Actualizar el Evangelio

El papa Francisco a la Curia: “La herejía verdadera consiste en dejar de traducir el Evangelio a los lenguajes y modos actuales”

El papa Francisco en su mensaje de Navidad a la curia romana

“Si a veces digo cosas que pueden sonar duras, no es porque no crea en el valor de la dulzura, sino porque es bueno reservar las caricias para los cansados”, afirma en su felicitación de Navidad a los cardenales

“La herejía verdadera no consiste solo en predicar otro Evangelio (cf. Ga 1,9), como nos recuerda Pablo, sino también en dejar de traducirlo a los lenguajes y modos actuales, que es lo que precisamente hizo el Apóstol de las gentes”. Mensaje para la Curia romana. Esta es la manera que el papa Francisco tiene de felicitar la Navidad a los suyos

¿Es para mostrar su enfado? No. Así lo ha explicado él mismo: “Si a veces digo cosas que pueden sonar duras y fuertes, no es porque no crea en el valor de la dulzura y de la ternura, sino porque es bueno reservar las caricias para los cansados y los oprimidos”.

Ante todos los cardenales y superiores que trabajan en el Vaticano, el Pontífice ha recordado que “lo contrario a la conversión es el fijismo, es decir, la convicción oculta de no necesitar ninguna comprensión mayor del Evangelio. Es el error de querer cristalizar el mensaje de Jesús en una única forma válida siempre. En cambio, la forma debe poder cambiar para que la sustancia siga siendo siempre la misma”.

Pobreza, gratuidad, conversión y paz

El discurso que ha dirigido esta mañana Jorge Mario Bergoglio, lo ha dividido en cuatro temas. En primer lugar, invitando a vivir la pobreza. “Así como Él elige la pobreza, que no es simplemente ausencia de bienes, sino esencialidad, del mismo modo cada uno de nosotros está llamado a volver a la esencialidad de la propia vida, para deshacerse de lo que es superfluo y que puede volverse un impedimento en el camino de santidad”, ha señalado.

En segundo lugar, ha recalcado que “la actitud interior a la que habríamos de dar más importancia es la gratitud”. En tercer lugar, se ha centrado ampliamente en la necesaria conversión, pues esta “nunca es un discurso acabado”. “Lo peor que nos podría pasar es pensar que ya no necesitamos conversión, sea a nivel personal o comunitario”, ha asegurado.

Según ha indicado, “convertirse es aprender a tomar cada vez más en serio el mensaje del Evangelio e intentar ponerlo en práctica en nuestra vida. No se trata sencillamente de tomar distancia del mal, sino de poner en práctica todo el bien posible. Ante el Evangelio seguimos siendo siempre como niños que necesitan aprender. Creer que hemos aprendido todo nos hace caer en la soberbia espiritual”.

En este sentido, ha celebrado también los sesenta años de la apertura del Vaticano II. “La conversión que nos dio el Concilio es la oportunidad de comprender mejor el Evangelio, de hacerlo actual, vivo y operante en este momento histórico”, ha aseverado.

Tampoco se ha olvidado del Sínodo de la Sinodalidad. “Tal como ha sucedido otras veces en la historia de la Iglesia, también en nuestra época, como comunidad de creyentes, nos hemos sentido llamados a la conversión. Y este itinerario no ha concluido en absoluto. La actual reflexión sobre la sinodalidad de la Iglesia nace precisamente de la convicción de que el itinerario de comprensión del mensaje de Cristo no tiene fin y continuamente nos desafía”, ha agregado.

Como ha reconocido el Pontífice, “denunciar el mal, aun el que se propaga entre nosotros, es demasiado poco. Lo que se debe hacer ante ello es optar por una conversión. La simple denuncia puede hacernos creer que hemos resuelto el problema, pero en realidad lo importante es hacer cambios, de manera que no nos dejemos aprisionar más por las lógicas del mal, que muy a menudo son lógicas mundanas”.

“La mayor atención que debemos prestar en este momento de nuestra existencia es al hecho de que formalmente nuestra vida actual transcurre en casa -ha continuado-, tras los muros de la institución, al servicio de la Santa Sede, en el corazón del cuerpo eclesial; y justamente por esto podríamos caer en la tentación de pensar que estamos seguros, que somos mejores, que ya no nos tenemos que convertir”.

¿Cuánta amargura hay en nuestro corazón?

En cuarto lugar, se ha fijado en la paz. “Nunca como ahora hemos sentido un gran deseo de paz. Pienso en la martirizada Ucrania, pero también en tantos conflictos que están teniendo lugar en diversas partes del mundo. La guerra y la violencia son siempre un fracaso”, ha dicho.

Y ha agregado en clara referencia, aunque sin citarlo, al Patriarca Kirill de Moscú, “la religión no debe prestarse a alimentar conflictos. El Evangelio es siempre Evangelio de paz, y en nombre de ningún Dios se puede declarar ‘santa’ una guerra”.

Para Francisco, la cultura de la paz no solo se construye entre los pueblos y las naciones, “sino que comienza en el corazón de cada uno de nosotros”. “Mientras sufrimos por los estragos que causan las guerras y la violencia, podemos y debemos dar nuestra contribución en favor de la paz tratando de extirpar de nuestro corazón toda raíz de odio y resentimiento respecto a los hermanos y las hermanas que viven junto a nosotros”, ha aseverado.

Así, el Papa ha invitado a quienes le escuchan a hacerse preguntas: “¿Cuánta amargura hay en nuestro corazón? ¿Qué es lo que la alimenta? ¿Qué es lo que causa la ira que muy a menudo crea distancias entre nosotros y alimenta rabia y resentimiento? ¿Por qué los insultos, en cualquiera de sus formas, se vuelven el único modo que tenemos para hablar de la realidad?”.

“Si es verdad que queremos que el clamor de la guerra cese dando lugar a la paz, entonces que cada uno comience desde sí mismo”, ha insistido. Y ha continuado: “No existe solo la violencia de las armas; existe la violencia verbal, la violencia psicológica, la violencia del abuso de poder, la violencia escondida de las habladurías. Ante el Príncipe de la Paz, que viene al mundo, depongamos toda arma de cualquier tipo”.

Hablando sobre la misericordia, ha recalcado que “una Iglesia pura para los puros es solo la repetición de la herejía cátara”. “Si no fuera así, el Evangelio, y la Biblia en general, no nos hubieran narrado los límites y los defectos de muchos de aquellos que hoy nosotros reconocemos como santos”, ha añadido.

También ha hecho hincapié en el perdón, que “significa conceder siempre otra oportunidad, es decir, comprender que uno se hace santo a base de intentos. Dios hace así con cada uno de nosotros, nos perdona siempre, vuelve a ponernos siempre en pie y nos da aún otra oportunidad. Entre nosotros debe ser así”. “Toda guerra, para que se extinga, necesita del perdón. De lo contrario, la justicia se convierte en venganza”, ha puntualizado

Los pobres os enriquecen

Itinerantes y sedentarios según el evangelio

Publiqué anteayer una postal titulada “los pobres nos evangelizan”, afirmando que ellos enriquecen a los ricos.  Un lector ha contestado  que ese planteamiento es injusto, que los ricos tienen bastante ya, para enriquecerse aún más a costa de los pobres.

El tema es complejo y pueden darse, a favor de pobres y ricos, razones diversas que la mayoría ya conocen. Aquí sólo me fijo en la “itinerancia”  y la riqueza según los evangelios, tema que he desarrollado en comentarios a Marcos Mateo (y en una extensa postal de RD dedicada al tema según el evagelio apócrifo de Tomás).

En esa línea retomo una sección de Historia de Jesús, prescindiendo de las notas eruditas) e insistiendo en estos dos principios : Los sedentarios/propietarios han de ofrecer casa y comida a los itinerantes, pues no son “dueños absolutos”, sino administradores  de aquello que tienen al servicio de todos.  2) Los itinerantes-pobres han de aportar salud y esperanza de vida (reino) a los establecidos/ricos. Sin su aportación, el mundo moriría de hartura indigesta.

Por | X.Pikaza

Introducción bíblica

 (1) En sentido antiguo, itinerantes fueron los hebreos que salieron de Egipto (casa de la servidumbre), para entrar en Palestina. Conforme a la visión canónica del Pentateuco, ellos se hicieron pueblo en el camino, tras abandonar las estructuras de opresión de Egipto. En esa línea, se añade que la misma vida del hombre en el mundo es itinerancia, como destaca un dicho popular, asumido por el evangelio: “las zorras tienen cuevas, y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20).

(2) En la perspectiva de Jesús, itinerantes eran muchos que habían perdido sus propiedades. Una parte de la Biblia supone que, al entrar en Palestina, los israelitas conquistaron la tierra y se hicieron sedentarios, pensando que habían llegado así al “descanso”. Pero, como dirá en otro contexto Heb 3, Jesús supo que los israelitas no habían entrado en el descanso, sino que seguían siendo itinerantes, porque había muchos oprimidos, errantes, sin familia, sobre el mundo.

Jesús retoma el motivo de la itinerancia universal de la vida humana y lo vincula (al menos simbólicamente) al tema especial de la itinerancia de los hebreos (oprimidos concretos), pero no la entiende como punto de partida de una posible conquista militar (como hicieron los hebreos salidos de Egipto en el libro de Josué), sino como principio de una comunión abierta a todos los hombres y mujeres, empezando por los pobres, en la misma Galilea. En esa línea, superando un descanso fingido y mentiroso (del que sólo pueden gozar los triunfadores), Jesús ha querido destacar la identidad itinerante de la vida humana, vinculada a la pobreza real y a la opción por el reino, a lo largo de un camino donde precisamente los pobres pueden ser mensajeros y portadores de reconciliación, como indicaremos en esta visión de conjunto:

Los primeros itinerantes son los pobres, sin casa y propiedad, los mendigos y artesanos en busca de trabajo, sin “campo propio” ni herencia en la gran ciudad del mundo, aquellos que no tienen lugar fijo en la tierra, sino que vagan de un sitio hacia otro, buscando alimento y descanso, como muchos emigrantes actuales que cruzan fronteras y mares (por desiertos, en pateras), huyendo del hambre. En esa línea, la itinerancia de los compañeros de Jesús es un retorno a la vida in-tranquila de aquellos que no tienen familia, ni medios de vida, de forma que no pueden instalarse en un lugar seguro, para siempre. Ellos, los que vagan como pobres (por necesidad), sobre un mundo que les utiliza y les expulsa, han sido y son los escogidos por Jesús como portadores del Reino.

La itinerancia no es nomadismo, como en los tiempos más antiguos de Israel, cuando los patriarcas (Abrahán, Isaac, Jacob) iban de un lado a otro (aunque puede haber relación entre ambas cosas). El nomadismo de los pastores es una forma de vida vinculada a las características del terreno y a la búsqueda de pastos para los rebaños. Ciertamente, los nómadas tienen una relación distinta con la tierra y la familia, pero pueden ser y son a veces propietarios ricos (de rebaños o de otro tipo de bienes). En contra de eso, los itinerantes de Jesús no tienen bienes, ni pastos propios para sus rebaños (ni tienen rebaños), sino que podemos llamarles caminantes mesiánicos. Más que buscadores de campos y pastos (propiedades comunales), son hombres y mujeres dislocados (a-locados: sin “locus”), porque buscan un tipo distinto de presencia y comunicación sobre la tierra.

Los compañeros itinerantes de Jesús parecen más vinculada a la “suerte” de los artesanos, que han perdido sus tierras y vagan ofreciendo y buscando trabajo (o viviendo de limosna). Son como trabajadores móviles, en la línea de los herreros-chatarreros, buhoneros, quincalleros, temporeros y mendigos…, que han pervivido y perviven, quizá de otra forma, hasta el día de hoy. Pues bien, Jesús ha llamado en especial a algunos de esos itinerantes, haciéndoles “portadores del Reino de Dios” y de esa forma ellos empiezan a caminar, en nombre de Jesús: no piden trabajo, ni buscan un tipo de recompensa material, aunque es posible que realicen algunas tareas laborales, sino que van simplemente como amigos, portadores de Reino… Ciertamente, muchos no han tenido tierra previa y así son itinerantes laborales (artesanos) y evangélicos (predicadores), pudiendo haber sido también mendigos; pero otros han podido hacerse itinerantes por experiencia de Reino (como muchos monjes budistas antiguos o algunos religiosos cristianos de la Edad Media). De esa forma anuncian de manera creíble el Reino de Dios a los sedentarios que les acogen, compartiendo la vida con ellos.

La itinerancia de los compañeros de Jesús no es pura mendicidad, aunque algunos itinerantes de Jesús han podido empezar siendo mendigos “enfermos” como el ciego de Jericó: cf. Mc 10, 46-52), sino que ella implica una simbiosis o comunión de amor con los campesinos de Galilea. En ese sentido, los itinerantes de Jesús (que actúan como portadores del Reino) se vinculan con un tipo de sedentarios que les acogen, de manera que se establece entre ellos una comunicación de vida (de salud, de bienes), no en línea de “patronazgo y clientela” clasista, sino de fraternidad de Reino: los sedentarios ofrecen pan-casa, los itinerantes mensaje-curación de Reino, sin que unos dominen sobre otros. Surge así un tipo de familia compleja, pero sin imposición patronal, ni jerarquía, sin lucha mutua, ni sometimiento, con vinculación e igualdad desde la diferencia.

El esquema de patronazgo-clientela era dominante en las ciudades ricas del entorno de Galilea y se expresaba en una estructura social de tipo clasista: los “buenos” patronos ofrecen ayuda económica a sus clientes; los clientes “fieles” apoyana los patronos y les conceden honor. Entre unos y otros se establecían relaciones de poder, en línea de egoísmo mutuo y no de gratuidad (unos necesitan a los otros). Pues bien, en contra de eso, los itinerantes cristianos no se ponen bajo la protección de unos “patronos ricos”, pues no quieren establecer una nueva sociedad de clases, sino que actúan como portadores de una familia de Reino, donde todos puedan compartir lo que tienen. Ni los sedentarios son patronos, ni los itinerantes son clientes, sino que unos y otros pueden ponerse al servicio del Reino. Los itinerantes ofrecen (regalan) el Reino como fuente de salud; por su parte, los sedentarios ofrecen y comparten sus bienes (tierra, casa, comida…)  de manera “no clasista” ni impositiva (cf. Mc 10, 29-30)[1]. 

Itinerantes, mensajeros del reino (de la nueva humanidad fraterna)

El grupo más significativo y propio de Jesús lo forman los “itinerantes”, varones y mujeres que van y vienen, como portadores de un mensaje abierto, que ellos deben extender, pues “la mies es mucha, los obreros pocos…” (Mt 9, 37-38; Lc 10, 2). Estos obreros-ambulantes son sembradores de Reino: tienen una tarea urgente que cumplir, pues la mies ya próxima del Reino han de sembrarla y cosecharla precisamente aquellos que no tienen campos propios. Lo han “perdido” (o dejado) todo, pero Dios les hace trabajadores de la mies universal, de la gran cosecha del Reino. Juan Bautista anunciaba también una siega o corte final de la historia, pero en forma de juicio, no de “convivencia” entre itinerantes y sedentarios. Jesús, en cambio, piensa que la gran siega  vincula a unos con otros, a la vida compartida desde el Reino.

Por eso, en el lugar donde podía esperarse el “gran juicio” (destrucción de todo tipo de familia) puede empezar y empieza la nueva familia de los hijos de Dios: ¡Ha llegado el Reino! (cf. Mc 1, 14-15). Desde aquí debe entenderse la prisa de Jesús: el viejo tiempo acaba, se cierra la historia y estamos ante la última oportunidad de la vida, para formar sobre el mundo la familia de Dios. Esa prisa de la itinerancia conduce a Jesús y a su grupo hacia Jerusalén. En este contexto se entiende la tarea básica de itinerancia de Jesús:

La itinerancia es una forma de acercamiento. Jesús no espera que los hombres y mujeres vengan (como iban donde Juan Bautista), sino que él mismo va: se pone en marcha, al servicio de la gente. Sale de su posible tranquilidad, de su estabilidad espiritual o familiar, no se encierra en un pequeño grupo, sino que actúa al servicio del Reino, ofreciendo sus signos. No va sólo, sino con otros itinerantes, vinculados con él, desde la libertad del Reino. Van sin nada, es decir, como personas, ofreciendo la salud más alta, que es la dignidad de ser, la vida humana; va para establecer relaciones personales.

La itinerancia es una forma de comunicación de unos con otros, de manera que nadie se encierre en sí mismo. Hay un tipo de itinerancia por necesidad que ha podido convertirse en principio de lucha (grupos y pueblos “móviles” han invadido las tierras de los “sedentarios”, desde los viejos hebreos hasta los mongoles más modernas o muchos emigrantes actuales). Pero ella puede convertirse también en fuente de solidaridad: en el fondo de su carencia, los pobres poseen una riqueza superior y se la ofrecen a los más ricos (sedentarios), curándoles así de su riqueza pervertida. En esa última línea se entiende la itinerancia voluntaria, propia de aquellos que (por necesidad o sin ella) optan por vivir de un modo desprendido, sin nada para sí, poniéndose en manos de los otros, para enriquecerles desde su pobreza. Ésta es la itinerancia que se vuelve comunicación de Reino: una manera fuerte de agradecer y compartir la vida, regalándola de un modo gratuito. Los itinerantes no tienen nada que “guardar”, nada que defender; por eso pueden dar a los demás lo que tienen y darse ellos mismos.

Los primeros misioneros de Jesús empiezan siendo itinerantes. En un primer momento, ellos empiezan siendo itinerantes entres las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10, 5-6). La iglesia posterior ha destacado el carácter universal de esa itinerancia, pues, por su lógica interna, ella se abre desde los “perdidos de Israel-Galilea” a todos los necesitados del mundo, superando de esa forma los muros que se habían establecido entre grupos religiosos, nacionales o sociales. Jesús se ha situado de esa forma en el lugar en el que puede establecerse toda relación interhumana, desde los campesinos de Galilea. 

Jesús y sus primeros discípulos fueron itinerantes de campo, en Galilea. Muy cerca había dos ciudades israelitas de cierta importancia (Séforis y Tiberíades); no muy lejos había ciudades helenistas aún mayores, donde vivían muchos judíos (Cesárea del mar o Damasco, Tiro o Gadara)… Sin embargo, Jesús no parece haber entrado en ninguna de ellas, sino que quedaba fuera, en el entorno de los campos. ¿Por qué? Posiblemente creía que era imposible empezar instaurando el Reino en ciudades que eran centros de poder (que servían para oprimir a los pobres). Por otra parte, él era un campesino, artesano itinerante, no un hombre de ciudad. Pensaba, sin duda, que, en el aquel contexto, el camino de la trasformación mesiánica empezaba por los campos, donde debían vincularse itinerantes y sedentarios. Así se situaba en la línea de las tradiciones de Israel, que se estructuran y definen desde trasfondo agrícola[2]. 

Los itinerantes pobres curan y “enriquecen” (=humanizan) a los ricos

Itinerancia: el poder de los impotentes. Recogiendo lo dicho, podemos afirmar que los itinerantes mesiánicos siguieron el estilo de vida de Jesús, primer itinerante del Reino en Galilea. Viniendo de orígenes diversos (mendigos o enfermos, artesanos sin campo, campesinos sedentarios o pescadores: Mc 1, 16-20), habían recibido una llamada especial de Jesús y realizaban una tarea que les define como mediadores del Reino, ocupando un lugar equivalente al de los soldados de un grupo militar celota. Ellos, que no tenían nada o lo han dejado todo, viven así con Jesús, al servicio del Reino, apareciendo en la raíz del evangelio, como trasmisores de una esperanza mesiánica, amigos especiales de Jesús y portadores de un Reino, que ellos deben anunciar y compartir con los sedentarios, al servicio de todos los hombres. Desde aquí se entiende mejor la intención de Jesús:

Jesús no ha querido un reino de itinerantes-mendigos luchando contra los ricos. No convoca a itinerantes para que combatan contra ricos-sedentarios, pero les ofrece el poder y autoridad del Reino, que ellos deben anunciar con su vida (es decir, con su persona), poniéndose en manos de quienes quieran recibirles. Jesús no llamó a unos mendigos-soldados-violentos (como los del primer David: cf. 1 Sam 22, 2), para iniciar por ellos una revolución militar de esclavos o campesinos desposeídos, sino a unos mendigos-itinerantes, para que sean portadores de paz, amigos de todos, realizando así la tarea del Reino. Ciertamente, él envió a unos “mendigos” (mendicantes), pero no quiso que fueran simples sometidos (pasivos), sino que les hizo portadores de un Reino, que se expande por medio de curaciones y exorcismos. Esos itinerantes pobres y deben curar a los sedentarios establecidos, a los ricos que enferman de falta de vida en medio de su riqueza. Por eso les concedió una autoridad que no consistía en dominar o imponerse sobre los ricos propietarios, sino en quedar en sus manos y curarles, en compromiso de solidaridad sanadora.

3.Jesús tampoco ha querido un reino de puros propietarios-sedentarios, que actúen como patronos de los pobres, a los que ofrecen una limosna desde arriba…, unos ricos que en su riqueza se vuelven enfermos de falta de vida, egoístas, tacaños…. No busca la generosidad patronal o patriarcal de unos, ni la dependencia material de otros, sino la convivencia de todos. Así aparece como promotor de una comunicación revolucionaria, que se eleva desde los pobres/itinerantes, vinculándoles con los sedentarios/ricos, sin que un grupo tome el poder sobre el otro, pues el Reino es generosidad y comunicación de todos. En esa línea, el texto clave de Mc 10, 29-30 par habla de aquellos que han dejado todo (casa, campos, familia) para recuperarlo multiplicado (ciento por uno), no en un plano de espiritualismo idealista (o elitismo espiritual, como en ciertas formas de vida religiosa), sino de familia y hacienda compartida, en amor concreto y extendido (cien madres y hermanos, cien casas y campos). Tanto los que han “dejado todo” como los que nada tenían (en plano de bienes materiales) pueden compartir y comparten lo que tienen, pues el amor vincula y comunica a los amigos.

Jesús ha iniciado un Reino para todos, partiendo de los pobres y/o de aquellos que han dejado sus bienes por el Reino, reflejando así la lógica de Dios.Precisamente aquellos que no tienen nada se vuelven “portadores de todo” (del Reino de Jesús), mensajeros de salvación, de manera que su carencia se vuelve principio de riqueza compartida y convivencia. La plenitud del Reino (máxima riqueza) se expresa y despliega a través del amor de aquellos que no tienen nada (suma pobreza). Así se invierte la lógica de posesión y poder del sistema: los que nada tienen pueden darlo todo, actuando como sanadores, curando la enfermedad de los ricos, en gesto de comunicación universal. De esa forma, los itinerantes-pobresanuncian el Reino con la misma generosidad de su vida. Esos itinerantes pobres son los primeros amigos de Jesús: son ricos en libertad y salud, según el evangelio. Ellos podrían decir, como Pedro en el atrio del templo: “oro y plata no tengo, pero te doy aquello que tengo: en nombre de Jesús Nazareno…” (Hech 3, 6)[3].

Sedentarios/propietarios que enferman, e itinerantes/emigrantes que sanan

Según Mc 10, 29-30, aquellos que han dejado “un campo, una casa, una familia” (en clave de posesión), recibirán cien casas, cien campos, cien familias (en clave de comunicación y abundancia compartida). Eso significa que la itinerancia no se cierra en sí misma, sino que está al servicio de la misión, a favor de aquellos que tienen casa-campo-familia, para así ayudarles a vivir (curarles), de tal forma que los mismos curados puedan compartir con los otros lo que tienen.

 En esa línea, el proyecto de Jesús resulta inseparable de un tipo de trabajo de los “propietarios”, de manera que el campo ha de “labrarse” (trabajarse) y la casa construirse (edificarse), pues los agricultores y/o artesanos siguen realizando una labor esencial, pero no al modo antiguo (de oposición e imposición sobre los demás), sino de un modo nuevo, de colaboración en gratuidad, de manera que no haya más dueños y siervos, sino hermanos.

Un camino en dos sentidos…

Eso significa que el proyecto de Jesús puede y debe ponerse al servicio del surgimiento de una “economía”  familiar extensa (cien madres, hermanos, hermanas…: cf. Mc 3, 31-35), de manera que la vida no sea ya lugar de lucha de unos contra otros, ni de “caridad asistencial”, sino de encuentro y colaboración de todos.

(1) Los sedentarios ofrecen casa y comida  a los itinerantes, como  supone Jesús cuando Jesús: “cuando entréis en una casa… comed lo que os pongan” (cf. Mt 1, 11-12; Lc 10, 7-8). Se supone así que los sedentarios, con pan, casa y posibilidades económicas han de compartirlas con los pobres/itinerantes. (cf. Mt 25, 31-46).

(2) Los itinerantes-pobres aportan a los sedentarios algo que ellos no tenían: vida en libertad, salud, gratuidad. Ellos han de “darse a sí mismos”: dan lo que son y así se quedan, como signo de vida, en manos de los sedentarios, enseñándoles a compartir y a convertir su casa-dinero en don para los pobres (para todos)[4].

Esta unión de itinerantes y sedentarios, concretada en forma de amor social y comunicación, puede entenderse como cumplimiento del mensaje básico de Jesús También hoy (siglo XXI) vivimos en un mundo dividido entre sedentarios, que serían dueños del poder y economía (especialmente los ricos de los países capitalistas), e itinerantes, voluntarios o forzados, que no tienen lugar (comida, casa, sanidad social o libertad) sobre la tierra. Estos nuevos itinerantes vienen de los mundos de pobreza y se arriesgan a buscar nuevos lugares donde hallar trabajo y comida; ellos pueden ser hoy los nuevos portadores del evangelio, en nuestro mundo rico, que corre el riesgo de “secarse” en su egoísmo, a no ser que establezcamos unas nuevas relaciones que no pueden ser de lucha (batalla por el poder), ni de simple limosna (en línea patronal), sino de convivencia y comunicación (compartir salud y casa, palabra y bienes).

Así lo supone Mt 25, 31-46, texto que ha recogido de forma unitaria el mensaje/camino de Jesús, en un contexto apocalíptico. En sí mismo, ese pasaje no habla sólo de lo que pasará al fin de los tiempos, sino que ilumina lo que pasa (y debe pasar) hoy, en nuestra sociedad. Así presenta a Jesús como rey/juez que se identifica con los hambrientos y expulsados del mundo (que son sus hermanos), representantes de Dios. Al mismo tiempo así pone de relieve el gesto de aquellos que han dado de comer y han acogido a esos hambrientos y expulsados (tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me acogisteis…). En un plano, ese pasaje parece suponer que sólo los “sedentarios” (es decir, los “más ricos”) pueden ofrecer algo a los pobres, que se limitarían a recibir pasivamente comida-bebida, casa-vestido…Pero, leído desde el conjunto de la vida y mensaje de Jesús, este pasaje supone que tanto itinerantes como sedentarios han de ofrecer y compartir lo que son y lo que tienen, sabiendo, además, que lo más importante es lo aportado por los más pobres, hambrientos, sedientos, extranjeros, desnudos, enfermos, encarcelados, que aparecen, con sorpresa del lector, como representantes de Jesús. Leído así, este pasaje nos sitúa en el centro de lo que venimos diciendo sobre la unión de itinerantes y sedentarios.

Sabemos ya que los pobres y expulsados han sido y son los portadores privilegiados del mensaje y vida de Jesús, que no quiso el dominio de unos, ni la revancha de otros, con toma de poder y trasformación violenta de las cosas, sino de trasformación gratuita de todos, a partir de los más pobres, que aparecen así como portadores de evangelio y salvación, no para el fin de los tiempos, sino “ya”, en este mundo concreto en que vivimos. Evidentemente, esos pobres no pueden obligar a los sedentarios a que les asistan o ayuden, sino que han de empezar ofreciéndoles salud (anuncio de Reino) y poniéndose en sus manos. De esa forma, aquellos parecen puro rostro-sufriente, aportan gracia y curación (salvación) para los ricos. Por eso, cuando Mt 11, 4 (cf. Lc 7, 22) diga que “a los pobres se les anuncia el evangelio” no dice que ellos, los pobres, lo reciben por medio de los ricos, sino que ellos mismos, los pobres, son trasmisores de salud, es decir, de esperanza para todos[5].

[1]  Jesús no establece relaciones de dominio, sino de solidaridad, sabiendo que aquellos que menos tienen (itinerantes) son los que más pueden ofrecer (anuncian el Reino, curan). Según eso, en sentido estricto, los sedentarios no pueden “anunciar” el Reino, ni curar o trasformar el orden social, sino que para ello necesitan de los “itinerantes”, que no tienen nada o lo han dejado todo, para anunciar el Reino y curar a los enfermos. El grupo de Jesús no se instituye en claves de dependencia o jerarquía, sino de experiencia compartida y comunicación personal. No hay, según eso, dependencia ni jerarquía. El sedentario acoge y ofrece sus bienes, pero no puede hacerse patrono. Por su parte, el itinerante ayuda al sedentario, pero sin hacerse cliente suyo ni dominarle desde fuera. Estas nuevas relaciones son las que establecen la novedad de la “institución cristiana” y de los ministerios eclesiales, como he puesto de relieve en Sistema, libertad, iglesia. Las instituciones del Nuevo Testamento,  Trotta, Madrid 2001.

[2] En un primer momento, Jesús y sus primeros discípulos “itineraban” entre las ovejas perdidas de Israel, en las aldeas y pueblos de Galilea. Su movimiento de Reino fue al principio un tipo de “unión” de campesinos, pero no en línea de poder, como algunos sindicatos del campo (de los siglos XIX y XX), sino de comunicación vital, como han muerto de relieve gran parte de los exegetas citados en bibl 4.1, 4.2 y 6. Este comienzo no fue una decisión caprichosa o excluyente, sino que respondía a la “identidad” de Jesús (¡un galileo!) y a las promesas de la Escritura, que anunciaban la plenitud para Israel (de los gentiles se hablaría en un segundo momento). Jesús no rechazó a los gentiles (pues él mismo decía: ¡vendrán de oriente y occidente!: Mt 8, 11), pero empezó por las aldeas de Israel, en Galilea.  El paso cristiano del campo (zona rural) a las ciudades  se vio quizá facilitado por el hecho de que los campesinos podían compararse a los habitantes de la periferia urbana.  

[3] Jesús no quiere la toma de poder de itinerantes, ni de sedentarios, porque el Reino de Dios no es poder,   sino  vida y comunicación en gratuidad, sin imposición de nadie, ni siquiera de Dios (que no es imposición, sino amor creador). Cf. A. González, Teología de la praxis evangélica. Ensayo de una teología fundamental,  Sal Terrae, Santander 1999; Reinado de Dios e Imperio. Ensayo de Teología social,  Panorama 2, Sal Terrae, Santander 2003.

[4] Los propietarios no son “dueños exclusivos”, sino gestores de un don que han recibido. Lógicamente, no acogen a los itinerantes por “caridad” condescendiente (desde arriba), ni por una justicia que se impone (por obligación), sino por comunión gratuita, en intercambio de vida. Así se puede decir que los pobres dan aquello que es más grande (evangelio, salud) y los ricos aquello que parece más urgente (casa y comida).

 . En ese contexto se entiende una  página significativa de G. Theissen: «Los factores socioeconómicos determinan el fenómeno más mar­cado del movimiento de Jesús: el desarraigo social de los carismáticos itinerantes. Por desarraigo social se entiende aquí el abandono del lugar de residencia que a uno le correspondía por nacimiento, abando­no que equivalía a una ruptura más o menos tajante con normas fami­liares. Pedro dice en nombre de todos los discípulos: Mira, nosotros lo hemos de­jado todo y te hemos seguido (Me 10, 28). No debemos pensar sólo en el círculo de los doce discípulos. Junto a él se hallaba el círculo de los siete en Jerusalén (Hech 6, Ss) y el círculo de los cinco en Antioquía (Hech 13, l s). Lucas refiere, además, el envío de setenta carismáticos itinerantes, que debían regirse por las mismas normas que los doce Apóstoles (Lc 10, 1 ss; 9, 1 ss)… Lo determinando no es aquí el título de apóstol. Los caris­máticos itinerantes podían denominarse también “discípulos del Se­ñor”… Los evangelios, en Mt 8, 21 y 10, 42, hacen clara referencia a carismáticos itinerantes. Otras denominaciones son profetas (Mt 5, 12; 10, 41; Did 11, 3s), justos (Mt 10, 41), maestros (Hech 13, 1; Did 13, 2) y evangelis­tas (Hech 21, 8; cf. Gl 4, 11). Las variaciones de la denominación im­plican la amplitud del tipo de conducta social que se hallaba detrás.                                 El condicionamiento económico de esta conducta social no se silencia por completo en los textos: la vocación para el seguimiento va dirigi­da a los fatigados y agobiados (Mt 11, 28), al mendigo Bartimeo (Mc 10, 52), a Pedro que se sintió frustrado en su actividad de pesca­dor (Lc 5, 1 ss), a los hijos del Zebedeo, cuyo padre, según el Evange­lio de los nazarenos, era un pobre pescador (frag. 33); en esa línea, más tarde, los pescadores de Tiberíades se contaron entre aquellos “mari­neros y gente sin recursos”, que al comienzo de la guerra de los judíos organizaron una revuelta (Josefo, Vita 66). Al seguimiento se hallaba también dispuesto el poseso de Gerasa, que había sido curado por Je­sús, que se hizo predicador itinerante por el territorio de la Decá­polis (Me 5, 18ss). Por el contrario, la gente adinerada, el joven rico y Zaqueo, jefe de recaudadores de impuestos, simpatizaron con Jesús, pero no se atrevieron a seguirle de manera radical (Mc 10, 22; Lc 19, 1 ss)» (cf. G. Theissen, El Movimiento de Jesús, Sígueme, Salamanca 2005,140-141)

«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha»

¿Hay que volver de nuevo a un cristianismo tenebroso y amenazador?

Es sin duda una de las frases más duras de Jesús para los oídos del hombre contemporáneo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha». ¿Qué puede significar hoy esta exhortación evangélica?, ¿hay que volver de nuevo a un cristianismo tenebroso y amenazador?, ¿hemos de entrar otra vez por el camino de un moralismo estrecho?

No es fácil captar con precisión la intención de la imagen empleada por Jesús. Las interpretaciones de los expertos difieren. Pero todos coinciden en afirmar que Jesús exhorta al esfuerzo y la renuncia personal como actitud indispensable para salvar la vida.

Esfuerzo y disciplina

No podía ser de otra manera. Aunque la sociedad permisiva parece olvidarlo, el esfuerzo y la disciplina son absolutamente necesarios. No hay otro camino. Si alguien pretende lograr su realización por el camino de lo agradable y placentero, pronto descubrirá que cada vez es menos dueño de sí mismo. Nadie alcanza en la vida una meta realmente valiosa sin renuncia y sacrificio.

Esta renuncia no ha de ser entendida como una manera tonta de hacerse daño a sí mismo, privándose de la dimensión placentera que entraña vivir saludablemente. Se trata de asumir las renuncias necesarias para vivir de manera digna y positiva. Así, por ejemplo, la verdadera vida es armonía. Coherencia entre lo que creo y lo que hago. No siempre es fácil esta armonía personal. Vivir de manera coherente con uno mismo exige renunciar a lo que contradice mi conciencia. Sin esta renuncia, la persona no crece.

La vida es también verdad.

Tiene sentido cuando la persona ama la verdad, la busca y camina tras ella. Pero esto exige esfuerzo y disciplina; renunciar a tanta mentira y autoengaño que desfigura nuestra persona y nos hace vivir en una realidad falsa. Sin esta renuncia no hay vida auténtica.

La vida es amor. Quien vive encerrado en sus propios intereses, esclavo de sus ambiciones, podrá lograr muchas cosas, pero su vida es un fracaso. El amor exige renunciar a egoísmos, envidias y resentimientos. Sin esta renuncia no hay amor, y sin amor no hay crecimiento de la persona.

La vida es un regalo

La vida es regalo, pero es tarea. Ser humano es una dignidad, pero es también un trabajo. No hay grandeza sin desprendimiento; no hay libertad sin sacrificio; no hay vida sin renuncia. Uno de los errores más graves de la sociedad permisiva es confundir la «felicidad» con la «facilidad». La advertencia de Jesús conserva toda su gravedad también en nuestros días. Sin renuncia no se gana ni esta vida ni la eterna.

José Antonio Pagola

Medios, no fines

Los bienes creados y recibidos son medios para vivir, no fines     Benjamín Forcano

Reflexión para este domingo (Luc 12,32- 42)

Una vez más, los cristianos , sin dejar de ser humanos, es decir, sin renunciar a su grandeza y entidad propia, abrimos el Evangelio para añadir y enriquecernos con la enseñanza de Jesús de Nazaret.
Hoy, el evangelista Lucas nos comenta y esclarece cuál debe ser nuestra actitud antes los bienes creados-recibidos y los producidos.

Prendido de la palabra de Jesús, nos dice: todos tenemos la necesidad elemental de comer y beber, de alimentarnos. ¡Todos! Pero una cosa es eso y otra tener el corazón apegado a la riqueza con ambición y angustia.

Vosotros, que me seguís, tenéis que buscar primero de todo que Dios reine en vuestras vidas .       Lo advierto: esto es imposible en quienes se afanan por acaparar bienes y más bienes, que roban, malgastan o desperdician inútilmente.

Este afán corrompe, porque acaba apegando el corazón a la riqueza, como bien supremo y prescinde de Dios y no menos del cuidado de la vida de nuestros hermanos, los hombres.
Para estar en forma, es preciso entender que nuestra vida terrenal es para un tiempo, al que llegó el reinado de Dios, anunciado por Jesús de Nazaret, que lo vivió e hizo visible entre nosotros.

¡Tiempos estos! en los que no pocos piensan que el objetivo central de la vida está n poseer y disfrutar de la riqueza. Y no,, porque Lo bienes, todos, que hemos recibido vienen en última instancia de Dios, quien nos los ha regalado para que los poseamos con justicia y los repartamos fraternalmente entre todos.
Nuestra vida terrenal no es eterna, al final de ella lo que cuenta es si, ante nuestro encuentro definitivo con Dios, podemos testimoniar: Padre, de ti lo recibí todo y trabajé para que a todos ayudara y sirviera.

Por tano y resumiendo, ilusos o idiotas: Dios Padre en su hijo Jesús de Nazaret, nos dejó revelado el origen, el sentido y el destino de todos los bienes : los creados y los que producimos. Pretender que nuestro caminar y convivir en la tierra, podamos hacerlo con la negación absoluta del Dios verdadero, acaba malgastando esos bienes con perjuicio y esclavitud de cuantos injustamente fueron privados de ellos y con desespero y llanto de quienes se entregaron a tan estéril y lamentable desvarío.

Brindo como broche, algunas palabras y versos de Pedro Casaldáliga:
“Yo creo que el capitalismo es intrínsecamente malo, porque es el egoísmo socialmente institucionalizado, la idolatría del lucro por el lucro, el reconocimiento oficial de la explotación del hombre por el hombre, la esclavitud de los muchos al yugo y prosperidad de los pocos”.

“Somos, en última instancia,
el reino que nos es dado,
y que hacemos cada día
y hacia el que, anhelantes, vamos

Una Iglesia pobre para sembrar semillas de Evangelio 

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Por José Antonio Pagola.-

Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran una Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre –el reino de Dios– sembrando pequeñas «semillas» de Evangelio e introduciéndolo en la sociedad como pequeño «fermento» de una vida humana.

La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso ni espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores parece insignificante: los centros de poder lo ignoran.

Incluso los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.

La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla por completo.

Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.

Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna

El Papa Francisco

La genialidad del Papa Francisco: su fidelidad al Evangelio

Francisco, con los Evangelios
Francisco, con los Evangelios

«Si algo resulta indiscutible es que la Religión mató a Jesús»

«El Evangelio está compuesto por una recopilación de relatos, en los que se destaca el enfrentamiento de Jesús y su Evangelio con la Religión y sus dirigentes. Un enfrentamiento que fue en aumento creciente»

«A mí me parece (y creo que se palpa) es que lo determinante, para el papa Francisco, no es la Religión, sino el Evangelio. Por eso el papa Francisco no entusiasma a los teólogos “de oficio”. Pero entusiasma a los necesitados “de respeto y cariño»

Por José María Castillo

Genialidad, según el diccionario de la RAE, es la “singularidad propia del carácter de una persona”. Esto supuesto, la genialidad del papa Francisco se distingue, sobre todo, por su fidelidad al Evangelio. Y por eso ha sido – y sigue siendo – un papa tan desconcertante. Tan elogiado por unos y tan mal visto por otros. Así es, aunque parezca mentira. O pueda parecer una explicación sin pies ni cabeza. Lo cual obviamente es un problema que mucha gente no imagina. ¿Por qué?

A mí me parece que el problema no está en que los conservadores ven este problema de una manera, mientras que los progresistas piensan lo contrario. Sin duda que eso puede influir. Pero a mí me parece que el problema de fondo, que nos ha planteado a todos el padre Jorge Mario Bergoglio, es bastante más profundo. ¿En qué consiste este problema?

Mandato nuevo
Mandato nuevo

Lo diré, según yo veo este asunto, de la manera más sencilla y breve que me es posible. La Iglesia, desde los siglos III-IV, dio un giro – tan comprensible como desacertado – que llevó (a esta Iglesia nuestra tan querida) a fundir y confundir la Religión con el Evangelio. Más aún, esto se hizo (y se sigue haciendo) de manera que el Evangelio ha venido a ser un acto o un componente de la Religión. Es más, ha sucedido (y sigue sucediendo) que, en la Iglesia, está más presente la Religión que el Evangelio. De ahí que (por poner un ejemplo) las personas, que van a misa, piensan y dicen que van a un “acto religioso”. Es decir, un acto de la Religión que dedica unos minutos a leer (o escuchar) el Evangelio y la consiguiente explicación, si es que el sacerdote predica la homilía.

¿Y qué tiene todo esto de problemático? Pues algo tan patente como estremecedor. Todo consiste en que, si leemos atentamente los cuatro evangelios canónicos (Mc, Mt, Lc, Jn), lo que queda más patente es que la Religión y sus dirigentes se enfrentaron a Jesús y su Evangelio. De manera que, si algo resulta indiscutible, es que la Religión mató a Jesús.

En efecto, el Evangelio está compuesto por una recopilación de relatos, en los que se destaca el enfrentamiento de Jesús y su Evangelio con la Religión y sus dirigentes. Un enfrentamiento que fue en aumento creciente. Hasta que llegó el momento en que los dirigentes de la Religión (sacerdotes, doctores de la ley…), cuando se dieron cuenta de que el Evangelio de Jesús atraía a la gente más que la Religión de los sacerdotes, se vio claramente que Religión y Evangelio son incompatibles. El relato más claro es el capítulo once del evangelio de Juan: cuando Jesús le devolvió la vida a Lázaro, aquello causó tal y tanta impresión, que el Sanedrín se reunió de urgencia y los dirigentes de la Religión vieron que tenían que matar a Jesús (Jn 11, 53).

El Papa, con los misioneros Padres Blancos
El Papa, con los misioneros Padres Blancos

¿Por qué se produjo (y se sigue produciendo) este enfrentamiento entre la Religión y el Evangelio? Porque la Religión pone el centro en el sujeto, en lo que el mismo sujeto religioso necesita o desea (bienestar, seguridad, poder, su propia salvación…). Por el contrario, el Evangelio pone el centro en los demás, en lo que los demás necesitan (salud, comida, dignidad, respeto, cariño…). Son dos dinamismos opuestos: lo primordial es “uno mismo” (Religión); lo primordial es “el otro» o los demás; y tanto más, cuanto más necesitados están los otros (Evangelio).

Ahora bien, el gran error, que ha cometido la Iglesia, ha sido fundir y confundir dos realidades contrapuestas. Pero ha unido estas dos realidades dando más importancia y más presencia a la Religión que al Evangelio. Por eso – de facto – en la Iglesia se ve y se palpa más la presencia de la Religión que la presencia del Evangelio. Por poner un ejemplo: ¿por qué la Iglesia tiene un dicasterio para la doctrina de la fe (Santo Oficio) y no tiene otro dicasterio para el seguimiento de Jesús?

Comprendo que todo esto necesita una explicación más amplia, mucho más amplia. Pero, con lo que acabo de apuntar, se puede empezar a comprender en qué está y en qué consiste “la genialidad del papa Francisco”. No sé si el Padre Bergoglio “lo ha pensado así”. Pero lo que importa, en la vida, no es “lo que uno piensa”, sino “lo que uno hace”. Y a mí me parece (y creo que se palpa) es que lo determinante, para el papa Francisco, no es la Religión, sino el Evangelio. Por eso el papa Francisco no entusiasma a los teólogos “de oficio”. Pero entusiasma a los necesitados “de respeto y cariño”.

El arte de esperar

La parábola de las diez vírgenes: la espera y la libertad

Las diez vírgenes

 Confieso que de niña cuando escuché esta parábola me quedé perpleja, un poco como con el cuento de la cigarra y la hormiga. Pero luego me di cuenta de que aquí son precisamente los que celebran la vida los que entran al banquete, y que nadie puede celebrarla por otro. Esfuerzo del momento, y llegar siempre más allá de la propia vida. Siguiendo un sueño, una visión, una invitación que viene de fuera de nosotros y que acogemos con entusiasmo. “Como no sé cuándo llegará el amanecer, dejo todas las puertas abiertas”, escribe Emily Dickinson.

“Sabio” tiene dos raíces latinas: una es la misma que la de la palabra sapidus (que tiene sabor, que no es insípido) de la que también deriva “sabiduría”. Y el otro es el exagium que tiene que ver con probar, evaluar y discernir. Los sabios son aquellos que no dejan que la vida se les escape, sino que la saborean, toman la iniciativa y se arriesgan. En cambio, el necio se queda quieto, no actúa, no se pone en marcha. Tal vez se pone “a salvo”, pero al final se da cuenta de que realmente no ha vivido.

Poner en movimiento

Porque la vida se construye día a día, respondiendo a sus provocaciones, a sus solicitudes a lo impredecible que siempre nos descoloca y nos vuelve a poner en movimiento. Como respondemos nos ayuda a formarnos, a convertirnos en quienes somos. Por eso, no se puede vivir la vida de los demás, responder en su lugar.

Y no hay vuelta atrás cuando nos damos cuenta de que tal vez deberíamos haber vivido de otra manera. La fiesta nupcial está hecha para nosotros, es la celebración de la belleza de la fraternidad y la filiación, de la abundancia y la plenitud, donde todos serán reconocidos por lo que son, porque llevarán el vestido tejido con la vida, que es la forma que han tomado con el tiempo.

Caminar en la luz en medio de las tinieblas es posible, porque el aceite que alumbra nuestra vida está siempre disponible para nosotros: basta con quererlo y buscarlo. Incluso con lo que puede contener el pequeño vaso de nuestro ego se puede salir adelante. Somos pequeños, no muy capaces, pero lo poco que tenemos, si somos capaces de empeñarnos, puede ser suficiente.

Y luego se debe aprender el arte de esperar.

Porque no sabemos el día ni la hora. Y ningún algoritmo puede predecirlo con suficiente aproximación. Admitir no saber es casi mortificante en la era del hipercontrol, pero visto desde una perspectiva diferente es liberador. Precisamente porque no sabemos, nos toca a nosotros dar sentido a la espera y prepararnos para gozar plenamente la belleza del encuentro y de la fiesta.

Sueño y muerte, vigilia y vida: la ecuación no es tan clara. Creemos que estamos despiertos, pero en realidad estamos muchas veces apagados. A veces somos como muertos vivientes. Incapaces de desear la vida, de dejarnos llevar por su fuerza, de poner de nuestra parte. Ya estamos muertos antes de morir, y cuando llegue nuestro momento, no podremos volver atrás.

Esperar es vida, escribía Víctor Hugo. “Velar”, por tanto, es más que una recomendación para no dormirse. Es una invitación a vivir, a mantener los ojos y el corazón abiertos, a dejarse sorprender, a saber leer las señales que se presentarán. Velar es una condición de la atención y también del cuidado: dedicarse porque uno está convencido de que vale la pena.

La fiesta de la vida

No es por miedo que tenemos que esperar al novio, sino para no perdernos la boda. Para saborear el excedente de agua que se convierte en vino exquisito, como en las bodas de Caná. El banquete nupcial es el símbolo de una convivencia gozosa y alegre; de una plenitud que se realiza y de la que solo se puede participar si realmente se desea. Todos estamos invitados.

Depende de nosotros aceptar la invitación y prepararnos para ella, viviendo a lo grande. Solo aquellos que realmente han vivido, con sus limitaciones y carencias, pueden formar parte de la fiesta. Que no es un premio en el más allá, sino el cumplimiento de lo que ya hemos aprendido a saborear. “A quien no haya encontrado el cielo aquí abajo, le faltará allá arriba”, escribe Emily Dickinson.

“Velad” después de todo, es un llamamiento a nuestra libertad. Si la invitación nos interesa, nos mantendremos despiertos y haremos de la noche un kairós hacia el encuentro que da sentido y belleza a nuestras vidas, una belleza que nunca podríamos lograr por nosotros mismos. Si nos quedamos dormidos, si nos dejamos aturdir o seducir por otras llamadas, solo podremos culparnos por no participar en la fiesta de la vida, que fue preparada especialmente para cada uno de nosotros.

Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

Mateo 25, 1-13

*Artículo original publicado en el número de junio de 2022 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

Un proyecto de paz global

Francisco reclama pasar de las “estrategias de poder” a un “proyecto de paz global”

El pontífice invita a los cristianos a testimoniar con la vida la fraternidad que Jesús propone en el evangelio

Aunque julio es tradicionalmente el mes de vacaciones del papa Francisco, en el que se suspenden las audiencias y se reduce la agenda pública; el pontífice no ha falta a su cita dominical para presidir la oración mariana del ángelus tras haber presidido la eucaristía con la comunidad congoleña de Roma. Los fieles no han faltado a este encuentro con el Papa desde la Plaza de San Pedro y han recibido como obsequio en esta ocasión la nueva revista mensual que el periódico ‘L’Osservatore Romano’ ofrecerá elaborada por las personas sin techo, suplemento que se ha denominado ‘Osservatore di strada’.los misioneros Pedro Ortiz de Zárate y Juan Antonio Solinas, los conocidos como mártires del Zenta. Asesinados en 1683 fueron una referencia por si labor misionera en el valle del Zenta, al noroeste del país. E Papa sestacó la defensa de las poblaciones indígenas desde el mensaje del evangelio e invitó a todos a mantener el compromiso por los más débiles.

Nuevamente, el Papa pidió por la paz en Ucrania y en el resto del mundo, en este sentido pidió a las autoridades que no mantengan la paz a través del control de armamento. “Hago un llamamiento a los jefes de las Naciones y Organizaciones Internacionales para que reaccionen ante la tendencia a acentuar el conflicto y la confrontación. El mundo necesita paz. No una paz basada en el equilibrio de las armas, en el miedo mutuo. No, eso no servirá. Esto es hacer retroceder la historia setenta años”, denunció. Para Francisco, “la crisis ucraniana debería haber sido, pero –si se quiere– todavía puede llegar a ser, un reto para los sabios estadistas, capaces de construir en el diálogo un mundo mejor para las nuevas generaciones. Con la ayuda de Dios, esto siempre es posible. Pero debemos pasar de las estrategias de poder político, económico y militar a un proyecto de paz global: no a un mundo dividido entre potencias en conflicto; sí a un mundo unido entre pueblos y civilizaciones que se respeten mutuamente”.

Discípulos en fraternidad

En su reflexión a partir de la liturgia del día, el envío de los 72 discípulos, Francisco destacó que Jesús “no envía gente solitaria delante de él, sino discípulos que van de dos en dos” e insiste en el “testimonio que han de dar más que a las palabras que han de decir”, los llama a “evangelizar con su comportamiento”. El Papa destacó que no son “predicadores que no saben ceder la palabra a otro”. “Es ante todo la vida misma de los discípulos la que anuncia el Evangelio: su saber estar juntos, su respeto mutuo, su no querer demostrar que son más capaces que el otro, su referencia concordante al único Maestro”, destacó.

Para Francisco, “se pueden elaborar planes pastorales perfectos, poner en marcha proyectos bien elaborados, organizarse hasta el más mínimo detalle; se pueden convocar multitudes y disponer de muchos medios; pero si no hay disponibilidad para la fraternidad, la misión evangélica no avanza”. En este sentido contó la anécdota de un misionero solitario en África que acabó funcionando como un “mero empresario” que hacía solo obras y papeleo y recuperó la vida comunitaria. “La misión evangelizadora no se basa en el activismo personal, es decir, en el ‘hacer’, sino en el testimonio del amor fraterno, incluso a través de las dificultades que conlleva la convivencia”, reclamó. En este sentido, el Papa concluyó su reflexión invitado a todos a evaluar su vivencia y testimonio de fraternidad lanzando algunas preguntas al aire.

Mensaje a la sociedad : «El neoliberalismo es pecado»

Mensaje final del 33° Encuentro del Grupo de Curas en Opción por las y los Pobres
Mensaje final del 33° Encuentro del Grupo de Curas en Opción por las y los Pobres

«El Grupo de Curas en Opción por los Pobres nos volvimos a encontrar después de dos años de pandemia en nuestra reunión anual. Curas de distintas edades, diócesis y regiones del país»

«La convicción que los pobres son los preferidos de Jesús nos sigue convocando. Sabemos que el empobrecimiento de nuestro pueblo es provocado por la injusticia»

«La razón de nuestra opción es Jesucristo y su Evangelio. Y, desde esta opción, tenemos claro que el neoliberalismo es pecado»

«Queremos ver proyectos en camino. Nos encontrarán allí donde sepamos descubrir políticas de vida. Vida que se traduce en Tierra, Techo y Trabajo para todos y todas»

«Vida que espera una profunda reforma del Poder Judicial; la libertad de Milagro Sala y de los presos y presas políticos; que la deuda la paguen los que fugaron capitales al exterior»

 | Curas en opción por los y las pobres (Argentina)

Mensaje final del 33° Encuentro del Grupo de Curas en Opción por las y los Pobres

25 al 28 de Abril de 2022, Villa Allende, Córdoba

El Grupo de Curas en Opción por los Pobres nos volvimos a encontrar después de dos años de pandemia en nuestra reunión anual. Curas de distintas edades, diócesis y regiones del país.

La convicción que los pobres son los preferidos de Jesús nos sigue convocando a pesar de la pandemia; de la deuda injusta e impagable contraída por el gobierno anterior y del acuerdo siempre desfavorable con el FMI del actual gobierno; de las diferentes guerras que nos invaden; y de respuestas políticas que nos parecen insuficientes. 

Sabemos que el empobrecimiento de nuestro pueblo es provocado por la injusticia: la inequidad en la distribución de los bienes, la avaricia de unos pocos y una situación internacional que concentra lo necesario para una vida digna, cada vez más en menos manos. En este empobrecimiento las mujeres, aunque omitidas e invisibilizadas, suelen ser la mayoría.

Las y los pobres no lo son por desidia, pereza o negligencia. Lo son porque hay políticas (o falta de ellas) que los provocan. Y la Iglesia de las y los pobres no puede quedar lejos de sus dolores y angustias.

El Dios Padre y Madre en el que creemos es el “padre del huérfano y el protector de la viuda”, como reza el salmista. El Dios que “derribó de su trono a los poderosos y elevó a los humildes”, como canta María de Nazaret. Es el Dios de Jesús que no teme decir que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino; y que toma partido por los que dan de comer al hambriento y de vestir al desnudo. Todo un mensaje claramente subversivo para el discurso dominante y la hegemonía omnipresente.

No estamos ni queremos estar junto a los pobres por razones políticas. La razón de nuestra opción es Jesucristo y su Evangelio.

Y, desde esta opción, tenemos claro que el neoliberalismo es pecado, aunque para muchos sea la esperanza (efímera esperanza que alientan muchos medios de comunicación). 

Tenemos claro también que, en la historia de nuestro pueblo, hubo momentos en los que la vida y la fiesta estuvieron más próximas al horizonte del cada día en la casa de los pobres

Como decía el mártir Enrique Angelelli y también decía Evita, «no podemos predicar la resignación». Queremos anunciar que otro mundo es posible, uno en el que haya justicia y no cortesanos, uno donde haya comunidades y no corporaciones, uno donde haya hermandad de todos y todas, y no patriarcas o padrinos mafiosos.

En vísperas del día de los trabajadores y trabajadoras, no podemos menos que tenerlos presentes. Incluyendo a los que sobreviven en trabajos informales y a quienes buscan, pero no consiguen un trabajo digno. Tenemos claro que gobernar es dar trabajo y salarios justos. No se trata de discursos o de diagnósticos, que estamos saturados de escuchar. 

Queremos ver proyectos en camino, sabiendo que mejor que decir es hacer. Y queremos repetir, una vez más, que nos encontrarán allí donde sepamos descubrir políticas de vida, militancias de esperanza y esperanzas de fiesta para la vida del pueblo.

Vida que se traduce en Tierra, Techo y Trabajo para todos y todas. Realidades que suponen la unidad del campo popular y decisiones políticas que busquen resolver las causas estructurales de la pobreza.

Vida que se construye desde el pueblo y con el pueblo, generando lazos de solidaridad y caminos de mayor justicia.

Vida que espera una profunda reforma del Poder Judicial; la libertad de Milagro Sala y de los presos y presas políticos; que la deuda la paguen los que fugaron capitales al exterior; que nuestro país vuelva a tener control de sus exportaciones y reconquiste la soberanía sobre la navegabilidad del río Paraná; que la recuperación del Lago Escondido sea un ejemplo testigo de la recuperación de nuestras tierras, hoy en manos extranjeras.

En la cercanía de un nuevo aniversario del martirio de Carlos Mugica (11 de mayo) queremos, junto a nuestras comunidades, hacer nuestro su compromiso de vivir un amor apasionado por Cristo, viviendo un amor apasionado por su pueblo.  

Grupo de Curas en Opción por los Pobres