la altura de los tiempos y, porque la Encarnación pide hacerse a los tiempos, a los tiempos de la autonomía de la razón y a las demandas de dignidad de los seres humanos, muy difícilmente puede ser testimonio de Jesucristo” (Agotamiento de la versión sacerdotal de la Iglesia Católica. Redes Cristianas. Agosto 19/2022).

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (6)

Todo los participantes en la Eucaristía son sacerdotes “concelebrantes”

Por Rufo González

En el artículo anterior insistía en la necesidad de resaltar el sacerdocio común más que el ministerial. Citaba la opinión de dos teólogos actuales que piden “desacerdotalizar la Iglesia Católica. La versión sacerdotal del cristianismo se ha convertido en una expresión patológica del mismo” (J. Costadoat. RD 17.02.2022. RC 19/08/2022). “Que desaparezca toda connotación `sacerdotal´ en el ministerio.. La rica teología de los evangelios sobre el pastor, puede suministrar enfoques mucho más cristianos del ministerio que esa especie de `divinización´ que sugiere el término `sacerdote´” (G. Faus. RD 01.08.2022).

El Espíritu recibido en el bautismo da acceso libre al Padre en el Hijo. Toda realidad o acontecimiento lo podemos conectar con el amor del Padre. Así hacemos puentes (somos “pontífices”) para hacer llegar su amor, y dejarnos bendecir por el mismo Dios. El papa Francisco inició su ministerio provocando el sacerdocio común: pidió con humildad “urbi et orbi” (a la ciudad y al mundo) que le bendijeran. Nos pedía ejercer nuestro sacerdocio, acceso a Dios, para que bajara a él la bendición divina (para que Dios “dijera-bien” de su ministerio). Así damos el don de Dios (sacer-dare = da lo sagrado), su Espíritu a la vida. Hoy analizamos el modo singular de ejercer el sacerdocio común en la Eucaristía.

Los clérigos han puesto resistencia a toda intromisión en lo que creen ser sus funciones exclusivas. Recuerdo el caso del párroco madrileño que se atrevió a interrumpir una misa de boda, presidida por un sacerdote de otra diócesis. Al oír invitar a toda la asamblea a decir conjuntamente las palabras finales de la plegaria eucarística: “por Cristo, con él y en él…”, se acercó a toda prisa al altar, le requisó el micrófono y dijo que aquello era ilegal y no respetaba el poder exclusivo del sacerdote a pronunciar la oración sacerdotal. El pueblo sólo podía decir “amén”. Excusó su proceder diciendo que no podía tolerar que se hiciera en su parroquia lo que él impedía a sus feligreses y le había costado esfuerzo conseguir. El presidente de la celebración lo justificó así: “el párroco organiza la vida litúrgica; sigamos su orientación obedientemente. En mi parroquia acostumbramos a decir esto todos. No hay ningún problema. Tiene razón el párroco: así es la ley litúrgica. Pero la ley puede cambiar y tiene sentido lo que les he propuesto. Todos ofrecemos al Padre la vida de Jesús y nuestra vida con él. Por eso no ofende a la fe el compartir en todo o en parte la oración sacerdotal. Compartamos, al menos, el unánime y final `amén´”.

Hoy es claro que todos somos “concelebrantes” en la eucaristía: “Quienes participan del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a ellos con Ella; así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos realizan su propia parte en la acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno de modo distinto” (LG 11). Por eso es “este sacrificio mío y vuestro”, como dice el presidente. La “Institución General del Misal Romano” aclara el papel del sacerdote “ordenado”: “En la Misa o Cena del Señor el Pueblo de Dios es reunido, bajo la presidencia del sacerdote que hace las veces de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico” (MGMR, 7). Hay ministerios distintos, pero todos sacerdotales: coro, acólitos, lectores, animadores, distribuidores de la comunión… hasta la presidencia, que simboliza a Jesús, en medio de su iglesia. Todos sirven al ejercicio del sacerdocio común, el de Cristo, el único existente.

La “presidencia” se ha apropiado, no sólo del calificativo “sacerdotal”, sino de todos los servicios, incluso de la comunidad entera. Si no hay comunidad celebrante, el clero actúa de “presidente del vacío”. Ejerce el despotismo ilustrado, el absolutismo de que “la comunidad soy yo”, celebrando a veces en soledad absoluta. Sobre todo si la misa está encargada. La comunidad se ha reducido al clericalismo presidencial. Tan absurdo como los títulos de obispos auxiliares. Al no tener comunidad exclusiva (comparte ministerio con el obispo titular), se les adjudica el título de una comunidad antigua, inexistente hoy. Así los hacen “presidentes del vacío”. Pintoresco, al menos. La comunidad cuenta tan poco… El ministerio clerical se vuelve vitalicio. Existe aunque no tenga comunidad. Claro clericalismo: los servidores se han hecho más que el “Señor” (Jn 13,16).  

El clericalismo, imperante durante siglos, se reserva el término “sacerdotal” para su función presidencial. Como se reservó la palabra “clero” sólo para ellos, “servidores” entre otros servidores del Pueblo de Dios, que es el “clero” de verdad: “porción, heredad, patrimonio, elección” de Dios (1Pe 5,3). Se resisten a llamar “sacerdotal” a la acción de la comunidad en la eucaristía. Varias veces he recordado en este blog que la traducción de la Plegaria eucarística II no es fiel al original griego, por no querer reconocer que la comunidad celebrante es “sacerdotal”. Procede de la “Tradición apostólica” (s. II-III). En este texto se llama al obispo “sumo sacerdote” en su comunidad, por presidirla. Es “primus inter pares” (primero entre iguales). El original contiene esta frase: “te damos gracias porque nos has llamado para estar ante ti y servirte como sacerdotes”. El Misal actual traduce: “te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia”.

Ciertamente se tiende a ocultar el sacerdocio de los fieles y a destacar el clerical, como único. En ambientes clericales la nomenclatura “celebrante”, “concelebrantes”, se reserva a presbíteros y obispos. La jerarquía teme perder privilegios y no dejan de reconocerse derechos a sí mismos en el control absoluto del culto, disciplina, economía… Este miedo lo camuflan con razones aparentes: por bien de la Iglesia, de la gloria de Dios… Pero a la Iglesia, al Pueblo de Dios, no le permiten ni siquiera opinar. Poca gente los cree ya. La mayoría social y cristiana piensa que pretenden mantener su situación privilegiada.

El Vaticano II abrió caminos: “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado” (SC, 30). “Que los fieles no intervengan.. como espectadores extraños y mudos…; participen la acción sagrada consciente, piadosa y activamente; sean instruidos en la palabra de Dios, alimentados con la mesa del Cuerpo del Señor; den gracias a Dios, ofreciendo la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, aprendan a ofrecerse a sí mismos…” (SC 48). La mejor celebración debería ser: “hacer lo que decimos”, vivir todos lo que estamos diciendo, lo que estamos ejerciendo.

También hay que evitar lo que aleja del misterio celebrado. El debate conciliar sobre la Constitución litúrgica aportó voces que siguen sin escucharse. El obispo chileno, Larraín Errázurir: “deseamos que eliminen totalmente del culto sagrado todos los ornamentos y apariencias externas que no aportan nada a la digna claridad y a la sobria hermosura, más aún saben de algún modo a vanidad del mundo, a grandeza inoportuna, a rica pompa. Los hombres perciben más propiamente y mejor el rostro de Dios en la pobreza, y escuchan con más propiedad y eficacia la voz de Dios en la pobreza” (F. Gil Hellín, Constitutio de Sacra Liturgia. Libreria Vaticana, Città Vaticano, 2003, p. 936). El obispo francés, luego  cardenal, Paul Gouyon, se preguntaba sobre el excesivo fasto en el culto divino. Provoca, dijo, no sólo extrañeza, sino hasta escándalo (Id. 598-599)

Hay que recuperar el protagonismo de la Comunidad Cristiana

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (2)

PorRufo González

La degeneración eclesial se ha ido evidenciando también en el protagonismo del clero. Los bautizados, la mayoría en nuestros países sin consentimiento personal, se han ido desvinculado poco a poco de la comunidad cristiana. La Iglesia se ha identificado con el clero y grupos sujetos directamente a él. Con excepciones personales, los bautizados, por el hecho de estar bautizados, no se sienten parte activa de la Iglesia, ni siquiera “Iglesia”.

Mientras siga el sistema de monarquía absoluta, con los tres escalones -papa, obispo, párroco- como únicos poderes decisivos, no es posible recrear las comunidades cristianas que surgieron del movimiento de Jesús. La Iglesia está en contradicción constante. Papa infalible y todopoderoso cediendo a la presión de unos y otros. Es la condición de todo poder absoluto, y más, concentrado en una sola persona. Acude a rodearse de leyes, ritos, instituciones, cargos, dinero… para imponerse. Instituciones organizadas digitalmente, sin control comunitario, vitalicias, fuentes de abusos y prepotencia. Se realiza la vivencia que Jesús critica: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros” (Mc 10,42-43a). No basta que el Papa sea persona sencilla, sobria, dialogante. El modelo de pirámide clerical implica la tiranía y la opresión. Se habla contra el clericalismo, pero no se cambia el código que lo ampara e impone. La comunidad evangélica se hace imposible.

El Evangelio no quita a las comunidades la libertad de elegir a quienes mejor puedan desempeñar las diversas funciones comunitarias. Lo entendieron y lo practicaron los primeros cristianos (He 6, 3; 15, 22ss). El Código clerical lo impide. La vida de una comunidad evangélica no puede depender de un dirigente cuasi vitalicio, inamovible, que no se reúne, ni dialoga, ni razona ni toma decisiones con la comunidad si no quiere. Es el caso -entre muchos- de la parroquia de un amigo. Tras muchos años trabajando con los sacerdotes, participando en los Consejos parroquiales y en diversas tareas, en 2004 llega un párroco nuevo y decide no contar con Consejo alguno. Ante su protesta, le prohíbe participar en toda actividad parroquial, excepto asistir al culto. Pueden leer su comentario en mi Blog (RD: “Atrévete a orar”. 20.02.2016): “Hablas de los Consejos Parroquiales. ¡¡¡Qué pena!! Llevo 38 años como feligrés… A partir del año 1978, tuvimos Consejo Parroquial presidido y orientado por los diversos párrocos… Bien conocida es la activa participación de los seglares en las diversas áreas de la pastoral. Y conocido también el efecto destructor del párroco nombrado en 2004. En un año, su falta de visión pastoral, su autosuficiencia y jactancia, unidas a su autoritarismo, han dado al traste con los Consejos. Y la parroquia ha quedado como un “supermercado de sacramentos”. Llegó a decir en uno de los últimos Consejos: “La parroquia es una empresa y yo soy el jefe”… Es lo que ocurre cuando en una parroquia falta la “comunión” entre sacerdotes y seglares. Sería un “gesto sorprendente” que los nuevos párrocos -nombrados para sustituirle, más jóvenes- restauraran los Consejos de la parroquia. Pero lo dudo… En dos años  no han movido ni un dedo. Ellos… a lo suyo: “SU” parroquia”.

“El Espíritu, que sopla donde quiere” (Jn 3, 8), no deja de suscitar comunidades, dignas del movimiento de Jesús. Comunidades de Base (Documento de Aparecida, n. 178-189), Comunidades Populares, Comunidades pequeñas dentro o fuera de la parroquia… Las diócesis y otros grupos piden al Sínodo sobre la sinodalidad reformas cuyo denominador común es recuperar el protagonismo de la comunidad.

Creo mayoritarias, y aceptables evangélica y culturalmente hoy, estas afirmaciones:

  1. El modelo actual de organización eclesial (clero-pueblo), procedente del medioevo, no es aceptado hoy como evangélico. Más aún: se le valora negativamente en orden a la implantación del reino de Dios (fraternidad universal), que proponía Jesús. El clero se ha convertido en obstáculo para el anuncio creíble del Evangelio.
  2. Hoy no se acepta la exclusiva de los sacerdotes en la enseñanza y en las decisiones de la Iglesia. Los bautizados exigen participar en la generación de doctrinas no evangélicas y decisiones importantes de su comunidad, respetando, por supuesto, el Evangelio y la Tradición conforme con el Evangelio. Ahí está el caso de la encíclica “Humanae vitae”: no ha sido recibida por gran parte de la Iglesia. Es una doctrina impuesta por parte del clero. Perjudica, sin duda, la extensión del mensaje de Jesús a muchísima gente.
  3. Igualmente se rechaza el estamento clerical que se elige a sí mismo, y no quiere dar cuenta de su gestión a la comunidad. Obispos y presbíteros se creen “elegidos” por el Espíritu Santo, como si el Espíritu de Dios no pudiera elegirlos a través de la comunidad.
  4. La Iglesia, asamblea del Pueblo de Dios, se realiza en comunidades de creyentes que viven en comunidad de hermanos. Cada vez se ve más imposible la fraternidad con leyes, instituciones, tradiciones… impuestas en una época determinada, y que hoy se ve claro que no proceden del Evangelio: Estado Vaticano, Curias que imponen leyes sin consenso eclesial, Clero como grupo dominante, separado y privilegiado con distinciones titulares y ornamentales… Hoy los católicos piden cambio estructural, que restablezca el original protagonismo de la comunidad.
  5. La Encarnación, exigencia básica del mensaje cristiano, pide aceptar toda cultura que no contradiga el Evangelio: autonomía de la razón en su campo, dignidad de los seres humanos con derechos y deberes “universales e inviolables”, libertad religiosa y civil… Sin respeto a esta cultura no podemos ser testimonio aceptable de Jesucristo.
  6. La experiencia enseña que la transformación de la Iglesia en comunidades vivas sólo viene desde comunidades adultas, capaces de reunirse libremente, unirse, dialogar con argumentos y tomar decisiones corresponsables. Clero dominante y pueblo infantilizado, acostumbrado a oír, callar y obedecer, a recibir servicios religiosos, a pagarlos… es una degeneración eclesial, cada vez más intolerable. Piénsese en el rechazo cada vez más acusado de los servicios religiosos. Estos días se conocía la situación en Barcelona: “los bautizos no llegan al 35% , los matrimonios por la Iglesia el 11%, funerales católicos el 31%. Imagínense qué números nos deparará el futuro, cuando… sean mayoritarias las generaciones que han crecido en la ignorancia y la indiferencia religiosa” (Oriol Trillas: El auge de los funerales laicos. Agosto 19/2022. Redes Cristianas).
  7. Ya existen en la Iglesia comunidades adultas. No se les puede ignorar y menos perseguirlas. Hay que impulsarlas. Son grupos de dimensiones adecuadas para conocerse, vivir en igualdad fraterna, en corresponsabilidad. Por su madurez pueden vivir la cultura actual, decir su fe en lenguaje comprensible y dar respuesta a sus necesidades. Deben ser libres en la libertad de los hijos de Dio y creativas desde la fe.
  8. Es conforme con el Evangelio aceptar que estas comunidades puedan elegir a las personas para las diversas tareas o ministerios, sin distinción de sexo ni de estado. Se supone discernimiento que tiene en cuenta “personas de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” (He 6,3). Reunidos, dialogando, compartiendo la Palabra y la misión de Jesús, se revela el Espíritu y manifiesta la voluntad divina. Eso sucedía en el principio (He 6, 3; 15, 22ss) y puede suceder hoy.

Caminar juntos: un nuevo modelo institucional

Por Rafael Luciani

En el Discurso por la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (2015), Francisco sostuvo que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. A la luz de esta afirmación, se sitúa la relevancia que tiene la sinodalidad en relación a los procesos de conversión y reformas necesarias (Unitatis Redintegratio, 4.6), y se invita a toda la Iglesia a emprender procesos de consulta, escucha y discernimiento que contribuyan a construir un nuevo modelo institucional eclesial para el tercer milenio.

En ese mismo discurso, el Papa describe el nuevo modelo institucional con las siguientes palabras: “Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra ‘Sínodo’. Caminar juntos: laicos, pastores, Obispo de Roma”. Pero, ¿qué significa esta expresión?

El Documento preparatorio (DP) del Sínodo sobre la sinodalidad nos explica que “‘caminar juntos’ puede ser entendido según dos perspectivas diversas, fuertemente interconectadas. La primera mira a la vida interna de las Iglesias particulares, a las relaciones entre los sujetos que las constituyen (en primer lugar, la relación entre los fieles y sus pastores, también a través de los organismos de participación previstos por la disciplina canónica, incluido el sínodo diocesano) y a las comunidades en las cuales se articulan (en particular, las parroquias)” (DP 28). “La segunda perspectiva considera cómo el Pueblo de Dios camina junto a la entera familia humana” (DP 29).

Ser comunión

En ambos casos, se nos habla de “la forma específica de vivir y obrar/operar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios, que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora” (Comisión Teológica Internacional/CTI, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 6).

Por tanto, decir caminar juntos supone revisar tanto las “relaciones y las mentalidades” (ser), como las “dinámicas comunicativas y las estructuras” (operar) de la identidad y la misión de la Iglesia. Nos invita a un re-aprendizaje o conversión eclesial porque estamos ante una “dimensión constitutiva de toda la Iglesia” (CTI, Sin 1, 5, 42, 57, 70, 76, 94, 116) y ha de ser pensada a la luz de los signos de los tiempos actuales. Las palabras del papa Francisco a la Diócesis de Roma son iluminadoras al respecto (18 de septiembre de 2021):

“El tema de la sinodalidad no es el capítulo de un tratado de eclesiología, y menos aún una moda, no es un eslogan o un nuevo término a usar e instrumentalizar en nuestros encuentros. ¡No! La sinodalidad expresa la naturaleza de la Iglesia, su forma, su estilo y su misión. Por tanto, hablamos de una Iglesia sinodal, evitando, de este modo, que consideremos que sea un título entre otros o un modo de pensarla previendo alternativas”.

Pero “caminar juntos” también tiene otra implicación: el hecho de que cualquier proceso de reformas debe buscar los modos de involucrar a todo el Pueblo de Dios, en su totalidad, en los procesos de escucha, discernimiento comunitario, elaboración y toma de decisiones en la Iglesia (Documento de Aparecida, 371). De ahí que una Iglesia sinodal supone reunirnos y discernir juntos en orden a accionar modalidades y procesos decisionales que surjan de la participación de todos y todas (LG 13).

O, como sostiene la Comisión Teológica Internacional, “la dimensión sinodal de la Iglesia se debe expresar mediante la realización y el gobierno de procesos de participación y de discernimiento capaces de manifestar el dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales” (CTI, Sin 53, 67, 76).

Esta nueva manera de proceder en la Iglesia a partir del involucramiento de todas y todos, se da en razón de nuestra identidad como christifideles –fieles–, mujeres y hombres, habilitados por el Espíritu para ser sujetos de derecho y acción de toda la vida y misión eclesial, en sus distintos niveles y procesos, en los que cada fiel aporta según su propio modo, competencia o vocación, como se desprende de la eclesiología del Pueblo de Dios del Concilio Vaticano II (LG2

Pasos

De todo esto deriva una cuestión fundamental que ha de guiar el discernimiento de la actual renovación eclesial: “¿Cómo se realiza hoy este ‘caminar juntos’ en la propia Iglesia particular? ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro ‘caminar juntos’?” (DP 26). Especialmente si se ha afirmado que “una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable, llamada a articular la participación de todos, según la vocación de cada uno” (CTI, Sin 67). En este sentido, necesitamos emprender procesos de conversión y de reforma, a la vez, porque, como sostiene el Documento preparatorio del Sínodo sobre la sinodalidad:

“Para caminar juntos es necesario que nos dejemos educar por el Espíritu en una mentalidad verdaderamente sinodal, entrando con audacia y libertad de corazón en un proceso de conversión sin el cual no será posible la ‘perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad’ (UR 6; EG 26)” (DP 9).

En consecuencia, caminar juntos supone aprender las nuevas dinámicas comunicativas que inspiran a este nuevo modelo institucional sinodal por construir. Francisco lo describe así: “Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha (…). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender (…). Es escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; y es escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama” (Francisco, Discurso por la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos).

Escucha

El ejercicio de la escucha es indispensable en una eclesiología sinodal, pues parte del reconocimiento de la identidad propia de cada sujeto eclesial –laicos(as), presbíteros, religiosos(as), obispos, Papa– a partir de relaciones horizontales fundadas en la radicalidad de la dignidad bautismal y en la participación en el sacerdocio común de todos los fieles (LG 10).

Podemos decir que la Iglesia en su conjunto es cualificada por medio de los procesos de escucha en los que cada sujeto eclesial aporta algo que completa la identidad y la misión del otro (AA 6), y lo hace desde lo propio que cada uno tiene que aportar (AA 29). Tal modelo supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la recíproca necesidad (LG 32) propia de una participación corresponsable de todos y todas. Ser escuchados es un derecho de cada persona en la Iglesia, pero la escucha tiene una finalidad específica: aceptar consejos a partir de lo escuchado, y esto es un deber propio de quienes ejercen la autoridad.

La Iglesia es comunión

La comunión en ser y en caminar exige democracia funcional

Por | Rufo González

La Iglesia no es una creación democrática, fruto del parecer y de votos nuestros. Viene de Dios, de Jesús, de “arriba”. Los cristianos no hemos elaborado una “constitución” para someterla a la voluntad soberana del pueblo. Previo a nuestra decisión libre hay una Palabra y un Espíritu de amor, que salen a nuestro encuentro, desde el misterio abismal que llamamos “Dios”, “Padre de Jesús”, “Padre de todos”. Los cristianos aceptamos el Evangelio de Jesús, sus signos de vida, su comunidad de amor. Esos dones son medios necesarios para promover el Reino de Dios, que es y será siempre nuestro objetivo, la misma causa por la que vivió, murió y resucitó Jesús.

No somos soberanos en la Iglesia. No tenemos nosotros la palabra última y definitiva. Para nosotros lo definitivo es la Palabra revelada, la voluntad divina, expresada sobre todo en la vida de Jesús de Nazaret. La soberanía es de Cristo, cabeza de la Iglesia (Ef 5, 23; Col 1, 18), que vive con nosotros y nos ilumina y alienta constantemente con su Espíritu. Espíritu que nos ha seducido y convencido. Hemos elegido ser, con libertad, miembros de su Cuerpo, Iglesia. Aceptamos el Evangelio y la organización inspirada por Cristo: medios de vida (oración, sacramentos) y ministerios o servicios necesarios para trabajar por el Reino de Dios.

La Iglesia es más que democracia, es comunión. Es, sin duda, la palabra que mejor define a la Iglesia. Comunión en su ser: “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). Pueblo que “recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino” (LG 5). Comunión en su hacer se llama “sinodalidad”, caminar juntos. Es lo que exige la propia naturaleza de la Iglesia: reunión de los que se sienten convocados a la misma misión, a la misma vida en “el amor que nos tiene el Padre” (1Jn 3,1ss). Si somos una comunidad con los mismos medios y fines, es lógico que seamos una democracia en muchos aspectos de funcionamiento. “Lo que es de todos y afecta a todos ha de ser tratado y decidido por todos”, fue principio básico de la Iglesia durante siglos. Se ha ido extinguiendo por la presión histórica de imperios y monarquías absolutas, no inspiradas en el Evangelio.

La comunión en ser y en caminar exige democracia funcional. Basta leer los inicios de la Iglesia para percibirlo. Es la libertad vivida en los primeros tiempos: “Escoged entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y saber, a los que podamos encargar este asunto” (He 6, 3). “Decidieron los apóstoles y los responsables con la entera comunidad (syn hole te ecclesía), elegir a algunos…” (He 15, 22ss).

El llamado “concilio de Jerusalén” “fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario). Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al evangelio (misión) y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén) (X. Pikaza. Blog de RD. 07.09.08).   

La Tradición Apostólica de Hipólito (s. III) transmite el principio democrático en la elección del obispo: “que se ordene como obispo a aquel que, siendo irreprochable, haya sido elegido por todo el pueblo”. En sus orígenes, pues, la organización católica no fue monarquía absoluta ni sacralizada.

En la comunidad cristiana no puede haber predominio ni sometimiento: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 25-28; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-28). “Lavaos los pies unos a otros” (Jn 13,14), es el testamento de Jesús. La primacía que otorgó a Pedro no fue de predominio, sino de “confirmar a sus hermanos en la fe” (Lc 22,32) y “apacentar las ovejas” (Jn 21, 15-17). Confirmar en la fe y apacentar puede hacerse tras una elección democrática. Lo mismo que organizar la labor apostólica, repartir las tareas y las responsabilidades, etc. La fidelidad evangélica es la fundamental.

El Vaticano II, centrando la Iglesia en la comunión, apuntó reformas en este sentido. Pero el Código de Derecho Canónico, cánones 536 y 537, concreta estas aspiraciones en formas poco o nada democráticas. Por ejemplo:

“Canon 536 § 1: Si es oportuno, a juicio del Obispo diocesano, oído el consejo presbiteral, se constituirá en cada parroquia un consejo pastoral, que preside el párroco y en el cual los fieles, junto con aquellos que participan por su oficio en la cura pastoral de la parroquia, presten su colaboración para el fomento de la actividad pastoral. § 2. El consejo pastoral tiene voto meramente consultivo, y se rige por las normas que establezca el Obispo diocesano.

Canon 537: En toda parroquia ha de haber un consejo de asuntos económicos que se rige, además de por el derecho universal, por las normas que haya establecido el Obispo diocesano, y en el cual los fieles, elegidos según esas normas, prestan su ayuda al párroco en la administración de los bienes de la parroquia, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 532.”.

Una comunidad cristiana, reunida por el Espíritu de Jesús, anuncia el evangelio, celebra los signos de vida que nos ofrece Jesús, vive la fraternidad. Para realizar estas actividades necesita organizarse según los carismas de todos sus miembros. Dos estructuras básicas son, sin duda, los Consejos de Pastoral y de Economía. Por ley son sólo consultivos para el poder absoluto. Aún hay parroquias que no los tienen. Muchos funcionan para decir amén al párroco o al obispo. Una decisión comunitaria, acorde con el Evangelio y en su ámbito, da conciencia de comunidad adulta. Lo contrario es infantilismo. Así lo ve la sociedad actual.

Sinodalidad eclesial: Importancia, problemas y sugerencias

Faus: «La sinodalidad será difícil. No esperemos de ella ventajas propias sino más gloria de Dios»

Sinodalidad eclesial
Sinodalidad eclesial

La sinodalidad, o el camino conjunto de la Iglesia es posible porque, como decía un viejo título de Rafael Sivatte: Dios camina con su pueblo

La Igleisa no es una democracia porque está sometida a la Palabra de Dios. Pero mucho menos es una monarquía absoluta. Eso último es una de las herejías más grandes

La sinodalidad no significa que las cosas vayan a ser más fáciles y más cómodas para nosotros. Al contrario: serán más arduas y más difíciles. La sinodalidad significa que la Iglesia será más conforme con la voluntad y con el ser de Dios que es “Comunión Infinita” (Padre, Palabra y Espíritu).

Es normal que cuando muchos caminan juntos, unos tiendan a correr demasiado y otros a quedarse rezagados

Por José I. González Faus

“No hay cosa más bonita que mirar a un pueblo reunido”. Este canto final de la misa nicaragüense podría ser el himno de la sinodalidad eclesial. O aquella bella marcha lenta de Aimé Duval: “tout au long des longues, longues plaines, peuple immense avance lentement. Tout au long des longues, longues plaines, peuple immense va chantant”[1]. Tres cosas me parecen importantes en esa letra: El sujeto de la sinodalidad es inmenso; por eso camina lentamente, pero camina cantando.

Pero antes de ponernos a cantar, quizá convenga una fundamentación teológica de esa sinodalidad o “comunión de caminantes” que llamamos Iglesia.

 1.- Comunión.

La sinodalidad, o el camino conjunto de la Iglesia es posible porque, como decía un viejo título de Rafael Sivatte: Dios camina con su pueblo. Ese caminar de Dios con nosotros fundamenta y define ese camino conjunto (o sinodalidad) que es la Iglesia. Desde aquí se iluminan algunas frases que hemos oído varias veces.

Misa campesina

“La Iglesia no es una democracia”: pocas frases se han dicho que sean, a la vez, más verdaderas y más heréticas que esta. Ahí se muestra la ambigüedad de todo lenguaje.

La Iglesia no es una democracia porque en ella no tiene el pueblo la palabra última y definitiva: la Iglesia está sometida a la Palabra y a la revelación de Dios, a la voluntad de Aquel que es el Señor de todo y de todos.

Pero que la Iglesia no sea una democracia no significa que sea una monarquía absoluta. Y ese es el sentido herético que dan a esta frase los que apelan a ella. Las dos palabras que definen a la iglesia son la koinonía y la sinodalidad. La primera significa comunión en el ser, la segunda significa comunión en el caminar y, por tanto, en el obrar.

Koinonía (de koynós: común) es una palabra hermana del comunismo. Por eso no es extraño que a los eclesiásticos más auténticos (desde Helder Camara a Msr. Romero y a Francisco) se les acuse de comunistas. Y sin embargo, hay una diferencia importante: el comunismo es una comunión impuesta a la fuerza y desde fuera. Es, por tanto, una comunión falseada. La koinonía es una comunión buscada libremente (y dificultosamente) por todos y desde dentro. La koinonía es pues el verdadero comunismo.

Y curiosamente, lo que molesta a quienes tachan de comunistas a algunos cristianos, no es el autoritarismo de estos (que nunca lo hubo) sino su pretensión de comunión total. Critican porque ellos padecen una especie de autismo (individual o grupal) que les vuelve autoritarios cuando mandan y rebeldes cuando han de obedecer. Desgraciadamente durante estos días estamos viendo claros ejemplos de eso en la oposición a Francisco de muchos eclesiásticos.

El Vaticano II insistió en la Iglesia como comunión. Es por tanto  lógico que ahora, en un segundo paso, se hable y se luche por la sinodalidad en la Iglesia: que la comunión en el ser, se despliegue en la comunión en el hacer.

Aclarado esto, quisiera proponer, como paso al punto siguiente, una reflexión que me parece muy humana y necesaria.

La sinodalidad no significa que las cosas vayan a ser más fáciles y más cómodas para nosotros. Al contrario: serán más arduas y más difíciles. La sinodalidad significa que la Iglesia será más conforme con la voluntad y con el ser de Dios que es “Comunión Infinita” (Padre, Palabra y Espíritu).

Una imagen bíblica de la sinodalidad puede ser el pueblo judío caminando por el desierto: la Iglesia camina también por el desierto de la historia, pero sabe que va hacia una “tierra prometida”. Y es precisamente en ese caminar conjunto donde aparece la palabra hebrea qahal (asamblea) que luego fue traducida al griego como ekklesía.

 Si Moisés, con Aarón y su grupo, hubiesen caminado solos, habrían llegado mucho antes a la tierra prometida, pero, seguramente el pueblo no habría llegado nunca. Moisés tuvo la grandeza de hacer que todo el pueblo llegara hasta la meta de su peregrinación por el desierto. Pero eso le supuso no entrar él en la tierra prometida.

Una advertencia parecida nos la ha dado a todos los españoles la democracia: cuando la reclamábamos en tiempos de Franco, pensaban muchos que así iba a ser todo más cómodo. Y ha resultado que no: por eso estamos hoy peleándonos constantemente, incapaces de convivir y desengañados de la democracia. Porque lo más bello es también más difícil.

Cuidado pues con la sinodalidad. Bienvenida sea por fin, pero solo si estamos dispuestos a pagar su precio. En comunidades de tres o cuatro personas es más fácil caminar y actuar juntos. En una comunidad de más de mil millones nunca se hará plenamente la voluntad propia.

Escribí otra vez que el gran milagro de la democracia es que nos enseña a perder. Con la sinodalidad eclesial pasará eso mismo. Pero la gracia (y lo asombroso) de la comunión es que puedes perder y seguir contento. Como puedes ganar alguna vez y no por eso sentirte superior a nadie.

Me recuerda esto una anécdota que viví en el norte de Nicaragua (ya no sé si era Ocotal o Estelí) en 1980, cuando aquella magnífica campaña de alfabetización del primer sandinismo. Un chaval me explicaba entusiasmado lo bonito que iba a ser el futuro de  Nicaragua y la de maravillas que iban a realizarse. De vez en cuando yo intentaba advertirle de que las cosas podrían no ser tan fáciles: EEUU tenía mucho poder, podrían sobrevenir bloqueos, la “Contra” estaba armándose, los nueve comandantes (tan unidos durante la guerra) podrían pelearse ahora… Hasta que llegó un momento en que el pobre chaval interrumpió la conversación y me dijo medio gritando “vos sos un matizón”. Nos reímos luego y quedamos tan amigos. Pero últimamente me he acordado y preguntado qué será de él, ahora que tendrá ya unos 57 años. Me gustaría mucho volver a contactarle. Pero sería un milagro que leyera estas líneas y se acordara de la anécdota.

En cualquier caso: la sinodalidad será difícil. No esperemos de ella ventajas propias sino más gloria de Dios. Como se decía hace años por América Latina, el Reino que buscamos es el de Dios, no el nuestro. Y ahora queda por ver lo que esto implica.

2.- Camino.

Como ya se ha dicho, la sinodalidad no se limita a estar juntos, sino que busca caminar juntos. Ahora bien: es normal que cuando muchos caminan juntos, unos tiendan a correr demasiado y otros a quedarse rezagados. Jesús en los evangelios muestra una cierta tendencia a no dejar a nadie atrás: al menos cuando se trata de enfermos, hace parar a la comitiva y espera a que el enfermo pueda acercarse…

Personalmente, este valor de la sinodalidad me deja una pregunta incómoda: aun sintiéndome muy distante de ese grupo de cardenales y obispos contrarios a Francisco, me pregunto qué hay que hacer con ellos. Simplemente ¿hay que dejarlos que se pudran? ¿O hay que mirar de hacer algo por ellos? Y me hago esta pregunta consciente de que, si fueran ellos los que están en el poder, no me tratarían a mí de esa manera: demasiadas veces lo han demostrado ya. Pero aquí está la gracia de ese gran principio paulino de responder al mal con bien, y no con mal: gran principio, pero que implica que ser cristiano es jugar siempre con desventaja.

Es decir: los débiles y los hostiles son los primeros en hacer difícil ese camino conjunto que llamamos sinodalidad. Alguna vez, ambos grupos se identificarán, pero muchas otras veces no: se puede ser hostil al ritmo del camino conjunto por falta de fuerzas, pero también por exceso (es decir: por la derecha o por la izquierda si queremos un lenguaje más claro). Los lefebvrianos lo son hoy por lo primero. Los “viejos católicos” nacidos tras el Vaticano I, lo fueron por lo segundo.

En cambio, fue admirable el empeño de Pablo VI porque los documentos del Vaticano II tuvieran una aprobación cercana a la unanimidad. A veces, a costa de aguarlos un poco, pero sin que eso luego haya molestado demasiado. Un proceder totalmente contrario al seguido con la “Humanae Vitae”, donde se apartó del parecer de más del 90 % de la comisión nombrada para estudiar el problema. ¡Cuanto mejor hubiera sido al menos un silencio paciente!

Pero no está aquí toda la dificultad: el Primer Testamento bíblico es un ejemplo eximio de que todo grupo que camina puede necesitar quien lo empuje, pero puede tropezarse también con quien lo manipule. En lenguaje bíblico podríamos hablar de verdaderos y falsos profetas. Pero, como los falsos profetas veterotestamentarios actúan generalmente con oráculos ante los reyes, y esto no es hoy nuestro caso, prefiero hablar simplemente de profetas y manipuladores (quizás inconscientes).

Es otra de las repetidas experiencias humanas cómo en todos los grupos que quieren ser más horizontales o más democráticos, aparecen lo que podríamos llamar “líderes ocultos” que pretenden que su propio camino sea el de todos, en vez de buscar un camino tejido entre todos: ya no se trata de “caminar conjuntos” (syn-odos) sino de que se camine “tras ellos”.

Y la cosa se complica porque todo camino largo suele necesitar motores: los verdaderos profetas que despiertan, empujan y animan. Pero esa necesidad tropieza por lo general con la aparición de los profetas falsos o manipuladores. Gentes que tienen un don especial para “acaparar lenguajes”, dejando una sensación ambiental de que su discurso es el único posible, y facilitando así un calificativo negativo para cualquier otro discurso; o suscitando silencios temerosos que tienen más de miedo o de inseguridad, que de verdadero asentimiento.

Este fenómeno no es exclusivo de la Iglesia. Existe en todos los grupos humanos y es posible detectarlo muchas veces también en la política[2]. Y no estoy queriendo decir que las propuestas de estos falsos  profetas sean siempre falsas: a veces pueden ser las más acertadas aunque no sean las más compartidas, o pueden ser las más radicales aunque no sean las más oportunas. También, desde luego, pueden ser las más egoístas y menos comunitarias.

¿Cómo distinguir entonces al verdadero profeta del manipulador? ¿Al que busca cumplir la voluntad de Dios del que busca imponer su propia voluntad (quizá desde la buena fe de que esa es la voluntad actual de Dios)? Me vienen ganas de decir que por su paciencia, que no dejará de ser una paciencia impaciente. Pero la pregunta no se agota en el pensar, sino que pasa necesariamente al obrar: ¿qué hacer entonces?

3.- Discernimiento.                                   

Es, ante este problema tan serio, donde se hace imprescindible un verdadero discernimiento de espíritus, tanto individual como comunitario. Recordando que cosas necesarias solo se consiguen a veces a largo plazo, por aquello tan teresiano de que la verdad puede padecer más no perecer… Y que, como testifica la historia, los verdaderos profetas acaban triunfando, pero no de entrada sino tras un largo proceso, bien doloroso a veces.

Pues bien: hoy que tanto se habla del discernimiento comunitario, puede ser útil releer la crónica del mal llamado Concilio de Jerusalén, en el capítulo 15 de los Hechos. Lo importante no son las palabras de Pedro y Santiago (todas las palabras acaban quedándose cortas) sino la actitud de profunda honestidad de ambos personajes. Veámosla.

Concilio de Jerusalén

Pedro tiene la honradez de reconocer dos cosas: que no se puede imponer “un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar” (15,10). Y además, que estamos viendo cómo Dios “ha dado el Espíritu a los paganos lo mismo que a nosotros” (15,8). ¡Qué distinta hubiese sido la primera actitud de los católicos ante las iglesias separadas (y luego ante las otras religiones y el ateísmo, aunque aquí las conductas ya fueron más matizadas) si hubiésemos sabido reconocer que Dios también les había dado algo de su Espíritu!

A su vez, Santiago, por conservador que pudiera ser, no puede menos de reconocer que si Dios se ha creado un pueblo suyo, no lo hizo desde la nada, sino “desde los paganos” y “para que busquen al Señor todos los demás hombres” (Hchs 15, 14.17). Concedido esto, solo aboga para que no haya una contradicción palmaria entre las prácticas que van a aceptarse y “lo que se lee cada sábado en las sinagogas” (15,21). Quizás así tranquilizó Santiago a la parte más conservadora de la Asamblea.

Y (como dice el decreto final) esa Asamblea cree que decide “con el Espíritu Santo”. En ese decreto final hay cosas que pronto quedarían caducas: no comer carnes sacrificadas a los ídolos (que era visto por algunos como idolatría)[3], y no beber sangre porque se la consideraba como sede de la vida (15, 28.29). Esas prácticas irán cayendo por sí mismas. Pero lo que se salvó al integrar a Santiago fue todo el sentido social del Primer Testamento, que destila la carta a él atribuida: un legado importantísimo hoy, y que Pablo podría descuidar desde su obsesión por la igualdad entre judíos y paganos (como descuidó también el tema de la igualdad de la mujer que él mismo proclamaba)[4]. Por eso, el mismo Pablo reconoce que, cuando le dieron la libertad para caminar como anhelaba, le pidieron que “no se olvidara de los pobres” (Gal 2, 10), y añade que ha procurado cumplir eso con esmero: la colecta de las iglesias griegas para las judías, que estuvo a punto de costarle le vida a Pablo, puede ser un ejemplo de eso. 

4.- Caminar con los pobres y con los últimos.

Esa condición que se le puso a Pablo para que pudiera caminar junto con ellos, puede darnos también un último y decisivo criterio de discernimiento. Para verlo, permítaseme, en un pequeño paréntesis, echar una mirada a momentos muy evangélicos de la Iglesia del pasado, de los que creo que podemos aprender algo muy importante para hoy.

En los comienzos de la teología de la liberación, se oyeron algunas críticas a san Pedro Claver porque se había limitado a ayudar a los esclavos, en vez de luchar contra la esclavitud. Por supuesto, ayuda asistencial y justicia social no pueden contraponerse. Hambre de justicia y misericordia deben ser dos caras de la misma moneda: pues la única verdadera misericordia es la que llega hasta el hambre de justicia, y toda hambre de justicia que no brote de la misericordia acabará convirtiéndose en sed de venganza[5].

Pero una cosa son las tareas necesarias y otra las posibilidades concretas de una hora histórica determinada y de una sola persona. La grandeza de Pere Claver está en esa sencilla decisión de: como no puedo acabar con la esclavitud, me haré “esclavo de los esclavos”. Lo que eso le supuso (incluso por parte de sus compañeros de comunidad jesuítica) lo hemos sabido más tarde y no del todo. Era “locura y escándalo” que aquella iglesia jesuítica de Cartagena de Indias estuviese sucia y maloliente por culpa de los negros, alejando a las grandes señoras, tan católicas ellas.

Sin embargo, esa actitud de Pedro Claver es lo que mejor refleja la conducta de Dios ante la maldad humana y la forma como Dios “camina con su pueblo”: no quitarnos la libertad, sino someterse a nuestro pecado. Ese es el significado de la crucifixión de Jesucristo que la convierte en factor imprescindible de nuestro conocimiento de Dios: un factor que nos resulta también loco o escandaloso, pero que infunde un verdadero vértigo positivo a la relación del hombre religioso con el misterio infinito que llamamos Dios. Ahí se acaba la mera religión y nos sentimos invitados al abismo sobrecogedor de la fe.

Un gesto semejante al de Claver es el de Vicente de Paul cuando, viendo cómo azotaban a los remeros se pone él a remar en el lugar de uno de ellos. O el del otro catalán Pedro Nolasco, que empezó creando empresas para, con los beneficios, irse a rescatar a los cautivos de los moros: así nacieron los mercedarios que luego llegan a quedarse ellos mismos como esclavos, en lugar del que liberan.

Desde aquí podrá suceder a veces que nuestra sinodalidad parezca loca o escandalosa. Pero si san Pablo decía que el Salvador que anunciamos los cristianos es igualmente “locura y escándalo”, no dejaba de añadir que es también sabiduría y fuerza de Dios (cf. 1 Cor 1,18). Y a veces son perceptibles destellos de esa sabiduría: entre las pocas palabras que nos han quedado de Pere Claver está aquella de que, bajo vestidos limpios y lujosos puede haber almas muy sucias, mientras que a veces, bajo cuerpos sucios y malolientes, hay almas muy hermosas[6].

Esclavo de los esclavos Claver, cautivo por los cautivos Pedro Nolasco. Víctima de los malvados el Dios de Jesucristo. Caminando sin excluir a nadie, la Iglesia de Jesucristo. En situaciones así (que no son exclusivas de hoy) sentimos con frecuencia el silencio de Dios y preguntamos dónde está Dios. La respuesta ya es vieja: con las víctimas y en el trabajo por ellas. Y no deja de tener su gracia que, mientras los catalanes tienen fama de peseteros y de que “el negoci es el negoci”, dos de sus santos más significativos sean ejemplos del más absoluto desprendimiento.

En esa misma dirección, Juan Pablo II se atrevió a escribir que el mejor título y el único digno para el sucesor de Pedro es el de “siervo de los siervos de Dios”. Eso queda muy bonito para una encíclica. Pero nosotros preferiremos seguir llamándole “santo padre”, que resulta mucho más tranquilizador y más burgués.

5.- Conclusión.

Me atrevería a pensar que toda la sinodalidad eclesial tiene ahí un buen paradigma. Pero eso de ningún modo significa que la atención a los últimos haya de suponer un freno al progreso de la Iglesia. Significa más bien que los primeros han de procurar que su progreso riegue y fecunde a los últimos; y que estos han de interpelar y dar paciencia a los que van delante. Podrá implicar resoluciones que unas veces serán para unos como un frenazo y otras serán como un acelerón brusco para otros. Pero ambos podrán seguir entonando el canto final de la misa nica con que abrimos estas reflexiones: “no hay cosa más bonita que escuchar, en el canto de todos, un solo grito inmenso de fraternidad… Y ahora que regrese a mi lugar, repleto de alegría, voy a vivir mi vida con más devoción”.

De «Razón y Fe» (noviembre-diciembre 2021)

[1] “A lo largo de largas llanuras avanza lentamente un pueblo inmenso. A lo largo de largas llanuras, ese inmenso pueblo va cantando”.

[2] Sobre ese tipo de silencios me parece magnífico y muy honesto el estudio de Edurne Portela (El eco de los disparos) a propósito de los silencios en Euskadi cuando la barbarie de ETA.

[3] Problema con el que Pablo hubo de enfrentarse también en varias de sus comunidades y donde es ejemplar su empeño por mantener, a la vez, la libertad cristiana y la paciencia con el débil de espíritu,

[4] Es por eso peligroso y cómodo el recurso de Lutero de declarar “no canónica” la carta de Santiago, porque no veía manera de integrarla con la doctrina paulina de la justificación, tan vital para él. Ojalá quedara claro para siempre que esos recursos impacientes son de épocas definitivamente superadas.

[5] Ver el comentario a las bienaventuranzas en ¿Apocalipsis hoy? Contra la entropía social. Santander 2019, páginas 265ss.

[6] Ver la cita más extensa en P. M. Lamet, Un cristiano protesta, Barcelona 1980, p. 255.