La Buena Noticia del Dgo 4º de Pascua-C

Mis ovejas escuchan mi voz

Yo las conozco y ellas me siguen

Lectura de la Palabra

JUAN 10, 27-30

Mis ovejas escuchan mi voz: yo las conozco y ellas me siguen, 28 yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano.

29 Lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa, y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre.

30 El Padre y yo somos uno.

Comentario a la lectura:

CUIDADO E INCONDICIONALIDAD AMOROSA

La metáfora del vínculo entre el pastor y sus ovejas para referirse a la relación de Cristo con la humanidad quizás ha quedado desgastada en la cultura suburbana, pero lo que pretende subrayar fundamentalmente es su opción incondicional por aquellos y aquellas que conoce en profundidad y que ama más que a su vida misma. A ello remite en este mismo capítulo en los versículos 1,10. El texto de este domingo resalta de nuevo esta incondicionalidad, pero precedida de cuatro verbos (acciones). Dos referidas al pueblo-humanidad: escuchar y seguir y otra a Cristo-Pastor: conocer y cuidar.

La relación está atravesada por tanto por un compromiso mutuo que es la unión de dos libertades, la del pueblo-humanidad en la escucha de la voz de Dios y su compromiso en la historia, secundando su iniciativa (seguimiento), y la de Dios, en su alianza inquebrantable de amor y cuidado, expresada como “vida eterna” y cuyo garante es Dios mismo, revelado en el amor histórico y concreto encarnado en Cristo.

En nuestra experiencia como mujeres y hombre creyentes quizás este texto remite a dos cuestiones fundamentales: La primera es hacernos conscientes de la calidad de nuestra escucha a la Palabra de Dios en la historia, en los acontecimientos, en lo cotidiano de nuestra vida.

¿Es nuestra escucha una escucha actualizada o más bien vivimos de las rentas? ¿Cómo descubrimos a Dios en los nuevos signos de los tiempos y sus clamores: el grito de la tierra y la ecología, los movimientos de liberación de las mujeres, las luchas antirracistas, ¿las iniciativas por otra economía y organización social posibles que tenga en el centro la vida y no el libre mercado y en las que las personas y la casa común sean lo primero? En definitiva ¿Cómo es nuestra calidad de escucha y disponibilidad a hacer del mundo un lugar habitable, sin primeros ni últimos ni últimos, al modo de Jesús de Nazaret?

La segunda pregunta va referida a nuestra propia experiencia de Dios porque la fe cristiana no es ideología ni creencia, sino sobre todo experiencia. ¿Cómo y a través de quienes experimentamos el cuidado y la incondicionalidad amorosa de Dios en los tiempos inciertos y violentos que atravesamos? ¿Qué experiencias de plenitud, de eternidad, de comunión se nos van regalando desde el ya sí, pero todavía no del reino y son en nuestra vida fuente de resiliencia y esperanza comprometida contra toda desesperanza?

Pepa Torres Pérez

La Buena Noticia del Dgo 2º-Cuaresma-C

Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió

Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.

Lectura de la Palabra

Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto

Comentarios a la lectura

A QUIÉN ESCUCHAR?

Por José Antonio Pagola

Los cristianos hemos oído hablar desde niños de una escena evangélica llamada tradicionalmente la «transfiguración de Jesús». Ya no es posible saber con seguridad cómo se originó el relato. Quedó recogido en la tradición cristiana sobre todo por dos motivos: les ayudaba a recordar el misterio encerrado en Jesús y les invitaba a escucharle solo a él.

En la cumbre de una «montaña alta», los discípulos más cercanos ven a Jesús con el rostro «transfigurado». Le acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés, el gran legislador del pueblo, y Elías, el profeta de fuego que defendió a Dios con celo abrasador.

Los dos personajes, representantes de la Ley y los Profetas, tienen el rostro apagado: solo Jesús irradia luz. Por otra parte, no proclaman mensaje alguno, vienen a «conversar» con Jesús: solo este tiene la última palabra. Solo él es la clave para leer cualquier otro mensaje.

Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer «tres chozas», una para cada uno. Pone a los tres en el mismo plano. No ha captado la novedad de Jesús. La voz surgida de la nube va a aclarar las cosas: «Este es mi Hijo, el escogido. Escuchadlo». No hay que escuchar a Moisés o a Elías, sino a Jesús, el «Hijo amado». Sus palabras y su vida nos descubren la verdad de Dios.

Vivir escuchando a Jesús es una experiencia única. Por fin estamos escuchando a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué y para qué vivir. Alguien que ofrece las claves para construir un mundo más justo y digno del ser humano.

Los seguidores de Jesús no vivimos de cualquier creencia, norma o rito. Una comunidad se va haciendo cristiana cuando va poniendo en su centro el Evangelio y solo el Evangelio. Ahí se juega nuestra identidad. No es fácil imaginar un hecho social más humanizador que un grupo de creyentes escuchando juntos el «relato de Jesús». Cada domingo podemos sentir su llamada a mirar la vida con ojos diferentes y a vivirla con más responsabilidad, construyendo un mundo más habitable.

Transfiguración y profecía

Pepa Torres


El Evangelio de hoy es conocido tradicionalmente como la Transfiguración de Jesús y nos resulta siempre difícil de comprender. No sabemos bien a qué experiencia concreta remite, pero sí que acontece en el contexto de un encuentro en la intimidad con su Abba, en el que se experimenta transido de Dios y enraizado en la tradición profética de Israel. De ahí la referencia a Moisés y Elías. Una experiencia de filiación profundamente arraigada en un misterio de Amor que le desborda y le confirma en su misión profética con todas sus consecuencias.

Los discípulos que le acompañan son testigos de la afección de esta experiencia contemplativa en el propio Jesús, de su transformación interna y externa: su transfiguración. Quizás desde una compresión psicológica contemporánea podríamos definirla hoy esta experiencia vivida por Jesús como una experiencia cumbre que marcó su vida.

Pero la reacción de los discípulos y Jesús ante esta experiencia es bien distinta. Mientras Pedro, Juan y Santiago tienen la tentación de autocomplacerse en ella, instalarse en el bienestar consolador que les produce y evadirse de la realidad histórica: “Hagamos tres tiendas”. La reacción de Jesús es permanecer en silencio asumiendo la dimensión conflictiva de su misión, que ya empieza a vislumbrar y que acontecerá en Jerusalén, pues el reino que el Abba le va desvelando no tiene nada que ver con el poder político y religioso que representa el Templo.

Quizás este es el mayor aprendizaje que nos propone la lectura de este este texto: la autenticidad de la experiencia contemplativa en nuestra vida no es una cuestión de piedad, sino de profetismo y compromiso. La calidad de nuestra oración o nuestras experiencias de Dios no se miden por cuantas horas estamos en silencio sino por nuestra projimidad vivida hasta las últimas consecuencias.

El texto también nos dice que los discípulos vieron la gloria de Dios. Desde la tradición patrística que representa San Ireneo sabemos que la gloria de Dios es que los hombres y las mujeres vivan y lo hagan en abundancia, en plenitud de sentido, justicia y comunión. Por eso la verificación de la dimensión orante de nuestra vida nunca será la autocomplacencia, sino la entrega generosa y gratuita a empujar y cuidar la vida allá donde se nos revela más vulnerada y herida. Allá también seremos llamados y llamadas a vivir la experiencia de filiación que nos hace hijos e hijas en el Hijo y a todo ser humano nuestro hermano y hermana.

La Buena Nueva del Dgo Cuarsma-1º-C

Vencer las tentaciones

«No solo de pan vive el hombre»

Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le contestó: «Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre»».

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.»

Jesús le contestó: «Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto»». Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»».

Jesús le contestó: «Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios»».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Comentario al Evangelio

CONVERTIR TODO EN PAN

Written by José Antonio Pagola

Es nuestra gran tentación. Reducir todo el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos: empeñarnos en convertirlo todo en pan con que alimentar nuestras apetencias.

Nuestra mayor satisfacción, y a veces casi la única, es digerir y consumir productos, artículos, objetos, espectáculos, libros, televisión. Hasta el amor ha quedado convertido con frecuencia en mera satisfacción sexual.

Corremos la tentación de buscar el placer más allá de los límites de la necesidad, incluso en detrimento de la vida y la convivencia. Terminamos luchando por satisfacer nuestros deseos, aun a costa de los demás, provocando la competitividad y la guerra entre nosotros.

Nos engañamos si pensamos que es ese el camino de la liberación y de la vida. Al contrario, ¿no hemos experimentado nunca que la búsqueda exacerbada de placer lleva al aburrimiento, el hastío y el vaciamiento de la vida? ¿No estamos viendo que una sociedad que cultiva el consumo y la satisfacción no hace sino generar insolidaridad, irresponsabilidad y violencia?

Esta civilización, que nos ha «educado» para la búsqueda del placer fuera de toda razón y medida, está necesitando un cambio de dirección que nos pueda infundir nuevo aliento de vida.

Hemos de volver al desierto. Aprender de Jesús, que se negó a hacer prodigios por pura utilidad, capricho o placer. Escuchar la verdad que se encierra en sus inolvidables palabras: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios».

¿No necesitamos liberarnos de nuestra avidez, egoísmo y superficialidad, para despertar en nosotros el amor y la generosidad? ¿No necesitamos escuchar a Dios, que nos invita a gozar creando solidaridad, amistad y fraternidad?

La Buena Noticia del Dgo. 8º-C

¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego?

Lucas 6, 39-45

Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano.

Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.

El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca.»

Comentarios a la Palabra

ÁRBOLES SANOS

Written by José Antonio Pagola

La advertencia de Jesús es fácil de entender. «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto. No se cosechan higos en las zarzas ni se vendimian racimos en los espinos».

En una sociedad dañada por tantas injusticias y abusos, donde crecen las «zarzas» de los intereses y las mutuas rivalidades, y donde brotan tantos «espinos» de odios, discordia y agresividad, son necesarias personas sanas que den otra clase de frutos. ¿Qué podemos hacer cada cual para sanar un poco la convivencia social tan dañada entre nosotros?

Tal vez hemos de empezar por no hacer a nadie la vida más difícil de lo que es. Esforzarnos para que, al menos junto a nosotros, la vida sea más humana y llevadera. No envenenar el ambiente con nuestra amargura. Crear en nuestro entorno unas relaciones diferentes hechas de confianza, bondad y cordialidad.

Necesitamos entre nosotros personas que sepan acoger. Cuando acogemos a alguien, lo estamos liberando de la soledad y le estamos infundiendo nuevas fuerzas para vivir. Por muy difícil que sea la situación en que se encuentra, si descubre que no está solo y tiene a alguien a quien acudir, se despertará de nuevo su esperanza. Qué importante es ofrecer refugio, acogida y escucha a tantas personas maltratadas por la vida.

Hemos de desarrollar también mucho más la comprensión. Que las personas sepan que, por muy graves que sean sus errores, en mí encontraran siempre a alguien que las comprenderá. Hemos de empezar por no despreciar a nadie, ni siquiera interiormente: no condenar ni juzgar precipitadamente. La mayoría de nuestros juicios y condenas solo muestran nuestra poca calidad humana.

También es importante contagiar aliento a quien sufre. Nuestro problema no es tener problemas, sino no tener fuerza para enfrentarnos a ellos. Junto a nosotros hay personas que sufren inseguridad, soledad, fracaso, enfermedad, incomprensión… No necesitan recetas para resolver su crisis. Necesitan a alguien que comparta su sufrimiento y ponga en sus vidas la fuerza interior que las sostenga.

El perdón puede ser otra fuente de esperanza en nuestra sociedad. Las personas que no guardan rencor ni alimentan el resentimiento, y saben perdonar de verdad, siembran esperanza a su alrededor. Junto a ellas siempre crece la vida.

No se trata de cerrar los ojos al mal y a la injusticia. Se trata sencillamente de escuchar la consigna de Pablo de Tarso: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien». La manera más sana de luchar contra el mal en una sociedad tan dañada como la nuestra es hacer el bien «sin devolver a nadie mal por mal…; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres» (Romanos 12,17-18).

Dgo. 7º-C «Amad a vuestros enemigos»

Written by José Luis Sicre

El domingo pasado, en la primera parte del “Discurso en la llanura”, Jesús distinguía dos antagónicos: pobres-odiados y ricos-estimados. Los primeros recibirán en el cielo su recompensa; los segundos lo perderán todo. Pero aquí, en la tierra, ¿cómo deben relacionarse ambos grupos? ¿Deben comenzar los pobres una guerra contra los ricos? ¿Pueden contentarse, al menos, con maldecirlos y desearles toda clase de desgracias? A favor de esta postura se podrían citar numerosos salmos, textos proféticos, y la práctica contemporánea de la comunidad de Qumrán. Pero Lucas quiere inculcar una actitud muy distinta, basándose en la enseñanza de Jesús.

Comportamiento con los enemigos (6,27-36)

Al comienzo del evangelio de Lucas, Zacarías, padre de Juan Bautista, profetiza que el descendiente de David vendrá “para que arrancados de las manos de los enemigos, le sirvamos [a Dios] con santidad y justicia”. Es una falsa esperanza. La venida de Jesús no nos arranca de las manos de los enemigos. ¿Qué hacer con ellos?

Ante los sentimientos y palabras adversos

Jesús comienza dirigiéndose a “vosotros que escucháis”, sus discípulos. No puede ser más duro y exigente: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ya no se trata de dos grupos separados (pobres – ricos), cada uno viviendo su propia vida. Hay un grupo enemigo que odia, maldice e injuria a las comunidades cristianas. Igual que hoy día se odia, insulta y critica a la Iglesia. ¿Cómo reaccionar ante ello? Es frecuente la autodefensa, negar las acusaciones o relativizarlas. No es eso lo que quiere Jesús. Incluso en el caso de que el odio, la crítica o la maldición sean injustificados, la postura del cristiano debe ser positiva. De las cuatro cosas que indica Lucas, dos al menos son posibles en cualquier circunstancia: hacer el bien y rezar. El “amor” no hay que entenderlo en sentido afectivo (como el amor entre los esposos, o entre padres e hijos), sino en el sentido práctico de “hacer el bien”. En el evangelio de Lucas, el ejemplo concreto sería el de Jesús curando la oreja del soldado que viene a detenerlo.

Ante las acciones

De repente, del “vosotros” se cambia al “”. Lo que hay que afrontar ahora no son sentimientos adversos (odio) o palabras hirientes (maldiciones, injurias), sino acciones concretas: “Al que te golpee en la mejilla… al que te quite el manto… al que te pide… al que te quite”. Estas frases le gustarían mucho a Gandhi. Pero a la mayoría le pueden resultar absurdas y prestarse al chiste: “Al que te robe el móvil, dale también el reloj”; “al empresario que intenta robarte, no se lo reclames”.

¿Hay que tomar estas exhortaciones al pie de la letra? En el NT se escuchan dos bofetadas: una a Jesús y otra a Pablo. Ninguno de los dos pone la otra mejilla. Jesús reacciona: “Si he hablado mal, dime en qué. Y si no, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). Pablo, que se dirige al sumo sacerdote, es más duro: “Dios te va a golpear a ti, pared encalada. Tú estas sentado para juzgarme según la Ley y me mandas golpear contra la Ley” (Hch 23,3).

En cambio, con respecto al no reclamar en caso de injusticia, hay una reflexión de Pablo muy parecida. Un miembro de la comunidad de Corinto tuvo un pleito con otro y acudió a los tribunales paganos. Pablo les escribe que eso debería resolverlo un experto dentro de la comunidad. Y añade algo en la línea del evangelio que comentamos: “Ya es bastante desgracia que tengáis pleitos entre vosotros. ¿Por qué no os dejáis más bien perjudicar? ¿Por qué no os dejáis despojar?” (1 Cor 6,1-11).

La regla de oro

El discurso vuelve al “vosotros”: “Como queréis que os traten los hombres tratadlos vosotros a ellos”. La formulación negativa de esta famosa norma aconseja: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan”. Aquí se pide algo más que no hacer daño; se pide tratar bien a cualquier persona. ¿Cómo te gusta que te trate la gente, hable de ti (por delante y por detrás), se comporte contigo? Ponte en la piel de la otra persona y actúa como te gustaría que ella se comportase contigo.

Motivos para actuar así

Lucas es consciente de que Jesús pide algo muy difícil. Por eso añade tres motivos que pueden ayudarnos a actuar de ese modo.

1) El cristiano debe superar a los pecadores. Lo repite tres veces, recogiendo dos verbos iniciales (amar, hacer el bien) y añadiendo uno nuevo (prestar). Si el cristiano se limita a imitar al pecador, no tiene mérito alguno. Se queda sin premio.

2) El premio. Ya al principio del discurso prometió Jesús “una recompensa abundante en el cielo” (6,23). Ahora vuelve a mencionar esa “recompensa abundante” (6,35). Pero no habrá que esperar a la otra vida para recibirla porque, actuando de ese modo, “seréis hijos de Dios, que es generoso con ingratos y malvados”. Algunas personas han pagado grandes sumas por un título nobiliario. La realidad de “hijo de Dios” no se compra, se consigue actuando de forma benévola con los enemigos.

3) El cristiano debe imitar a su Padre, que es compasivo (v.36), como confirmará más adelante la parábola de los dos hermanos, en la que el padre abraza y festeja al hijo sinvergüenza que ha gastado su fortuna con malas mujeres. Jesús pide mucho, pero también Dios se exige mucho a sí mismo.

Jesús y sus enemigos: ataque, reproche, silencio, disculpa y perdón

Los preceptos anteriores resultan a veces muy tajantes, sin matices. Si Jesús mismo no practicó alguno de ellos, ¿cómo debemos interpretar los otros? La respuesta se encuentra en el resto del evangelio. Leyéndolo se advierte que el tema de los enemigos es mucho más complejo de lo que aquí aparece. Jesús encuentra enemigos muy distintos a lo largo de su vida: los escribas y fariseos, enemigos continuos, que critican y condenan todo lo que hace; las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén (sacerdotes y ancianos), que lo condenan a muerte y se burlan de él cuando está en la cruz; Judas, que lo traiciona; los soldados, que se burlan de él, lo golpean y crucifican; el mal ladrón, que lo zahiere.

La reacción de Jesús es muy distinta en cada caso. A los escribas y fariseos no los bendice; los ataca de forma durísima, sin desaprovechar ocasión alguna de condenarlos, insultarlos y dejarlos en ridículo. A las autoridades les reprocha en el huerto que vengan a apresarlo como si fuera un ladrón, luego guarda silencio. Con un reproche reacciona también ante Judas: “¿Con un beso entregas al hijo del hombre?”. Ante los soldados, por mucho que se burlen de él y lo hieran, no protesta ni maldice. Pero su actitud global la representan sus palabras en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, que abarcan a todos los grupos. No solo perdona, también disculpa. Al morir por todos nosotros, estaba cumpliendo su mandato de hacer el bien a los que nos odian.

La medida que uséis con los demás la usará Dios con vosotros (37-38)

El discurso cambia de tema. Deja de referirse a los enemigos para centrarse en la conducta con los otros miembros de la comunidad. La primera parte comenzó con cuatro órdenes (amad, haced bien, bendecid, rezad). Ahora encontramos dos prohibiciones (no juzguéis, no condenéis) y dos mandatos (perdonad, dad).

Lo novedoso es que de nuestra conducta depende la que adopte Dios con nosotros. Si juzgamos, nos juzgará; si condenamos, nos condenará; si perdonamos, nos perdonará; si damos, nos dará. Y aquí llega al colmo el tema de la “recompensa abundante” que ha salido ya dos veces en el discurso; ahora se dice que será “una medida generosa, apretada, remecida, rebosante”.

Estas cuatro normas parecen una receta excelente para corromper a Dios y forzarle a tratarnos bien y perdonarnos. Por desgracia, muchas veces preferimos arriesgar su condena por el breve placer de criticar o condenar a alguien.

El tema de no juzgar y no condenar se desarrolla a continuación, pero la liturgia ha reservado el resto del discurso para el domingo 8º.

La 1ª lectura (1 Samuel 26,2.7-9.12-13)

Ofrece un ejemplo concreto de perdón al enemigo, pero por debajo de lo que pide el evangelio. David, perseguido continuamente por Saúl, tiene la posibilidad de matarlo. A eso lo anima su compañero Abisai. David se niega a hacerlo “porque no se puede atentar impunemente contra el Ungido del Señor”. ¿Y si no se tratara del rey? Cuando estaba al servicio de los filisteos devastaba los pueblos vecinos “sin dejar vivo hombre ni mujer”. David no es el modelo ideal para el modo de tratar al enemigo. Pero podemos aplicarnos el mensaje de esta escena: si David perdonó a Saúl por ser el rey de Israel, yo debo perdonar a cualquiera por ser hijo de Dios.

Cuando los enemigos nos hacen un gran favor

En esta época en que se critica tanto a la Iglesia, conviene recordar que las críticas y persecuciones le hacen gran bien. Tertuliano escribía en el siglo III: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

En 1870, el estado italiano se apoderó de Roma y arrebató al Papa la mayor parte de los Estados Pontificios. Lo que muchos católicos de finales del siglo XIX vivieron como una terrible ofensa a la Iglesia, hoy lo vemos como una bendición de Dios. Algunos incluso piensan que Italia debería haberse quedado con todo. San Pedro no tenía nada.

Un propósito muy evangélico

No enviar por las redes sociales ninguna noticia, chiste o comentario que fomente el odio o el desprecio, que insulte o se burle de cualquier persona, de cualquier ideología 

La Buena Noticia del Dgo 2º Adviento-C

Vino la palabra de Dios sobre Juan… en el desierto

Preparad el camino del Señor

Lucas 3, 1-6

Todos verán la salvación de Dios

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»

Actualización de la Palabra

¿UN ADVIENTO MÁS O UNA NUEVA OPORTUNIDAD? 

Written by José Enrique Galarreta 

Lc 3, 1-6 

Los dos primeros capítulos de Lucas se dedican al «evangelio de la infancia». En éste tercero comienza la vida pública de Jesús, introducida por la predicación de Juan Bautista. 

Lucas hace una presentación «histórica», intentando precisar la fecha exacta de la aparición del Bautista en el Jordán. A pesar de ello, los datos son menos precisos de lo que parece, aunque a través de ellos podemos fijar estos sucesos hacia el año 28 de nuestra era, con un margen de error de un año más o menos. 

La intención de Lucas sin embargo no es preferentemente histórico-cronológica, sino la de presentar a Jesús a través del anuncio de Juan. El Bautista, en éste y en los otros evangelios, es el precursor, el que anuncia que la llegada del Salvador es ya inminente. 

Y se presenta al Salvador con las mismas palabras que los antiguos profetas (Isaías, Baruc…) anunciaban la restauración de Israel. Jesús es presentado por tanto por medio de un profeta, como «El que había de venir, el que esperábamos, el salvador de Israel». 

En estos capítulos de los evangelios (Mateo 3, Marcos 1, Lucas 3, Juan 1) encontramos, como casi siempre en los evangelios, un suceso que ocurrió (apareció un profeta llamado Juan que bautizaba con un bautismo de penitencia) y la interpretación que da la fe del evangelista (su función era preparar el camino de Jesús, que es «el que esperábamos, el Salvador»). 

Pero estaría muy bien no descontextuar este fragmento (cosa que hace la liturgia sin escrúpulo alguno constantemente). Los evangelios del Bautista dan un mensaje completo y amplio, que apenas se vislumbra en este trocito. (1) 

Fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 

Juan, hijo del sacerdote Zacarías, no es sacerdote. Vive en el desierto, quizá en el entorno de Qumran; lleva una vida austera, alimentado y vestido con lo que el desierto le da, que es bien poco. La Palabra de Dios no sale del Templo. El Precursor es un don nadie que vive en el desierto; como aquél a quien el Precursor anuncia. 

La Palabra de Dios fue dirigida; de nuevo, una vez más. Porque la Palabra es incansable. Toda esa larguísima trayectoria que es la historia de Israel narrada en la Escritura no es más que la crónica de la constante, incansable presencia de la Palabra. 

También es la crónica de las respuestas –buenas y malas– del pueblo a la Palabra. La Palabra que no cesa. La Palabra que es aceptada y rechazada. La Palabra que es entendida y malentendida. Pero siempre, la peregrinación humana acompañada por la Palabra. 

Podríamos decir que éste es el dogma básico, la creencia más profunda de Israel: Dios está ahí, acompañando el peregrinar del pueblo: Dios es Palabra para iluminar el camino. 

En la larga peregrinación del pueblo, la Palabra fue a veces bien, a veces mal correspondida. Pero, antes de eso, la Palabra fue entendida como aquellas personas pudieron entender. Palabra por Palabra, tan Palabra de Dios es «amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo» como «amad a vuestros enemigos». Tan Palabra de Dios es «ojo por ojo y diente por diente» como «poned la otra mejilla». Tan Palabra de Dios es el mandato de las guerras de exterminio como la negativa de Jesús a identificarse con un Mesías davídico. Palabras de Dios contradictorias. 

También Juan Bautista fue Palabra para su tiempo: una Palabra que resonaba con los más puros acentos de los profetas alarmistas. «Ya está el hacha puesta a la raid del árbol», ya está aquí el día de la venganza del Poderoso, temblad, arrepentíos para escapar al castigo inminente. Una terrible Palabra de Dios, como tantas otras antes, como tantas otras después. 

Esta Palabra fue recibida de manera diversa: mucha gente, gente normal, soldados, publicanos, acudían a Juan. Quedaban impresionados, cambiaban de vida, salían de sus pecados. Otra gente, letrados y fariseos, le pedían cuentas: «¿con qué autoridad hablas así, pues no eres el Mesías, ni siquiera un Profeta?». 

Mucha gente normal, pecadora normal, reconoció en Juan La Palabra y estuvieron dispuestos a cambiar de vida. Gente importante, experta en La Palabra, recelaron de Juan y le pidieron garantías; no estaban dispuestos a cambiar de vida: ellos ya tenían la Palabra, y no estaban dispuestos a que un don nadie sin cualificación oficial alguna les anunciara nada de parte de nadie. 

Con Jesús pasará lo mismo. La Palabra vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. Es el argumento principal del cuarto evangelio: y ya lo había sido de Marcos: hay que creer en este Mesías, no en el que os habíais imaginado. ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Evidentemente, esperaban a otro, y por tanto, no era Jesús el que había de venir. 

Sorprendentemente, la Palabra/Jesús es fuertemente discordante con la Palabra/Juan. El austero penitente amenazante tiene poco que ver con el conversador de sobremesa que trae Buenas Noticias. El Dios que empuña el hacha vengadora tiene poco que ver con el padre del hijo pródigo. 

Pero tendrán algo en común: las dos Palabras serán aceptadas por los mismos y rechazadas por los mismos. Sea como sea la Palabra, por los mismos es aceptada y por los mismos es rechazada. Y, sin duda, por la misma razón; porque YO conozco de sobra la Palabra, porque ¿quién es ése para decirme a MÍ, la Palabra? 

En conclusión, en la larga peregrinación de la humanidad hacia la plenitud soñada por el Padre Creador, el Padre es Palabra, permanentemente presente en la aventura de los que caminan hacia la cumbre que es ser hijos. 

La Palabra es siempre luz, luz cada vez más intensa, de manera que una luz vista desde la oscuridad es luz, y vista desde más luz es casi oscuridad. Es la única manera que tenemos de leer como luz las oscuridades del antiguo testamento. Fueron luz en un momento de tinieblas: son tinieblas vistas desde Jesús. 

Hacemos mal en acudir a las velas cuando resplandece la luz del sol. Hacemos mal en recurrir a las velas de las antiguas palabras cuando podemos vivir al sol de Jesús. Ni la Alianza ni la promesa ni el Pueblo Elegido ni los Sacrificios ni el Templo ni el Juicio del Terrible, ni Yahvé justiciero… son más que velas de mortecino resplandor, que fueron quizá útiles para un pueblo en su caminar a tientas. 

Juan Bautista es la última de esas vacilantes candelas. Y lo dijo Jesús: el más grande de los profetas, pero el más pequeño del Reino es mayor que él. Y nosotros estamos en el Reino, porque en la noche de Navidad va a salir el sol, ante el cual todas las candelillas anteriores parecen estar apagadas. 

Pero a lo largo de la historia, las personas se han comportado igual ante la palabra, fuera modesta vela parpadeante o radiante sol de mediodía. Todas las historias de los profetas de la Vieja Ley y del Reino se parecen: Palabra de Dios aceptada por gente vulgar y rechazada por sabios, santos y poderosos. 

Los profetas oficiales rechazando a Jeremías, los ricos y los reyes riéndose e incluso dando muerte a los portadores de la Palabra. Juan Bautista acosado por los escribas y fariseos y asesinado por Herodes, Jesús, igualmente acosado por escribas, fariseos y sacerdotes, y entregado a la muerte a mano de los poderes políticos. 

Y siempre por la misma razón de fondo, una actitud: estar a la espera de la Palabra, necesitar la Palabra, desear la Palabra, o, por el contrario, estar seguro, no necesitar ninguna palabra. Actitud que es la manifestación de otra más interior: estar insatisfecho, desear mejorar, estar dispuesto a cambiar. o, por el contrario, estar satisfecho, no estar dispuesto a cambiar. 

Impresiona mucho comprobar cómo toda historia religiosa, de antes y de ahora, repite como calcos las mismas actitudes vitales; por esa razón, las situaciones y los personajes que aparecen en los evangelios se convierten en paradigmas extra-temporales; nos reconocemos a nosotros mismos en los personajes y en las situaciones. 

Por eso, la palabra clave del Adviento «viene el Señor» puede ser una Gran Noticia o un tópico. Y que sea una cosa o la otra podrá servirnos para conocer a qué bando pertenecemos: si esperamos la Palabra para mejorar o la encajamos sin más en el catálogo de las cosas ya conocidas para no cambiar. 

¿Un Adviento más? ¿Una Navidad más? ¿Una nueva oportunidad? 

Como cuando nieva sobre un charco, que los copos se disuelven nada más tocar el agua. Como un paisaje nevado atravesado por un torrente. El torrente, inmune a la nevada. Nuestra vida, charco estancado quizá, palabra largamente conocida y estancada, que imposibilita recibir cualquier novedad… o torrente de múltiples actividades, deseos… incapaz de recibir palabra alguna. 

Adviento: no una «época litúrgica», sino una dimensión básica de la vida: estar atentos a la Palabra, porque viene, siempre viene, continuamente, porque Dios es incansable, porque el Amor es incansable. 

Estamos a las puertas del invierno: es bueno contemplar los árboles muertos. Parecen piedras, irremisiblemente perdidos para la vida. La contemplación del invierno debería llevarnos a pensar que el final de todo es la muerte, que la vejez no tiene remedio, que los grandes árboles helados e inmóviles han llegado a término. Pero nosotros sabemos que hay primavera, porque la hemos visto. De esas medio-piedras brotarán pequeños milagros verdes. Esos escalofriantes manojos de palos desnudos se vestirán de hojas resplandecientes. 

¿Quién soy yo? ¿Tengo el alma vieja, definitivamente resignada al invierno? ¿Estoy convencido de que en mi vida ya no va a pasar nada? 

Estaría muy bien re-leer despacio la parábola del sembrador: Dios es el incansable sembrador. Puedo estar seguro de que habrá siembra, habrá Palabra. De que la hay. Pensar en mis piedras, en mis zarzas. Y no resignarme a ellas. A veces parece que nos gusta vivir tranquilamente resignados a la esterilidad, como si las zarzas nos protegieran de algo temible…. 

Estaría muy bien re-leer la parábola de la levadura. Y atreverse a entrar dentro de nosotros mismos, sin piedad y sin miedo, descubriendo nuestros íntimos miedos, abriendo las puertas que tenemos quizá largo tiempo selladas… Y al entrar en la última morada, donde no esperamos encontrar más que lo más oscuro de nosotros mismos, encontrarnos con Dios/levadura, dispuesto a fermentar la masa, desde dentro, en silencio. 

Adviento: tiempo de agradecer. Porque siempre está ahí, porque no se cansa. Porque el amor de Dios es paciente, porque la semilla se sigue derramando, aunque haya caído tantas veces en el camino y se la hayan llevado los pájaros. Porque la levadura, pequeña y desconocida, tiene poder para fermentar hasta treinta medidas de harina… 

La Buena Noticia del Dgo 32º-B

El ejemplo de la viuda pobre

Ella ha echado más que nadie

Mc 12, 38-44

38 Y él, instruyéndolos, les decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, 39 buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; 40 y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
41 Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; 42 se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. 43 Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. 44 Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

COMENTARIO:

Jesús observa en el templo a unos ricos que echan en el cepillo grandes cantidades del dinero que les sobra Y también ve a una viuda pobre que echa dos moneditas, de lo que necesitaba para vivir.

El la pone de ejemplo: ha echado más que nadie, pues no da lo que le sobra, sino «todo lo que tiene para vivir».

La palabras de Jesús nos invitan a preguntarnos si vivimos dando lo que nos sobra o sabemos dar algo de nosotros mismos.

¿Qué es lo que estamos compartiendo con los necesitados de nuestra sociedad?

Comentario de J.A. Pagola

«Las limosnas nos tranquilizan para seguir viviendo con buena conciencia» 

Limosna 

En teoría, los pobres son para la Iglesia lo que fueron para Jesús: los preferidos, los primeros que han de atraer nuestra atención e interés. Pero es solo en teoría, pues de hecho no ocurre así. Y no es cuestión de ideas, sino de sensibilidad ante el sufrimiento de los débiles. En teoría, todo cristiano dirá que está de parte de los pobres. La cuestión es saber qué lugar ocupan realmente en la vida de la Iglesia y de los cristianos.                          Es verdad –y hay que decirlo en voz alta– que en la Iglesia hay muchas, muchísimas personas, grupos, organismos, congregaciones, misioneros, voluntarios laicos, que no solo se preocupan de los pobres, sino que, impulsados por el mismo espíritu de Jesús, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más desvalidos, pero ¿cuál es nuestra actitud generalizada en las comunidades cristianas de los países ricos? 

Mientras solo se trata de aportar alguna ayuda o de dar un donativo no hay problema especial. Las limosnas nos tranquilizan para seguir viviendo con buena conciencia. Los pobres empiezan a inquietarnos cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir, sabiendo que cada día mueren de hambre en el mundo no menos de setenta mil personas

Por lo general, entre nosotros no son tan visibles el hambre y la miseria. Lo más patente es la vida injustamente marginada y poco digna de los pobres. En la práctica, los pobres de nuestra sociedad carecen de los derechos que tenemos los demás; no merecen el respeto que merece toda persona normal; no representan nada importante para casi nadie. Encontrarnos con ellos nos desazona. Los pobres desenmascaran nuestros grandes discursos sobre el progreso y ponen al descubierto la mezquindad de nuestra caridad. No nos dejan vivir con buena conciencia. 

El episodio evangélico en el que Jesús alaba a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en nuestro bienestar. Nosotros tal vez damos algo de lo que nos sobra, pero esta mujer que «pasa necesidad» sabe dar «todo lo que tiene para vivir». Cuántas veces son los pobres los que mejor nos enseñan a vivir de manera digna y con corazón grande y generoso 

La Buena Noticia del Dgo 31º-B

El mandamiento principal

Marcos 12, 28b-34

No estás lejos del reino de Dios

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: «-El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que éstos.» El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»Jesús. Viendo, que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

La Palabra hoy

Un escriba pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal, primero de todos.

Jesús le remite al origen de la Alianza: «Escucha, Israel, el Señor es el único Dios y amarás al Señor con todo tu corazón…»

Pero Jesús añade todavía algo que el escriba no había preguntado. Este amor a Dis es inseparable del amor al prójimo. Solo se puede amar a Dios amando al hermano.

Con frecuencia tendemos a confundir el amor a Dios con las prácticas religiosas, ignorando el amor práctico y solidario a quienes viven exluídos de la sociedad y olvidados de la religión.

Pero, ¿qué hay de verdad en nuestro amor a Dios si vivimos de espalda a los que sufren?

La Buena Noticia del Dgo. 30º-B

Curarnos de la ceguera 

Anda el Maestro te llama

 
Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,46-52): 
 
 
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.»Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.»Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. 
 
 
 
 

Actualización del mensaje 

El ciego Bartimeo escucha la llamada de Jesús, arroja el manto, da un salto y se acerca a Jesús. 
 
Nosotros a veces vivimos “ciegos”, sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús.                                                             
Necesitamos liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe, tomar una decisión y ponernos ante Jesús con confianza.                                                  
Cuando uno comienza a ver de manera nueva, su vida se transforma. 
 
¿Qué tipos de ceguera tenemos nosotros? 
¿Estamos atentos al paso de Jesús por nuestra vida?                                            
¿Qué pasos tendríamos que dar para acercarnos a Jesús?   
 

Aquí estoy,Señor! 
 
Aquí estoy, Señor, 
Como el ciego al borde del camino, 
-Cansado, sudoroso, polvoriento – 
Mendigo por necesidad y oficio. 
 
Pero al sentir tus pasos 
Al oir tu voz inconfundible 
Todo mi ser se estremece 
Como si un manantial brotara dentro de mi. 
 
Ah! Qué pregunta la tuya! 
Qué deseara un ciego sino ver? 
Que vea, Señor! 
 
Que vea, Señor, tus sendas. 
Que vea, Señor, tus caminos de la vida. 
Que vea, Señor, ante todo 
Tu rostro, tus ojos, tu corazón, 
 
Ulibarri Fl 

Domund 2021

“No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (He 4,20)

Un ciego curado se hace seguidor-misionero (Domingo 30º-B Nuestras obras despertarán la fe, harán “recobrar la vista”, para seguir el camino

19.10.2021 | Rufo González

Comentario: “Hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,46-52)

Tras la “ceguera” de los Apóstoles ante el mesianismo de Jesús, Marcos narra la figura del ciego Bartimeo, que, agraciado con la acción de Jesús, “lo seguía por el camino”. Este ciego “recobra la vista”, tras confiar en la “compasión” de Jesús. “Alborde del camino”, le invoca como “Hijo de David, Jesús” (“Yahvé es ayuda”). Pide “compasión”. Cree que Jesús puede hacer algo por él. Nada más oír que Jesús le llama, “soltó el manto, dio un saltó y se acercó a Jesús”. Salta a la confianza en el amor de Dios, manifestado en Jesús. 

“¿Qué quieres que te haga?”La misma pregunta que hizo a los Zebedeos (Mc 10,36). Pedían poder, honores, privilegios. El ciego pide vida humana: “que recobre la vista”. Fe y Vida son realidades muy relacionadas en la conciencia de Jesús. El evangelio de Juan lo dice con claridad: “tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,14b-16).

Tu fe te ha salvado“Salvar” es en primer lugar sacar de un peligro, reparar lo que impide vivir bien. “Salvar” también es poner en la vida realidades valiosas cuyo disfrute nos hace felices: amor, verdad, justicia, libertad, dignidad… El más valioso es el amor. No cualquier amor. Salva, realiza, el amor fiel, gratuito, generoso, entrañable, para siempre, fecundo (da vida, alegría, esperanza…), universal. Personas que aman así “salvan” vidas: madres-padres, amigos, parejas, hijos … Personas que dan y se dan. Entre ellas sobresale para nosotros Jesús de Nazaret. Él dice que así es el misterio de Dios: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9). Él vivió esta lógica: su fe en el Padre le hacía ser fuerte para liberar del mal, para respetar la dignidad humana, para dar vida a todos.

Esta fe salvadora la reconoce Jesús en otras ocasiones de curacióna la hemorroísa (Mt 9,22; Mc 5,34; Lc 8,48), a la pecadora perdonada (Lc 7,50), al leproso agradecido (Lc 17,19), al ciego de Jericó (Lc 18,42; paralelo del ciego Bartimeo en Marcos). Expresa que la salvación o curación viene de Dios, y se realiza por la fe en Jesús, manifestación del amor divino. Fe que hace hijos de Dios: “cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,12). “Poder” es su Espíritu: “habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: `¡Abba, Padre!´. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios…” (Rm 8, 15s). El fruto principal del Espíritu es este amor (Juan lo llama también “gracia”: “jaris”). En su prólogo dice “de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia” (Jn 1,16). Se entiende mejor, y se ajusta más al texto griego, traducir: “de su plenitud todos hemos recibido un amor que responde a su amor” (Jn 1, 16). Traduce la preposición de genitivo “antí”: “járin antí járitos”. Recibimos “gracia-amor” ante o por su “gracia-amor”. Nos amó primero y por eso podemos amar como nos ama. Concuerda con “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores” (Jn 14,12). Sin fe nos perdemos: “No pudo hacer allí ningún milagro … Y se admiraba de su falta de fe” (Mc 6, 5-6).

Recobró la vista y lo seguía por el caminoDescubre el amor de Dios expresado en la escucha y curación de Jesús. Esta fe correspondida le impulsa a “seguir” a Jesús por el camino: haciendo sus mismas obras. Estas obras despiertan la fe, hacen “recobrar la vista”, para seguir el camino hacia Jerusalén, hacia la cruz, hacia la luz plena.

Oración: “Hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,46-52)

Jesús resucitado, compañero de camino:

también nosotros estamos cegados, como los apóstoles:

por el afán de éxito, de poder, de dinero…;

por el señuelo de la suerte, la superstición, la adulación…;

por tantas imágenes que entretienen y no dejan ver tu corazón.

Hoy te contemplamos en plena faena salvadora:

te detienes, llamas, preguntas a un ciego pobre:

“¿qué quieres que haga por ti?”;

este hombre no pide honores, poder ni privilegios;

pide “recobrar la vista”, propio de la vida humana;

como tantas personas que piden salud, comida, trabajo decente…

eso es voluntad del Padre creador, dador de vida en abundancia;

esta fue tu actividad prioritaria: rehabilitar enfermos y marginados.

Esta actividad va junta con la proclamación del Reino de Dios:

tú sientes a Dios como Padre que es Amor (1Jn 4,8);

tu gloria es gracia-amor de verdad a cada persona (1Jn 1,14);

tu Padre quiere “adoradores en espíritu y verdad” (Jn 4,23);

tú, el mejor adorador del Padre, nos adviertes que la vida verdadera

es ayudar a los heridos en el camino de la vida (Lc 10,37);

tú nos abres el corazón para amar sin límites:

de tu plenitud todos hemos recibido graciatras gracia”(Jn 1,16);

así somos como el Padre, buenos con los malvados y desagradecidos (Lc 6,35).

El ciego del camino creía en tu amor: “Tu fe te ha curado”:

pudiste hacer allí un milagro” (Mc 6,5.6), al confiar en tu amor;

en su curación percibió el ánimo y la fuerza de Dios;

quedó rehabilitado, entró en tu comunidad de amor;

te sigue por el camino” de vida entregada a los más débiles.

Hoy, Jesús, recordamos a los misioneros de tu Amor:

a las personas que han trabajado por el progreso humano;

a los investigadores y enseñantes que han humanizado la vida;

a los médicos que han curado y restablecido nuestro equilibrio personal;

a los soñadores que han intuido y animado la dignidad igual de las personas;

a los amigos del ser humano que lo cuidan y acompañan hasta el fin;

a los cuidadores de la naturaleza y de la vida;

a tus misioneros que, prendados de tu Evangelio, van sembrando tu vida…

Todos ellos son luces, estrellas, que iluminan la vida:

están unidos al “Padre que sigue actuando y a Ti que también actúas” (Jn 5,17);

sus obras, “como las tuyas y aún mayores” (Jn 14, 12), son de amor;

amor que sólo quiere que tengamos vida en abundancia;

amor que procura dignidad, justicia, libertad, salud, verdad, alegría…

Así “Dios será todo en todos(1Cor 15,28):

y la Iglesia será lo que Jesús quería:

un ámbito sin fronteras ni tabúes ni sistemas de poder; 

dedicada al respeto, cuidado y curación de todos.

Preces de los Fieles (D. 30º TO B 24.10.2021)

En Jesús vemos a Dios actuando: quien me ve a mí está viendo al Padre” (Jn 14,9). Jesús se acerca, escucha, ayuda… Hoy a un ciego que “recobra la vista y lo sigue por el camino”. Pidamos seguir el camino de Jesús diciendo: Maestro, que recobre la vista”.

Por la Iglesia:

– que sea capaz de corregir su sistema de poder clerical…;

– que se dedique a lo que hacía Jesús: curar y amar como el Padre del cielo.

Roguemos al Señor: Maestro, que recobre la vista”.

Por las intenciones del Papa (Octubre 2021):

– que “cada bautizado participe en la evangelización y esté disponible para la misión”;

– que “el testimonio de su vida tenga el sabor del Evangelio”.

Roguemos al Señor: Maestro, que recobre la vista”.

Por la Iglesia más misionera:

– que sigan abriendo camino al Evangelio del amor universal;

– que sientan nuestra cercanía y ayuda constante.

Roguemos al Señor: Maestro, que recobre la vista”.

Por migrantes, refugiados, enfermos…:

– que sean el centro de nuestra preocupación;

– que sientan a Jesús que les acompaña y fortalece.

Roguemos al Señor: Maestro, que recobre la vista”.

Por nuestro pueblo, parroquia, comunidad…:

– que estemos atentos a los más débiles;

– que huyamos de rivalidades, envidias, críticas malsanas…

Roguemos al Señor: Maestro, que recobre la vista”.

Por esta celebración:

– que nos incendie en el amor respetuoso y gratuito de Jesús;

– que nos anime a ser sus misioneros en nuestra vida.

Roguemos al Señor: Maestro, que recobre la vista”.

Que tu Espíritu, Señor, nos mueva a ser la Iglesia que tú querías: un ámbito sin fronteras ni tabúes ni sistemas de poder; grupos de personas dedicadas a respetar la naturaleza, a cuidar y curar a todos, imitándote a ti, manifestación del amor Padre (Jn 14,9; 1Cor 8,39), que vives por los siglos de los siglos.