La guerra que no cesa

Los dominicos de Ucrania: “El país se ha teñido de sangre de gente inocente”

“Centenares de personas, sobre todo madres con niños, personas mayores y enfermos”, relatan los religiosos

“El país se ha teñido de sangre de gente inocente que ha perdido a sus seres queridos y todas sus posesiones”. Así explican la situación de Ucrania la comunidad de dominicos del país en un comunicado. Sin embargo, reconocen que a pesar de “la invasión del mal y el enorme sufrimiento se han encontrado con la increíble bondad y valentía de miles y miles de personas”.


Asimismo, explican la situación de los refugiados. “Centenares de personas, sobre todo madres con niños, personas mayores y enfermos, han encontrado refugio en los conventos dominicos y las casas de acogida laicas de nuestra Orden”.

Gratitud por la ayuda

“Cada día llegan a Ucrania convoyes humanitarios, no solo desde Polonia. Los ucranianos de aquellos territorios que aún no han sido afectados por la guerra también comparten lo que tienen con sus hermanos y hermanas en sufrimiento”, añaden.

“No hay palabras para expresar la gratitud que sentimos por toda la ayuda que habéis prestado hasta ahora”, apuntan los religiosos, que subrayan, además, que “casi todos los días nos llegan palabras de apoyo y solidaridad, plegarias y ayuda material específica, que es muestra de vuestra generosidad y vuestro buen corazón”.

El nuevo grito de Montesinos

Selvas Amazónicas y el nuevo grito de Montesinos en las periferias: entre la compasión y la indignación

Miguel Ángel Gullón, misionero dominico en El Seibo, República Dominicana

Los Misioneros Dominicos han presentado su informe ‘Compartiendo esperanzas desde las periferias. Mirada sobre la pobreza en los núcleos urbanos de nuestras misiones en Latinoamérica’

José Luis Segovia llama a “traducir las necesidades de las personas en derechos”

Siguiendo la estela de Antón de Montesinos, el fraile dominico cuyo enérgico sermón, el cuarto domingo de Adviento de 1511, hizo temblar los intereses coloniales de quienes infringían la dignidad de los indígenas en La Española, Selvas Amazónicas, entidad de los Misioneros Dominicos, ha presentado estos días su informe ‘Compartiendo esperanzas desde las periferias. Mirada sobre la pobreza en los núcleos urbanos de nuestras misiones en Latinoamérica’.


Presentado en el espacio madrileño O Lumen, las claves principales del informe fueron expuestas por Jesús Díaz Sariego, prior de los Dominicos de la Provincia de Hispania, y José Luis Segovia Bernabé, vicario episcopal de Pastoral Social e Innovación de la Archidiócesis de Madrid.

Acoger y conversar con el mundo

Como enfatizó Sariego, los misioneros de la congregación están en las periferias porque “quieren acoger y conversar con el mundo que Dios ha creado, dejándose conmover ante el sufrimiento”. En este sentido, “los misioneros suelen decir que, más que llevar el Evangelio a las personas heridas por la vida, que viven injustamente en las periferias del mundo, son ellas las que nos evangelizan a nosotros”.

Por su parte, Segovia destacó que “el informe es una invitación a hacer una lectura creyente de la realidad del sufrimiento y de la injusticia”. Un caminar que siempre ha de partir de “la mirada” de quien acude al encuentro del otro en las periferias y, más concretamente, de “una metodología compasiva”.

Contra el sufrimiento evitable

Para el sacerdote madrileño, igualmente importante es la actitud de “dejarnos conmover por las periferias y de aunar compasión ante el sufrimiento de los seres humanos con la indignación”, que es, en la tradición iniciada en la comunidad por Montesinos, “una sublevación íntima en la conciencia y en el corazón ante el sufrimiento evitable”.

Como lamentó el vicario episcopal de Pastoral Social, en el momento actual “se ha naturalizado la desigualdad, situación que genera una gran descohesión social, donde no tenemos un nosotros colectivo”. De ahí que sea fundamental “traducir las necesidades de las personas en derechos, porque los derechos son la forma institucionalizada y universal de responder de manera digna a las necesidades y, también, porque solo los derechos hacen de dique de contención frente a los intereses que generan pobreza, exclusión y desigualdad”.

Tarea que ha de ir acompañada de “procesos de empoderamiento donde la fraternidad nos lleve a relacionarnos desde lugares horizontales con las personas empobrecidas, que son sujetos protagonistas y actores de su propio destino”, debiendo todos escuchar “su propia voz”.

Adiós al padre Pedro de Vallecas, «un tsunami de humanidad»


El padre Pedro nació en Gijón (Asturias), el 24 de diciembre de 1924. El cuarto de cinco hermanos, quedó huérfano de padre a los 6 años, algo que «debió de marcar de alguna manera mi vida»
El Concilio Vaticano II, momento de «comenzar a comprender que el cristianismo tiene una evidente dimensión social»
Fue maestro de novicios en Burgos y en México entró en contacto con teólogos de la liberación donde comprendió que el problema más sobresaliente de la humanidad son las desigualdades
De vuelta a España y con esa evidencia «de que había que tomar una opción por los pobres» formó una comunidad de dominicos en Vallecas
Párroco Santo Tomás de Villanueva de Vallecas, no abandonó nunca esa opción. Amó a sus alumnos y a los vecinos participando en sus actividades, compartiendo sus preocupaciones y dificultades, viviendo sus alegrías y sus logros
Ahora, le despiden con pena desde Vallecas, recociendo en él a un «hombre bueno», que vivió «entregado al barrio y a sus gentes», con «la honestidad, la concordia y la discreción como bandera»
20.11.2020 | Archimadrid
(Archimadrid).- El día de Nochebuena de este 2020, el padre Pedro hubiera cumplido 96 años. Eso, de no ser por la COVID-19. «No te contesté antes porque estoy enredado con el coronavirus –le escribió a un amigo a mediados de octubre–. El PCR ha dado positivo. Ya te contaré». Poco más de una semana después de este mensaje, Pedro Sánchez Menéndez, dominico, al que quienes le conocían se referían cariñosamente como pPedro o fraPedro, era ingresado en el hospital Virgen de la Torre de Vallecas, en el barrio al que le había entregado el corazón y la vida en la década de los 70.
«No se merece este final duro, y tan solito. ¡Él, siempre rodeado de tanta gente!», recordaban en su blog los antiguos alumnos de aquellos años en los que fue director de la Escuela Apostólica de Virgen del Camino, en León (1957-1966). El final llegó el pasado viernes, 13 de noviembre, y el blog se llenó de recuerdos. Incluida una pequeña autobiografía que el padre Pedro había terminado de escribir en pleno confinamiento domiciliario, en marzo, y que había mandado a muchos de sus alumnos, con los que, a pesar de los años, seguía manteniendo un contacto muy fluido. «Os digo sinceramente que traté de educaros con cariño y afecto», les decía en un documento que comenzaba así: «Rebasados ya los 95 años de mi vida, me gustaría dejar por escrito lo que ha sido mi trayectoria vital, según la recuerdo mirando hacia atrás y reflexionando sobre ella».
El padre Pedro nació en Gijón (Asturias), el 24 de diciembre de 1924. El cuarto de cinco hermanos, quedó huérfano de padre a los 6 años, algo que «debió de marcar de alguna manera mi vida». En octubre de 1938, sin haber terminado aún la guerra civil, en la que perdió a uno de sus hermanos, ingresó en la Escuela Apostólica de los dominicos de Corias (Asturias) «para comenzar la aventura de ser dominico». En 1950 fue ordenado sacerdote y celebró su primera Misa en la parroquia de la Milagrosa de Gijón, la suya. El Concilio Vaticano II, momento de «comenzar a comprender que el cristianismo tiene una evidente dimensión social», le dejó huella; a partir de entonces, «mi modo de entender y vivir el mensaje de Jesús, la misión de la Iglesia y el sentido de la existencia de una orden religiosa, como la de los dominicos, ha ido evolucionando de forma muy profunda».
Durante cuatro años, de 1966 a 1970, el padre fue maestro de novicios en el convento de Caleruega (Burgos), y de allí, a México, donde entró en contacto con teólogos de la liberación, que «me abrieron los ojos para comprender el problema social más sobresaliente, el que se refiere a las terribles desigualdades que existen en la humanidad». El descubrimiento de la pobreza «causó en mí un fuerte impacto», reconoce en su testamento vital, y todas estas realidades le llevaron a entender desde entonces «la predicación como el anuncio de un estilo de vida como el de Jesús, que nos compromete en la transformación del mundo».
Opción por los pobres
De vuelta a España, en 1978, el padre Pedro, desde esa evidencia «de que había que tomar una opción por los pobres», formó una comunidad de dominicos en Vallecas, uno de los barrios más deprimidos de la capital y en el que, a pesar de no vivir ya la precariedad de los 60, «todavía hoy la realidad social […] está siendo muy difícil». Junto a otros tres dominicos, se imbricaron en la vida del barrio en «estrecho contacto con la gente y sus problemas, participando en sus actividades, compartiendo sus preocupaciones y dificultades, viviendo sus alegrías y sus logros».
En 1980 se hizo cargo de la parroquia Santo Tomás de Villanueva y comenzaron su andadura de comunidad con un grupo inicial de matrimonios de distintas edades «que se reunían para reflexionar y madurar su fe». Con la idea de sumarse a las iniciativas sociales que ya existieran en Vallecas, como la Asociación de Vecinos los Pinos de San Agustín, y siempre junto a Julio Lois, dominico que se integró en la comunidad y muy activamente en las actividades de la parroquia, «apoyamos y participamos en multitud de actividades y de luchas que redundaban en el bien de la gente del barrio».
Santo Tomás de Villanueva, que eran barracones y locales hasta que se construyó el templo en 1998, se había encomendado formalmente a la orden dominicana tan solo cuatro años antes. El padre Pedro permaneció como párroco hasta 1999, cumplidos los 75 años; en el año 2013, la parroquia fue entregada de nuevo a la diócesis, manteniendo la comunidad de frailes la ayuda a los párrocos sucesivos y a los vecinos del barrio. «Estos cuarenta últimos años de vida –reconocía el padre Pedro en el documento– son los que descubro como los años que han dado más sentido a mi vida como cristiano, como seguidor de Jesús y como dominico».
Ahora, le despiden con pena desde Vallecas, recociendo en él a un «hombre bueno», que vivió «entregado al barrio y a sus gentes», con «la honestidad, la concordia y la discreción como bandera». También le dicen hasta luego sus antiguos alumnos de León, que le recuerdan como un «buen maestro, modelo de vida y padre del espíritu», «un tsunami de humanidad», le dedican la salve dominicana, «esta plegaria que tantísimas veces ha cantado él durante toda su vida», y lo imaginan ya en el banquete del cielo, sentado a la mesa «con “los pobres, los lisiados, los ciegos, las viudas, los niños y los cojos” (Lc 14, 21) de Corias, de la Virgen del Camino, de Caleruega, de México y de tu querido barrio de Vallecas».