Mensaje a la sociedad : «El neoliberalismo es pecado»

Mensaje final del 33° Encuentro del Grupo de Curas en Opción por las y los Pobres
Mensaje final del 33° Encuentro del Grupo de Curas en Opción por las y los Pobres

«El Grupo de Curas en Opción por los Pobres nos volvimos a encontrar después de dos años de pandemia en nuestra reunión anual. Curas de distintas edades, diócesis y regiones del país»

«La convicción que los pobres son los preferidos de Jesús nos sigue convocando. Sabemos que el empobrecimiento de nuestro pueblo es provocado por la injusticia»

«La razón de nuestra opción es Jesucristo y su Evangelio. Y, desde esta opción, tenemos claro que el neoliberalismo es pecado»

«Queremos ver proyectos en camino. Nos encontrarán allí donde sepamos descubrir políticas de vida. Vida que se traduce en Tierra, Techo y Trabajo para todos y todas»

«Vida que espera una profunda reforma del Poder Judicial; la libertad de Milagro Sala y de los presos y presas políticos; que la deuda la paguen los que fugaron capitales al exterior»

 | Curas en opción por los y las pobres (Argentina)

Mensaje final del 33° Encuentro del Grupo de Curas en Opción por las y los Pobres

25 al 28 de Abril de 2022, Villa Allende, Córdoba

El Grupo de Curas en Opción por los Pobres nos volvimos a encontrar después de dos años de pandemia en nuestra reunión anual. Curas de distintas edades, diócesis y regiones del país.

La convicción que los pobres son los preferidos de Jesús nos sigue convocando a pesar de la pandemia; de la deuda injusta e impagable contraída por el gobierno anterior y del acuerdo siempre desfavorable con el FMI del actual gobierno; de las diferentes guerras que nos invaden; y de respuestas políticas que nos parecen insuficientes. 

Sabemos que el empobrecimiento de nuestro pueblo es provocado por la injusticia: la inequidad en la distribución de los bienes, la avaricia de unos pocos y una situación internacional que concentra lo necesario para una vida digna, cada vez más en menos manos. En este empobrecimiento las mujeres, aunque omitidas e invisibilizadas, suelen ser la mayoría.

Las y los pobres no lo son por desidia, pereza o negligencia. Lo son porque hay políticas (o falta de ellas) que los provocan. Y la Iglesia de las y los pobres no puede quedar lejos de sus dolores y angustias.

El Dios Padre y Madre en el que creemos es el “padre del huérfano y el protector de la viuda”, como reza el salmista. El Dios que “derribó de su trono a los poderosos y elevó a los humildes”, como canta María de Nazaret. Es el Dios de Jesús que no teme decir que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino; y que toma partido por los que dan de comer al hambriento y de vestir al desnudo. Todo un mensaje claramente subversivo para el discurso dominante y la hegemonía omnipresente.

No estamos ni queremos estar junto a los pobres por razones políticas. La razón de nuestra opción es Jesucristo y su Evangelio.

Y, desde esta opción, tenemos claro que el neoliberalismo es pecado, aunque para muchos sea la esperanza (efímera esperanza que alientan muchos medios de comunicación). 

Tenemos claro también que, en la historia de nuestro pueblo, hubo momentos en los que la vida y la fiesta estuvieron más próximas al horizonte del cada día en la casa de los pobres

Como decía el mártir Enrique Angelelli y también decía Evita, «no podemos predicar la resignación». Queremos anunciar que otro mundo es posible, uno en el que haya justicia y no cortesanos, uno donde haya comunidades y no corporaciones, uno donde haya hermandad de todos y todas, y no patriarcas o padrinos mafiosos.

En vísperas del día de los trabajadores y trabajadoras, no podemos menos que tenerlos presentes. Incluyendo a los que sobreviven en trabajos informales y a quienes buscan, pero no consiguen un trabajo digno. Tenemos claro que gobernar es dar trabajo y salarios justos. No se trata de discursos o de diagnósticos, que estamos saturados de escuchar. 

Queremos ver proyectos en camino, sabiendo que mejor que decir es hacer. Y queremos repetir, una vez más, que nos encontrarán allí donde sepamos descubrir políticas de vida, militancias de esperanza y esperanzas de fiesta para la vida del pueblo.

Vida que se traduce en Tierra, Techo y Trabajo para todos y todas. Realidades que suponen la unidad del campo popular y decisiones políticas que busquen resolver las causas estructurales de la pobreza.

Vida que se construye desde el pueblo y con el pueblo, generando lazos de solidaridad y caminos de mayor justicia.

Vida que espera una profunda reforma del Poder Judicial; la libertad de Milagro Sala y de los presos y presas políticos; que la deuda la paguen los que fugaron capitales al exterior; que nuestro país vuelva a tener control de sus exportaciones y reconquiste la soberanía sobre la navegabilidad del río Paraná; que la recuperación del Lago Escondido sea un ejemplo testigo de la recuperación de nuestras tierras, hoy en manos extranjeras.

En la cercanía de un nuevo aniversario del martirio de Carlos Mugica (11 de mayo) queremos, junto a nuestras comunidades, hacer nuestro su compromiso de vivir un amor apasionado por Cristo, viviendo un amor apasionado por su pueblo.  

Grupo de Curas en Opción por los Pobres

Un ejemplo de sinodalidad

En Algorta, provincia de Vizcaya, dos grupos de feligreses conocieron este proyecto de cuestionario sobre la reforma de la Iglesia y decidieron usarlo como tema de reflexión, independientemente de lo que hicieran sus parroquias por encargo del Sínodo. A las preguntas siguientes, los participantes contestaban sí o no. Omitimos los resultados para no influir a la hora de ser utilizado en otras parroquias o grupos.

Las preguntas se agruparon en dos grandes bloques en referencia a temas radicales que la iglesia debe ir estudiando y otros temas más urgentes que deberían resolverse con mayor inmediatez.

TEMAS MÁS RADICALES

¿Qué reformas sientes como necesarias para cambiar radicalmente la orientación de nuestra Iglesia para un seguimiento más fiel a Jesús de Nazaret?

Pobreza

· Renunciar al Estado Vaticano.

· Traspasar el museo vaticano y los museos diocesanos a la ONU u otras organizaciones culturales de cada nación.

· Renunciar a la capitalización del patrimonio.

· Suprimir los estipendios asociados a los actos de culto y confiar el mantenimiento por toda la comunidad de los miembros liberados.

· Otras sugerencias.

Doctrina

· Considerar la doctrina y los mandamientos de la Iglesia como orientaciones para las decisiones responsables de los fieles.

· Promover una revisión profunda de toda la teología, como una explicación coherente del mensaje de Jesús.

· Reconocer a las diversas religiones como caminos hacia la plenitud de la trascendencia.

· Otras sugerencias.

TEMAS URGENTES

¿Qué reformas sientes como más urgentes para cumplir con la dignidad y la justicia humana?

Desclericalización:

· Reconocer el valor de los carismas actuales que el Espíritu concede a los miembros para el desarrollo de su comunidad; especialmente el carisma de profecía entendida como el sentido de denuncia de las injusticias y la propuesta de nuevos caminos.

· Reconocer la igualdad de todos los cristianos sin distinción por sexo, raza, o ministerios ejercidos.

· Reconocer el carisma de dirigir a la comunidad como uno más y para el servicio a todo el Pueblo de Dios.

· Designar a laicas y laicos para presidir los dicasterios de la Curia vaticana, como miembros participantes en los próximos Sínodos y Concilios, y como formadoras en los seminarios.

· Readmitir en el ministerio pastoral a los sacerdotes secularizados que lo deseen.

· Administrar el ministerio sacerdotal a las mujeres.

· Iniciar la descentralización del gobierno de la Iglesia dando mayor relevancia a las Conferencias regionales.

· Iniciar el proceso de elección de obispos y párrocos por sus propias comunidades, quizás proponiendo una terna para que la comunidad decida.

· Abolición de títulos eclesiásticos (teniendo en cuenta los derechos económicos de los que han trabajado al servicio de las comunidades) o considerarlos como meras funciones temporales.

· Iniciar una reforma de los seminarios a modo de colegio universitario, con o sin residencia en los mismos, con orientadores espirituales y prácticas en barriadas marginales o en terreno de misión.

· Otras sugerencias.

Liturgia:

· Iniciar la renovación de rituales litúrgicos según las costumbres de cada pueblo

· Reconocer el sacerdocio común de los fieles, y favorecer que los laicos presidan la celebración de la eucaristía en ausencia de un sacerdote.

· Otras sugerencias.

Transparencia:

· Separar el dinero destinado a las obras de caridad del dinero destinado a la administración de las comunidades y al mantenimiento de los liberados para la atención pastoral.

· Someter el balance anual a la aprobación de toda la comunidad parroquial, diocesana, o eclesial.

· Otras sugerencias.

Discurso del llano

Jesús en estado puro: Amar al enemigo, perdonar, no juzgar (Lc 6, 27-36,)

Sermón en el campo - Colección - Museo Nacional del Prado
Discurso del llano

Ésta es su experiencia, expresada en forma de amor (incluso a los enemigos), de perdón y de superación de un orden judicial de Dios o de los hombres, en línea de amor creador. Ésta es la “esencia de cristianismo”, no hay otra; la aportación del evangelio a la cultura y vida humana.

Se supera así todo principio de guerra” (ojo por ojo), toda venganza, todo intento de construir la paz con armas. Se supera al mismo tiempo la “justicia de ley” y se establece el supra-principio de la gratuidad: No juzguéis, perdonad y amad a todos.

¿Qué se puede hacer si no se puede hacer la guerra, ni cobrar por fuerza las deudas, ni juzgar a los demas? ¡Todo, absolutamente todo! Amar, sembrar vida… Podrán verlo quienes sigan leyendo y quieran gozar del evangelio. Culmino así y supero las cuatro “postales anteriores” sobre el ejército en la Biblia.

Por| X. Pikaza Ibarrondo

Texto (Lc 6, 27-38).

1. Principio y concreciones. 27 A quienes me escuchéis:

  • Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; 
  • 28 bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian.
  • 29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra;
  • y al que te quite el manto, no le impidas (que tome) la túnica. .
  • 30 A cualquiera que te pida, dale;
  • y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.

2.Razonamiento

  •  31como queráis que los hombres os traten, tratadlos a ellos.
  • 32 Si sólo amáis a los que os aman,
  • ¿qué mérito tenéis? También los pecadores (=egoístas) aman a quienes les aman.
  • 33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien,
  • ¿qué mérito tenéis? También los pecadores (egoístas)  hacen lo mismo.
  • 34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir ¿qué mérito tenéis?
  • También los pecadores (egoístas) se prestan entre sí para recibir de nuevo

3. Como Dios

  • Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos,
  • haced el bien y prestad, sin pedir nada a cambio.Y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo,
  • pues también Él es bondadoso con los desagradecidos y malos.
  • 36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso
  • Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

 4.Conclusión

  • No juzguéis, y no seréis juzgados;no condenéis, y no seréis condenados;
  • perdonad, y seréis perdonados
  • Dad, y se os dará:os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. (Lc 6, 27-38).

1. Principio humano. La buena nueva de una humanidad liberada (6, 27-30)

Reproducciones De Bellas Artes | Sermón en  el  montaña  de Karoly Ferenczy (1862-1917, Hungary) | WahooArt.com

Éste es el principio evangélico” del mensaje y vida de Jesús, el germen de vida que él ha sembrado en la historia de los hombres.  No empieza hablando desde Dios, como si Dios le mandara (¡aquí no se cita para nada a Dios!), sino como “profeta/sabio”, experto en humanidad”, desde su propia experiencia de la historia de Israel y de los pueblos.

Así ofrece  cuatro ejemplos de inversión o ruptura del  esquema comercial y legal del talión, que puede expresarse en un famoso principio de química: Nada se crea ni destruye, todo se transforma conforme a un esquema de equivalencia dinámica. En contra de eso, el evangelio establece aquí tres principios de “creación” gratuita: amar, bendecir, no responder con violencia y robo. 

  1. Hay un nivel básico práctica generosa, que se expresa como amor y generosidad activa en relación con los «enemigos», superando así los esquemas de retribución (de mérito y provecho egoísta). No basta la cordialidad o amor interno; es necesario que el amor se exprese en el gesto de la ayuda dirigida hacia los otros. No basta con decir que quiero a los demás, debo mostrarlo actuando bien con ellos.
  2. Hay un nivel más alto (de transformación personal), que puede expresarse en un plano expresamente plano religioso (orad por los enemigos, pedir para ellos lo mejor)pero también en un plano simplemente humana: que bendigamos a los enemigos, que hablemos bien de ellos, que deseemos para ellos lo mejor (un mandato de Jesús que la iglesia que lleva su nombre a veces no ha cumplido: Muchas oraciones de los cristianos piden a derrote y destruya a los enemigos
  3. Hay un nivel económico (dar, prestar a fondo perdido). No basta amar con el corazón y orar con la mente; hay que ayudar económicamente a los enemigos, hay que perdonarles.

  La exigencia del amor al enemigo se manifiesta así en la vida concreta, en forma de oración (¡religión!) y economía (comunicación de bienes). Según eso, el principio final de la de gratuidad (¡no-juzgar!) se expande en unas «concreciones ejemplares», que implican una «práctica de gratuidad», que no puede legislarse en plano de juicio, pero que puede y debe presentarse como principio de conducta: «Al que te golpee en una mejilla preséntale también la otra, y al que te quite el manto, no le impidas (que tome) la túnica. A todo el que te pide dale, y al que te quite lo tuyo, no se lo pidas de nuevo» (6, 29-30).

Vivimos sobre un mundo definido por la violencia (golpear en la mejilla, robar) y por un tipo de necesidad (hay gente que no tiene más remedio que pedir). Pues bien, para evitar que la espiral de los deseos se desboque, el texto nos invita a realizar una renuncia creadora que se expresa en tres gestos. (1) No responder a la violencia con violencia (poner la otra mejilla). (2) No impedir el robo con medios coactivos. (3) Ser generoso con aquellos que nos piden algo, no exigírselo de nuevo. Esos gestos implican una transparencia económica (no oculto lo que tengo, no lo cierro, ni lo tapo, pues no quiero excitar más el deseo de posibles ladrones escondidos) y un desprendimiento activo (no exijo mi derecho, ni interpreto mi vida en clave de propiedad). Así supero el nivel de una ley entendida como medio de auto-defensa (incluso violenta), para situarme en un plano de generosidad[1].

Wikioo.org – La Enciclopedia de las Bellas Artes - Pintura, Obras de arte de Thomas Saunders Nash - El Sermón de la Montaña

El principio de gracia (no-juicio) se expresa en forma de gratuidad activa, que puede superar y supera la espiral de los deseos violentos. Jesús piensa que esa gratuidad (no defenderse, no ocultar lo que se tiene, dar lo propio…) puede cortar y corta la espiral de violencia que nos amenaza. Ese principio no se puede demostrar, pues las demostraciones pertenecen al plano de la equivalencia, regulada por la ley (cf. 6, 32-34), pero puede y debe iluminar la vida de los hombres. Esta es la experiencia clave del ágape, que es amor creador, frente a un eros (de un tipo de amor de equivalencia) que podría interpretarse en clave de equivalencia entre aquello que se recibe y se da. Jesús no quiere mantener el mundo como está; está seguro de que tal como está se destruye. Por eso quiere cambiarlo[2]. 

(2) Razonamiento: “demostración “humana” (sin apelar a Dios; Lc 6, 31-34).

             Los cristianos (y en especial algunos “eclesiásticos” que se piensan dueños de las llaves de ocultas del conocimiento y de la vida) apelan inmediatamente a Dios, diciendo que las cosas anteriores han de hacerse porque Dios lo manda. Pues bien, Jesús (que hablaba de Dios y le llamaba Padre, como veremos) no empieza apelando para nada a Dios. Apela sólo a la verdad del hombre. Los “mandatos” anteriores (amar al enemigo, poner la otra mejilla, perdonar…) brota del mismo “conocimiento humano”.

            No brota de un Dios superior (porque él así lo mande), sino del mismo conocimiento humano, de un “auténtico” egoísmo, abierto a todos los hombres, como indicaré en las siete reflexiones que siguen: 

1.Hay un principio, y ese principio eres tú mismo: Haz a los otros lo que quieres que los otros te hagan a ti. El principio de la “nueva conducta” es uno mismo: Descubrir que no tengo un deseo de que me amen. Para que eso se cumpla de verdad tengo que descubrir que los demás son también personas (como yo lo son), de manera que para que me amen de verdad tienen que ser libres, como yo…

2.De aquí deriva el segundo principio: Haz a los demás lo que deseas que ellos te hagan… Eso significa que tienen que desear para los otros lo que deseas para ti. Para que los demás te puedan amar como tú quieres tienes que tratarlos a ellos como quieres que ellos te traten.

3. Una legión de exegetas y filósofos (entre ellos el mismo Kant) han afirmado que este es un principio de amor egoísta…, que no es signo de Jesús, ni de Dios… Han dicho, además, que este principio (ama a los demás como quieres que ellos te amen) forma parte de la ética “vulgar” de un tipo de judaísmo helenista del entorno de Jesús. Pero a eso se puede responden de dos maneras:

4.Primera respuesta. Este principio (tratar a los demás como quieres que ellos te traten) no es un principio egoísta, sino la superación de todo egoísmo. En el fondo está el descubrimiento del otro como “otro yo”, como alguien a quien debo amar como a mí mismo, como deseo que los demás me traten y amen. No tengo que negarme (odiarme), sino al contrario “amarme” sanamente, deseando que otros me amen… y amándoles yo a ellos de esa forma.

5.Segunda respuesta. Desde aquí se entiende el “pecado”. Ese pasaje habla tres veces de “pecadores”, pero no les define como gentiles, como enemigos de la religión etc., sino como personas que sólo quieren y ayudan a los demás en un plano “comercial”: Es el pecado de los que aman con una segunda intención (para que les amen a ellos); es el pecado de los que prestan y dan… pero sólo con un “interés”, para cobrar los intereses….

6.En contra de riesgo de egoísmo, cuando dice “como queréis que os amen amadlos…”, Jesús está pidiendo que amemos a los otros como otros, como personas, queriendo su bien (no sólo el nuestro). Ciertamente, nos amamos a nosotros mismos (queremos nuestro bien), pero igualmente debemos querer el bien de los demás.

7.Sólo así el egoísmo se convierte en “gratuidad, en universalidad”. Sólo queriendo a los demás gratuitamente, como seres distintos, puedo recibir yo también un amor “gratuito”: no me amarán como siervos, esclavos… sino como amigos libres. Sólo en libertad de amor puede “existir” la humanidad. De lo contrario se destruya a sí misma.

(3) Principio teológico, como Dios… (6, 34-36).

             Sólo en este momento Jesús puede apelar y apela al Dios como “creador gratuito… Éste es el Dios creador, que no presta con usura, que no da para esperar después la “paga”. El dios que da gratuitamente, todo, sin quedarse sin nada, absolutamente sin nada.

Dios no crea para que los hombres le respondan pagándole lo que le deben… Los hombres no deben absolutamente nada a Dios; no tienen obligación ninguna de rendirle algún homenaje de sometimiento o sumisión. Dios lo da todo, gratuitamente, toda la vida es un regalo.

            Éste es uno de los grandes defectos (problemas) de un tipo de cristianismo “judicial”. Hay un tipo de “clérigos” (funcionarios) cristianos que han andado por ahí como “cobradores de los derechos de Dios”, como unos cobradores del “frac”, en coche negro, con traje negro, recordando a los hombres lo que ellos le deben a Dios. Los que así han ido “cobrando los intereses” de la deuda que tenemos con Dios no creen en el Dios del evangelio, ni rezan el padrenuestro, ni pueden hablar de “buena nueva”.

            Ciertamente, la vida es compleja, “Dios la ha hecho”  bastante complicada (por así decirle), pero andar añadiendo por ahí que tenemos que pagar la deuda que tenemos con Dios  que de lo contrario él nos mandará al infierno es blasfemar de Jesús, no saber leer el evangelio. Esa moralidad de la “deuda con Dios” entendida en sentido casi monetario es una mezquindad, además de ser una blasfemia contra Dios. 

(4). Conclusión: No juzguéis, perdonad, dad (6, 37-38)

Lucas sitúa la exigencia de no juzgar en la conclusión del sermón de la llanura (6, 16-49), tras las bienaventuranzas-malaventuranzas (6, 20-26) y la invitación al amor del enemigo (6, 27-36) . Según el texto de Lucas, la palabra sobre el no-juzgar (6, 37-42) es conclusión y culmen del sermón de la llanura (con las bienaventuranzas y el amor al enemigo) y así puede interpretarse como suma y plenitud del evangelio.

Las tres aplicaciones, añadidas por Lc 6, 37b-38 (no condenar, perdonar, dar), han sido formuladas quizá por el mismo redactor del evangelio, a partir de tradiciones previas, que le sirven para interpretar y aplicar este motivo dentro de su iglesia. No condenéis y no seréis condenados. Esta aplicación parece innecesaria, pues si no se puede juzgar menos se puede condenar. Pero es posible que con ella se quiera responder a la objeción de aquellos que protestan diciendo: ¡no podemos condenar, pero podemos y debemos juzgar! A esos les responde nuestro texto: ¡Empezad a juzgar, si queréis, pero sabiendo que nunca podréis condenar!

Perdonad. También aquí se expande el tema anterior: quien no juzga no debe ni siquiera perdonar, pues actúa siempre con amor antecedente y creador. Pero allí donde se inicia el juicio o donde alguno ha sido ya juzgado, condenado, marginado, se vuelve necesario el perdón que consiste en ofrecer palabra y vida a quien otros condenan o rechazan. 3. Dad y se os dará, una medida buena, remecida… (Lc 6, 38). Ante la objeción de aquel que dice: «Perdono pero no hablo», «perdono pero eludo», el perdón auténtico ha de abrirnos de manera generosa hacia los otros. De esta forma, el texto interpreta y aplica el no-juicio en forma de amor eficiente y trasformador, dentro de la perspectiva general del sermón de la llanura.

Pero más que las aplicaciones nos importa aquí la palabra básica de Mt 7, 1 y Lc 6, 37a («no juzguéis, para no ser [y no seréis] juzgados»), que interpretamos como sentencia apodíctica o axioma, que brota de la gracia de Dios (de la nueva experiencia de perdón de Jesús) y modela toda la visión cristiana del hombre. Esa palabra no es una sentencia de ley, sino de supra-ley originaria, una voz que nos llega desde el principio de toda (Dios), viniendo, al mismo tiempo, de lo más profundo del ser humano, que participa así del poder creador de Dios. Cinco son, a mi entender, sus notas principales: 

  1. Es una afirmación universal. No traza objetivos concretos, ni fija casos en los que debe aplicarse, sino que supone que somos nosotros los que debemos buscar los objetivos en la vida, pero añadiendo que para ello debemos situarnos en un nivel que está por encima del juicio. Evidentemente, el carácter «formal» del no-juzgar ha de entenderse desde la gracia de Dios y la invitación de amar al enemigo (como supone el contexto de Lucas). Para ser verdaderamente humano, para no perderse en el laberinto de muerte de juicios y contr-juicios, los hombres tienen que perdonarse y superar el nivel del talión de juicio.
  2. Siendo y para ser universal, esta palabra del “juzguéis” ha de formularse de manera negativa, pero abierta de modo muy positivo a todo lo que está más allá del juicio: el perdón y el amor, la creatividad y la alegría de la vida, la capacidad de transformación (de conversión, de vida en gratuidad). Dios nos ha dado la vida como gracia y quiere que nos mantengamos como gracia, marcándonos una frontera positiva, que son los otros, a los que debemos amarnos y no «comernos» en el sentido de destruirnos unos a los otros.   
  3. Es una revelación originaria, que nos lleva hasta el principio de la creación, como si estuviéramos de nuevo ante los árboles del paraíso, pudiendo escoger entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte (como repite el Deuteronomio 30, 15: Pongo ante ti el bien y el mal, la vida y la muerte… Por la vía de la violencia y del juicio los hombres se terminan destruyendo. Sólo por la gratuidad y el perdón (el amor a los enemigos, la generosidad) los hombres podrán vivir. Solo un hombre como Jesús, con clara conciencia mesiánica, asumiendo y desbordando al mismo tiempo la herencia religiosa de su pueblo, en clave de gracia y no de ley, ha podido formular una palabra de vida, anunciando un futuro de gracia, una plenitud de vida para los hombres, desde este mismo mundo,  sabiendo que de otra manera ellos se destruyen a sí mismo[3].
  4. Es una revelación creadora y escatológica, como el mismo texto ha formulado: «No juzguéis para que no seáis juzgados». Jesús ha roto el esquema judicial, tal como había sido formulado por Juan Bautista, de manera que no apela al hacha-bieldo-huracán que divide y destruye a los perversos, sino al amor de Dios que les ofrece gratuitamente vida. Por eso, el «no-juzguéis» resulta inseparable del «no-seréis-juzgados». La revelación de un Dios que no es juez trasforma los presupuestos del judaísmo ambiental (y de toda religión entendida como ley) y nos invita a concebir todas las cosas de un modo creador, en dimensión de gracia, como supone el Padre nuestro: «perdónanos como perdonamos» (Mt 6, 12). De esa forma, al superar el nivel del juicio, en el que se valora y sanciona lo que hay y situarse en el nivel de la creatividad gratuita, que siempre perdona, el hombre se atreve a descubrir y formular en su vida una forma de conducta que, siendo suya, pertenece a Dios.
  5. Esta revelación no puede probarse, por ser originario y escatológico, formal y universal (pues si se probara tendría que integrarse en un sistema legal). Pero puede y debe razonarse, como supone Lc 6, 38b-40 y Mt 7, 2 al afirmar: «con el juicio con que juzguéis seréis juzgados». Estamos ante la revelación suprema de la historia humana: el juicio no es un elemento originario de la creación, no proviene de Dios, sino que surge y se despliega allí donde nosotros lo formulamos y aplicamos. Somos nosotros los que proyectamos nuestro juicio y se lo aplicamos a Dios, para decir después que forma parte de su esencia. Pues bien, nosotros sabemos que el juicio nace de la historia de los hombres y añadimos que la superación del juicio pertenece al ser divino (=nos introduce en el ser de lo divino, que está más allá de todo juicio)[4].

Esta revelación (no-juzguéis), no tiene por tanto un carácter legal, en la línea de un tipo de imperativos jurídicos, sino que aparece como expresión de creatividad originaria que nos conduce hasta el corazón de Dios, de manera que ya no podemos decir, en actitud de proyección o revancha teológica: «no juzguéis porque eso lo hace Dios» (porque el juicio pertenece solo a Dios; cf. 1 Cor 4, 5; Rom 11, 19).

Ese gesto, que deja el juicio en manos de Dios, nos introduciría en una antropología dos pesas y medidas: para Dios (es decir, para las autoridades superiores) sería bueno aquello que a los demás se les prohíbe; él podría juzgar (como hacen los jueces de este mundo), pero los demás hombres no pueden hacerlo. Esta respuesta ha quedado ya inicialmente superada por Gen 1, 26 al decir que Dios «nos hizo a su imagen y semejanza» y, sobre todo, por el evangelio cuando pide que seamos como Dios, «que hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5, 45). Es evidente que ese Dios no juzga y nosotros debemos imitarle superando el juicio.

NOTAS

[1]  Jesús no quiere que triunfen «los justos»; por eso pide a los suyos que no se defiendan ni defiendan lo suyo (que pongan la otra mejilla), para cortar así la espiral de la violencia.

[2] Cf.A. Nygren, Eros et Agapé. La notion chrétienne de l’amour et ses transformations I-II, Aubier, París 1962 (trad. castellana: Eros y Agape, Sagitario, Barcelona, 1969). He dedicado al tema un capitulo de Palabra de amor, Sígueme, Salamanca 1982.

[3] Strack-Billerbeck, Kommentar zum NT aus Talmud und Midrasch I, Beck, München 1974, 441 no han encontrado paralelos significativos a esta palabra del no-juicio; tomada en su radicalidad, ellas desborda las fronteras de una nación sagrada y de una iglesia entendidas como sigo superior de Dios. De todas formas, nuestro estudio del Antiguo Testamento, con las referencias a Ex 32-34 y las explicaciones de Sab, nos ha permitido situarnos en el lugar donde Israel ha vislumbrado la existencia de un territorio de vida más allá del juicio del bien-mal. Por otra parte, fundándose en las raíces de la mejor tradicion judía, M. Buber, Yo y tú, Galatea, Buenos Aires 1956, 98-99, ha puesto de relieve la exigencia de superar el plano del juicio, para que la vida humana, fundada en el Dios de Israel, sea experiencia de gratuidad.  En esa línea avanza otra judía, H. Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, 255-262, que ha destacado la exigencia de superar el juicio, para hacer que la vida humana resulta así posible, apelando para ello a la más honda aportación judía de Jesús.  Para situar ese tema en nuestro tiempo resulta también necesario apelar a otros judíos como V. Jankélévitch, El Perdón, Seix Barral, Barcelona 199 y H. Jonas,  El principio de la responsabilidad, Herder, Barcelona 1999. Desde otra perspectiva, S. Lefranc,  Políticas del perdón,  Cátedra, Madrid 2004, ha desatado la necesidad de superar el puro juicio para alcanzar la paz social y política

[4] Esta proyección judicial pertenece al plano del conocimiento: de ordinario aplicamos a Dios nuestro tipo de violencia y venganza, desfigurando su imagen y convirtiéndola en un ídolo. Esta es una proyección antropológica: por ella terminamos cayendo en manos de aquello que nosotros mismos hemos. Eso que llamamos violencia de Dios es la expresión de nuestra propia violencia. El Dios verdadero no juzga: nos juzga y destruye solo el dios que nosotros inventamos.

¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo?

Romero y Rutilio en un mural en El Paisnal, El Salvador,

Por Consuelo Vélez

En el imaginario popular ser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido. Pero como estas dos posturas se asumen como contradictorias, se postula ser de centro, como la alternativa correcta para no ser extremista. Por estas concepciones, muchos cristianos se identifican más con la derecha y, si acaso, con el centro. Pero a la izquierda le huyen como si fuera el mismo diablo que se ha encarnado en la historia.

Y, sin embargo, algunos partidos de izquierda parecen más cercanos a los pobres con sus propuestas sociales (con muchas limitaciones y equivocaciones, pero también con aciertos). Los de derecha parecen ser más de las élites que mantienen este mundo tan desigual y, como ya dijimos, algunos cristianos creen que la derecha garantiza la moral cristiana. Los de centro, pretenden ser neutrales, pero esto es imposible, el no tomar opción es ya una opción. Ahora bien, ninguna de estas descripciones se cumple en totalidad porque como dije son “imaginarios” y no siempre son realidad.

Mientras vivamos en las coordenadas espacio temporales, creo que es imposible no crear tendencias (con la realidad e imaginarios que estas traen) y, por eso, no sé si podremos abandonar algún día esas denominaciones. Pero lo que sí es necesario, es comprender que estamos en tiempos menos rígidos, menos binarios, menos definidos, y no porque sean tiempos de relativismo -como se alerta dentro del ámbito cristiano- sino porque ahora captamos mejor la complejidad de la realidad y la necesidad de movernos con mucha más apertura a la novedad que este momento trae y a enriquecer los conceptos de siempre con las experiencias actuales.

Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo; y si nos referimos a otros ámbitos, ser capaces de acoger la diferencia, de aceptar lo plural, de practicar más la misericordia y, por supuesto, de estar del lado de los más pobres y luchar por la justicia social para que la vida digna llegue a todos y a todas.

¿Por qué no se ve esta postura con más claridad? ¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo? En estos tiempos que tanto se habla de sinodalidad, convendría recordar que el primer ejemplo de “sinodalidad” fue aquella asamblea de Jerusalén que nos relata el capítulo 15 del libro de Hechos de los Apóstoles en el que la naciente Iglesia se confrontó con la pregunta de si tenían que exigir a los gentiles (los no judíos que se iban incorporando al naciente cristianismo) el cumplimiento de las normas de la Ley de Moisés, incluida la circuncisión. Muchos opinaban que, si no se plegaban a estas leyes, no podrían salvarse.

Por eso, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén donde está Pedro y otros apóstoles para dirimir la cuestión y después de una larga discusión, Pedro tomó la palabra e interpeló a la asamblea: ¿Por qué ahora quieren imponer esa carga que ni nosotros pudimos sobre llevar? Entonces terminaron la reunión diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponer más cargas a los gentiles imponiéndoles la circuncisión, solamente escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (15, 28-29).

Intentando ver lo que esto debió significar para ese contexto judío, constatamos que supuso una apertura fundamental. No temieron vivir a fondo la novedad de la Buena Noticia anunciada por Jesús.

De esa misma fidelidad nos habló el pasado 22 de enero la beatificación del jesuita Rutilio Grande y sus compañeros, asesinados por su compromiso con la justicia social. Ya antes la canonización de Monseñor Romero en 2018 nos había mostrado ese camino. Pero, lamentablemente, estas beatificaciones y canonizaciones no son buena noticia para los que se creen guardianes del orden establecido y la “mal interpretada”, tantas veces, moral cristiana. Una moral más apegada a la norma que a la misericordia.

A estos mártires se les catalogó de izquierda y por eso no merecían subir a los altares. Pero el Espíritu que, una y otra vez, abre momentos de gracia en nuestra historia, ha permitido que, a los que se consideraban de izquierda se le reconozca su fidelidad al evangelio y a los que se consideraban de derecha se constate que tanta “fidelidad” ha estado llena de ocultamientos (pederastia), riquezas mal habidas o clericalismo recalcitrante que tanto mal ha hecho a la Iglesia.

En definitiva, es difícil la situación social y eclesial. Por eso, hay que liberarnos de los imaginarios sobre las izquierdas, las derechas y los centros y buscar políticas que cambien nuestro mundo. Así como vamos, seguiremos hundiéndonos en la desigualdad social y la pobreza de las mayorías. Por eso no da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismoNo da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan.

No es lo mismo dejarse tocar por los mártires de nuestro tiempo o mantener esa visión estigmatizada de que fe y compromiso social es marxismo. Son tiempos en que hay que sacudirse del pesado lastre de lo que siempre fue así y alinearnos en la novedad del evangelio para que nadie pase necesidad porque la solidaridad cristiana es afectiva y afectiva para con todos, especialmente, con los últimos de nuestro tiempo presente

El Mártir y la Palabra de Dios

La Misión humilde y firme del P. Rutilio Grande


Este 22 de enero pasado fue beatificado el padre Rutilio Grande, religioso jesuita, asesinado en 1977 junto a Manuel Solorzano y Nelson Rutilio Lemus, dos campesinos fallecidos con él bajo los proyectiles de los escuadrones de la muerte, durante la terrible persecución a la Iglesia salvadoreña de aquellos años.


La figura del padre Grande es importante en la historia contemporánea del pequeño país centroamericano. Cuando se produce su asesinato en el marzo de 1977, Mons. Oscar A. Romero había asumido la Arquidiócesis de San Salvador hacía apenas un mes. La figura del padre Rutilio representa aquella Iglesia martirial amiga de los pobres y que sigue con pasión los sufrimientos y las vicisitudes del pueblo. El libro de oraciones del padre Grande, que fue encontrado a lado de su cuerpo sin vida, es el símbolo de esta unión entre amor por la Palabra de Dios y el martirio. Compartir la vida sencilla y dura de los campesinos junto al anuncio alegre del Evangelio ha sido la misión humilde y firme del padre Rutilio.

Mons. Romero apreciaba particularmente al padre Rutilio, por su generosa entrega hacia los más pobres. Su amor por la predicación del Evangelio es la fuerza que asiste esta Iglesia frente a la violación de los derechos humanos.

Romero sobre Rutilio

Mons. Romero tiene palabras significativas que confirman cuanto el obispo mártir confiase en la fuerza de la oración: “El día del asesinato del padre Rutilio Grande alguien ha dicho: Hemos experimentado que también el pellejo de los curas es apto para recibir balas. Y se reían creyendo que iban a detener su predicación cristiana. No creían que la muerte de un sacerdote suscitara reacciones y nuevas primaveras. No sabían que ponían en el surco una semilla que habría producido grandes frutos. Como decía Cristo: “El grano de trigo   no para quedar sepultado”. Qué abundante es la cosecha de la persecución!”

En fin, la Iglesia de Mons. Romero se demostrará fuerte delante de las adversidades y del martirio.

En esta perspectiva, la beatificación del padre Grande es la recompensa de una fidelidad permanente al pueblo fiel que en tiempos de persecución y de injusticia ha podido abrevar a la fuente de la palabra de Dios. En tiempos convulsionados y confusos en que vive hoy el país centroamericano, la figura del padre Rutilio Grande vuelve a recordar cómo el desarrollo humano e integral de un pueblo debe pasar para la transmisión de aquellos valores de fraternidad y de solidaridad concreta que el religioso jesuita ha profundamente encarnado en su humilde y valiosa fidelidad al Evangelio.

La Buena Noticia del Dgo. 7º-C

Amad a vuestros enemigos

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo

Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, dejale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué merito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.

Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué merito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.

La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Comentario a la lectura

José Antonio Pagola

El mensaje de Jesús es claro y rotundo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian». ¿Es posible vivir en esta actitud? ¿Qué se nos está pidiendo? ¿Podemos amar al enemigo? Tal vez hemos de comenzar por conocer mejor lo que significa «perdonar».

Es importante, en primer lugar, entender y aceptar los sentimientos de ira, rebelión o agresividad que nacen en nosotros. Es normal. Estamos heridos. Para no hacernos todavía más daño necesitamos recuperar en lo posible la paz interior que nos ayude a reaccionar de manera sana.

El mensaje de Jesús es claro y rotundo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian»

La primera decisión del que perdona es no vengarse. No es fácil. La venganza es la respuesta casi instintiva que nos nace de dentro cuando nos han herido o humillado. Buscamos compensar nuestro sufrimiento haciendo sufrir al que nos ha hecho daño. Para perdonar es importante no gastar energías en imaginar nuestra revancha.

Es decisivo sobre todo no alimentar el resentimiento. No permitir que el odio se instale en nuestro corazón. Tenemos derecho a que se nos haga justicia; el que perdona no renuncia a sus derechos. Pero lo importante es irnos curando del daño que nos han hecho.

«El que llega a perdonar se vuelve a sentir mejor»

Perdonar puede exigir tiempo. El perdón no consiste en un acto de la voluntad, que lo arregla rápidamente todo. Por lo general, el perdón es el final de un proceso en el que intervienen también la sensibilidad, la comprensión, la lucidez y, en el caso del creyente, la fe en un Dios de cuyo perdón vivimos todos.

Para perdonar es necesario a veces compartir con alguien nuestros sentimientos. Perdonar no quiere decir olvidar el daño que nos han hecho, pero sí recordarlo de la manera menos dañosa para el ofensor y para uno mismo. El que llega a perdonar se vuelve a sentir mejor.

Quien va entendiendo así el perdón comprende que el mensaje de Jesús, lejos de ser algo imposible e irritante, es el camino acertado para ir curando las relaciones humanas, siempre amenazadas por nuestras injusticias y conflictos

Los seguidores de Jesús de Nazaret

¿Dónde están los seguidores de Jesús de Nazareth? 

Se supone que quienes participamos en el culto de una Iglesia como la nuestra, que se dice fundada por Jesús de Nazaret, somos seguidores suyos, y como tal solemos definirnos. Pero esto es muy cuestionable, como vamos a ver. Podemos dejar de lado la cuestión, tan debatida, de si Jesús quiso instituir una Iglesia de alguno de los tipos que conocemos. Parece claro que él presuponía que sus seguidores continuarían organizados de alguna manera. Por ejemplo, cuando decía: Sabéis que los príncipes de las naciones se enseñorean sobre ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no ha de ser así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, sea vuestro servidor; Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, sea vuestro siervo. (Mateo, 20:25-27), estaba dando por sentado que sus discípulos seguirían agrupados en algún tipo de colectivo, pero él no recetaba formas concretas de organización, solamente formulaba líneas generales, principios, como el de excluir el dominio de jerarcas y sustituirlo por servicio a la comunidad. La comunidad en cuestión estaría constituida por el conjunto de personas que se sienten interpeladas por su llamamiento o convocatoria: «Sígueme». 

 Pues bien, cuando él llama a seguirle, lo hace con un objetivo concreto. El seguimiento significa algún tipo de proyecto, de finalidad. ¿Estamos, quienes nos consideramos seguidores suyos, volcados en su proyecto?. Él lo definía como «el Reino de Dios». Alguien que nos mire a los miembros de la Iglesia, ¿qué ve en nosotros? Parece que lo más destacable sobre lo que consideramos pertenencia a una iglesia cristiana, aparte de unas creencias concretas, es una práctica cultual. La asistencia a unos servicios religiosos, a ceremonias: misas, rezos, procesiones, peregrinaciones… la recepción de lo que llamamos sacramentos: bautismo, confirmación, matrimonio, comunión, penitencia… En resumen, la asistencia a ceremonias, actos de culto, litúrgicos… ¿Es para esto para lo que Jesús convoc(ab)a a sus seguidores?, ¿Es eso el Reino de los Cielos, del que él hablaba? 

 Parece ser que no. Precisamente, uno de los llamados por él a seguirle respondió que esperase a que asistiese antes a la ceremonia del entierro de su padre, y Jesús le replicó: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo, 8:22). Esto tiene un alto significado sombólico; en el judaismo era, y es, muy importante la ceremonia del קַדִּישׁ (Kadish), el rezo que el primogénito de la familia debe recitar en el funeral del padre. Jesús no menosprecia ese y otros actos de culto, pero relativizaba su valor al confrontarlos con otras cuestiones: Si vas a presentar tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y vé, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda. (Mateo, 8:23-24). Es decir, los ritos y el culto tienen el valor que tienen, pero no son un fin en sí mismos. Por cierto tampoco la Iglesia, es un fin en sí misma.  Su utilidad se mide por la eficacia que puedan tener en despertar y fomentar la conciencia del seguimiento a Jesús, de la vocación a construir el Reino de Dios que él anunciaba. 

 Es evidente que si Jesús postulaba la construcción de ese Reino y dedicó su vida a realizarlo es porque el mundo que conoció estaba muy alejado del ideal que perseguía. Tenía claro que su Reino no es como los de este mundo. Se supone, entonces, que sus seguidores, los que nos definimos como tales, tenemos la misión de proseguir esa tarea y estaríamos volcados en realizarla, y la Iglesia, la asamblea de sus seguidores, sería el modelo del mundo nuevo que se quiere conseguir. Vamos a ver que, en realidad, las cosas no son así. El sistema social dominante, lo que Jesús llamaba «el mundo», es hoy tan injusto como el que a él le tocó conocer. Al igual que los pueblos de entonces, muchos países hoy están siendo expoliados por potencias imperialistas. Y la desigualdad entre las clases sociales siempre fue una característica constante de este mundo: gran parte de la población mundial sufre hambre mientras otra parte consume desordenadamente unos recursos que deberían servir a todos. El expolio de amplias zonas del planeta genera una emigración masiva que es rechazada con criterios racistas en el mundo desarrollado. Los gobernantes de las naciones se ponen al servicio de los intereses de las clases dominantes. 

 El sistema social imperante, es la completa negación del Reino de Dios que Jesús deseaba instaurar: Entonces, ¿Dónde están los seguidores de Jesús de Nazaret que se supone deberían estar dedicados a su implantación? Tales seguidores son pocos y están muy dispersos, pero existen. Son las personas que, al igual que Jesús, sienten empatía hacia las víctimas de los problemas humanos. No se concentran en actos de culto. Se los encontrará al lado de los enfermos y de los que sufren, asistiendo y ayudando a los presos, colaborando con Cáritas o similares organizaciones asistenciales, proyectos de desarrollo en países atrasados y otros humanitarios similares, acogiendo y ayudando a los inmigrantes que no tienen otro apoyo, defendiendo a la gente en precario, a los que no encuentran trabajo o perdieron el que tenían, a los que ven su vivienda desauciada en provecho de fondos buitre, a las mujeres que son sojuzgadas y maltratadas… resumiendo, a esas personas se las encontrará fomentando opciones políticas progresistas que tengan como objetivo superar el actual sistema social clasista e injusto. 

 Tales personas existen pero son pocas; ya lo vaticinó Jesús: …la mies es mucha, mas los obreros pocos. (Mateo, 9:37-38). Pero lo que interesa destacar es que ese tipo de gente no coincide totalmente con el ámbito de nuestra Iglesia, aunque algunos hay en ella: «ni son todos los que están, ni están todos lo que son». Algunos están en otras iglesias cristianas, también los hay en otras religiones, e incluso algunos que no pertenecen a ninguna religión y no tienen ningún tipo de creencia. Incluso estos, sin que ellos lo sepan, practicando la caridad y buscando la justicia, son seguidores de Jesús y trabajadores de su Reino. En cambio muchos miembros de nuestra Iglesia, de misa y comunión frecuente, incluso clérigos, están confortablemente instalados en este sistema injusto, en el reino de este mundo, y se esfuerzan en su conservación tal como es. Habrá muchas sorpresas el día del Juicio Final. 

 Pero ahora a nosotros nos toca analizar si nuestra Iglesia tiene aún alguna posibilidad y capacidad de reforma. Hay que tener en cuenta que fracasaron todos los intentos de reforma emprendidos desde el siglo XV. Algunos se saldaron con cismas y guerras religiosas. En el siglo pasado vimos el fracaso del 2º Concilio Vaticano. Le faltó coraje para acometer las reformas más importantes, y las tímidas emprendidas fueron después traicionadas y saboteadas durante el largo papado de Woytila. Y actualmente, los gestos progresistas del papa Bergolio son contestados por amplios sectores del catolicismo, incluidos distinguidos miembros del episcopado y la curia vaticana. Parece claro que este papa no puede, y es incluso dudoso que quiera, emprender la reforma de la Iglesia para que ésta sea verdaderamente un instrumento al servicio de la implantación del Reino de Dios tal como Jesús lo concebía. Esta Iglesia ni siquiera suscribió la Declaración Universal de Derechos Humanos, y no los practica en su seno respecto a unas cuestiones que vamos a ver. De momento queda claro que los únicos objetivos que parece haberse fijado son el mantenimiento del culto y la proclamación y defensa de un legado dogmático que es la herencia de siglos de ignorancia. Y todo ello gestionado por un entramado jerárquico que no tiene base evangélica y no funciona según el criterio de Jesús expresado en Mateo, 20:25-27 antes mencionado. 

 En los sectores progresistas del catolicismo crece el descontento y la impaciencia por el hecho de que su Iglesia persiste en la negativa a ordenar como sacerdotes a varones casados y a todo tipo de mujeres. Pero, realmente, ¿es esa la reforma que la Iglesia necesita? ¿es esa la solución a la falta de conexión de la Iglesia con el proyecto de Jesús? Esa reivindicación puede lograrse más o menos pronto, como ya se logró en la Iglesia Anglicana y en otras cristianas, pero cuando se consiga no se habrá solucionado nada, como tampoco se solucionó en esas iglesias. Como ellas, también la Católica Romana seguirá estando instalada en el sistema. Con o sin sacerdocio femenino, con o sin celibato sacerdotal, las iglesias pueden seguir volcadas en el mantenimiento de un culto alienante, desconectado de la problemática y de la realidad humanas, y lo que es peor, sin relación alguna con el trabajo por la implantación del Reino de Dios. 

 Para que el colectivo eclesial asuma la tarea que el Evangelio le asigna, es preciso que tal colectivo tenga consciencia de su propia existencia y de la misión que tiene encomendada. Pues bien, esa consciencia no existe ni puede existir con la actual organización de la institución. La estructura organizativa de la Iglesia y su manera de funcionar son un factor de sofocamiento del espíritu asambleario y comunitario del colectivo humano que dirige. 

 La única autoconsciencia que se puede dar en el marco organizativo de la Iglesia es la que jerarquía tiene sobre su propio poder, un poder y unas atribuciones que se autoasignó la propia jerarquía. Basta leer el Código de Derecho Canónico para constatar eso. La tal jerarquía es un escalafón de grados de poder o autoridad, constituido por un personal consagrado, es decir, segregado de la masa del pueblo cristiano al que se asignó la denominación de “laicado”. El mencionado Código asigna a ese personal consagrado la exclusividad de todas la funciones eclesiales: en el terreno de las creencias: definir dogmas, discutir en concilios, elaborar doctrina, interpretar las escrituras, e incluso leerlas (durante siglos estuvieron confinadas en idiomas incomprensibles para el pueblo), predicar, dictar normas morales definir lo que es pecado y lo que no, los matrimonios que son válidos o los que son nulos, determinar cuándo y cómo se debe ayunar… y en el terreno del culto: oficiar todo tipo de cultos, consagrar la eucaristía, administrar sacramentos, absolver o no los pecados, pronunciar condenas y excomuniones, bendecir… El personal dirigente que se autoasignó esas funciones tiene todos poderes sobre la multitud dirigida y no es elegido por ésta, ni le rinde a ésta ningún tipo de cuentas sobre la gestión realizada. 

 Y lo peor del caso es que esa jerarquía que se apropia y monopoliza las mencionadas funciones secundarias, ignora lo esencial: no tiene ningún proyecto concreto de cómo debería ser la sociedad para ser el Reino de Dios al que Jesús aspiraba, ni de cómo se debería actuar para alcanzar esa meta. Estudiar formas de actuación y ponerlas en práctica debería ser tarea del colectivo eclesial en su conjunto, de la asamblea de creyentes, pero esa asamblea no puede siquiera saber que existe si se limita a seguir el liderazgo de una jerarquía que sólo se ocupa del dogma y la liturgia, y que reduce al laicado a la condición de eterno menor de edad. En realidad, y a despecho del espíritu de la enseñanza de Jesús, ese personal jerárquico es mercenario, pues hizo del desempeño de las funciones que ejerce un modo o remedio de ganarse la vida que no encaja con la idea evangélica del Buen Pastor. 

 Retomando la pregunta hecha más arriba: ¿Tiene nuestra Iglesia aún alguna posibilidad y capacidad de reforma? El continuado fracaso de tantos siglos de experiencia nos hace ser pesimistas a este respecto, pero en la medida en que podamos promoverla, tenemos que seguir intentándolo. Como quedó dicho, seguidores de Jesús existen aunque escasean, y no saben coordinar su acción (como ovejas sin pastor). Dispersos en religiones variadas, y los que están en nuestra Iglesia resisten en pequeños grupos escasamente coordinados y sin conexión con la masa del rebaño, que sigue siendo un eterno menor de edad. ¿Qué hacer? ¿Cómo transmitir, dentro y fuera de la Iglesia, el llamamiento de Jesús, su mensaje movilizador? 

Faustino Castaño pertenece a los grupos de Redes Cristianas en Gijón 

La semilla que crece

La semilla crece lentamente, pero no mágicamente 

Los fundadores de congregaciones religiosas vieron una necesidad y se preguntaron cómo hacer presente el evangelio para transformar aquella necesidad en un fruto bueno. 

Por Martín Gelavert 

Los oyentes de Jesús, al escucharle hablar del Reino con fuerza y convicción, sobre todo al escuchar que el reino estaba cerca o incluso que ya había llegado, debieron hacerse algunas preguntas: ¿cómo es posible que si el Reino de Dios ha llegado todo siga igual que antes y por ningún sitio se vean los signos del reino futuro? Preguntas parecidas nos hacemos nosotros cuando oímos hermosos discursos sobre la fraternidad o sobre el evangelio como buena noticia que llena de alegría: ¿cómo es posible que los que anuncian esas cosas vivan como si ese discurso no fuera con ellos?, ¿cómo es posible que, si Dios es todopoderoso, su voluntad no se cumpla?, ¿cómo es posible que haya tanto mal y tanta injusticia? 

Jesús narra algunas parábolas de tipo vegetal que son una respuesta a este problema: el Reino es como una semilla que crece lentamente; o es como un grano de mostaza, que parece muy poca cosa, pero que termina siendo la más alta de las hortalizas. La semilla crece sin que el sembrador sepa cómo. Pero no crece automáticamente, el crecimiento no es mágico; para que crezca la semilla es necesario, al menos, que el sembrador siembre. El fruto parece que viene por sí solo, pero en realidad requiere una siembra. 

Esa es la historia de los santos, sobre todo de los fundadores. Vieron una necesidad, y se preguntaron cómo hacer presente el evangelio para transformar aquella necesidad en un fruto bueno. Empezaron con pocos medios. Pero perseveraron. Y apareció el fruto. A veces los frutos llegaron con más abundancia cuando el fundador o la fundadora había desaparecido. Fueron sus hijas o hijos, que continuaron el carisma, los que recogieron los frutos. Los hijos o hijas no habían sembrado, pero participaron en el crecimiento. Porque para que la semilla dé fruto, no basta con plantarla, necesita ser cuidada, regada, protegida. 

Estamos en una sociedad inmediatista. Todo parece muy rápido. Lo queremos todo aquí y ahora. No tenemos paciencia. Y las cosas buenas requieren tiempo y paciencia. Lo que parece que se logra con apretar un botón, es resultado de mucho trabajo, dedicación, tiempo y esfuerzo. Lo que pasa es que muchos solo ven los resultados y no se preguntan qué ha hecho posible esos resultados. 

Tanto la educación humana como la religiosa requieren procesos, y requieren que el beneficiario participe de esos procesos. Quizás hoy el acceso a algunos datos sea una cuestión inmediata, basta encender el móvil o el ordenador y buscar en el buscador. La educación humana y la religiosa no es resultado de un buscador, es resultado de un proceso. La semilla crece lentamente. La acogida del evangelio requiere tiempo, porque implica un proceso de conversión. Encontrarse con Dios no es algo inmediato. Cierto, Dios siempre está presente, siempre nos espera, siempre nos observa con cariño y atención. Pero encontrarlo y reconocerlo requiere unas disposiciones acordes a lo que él es. 

San Lucas Evangelista

San Lucas Evangelista. (Un valedor de las mujeres al estilo de Jesús) 

San Lucas Evangelista.  

Es el evangelista de la misericordia, de la penitencia y de la oración. Es el que más se acerca a las figuras femeninas, describiéndolas con rasgos sobrios y fuertes 

Por | Francisca Abad Martín 

Es el evangelista de la misericordia, de la penitencia y de la oración. Es el que más se acerca a las figuras femeninas, describiéndolas con rasgos sobrios y fuertes. Expone los datos con una rigurosa cronología y sencillez. Es representado por un toro porque su evangelio comienza con la visión que tuvo Zacarías en el templo donde se sacrificaba a Dios este tipo de animales 

No sabemos casi nada acerca del origen de San Lucas. La mayoría de los autores coinciden en afirmar que probablemente llegó al cristianismo hacia el año 40, sin haber tenido un contacto directo con Jesús, al igual que San Pablo. Debieron encontrarse ambos en Antioquía y desde entonces se convirtieron en incansables misioneros, sembradores del mensaje de Cristo. Es cierto que esta faceta como predicador, ha quedado ensombrecida ante el Lucas escritor del Tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. 

San Pablo escribe desde la prisión “Lucas solo queda conmigo” (2 Tim 4, 11). Fue el Compañero fiel que permaneció siempre al lado de su maestro Pablo, solo la muerte los pudo separar. La intimidad entre ambos era grande, por eso los escritos de Lucas reflejan muchos puntos de contacto con los de Pablo. Tertuliano, al hablar de Pablo, le llama “iluminador de Lucas”. Lucas compone su Evangelio de cara al mundo gentil, en defensa del cristianismo frente a los peligros de la frivolidad pagana. Conoce sus errores y busca instruirles, tratando de eludir aquellas escenas que pudieran herirles como, por ejemplo, el episodio de la “cananea”. Las páginas de su evangelio, según opinión de exégetas autorizados responden más bien a un carácter historiográfico que teológico. 

Insiste presentando a la mujer con rasgos sobrios y fuertes, dignificándola frente a toda la marginación y a veces hasta desprecio, del que era objeto en aquella época. Con esto se asemeja mucho al pensamiento y opinión de Jesús sobre ellas. Tanto su Evangelio como los Hechos de los Apóstoles debieron ser escritos alrededor del año 63, antes de que estallara la persecución de Nerón y los cristianos fuesen declarados fuera de la Ley. Gracias a él conocemos en parte la Historia de la Iglesia en sus comienzos. 

Es generalizada la opinión de que Lucas fuera médico, así parece afirmarlo Pablo, cuando le llama “médico querido”; probablemente Lucas se ocupaba de la salud de Pablo. Pero hay otro aspecto que también hay que destacar, algunos autores opinan que además de médico era pintor, incluso han llegado a decir que conoció a María, la Madre de Jesús, de quien, muchos opinan, que pueden proceder las narraciones del comienzo de su Evangelio, incluso hay quien dice que llegó a pintar el rostro de María, como por ejemplo un icono que hacia el año 420 estaba en poder de la emperatriz Eudoxia. El Icono conocido con el nombre de “Salus Populi Romani” a él atribuido se encuentra en La Basílica de Santa María la Mayor de Roma. También consideran salidos de sus pinceles otros cuadros que se conservan en Bolonia, en Salamanca o en Roma. Esta debe ser la razón por la que le atribuyen ser el patrón de los pintores cristianos, pero aún en el caso de que esto no fuera cierto ¿no son acaso verdaderos “cuadros” los que nos ofrece en las narraciones primeras de su Evangelio? Si como anteriormente apuntábamos, conocemos poco sobre sus orígenes, lo mismo podemos decir a acerca del final de su vida. 

Reflexiones desde el contexto actual: 

Mucho de lo que sabemos sobre los primeros tiempos del cristianismo se lo debemos a Lucas, quien a través de “Los Hechos de los Apóstoles” nos ha trasmitido valiosa información, a manera de crónicas puntuales. Su Evangelio también está lleno de bellísimas páginas, rebosantes de ternura y plasticidad, sobre el origen y los primeros años de la vida de Jesús. Sus escritos siempre nos acompañarán y seguirán siendo nuestra guía espiritual y alimento de nuestra fe cristiana. Su perenne actualidad estará por siempre asegurada. En consonancia con nuestra actual cultura, es digno de resaltar el respeto y la admiración con que este evangelista trata a la mujer 

¿Quién es grande a los ojos de Dios?

«Estas gentes desconocidas son las que hacen el mundo más habitable y la vida más humana» 

Pagola: «Las personas que viven echando una mano y haciendo el bien, son grandes aunque no lo sepan» 
  • Hombres y mujeres del montón, gentes de a pie a los que apenas valora nadie, pero que van pasando por la vida poniendo amor y cariño a su alrededor 

No conocen el orgullo ni tienen grandes pretensiones, pero se les encuentra en el momento oportuno, cuando se necesita la palabra de ánimo, la mirada cordial, la mano cercana 

Son grandes porque son humanos, son los mejores seguidores de Jesús, pues viven haciendo un mundo más digno, como él. Sin saberlo, están abriendo caminos al reino de Dios 

Por José Antonio Pagola 

Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado. 

Hombres y mujeres del montón, gentes de a pie a los que apenas valora nadie, pero que van pasando por la vida poniendo amor y cariño a su alrededor. Personas sencillas y buenas que solo saben vivir echando una mano y haciendo el bien. Gentes que no conocen el orgullo ni tienen grandes pretensiones. Hombres y mujeres a los que se les encuentra en el momento oportuno, cuando se necesita la palabra de ánimo, la mirada cordial, la mano cercana. 

Padres sencillos y buenos que se toman tiempo para escuchar a sus hijos pequeños, responder a sus infinitas preguntas, disfrutar con sus juegos y descubrir de nuevo junto a ellos lo mejor de la vida. Madres incansables que llenan el hogar de calor y alegría. Mujeres que no tienen precio, pues saben dar a sus hijos lo que más necesitan para enfrentarse confiadamente a su futuro. Esposos que van madurando su amor día a día, aprendiendo a ceder, cuidando generosamente la felicidad del otro, perdonándose mutuamente en los mil pequeños roces de la vida. 

Estas gentes desconocidas son los que hacen el mundo más habitable y la vida más humana. Ellos ponen un aire limpio y respirable en nuestra sociedad. De ellos ha dicho Jesús que son grandes porque viven al servicio de los demás. Ellos mismos no lo saben, pero gracias a sus vidas se abre paso en nuestras calles y hogares la energía más antigua y genuina: la energía del amor. 

En el desierto de este mundo, a veces tan inhóspito, donde solo parece crecer la rivalidad y el enfrentamiento, ellos son pequeños oasis en los que brota la amistad, la confianza y la mutua ayuda. No se pierden en discursos y teorías. Lo suyo es amar calladamente y prestar ayuda a quien lo necesite. 

Es posible que nadie les agradezca nunca nada. Probablemente no se les harán grandes homenajes. Pero estos hombres y mujeres son grandes porque son humanos. Ahí está su grandeza. Ellos son los mejores seguidores de Jesús, pues viven haciendo un mundo más digno, como él. Sin saberlo, están abriendo caminos al reino de Dios.