Un 15-M para la Iglesia



Joaquín García Roca,
 
Hoy hace 10 años, el movimiento 15 M. ocupaba las plazas y las calles de las ciudades y de los pueblos, con proyección global. Visibilizó las tripas de la sociedad y desveló las expectativas de un sector amplio de la población. Partidos políticos, instituciones culturales y asociaciones cívicas tomaron nota, con mayor o menor acierto, del significado del 15 M. Nada dejó indiferente.
Impregnó los sistemas políticos, las prácticas sociales y los estilos de vida. Sin embargo, no ha impregnado el cuerpo eclesiástico ni el imaginario católico, salvo en un hecho decisivo, la llegada de Francisco que según todos mis análisis es un hijo de aquel espíritu disruptivo y transformador. Se entendió que, en su elección tras Benedicto XVI, solo quedaba el abismo, una música que recorría el mundo y resonaba incluso ante las puertas del Wall Street. ¿Qué mensajes no han impregnado las Iglesias?
El 15 M fue un movimiento desde abajo, apoyado en un sujeto colectivo renovador y transformador; advirtió que las reformas desde arriba tienen los días contados, son medidas cosméticas y puramente retóricas. El 15 M en la Iglesia tiene que enraizarse en el pueblo y si lo hace tendrá que abrirse radicalmente a la participación, –sin necesidad de crear un mundo lingüístico paralelo bajo la retórica de la sinodalidad– e incorporar decididamente a la mujer en todos los ministerios y funciones, renovar creativamente los lenguajes y ritos litúrgicos, y abrir el ministerio a personas casadas.
 
El 15 M antepuso el movimiento a la institución; mientras la lógica del movimiento es la flexibilidad, la escucha, la implicación, la institución, por su parte, es inflexible, inerte, distante. Tan inflexible que es incapaz de bendecir a las parejas homosexuales; tan inerte que duda dar la comunión a los divorciados, y tan distante que no logra ser un hogar para los sin-techo, para los agnósticos y para los que buscan sentido para vivir y morir. El camino del 15 M no fue la equidistancia entre posiciones contrarias, tristemente la mediocridad del término medio se ha apoderado de la Iglesia.
 
El 15 M produjo una renovación de liderazgos, que cuestionó la gerontocracia y permitió el acceso de la juventud a los puestos de gobierno. La política y la cultura hoy está dirigida, mal que bien, por líderes jóvenes, la Iglesia por el contrario, sigue gobernada mayoritariamente por ancianos. No era sólo el acceso de la juventud a los sitios de gobierno, que ya existían en todos los partidos, sino el acceso de una juventud crítica, transformadora y rupturista. Dos revoluciones pendientes en la Iglesia, el fin de la gerontocracia mediante el acceso de la juventud y en segundo lugar que esa juventud sea crítica y trasformadora. Ninguna de las dos se da en la Iglesia hoy.
 
A Francisco como hijo del 15 M le falta base social para que las reformas sugeridas desde arriba se implanten; le falta coraje para abandonar la equidistancia. Y carece de jóvenes críticos y trasformadores en el banquillo para dar un giro al camino de la Iglesia. En una amplísima base eclesial, resuena el grito que fue el epicentro del 15 M : No nos representan.
 

Seis retos para ser Iglesia en salida

Basándome en las reflexiones de Ximo Garcia Roca[1], José Arregi[2], el presidente Macron[3] y Reyes Mate,[4] sintetizo en seis puntos los retos que considero importante afrontar para ser una Iglesia significativa para el momento actual tras la pandemia.

►1º.- Construir una identidad común que rompa trincheras entre dentro y fuera y supere la división entre seres humanos considerados “de los nuestros“ y “de los de ellos”. En la Iglesia hemos de ser ejemplo en la promoción de la defensa práctica de la común dignidad de todo ser humano y de la hermandad. Por eso la Iglesia debe ser la primera en buscar la colaboración común y unitaria para unirnos todos en la solución de los grandes y graves problemas de la humanidad. El papa Francisco está insistiendo en este punto continuamente, especialmente en estos días de pandemia.
Desde esta perspectiva de potenciar la colaboración mutua, sintonizo con el planteamiento de Arregi cuando declara que para llevar a la práctica este primer reto es necesario que la Iglesia “acepte radicalmente el principio de la laicidad tanto en el orden sociopolítico como espiritual”. También me parece importante la propuesta del presidente francés Macron a la Conferencia Episcopal Francesa: “Recrear la laicidad tras reconocer el desencuentro y necesidad de reparar el “vínculo” entre esta institución y el Estado. La laicidad ciertamente no tiene como función negar lo espiritual a cambio de lo temporal, ni extirpar de nuestras sociedades la parte sagrada que nos nutre tanto de nuestros conciudadanos. Si tuviera que resumir mi punto de vista, diría que una Iglesia que pretenda desinteresarse de los asuntos temporales no cumpliría su vocación; y un presidente de la República que pretenda desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber”. Seguir leyendo