¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo?

No da lo mismo tomar una opción que otra

«En el imaginario popular ser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido»

«Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo»

«No da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismo. No da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan»

Por Consuelo Vélez

En el imaginario popularser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido. Pero como estas dos posturas se asumen como contradictorias, se postula ser de centro, como la alternativa correcta para no ser extremista. Por estas concepciones, muchos cristianos se identifican más con la derecha y, si acaso, con el centro. Pero a la izquierda le huyen como si fuera el mismo diablo que se ha encarnado en la historia.

Y, sin embargo, algunos partidos de izquierda parecen más cercanos a los pobres con sus propuestas sociales (con muchas limitaciones y equivocaciones, pero también con aciertos). Los de derecha parecen ser más de las élites que mantienen este mundo tan desigual y, como ya dijimos, algunos cristianos creen que la derecha garantiza la moral cristiana. Los de centro, pretenden ser neutrales, pero esto es imposible, el no tomar opción es ya una opción. Ahora bien, ninguna de estas descripciones se cumple en totalidad porque como dije son “imaginarios” y no siempre son realidad.

Romero y Rutilio

Mientras vivamos en las coordenadas espacio temporales, creo que es imposible no crear tendencias (con la realidad e imaginarios que estas traen) y, por eso, no sé si podremos abandonar algún día esas denominaciones. Pero lo que sí es necesario, es comprender que estamos en tiempos menos rígidos, menos binarios, menos definidos, y no porque sean tiempos de relativismo -como se alerta dentro del ámbito cristiano- sino porque ahora captamos mejor la complejidad de la realidad y la necesidad de movernos con mucha más apertura a la novedad que este momento trae y a enriquecer los conceptos de siempre con las experiencias actuales.

Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo; y si nos referimos a otros ámbitos, ser capaces de acoger la diferencia, de aceptar lo plural, de practicar más la misericordia y, por supuesto, de estar del lado de los más pobres y luchar por la justicia social para que la vida digna llegue a todos y a todas.

¿Por qué no se ve esta postura con más claridad? ¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo? En estos tiempos que tanto se habla de sinodalidad, convendría recordar que el primer ejemplo de “sinodalidad” fue aquella asamblea de Jerusalén que nos relata el capítulo 15 del libro de Hechos de los Apóstoles en el que la naciente Iglesia se confrontó con la pregunta de si tenían que exigir a los gentiles (los no judíos que se iban incorporando al naciente cristianismo) el cumplimiento de las normas de la Ley de Moisés, incluida la circuncisión. Muchos opinaban que, si no se plegaban a estas leyes, no podrían salvarse.

Por eso, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén donde está Pedro y otros apóstoles para dirimir la cuestión y después de una larga discusión, Pedro tomó la palabra e interpeló a la asamblea: ¿Por qué ahora quieren imponer esa carga que ni nosotros pudimos sobre llevar? Entonces terminaron la reunión diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponer más cargas a los gentiles imponiéndoles la circuncisión, solamente escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (15, 28-29).

Intentando ver lo que esto debió significar para ese contexto judío, constatamos que supuso una apertura fundamental. No temieron vivir a fondo la novedad de la Buena Noticia anunciada por Jesús.

De esa misma fidelidad nos habló el pasado 22 de enero la beatificación del jesuita Rutilio Grande y sus compañeros, asesinados por su compromiso con la justicia social. Ya antes la canonización de Monseñor Romero en 2018 nos había mostrado ese camino. Pero, lamentablemente, estas beatificaciones y canonizaciones no son buena noticia para los que se creen guardianes del orden establecido y la “mal interpretada”, tantas veces, moral cristiana. Una moral más apegada a la norma que a la misericordia.

A estos mártires se les catalogó de izquierda y por eso no merecían subir a los altares. Pero el Espíritu que, una y otra vez, abre momentos de gracia en nuestra historia, ha permitido que, a los que se consideraban de izquierda se le reconozca su fidelidad al evangelio y a los que se consideraban de derecha se constate que tanta “fidelidad” ha estado llena de ocultamientos (pederastia), riquezas mal habidas o clericalismo recalcitrante que tanto mal ha hecho a la Iglesia.

San Romero de América contra el imperio norteamericano

En definitiva, es difícil la situación social y eclesial. Por eso, hay que liberarnos de los imaginarios sobre las izquierdas, las derechas y los centros y buscar políticas que cambien nuestro mundo. Así como vamos, seguiremos hundiéndonos en la desigualdad social y la pobreza de las mayorías. Por eso no da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismoNo da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan.

No es lo mismo dejarse tocar por los mártires de nuestro tiempo o mantener esa visión estigmatizada de que fe y compromiso social es marxismo. Son tiempos en que hay que sacudirse del pesado lastre de lo que siempre fue así y alinearnos en la novedad del evangelio para que nadie pase necesidad porque la solidaridad cristiana es afectiva y afectiva para con todos, especialmente, con los últimos de nuestro tiempo presente

¡Y ganó «El cambio por la vida»!

¡Y ganó "El cambio por la vida"
¡Y ganó «El cambio por la vida»

«Espontáneamente mucha gente ha salido a la calle para celebrar este triunfo. No importa la lluvia (en Bogotá) porque es más grande la alegría del triunfo. Pero lo más interesante es la presencia masiva de tantos jóvenes«

«Los periodistas de los medios casados con el gobierno actual, no saben muy bien cómo transmitir este triunfo. Se les ve rígidos, como a muchos de los invitados a comentar. Es que después de tantos meses contribuyendo al desprestigio de la campaña del Pacto Histórico, ahora no saben ni qué decir«

«Gracias Francia Márquez por hacer realidad que una mujer como tú -a los que tantos tienen recelo por ser negra, ser lideresa, ser valiente- ocupe este segundo cargo de la naciónrompiendo el techo para las mujeres pobres, negras, del pueblo«

Por Consuelo Vélez

Han sido tres semanas muy difíciles desde la primera vuelta y por fin, “ganó el pacto por la vida”. En este día no ganó una persona -Petro- sino que ganaron las periferias, las víctimas, los y las nadies, la población afro, y tantos pobres con diferentes necesidades y exclusiones. Además ganó un relato que se acerca más a la verdad (todo relato es limitado como la misma vida humana) porque no es verdad que los guerrilleros insertados no puedan acogerse a la legalidad y seguir construyendo patria, porque no es verdad que el único sistema confiable es el neoliberalismo, porque no es verdad que hay que esperar indefinidamente para empezar el cuidado de la casa común, porque no es verdad que los gobiernos progresistas son comunismo, porque no es verdad que no podamos tener un Estado de Bienestar -como tantos países del llamado primer mundo- para garantizar una educación, una salud, una pensión, una vivienda y tantas otras necesidades básicas a lo que tienen derecho todo colombiano/a.

Los/as pobres, los/as nadies ¡no son vagos!, ¡no son atenidos!, -como los califican tantas personas desde su comodidad-. Ellos son víctimas de la injusticia social de la que esta parte de Colombia, hoy ganadora, se cansó y ha puesto todo de su parte para comenzar a revertirla. Que la injusticia se haga justicia, que le vida triunfe sobre la muerte, que la paz acabe con la guerra.

Petro

Espontáneamente mucha gente ha salido a la calle para celebrar este triunfo. No importa la lluvia (en Bogotá) porque es más grande la alegría del triunfo. Pero lo más interesante es la presencia masiva de tantos jóvenes. A ellos también les debemos este triunfo porque son los que hace un año protestaron en las calles porque la situación que vivimos no se puede tolerar más. Su constancia, audacia y fortaleza muestra la conciencia política de los jóvenes y su compromiso con construir nuestra patriaNo es verdad que los jóvenes son vándalos -como también los califican tantas personas que solo viven en su pequeño mundo, temerosos de cualquier cambio-.

La alegría de este momento refleja un sentir del “pueblo”. Ese pueblo que se logra unir y luchar por causas comunes. De este pueblo nos habla el papa Francisco en la Fratelli Tutii, pero lamentablemente, hay una porción de Iglesia que no puede salir a celebrar con este pueblo, porque parece que nunca esta con él, aunque en teoría dice seguir al Jesús del reino, donde los pobres ocupan el primer lugar. ¡Esas son las incoherencias de nuestra fe!

Los periodistas de los medios casados con el gobierno actual, no saben muy bien cómo transmitir este triunfo. Se les ve rígidos, como a muchos de los invitados a comentar. Es que después de tantos meses contribuyendo al desprestigio de la campaña del Pacto Histórico, ahora no saben ni qué decir. Porque, aunque fue verdad que de todas las campañas hubo iniciativas de atacar personalmente al contrincante, es verdad de toda verdad que contra Petro todo eran ataques, todo era distorsión, no hubo un solo debate en que los oponentes no partieran de una mentira para atacarlo y que los periodistas no le hicieran preguntas con la intencionalidad de reforzar prejuicios infundados.

Por supuesto que las cosas no van a cambiar mágicamente. Creo también que errores no faltarán. Estaremos escribiendo en el futuro con desacuerdos frente a decisiones que tomen. Pero no olvidemos que cualquier decisión necesita la aprobación del congreso y será una “obra de arte” conseguir unir fuerzas para el bien de Colombia. No faltará la oposición férrea de los contrarios. Sin embargo, Colombia no va a ser la misma después de este triunfo. Por primera vez nuestro país se mira desde la periferia, por primera vez los que nos hablan son representantes de los indígenas, de los afro, de los campesinos, de las víctimas, de los pobres, de los nadies y las nadies, pueblo colombiano que trabaja con tanta dignidad y que por siglos ha sido víctima de tanta injusticia social.

Gracias Francia Márquez por hacer realidad que una mujer como tú -a los que tantos tienen recelo por ser negra, ser lideresa, ser valiente- ocupe este segundo cargo de la naciónrompiendo el techo para las mujeres pobres, negras, del pueblo. Desde tu maravillosa votación en las consultas nos has mostrado que existe esta porción de pueblo que levanta la voz y es capaz de encargarse de liderar el rumbo del país por la senda de la vida, vida que has defendido con el compromiso de tu propia vida.

Gracias Gustavo Petro por no haberte cansado a pesar de tanta oposición. Tu vida vale la pena ¡y sin duda! Como dijo algún periodista o comentador, has sabido interpretar el sentir del pueblo y merecías ser nuestro presidente. Tus primeras palabras, después de este triunfo, son las que necesitamos: una política del diálogo, del amor, de la reconciliación, de la paz y, sobre todo, abrir las puertas del cambio. No estamos bien y tenemos derecho a estarlo. Confiamos que estos cuatro años que vienen sigamos trabajando por la unidad y la paz, por la justicia social y la inclusión de todos/as, por superar tanta violencia que no tenemos porque vivir. ¡Tenemos derecho a vivir en paz! ¡Tenemos derecho a ser felices! ¡Tenemos derecho a vivir sabroso!

María, modelo de discipulado para varones y mujeres

María, modelo de discipulado para varones y mujeres
María, modelo de discipulado para varones y mujeres

Descubramos a la María que emerge de los Evangelios, «una mujer libre y fuerte»

Es importante ir resignificando su figura si queremos que más personas encuentren en ella una referencia válida para sus vidas, especialmente las mujeres más jóvenes

A María se le ha identificado con lo que en la sociedad patriarcal debe ser una mujer (no es la imagen que nos dan los textos bíblicos) pero que ha hecho daño al reafirmar para las mujeres esa imagen

Por Consuelo Vélez

Latinoamérica se ha caracterizado por ser un continente mariano. En sus diferentes advocaciones, las personas de cada país han mantenido una presencia cercana y confiada a María y algunas, aunque no participen de otros espacios eclesiales, visitan los santuarios marianos porque saben que allí pueden expresar sus necesidades y confían en una respuesta positiva hacia ellas. Por eso el mes de mayo se reconoce, en algunos ambientes, como un mes mariano que congrega y aviva la devoción a María.

Sin embargo, es importante ir resignificando su figurasi queremos que más personas encuentren en ella una referencia válida para sus vidas, especialmente las mujeres más jóvenes. Esto es necesario por varias razones, entre ellas, porque las comprensiones bíblicas y teológicas actuales ofrecen un mejor acercamiento a la figura de María, pero también porque las sociedades van cambiando y los estereotipos de qué es ser mujer y qué es ser varón, se van transformando más rápido de lo que pensamos. En este sentido a María se le ha identificado con lo que en la sociedad patriarcal debe ser una mujer (no es la imagen que nos dan los textos bíblicos) pero que ha hecho daño al reafirmar para las mujeres esa imagen.

Las sociedades patriarcales son aquellas en las que se da preeminencia a lo masculino porque en los varones reside la razón y la fuerza y lo femenino es el complemento, atribuyéndole la intuición y la delicadeza. Esta simple descripción (en realidad es más compleja) nos sirve para explicar que lo femenino, en esa distribución de roles, se toma como secundario, menos valioso, subordinado y por eso las mujeres han tenido tantas puertas cerradas durante siglos y, aún hoy, hay muchos espacios impenetrables para ellas, además de la violencia de todo tipo que sufren, incluido el feminicidio.

Volvamos a la figura de María según los textos bíblicos. En el texto de la anunciación que nos relata Lucas (1, 26-38), la predicación más generalizada pone la fuerza en la aceptación de María al plan de Dios. Y esto es importantísimo y decisivo. Pero se olvida lo que también el texto dice de María. Ella pregunta: ¿cómo podrá ser eso si no conozco varón? Y de esa manera rompe la lógica de las muchachas de aquel tiempo a las que se les organizaba el matrimonio sin que ellas pudieran intervenir o tener algún cuestionamiento frente al destino que les marcaban. Pero el evangelista nos la muestra como una joven muy despierta, asertiva y dispuesta a entender bien lo que se le propone. O sea, en María podemos alabar su disponibilidad a Dios, pero también su capacidad de preguntar para responder libremente. Si remarcáramos también esta actitud de María, posiblemente tantas mujeres no serían tan sumisas, tan conformes, tan resignadas.

Muy interesante es también el conocido texto del Magnificat (Lc 1, 46-56) porque si en las predicaciones se ha aducido tanto al supuesto “silencio de María” (tal vez haciendo alusión a aquel texto de que María guardaba todo en el corazón”, Lc 2, 51), el Magnificat la muestra como una mujer capaz de tener voz, pero más aún, de alzar la voz. Lo que dice no es irrelevante sino bastante profético e interpelante: La misericordia de Dios es infinita, pero en esa misericordia “Él derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide vacíos”. Nada de resignación frente a la situación social que se vive en su tiempo. Por el contrario, profetiza que la voluntad de Dios exige un cambio y para conseguirlo, la opción es ponerse del lado de los más pobres.

Por su parte el evangelista Juan nos relata las bodas de Caná (2, 1-12). En las predicaciones muchas veces se enfatiza en el servicio de María, en no hacer quedar mal a los novios, en tener la intuición de salir al paso de las necesidades, etc. Pero en realidad, lo que interesa en este texto es la actitud de discípula que María muestra, invitando a que también los demás la tengan: “Hagan lo que Él les diga”. A partir de ahí Jesús hará signos a través de los cuales podrán creer los discípulos en Jesús mientras llega la hora en la cual se les manifestará plenamente y allí, al pie de la cruz (Jn 19, 25-27), María dará comienzo a la nueva comunidad de los discípulos.

En este sentido del discipulado, María es modelo para varones y mujeres y no solo para las mujeres. Este es otro de los aspectos que es necesario potenciar para no caer en esa división que la sociedad patriarcal ha proyectado sobre María -modelo para las mujeres- y, desde ahí, se nos dice que no aspiremos a más participación en la Iglesia porque ya tenemos en María la plenitud del ser mujer. Esto no es así. En ella tenemos la plenitud del discipulado, como ya lo dijimos, para varones y mujeres. Los rasgos femeninos o masculinos que la sociedad patriarcal determina, son más culturales que esenciales y los y las jóvenes de hoy no están aceptando esos estereotipos, reclamando una humanidad más en reciprocidad que en complementariedad, más en plenitud personal que en división de roles, más de colaboración y cooperación que en mantener una asimetría de géneros.

Sería muy bueno que en este mes descubramos a la María que emerge de los evangelios que, como dijo el Documento de Aparecida, ella aparece como “mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo. Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre” (n. 266); “María, Madre de la Iglesia, además de modelo y paradigma de humanidad, es artífice de comunión” (n. 268), “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros (n. 269).

En definitiva, la transformación de la sociedad patriarcal no depende solo de las movilizaciones sociales sino también de un recuperar la figura de María que quiebra con estereotipos de género y nos impulsa a la construcción de esa igualdad fundamental entre varones y mujeres, propio del ser cristiano porque “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

La vida cristiana gira en torno al misterio pascual

Que nuestras obras muestren que creemos en la resurrección

Que nuestras obras muestren que creemos en la resurrección
Que nuestras obras muestren que creemos en la resurrección

«‘Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe’ (1 Cor 15,14). La resurrección de Jesús fue la superación de su muerte con el ‘sí’ de Dios a toda su vida»

«Estamos cercanos a celebrar nuevamente el misterio pascual y podríamos preguntarnos qué gestos, qué signos, qué señales harían creíble para nuestros contemporáneos nuestra fe en la resurrección del Señor»

«Creemos en la resurrección y la testimoniamos cuando defendemos la vida, toda vida. Haría falta que nuestra voz se levante más claramente en todas las circunstancias donde la vida está en peligro»

«Creemos en la resurrección cuando nos ponemos del lado de las víctimas. Creemos en la resurrección cuando cuidamos la creación. Creemos en la resurrección cuando apostamos por una iglesia sinodal»

«La forma cómo la iglesia hoy está organizada, no está siendo un testimonio creíble para muchos. No podrá ser la iglesia en la que se palpe que la resurrección de Jesús nos convoca y nos anima en todo nuestro compromiso»

«Que la Semana Santa que celebraremos esta próxima semana, nos comprometa a dar un testimonio de la resurrección de Jesús a través de todas nuestras obras»

Por Consuelo Vélez

La vida cristiana gira en torno al misterio pascual. “Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe” (1 Cor 15,14), resurrección que no solo es un recuerdo del pasado, sino que se sigue viviendo cada vez que se pasa “de la muerte a la vida” en nuestra historia actual.

La resurrección de Jesús fue la superación de su muerte con el “sí” de Dios a toda su vida. Ante el aparente triunfó de aquellos que gestaron su asesinato, se fue generando un movimiento de seguidores que afirmaban que Jesús había resucitado y seguía vivo entre ellos. Y no se quedaban en repetir las frases sino en mostrar con su vida que eso era así. Se notaba por “las obras y prodigios que realizaban en el pueblo” (Hc 5, 12) y sobre todo por el amor que vivían entre ellos: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hc 4, 32).

Estamos cercanos a celebrar nuevamente el misterio pascual y podríamos preguntarnos qué gestos, qué signos, qué señales harían creíble para nuestros contemporáneos nuestra fe en la resurrección del Señor. Cómo decirles no solo con palabras, sino sobre todo con hechos, que la vida del Resucitado nos sigue impulsando hoy a comprometernos para transformar las realidades de muerte en realidades de vida. Intentemos proponer algunas actitudes pero que cada cual señale las que cree son más necesarias.

Creemos en la resurrección y la testimoniamos cuando defendemos la vida, toda vida y en todas las circunstancias. A veces los cristianos somos muy dados a levantar la voz cuando se habla del inicio de la vida o del final de la misma, pero olvidamos la vida de los niños, de los jóvenes, de los adultos y, sobre todo, la vida de los más empobrecidos, excluidos, marginados. Haría falta que nuestra voz se levante más claramente en todas las circunstancias donde la vida está en peligro. Ha sido muy valiosa la voz de los obispos del pacífico colombiano que han hablado claro y de manera contundente defendiendo la vida de sus comunidades de la convivencia de los alzados en armas con las fuerzas estatales. Verdaderamente han levantado su voz y corren peligro, pero si no hacen, desdicen del evangelio que predican.

Creemos en la resurrección cuando nos ponemos del lado de las víctimas, de los que exigen sus derechos, de los que trabajan por hacer de este mundo, un lugar posible para todos y todas. Aquí muchos rostros encarnan esas realidades: las mujeres, los indígenas, los negros, los jóvenes, la población de diversidad sexual, los migrantes, y podríamos nombrar a otros colectivos que realmente son excluidos y marginados, que no gozan de los derechos que por ser personas les pertenecen.

Creemos en la resurrección cuando cuidamos la creación, casa común para el bien de toda la humanidad. Está siendo muy difícil que los gobiernos tomen las medidas necesarias para detener la devastación ambiental. Además, los poderosos nos convencen de que es necesario generar ingresos y por eso no se pueden tomar otras alternativas. Y entonces ¿cuándo empezaremos a cuidar la creación? Recordemos que la resurrección no es solo de las personas sino de toda la creación, como lo dice Pablo en la primera carta a los Corintios: “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (15, 28). La “nueva creación” como se suele llamar en los estudios de escatología no será algo nuevo que baje del cielo, sino este mismo mundo cuidado por quienes lo habitamos.

Creemos en la resurrección cuando apostamos por una iglesia sinodal, es decir, por una iglesia comunión, una iglesia donde todos y todas puedan sentirse en igualdad de condiciones, con los mismos derechos y deberes. La Iglesia es sacramento de Cristo Resucitado, por lo tanto, si no se esfuerza por mostrar los valores del reino, no puede hacer presente al Señor en medio de su pueblo. Y el papa Francisco ha propuesto el sínodo sobre la sinodalidad porque es consciente de que la forma cómo la iglesia hoy está organizada, no está siendo un testimonio creíble para muchos.

Mientras no haya más espacios de participación para el laicado -mujeres y varones-, no se acabe el clericalismo -no sólo de los mismos clérigos sino de tanto laicado que lo fomenta- y mientras no sea una iglesia en salida, es decir, una Iglesia con las puertas abiertas que salga hacia las periferias humanas (…) que no tema herirse o accidentarse por salir a la calle en lugar de quedarse como una iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (…) Una iglesia con menos miedo a equivocarse y más a quedarse encerrada en sus estructuras, en las normas que la vuelven implacable, en las costumbres donde se siente tranquila mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: ‘dadles de comer’ (Mc 6, 37) (Evangelii Gaudium nn. 46.49), no podrá ser la iglesia en la que se palpe que la resurrección de Jesús nos convoca y nos anima en todo nuestro compromiso.

Que la Semana Santa que celebraremos esta próxima semana, nos comprometa a dar un testimonio de la resurrección de Jesús a través de todas nuestras obras. Los discípulos afirmaban: “Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello” (Hc 3, 15) y hoy somos nosotros los que hemos de seguir dando este testimonio. El Señor nos lo confía, esperemos no defraudarlo

Entramos en la Semana Santa

Hacia la Semana Santa con la densidad histórica del misterio pascual

Por Consuelo Vélez

Va corriendo el tiempo de cuaresma y pronto estaremos celebrando la Semana Santa. Es una semana donde se “condensan” los misterios de nuestra fe en el Misterio Pascual, es decir, la muerte y resurrección de Jesús. Pero corremos un peligro: repetir la liturgia que la Iglesia tiene tan bien diseñada, haciéndola con todas las rúbricas litúrgicas y la mayor solemnidad posible y, sin embargo, finalizando dichas celebraciones sin haber modificado absolutamente nada de nuestra vida y de nuestra iglesia. Es decir, habiendo cumplido con los ritos, pero sin haber vivido lo que conmemoramos. Por supuesto no faltarán las comunidades que viven este tiempo con mucha profundidad y gracias a ellas, la fe sigue viva y actuante y el auténtico seguimiento de Jesús se confirma. Pero me quiero referir a lo primero, a esos ritos sin vida que, me parece, son muchos más abundantes que lo segundo.

El centro de la Semana Santa es Jesucristo. Su vida y las consecuencias de la misma. Lástima que sobre los dichos y hechos de Jesús no se profundiza suficientemente en las celebraciones de esta semana mayor. Se podría decir que para esto es el tiempo de cuaresma y por eso ya llegamos directo a la última cena, a la muerte y a la resurrección del Señor. Pero, aunque en los domingos de cuaresma las lecturas nos pueden ofrecer oportunidad para ello, no me parece que tengamos la costumbre de relacionarlo suficientemente para que entendamos qué fue lo que hizo Jesús para que lo asesinaran las autoridades civiles y religiosas de su tiempo. Precisamente porque no sabemos mantener la continuidad entre la predicación del reino y su asesinato como consecuencia de esta, tal vez nos condolemos el viernes santo y nos alegramos el domingo de resurrección, pero seguimos en la semana de pascua, sin el impulso suficiente para seguir comprometidos con hacer posible el reino de Dios entre nosotros.

He utilizado antes la palabra “asesinato” porque en verdad fue así y deberíamos usar más esta palabra porque si nos referimos a que Jesús “murió” casi pareciera que fue por muerte natural y no develamos el conflicto que vivió y lo que esto supuso para él y para sus seguidores. Por eso los discípulos se dispersaron y hasta Pedro lo negó. Todos ellos vivieron un verdadero conflicto en el que Jesús arriesgó su vida y, efectivamente la perdióLo que se enfrentaba eran dos imágenes de Diosla del reino que incluye a todos, comenzando por los últimos y la del dios acomodado a los intereses de los más fuertes, incluidos los de estamentos religiosos que se creen más cerca de Dios. Esto es importante tenerlo en cuenta para dejarnos interpelar en estas celebraciones que se avecinan. Lo mismo podríamos decir de la última cena. No es una cena festiva en el sentido de cantos, jolgorios y comida en abundancia. Es una cena testamentaria, es decir, de aquel que intuye que lo van a matar y quiere insistirle, una vez más a los suyos, cuál es el mensaje y la praxis que les encomienda. Aquí lo central es el gesto. Juan lo relata como lavatorio de los pies. Él, el maestro, se pone a lavar los pies de los discípulos a ver si logran comprender que el reino de Dios consiste en esa difícil pero apasionante tarea de lavarnos los pies unos a otros y, especialmente, hacerlo con los más necesitados, con los últimos de cada tiempo presente.

Los otros evangelistas nos relatan la llamada institución de la eucaristía en el que el pan es el símbolo de una vida que se parte y se reparte para hacer posible la fraternidad/sororidad, como signo inequívoco del reino. Y en estos textos el testamento se explicita nuevamente: “Hagan esto en memoria mía”. Es decir, cada vez que coman el pan y beban el vino, comprométanse con hacer posible el reino, aunque esto llegue a costarles la propia vida.

Ahora bien, cuando esto lo contextualizamos en nuestro momento presente, adquiere la densidad histórica que la conmemoración de la Semana Santa implicaSi no lo hacemos, serán ritos vacíos que no agradan a Dios. Muchas realidades de nuestro mundo desdicen del reino de Dios. La injusticia estructural de nuestros pueblos clama al cielo pidiendo una verdadera transformación del modelo político y económico que no garantiza la vida de las mayorías. Y junto a esto, no es menos importante el cuidado de la creación y la decisión definitiva de parar la explotación irracional de los recursos naturales. Y tantas otras cuestiones sociales que no son ajenas a la fe sino, precisamente, los lugares donde esta se vive y se realiza. Cada uno podrá nombrar las que vea más urgentes pero lo que es indispensable, es que la Semana Santa nos deje con dolor de patria o con dolor de mundo y con fuerzas para seguir buscando salidas a todas las injusticias de nuestro tiempo, para que en verdad exprese nuestra fe en el Jesús del reino, en el compromiso con su causa, en el seguimiento fiel a su llamada.

Solo entonces, el domingo de resurrección será una celebración del triunfo de la vida sobre la muerte, de la justicia sobre la injusticia, de la fe viva sobre los ritos vacíos. La resurrección de Jesús nos rememora que ahora es el Espíritu de Jesús el que, a través de cada uno de nosotros, sigue actuando para hacer posible el sueño de Dios sobre la humanidad: una gran familia donde no hay padres, ni señores, ni amos, ni explotadores, ni opresores, ni nadie que este por encima de los otros, sino hermanos y hermanas que se lavan los pies unos a otros porque escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.

Praedicate Evangelium: La estructura debe estar al servicio de lo esencial

«Laicado y la vida religiosa pueden ocupar los puestos de dirección que hasta ahora eran solamente para el clero»

De la reforma de la curia romana y otras reformas
De la reforma de la curia romana y otras reformas

«Comencemos por el título: ‘Predicar el evangelio’. Es un título muy sugerente para marcar una intencionalidad: la estructura debe estar al servicio de lo esencial»

«Hay colegios, hospitales, universidades, casas de la tercera edad, guarderías y, en fin, un sin número de obras llamadas ‘apostólicas’ que ya no son signo del reino. Son una gran empresa que funciona muy bien y sirve a muchas personas, pero que no testimonian el evangelio»

«La mentalidad piramidal con base en el ministerio del orden está tan introyectada en todo el pueblo de Dios que necesitamos un ejercicio de conversión profunda para que algún día sea realidad. ¡Muy difícil cambiar el rostro clerical de la Iglesia!»

«Ojalá que este documento mueva en algo a la curia romana pero no sobraría que cada uno, en la estructura eclesial en que se encuentra, revise su organización eclesial y proponga reformas a la luz de esta intencionalidad evangelizadora»

23.03.2022 Consuelo Vélez

Por fin se publicó la Constitución Apostólica Predicate Evangelium con la que el papa Francisco da directrices para la reforma de la curia. Ha sido uno de los propósitos de su pontificado y, aunque han pasado nueve años y parecía que nunca salía, al final la tenemos. Siendo sincera, conozco tan poco de la curia vaticana que al leer esta constitución no sé qué cosas cambian efectivamente. Por supuesto podría leer la anterior constitución y señalar los cambios, pero mejor dejar eso a los especialistas.

Sin embargo, a propósito de esa reforma, se pueden hacer algunos comentarios que ayuden a reflexionar sobre el servicio que ha de prestar la necesaria estructura de cualquier institución para garantizar su funcionamiento. Comencemos por el título: “Predicar el evangelio”. Es un título muy sugerente para marcar una intencionalidad: la estructura debe estar al servicio de lo esencial. En efecto, la razón de ser de la Iglesia no es ella misma, sino el ser sacramento del reino. Su tarea es anunciar la buena noticia, el amor de Dios por toda la humanidad.élez

Misericordia

¿Cómo hacerlo? Ante todo, con el testimonio -de palabra y de obra- y este testimonio ha de ser el de la “misericordia”tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo, estando del lado de los más débiles, más enfermos, más sufridos. Por esto, la evangelización implica la opción preferencial por los pobres y de ahí, que la Jornada Mundial de los pobres que el papa instituyó en 2016, fue encargada al Dicasterio de la Evangelización. Pero también se señala que este Dicasterio ha de discernir los signos de los tiempos y estudiar las condiciones socioeconómicas y ambientales de los destinatarios. Muy importantes estas intencionalidades porque la evangelización no es un conjunto de doctrinas a transmitir sino un discernimiento de la voz de Dios que se revela en la historia.

Todo lo anterior puede iluminar el sentido de todas las obras de la Iglesiaque surgieron con esa perspectiva evangelizadora. Ellas nacen del compromiso con una realidad y van creciendo y consolidándose, garantizando así su permanencia. Pero no siempre ese crecimiento mantiene la sencillez del evangelio, la agilidad de la vida sobre la norma, la significatividad que esa obra puede tener para la realidad actual.

Hay colegios, hospitales, universidades, casas de la tercera edad, guarderías y, en fin, un sin número de obras llamadas “apostólicas” que ya no son signo del reino. Son una gran empresa que funciona muy bien y sirve a muchas personas, pero que no testimonian el evangelio porque sus costos, su prestigio, su seguridad, las hace inaccesibles para algunos, especialmente, para los más pobres. Siempre habría que hacer un discernimiento profundo sobre ellas para ser capaz de soltarlas cuando no prestan un servicio evangelizador y emprender otras que mantengan la buena noticia del reino.

Pero volvamos a la Constitución Praedicate Evangelium. Tal vez lo más interesante es lo de abrir las funciones de gobierno y de responsabilidad a todo el pueblo de Dios. Es decir, ahora el laicado y la vida religiosa pueden ocupar los puestos de dirección que hasta ahora eran solamente para el clero. Para que esto sea posible ha sido necesario aclarar que el oficio de gobierno no necesariamente está asociado al ministerio del orden, como lo ha sido hasta el presente. Será maravilloso que se introduzca ese rostro plural en la curia vaticana. Sin embargo, pasarán muchas décadas para verlo hecho realidad.

¿Será que el clero soltará el poder? No es fácil. ¿Será que el laico cuando ocupe algún puesto de responsabilidad querrá que muchos otros laicos estén allí, perdiendo el privilegio de ser de los pocos laicos en tan importantes puestos? ¿será que la jerarquía cumplirá las disposiciones que el laicado tome? Debería ser porque la iglesia es un pueblo de Dios, todos con la misma dignidad, pero ejerciendo ministerios distintos -no mejores, ni de mayor rango- sino distintos, todos ellos para la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Pero la mentalidad piramidal con base en el ministerio del orden está tan introyectada en todo el pueblo de Dios que necesitamos un ejercicio de conversión profunda para que algún día sea realidad. ¡Muy difícil cambiar el rostro clerical de la Iglesia! Pero no imposible si buscamos empujarlo.

La reforma también está en la dinámica de la descentralización para que tengan más protagonismo las Conferencias Episcopales y de mayor corresponsabilidad entre todos los Dicasterios. No tengo la menor idea cómo funcionan esas oficinas. Pero la impresión que se tiene es que son lugares casi inaccesibles y que después de que allí se pronuncie alguna decisión, revertirla será muy difícil. Conocemos el papel inquisidor de la Doctrina de la fe -que con Francisco ha cambiado bastante su cara- pero también de las dificultades para que allí se entienda la dinámica de la vida de las comunidades y contribuyan a que las normas se ajusten a la vida y no la vida a las normas preconcebidas. Conozco casos muy cercanos en los que las consultas a dichos Dicasterios han traído más complicaciones que facilidades, porque eso de que la ley es para el ser humano y no al contrario, se ha quedado en los pasajes del evangelio, pero muy poco en la praxis de la Iglesia.

Los que conocen más de cerca la intencionalidad del papa con esta Reforma de la curia, anotan que hay que leerla en la dinámica de la Exhortación Evangelii Gaudiumcon todo lo que allí se propone de una Iglesia en salida, de la dimensión social de la fe, de la opción por los pobres, del protagonismo del laicado, etc. Y también hay que leerla en la línea de la sinodalidad de la que estamos hablando en este último tiempo.

Por tanto, no podemos quedarnos en leer las normas que allí se describen para cada dicasterio sino hacerlo en ese horizonte para sacar consecuencias más relevantes. De hecho, en la Predicate Evangelium se afirma que cualquier cambio de estructuras no depende solo de disposiciones organizativas sino de los sujetos que realizan esas funciones. Verdaderamente es así, la mejor organización fracasa si los sujetos que están en ella no responden a los objetivos que se persiguen, aunque también es verdad que por muy buenas intenciones que tengan los sujetos si las estructuras no contribuyen, tampoco se pueden realizar muchas cosas.

Ojalá que este documento mueva en algo a la curia romana pero no sobraría que cada uno, en la estructura eclesial en que se encuentra, revise su organización eclesial y proponga reformas a la luz de esta intencionalidad evangelizadora. Lamentablemente, la estructura esclerotizada que tiene hoy nuestra iglesia no solo se vive en esos espacios universales sino también en espacios eclesiales más pequeños, allí donde se debería vivir la libertad del espíritu de Dios y de donde podría surgir más vida que hiciera posible la tan anhelada reforma de la Iglesia.

Hablar en la Iglesia de lo que se habla en la sociedad

 Consuelo Vélez

En días pasados escuché hablar sobre “Teorías de género” en un conversatorio virtual auspiciado por instancias eclesiales oficiales. Me pareció muy positivo porque hace falta que se hable al interior de la Iglesia de los temas de los que se hablan en la sociedad. Por supuesto dentro de la Iglesia se habla de algunos temas, pero muchas veces, para “condenarlos”, “levantar sospechas sobre ellos”, “alertar de sus peligros y de cómo atentan a la fe”, etc. Pero esta vez, fue una charla bastante abierta, acogiendo las reflexiones filosóficas sobre el tema y mostrando cómo hay diferentes teorías de género y muchas de ellas están en consonancia con el cristianismo.

Las teorías de género llevan muchas décadas siendo desarrolladas y permean, cada vez más, la academia y la vida social. Pero en las instancias eclesiales oficiales, muchos temas llegan tarde después de haberlos perseguido -a veces sin suficiente conocimiento-, pero que calan bastante en la comunidad eclesial. De hecho, en ese conversatorio, una de las personas que intervino manifestó que no estaba de acuerdo con lo dicho porque, como se había afirmado siempre, esas teorías eran totalmente contrarias a la fe. No había demasiado espacio para hablar por lo cual, no se sabe si más personas pensaban así. Algunas otras que hablaron, agradecieron el aporte porque ellas veían que la fe tenía que acoger las nuevas realidades.

Fijándonos en cómo las instancias eclesiales oficiales se aproximan a estas temáticas, podemos ver, por ejemplo, que en ese conversatorio casi todas las participantes eran mujeres, con lo cual, queda claro que el clero participa muy poco de esas reflexiones y, sin embargo, son quienes luego pontifican sobre el tema. Por otra parte, me parece que hay la tendencia a formular los temas con la palabra “nuevo”, como para liberarlos de lo negativo que la Iglesia ha afirmado que tiene esa temática. Por ejemplo, cuando se habla de feminismo, últimamente he escuchado en algunos sectores eclesiales que se acepta el “nuevo feminismo”. Creo que, con ese término “nuevo” se intenta “purificar” el feminismo que tanto se ha criticado o mostrar que no es que se esté cambiando de postura, sino que se asume de “otra manera”.                         Desde mi punto de vista, estos esfuerzos por “purificar” los temas o por “apartarse” de la manera cómo se concibe en la sociedad cierta realidad, no tiene sentido. Es verdad que hay muchos feminismos, porque históricamente se ha ido tomando conciencia de distintas demandas y no todas las mujeres han coincidido en las mismas demandas al mismo tiempo. Pero lo fundamental del feminismo que es la reivindicación de los derechos de las mujeres -porque no los hemos tenido- no es un “nuevo feminismo” para que entre a la Iglesia, sino que es el feminismo en sí que, las instancias eclesiales oficiales han de acoger, si quieren caminar al ritmo de los tiempos, si quieren responder a los desafíos actuales.

Lo mismo podríamos decir de las teorías de género que, admitiendo diferencias como lo expuso la conferencista, en su esencia han develado los roles que se atribuyen a las personas en virtud de su sexo, haciendo que tanto varones como mujeres hayan sido limitados, condicionados, restringidos a un tipo de comportamientos –las mujeres son intuitivas, los varones son inteligentes; las mujeres son sentimentales, los varones no lloran, etc.-; pero aceptar dichas teorías no implica “purificarlas” o darles algún adjetivo que parezca que ahora sí pueden entrar en la reflexión eclesial.

Lógicamente las reflexiones y puesta en práctica de estos temas son mucho más complejas de lo expuesto aquí. Las teorías de género que trabajan los colectivos de diversidad sexual, hacen más planteamientos que es necesario estudiar para comprender y acompañar. Pero lo que quiero decir es que no vivimos en dos planos de realidad: lo que se vive en la sociedad y lo que una vez “supuestamente purificado”, admitimos en nuestra experiencia de fe. Por el contrario, si queremos ser una Iglesia que, en verdad, este atenta a los “signos de los tiempos” y quiere suscitar reflexiones sobre las cuestiones actuales, no se necesita purificar los temas, sino asumir lo que va siendo conciencia actual de la humanidad porque la ciencia, la cultura, la sociedad van dando esos pasos, los van incorporando y cada vez lo viven más personas.

Algunos aducen que la fe no debe “contemporizar” con el mundo. Esto es cuestionable. Si algo es propio del cristianismo es la encarnación en la historia, el asumir este mundo como él esJesús se encarnó como varón, en un tiempo concreto, en un pueblo con una lengua, unas costumbres, fue profeta itinerante, en fin, asumió su tiempo y vivió en él. Cuestionó lo que no correspondía al Dios del reino: ese Dios de la igualdad, de la inclusión, de la misericordia, de la acogida, de las buenas noticias. Nuestra fe, por tanto, es una fe encarnada que ha de asumir el mundo y vivir la fe en él.

Por supuesto la Iglesia ha de ayudar en el discernimiento, ofreciendo una palabra de sentido e interpelando lo que vea necesario, pero en actitud de diálogo, de escucha, de buscar comprender los fundamentos de lo que se va proponiendo. Ha de reconocer que muchas veces hay más ignorancia y dogmatismo que conocimiento de aquello a lo que se opone. La Iglesia necesita aprender mucho más del mundo para responder adecuadamente a él.

De hecho, en aquel conversatorio yo pregunté sobre el lenguaje inclusivo, sobre la teología feminista, sobre el método de deconstrucción y construcción y por las respuestas dadas, nada de esto parecía ser objeto todavía de reflexión en esas instancias eclesiales. Señal de la lentitud con la que se camina y, no dudo, de que esa es una de las causas por las que más personas se alejan de la Iglesia. Conviene, por tanto, liberarse de tanto prejuicio y entrar en diálogo con los desarrollos presentes. Posiblemente así, la Iglesia mostrará que se toma en serio la encarnación del Verbo y por eso asume en verdad la realidad, sin tanto prejuicio o ignorancia que le impiden hacerlo.

(foto tomada: https://www.publico.es/sociedad/feminismo-diccionario-feminista-miembros-atonitos-patriarcado-hombres-mujeres.html

¿Qué celebrar en esta Navidad?

¿Qué celebrar en esta Navidad?
¿Qué celebrar en esta Navidad?

«Significa ‘vida’ porque el Dios hecho ser humano en Jesús nos habla del valor de la vida de todo ser humano. Esta vida que se impone, a pesar de tanta muerte que hemos palpado en este tiempo de covid, porque cada persona que superó la infección, fue motivo de celebración y de agradecimiento. No queremos la muerte y por eso se ponen las fuerzas en salvar todas las vidas posibles»

«Aprovechemos esta linda fiesta navideña para alimentar profundamente la esperanza y podamos acoger el nuevo año con más fuerza, más amor mutuo, más compromiso con la realidad que vivimos»

23.12.2021 Consuelo Vélez

Hace un año, por estas mismas fechas, decíamos que el año de pandemia nos había confrontado con la limitación humana y con todas las carencias que se develaron por esta situación: más pobreza, más violencia intrafamiliar, más incertidumbre, más miedos y tantas otras realidades. Esperábamos que llegará pronto el tiempo de postpandemia y que nuestro mundo fuera mejor. Pero ha pasado otro año y la pandemia no se ha ido.

Algo hemos mejorado, bien sea por las vacunas (aunque su distribución hasta hoy no ha sido equitativa para todos los países) o bien porque se han retomado las actividades ya que no había más alternativa: sin trabajo hay más pobreza y la situación estaba siendo insostenible. Además, los centros educativos han ido retomando sus actividades porque la socialización es indispensable para el desarrollo psicológico de niños y jóvenes y porque la calidad de la educación ha sido muy poca, especialmente para los más pobres, por la falta de conectividad y mediaciones tecnológicas que solo están al alcance de unos pocos.

Desde este panorama nos preguntamos: ¿Qué celebrar en esta Navidad? ¿Qué nos dice el Niño del pesebre? Posiblemente este año haya más reuniones familiares y más encuentros de fe para conmemorar este misterio. Todo dependerá de cómo estén las cosas en ese momento. Pero lo que sigue presente es lo que significa el Jesús Niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” del que los ángeles dijeron aquel día: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2, 12-14). El Niño Jesús significa vida, esperanza, alegría, futuro.

La Palabra se hizo carne
La Palabra se hizo carne

Significa ‘vida’ porque el Dios hecho ser humano en Jesús nos habla del valor de la vida de todo ser humano. Esta vida que se impone, a pesar de tanta muerte que hemos palpado en este tiempo de covid, porque cada persona que superó la infección, fue motivo de celebración y de agradecimiento. No queremos la muerte y por eso se ponen las fuerzas en salvar todas las vidas posibles. Y no nos contentamos con la vida, sino que aspiramos a una vida digna, a una vida plena, a una vida feliz. La fe nos empuja, una y otra vez, a no decaer en este esfuerzo por lograrlo.

Significa ‘esperanza’ porque, aunque a veces da la impresión de que nada ha cambiado y no hemos aprendido lo suficiente de este tiempo de pandemia, hay más conciencia de la necesidad de hacer algo para contrarrestar el cambio climático y para garantizar una vida mejor para la humanidad.

Significa “alegría” porque el Niño que nace nos da la certeza de que Dios se ha encarnado en nuestra historia y todo lo que nos pasa, es de su interés. Más aún, hace suyas nuestras necesidades y sufrimientos y nos acompaña para superarlas. No es una alegría ingenua que proviene de afuera por una experiencia agradable sino es la alegría que viene de dentro, fruto de la confianza y de la certeza de la fe.

Significa ‘futuro’ porque con Jesús en nuestra historia se hace posible un nuevo comienzo no solo de los seres humanos sino de la creación: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5). El libro del Apocalipsis cierra la revelación consignada en la Sagrada Escritura con esa fe firme en el Señor de la historia que cumple su promesa de poner su morada en medio de su pueblo para que se cumpla lo dicho a los israelitas: “ellos serán su pueblo y Él, Dios con ellos, será su Dios” (Ap 21, 3).

Junto a esto que acabamos de señalar está lo que cada uno puede traer a la celebración de esta Navidad. Este tiempo es una buena oportunidad para traer a los pies del niño Jesús lo que nos ha significado este largo tiempo de pandemia. Si los magos llevaron al niño Jesús “oro, incienso y mirra”, como dice el evangelio de Mateo (2,11) y los pastores, como dice el evangelio de Lucas, “que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño (…) fueron y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían” (2, 8.16-18); nosotros podemos llegar con todo lo que ha significado este tiempo. Algunos podrán recordar a sus familiares difuntos. Otros llevarán las secuelas del covid manifestadas en problemas de salud o en dificultades económicas o pérdidas de otro tipo. No faltarán los que llevarán los caminos abiertos en medio de esa dificultad ya que se dio la llamada ‘re-invención’, con la que muchos lograron abrir las puertas que la pandemia cerró. Pero sea lo que cada uno traiga, Navidad es ese lugar sencillo, pobre, donde esta María “guardando todo en el corazón” (Lc 2, 19) y transmitiéndonos la confianza infinita en el amor de Dios que no se va nunca de nuestra vida, sino que se encarna en ella, quedándose definitivamente entre nosotros.

Preparémonos, por tanto, para una celebración de Navidad que brote de lo que somos, vivimos, traemos en el corazón, soñamos para el futuro. Recuperemos esa alegría que caracteriza esta época y que se expresa en los villancicos, la novena, el compartir fraterno, las luces, la decoración, todo aquello que ha acompañado la navidad colombiana y que el año pasado quedo tan relegado por las circunstancias que vivíamos. No podemos perder la ‘prudencia’ que tenemos que seguir teniendo para controlar la pandemia. Pero aprovechemos esta linda fiesta navideña para alimentar profundamente la esperanza y podamos acoger el nuevo año con más fuerza, más amor mutuo, más compromiso con la realidad que vivimos. Alegrémonos, entonces porque el niño Dios nace y ¡se queda definitivamente entre nosotros! (Mt 1, 23

Experiencia de sinodalidad

¿Experiencia de sinodalidad en la Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe? 

¿Por Consuelo Vélez 

Finalizada la Primera Asamblea Eclesial nos preguntamos: ¿Qué se logró en ese evento y que queda de aquí en adelante? Para los que participaron directamente en ella les queda una experiencia positiva de encuentro, esperanza, optimismo, gratitud por haber tenido esa oportunidad de estar en primera fila pensando y soñando con una Iglesia distinta. Así lo expresaron muchos de los participantes y se sienten animados para responder a los doce desafíos pastorales que la Asamblea presentó al final de la misma. Dichos desafíos destacaron la necesidad de reconocer el protagonismo de los jóvenes, de las mujeres, del laicado, de los pueblos originarios y afrodescendientes, escuchar el clamor de los pobres, excluidos, descartados, de las víctimas de las injusticias sociales, dar prioridad a una ecología integral y renovar la experiencia de Iglesia como Pueblo de Dios, erradicando el clericalismo y formando en la sinodalidad a todo el pueblo de Dios. 

Pero también el desarrollo de la Asamblea mostró las dificultades de hacer un proceso verdaderamente sinodal. Aunque Francisco afirme que la sinodalidad es la forma de ser y de actuar de la Iglesia en este milenio, más valdría decir que es la forma que debe aprender a vivir porque hace mucho no es esa la praxis eclesial

Una mirada de conjunto nos permite ver que la preeminencia de lo clerical fue notoriaCasi todos los discursos, ponencias y agradecimientos giraron en torno del clero para el clero. Yo esperaba que se destacará mucho más la presencia de la vida religiosa, del laicado, especialmente de los jóvenes, por supuesto de las mujeres, y que se viera una configuración entre los participantes de mayor pluralidad étnica y cultural. Sí hubo gestos, especialmente en los momentos de oración, que rompieron la hegemonía de lo que siempre se hace. Pero las principales celebraciones no contaron con ninguna novedad: un altar lleno de clérigos y un laicado con las pocas participaciones que le son permitidas en la liturgia tal y como hoy la tenemos. 

Pero donde veo que sí se pueden notar avances en la sinodalidad es en aquellas voces que se levantaron a lo largo de la Asamblea para hacer caer en cuenta que algo no estaba funcionando como se esperaba.  

De lo que tuve conocimiento, la Conferencia de Religiosos/as del Perú, envió una carta a la Asamblea Eclesial demandando una metodología en continuidad con el proceso de escucha: “Súbitamente experimentamos que este proceso se frenó para dar paso a una lista de afirmaciones, sensatas y razonables, pero que no corresponden al proceso desarrollado, a lo vivido anteriormente desde la convocatoria de esta I Asamblea Eclesial. De manera particular, queremos llamar la atención a lo ocurrido entre el segundo y el tercer día. En muchas conversaciones de grupo del miércoles hubo voces absortas por el descarrilamiento que tuvo lugar en la redacción de la síntesis. Es como si el proceso de escucha hubiera culminado con la premura de arribar a las cuarenta y tantas afirmaciones y estas quedaron descarriladas de todo lo vivido en las etapas previas. ¿qué ocurrió?”. Fue una interpelación muy clara, directa y oportuna. 

En un sentido parecido, los asambleístas de Chile también expresaron disconformidad porque en la Asamblea no se le dio el puesto que se debía a la crisis de abusos en la Iglesia. En su comunicado también expresan la falta de continuidad entre el proceso de escucha y lo que se comenzó a hacer en la Asamblea. Parecía que el Documento para el discernimiento no hubiera sido el punto de partida, sino que comenzaran todo de nuevo. 

Pero tal vez lo más significativo fue la comunicación de los jóvenes quienes también expresaron sus sentimientos y reflexiones sobre el camino que habían hecho. Primero reconocieron todo lo positivo que supuso la Asamblea y su experiencia en ella, pero expresaron de manera muy clara lo que habían notado a lo largo de la misma: “hemos notado que muchos mayores quieren liderar y no nos dejan soñar. De 1000 asambleístas es inadmisible que sólo 82 sean jóvenes laicos (menores de 35 años) (…) ha faltado que se nos involucre en los espacios de planificación y toma de decisiones de esta Asamblea (…) existen dificultades para participar como: (…) la anulación de la voz juvenil en algunos grupos de discernimiento. (…) Pareciera que a veces se pidiera la integración de las voces jóvenes de manera infantil o demandante (…) el aporte de los jóvenes queda condicionado al discernimiento, proyecciones y decisiones de alguien más y pierde la vida que hay detrás. Reiteramos, el camino recorrido hasta ahora es muy bonito, pero todavía no hemos superado pasar la estructura episcopal en la que los discursos y espacios se conceden a obispos y presbíteros, las voces de los laicos, las mujeres, los jóvenes y los religiosos no han sido escuchadas”. 

De otras apreciaciones que leí en las redes sociales de personas que habían participado, supe que algunos clérigos quedaron molestos con algunas de las intervenciones porque claramente se pedía que el clero dejara su protagonismo y también que algunos invocaban que no deberían levantarse críticas para “no romper la sinodalidad”. Este último comentario es muy interesante porque es algo que es necesario reflexionar. A veces se cree que, para vivir la comunión, la sinodalidad, el amor fraterno, etc., se ha de abandonar la actitud crítica y aceptar las cosas como son, sin exigir nada, sin denunciar nada, sin pedir nada.  

A los que se atreven a levantar la voz se les mira con recelo y se les acusa de entorpecer los procesos. Personalmente creo que es todo lo contrario y que si podemos rescatar algo de sinodalidad en esta Asamblea Eclesial son los testimonios que acabé de señalar porque son esas voces las que en verdad confrontan el ser y actuar de la Iglesia y son ellas las que contribuyen decisivamente a que algún día, la sinodalidad sea una experiencia más real en la Iglesia

En conclusión, ¿qué queda de esta Asamblea? Ojalá que los episcopados asuman estos desafíos y se preocupen por responder a ellos, pero, sobre todo, ojalá que reflexionen sobre lo que quedó evidente que no fue sinodalidad para que sean capaces de una conversión y las siguientes experiencias puedan seguir abriendo caminos en esa dirección. No es un camino fácil, pero sin duda es lo que “Dios quiere para la Iglesia” y ya que se habló tanto en la Asamblea de “desborde del Espíritu”, que ese desborde se note en una actitud de conversión de fondo, acogiendo las voces que se levantan para mostrar qué las cosas no están funcionando como deberían porque es en esas voces donde el camino de la sinodalidad comienza a ser posible