El proyecto de Jesús

¿JESÚS FUE COMUNISTA? EL EVANGELIO Y LA PREOCUPACIÓN POR LOS POBRES

Cuando pensamos en el Evangelio y en lo que supone la persona de Jesús, quizás, desde algunos sectores, siempre parece que nos viene a la cabeza la figura de alguien muy “angelical”, en el sentido de una persona “que no se metía en problemas de ningún tipo”, y que su objetivo era “dedicarse a las cosas de su Padre”, entendiendo precisamente por esas cosas, “las del cielo”, es decir lo que está apartado del mundo y de la vida de cada día. Pero entender así a Jesús, el Evangelio y el proyecto que El llamó “Reino de Dios”, y que le llegó a costar la vida, es no entender nada, a mi juicio, de quién es realidad Jesús de Nazaret, y cual es realmente su proyecto de felicidad para todos los hombres y mujeres del mundo.

El proyecto de Jesús, el llamado Reino de Dios, solo puede entenderse desde el texto que El mismo proclama en lo alto del monte, según el Evangelio de San Mateo (lugar típico de encuentro con Dios en el mundo judío), y en un llano, según el Evangelio de San Lucas (entendiendo por llano el lugar donde está la persona, el ser humano, y donde en ese lugar se encuentran Dios y el hombre). Pero lo que está claro es, que en cualquiera de las dos versiones, no podemos entender el evangelio de Jesús y su proyecto de vida por antonomasia, si no es desde la preocupación que tiene, el Hijo de Dios, por los pobres, los sufridos, los desgraciados, los que en definitiva no contaban en su sociedad y siguen sin contar en la nuestra.

Los pobres y los marginados, los que nadie quiere, son los preferidos del Jesús del Evangelio, y son por ellos por los que Jesús da la vida. Por ellos es vilmente asesinado y por eso son precisamente los pobres, los que entienden el mensaje de Jesús. Y frente a ellos, los ricos, los poderosos, los que se creen los buenos y cumplidores de la fe judía, son los que no solo no lo entienden, sino que son los que precisamente lo asesinan.

El poder es el que da muerte a Jesús de Nazaret, justamente porque no aguanta que alguien, desde abajo, desde la llamada “exousía”, o la autoridad moral que tiene, les pueda arrebatar lo que para ellos es el sentido de su vida: el poder como opresión, incluso desde su mismo “sillón religioso”. Ese poder encarnado en los que detentan la fuerza a nivel civil y religioso en la sociedad judía de su tiempo: sumos sacerdotes, fariseos, escribas….Y es curioso, que ese mismo poder es el que sigue matando a millones y millones de seres humanos en todo el mundo.

Ese poder sigue haciendo que cada día la brecha entre pobres y ricos, sea cada vez mayor. Y por eso igual que a Jesús, a los que se ponen de su parte también se les martiriza y se les llega a asesinar. El poder de cualquier tipo e institución, no entiende “de lavar los pies”, sino solo entiende “de comer del fruto prohibido”, para llegar a ser como Dios, porque desde ese poder llegan a considerarse auténticos dioses, que atentan como Caín, contra aquel que quiere solo insinuar que todos somos iguales, que todos nos merecemos lo mismo, que todos somos Hijos e Hijas de Dios y que “no hay distinción entre judíos, y gentiles, esclavos y libres” ,en el lenguaje paulino de Gálatas (Gal 3, 28).

Dichosos los pobres, y Ay de vosotros los ricos, llegará a decir el Evangelio, dichosos los que lloran y son perseguidos por causa de la justicia, y ay de aquellos satisfechos que tenemos de todo. Y esas palabras le causaron a Jesús de Nazaret la entrega de la vida; el Jesús del Evangelio no puede soportar que sean los ricos los que avasallen y que los poderosos sean siempre los primeros. Por eso la comunidad lucana pone en boca de María el maravilloso himno del Magnificat, después de su visita a Isabel: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1, 52-53). Y no entender esto, en el fondo es no entender el Evangelio, aunque vayamos a misa “todos los domingos y fiestas de guardar”. No entender esto, significa no entender la causa auténtica de la muerte de Jesús: su preocupación por los pobres y crucificados de la tierra y su crítica feroz hacia los poderosos que crean millones de desheredados cada día, en la sociedad judía de entonces y en el hoy de nuestro mundo.

Pero tuvieron que pasar muchos siglos, para que surgiera un pensador, llamado Carlos Marx, ateo como él se confesaba, que criticaba profundamente la religión y la manera de entender equivocadamente a Dios, y ese pensador creara el marxismo, para decirnos a los creyentes que había cosas que nuestro Dios no podía entender, y que a nuestro Dios seguro que le dolían: la brecha entre pobres y ricos, tan criticada por Marx, hizo que la Iglesia también se fuera preguntando en aquella sociedad de mediados del siglo diecinueve, cuál era su papel en esa sociedad dividida y dual que estábamos creando los seres humanos. Pero Marx, no fue el autor de ese pensamiento, ya lo había dicho el Evangelio, muchos siglos antes. Ya había dicho Jesús que Dios y el dinero eran incompatibles y que no se podía servir a dos señores. Ya el Evangelio de San Mateo había juzgado a aquellos que “no asistían a los pobres, los encarcelados, los hambrientos, los sedientos, los enfermos, los desnudos….” (Mt 25, 31 ss   ) .

Y por eso, desde que Marx nos lo recordó, parece que todos los que se preocupan por el destino y la vida de los pobres, son tachados de comunistas, y de ir en contra del Evangelio. Esta crítica no es nueva, no es de los que ahora lo dicen.  Y son tachados de ellos por los que tienen el poder y la riqueza; en tiempos de Jesús, Él era tachado de blasfemo por el poder establecido, en nuestros tiempos, los que así actúan son tachados de comunistas, por los mismos que detentan el poder en nuestro tiempo.

Hace unos días, la vicepresidenta del gobierno español, Yolanda Díaz, fue recibida por el papa Francisco, y desde la derecha reaccionaria y poderosa, se tachó esa visita de “cumbre comunista”.  Pero precisamente porque ha tenido que venir un papa del hemisferio sur, un papa del otro lado del atlántico, a recordarnos que la Iglesia tiene que estar al servicio de los pobres, y que solo cuando es pobre y acoge en su seno a los más pobres, es la auténtica Iglesia de Jesús. Desde el comienzo de su pontificado, así lo anuncio Francisco, en su mismo nombre, diciendo que la Iglesia es la comunidad de los pobres, es el espacio de acogida para todos. Y a lo largo de todos estos años, así lo ha ido manteniendo; su preocupación fundamental son los inmigrantes, los encarcelados, los enfermos… los que nadie quiere. En el fondo, los mismos a los que prefirió Jesús de Nazaret. De nuevo los poderosos, no lo entienden, y quizás no se atreven a asesinarlo, como hicieron con el maestro, pero si se atreven a difamarlo y a crear corrientes en su contra, por la misma razón: porque se les quita su poder, porque son criticados por hacer del poder el eje de su vida, incluso a algunos eclesiásticos, que también lo detentan hoy sí.

Es conocida la anécdota del papa Francisco, en el cónclave donde fue elegido papa: “En las elecciones, tenía a mi  lado al arzobispo emérito de Sao Paulo, el cardenal Claudio Humes, un gran amigo. Cuando la cosas se iba poniendo peligrosa (iba ganando), él me  confortaba, ja ja… Y cuando los votos llegaron a los dos tercios, vino el aplauso porque había sido elegido papa. Y él me abrazó, me besó y me dijo: no te olvides de los pobres. Y aquella palabra entró aquí (señalándose la cabeza). Los pobres, los pobres. Mientras continuaba el recuento, pensé en San francisco, el hombre de la paz. Y así llegó el nombre a mi corazón. El hombre de paz. El hombre pobre. ¡Cómo desearía una Iglesia pobre y para los pobres…!”.

Y sin duda que está siendo el eje de su vida y su desvelo en cada momento. Por eso es criticado. Y por eso también ha sido criticada esta visita con la vicepresidenta del gobierno español, y ella misma ha dicho que con el papa le unen muchas cosas y planteamientos.

No ha sido al único que han tachado de comunista, en los últimos tiempos, incluso desde dentro de la propia Iglesia. Son conocidas las palabras del gran don Helder Cámara, obispo de Brasil, “Cuando doy pan a u pobre, dicen que soy un santo. Cuando pregunto por qué el pobre no tiene pan, me llaman comunista”. Este hombre que vivió y murió para los pobres fue tachado por eso de lo mismo, cuando lo único que hacía era llevar a cabo a la vida de cada día el Evangelio de Jesús.

De la misma manera se hablaba del comunismo de San Romero de América, la voz de los sin voz en América latina, que fue asesinado por los poderosos de El Salvador, mientras celebraba la Eucaristía. Muchas veces dijeron que era un “obispo comunista”, incluso también le han criticado ahora al papa Francisco que lo haya canonizado. San Romero, canonizado por los pobres de El Salvador, desde el mismo momento de su asesinato, ha tenido que esperar a que venga un papa del otro hemisferio para reconocer lo que los pobres ya hicieron. Lo que la misma Iglesia  le negó, es lo que ahora Francisco ha reconocido.

Porque lo más espectacular de su asesinato es  que, como en el caso de Jesús de Nazaret, Romero fue asesinado por el poder opresor de los mismos creyentes. A Jesús lo mató el poder judío, a Romero lo mató el poder de los falsos cristianos de la sociedad salvadoreña, que se sentían criticados por él. “El cristiano no debe tolerar que el enemigo de Dios, el pecado, reine en el mundo. El cristiano tiene que trabajar para que el pecado sea marginado y el Reino de Dios se implante. Luchar por esto no es comunismo. Luchar por eso no es meterse en política. Es simplemente el Evangelio que le reclama al hombre, al cristiano de hoy, más compromiso con la historia” (Homilía 16 de Julio de 1977). La misma derecha poderosa que criticó y apoyó Santo de América, y que sin duda estuvo detrás de su asesinato, es la que critica ahora de cumbre comunista, el encuentro entre el papa Francisco y Yolanda Díaz.

Los “mismos comunistas” que fueron asesinados en la UCA, en El Salvador, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, simplemente por defender que los pobres tienen algo que decir, y que los ricos son los causantes de que el mundo haya crucificados. Los poderosos tampoco pudieron soportarlos, y por eso los asesinaron vilmente, junto a Elba, la mujer que los cuidaba, y su hija Celina, de 16 años. Su asesinato, como el de muchos mártires, fue por causa de la justicia y por hacer del Evangelio la norma de su vida, en todo momento.

De comunista fue también tachada la llamada “Teología de la liberación”, que surgió en la década de los 70 en el continente latino americano, y que era simplemente una manera nueva de leer el evangelio desde los pobres. “He oído el clamor de mi pueblo”, que dice el texto del Éxodo, es lo que oyeron esos teólogos y teólogas que intentaron vivir esa experiencia del evangelio, a partir de la realidad crucificada y machada por el poder de los poderosos en ese continente.  Teólogos como Jon Sobrino, que se salvó milagrosamente de la matanza de la UCA, ha sido calumniado y difamado, incluso desde el interior de la misma Iglesia católica.

El otro Santo de América, Pedro Casaldáliga, fallecido hace poco más de un año fue también “apodado de comunista”, por su lucha en favor de los sin tierra brasileños, y haciendo de su episcopado y de su poder como obispo, un servicio al pueblo, a los más débiles, a los más sufrientes de su diócesis. Cuando se jubiló quería “dedicarse a los más pobres”, quería ir a morir a Africa, porque él decía que allí eran aún más pobres que en su América, donde vivió siempre. La enfermedad terrible del parkinson se lo impidió, pero resulta emocionante que alguien que ha vivido como él en el Brasil pobre, diga que quiere irse con los pobres, muchos pensamos, dónde había estado toda su vida; el obispo sin anillo y sin mitra tradicionales vivió, y murió entre los desheredados, y con ellos encontró la “plena bienaventuranza y felicidad de la que habla el Evangelio”; hizo carne en su vida el proyecto de Jesús: conseguir que todos fuéramos felices, desde la igualdad y el servicio a los más débiles.

El 12 de marzo de 1977 asesinaron “a otro comunista” en la carretera de Aguilares a El Paisnal, Rutilio Grande,  y su único delito fue decir y anunciar que todos somos iguales, que Dios no acepta la pobreza, y que los ricos son responsables de la pobreza de muchos seres humanos. Rutilio fue asesinado, acribillado su coche a balazos, junto a un campesino de 72 años, Manuel, y un adolescente de 15, Nelson Rutilio y un niño. Los pobres de Aquilares le recuerdan como un “hombre tremendamente humano que se comprometió con la causa y la vida de los pobres”. Fueron asesinados cuando iban a celebrar la Eucaristía en medio de su pueblo, y su  asesinato tanto conmovió a Monseñor Romero que fue capaz de producir en él, el gran milagro.

Romero, amigo personal de Rutilio descubre un nuevo rostro de Dios al contemplar el cadáver de su amigo asesinado. Y desde ahí comienza una andadura nueva que le llevará a él también al martirio. Ahora “el comunista Rutilio”, va a ser beatificado por el papa Francisco; será el segundo santo salvadoreño, que el pontífice venido de América beatifique. Muchos serán también los que incluso dentro de nuestra iglesia critiquen este acontecimiento, porque el padre Tilo, como así le llamaban popularmente a Rutilio, tuvo la osadía de hacer vida el mensaje de Jesús en el Evangelio. Y de nuevo será, Francisco, el que después de más de cuarenta años, reconozca que este hombre, modesto, pobre, humilde y ejemplar sacerdote de Jesús, es modelo para los que queremos seguir al Jesús del Evangelio.

Y habrá quien siga diciendo que “de nuevo un comunista, beatifica a otro comunista, el próximo 22 de enero de 2022”. Será beatificado en la catedral de San Salvador, donde yace también Monseñor Romero, su amigo íntimo y personal, y seguramente a esa celebración, además de acudir obispos, sacerdotes y gente venida de otros países, acudirá “todo el pobrerío salvadoreño”, como llamaba cariñosamente Monseñor Romero a los pobres. El pobrerío por el que Rutilio se sacrificó,  será el auténtico protagonista de la celebración, como lo fue hace más de dos mil años en aquel calvario de Jerusalén, donde fue crucificado el mártir Jesús de Nazaret.

Pero hace apenas unos días me decían lo mismo de un sacerdote jesuita, salvadoreño, discípulo de Monseñor Romero, que tiene como único lema de su vida sacerdotal y cristiana la entrega al evangelio. Miguel Vasquez, jesuita de Arcatao, en el departamento de Chalatenango, uno de los sitios más vapuleados en la cruenta guerra civil salvadoreña, me decía: “Me trasladan a Honduras, porque el obispo le ha dicho a mi provincial que yo soy más político que pastor”. De nuevo la Iglesia impoluta, que no quiere mancharse, que nunca va a ser criticada ni asesinada, es la que quiere lavarse las manos, como Pilato, en la causa de los pobres y del Evangelio.

¿Cumbre comunista la celebrada hace unos días en Roma? ¿Comunistas Jesús de Nazaret, Monseñor Romero, los mártires de la UCA, don Helder Cámara, Pedro Casaldáliga, la monjas estadounidenses asesinadas en El Salvador, los miles de catequistas salvadoreños asesinados, los maristas del Congo, Rutilio Grande, los teólogos y teólogas de la liberación,  Monseñor Agrelos, Miguel Vasquez….? Si ellos son comunistas, ojalá yo también lo sea, si ellos viven el evangelio desde ahí, ojalá también yo sea capaz de vivirlo así. Y toda la comunidad de cristianos y cristianas.

Ojalá que el poder establecido, desde cualquier institución, política, religiosa, militar, económica, cultural…. no tape el auténtico poder que emerge de las bienaventuranzas y del lavatorio de pies del jueves santo, porque sólo así los cristianos, me parece, entenderemos el auténtico sentido del Evangelio. “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25, 40)

Los seguidores de Jesús de Nazaret

¿Dónde están los seguidores de Jesús de Nazareth? 

Se supone que quienes participamos en el culto de una Iglesia como la nuestra, que se dice fundada por Jesús de Nazaret, somos seguidores suyos, y como tal solemos definirnos. Pero esto es muy cuestionable, como vamos a ver. Podemos dejar de lado la cuestión, tan debatida, de si Jesús quiso instituir una Iglesia de alguno de los tipos que conocemos. Parece claro que él presuponía que sus seguidores continuarían organizados de alguna manera. Por ejemplo, cuando decía: Sabéis que los príncipes de las naciones se enseñorean sobre ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no ha de ser así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, sea vuestro servidor; Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, sea vuestro siervo. (Mateo, 20:25-27), estaba dando por sentado que sus discípulos seguirían agrupados en algún tipo de colectivo, pero él no recetaba formas concretas de organización, solamente formulaba líneas generales, principios, como el de excluir el dominio de jerarcas y sustituirlo por servicio a la comunidad. La comunidad en cuestión estaría constituida por el conjunto de personas que se sienten interpeladas por su llamamiento o convocatoria: «Sígueme». 

 Pues bien, cuando él llama a seguirle, lo hace con un objetivo concreto. El seguimiento significa algún tipo de proyecto, de finalidad. ¿Estamos, quienes nos consideramos seguidores suyos, volcados en su proyecto?. Él lo definía como «el Reino de Dios». Alguien que nos mire a los miembros de la Iglesia, ¿qué ve en nosotros? Parece que lo más destacable sobre lo que consideramos pertenencia a una iglesia cristiana, aparte de unas creencias concretas, es una práctica cultual. La asistencia a unos servicios religiosos, a ceremonias: misas, rezos, procesiones, peregrinaciones… la recepción de lo que llamamos sacramentos: bautismo, confirmación, matrimonio, comunión, penitencia… En resumen, la asistencia a ceremonias, actos de culto, litúrgicos… ¿Es para esto para lo que Jesús convoc(ab)a a sus seguidores?, ¿Es eso el Reino de los Cielos, del que él hablaba? 

 Parece ser que no. Precisamente, uno de los llamados por él a seguirle respondió que esperase a que asistiese antes a la ceremonia del entierro de su padre, y Jesús le replicó: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo, 8:22). Esto tiene un alto significado sombólico; en el judaismo era, y es, muy importante la ceremonia del קַדִּישׁ (Kadish), el rezo que el primogénito de la familia debe recitar en el funeral del padre. Jesús no menosprecia ese y otros actos de culto, pero relativizaba su valor al confrontarlos con otras cuestiones: Si vas a presentar tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y vé, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda. (Mateo, 8:23-24). Es decir, los ritos y el culto tienen el valor que tienen, pero no son un fin en sí mismos. Por cierto tampoco la Iglesia, es un fin en sí misma.  Su utilidad se mide por la eficacia que puedan tener en despertar y fomentar la conciencia del seguimiento a Jesús, de la vocación a construir el Reino de Dios que él anunciaba. 

 Es evidente que si Jesús postulaba la construcción de ese Reino y dedicó su vida a realizarlo es porque el mundo que conoció estaba muy alejado del ideal que perseguía. Tenía claro que su Reino no es como los de este mundo. Se supone, entonces, que sus seguidores, los que nos definimos como tales, tenemos la misión de proseguir esa tarea y estaríamos volcados en realizarla, y la Iglesia, la asamblea de sus seguidores, sería el modelo del mundo nuevo que se quiere conseguir. Vamos a ver que, en realidad, las cosas no son así. El sistema social dominante, lo que Jesús llamaba «el mundo», es hoy tan injusto como el que a él le tocó conocer. Al igual que los pueblos de entonces, muchos países hoy están siendo expoliados por potencias imperialistas. Y la desigualdad entre las clases sociales siempre fue una característica constante de este mundo: gran parte de la población mundial sufre hambre mientras otra parte consume desordenadamente unos recursos que deberían servir a todos. El expolio de amplias zonas del planeta genera una emigración masiva que es rechazada con criterios racistas en el mundo desarrollado. Los gobernantes de las naciones se ponen al servicio de los intereses de las clases dominantes. 

 El sistema social imperante, es la completa negación del Reino de Dios que Jesús deseaba instaurar: Entonces, ¿Dónde están los seguidores de Jesús de Nazaret que se supone deberían estar dedicados a su implantación? Tales seguidores son pocos y están muy dispersos, pero existen. Son las personas que, al igual que Jesús, sienten empatía hacia las víctimas de los problemas humanos. No se concentran en actos de culto. Se los encontrará al lado de los enfermos y de los que sufren, asistiendo y ayudando a los presos, colaborando con Cáritas o similares organizaciones asistenciales, proyectos de desarrollo en países atrasados y otros humanitarios similares, acogiendo y ayudando a los inmigrantes que no tienen otro apoyo, defendiendo a la gente en precario, a los que no encuentran trabajo o perdieron el que tenían, a los que ven su vivienda desauciada en provecho de fondos buitre, a las mujeres que son sojuzgadas y maltratadas… resumiendo, a esas personas se las encontrará fomentando opciones políticas progresistas que tengan como objetivo superar el actual sistema social clasista e injusto. 

 Tales personas existen pero son pocas; ya lo vaticinó Jesús: …la mies es mucha, mas los obreros pocos. (Mateo, 9:37-38). Pero lo que interesa destacar es que ese tipo de gente no coincide totalmente con el ámbito de nuestra Iglesia, aunque algunos hay en ella: «ni son todos los que están, ni están todos lo que son». Algunos están en otras iglesias cristianas, también los hay en otras religiones, e incluso algunos que no pertenecen a ninguna religión y no tienen ningún tipo de creencia. Incluso estos, sin que ellos lo sepan, practicando la caridad y buscando la justicia, son seguidores de Jesús y trabajadores de su Reino. En cambio muchos miembros de nuestra Iglesia, de misa y comunión frecuente, incluso clérigos, están confortablemente instalados en este sistema injusto, en el reino de este mundo, y se esfuerzan en su conservación tal como es. Habrá muchas sorpresas el día del Juicio Final. 

 Pero ahora a nosotros nos toca analizar si nuestra Iglesia tiene aún alguna posibilidad y capacidad de reforma. Hay que tener en cuenta que fracasaron todos los intentos de reforma emprendidos desde el siglo XV. Algunos se saldaron con cismas y guerras religiosas. En el siglo pasado vimos el fracaso del 2º Concilio Vaticano. Le faltó coraje para acometer las reformas más importantes, y las tímidas emprendidas fueron después traicionadas y saboteadas durante el largo papado de Woytila. Y actualmente, los gestos progresistas del papa Bergolio son contestados por amplios sectores del catolicismo, incluidos distinguidos miembros del episcopado y la curia vaticana. Parece claro que este papa no puede, y es incluso dudoso que quiera, emprender la reforma de la Iglesia para que ésta sea verdaderamente un instrumento al servicio de la implantación del Reino de Dios tal como Jesús lo concebía. Esta Iglesia ni siquiera suscribió la Declaración Universal de Derechos Humanos, y no los practica en su seno respecto a unas cuestiones que vamos a ver. De momento queda claro que los únicos objetivos que parece haberse fijado son el mantenimiento del culto y la proclamación y defensa de un legado dogmático que es la herencia de siglos de ignorancia. Y todo ello gestionado por un entramado jerárquico que no tiene base evangélica y no funciona según el criterio de Jesús expresado en Mateo, 20:25-27 antes mencionado. 

 En los sectores progresistas del catolicismo crece el descontento y la impaciencia por el hecho de que su Iglesia persiste en la negativa a ordenar como sacerdotes a varones casados y a todo tipo de mujeres. Pero, realmente, ¿es esa la reforma que la Iglesia necesita? ¿es esa la solución a la falta de conexión de la Iglesia con el proyecto de Jesús? Esa reivindicación puede lograrse más o menos pronto, como ya se logró en la Iglesia Anglicana y en otras cristianas, pero cuando se consiga no se habrá solucionado nada, como tampoco se solucionó en esas iglesias. Como ellas, también la Católica Romana seguirá estando instalada en el sistema. Con o sin sacerdocio femenino, con o sin celibato sacerdotal, las iglesias pueden seguir volcadas en el mantenimiento de un culto alienante, desconectado de la problemática y de la realidad humanas, y lo que es peor, sin relación alguna con el trabajo por la implantación del Reino de Dios. 

 Para que el colectivo eclesial asuma la tarea que el Evangelio le asigna, es preciso que tal colectivo tenga consciencia de su propia existencia y de la misión que tiene encomendada. Pues bien, esa consciencia no existe ni puede existir con la actual organización de la institución. La estructura organizativa de la Iglesia y su manera de funcionar son un factor de sofocamiento del espíritu asambleario y comunitario del colectivo humano que dirige. 

 La única autoconsciencia que se puede dar en el marco organizativo de la Iglesia es la que jerarquía tiene sobre su propio poder, un poder y unas atribuciones que se autoasignó la propia jerarquía. Basta leer el Código de Derecho Canónico para constatar eso. La tal jerarquía es un escalafón de grados de poder o autoridad, constituido por un personal consagrado, es decir, segregado de la masa del pueblo cristiano al que se asignó la denominación de “laicado”. El mencionado Código asigna a ese personal consagrado la exclusividad de todas la funciones eclesiales: en el terreno de las creencias: definir dogmas, discutir en concilios, elaborar doctrina, interpretar las escrituras, e incluso leerlas (durante siglos estuvieron confinadas en idiomas incomprensibles para el pueblo), predicar, dictar normas morales definir lo que es pecado y lo que no, los matrimonios que son válidos o los que son nulos, determinar cuándo y cómo se debe ayunar… y en el terreno del culto: oficiar todo tipo de cultos, consagrar la eucaristía, administrar sacramentos, absolver o no los pecados, pronunciar condenas y excomuniones, bendecir… El personal dirigente que se autoasignó esas funciones tiene todos poderes sobre la multitud dirigida y no es elegido por ésta, ni le rinde a ésta ningún tipo de cuentas sobre la gestión realizada. 

 Y lo peor del caso es que esa jerarquía que se apropia y monopoliza las mencionadas funciones secundarias, ignora lo esencial: no tiene ningún proyecto concreto de cómo debería ser la sociedad para ser el Reino de Dios al que Jesús aspiraba, ni de cómo se debería actuar para alcanzar esa meta. Estudiar formas de actuación y ponerlas en práctica debería ser tarea del colectivo eclesial en su conjunto, de la asamblea de creyentes, pero esa asamblea no puede siquiera saber que existe si se limita a seguir el liderazgo de una jerarquía que sólo se ocupa del dogma y la liturgia, y que reduce al laicado a la condición de eterno menor de edad. En realidad, y a despecho del espíritu de la enseñanza de Jesús, ese personal jerárquico es mercenario, pues hizo del desempeño de las funciones que ejerce un modo o remedio de ganarse la vida que no encaja con la idea evangélica del Buen Pastor. 

 Retomando la pregunta hecha más arriba: ¿Tiene nuestra Iglesia aún alguna posibilidad y capacidad de reforma? El continuado fracaso de tantos siglos de experiencia nos hace ser pesimistas a este respecto, pero en la medida en que podamos promoverla, tenemos que seguir intentándolo. Como quedó dicho, seguidores de Jesús existen aunque escasean, y no saben coordinar su acción (como ovejas sin pastor). Dispersos en religiones variadas, y los que están en nuestra Iglesia resisten en pequeños grupos escasamente coordinados y sin conexión con la masa del rebaño, que sigue siendo un eterno menor de edad. ¿Qué hacer? ¿Cómo transmitir, dentro y fuera de la Iglesia, el llamamiento de Jesús, su mensaje movilizador? 

Faustino Castaño pertenece a los grupos de Redes Cristianas en Gijón 

Domingo de Cristo Rey

Pilato le preguntó: ¿Eres el rey de los judíos? Jesús respondió: Para eso he nacido y he venido al mundo; para ser testigo de la verdad (Jn 18, 33-37). 

  • El texto es algo más complejo, pero esas son sus palabras centrales: El Reino de Dios consiste en decir/hacer la verdad. No se trata de expresar una verdad que ya existía fuera, en un tipo de cielo independiente de la tierra, sino de hacerse (ser-vivir) en verdad. 

1) Muchos pensaron (y siguen pensando) que Jesús debería ser como David, Alejando, César o Napoleón: conquistador guerrero, creador de dinastía eterna de reyes triunfadores. Pero se equivocaban. Ni esos fueron reyes de verdad, ni Jesús fue rey por armas o dinero, sino por ser testigo de la verdad y así le mataron, pero fue y sigue siendo rey verdadero. 

2) Así le presenta el evangelio de Juan como Cristo-rey ante Pilato, representante del César Augusto de Roma. Fue y sigue siendo Rey en el sentido más alto, en un mundo como el nuestro (año 2021) donde (en nombre de Dios, de la paz, del orden mundial, del capital o del progreso) se siguen inventando e imponiendo reinos de muerte, imposición y mentira. Un día como hoy se sigue crucificando  a muchos hombres y mujeres simplemente porque son testigos de la verdad, como Jesús.   

20.11.2021 | X Pikaza Ibarrondo 

Juan 18, 33b-37 

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó: 

«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.» 

Interpretación básica: soy rey. para eso he nacido y para eso he venido: para dar testimonio de la verdad ( jn 18, 37) 

 Juan Bautista de Jerusalén había sido profeta del juicio de Dios, y así pensaba que este mundo debía pasar por el fuego (siendo destruido por el hacha y huracán), a fin de que surgiera después un mundo distinto, para un grupo pequeño de liberados (Mt 3, 1-10 par), el Reino de Dios. Augusto o Tiberio de Roma era entonces Rex, gran Basileus por imponer su dominio militar (imperium) sobre todo el mundo conocido. 

 Jesús, en cambio, no anunció un como Bautista, ni conquistó un imperio con legiones como Augusto, sino que inició un programa de liberación por la verdad, anunciando y preparando así la llegada del Reino de Dios para todos los que buscan y aceptan la verdad (cf. Mc 1, 14-15). 

La respuesta del Bautista era más fácil: Dios había fracasado con el mundo y debía destruirlo, para crear después uno distinto (con hombres limpios, ya purificados). La respuesta de César Augusto era más visible: Las legiones de su imperio se extendían por todos los caminos como testimonio de un imperio mundial, llamado a extenderse sobre el orbe de la tierra. 

Jesús, en cambio, se atrevió a pregonar y anunciar la verdad (ser verdadero) ese un mundo que parecía condenado, para crear de esa manera el Reino de Dios que es la Verdad, desde los pobres y excluidos. 

            De esa forma, en un mundo como aquel, obsesionado por pecados, faltas e impurezas, en un tiempo en que el templo de Jerusalén funcionaba como máquina de expiación y purificaciones, al servicio de la remisión de los pecados, dentro de un imperio obsesionado por perfeccionar su máquina militar, Jesús vino a presentarse como un hombre de Dios, había enviado para dar testimonio de la verdad, anunciando de esa forma la llegada de un Reino en el que todos los hombres y mujeres serían “reyes”, seres libres, abiertos a Dios, comunicándose entre sí, por amor y salud, en la la Verdad. 

 Ciertamente, habló de la llegada del Reino, pero no en sentido de dominio económico, social o militar, sino de servicio mutuo, de establecimiento de la vedad por el amor. Por eso no vino anunciando una guerra apocalíptica, ni la destrucción de los perversos, sino sembrando humanidad, desde Galilea, ofreciendo a los enfermos, marginados y pobres la Palabra, pues otros se habían apropiado de ella, dejándoles sin nada, sin riqueza ni semilla humana. Quiso así que todos fueran reyes, en un Reino fundado en la verdad Dios y en la fraternidad entre los hombres. 

No sabía de antemano la forma en que vendría ese Reino (ni qué día), pero estaba seguro de que había comenzado a revelarse, y que culminará muy pronto, desde Galilea, transformando a los artesanos y pobres, a los expulsados y enfermos de las aldeas de su tierra, que se convertirán en portadores de la Verdad de Dios. 

No quiso ni pudo evocar sus detalles, pero estaba convencido de que el Reino estaba viniendo a través de campesinos, artesanos y pobres, a quienes él concibió como portadores de la verdad de Dios, para culminar así la obra de la creación (Gen 1). No fue a las ciudades mayores de Galilea (Séforis, Tiberíades) o de su entorno helenista (Tiro, Escitópolis, Gadara, Gerasa, Damasco), pues, aunque en ellas había muchos pobres, su núcleo dominante se hallaba pervertido, al servicio del poder. 

Así inició su marcha entre las aldeas de Galilea, con la certeza de que Dios le enviaba a recoger y transformar a las “ovejas perdidas” (cf. Mt 10, 6), para iniciar con ellas un movimiento al servicio de la Verdad de Dios (que es el Reino), para Israel y para la humanidad entera.   

 En esa línea debemos superar un gran malentendido, propio de aquellos que creen que el Reino de Dios vendría de repente, a través de algún tipo de estallido espectacular, como la descarga de un rayo que brilla en el horizonte y sacude la tierra de repente (cf. Mt 24, 27), sin que los hombres puedan hacer nada para impedirlo.  

Ciertamente, en un sentido, la llegada del Reino será como relámpago que alumbra y transforma de pronto el espacio y tiempo de los hombres. Pero en otro ha de entenderse como resultado de un proceso que habían puesto en marcha los profetas y que Jesús ha ratificado y acelerado con su vida, siendo testigo de la verdad de Dios.   Jesús no fue inventor de empresas productoras, ni organizó nuevos mercados laborales, como los que estaban imponiendo en aquel tiempo los magnates de Galilea, ni promotor de una alternativa política, pero hizo algo mucho más profundo y duradero: Inició desde (con) los pobres (enfermos, excluidos) de su entorno un camino de humanidad, es decir, de Reino de Dios, siendo así testigo de la verdad de Dios y de su vida entre los hombres.   No fue pensador erudito como Filón de Alejandría (maestro de filósofos), ni profeta político como Josefo (que al fin pactó con el poder establecido), sino hombre de pueblo, que conocía por experiencia el sufrimiento de los hombres, sabiendo que la historia de Israel (y el mundo) no podía seguir manteniéndose en su dinámica actual de imposición y violencia (mentira)… Por eso, sabiendo que Dios es mayor que el pecado de los hombres y que había decidido cumplir sus promesas, proclamó y preparó la llegada y triunfo de su Verdad, que es el Reino. 

No quiso hacerse rey militar, pues la violencia pertenece al nivel de los poderes de un mundo pervertido al servicio de los poderosos, ni quiso hacerse rey el sólo, sino de manera que todos fueran reyes, testigos de la verdad. Asi respondió a Pilato diciéndole que «su reino no era (= no provenía) de las fuerzas de este mundo». Pilato sólo conocía un Reino que se funda en la espada del imperio (cf. Rom 13, 1-7) que se apoya y defiende con armas, de manera que la verdad como tal resulta secundaria, preguntando a Jesús ¿qué es la verdad? para marcharse sin esperar una respuesta (cf. Jn 18, 38a). 

 Jesús, en cambio, aparece y actúa como testigo de la verdad, frente a los sacerdotes de Jerusalén, que le acusan ante Pilato, porque también ellos tienen que apelar de algún modo a la mentir para mantenerse en el poder. Jesús, en cambio, sólo quiere el Reino de la vida del Hombre y su Verdad. Por eso, en el caso de que hubiera triunfado externamente (¡por un milagro de Dios!) Jesús no habría actuado como rey político o militar, en el sentido usual del término; ni habría tomado el poder, ni se habría convertido en emperador o regente político, sino que se presentaría como testigo y portador de la verdad entre los hombres, como signo y representante del Dios de la verdad, es decir, de una humanidad reconciliada y fraterna. 

Profundización. Tenemos miedo al reino de Jesús 

 Nos faltan modelos para imaginar este reinado de Jesús, pues nuestras categorías mentales y sociales se encuentran marcadas por dinámicas de poder militar, político o sacerdotal. Pero el evangelio de Juan ha trazado el perfil fundamental de su reinado, diciendo que Jesús ha venido a “dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37), una verdad que no sería como la de aquellos sabios platónicos que se imponían sobre militares y trabajadores (como se dice en la República), sino experiencia de amor compartido, desde los más pobres. 

Jesús identifica así el Reino de Dios con la Verdad, en sentido pleno: Verdad Personal y social, material y espiritual, económico, político y religioso. Que de pronto cesen y acaben las mentiras y ocultamientos, de personas y pueblos, de iglesias y personas… de forma que cada uno se abra de un modo transparente ante los otros. 

            En ese sentido, él es Rey, porque viene a dar testimonio de la verdad…, pero no de una verdad metafísica o teológica, separada de la Vida, sino de la misma vida como transparencia de amor, en comunión de todos y con todos.                                                                     Jesús es Rey (y todos podemos ser en él y con él reyes), siendo en verdad lo que somos, en transparencia de Vida, en amor mutuo, en conocimiento compartida, sin armas, sin secretos militares, sin dineros escondidos, sin manipulaciones religiosas, sin ocultamientos miedosos.                                                                                                                                  El Reino de Jesús es la verdad: La transparencia afectiva y efectiva, personal y comunitaria, sin secretismos ni imposiciones de ningún tipo… Se trata de ser lo que somos, de no tener miedo de vivir en trasparencia, en salud expansiva, pues la verdad cura (en el tema de la pederastia, en el tema del dinero, en el tema del poder…).                                Vamos a celebrar este domingo (21.11.21), la fiesta de Cristo Rey… Van a saltar por el aire muchas campanas, proclamando himnos antiguos de Victoria Real de Cristo: Christos vincit, Christus Regnat, Christus imperat (Cristo vence, Cristo Reina, Cristo impera).  Soñamos con cristos imperiales, en la línea de San Constantino o San Carlomagno, de San Justiniano o San Inocencio III. Hemos olvidado una y otra vez el evangelio: Jesús es rey como testigo crucificado de la Verdad.                                                                                           Gran parte de la política actual es una “mentira organizada” al servicio del poder o dinero de algunos… Una parte de la Iglesia actual que llama “rey” a Jesús (diciendo que es Pantokrator, todo-poderoso) sigue fundando su reino en secretos, mentira, formas de dominio ideológico… Un tipo de Iglesia no es “reino de verdad”, sino de oscuros instintos de imposición mentirosa, hecha de jerarcas que no son “testigos de la verdad”. Por eso es necesario volver hoy (domingo de Cristo-Rey) al verdadero reinado de Jesús, como él dijo a Poncio Pilato, siendo crucificado por ello.   

            Hoy, día de Cristo Rey, Jesús sigue diciendo que él es “rey” por ser transparente, por decir la verdad, por vivir en verdad, por ser “personalmente” verdadero, es decir, auténtico, haciéndose “verdad” en el amor (cf. Ef 4, 15). Jesús es rey en amistad porque ha dicho todo lo que es, todo lo que tiene, todo lo que sabe, la verdad completa  (Jn 15, 12-17).                              Para dirigir el mundo con poder hace falta ocultar y mentir… Para ser “poder” (en la línea de los reyes de este mundo) la misma iglesia tiene que ocultar, mentir… Jesús, en cambio, afirma que sólo quien dice la verdad es libre, es Rey. 

Apéndice. Éste es el primer texto conocido del NT (Papiro J. Rylands 52). 

P. J. Rylands 52

Significativamente, ésta es  la primera palabra de Jesús (y del Nuevo Testamento) que se ha conservado hasta hoy, en un pequeño papiro que se encontró en Egipto en los años 20 del siglo pasado y que se conserva en una biblioteca de Manchester, con el nombre de P. J. Rylands 52. Está escrito en la letra llamada «adriánica» (del tiempo de Adriano) y se debió escribir hacia el año 140 d.C. Ofrezco aquí el texto central, con imagen del papiro, quizá el mayor tesoro de la literatura cristiana primitiva: 

«Soy Rey. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad    אני מלך   ΒΑΣΙΛΕΥΣ ΕΙΜΙ ΕΓΩ ΕΙΣ ΤΟΥΤΟ ΓΕΓΕΝΝΗΜΑΙ ΚΑΙ ΕΙΣ ΤΟΥΤΟ ΕΛΗΛΥΘΑ ΕΙΣ ΤΟΝ ΚΟΣΜΟΝ ΙΝΑ ΜΑΡΤΥΡΗΣΩ ΤΗ ΑΛΗΘΕΙΑ