Causas y consecuencias de la guerra en Ucrania

Fernando Bermúdez: «Esta guerra se podía haber evitado con diálogo y respeto a los acuerdos firmados»

Ucrania sangra
Ucrania sangra

«La invasión de Ucrania por el ejército ruso es una violación del derecho internacional y un acto criminal contra la población civil»

«Esta guerra se podía haber evitado si la OTAN no hubiera rodeado a Rusia con misiles tal como se acordó con Gorbachov en 1991»

«En la guerra de Ucrania existe dos relatos contrapuestos. Uno el que se da desde el Kremlin y otro el que se da en Occidente. Ninguno de los dos dice toda la verdad»

«Esta guerra se podía haber evitado con diálogo y respeto a los acuerdos firmados y con una ONU eficiente y libre frente a las grandes potencias»

Por Fernando Bermúdez López

La invasión de Ucrania por el ejército ruso es una violación del derecho internacional y un acto criminal contra la población civil. Los bombardeos del ejército de Putin están ocasionando millares de muertos y más de 5 millones de personas refugiadas, sobre todo mujeres y niños. Toda guerra genera un cúmulo de sufrimiento. Es una tragedia humana, un absurdo de la humanidad.

Esta guerra se podía haber evitado si la OTAN no hubiera rodeado a Rusia con misiles tal como se acordó con Gorbachov en 1991.  Sin embargo, Estados Unidos, a través de su maquinaria de guerra, la OTAN, instaló misiles en los países de la antigua URSS en las fronteras con Rusia. Incluso el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, estaba haciendo gestiones para entrar también en la OTAN. Esto exasperó a Rusia, provocando la intervención militar.  Recordemos que en 1962 la URSS comenzó a instalar misiles en Cuba y el presidente estadounidense John Kennedy lo consideró como una grave amenaza para Estados Unidos. Entonces, para evitar un conflicto bélico mundial, la URSS suspendió el proyecto.  ¿Cómo hubiera reaccionado hoy Estados Unidos si México instalara misiles en su frontera norte?

Otan y Ucrania

Pero hay algo más. En el verano de 2021  (junio y julio) la Armada ucraniana y la Sexta Flota  de la Armada de Estados Unidos realizaron ejercicios militares conjuntos en el Mar Negro, que consistieron en adiestramientos y operaciones  navales, terrestres y aéreos, frente a Rusia, señalando a este país como un oponente en un futuro conflicto. No hay duda de que esta guerra obedece en gran medida a una provocación de Estados Unidos y la OTAN, que va buscando expandirse por los países de la antigua URSS. Barak Obama reconoce que Rusia carece de la vasta red de alianzas y bases militares que le permite proyectar su poder en todo el globo, mientras que Estados Unidos y su brazo armado busca hundir a sus rivales para controlar el planeta (Obama. Una tierra prometida, Madrid 2020).

Otra causa de la guerra es la violación sistemática de los derechos humanos por parte del gobierno de Ucrania contra la población ruso-parlante de Donbass. En el año 2014 Estados Unido apoyó el golpe de estado en Ucrania contra el gobierno de Viktor Yanukovich, elegido democráticamente. Los protagonistas de este golpe fueron agrupaciones de carácter fascista y marcadamente supranacionalistas. Asumió el poder Poroshenko, una de las personas más ricas de  Ucrania. Ilegalizó el partido socialista y el partido comunista y prohibió hablar ruso en todo el país.

Grupos armados neonazis asesinaron a destacados líderes sindicales e incendiaron las sedes de los sindicatos de Odesa. Estas políticas generaron un profundo malestar en la región de Donbass, cuyos habitantes son ruso-parlantes y muchos de ellos de tendencia socialista, troskista y antiimperialistas tanto frente a Rusia como frente a USA-OTAN. Es por ello que lucharon por la proclamación de la independencia de Donetsk y Luhansk en el Donbass.

Zelenski visita el Este de Ucrania
Zelenski visita el Este de Ucrania

En 2019 Poroshenko deja el poder y le sucede Zelenski, quien ha gobernado utilizando el batallón Azov, marcadamente neonazi, para reprimir a la población de Donbass, utilizando la tortura y el asesinato de líderes de la región. Desde 2014 más de13.000 personas fueron asesinadas. Putin dice que trata de proteger a las personas de esta región que son objeto de abusos y del genocidio del régimen de Kiev durante ocho años, desde el golpe de estado ucraniano.

Cito la editorial de Redes Cristianas, que señala que  “Ucrania, apoyada por la OTAN, dio el golpe de Maidan (2014) contra Victor Yanukovich. Desde entonces, grupos neonazis (batallón Azov) integrados en la Guardia Nacional han mantenido una guerra sangrienta en la región rusófila de Donbass, (Donetsk y Luhansk). Ucrania ha incumplido los acuerdos firmados en Minsk (Bielorrusia) con Rusia, Francia y Alemania, el 12 de febrero de 2015…  Asimismo, la OTAN, brazo armado de Estados Unidos, incumplió el pacto con la “perestroika” y “glasnost” de Gorbachov interviniendo, desde los años 90, en Yugoslavia, Kuwait, Irak, Libia, Siria, Afganistán, Yemen, en nombre de la presunta “seguridad” y “libertad” y dejando tras de sí una estela de millones de civiles heridos, mutilados, muertos, mucha hambre…¡y mayor contaminación del planeta!”.

En la guerra de Ucrania existe dos relatos contrapuestos. Uno el que se da desde el Kremlin y otro el que se da en Occidente. Ninguno de los dos dice toda la verdad, ambos ponen el acento en sus  intereses y los medios de comunicación irradian la información de sus amos.

ONU y Ucrania

Ante esta crítica situación la Unión Europea no supo o no quiso mediar. Le faltó capacidad y voluntad política para favorecer el diálogo en el conflicto entre los gobiernos de Rusia, Estados Unidos, la OTAN y el gobierno de Ucrania.  Analistas independientes de prestigio internacional, incluidos varios norteamericanos, señalan que esta guerra es una confrontación entre Estados Unidos y Rusia, dos imperios que se disputan la hegemonía militar y la geopolítica mundial. Y Europa en medio, como un  perrito faldero de Estados Unidos, en palabras de González Faus.

Por otra parte, Naciones Unidas -ONU- no tienen autoridad moral ni poder físico para resolver este conflicto. Su organización, controlada por el Consejo de Seguridad, en donde Estados Unidos, Rusia y China tienen poder de veto, no puede condenar coherente y éticamente a Rusia sin condenar a la vez otras invasiones como la de Irak, Siria, Palestina, Yemen, Somalia, Libia, entre otras muchas. Todo ello nos está indicando que la ONU necesita con urgencia una refundación, tal como la propuso en su día Miguel d’Escoto Brortmann, siendo presidente de la asamblea de Naciones Unidas.

Hoy Estados Unidos y los países de la Unión Europea están enviando armamento bélico y grandes sumas de dinero para la guerra de Ucrania. Este no es el camino. La paz no se construye con armas sino con el diálogo, que es la única vía para la resolución de conflictos. No es enviando armas a Ucrania como se apaga la guerra. Es echar más leña al fuego y generar una espiral de violencia que, incluso, puede llegar a la utilización de armas nucleares y esto sería una catástrofe mundial.

Armas nucleares
Armas nucleares

Entre las consecuencias de esta guerra (como de todas las guerras) es la muerte y sufrimiento de multitud de ciudadanos, sin dejar de lado el incremento del odio entre las diferentes etnias dentro del mismo país de Ucrania. A nivel socioeconómico la guerra está afectando además a todo el mundo, particularmente a los ciudadanos europeos por la subida del coste de la vida, debido al encarecimiento del petróleo, gas y electricidad. La guerra la pagamos todos.

La gran ganadora en toda guerra es la industria armamentista. Este es uno de los negocios más exitosos del mundo. No solo ha creado un sistema económico que sigue creciendo, sino que ha normalizado la guerra y las respuestas de seguridad a todas las crisis sociales, como señala Waldo Fernández.

Las grandes empresas europeas de armas son Thales (francesa), Leonardo (italiana), Indra Sistemas (española) y Airbus (Países Bajos). Las cuatro empresas cuentan entre sus accionistas con estos cuatro estados y con los mismos fondos de inversión estadounidenses que poseen acciones de la industria armamentística de Estados Unidos. Esto crea una creciente concentración de armamentos en manos de unos pocos gigantes. Solo Estados Unidos tiene 800 bases e instalaciones militares en el planeta y representa el 46% del gasto militar en todo el mundo.

Rusia, China y Estados Unidos tienen miles de armas nucleares, mucho más potentes que las que arrasaron Hiroshima y Nagasaki en 1945. Cada uno de esos países tiene unas 1.600 armas capaces de alcanzar objetivos en todo el mundo. Otros muchos países tienen cientos de armas nucleares: Francia, el Reino Unido, Corea del Norte, Israel, India… Una guerra nuclear podría acabar con la vida en el planeta. Este es el riesgo que corremos.

Papa y Ucrania

Ante la escalada armamentista, el 24 de marzo el Papa Francisco dijo:

“Me avergüenzo de los Estados que incrementan el gasto militar al 2%. ¡Están locos! La verdadera respuesta no está en más armas, más sanciones y más alianzas político-militares, sino en una actitud diferente, una forma diferente de gestionar un mundo ya globalizado, no para enseñarnos los dientes, sino para establecer relaciones internacionales… El mundo sigue siendo tratado como un ‘tablero de ajedrez’ donde los poderosos estudian los movimientos para extender su dominio en detrimento de los demás”.

Es lamentable que en el mundo se destine 195 veces más dinero en armas que para las inversiones sociales de salud, educación, investigación o apoyo a las familias y superación de la pobreza. Las guerras, y en concreto la que hoy vivimos en Ucrania, es una dolorosa tragedia que hiere el alma de todo ser humano y que se podía haber evitado con el diálogo y la conciencia ética del respeto a la vida y al derecho internacional.  Pero Putin y los dirigentes de Estados Unidos y la OTAN y, de alguna manera también la Unión Europea, están demostrando una falta de humanidad, llevando al mundo a un conflicto bélico de incalculables consecuencias.

Finalmente, termino esta reflexión, lanzando un grito:

¡No al odio,

No a las armas,

No a la guerra,

No a los imperios,

No a la opresión y explotación de los seres humanos

No al patriarcalismo

No a la discriminación entre refugiados,

No al racismo y a la xenofobia,

No a los fanatismos ultranacionalistas,

No a la depredación de la Naturaleza y contaminación del medio ambiente.

Sí al dialogo,

Sí al respeto y a la convivencia pacífica entre etnias, culturas y religiones,

Sí al respeto y promoción de los derechos humanos

Sí a la igualdad social y de género

Sí a la libertad con justicia social,

Sí a la amistad entre los pueblos,

Sí a la solidaridad con la humanidad sufriente,

Sí a la fraternidad universal,

Sí a la paz que nace del respeto al diferente,

Sí al cuidado de la Casa Común,

Sí a la vida!

“Por utópico que sea soñar,

hay situaciones en la vida

en que solo soñando se consigue algo”

(J.Moltmann)

Pascua, mensaje de esperanza

¿Dónde está Dios en las guerras y masacres?

Fernando Bermúdez

Los medios de comunicación nos están mostrando la destrucción y muerte provocada por la invasión del ejército ruso en Ucrania. Multitud de personas muertas y heridas y más de cuatro millones de refugiados. Gente que lo ha perdido todo, absolutamente todo, vivienda, objetos personales, trabajo y sobre todo familiares y amigos. Pero ésta no es la única guerra que hay en la actualidad. Son más de 20 conflictos bélicos de los que los medios de comunicación apenas hablan. En estos conflictos millones de personas murieron y otras se vieron forzadas a buscar refugio en otras partes.

En todas las guerras la población civil es la que más sufre, sobre todo niñas y niños a los que se les ha robado el derecho a vivir. Y como consecuencia, se acrecienta el hambre, el odio, las venganzas, la deshumanización.
¿Dónde está Dios en medio de tanto sufrimiento? La sangre derramada a lo largo y ancho de la tierra corre por las venas de la historia. Sangre de masacrados en todas las conquistas, sangre de indígenas de la Amerindia, sangre de esclavos negros de África, sangre de los asesinados en Auschwitz, sangre de palestinos, iraquíes, sirios, yemeníes, etíopes, somalíes, congoleños, ucranianos…, sangre de mártires que dieron su vida por una causa justa, sangre de innumerables personas inocentes…

Esta sangre es un indicador de que en la historia hay víctimas y victimarios.
¿Dónde estaba Dios cuando los fuertes mataban a los débiles? ¿Dónde estaba Dios en los barcos repletos de esclavos negros, cazados en África para su venta en las Américas?, ¿dónde estaba Dios en la matanza de indios en el continente americano?, ¿dónde estaba Dios en los bombardeos de la “Desbandada” de Málaga?, ¿dónde estaba Dios en las matanzas entre los tutsis y los hutus en el corazón de África…?

Las guerras son la estrategia de los poderosos de las grandes potencias que siempre van a justificar, desde arriba, desde sus despachos y con mentiras, sus acciones bélicas, para acrecentar su dominio, poder y riqueza.
Esta realidad nos hace sentirnos impotentes. El llanto y la muerte de millones de inocentes nos golpean el alma y destrozan la esperanza. ¿Dónde estaba Dios? ¿Dónde?

Es el interrogante que arranca desde lo profundo del sufrimiento injusto provocado por los señores de la guerra.
¿Dónde está Dios?, ¿por qué no actúa? Si Dios es amor y quiere evitar el sufrimiento humano y no lo hace, ¿por qué lo permite? ¿Es que no es omnipotente? Y si es todopoderoso y no evita el sufrimiento, ¿dónde está el Dios bueno, compasivo y misericordioso? “Si Dios existe el mal no tiene explicación, pero si Dios no existe el mal no tiene solución”, señala González-Faus.

¿Por qué los tiranos lo pasan tan bien y tanta gente buena lo pasa tan mal?, se preguntaba José Luis Caravias. ¿Por qué Dios guarda silencio viendo cómo el malvado se traga al inocente?
Estos interrogantes superan nuestra capacidad de respuesta. El horroroso sufrimiento de las matanzas y las guerras nos deja abatidos y sin sentido. Desde el día en que escuché a los refugiados guatemaltecos, en Chiapas, testimonios de masacres, solo encontré una respuesta:
el silencio. Y en el silencio descubrí la presencia de Jesús de Nazaret, torturado, crucificado, humillado, muerto y destazado en la cruz. El hombre que pasó por el mundo amando y haciendo el bien, fue aniquilado por los poderes del mal. Él refleja a todos los inocentes y masacrados de la historia. El Verbo de Dios se hizo muerte, decía Pedro Casaldáliga.

No encuentro otra respuesta sino en la contemplación profunda del Crucificado del Gólgota, quien en su angustia clamaba: “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado!” (“Eloí, Eloí, lammá sabactaní, en su lengua aramea). Jesús expresa un sentimiento profundo de abandono, de rebeldía y casi de desesperación, señala José Cervantes. Da la impresión de que Dios está ausente. Jesús, impotente y moribundo, pregunta ¿por qué? La confianza en un Dios que se revela como Padre justo y misericordioso se convierte en sentimiento de fracaso. La resistencia humana ante el sufrimiento llega a su límite y estalla en un grito que suena a rebeldía y desconsuelo. Le grita a Dios. Y en su angustiosa desesperación le interroga ¿por qué?, ¿por qué este sufrimiento inmerecido? Es una pregunta profundamente desgarradora.

Jesús muere sin respuesta. Es la expresión más trágica de la humanidad sufriente. Su grito es el grito de todos los oprimidos, perseguidos y masacrados a lo largo de los tiempos. ¿por qué?
¿Dónde está Dios?
Parece que Dios calla ante el que murió injustamente en la cruz porque amaba a los pobres, porque proclamaba la justicia y la fraternidad universal, porque quería otro estilo de vida que sea signo del reinado de Dios.

En este grito, “¿Dios mío, por qué me has abandonado?”, que expresa un sentimiento de abandono, soledad, desesperación y tristeza de muerte, Jesús carga con el sufrimiento de todos los seres humanos. Se hace solidario con ellos. Es un grito que expresa una duda existencial. “Es la palabra más universal frente a la muerte como abismo y muestra la más radical incomprensión de la muerte y especialmente de la muerte injusta”, como la de tantos hombres y mujeres que son asesinados, masacrados, bombardeados.

Jesús Crucificado estaba en aquel niño iraquí, sirio, yemení o ucraniano que murió aplastado por una bomba. Jesús estaba en el anciano degollado, estaba en aquellas mujeres violadas y asesinadas, estaba en los palestinos que reclamaban sus tierras, estaba en las mujeres que con sus niños murieron ametralladas y ahogadas en el río Sumpul y en el Mozote, El Salvador; y en la selva de Ixcán o en San Francisco Nentón, Guatemala.

Jesús estaba en aquellos hombres y mujeres que fueron asesinados por defender la vida de su pueblo, defensores de derechos humanos, líderes sociales, políticos o religiosos como Luther King, Enrique Angelelli, Salvador Allende, Robert Kénnedy, Rutilio Grande, Oscar Romero, Dorothy Stang, Policarpo Chem, Juan Gerardi, Víctor Gálvez, Berta Cáceres, Luis Espinal, Ignacio Ellacuría…

Los que mataban decían que lo hacen por defender el orden establecido o la civilización cristiano-occidental frente a la amenaza del comunismo. Veían comunismo en la defensa y promoción de los derechos humanos, en la exigencia de justicia, en los retos de la doctrina social de la Iglesia… Por eso mataron obispos, sacerdotes, religiosas, catequistas y ministros de la Palabra.

El Dios de los poderosos, de los opresores, no es el Dios de Jesús. Es otro Dios. Es el dios de la Seguridad Nacional, el dios dinero, el dios de los imperios. “Su Dios no es mi Dios”, dijo el santo arzobispo Óscar Romero al presidente de El Salvador. Un Dios sin justicia, sin respeto a la dignidad de todo ser humano es un fetiche. Muchos poderosos toman el nombre de Dios en vano, convirtiéndolo en un monstruo.

Dios es amor. Está en los pobres y en la humanidad sufriente. No puede ser vencido por el odio, el mal y la muerte, ni puede contemplar impasible el sufrimiento de las víctimas. Dios nos presenta como respuesta al sin sentido de tanto horror y dolor a Jesús muerto en la cruz, quien fue resucitado. Jesús es la respuesta.

Por eso solo se puede asumir el sufrimiento y la muerte de tantos hombres y mujeres
masacrados, desde una actitud contemplativa del misterio de Dios. La última palabra no la tienen los poderes de este mundo ni el sistema capitalista neoliberal ni las potencias político- militares, ni las multinacionales económico-financieras que hoy se consideran dueñas y señores de la humanidad. La última palabra la tiene el Dios de la vida que resucitó al Crucificado y en él hace justicia a los crucificados de la historia.

La resurrección de Jesús, el Cristo de Dios, abre la puerta a la esperanza. La muerte deja de ser el final de la existencia. Es el triunfo de la justicia sobre la injusticia, de la libertad sobre la opresión, de la verdad sobre la mentira y la falsedad, de la vida sobre la muerte. Todos los que a lo largo de la historia cayeron aplastados por el pecado de la injusticia y, concretamente los
hombres, mujeres, niños y niñas muertos en estas masacres y en todas las guerras, viven en el corazón de Dios y en la memoria de las personas y pueblos que aman y trabajan por la vida y la paz. Son como el grano de trigo que cae en el surco de la tierra y se descompone para germinar en una nueva vida. Así ellos, no mueren, resucitan en la memoria histórica de los pueblos y, sobre todo, en la plenitud de la Vida.

¿Dónde estaba Dios en estas tragedias de dolor y de muerte? Dios estaba, asimismo, en todas aquellas personas que abrieron su corazón para aliviar el sufrimiento humano, compartiendo techo, vestido, pan, amor y compasión. Ahí estaba Dios. Dios está en la solidaridad de quienes acogen a las víctimas de las tragedias, sin importar el color de la piel, nacionalidad, ideología política o religión. Dios está en las organizaciones, iglesias y demás religiones que salen al encuentro de la humanidad sufriente, de los refugiados, aportando su dinero y su tiempo,
acogiéndolos como hermanos. Dios está en las personas que sueñan y luchan por otro mundo más humano y fraterno, como señala el papa Francisco en la Fratelli tutti.

Ubi caritas et amor Deus ibi est. Donde hay solidaridad y amor allí está Dios.

La Iglesia que queremos

La Iglesia que queremos: que sea signo y anticipo del reino de Dios

Soñemos juntos
Soñemos juntos

«La Iglesia tiene la misión de continuar en la historia el proyecto del Señor Jesús, es decir, hacer presente el reino de Dios en el mundo»

«Queremos una Iglesia que impulse la ‘pastoral de conjunto’, dinámica, sinodal, con una actitud de responsabilidad compartida, con exigencia de coordinación y búsqueda de comunión. Una Iglesia servidora del Reino de Dios, con conciencia de que su misión es humanizar este mundo mediante la justicia y el amor universal»

» Nuestra misión, como Iglesia que peregrina en la historia, es realizar la misión de Jesús, mediante el servicio y la práctica de la misericordia, la justicia y la reconciliación»

«Queremos una Iglesia que sea agente de reconciliación, diálogo y tolerancia, para fortalecer la paz firme y duradera entre los pueblos»

Por Fernando Bermúdez López

 El movimiento cristiano surgió como una corriente ético-profética dentro del judaísmo, protagonizada mayoritariamente por gente sencilla tras la experiencia viva y resucitada de Jesús de Nazaret

 Jesús comienza su misión proclamando: “Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Cambiad de vida y creed en la Buena Noticia” (Mc 1,1). Y sigue diciendo: “Es preciso que yo anuncie el reinado de Dios en otras ciudades, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Y dad gratis lo que gratis recibisteis» (Mt 10,7-8). La Buena Noticia de Jesús es que Dios es misericordioso, que ama a este mundo, que tiene un plan sobre él, que está al lado de los pobres y que nos  exige a todos transformar este mundo de acuerdo a su plan.

La Iglesia tiene la misión de continuar en la historia el proyecto del Señor Jesús, es decir, hacer presente el reino de Dios en el mundo. «La Iglesia recibe de Cristo la misión de anunciar el reino de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen Gentium,5).

  La Iglesia es la comunidad de los discípulos y discípulas de Jesús, nuevo Pueblo de Dios, que asume el proyecto del Reino, que implica comprometerse por la defensa de la vida particularmente de los pobres y la construcción de la paz que nace de la justicia y la fraternidad. Por eso, la Iglesia de Jesús es «la Iglesia de los pobres» (Papa Juan XXIII).

  Nuestra misión, como Iglesia que peregrina en la historia, es realizar la misión de Jesús, mediante el servicio y la práctica de la misericordia, la justicia y la reconciliación, para hacer creíble nuestro mensaje en medio del pueblo. En definitiva, la misión de la Iglesia es humanizar este mundo, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa, fraterna y participativa, donde quepan todos. Para ello necesitamos una Iglesia que sea signo de la sociedad que queremos:

Queremos una Iglesia-Comunidad, que refleje la práctica de las primeras comunidades cristianas de Jerusalén, donde todos poseían un solo corazón y una sola alma y se compartía como hermanos cuanto se tenía, privilegiando a los más necesitados (Hech 2, 44-47 y 4,32-37).

Queremos una Iglesia fraterna, estructurada sobre el eje central comunidad-ministerios, es decir, toda ella carismática, ministerial y misionera, con alto nivel de participación por parte de todos, laicos y laicas, religiosas, diáconos, sacerdotes y obispo. Una Iglesia de responsabilidad compartida en el ejercicio de las tareas, descentrada de sí misma y centrada en el reino de Dios.

Queremos una Iglesia que revalorice el sacerdocio del pueblo de Dios, pues Jesús, único y eterno Sacerdote, lo asoció a su vida y a su misión haciéndolo partícipe de su sacerdocio (Lumen Gentium, 34). Hay un solo sacerdocio, el de Jesucristo y el de su comunidad, pero diferentes ministerios que emanan de este único sacerdocio.  La participación de este único sacerdocio  nos hace iguales a todos los bautizados.

Queremos una Iglesia que admita en sus ministerios a mujeres y a hombres célibes y casados.  Que no asocie el ministerio sacerdotal con el carisma del celibato.

   Queremos una Iglesia, en donde su jerarquía (obispos y sacerdotes) se constituya en organismo e instancia de encuentro, de diálogo, de reflexión y decisión comunitaria. Y que esta jerarquía sea elegida por las comunidades.

Queremos una Iglesia profética, libre de poderes y de riquezas, que desde su experiencia del Dios de la vida, anuncie con alegría y pasión el Evangelio del Reino y denuncie con valentía todo aquello que se opone al proyecto de Dios.

Queremos una Iglesia que sea agente de reconciliación, diálogo y tolerancia, para fortalecer la paz firme y duradera entre los pueblos. Una Iglesia opuesta radicalmente a la carrera armamentista y a la guerra. «Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios» (Mt 5,9).

 Queremos una Iglesia solidaria con los sufrimientos, luchas y esperanzas de los sectores oprimidos y marginados: campesinos, migrantes y niños de la calle, mujeres… y con todas las causas justas de los pueblos.

Queremos una Iglesia testimonialmente pobre, seguidora fiel de Jesús, comprometida en la defensa y promoción de los derechos humanos, la lucha contra la corrupción, la impunidad, la pena de muerte y  la defensa de la dignidad de toda persona. Una Iglesia comprometida en la liberación de toda clase de esclavitud y que coloque en el centro de su actuación la solidaridad con quienes son excluidos.

Queremos una Iglesia fiel al Evangelio, con  disponibilidad incluso de llegar al martirio como signo de fidelidad cristiana. La Iglesia jamás desea ser perseguida; sin embargo, prefiere la persecución y la muerte antes que renunciar a la misión que le confió el Señor Jesús.  Los cristianos, al aceptar la fe y la misión en la Iglesia, aceptamos también el riesgo de ser perseguidos y muertos. Mientras persistan realidades injustas e inhumanas,  estaremos viviendo en situación de martirio. Siempre seremos molestos para el sistema. Nos debería preocupar seriamente si, en este sistema injusto, nunca somos difamados o perseguidos; esto sería señal de que nos hemos acomodado a él.

  Queremos una Iglesia acogedora, comprensiva  y compasiva, con un mensaje basado en el amor misericordioso de Dios a sus hijos e hijas.

Queremos una Iglesia comprometida con el ecumenismo, abierta al diálogo, dispuesta a trabajar codo a codo con personas, iglesias y grupos sociales que también buscan un mundo más justo y humano.

 Queremos una Iglesia multicultural e inculturada, promotora de los valores culturales, defensora de los derechos de los pueblos, abierta al diálogo interreligioso con una actitud de respeto y de escucha.

 Queremos una Iglesia comprometida en la defensa de la Naturaleza, obra de Dios y casa común de todos los hombres y mujeres, en  la línea de la Laudato Si del Papa Francisco.

 Queremos una Iglesia que impulse la «pastoral de conjunto», dinámica, sinodal, con una actitud de responsabilidad compartida, con exigencia de coordinación y búsqueda de comunión con nuestros obispos y con la Iglesia católica universal.

Queremos una Iglesia orante, abierta al Espíritu, que sea signo y anticipo del reino de Dios.

  Damos gracias a Dios por la presencia del Papa Francisco, pastor lúcido, al estilo de Jesús, que busca una renovación profunda de la Iglesia, fiel al proyecto de Jesús: el reinado de Dios en el mundo

Luces y sombras de la Conquista de América

» La conquista y colonización fue básicamente una invasión militar, una guerra de ocupación» 

«Es verdad que no se pueden juzgar con los criterios actuales hechos ocurridos hace siglos, sin embargo, tampoco se pueden negar los hechos inhumanos, por más que nos avergüencen» 

«Hubo misioneros que destruyeron las culturas indígenas, imponiendo la europea. Fray Diego de Landa ordenó quemar cuantos códices mayas encontró en Yucatán por considerarlos obra de satanás» 

«En el siglo XV había en América unos 65 millones de indígenas. El 95% de ellos murió en los 130 años posteriores a la llegada de Colón» 

«El Papa Francisco se ha convertido en el blanco por parte de la derecha más recalcitrante, debido a sus lúcidas críticas al neoliberalismo y a los poderes políticos y económicos» 

Por | Fernando Bermúdez López teólogo misionero 

La Sra. Díaz Ayuso del PP y el portavoz de VOX en el Congreso criticaron recientemente al Papa Francisco cuando éste pidió perdón por los errores de la Iglesia en la evangelización de América durante la conquista. A estas críticas se unieron también Aznar, Casado y García Egea, defendiendo que España tiene muchos motivos para estar orgullosa de su legado histórico y cultural. 

En su carta dirigida a México con motivo del bicentenario de su independencia de España, el Papa indicó que para «fortalecer las raíces del catolicismo es preciso hacer una relectura del pasado, teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país». 

Es justo y necesario hacer una mirada crítica y sin prejuicios sobre la conquista-colonización. Es verdad que no se pueden juzgar con los criterios actuales hechos ocurridos hace siglos, sin embargo, tampoco se pueden negar los hechos inhumanos, por más que nos avergüencen. Analizando la conquista europea de América observamos luces y sombras, aciertos y errores. 

Ciertamente, hubo luces y aciertos, pero no por eso podemos ignorar las sombras y los errores. Hemos de ser serios y objetivos al analizar la historia, sin dejarse llevar por impulsos nacionalistas infantiles y torcidos intereses.  La conquista y colonización fue básicamente una invasión militar, una guerra de ocupación, por más que en todo ello estuviera presente la religión, salvo en honrosas excepciones, utilizada para asegurar la dominación y justificar el expolio. La cruz fue abriéndose paso junto a la espada del conquistador. Yo, como misionero en Centroamérica y México y profesor de Historia de la Iglesia en América en la universidad Landívar de Guatemala, hablo con conocimiento de causa y dispongo de multitud de documentos de aquella época. 

Algunos datos: en el siglo XV había en América unos 65 millones de indígenas. El 95% de ellos murió en los 130 años posteriores a la llegada de Colón. Para 1700 quedaban unos seis millones. Los colonizadores llevaron con violencia esclavos africanos para suplir la mano de obra que ellos mismos habían aniquilado por las enfermedades y los trabajos forzados. Ciertamente, hay una gran diferencia entre la conquista española y la anglosajona en el norte.  En América Latina todavía la población indígena está viva y en varios países son mayoría (Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia). En cambio, en Estados Unidos los exterminaron prácticamente. 

Hubo misioneros que destruyeron las culturas indígenas, imponiendo la europea. Fray Diego de Landa ordenó quemar cuantos códices mayas encontró en Yucatán por considerarlos obra de satanás.  Otros aprobaron la esclavitud de los indios e incluso la tortura y masacres de aquellos que se resistían a aceptar la dominación española y la fe cristiana. 

Sin embargo, otros misioneros denunciaron con fuerza el maltrato que los conquistadores y colonos daban a los indígenas y exigieron a la Corona que se promulgase las Nuevas Leyes de Indias, como así fue. Construyeron escuelas y hospitales y promovieron centros de desarrollo comunitario. En esta corriente destacan fray Antonio Montesinos, Fray Bartolomé de las Casas, Antonio Valdivieso obispo de Nicaragua, asesinado por un soldado español, Vasco de Quiroga, Juan del Valle y otros muchos más. 

 Es sorprendente la ignorancia, o tal vez la malicia, de estos políticos de la derecha y ultraderecha que no aceptan la realidad y critican al Papa porque reconoce, junto a las luces de aquella época, las sombras de la Iglesia durante la conquista, pidiendo perdón por ello a los indígenas. 

Francisco no es el primer Papa que lo hace. Se sitúa en la línea de sus predecesores.  Juan Pablo II en la República Dominicana en 1992, dijo: «No puedo olvidar en este V Centenario los enormes sufrimientos infligidos a los pobladores de este Continente durante la época de la conquista y la colonización”. Benedicto XVI dijo, asimismo, en 2007 en Aparecida (Brasil): “No podemos ignorar las sombras que acompañaron la obra de evangelización del continente latinoamericano. No es posible olvidar los sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a las poblaciones indígenas, a menudo pisoteadas en sus derechos humanos fundamentales”. 

Pero el Papa Francisco se ha convertido en el blanco por parte de la derecha más recalcitrante, debido a sus lúcidas críticas al neoliberalismo y a los poderes políticos y económicos. Trata simplemente ser coherente con el evangelio y con los principios de la doctrina social de la Iglesia. 

La Sra. Díaz Ayuso se mostró «sorprendida» por las palabras del Papa, diciendo que hace más de 500 años España llevó “el catolicismo y por tanto la civilización y la libertad al continente americano”. ¿Acaso los indígenas no eran libres? ¿No fue la conquista el comienzo de la opresión y el robo de sus tierras por parte de los colonos?  No hablemos de las toneladas de oro y plata ni los productos agrícolas que traían los barcos españoles de América.   

¿En qué se basa, entonces, esta señora para decir que España llevó “la civilización y la libertad al continente americano o que «el indigenismo es el nuevo comunismo»? Hoy los indígenas tratan de recuperar su cultura y espiritualidad milenaria, profundamente humana, comunitaria y respetuosa con la madre tierra. Es un mensaje para nuestro mundo neoliberal que está destruyendo la armonía social y medioambiental. 

Los pueblos indígenas nos enseñan a pasar de un enfoque antropocéntrico a otro más sociobiocéntrico que reconozca la indivisibilidad de todas las formas de vida y a tomar conciencia de que todo lo que existe se encuentra interrelacionado y unido.  Es lo que señala Francisco en la Laudato SI: “Estamos incluidos en la Naturaleza,  somos parte de ella y estamos interpenetrados”. 

Memoria de D. Pedro Casaldáliga

Memoria de Pedro Casaldáliga en el aniversario de su partida de este Mundo, 8 de agosto

Fernando Bermúdez

¿Qué puedo decir yo que no se haya dicho de este gran profeta? Comenzaré diciendo que me encontré por primera vez con él en 1983 en Nicaragua, después, muchas veces en Centroamérica y México. No tuve la dicha de visitarle en Sao Félix do Araguaia, Brasil, sin embargo, la tuve cuando en el año 2002 llegó a mi pequeña casita en la aldea de Champollap, (Guatemala), aprovechando la invitación que le hizo monseñor Álvaro Ramazzini, hoy cardenal, para visitar la diócesis de San Marcos.

Comparto hoy lo que me sale del corazón. Pedro Casaldáliga, profeta y poeta de la vida y la esperanza. Obispo de Sao Félix do Araguaia, en el Mato Grosso, una de las zonas más pobres de Brasil. Misionero durante 52 años en la selva amazónica. Inspirador de la teología de la liberación. Insigne defensor de los indígenas frente a la codicia de los grandes terratenientes que llegaban a quitarles las tierras. Fue un hombre de Dios, contemplativo en la acción. Místico con los pies en la tierra y revolucionario del espíritu. Vivió identificado con el proyecto de Dios, su Reino. Se transformó en voz de Dios ante los hombres y, a su vez, en voz de los pobres y marginados ante Dios y ante el mundo.

Hombre austero. Vivió pobremente como la gente campesina del lugar. Confesaba: “El consumismo consume la dignidad humana”. “No se puede ser libre sin ser pobre. Siendo pobre me siento libre de todo y para todo”. Pedro Casaldáliga fue sencillo, cercano, amable y bondadoso. Su casa siempre abierta a toda la gente. Fue libre como el viento y coherente. Proclamaba lo que vivía y vivía lo que proclamaba. Lúcido, observador de la realidad social y crítico frente al sistema capitalista neoliberal que deshumaniza y explota a los seres humanos y destruye la naturaleza. Soñador de una nueva humanidad. Apasionado por la utopía del reino de Dios. Tenía un corazón sin fronteras, grande como el continente latinoamericano al que llamaba la Patria Grande.

Se le estremecían las entrañas y el alma ante las injusticias y las masacres de los indios y campesinos en quienes veía el rostro de Cristo. “Soy incapaz de presenciar un sufrimiento sin reaccionar”, confesaba. Su vida fue un canto a la compasión, a la solidaridad y al compromiso liberador.

Denunció al imperio estadounidense y desafió la dictadura militar de Brasil (1964-1985). Fue calumniado, perseguido y amenazado de muerte por los poderosos terratenientes, por el régimen militar y por la policía de la región. Sufrió varios atentados. Su arma fue el amor, la denuncia profética, el perdón, la oración y la vivencia del espíritu de las bienaventuranzas de Jesús. En medio de las amenazas nunca perdió la esperanza y la paz interior. Decía: “Cuanto más difíciles son los tiempos, más fuerte debe ser la esperanza”. Fue un hombre de esperanza contra toda desesperanza. Hizo de la esperanza un estilo de vida y una causa evangelizadora.

Se mostró crítico con el poder y la riqueza de las altas jerarquías de la Iglesia. Soñaba con una Iglesia pobre al servicio de los pobres, al estilo del papa Francisco. Como obispo, rechazó las insignias episcopales, por báculo tenía un bastón, por mitra un sombrero de paja y siempre caminando con sandalias campesinas. Jesús de Nazaret fue su maestro, a quien siguió con radicalidad evangélica. Vibraba con su evangelio.

Se identificó con la causa de los mártires, desde Óscar Romero a quien proclamó a los pocos días de su martirio “San Romero de América, pastor y mártir nuestro”, hasta Enrique Angelelli, Juan Gerardi y tantos laicos y laicas, religiosas y sacerdotes que dieron la vida por ser consecuentes con su fe en la defensa de los pobres. Pedro Casaldáliga vivió al filo de la muerte.

Cuando recibía amenazas decía: “No me da miedo morir”. Había asumido una causa justa y no le importaba morir asesinado. Siempre tuvo conciencia de que sus causas valían más que su vida. Casaldáliga fue un mártir viviente. Proclamaba:
“Al final del camino me dirán:
¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres…”

Pedro Casaldáliga llegó con sus 92 años al final del camino. Él no ha muerto. Terminó su camino en la historia, su cuerpo quedó sepultado junto a los indios de la Araguaia. Pero su espíritu y su palabra profética seguirán vivos en el corazón de Dios y en el corazón de los hombres y mujeres que sueñan y luchan por una nueva humanidad de justicia y fraternidad.
Sus causas siguen hoy plenamente vigentes y su testimonio de vida es un referente en medio de este mundo neoliberal. Casaldáliga es una luz de esperanza. Nos dice que la última palabra sobre la historia no la tienen los poderes de la muerte sino el Dios de la Vida que resucitó al Crucificado.

*Fernando Bermúdez López
Fue misionero en Guatemala y Chiapas, amigo de Pedro Casaldáliga