El pesamiento vivo de Ignacio Ellacuría

Guernica. Pablo Picasso

«La madrugada del 16 de noviembre de 1989 fue asesinado en San Salvador el rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) Ignacio Ellacuría, junto con sus compañeros jesuitas, la trabajadora doméstica y su hija adolescente»

«Ignacio Ellacuría fue filósofo, teólogo de la liberación y politólogo español que ejerció una gran influencia política, cultural y religiosa no solo en El Salvador sino en toda América Latina. Sin duda, uno de los más brillantes pensadores de nuestro tiempo»

«Sin embargo, en España, donde nació y ejerció una importante influencia en el terreno religioso, es hoy poco conocido y menos reconocido. Para reparar dicha amnesia y hacerle justicia celebramos un Simposio Internacional sobre ‘El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría’ en Metalibrería y la Universidad de Alcalá»

«Los numerosos estudios sobre Ellacuría tras su asesinato, el Simposio que acabamos de celebrar y la próxima publicación de su Obra Completa por la editorial Comares son la prueba más fehaciente de su vigencia y actualidad«

por Juan José Tamayo

La madrugada del 16 de noviembre de 1989 fue asesinado en San Salvador el rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) Ignacio Ellacuría, junto con sus compañeros jesuitas Juan Manuel Moreno, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró, Amando López, Joaquín López y López, la trabajadora doméstica Julia Elba Ramos y su hija Celina, de 16 años.

Tamaño asesinato, que conmocionó al mundo, fue llevado a cabo por el sanguinario Batallón Atlacatl del Ejército salvadoreño con el conocimiento ¿y la aprobación? del presidente de El Salvador, Alfredo Cristiani. Imanol Uribe ha dirigido la excelente película “Llegaron de noche” sobre los asesinatos, que fue estrenada en marzo de este año y recomiendo verla.

Ignacio Ellacuría fue filósofo, teólogo de la liberación y politólogo español (Portugalete, Bilbao, 1930), nacionalizado salvadoreño, que ejerció una gran influencia política, cultural y religiosa no solo en El Salvador sino en toda América Latina. Es, sin duda, uno de los más brillantes pensadores de nuestro tiempo que, treinta y tres años después de su asesinato, sigue iluminando la oscuridad del presente con sus obras y sus propuestas revolucionarias como estas: “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, “sanar la civilización enferma”, “superar la civilización del capital”, “evitar un desenlace fatídico y fatal”.

Ignacio Ellacuría: «Si la revolución no pasa por la universidad, en el sentido de que no es ella su motor principal, la universidad debe pasar por la revolución, porque revolución y razón no tienen por qué estar en contradicción; más bien, en las cuestiones históricas se reclaman y se exigen mutuamente»

Sin embargo, y por contradictorio que parezca, en España, donde nació y ejerció una importante influencia en el terreno religioso, es hoy poco conocido y menos reconocido, creo, en el ámbito intelectual, filosófico, teológico y académico. A las personas que nos dedicamos a su estudio y al análisis de su pensamiento nos resulta difícil, e incluso doloroso entender a qué puede deberse tamaño olvido. Precisamente para reparar dicha amnesia y hacerle justicia celebramos un Simposio Internacional sobre “El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría” los días 19,20 y 21 de octubre en la librería Metalibrería de Madrid y en la Universidad de Alcalá.

En Metalibrería presentamos tres libros recientes en torno a la relevancia de su figura y a la actualidad de su filosofía, teología y teoría y práctica políticas. Marcela Brito de Butter, catedrática de filosofía de la UCA, de San Salvador, ha publicado una excelente monografía Ignacio Ellacuría. Fraternidad solidaria (Herder, 2022), en la que da a conocer su figura fascinante tanto en su vida como en su muerte martirial y analiza su filosofía de la realidad histórica y su compromiso radical con las mayorías populares empobrecidas. Fue la propia autora quien lo presentó.

Javier López de Goicoechea Zabala, profesor de la Facultad de Derecho y del Instituto de Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense, presentó su libro Hacerse cargo de la realidad. Sobre la teología-política de Ignacio Ellacuría (Comares, Granada, 2021), donde elabora un lúcido perfil intelectual de Ellacuría a través de un amplio y riguroso recorrido por los años de su formación y madurez y ofrece una sólida reconstrucción de la filosofía, teología y teoría política de Ellacuría en su carácter unitario y orientación emancipatoria.

Yo hice la presentación de la obra colectiva Ignacio Ellacuría. 30 años después (Tirant, Valencia, 2021), editada por Héctor Samour -fallecido en febrero de 2022-, uno de los más importantes especialistas mundiales en Ellacuría, y por mí. La obra recoge las 40 conferencias pronunciadas por especialistas ellacurianos de Centroamérica, México, Colombia y España en el Coloquio Internacional sobre Ignacio Ellacuría celebrado en San Salvador en noviembre de 2019 con motivo del 30 aniversario de su asesinato.

Las reflexiones giran en torno a sus aportaciones en los campos filosófico, teológico, político, derechos humanos, ciencias sociales y en el análisis del “mal común” y del bien común como respuesta. Dichas aportaciones son reconocidas por intelectuales y personalidades académicas mundiales de prestigio de las últimas décadas. Estamos, creo, ante una de las obras más completas sobre el pensamiento del rector mártir de la UCA.

En la Facultad de Filosofía de la Universidad de Alcalá de Henares celebramos la segunda parte del Simposio Internacional centrada en “El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría”. Participamos personas estudiosas de Ellacuría en diferentes campos. Diego Gracia, presidente de la Fundación Zubiri, habló del realismo de Zubiri y Ellacuría frente al idealismo y el materialismo. Marcela Brito, catedrática de Filosofía de la UCA, centró su reflexión en la radicalidad del bien en el pensamiento de Ellacuría.

Javier López de Goicoechea Zabala, profesor de Derecho en la Universidad complutense de Madrid, analizó la aportación de Ellacuría al pensamiento político contemporáneo. Juan Antonio de Nicolás, catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada, se refirió a la impresión asimétrica de la realidad en Zubiri y Ellacuría.

Yo centré la atención en la contribución ellacuriana al pensamiento decolonial. Antonio González, director académico de la Fundación Zubiri, habló de Ellacuría y la dialéctica. Fernando Monedero, doctorando de la Universidad Complutense de Madrid, reflexionó sobre la idea de “estructura” en la obra de Ellacuría, tema central de la filosofía ellacuriana sobre el que está trabajando con rigor y competencia en su tesis doctoral. José Manuel Romero, profesor de Filosofía en la Universidad de Alcalá, analizó la actualidad de la filosofía de la realidad histórica y de la praxis en Ellacuría.

Juan Antonio Nicolás informó sobre la situación en que se encuentra la edición de la obra completa de Ellacuría, que está programada en 25 volúmenes de quinientas páginas cada volumen, será publicada por la editorial Comares y dirigirá él mismo. Es, sin duda, el proyecto más ambicioso que hará justicia a uno de los pensadores más promitentes del siglo XX.

Los numerosos estudios sobre Ellacuría tras su asesinato, el Simposio que acabamos de celebrar y la próxima publicación de su Obra Completa por la editorial Comares son la prueba más fehaciente de su vigencia y actualidad, en otras palabras, de que estamos ante su “pensamiento vivo” capaz de dialogar con las corrientes contemporáneas filosóficas teológicas, políticas y sociales.

En el artículo “Mi caminar con Ignacio Ellacuría”, con el que se cierra el libro Ignacio Ellacuría. 30 años después, su compañero, amigo y colega el teólogo Jon Sobrino lo define como “antorcha” por su clarividencia, lucidez y precisión y por su capacidad para iluminar y arder, así como para “para mover el corazón y eliminar lo que impide ver”. Ellacuría, sigue diciendo, “desentrampó la verdad entrampada por múltiples intereses dispuestos a que la verdad no salga a la luz

«Los numerosos estudios sobre Ellacuría tras su asesinato, el Simposio que acabamos de celebrar y la próxima publicación de su Obra Completa por la editorial Comares son la prueba más fehaciente de su vigencia y actualidad»

Termino con un texto del propio Ellacuría especialmente luminoso en torno al necesario carácter revolucionario de la universidad y a la compatibilidad entre razón y revolución: “Si la revolución no pasa por la universidad, en el sentido de que no es ella su motor principal, la universidad debe pasar por la revolución, porque revolución y razón no tienen por qué estar en contradicción; más bien, en las cuestiones históricas se reclaman y se exigen mutuamente”.

Hasta el presenteno se ha cumplido el condicional de Ellacuría ni el deber ser: ni la revolución ha pasado por universidad, ni la universidad ha pasado por la revolución, ni tampoco se ha producido la complicidad entre razón y revolución. Todo lo contrario, cada vez han ido alejándose más universidad, razón y revolución. Pero estamos a tiempo de revertir el proceso hasta llegar a la triple alianza. De nosotros depende.

«Su compañero, amigo y colega el teólogo Jon Sobrino lo define como ‘antorcha’ por su clarividencia, lucidez y precisión y por su capacidad para iluminar y arder, así como para “para mover el corazón y eliminar lo que impide ver»

Simposio Internacional:

“El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría”

19, 20 y 21 de octubre de 2022
Universidad de Alcalá
Miércoles 19 de octubre
Metalibrería, C/ Joaquín María López, no 29, Madrid
19:00 horas
Presentación de los libros:
Javier López de Goicoechea, Hacerse cargo de la realidad.
Sobre la teología-política de Ignacio Ellacuría (Comares, 2021)
Héctor Samour y Juan José Tamayo (eds.), Ignacio Ellacuría.
Treinta años después (Tirant Humanidades, 2021)
Marcela Brito, Ignacio Ellacuría. Fraternidad solidaria (Herder,
2022)
Intervienen: Marcela Brito, Javier López de Goicoechea y Juan José Tamayo

Jueves 20 de octubre
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Alcalá
C/ Colegios 2, Alcalá de Henares
Sala de Grados
9:30
Bienvenida
9:45-11:15
Frente a idealismo y materialismo, realismo: Zubiri y Ellacuría
Diego Gracia (Fundación Xavier Zubiri)

11:45-13:45
La radicalidad del bien en el pensamiento de Ignacio Ellacuría
Marcela Brito (Universidad Centroamericana José Simeón
Cañas, El Salvador)

La aportación de Ignacio Ellacuría al pensamiento político contemporáneo
Francisco Javier López de Goicoechea (Universidad Complutense de Madrid)
16:30-18:30
Impresión asimétrica de realidad: de Zubiri a Ellacuría
Juan Antonio Nicolás (Universidad de Granada)

La contribución de Ellacuría al pensamiento decolonial
Juan José Tamayo (Universidad Carlos III)
18:45-20:00
Juan Antonio Nicolás y Antonio González: presentación
de la edición de la obra completa de Ellacuría en la
editorial Comares.

Viernes 21 de octubre
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Alcalá
C/ Colegios 2, Alcalá de Henares
Sala de Grados
10:00-11:30
Ellacuría y la dialéctica
Antonio González (Fundación Xavier Zubiri)

11:45-13:45
La idea de estructura en la filosofía de Ellacuría
Fernando Monedero (Universidad Complutense de
Madrid)
La actualidad de la filosofía de la realidad histórica de
Ellacuría
José Manuel Romero (Universidad de Alcalá)

Miércoles 19 de octubre
Metalibrería, C/ Joaquín María López, no 29, Madrid
19:00 horas
Presentación de los libros:
Javier López de Goicoechea, Hacerse cargo de la realidad.
Sobre la teología-política de Ignacio Ellacuría (Comares, 2021)
Héctor Samour y Juan José Tamayo (eds.), Ignacio Ellacuría.

Treinta años después (Tirant Humanidades, 2021)
Marcela Brito, Ignacio Ellacuría. Fraternidad solidaria (Herder,
2022)
Intervienen: Marcela Brito, Javier López de Goicoechea y Juan José Tamayo

Jueves 20 de octubre
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Alcalá
C/ Colegios 2, Alcalá de Henares
Sala de Grados
9:30
Bienvenida
9:45-11:15

Frente a idealismo y materialismo, realismo: Zubiri y
Ellacuría
Diego Gracia (Fundación Xavier Zubiri)
11:45-13:45
La radicalidad del bien en el pensamiento de Ignacio Ellacuría
Marcela Brito (Universidad Centroamericana José Simeón
Cañas, El Salvador)

La aportación de Ignacio Ellacuría al pensamiento
político contemporáneo
Francisco Javier López de Goicoechea (Universidad
Complutense de Madrid)
16:30-18:30
Impresión asimétrica de realidad: de Zubiri a Ellacuría
Juan Antonio Nicolás (Universidad de Granada)
La contribución de Ellacuría al pensamiento decolonial
Juan José Tamayo (Universidad Carlos III)

18:45-20:00
Juan Antonio Nicolás y Antonio González: presentación
de la edición de la obra completa de Ellacuría en la
editorial Comares.
Viernes 21 de octubre
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Alcalá
C/ Colegios 2, Alcalá de Henares
Sala de Grados

10:00-11:30
Ellacuría y la dialéctica
Antonio González (Fundación Xavier Zubiri)
11:45-13:45
La idea de estructura en la filosofía de Ellacuría
Fernando Monedero (Universidad Complutense de
Madrid)
La actualidad de la filosofía de la realidad histórica de Ellacuría
José Manuel Romero (Universidad de Alcalá)

Los impuestos

Faus: «Quien quiera ser cristiano, tiene la obligación grave de pagar impuestos»

Dinero
Dinero T. Barbhuiya

«Ahora hablamos de los impuestos directos, no de los indirectos (el IVA): estos segundos son los que habría que rebajar, y son más injustos porque no son progresivos, sino que afectan de igual manera al muy rico y al pobre»

«La enseñanza social de la Iglesia nos dice que cuando una persona tiene cubiertas sus necesidades de manera suficiente y digna, el resto de sus haberes deja de ser suyo»

«Para el cristiano no son impuestos, sino meras devoluciones»

«Hurto no es solo arrebatar lo ajeno, sino también no dar parte de lo propio a otros (San Juan Crisóstomo)»

Por | José Ignacio González Faus

Lo que voy a decir aquí, vale solo para aquellos que se confiesan cristianos. Quienes no lo son, podrán mirar el valor humano de los argumentos o decir cínicamente “qué suerte la mía”. Pero quien quiere ser de veras cristiano, debe saber que tiene obligación grave de pagar impuestos (progresivos, democráticamente aprobados y con posibilidades de controlar el uso que se hace de ellos, por supuesto): porque para el cristiano no son impuestos, sino meras devoluciones. Es obvio que ahora hablamos de los impuestos directos, no de los indirectos (el IVA): estos segundos son los que habría que rebajar, y son más injustos porque no son progresivos, sino que afectan de igual manera al muy rico y al pobre.

En efecto, según la enseñanza cristiana, la propiedad privada no es un derecho sagrado, sino secundario: está al servicio de otro derecho más primario que es el que los bienes de la tierra lleguen a todos los hombres. Cuando impide esto, se convierte en un robo: de ahí la frase de san Juan Crisóstomo tantas veces citada: “el rico es un ladrón o hijo de ladrón”, que viene a ser la conclusión de otras muchas frases como estas, del mismo Crisóstomo: “hurto no es solo arrebatar lo ajeno, sino también no dar parte de lo propio a otros”. O “los ricos tienen lo que pertenece al pobre”; “no dar a los pobres de los bienes propios es robarles y atentar contra su vida”.

Y naturalmente, el robo obliga a restituir para poder ser perdonado. Dejando ahora de lado las conductas personales que esto pueda imponer a cada individuo en particular, a nivel de la sociedad global los llamados impuestos son un camino de practicar esta restituciónSi resultan injustos o mal administrados, no vale como respuesta el negar la moralidad de los impuestos, sino declarar una objeción de conciencia: hace años vivimos el ejemplo (que no cuajó por demasiado minoritario) de gentes que detraían de su obligación fiscal la parte que el gobierno destina a armamentos. Pero no para quedársela ellos, sino para darla a una ONG o a Cáritas o mantenerla en reserva.

Y esta misma es la enseñanza social de la Iglesia: cuando una persona tiene cubiertas sus necesidades de manera suficiente y digna, el resto de sus haberes deja de ser suyo. Por citar un poco a boleo, basta ver la Gaudium et spes (ns. 69-71) del Concilio Vaticano II, la Populorum Progressio (n.22), de Paulo VI o la Sollicitudo rei socialis (n. 42), de Juan Pablo II, o la Evangelii gaudium y la Laudato si’ (93), de Francisco.

Y para que se vea la utilidad de esta enseñanza (por imperfectamente cumplida que esté) puede ser útil el siguiente dato que tomo del número de setiembre de Le Monde Diplomatique en castellano: “en tiempos de la Unión Soviética, la persona más rica lo era 6 veces más que la más pobre; el año 2000 esa proporción pasó a ser de 250.000”. Este dato clama al cielo tanto como la dictadura de Stalin o la invasión de Ucrania. Y es inmoral gritar solo contra aquellas inmoralidades cuya crítica nos favorece a nosotros, y silenciar las otras que nos afectan también a nosotros.

Curiosamente, ahí está también la razón de nuestra derrota ante la amenaza ecológica. La propuesta de Ignacio Ellacuría de una civilización de la sobriedad compartida como única solución para nuestro mundo, no vale solo para el campo social, sino también para el problema ecológico. 

(Nota Bene.- Doy por sentado y comprendo que todo lo dicho irritará sobremanera a algunos lectores que reaccionarán recurriendo al insulto, metiéndose conmigo, con la Compañía de Jesús o con la Iglesia. Acepto todas esas críticas. Solo quisiera sugerir dos cosas a sus autores: a) que el recurso al insulto suele ser una prueba patente de que no se tienen otros argumentos. Y b) que el argumento del “tú más” no sirve para excluir el “pero yo también”: mi pecado no excusa el tuyo y ahora estamos tratando del segundo, no del primero. Del primero se puede hablar en otro momento

Y recuerdo la advertencia anterior: lo aquí dicho va dirigido a quienes se profesan cristianos: porque es enseñanza bíblica fundamental que a Dios hay que servirle como Él quiere ser servido, no como nos gustaría servirle nosotros

El legado de Ignacio Ellacuría

El legado de Ignacio Ellacuría, ante la situación política actual de El Salvador

Ellacuría
Ellacuría

«El Norte sigue negándose, como en tiempos de Ellacuría, a mirarse en el espejo inverso del Sur, que le enfrentaría a su propia verdad y podría mostrarle formas de salir de la crisis»

«Detrás de la fachada cool del «presidente más popular de América Latina», que cuenta con la aprobación del 80 al 90 por ciento de la población salvadoreña, se esconde un autócrata»

«

«El Norte sigue negándose, como en tiempos de Ellacuría, a mirarse en el espejo inverso del Sur, que le enfrentaría a su propia verdad y podría mostrarle formas de salir de la crisis«

«¿Cómo proponer el diálogo como camino para romper el círculo vicioso de la violencia histórica a una mayoría que defiende la fuerza bruta como única solución posible para el país?»

Por Martha Zechmeister CJ, teóloga

En este texto breve quiero confrontar las dos aporías fundamentales que me plantea el tratar de proponer el legado de Ellacuría ante la situación política actual de El Salvador. Supongo que siempre es más importante para una buena teología plantear las preguntas adecuadas, reconocer el problema, que dar respuestas precipitadas que nadie ha pedido.

Comienzo con tres premisas de mis reflexiones

La primera: podemos intentar hacer una exégesis minuciosa de los textos de Ellacuría para captar sus raíces filosóficas y la dinámica específica de su pensamiento, pero si nos guiamos por un mero interés retrospectivo y académico, esto puede convertirse en una traición a esta herencia intelectual. Porque precisamente esta herencia nos obliga a estar despiertos y vulnerables a nuestro momento histórico actual con la misma sensibilidad sismográfica que Ellacuría tuvo con el suyo.

Ellacuría

no hacemos teología fiel a este legado cuando respondemos a los desafíos del presente con las formulaciones literales de Ellacuría, como si fuesen estereotipos, sino cuando luchamos con la misma audacia y creatividad por la palabra que nos exige la situación concreta. La repetición estéril sería una copia ridícula de este pensador.

La segunda premisa: El Norte global habla del «cambio de los tiempos», de una crisis sin precedentes y del regreso de la guerra después de 70 años de paz. Y el Sur global se pregunta con asombro: ¿cuándo no hubo guerra y violencia mortal? ¿Cuándo no hubo crisis que se cobraran innumerables vidas? No es que el Sur no reconozca la magnitud del conflicto ucraniano. Las frágiles economías y, sobre todo, los pobres de estos países, son duramente golpeados por las galopantes subidas de precios del petróleo y del trigo. Pero una vez más parece confirmarse que hay vidas humanas que valen más que otras.

El Norte sigue negándose, como en tiempos de Ellacuría, a mirarse en el espejo inverso del Sur, que le enfrentaría a su propia verdad y podría mostrarle formas de salir de la crisis. En lugar de un copro-análisis a fondo, sigue dedicándose a restañar los daños de una forma chapucera que tarde o temprano se convertirá en rebote desastroso.

Bukele

La tercera premisa se refiere a la situación política actual de El Salvador. Supongo que, al menos, están informados a grandes rasgos de lo que sucede. El presidente joven y chic ha mantenido una presencia constante en los titulares de medios como la BBC, el New York Times o El País. 

Trato decir, en pocas pinceladas, lo mínimo: detrás de la fachada cool del «presidente más popular de América Latina», que cuenta con la aprobación del 80 al 90 por ciento de la población salvadoreña, se esconde un autócrata, como salido de un manual de ciencias políticas, que suspende sistemáticamente todas las instituciones del Estado de Derecho y las somete a su control. Desde marzo, vivimos en un “estado de excepción” permanente, que ya ha sido prolongado tres veces por el parlamento, un órgano completamente sometido al presidente. Ya no hay separación de poderes: el ejecutivo opera también a través del legislativo y del judicial.

El presidente ha declarado una «guerra contra los terroristas», como llama a su campaña contra las pandillas. No dice que él mismo ha pactado anteriormente con ellos. El estado de excepción justifica todo tipo de detenciones arbitrarias por mera sospecha o denuncia anónima. Incluso autoriza el asesinato de presuntos mareros por parte de policías y militares. Ser joven y vivir en un barrio marginal es suficiente delito para estar a merced de la arbitrariedad.

Maras

Mientras tanto, El Salvador es el país con la mayor tasa de personas encarceladas del mundo, con casi el 2% de la población adulta en prisión, hacinada en condiciones inimaginables. Con todo esto, es obvio que se trata de cualquier cosa menos de una estrategia eficaz contra la violencia de las pandillas, sino de un show a gran escala que en realidad sólo tiene un objetivo: la reelección del presidente, que en realidad está prohibida por la Constitución.

Les recomiendo, entre otros muchos, el artículo de BBC Mundo: Bukele contra las maras «En lugar de responder de manera efectiva a la violencia de las pandillas, Bukele está sometiendo al pueblo de El Salvador a una tragedia».

Pasemos ahora a las aporías a las que me enfrento en el intento de hacer productivo el legado de Ellacuría ante la actual situación política de El Salvador.

Primera aporía: ¿Cómo seguir hablando de los «pobres con espíritu» frente a las mayorías pobres seducidas por un «flautista de Hamelín»? La tonada más efectiva de su flauta es, obviamente, el despliegue de sus trolls en las redes sociales, que se encargan de que todo aquel que no sea un seguidor incondicional, todo aquel que piense diferente, sea expuesto al linchamiento digital e incluso a la persecución física. En un contexto así: ¿cómo leer los textos de Ellacuría que hablan de los pobres como ‘sujetos de redención’, aquellos sujetos donde se hace manifiesto el soplo del espíritu que renueva la faz de la tierra y transforma la sociedad con la justicia? 

Que la redención viene de abajo es uno de los fundamentos esenciales de la teología que me compromete. ¿Pero cómo no caer en patrones de arrogancia intelectual que afirman que las masas acríticas están a la merced de los trucos baratos por falta de educación? ¿Cómo conservar el respeto por los “pequeños y sencillos” (Mt 11, 25), a quienes se revela el espíritu que se esconde de quienes se creen sabios?

Ellacuría

Intento sugerir algunas líneas para una posible respuesta. ¿No padecen la teología y la Iglesia la misma enfermedad que los partidos políticos tradicionales? ¿No hemos perdido en gran parte la comunión y la comunicación vital con el mundo de los pobres, esa mayoría que aún vive de pura subsistencia, resolviendo de día a día sus necesidades más inmediatas, vulnerable a la violencia y a los desastres naturales? 

Es posible seguir utilizando toda la nomenclatura de la teología de la liberación, hacer esfuerzos para desarrollarla intelectualmente en el contexto postmoderno para no perder relevancia. Sin embargo, si este esfuerzo intelectual no se hace realidad en medio de los pequeños y vulnerables, si no es experimentado por ellos de manera efectiva y real, y sobre todo si no se alimenta de su sabiduría, de la revelación del Espíritu a través de ellos, es una palabrería vacía. Sería una traición pomposa de los privilegiados del evangelio. Lo que hace falta no es juzgar y dirigir desde arriba, sino reconocer la urgencia de nuestra conversión, callarnos, escuchar con paciencia y humildad, buscar comprender, vivir sin agendas ocultas una auténtica y fraterna amistad con los que están abajo y pisoteados.

Segunda aporía: ¿Cómo proponer el diálogo como camino para romper el círculo vicioso de la violencia histórica a una mayoría que defiende la fuerza bruta como única solución posible para el país? Esta es la convicción engendrada por una sociedad autoritaria que espera la salvación a través del macho fuerte y su mano súper-dura: toda propuesta alternativa aparece como una ingenuidad.

Ellacuría y Romero

“No es necesario extenderse en razones y pruebas de por qué es urgente salir de una situación intolerable, que está destruyendo no sólo a los salvadoreños, sino a El Salvador; no sólo a determinados grupos sociales, sino a la nación entera. Es necesario salir. Pero, ¿es necesario el diálogo entre las partes enfrentadas en el conflicto[…]? ¿O puede resolverse pronto el conflicto mediante otro instrumento principal de pacificación distinto del diálogo[…]?”

Estas palabras de Ellacuría, escritas en 1980, al inicio de la guerra civil salvadoreña, no pueden ser más actuales. También hoy la voluntad de diálogo parece estar fuera de los límites de lo posible por mucho tiempo. Podemos decirlo de nuevo con Ellacuría: “Estamos en una hora gravísima para la patria, en la cual pueden fructificar años y años de sacrificios o en la cual pueden quedar inutilizadas para mucho tiempo las esperanzas de días mejores.”

Una vez más, ofrezco algunas pinceladas sobre cómo salir de esta situación aparentemente desesperada. Lo más importante, creo, es reconocer incondicionalmente que estamos de nuevo en un punto cero, que no podemos presuponer nada de lo que ya hemos celebrado como conquistas. Los debates que tenemos que enfrentar son espantosamente similares a los que Ellacuría tuvo en su época. Son los debates sobre los fundamentos de la sociedad, como el debate sobre la universalidad de los derechos humanos. Estos se tambalean hasta sus cimientos cuando se niegan a los que están encarcelados por su supuesta afiliación a las pandillas. Porque si los derechos humanos no se aplican a ellos, tampoco están garantizados para mí.

Otro debate que tenemos que llevar a cabo de nuevo es lo que significa realmente la democracia. Democracia, no entendida como el derecho formal del sufragio en las urnas; y no como lo único que parece quedar de ella en la realidad política actual de El Salvador: el derecho de la mayoría a imponer su voluntad y su percepción de la realidad a la minoría. Es mucho más importante defender una concepción de la democracia que nos obligue a reconocer que los que son diferentes a mí y piensan diferente también tienen derecho a existir; una comprensión de la democracia que proteja a las minorías y facilita el diálogo entre todos los grupos sociales.

Semana Mon Romero
Semana Mon Romero

A pesar de todo lo que exige nuestra seriedad y honradez teológica frente a esta situación, quiero terminar con una experiencia que me ha dado esperanza en medio de todo esto. Hemos llevado a cabo un proyecto de investigación con víctimas de la violencia salvadoreña y les recomiendo el libro que es fruto de este proyecto. En el proceso, nos encontramos con un grupo de jóvenes autoorganizados en un barrio marginal, unidos por su pasión por el arte de la calle como el hip hop, el grafiti, el patinaje a un alto nivel deportivo etc. Se comprenden conscientemente como una alternativa a las maras.

Entre ellos, los mayores «adoptan» a niños de la calle. De lo contrario, serán reclutados por las pandillas ya a la temprana edad de siete u ochos años. Con gran astucia, se mueven entre la violencia de las maras y la violencia todavía más brutal de las «fuerzas de seguridad». Con ellos, redescubrí toda la teoría del arte de Theodor W. Adorno en un modo nuevo y vital: el arte es capaz de poner las condiciones vigentes patas arriba, de vislumbrar la situación desesperada desde una perspectiva nueva y sorprendente. Y las palabras de Monseñor Romero en su homilía de la fiesta de la Epifanía de 1979 han recuperado para mí su verdadero encanto: 

“Cuando miremos que nuestras fuerzas humanas ya no pueden, cuando miramos a la patria como en un callejón sin salida, cuando decimos: ´Aquí la política, la diplomacia no pueden, aquí todo es un destrozo, un desastre y negarlo es ser loco´, es necesario una salvación transcendente. Sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor. De allí que los cristianos tienen una gran misión en esta hora de la patria: mantener esa esperanza”.

Romero
Romero

Profetas: el porvenir de la Iglesia

por Rafael Narbona 

  

marcha en El Salvador en memoria de Ignacio Ellacuría y jesuitas asesinados 1989 mártires de la UCA 2017
Ignacio Ellacuría

Se considera profetas a los intermediarios entre Dios y la humanidad. En el pasado, este concepto se hallaba asociado a un planteamiento mitológico que implicaba una experiencia sobrenatural, una especie de misticismo pagano con ciertos signos de teatralidad. En la actualidad, un profeta no es un taumaturgo, sino alguien clarividente, un visionario cuya lucidez no se vincula a estados alterados de conciencia, sino a una comprensión profunda del Evangelio y el misterio de Dios. Profetas son Óscar Romero, Ignacio Ellacuría –dos mártires– o el papa Francisco, que con ‘Fratelli tutti’ y sus reformas, firmemente comprometidas con los pobres y con una mayor presencia de mujeres y laicos en la iglesia, ha encendido la esperanza entre creyentes y no creyentes. Profetas son también Leonardo Boff, Pedro Arrupe, reformador de la Compañía de Jesús o Jon Sobrino, superviviente de la matanza de la UCA en El Salvador. Frente a los sabios, más concentrados en el trabajo intelectual y el estudio, los profetas vuelcan su atención en la actualidad, intentando identificar los signos de los tiempos y denunciando las conductas que atentan contra la dignidad y los derechos del ser humano.


Los profetas de las últimas décadas del siglo XX sufrieron mucho con Juan Pablo II, que interpretó la teología de la liberación como una infiltración marxista en el seno de la iglesia. Su experiencia en Polonia con una dictadura comunista le impidió apreciar que ninguno de los teólogos adscritos a esa tendencia exaltó el marxismo. Simplemente, lo utilizó como una herramienta de análisis para denunciar los abusos del capitalismo. Ignacio Ellacuría repitió muchas veces que el marxismo había alertado sobre las intolerables desigualdades sociales provocadas por la economía de mercado, pero su alternativa no era ética y humana, pues pasaba por la violencia y desembocaba en un Estado totalitario. Juan Pablo II no mostró interés por comprender a los teólogos que esgrimían la “opción preferencial por los pobres”. Se limitó a silenciarlos y marginarlos. Afortunadamente, corren otros tiempos y la iglesia ha vuelto a recuperar ese espíritu profético que impregna todo el Evangelio. El gesto de Francisco de suspender las sanciones contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, otro profeta, puso de manifiesto que se abría una nueva época. Aunque todavía hacen mucho ruido los movimientos y las publicaciones integristas, los vientos de renovación y apertura parecen imparables. ¿Podría involucionar la iglesia? ¿Un nuevo Papa podría desmontar todo lo que ha hecho Francisco e imponer un modelo tradicionalista, aliado con las corrientes más intransigentes de la sociedad? Es imposible saberlo, pero si la iglesia diera eligiera ese camino, se hundiría en la insignificancia, convirtiéndose en algo marginal y anacrónico.

El camino estrecho

Hace años, dos sacerdotes se acercaron a mí mientras contemplaba la fachada de la catedral de Astorga y hablaron conmigo durante casi dos horas. Una y otra vez me repitieron que la iglesia no era el clero, sino el pueblo de Dios, la comunidad que sigue las enseñanzas del Evangelio. Pienso que esa es la razón por la que Francisco ha incrementado con sus reformas la presencia de las mujeres y los laicos, intentando restaurar la atmósfera de las primeras comunidades cristianas, cuando aún no existían las diferencias jerárquicas y el espacio de encuentro no era un rito solemne, sino la mesa compartida.

¿Qué puede aportar el Evangelio en nuestros días? ¿Cuál es hoy el papel de los profetas? Como señala José Antonio Pagola en ‘Jesús. Una aproximación histórica’, “el reino de Dios se va gestando allí donde ocurren cosas buenas para los pobres”. El Evangelio es una buena noticia porque aboga por un porvenir más justo, sin parias, explotados, ofendidos ni marginados. Como apunta Pagola, “¡Dios defiende a los que nadie defiende!”. Los profetas intentan mantener vivo ese mensaje, escogiendo el camino estrecho que tomó Óscar Romero, asesinado por luchar contra la actitud inhumana de las oligarquías. El arzobispo de San Salvador siguió el ejemplo de Jesús, que alzó la voz en favor de los campesinos pobres, los arrendatarios y los jornaleros de Galilea, con graves problemas de subsistencia por culpa de los terratenientes, partidarios de promover el comercio de trigo, vino y aceite en vez del cultivo de cebada, judías y otros productos necesarios para la subsistencia de las familias más modestas. Jesús vivió como los pobres, durmiendo a la intemperie y sin un trabajo estable. Desafiando a los ricos y poderosos, anunció que el reino sería de los olvidados y los oprimidos, de los humillados y los desamparados, de los que tienen sed y hambre de justicia. En cambio, los más prósperos y adinerados quedarían fuera. Su entrada en el reino sería más improbable que el tránsito de un camello por el ojo de una aguja.

Solidaridad con el vulnerable

Algunos sostienen que –conforme a su sustrato arameo– las bienaventuranzas deberían ser traducidas en primera persona. En realidad, Jesús habría dicho: “Dichosos nosotros que no tenemos nada… Dichosos los que ahora tenemos hambre… Dichosos los que ahora lloramos”. No es extraño que los políticos, oligarcas y militares salvadoreños que organizaron el asesinato de Romero llegaran a pensar que la Biblia era un panfleto revolucionario e interpretaran su posesión como un gesto subversivo. Jesús no habla de un amor retórico, como señala Pagola, sino de alimentar al hambriento, vestir al que está desnudo, visitar al que está en la cárcel, compartir con el que no tiene nada. Exalta la misericordia, no la penitencia. La salvación no es un privilegio de los que observan los ritos religiosos, sino de los que ayudan a los necesitados. Lo esencial no es el culto o la obediencia, sino la compasión.

Jon Sobrino se pregunta si es humano un mundo donde una minoría acumula insolidariamente y otra muere de escasez. Los medios de comunicación encubren esa realidad, logrando que los pobres sean invisibles e irrelevantes. Sobrino afirma que lo cristiano es prestar la voz a los que carecen de ella. Hay que contrarrestar las campañas de desinformación de “los que tienen demasiada voz”. La resignación, el fatalismo o la complicidad con los poderes establecidos no son opciones cristianas. Lo cristiano es solidarizarse con el más débil y vulnerable. Sobrino comenta con pesar que niño del Primer Mundo consume los recursos de más de 400 niños etíopes y que todos los años mueren cincuenta millones de personas a causa del hambre. Frente a esta iniquidad, aboga por la creación de “un mundo que llegue a ser un hogar para el hombre”, según las palabras del filósofo Ernst Bloch. Escribe Sobrino: “Desde la fe cristiana, tal como la actualizaron entre nosotros monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, las víctimas son más que víctimas. Son el pueblo crucificado, el siervo doliente de Yahveh, el Cristo crucificado de nuestro tiempo”.

El porvenir de la iglesia depende de la aparición de nuevos profetas. Profetas que irriten tanto como Jesús, crucificado por la Roma imperial. Profetas como monseñor Romero, que pidió a la Guardia Nacional que no disparara contra sus hermanos (“En nombre Dios, ¡cese la represión!”). Profetas como Ellacuría, que afirmó que nadie tenía derecho a lo superfluo mientras todos no tuvieran lo esencial. Sin profetas, la iglesia solo será una institución, más preocupada por su supervivencia que por el legado del Evangelio. “La gloria de Dios –apuntó monseñor Romero– es que el pobre viva”. Lo contrario es impiedad, blasfemia. Ojalá el siglo XXI nos depare nuevos santos como Romero, testigo de Cristo entre sus hermanos.

Profetas: el porvenir de la Iglesia

marcha en El Salvador en memoria de Ignacio Ellacuría y jesuitas asesinados 1989 mártires de la UCA 2017
Por Rafael Narvona

Se considera profetas a los intermediarios entre Dios y la humanidad. En el pasado, este concepto se hallaba asociado a un planteamiento mitológico que implicaba una experiencia sobrenatural, una especie de misticismo pagano con ciertos signos de teatralidad. En la actualidad, un profeta no es un taumaturgo, sino alguien clarividente, un visionario cuya lucidez no se vincula a estados alterados de conciencia, sino a una comprensión profunda del Evangelio y el misterio de Dios. Profetas son Óscar Romero, Ignacio Ellacuría –dos mártires– o el papa Francisco, que con ‘Fratelli tutti’ y sus reformas, firmemente comprometidas con los pobres y con una mayor presencia de mujeres y laicos en la iglesia, ha encendido la esperanza entre creyentes y no creyentes. Profetas son también Leonardo Boff, Pedro Arrupe, reformador de la Compañía de Jesús o Jon Sobrino, superviviente de la matanza de la UCA en El Salvador. Frente a los sabios, más concentrados en el trabajo intelectual y el estudio, los profetas vuelcan su atención en la actualidad, intentando identificar los signos de los tiempos y denunciando las conductas que atentan contra la dignidad y los derechos del ser humano.


Los profetas de las últimas décadas del siglo XX sufrieron mucho con Juan Pablo II, que interpretó la teología de la liberación como una infiltración marxista en el seno de la iglesia. Su experiencia en Polonia con una dictadura comunista le impidió apreciar que ninguno de los teólogos adscritos a esa tendencia exaltó el marxismo. Simplemente, lo utilizó como una herramienta de análisis para denunciar los abusos del capitalismo. Ignacio Ellacuría repitió muchas veces que el marxismo había alertado sobre las intolerables desigualdades sociales provocadas por la economía de mercado, pero su alternativa no era ética y humana, pues pasaba por la violencia y desembocaba en un Estado totalitario. Juan Pablo II no mostró interés por comprender a los teólogos que esgrimían la “opción preferencial por los pobres”. Se limitó a silenciarlos y marginarlos. Afortunadamente, corren otros tiempos y la iglesia ha vuelto a recuperar ese espíritu profético que impregna todo el Evangelio. El gesto de Francisco de suspender las sanciones contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, otro profeta, puso de manifiesto que se abría una nueva época. Aunque todavía hacen mucho ruido los movimientos y las publicaciones integristas, los vientos de renovación y apertura parecen imparables. ¿Podría involucionar la iglesia? ¿Un nuevo Papa podría desmontar todo lo que ha hecho Francisco e imponer un modelo tradicionalista, aliado con las corrientes más intransigentes de la sociedad? Es imposible saberlo, pero si la iglesia diera eligiera ese camino, se hundiría en la insignificancia, convirtiéndose en algo marginal y anacrónico.

El camino estrecho

Hace años, dos sacerdotes se acercaron a mí mientras contemplaba la fachada de la catedral de Astorga y hablaron conmigo durante casi dos horas. Una y otra vez me repitieron que la iglesia no era el clero, sino el pueblo de Dios, la comunidad que sigue las enseñanzas del Evangelio. Pienso que esa es la razón por la que Francisco ha incrementado con sus reformas la presencia de las mujeres y los laicos, intentando restaurar la atmósfera de las primeras comunidades cristianas, cuando aún no existían las diferencias jerárquicas y el espacio de encuentro no era un rito solemne, sino la mesa compartida.

¿Qué puede aportar el Evangelio en nuestros días? ¿Cuál es hoy el papel de los profetas? Como señala José Antonio Pagola en ‘Jesús. Una aproximación histórica’, “el reino de Dios se va gestando allí donde ocurren cosas buenas para los pobres”. El Evangelio es una buena noticia porque aboga por un porvenir más justo, sin parias, explotados, ofendidos ni marginados. Como apunta Pagola, “¡Dios defiende a los que nadie defiende!”. Los profetas intentan mantener vivo ese mensaje, escogiendo el camino estrecho que tomó Óscar Romero, asesinado por luchar contra la actitud inhumana de las oligarquías. El arzobispo de San Salvador siguió el ejemplo de Jesús, que alzó la voz en favor de los campesinos pobres, los arrendatarios y los jornaleros de Galilea, con graves problemas de subsistencia por culpa de los terratenientes, partidarios de promover el comercio de trigo, vino y aceite en vez del cultivo de cebada, judías y otros productos necesarios para la subsistencia de las familias más modestas. Jesús vivió como los pobres, durmiendo a la intemperie y sin un trabajo estable. Desafiando a los ricos y poderosos, anunció que el reino sería de los olvidados y los oprimidos, de los humillados y los desamparados, de los que tienen sed y hambre de justicia. En cambio, los más prósperos y adinerados quedarían fuera. Su entrada en el reino sería más improbable que el tránsito de un camello por el ojo de una aguja.

Solidaridad con el vulnerable

Algunos sostienen que –conforme a su sustrato arameo– las bienaventuranzas deberían ser traducidas en primera persona. En realidad, Jesús habría dicho: “Dichosos nosotros que no tenemos nada… Dichosos los que ahora tenemos hambre… Dichosos los que ahora lloramos”. No es extraño que los políticos, oligarcas y militares salvadoreños que organizaron el asesinato de Romero llegaran a pensar que la Biblia era un panfleto revolucionario e interpretaran su posesión como un gesto subversivo. Jesús no habla de un amor retórico, como señala Pagola, sino de alimentar al hambriento, vestir al que está desnudo, visitar al que está en la cárcel, compartir con el que no tiene nada. Exalta la misericordia, no la penitencia. La salvación no es un privilegio de los que observan los ritos religiosos, sino de los que ayudan a los necesitados. Lo esencial no es el culto o la obediencia, sino la compasión.

Jon Sobrino se pregunta si es humano un mundo donde una minoría acumula insolidariamente y otra muere de escasez. Los medios de comunicación encubren esa realidad, logrando que los pobres sean invisibles e irrelevantes. Sobrino afirma que lo cristiano es prestar la voz a los que carecen de ella. Hay que contrarrestar las campañas de desinformación de “los que tienen demasiada voz”. La resignación, el fatalismo o la complicidad con los poderes establecidos no son opciones cristianas. Lo cristiano es solidarizarse con el más débil y vulnerable. Sobrino comenta con pesar que niño del Primer Mundo consume los recursos de más de 400 niños etíopes y que todos los años mueren cincuenta millones de personas a causa del hambre. Frente a esta iniquidad, aboga por la creación de “un mundo que llegue a ser un hogar para el hombre”, según las palabras del filósofo Ernst Bloch. Escribe Sobrino: “Desde la fe cristiana, tal como la actualizaron entre nosotros monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, las víctimas son más que víctimas. Son el pueblo crucificado, el siervo doliente de Yahveh, el Cristo crucificado de nuestro tiempo”.

El porvenir de la iglesia depende de la aparición de nuevos profetas. Profetas que irriten tanto como Jesús, crucificado por la Roma imperial. Profetas como monseñor Romero, que pidió a la Guardia Nacional que no disparara contra sus hermanos (“En nombre Dios, ¡cese la represión!”). Profetas como Ellacuría, que afirmó que nadie tenía derecho a lo superfluo mientras todos no tuvieran lo esencial. Sin profetas, la iglesia solo será una institución, más preocupada por su supervivencia que por el legado del Evangelio. “La gloria de Dios –apuntó monseñor Romero– es que el pobre viva”. Lo contrario es impiedad, blasfemia. Ojalá el siglo XXI nos depare nuevos santos como Romero, testigo de Cristo entre sus hermanos.

España estrena película sobre mártires de la UCA

Imagen retomada de RTVE | Escena de “Llegaron de noche”.


La película “Llegaron de noche” relata el asesinato de seis sacerdotes jesuitas, cinco de ellos de origen español, y sus dos colaboradoras. Será estrenada en España este 25 de marzo.

La producción está basada en la historia real de la única testigo del crimen, Lucía Barrera de Cerna, quien trabajaba como empleada de limpieza en la UCA. Entre la noche del 15 de noviembre y la madrugada del 16 de noviembre de 1989, Lucía vio a agentes del Ejército que ingresaron a las habitaciones de los jesuitas y sus colaboradoras. La película muestra que su testimonio será clave para esclarecer la verdad y hacer justicia, pero además cambiará para siempre su vida y la de su familia.

El director español, nacido en El Salvador, Imanol Uribe, manifestó que “Llegaron de noche” fue una película complicada, que le llevó cinco años de su vida. Iniciaron un minucioso proceso de documentación previo, para abordar esta historia real, pero surgieron bastantes problemas con la producción al principio del rodaje, a eso añadió las adversidades por la pandemia.

Con esta producción, España vuelve a poner en el escenario público el asesinato de los seis sacerdotes jesuitas y sus dos colaboradoras.

En 2020, la Audiencia Nacional de España condenó a más de 133 años de cárcel al coronel Inocente Orlando Montano, como uno de los implicados en el asesinato cometido por las Fuerzas Armadas salvadoreñas.

El Salvador negó la extradición de 13 militares acusados de participar en el crimen, para que fueran juzgados en España. A la fecha, el caso continúa en la impunidad.

Los mártires de la UCA al cine

‘Llegaron de noche’: el cine resucita a los mártires de la UCA

Vida Nueva charla con el director de la película, Imanol Uribe, y con el guionista, Daniel Cebrián

Llegaron de noche

Dice Jesús en el evangelio que “nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto” (Lc 8, 17). Aferrados a esa promesa divina, la Compañía de Jesús y el pueblo salvadoreño llevan más de tres décadas aguardando a que la justicia humana llegue hasta al final y arroje luz sobre uno de los episodios más trágicos en la historia de la orden fundada por Ignacio de Loyola y del pequeño país centroamericano, sumido por entonces en una fratricida guerra civil de doce años (1980-1992) que se cobraría 75.000 vidas y dejaría un número indeterminado de desaparecidos.


Se trata del asesinato, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, de seis jesuitas –los españoles Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López–, la cocinera de la comunidad, Julia Elba Ramos, y su hija Celina Ramos, en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de San Salvador donde los religiosos residían e impartían clases.

El 5 de enero de 2022, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de El Salvador –que en 2020 dictó el cierre del proceso penal y “que no se investigue a los señalados como autores intelectuales de la masacre”– ordenaba que se reabriera el caso. Y el 11 de marzo, hace apenas un par de semanas, el titular del Juzgado Tercero de Paz de San Salvador, José Campos, emitía una orden de busca y captura contra el ex presidente Alfredo Cristiani (1989-1994), decretando su detención tras no comparecer en el juicio.

Caprichos (o no) del destino, lo cierto es que ahora, coincidiendo con estas esperanzadoras noticias, un poderoso vehículo de concienciación como el cine viene a sumarse a ese empeño por saber la verdad y rescatarla de las tinieblas de la impunidad. Lleva por título ‘Llegaron de noche’ –como los asesinos en aquella fatídica fecha– y desembarca en las salas el 25 de marzo, previo paso por el Festival de Málaga.

Al frente del proyecto figura el director Imanol Uribe, un vasco nacido en San Salvador que –aunque con 20 años menos– admite haber llevado “vidas paralelas” con Ignacio Ellacuría, aquel jesuita nacido en Portugalete que acabaría viviendo y muriendo en El Salvador. En distendida charla con Vida Nueva en la sede de la ONG jesuita Entreculturas, y acompañado por el guionista de su último trabajo, Daniel Cebrián, relata cómo pasó “por los sitios que él pasó”.

Y, aun cuando asume tener “una memoria espantosa”, recorre mentalmente su periplo educativo, vinculado siempre a la Compañía de Jesús: el Externado San José en El Salvador, los jesuitas de Indautxu en Bilbao, los jesuitas de Tudela, “donde también estuvo Ignacio Ellacuría”. Incluso, llegó a conocerle personalmente “en una charla que dio en Salamanca”.

Hechos que marcan

Ahora bien, más allá de ese pasado jesuita, Uribe reconoce que “el gusanillo del interés por su figura siempre ha estado ahí”. Como a tanta gente de su generación, le impactó “muchísimo” la matanza de El Salvador, “al nivel del asesinato de Carrero Blanco, de Kennedy o del 11-S: son hechos que marcan”. Y a Ellacuría –subraya– “le admiraba”. Todo ello “se conjura” como germen de su nueva película después de leer la novela Noviembre, de Jorge Galán.

En ella se habla de los jesuitas, de monseñor Romero… pero fue Lucía Barrera de Cerna, empleada de limpieza en la UCA y único testigo de la matanza que decidió declarar, quien reclamó su atención. “Solo se cuenta un poquito su vida”, desvela. Suficiente para que el veterano cineasta encontrara en ese personaje “el desencadenante desde el que hincarle el diente a la historia”: contaría lo vivido por esta mujer y, de paso, hablaría de la muerte de los jesuitas. “Como vehículo narrativo, me fascinaba la historia increíble de Lucía y su defensa de la verdad”, confiesa.

“Lo que es interesante es la historia de Lucía, su conflicto: tiene que optar entre contar la verdad o que la dejen vivir. Y opta por contar la verdad, aunque no la vayan a dejar vivir. Imanol lo vio enseguida; yo tardé en verlo más, pero había que justificar el sueldo”, secunda entre risas Cebrián, que ya ha colaborado con Uribe en anteriores producciones.

Enriquecedoras entrevistas

A partir de ese momento, como guionista, emprendió “una fase de documentación periodística” en la que leyó todo lo que pudo acerca de aquellos acontecimientos. Al principio, hablaron mucho con Jorge Galán, incluso pensaron en comprarle los derechos de su novela, pero “yo sabía ya demasiadas cosas como para hacer la película y, al final, todo terminó donde había empezado Imanol”.

Conocerían luego al padre José María Tojeira (encarnado en la cinta por Carmelo Gómez), provincial de los jesuitas en Centroamérica de 1988 a 1995, que “fue muy generoso con nosotros: grabamos bastantes horas de conversaciones con él en la UCA y ha colaborado desde el primer momento”, recuerda agradecido Uribe. Y a Lucía (Juana Acosta), que resultó “esencial”, y a su marido (Juan Carlos Martínez).

Y es que, tras entrevistarse con este matrimonio salvadoreño, “solo queríamos contar ya la historia de Lucía, que era la idea original de Imanol desde nuestra primera conversación”. De hecho, inicialmente iba a llamarse La mirada de Lucía, pero la premonición de Ellacuría sobre la autoría de su propia muerte (aquí puesta en boca del actor que se mete en su piel, Karra Elejalde) les brindó el título definitivo: “Si me matan de día sabrán que ha sido la guerrilla, pero si llegan de noche serán los militares los que me maten”.

Entrelazar la realidad

Así que, después de encontrarse con unos y con otros, “no hubo que inventarse nada, sino entrelazar la realidad que había”, asegura Uribe. A lo sumo, “fundir” en algún personaje acciones o diálogos de otros. Como es el caso del propio padre Tojeira, que “tuvo mucho protagonismo –apostilla Cebrián–, aunque había más sacerdotes jesuitas adscritos a la universidad que estaban por allí”. “El resto –reitera Uribe– ha sido articular y guionizar la historia, porque la realidad estaba ahí”. Y ese “resto”, fundamentalmente, es la historia de Lucía.

Ella es “la puerta de entrada”, según Cebrián, porque “¡es tan absurda la muerte de los padres!… que hacer una película sobre eso tiene poco interés, más allá de la tragedia que supone”. “Sería contar una historia que todos conocen”, asiente Uribe. “Es una atrocidad sin sentido desde el punto de vista humano –prosigue Cebrián–, a nadie le puede parecer bien aquello, no hay un conflicto. Cuando lees todo en su contexto, es muy fácil seguir la línea que conduce de finales de 1989 al fin del conflicto: aquella matanza aceleró la paz, no el triunfo de la guerrilla; al menos, la capitulación del Gobierno en muchos aspectos”.

Cristiani, en búsqueda y captura

El expresidente salvadoreño Alfredo Cristiani, en busca y captura tras no presentarse en el juicio por los mártires de la UCA

marcha en El Salvador en memoria de Ignacio Ellacuría y jesuitas asesinados 1989 mártires de la UCA 2017
Mártires de la UCA

Una corte de paz ha iniciado un proceso contra el dirigente acusado de ser uno de los autores intelectuales de la Universidad Centroamericana

Finalmente, el pasado viernes, 11 de marzo, una corte de paz de El Salvador ordenó la busca y captura de Alfredo Cristiani, presidente del país centroamericano de 1989 a 1994, cuando se produjo la matanza de los jesuitas Ignacio Ellacuría y 5 compañero, junto a la cocinera de la comunidad y su hija en 1989. Cristiani se ha dado a la fuga aunque rechaza cualquier acusación.


La orden judicial se produce tras la ausencia de Cristiani –o cualquier representante suyo– en el proceso iniciado este jueves en un tribunal de Paz. “No me queda más que decretar la detención”, sentenció el juez según recoge la agencia Efe. “La verdad es que nunca supe de los planes que tenían para cometer esos asesinatos. Nunca me informaron ni me pidieron autorización porque sabían que jamás hubiera autorizado que se hiciera daño al padre Ellacuría o a sus hermanos”, ha destacado en un comunicado recogido por la misma agencia.

Escasas condenas

En paradero desconocido, el entonces presidente siempre ha sido considerado uno de los autores intelectuales –junto a 12 dirigentes más– de la matanza en la universidad jesuita, aunque hasta ahora los acuerdos de paz o los supuestos juicos no lo habían refrendado claramente. Solo la declaración de inconstitucionalidad, en 2016, de la ley de amnistía de 1993, ha permitido que el proceso llegue de nuevo a los tribunales –algo que se ha producido tras muchos reveses y obstáculos–. Hasta ahora, solo están en la cárcel el coronel Guillermo Benavides, desde 1991, y el ex viceministro de Seguridad, Inocente Montano, gracias a un juicio desarrollado en la Audiencia Nacional de España, por la nacionalidad española de 5 de los jesuitas asesinados.

Cristiani denuncia en su comunicado que “el fiscal general (Rodolfo Delgado) de mala fe y con claro desprecio de la verdad me ha acusado públicamente de omisión y de encubrimiento”. Para él, “el asesinato de los padres jesuitas, de Elba y Celina fue un acto espantoso, fue una acto salvaje. Las víctimas de estas y muchas otras atrocidades tienen derecho a la justicia y el pueblo salvadoreño tiene derecho a saber la verdad, pero la acusación del fiscal general no busca ni justicia ni verdad, busca perjudicar a quien consideran un opositor político inconveniente”. Nuevamente, se retrasa el cierre de esta herida en la historia judicial de El Salvador.

IGNACIO ELLACURÍA, TEÓLOGO Y MÁRTIR. 

Ignacio Ëllacuría

 Han sido pocos los hombres de Dios que han impactado mi vida, pero uno de ellos ha sido Ignacio Ellacuría. Tengo muy vivo en mi memoria la última vez que nos vimos. Hace más de treinta años en los pasillos del colegio La Salle de Santiago se cruzaron nuestras miradas y pude ver en su mirada tierna la mirada de un Santo que luchó sin temer, la mirada de un hombre que decidió seguir a Dios hasta dar la vida por los más desfavorecidos del Salvador. 

Una mirada limpia y tierna como la de Ignacio Ellacuría que no se olvide con el paso de los años sólo es posible si, en todo, primero mantenemos los ojos fijos en Jesús. Sólo en Cristo podemos vivir la radicalidad de nuestra vida cristiana, porque es Él quien nos da la fuerza para hacerlo; es Él quien nos acompaña a través de la misericordia del Corazón de Dios. 

Para algunos jerarcas aliados con la oligarquía y el poder político, el asesinato se debió a que los jesuitas se habían alejado de su misión pastoral y se habían implicado en la actividad política del lado de los guerrilleros revolucionarios. “¡Se lo tenían merecido!” 

Pero  Ignacio Ellacuría afirmaba que la causa de la guerra no era la agresión comunista, sino la enorme desigualdad social. Por tanto, la paz solo llegaría si cesaba la explotación de los pobres, que constituían el 70 % de los salvadoreños. Algunos obispos, como Marco René Revelo -auxiliar de Romero en el momento de su muerte­ o el salesiano Pedro Arnoldo Aparicio, rechazaban ese análisis porque, decían, justificaba a la guerrilla y fomentaba el odio. 

Con Pedro Arrupe como superior general, la Compañía de Jesús había actualizado su misión afirmando la unión inseparable de la fe y la justicia. El sacrificio de los jesuitas de la UCA confirmó un augurio de Arrupe formulado en 1975 en la Congregación General 32: «No trabajaremos en la promoción de la justicia sin pagar un precio». 

Jon Sobrino, compañero de las víctimas, que se libró de la muerte por encontrarse fuera de El Salvador, piensa de manera muy diferente: los mataron “porque analizaron la realidad y sus causas con objetividad. Dijeron la verdad del país con sus publicaciones y declaraciones públicas. Desenmascararon la mentira y practicaron la denuncia profética. Por ser conciencia crítica de una sociedad de pecado y conciencia creativa de una sociedad distinta, la utopía del reino de Dios entre los pobres. ¡Y eso no se perdona!”. 

Ellacuría lo mataron, responde Eduardo Galeano, “por creer en esa imperdonable capacidad de revelación y por compartir los riesgos de la fe en su “poder de profecía’”. 

Martirio, en la tradición de la palabra griega, significa testimonio. Y así podemos decir que para un cristiano el camino va por las huellas de este testimonio de Jesús para dar testimonio de Él. ¡Un testimonio que muchas veces termina con el sacrificio de la vida! 

El martirio no es objeto de una elección voluntarista, que se asemeja a un sacrificio humano. Sin embargo, el martirio debe seguir siendo una opción posible y concebible cuando se trata de permanecer fieles al Señor; puede convertirse en un signo de nuestro apego al Señor, cueste lo que cueste. Igual que el profeta Jeremías, Ignacio Ellacuría  es la figura del creyente que no busca primero satisfacer a las personas que le rodean, sino que se preocupa ante todo de su fidelidad a la radicalidad de la Palabra de Dios. 

Este es también el mensaje del Evangelio, donde Cristo compara su misión con un fuego que debe quemarlo todo. Todos los que se adhieren a esta misión son atrapados por este fuego. Y este fuego es tal que deja huellas indelebles; el mensaje de Jesús implica una elección radical. Este mensaje debe convertirse en nuestra nueva identidad, incluso más allá del vínculo de sangre. Es este fuego el que debe caracterizarnos en todo, y convertirse en nuestro signo de reconocimiento. 

La palabra «amor» ha sido tan utilizada que ya no dice mucho. Debemos, pues, comprender que el verdadero amor -en el fondo, el único amor verdadero- es aquel que se pone en acción, que está dispuesto a sacrificarse por el bien de los demás. Recordemos al mismo Jesús: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Así pues, el único criterio que puede dar sentido a nuestros sacrificios, incluso a la posibilidad del martirio, es este amor sin límites, que encuentra su fuente en el propio amor de Dios por nosotros. 

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos», dijo Jesús. Así que no es novedad que dar la vida por los demás te introduce en el Amor, que es eterno. 

Afirma el papa francisco: «El heroico ofrecimiento de la vida, sugerido y sostenido por la caridad, expresa una verdadera, plena y ejemplar imitación de Cristo y, por lo tanto, es merecedor de aquella admiración que la comunidad de los fieles suele reservar a aquellos que voluntariamente han aceptado el martirio de sangre o han ejercido en grado heroico las virtudes cristianas». «Son dignos de especial consideración y honor aquellos cristianos que, siguiendo más de cerca las huellas y las enseñanzas del Señor Jesús, han ofrecido voluntaria y libremente su vida por los demás y han perseverado hasta la muerte en este propósito» añade 

¡Dar la vida por los demás es una heroicidad del amor. Es la mejor expresión de la lealtad al ser humano! 

Cristo, con su ejemplo y muerte en la cruz, nos dice: «no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos». (Juan 15, 13). Y cuando dice «amigos» se refiere a todos, porque para Él no hay enemigos. El dio la vida por nosotros. 

Amar al prójimo como a uno mismo no es nada fácil, porque requiere «dar la vida», darse a los demás, a todos. Y se nos exhorta a hacerlo como si nos lo diésemos a nosotros mismos. Ahí está la cuestión: porque darse para uno mismo no cuesta; darse a unos pocos tampoco; darse a «los tuyos, menos, pero darse a todos cuesta, porque no tratamos ni queremos a todos igual. 

Por tanto, ser cristiano, seguir a Cristo es «dar la vida» por los demás. Es llevar el mensaje de amor de Cristo a otros manifestando un «amor total». El amor es el verdadero mensaje. 

“La única manera de predicar la cruz al pueblo crucificado es convertirse en uno de los crucificados” Jon Sobrino 

Testimoniar a Cristo es la esencia de la Iglesia que, de otro modo, acabaría siendo sólo una estéril «universidad de la religión» impermeable a la acción del Espíritu Santo. 

La meditación sobre la fuerza del testimonio surgió del pasaje de los Hechos de los apóstoles (7, 51-8,1) que relata el martirio de Esteban. A sus perseguidores, que no creían, Esteban dijo: «Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos. Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo». Y precisamente estas palabras de una forma u otra, las había dicho Jesús, incluso literalmente: como eran vuestros padres así sois vosotros; ¿hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran?» 

Los Hechos de los apóstoles puntualizan que Esteban estaba lleno del Espíritu Santo. Y, en efecto, no se puede dar testimonio sin la presencia del Espíritu Santo en nosotros. En los momentos difíciles, cuando tenemos que elegir la senda justa, cuando tenemos que decir que “no” a tantas cosas que tal vez intentan seducirnos, está la oración al Espíritu Santo: es Él quien nos hace fuertes para caminar por la senda del testimonio. 

El catecismo de la Iglesia católica dice: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18, 16): «Todos […] los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación» (AG 11). El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (San Ignacio de Antioquía, Epístola ad Romanos, 4, 1). 

Hemos perdido a un gran siervo de Dios, pero nos quedan sus escritos, sus mensajes y reflexiones… Y a través de ellos podemos  descubrir las profundas verdades que nos deja este hombre ejemplar, pastor, siervo, profeta y visionario. Dios le dará la recompensa a tan digno ministro del Evangelio.