Derechos sin deberes son crímenes

José Ignacio González Faus,

          Se ha comentado muchas veces la capacidad que tiene el ser humano para envilecer o prostituir las realidades más hermosas: sea el amor, la convivencia o el deporte. Temo que algo semejante estemos llevando a cabo con el tema sagrado de los derechos humanos.

          La obsesión de las históricas Declaraciones de derechos humanos por subrayar que estos son algo de todos los humanos (y no solo de los grupos poderosos de la tierra), llevaba implícita la afirmación de que los derechos humanos son sobre todo, obligaciones mías para con los que más carecen de ellos: deberes para con los demás y no solo ventajas o exigencias mías ante ellos. Poco a poco ese presupuesto se ha ido olvidando y los derechos humanos se están convirtiendo en derechos del egoísmo humano: cada cual los reivindica solo para sí (o para él y su grupo). Hasta el punto de que deseos o veleidades mías pasan por delante de auténticas necesidades de los otros. Y sin atender a la elemental posibilidad de conflictos entre derechos propios y ajenos, que puede implicar alguna limitación de las propias reivindicaciones.

          ¿Qué puede seguirse de ahí? Intentaré sugerir algunas pistas siguiendo el lema del gran Sandino nicaragüense: “los derechos de los pobres son más sagrados que los derechos de los poderosos”.

          1.- Creo que lo antes dicho se ha manifestado claramente durante la covid19: hemos visto bastantes grupos reclamando su derecho (¡teóricamente innegable!) a ir donde quieran, con quien quieran y como quieran, pero sin que eso implique además un derecho de los otros a no ser contagiados por el virus: ellos verán. Y aclaro que esta afirmación no impide reconocer la gran dificultad de precisar los límites y las dimensiones de cada reivindicación, en un tema como este donde hay pocas certezas y muchas probabilidades, imposibles de delimitar con exactitud.

          La pasada declaración de nuestro Tribunal Constitucional sobre el estado de alarma es un ejemplo de ello. Podría ser (no sé) que ese estado de alarma fuese efectivamente inconstitucional (aunque la ajustada mayoría y el voto particular del señor Conde Pumpido merecen, una consideración muy seria). Pero aunque fuese inconstitucional era éticamente obligatorio: nos dicen que salvó casi medio millón de vidas. Pero, aunque hubieran sido solo mil, un juez está obligado a tener esto en cuenta, incluso aunque crea que a él le toca solo lo jurídico y no lo ético: porque lo ético también tiene que ver con la justicia. Y no es lo mismo una ilegalidad moral que una ilegalidad inmoral. Jesús de Nazaret también hizo muchas cosas que eran ilegales, pero moralmente provechosas. Hubo Nicodemos y Arimateas que comprendían eso; hubo también sumos sacerdotes y sanedritas que lo condenaron por ello.

          En cualquier caso, resulta innegable que durante esta epidemia, mucha gente ha concebido y ha invocado los derechos humanos como una legitimación de los propios egoísmos y de la propia insolidaridad. Y que este modo de proceder ha tenido un influjo importante en la aparición de esa “quinta ola” o “variante delta” o como queramos llamarla.

          2.- Pero estas reflexiones no apuntan propiamente a la pandemia que ha sido solo una especie de parábola inicial. El objetivo al que queríamos llegar es una nueva Declaración (esta vez no nacional sino mundial) de un grupo de científicos que alarmaban sobre el problema ecológico, calentamiento del planeta, cuidado de la casa común o como queramos llamarlo. La declaración amenaza con “un futuro espantoso” (la pérdida constante de la biodiversidad hará imposible la vida compleja en la tierra) y es pesimista por la constatación de compromisos y deberes incumplidos desde que comenzamos a vivir este problema. Los poderes que están destrozando el planeta (poderes económicos sobre todo y, por eso, globales) apelan también a supuestos derechos y grandes palabras: derecho al progreso, para destruir la Amazonía; a la conquista de un futuro mejor o a la libertad de emprendimiento, para destruir el planeta. O derecho a disponer la riqueza privada a gusto propio, para no tomar medidas que son urgentes. ¿Hemos vuelto al “ius utendi et abutendi (derecho a usar y abusar) de los romanos?

          Y por supuesto, entre la gente y entre los medios de comunicación, estos informes tienen mucha menos resonancia que el estúpido melodrama Messi con tantas lágrimas ridículas. La ciencia es como Dios: existe cuando nos podemos aprovechar de ella; pero no cuando nos avisa de un mal camino.

          Imaginemos (a modo de parábola) que en alguna isla todavía inexplorada se descubre un nuevo tipo de setas. Una mayoría de los científicos del planeta considera, por análisis químicos, que tales hongos son venenosos.  Otro grupo, apelando al derecho a la propia opinión, sostiene que son inocuos y que pueden ser comercializados (curiosamente, entre estos disidentes, están los propietarios de los terrenos en que aparecieron dichas setas…). A base de solos argumentos no se llega casi nunca a la evidencia plena. Lo único claro es que el riesgo que se corre no es el de una simple indigestión sino el del envenenamiento. ¿Cuál debería ser la conducta seguir en un caso así?…

          3.- Esa parábola no pretende ser una predicción de lo que va a pasar sino una explicación de cómo se deben enfocar los derechos humanos en muchas situaciones de la historia. No vale apelar solo a lo que se considera un derecho individual propio, sino que es necesario tener siempre ante los ojos, en cualquier decisión, la situación global en la que estoy actuando: también vale aquí aquello tan importante y tan incumplido de “pensar globalmente y actuar localmente”. Por eso me permito terminar evocando dos lecciones que últimamente me he hartado de repetir.

          Una es el socorrido refrán latino (corruptio optimi pessima): la corrupción de lo óptimo se convierte en lo pésimo: y los derechos humanos están entre las cosas mejores que tenemos. El otro es la apelación (que me he cansado de hacer) a la advertencia de Simone Weil hace ya casi un siglo: una declaración de los derechos humanos, sin otra declaración universal de los deberes humanos, puede convertirse en eso que los latinos llamaron “corruptio optimi”.

          Así estamos. Y en la raíz de esta situación creo que está ese individualismo desproporcionado que ha sido el pecado original de nuestra querida Modernidad. Los derechos humanos dejan de ser entonces un deber mío hacia los demás, y se convierten en un deber de los demás para conmigo.   ¿Lograremos salir de ahí?

El principio compasión y las víctimas del COVID-19


Por Leonardo Boff
A través de la Covid-19 la Madre Tierra está llevando a cabo un contraataque sobre la humanidad como reacción al ataque avasallador que ella viene sufriendo desde hace siglos. La Covid-19 es igualmente una señal y una advertencia que nos envía: no podemos hacerle una guerra como hemos hecho hasta ahora, pues está destruyendo las bases biológicas que la sustentan y sustentan también todas las demás formas de vida, especialmente, la humana.
Tenemos que cambiar, de lo contrario podrá enviarnos virus más letales todavía, quien sabe, hasta un virus invencible contra el cual nada podríamos hacer. Entonces estaríamos seriamente amenazados como especie. No sin razón la Covid-19 ha atacado solo a los seres humanos, como aviso y lección. Ha llevado ya a la muerte a millones de personas, dejando un viacrucis de sufrimientos a otros millones y una amenaza letal que puede alcanzar a todos los demás. Sigue leyendo

El crucificado se solidariza con las víctimas de la covid-19

Por Leonardo Boff
Un manto de tristeza se extiende sobre toda la humanidad y no hay suficientes pañuelos para enjugar tantas lágrimas por las víctimas de la Covid-19. El virus no exceptúa a nadie, pues, invisible, puede atacar a quienes no toman los debidos cuidados. Él ha puesto de rodillas a las naciones militaristas, que se llenaron de armas capaces de exterminar toda la vida del planeta, inclusive la humana. Son absolutamente inútiles delante del pequeñísimo coronavirus. Alejandro el Grande (356-323 A.C), fundador de un imperio que iba del Adriático al río Indo, murió probablemente picado por un mosquito que produce una fiebre viral (la fiebre del Nilo occidental). ¿Quién es aquí el más fuerte? ¿El joven conquistador de 23 años o el mosquito? Estamos muriendo a causa de un virus invisible, que arrasa toda nuestra arrogancia, sin decir que él es consecuencia de nuestra sistemática agresión a la naturaleza (el antropoceno y el necroceno), que se defiende con su arma letal e imperceptible, la Covid-19 y una gama de otros virus.
Todos tememos y sufrimos, presenciando, impotentes, la desaparición de miles de personas, cerca ya de dos millones de víctimas. En Brasil la situación es dramática, porque un gobernante enloquecido y negacionista, sin ningún sentimiento de empatía, tolera que mueran más de 300 mil personas y cerca de 13 millones estén infectados. Sigue leyendo

Ante el recrudecimiento de la pandemia moral

Carta Abierta del Grupo de Curas en la Opción por los Pobres: Ante el recrudecimiento de la pandemia moral
Acabamos de comenzar el año 2021 en medio de una situación sanitaria, con sus consecuencias sociales y económicas, que exige de todas y todos nosotros «poner el hombro» y hacerle frente solidariamente. La pandemia de Covid-19 recrudece en el mundo entero y exige fuertes medidas que permitan atravesarla de la mejor manera posible hasta tanto pueda ser controlada.
Por eso no podemos dejar de asistir azorados al recrudecimiento de otra pandemia: la «pandemia moral» de quienes parecen empeñados en «poner palos en las ruedas» e impedir que los seres humanos podamos unirnos para enfrentar una crisis que, de una u otra manera, nos afecta a todos. Intereses políticos, intereses económicos, intereses de poder que tratan de sacar tajada de la desgracia de todas y todos a costa del bien común. Nuestra Patria no es la excepción, ni lo somos quienes habitamos este bendito suelo.
Por el contrario, en estas semanas en las que la curva de contagios ha aumentado notoriamente, asistimos al recrudecimiento de un carnaval de inmoralidad que se manifiesta en falsas noticias, «conspiracionismos» varios que pretenden disfrazarse de ciencia, oposición a cualquier medida que tomen las autoridades elegidas por el voto del pueblo, oposición por oposición, en definitiva.
La inundación de los medios hegemónicos con informaciones falsas respecto de la vacunación, la incitación a la aglomeración, la calificación de cualquier medida que pueda restringir la circulación del virus como restricción de las libertades individuales (¿terminarán diciendo que disparar un arma contra otra persona es un ejercicio de la libertad individual?), parecen la réplica multiplicada por miles de la inveterada costumbre de ciertos sectores de hacer política «tirando muertos sobre la mesa».
Sectores económicos, que no han dejado de hacer pingües ganancias durante este tiempo en que la gran mayoría de la población ha asumido enormes dificultades económicas en beneficio del cuidado mutuo, manifiestan su insensibilidad social pretendiendo no reducir sus ganancias un mínimo porcentaje en beneficio de toda la sociedad.
Empresas prestadoras de servicios, hoy indispensables, aumentan sus tarifas más allá de lo permitido, «por si pasa». Una pequeñísima pero poderosa minoría cartelizada ―los «dueños de la tierra» que se autodenominan «el campo»― se niega a ceder una mínima ganancia (que no pueden llamar pérdida), aún poniendo en peligro el derecho a una alimentación digna de todos y en especial de los más vulnerados por esta crisis, extorsionando a la sociedad entera con la amenaza de un lockout convocado para la semana que entra por el solo hecho de que se les pide que por dos meses contengan su avaricia..
Podríamos enumerar más carrozas de este carnaval inmoral. Como cristianos, nos asusta y nos avergüenza que muchos de los que lo conducen digan profesar nuestra fe. Evidentemente no creemos en el mismo Cristo en quien dicen creer. Acabamos de celebrar la memoria de Aquél que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, de Aquél que «se vació de si mismo asumiendo la condición de siervo» (Flp 2,7), el que nació en un humilde pesebre para ser, desde ese pesebre, Luz de las Naciones. No podemos dejar de intentar un llamado a la solidaridad, no podemos dejar de creer que pueden convertirse al Evangelio del Nazareno. O, por lo menos, que recuperen la sensatez y la responsabilidad social. Y no podemos sino llamar a todos y todas a no dejarse engañar por la maldad.

9 de enero de 2021

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https://www.religiondigital.org/un_oido_en_el_evangelio_y_otro_en_el_pueblo/

¿Es válido el modelo actual de las residencias?

Por Javier Martínez Andrade
Una de las situaciones más dramáticas que estamos viviendo en esta época de crisis del covid es la que se está produciendo en los Centros Residenciales de Personas Mayores. Una Residencia es un sustituto del hogar. No es un Hospital para personas mayores. No tiene la estructura, ni los recursos ni el personal de un Centro Sanitario y no debe tenerlos, sino estaríamos hablando de un Hospital Geriátrico.
Es y debe ser su casa, es mas deberíamos dejar de Residencias y/o Centros Residenciales y utilizar otra terminología como Alojamientos para Personas Mayores, Unidades de Convivencia,…… Cuando no es posible continuar viviendo en su casa, por lo que precisa apoyos a su déficit de autocuidados, la mal llamada Residencia pretende y debería ser su equivalente, en todos los aspectos.
Hace algunos años, la mayoría de las y los residentes (mal, no residen, viven allí) tenían un buen nivel de autonomía personal, especialmente en el desarrollo de las AVBD y en su situación de salud. En Asturias la esperanza de vida se ha incrementado notablemente. Somos un Territorio especialmente envejecido, en el cual las estructuras de apoyo familiar que existían en la época de nuestros abuelos, ya no están. Las y los usuarios de Recursos de Alojamiento son cada vez más mayores, con mayor déficit de autocuidados, con más problemas de salud asociados y, por tanto, requieren otro tipo de cuidados, cuidados en todos los ámbitos no sólo en el aspecto físico, sino emocional, social y espiritual, no me refiero a la acepción religiosa.
La eclosión del covid ha acentuado el problema. Un espacio con alta densidad de gente frágil, escasa separación entre personas y muchos espacios y superficies comunes, es un espacio potencialmente ideal para la transmisión y favorecer las medidas de confinamiento en las propias Residencias y restrictivas en consecuencia para las visitas.
¿Cómo podemos proteger a las personas mayores que viven en una Residencia de las actuales? No es nada fácil. Utilizando el simil del Castillo, la residencia es como un Castillo. Una vez garantizado, por ejemplo, mediante tests, que las y los residentes y el personal, en aquel momento concreto, no son positivos, la infección solo puede venir de fuera. Aunque restrinjamos o prohibamos las visitas y las salidas. El personal sale cada día y va a su casa. Entra personal de mantenimiento o similares. Toda esta gente, familiares y visitantes cuando ha podido ver a los residentes, o cuando estos salen a consultas médicas al Centro de Salud u Hospital, a veces van acompañados de sus familiares, es decilr, por seguir con el simil, salen del castillo pero sin armadura. Y si entra el virus, los residentes, frágiles, con muchas zonas comunes, con interrelación constante, son dianas fáciles. ¿Qué podemos hacer?
No tenemos demasiadas herramientas. No hay vacunas. Distanciamiento, difícil. Uso de mascarillas, complicado. Estamos hablando de personas mayores, muy mayores y frágiles, muy frágiles, que no siempre están en condición de entender y cumplir determinadas medidas. Ventilación. Cribas, sí, pero desengañémonos. Una PCR o test de antígenos no es más que una fotografía de un momento concreto. Podemos estar incubando o ser negativos o infectarnos después del test. Es útil, claro, pero sirve para lo que sirve. No es una garantía absoluta. Limitación de contactos externos, sí, pero no solo son dependientes físicamente, sino también emocionalmente. Y romper el contacto con su familia y/o amistades puede significar un daño irreparable, los salvaremos del Covid, pero no de problemas emocionales y problemas de salud mental irreparables.
Debemos repensar el modelo residencial:
Nos hacen falta estructuras arquitectónicas diferentes, con calidad y calidez, que favorezcan el sentimiento de “Hogar” de “Casa” y que posibiliten el aislamiento cuando sea necesario, pero no de todo el Centro Resdiencial.
Nos hace falta un nuevo Marco Conceptual en las Políticas y Servicios para Mayores, pasar del modelo asistencial a los Cuidados Centrados en la Persona unido al Modelo Orem.
Nos hacen falta más profesionales y otro perfil de profesionalesl, más formado y estable.
Nos hace falta ser capaces de hacer una detección y una respuesta precoz y enérgica de las necesidades de cuidados de las personas mayores. La sociedad ha cambiado y sus necesidades también.
Es necesario, es más es u Derecho hacer participes a las personas mayores en el funcionamiento del Servicio de Alojamiento, en el día a día, no dárselo todo hecho, decidido.
Las actuales Residencias, que forman parte de nuestro entramado social, tienen que cambiar y ese cambio no puedes ser solo promesa del Gobierno de turno en esta época de crisis, promesa que quedarán en el saco de las incumplidas o como decía un Consejero de las no factibles

El medio ambiente y el covid-19

Priscila D. Martínez Galeazzi, OBELA
La velocidad y los efectos del cambio climático generan una crisis aún más grave que la pandemia. La actual trayectoria del desarrollo ha puesto en peligro el equilibrio del sistema ecológico que lo sustenta. ¿Cuál es la relación entre la pandemia y el medio ambiente?

Debido a la creciente influencia de los seres humanos en la naturaleza, los ciclos biogeoquímicos se han alterado drásticamente y la biodiversidad se ha reducido a un ritmo amenazador. Las causas incluyen el aumento de las temperaturas globales. El objetivo del Acuerdo de París (2016) para el año 2100 es mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de 2°C con respecto a los niveles preindustriales (1880) y preferiblemente por debajo de 1,5°C, de lo contrario los riesgos ambientales aumentarán drásticamente.

El aumento de la temperatura favorece el desarrollo de infecciones (Zhou et.al, 2008) y amplía el alcance de la transmisión de varias zoonosis, que como vemos hoy en día, no se limitan a una sola región, sino que alcanzan el nivel mundial. Además, existe preocupación por las bacterias y los virus que hasta ahora han permanecido congelados en el permafrost, ya que los seres humanos tendrían poca resistencia inmunológica a ellos.

Las barreras naturales entre los seres humanos y los patógenos se vuelven más frágiles a medida que se altera el equilibrio natural y aumenta la resistencia de los ecosistemas, la diversidad genética y la resistencia microbiana y la propagación de los patógenos. (F. Keesing et al., 2010).

La región de América Latina y el Caribe emite menos concentración de gases de efecto invernadero (GEI) en todo el mundo; sin embargo, se ve principalmente afectada por el cambio climático. El Caribe es particularmente vulnerable porque la población vive en islas y sus ciudades están aún más expuestas debido a su proximidad al mar, ya que dependen de él ambiental y económicamente. Dado que no todos los países y grupos sociales contribuyen a las emisiones y sufren sus efectos en la misma proporción, la política ambiental debe basarse en el principio de las responsabilidades comunes pero diferenciadas. A nivel continental, los Estados Unidos son el mayor emisor de CO2 (399.000 millones de toneladas).

En América Latina, las principales medidas que se elaboran para reducir las emisiones de GEI son la aplicación de energías renovables, el aumento de la eficiencia energética, la protección de los bosques, el mejoramiento de las prácticas agrícolas, la gestión adecuada de los desechos y la mejora de los procesos industriales.

Las fronteras planetarias definen un espacio seguro para el desarrollo sostenible basado en la ciencia, en el que el riesgo de cambios ambientales drásticos sigue siendo bajo. En la actualidad, se han podido identificar nueve de ellas: el cambio climático, la integridad de la biosfera, los flujos biogeoquímicos, el cambio de uso de la tierra, las entidades novedosas, el agotamiento del ozono estratosférico, la carga de aerosoles atmosféricos, la acidificación de los océanos y el uso de agua dulce. De estos límites, los cuatro primeros han sido superados. La política ambiental, el sector privado, la sociedad civil y la comunidad científica tienen que actuar conjuntamente en este concepto para que puedan informar sobre las transformaciones de la sostenibilidad y las vías para lograr los objetivos del Programa 2030 y del Acuerdo de París para reducir la presión sobre estos límites.

En América Latina, el proyecto sobre la pospandemia: Plan de Recuperación Económica con Justicia Social y Ambiental 2020-2030, promovido por el movimiento internacional “Nuestra América Verde”, liderado por líderes sociales y políticos de la región. Consiste en la aplicación de medidas para la transición a la energía sostenible en la vivienda y el transporte; así como la defensa del agua, la protección social de los trabajadores y las medidas de financiación justa, como la recaudación del impuesto sobre el patrimonio.

El dióxido de nitrógeno es un gas nocivo emitido por los motores, las centrales eléctricas y la industria. Desde febrero, los satélites de la NASA han detectado caídas de entre el 20% y el 30% en las emisiones de este gas en algunos países fuertemente afectados por el cierre económico, como Italia y los Estados Unidos.

Como consecuencia de la pandemia, se redujeron las actividades industriales, el número de vuelos y se suspendieron los eventos masivos, lo que resultó en impactos positivos pero temporales para el medio ambiente como la reducción del nivel de emisiones de GEI, la disminución del consumo de combustibles fósiles y la mejora de la calidad del aire. En algunos países, la sociedad está empezando a desarrollar una conciencia ambiental y un plan a largo plazo y empezaron a proponerse iniciativas en favor del medio ambiente, lo que podría llevar a exigir al Estado y a las industrias que replanteen la estructura de la economía y la producción y, por lo tanto, se adapten y se limiten a los ciclos naturales del medio ambiente para permitir su regeneración.

En el informe publicado en noviembre de 2020 por la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA) se afirma que, además de los efectos positivos, también ha habido otros negativos como el aumento del uso de plásticos de un solo uso y la expansión de los desechos domésticos y hospitalarios.

La pandemia pone sobre la mesa la compleja interacción entre los sistemas del planeta Tierra y la actual estructura de políticas sociales, económicas y ambientales.

Boff. “El futuro de la Madre Tierra”

“El contraataque de la Madre: ¿valen más los beneficios o la vida?” Leonardo Boff: “Modelos alternativos para el futuro de la Madre Tierra en el mundo post-vacunación”
Publicamos en exclusiva para Italia esta reflexión del famoso teólogo brasileño Leonardo Boff sobre el mundo de la ‘post-vacunación’. Nos ofrece pensamientos intensos y originales sobre el futuro de nuestro planeta
“El Covid-19 ha golpeado este sistema depredador como un rayo, matando las vidas de la naturaleza y la humanidad. Desmanteló sus principales mantras: el beneficio primero, la competencia, el individualismo…”
“La pandemia ha planteado inequívocamente la alternativa: ¿valen más los beneficios o la vida? ¿Qué es lo primero: salvar la economía o salvar vidas?”
“El Covid-19 nos ha revelado nuestra verdadera humanidad. Estos valores universalizados por los Hermanos Todos nos permiten soñar con un mundo diferente y necesario”
“Ahora que tenemos una gama de vacunas, comienza la disputa por el futuro de la Tierra que queremos habitar”
“Capitalismo neoliberal, capitalismo verde, comunismo de tercera generación, eco-socialismo, la bem viver y la coexistencia probada durante siglos por los Andinos… o ‘Hermanos todos’; el amor social y sus inmediatas consecuencias? Sigue leyendo

Por fin descubrimos el planeta Tierra

Por Leonardo Boff
Uno de los efectos positivos de la irrupción de la Covid-19 en nuestras vidas ha sido el descubrimiento del planeta Tierra por toda la humanidad. Nos hemos dado cuenta forzosamente de que existe una íntima conexión entre la vida humana, la naturaleza y el planeta Tierra. El virus no cayó del cielo; vino como contraataque de la Tierra, considerada como un supersistema vivo que siempre crea y se autocrea, y se organiza para mantenerse vivo y producir todo tipo de vida existente en este planeta. Particularmente los quintillones de quintillones de microorganismos que existen en los suelos y en nuestro propio cuerpo, verdadera galaxia (Antônio Nobre) habitada por un número incalculable de virus, bacterias y otros microorganismos.
El contexto del virus, casi nunca citado por los analistas de las redes de comunicación, es el sistema capitalista anti-naturaleza y anti-vida. Él hizo que el virus perdiese su hábitat y avanzase sobre nosotros. Ese sistema de producción y de consumo asalta despiadadamente la naturaleza, saquea sus bienes y servicios y destruye el equilibrio de la Tierra.
Esta responde con el calentamiento global, la erosión de la biodiversidad, la escasez de agua potable y otros eventos extremos. Todos de alguna forma participamos de este ecocidio, pero los actores principales –es forzoso decirlo y denunciarlo – son el sistema del capital y la cultura del consumo descontrolado, y especialmente los millonarios con su consumo suntuoso. Por lo tanto, retiremos la culpa de la humanidad pobre, que colabora mínimamente y es víctima del mencionado sistema.
El ser humano, siempre curioso por saber más y más, ha hecho descubrimientos sin número: de nuevas tierras como las de América, de pueblos, culturas, todo tipo de aparatos, desde el arado hasta el robot, el submundo de la materia, los átomos, los topquarks y el campo de Higgs, lo íntimo de la vida, el código genético. Y no paran los descubrimientos.
Pero ¿quién descubrió la Tierra? Fue preciso que enviásemos astronautas fuera de la Tierra o hasta la Luna para ver la Tierra desde fuera de la Tierra y finalmente, maravillados, descubrir la Tierra, nuestra Casa Común. Frank White escribió en 1987 un libro The Overview Effect (tengo un libro firmado por él el 29/5/1989) en el cual recoge los testimonios de los astronautas emocionados hasta las lágrimas.
El astronauta Russel Scheickhart nos revela: “Vista desde afuera, la Tierra parece tan pequeña y frágil, una mancha pequeña preciosa que puedes tapar con tu dedo pulgar. Todo lo que significa algo para ti, toda la historia, el arte, el nacimiento y la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo está en aquel punto azul y blanco que puedes tapar con tu pulgar. Desde esa perspectiva entiendes que todo ha cambiado… que tu relación ya no es la misma que la de antes” (White, p.200).
Eugene Cernan confesó: «Fui el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar miraba con temblor reverencial hacia la Tierra, en un trasfondo muy oscuro. Lo que yo veía era demasiado hermoso para ser aprehendido, demasiado ordenado y lleno de propósito para ser un mero accidente cósmico. Uno se siente obligado interiormente a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar. La veneración y la acción de gracias surgen espontáneamente. Para eso debe existir el universo» (White p. 205).
Acertadamente comenta Joseph P. Allen: «Se ha discutido mucho sobre los pros y los contras de los viajes a la Luna, pero nunca oí a nadie argumentar que debíamos ir a la Luna para poder ver la Tierra desde fuera de la Tierra. Después de todo, esta debe haber sido seguramente la verdadera razón de que hayamos ido a la Luna» (White, p. 233).
Efectivamente esta es la razón secreta e inconsciente de los viajes espaciales: descubrir la Tierra, el tercer planeta de un sol de quinta categoría, dentro de nuestra galaxia. El sistema solar en el cual está nuestra Tierra dista 27 mil años-luz del centro de la galaxia, la Vía Láctea, en la cara interna del brazo espiral de Orión. Ese sistema con la Tierra alrededor es casi nada y nosotros une quantité négligeable, cercana a cero. Y, sin embargo, desde aquí la Tierra a través de nosotros contempla el universo entero, del cual forma parte. Y a través de nuestra inteligencia, que pertenece al propio universo, él se piensa a sí mismo. Lo que cuenta en nosotros no es la cantidad sino la calidad, única, capaz de pensar, de amar el universo y de venerar a Aquel que lo sustenta permanentemente.
No solo descubrimos la Tierra. Descubrimos que somos aquella parte de la Tierra que piensa, ama y cuida. Por eso ser humano (homo en latín) viene de húmus, tierra fértil, y Adán procede de Adamah, tierra fecunda.
A partir de ahora nunca desaparecerá de nuestra conciencia que hemos descubierto la Tierra, nuestro hogar cósmico, y que somos la parte consciente, inteligente y amorosa de ella. Porque somos portadores de estas cualidades, nuestra misión es cuidar de ella como nuestra Casa Común, y de todos los demás seres que en ella habitan y que tienen el mismo origen que nosotros, por tanto son nuestros parientes.
Si es así, ¿por qué la hemos maltratado, superexplotado y estamos destruyendo las bases que sustentan nuestra vida? Si hay una lección que la Madre Tierra a través de la Covid-19 nos quiere transmitir es seguramente esta:
«Tenéis que cambiar vuestra relación con la naturaleza y conmigo, si queréis que yo siga ofreciéndoos todo lo que necesitáis para vivir con una sobriedad compartida, en fraternidad y sororidad universales y bajo el cuidado amoroso con todos vuestros hermanos y hermanas de la gran comunidad de vida, también mis hijos e hijas bien amados. En el pasado, en tiempos inmemoriales, os di a elegir entre “la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia. Esta promesa la mantendré siempre”» (Deut 30,19).
Escojamos la vida. Es el llamamiento de la Madre Tierra. Es el designio del Creador.

*Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito Covid-19: el contraataque de la Madre Tierra contra la humanidad, Vozes, 2ª edición 2021.

Menos plazas de enfermería en Instituciones Penitenciarias

CCOO critica la pérdida de plazas de enfermería en Instituciones Penitenciarias ante el aumento de contagios
Comisiones Obreras ha criticado que Instituciones Penitenciarias ha perdido 45 plazas de enfermería correspondientes a la Oferta de Empleo Público del 2018 y 2019, a pesar de la “grave” situación que se está viviendo como consecuencias de la Covid-19 en las prisiones, donde “se han doblado” los contagios.
MADRID, 28 (EUROPA PRESS)
En este contexto, ha recordado que el 21 de enero de 2020 se convocó el proceso selectivo del Cuerpo de Enfermería de Instituciones Penitenciarias para cubrir 97 plazas vacantes que han generado las jubilaciones y fallecimientos que ha habido en este colectivo.
Para CCOO, esta oferta de empleo público es “insuficiente” porque, a su juicio, “no cubre todas las necesidades”. No obstante, ha destacado que “es positiva porque viene a paliar, en alguna medida, la situación grave de falta de personal sanitario existente”.
El sindicato también ha criticado la gestión que se está haciendo de la oposición de enfermería para prisiones, al dejar Instituciones Penitenciarias tras el segundo examen y pendiente de un tercero, a solo 52 opositores para acceder a ocupar dichas plazas, pendientes aún de lo que suceda con ellos en el tercer examen.
“No podemos entender que se desprecien 45 plazas de oferta de empleo que tan necesarias son para el funcionamiento de la sanidad penitenciaria, en un medio con patologías crónicas, reclusos vulnerables y sufriendo una pandemia con falta de profesionales sanitarios”, ha apuntado CCOO en un comunicado.
En este sentido, ha añadido que entre las más de 300 personas que optaron a las plazas, “las hay suficientemente formadas para desempeñar las funciones en prisiones con total profesionalidad, como demuestra el hecho de que es un personal que se reclama desde otros países y por el que compiten los sistemas de salud”.
Por ello, CCOO ha denunciado que “no se pueden hacer ‘ofertas de empleo trampa’, convocando un número de plazas que luego se dejan desiertas para que se pierdan y queden los servicios públicos en precario”.
El sindicato ha reclamado a la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias que, para que esto no suceda, las plazas que queden sin cubrir de las convocadas se cubran por contratación de personal interino para atender las perentorias necesidades por las que atraviesa la sanidad penitenciaria y que esas plazas se sumen mediante una oferta extraordinaria a la oferta de empleo público del próximo año.

“La Covid-19 cuestiona el sentido de la vida”

Leonardo Boff: “Sin políticas públicas, las personas serían tragadas por un destino atroz”
“Los mantras del neoliberalismo fueron destrozados. ¿Sirvió para algo el lema de Wall Street “la codicia es buena”? Nadie come computadoras, ni se alimenta de los algoritmos de la inteligencia artificial”
“Todo el mundo habla de la medicina, de la técnica, de los insumos y especialmente de la búsqueda ansiosa de una vacuna contra la Covid-19. Pocos hablan de la naturaleza”
18.11.2020
La irrupción de la Covid-19, alcanzando a todo el planeta y matando a más de un millón de vidas sin poder ser veladas ni recibir el cariño último de sus familiares, además de infectar a otros muchos millones de personas, plantea la inquietante pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Por qué todo este sufrimiento? ¿Qué nos quiere decir la naturaleza con este virus invisible que ha puesto de rodillas a todas las potencias militares, haciendo ineficaces sus armas de destrucción masiva? La Covid-19 cayó como un meteoro sobre el sistema del capital y el neoliberalismo. Sus mantras fueron destrozados. ¿Sirvió para algo el lema de Wall Street “la codicia es buena”? Nadie come computadoras, ni se alimenta de los algoritmos de la inteligencia artificial.
¿Cuáles eran los dogmas de la fe capitalista y neoliberal?: Lo esencial es el lucro, en el menor tiempo posible, la competencia feroz, la acumulación individual o corporativa, el saqueo cruel de los recursos de la naturaleza, dejando las externalidades por cuenta del estado, la indiferencia ante la tasa de iniquidad social y ambiental, la postulación de un Estado mínimo para escapar de las leyes limitantes y poder acumular más libremente.
Si hubiésemos seguido estos mantras, el exterminio de vidas humanas habría sido incalculable. Sin políticas públicas, las personas serían tragadas por un destino atroz.¿Qué nos ha salvado? Aquellos valores y actitudes ausentes en el sistema del capital y el neoliberalismo: darnos cuenta de que no somos “dioses” sino totalmente vulnerables y mortales, expuestos a lo imprevisible. Lo que cuenta no es el lucro sino la vida; no es la competencia sino la solidaridad; no es el individualismo sino la cooperación entre todos; no el asalto a los bienes y servicios de la naturaleza sino su cuidado y protección; no un estado mínimo, sino el estado suficientemente pertrechado para atender las demandas urgentes de la población. Dicho directamente: ¿qué vale más, la vida o el lucro? ¿La naturaleza o su expoliación desenfrenada?
Responder a estas preguntas inaplazables es interrogarse sobre el sentido o el absurdo de nuestra vida, personal y colectiva. El aislamiento social es una especie de retiro existencial que la situación nos ha impuesto. Se crea la oportunidad de hacer estas preguntas ineludibles. Nada es fortuito en este mundo. Todo guarda una lección o un sentido secreto que debe ser revelado, por más desconcertante que sea la realidad. Lo que no podemos permitir es que este sufrimiento colectivo sea en vano. Funciona como un crisol que purifica el oro, que acrisola nuestra mente, y pone en jaque ciertos hábitos para ser revisados y otros nuevos para ser incorporados, especialmente en lo que se refiere a nuestra relación con la naturaleza y el tipo de sociedad que queremos, menos perversa y más solidaria.
Todo el mundo habla de la medicina, de la técnica, de los insumos y especialmente de la búsqueda ansiosa de una vacuna contra la Covid-19. Pocos hablan de la naturaleza. Pero es necesario considerar el contexto del brote del coronavirus. No está aislado. Vino de la naturaleza que durante siglos fue saqueada irresponsablemente por el proceso industrial del capitalismo y también del socialismo, en la falsa suposición de que la Tierra tendría recursos infinitos. Hemos deforestado despiadadamente y destruido así los hábitats de miles de virus que viven en los animales e incluso en las plantas. Al perder su “morada natural”, buscan en nosotros un sitio para sobrevivir. Así hemos conocido una amplia gama de virus como el zica, el chikungunya, el ébola, las series derivadas del SARS, como el de la Covid-19 entre otros.
Se trata de un contraataque de la naturaleza o de la Madre Tierra contra la humanidad, con el que quiere darnos una severa advertencia: “detengan la agresión despiadada, que destruye las bases físico-químicas-ecológicas que sostienen vuestra vida; de lo contrario podríamos enviarles virus mucho más letales que podrían diezmar a miles de millones de ustedes, de la especie humana, y afectar gravemente a la biosfera, ese fino manto un poco mayor que el filo de una navaja que garantiza la continuidad de la vida”.
¿Prevalecerán estas advertencias vitales o el afán de acumular y asegurar intereses materiales? ¿Tendremos suficiente sabiduría para responder a la alternativa que el Ser que hace ser a todos los seres nos presenta?: “Te propongo la vida y la muerte, la bendición y la maldición; elige la vida para que puedas vivir con tu descendencia” (Dt 30:19). Portadores de una fe en un Dios “apasionado amante de la vida” (Sab 11,26) apostamos todavía por un sentido de la historia y de la vida. Ellas escribirán la última página de la saga humana, construida con tanto esfuerzo en este planeta.
Esto sin embargo no debe desviar nuestra mirada de lo que está ocurriendo en el escenario mundial y específicamente en el brasilero, donde un jefe de estado negacionista no tiene como proyecto cuidar de su pueblo y de nuestra exuberante naturaleza. Con desprecio e ironía se comporta como Nerón que presenciaba como Roma ardía tocando la cítara.
A pesar de todo esto, nuestra esperanza no muere. Como afirma la Fratelli tutti del Papa Francisco: “La esperanza nos habla de una realidad enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en los que vive” (Nº 55). Aquí resuena el principio esperanza, que es más que una virtud, es un principio, un motor interior que proyecta nuevos sueños y visiones, tan bien formulados por el filósofo alemán Ernst Bloch en El principio esperanza. Esta esperanza nos recuperará el sentido de vivir en este pequeño y amado planeta Tierra.
Aunque somos seres contradictorios, hechos simultáneamente de luz y de sombras, creemos que la luz triunfará. Muchos bioantropólogos y neurocientíficos nos confirman que somos por esencia seres de bondad y de cooperación. Prevalece una bondad fundamental en la vida.
El hombre común, que conforma la gran mayoría, se levanta, gasta un tiempo precioso en los autobuses, va al trabajo, a menudo duro y mal pagado, lucha por su familia, se preocupa por la educación de sus hijos, sueña con un país mejor. Sorprendentemente, es capaz de hacer gestos generosos, ayudar a un vecino más pobre que él y, en casos extremos, arriesgar su vida para salvar a una niña inocente amenazada de violación. En él está actuando el principio esperanza.
En este contexto, no me resisto a citar los sentimientos de uno de nuestros más grandes escritores modernos, Erico Veríssimo, en su famoso “Contempla los lirios del campo”.
Si en ese momento un habitante de Marte cayera a la tierra, se asombraría al ver que en un día tan hermoso y suave, con un sol tan dorado, la mayoría de los hombres estaban en oficinas, talleres, fábricas… Y si le preguntase a alguno de ellos: ‘Hombre, ¿por qué trabajas tan furiosamente durante todas las horas de sol?’ – escucharía esta singular respuesta: ‘Para ganarme la vida’. Y sin embargo, la vida allí se ofrecía a sí misma, en una milagrosa gratuidad. Los hombres vivían tan ofuscados por los deseos ambiciosos que ni siquiera se daban cuenta. Ni con todas las conquistas de la inteligencia habían descubierto una manera de trabajar menos y vivir más. Se agitaban en la tierra y no se conocían, no se amaban como debían. La competencia los convirtió en enemigos. Y hacía muchos siglos, habían crucificado a un profeta que se había esforzado por mostrarles que eran hermanos, sólo y siempre hermanos. (Ver Lírios do Campo, Civilização Brasileira, Rio de Janeiro 1973. p. 292).
La irrupción de la Covid-19 reveló estas virtudes, presentes en los humanos pero especialmente en los pobres y las periferias, porque se refugiaron allí, ya que la cultura del capital reina en las ciudades, con su individualismo y falta de sensibilidad ante el dolor y el sufrimiento de las grandes mayorías de la población. ¿Qué se esconde detrás de estos gestos diarios de solidaridad? Se esconde el principio esperanza y la confianza de que, a pesar de todo, vale la pena vivir porque la vida, en su profundidad, es buena y fue hecha para ser llevada con coraje que produce autoestima y sentido de valor.
Hay aquí una sacralidad que no viene bajo el signo de lo religioso sino bajo la perspectiva de lo ético, del vivir correctamente y del hacer lo que debe ser hecho. El reconocido sociólogo austríaco-norteamericano Peter Berger, ya fallecido, escribió un libro brillante, relativizando la tesis de Max Weber sobre la total secularización de la vida moderna con el título: Un rumor de ángeles: la sociedad moderna y el redescubrimiento de lo sobrenatural (Voces 1973/2013). Allí describe numerosos signos (los llama “rumor de ángeles”) que muestran lo sagrado de la vida y el significado secreto que siempre tiene, a pesar de todo el caos y las contradicciones históricas.
Voy a dar, siguiendo a Peter Berger, sólo un ejemplo banal, conocido por todas las madres que cuidan a sus hijos por la noche. Uno de ellos se despierta asustado. Tiene una pesadilla, se da cuenta de la oscuridad, se siente solo y se deja llevar por el miedo. Grita llamando a su madre. Esta se levanta, toma al niño en su regazo y en un gesto primordial de magna madre le acaricia y le da besos, le dice cosas dulces y le susurra: “Hijito, no tengas miedo; mamá está aquí. Todo está bien, no pasa nada, querido”. El niño deja de sollozar. Recupera su confianza y poco después se duerme, tranquilo y reconciliado con la oscuridad.
Esta escena común esconde algo radical que se manifiesta en la pregunta: ¿no está la madre engañando al niño? El mundo no está en orden, no todo está bien. Y sin embargo estamos seguros de que la madre no engaña a su hijo. Sus gestos y sus palabras revelan que, a pesar del desorden imperante, reina un orden profundo y secreto.
Así que creemos que los tiempos de la Covid-19, tan dramáticos, pasarán. Esperamos, y cómo esperamos, que por debajo y dentro de ellos se va fortaleciendo un orden escondido que irrumpirá cuando todo pase. De esta manera, la sociedad y toda la humanidad podrán caminar hacia un sentido mayor, cuyo diseño final se nos escapa. Pero siempre hemos intuido que existe y que será bueno. Él será quien escriba la última página con un final feliz. Como escribió el filósofo del Principio Esperanza, Ernst Bloch, verificaremos que el verdadero génesis no fue al principio de las cosas sino al final. Sólo entonces será verdad: “Dios vio todo lo que había hecho y le pareció muy bueno” (Gen 1:31).