Hubo una vez una Iglesia… (y II)

Por Cristina Inogés

Terminaba el artículo anterior diciendo que tendríamos que aprender a ser Iglesia de otra manera: “Una Iglesia que cambiará de tal manera que no será ya solo la Iglesia de los ordenados, sino la Iglesia de todos los bautizados. ¿Lo conseguiremos? Más vale, porque si no…” 

 
Se acaban de presentar el Documento Preparatorio y el logo del Sínodo 2021-2023 en una rueda de prensa desde la Sala Stampa del Vaticano y transmitida a todo el mundo por facebook. Buenas intervenciones –algún comentario habría que puntualizar– y documentos ya públicos. ¿Qué reacciones han causado en nuestra Iglesia española? Basta darse un paseo por las páginas web de las diócesis y ver las redes sociales. La palabra que define la situación es una: Silencio. 

¿Por qué ese silencio? 

Es verdad que no es en la única Iglesia en la que esto ha pasado, pero, antes que comentar lo que pasa en otras, habrá que averiguar qué pasa en la nuestra. ¿Por qué ese silencio? ¿Por qué todavía hay buena parte del clero que, sorprendido, pregunta que de qué Sínodo estamos hablando? ¿A nadie le preocupan las cifras históricas de no creyentes y de personas para las que la Iglesia es algo totalmente desconocido? ¿Es miedo al cambio? ¿Miedo a una “supuesta” novedad que fue lo normal durante mil años en nuestra Iglesia? ¿Miedo a una forma de ser Iglesia que vieron y vivieron a fondo personas como san Carlos Borromeo? 

¡Vamos a probar a ser positivos! No hay mucho tiempo, pero podemos intentarlo. Tenemos los documentos, un logo colorista, con contenido y que no hace falta explicar mucho. Y hasta el 17 de octubre, fecha en la que se inicia el Sínodo en las diócesis podemos ponernos las pilas, si se me permite la expresión. 

Cada diócesis tiene libertad absoluta para adaptar los documentos del Sínodo a su realidad y circunstancia. Se ha hecho así para que cada equipo diocesano, nombrado por el arzobispo, y a cuyo frente se aconseja que haya dos personas siendo una de ellas un laico/a (para que no haya duda), pueda plantear el plan de trabajo sinodal más adecuado a su situación. Desde la Secretaría del Sínodo se facilitan todas las explicaciones y se resuelven todas las dudas que puedan aparecer. Por esta parte ya no hay excusa. 

La riqueza de la Iglesia 

Lo más importante y lo más complicado por la falta de costumbre, es la fase de la escucha. Aquí sí que sería interesante dejarse aconsejar por profesionales que faciliten esos encuentros y nos enseñen, de verdad, qué es la escucha. También será necesario adentrarse en el discernimiento que, aunque no se aprende de la noche a la mañana, necesita de su rodaje. 

Tenemos todo a favor, ¿por qué no aprovechamos la oportunidad? ¿Somos conscientes de a qué nos enfrentamos si no conseguimos crear, al menos, la curiosidad por aprender a ser Iglesia de otra manera? 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, nuestra riqueza, no está solamente en su patrimonio, en sus archivos y bibliotecas –que son un legado impresionante y a través del cual conocemos nuestra historia– sino que está en las personas porque somos artífices de hacer realidad el reino de Dios en el mundo y en la sociedad en la que nos toca vivir

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en esa capacidad de diálogo con la que nos creó Dios porque, desde el principio, la historia de amor de Dios con el hombre está indisolublemente unida a las palabras que nos decimos cara a cara o, mejor dicho, mirándonos a los ojos. También sabiendo escuchar el lenguaje gestual, corporal, porque uno de los relatos míticos de la creación del hombre nos cuenta que Dios nos hizo acariciando barro y ahí también estaba hablando. Por supuesto las circunstancias que rodean a las personas son fuente inagotable de comunicación. 

La riqueza de la Iglesia, es decir, la nuestra, está algunas veces escondida en situaciones a las que no nos acercamos por mil motivos distintos, y de las que podemos aprender mucho para corregir nuestros errores y meteduras de pata y, así, no causar más dolor. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en que Dios nos hizo a todos iguales –y en la Iglesia se hace realidad por el bautismo– y, por lo tanto, lo que en ella acontece nos interpela y nos interesa a todos, y por todos debe ser decidido. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, de todos, está en mostrar que somos capaces de asumir responsabilidades hasta ahora vetadas a los laicos, como participar en la elección de candidatos al obispado, por ejemplo, y que podrían evitar algunos problemas posteriores y hasta sufrimientos a quienes puedan llegar a ser obispos sin ser ese su mejor destino en la Iglesia. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en sentirnos de verdad comunidad que camina junta, que sabe seguir andando y que, cuando los rezagados se unen al camino, los acoge sin reproches, con caridad y animándolos a sumarse a la construcción de una nueva forma de ser Iglesia. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en saber que no nos enfrentamos con posiciones ideológicas y que el Espíritu nos acompaña, nos aconseja, y nos señala el camino sutilmente porque al Espíritu no le gustan las algarabías ni los triunfalismos. 

Si no conseguimos empezar a cambiar a una nueva forma de ser Iglesia, y este Sínodo es la posibilidad que se nos brinda por primera vez en la historia, dentro de muy poco tiempo ya no quedarán ni rescoldos que reavivar. 

¡Vamos a ser valientes! ¡Vamos a tomarnos en serio nuestra responsabilidad de ser cristianos! ¡Vamos a ser positivos! ¡Vamos a abandonar egos opresivos! Solamente así, dentro de muchos años, cuando alguien decida investigar qué pasó en aquel Sínodo que se convocó entre octubre de 2021 y noviembre de 2022, podrá decir: Hubo una vez una Iglesia… De nosotros depende que añada, para finalizar la frase unos de estos dos adjetivos: cobarde (creyéndose dueña de sus fuerzas) o valiente (confiando plenamente en el Espíritu)

La apertura del Sínodo

Cristina Inogés en la apertura del Sínodo de la sinodalidad: “En muchas ocasiones la fidelidad exige cambiar” 

La teóloga aragonesa invitó en su meditación a “construir esa Iglesia llamada a ser refugio seguro para todos; lugar de encuentro y diálogo intercultural, espacio de creatividad teológica y pastoral con la que afrontar los desafíos a los que nos enfrentamos” 

Una meditación de la teóloga Cristina Inogés Sanz durante la oración del momento de reflexión con el que se ha materializado la apertura del sínodo sobre la sinodalidad ha puesto sobre los presentes en el aula nueva del sínodo un comentario a partir de un texto del Apocalipsis (cf. 1,9-20). “Iniciamos un proceso espiritual, que eso es la sinodalidad, y lo hacemos con esperanza, decisión, y hambre de conversión para aprender a vivir, de verdad y humildemente, que los mejores puestos en la Iglesia no son los exclusivos y los que separan, sino los que, desde el servicio, inducen al perdón, la reconciliación, y el encuentro”, señaló. 

 
“Somos heridos caminantes llenos de esperanza, confianza y amor en el Dios que no nos abandona y ajusta su paso al nuestro al ritmo de la acogida, del perdón, y de la gracia”, destacó Inogés poniendo de manifiesto las heridas causadas por la Iglesia. “Venimos desde hace siglos confiando más en nuestros egos que en tu Palabra. Hace tiempo olvidamos que, cada vez que no te dejamos caminar a nuestro lado, somos incapaces de mantener el rumbo adecuado”, apuntó. 

Por ello, recomendó: “No tenemos que tener miedo a reconocer los errores cometidos”. “Es bueno y saludablecorregir los errores, pedir perdón por los delitos cometidos, y aprender a ser humildes. Seguramente viviremos momentos de dolor, pero el dolor forma parte del amor. Y nos duele la Iglesia porque la amamos”, añadió. 

La Iglesia hogar 

Para Inogés, “en muchas ocasiones la fidelidad exige cambiar. La fidelidad al mandato misionero recibido del mismo Jesús, la fidelidad a nuestra Iglesia, exige que se viva un cambio y, ese cambio, puede suponer una revolución”. “A lo largo de la historia las revoluciones que han resultado más creativas, son las que nacieron de la transformación del corazón”, apuntó citando al teólogo ortodoxo Olivier Clèment. 

Puso de manifiesto que “todo el pueblo de Dios está convocado, por primera vez, a participar en un Sínodo de losobispos. También están invitados a hacernos llegar su voz, su reflexión, sus preocupaciones, y su dolor, todos aquellos a los que un día no supimos escuchar y se fueron y no los echamos de menos. ¡Enseñadnos a ser mejores cristianos! ¡Enseñadnos a recuperar la esencia de la comunidad cristiana que es la comunión, no la exclusión!”, clamó. 

Finalmente, recordó que Jesús “no nos dejó normas ni estructuras sobre cómo ser Iglesia, sí nos dejo una forma de vida con la que construir esa Iglesia llamada a ser refugio seguro para todos; lugar de encuentro y diálogointercultural, espacio de creatividad teológica y pastoral con la que afrontar los desafíos a los que nos enfrentamos. En definitiva ser la Iglesia-Hogar que todos añoramos”. “Servicio y sinodalidad van de la mano. Servir para ser comunión en el ser; sinodalidad para ser comunión en el caminar juntos. Comunión, en definitiva, para obrar todos juntos según lo que nos diga, indique, y sugiera el Espíritu”, concluyó 

El 9-Oct será la apertura del Sínodo en el Vaticano

La española Cristina Inogés ‘abrirá’ el Sínodo sobre la sinodalidad 

Cristina Inogés-Sanz

 La primera fase del Sínodo arranca el 9 de octubre con la asamblea plenaria y los grupos de trabajo, y tendrá continuidad el domingo con la misa de apertura, presidida por el Papa. La fase diocesana arrancará el 17 de octubre 

Hollerich, Grech y representantes de todas las realidades eclesiales en los cinco continentes aportarán sus testimonios en un intento de colocar a la Iglesia universal “en modo sinodal” 

Por Jesús Bastante 

Una española, Cristina Inogés, será la encargada de ‘abrir’ los trabajos del Sínodo sobre la sinodalidad que arrancarán el próximo sábado 9 de octubre en el Vaticano. La teóloga y el jesuita P. Paul Béré, sj, de Burkina Faso, ofrecerán una meditación previa al discurso del Papa Francisco, en el que seguramente abordará la necesidad de poner a la Iglesia católica “en modo sinodal”

Tras el Papa, intervendrá el relator general del Sínodo, el cardenal Hollerich, dando paso a una serie de testimonios de hombres y mujeres, laicos, consagrados, religiosos, hombres y mujeres, de los cinco continentes, y a una intervención del cardenal Grech, secretario general del Sínodo. 

A lo largo del fin de semana, se producirán una serie de trabajos, en sesión plenaria primero, y por grupos lingüísticos posteriormente, en la Sala Nueva del Sínodo. El domingo, Francisco presidirá una Eucaristía inaugural en la basílica de San Pedro, previa a la apertura del proceso en todas las diócesis del mundo, en su primera fase, previsto para el 17 de octubre. 

En la primera sesión del Sínodo estarán presentes representantes del Pueblo de Dios, incluidos los delegados de los Encuentros Internacionales de Conferencias Episcopales y Organismos afines, miembros de la Curia Romana, delegados fraternos, delegados de vida consagrada y movimientos laicos eclesiales, el consejo de jóvenes, etc. El Papa Francisco participará en la primera parte del trabajo

Entrevista a Cristina Inogés

Cristina Inogés: “Llegarán los Sínodos del Pueblo de Dios”

Vida Nueva conversa con la española que forma parte de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo

“La Iglesia todavía está pagando las consecuencias de la clericalización de la Edad Media”, afirma

La teóloga Cristina Inogés formará parte de la Comisión Metodológica de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos con el tema ‘Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión’. Capitaneada por la hermana Nathalie Becquart, subsecretaria del Sínodo desde el 6 de febrero –que se convertirá en la primera mujer en votar en un Sínodo–, y formada por 9 miembros, se encargará de explorar y recopilar buenas prácticas para los procesos sinodales.

Prevista inicialmente para octubre de 2022 y pospuesta a 2023, la Secretaría General ha propuesto una modalidad inédita que se articulará en tres fases, entre octubre de 2021 y octubre de 2023: fase diocesana, fase continental y fase de la Iglesia Universal.  Para echar a andar, el 19 de julio nombraban una Comisión Teológica, una Comisión Metodológica y una Comisión Asesora.

En la Comisión Asesora –5 miembros–, copada por italianos, no hay presencia española. Sin embargo, en la Comisión Teológica –25 miembros– hay otros tres españoles: Eloy Bueno de la Fuente, profesor de la Facultad de Teología del Norte de España; Carmen Peña, profesora de la Universidad Pontificia Comillas; y el jesuita Santiago Madrigal, todos ellos, bajo la coordinación del agustino español Luis Marín de San Martín, subsecretario como Becquart.

PREGUNTA.- La Secretaría del Sínodo de los Obispos la elige como miembro de la Comisión Metodológica de la próxima Asamblea Sinodal. ¿Qué ha hecho para que se fijen en usted?

RESPUESTA.- Conscientemente nada. No sé cómo se han fijado en mí. Es verdad que llevo bastante tiempo reflexionando y publicando artículos sobre la sinodalidad, su importancia, la necesidad de tomarnos en serio un cambio en la Iglesia que nos de la posibilidad de ser Iglesia de otra manera… Lo intento hacer de manera muy divulgativa porque creo que es esencial que los entienda todo el mundo. Si se han fijado en eso ya no lo sé. Pero es lo único que he hecho. Nunca he trabajado proponiéndome una meta y, menos, de este calibre. Soy teóloga por vocación y vivo mi vocación donde toca, como toca, y con quien toca.

P.- Entre las tareas que tendrá por delante está explorar y recopilar buenas prácticas para los procesos sinodales. ¿Ya tiene alguna en mente?

R.- Sí, pero no las tengo yo sola. Las tiene la Comisión, todos los que la formamos. Lo que pasa es que, de este tema, por ahora, no podemos hablar. La discreción es primordial. También es verdad que las propias diócesis nos van a sorprender –estoy segura– con unas prácticas muy acertadas. En todo caso, la Comisión, sus miembros, estamos para ayudar. Al igual que la Secretaría del Sínodo.

“La sinodalidad tiene que ser absolutamente inclusiva”

P.- En las tres nuevas comisiones creadas hay 39 miembros y 10 de ellos son mujeres. Más allá de cuotas, ¿es suficiente para hacer realidad la sinodalidad?

R.- La sinodalidad no es cuestión de que haya más o menos mujeres, aunque reconozco que entre 39 miembros que solo 10 sean mujeres, suena a poco. En el Vaticano lo de las cuotas no se tiene en cuenta, sin embargo, hay que reconocer que poco a poco se va avanzando. No podemos olvidar que Nathalie Becquart va a votar por primera vez en un Sínodo.

Es verdad que la sinodalidad tiene que ser absolutamente inclusiva si queremos que sea sinodalidad y no otra cosa. Así que, además de mujeres, habrá que pensar también en otras personas a las que no se ha tenido muy en cuenta hasta ahora. Iremos viendo cómo interpretan la plena participación del Pueblo de Dios en las diócesis. Vamos a vivir un momento, largo momento porque tenemos por delante dos años, muy, muy interesante. Y, siendo conscientes que en octubre de 2023, cuando termine el Sínodo de los Obispos, la tarea de la sinodalidad no habrá hecho más que empezar. No sé si somos todavía conscientes de la oportunidad que nos brinda el Espíritu…

De una Iglesia de ordenados a una de bautizados

P.- Entre los participantes, solo tres obispos. No faltarán las voces que dirán que se está “laicalizando” una asamblea episcopal… ¿Tenemos respuesta para ellos?

R.- La respuesta la dará la misma sinodalidad. La sinodalidad es, además de caminar juntos, cambiar el acento de la Iglesia, de una Iglesia de los ordenados a una Iglesia de los bautizados. Aunque no será fácil y la sinodalidad llevará tiempo vivirla a fondo, me imagino que llegarán los Sínodos del Pueblo de Dios.

Al principio, cuando la Iglesia daba sus primeros pasos, era totalmente laical. Luego se clericalizó al sacralizar las figuras de los obispos y de los presbíteros, se clericalizó mucho más en la Edad Media y, todavía estamos pagando las consecuencias.

Las voces asustadas por una presencia importante del laicado, pueden estar tranquilas. Los bautizados van a ser el centro. Qué lugar ocupen unos u otros no es tan importante. Los lugares en la Iglesia son pasajeros, los puestos son temporales. Lo único que permanece es el pueblo de Dios.

“No aprovechamos la eclesiología de comunión del Concilio”

P.- ¿La sinodalidad es una moda que acabará con el pontificado de Francisco?

R.- No, no, para nada. Esto debe quedar muy claro. La sinodalidad no es una ocurrencia de Francisco. Lo único que ha hecho y está haciendo Francisco es hacernos ver lo importante. Y la sinodalidad, que es como era la Iglesia en el principio, es algo que nosotros habíamos olvidado porque, cuando tuvimos oportunidad de descubrir la eclesiología de comunión del Vaticano II, no la aprovechamos.

Espero que, cuando Francisco termine su pontificado, todos hayamos crecido lo suficiente en la fe y en la formación teológica a nivel universitario, esto último sobre todo los laicos, para ser capaces de saber por dónde debemos seguir. Por eso es vital la formación de los laicos. Tenemos que tener el suficiente criterio propio como para no estar expuestos a los vaivenes de los pontificados sean del papado o del episcopado. Esto es ser adultos en la fe.

“La periferia te da un campo visual muy limpio”

P.- Su libro ‘No quiero ser sacerdote’ (PPC) lleva un subtítulo no menos sugerente ‘Mujeres al borde de la Iglesia’. De tanto andar en el borde, ¿no tiene miedo de caerse?

R.- Al contrario, da mucha práctica en saber guardar el equilibrio. El borde de la Iglesia, que no deja de ser una forma de periferia, te acaba dando un campo visual muy amplio y limpio. Cuando ciertas situaciones y temporadas, más o menos largas, las vives desde la fe y sabiendo que el Espíritu te sostiene abrazándote con la esperanza, es un tiempo magnífico de oportunidad para madurar como persona, seguir creciendo en la fe, aprender a comprender las periferias ajenas y, saber, que todo tiene un para qué en la vida. En este momento, haber vivido en el borde de la Iglesia y, en cierto sentido seguir viviendo, me ha hecho comprender qué grande es la necesidad de cambiar nuestra forma de ser Iglesia.

Entrevista a Cristina Inogés

Cristina Inogés-Sanz, teóloga laica: “La sinodalidad es un proceso pascual donde tenemos que aprender a morir para resucitar”

Nacida en Zaragoza y “muy ciudadana del mundo”, esta teóloga laica fue nombrada como parte de la Comisión Metodológica del Sínodo de los Obispos el pasado julio

Aceptó por responsabilidad. “Nos estamos jugando realmente el futuro de la Iglesia y su credibilidad a corto plazo. Nuestra responsabilidad está ahí y no podemos ver y cerrar los ojos”

“Aquí, en España, algunas personas decimos que vamos a encontrar muchos palos en la rueda de la bicicleta. En efecto, el camino sinodal no va a ser fácil y rápido. La cuestión es integrar a la mayoría de las personas”

“Ir tensando la cuerda es una cuestión en la que las mujeres tenemos una cierta práctica, sobre todo las teólogas en la Iglesia, porque en principio, o por principio mejor dicho, no somos escuchadas y cuando lo somos, se nos cuestiona”, afirma

“En la Iglesia clerical que heredamos las mujeres, nuestra voz va a ser esencial para acabar con ese clericalismo. Creo que sí podemos tener influencia, pero no va a ser fácil. Aunque es un reto apasionante y nuestra voz se va a escuchar”

“Considero que hay una Iglesia en Europa que pasa inadvertida porque tiene más bajo el perfil mediático pero que es muchísimo más participativa a nivel laical. Es la iglesia de Francia. La iglesia francesa es cien mil veces más sinodal que la alemana y no ha levantado la voz”

“Ahora, los obispos norteamericanos representan un problema mucho más profundo y más serio a nivel teológico que los alemanes. Pero muchísimo más. Una Iglesia que se apoya en ideologías y lobbys económicos e ideológicos es una Iglesia que ha perdido el rumbo absolutamente”

“La última revisión del CDC data de 1983. Si las normas no se cambian a la vez, el camino sinodal no habrá servido de nada, será un ejercicio de buenas palabras, de buenos deseos, de lo que quieras, pero acabaremos en un buenismo que de nada servirá”

“O nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras de no haber sido capaces de ayudar a la Iglesia a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra. Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo”

Por Aníbal Pastor N.

(Kairós News).- Una de las nueve personas nombradas en julio último como integrantes de la Comisión Metodológica para el Sínodo de los Obispos de 2023, es la laica católica, teóloga y española, María Cristina Inogés-Sanz.

Nació en Zaragoza, tiene ancestros árabes aunque ella proviene ─directamente─ de Aragón y de Navarra. Por eso “me siento muy ciudadana del mundo”, declara.

Estudió en la Facultad de Teología Protestante de Madrid, SEUT, y en su generación era la única católica “pero nunca me sentí marginada, había luteranos, calvinistas, evangélicos, anglicanos… Eso me sirvió porque aprendí a estudiar teología de otra manera y a vivir en minoría. Saberme minoría, no te puedes imaginar lo enriquecedora que fue para mí esa experiencia. Fue algo maravilloso”.

Cuenta que “era tratada como cualquier otra alumna, pero yo sabía que era minoría y aprendes, aprendes mucho. Y añade que por haber estudiado en dicha facultad “jamás he tenido problema y jamás he sentido marginación de mis colegas teólogos; sí he sentido más cuestionamiento y rechazos por el hecho de ser mujer, tanto por parte del clero como de algunos laicos clericalizados que también los hay. Eso sí”.

Cristina Inogés-Sanz, teóloga laica: “La sinodalidad es un proceso pascual, donde tenemos que aprender a morir para resucitar” via @kairosnewschilehttps://t.co/Ak5E2HHeYF

Por el bautismo

Por lo mismo, asegura que podemos aprender mucho de las de las iglesias protestantes, y de las iglesias orientales, sobre todo respecto a cómo ser sinodales.

El bautismo nos entronca en Cristo, y a partir de ahí, vamos a aprender también que a lo mejor es que no todas las iglesias tienen que ser exactamente iguales”, explica.

“Muchas veces hacemos hincapié en una unidad que creemos que, necesariamente, tiene que llevar a ser una misma Iglesia. En el Nuevo Testamento hay mucha diversidad, de fondo y forma, en las primeras comunidades en el inicio de la Iglesia”.

Hablando con pasión, se interroga: “¿Y si aprendiéramos a ser una Iglesia de iglesias?”. Piensa, y se responde: “Con el tiempo tal vez aprendamos a serlo y demos otro sentido al Consejo Mundial de Iglesias, y la Iglesia católica se decida a dejar de ser observadora en ese Consejo y participe plenamente. Como otra Iglesia”.

Cristina es una gran escritora. Tiene artículos y columnas que publica en medios de distintos países y muchos libros que avalan su aporte teológico.

Lee mucho y le apasiona la literatura. “Uno de mis grandes descubrimientos ─cuenta─ cuando tenía 15 años, fue un libro de cuentos egipcios, de distintas dinastías faraónicas. Quedé impresionada de lo bonitos que eran”. Tan flechada quedó, que pensó en estudiar egiptología. Pero la teología pudo más.

¡Llegó un email!

“Tuve que leer el correo como 4 ó 5 veces, porque no me lo acababa de creer”, dice cuando fue informada de que era nombrada para la Comisión Metodológica del Sínodo de Obispos. Incluso ”tuve que imprimirlo, como si el hecho de tenerlo impreso me diera más seguridad. Primero tuve una sensación de no tener suelo bajo los pies. Luego experimenté varios sentimientos contrapuestos; me pregunté cómo y quién había pensado en mí para esto. Y tuve claro que esto no es un honor sino un servicio más a la Iglesia”.

Finalmente aceptó ser parte de esa comisión vaticana “por el sentido de responsabilidad”, dice, y “sobre el que tantas veces he reflexionado en artículos o incluso en algún libro. Es esa responsabilidad y corresponsabilidad, a la que me llama mi bautismo”, precisa.

Cristina reflexiona y afirma que “estamos en un momento histórico fuerte porque nos estamos jugando realmente el futuro de la Iglesia y su credibilidad a corto plazo. Nuestra responsabilidad está ahí y no podemos ver y cerrar los ojos, ni pasar de largo sino ser responsables ante el momento que estamos viviendo. La iglesia tiene necesidad de cambiar, de reformarse, de transformarse y eso es vital ahora para salir del pozo en el que nos ha metido el clericalismo y el abuso de poder en todas sus formas. Solo nos queda convertirnos realmente, todos y todas, para aprender a ser Iglesia de otra manera”.─ El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la Liberación, siempre señalaba en sus cursos que la teología es el acto segundo. ¿Cuál es su acto primero?

Creo que mi acto primero es sentirme necesitada de gracia, que me parece que es fundamental. Porque si no nos sentimos necesitados de gracia, es que nos sentimos satisfechos de todo y llegar a eso es lo más pobre que puedes llegar a hacer y sentir, porque te cierra absolutamente toda opción. Y te llegas a creer con una seguridad, un dominio, un poder que no tienes realmente, pero actúas como si lo tuvieras. Para mí el primer acto es sentirme necesitaba de gracia todos los días porque es la única manera de reconstruirme y de situarme con la humildad que se necesita para caminar por la vida.

─ En América Latina hemos sido convocados por el papa Francisco a celebrar la primera Asamblea Eclesial y pidió expresamente que esta no sea de la élite sino del pueblo de Dios. ¿Has tenido posibilidad de conocer algo de esta convocatoria y de esta situación?

Sí, siempre he seguido mucho la teología de Hispanoamérica en general. También cuando fui invitada a impartir parte del curso de sinodalidad de la Escuela de Teología y Ministerio del Boston College, me involucré más. Los encuentros on line me dieron la posibilidad de hablar con la gente que participaba y me brindó una visión que no te dan los libros.

“Allí tuve la oportunidad de conocer a personas como Mauricio López, por ejemplo, y conocí el proceso que se está viviendo con la Asamblea Eclesial. En Europa tenemos que acostumbrarnos a mirar y aprender del proceso de América Latina, entre otras muchas posibilidades. Así reconoceríamos que Europa, afortunadamente, ya no es la locomotora de la Iglesia. Y es importante también que en este continente empecemos a verlo de esa manera”.

Escucha activa

─ Esta Asamblea que se realizará en noviembre próximo en América Latina, va precedida de un Proceso de Escucha. Desde su visión ¿cómo definiría esta escucha? ¿Qué partes la conforman?

Lo importante en el proceso de la escucha, aunque parezca una tontería, es aprender a escuchar. En la Iglesia no nos hemos escuchado nunca. Sobre todo, la gran base del pueblo de Dios no ha hablado, se ha limitado a obedecer.

“Esta escucha tiene que ser activa, es decir, debe integrar poco a poco lo que diga el otro o la otra, sobre todo aquello en lo que no tenemos coincidencia, como es natural. Porque será la única manera que tengamos de saber qué queremos, qué pensamos, qué nos afecta, qué esperanzas tenemos, qué miedos nos paralizan… Y, sobre todo, aprender que lo que a todos nos afecta, por todos y todas debe ser hablado, discernido y aprobado.

“También debemos escuchar con absoluta y total humildad, y al mismo tiempo, tenemos que hablar con absoluta y total libertad y valentía. Porque de no hacerlo así, no conseguiremos mucho. Y por eso es un proceso que tenemos que aprender porque, realmente, nos enfrentamos a algo que no hemos hecho nunca. Ser conscientes de que tenemos que aprender, facilitará el discernimiento comunitario que tampoco hemos vivido mayoritariamente, pues no olvidemos que la sinodalidad es un proceso espiritual. Es el Espíritu el que va a estar ahí. ¡Está ahí! Y él guiará el proceso si nos disponemos a escucharlo”.

Hablar con valentía

─ En este proceso ¿quién hace el mayor esfuerzo? ¿Quién escucha y que nunca ha escuchado o quien habla y nunca ha hablado?

¡Todos! Por eso decía que en la misma proporción que escuchamos con humildad, debemos saber hablar con valentía.

─ ¿Qué implica exactamente esa “valentía”?

En la Iglesia hemos pasado por experiencias en que había gente que la atacaba porque su experiencia les llevaba a expresarse de esa manera, y quizás, con ello, ya se creía que había hecho mucho. De eso hemos pasado a ser una Iglesia absolutamente irrelevante, que ni siquiera somos objeto de un ataque sistemático como tal. Puede haber ataques momentáneos, oportunos, puntuales o concretos, pero ya no somos el centro de la sociedad y más bien somos muy irrelevantes, no tenemos influencia directa. Por lo tanto, ya no se nos ataca y directamente se nos ignora. Y no olvidemos que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

“En este contexto, hay muchas personas que para hablar van a necesitar la valentía de saber expresarse, porque tampoco va a ser fácil saber decir aquello que realmente el Espíritu está suscitando. Sea algo que puede gustar o no.“Para hablar con valentía, hace falta tener capacidad de argumentación, porque no basta con decir esto es porque sí o porque no; sino que hay que argumentar cuando se dice sí y cuando se dice no. En todo caso, lo que ya no van a valer, van a ser esas respuestas que dicen algo así como, nos gustaría una Iglesia más abierta, o nos gustaría una Iglesia más acogedora. Eso no nos lleva a parte alguna y no hay forma de evaluar esa respuesta.

¿Una Iglesia más acogedora? Sí, pero hace falta saber responder a cuestiones como ¿por qué, cuándo, cómo, con quienes…? Hay personas que se han alejado de la Iglesia por muy diversos motivos y con las que sencillamente, cuando hablamos del pueblo de Dios, de forma inconsciente no contamos con ellas. Tanto es así, que ni siquiera las echamos de menos. A esas personas las vamos a tener que ponerlas en situación de VIP, invitadas especiales, porque somos una Iglesia de puertas abiertas. Y hay que actuar en consecuencia”.

─ Muy de puertas abiertas no hemos sido…

Claro, a esas personas muchas veces no las hemos tratado con la ternura, el cariño y el respeto debidos. Por lo tanto, por mucho que abramos la puerta, como no hagamos una invitación muy concreta, muy directa, casi personal, esas personas no van a venir. No nos van a contar aquello que, además, nosotros necesitamos como el aire que respiramos si queremos reestructurar la Iglesia y aprender a ser Iglesia de otra manera.“Muchas veces, esto no lo digo como disculpa ni mucho menos, necesitamos que alguien nos diga qué es lo que hemos hecho mal. Esa valentía para decir qué es lo que hemos hecho mal, o qué me hace a mí sentirme mal en la Iglesia, o qué hace que yo no me sienta querida o querido, que no esté a gusto, que no me sienta parte de la comunidad. Todo eso, hay que decirlo con valentía, y hay que saber decirlo. Esta va a ser la parte más complicada. Siendo la escucha complicada, creo que el hablar va a ser lo mismo de complicado”.

Escuchar con humildad

─ En el procesos sinodal, si quienes hablen deberán hacerlo con valentía ¿qué atributo o actitud especial deberán tener quienes escuchen? ¿Deberán tener valentía también para escuchar?

Ante todo, escuchar con humildad porque, probablemente, vamos a escuchar cosas que no nos gustarán.

“Luego, deberemos evitar prejuzgar. No podemos decir: bueno, sí, que vengan, que hablen. Y yo decirme: ya tengo mi idea, ellos han cubierto el expediente, yo también, y ahí estamos. ¡No! eso nada habrá valido. Tiene que ser una actitud de acogida, de acogida activa, es decir, que el otro u otra se sienta escuchado o escuchada. Y eso significa que tampoco podemos estar interrumpiendo a la persona cada rato para manifestar lo mal que lo hemos hecho. ¡No! La escucha activa no necesita una respuesta inmediata que, incluso, puede ser contraproducente. Necesita que nuestra actitud cambie hacia esas personas porque lo que cuenta no es lo que decimos sino lo que hacemos. El cambio que demostramos.“Un gesto vale más que cien mil explicaciones u horas de conversación. Escuchar con humildad, no prejuzgar y no precipitar una respuesta, porque al final nos puede salir una respuesta muy prefabricada. La humildad es lo importante y nos costará, porque no estamos acostumbrados a vivirla a ese nivel. Que nadie piense que cuando termine el Sínodo de los Obispos, en octubre de 2023, la Iglesia va a ser sinodal, que nadie piense eso porque eso no va a ser así. Es un proceso largo. Como mucho… veremos algún gesto, algún signo sinodal, pero nada más por el momento. Es un proceso que, una vez iniciado, hay que hacerlo realidad día a día”.

Palos en la rueda

─ Además, creo va a ser largo porque la estructura eclesial es uno de los grandes problemas que impiden el cambio. Y sin perder el espacio de diálogo ¿cómo tirar la cuerda un poco más para avanzar un poquito más?

Aquí, en España, algunas personas decimos que vamos a encontrar muchos palos en la rueda de la bicicleta. En efecto, el camino sinodal no va a ser fácil y rápido. La cuestión es integrar a la mayoría de las personas, porque la sinodalidad es cuestión de todos y todas, y de todas las tendencias.

“Ahora, ir tensando la cuerda es una cuestión en la que las mujeres tenemos una cierta práctica, sobre todo las teólogas en la Iglesia, porque en principio, o por principio mejor dicho, no somos escuchadas y cuando lo somos, se nos cuestiona. Sigue siendo como una especie de anécdota dentro de la Iglesia que las mujeres hagamos teología, que seamos teólogas como tal.“Las mujeres hemos aprendido a argumentar, como enfatizaba antes, porque es la única manera que tenemos de sostener lo que decimos frente a quienes nos cuestionan. Entonces, cuando tensamos la cuerda un poquito más, lo hacemos con muchísimo cuidado para que la cuerda no se rompa. Romper la cuerda en ese diálogo, supone correr el riesgo de romper la comunión, y después de eso, no hay más que hacer.

“Tampoco es cuestión de renunciar o callarse, sino de buscar cómo hablar, cómo dialogar, cómo estar siempre dispuestas al diálogo. Y emplear mucha, mucha, mucha paciencia… Incluso caridad con algunos.

“En este caso hablo desde mi experiencia de mujer y de mujer teóloga. Debemos estar siempre dispuestas al diálogo. Cuando escribo, a veces me dan ganas de ser visceral, directa, pero eso de nada sirve, porque solo provoca rechazo. Sobre todo en una buena parte de la jerarquía.

“Por lo tanto, es una tensión muy fuerte pero que hay que saber mantenerse. Como decimos aquí, en España, es un poco mano de hierro en guante de seda. O sea, saber mantener las convicciones y saber cómo decir las cosas de una manera que no provoquen rechazo, que inviten al diálogo, y en el peor de los casos, si no se dialoga, al menos que no provoquen un ataque frontal, porque entonces ahí entraríamos en una dinámica que sería muy difícil de mantener sin provocar algún tipo de ruptura. Además, la mayoría del laicado todavía no está lo suficientemente formado como para ver algunas controversias como posibilidad de encuentro y crecimiento de la comunidad. Se vería como enfrentamiento puro y duro.─ El miedo a no tensionar la cuerda también es complejo.

Así es. Es muy complejo. La única manera que tenemos de salir de la situación a la que ha llegado la Iglesia es, primero, pedir perdón y reconocer el mal causado. El reconocimiento de la culpa es fundamental para la sanación de las víctimas, de todas, no solo de las víctimas de abusos sexuales.

“Luego, invitar a todos y todas a hablar con normalidad y valentía, cuidando no crispar más el ambiente ni provocando más tensión de la que ya hay. Eso las mujeres lo sabemos por el mero hecho de ser mujeres, porque hemos sido rechazadas muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, y sin embargo, nos sabemos Iglesia.

“Esto no quita que sigamos siendo parte de esa periferia a la que tanta referencia hace Francisco. Él está haciendo muchos gestos a nuestro favor, pero la cuestión es ¿siguen ese ejemplo otros? En la Iglesia clerical que heredamos las mujeres, nuestra voz va a ser esencial para acabar con ese clericalismo. Creo que sí podemos tener influencia, pero no va a ser fácil. Aunque es un reto apasionante y nuestra voz se va a escuchar”.

Alemania – EEUU

─ Hay dos episcopados, a nivel mundial, que tensan la cuerda para sus respectivos lados. Por una parte están los obispos de Estados Unidos, que hace poco quisieron hacer un jaque al rey, al Presidente Joe Biden; por otra, están los obispos alemanes que llevan adelante un sínodo con sus laicos y laicas. ¿Cómo ve usted esta tensión?

Curiosamente, escribí un artículo sobre este tema porque me pareció que había mucha preocupación por lo que pasa en Alemania, como si fuera la única iglesia que trabajan en profundidad la sinodalidad, que no tienen problemas al plantear determinadas cuestiones, y que lo hacen sin miedo. Eso, hay que agradecérselo porque es cierto. Pero no significa que hagan grandes avances. Considero que hay una Iglesia en Europa que pasa inadvertida porque tiene más bajo el perfil mediático pero que es muchísimo más participativa a nivel laical. Es la iglesia de Francia. La iglesia francesa es cien mil veces más sinodal que la alemana y no ha levantado la voz.

“Un buen ejemplo de esto es Nathalie Becquart, la actual subsecretaria de la Secretaría del Sínodo de los Obispos, quien pertenecía al Consejo Episcopal de su diócesis y no hacía ruido. Como ella hay otros muchos laicos y laicas en otras muchas diócesis. La Iglesia francesa tampoco tiene miedo de decir y actuar sinodalmente, pero es más de trabajar de modo discreto. “Ahora, los obispos norteamericanos representan un problema mucho más profundo y más serio a nivel teológico que los alemanes. Pero muchísimo más. Una Iglesia que se apoya en ideologías y lobbys económicos e ideológicos, sea los que sea para ser más fuerte y manifestar una forma de poder perverso, es una Iglesia que ha perdido el rumbo absolutamente. Es mucho más peligrosa la situación de algunos obispos de Estados Unidos, por mucho que ahora intenten ir hacia atrás. Han hecho un uso perverso de una pretendida reflexión sobre la eucaristía para apoyar sus convicciones, más ideológicas que otra cosa, y atacar políticamente a muchas personas a través de la figura de su Presidente. Han dividido la Iglesia, la sociedad y se han convertido en protagonistas de uno de los momentos más tristes de la historia de la Iglesia católica de los Estados Unidos.

“Eso me parece mucho más peligroso que lo que hace la Iglesia de Alemania. Esta tendrá sus tensiones pero las muestra y pone encima de la mesa e intenta hablar y dialogar sin miedo”.

“Son dos visiones muy distintas. En todo caso me quedo con la Iglesia francesa para aprender más del camino sinodal”.

Mujeres ordenadas

─ Siendo el camino sinodal un proceso largo ¿alcanzaremos a ver mujeres ordenas presbíteras o diaconisas?

Desde el momento que existe el diaconado permanente masculino, es decir, el diaconado que no está encaminado al sacerdocio, no entiendo por qué no hay mujeres que puedan acceder a ese mismo diaconado. No cabe en la cabeza de nadie –en la de alguno sí, evidentemente– sobre todo cuando hay muchas mujeres que ya ejercen funciones de diaconado plenísimamente.

“Respecto al sacerdocio, siempre defenderé que las mujeres pueden ser sacerdotes, por un hecho que –creo– es incuestionable: si el Espíritu suscita los dones, suscita las vocaciones, los carismas y los ministerios ¿quién es aquí el guapo que dice que el Espíritu le dice a una mujer que debe pasar de largo, que no puede ser cura, y que vamos a esperar a que venga un hombre y que a ese hombre le voy a dar la vocación de sacerdote? Esto, me parece que es ¡irrisorio completamente! y más cuando desde la teología no hay razones para negar el sacerdocio a las mujeres.

“Ahora bien, en un libro que escribí donde explico porqué no tengo vocación y que en consecuencia no quiero ser sacerdote, señalo que en la actual estructura de Iglesia clerical y rígida que tenemos, que las mujeres accedieran al sacerdocio sería muy contraproducente, pero no tanto porque las mujeres se pudieran clericalizar, que se clericalizarían por el clericalismo que está ahí y que sería atroz, sino porque de esa manera ayudaríamos a mantener una estructura que tiene que transformarse.“Pienso que si hubiera sacerdotes mujeres que cubrieran la falta de sacerdotes varones, que evidentemente es uno de los graves problemas actuales de la Iglesia, lo único que haríamos sería alargar la agonía de una Iglesia que necesita la sinodalidad, pero la sinodalidad como un proceso pascual, donde tenemos que morir para resucitar. Por lo tanto, si las mujeres en este momento accedieran al sacerdocio, lo único que harían sería cubrir los huecos, y en consecuencia alargar la agonía de esta forma de Iglesia que tiene que morir para poder resucitar.

“Defiendo que las mujeres puedan ser sacerdotes, porque creo que es una vocación que una mujer puede tener perfectamente. A lo largo de la historia ha habido grandísimas mujeres que nos han dejado plasmado en sus textos sus vocaciones sacerdotales. En eso no hay ningún problema. Pero otra cosa que hay que pensar es si es este el momento más adecuado para vivir ese paso. Además, pensar cómo enfrentar el peligro de clericalización que tendríamos las mujeres en una Iglesia tan clerical. Ambas situaciones deberíamos pensarlo muy bien; y sobre esto, podríamos aprender mucho de las primeras pastoras luteranas”.

¿Vaticano tercero?

─ ¿Cree usted que para institucionalizar todos los cambios que hay que hacer en la Iglesia, va a ser necesario realizar una especie de Concilio Vaticano III?

Lo de institucionalizar, viendo dónde nos ha llevado tanta institucionalización, da un poco de miedo. En cierto modo, diríamos que según cómo se vaya desarrollando el camino sinodal, no solo de aquí a 2023 sino al… año 2040, a lo mejor habría que plantearse algo. Porque el camino sinodal no se debe plantear ni a 5 ni a 10 años plazo. Va ser un proceso bastante más largo porque hay muchas generaciones involucradas que, incluso, algunas acaban de nacer y todavía van a ser influenciadas por nuestras formas de pensar. Limpiar todo eso, va a costar mucho tiempo.

“No olvidemos que la Iglesia está acostumbrada a pensar en siglos, no en años, con lo cual los procesos serán lentos”.

“Quizá, cuando el camino sinodal lleve un cierto rodaje, unos 30 años o algo así, será el momento de empezar a plantear un Vaticano III que afrontara esta reforma real a la que apunta la sinodalidad. También, la reforma del Código de Derecho Canónico (CDC) –que tiene que empezar ya- porque si este no se reforma a la vez que se inicia el camino sinodal, no podremos avanzar”.

“La última revisión del CDC data de 1983. Si las normas no se cambian a la vez, el camino sinodal no habrá servido de nada, será un ejercicio de buenas palabras, de buenos deseos, de lo que quieras, pero acabaremos en un buenismo que de nada servirá. Por lo tanto, de aquí a unos años, según la evolución del proceso sinodal, sí que sería cuestión de empezarse a plantear un Concilio Vaticano III. Y esperemos que ya con plena participación laical, mujeres incluidas”.─ ¿Y cómo debemos vivir este tiempo?

Este es un proceso que tenemos que vivir con esperanza y con absoluta generosidad por nuestra parte. Tenemos que saber que nos embarcamos en un trasatlántico, que nos vamos a ir a mar abierto, que no vamos a ver más que agua alrededor, que sabemos que hay un puerto al que nosotros no vamos a llegar. Saber que nuestra obligación en este momento, nuestra corresponsabilidad en la Iglesia, nos llama a hacer uso de una generosidad absoluta para iniciar un camino que otras generaciones seguirán y que llegarán a puerto, aunque la sinodalidad no significa llegar a un sitio y pararte, porque es un proceso constante, es un proceso de camino permanente. Pero verán una Iglesia más sinodal y la irán perfeccionando dentro de lo que la parte humana de la Iglesia puede ir perfeccionándose. Hasta cierto punto irán perfeccionando eso a base de contratiempos, de caídas, de ganas de levantarse y seguir el camino, de seguir escuchándose y hablando sin miedo, pero seguirá avanzando en ese sentido.

“Nosotros, como generación, no lo vamos a ver. Y lo que no podemos hacer es engañar a las personas, ni convertirnos en profetas de calamidades, porque tampoco es eso”.

“Sí, debemos reconocer que la situación que se ha vivido en la Iglesia ha desembocado en una crisis absoluta y que es necesario ser Iglesia de otra manera. Eso sí. Pero no hay que convertirse ni en profetas de calamidades ni en vendedores de humo y de sueños que no se puedan cumplir”.

“Tenemos que ser realistas, sinceros, y sobre todo, invitarnos unos a otros, sobre todo los laicos y laicas que tenemos que llevar la voz cantante en este proceso, aunque a algunos no les haga gracia, en nombre de esa corresponsabilidad a la que nos llama nuestro bautismo, a ser absoluta y totalmente generosos. Porque, o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra. Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo”.

El Sínodo de los Obispos de 2023

El Sínodo de los Obispos es una instancia permanente de la iglesia que nació después del Concilio Vaticano II. Sus asambleas “se han revelado como un instrumento válido de conocimiento recíproco entre los Obispos, oración común, debate leal, profundización de la doctrina cristiana, reforma de las estructuras eclesiásticas, promoción de la actividad pastoral en todo el mundo”, dice la Constitución Apostólica sobre la Comunión Episcopal.

La XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos se realizará en octubre de 2023 con el tema “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”.

Según la Secretaría General del Sínodo esta vez el encuentro tendrá una modalidad inédita que se articulará en tres fases, entre octubre de 2021 y octubre de 2023: fase diocesana, fase continental y fase de la Iglesia Universal.

Para echar a andar este proceso, han nombrado una Comisión Teológica, una Comisión Metodológica y una Comisión Asesora.

La Comisión Metodológica tiene nueve miembros y se encargará de explorar y recopilar buenas prácticas para los procesos sinodales a todos los niveles. También, proponer las metodologías para el proceso sinodal en todas sus fases (Vademécum, reuniones presinodales, recogida y análisis de síntesis, “Instrumentum laboris”, documento final, etc.), desarrollar un folleto/sitio web de buenas prácticas con herramientas fáciles de usar, identificar facilitadores o redes de facilitadores para ayudar y acompañar el proceso sinodal y trabajar en la metodología/proceso para la celebración de la Asamblea.

Dos mujeres españolas en el Sínodo Eclesial

Carmen Peña y Cristina Inogés serán las dos mujeres españolas presentes en el Sínodo

Cristina Inogés

La profesora de Derecho Canónico de Comillas, Carmen Peña García, formará parte de la Comisión Teológica, que estará coordinada por el agustino Luis Marín de San Martín, y en la que en representación de nuestro país estarán Eloy Bueno de la Fuente y Santiago Madrigal
Cristina Inogés Sanz, por su parte, formará parte de la Comisión Metodológica, coordinada por Nathalie Becquart
19.07.2021 Jesús Bastante
Que las cosas están cambiando en la Iglesia da buena muestra el hecho de que las mujeres, poco a poco, dejan de ser ‘extrañas’ en una institución tradicionalmente copada por hombres (obispos, por más señas). El Francisco ha querido acabar con eso y, de hecho, son dos las españolas que formarán parte de las comisiones que preparan el Sínodo que arrancará en octubre de este año en Roma, en presencia del Papa.
¿Quiénes son? Cristina Inogés y Carmen Peña. La profesora de Derecho Canónico de Comillas, Carmen Peña García, formará parte de la Comisión Teológica, que estará coordinada por el agustino Luis Marín de San Martín, y en la que en representación de nuestro país estarán Eloy Bueno de la Fuente y Santiago Madrigal. Cristina Inogés Sanz, por su parte, formará parte de la Comisión Metodológica, coordinada por Nathalie Becquart.


Carmen Peña García
Breves biografías
Cristina Inogés, laica católica, teóloga por la Facultad de Teología Protestante de Madrid SEUT. Durante diez años (2004-2014), colaboró con la Facultad de Teología de Gotinga (Alemania), participando en las publicaciones ‘online’. Actualmente colabora en ‘Lecturas diarias’, de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata (Argentina), según la biografía de PPC. Ella se define como “teóloga de espíritu beguino y ecuménico” en sus redes sociales.
Carmen Peña García, por su parte, es Doctora en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia Comillas, en cuya Facultad estudió también la Licenciatura en Derecho Canónico, licenciándose en 1995. Es también Licenciada y Doctora en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, Licenciada en Estudios Eclesiásticos por la Universidad Pontificia de Salamanca, y en Teología Dogmática y Fundamental por la Universidad P. Comillas. En 2014 participó, en calidad de Experta, en la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Familia, celebrada en el Vaticano, y en octubre de 2018 fue nombrada Consultora del Dicasterio de Laicos, Familia y Vida del Vaticano, explica la web de Comillas.

El Sínodo de la sinodalidad echa a andar…

El Sínodo de la Sinodalidad echa a andar con tres comisiones en las que participan cuatro españoles
Cristina Inogés será parte de la Comisión Metodológica junto a cinco laicos, una religiosa y dos religiosos
Carmen Peña, Eloy Bueno y Santiago Madrigal se suman a la Comisión Teológica, formada por 25 personas
La Comisión Asesora está copada por cuatro italianos a los que acompaña una laica alemana

El Sínodo de los Obispos comienza a armar su XVI Asamblea General Ordinaria con el tema ‘Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión’. Prevista inicialmente para octubre de 2022 y pospuesta a 2023, la Secretaría General ha propuesto una modalidad inédita que se articulará en tres fases, entre octubre de 2021 y octubre de 2023: fase diocesana, fase continental y fase de la Iglesia Universal. Para echar a andar, han nombrado una Comisión Teológica, una Comisión Metodológica y una Comisión Asesora. Sigue leyendo

Sinodalidad (IV) : el ecumenismo forma parte de ella

La sinodalidad nos plantea el reto de mirar muy bien hacia el interior de la Iglesia, hacia su estructura y formas actuales, porque es lo que hay que cambiar para hacerla mucho más “Iglesia de Evangelio”. Con nuestros medios digitales podemos afirmar que el mundo, hoy, no tiene distancias y de ahí que podamos tener nuestras reuniones estando en países y hasta en continentes diferentes. Nuestros jóvenes contactan con otros de culturas y países diferentes a través de las redes sociales creando auténticas comunidades internacionales.
Quien crea que al camino sinodal no le afecta el ecumenismo está equivocado. No podemos variar nuestras estructuras internas y pretender que las externas sigan siendo de “visita de cortesía”. La globalización de nuestro mundo -para lo bueno y para lo malo- también afecta a nuestras relaciones eclesiales con otras confesiones. Además, está la realidad de países donde el ecumenismo es una vivencia diaria con miembros de una misma familia pertenecientes a distintas confesiones.
Fractura confesional
Esta realidad de la pertenencia a diferentes confesiones planteaba, desde hace muchos años, en los matrimonios el problema de no poder participar plenamente en la Eucaristía o en la Santa Cena, según fuera el caso. He sido testigo, para mi sonrojo, que cuando se planteaba el tema, además de no dar una respuesta porque en ese momento no se podía, se intentaba argumentar con el hecho de presentar a ese matrimonio como la evidencia de lo que la “fractura confesional” conllevaba y, por si fuera poco, que era algo que tenían que haber pensado antes de casarse.
Quiero creer que quién replicaba -porque eso no es argumentar- desde esa idea no era consciente del daño que provocaba porque, primero, cada una de las partes de ese matrimonio no había elegido pertenecer a una u otra confesión, sino que la fe les había llegado precisamente por estar bautizados y ser miembros de una Iglesia -tengo la costumbre de escribir esa palabra con mayúscula independientemente de la confesión a la que represente- que les había transmitido la fe y, segundo, porque ellos no buscaban ser la evidencia de nada, y semejante argumentario los victimizaba como si esa realidad fuera culpa de ellos.
Tiempo de interpretaciones
El Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos ha publicado recientemente el documento “El obispo y la unidad de los cristianos”, en el que parece abrir la puerta a la petición que los obispos alemanes han hecho respecto a poder participar plenamente de la eucaristía a miembros de otras confesiones. Habrá que ver en qué queda todo esto porque ahora llega el tiempo de las interpretaciones que, normalmente, suponen más complicaciones que el asunto en sí mismo. Sin embargo, quedémonos con lo bueno y veamos que, al menos, ya no se rechaza plantear esa posibilidad.
El ecumenismo también forma parte del camino sinodal. Quien me lea habitualmente sabe que, en la Iglesia, no tengo ningún optimismo; tengo esperanza y, desde esa esperanza, no puedo decir que la unidad esté rota, sino más bien que tiene fisuras y siempre las buscamos en las cuestiones dogmáticas, como asumiendo que eso son palabras mayores y poco avance puede haber por ahí. Sin embargo, además de cuestionarnos nuestras diferencias en la fe, ¿nos cuestionamos las diferencias en las estructuras eclesiales? ¿Por qué siempre pedimos al Espíritu que sople “vientos de unidad” en lugar de reconocer que el Espíritu es fuente de rica diversidad? Hemos de aprender a diferenciar entre aquello que nos distingue de lo que nos separa -que es lo que necesita “reformarse”- porque no son lo mismo.
Camino vital
En este momento nos enfrentamos todos a los mismos problemas, retos, penurias, amenazas y, por no quedarnos en lo negativo, también a las mismas oportunidades, posibilidades, y esperanzas. Caminamos todos por el mismo camino vital, guste o no guste a algunos. Como seres humanos necesitamos hacer frente común para recuperar la esencia de nuestra humanidad que, en algún momento, debimos perder a tenor de los despropósitos que vemos en nuestro entorno.
Como cristianos estamos llamados a confesar que Jesús es el Señor -de palabra y por las obras- y lo hacemos con diferentes acentos que, lejos de enfrentarnos, nos deberían enseñar a vivir al estilo de ese Jesús que confesamos. Contrariamente a lo que pensamos, o a lo que muchas veces nos han hecho creer, Jesús no nació aprendido por ser Dios. Si algo deja claro el evangelio es la capacidad de escucha y lo que esa escucha supone para él de aprendizaje.
Articular un argumento
Las necesidades de quienes se le acercaban fueron su escuela práctica y actuaba en consecuencia; nunca perdió el tiempo en intentar convencer a nadie; lo que tenía que decir lo decía, pero nadie puede leer en el evangelio que empleara una palabra de más en articular un argumento; su forma de vida, su coherencia entre lo que decía y hacía era suficiente.
Se suele decir que cuando Jesús vuelva con toda seguridad nos encontrará reunidos, pero no unidos. Puede que así sea y hasta que estemos tratando de cómo solucionar el problema que supone creer en él desde confesiones diferentes. Somos peces acostumbrados a nadar en peceras seguras que confundimos con peceras protegidas. ¿Protegidas de qué, o de quienes? Salimos por un ratito, pero regresamos cuanto antes a nuestra pecera, la de toda la vida, la de las costumbres que se convierten en formas de vida rutinarias con frecuencia.
La vivencia del ecumenismo no es que agrande la pecera, es que invita a nadar en mar abierto y sí, puede haber problemas y hasta peligros, pero hay horizonte de encuentro y aprendizaje. Seguramente habrá que quien crea que todo avance en el ecumenismo depende de que regresen “los que se fueron”, sin embargo, ¿qué hicimos, qué hacemos los que “nos quedamos”?
Renovar la vida
Afortunadamente ni unos ni otros hemos podido aprehender como propio al Señor de todos que se sigue manifestando libremente, y nos sigue brindando la oportunidad de renovar nuestras formas de vida, nuestras estructuras que muchas veces son muro que separa en lugar de camino que une y propicia el encuentro. Antes de que el cristianismo recibiera este nombre, a Jesús y a sus seguidores se les conocía como “los del camino”. ¿No nos da una pista esto?
Tal vez estemos llamados a reencontrarnos o, tal mejor, a desbrozar ese camino por que el transitaba Jesús con los suyos -que somos todos los que lo confesamos Señor- y a hacerlo, como católicos, desde el camino sinodal que nunca debió abandonar la Iglesia. ¡Nos estamos jugando mucho!

La sinodalidad (II) : no con el freno de mano puesto

En el último número de Vida Nueva, Fernando Vidal, en su siempre profunda ‘Nube abierta’ titulada ‘McKarrick rey’, daba en la diana de uno de los problemas a los que se enfrenta la sinodalidad –además del manifiesto desconocimiento y desprecio por parte de algunos, de todo cuanto se está publicando y estudiando al respecto– en su proceso de implantación como modelo de Iglesia. De momento es un embrión, pero todo tiene un principio.
Dice Vidal, y cito textualmente, que: “El modelo monárquico de jerarquía obstaculiza cumplir el ministerio de presbítero y pastor. Sin embargo, lleva impuesto durante siglos, en vez del modelo sinodal. Mientras siga vigente, habrá amplio margen para todo abuso porque en sí mismo es un abuso”. Creo que es imposible explicar mejor la situación.
El cambio sinodal
Uno de los cambios que conlleva la implantación de la sinodalidad como modelo de Iglesia, es el de la propia teología. La que hemos hecho hasta ahora no vale en su totalidad, ni podrá aportar casi nada a una Iglesia sinodal, pero, hay que tener presente que la sinodalidad requiere la fineza y precisión del mecanismo de un reloj que no funcione con pilas; es necesario sincronizar los movimientos de sus finas ruedecillas con delicadeza; darle cuerda sin pasarnos para no bloquear el mecanismo… Pura artesanía.
Alguna vez he insistido en recordar, y vuelvo a hacerlo, que ya puede la sinodalidad intentar implantarse si, a la vez, no se va modificando el Código de Derecho Canónico, porque los cánones no dejan de estar en vigor por inacción, sino por modificación. Y puede llegar el día que alguien enarbole un canon que choque –y con prioridad- sobre algún cambio sinodal. Las modificaciones que se proponen tienen que ir caminando unas junto a otras -en puro ejercicio sinodal– y una de las más importantes es la reforma del Código.
La parte de dicho Código relativa a los obispos sigue teniendo una teología absolutamente medieval y, si bien de la Edad Media podemos aprender mucho, su teología clerical –cuyas consecuencias hoy padecemos en todo su rigor– no parece ser el mejor modelo porque, un obispo en su diócesis, es decir, en su territorio, se puede seguir comportando como un señor feudal porque eso es según el Código. No hay sinodalidad que resista esto y me vuelvo a preguntar, ¿es la mejor imagen de Iglesia? ¿No entra en contradicción en algún punto con el Vaticano II? ¿A nadie le llama la atención?
Si la sinodalidad fuera un coche, pretender que crezca y se implante como modelo de Iglesia sin la modificación del Código de Derecho Canónico, será lo mismo que intentar que el coche arranque con el freno de mano puesto. Imposible salvo que no queramos ver el destrozo en el motor.
El futuro de la Iglesia
Comentaba en otro artículo dedicado a la sinodalidad, que nos estamos jugando el futuro de la Iglesia y creo firmemente que así es. Por eso creo de suma importancia insistir en la importancia que la voz de los laicos va a tener en este momento. Su formación debe estar destinada a hacerlos personas con capacidad crítica de reflexión, porque la “obediencia debida” o “qué voy a decir yo si ya están los curas y el obispo”, seguirá siendo el caldo de cultivo que haga posible seguir viviendo en la Iglesia el espejismo del gatopardismo, es decir, hacer creer que todo cambia para que todo siga igual.
El caso McKarrick es la nauseabunda evidencia de lo que el abuso de poder puede llegar a hacer, es más, a construir dentro de la Iglesia; los abusos sexuales son la punta de iceberg que, bajo la línea de flotación, esconde la misma porquería que en su parte visible, pero de otra índole no menos dañina para la Iglesia y que se llama, coloquialmente, “mirar para otro lado sin importar las consecuencias”.
Da igual quién mirara para otro lado porque todos sabemos que ningún ser humano es perfecto, sin embargo, no podemos olvidar que, si se llega a actuar así, es porque se tiene muy bien aprendida la “cultura de la impunidad” que, por cierto, requiere bastante práctica. Todo hace indicar que McKarrick era un maestro en esto y no le importaban las consecuencias.
La punta del iceberg
Todos somos pecadores, también los santos; todos estamos hechos de luz y de sombras; todos estamos necesitados de misericordia y perdón, pero no podemos pasar por alto que, cualquier indicio que permita a una víctima solamente creer que la firmeza de la Iglesia tiembla a la hora de hacerle justicia, será vivido como una traición –otra más– porque posiblemente lo sea.
McKarrick ya sabe que a la Iglesia no le ha temblado la mano, pero McKarrick solo es la punta del iceberg, ¿qué va a pasar, que hacer, con la parte que no se ve? Lo que afecta a todos -y la Iglesia con sus luces y sombras nos afecta a todos y es responsabilidad de todos- por todos tiene que ser tratado, hablado, aclarado y aprobado. ¡Nos estamos jugamos mucho!

Sinodalidad I : permanecer cambiando

El documento de la Comisión Teológica Internacional, titulado ‘La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia’. 
¿Por qué es importante conocer y saber de qué va la sinodalidad? Porque nos estamos jugando el futuro de la Iglesia. Que la Iglesia siga en pie no significa que no necesite cambios y estos han de ser muy profundos. La cuestión es decidir si damos una mano de pintura y retejamos para suprimir goteras, o emprendemos una reestructuración a fondo que sanee a toda la institución.
Quien prefiera la primera solución se arriesga a que se haga verdad aquello de lo que, ya en el siglo XIV, advirtió y comentó por escrito una de las mujeres más inteligentes que la Iglesia ha desaprovechado, Margarita Porete. Ella habló de una “Iglesia pequeña” formada por gente con vivencias profundas del evangelio y de estructura circular, y de una “Iglesia grande” donde primaba lo institucional y lo jerárquico. Margarita fue tachada de hereje y quemada en la hoguera. En el siglo XVI, Lutero, retomó con algunos cambios la idea. También fue declarado hereje y excomulgado, y costó años que fuera rehabilitado. Ella sigue siendo hereje a los ojos de la Iglesia…
Actualizar la estructura
Benedicto XVI, siendo profesor de teología, ya advirtió a finales de la década de los 60 que nos encaminábamos a una Iglesia pequeña, sin privilegios, sin relevancia, donde muchas comunidades no tendrían ni sacerdotes. Da la sensación de que a ninguno de los tres se les ha hecho caso y, eso que algunas intuiciones del profesor Ratzinger ya son realidades.
A quienes vivimos en este momento con un sentido de compromiso en la Iglesia –y quiero pensar que somos muchos– no se nos puede pasar por alto que la fidelidad y el cambio no están reñidos; que no seguimos vistiendo como en los primeros siglos de nuestra era, ni comiendo lo mismo; que hemos buscado y aceptado avances médicos insospechados hace siglos; que nuestra forma de vivir, en general, no tiene nada que ver con la de siglos pasados; y que nuestras celebraciones, por ejemplo, no se parecen en nada a las de los primeros siglos. Entonces, ¿por qué no actualizar la estructura eclesial?
No se trata de crear una Iglesia nueva, sino de recuperar la Iglesia de los primeros años, y resalto de los primeros años, porque aquella frescura y sinodalidad inicial, solo duró hasta finales del siglo I. En aquellos años iniciales lo que era asunto de todos se trataba por todos, se hablaba con todos, y se decidía por todos; y todo ello se esfumó cuando la Iglesia se empezó a institucionalizar, jerarquizar, y sacralizó a las figuras de los obispos y de los presbíteros.
Dimensión constitutiva de la Iglesia
La sinodalidad no está hecha ya. Francisco lo sabe y, por eso, nos dice que esa forma de Iglesia es la que Dios quiere para el tercer milenio. ¡Qué exagerado, pensarán algunos! No, nada de eso. Porque llevará mucho tiempo cambiar algunas estructuras, deshacerse de otras que llevan milenios entre nosotros y, sobre todo, variar la mentalidad que nos lleve, a todos, a una conversión de la mentalidad –es decir, una conversión personal– y de la práctica pastoral.
Aunque el concilio Vaticano II no habla de la sinodalidad tal y como la vemos hoy en su conjunto, todo él está imbuido de esa idea. El documento que citaba al inicio de este artículo, nos presenta la sinodalidad como una “dimensión constitutiva de la Iglesia” que nos lanza al reto del discernimiento como Pueblo de Dios que somos todos, incluidos los obispos y el papa. Y esto solo puede ser calificado como apasionante.
La sinodalidad nos enseña que el cambio en la Iglesia es un signo de fidelidad porque permanecer cambiando, como dice una amiga mía, significa que el peligro de la atrofia muscular –y podemos decir espiritual, pastoral, litúrgica, dogmática, o canónica– se aleja de nuestra Iglesia, que no puede encarar el cambio de época que estamos viviendo como si no pasara nada.
La Iglesia de la Buena Noticia
Los laicos, que siempre hemos sido en la Iglesia más importantes de lo que nos han hecho creer, en este momento vamos a ser todavía más esenciales; nuestra voz, con peticiones y propuestas, ha de ser clara y saber que no pedimos para nosotros, sino para la Iglesia que somos todos; también tenemos que tener muy claro que nuestros obispos en este momento gozan de una autonomía frente a Roma como pocas veces han tenido. Francisco lo ha hecho posible y las iglesias locales con sus obispos al frente, ya no tienen que esperar a que el Papa diga, haga un gesto, o autorice ciertas acciones. Ellos pueden hacerlo y algunos, ¡benditos sean!, ya lo están haciendo.
Para que esto llegue a ser una realidad, tenemos que creer que es posible; tenemos que creernos sujetos de ese cambio, todos; tenemos que estar convencidos de que juntos, y con el Espíritu indicando la dirección con su soplo, podremos hacer realidad la Iglesia sinodal que nunca debió de perder ese rumbo. Cambiemos la pirámide por un círculo para rediseñar esa nueva estructura eclesial a la que nos invita Francisco. No porque lo diga él, sino porque es la Iglesia de la Buena Noticia.
Aunque a simple vista parezca que no hay mucho “entusiasmo sinodal” a nuestro alrededor, y puede que sea cierto, pensemos si queremos pasar a la historia –con la responsabilidad que eso conlleva– como los que tuvimos la posibilidad de sentar las bases del cambio y no lo hicimos, o como los que creímos que era posible y con la fuerza del Espíritu nos pusimos manos a la obra.
No olvidemos que dos formas de Iglesia se están evidenciando; una, la inamovible que nos ha llevado a la situación que tenemos ahora, donde conviven personalismos, jerarquías y clericalismos varios; y, otra, la que quiere poner en el centro a Jesucristo y su evangelio. ¿Con cual nos quedamos? ¡Aprovechemos el momento y a permanecer cambiando!