El Adviento

Preparándonos para el Adviento

Por Consuelo Vélez

Hemos comenzado adviento y los textos bíblicos de la liturgia de este tiempo nos invitan a la preparación para el acontecimiento que se avecina. En efecto, que el Hijo de Dios se encarne en nuestra historia amerita que nos dispongamos para ello y revisemos si estamos preparados. Las lecturas del segundo y tercer domingo se refieren a Juan Bautista, precursor del Mesías, quien habla claramente de esta preparación.

En el segundo domingo de adviento el evangelista Mateo (3, 1-12) se refiere a la predicación de Juan Bautista: “Conviértanse porque está cerca el reino de los cielos” y haciendo referencia al profeta Isaías explica la misión que se le ha confiado: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. Continúa el evangelista presentándonos la figura del Bautista diciendo que vestía piel de camello con una correa en la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Después se refiere a su dedicación a bautizar, pero también de su interpelación a los que quieren cumplir con un rito, pero no como signo de verdadera conversión. A fariseos y saduceos les dice: “¡Camada de víboras! ¿quién los ha enseñado a escapar del castigo inminente? Den el fruto que pide la conversión”. En otras palabras, Juan Bautista, como un verdadero profeta, es signo de otros valores -con su propia persona (expresado en su modo de vestir, de comer, de actuar) y con su predicación y, especialmente esta última, en la que interpela a sus oyentes de manera directa y firme.

En el tercer domingo de adviento con otro pasaje del evangelista Mateo (11, 2-11), se nos sigue presentando la figura del Bautista. En esta ocasión, el profeta manda a sus discípulos a preguntar directamente a Jesús si él es el Mesías o deben esperar a otro. La respuesta de Jesús es clara: “Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. Es decir, el profeta Jesús también manifiesta lo que avala la identidad de una vida: las obras que produce. Por eso invita a los discípulos a mirar lo que está aconteciendo y a descubrir en esas acciones la veracidad de su mesianismo. El evangelio termina con las palabras de Jesús sobre Juan el Bautista, confirmando también su profetismo y la manera como prepara el camino.

Estas lecturas también nos interpelan a nosotros frente a la vivencia de este tiempo. Aunque adviento es tiempo de alegría, de esperanza, de gozo, a la luz de estos textos bíblicos, también es tiempo de conversión, de testimonio, de acción. Pero aquí vienen las preguntas que nos hacemos, año tras año, y que parece no logramos responder con los hechos. ¿Qué distingue la vivencia cristiana de este tiempo de la manera secular de celebrar estos días? Los centros comerciales se decoran con motivos religiosos y no religiosos (árboles de navidad, Papá Noel, renos, nieve, etc.), adornos que también invaden las iglesias, las calles, los parques y los hogares. Pero ¿todos estos símbolos -que en sí mismos no son buenos ni malos- que mensaje nos transmiten? ¿a qué nos remiten? El otro aspecto que caracteriza este tiempo son los regalos. Por una parte, fomentan la sociedad de consumo porque parece que es de obligado cumplimiento comprar algo en estos días. Por otra, animan a la generosidad porque hay empresas y personas que destinan una parte de sus recursos a comprar regalos para los niños, con la motivación, como se dice, de “alegrarles la navidad”. Es decir, este tiempo de espera de la navidad tiene la ambigüedad de todo lo humano: una parte de superficialidad y consumo y otra parte de gratuidad, de compartir y de estrechar lazos con la familia y los amigos.

Pero eso no quita que no intentemos reorientar el sentido auténtico de estas fiestas y, no busquemos cómo conectarnos con lo realmente importante. Y las lecturas que hemos señalado nos dan algunas pistas. Sí Jesús es el Mesías esperado y en verdad queremos acogerlo, hemos de mirar más su actuar y ponernos en sintonía con ese horizonte. El Niño que nace trae el cambio de las situaciones injustas a situaciones justas expresadas en que los ciegos ven, los sordos oyen, etc. Este es el verdadero espíritu de adviento: transformar las situaciones, pero no mientras se viven estas fiestas, sino de manera estructural. No basta con dar regalos a los niños. Es necesario preguntarse qué hay que hacer para que todo niño tenga derecho a la salud, a la educación, a la comida, a la recreación, a la familia, todos los días de su vida. No basta con expresar el cariño en este tiempo sino convertir ese cariño en obras a lo largo de todo el año: más unión familiar, más solidaridad mutua, más compañía, verdadero amor expresado a través de los actos concretos. No basta con adornar las ciudades sino buscar que ellas pueden ser lugares de posibilidades para las personas en todos los tiempos. En otras palabras, Adviento es un tiempo cálido, colorido, festejado, pero ha de ser mucho más: tiempo de conversión a más justicia, a más solidaridad, a construir un país y un mundo donde la vida sea posible, también la vida del planeta. Un mundo donde se note que el Niño Jesús que viene y que los cristianos conmemoramos, año tras año, realiza lo que ha prometido a través de nuestro compromiso de hacerlo posible. Adviento es tiempo de ponernos en camino para transparentar con nuestras obras que el Mesías esperado efectivamente llega para “allanar todos los senderos” para “reunir el trigo en el granero y quemar la paja en la hoguera”.

25 de noviembre

¡Ni una violencia más contra las mujeres!

25 de noviembre : ¡Ni una violencia más contra las mujeres!
25 de noviembre : ¡Ni una violencia más contra las mujeres!

Por Consuelo Vélez

Muchos aspectos se abordan sobre la mujer porque la historia universal ha sido una historia de invisibilización, subordinación y opresión del sexo femenino por razón de su género. Esto no significa que no se pueda recuperar “una historia de mujeres” en la que, a pesar de esa situación generalizada, las mujeres han sido protagonistas en todas las ciencias, en todos los ámbitos, en todas las luchas, en todas las conquistas. En este presente estamos en ese trabajo arduo, pero apasionante, de descubrir tantos nombres y tantos hechos realizados por mujeres que nos muestran la resistencia a la historia vivida y su capacidad de ser creadoras de historia a pesar de tantos obstáculos.

Pero el aspecto que hoy nos ocupa es tal vez el más doloroso que han vivido las mujeres. Nos referimos a la violencia que se ha ejercido sobre ellas y que no cesa. De ahí la necesidad de dedicar un día –el 25 de noviembre- para exigir que “se eliminen todas las formas de violencia contra las mujeres”. Sus antecedentes se remontan a 1981 cuando activistas contra la violencia de género propusieron honrar la memoria de las hermanas Mirabal, tres activistas políticas, asesinadas brutalmente por el dictador Trujillo de República Dominicana en 1960. En 1993 la ONU emitió una resolución que incluyó la “Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer” pero es en el año 2000 cuando designa el 25 de noviembre como “Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la Mujer”. Desde 2008 lanzó la campaña “Únete para poner fin a la Violencia contra las mujeres”. Cada año esta conmemoración sigue fortaleciendo a más mujeres para exigir la eliminación de toda violencia y convoca también a más varones, como lo expresó el Secretario General de la ONU en vistas a este próximo 25 de noviembre: “Alcemos la voz con firmeza para defender los derechos de las mujeres. Digamos con orgullo: todos somos feministas y releguemos la violencia contra las mujeres y las niñas a los libros de historia”. Pero tristemente, según datos de la ONU, todavía hay 37 estados donde no se juzga a los violadores si están casados o si se casan después con la víctima y 49 estados donde no existe legislación que proteja a las mujeres de violencia doméstica. Además, cada once minutos, muere una mujer o una niña a manos de su pareja íntima o algún miembro de su familia.

Pero más allá de las legislaciones y los avances en este campo, siempre hay que estar alertas a los movimientos de involución y de rechazo a estas iniciativasExisten grupos explícitamente antiderechos y antifeministas que niegan la reivindicación con argumentos tales como, que las mujeres ejercen igual violencia contra los varones, que se cae en el victimismo, que se rompe el modelo familiar que da estabilidad a la sociedad y, así, muchas otras razones que depende cómo se presenten, convencen a más de una persona.

Por supuesto que también se ejerce violencia contra los varones y esta violencia ha de ser combatida. Pero lo que no se puede negar es que la violencia contra las mujeres es una violencia institucionalizada y sostenida por la mentalidad patriarcal que considera a la mujer como su propiedad, su complemento, la portadora de lo que falta al varón pero que no debe atreverse a traspasar los límites que se le han asignado, so pena de romper con el orden establecido y este último es el que cuenta y no el respeto a los derechos de las mujeres.

También el discurso de que las mujeres deben dejar su papel de víctima y simplemente sobreponerse y seguir adelante, es un discurso que atrapa a más de una porque parece algo positivo. Pero hay que distinguir entre una víctima en sentido de refugio psicológico para conseguir compasión a la denuncia de una víctima que exige la reivindicación de sus derechos. Denunciar toda violencia y no cansarse de hacerlo, es el camino para reivindicar derechos y soñar con que algún día nuestro mundo esté libre de la violencia de género.

La violencia de género existe y se manifiesta de muchas formas -aunque se disimule de tantas otras formas-. Hay violencia física, sexual, psicológica, laboral. Hay demasiado acoso sexual, callejero, cibernético. Aún existe la mutilación genital y el matrimonio infantil. Hay demasiado impunidad frente a los perpetradores y muchísima estigmatización y vergüenza padecida por las víctimas porque sus denuncias no se escuchan con el respeto y la diligencia que ameritan en los espacios privados y públicos y, por supuesto, en la legislación existente.

Pero sobre todo hay pasividad por parte de las iglesias y muy poco compromiso con la denuncia y la acción positiva frente a esta realidad. No pareciera que el Jesús de los evangelios fuera suficientemente conocido por los creyentes. Parecen olvidar que Jesús, ante la mujer adúltera, interpela a todos los que la acusan mostrándoles que ellos no están libres de pecado para convertirse en jueces de nadie (Jn 8, 1-11); o que se deja enseñar por la mujer siriofenicia cuando ella le pide que extienda los limites de su acción, más allá de las fronteras judías, solicitándole la curación de su hija (Mc 7, 24-30) o que se apareció en primer lugar a María Magdalena haciéndola portadora de la Buena Noticia de la Resurrección (Jn 20, 11-18), en una sociedad donde el testimonio de las mujeres no era creíbleGracias a la teología feminista se ha recuperado el protagonismo de las mujeres en los orígenes cristianos, contando ya con mucha producción bibliográfica que, lamentablemente, no se ha incorporado suficientemente en los ámbitos académicos. Pero todavía se está lejos de que una praxis de igualdad, reconocimiento y defensa de los derechos de las mujeres sea una prioridad en las iglesias y en las personas de fe. Entre la figura de la mujer sumisa, callada y sacrificada que se ha valorado durante siglos en los ámbitos eclesiales y las posturas actuales que siendo algo más abiertas son temerosas de perder “la feminidad” o atacar “a los varones” o “crear división”, etc., se avanza tan poco que no podemos decir que las iglesias tengan una postura profética y comprometida con la eliminación de todas las formas de violencia contra la mujer. Ojalá este 25 de noviembre sea ocasión de sacudir tantos temores y miedos frente a las demandas feministas y las Iglesias y las personas creyentes acompañen decisivamente esta urgente y evangélica opción por los derechos humanos de todas las mujeres en todas las circunstancias: ¡Ni una violencia más!

Etapa Continental del Sínodo

En camino a la Etapa Continental del proceso sinodal

En camino a la Etapa Continental del proceso sinodal

Esperemos que esta fase continental lleve a los participantes a ¡Escuchar! y a buscar respuestas efectivas. De no hacerlo, una vez más la Iglesia va a quedar muy rezagada y, simplemente, el Pueblo de Dios, no esperará más respuestas, sino que vivirá su fe -como ya lo están haciendo muchos- de manera sincera, pero sin pertenencia eclesial

Tal vez el punto que sigue mostrando su irreversibilidad es la urgencia de “repensar la participación de las mujeres”: hay una creciente conciencia sobre la participación plena de las mujeres en la vida de la Iglesia porque ellas son las que más viven la pertenencia eclesial y, sin embargo, son los varones los que toman las decisiones

Lo primero que salta a la vista es la premura del tiempo. ¿Cómo movilizar una reflexión sinodal continental en cinco meses cuando ha sido tan difícil lograr involucrar al pueblo de Dios en todo un año de trabajo local?

Por Consuelo Vélez

Documento Asamblea Eclesial: Evangelización inculturada, formación para superar el clericalismo y mujeres protagonistas
Documento Asamblea Eclesial: Evangelización inculturada, formación para superar el clericalismo y mujeres protagonistas

Con fecha 24 de octubre se publicó el Documento de la Etapa Continental (DEC) del proceso sinodal. Con este documento que consta de 109 numerales y 4 partes (La experiencia del proceso sinodal, A la escucha de las Escrituras, Hacia una Iglesia sinodal misionera y Próximos pasos) se da comienzo a la segunda fase que tendrá dos momentos: elaboración de documentos continentales hasta el 31 de marzo de 2023 y elaboración del Instrumentum laboris hasta junio de 2023. Este documento de trabajo se llevaría a la primera asamblea sinodal en octubre 2023. El título del DEC “Ensancha el espacio de tu tienda” (Is 54, 2) marca una intencionalidad fundamental: la Iglesia necesita convertirse en un espacio capaz de vivir la comunión, la participación y la misión a la que está llamada (n.10). También necesita ser una Iglesia menos de mantenimiento y conservación y más una Iglesia misionera (n. 99)

Lo primero que salta a la vista es la premura del tiempo¿Cómo movilizar una reflexión sinodal continental en cinco meses cuando ha sido tan difícil lograr involucrar al pueblo de Dios en todo un año de trabajo local? El DEC trata de facilitar el proceso recordando el método de conversación espiritual usado en la primera fase: (1) que cada participante tome la palabra (2) la resonancia de la escucha a los demás y (3) el discernimiento (n. 109). También el DEC señala las tres preguntas que, una vez trabajadas en las Iglesias locales, se han de considerar en los encuentros continentales: (1) ¿Qué resuena más fuertemente de las experiencias y realidades concretas de la Iglesia en el continente? (2) ¿Qué tensiones o divergencias sustanciales surgen desde la perspectiva del continente y que han de abordarse en las próximas fases del proceso? (3) ¿Cuáles son las prioridades, los temas recurrentes y las llamadas a la acción que han de ser discutidas? (n.106)

Desde el inicio se advierte que este documento no es un documento conclusivo, ni un documento del magisterio, ni un informe de una encuesta sociológica, ni ofrece las indicaciones para el camino a seguir. Pretende ser un documento fruto de haber escuchado la voz del Espíritu por parte del Pueblo de Dios, permitiendo que surja su sensus fidei y está orientado al servicio de la misión de la Iglesia (n. 8). Retoma algunas citas textuales de las síntesis de algunas conferencias episcopales, otras veces dice que alguna petición fue reiterada por muchas conferencias y otras que fue una petición más aislada.

Veamos algunos de los logros y desafíos que el documento señala. Entre los logros reconoce que la primera fase de escucha alimentó el deseo de una Iglesia cada vez más sinodal (n. 3), despertó en los fieles laicos, la idea y el deseo de implicarse en la vida de la Iglesia (n. 15), fortaleció el sentimiento de pertenencia y la toma de conciencia, a nivel práctico, de que la Iglesia no son sólo los sacerdotes y los obispos (n. 16). Además, se valoró el método de la conversación espiritual que permitió mirar la vida de la Iglesia y llamar por su nombre tanto a las luces como a las sombras (n. 17). Una idea teológica fundamental que, se repite varias veces, es la afirmación de la dignidad común de todos los bautizados, auténtico pilar de la Iglesia sinodal y fundamento teológico de esa unidad (n. 9; 22), reconociendo que aún falta desarrollar más esta teología bautismal (n. 66).

Los frutos de la fase de escucha, el documento los expresó mediante cinco tensiones creativas: (1) La escucha, (2) El impulso hacia la misión, (3) La misión ha de asumirse con la participación y corresponsabilidad de todos los bautizados, (4) La construcción de estructuras e instituciones que hagan posible la vivencia de la comunión, la participación y la misión, (5) La liturgia, especialmente la liturgia eucarística en la que de hecho se vive la comunión, la participación y la misión (n. 11).

Entre las dificultades que se anotan está la resistencia que mostraron algunos sectores de la jerarquía y del laicado, el escepticismo frente a la posibilidad de que la iglesia cambie (n.18.19), el escándalo por los abusos cometidos por parte del clero (n. 20) y los conflictos armados y políticos de diferentes países que hacen muy difícil la vida de sus gentes, incluida la de los cristianos (n. 21)

Los desafíos que se plantearon fueron muchos por lo que no es fácil resumirlos, más cuando se expresaron de diversas maneras a lo largo del documento. Destaquemos algunos: la dificultad de escuchar profundamente y aceptar ser transformado por esa escucha. Constatar los obstáculos estructurales que lo impiden como, por ejemplo, las estructuras jerárquicas que favorecen las tendencias autocráticas (n. 33). La ausencia de los jóvenes en el proceso sinodal y su ausencia, cada vez mayor, en la vida de la Iglesia (n.35). La falta de estructuras y formas adecuadas para acompañar a las personas con discapacidad (n. 36). La defensa de la vida frágil y amenazada en todas sus etapas (n. 37). La falta de una respuesta adecuada a los divorciados vueltos a casar, a los padres y madres solteros, a los que viven un matrimonio polígamo, a las personas LGTBQ y a los que han dejado el ministerio ordenado para casarse (n. 39). Muchos en la Iglesia se sienten excluidos: los pobres de las periferias, los ancianos solos, los pueblos indígenas, los emigrantes, los niños de la calle, los alcohólicos y drogadictos, los que han caído en manos de la delincuencia, las personas que ejercen la prostitución como única manera de sobrevivencia, las víctimas de trata de personas, los supervivientes de abusos, los presos y muchos otros por razones de raza, etnia, género, cultura y sexualidad (n. 40). Sobre algunos temas como el aborto, la anticoncepción, la ordenación de mujeres, los sacerdotes casados, el celibato, el divorcio, las segundas nupcias, la homosexualidad y las personas LGBTQIA+ se pide una respuesta por parte de la Iglesia (n. 51). La liturgia que ocupa un lugar central en la vida cristiana ha de manifestar la dimensión sinodal fomentando una participación más activa de todos los miembros y favoreciendo las diferencias (n. 91.93) pero queda una preocupación por la añoranza del rito prevaticano (n. 38-92): no hay duda que la “involución eclesial” vivida en los anteriores pontificados ha dejado hondas secuelas de retroceso que en el documento se expresan como falta de inclusión de esa perspectiva. Es un serio interrogante.

También el DEC se refiere a una Iglesia que se deje interpelar por los retos del mundo actual y responda a ellos con transformaciones concretas (n. 42.43. 44). Que escuche el grito de los pobres y el clamor de la tierra que, en este momento, ya no son opcionales (n. 45). Que participe en la construcción de la paz y la reconciliación, el debate público y el compromiso con la justicia, como parte de su misión (n. 46). Que sea promotora del diálogo ecuménico e interreligioso porque no hay sinodalidad completa si no hay diálogo entre los cristianos (n. 22. 47.48.49) y también del diálogo intercultural capaz de apreciar las diferencias culturales para entenderlas como un factor de crecimiento. En este aspecto ocupan un lugar central los pueblos indígenas a quienes habría que pedirles perdón por haber sido cómplices de su opresión, pero también asumiendo la responsabilidad de articular sus creencias con las enseñanzas de la Iglesia en un proceso de discernimiento y acción creativa (n. 53.54.55.56). Una iglesia que deje de construirse en torno al ministerio ordenado y se convierta en una Iglesia toda ella ministerial (n. 67).

Otros aspectos de los que se ha hablado bastante, son la necesidad de liberar a la Iglesia del clericalismo (n. 58), predicar homilías centradas en la Palabra de Dios y con un lenguaje que el Pueblo de Dios entienda (n. 93.95), renovar las estructuras eclesiales para que sean sinodales -y para esto es indispensable revisar el Derecho Canónico y una formación en la sinodalidad- (n. 72-82-83), cultivar la espiritualidad de la sinodalidad (n. 84), ser una institución transparente en todos sus procesos y contar con personas competentes profesionalmente para el desarrollo de algunas funciones económicas y de gobierno (n.79).

Pero tal vez el punto que sigue mostrando su irreversibilidad es la urgencia de “repensar la participación de las mujeres”: hay una creciente conciencia sobre la participación plena de las mujeres en la vida de la Iglesia porque ellas son las que más viven la pertenencia eclesial y, sin embargo, son los varones los que toman las decisiones. También se denuncia que en el lenguaje de la Iglesia el sexismo está muy extendido, las mujeres son excluidas de funciones importantes en la vida de la Iglesia, no reciben un salario justo por las tareas que realizan y las religiosas suelen ser consideradas mano de obra barata (n. 60-63). Casi todas las síntesis plantean la cuestión de la participación plena e igualitaria de las mujeres, pero no todas responden de la misma manera y piden el discernimiento sobre cuestiones específicas: el papel activo de las mujeres en las estructuras de gobierno de los organismos eclesiásticos, la posibilidad de que las mujeres prediquen en los ambientes parroquiales y el diaconado femenino. Sobre la ordenación de las mujeres algunas síntesis la reclaman y otras la consideran una cuestión cerrada (n. 64).

Todo lo que hemos presentado del DEC no es desconocidoDe todos esos temas hemos hablado, cuestionado, reflexionado. Muchas veces hemos dicho que no entendemos por qué cuesta tanto trabajo dar pasos para dar respuestas efectivas. No sé si es suficiente hablar de que hay resistencia al proceso sinodal. Hay resistencias a escuchar los signos de los tiempos, a través de los cuales habla el Espíritu.Esperemos que esta fase continental lleve a los participantes a ¡Escuchar! y a buscar respuestas efectivas. De no hacerlo, una vez más la Iglesia va a quedar muy rezagada y, simplemente, el Pueblo de Dios, no esperará más respuestas, sino que vivirá su fe -como ya lo están haciendo muchos- de manera sincera, pero sin pertenencia eclesial. Y, muy posiblemente el Espíritu va a estar de ese lado porque el “ensanchar la tienda” también puede darse en otros contextos si, en los lugares donde debería estar, no logran transformarse para que entre ese “aire fresco” que tanta falta hace.

¿Una Iglesia en conversión sinodal?

Por Consuelo Vélez

El pasado 16 de octubre el papa Francisco anunció que el Sínodo de la sinodalidad se prolongará hasta el año 2024. El objetivo es tener más tiempo de discernimiento para vivir la sinodalidad como dimensión constitutiva de la Iglesia. Para los que estamos atentos a estas noticias eclesiales y los que están directamente implicados en la celebración de este acontecimiento, este anuncio moviliza a seguir pensando cómo aprovechar esa decisión. Pero realmente, ¿el pueblo de Dios está implicado en este proceso? Pasado un año de “algunas” (porque no fueron masivas ni acogiendo a la mayoría del pueblo de Dios) reuniones en las iglesias locales ¿ha habido algún cambio fuera de introducir la palabra sinodalidad en algunos círculos reducidos? Me temo que hay mucha distancia entre el ideal y la realidad.

Desde mi punto de vista, pensar en una iglesia sinodal supone partir de reconocer que nuestra iglesia no ha sido sinodal y por eso necesita una conversión. Debería haber sido siempre así porque desde los orígenes las primeras comunidades cristianas se reunían en torno a la fe que compartían -expresada en la enseñanza de los apóstoles-, la fracción del pan, las oraciones y el compartir de bienes para que nadie pasara necesidad entre ellos (Hc 2, 42-47). Poco a poco esas comunidades igualitarias e inclusivas fueron estructurándose para una mejor organización, a partir de la diversidad de carismas y ministerios que tenían los miembros de la comunidad. Pero el paso del tiempo fue llevando al anquilosamiento de esas estructuras -que siempre deberían ser ágiles porque han de estar al servicio de la misión- y, sobre todo a buscar equipararse a la organización de la sociedad civil, llegando a la iglesia que teníamos antes de Vaticano II: una iglesia estructurada en dos clases de miembros -clero y laicado- donde los primeros han tenido la primacía y los segundos solo el protagonismo que los primeros le conceden.

Con Vaticano II cuyo inicio, hace 60 años, celebramos el pasado 11 de octubre, se buscó “convertir” ese modelo piramidal por el modelo Pueblo de Dios que, en otras palabras, es un modelo sinodal. Pero pasados esos 60 años aún vemos que no acabamos de realizar ese cambio y seguimos en la tensión -que no llega a ser conversión- entre una iglesia que sabemos debería ser mucho más comunión y participación y una iglesia que no renuncia a su estructura de siglos porque sabe que se pierden demasiados privilegios -por parte del clero- y supone mucha más responsabilidad por parte del laicado.

En muchas de las experiencias de escucha y diálogo que se vivieron en esta primera fase sinodal en las iglesias locales se oró, se celebró y se estudió sobre la sinodalidad. Pero, ¿se hicieron algunos cambios? Escuché de más de una realidad decir que allí ya se vivía la sinodalidad porque tal laico participaba de tal espacio o que tal actividad la llevaban los laicos o que el presbítero escuchaba a sus feligreses. No escuché que se hubiera empezado un proceso de conversión sinodal, a fondo, que cambiara el rostro de la iglesia para responder a eso que el papa Francisco ha llamado “deseo de Dios para la Iglesia del tercer milenio”. También se invoca que el papa ha nombrado a más laicos en los órganos eclesiales, pero ¿esto es suficiente para que nuestra Iglesia sea sinodal? Personalmente creo que no.

Por todo esto creo que esta prolongación del Sínodo de la sinodalidad por un año más, tal vez sería la ocasión de volver a plantearnos cómo podría ser esta iglesia del tercer milenio que se aproxime más a la iglesia de los orígenes. Una iglesia que hoy convoque y atraiga a otros. Que se le note en consonancia con los “signos de los tiempos” (Gaudium et Spes n.4), respondiendo a ellos. Que no se quede en darle “un barniz superficial” a la iglesia, usando la palabra sínodo, nombrando a algún laico en un puesto eclesial, por ejemplo, sino que reconozca, de una vez por todas, que la iglesia no ha sido sinodal y es mucha la estructura que tiene que cambiar para conseguir serlo.

Creo que con el papa Francisco se ha avanzado en otro lenguaje mucho más fresco y actual -que molesta a los que quieren un lenguaje solemne y que marque las diferencias-; en un estilo sencillo y austero como debería ser toda instancia eclesial; en unos documentos que pueden ser entendidos por más personas; en la propuesta de los diferentes sínodos que han tenido lugar en su pontificado sobre temas tan urgentes como los jóvenes, la familia, la Amazonía. Pero, a nivel estructural, se ha movido demasiado poco: documentos sobre la curia romana, sobre los estudios teológicos, alguna modificación al Derecho Canónico y, como ya dijimos, unos cuantos nombramientos de laicos en los organismos curiales. Pero esto no es suficiente. Se necesita convertirse al dinamismo del Espíritu que anima esos cambios y dejarse conducir por él, sin resistencias, sin justificaciones, sin disculpas. ¿Lo haremos en estos dos años que ahora se proponen para asumir la sinodalidad como dimensión constitutiva de la Iglesia? Esperemos que sí pero no olvidemos que si el punto de partida no es el reconocimiento de que nuestra iglesia no ha sido sinodal, todo lo que digamos será como esa casa construida sobre arena que al primer viento que la golpea, la derrumba (Mc 7, 26-27). Y los vientos recios no cesan: fundamentalistas, tradicionalistas, opositores al Papa y tantas instancias eclesiales que se sienten tan seguras y cómodas en lo que realizan. Por eso es tan necesario abrirnos al insistente llamado a la conversión que la iglesia siempre necesita si quiere mantener su fidelidad al Reino.

Santa Teresa

Santa Teresa: mujer, andariega, inquieta, doctora de la Iglesia…

Santa Teresa

Por Consuelo Vélez

Cada 15 de octubre se recuerda en la Iglesia a Santa Teresa de Jesús (1515-1582), monja carmelita, reformadora de su orden, fundadora de 16 conventos, escritora, mística, maestra de oración. En 1970, Pablo VI, la reconoce como la primera mujer, Doctora de la Iglesia. Es muy importante este título porque solo se ha otorgado a 4 mujeres (Santa Catalina de Siena, Santa Teresita del Niño Jesús e Hildegarda de Bingen, frente a más de 30 varones) pero, sobre todo, porque esa proclamación supone reconocer que puede ser maestra de fe para todo el Pueblo de Dios.

Santa Teresa de Jesús supo enseñar sobre la vida de oración con la bella imagen de “Las moradas o Castillo Interior” y también con el huerto regado por el agua de cuatro maneras distintas -que ella reconoce como los cuatro grados de oración-. En los dos casos, la oración no supone un rezo convencional de repetir palabras, sin saber lo que se dice, o de pedir favores convirtiendo a Dios en un dispensador de milagros, sino en un diálogo “con quien sabemos nos ama”, más aún, con el mismo Jesús, tan humano, como el Jesús de la historia, con el que ella puede conversar y experimentar que “Solo Dios Basta”.

Pero esa doctrina sencilla sobre la oración como diálogo, como encuentro, como conocimiento personal, como donación mutua, algunos pretenden identificarla con prácticas de meditación más al estilo oriental -válidas para quien encuentre en ello dominio de sí y vaciamiento de toda distracción- pero que no tienen que ver con la enseñanza de Teresa. Los cuatro grados de oración no son una escala ascendente que la persona puede alcanzar por medio de prácticas de respiración u otro tipo de ascesis corporal, tampoco las moradas son una línea recta de habitaciones a la que se va subiendo paso a paso. En los dos casos, Teresa avisa que todo es gracia divina y la persona no deja de experimentar su humanidad con las faltas de amor que vive -y esa es la humildad que brota del conocimiento propio que da la oración- y tampoco puede, por sus propios méritos, alcanzar la gracia de regar el jardín sin el más mínimo esfuerzo de su parte, porque el encuentro con Dios es pura gracia, puro don, puro regalo.

Para Teresa la oración no se queda en el acto mismo de orar sino en los frutos que produce en la persona: “la oración no es tanto pensar mucho, sino amar mucho”, de ahí que decía a las religiosas que, “aquello que más las llevara a amar, eso es lo que debían hacer”. Otra manera de explicarlo era decir que “Dios estaba entre los pucheros”. Es decir, la oración no es solamente el momento explícito en que la persona se dispone a orar, sino que toda la vida ha de ser oración, incluidas las cosas más pequeñas, más básicas, más cotidianas.

Asombra también de Teresa que en tiempos en que el acceso a la Biblia era prácticamente imposible y menos por parte de las mujeres, ella aprovecha los libros de espiritualidad que podía leer para tener contacto con los pasajes de los evangelios que allí encontraba. Ella, sin tener demasiada formación, es capaz de ir a las fuentes de la revelación y nutrirse de ellas. Claro que, ante la dificultad de acercarse mucho más al texto sagrado, también entiende que el mismo Jesús con el que conversa en la oración, es la “Palabra Viva” la que puede tener acceso. Y, efectivamente, el cristocentrismo de su experiencia de fe la lleva a decir que “Teresa es de Jesús y Jesús de Teresa”, usando sus propias palabras en lugar de las de Pablo en la carta a los Gálatas: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (2, 20).

Finalmente, Teresa muestra que el feminismo no es cosa de algunas mujeres desadaptadas -como algunos lo catalogan en el presente-, sino que es un movimiento que, sin haber tenido ese nombre en épocas anteriores, si denuncia la discriminación que han sufrido las mujeres y la forma como se les niegan sus derechosSanta Teresa así lo expresaba quejándose ante Jesús del clero de su tiempo: “Confío yo, Señor mío, en estas siervas tuyas que aquí están, que veo y sé no quieren otra cosa ni la pretenden sino contentarte (…). Pues tu no eres, Creador mío, desagradecido para que yo piense que les darás menos de lo que te piden, sino mucho más, porque no aborreciste a las mujeres cuando andabas por el mundo, antes las favoreciste siempre con piedad y hallaste en ellas tanto amor y más fe que en los hombres (…) ¿No basta Señor, que nos tiene el mundo acorraladas (…) que no hagamos cosa que valga nada por ti en público, ni osemos hablar de algunas verdades que lloramos en secreto, para que no vayas a oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de tu bondad y justicia, que eres justo juez y no como los jueces del mundo, que como hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa (…) porque veo los tiempos de manera, que no hay razón para desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Teresa vive en el contexto donde las cosas de mujeres no se valoran y se desechan, pero ella no puede imaginar, de ninguna manera que Dios se porte igual que los jueces de este mundo, a los que con una fina ironía describe como “hijos de Adán y, en fin, todos varones”. Este párrafo fue borrado del manuscrito original y descubierto hace relativamente poco, porque en su época la censura no podía permitir una acusación tan directa, como hoy tan poco se acepta fácilmente prefiriendo desacreditar cualquier voz que se levanta denunciando este mundo patriarcal en el que todavía vivimos.

Celebrar a Santa Teresa no es solo recordar su memoria sino recibir su legado y llevarlo a la práctica. Efectivamente, en estos tiempos recios, como los que ella vivió, sigue siendo urgente que las mujeres de fe trabajemos por la igualdad fundamental de mujeres y varones en la sociedad y en la iglesia y por vivir una espiritualidad transformadora, por fidelidad al reino de Dios anunciado por Jesús, donde la oración sea fuente de vida y compromiso y, en ningún momento, alienante y desentendida del mundo que vivimos

Ante la muerte

La fe cristiana es capaz de sostener la esperanza»

Ante la muerte: la fe en el Dios de la vida

«Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo»

«Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos»

«Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad»

Por Consuelo Vélez

Nuestro Dios es el Dios de la vida y la promete para todos sus hijos e hijas: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). Pero esta afirmación se pone a prueba cuando llegan los momentos límite en la vida: sea una enfermedad, una catástrofe, un fracaso y, sobre todo, cuando se trata de la muerte. Esta última es la más definitiva y radical: no hay vuelta atrás, no se puede esperar que de alguna manera esa muerte se revierta; en verdad, la existencia de una persona llega a su final. Entonces, ¿dónde queda la promesa que Jesús hizo a los suyos y en la que nos seguimos apoyando todos los que hoy creemos en él?

Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad. Allí, cuando todo parece que se termina -o termina efectivamente- la experiencia de fe nos permite mantener la esperanza, no solamente como una actitud profundamente humana, sino como una verdadera experiencia del Espíritu de Jesús que, después de haber sido asesinado por los poderosos de su tiempo, no desaparece de la historia humana sino que sigue movilizando a sus seguidores para continuar apostando por la vida, haciendo posible que la vida en abundancia que Jesús había prometido, alcance a muchos, de generación en generación.

Esto no significa que no se sienta el dolor humano. De hecho, el mismo Jesús lo vive al final de su vida cuando invocando las palabras del salmo 22, expresa los sentimientos que lo embargan: “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado” (Mt 27,46) y, al menos los evangelios de Mateo y de Marcos, no muestran que ese dolor fuera suavizado, sino que “dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu” (Mt 27, 50; Mc 15,37). Otros evangelistas como Lucas, de alguna manera, presentan menos desgarrador ese momento, poniendo en boca de Jesús las palabras del salmo 31: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46). Por su parte el evangelio de Juan, relata así ese último momento: “Todo está cumplido. E inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19, 30).

El dolor humano es diferente dependiendo de la situación de la persona que muere. Si se trata de una persona anciana, es más fácil entender que esa vida que se iba apagando de alguna manera, lo hace definitivamente.

Más duro cuando se trata de una persona que, en la plenitud de la vida, muere y todo su proyecto queda truncado. Y no digamos cuando se trata de la niñez que, prácticamente, estaba comenzando a estrenar la vida y parecía tener todas las oportunidades por delante. También se hace muy dolorosa la muerte cuando es una muerte injusta, fruto de la maldad de otros seres humanos.

Pero en todos los casos, la fe cristiana es capaz de sostener la esperanza porque esta implica asumir la limitación humana, la creaturalidad que nos constituye e inclusive el mal fruto de la libertad humana, pero también, la confianza en que sí el espíritu de Jesús continúa animando la vida de los creyentes, de alguna manera, ese mismo espíritu sigue animando la vida de todos los que ya no están en esta historia. Confiamos, como lo dice Pablo en la primera carta a los Corintios que “si solamente para esta vida tenemos, puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todas las personas! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, como primicias de los que durmieron” (15, 19-20). Esta es nuestra fe y ella es la que nos sostiene en los momentos limite.

Ahora bien, esa fe no se improvisa. Esa fe se alimenta, se cuida, se práctica. Es la fe que da sentido a la cotidianidad sabiendo que todo lo que se hace es para intentar hacer presente el reino de Dios en el aquí y el ahora. Es la que da sentido a todos los momentos de la vida, aceptando los fracasos, agradeciendo los éxitos, experimentando que todo se recibe gratuitamente, de ahí que se intente compartirlo con generosidad: “Den gratis, lo que recibieron gratis” (Mt 10, 8).

Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos. Es la fe que apoyada en la “gran nube de testigos, nos permite sacudirnos de todo lastre que nos asedia y nos fortalece ante la prueba, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hc 12, 1-2).

Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo. También con la calidad de nuestras relaciones con los demás, con la riqueza de cada persona, con los valores que constituyen la propia vida. Y, en medio del dolor que produce la ausencia de la persona que muere, es una gracia divina poder hacer propias las palabras de Pablo en la Carta a los Romanos.

“Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (8, 38-39). Sí, definitivamente, cuando se tiene fe, se vive la experiencia de que nada nos aparta del amor del Señor y en ese amor, nuestros seres difuntos permanecen en nuestra memoria y sentimos la fuerza para vivir con más intensidad como ellos, con toda certeza, esperan que lo hagamos.

¿Es la Biblia «Palabra de Dios»?

Hay mucha gente que relativiza la palabra de Dios porque está cansada de que se haya invocado tantas veces para mantener doctrinas o leyes que más que ayudar a las personas, les ponen cargas pesadas sobre sus hombros

Durante muchos siglos se leyó la Biblia de manera literal y se la invocó para afirmar que Dios dice esto o aquello. Por supuesto la ingenuidad o ignorancia sobre esa lectura literal es evidente

Es urgente una formación bíblica adecuada que muestre que aquello es una deformación y que, bien interpretada, es palabra de Dios en la medida que usando mediaciones humanas nos da testimonio de cómo descubrir la presencia de Dios en nuestra historia

PorConsuelo Vélez

Planteo esta pregunta de si la Biblia es “Palabra de Dios” porque últimamente he escuchado algunas afirmaciones que parecen relativizarla, también porque mucha gente no cae en cuenta de lo que significaría esto si lo creyéramos a fondo y, finalmente, porque otras personas buscan “palabras de sabiduría” en muchos otros escritos fuera de la tradición cristiana y, sin duda, les ayudan mucho para su vida.

Vayamos por partes. En el primer caso, hay mucha gente que relativiza la palabra de Dios porque está cansada de que se haya invocado tantas veces para mantener doctrinas o leyes que más que ayudar a las personas, les ponen cargas pesadas sobre sus hombros. Ante esto hay que reconocer que la interpretación adecuada del texto bíblico es una conquista “relativamente” reciente y por eso durante muchos siglos se leyó la Biblia de manera literal y se la invocó para afirmar que Dios dice esto o aquello. Por supuesto la ingenuidad o ignorancia sobre esa lectura literal es evidente. Por ejemplo, se toma al pie de la letra que Jesús calmó la tempestad (Mt 8, 26) pero no se toma al pie de la letra el que “si tu ojo es ocasión de pecado, arráncatelo” (Mt 5, 29).

Ya es una afirmación aceptada por la Iglesia que la Biblia fue escrita mucho después de que suceden los acontecimientos que allí se narran y no con la intención de relatarnos detalles precisos de lo que allí pasó sino de testimoniar la presencia de Dios a favor de su pueblo en esos acontecimientos que se cuentan allí. Lo hacen con los géneros literarios de su tiempo y desde las categorías y esquemas de su contexto. Por eso es imprescindible utilizar los métodos exegéticos y hermenéuticos adecuados para entender el texto. Ahora bien, aunque esa tarea es propia de los/as biblistas, no significa que no se enseñe a todo el pueblo de Dios que para acercarse a dicho texto hay que hacerse por lo menos dos preguntas básicas: ¿Qué quiso decir el autor bíblico con ese texto en su contexto? ¿Qué dice ese texto bíblico hoy para nosotros? Sin olvidar que las circunstancias son distintas y que la biblia no es un recetario para aplicar literalmente sino un horizonte de sentido para interpretar nuestro presente.

Es decir, lo que es “Palabra de Dios” no es la literalidad del texto sino el testimonio de fe que los autores/as sagrados nos han dejado en el texto bíblico -una maravillosa mediación humana para mantener en el espacio y tiempo dicho testimonio-. Por lo tanto, tienen razón aquellos que ya están cansados de escuchar predicaciones bíblicas fundamentalistas o literales que no se entienden para el hoy. Por eso es urgente una formación bíblica adecuada que muestre que aquello es una deformación y que, bien interpretada, es palabra de Dios en la medida que usando mediaciones humanas nos da testimonio de cómo descubrir la presencia de Dios en nuestra historia.

En el segundo caso, también es entendible que una tradición tan antigua se vaya desgastando y, más si no se actualiza. Con lo cual, en cada Eucaristía escuchamos al finalizar las lecturas que el lector dice: “Palabra de Dios” y el pueblo responde: “Te alabamos Señor” o “Gloria a Ti, Señor” en el caso del Evangelio. Pero se ha vuelto tan rutinario o se motiva tan poco esa lectura o se explica tan mal esa palabra que la gente no permanece atenta o no llega a “saborear” lo que eso significaría si lo creyéramos a fondo. No estamos escuchando una palabra cualquiera sino una que nos hace posible que sepamos cómo han entendido a Dios los que nos precedieron y cómo podemos entenderlo nosotros hoy. Eso sí, con la humildad suficiente de saber que lo que entendemos sobre Dios siempre es mucho menos de lo que Él es y que como está mediado por nuestra comprensión, podemos matizarla y señalar nuevos aspectos, en la medida que seguimos meditando sobre ella. En este último sentido, si creyéramos que la Biblia es Palabra de Dios, la tarea teológica se referiría mucho más a ella, no solo invocándola para “justificar” alguna idea que decimos, sino para dejarnos sorprender y enriquecer con lo que ella nos dice -ya que es una palabra viva, no muerta-. Pero, como ya lo he dicho otras veces, muchas publicaciones teológicas y muchos eventos académicos, adolecen de la perspectiva bíblica a la hora de presentar sus reflexiones.

Finalmente, nuestro mundo ya esta mucho más configurado con la pluralidad de expresiones culturales y religiosas. De ahí que la cercanía con otras maneras de ver la vida, de darle sentido, de enriquecer las comprensiones ya es una práctica adquirida. Y, resulta una experiencia muy rica -como variada y polifacética es la vida humana-, reconocer que toda la verdad o la manera de ver las cosas, no la tenemos desde la tradición cristiana y que hay muchos libros de sabiduría que nos ayudan y enriquecen. Pero dos observaciones sobre esto. La primera, para los que somos cristianos ojalá que no perdamos la riqueza que nuestra propia tradición nos regala y siga siendo fuente de sentido para nuestra vida. La segunda, saber que con cualquier otro libro de sabiduría hay que tener el mismo cuidado interpretativo que señalé para la Biblia. A veces, veo tanta ingenuidad en los que nutren su vida con otras tradiciones que creen que todo lo que leen es verdad absoluta. Eso también puede revelar una ignorancia o ingenuidad total, admitiendo a veces planteamientos que rayan con lo absurdo. Como toda mediación humana, cualquier horizonte de sentido que se proponga, puede tener errores, manipulaciones, intencionalidades que nos siempre son positivas. Ojalá que el discernimiento sea siempre la actitud para acercarnos a todo libro de sabiduría, pero, a los que nos ha constituido la tradición cristiana, sería muy importante, no olvidar la profundidad de lo que creemos: en una mediación humana -bien interpretada- Dios nos habla como un amigo y su palabra es viva y eficaz, capaz de penetrar el alma y el espíritu y discernir los pensamientos y las intenciones del corazón (Cf. Hb 4,12).

Mes de la Biblia-2

«Todavía falta mucho para que la Sagrada Escritura sea un “alimento” central en la vida cristiana»

«Nuestras liturgias siguen manifestando que el clero es el que enseña y el laicado es el que aprende»

«Algunos programas teológicos, tienen más asignaturas sobre dogma y magisterio que sobre Biblia»

Por| Consuelo Vélez teóloga

Septiembre se conoce como el mes de la Biblia, especialmente porque el día 30 se celebra la fiesta de San Jerónimo, quien fue el que tradujo la Biblia del hebreo, del arameo y del griego al latín, en el siglo IV, -versión que se conoce como la Vulgata (edición para el vulgo, para el pueblo)- posibilitando así que muchas más personas pudieran tener acceso a ella. Al recordar este hecho la pregunta que nos surge es sí, en realidad, la Biblia ha llegado “al pueblo”, si es parte de la espiritualidad cristiana y si constituye la referencia primera y fundamental de nuestra Iglesia.

En una mirada rápida y, talvez, superficial, se respondería afirmativamente porque en la eucaristía ocupa un lugar central e incluso, en muchas celebraciones, se hace una entronización de este libro sagrado con mucha solemnidad. Además, muchos creyentes la tienen en su casa y muestran un respeto real hacia ella.

Septiembre, mes de la Biblia

Pero si profundizamos un poco más, nos damos cuenta que todavía falta mucho para que la Sagrada Escritura sea un “alimento” central en la vida cristiana. Todavía no se ha logrado -como tal vez lo han logrado más las iglesias cristianas no católicas- que el creyente lea la biblia, la medite, se deje interpelar por esa palabra, encuentre en ella la fuerza y orientación para su vida.

Hay varias causas que podrían explicar este poco acercamiento de los creyentes a la Biblia. Nombremos algunas a manera de propuesta de reflexión, sin tener la total certeza de que esas sean las razones más claras que lo expliquen.

Comencemos fijándonos en la liturgia. El único que proclama el evangelio y lo explica es el ministro ordenado. El resto del pueblo de Dios escucha -cuando no se distrae lo cual es fácil en situaciones de solo escucha- y no tiene ninguna posibilidad de establecer un diálogo frente a lo que escuchó y mucho menos de compartir lo que ese texto le dice. En otras palabras, nuestras liturgias siguen manifestando que el clero es el que enseña y el laicado es el que aprende. Así lo determina la liturgia actual y no será este comentario el que la cambie. Pero conviene pensarlo para propiciar, algún día, cambios que son necesarios porque en la medida que tomemos conciencia de lo que vivimos, podremos empujar para que las cosas cambien.

Si nos fijamos en las prácticas de oración que la iglesia fomenta mayoritariamente, estas consisten en realizar novenas, rosarios, procesiones, adoraciones al santísimo, etc. Todas estas prácticas son valiosas y ayudan a sostener la fe de las personas. Pero en estas prácticas no está muy incorporada la Sagrada Escritura. Parece que da tranquilidad el saber que se cumplió con los pasos que se proponen para rezar una novena, por ejemplo, y esto es suficiente.

Una semana para descubrir la «inagotable fuente de sentido» de la Biblia.

Lo anterior no quiere decir que, algunas personas no oren con el texto bíblico, pero no es una oración que se fomente con la intensidad con la que se insiste en las otras prácticas. La meditación de la Sagrada Escritura es más propia de la vida religiosa o de alguna porción del laicado que comparte la espiritualidad de una congregación religiosa, pero no para el conjunto del pueblo de Dios que acude a la parroquia y a las celebraciones litúrgicas.

Otra realidad que también acompaña a la Iglesia católica es que a veces se le ha dado más importancia al magisterio que a la Sagrada Escritura. Muchas veces las predicaciones se centran en la doctrina -reforzándola con lo dicho por el magisterio- más que en el anuncio de la Buena Noticia que trae la Palabra de Dios. De hecho, el papa Francisco insistió en la Exhortación Evangelii Gaudium (2013) que “el texto bíblico debe ser el fundamento de la predicación” (n. 146). Bien sabemos que muchas homilías son más “moralistas y adoctrinadoras” (n. 142), que un diálogo entre Dios y su pueblo. Vaticano II afirmó que la Biblia “es el alma de la teología” (Optatam Totius n. 16) y, sin embargo, algunos programas teológicos, tienen más asignaturas sobre dogma y magisterio que sobre Biblia.

Como podemos ver, es difícil el camino que hemos de recorrer para que la Sagrada Escritura pueda ser esa palabra rica, capaz de alimentar, sostener, animar la vida creyente; pero precisamente esa es la tarea que podemos seguir impulsando al conmemorar el mes de la Biblia. El texto del profeta Isaías (55, 10-11) nos ayuda a pensar en la manera como la palabra de Dios actúa en la vida cristiana: “como desciende la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié”.

¿Es la Biblia «Palabra de Dios»?

Ahora bien, no olvidemos que la biblia hay que interpretarla adecuadamente para no hacerle decir lo que no dice. En eso tanto católicos como cristianos no católicos tienen mucho que aprender. Abunda el “fundamentalismo” en la lectura bíblica. La Palabra de Dios ha de interpretarse y por eso es necesario hacer mínimo dos preguntas: ¿qué quiso decir el texto bíblico en el contexto en el que se escribió? y ¿qué quiere decirnos hoy para nuestro contexto? No podemos olvidar los géneros literarios en los que fue escrita la biblia, las condiciones socio culturales del tiempo en el que se escribió que no corresponden a las nuestras y, de ahí, la necesidad de una interpretación adecuada.

Busquemos, entonces, fortalecer nuestra vida cristiana con el contacto asiduo, directo, constante con la Palabra de Dios. Deseemos aprender a interpretarla. Pongamos los medios para ello. Esto redundará en frutos de vida y vida en abundancia (Jn 10.10) porque la palabra de Dios interpela, renueva, consuela, anima, desinstala, impulsa, en otras palabras, mantiene la vitalidad de nuestro amor a Dios y al prójimo, razón de ser de nuestra vida cristiana.

Toma de posesión del Gobierno de colombia

Emocionante la posesión del presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez!

¡Emocionante la posesión del presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez!
¡Emocionante la posesión del presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez!

Colombia es un país creyente y la toma de posesión se hizo invocando a Dios. Pero esa creencia va más allá de esa invocación. Los discursos y los propósitos que señala este nuevo gobierno tienen todo que ver con los valores cristianos

Con seguridad Dios se hizo presente en esa multitud emocionada porque donde se defiende la vida, Dios está presente

 Por Consuelo Vélez

¡Petro amigo, el pueblo está contigo! Así lo recibió el pueblo colombiano reunido en la plaza de Bolívar para su posesión como presidente. Se cambiaron los estilos tradicionales de una ceremonia protocolaria por un acto que representó el sentir de la gente. Una plaza llena -con la mayoría de gente común y corriente- y en la que una “hija de la historia dolida de Colombia” – la senadora María José Pizarro, hija del excandidato Pizarro, asesinado por la violencia irracional que ha acompañado la historia de Colombia-, le colocó la banda presidencial.

No menos fueron las ovaciones a Francia Márquez quien encarna la “dignidad” del pueblo más sufrido de Colombia -los nadies y las nadies-, jurando fidelidad a la responsabilidad que le confían como vicepresidenta: “hasta que la dignidad se haga costumbre”. Estos juramentos enmarcados en la realidad de dolor, violencia, muerte que han acompañado tantas décadas la realidad colombiana -y excelentemente recogidos en las fotografías de Mauricio Vélez que fueron proyectadas-, significan mucho más que un juramento: son compromisos a “no olvidar la historia vivida” para “no repetirla” pero también para “repararla” y “transformarla” para que la vida se imponga en este territorio tan azotado por la muerte.

El discurso del presidente del Congreso, Roy Barreras, recordando la historia de la que venimos para transformarla de una vez por todas nos conectó con los grandes desafíos que tiene el nuevo gobierno: ha de ser para el pueblo y responder a sus necesidades; ha de parar la muerte y convertir a Colombia en una potencia mundial de la vida; ha de conocer las heridas para curarlas. Este gobierno es el primero de izquierda y progresista que llega a Colombia y significa una ruptura, un quiebre con lo vivido hasta ahora, buscando cambiar la injusticia social que ha golpeado a tantos. Colombia está llamada a trabajar por la paz hasta que se consiga plenamente.

El discurso del presidente Petro no tuvo ni una sola palabra de sobra. Enfocado a la justicia social y a la paz con un llamado a despertar la conciencia: “no naturalicemos la desigualdad y la pobreza, somos una de las sociedades más desiguales en todo el planeta y eso es una aberración, una inmoralidad que no podemos aceptar”. Trazó diez compromisos: (1) La paz -para vivir sabroso-; (2) Los abuelos/as, niños/niñas -política del cuidado; (3) Con y para las mujeres -Francia y el ministerio de la igualdad-; (4) diálogo con todas y todos -puertas abiertas-; (5) gobierno de la escucha -no distante del pueblo, cerca de los problemas-; (6) defender a todos de las violencias -estrategia de seguridad humana; la vida será el test del éxito-; (7) Lucha contra la corrupción -recuperar lo que robaron, desestimar ese sistema-; (8) protección del ambiente -potencia mundial de la vida-; (9) desarrollar la industria nacional, economía popular y el campo -especialmente las mujeres y los pequeños empresarios-; (10) Cumplir y hacer cumplir la Constitución -la ley es el poder de los que no tienen poder-.

Por supuesto, las palabras no cambiarán la realidad, pero tener una ruta clara ya es el primer paso. Con su discurso Petro se volvió a comprometer con sus promesas de campaña. No las olvidaremos y las exigiremos.

Colombia es un país creyente y la toma de posesión se hizo invocando a Dios. Pero esa creencia va más allá de esa invocación. Los discursos y los propósitos que señala este nuevo gobierno tienen todo que ver con los valores cristianos. Se puede decir que la jornada que vivimos hoy fue una celebración creyente de un pueblo que cree en la dignidad humana, la justicia social, la paz, el bien común por encima de los intereses personales. Con seguridad Dios se hizo presente en esa multitud emocionada porque donde se defiende la vida, Dios está presente.

La nueva etapa de Colombia

El 7 de agosto comienza una nueva etapa para Colombia

El 7 de agosto comienza una nueva etapa para Colombia
Gustavo Petro, presidente de Colombia

Petro representa un cambio profundo, lo que nos entusiasmó a muchos y asustó a otros tantos.  Ahora llega el momento de poner en práctica lo prometido y, con toda seguridad, habrá muchas dificultades y tropiezos en el camino

Esta nueva etapa representa otra mirada de la realidad, una apuesta explícita por la paz, una integración de otras etnias y otras visiones

Por Consuelo Vélez

El próximo 7 de agosto se posesiona el presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez. Fueron unas elecciones bien difíciles porque se oponían dos proyectos diametralmente diferentes. Coincidían -y eso parece convocó a muchos votantes- en que se quería un cambio, pero hay cambios de fondo y cambios más superficiales. Petro representa un cambio profundo, lo que nos entusiasmó a muchos y asustó a otros tantos.  Ahora llega el momento de poner en práctica lo prometido y, con toda seguridad, habrá muchas dificultades y tropiezos en el camino. Ojalá este nuevo gobierno sepa sortear los problemas que se presenten, pueda superar los obstáculos, no lo debilite el cansancio, no se venda a las propuestas que -en aras de la conciliación- puedan rebajar metas más altas. De antemano sabemos que no todo será perfecto y no faltarán las ocasiones de expresar nuestra inconformidad, pero también hay mucho que celebrar -independiente de lo que se logre hacer en el gobierno-.

Esta nueva etapa representa otra mirada de la realidad, una apuesta explícita por la paz, una integración de otras etnias y otras visiones. El que Gustavo Petro pueda ser nuestro presidente, reafirma que es posible el diálogo y el reinsertarse a la sociedad, a tal punto, que incluso un exguerrillero pueda ser presidente. Los que lo rechazan por ese pasado guerrillero, parece que no entendieran que la opción guerrillera que tomaron muchos jóvenes, en aquellas décadas, era la única posibilidad que veían, en ese momento, para lograr un cambio. Algunos grupos, cuando constataron lo equivocado de dicha opción, fueron capaces de acogerse a la amnistía y seguir trabajando por sus ideales desde la legalidad. Así lo hizo Gustavo Petro y nadie debería negar que su paso por el congreso ha sido muy fructífero y su gestión como alcalde tuvo logros -sin dejar de reconocer los errores y oposiciones férreas con las que tuvo que contar. Y, en este país, tan necesitado de diálogo para reinsertar a los demás grupos guerrilleros, a los disidentes, a la delincuencia organizada, etc., un presidente como él, puede ser ocasión de lograr, algún día, que se desmovilicen todos los grupos armados¡Tenemos derecho a vivir en un país sin grupos alzados en armas! Quiero anotar aquí, el papel que tanto el Nuncio Apostólico como la Conferencia Episcopal Colombiana están jugando en esta apuesta por el diálogo para conseguir la paz. Si en otros momentos han tenido posturas tibias -y algunos de la jerarquía todavía muestran reticencia-, como Institución eclesial han manifestado su apoyo incondicionalOtras confesiones cristianas también están apostando por la construcción de la paz bajo tres énfasis: reconciliación, no violencia y búsqueda de justicia y verdad. En el Encuentro Interreligioso realizado el 3 de agosto reafirmaron esos compromisos.

Gustavo Petro y Francia Márquez
Gustavo Petro y Francia Márquez

Otra señal realmente valiosa que da este gobierno, es la figura de Francia Márquez. Mujer, negra, líder social, ambientalista, feminista, pobre, luchadora, capaz de abrirse caminos en un país que niega posibilidades a la gente que tiene las características que ella representa. Su presencia rompe varios techos de cristal que parecían imposibles de sobrepasar. Y, como ella misma dijo en alguna ocasión, llegan al gobierno personas que hablan claro y directo -lo cual trae problemas y confrontaciones- pero, precisamente eso es señal de la libertad con la que quieren buscar el cambio, conscientes de que no será nada fácil y, más de una vez, tendrán que rectificar. Su sola presencia es un grito fuerte de esperanza para tantos jóvenes y niños/as que no soñaban con llegar a algunos niveles de responsabilidad porque nadie como ellos lo había hecho, pero con ella en la vicepresidencia, se abre la posibilidad de creer que un futuro mejor para todos y todas puede lograrse, en la medida que, estructuralmente, se creen la condiciones para ello.

El gabinete que el presidente ha ido designado ha fortalecido la esperanza de que “otra organización política es posible”. Personas valiosas, con trayectorias reconocidas, con visiones amplias y, sobre todo, con ese deseo profundo de construcción de la paz. Vuelven a ponerse en primer plano los Derechos Humanos, la justicia social, la reforma agraria, la superación del conflicto, el diálogo, la reconciliación, la paz. Interesa mucho tener una narrativa de amor y de encuentro como bien lo señala el papa Francisco en la Encíclica Fratelli Tutti para fortalecer la esperanza y trabajar para conseguir un país mejor.

Petro y Francia
Petro y Francia

No faltan los que se empeñan en mantener la guerra. Lamentablemente, entre ellos, hay muchas personas que se dicen creyentes y, aunque se han quedado algo silenciosas después del triunfo contundente del Pacto Histórico -parece que Dios no libró a Colombia de ese personaje como tanto lo invocaron en sus oraciones- ahora, próximos a la posesión presidencial, se vuelven a oír esas “ideologías” -que curiosamente creen combatir cuando parece que son ellos las que más las tienen. Ya escuché a personas diciendo que con este gobierno entra la santería o la brujería -no acaban de entender la incorporación de las culturas indígenas y afrocolombianas con sus valiosas creencias ancestrales; o que se va a imponer la “ideología de género” con el Informe de la Comisión de la Verdad -como si no tuviéramos derecho a conocer lo que nos pasó-, o que nos van a expropiar -como si esto no fuera más que una noticia falsa. En el fondo lo que defienden es su mirada individualista y su incapacidad de pensar en el bien común.

Pero, en fin, volvamos a la fiesta, a la vida, a la diversidad cultural y religiosa, a la esperanza, a la construcción de la paz. Se prevé que la posesión del nuevo gobierno tendrá muchas expresiones culturales para marcar el inicio de un tiempo nuevo para Colombia. ¡Tenemos derecho a vivir sabroso! Y a esto le apostamos con este nuevo gobierno. Ojalá todos deseemos que le vaya bien porque si a este gobierno le va bien, a toda Colombia le va bien.