EEUU, avanzando hacia el fascismo, corre al precipicio

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El politólogo Noam Chomsky alerta que Estados Unidos avanza hacia el fascismo en medio de un colapso social masivo y una lucha de clases.

“Cuando Estados Unidos corre hacia el precipicio, tiene un impacto en los demás. Otras cosas que están sucediendo son bastante malas, pero, con Estados Unidos a la cabeza y marchando hacia la destrucción, el futuro es muy oscuro. Y es nuestra responsabilidad aquí controlarlo, terminarlo, hacer que el país vuelva a la cordura, que haya cordura en estos temas, antes de que sea demasiado tarde”, explicó el politólogo y lingüista estadounidense, en una entrevista con Democracy Now.

Chomsky también afirmó que el Partido Republicano con Donald Trump “dueño del partido” y sus secuaces está “haciendo marchar” al mundo hacia la destrucción al ignorar la emergencia climática. De hecho, durante el mandato de Trump, EE.UU. se retiró del Acuerdo de París, maximizó el uso de combustibles fósiles, desmanteló los sistemas que de alguna manera mitigaron sus efectos.

Señaló también que el neoliberalismo se traduce en una amarga guerra de clases al contrario de lo que significa en el diccionario. Al respecto, aludió a una investigación realizada por Corporación RAND, la cual revela que, en los últimos 40 años, se observa una transferencia de riqueza de 50 billones de dólares de la clase trabajadora y la clase media a los ricos, lo que a juicio del experto es un “robo” y no una transferencia de riqueza.

“Una gran parte, probablemente la mayoría, de la población en este momento básicamente sobrevive de cheque en cheque, muy poco en reserva. Si tienen un problema de salud o algo más, están en serios problemas, especialmente por la falta de apoyo social en el país”, resaltó.

El académico estadounidense además dijo que, como resultado de la estrategia republicana, es “muy posible” que Donald Trump vuelva a ser presidente de Estados Unidos, o alguien como él, y “luego simplemente correremos hacia el precipicio”, vaticinó.

“La estrategia republicana ha tenido éxito, haga todo el daño que pueda al país, culpe a los demócratas, desarrolle todo tipo de cuentos fantásticos sobre las cosas horribles que los comunistas, los demócratas, le están haciendo a su país, los niños, a la sociedad, en un país sometido al colapso social, a la atomización, a la falta de capacidad organizada para responder en ideas y acciones que puedan tener éxito”, subrayó.

En otro momento, refiriéndose a algunos analistas “muy astutos y conocedores”, dijo que, en realidad, “estamos avanzando hacia el fascismo real”. Por su parte, lo llamó una especie de “proto-fascismo”, donde muchos de los síntomas del fascismo son bastante evidentes: recurrir a la violencia, la creencia de que la violencia es necesaria.

Vayamos preparándonos…

Por Jaime Richart 

Con un sentido de la realidad no contaminado por factores ajenos a dicho sentido, como la ilusión, el miedo, el deseo o el ansia debemos prepararnos para un gobierno franquista con mayoría absoluta en las próximas elecciones generales. Convendrá ir tomando posiciones…

La inteligencia no está, ni estará más adelante, en tratar por todos los medios de evitarlo por vías regulares o clásicas de tiempos electorales, como la propaganda y las campañas. Ya está escrito. En árabe, maktub. Y no habrá ningún modo de evitarlo, porque ya, desde ese periodo que llamaron “transición modélica” de los años 1978, empezaron a prepararse los “candidatos” en aquella y sucesivas fases sin tener entonces la precisa idea de quienes serían los protagonistas.

Lo importante entonces era propulsar la ideología franquista de manera progresiva y madurándola poco a poco. Mientras tanto las facciones del franquismo moderado representado por los “conservadores” de la derecha, que necesitaban por supuesto a Europa, a la CE y sus ayudas (aunque las directivas de ésta se las hayan pasado sistemáticamente por el forro) hacían su agosto, expoliando al gusto las arcas públicas a lo largo de los veinte o treinta años siguientes.

Clave de este proceso, que ya desde el día siguiente era de fácil vaticinio, eran los siguientes datos: 1 mismo ejército, 2 mismos cuerpos policiales, 3 mismo cuerpo judicial. Ninguno de los tres estamentos, y principalmente este último, pasaron por una especie dePCR ideológica que acreditase su mentalidad democrática. Todos eran hijos, nietos o familiares de jueces, y así ha seguido hasta ayer. Los pocos que entraron sin esos antecedentes y han tratado de desmarcarse en sus sentencias del espíritu autoritario y autoritarista tomándose en serio la Constitución y en general el espíritu de la ley, tarde o temprano han sido expulsados, apartados o relegados de la judicatura.

Pues el cuerpo judicial, clave de todo sistema sociopolítico, no fue depurado. Ni tampoco pasó por un proceso intensivo de democratización que invitase a abandonar ese espíritu franquista de la una, grande y libre que durante 40 años había calado a la fuerza hasta los huesos, en todos aquellos que ostentaban alguna clase de poder. Y nadie más que los jueces lo tenían, y lo tienen en España, pues sin prácticamente, tanto entonces como ahora, vitalicios.

Por otra parte, el periodismo no ha contribuido en absoluto a la democratización. Se ha limitado a vigilar que se mantuviese a ultranza el bipartidismo arremetiendo contra todo conato de radicalismo de izquierdas que lo socavase. En estas condiciones ¿cómo podía esperarse algo distinto de lo que ha venido sucediendo y sucederá? Por eso hablaba al principio acerca de la facilidad del vaticinio, vista la estrategia o la trama, tras la muerte del dictador desde el principio hasta hoy.

Esta visión o percepción del sombrío panorama general lo mantuve desde la mañana en que se aprobó la Constitución hasta la irrupción de un nuevo partido político dispuesto a corregir o a desviar por el camino correcto a quienes se habían manifestado como progresistas a ultranza, pero apenas materializaron en treinta años otra progresía que la de la inercia de los tiempos y la adhesión de España a la Comunidad Económica Europea. Pero en cuanto reparé en la suerte que le esperaba a ese partido emergente y auténticamente socializante; en cuanto presencié la reacción del periodismo dominante, regresé a los cuarteles de invierno y del más patético desencanto que se pueda imaginar…

Todo ello explica en buena medida lo que ha ido sucediendo año tras año. La derecha, y luego cuando ya se ha incorporado sin tapujos la ultraderecha, no han hecho otra cosa desde 1978 que recurrir a los tribunales toda ley, todo decreto, toda norma, desde el día siguiente cuando la izquierda nominal se alternaba con ella. Pues tenía la certeza de que, por el mismo conservadurismo franquista que compartían con los demandantes o recurrentes, les iban a salir bien sus demandas y recursos. Sobre todo en los asuntos cruciales. Como crucial fue y sigue siendo el procès catalán, o la benevolencia de la justicia con los ladrones o los prevaricadores de la derecha.

Ahora la derecha sigue al parecer por delante de la ultraderecha. Pero incluso en Europa los vientos soplan a favor de ésta. Sus correligionarios no tienen prisa. Y de acuerdo con la paciencia técnica, ésa que supuso esperar el momento oportuno a hacerse “necesarios” por su determinación militarista, en menos de dos años los vamos a tener en la Moncloa en sus dos versiones del franquismo, el de los franquistas moderados y el de los franquistas emparentados con el fascismo y el nazismo

El fascismo y la política de odio

Pasos para derrotar el fascismo y la política de odio

Leonardo Boff

Boff

Este artículo está dedicado a los que luchan por la democracia herida y para recuperar la nación devastada.
Fuerzas políticas, enemigas de la vida, se aliaron al Coronavirus y están favoreciendo la muerte de más de 600 mil vidas. Su objetivo consiste en conducirnos a los tiempos pre-modernos, desmantelando nuestra cultura y nuestra ciencia, suprimiendo derechos laborales y de seguridad social, difundiendo mentiras, odio cobarde a los pobres, a los indígenas, a los quilombolas, a los afrodescendientes, a los homoafectivos y a los LGBTI.

Ideológicamente tales fuerzas son ultraconservadoras con tintes nítidamente fascistas. Han ascendido al más alto poder de la república. El representante principal de estas fuerzas quiere, por todos los medios, incluso desafiando la ley, reelegirse. Como parlamentario magnificó torturadores y defendió dictaduras. Como jefe de estado fue permisivo con las grandes quemas de la selva amazónica, con los madereros y con la penetración de las empresas mineras y del garimpo (minería informal), inclusive en tierras indígenas. Cometió crímenes contra la humanidad por su negacionismo en relación con las inmunizaciones contra la Covid-19 y se mostró insensible y sin ninguna empatía ante el sufrimiento de los miles de familias enlutadas y los millones de desempleados y hambrientos.

Lamentablemente tenemos que constatar la fragilidad, hasta la omisión, de nuestras instituciones oficiales o jurídicas y la baja intensidad de nuestra democracia. Poco o nada se ha hecho para alejar a esta figura siniestra, autoritaria y fascistoide. No les está permitido presenciar impasibles el desgarro poblacional, cultural, político y espiritual de nuestro país.

Frente a esta tragedia histórica, necesitamos frenar por la vía electoral esta pulsión de muerte, presente en el poder ejecutivo y en sus auxiliares. Se impone infligir una derrota electoral aplastante a quien se ha mostrado insano, indigno, malévolo e incapaz de gobernar al pueblo brasilero. Él merece ser barrido legalmente de la escena política y pagar por sus crímenes, para que por fin podamos vivir con un mínimo de desarrollo justo y sostenible, con paz social, con franca alegría y con felicidad colectiva.

Para concretar esta diligencia política y ética, dentro de los límites de la Constitución del orden democrático de derecho, es importante a mi modo de ver recorrer los siguientes pasos:

Primero, garantizar, si es posible ya en la primera vuelta, la victoria para presidente de alguien con carisma, con la confianza de las grandes mayorías y con capacidad de sacarnos del pozo oscuro al cual hemos sido lanzados. Él ya mostró anteriormente que es capaz de realizar esta redención. No es necesario revelar su nombre pues ya despuntó en los sondeos electorales.

Segundo, no basta elegir un presidente con tales características. Es fundamental garantizarle un grupo parlamentario numeroso para que el presidencialismo de coalición no comprometa los ideales y propósitos presentes en los orígenes y recuperables, como la opción por políticas sociales que atiendan a las grandes mayorías empobrecidas y oprimidas, con transparencia, con la ética de la solidaridad a partir de los más vulnerables y con soberanía activa y altiva. Igualmente es importante garantizar la elección de gobernadores y, a su tiempo, de alcaldes y concejales que en las regiones y en la base apoyen al gobierno central con sentido de justicia social y de cuidado de la vida del pueblo y de la naturaleza.

Tercero, – el más importante – reforzar y, donde sea preciso, retomar el trabajo de base organizando comités populares de todo tipo para que participen y se articulen con las organizaciones ya existentes como la de salud, de educación, de igualdad de género y otras, creando conciencia ciudadana. No basta garantizar la inserción en el sistema vigente, perverso y antipopular, sino crear conciencia de cambio, que apunte hacia otro tipo de sociedad con democracia participativa, ecológica y social.

Este trabajo de base es imperativo si queremos crear las condiciones para una transformación que viene de abajo y crear movimientos progresistas y libertarios que traducen los sueños en prácticas viables y cotidianas. Es a ras del suelo donde empieza a ensayarse lo nuevo y se alimenta la energía necesaria para continuar la refundación de un nuevo Brasil, contra la prolongación de la dependencia histórica, contra la baja autoestima, presente en las élites del atraso, y contra el oligopolio de los medios de comunicación, brazo ideológico de la clase dominante, heredera de la Casa Grande.

Estamos convencidos de que este sufrido caos destructivo va a pasar y será transformado en un caos generativo prometedor de un nuevo orden, más alto, más justo, fraterno y cuidador de toda la vida, en fin, de un Brasil en el cual tendremos alegría de vivir y convivir, donde será más fácil la amorosidad y la jovialidad que caracterizan lo mejor de nosotros mismos.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor y ha escrito: Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia, Vozes 2018.

¿Cómo deconstruir el discurso y las prácticas de odio?

Juan José Tamayo

Durante la campaña electoral de la Comunidad de Madrid se ha normalizado el discurso de odio, que se ha traducido en prácticas violentas hasta llegar a las amenazas de muerte. ¿Cómo responder a dichos discursos y tamañas prácticas de odio, que con frecuencia desembocan en violencia? ¿Tendremos que resignarnos y aceptar su normalización como un fenómeno instalado en la vida política y religiosa con el que tenemos que acostumbranos a convivir algo? En absoluto. No podemos cruzarnos de brazos y convertirlo en costumbre.

Es necesario responder. Ofrezco a continuación las siguientes propuestas por si fueren útiles para dicha respuesta:
1. No se pueden legitimar los discursos y las prácticas de odio con el silencio. No podemos callar ante los odiadores, ni dejarnos amedrentar por ellos, ni tener miedo a las represalias. Hay que eliminar toda aquiescencia y connivencia con el odio, ya que cualquier signo de aquiescencia constituye un refuerzo del mismo. Es necesario responder con el rechazo explícito. La defensa de la igual dignidad de todos los seres debe ser defendida sin miedo como imperativo categórico que no admite silencio, cobardía, excusa o excepción.

2. No se debe considerar el odio como algo natural e inevitable, porque no lo es. Se trata de algo que se incuba, se programa, se cultiva, se fomenta a través de los múltiples mecanismos que tienen quienes lo practican y los que los apoyan.

3. No se puede normalizar el odio, por muy dramáticas que sean las situaciones que pretendan justificarlo. No se debe permitir que el odio se torne costumbre y se instale en el imaginario social.

4., Hay que eliminar las causas que puedan provocarlo. ¿Cómo? A través de iniciativas sociales, de proyectos públicos, de transformaciones sociales, políticas, económicas, culturales, educativas, etc. capaces de quitar toda base social al odio y a las personas odiadoras.

5. No responder al odio con más odio, porque, como en el caso de la respuesta violenta a las prácticas de violencia, genera una espiral imparable de violencia, la reacción discursiva y práctica de odio a los discursos y prácticas de odio, generará una espiral imparable del odio.

6. Analizar el contexto en que se produce el odio y las causas que lo provocan para ir al fondo de dichas actitudes y prácticas, y no quedarnos en la superficie.

7. Hacer un elogio comprometido de lo diferente y lo “impuro”, y reconocer a los otros y las otras no como alteridades negadas, sino como como iguales y diferentes.

8. Observar el odio antes de su estallido para prevenir sus mortíferas consecuencias. Lo que requiere análisis rigurosos de las situaciones y contextos en los que se produce.

9. Tener el valor de enfrentarnos a él como condición necesaria para defender la democracia, ya que el odio políticamente organizado constituye una de las mayores amenazas contra la democracia.

10. Adoptar una visión abierta de la sociedad, respetuosa del pluralismo a todos los niveles: político, religioso, social, cultural, étnico, etcétera.

11. Ejercer la capacidad de ironía y de duda, de la que carecen los generadores de odio, enfundados como están en certezas absolutas, identidades singularistas y seguridades ególatras, gestos airados y actitudes violentas. Frente al discurso del odio tendríamos que seguir la propuesta de Frida Kahlo:
“Reír me hizo invencible.
No como los que siempre ganan,
Sino como los que nunca se rinden”.

12. Construir comunidades no discriminatorias, sino integradoras donde quepamos todas y todos, también la naturaleza, practicando la eco-fraternidad-sororidad, la ciudadanía-mundo y la cui-dadanía (de cuidados), que nos obliga a todas y todos por igual.

13. Respetar y reconocer la dignidad y los derechos de la naturaleza, de la que formamos y somos parte, frente a la depredación de la que es objeto por parte del modelo de desarrollo científico-técnico de la modernidad.

14. No es suficiente con responder a los discursos y prácticas de odio con lenguaje y eslóganes simplistas como son los de quienes practican el odio. Es necesario contra-argumentar todo intento de legitimar y de normalizar el discurso y las prácticas de odio con prácticas y argumentos basados en la igual dignidad de todos los seres humanos.

15. Hemos de asumir el compromiso de luchar contra las formas cotidianas que conducen al desprecio, a la denigración, al rechazo, al odio, a la discriminación de las personas consideradas diferentes.

16. Es necesario activar y apoyar políticas que contribuyan a genera amor, cooperación, solidaridad, projimidad, amistad, cercanía, compasión, cuidado de las otras, de los otros, y desterrar políticas que fomenten odio, rechazo, enfrentamientos, etc.

17. No podemos eximirnos de responsabilidad alegando que el odio racial y xenofóbico es algo innato, natural, genético contra lo que no se puede hacer nada. Se trata de una construcción humana y lo mismo que lo hemos construido podemos y debemos deconstruirlo.

18. Hay que ayudar a las personas odiadoras a salir de tal estado y evitar que se convierta en crónico, ya que sería destructivo para las personas que odian y para las personas y colectivos a quienes se dirige el odio. No debemos considerar a los odiadores como personas irredentas e irrecuperables. No podemos dejarlos solos enfangados en su odio. ¿Cómo podemos ayudarlos? Haciéndoles ver lo infundado de los motivos por los que odian.

19. El odio no siempre está fuera de nosotros y nosotras. También nosotros podemos ser generadores y transmisores de odio. Por eso tenemos que realizar un acto de introspección, es decir, mirar a nuestro interior y revisar nuestras emociones, nuestras inclinaciones a la ira, al asco, al odio y a las microfobias anidadas en nuestros rincones mentales y sentimentales

20. Tenemos que huir de la uniformidad, de la imposición de las propias ideas y conductas y respetar el pluriverso, que requiere activar la cooperación, el respeto a las personas diferentes, las plurales identidades afectivo-sexuales, más allá de la heteronormatividad y la binariedad sexual, la diversidad religiosa, étnica, cultual, ideológica, afectivo-sexual y ética como riqueza de lo humano, la diferencia como derecho y el derecho a la diferencia. Es el mejor antídoto para desactivar los discursos y las prácticas de odio y fomentar la convivencia eco-fraterno-sororal.

21. Los sectores cristianos progresistas y comprometidos en la liberación no pueden recluirse en la esfera religiosa, ni limitarse a trabajar por la reforma de la estructura jerárquico-patriarcal de las instituciones eclesiásticas. Esa tarea es necesaria y urgente, pero también lo es y de manera más imperiosa, si cabe, intervenir en el debate cultural, político, social, económico público y romper la hegemonía que en este momento tienen los sectores religiosos integristas y fundamentalistas que dicen defender los valores cristianos cuando, en realidad, se encuentran en las antípodas de los valores originarios del cristianismo liberador.

22. Nuestra participación en el espacio público debe caracterizarse por la defensa de los valores morales igualitarios, ecológicos, fraterno-sororales, decoloniales, la práctica de la compasión con las personas que sufren en su propia carne la injusticia estructural y la violencia de género, y la lucha contra las desigualdades de todo tipo en el horizonte de la Utopía de Otro Mundo Posible.

23. En el debate cultural es necesario mostrar que las religiones no siempre son el opio y la alienación del pueblo, sino que pueden ser -y de hecho lo están siendo en los diferentes movimientos religiosos de base ubicados en el mundo de la marginación al servicio de la liberación de los sectores más vulnerables- fuente e impulso de liberación, Hay que mostrar que las religiones no tienen por qué ser generadoras de odio y de prácticas violentas, sino que proponen mensajes y prácticas de amor solidario , que debe traducirse políticamente en el compromiso por la construcción de una sociedad más justa, solidaria, intercultural, interétnica, interreligiosa, fraterno-sororal, inclusiva y eco-humana.

(Estas propuestas son una reelaboración y actualización de las desarrolladas en mi libro La Internacional del odio. ¿Cómo se construye? ¿Cómo se deconstruye? (Editorial Icaria, Barcelona, 2021, 2ª edición).

Vuelve el fascismo

[Por: Juan José Tamayo]
El científico social portugués Boaventura de Sousa Santos es el intelectual que más tempranamente y con mayor rigor ha desvelado la forma moderna del fascismo y quien en sus análisis políticos concede especial importancia a la proliferación y el fortalecimiento del fascismo social con fachada democrática como agravante de la crisis actual (Boaventura de Sousa Santos, La difícil democracia. Una mirada desde la periferia europea, Akal, Madrid, 2017). Boaventura distingue dos tipos de fascismo: el social y el político.

El fascismo social tiene lugar en las relaciones sociales cuando la parte más fuerte detenta un poder tan superior al de la parte inferior que le permite disponer de un derecho no oficial de veto y de control sobre sus deseos, necesidades y aspiraciones de una vida digna. Se trata de un derecho ejercido despóticamente sobre los seres pueblos y los pueblos y sobre la naturaleza, que es lo más contrario a un derecho fundado en la dignidad humana y de la tierra.
Boaventura ofrece tres ejemplos significativos de fascismo social: la violencia contra las mujeres ejercida por el patriarcado; el trabajo realizado en condiciones laborales reales de esclavitud y los jóvenes afrobrasileños de las periferias de las grandes ciudades. Yo añado una cuarta manifestación del fascismo social: el sistema prostitucional que convierte a las mujeres en esclavas de los proxenetas y traficantes de personas y de la masculinidad hegemónica que convierte a las mujeres en objetos sexuales de uso, abuso y llega al feminicidio como la máxima expresión del odio a la vida de las mujeres. “Vivimos –asevera- en sociedades que son políticamente democráticas y socialmente fascistas” (Santos, 2017, 320). La afirmación no puede ser más certera.
“Cuanto más se restrinjan los derechos sociales y económicos , y cuanto menos eficaz sea la acción judicial contra las violaciones de los derechos, mayor es el campo del fascismo social” y mayor es “el fortalecimiento de las pulsiones fascistas” (ibid.)

El fascismo político se traduce en un modelo de régimen político dictatorial caracterizado por el nacionalismo excluyente, el racismo, la xenofobia, la aporofobia, el patriarcado y la modelo de desarrollo científico técnico depredador e la naturaleza. Las clases dominantes prefieren a veces dicho régimen cuando ven amenazados sus interés de manera significativa por el modelo democrático. Seguir leyendo

El talante fascista de Europa

El talante fascista de Europa.

El pasado 16 de diciembre la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución “Lucha contra la glorificación del nazismo, el neo nazismo y otras prácticas que contribuyen a alimentar formas contemporáneas de racismo, discriminación racial, xenofobia y formas conexas de intolerancia”. La votación que debió haberse aprobado por unanimidad contó con el voto favorable de 130 países mientras que solo Estados Unidos y Ucrania lo hicieron en contra a la vez que 51 países, de ellos 40 de Europa, se abstuvieron.

La pregunta que emerge es porque Europa, la región donde surgió y tuvo su epicentro el conflicto desatado por el nazismo que produjo entre 50 y 60 millones de muertos (la gran mayoría europeos) y una cantidad similar de desplazados, mantiene una actitud dubitativa y complaciente respecto de un asunto que sigue rememorando los peores horrores de la historia de la humanidad.

Se podría pensar que los gobiernos europeos siempre temerosos de la furia de Estados Unidos, no lo acompañaron en el rechazo a la resolución, pero por un mero cálculo político, tampoco se quieren ver al lado de Rusia, ni siquiera en un tema que es aborrecido por la aplastante mayoría de los pueblos del planeta.

Hurgando en las profundidades y tratando de encontrar explicaciones, descubrí que lo que ocurre en realidad es que la Unión Europea (UE) y Europa en general es un continente secuestrado por la ultra derecha en el que la correlación de fuerzas interna obliga a hacer concesiones al fascismo y aceptar sus veleidades. Así, hasta los mal llamados partidos socialistas han aceptado –sin resistencia- y de alguna manera con satisfacción, ponerse bajo el influjo derechista que marca la pauta de este conglomerado.

En un interesante artículo publicado por el analista Eliseo Oliveras especialista en temas europeos de El Periódico de Barcelona, publicado ese mismo 16 de diciembre refiere que el funcionamiento de la UE se encuentra maniatado por dos países gobernados por la extrema derecha: Polonia y Hungría. Oliveras opina que las medidas tomadas por el conglomerado han llegado tarde, haciéndose de la vista gorda ante el irrespeto “de los principios democráticos por parte de los gobiernos de Hungría y Polonia” retasando “hasta más allá de 2022 la aplicación del nuevo reglamento que condiciona la recepción de las ayudas europeas al respeto del Estado de derecho”. Dicho de otra manera, el respeto al Estado de derecho puede esperar cuando lo más importante es salvaguardar los intereses económicos.

El analista español recuerda que “Hungría y Polonia ya tienen abierto un expediente por violación grave de los principios democráticos […] Pero está paralizado en el Consejo de la UE desde hace más de dos años por falta de voluntad política de los demás gobiernos”.

Oliveras cita al historiador Timothy Garton Ash quien alertó sobre el grave peligro que entraña para la UE aceptar en su interior regímenes antidemocráticos. Al referirse a Hungría, los prestigiosos profesores de derecho Petra Bard y Laurent Pech la catalogan como una “dictadura suave”. Tanto en Hungría como en Polonia se ha limitado la libertad de prensa y se han modificado las leyes electorales a favor de los gobiernos de turno. Así mismo, controlan las asociaciones de profesores, culturales y académicas entre otras

Se ha llegado a un punto tal que la Comisión Europea se vio obligada el pasado 3 de diciembre – de manera tardía- a acordar un ¡plan en defensa de la democracia!!!!!, por la irrigación creciente de la ultra derecha al interior de Europa.

La situación es similar a la ocurrida previamente a la segunda guerra mundial cuando Europa y Estados Unidos dejaron que el nazismo se extendiera hacia el este en la esperanza que destruyera a la Unión Soviética. Después, no lo pudieron controlar. En aquella ocasión la reacción también llegó demasiado tarde.

Los europeos deberían aprender de la historia en vez de mirar hacia otro lado cuando el virus del fascismo los está carcomiendo. Estos elementos permiten entender la mediocridad sustentada en la vacilación y el temor como método permanente de acción política de Josep Borrell.

Elecciones Norteamericanas: ¿Golpe Electoral en Medio de la Crisis?


William I. Robinson
Ha quedado evidente en las últimas semanas que el régimen de Trump, sus partidarios de la extrema derecha, los supremacistas blancos, e importantes sectores del Partido Republicano están tramando un golpe electoral. Si estas fuerzas fascistas logran alcanzar sus propósitos dependerá de cómo se desenvuelven los acontecimientos a raíz de la votación del próximo 3 de noviembre y de la capacidad de la izquierda y las fuerzas progresistas de movilizarse en defensa de la democracia y de avanzar una agenda de justicia social como contrapeso al proyecto fascista.

La lucha contra la amenaza fascista en Estados Unidos debe apoyarse en un análisis de la naturaleza de dicha amenaza y en particular, de la relación entre esta amenaza y la crisis capitalista. He estado escribiendo desde 2008 sobre el surgimiento de los proyectos del fascismo del siglo XXI. Este proyecto se avecina en Estados Unidos desde principios del presente siglo. Entró en una etapa cualitativamente nueva con el ascenso del Trumpismo en 2016 y aparece estar ahora en la vía rápida frente al proceso electoral.

En el cuadro más amplio, el fascismo, ya sea su variante del siglo XX o del siglo XXI, es una respuesta particular ultra-derechista a la crisis capitalista, tal como la crisis de los 1930 o aquella que comenzó con la imposición financiera de 2008, agravada ahora por la pandemia. Esta respuesta ultra-derechista a la crisis va desde el Trumpismo en Estados Unidos y el BREXIT en el Reino Unido, y la cada vez mayor influencia de los partidos neofascistas en toda Europa, hasta países como Israel, Turquía, las Filipinas, Brasil, y la India.

El Trumpismo y el fascismo

Los indicios de la amenaza fascista en Estados Unidos están en plena vista. Los movimientos fascistas se proliferaron rápidamente desde el viraje del siglo en la sociedad civil y también el sistema político mediante el ala derechista del Parido Republicano. Trump demostró ser la figura carismática capaz de galvanizar y envalentonar las diferentes fuerzas neofascistas, entre ellas, los supremacistas blancos, los nacionalistas blancos, los neo-Nazi y Ku Klux Klan, los Guardianes del Juramento, el Movimiento de Patriotas, los fundamentalistas cristianos, y los grupos anti-inmigrantes. Desde 2016, se han formado muchos más grupos, incluyendo los “Proud Boys” (“Muchachos Orgullosos”), Q’Anon, los Boogaloo (cuyo declarado objetivo es incitar una guerra civil), y los “Vigilantes del Lobezno”. Todos estos grupos están fuertemente armados y están movilizando para provocar enfrentamientos en coordinación con elementos del ala extrema-derecha del Partido Republicano. De hecho, esta ala extrema-derecha hace tiempo captó al partido y lo convirtió en una fuerza de reacción total.

Estos grupos fascistas han sido alentados por la fanfarronería imperial de Trump, por su retórica populista y nacionalista, y por su discurso abiertamente racista, dirigido a azuzar la histeria anti-inmigrante, anti-musulmán, anti-negro, y xenofóbica. Entraron desde 2016 en un acelerado proceso de polinización cruzada. Con la elección de Trump, lograron tener una presencia en la misma Casa Blanca y en varios gobiernos estatales y locales alrededor del país. Los diferentes grupos blanden con cada vez mayor impunidad sus unidades paramilitares. El Buro Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglos en inglés) y el Departamento de Seguridad Interna han identificado a las milicias racistas, fascistas, y de extrema-derecha como la principal amenaza terrorista al interior del país. Estas mismas agencias del gobierno federal también afirmaron que estos elementos armados operan al interior de agencias policiacas y unidades de las fuerzas armadas. Un informe emitido en 2006 por una de las agencias de la inteligencia norteamericana advirtió sobre “la infiltración por grupos organizados de supremacía blanca a los organismos policiales, y recíprocamente, la infiltración por parte de agentes policiales y de seguridad a estas mismas organizaciones debido a sus simpatías con la causa de la supremacía blanca”.

La insurgencia fascista llegó a un punto auge a raíz de las protestas masivas desatadas por el asesinato por la policía en mayo pasado de George Floyd. Entre los incidentes recientes, demasiado numerosos para enumerar aquí, figura esta muestra:

las milicias fascistas han aparecido a menudo a las protestas anti-racistas para amenazar a los manifestantes, y en algunas instancias han llevado a cabo asesinatos;
Trump ha rehusado condenar la insurgencia armada ultra-derechista;
al contrario, Trump defendió a un joven integrante de estas milicias que el pasado 25 de agosto mató a tiros a dos manifestantes desarmados en Kenosha, Wisconsin;
el pasado 3 de setiembre, agentes del gobierno federal llevaron a cabo una ejecución extrajudicial de Michael Reinoehl, quien días anteriores confesó que mató a tiros a un miembro del grupo de supremacía blanca, el “Patriot Prayer” (“Plegaria Patriota”), aparentemente en defensa propia durante un enfrentamiento entre partidarios armados de Trump y manifestantes anti-racistas en Portland, Oregón. “Tenemos que llevar a cabo la retribución,” declaró Trump en una entrevista escalofriante, en la cual tomó el crédito por la ejecución;
especialmente ominoso, el FBI disolvió un complot de un grupo de milicianos de una organización terrorista, autodenominado Vigilantes del Lobezno, para asaltar el edificio del capitolio en el estado de Michigan y secuestrar y posiblemente asesinar el gobernador del estado y otros funcionarios del gobierno estatal. La casa blanca rehusó condenar la conspiración.

Si bien hay importantes diferencias entre Alemania e los años 1920 y 1930 y Estados Unidos ahora, vale la pena recordar el tristemente celebre “golpe de la cervecería” en 1923 en Bavaria, Alemania, incidente que marcó un viraje en el ascenso al poder de los Nazi. En aquel incidente, al igual que en Michigan, Hitler y un grupo fuertemente armado de sus seguidores intentaron llevar a cabo un golpe contra el gobierno local. Funcionarios leales al gobierno de Bavaria suprimieron el golpe y encarcelaron a Hitler, pero la insurgencia fascista experimentó a raíz del intento de golpe una importante expansión de su notoriedad e influencia.

Las perspectivas de un golpe fascista ahora dependen de lo que sucede en las elecciones de noviembre. El Estado de Derecho está en entredicho. Trump ha declarado, sin ofrecer prueba alguna, de que habrá fraude electoral. Ha rehusado comprometerse con una transición pacífica del poder si pierde el voto a su contrincante Joe Biden, y en efecto ha llamado a sus seguidores a prepararse para una insurrección.

Trump es un miembro de la clase capitalista transnacional, un abierto racista que ni siquiera intenta disfrazar su tendencia fascista. Aprovechó las protestas por el asesinato de George Floyd para profundizar el proyecto fascista, incitando desde la Casa Blanca a la movilización fascista en la sociedad civil norteamericana, manipulando el miedo y la reacción racista con un discurso de “ley y orden” y amenazando con extender el estado policiaco. Millones de personas, sobre todo de los grupos racialmente oprimidos, han sido privados ya de su derecho al voto. El hijo mayor de Trump, Donald Trump hijo, hizo un llamado en setiembre pasado para que “cada cuerpo capaz” se integre a “un ejército para llevar a cabo operaciones de seguridad” a favor de la campaña electoral de su padre.

Morfología del proyecto fascista

La crisis actual del capitalismo global es tanto estructural como política. Políticamente, los Estados capitalistas enfrentan crises en espiral de legitimidad como consecuencia de décadas de penurias y deterioro social causado por el neoliberalismo y ahora agravado por la incapacidad de dichos Estados de gestionar la emergencia sanitaria y el colapso económico. El nivel de polarización social global y de desigualdad es sin precedente. El uno por ciento más rico de la humanidad controla más del 50 por ciento de la riqueza del mundo mientras el 80 por ciento más pobre tiene que conformarse con apenas el 5 por ciento de esta riqueza. Esta desigualdad extrema solo puede sostenerse por niveles extremos de violencia estatal y privada, situación propicia para los proyectos políticos fascistas.

Estructuralmente, la economía global está sumida en una crisis de la sobre-acumulación, o estancamiento crónico, empeorada ahora por la pandemia. En tanto se disparan las desigualdades, el sistema produce cada vez más riqueza que la masa de pueblo trabajador no puede consumir. Como resultado, el mercado global no puede absorber la producción de la economía global. La clase capitalista transnacional no encuentra salidas para descargar los billones de dólares que ha acumulado. En años recientes, ha realizado niveles alucinantes de especulación financiera, el pillaje de presupuestos públicos, y la acumulación militarizada y acumulación por represión. Estos últimos se refieren a como la acumulación de capital depende cada vez más de la amplificación de los sistemas transnacionales del control social, la represión, y la guerra, de manera que el estado policiaco global se extiende alrededor del mundo para defender la economía global de guerra y suprimir las rebeliones de los de abajo.

El fascismo persigue rescatar al capitalismo de su crisis orgánica, reanudar violentamente la acumulación de capital, establecer nuevas formas de legitimidad del Estado, y reprimir sin trabas democráticas las rebeliones desde abajo. El proyecto conlleva una fusión del poder estatal reaccionario y represivo con una movilización fascista en la sociedad civil. Al igual que su predecesor del siglo XX, el fascismo del siglo XXI se trata de una mezcla tóxica del nacionalismo reaccionario y del racismo. En su repertorio discursivo e ideológico, el proyecto acarrea el nacionalismo extremo y la promesa de la “regeneración nacional”, la xenofobia, las doctrinas de la supremacía racial/cultural al lado de la movilización racista, la masculinidad marcial, el milenarismo, la militarización de la vida cívica y política, y la normalización – hasta la glorificación – de la guerra, la violencia social, y la dominación.

Al igual que su contraparte del siglo XX, el proyecto gira en torno al mecanismo psicosocial de sublimación del temor y ansiedad de masa en momentos de aguda crisis capitalista hacia las comunidades convertidas en chivos expiatorios, ya sean los judíos en la Alemania Nazi, los inmigrantes en Estados Unidos, o los musulmanas y las castas inferiores en la India. También persigue sublimar esta ansiedad hacia un enemigo externo prefabricado, tal como el comunismo durante la Guerra Fría o Rusia y China en la actualidad. Persigue organizar una base social de masa con la promesa de restaurar la estabilidad y la seguridad para aquellos desestabilizados por la crisis capitalista.

Los organizadores fascistas apelan a los millones de personas que han sido desoladas por la austeridad neoliberal, el empobrecimiento, el empleo precario, y la relegación a las filas de la humanidad superflua – condiciones ahora agravadas por la pandemia. Los grupos dominantes se empeñan en canalizar el cada vez mayor descontento desde una crítica al capitalismo global hacia el respaldo a la agenda del capital transnacional, agenda disfrazada con retórica populista. En este empeño, la movilización ultra-derechista y neofascista juega un papel importante.

La apelación al fascismo se dirige en particular a los sectores históricamente privilegiados de la clase obrera global, tales como sectores de los trabajadores blancos en el Norte Global y capas urbanas de clase media y profesional en el Sur Global, que ahora experimentan una mayor inseguridad y el espectro de la desestabilización socioeconómica. Si bien el proyecto fascista intenta reclutar a su causa estos sectores históricamente privilegiados, pero ahora descontentos, el otro lado de la moneda es un intensificado control social y represión violento de otros sectores. Estos sectores en Estados Unidos provienen de manera desproporcional de las filas de las comunidades que enfrentan la opresión racial, étnica, religiosa y otras formas de opresión.

Los mecanismos de la exclusión coercitiva van desde el encarcelamiento en masa y la extensión de los complejos industrial carcelario, hasta la omnipresente acción policiaca, las leyes anti-inmigrante y los regímenes de detención y deportación de los inmigrantes, la manipulación y reorganización del espacio de tal manera que tanto las urbanizaciones cerradas y los guetos están controlados por ejércitos de guardias privadas y los sistemas tecnológicamente avanzados de monitoreo y rastreo, la paramilitarización de la policía, los métodos “no letales” de control de las multitudes, y la movilización de las industrias culturales y los aparatos estatales ideológicos para deshumanizar las victimas del capitalismo global como peligrosos, perversos, y culteramente degenerados.

El racismo y las interpretaciones divergentes de la crisis

No podemos menospreciar el papel que juega el racismo en la movilización fascista en Estados Unidos. Pero a la vez necesitamos profundizar el análisis del mismo. El sistema político norteamericano y los grupos dominantes enfrentan una crisis de hegemonía y de legitimidad. Esta crisis entraña la descomposición del bloque histórico racista que de una u otra forma reinó supremo desde finales de la guerra civil norteamericana en 1865 hasta finales del siglo XX pero que se ha visto desestabilizado de cara a la globalización capitalista. La ultra derecha y los neofascistas intentan reconstruir dicho bloque, en el cual la identidad “nacional” se presenta como “identidad blanca” como sucedáneo de una movilización racista contra las fuentes percibidas de la ansiedad y la inseguridad.

Sin embargo, muchos miembros blancos de la clase obrera han experimentado la desestabilización social y económica, la movilidad hacia abajo, una mayor inseguridad, un futuro de incertidumbre, y la acelerada precarización – es decir, condiciones laborales y de vida cada vez más precarias. Este sector ha gozado históricamente del privilegio racial-étnico que conlleva la supremacía blanca frente a otros sectores de la clase obrera, pero ha venido perdiendo dichos privilegios frente a la globalización capitalista. La escalada del discurso racista velado (codificado) y abierto desde arriba tiene como propósito canalizar los miembros blancos de la clase obrera hacia una conciencia racista y neofascista de su condición.

El racismo y la apelación al fascismo ofrecen a los obreros provenientes del grupo racial o étnico dominante, soluciones imaginaras a las contradicciones verdaderas, es decir, el reconocimiento de la existencia del sufrimiento y de opresión, aunque dichas soluciones son falsas. Los partidos y los movimientos identificados con estos proyectos han avanzado un discurso racista, menos codificado y menos mediado que aquel discurso de los políticos convencionales (“mainstream”), dirigido en contra de las minorías racialmente oprimidas, los inmigrantes, y los refugiados, entre otros sectores vulnerables, quienes se convierten en chivos expiatorios. Sin embargo, en esta época del capitalismo globalizado hay pocas posibilidades en Estados Unidos de proporcionar beneficios materiales a una potencial base social del fascismo, por lo que la “recompensa del fascismo” es únicamente psicológica. La ideología del fascismo del Siglo XXI descansa fundamentalmente en la irracionalidad, es decir, la promesa de asegurar la seguridad y de restaurar la estabilidad es emotiva, no racional. Es un proyecto que no distingue – y no necesita distinguir – entre la verdad y la mentira.

El discurso público de Trump del populismo y nacionalismo, por ejemplo, no guarda relación alguna con sus políticas. Sus políticas económicas entrañan una total desregulación del capital, grandes recortes al gasto social, el desmantelamiento de lo que aún quedaba del Estado de bienestar social, las privatizaciones, desgravaciones fiscales para las corporaciones y los ricos al lado de un aumento de la carga impositiva para la clase obrera, represión sindical, y una expansión del subsidio estatal al capital – en pocas palabras, el neoliberalismo con esteroides. La retórica populista de Trump no se corresponde con la sustancia de su política. La apelación de Trump a su base social es casi por completo algo simbólico – por ende, el fanatismo de su retórica de “construir el muro” (entre Estados Unidos y México) y otra retórica, simbólicamente esencial para sostener una base social para el cual el Estado puede ofrecer poca o ninguna recompensa material. Esto explica también la naturaleza cada vez más desquiciada de la bravuconería de Trump mientras se acerca la elección.

Pero he aquí el punto clave: el deterioro de las condiciones socioeconómicas y la mayor inseguridad no conducen automáticamente a una reacción racista y fascista. La interpretación racista/fascista de estas condiciones tiene que ser mediada por agentes políticos y agencias del Estado. El Trumpismo representa justamente dicha mediación. Para hacer retroceder la amenaza del fascismo, las fuerzas populares de resistencia deben proponer una interpretación alternativa de la crisis, entrañando una agenda de justicia social y una política de la clase obrera que pueden ganarse a la potencial base social del fascismo. Esta potencial base está compuesta en su mayoría por obreros y obreras que están experimentando los mismos efectos perjudiciales de la globalización capitalista que afecta a toda la clase obrera.

Necesitamos en Estados Unidos una agenda de justicia social y pro-clase obrera que responde a la condición cada vez más miserable de la supuesta base social del fascismo junto con la clase obrera en su conjunto. Biden bien podría ganar las elecciones. Sin embargo, aun si logra tomar posesión de la presidencia, seguirá en curso la crisis del capitalismo global y el proyecto fascista que dicha crisis fomenta. Hay que recordar que Biden, además de ser criminal de guerra, es un neoliberal que responde a los intereses sobre todo del capital financiero transnacional con sede en Wall Street. Un frente unido contra el fascismo debe basarse en una agenda de la justicia social que pone la mira en el capitalismo y su crisis y que es capaz no solo de derrotar a Trump sino a enfrentar a los desafíos en el periodo post-Trump.

– William I. Robinson es Profesor de Sociología, Universidad de California en Santa Bárbara.