Para participar en el proceso sinodal

PUERTAS ABIERTAS A PARTICIPAR EN EL SÍNODO

col haya

En vista de las pocas facilidades que estoy viendo en algunas parroquias para facilitar la intervención de los fieles en el Sínodo, y menos aún para escuchar a los que no frecuentamos las parroquias o incluso están alejados de las prácticas habituales, dirigí esta…

…consulta a la Comisión metodológica:

Estimada Sra. Inogés, de la comisión metodológica de la Secretaría del Sínodo de Roma; el domingo escuché la entrevista que le hicieron en Últimas preguntas (TVE-2) y me alegró ver su interés y su eficiente trabajo en la realización del Sínodo en esta fase diocesana. En especial me interesó el interés que mostró por contactar con aquellos que estamos alejados de la vida parroquial y de algunas prácticas habituales de nuestra Iglesia.

Mi nombre es Gonzalo Haya Prats, teólogo jesuita secularizado, colaborador de los blogs Fe Adulta y Atrio. Personalmente estoy muy interesado en apoyar al Papa Francisco en su valiente propuesta de este Sínodo. Me temo sin embargo que termine en una decepción como el sínodo de la Amazonia, y me temo que en España está claramente rechazado por las derechas pero también por los teólogos progresistas que desearían algo mucho más radical. Por mi parte creo que ya sería un éxito si se logra movilizar a los fieles en un proceso de sinodalidad en el que nos sintamos responsables y logremos una importante cuota de corresponsabilidad.

Ya había contactado con  mi parroquia en Madrid y tuve muy poca acogida; me dijeron que no habían recibido material para difundirlo con los feligreses, que me enviarían el boletín parroquial. No he recibido nada y ayer me pasé por la puerta de la Iglesia y no vi ningún cartel que dijera algo del Sínodo. He visto el programa de la diócesis de Palencia y he respondido el cuestionario, pero comprendo que ellos tienen que ceñirse a su diócesis. También he consultado el boletín informativo de sinodo.archimadrid.es pero me queda una cuestión por aclarar.

Creo que los grupos programados se centran en cómo se ha practicado la sinodalidad y qué proponen para mejorarla. La sinodalidad simplemente no ha existido hasta ahora, debido a la brecha entre los clérigos y los laicos. Íbamos a una iglesia o a la parroquia “a oír misa”. Creo que es necesario, pero no sé si está previsto en “el sistema”, dejar más libertad a grupos de religiosos, teólogos, intelectuales, obreros… para que expresemos nuestro sentir cristiano sobre la reforma de la iglesia, principal objetivo de este sínodo. Si sólo van a responder los cristianos de misa dominical, poca reforma van a proponer. Sería un contrasentido que la metodología del Sínodo dificultara proponer reformas más profundas y estructurales. Comprendo que convendría atenerse a un o unos cuestionarios tipo para facilitar la recogida de tanta variedad de respuestas.

Y pregunto ¿Existen estos cuestionarios? ¿Se aceptan estas aportaciones? ¿Adónde enviar las que promuevan revistas como Atrio, Fe Adulta, Paradigmas emergentes, y muchas otras que son leídas en toda España, América latina, y algún otro país?

Le agradezco su trabajo por la promoción de este Sínodo y añado mi correo digital y postal, y mi teléfono por si prefiere comentar verbalmente y contagiarnos su entusiasmo.

Y he recibido la siguiente respuesta de Cristina Inogés

Cristina Inogés

Buenas tardes, Gonzalo:

¿Nos tuteamos? Por mi parte no hay inconveniente.

La verdad es que estamos en un momento sumamente atractivo. Va a tener inconvenientes y negarlo sería tonto, pero creo que pese a todo y todos, algo habrá cambiado cuando llegue 2023.

Los grupos para trabajar el Sínodo no tienen por fuerza que estar asociados a una parroquia. Pueden ser grupos de todo tipo y, por lo tanto, sí se puede participar. Lo normal va a ser hacerlo a través del cauce diocesano. Me permito enviarte (aunque sé que lo tendrás) el Documento Preparatorio y el Vademecum, además del enlace a la web del Sínodo. Todo está en varios idiomas. Es esta: 

https://www.synod.va/en.html

En el Documento Preparatorio y en el Vademecum, hay 10 bloques de preguntas. Se pueden trabajar todos o bien aquellos bloques que se consideren más interesantes o importantes para ese grupo. Además, está la posibilidad de aportar la reflexión sobre algún tema que no aparezca en esos bloques.

También te adjunto el enlace que he encontrado en la diócesis de Madrid donde, al final, están los cauces de participación diocesana:  https://sinodo.archimadrid.es/

Estoy a tu disposición para todo lo que quieras preguntarme.

Te paso también mi número de móvil por si te puedo ayudar puntualmente en algo.

Seguimos caminando…

Cristina Inogés Sanz

crisinogsanz@gmail.cpm

Twitter: @Crisinogessanz

Facebook: cristina.inogessanz

Instagram: cristinainogessanz 

Creo que esto abre posibilidades para que nosotros podamos elaborar nuestro cuestionario, quizás junto con otras organizaciones, y enviarlo por vía más directa a la Secretaría del Sínodo, evitando así los resúmenes (los posibles filtros) parroquiales y diocesanos

Sinodalidad. La llamada de Francisco

«Por primera vez en la historia, un Papa quiere saber qué pensamos los laicos»

Cristina Inogés y Jesús Sánchez Adalid
Cristina Inogés y Jesús Sánchez Adalid

«Estamos en un momento histórico como laicos: por primera vez en la historia, un papa quiere saber qué pensamos y por qué no somos tan felices en la Iglesia como deberíamos»

“Es la primera vez que tenemos la oportunidad de decir realmente qué queremos, pero no solo qué Iglesia queremos, sino qué Iglesia queremos ser. Porque todos somos Iglesia. Y solo sabiendo qué nos pasa, haciendo un diagnóstico, seremos capaces de aportar entre todos las soluciones, que es lo que pretende Francisco”

«Ninguna generación verá una Iglesia plenamente sinodal. La sinodalidad es, en sí misma, un proceso, y cada generación irá participando en cada trecho del camino y aportando desde ahí»

Al encuentro, celebrado en la parroquia de San José de Mérida, asistieron más de 300 personas, muy atentas y deseosas de conocer esta convocatoria real y efectiva del Papa al Pueblo de Dios para escuchar su voz, sus inquietudes, anhelos y esperanzas en estos tiempos concretos

Por| María Gómez/ARAS

El 15 de marzo se celebró un diálogo entre Cristina Inogés Sanz y Jesús Sánchez Adalid en la parroquia de San José de Mérida. Bajo el título «Sinodalidad. La llamada de Francisco«.

Asistieron más de 300 personas, muy atentas y deseosas de conocer esta convocatoria real y efectiva del Papa al Pueblo de Dios para escuchar su voz, sus inquietudes, anhelos y esperanzas en estos tiempos concretos.

Sorprendió la calurosa y expectante acogida dispensada a la teóloga española. Una prueba más de que el Pueblo de Dios quiere y necesita este nuevo aire en la Iglesia. Era algo novedoso, inusual, y sin embargo fue un éxito. «Estamos en un momento histórico como laicos: por primera vez en la historia, un papa quiere saber qué pensamos y por qué no somos tan felices en la Iglesia como deberíamos», subrayó Inogés.

“El momento por el que atraviesa la Iglesia no es precisamente bueno, pero eso no nos tiene que hacer perder la esperanza», repasó la teóloga, quien fue una de las encargadas de abrir este Sínodo, delante del Papa Francisco. «Si la hay, es precisamente por esta convocatoria. Este es un Sínodo que suscita el Espíritu, que nadie crea que es una carta que tenía guardada en la manga y la ha sacado. Es un proceso al que había que llegar dada la situación de la propia Iglesia”.

«Qué Iglesia queremos, qué Iglesia queremos ser»

“Es la primera vez que tenemos la oportunidad de decir realmente qué queremos, pero no solo qué Iglesia queremos, sino qué Iglesia queremos ser. Porque todos somos Iglesia. Y solo sabiendo qué nos pasa, haciendo un diagnóstico, seremos capaces de aportar entre todos las soluciones, que es lo que pretende Francisco”, sostuvo Inogés.

La parroquia, llena para escuchar a Inogés y Sánchez Adalid
La parroquia, llena para escuchar a Inogés y Sánchez Adalid

“Este proceso no acabará en octubre de 2023. Ya es un auténtico éxito que estemos celebrando este Sínodo. Pero a partir de 2023 probablemente ninguno de los que estamos aquí veremos una Iglesia plenamente sinodal. Esto tampoco nos tiene que hacer perder la esperanza, porque ninguna generación verá una Iglesia plenamente sinodal. La sinodalidad es, en sí misma, un proceso, y cada generación irá participando en cada trecho del camino y aportando desde ahí”, culminó.

No admitir que «nos den un papel» a las mujeres

Sobre el papel de la mujer, por el que fue explícitamente preguntada por Sánchez Adalid, Inogés fue muy clara: “Si en la Iglesia las mujeres admitimos que se nos dé un papel –cosa que solo ocurre a las mujeres, porque en los varones no se emplea esa terminología–, ojo. Primero: no es ‘la mujer’, sino ‘las mujeres’. Segundo, cuando se nos dice ‘el papel’, lo está diciendo alguien, generalmente un varón ordenado, que cree tener poder sobre nosotras para asignarnos un espacio concreto y decirnos qué podemos y qué no podemos hacer. Así que cada vez que os digan ‘el papel’, hay que responder: ‘No, nosotras tenemos un lugar en la Iglesia, y ese lugar nos lo da el bautismo a todos

Los cambios en la Iglesia

El cuento de los tres cerditos y las estructuras de la Iglesia

Cristina Inogés

Por CRISTINA INOGÉS SANZ

Hay una estructura central, fuertemente eclesiástica, formada por muchas estructuras –ninguna secundaria– que la sostienen. En este momento, muchas de esas estructuras no secundarias están tan afectadas por la carcoma y las termitas de años de poder corrompido que, prácticamente, impiden recuperarlas. Otras se podrían restaurar con tiempo y la decisión de poner al frente a personas con visiones más eclesiales que eclesiásticas, que mantengan el cambio de rumbo propiciado por la restauración y limpieza de las mismas. Y otras ciertamente funcionan, aunque siempre hay que estar pendientes de no imitar las formas contaminadas por la carcoma y las termitas.


La fuerte jerarquización, verticalísima, férrea, aquejada de una sordera persistente (para según qué temas), e inamovible por propia decisión, ha creado más problemas que soluciones. Sin embargo, no todo está perdido porque, “cuando todo está por hacer, todo es posible”, como dice el poeta Miquel Martí i Pol.

Cincuenta o sesenta años en la Iglesia es como un leve suspiro ya que, acostumbrada como está a contar el tiempo en siglos, tan pocos años son casi una anécdota cronológica. Sin embargo, en ese espacio de tiempo tan corto suceden cosas asombrosas.

Iglesia equivocada

Tirando de hemeroteca –que siempre resulta muy interesante–, me he encontrado que un periódico francés, de esos regionales a los que casi no se les da importancia, ‘L’Independent’, publicó a mitad de los años 50 una encuesta en la que una de las preguntas era en qué creían los católicos que se equivocaba la Iglesia. La encuesta se hacía entre personas de 20 a 60 años, y las respuestas se desglosaban por edades.

Me llamaron la atención varias de ellas, entre las cuales había una, en la franja de edad de 20 a 30 años, en la que alguien decía que la Iglesia se equivocaba al condenar el principio de libertad religiosa. Esto, en aquellos años, sonaba bastante atrevido. Sin embargo, vemos cómo el Concilio Vaticano II reconoció ese principio, y hoy –siempre con alguna excepción– se ve normal que cada uno actúe al respecto según su conciencia.

Pese a todo, creo que hay una segunda lectura que resulta también interesante. Esta respuesta y otras que aparecen en la encuesta (la nula relación con otras confesiones cristianas, tener a la mujer invisibilizada, un laicado ignorado, miedo al mundo intelectual y cultural…) demuestran hasta qué punto es importante para la Iglesia escuchar a aquellos que no comparten todos o ninguno de sus criterios, porque eso la obliga a revisarse a sí misma, a pensar en horizontes más amplios que los que ella misma se impone.

Hablar y escuchar

La Iglesia va cambiando, y más que tiene que cambiar. Escuchar se ha convertido en prioritario, sobre todo, a quienes tienen otra forma de ver ciertas realidades y hasta de disentir con ella, porque en algunos momentos puede ser incluso un deber de conciencia, tanto hablar como, por supuesto, escuchar.

Sin embargo, para que eso pase, necesitamos estar despiertos, más todavía, espabilados, y asumir que es asunto de todos que la Iglesia no tenga miedo al cambio, a la creatividad y a nuevas formas de estar en el mundo. Y, por supuesto, a revisar algunas de sus estructuras que nos han traído al desastre actual, y parecen casi inamovibles.

Espero que, entre los cuentos infantiles prohibidos o caídos en sospecha últimamente, no esté el de los tres cerditos. Este cuento del siglo XIX, de origen inglés, cuenta la historia de tres hermanos cerditos que, tras el consejo de su madre para independizarse, se adentran en el bosque para vivir su vida.

Tres casas muy distintas

Uno construye una casa de papel que, rápidamente, un lobo destruye soplando. Otro construye una casa de paja, que también el lobo destruye con un soplo. Y, finalmente otro, el hermano mayor, construye una casa de ladrillo, ante la cual el lobo no tuvo nada que hacer y desistió del intento de derribarla.

Los cerditos más jóvenes aprendieron la lección de que, en esta vida, lo sólido lleva un cierto tiempo edificarlo, pero que, a la larga, es una buena inversión.

¿Puede servirnos este cuento para reflexionar sobre algunas estructuras de nuestra Iglesia que, en su forma actual, ya no pueden dar más de sí? Solo siendo sinceros y, ante la fragilidad de ciertas realidades que tenemos delante, debemos preguntarnos sobre el sentido de algunas decisiones que se tomaron en un momento y, sobre todo, la posibilidad de cambiar y pedir perdón. (…

Entrevista a Cristina Inogés

Cristina Inogés: de la Iglesia sin consenso a la Iglesia sinodal 

La teóloga y miembro de la Comisión Metodológica de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos ha participado en una nueva edición de ‘Los jueves del ITVR’ 

Cristina Inogés

La teóloga Cristina Inogés Sanz, miembro de la Comisión Metodológica de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos –el cual lleva por tema ‘Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión’–, ha participado hoy en una nueva edición de los ‘Jueves del ITVR’, donde ha desgranado la raíz de este nuevo Sínodo y lo que supone para la Iglesia. 

Para ello, ha puesto de ejemplo el Sínodo sobre la vida consagrada celebrado en 1994. “Juan Pablo II, en el rezo del ángelus que siguió a la celebración de la eucaristía de apertura del mismo, habló de la vida consagrada como ‘una porción elegida del pueblo de Dios’”, ha señalado Inogés. “Han pasado 27 años desde la celebración de aquel Sínodo y 25 desde la publicación de Vita Consecrata, que es la exhortación fruto de ese Sínodo”, ha continuado, afirmando, además, que “25 o 27 años parecen muchos, pero en la Iglesia, acostumbrada a medir su tiempo en siglos, es nada. Absolutamente nada. Y, por eso llama la tención, lo que ha cambiado la forma de celebrar y vivir un Sínodo en tan poquísimo tiempo“. 

La primera diferencia: que aquel Sínodo “fue vertical”. Es decir, “todo venía decidido y hablado desde arriba y sí, se celebró un Sínodo, pero sin sinodalidad”. “¿Qué ha pasado en este tiempo?”, se ha preguntado Inogés. “Pues que la Iglesia se ha hundido. Benedicto XVI en un discurso empleó dos imágenes abrumadoras que fueron las de la Iglesia como ‘viña devastada por jabalíes’ y como ‘barca hundida’, pero nadie le hizo caso”. 

Asumir la sinodalidad 

“El Sínodo del 1994 es para una parte de la Iglesia donde todo se da sin consenso. No hay un diálogo fecundo”, ha explicado la teóloga. “El actual Sínodo es de y para toda la Iglesia, busca consenso, y es tan importante el tema que propone que, lo mismo que decimos que la ‘Iglesia es una, santa, católica y apostólica’, podemos decir que la ‘Iglesia es una, santa, católica y apostólica y sinodal’”, ha afirmado, convencida de que “es importantísimo asumir que la sinodalidad es parte constitutiva de la Iglesia” y no “un añadido de moda”.                   Asimismo, Inogés ha apuntado que “ese cierto aire de superioridad que se daba a esa ‘porción elegida del Pueblo de Dios’, como si las demás vocaciones laicales no fueran tan importantes en la Iglesia, tiene además que ver como uno de los temas básicos de ese Sínodo de 1994, es el tema de los votos y más concretamente, el voto de castidad“. Sin embargo, en el actual Sínodo, “no hay porción elegida del pueblo de Dios porque todos, todos, todos… La totalidad del pueblo de Dios, y aún esa parte del pueblo de Dios en la que nunca pensamos y a laque no echamos de menos, estamos llamados a participar para construir consensos”. 

Del mismo modo, Inogés ha concluido que “la diferencia entre un Sínodo y otro viene porque se ha hecho evidente que la Iglesia está institucionalmente fracturada, debido principalmente, a la crisis del abuso de poder que se ramifica en: abuso espiritual, abuso de conciencia, abuso sicológico, abuso laboral, y abuso sexual (entre otros) y este último en sus variantes de abuso sexual a niños, adultos vulnerables, y religiosas y no solamente en África”. Y, precisamente por todo esto, “es necesario este Sínodo. No un Sínodo más, sino este precisamente”. 

Las claves 

De esta manera, la teóloga ha procedido a dictar las claves fundamentales para este Sínodo y lo que ello implica para el futuro de esa Iglesia “católica, apostólica y sinodal”: 

  • Un cambio de actitud. “Para nosotros ese cambio de mentalidad va precedido de un deseo de conversión y de una conversión. Tanto a nivel personal como comunitario”, ha señalado. 
  • Escuchar de otra forma. O, en palabras de Rafael Luciani, “La Iglesia tiene que escuchar a todos, no solo a sí misma, a los de siempre”. “Con una escucha activa, con lo implica de ponerse en los zapatos de quién está hablando y entender su historia vital. Y escuchar a todos”, ha apuntado Inogés 
  • Romper inercias. “Tenemos que dejar de creernos el ombligo de la Iglesia, es decir, de nosotros mismos, del mundo”, ha afirmado, instando a “hablar con valentía porque nuestro silencio será un retroceder”. 
  • Preguntarse qué vida religiosa queremos.“Tenemos opciones. La cuestión es elegir el miedo que paraliza o la decisión de querer cambiar a mejor”. 
  • Ser o aparentar. Inogés ha animado a la vida religiosa a “volver a despertar y a recuperar su creatividad”. 
  • Generosidad. “Tenemos que recuperar la libertad de ser, porque desde esa libertad será posible hacer y actuar en libertad”, ha dicho. 
  • Equidad. “Hay un aspecto de la vivencia de la sinodalidad que se nos escapa algunas veces, y es la compasión. Y hay que vivirla sin explicarla mucho, sobre todo con aquellos que son más resistentes al cambio”, ha recordado Inogés. 
  • Alejados. La teóloga ha animado a “borrar distancias”. “Si me permitís en este punto, en el que soy particularmente sensible, en este Sínodo ya se ha dicho que no es un Sínodo para sacar documentos sino para hacerlo vida. Esto es muy importante. Y no significa que no se vaya a hace teología de y desde esta Sínodo. Significa que la teología que emane de este Sínodo, debe ser encarnada como toda buena teología, y en este caso, muy enraizada en los márgenes de la Iglesia e incluso fuera de esos márgenes”, ha explicado. 
  • Coherencia. “Hay que hablar sobre la realidad de las mujeres en la Iglesia, sí, por supuesto, pero, hay que actuar a favor de las mujeres”, ha dicho. “No como favor, o paternalismo, sino por coherencia evangélica”.                                               
  • Preguntarse ¿qué aportamos?. “Hay que tener mucho cuidado con los ‘desfondamientos’. Tener muy claro el presente no significa que lo vayamos a conseguir ya. El proceso de descubrir, de encajar, de aportar… lleva su tiempo. Aquí, el cuidado debe ser tomado como cuidado de atención y como cuidado con/para los otros”, ha apuntado Inogés.    

Cristina Inogés

Camino sinodal antídoto contra la exclusión de la mujer en la Iglesia 

Cristina Inogés Sanz (España)

 Por Ary Waldir Ramos Díaz –  

La meditación de una mujer laica teóloga española sorprende en el Aula del Sínodo, marco del discurso del Papa  

“Enseñadnos a ser mejores cristianos! ¡Enseñadnos a recuperar la esencia de la comunidad cristiana que es la comunión, no la exclusión!”. Cristina Inogés Sanz (España), anticipó el discurso del Papa Francisco en el Aula del Sínodo.  

El Sínodo sobre la Sinodalidad inició con detalles que no son del todo obvios. Cristina Inogés Sanz (España) fue la encargada de pronunciar una meditación antes de la alocución del papa Francisco. 

Se trata de una mujer católica, que se formó en la Facultad de Teología Protestante de Madrid, SEUT, porque no obtuvo la autorización pertinente para estudiar teología en el seminario de su diócesis.  

Precisamente, en su mensaje, anterior al de la teóloga autora del libro “No quiero ser sacerdote,  mujeres al borde de la Iglesia” (2021, ed. PPC), el papa Francisco indicó que la Iglesia ha avanzado  en la participación del laicado en la Iglesia, pero, señaló, que todavía nos cuesta, y en particular señaló la exclusión “de las mujeres, que a menudo siguen quedando al margen. ¡La participación de todos es un compromiso eclesial irrenunciable!”. 

“Estamos ante ti, Dios nuestro, como una Iglesia herida, profundamente herida. Hemos hecho mucho daño a muchas personas, y nos lo hemos hecho a nosotros mismos. Venimos desde hace siglos confiando más en nuestros egos que en tu Palabra”, meditó Cristina Inogés Sanz de frente al papa Francisco y ante 200 personas convocadas para participar en el momento de reflexión para el inicio del camino del Sínodo este sábado 9 de octubre de 2021.  

Sin miedo a cometer errores 

“No tenemos que tener miedo a reconocer los errores cometidos. Pedro, sobre quién dijiste que edificarías la Iglesia, no comenzó bien su misión. Te negó tres veces; luego, fue al sepulcro, lo vio vacío, volvió con los demás, pero no anunció tu resurrección. Esto, que era fruto del miedo que sentía en esos momentos, se tornó decisión, fuerza y fe para cumplir el mandato que le habías dado cuando recibió la fuerza del Espíritu Santo”, ha añadido.  

La teóloga laica indicó que la fidelidad a la Iglesia exige cambiar. “La fidelidad al mandato misionero recibido del mismo Jesús, la fidelidad a nuestra Iglesia, exige que se viva un cambio y, ese cambio, puede suponer una revolución. A este respecto, conviene recordar las palabras del teólogo ortodoxo Olivier Clément, cuando decía que: “A lo largo de la historia las revoluciones que han resultado más creativas, son las que nacieron de la transformación del corazón”.  

Transformación del corazón 

“A esta transformación del corazón estamos llamados en este Sínodo. Todo el pueblo de Dios está convocado, por primera vez, a participar en un Sínodo de los obispos. También están invitados a hacernos llegar su voz, su reflexión, sus preocupaciones, y su dolor, todos aquellos a los que un día no supimos escuchar y se fueron y no los echamos de menos. ¡Enseñadnos a ser mejores cristianos! ¡Enseñadnos a recuperar la esencia de la comunidad cristiana que es la comunión, no la exclusión!”, ha añadido.  

“Ese mismo Jesús que no nos dejó normas ni estructuras sobre cómo ser Iglesia, sí nos dejo una forma de vida con la que construir esa Iglesia llamada a ser refugio seguro para todos”, explicó en su meditación.  

Ella considera la Iglesia un “lugar de encuentro y diálogo intercultural, espacio de creatividad teológica y pastoral con la que afrontar los desafíos a los que nos enfrentamos. En definitiva ser la Iglesia-Hogar que todos añoramos”.  

La Iglesia un lugar de encuentro 

Por último, meditó sobre una sinodalidad que significa “creer en el que es el primero y el último, en el que murió y, sobre todo, en el que resucitó, porque algunas veces se nos olvida que nosotros creemos en alguien que está vivo. ¡Vivo! Y camina a nuestro lado para aprender de Él y con Él a ser servidores unos de otros, porque servicio y sinodalidad van de la mano”.  

Caber recordar que la teologa española invitada al Sínodo, en su obra antes mencionaba, explicaba el miedo de los hombres –en este caso, de Iglesia– a las mujeres por tres cuestiones: miedo a lo desconocido, miedo a las propias reacciones y miedo a compartir espacios y lugares. «No todos los hombres de Iglesia tienen miedo, pero sí una gran mayoría”, sostiene Inogés. 

A tal propósito, el Papa había indicado en su discurso de hoy: “Si falta una participación real de todo el Pueblo de Dios, los discursos sobre la comunión corren el riesgo de permanecer como intenciones piadosas

¿De cuerpo entero?

 

POR CRISTINA INOGÉS 

¡Al fin! Ya estamos de Sínodo. ¿Cómo lleváis lo de “sinodear”? Supongo que andaréis atentos porque la experiencia es prometedora. ¡Ánimo! Aunque a estas alturas ya lo sabéis todos, no está de más recordar que estamos todos invitados a participar. 

Diversidad y unidad 

Hace unos días releía el texto de Pablo, el capítulo doce de la Carta a los Corintios sobre la diversidad y unidad, y el símil del cuerpo. Me paré a pensar en la diversidad de dones, de carismas, de ministerios, y pensé en la diversidad de personas que formamos la Iglesia, que somos el cuerpo de la Iglesia. Una vez más admiré la maravilla que es esa diversidad y pensé en lo afortunados que somos de tenerla, aunque no sea para algunos fácil de asimilar, ni de aceptar. 

La parte en la que Pablo habla de los diferentes miembros del cuerpo, de esos judíos y griegos, y esclavos y libres –hombres y mujeres dirá en otro texto– que a pesar de ser muchos son un solo cuerpo y que ningún miembro puede decir a otro miembro que no lo necesita, me llevó a pensar en esas personas a las que les amputan un miembro de su cuerpo y, durante mucho tiempo, sienten que lo siguen teniendo, y les sigue doliendo. 

Eso me llevó a plantearme si nos duelen, si seguimos sintiendo a todos esos miembros que por mil razones están amputados de nuestro cuerpo eclesial, o ya estamos en la fase de haber olvidado la ausencia y el dolor y, sencillamente, ya no recordamos que existen. 

Ir contracorriente 

Y, de nuevo, la diversidad se hizo presente. Mejor dicho, la falta de ella al menos oficialmente. Hay muchos miembros del cuerpo eclesial que no tienen problemas en aceptar la diversidad, variedad, pluralidad, diferencia… ¡Hay tantas formas de decirlo! Sin embargo, para otros, la uniformidad viene a ser como un valor inamovible, eterno, que les da seguridad. Sin darse cuenta que esa seguridad es tan poco segura como lo está el agua en una cesta. 

¿Cómo podemos pensar que en la Iglesia estamos todos cuando faltan tantos de sus miembros? ¿Cómo a estas alturas podemos seguir preguntándonos cómo llegar hasta ellos, qué tenemos que hacer para acercarnos? Estas simples preguntas nos retratan como cristianos. No digo que nos identifiquen, digo solamente que nos retratan como cristianos de salón y, si se quiere, hasta de sacristía. ¿Los hemos visto y hemos mirado para otro lado? ¿Los hemos visto y, sencillamente, los hemos ignorado? ¿Acaso no los hemos visto y no hemos sentido su presencia en forma de ausencia? 

Ir contracorriente fue, es y será lo propio de los cristianos y eso significa actuar conforme a la Palabra, conforme a lo que Dios quiso para nosotros desde el inicio. Somos, todos, fruto de la evolución querida por Dios en la creación, somos el resultado del deseo de Dios, ¿cómo olvidarnos, cómo no aceptar parte de ese deseo, de esa creación? 

Lo esencial de la fe 

Toda teología, para que lo sea de verdad, tiene que ser teología encarnada. En este Sínodo de la sinodalidad en el que estamos ya inmersos, además de hacer y proponer una teología encarnada, tendremos que hacer una teología enraizada en las realidades que nos rodean, pero, sobre todo, en el sufrimiento humano. Y hay mucho sufrimiento en ese margen imaginario de la Iglesia, en esa línea que nos permitimos dibujar aquellos que nos consideramos dentro como si el espacio eclesial fuera de nuestra propiedad. 

Yves Congar, en su libro Verdadera y falsa reforma de la Iglesia, publicado a mediados del pasado siglo, dijo algo que se puede afirmar hoy sin ninguna duda. Frente a la Iglesia, cualquier persona de nuestro entorno puede decir que “más que los pecados de sus miembros, [nuestros contemporáneos] se escandalizarán de su incomprensión, de sus mezquindades, de sus retrasos”

Urge el reconocimiento de esa realidad humana que habita en esos márgenes que huelen a ocultamiento por nuestra parte. Esconder la realidad que debería cuestionarnos permanentemente lo esencial de nuestra fe, sigue dándole la razón a la reflexión de Congar. 

El don de la diversidad 

Ese cambio nos obliga a escuchar con toda la humildad y respeto el dolor, el sufrimiento, y hasta la ira de esas personas a las que un día alejamos de nosotros. Cuando una víctima, una persona herida, una persona abandonada es capaz de verbalizar el sentimiento sufrido, se inicia el camino de la recuperación. Se pueden olvidar las palabras que alguna vez nos dijeron, pero nunca, nunca, el sentimiento que nos causaron. Acariciar con la escucha no va a ser fácil, sin embargo, es condición indispensable para sanarnos mutuamente. 

Por duro que sea el encuentro, por dura que sea la escucha, por incómoda que sea la vergüenza que pasemos, merece la pena hacerlo porque sí, somos todos miembros muy diferentes de un cuerpo eclesial donde la diversidad de todo tipo es un don maravilloso deseado por Dios. 

De muchos de nosotros va a depender que podamos decir, de ahora en adelante, que somos una Iglesia de cuerpo entero. 

Vida religiosa y sinodalidad: radicalidad trinitaria

Por Cristina Inogés Sanz

Suena a música celestial que la Vida Religiosa se plantee seriamente la sinodalidad en su día a día. ¿Por qué? Porque vivir en comunidad no es siempre sinónimo y garantía de sinodalidad. Esto es algo que nos afecta a todos, sean cuales sean nuestras comunidades, sin embargo, la sinodalidad en la Vida Religiosa tiene, o debería tener un plus. 

Ese plus para mí –es algo que le pido– tiene que ver con la radicalidad evangélica de una vida entregada en razón del vínculo que existe entre esa forma de vida, la misión y la dimensión profética. La sinodalidad vivida en profunda actitud de escucha de aquello que el Espíritu suscita es un verdadero proceso o camino de conversión personal y comunitaria.         La diversidad de carismas en la Vida Religiosa, muchos de ellos ya confluyentes en metas similares y desafíos comunes hoy, es la muestra evidente de que la sinodalidad es, antes que nada, un proceso espiritual donde la voz del Espíritu ha ido hablando a lo largo de la historia y lo sigue haciendo. Ahora, ese soplo del Espíritu se amplía y es la Trinidad, modelo de comunidad dinámica, diferenciada en sus componentes, y conservando su unidad, la que habla. Y esa diversidad en la unidad es otra de mis peticiones a la Vida Religiosa hoy. 

Porque cada vez más necesitamos recuperar las diferencias que no enfrentan, que no dividen, que no restan, y que resaltan los valores y virtudes que singularizan, que enriquecen, que dejan pasar la luz con diversidad de colores en un mundo cada vez más polarizado, excluyente y en blanco y negro. 

La Vida Religiosa está en una situación privilegiada para poder mostrar cómo aplicando la sinodalidad muchas de sus estructuras, vigentes algunas desde el tiempo de los fundadores o mantenidas con pocos cambios, se romperían literalmente, expresando en la Iglesia un dinamismo de cambio que entraría en su tradicional comportamiento de ser avanzadilla de los grandes cambios eclesiales. Esto ha sido una constante que se ve a lo largo de la historia de la Iglesia. 

Forma de vida personal y comunitaria 

La sinodalidad es también una experiencia de encarnación y, ¿quién mejor que la Vida Religiosa, encarnada en las realidades más periféricas de la sociedad y de la propia Iglesia, para mostrar la riqueza de este proceso? Por eso también le pido transparencia en hacer realidad la sinodalidad en su vida cotidiana. Que no sea necesario esperar a acontecimientos extraordinarios porque lo más sorprendente de la vida acontece en lo ordinario. 

Para terminar, le pediría incluir en los planes de formación de quienes se acercan por primera vez a discernir eso que intuyen, pero que todavía no ven muy claro, la sinodalidad como forma de vida personal y comunitaria ya que el proceso de conversión que implica no se puede separar. Y, por supuesto, dedicar algún tiempo de la formación permanente a recordar qué es, para qué sirve y cómo seguir viviendo y desarrollando la sinodalidad en comunidad. Por favor, seguid siendo faro en y para la Iglesia. 

Rut y Noemí

Rut y Noemí: una pequeña comunidad sinodal con acento femenino 

CRISTINA INOGÉS SANZ 

Noemí, la suegra, viuda de Elimélec y madre también de dos hijos fallecidos; Rut, la nuera, viuda de uno de los hijos. Una pequeña comunidad de dos mujeres que se encuentran atrapadas en una maraña de legalismos, en un momento terrible del pueblo de Israel, bajo las leyes de Nehemías, que intentó que todo Israel se comprometiera de forma personal, y Esdras, que actuó como el frío jurista que queda patente en las últimas líneas de su libro, cuando dice: “Todos estos se habían casado con mujeres extranjeras. Algunas de ellas habían tenido hijos” (Esd 10, 44). Estas leyes obligaban a exiliarse a Rut sin la más mínima compasión, ya que era extranjera, aunque –en su caso– no había tenido hijos. 

Reconocer la realidad es siempre el primer paso para buscar soluciones. Eso es lo primero que hacen las protagonistas de esta historia: tomar conciencia de la situación en la que se encuentran. Ambas lo hacen por separado; sin embargo, enseguida se dan cuenta de que el diálogo, escucharse la una a la otra, será vital para ayudarse mutuamente a salir de la situación que están viviendo. 

Orfá, la otra nuera de Noemí, había seguido su consejo y había regresado a la casa de su madre, como nos cuenta el texto (Rut 1, 14). Las mujeres solas y sin hijos nunca habían sido nada en Israel y, en ese momento, con las leyes de Esdras y Nehemías, menos todavía. 

Dos mujeres en la periferia 

Siempre supeditadas a los hombres, que actuaban sin un ápice de compasión, siempre pensando en sus leyes y en sus ‘historias’, como si las personas no contasen para nada. “¡Vete Rut!”, seguía diciendo Noemí. Sabía que era lo que le convenía a su nuera, lo que le hacía falta para salir adelante. Era lo justo y necesario para que esa mujer, que todavía era muy joven, pudiera vivir. 

Cada vez que la escuchaba repetir lo mismo, Rut la miraba con más cariño que nunca. Para Rut, Noemí era mucho más que la madre de su marido; era la mujer que la había acogido como a una hija sin hacer nunca el más mínimo comentario sobre su procedencia extranjera, ni sobre alguna de las costumbres de su tierra y de su cultura que todavía practicaba. ¿Cómo abandonarla a su suerte? ¿Cómo dejarla ahora sola, convirtiendo su vida en una periferia existencial sin horizonte alguno? Sí, tenía que quedarse con ella, pero no hacerlo como una obligación. Se quedaba con ella porque quería quedarse con ella. Era un verdadero acto de amor y –ya se sabe– el amor es un acto de la voluntad. 

En este caso, las palabras serían tan importantes como los gestos, y a Rut le llevó su tiempo dar con los términos más adecuados para expresar cuál era su sentir por Noemí, el cariño que le profesaba y, sobre todo, que sirvieran de marco a las consecuencias – imprevisibles en ese momento– que tendría el hecho de permanecer las dos juntas

Cambiar para ser fiel 

Al final las encontró. No fue fácil. Suponía renunciar en buena parte a su cultura, a su forma de pensar, a su mentalidad ya estructurada, para dar paso no a una Rut diferente, sino a una Rut que no le temía al cambio, porque estaba convencida de que cambiar, en muchas ocasiones, es la mejor y única forma de fidelidad

Una tarde, sentadas frente a frente, Rut tomó las manos de Noemí entre las suyas y, mirándola a los ojos, compartió con su suegra su deseo y voluntad de quedarse con ella. Estas fueron las palabras que tanto había pensado y meditado: “No insistas más en que me separe de ti. Donde tú vayas, yo iré; donde tú vivas, viviré; tú pueblo es mi pueblo, y tú Dios es mi Dios; donde tú mueras, moriré y allí me enterrarán. Juro hoy solemnemente ante Dios que solo la muerte nos ha de separar” (Rut 1, 16-17). 

Pocas veces una declaración de amor, de deseo de compromiso, de voluntad de hacer algo, se ha dicho de forma más bella. No se trata solamente de una declaración que implica quedarse juntas, sino que conlleva la toma de decisión de integrarse, de que Rut se haga corresponsable de la vida y la suerte que pueda correr Noemí. Desde este instante, la vida, la historia de esta pequeña comunidad de dos mujeres, está unida por la decisión de ambas, ya que Noemí acepta que Rut la acompañe en su regreso a Belén

Un camino incierto 

La declaración de Rut es la prueba de quien se arriesga a iniciar un camino incierto en el que, sin duda, habrá contratiempos y problemas. Sin embargo, la generosidad vence plenamente al miedo y a la desmotivación. Sabe que ella y su suegra emprenden un camino sin la menor certeza de un destino maravilloso, de una meta idílica, pero lo emprenden. Es generosa y entregada. 

Noemí va a vivir la experiencia de sentir la cercanía de Dios a través de alguien que se va a ocupar de ella y preocupar por ella hasta el final de su vida. De forma gratuita, porque el amor no pasa factura. Y también, generosamente, acepta ser ayudada. Porque la generosidad está en el dar, pero también en el recibir. Ambas acciones requieren un corazón abierto en ambas direcciones. 

Noemí comprende que la decisión de Rut es, a todas luces, una decisión tomada con el corazón, que –no olvidemos– es el centro de la persona para los judíos. Entre las dos se abre la posibilidad de comunicarse de mujer a mujer, de persona a persona, de tú a tú, de una manera que ella, Noemí, nunca había pensado ni sentido. No va a ser una mera comunicación, en la que una dice y la otra también dice. Desde ahora, su escucha va a ser una escucha activa, en la que ambas tomarán buena nota de lo que la otra diga. Harán suyas, mutuamente, las preocupaciones, los sinsabores, los anhelos de futuro y esperanza para, así, integrar todo eso en la propia reflexión y poder avanzar en la misma dirección, ofreciéndose apoyo y ayuda recíprocamente. (…) 

Hubo una vez una Iglesia… (y II)

Por Cristina Inogés

Terminaba el artículo anterior diciendo que tendríamos que aprender a ser Iglesia de otra manera: “Una Iglesia que cambiará de tal manera que no será ya solo la Iglesia de los ordenados, sino la Iglesia de todos los bautizados. ¿Lo conseguiremos? Más vale, porque si no…” 

 
Se acaban de presentar el Documento Preparatorio y el logo del Sínodo 2021-2023 en una rueda de prensa desde la Sala Stampa del Vaticano y transmitida a todo el mundo por facebook. Buenas intervenciones –algún comentario habría que puntualizar– y documentos ya públicos. ¿Qué reacciones han causado en nuestra Iglesia española? Basta darse un paseo por las páginas web de las diócesis y ver las redes sociales. La palabra que define la situación es una: Silencio. 

¿Por qué ese silencio? 

Es verdad que no es en la única Iglesia en la que esto ha pasado, pero, antes que comentar lo que pasa en otras, habrá que averiguar qué pasa en la nuestra. ¿Por qué ese silencio? ¿Por qué todavía hay buena parte del clero que, sorprendido, pregunta que de qué Sínodo estamos hablando? ¿A nadie le preocupan las cifras históricas de no creyentes y de personas para las que la Iglesia es algo totalmente desconocido? ¿Es miedo al cambio? ¿Miedo a una “supuesta” novedad que fue lo normal durante mil años en nuestra Iglesia? ¿Miedo a una forma de ser Iglesia que vieron y vivieron a fondo personas como san Carlos Borromeo? 

¡Vamos a probar a ser positivos! No hay mucho tiempo, pero podemos intentarlo. Tenemos los documentos, un logo colorista, con contenido y que no hace falta explicar mucho. Y hasta el 17 de octubre, fecha en la que se inicia el Sínodo en las diócesis podemos ponernos las pilas, si se me permite la expresión. 

Cada diócesis tiene libertad absoluta para adaptar los documentos del Sínodo a su realidad y circunstancia. Se ha hecho así para que cada equipo diocesano, nombrado por el arzobispo, y a cuyo frente se aconseja que haya dos personas siendo una de ellas un laico/a (para que no haya duda), pueda plantear el plan de trabajo sinodal más adecuado a su situación. Desde la Secretaría del Sínodo se facilitan todas las explicaciones y se resuelven todas las dudas que puedan aparecer. Por esta parte ya no hay excusa. 

La riqueza de la Iglesia 

Lo más importante y lo más complicado por la falta de costumbre, es la fase de la escucha. Aquí sí que sería interesante dejarse aconsejar por profesionales que faciliten esos encuentros y nos enseñen, de verdad, qué es la escucha. También será necesario adentrarse en el discernimiento que, aunque no se aprende de la noche a la mañana, necesita de su rodaje. 

Tenemos todo a favor, ¿por qué no aprovechamos la oportunidad? ¿Somos conscientes de a qué nos enfrentamos si no conseguimos crear, al menos, la curiosidad por aprender a ser Iglesia de otra manera? 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, nuestra riqueza, no está solamente en su patrimonio, en sus archivos y bibliotecas –que son un legado impresionante y a través del cual conocemos nuestra historia– sino que está en las personas porque somos artífices de hacer realidad el reino de Dios en el mundo y en la sociedad en la que nos toca vivir

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en esa capacidad de diálogo con la que nos creó Dios porque, desde el principio, la historia de amor de Dios con el hombre está indisolublemente unida a las palabras que nos decimos cara a cara o, mejor dicho, mirándonos a los ojos. También sabiendo escuchar el lenguaje gestual, corporal, porque uno de los relatos míticos de la creación del hombre nos cuenta que Dios nos hizo acariciando barro y ahí también estaba hablando. Por supuesto las circunstancias que rodean a las personas son fuente inagotable de comunicación. 

La riqueza de la Iglesia, es decir, la nuestra, está algunas veces escondida en situaciones a las que no nos acercamos por mil motivos distintos, y de las que podemos aprender mucho para corregir nuestros errores y meteduras de pata y, así, no causar más dolor. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en que Dios nos hizo a todos iguales –y en la Iglesia se hace realidad por el bautismo– y, por lo tanto, lo que en ella acontece nos interpela y nos interesa a todos, y por todos debe ser decidido. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, de todos, está en mostrar que somos capaces de asumir responsabilidades hasta ahora vetadas a los laicos, como participar en la elección de candidatos al obispado, por ejemplo, y que podrían evitar algunos problemas posteriores y hasta sufrimientos a quienes puedan llegar a ser obispos sin ser ese su mejor destino en la Iglesia. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en sentirnos de verdad comunidad que camina junta, que sabe seguir andando y que, cuando los rezagados se unen al camino, los acoge sin reproches, con caridad y animándolos a sumarse a la construcción de una nueva forma de ser Iglesia. 

La riqueza de nuestra Iglesia, es decir, la nuestra, está en saber que no nos enfrentamos con posiciones ideológicas y que el Espíritu nos acompaña, nos aconseja, y nos señala el camino sutilmente porque al Espíritu no le gustan las algarabías ni los triunfalismos. 

Si no conseguimos empezar a cambiar a una nueva forma de ser Iglesia, y este Sínodo es la posibilidad que se nos brinda por primera vez en la historia, dentro de muy poco tiempo ya no quedarán ni rescoldos que reavivar. 

¡Vamos a ser valientes! ¡Vamos a tomarnos en serio nuestra responsabilidad de ser cristianos! ¡Vamos a ser positivos! ¡Vamos a abandonar egos opresivos! Solamente así, dentro de muchos años, cuando alguien decida investigar qué pasó en aquel Sínodo que se convocó entre octubre de 2021 y noviembre de 2022, podrá decir: Hubo una vez una Iglesia… De nosotros depende que añada, para finalizar la frase unos de estos dos adjetivos: cobarde (creyéndose dueña de sus fuerzas) o valiente (confiando plenamente en el Espíritu)

La apertura del Sínodo

Cristina Inogés en la apertura del Sínodo de la sinodalidad: “En muchas ocasiones la fidelidad exige cambiar” 

La teóloga aragonesa invitó en su meditación a “construir esa Iglesia llamada a ser refugio seguro para todos; lugar de encuentro y diálogo intercultural, espacio de creatividad teológica y pastoral con la que afrontar los desafíos a los que nos enfrentamos” 

Una meditación de la teóloga Cristina Inogés Sanz durante la oración del momento de reflexión con el que se ha materializado la apertura del sínodo sobre la sinodalidad ha puesto sobre los presentes en el aula nueva del sínodo un comentario a partir de un texto del Apocalipsis (cf. 1,9-20). “Iniciamos un proceso espiritual, que eso es la sinodalidad, y lo hacemos con esperanza, decisión, y hambre de conversión para aprender a vivir, de verdad y humildemente, que los mejores puestos en la Iglesia no son los exclusivos y los que separan, sino los que, desde el servicio, inducen al perdón, la reconciliación, y el encuentro”, señaló. 

 
“Somos heridos caminantes llenos de esperanza, confianza y amor en el Dios que no nos abandona y ajusta su paso al nuestro al ritmo de la acogida, del perdón, y de la gracia”, destacó Inogés poniendo de manifiesto las heridas causadas por la Iglesia. “Venimos desde hace siglos confiando más en nuestros egos que en tu Palabra. Hace tiempo olvidamos que, cada vez que no te dejamos caminar a nuestro lado, somos incapaces de mantener el rumbo adecuado”, apuntó. 

Por ello, recomendó: “No tenemos que tener miedo a reconocer los errores cometidos”. “Es bueno y saludablecorregir los errores, pedir perdón por los delitos cometidos, y aprender a ser humildes. Seguramente viviremos momentos de dolor, pero el dolor forma parte del amor. Y nos duele la Iglesia porque la amamos”, añadió. 

La Iglesia hogar 

Para Inogés, “en muchas ocasiones la fidelidad exige cambiar. La fidelidad al mandato misionero recibido del mismo Jesús, la fidelidad a nuestra Iglesia, exige que se viva un cambio y, ese cambio, puede suponer una revolución”. “A lo largo de la historia las revoluciones que han resultado más creativas, son las que nacieron de la transformación del corazón”, apuntó citando al teólogo ortodoxo Olivier Clèment. 

Puso de manifiesto que “todo el pueblo de Dios está convocado, por primera vez, a participar en un Sínodo de losobispos. También están invitados a hacernos llegar su voz, su reflexión, sus preocupaciones, y su dolor, todos aquellos a los que un día no supimos escuchar y se fueron y no los echamos de menos. ¡Enseñadnos a ser mejores cristianos! ¡Enseñadnos a recuperar la esencia de la comunidad cristiana que es la comunión, no la exclusión!”, clamó. 

Finalmente, recordó que Jesús “no nos dejó normas ni estructuras sobre cómo ser Iglesia, sí nos dejo una forma de vida con la que construir esa Iglesia llamada a ser refugio seguro para todos; lugar de encuentro y diálogointercultural, espacio de creatividad teológica y pastoral con la que afrontar los desafíos a los que nos enfrentamos. En definitiva ser la Iglesia-Hogar que todos añoramos”. “Servicio y sinodalidad van de la mano. Servir para ser comunión en el ser; sinodalidad para ser comunión en el caminar juntos. Comunión, en definitiva, para obrar todos juntos según lo que nos diga, indique, y sugiera el Espíritu”, concluyó