El Sínodo de la sinodalidad

No es un trabalenguas. Sínodo significa caminar juntos. En la Iglesia se han celebrado muchos sínodos en los que los obispos han caminado junto a los Papas para resolver los problemas de la Iglesia. 

El domingo 17 de octubre comienza en todo el mundo el Sínodo de la sinodalidad proclamado por el Papa, en el que se reconoce la sinodalidad como la constitución propia de toda la Iglesia; no de una sinodalidad de los obispos con el Papa, sino de una sinodalidad en que se exprese todo el pueblo de Dios.                                     El Espíritu Santo no está reservado para el clero; el Espíritu inspiró a los profetas, no a los sacerdotes ni a los reyes. La sinodalidad eclesial se apoya más en lo carismático que en lo institucional.                                                                       “Vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros singulares suyos. Dios lo dispuso en la Iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero maestros, después milagros, después carismas de curaciones, de asistencia, de gobierno, de lenguas diversas” (1 Cor 12, 27-28). Notemos que los profetas figuran antes que los maestros (los teólogos) y mucho antes que los carismas de gobierno (jerarquía).                         Y estos profetas no eran seres extraordinarios como los del Antiguo Testamento; eran gente sencilla y tan frecuentes que Pablo los agrupa en un estamento. Pedro recuerda las palabras del profeta Joel: “En los últimos días, dice Dios, concederé mi Espíritu a todo mortal: vuestros hijos y vuestras hijas hablarán inspirados por mí…” (Hechos 2,16-18). 

El Papa en su reunión con los obispos italianos el 24 de mayo expresó su intención de que el Sínodo proceda “de abajo hacia arriba” y que comience en las comunidades y parroquias locales pequeñas. No se trata de escuchar a los obispos, sino de que los obispos escuchen al pueblo y trasladen esa voz al Papa y al conjunto de los obispos.                                                                             Este Sínodo se extenderá hasta mediados de 2022, pero los seis primeros meses constituyen la fase de escuchar al pueblo, para sintetizar sus aportaciones y presentarlas ante la universalidad de los obispos.                                                   Estos primeros seis meses son el tiempo adecuado para expresar nuestra visión y nuestros deseos para adaptar a la Iglesia con “los signos de los tiempos”. No los gastemos en titubeos, ni esperemos a que nos pregunten. No esperemos a ver qué nos dicen en la misa del domingo.                                                                       La organización diocesana española ha expresado su deseo, y su necesidad, de escuchar también a los cristianos que han abandonado la misa dominical y los sacramentos porque se sienten defraudados por el desfase entre la institución y el evangelio. 

Es tarde, pero es nuestro tiempo” (Pedro Casaldáliga). Animémonos a expresar en la parroquia, en las revistas, en los blogs, en las redes sociales… nuestros anhelos de una Iglesia más fiel al evangelio de Jesús. 

 Gonzalo Haya Prats  

Panorama Bíblico

AÑO DE LA BIBLIA (DICIEMBRE). PANORAMA BÍBLICO

Al terminar mi relectura de la Biblia vuelvo la vista al panorama que he ido recorriendo y veo la Biblia como el diario de la vida de un pueblo durante más de trece siglos, que ha percibido destellos de lo trascendente y los ha ido expresando y acomodando conforme a los moldes culturales de cada momento, y a su instinto de supervivencia entre los pueblos vecinos.
La Biblia es vida y, como la vida, tiene altibajos y contradicciones. Es poesía y es realismo, es espíritu y es barro, es esperanza y es escepticismo. Es la humildad de Rut y la audacia de Judit. Es la obediencia de Abraham y la huida de Jonás. Es la parábola del hijo pródigo y la del juicio final.
En este panorama destacan las experiencias místicas en que se manifestó Dios a Abraham, Jacob, Moisés, y Elías, que fueron descritas con espontánea ingenuidad (Génesis, Éxodo, 1 Reyes 19). Estas experiencias tuvieron que ser explicadas y aplicadas al pueblo mediante normas y ritos que socializaran una práctica común (Deuteronomio). Necesariamente la espiritualidad se convirtió en religión. La religión no pudo impedir la corrupción en el pueblo, en sus jefes, y en sus sacerdotes. La auténtica experiencia religiosa suscitó profetas que denunciaron las injusticias y anunciaron la llegada de un Mesías que establecería un reinado de paz y concordia para el pueblo elegido, al que se acogerían todos los pueblos.
Los historiadores estuvieron más atentos al sentido religioso y nacionalista de la historia que a la exactitud de los hechos narrados. Job, Jonás y el Eclesiastés se rebelaron contra las soluciones simples.
Jesús de Nazaret tuvo la gran experiencia mística de sentir a Dios como padre y de anunciar ese reino prometido, pero no un reino basado en el poder y la riqueza, en leyes y ritos, sino en la fraternidad y el servicio gratuito libremente aceptados.
Pablo, perseguidor de Jesús como falso Mesías, tuvo la experiencia de ver a Jesús resucitado como verdadero Mesías, abierto a todos los pueblos. Marcos reconoció al Jesús terreno como Mesías. Lucas le añadió el discurso programático de llevar a los pobres la buena noticia, y las parábolas de la misericordia.
“Muchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de un Hijo” (Hebr 1,1).
Me gustaría acabar aquí la historia sagrada, pero la realidad se impuso una vez más. Las cartas del Nuevo Testamento muestran la adaptación de estos ideales a la realidad de unas comunidades dispersas que necesitaban organización y unidad. La doctrina, los preceptos y los ritos volvieron a predominar sobre la espiritualidad y la misericordia.
Ha habido corrupción y ha habido mártires y profetas. Hoy acaba de morir Pedro Casaldáliga. Ha habido experiencia de Dios y ha habido explicaciones doctrinales y jurídicas. Ha habido libertad y ha habido obligaciones. La historia avanza en espiral, pasando una y otra vez por los mismos ideales y por los mismos errores, pero acercándose cada vez más al centro, al reino de fraternidad.
La Biblia no es palabra de Dios, es mensaje de Dios en palabras humanas. “Dios escribe derecho con renglones torcidos” dice el refrán; y en la Biblia hay muchos renglones torcidos, y muy torcidos. Todas las referencias a Dios que encontramos en la Biblia son relativas, son aproximaciones a Dios, porque Dios es indecible; pero todas nos predisponen a descubrir nuestra propia experiencia de Dios.
Jesús no fue el final de la historia. Los discípulos seguían esperando la segunda venida de Cristo, el cristo místico, el cristo cósmico. El Apocalipsis, el último libro de nuestra Biblia termina con la exclamación: “¡Ven Señor Jesús!”.

Gonzalo Haya

LIBROS SAPIENCIALES (II)


Written by Gonzalo Haya
C) Etapa final
A esta etapa pertenecen dos libros del canon católico que no están incluidos en el canon hebreo, El Eclesiástico y La Sabiduría, y los capítulos 1 – 9 de Proverbios que fueron añadidos en el siglo IV como comienzo de ese libro. Sicre señala que esta etapa presenta tres características comunes en los tres escritos: la reacción ante la cultura griega, la importancia creciente de la historia, y la personificación de la sabiduría; “y esto tendrá gran repercusión en la teología del Nuevo Testamento, que considerará a Jesús la sabiduría de Dios encarnada. Ver 1Cor 1,24; Col 1,15-17; Heb 1,3” (Sicre).
Eclesiástico, Ben Sira, el Sirácida (Eclo) 200 – 180 a. C.
El libro del Eclesiástico ha sufrido un accidentado proceso. Ha sido un libro muy leído tanto por los judíos como por la Iglesia en los primeros siglos, y por eso recibió el título de El Eclesiástico; los judíos no lo incluyeron en su canon porque el texto original hebreo había desaparecido, pero se conservó su traducción griega del año 132 a. C., incluida en los LXX, y una adaptación latina que recogió la Vulgata.
Posteriormente se fueron encontrando fragmentos que han permitido rehacer casi todo el texto hebreo original, al que muchos expertos dan más valor que al texto griego, como reconoce el mismo traductor griego en el Prólogo del libro. La traducción de Schökel se basa en el texto hebreo, teniendo en cuenta las variantes de las traducciones griega y siríaca.
El eclesiástico es un maestro-escriba piadoso que quiere educar en las tradiciones religiosas y culturales judías para evitar las crecientes influencias de la cultura griega. Considera que la sabiduría sólo se encuentra en Israel: “Del Señor procede toda la sabiduría… fue creada antes que todas las cosas… sólo hay uno que es sabio y temible sobremanera… En honrar al Señor está el comienzo de la sabiduría” (1,1-14). Busca en el pasado la solución a los nuevos problemas que plantea la cultura griega (39,1-11), y ataca a los que se dejan influenciar por el helenismo. Rechaza la antropología dualista griega de alma y cuerpo, y sitúa en esta vida tanto el premio como el castigo.
Su difícil equilibrio entre la realidad y los principios doctrinales le plantea situaciones difíciles de conciliar, que procura resolver insistiendo a veces en un extremo y a veces en el otro. La contradicción entre la prosperidad del malvado y el sufrimiento del justo, la resuelve con un modo de predestinación: “a unos los bendijo y encumbró… y a otros los maldijo y humilló… barro que el alfarero moldea con sus manos, y todo lo moldea conforme a su gusto… Los retribuirá según su criterio” (33, 7-19); pero en otro pasaje afirma la libertad: “El creó al ser humano en el comienzo, y le dio la capacidad de obrar libremente: si lo deseas, cumplirás sus mandamientos” (15,14-17).
Se muestra sensible al comportamiento social y al falso culto: “Los pobres viven con pan racionado, quien se lo quita es un criminal. Asesina al prójimo quien le roba el sustento” (34, 18-36). Se abre tímidamente al universalismo, pero se afianza en el nacionalismo: “Cuando distribuyó sobre la tierra a las naciones, al frente de cada una puso un gobernante; pero la porción del Señor es Israel” (17,1-23).
También vacila entre un leve pesimismo: “Todo viviente envejece como un vestido, porque así está decretado desde siempre: morirás sin remisión” (14,11-19); “¿Quién es el ser humano? ¿Cuál es su utilidad” (18,8-14); “¡Oh muerte, que amargo resulta tu recuerdo…” (41,1-4); y un moderado optimismo: “El Señor formó de la tierra a los seres humanos…los hizo partícipes de una fuerza semejante a la suya y a su propia imagen los creó” (17,1-14).
El autor confiesa que su proyecto de vida es la búsqueda de la sabiduría (51,13-30), y la busca en la Naturaleza (42,15 a 43,33) y en la Historia de Israel (c 44 – 50), y la personifica en un autoelogio: “La sabiduría difunde su propia alabanza… abre su boca en la asamblea del Altísimo… Salí de la boca del Altísimo… puse mi tienda en las alturas…” (c. 24).
El Eclesiástico y el Eclesiastés dos personajes contradictorios ¡y titulados con nombres tan parecidos que se prestan a confundirlos! Dos personajes que merecerían un estudio más detenido.
El Eclesiastés es un escéptico que rechaza las soluciones piadosas, porque se contradicen con su experiencia de la vida; especialmente respecto al problema del mal y al poder o la justicia de Dios. El eclesiástico es un escriba que quiere frenar el escepticismo aferrándose a las soluciones piadosas.
En estos tiempos nos sentimos más identificados con el Eclesiastés, sin embargo observamos que, a pesar de su escepticismo, el Eclesiastés sigue creyendo en Dios y renuncia a resolver el problema del mal. El eclesiástico trata de explicar el problema con un modo de predestinación, pero afirmando al mismo tiempo la libertad humana. Ambos son incongruentes porque la realidad y la vida se nos manifiestan en forma contradictoria, y nuestra racionalidad es incapaz de coordinar ambos extremos: ¿retribución según los méritos o gratuidad incondicional?
Eclesiástico y Eclesiastés ¿qué es preferible, renunciar a resolver el problema o afirmar ambos extremos? Job lo resolvió con una experiencia personal de Dios. En lenguaje actual podríamos comprender mejor etas contradicciones (aunque no lleguemos a resolverlas) mediante la experiencia personal del amor.
Proverbios 1 – 9, s. IV a. C.
Ya hemos visto que los capítulos 1– 9 fueron escritos hacia el siglo IV, en un estilo más doctrinal, como una introducción teológica al Libro de los Proverbios, igualmente atribuida a Salomón. Pikaza compara estas instrucciones con las que hace Diótima, en el Banquete de Platón, a los hombres en nombre de la divinidad.
“Hijo mío, atiende a la educación paterna / y no olvides la enseñanza materna” (1,8); “Vigila atentamente tu interior, pues de él brotan fuentes de vida” (4,23). Estas instrucciones tratan, sin un orden sistemático, sobre las malas compañías, las tentaciones con la mujer ajena, el adulterio, y sobre todo hace un gran elogio de la sabiduría.
“Hay siete cosas que detesta el Señor / y una séptima que aborrece del todo: / ojos altaneros, lengua mentirosa, / manos manchadas de sangre inocente, / mente que trama planes perversos, / pies ligeros para correr hacia el mal, / testigo falso que difunde mentiras, / y el que atiza discordias entre hermanos” (6,16-19). “Feliz quien encuentra sabiduría… es de más valor que la plata, y más rentable que el oro; es más valiosa que las joyas; ningún placer se le puede comparar” (3,3-20). Es de destacar el segundo himno de la sabiduría por su relación con el Prólogo del evangelio de Juan “La Sabiduría está pregonando, la inteligencia levanta su voz… a vosotros, seres humanos, os llamo… El Señor me estableció al principio de sus tareas… antes de comenzar la tierra… cuando colocaba el cielo, allí estaba yo” (8,1-36).
Sabiduría 30 a. C. al 15 d. C
El libro de la Sabiduría es el último del Antiguo Testamento en el canon católico; su autor anónimo es casi contemporáneo de Jesús, aunque tiene más afinidad con Pablo; vive en Alejandría y escribe este libro en griego con el título de Sabiduría de Salomón, aunque no fue incluido en el canon hebreo, ni protestante. Los teólogos lo han tomado como cumbre de la teología del Antiguo Testamento y punto de partida de sus reflexiones.
El tema fundamental del libro de la Sabiduría es la teología de la historia desde la perspectiva israelita, aunque desde la primera línea se extiende expresamente a todos los pueblos
“Gobernantes de la tierra, amad la justicia” (1,1), “Porque del Señor habéis recibido el poder / del Altísimo procede la autoridad!…” (6,3). Se trata por tanto de una teología política o de la justicia en el gobierno del pueblo.
El autor es un judío anónimo que escribe principalmente para los judíos de la diáspora en Egipto. Conoce bien tanto los escritos hebreos como la cultura griega y establece un ejemplar diálogo entre la teología judía y la filosofía griega; acepta algunas novedades como el dualismo alma-cuerpo y la retribución en la otra vida. Utiliza los recursos hebreos como el paralelismo y los midrás, y los recursos griegos, riqueza de vocabulario, conceptos helenistas, rimas y juegos de palabras; con el resultado de una “brillante prosa rítmico-poética” (BTI).
El libro está estructurado en tres partes:
1) c. 1-5. Destino de la vida humana en los planes de Dios, justicia divina, inmortalidad feliz para los buenos, castigo y perdición para los impíos. La sabiduría viene de Dios y se identifica con la justicia: “Pues el santo espíritu educador se aleja de lo falso, se separa del pensamiento insensato, y se retira cuando la injusticia se hace presente” (1,5). Los impíos piensan que la vida pasa “como la sombra de una nube” y se proponen disfrutar del presente; pero se equivocan “porque Dios creó al ser humano para no conocer la corrupción” (2,23). Después de la muerte hay un premio o un castigo, aunque no queda claro en qué consisten.
2) c. 6-9. Elogio de la sabiduría como una realidad personificada vinculada a la divinidad. Propone como Ejemplo a Salomón “Yo la amé y la busqué desde mi juventud” (8,1), “Por eso oré a Dios y me concedió prudencia / le rogué y me dio el espíritu de la sabiduría” (7,7); “Es efluvio del poder de Dios, emanación de la gloria del omnipotente” (7,25).
3) c. 10-19. La providencia de Dios se manifiesta en la historia de Israel, que libera y colma de bienes a su pueblo, y castiga con las plagas a los egipcios opresores. “A tu pueblo, en efecto, lo probaste como padre que reprende; con los egipcios, en cambio, te portaste como rey implacable que condena” (11,10); con los cananeos se muestra algo menos duro (quizás porque es consciente de le habían invadido sus tierras) : “Pero también a ellos, seres humanos al fin, los trataste con más indulgencia…; al castigarlos lentamente, les diste la oportunidad de arrepentirse…” (12, 8-11).
El universalismo que se apuntaba en los capítulos anteriores parece reducirse ahora al nacionalismo judío; la contraposición era entre el justo y el impío, ahora se establece entre el pueblo judío y sus adversarios: “las naciones se confabularon para cometer el mal y fueron confundidas” (1, 5). Sabiduría abierta a una cultura superior que estaba imponiéndose, pero que permanece firmemente arraigada en las propias tradiciones y creencias.
En la sabiduría de Israel ha habido escépticos como el Eclesiastés, o rebeldes como Jonás y Job ante el misterio de Dios, pero siempre fieles al Dios de la Alianza.
Pikaza compara la sabiduría académica de estos libros con la sabiduría popular de Jesús, enraizada en su cultura religiosa, pero basada fundamentalmente en su experiencia de la vida y en su experiencia de Dios. Existe también la sabiduría de los sencillos, de la mujer cananea, del centurión romano, de los que son como niños. Y la sabiduría del Reino de Dios. “Bendito seas, Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25).
Vídeos de la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA)
José Luis Sicre: Libros poéticos y sapienciales. El profesor Sicre hace un comentario general a los conceptos de sabio y sabiduría y glosa algunos libros con más detalle, como por ejemplo el libro de Job y el Eclesiastés o también llamado Cohelet.
Bibliografía
José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento”. Ed Verbo Divino, 2016. c. 21 El fenómeno sapiencial

LIBROS SAPIENCIALES ( I )

Written by Gonzalo Haya)
Introducción
Los temas sapienciales, como los poéticos, están dispersos en los libros de la Ley y en los Profetas, pero de manera específica se encuentran en el tercer grupo del canon hebreo denominado Escritos. La clasificación de los libros de este tercer grupo es más discrecional; nosotros hemos adoptado la clasificación como históricos, poéticos, y sapienciales, y hemos incluido en este último Proverbios, Eclesiastés, Job, Eclesiástico, y Sabiduría.
No es fácil definir en qué consiste la sabiduría, pero todos entendemos que se trata de una reflexión sobre los grandes problemas humanos (sabiduría teórica) o de una apreciación sensata sobre nuestro comportamiento diario (sabiduría popular).
La sabiduría de Israel se desarrolló en el ambiente de la sabiduría babilónica, egipcia, siropalestina, y griega. Algunos de sus escritos consideran la sabiduría como un don de Dios, incluso como una manifestación del mismo Dios, pero siempre expresada como una reflexión propia, a diferencia de los profetas que consideraban su predicación como “oráculo del Señor”. Veremos también que algunos de estos escritos sapienciales son reflexiones basadas en la experiencia humana sin referencia a ninguna ley divina ni a ningún don especial de Dios, porque las reflexiones de una conciencia honrada ya son un don de Dios: “Toda sabiduría viene del Señor” (Eclesiástico 1,1).
En una teología no-teísta, sin un Dios que hable con Moisés y escriba sus mandamientos en una tabla, ¿qué diferencia hay entre un profeta, un salmista, y un sabio? Creo que la diferencia está más en la expresión que en la intuición de donde brota. El profeta interpreta esa intuición como una comunicación de Dios y habla como su portavoz; el salmista la interpreta como sentimiento personal o colectivo; el sabio, como fruto de su experiencia en la vida. Esa sabiduría, esa intuición, ¿es humana o divina? Es una manifestación del espíritu, que es a la vez humano y divino, porque el espíritu es una participación de Dios.
Sicre encuadra la sabiduría israelita en tres etapas: A) Desde los orígenes hasta el siglo VI. B) La crisis de los siglos V – III. C) Etapa final III a. C. hasta I d. C.
Evolución de la sabiduría de Israel
A) Desde los orígenes hasta el siglo VI
Salomón (s. X) es el gran referente de la sabiduría israelí, a él se le atribuyen los libros posteriores. La etapa de esplendor que vivió Israel, y los contactos con la cultura egipcia y siropalestina suponen para el pueblo la época cumbre de su historia. Tenemos abundantes testimonios sobre Salomón en el Libro de los Reyes; su sabiduría es un don de Dios, gobierna con justicia, tiene amplios conocimientos, y emprende la construcción del Templo.
Proverbios c. 10 a 31. Tratamos ahora de los capítulos 10 a 31, que son el texto original de este libro, y dejamos para su época los capítulo 1 – 9 que fueron añadidos hacia el siglo IV a. C.
Estos capítulos son el primer texto sapiencial escrito, aunque se pueden encontrar diversos pasajes de sabiduría desde el Génesis hasta los libros históricos y los profetas. Su título en el texto hebreo es Proverbios de Salomón, y en la Vulgata Libro de los Proverbios.
Este libro es una recopilación de dichos populares, refranes, sentencias, aforismos, enigmas, poemas o instrucciones, de muy diverso origen, reunidos y amparados en el prestigio del rey Salomón. No trata de grandes cuestiones teológicas, aunque en el fondo está el convencimiento de que existe un orden en la creación que el sabio ha de investigar, pero que se manifiesta también en la sensatez y la sabiduría popular. Este orden de la creación debe ser respetado por todos para mantener el orden social, la ética, y las buenas costumbres ciudadanas.
Se recogen aquí cuatro colecciones de dichos procedentes de los siglos VIII al V a. C. La primera (10,1 – 22,16) está atribuida a Salomón y trata de la conducta personal y familiar, el orden social y las riquezas: “Quien acepta la corrección camina a la vida / quien desprecia la corrección se extravía”; “El ser humano proyecta su camino / pero es el Señor quien dirige sus pasos”; “La mujer sabia edifica su casa / la necia la arruina con sus manos”.
La segunda (22,17 – 24,34) recoge dichos de otros sabios sobre la justicia, la prudencia, los buenos modales, las instrucciones paternas, y la embriaguez: “Escucha a tu padre que él te engendró / y no desprecies a tu madre, aunque envejezca”.
La tercera (25 – 29) está atribuida a “nuevos proverbios de Salomón, recopilados por los hombres de Ezequías, rey de Judá”: “Es gloria de Dios ocultar cosas / es gloria de reyes investigarlas”; “El hierro se aguza con hierro; / la persona, en contacto con su prójimo”.
La cuarta (30 – 31-9) recoge dichos atribuidos a dos sabios no israelitas. Agur trata del escéptico y del creyente “No he aprendido sabiduría / no conozco la ciencia santa. ¿Quién subió hasta el cielo y luego bajó?”. Lemuel, rey de Masá transmite “Palabras… que le enseñó su madre”, “¿Qué decirte, hijo mío / hijo de mis entrañas, / hijo de mis promesas? / Que no entregues tu energía a las mujeres, / ni tu vigor a las que pierden a reyes”.
El libro termina con la descripción de la mujer ideal (31,10-31) que ha servido durante muchos siglos como modelo de la mujer cristiana.
B) La Crisis de la idea de Dios. Siglo V–III
A finales del siglo VI, con el decreto de Ciro, Israel vuelve de la cautividad en Babilonia e inicia la restauración del Segundo Templo de Jerusalén; pero la experiencia de la destrucción del Templo y de la nueva esclavitud había socavado su ciega confianza en la alianza con Dios, que ellos habían entendido como incondicional e infalible.
Esta situación, junto con el contacto de una cultura superior como la griega, provocó un ambiente de escepticismo y un replanteamiento de sus relaciones con Dios, especialmente referido al problema del mal, que ya no podía explicarse como castigo por los pecados, porque también afectaba, tanto o más, a los justos y a todo el pueblo.
Eclesiastés, tambien conocido como Qohélet, El Predicador (Ecl) s. IV–III a. C.
Aunque el libro es atribuido a Salomón, el autor es un “hombre de la asamblea” (eclesiastés), que confronta su sabiduría con su experiencia de la vida, y escribe una especie de diario en el que se muestra serenamente desengañado, pero mantiene su fe a pesar de la crisis de los valores tradicionales. Su reflexión no parte del dolor como Job, pero sí del hastío incluso de una vida holgada: “Entonces reflexioné sobre todas mis obras y sobre la fatiga que me habían costado, y concluí que todo era ilusión y vano afán, pues no se saca ninguna ganancia bajo el sol… Así que quedé decepcionado de todo mi trabajo y fatiga bajo el sol” (2,1-20). Tampoco llega a una solución religiosa como Job, sino a una solución práctica mediante el disfrute de los placeres sencillos: “Así que yo recomiendo la alegría, porque no hay más felicidad para el ser humano bajo el sol que comer, beber y disfrutar, pues eso le acompañará en sus fatigas durante los días que Dios le conceda vivir bajo el sol” (8,15). Los comentaristas se preguntan por qué este libro está en el canon hebreo y cristiano. El autor se presenta como hijo de David (1,1) y concluye recomendando el temor de Dios y la observancia de los mandamientos (12,9-14), aunque este texto parece añadido por el editor del libro. Habla de Dios, pero es un Dios distante poco implicado en la historia de los mortales. Su principal mérito puede estar en que se plantea los problemas con honradez intelectual, sin acudir a las falsas soluciones piadosas, “sigue creyendo en Dios a pesar de las desilusiones de la vida” (Sicre), y “en él la sabiduría se apea, llega al borde del fracaso; así encuentra su límite y se salva” (Schökel).
Libro de Job IV – III a. C. Este libro es una especie de novela de tesis sobre las relaciones de Dios con el ser humano y especialmente sobre el tema del mal que afecta a los justos, y en mayor medida que a los pecadores. Su autor vivió después del destierro, conoce perfectamente los Salmos y los libros de los profetas, tiene experiencia de la vida, y examina sus creencias con gran honradez intelectual. Tiene como protagonista a Job, un personaje legendario, ”justo, honrado, respetuso de Dios, y apartado del mal”, que vive en un país extranjero. Este personaje ha quedado como ejemplo en la tradición israelita, en la cristiana (Santiago 5,11), y en el Corán. Está estructurado en dos planos, uno espiritual de diálogo entre Dios y Satán sobre la fidelidad de Job, que Satán cree meramente interesada y propone enviarle desgracias para comprobar si mantiene su fidelidad (1,6-9). El segundo plano se juega en la tierra entre las quejas de Job por sus sufrimientos, “Maldito el día en que nací, y la noche que anunció: ha nacido un varón… ¿Por qué no morí en las entrañas… ahora descansaría en paz…con esos reyes que se hacen construir mausoleos… Allí acaba la agitación de los canallas…” (3,1-26) y del sufrimiento de muchos justos que sufren como él más desgracias que los malvados que no respetan a Dios ni los derechos de sus conciudadanos. A estas quejas responden los diálogos de los tres amigos que le apremian a indagar algún mal oculto que haya cometido para que se arrepienta y Dios cese en el castigo que le envía (capítulos 4-37).
Ante la enseñanza tradicional, de que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, Job se rebela y plantea con crudeza la realidad “¿Por qué siguen vivos los malvados y al envejecer se hacen más ricos?…. ¿Me queréis consolar con vaciedades? Vuestras respuestas son puro engaño” (21,17-34). (Algunos, hoy, dicen lo mismo).
Finalmente Dios se manifiesta a Job (38-41), y le hace ver la incapacidad del hombre para comprender su modo de actuar. Esta visión le transforma y “Job respondió al Señor: reconozco que lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti; yo, el que empañó tus designios con palabras sin sentido, hablé de grandezas que no entendía, de maravillas que superan mi comprensión… te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y me arrepiento echándome polvo y ceniza”. (42,1-6).
Los discursos académicos de pretendido consuelo que le hacen sus tres amigos pueden resultar tediosos, pero conviene hacerse una idea de ellos porque siguen aplicándose después de 25 siglos, y nos invitan a indagar una imagen de Dios más realista y sincera. Tenemos que integrar la experiencia del dolor y de la muerte con el despliegue de la vida y el misterio de Dios amor. Probablemente su solución final no satisfaga a muchos, porque apela a una experiencia personal de Dios que cambia nuestras rutinarias respuestas, e invita a la aceptación de su proyecto. Con la mera razón discursiva no se encuentra una explicación concluyente (“La imposible Teodicea” de Juan Antonio Estrada); es necesario sentir la experiencia de la justicia y del amor, la experiencia de Dios, como nos dice el autor del libro de Job.
Vídeos de la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA)
José Luis Sicre: Libros poéticos y sapienciales. El profesor Sicre hace un comentario general a los conceptos de sabio y sabiduría y glosa algunos libros con más detalle, como por ejemplo el libro de Job y el Eclesiastés o también llamado Cohelet.
Bibliografía
José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento”. Ed Verbo Divino, 2016. c. 21 El fenómeno sapiencial.
Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Antiguo Testamento 5 Libros sapienciales.
John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 23 y 26. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es
Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed Cristiandad 1975. Introducción a cada uno de estos libros.
Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a cada uno de estos libros tanto de los pertenencientes al canon hebreo como de los deuterocanónicos.

En el Año de la Biblia (18)

LIBROS POÉTICOS (II). EL CANTAR DE LOS CANTARES Y LAS LAMENTACIONES
Written by Gonzalo Haya)
El Cantar de los cantares es un poema de amor humano en su plenitud, expresado en diálogos entre el amado y la amada, una joya de la literatura hebrea y de la literatura universal. Este poema es plenamente humano, amor de cuerpo y espíritu, apasionado, lúdico, sensual; no tiene nada propiamente religioso, sapiencial ni ético; solamente puede entreverse una alusión a Dios en 8,6 “es fuerte el amor como la muerte… es centella de fuego, llamarada divina”.
Y surge la pregunta ¿por qué está en la Biblia? La respuesta inmediata y práctica lo justifica porque eran unos poemas que se leían tradicionalmente en la fiesta de la Pascua judía y nadie había cuestionado su inclusión en el canon hebreo hasta que un rabino lo hizo en el siglo I de nuestra era, y entonces ya era tradición. Y del canon hebreo pasó al canon cristiano. Pero las costumbres se mantienen cuando tienen un por qué más profundo, como ahora veremos.
Esta aparente disonancia del poema amoroso en el canon religioso ha dado origen a dos tipos de interpretación; unas alegóricas y otras literales y naturalistas.
Las interpretaciones alegóricas judías explicaron que se trataba del amor de Dios con su pueblo, las cristianas lo aplicaron al amor de Cristo con la Iglesia (Efesios 5,31-33) y más tarde, en clave mística como amor de Cristo con el alma.
Las interpretaciones naturalistas, tanto judías como cristianas, lo entienden como expresión del verdadero amor de una pareja, ya sea histórica o idealizada, que abarca los aspectos espirituales y los corporales del amor humano, descritos con realismo y con finura poética.
Quizás ambas interpretaciones tengan razón. Los autores de estos poemas de bodas pensaron en el amor humano; los intérpretes sapienciales comprendieron que el amor humano es una “centella de fuego, una llamarada divina”, un reflejo del amor de Dios, una participación del mismo Dios, que es amor y que fundamenta nuestro mismo ser. El amor entre el amado y la amada es el mayor grado de entrega mutua y de identificación entre dos seres: “serán dos en una sola carne” (Génesis 2,24; Mc 10,6-9). “Afirmando el amor humano, es posible descubrir en él la revelación de Dios, que es amor” (Schökel). Y este canto de amor humano inspiró a san Juan de la cruz para expresar su experiencia mística del amor que identifica al alma con Dios.
El título, El Cantar de los cantares, es un modo de expresar el superlativo: el cantar por excelencia. El mismo texto parece atribuirlo a Salomón, por ser el modelo del sabio y de una época esplendor, pero es obra de varios autores, con influencias de varias épocas y de varios pueblos con los que tuvieron contacto los hebreos. Consta de cinco poemas en forma de diálogo entre la esposa y el esposo en igualdad: “yo soy de mi amado y mi amado es mío” (6,3-4), con un coro de fondo, y estructurado como un solo poema hacia el siglo V o IV a. C.
Expresa los movimientos vitales del amor: deseo-satisfacción (1,12-15), búsqueda-encuentro (3,1-5), pérdida-posesión (5,2-8), ocultamiento-manifestación. Utiliza para ello sencillas imágenes de la naturaleza, y de la vida pastoril o de la vida cortesana, descritas con el color, sonido, olor, y sabor, que recrean en el lector las sensaciones de los amantes (4,1-7). Esta variedad de escenarios en que sitúa a los protagonistas más que ambientes reales parecen obedecer a la fantasía creativa del amor.
Destacaremos aquí una muestra que invite a la lectura completa de esta joya tan divinamente humana (1,13-15).
Amada
Mi amado es para mí una bolsa de mirra
que descansa entre mis pechos;
mi amado es para mí
como un ramo florido de ciprés
de los jardines de Engadí.
Amado
¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres!
Tus ojos son palomas.

Lecturas recomendadas
Alfonso Ropero Berzosa: “Cantar de los cantares” en Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia, ed. CLIE 2013 2ª edición.
Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Antiguo Testamento 5 Libros sapienciales, Cantar de los cantares, p. 119.
Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed Cristiandad 1975. Introducción al Cantar de los cantares.
Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción al Cantar de los cantares, y aclaraciones a pie de página a casi todos los versículos.

Las Lamentaciones
Las Lamentaciones, o Trenos, fueron atribuidos a Jeremías, pero es obra de varios autores que compusieron cinco elegías por la destrucción de Jerusalén y del Templo, la persecución, matanza y deportación del pueblo a Babilonia (586 a. C.): “somos dominados por esclavos / y no hay quien nos libre de su mano… Violaron a las mujeres en Sion… Colgaron de sus manos a los nobles… niños tropezaban bajo el peso de la leña” (5,8-13).
Los autores lamentan la situación emocional, personal y colectiva, del pueblo “sin rey, sin Templo, y sin instituciones, empobrecido, desorganizado, y religiosamente abandonado” porque estas instituciones eran el símbolo que garantizaba la fidelidad de Dios en su Alianza y en sus promesas (BTI). La liturgia cristiana ha adoptado estas Lamentaciones el viernes santo como duelo por la muerte de Jesús.
Conforme a la arraigada concepción teísta, atribuyen directamente a Dios esta desoladora situación: “¡Como ha nublado mi Dios / con su cólera a Sion! …Dios destruyó sin piedad / las moradas de Jacob, arrasó las fortalezas… y echó por tierra, humillados / a su reino y a sus príncipes” (2,1-2). Hoy comprendemos que la causa de la destrucción de Jerusalén fue la ambición de Nabucodonosor y la mala política de los reyes de Judá; y la causa más profunda fue la codicia del invasor y la codicia de los potentados y de los sacerdotes de Judá. No es un castigo de Dios sino las consecuencias del abandono y desprecio de una ley moral de justicia y solidaridad (incluida también en la Alianza del pueblo con Dios).
La fe del pueblo reconoce esta situación como el merecido castigo por su propia infidelidad, pero surge también la pregunta sobre el injusto sufrimiento que padecen los inocentes. La tercera Lamentación se plantea estos problemas y descubre el valor del sufrimiento paciente de los justos, y mantiene la esperanza en la misericordia divina que es más duradera que la justicia de su castigo: “Pero algo viene a mi mente / que me llena de esperanza / que tu amor, Señor no cesa, ni tu compasión se agota” (3,21-22). “Pero tú, Señor, reinas por siempre, / tu trono permanece eternamente… Haznos volver a ti, Señor, y volveremos; haz que nuestros días sean como antaño” (5,19). Este tema lo veremos mejor en el Libro de Job.
Como recurso literario principal, estos autores han adoptado el acróstico con las 22 letras de al alfabeto hebreo (el alefato), cada una marcando el inicio de cada estrofa. Este recurso no afecta directamente a las traducciones, pero ha dejado un rastro de repeticiones o de frases de relleno que retardan el dinamismo de la elegía.
Comprenderemos mejor estas elegías si evocamos las devastaciones en las guerras europeas y española del siglo XX y la que provoca ahora Boko Haram en las aldeas africanas, los niños soldados, y las niñas esclavas sexuales. A pesar de todo, las religiosas, religiosos y seglares misioneros mantienen su fidelidad con el pueblo y su esperanza en un Dios amor, que respeta la libertad de los guerrilleros y alienta la generosidad de los misioneros.

En el Año de Biblia (17)

LIBROS POÉTICOS (I). SALMOS
Written by Gonzalo Haya libros del Antiguo y del Nuevo Testamento podemos encontrar textos poéticos, en verso y en prosa, especialmente en los Profetas, pero los libros estrictamente poéticos son Los Salmos, El Cantar de los Cantares y Las Lamentaciones.
La poesía hebrea no se basa en la rima, sino en el paralelismo de dos expresiones de un mismo sentimiento, o en su contraposición con el opuesto; además de otros recursos habituales de concisión, imágenes simbólicas, ambigüedad multisugerente, acentos y sonoridad (difícilmente traspasable a una traducción). Estos aspectos son especialmente importantes porque la mayoría de los salmos están concebidos para ser cantados o recitados en solemnidades litúrgicas.
Los Salmos
Los Salmos, libro de oración
Los Salmos son la expresión espontánea de los creyentes, o de la comunidad, en diálogo con Dios; y eso es la oración, sea comunitaria o privada, un diálogo con Dios en las diversas circunstancias de la vida.
Pueden expresar admiración, alabanza, súplica, confianza, temores, y también desesperación, respetuosas quejas, pero también imprecaciones contra los enemigos, que nosotros podemos y debemos omitir en nuestra oración. Para un cristiano, los salmos adquieren especial significado al imaginar cómo se valió de ellos Jesús para expresarle al Padre sus propios sentimientos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”.
La mayoría fueron atribuidos a David, el rey poeta, pero realmente son obra de varios autores; “de una cadena anónima de poetas a lo largo de ocho siglos” (Schökel), según las vicisitudes del pueblo de Israel, con sentimientos y hasta teologías diferentes (Yahvé, Elohim), con influencias de los vecinos cananeos o egipcios, y modificaciones y adaptaciones hasta su redacción definitiva en el siglo III o II a. C. Los títulos y entradillas con indicaciones para la música son también añadidos posteriores.
Clasificación práctica para la oración
Se han propuesto distintas clasificaciones de los 150 salmos, unas más científicas y otras más prácticas para su uso como modelo de oración en diversas situaciones de la vida; pero estas clasificaciones son ambiguas porque la mayoría de los salmos expresan diversos estados de ánimo. La mejor clasificación es la que cada uno haga para él, porque Los Salmos no es un libro para leer, sino un libro de cabecera al que acudir en determinados momentos, en que necesitamos expresar un sentimiento en diálogo con Dios.
Cuando encontramos la cita a un salmo, tenemos que tener en cuenta que nuestras Biblias pueden utilizar la numeración del texto hebreo o la del texto griego, que es una unidad inferior al hebreo. Por ejemplo, el salmo penitencial que conocemos como “de profundis” (desde lo hondo grito a ti…) según la numeración hebrea es el 130, y según la versión griega de los LXX es el 129. La traducción de Schökel, la Biblia interconfesional (BTI) y la clásica de Reina-Valera lo citan como 130 (129); la Vulgata, que sigue a los LXX, lo numera como 129 (130), y es (o era) la numeración más conocida por los sacerdotes y los monjes y monjas que utilizan el texto latino.
(Cada edición suele advertir que numeración adopta).
Pikaza, en “Ciudad Biblia”, al tratar los Salmos, propone un cuadro con la clasificación; igualmente García Polo al comienzo de la edición de los Salmos en vídeos. Nosotros propondremos una clasificación más simple; prescindimos aquí de los salmos didácticos, históricos, litúrgicos, y destacamos algunos ejemplos de los salmos que pueden facilitar nuestra oración. (Citamos con la numeración de la traducción hebrea de Schökel).
CONFIANZA, súplica y acción de gracias
16: Protégeme, dios mío, que me refugio en ti
22: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?
23: El Señor es mi pastor: nada me falta
25: A ti, Señor, presento mi afán
27: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
40: Yo esperaba con ansia al Señor: se inclinó y oyó mi grito de auxilio
51: Misericordia, Dios mío, por tu bondad
127: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles
139: Señor, tú me sondeas y me conoces
ANHELO DE DIOS
42: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío
63: Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi garganta tiene sed de ti
HIMNOS DE ALABANZA
8: Señor Dios nuestro, ¡qué grande es tu nombre en la tierra entera!
19: El cielo proclama la gloria de Dios
92: Es bueno dar gracias al Señor
104: Bendice, alma mía, al Señor. (Himno de alabanza por la armonía de la naturaleza)
113: ¡Aleluya! Alabad siervos del Señor, alabad el nombre del Señor
148: Alabad al Señor desde los cielos! (alabanza al Dios de toda la creación)
Bibliografía
Antonio García Polo: “Orar con los Salmos. Los 150 salmos en PowerPoint”. Presenta cada salmo con una breve introducción, una invitación a interpretarlo desde Israel, desde Jesús, y desde nosotros mismos. Desarrolla las principales estrofas y facilita la meditación con una imagen visual apropiada, un fondo de música, y un breve comentario. Puede verse en internet: “Salmos Antonio García Polo”.
José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento” ed. Verbo Divino, 2016. Tema V nº 23 Los Salmos.
Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed. Verbo Divino 2019. Antiguo Testamento 5 Libros sapienciales, p. 112.
John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 25 y 27. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es
Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed. Cristiandad 1975. Introducción a Los Salmos.
Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed. Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a Los Salmos y aclaración a pie de página a casi todos los versículos.

Año de la Biblia-Los Profetas II

LOS PROFETAS (II). DESDE AMÓS AL DESTIERRO

Written by Gonzalo Haya

Los cuatro grandes profetas del siglo VIII a. C. nos resultarán más cercanos porque vivieron una situación más parecida a la nuestra de prosperidad para los ricos y de extrema desigualdad con los empobrecidos. Denunciaron, con duro lenguaje la desigualdad social, la corrupción de los ricos, la corrupción religiosa, y una religión más centrada en unas prácticas superficiales que en la solidaridad humana.

Amós (780-740 a. C.)

Amós, el profeta de la justicia, era un pastor del reino del Sur que fue enviado por Dios al reino del Norte para denunciar las injusticias sociales, políticas y religiosas, hasta que fue expulsado por el sacerdote Ananías por sus invectivas contra el rey Jeroboán. Tuvo una acertada visión política al prever, contra todas las circunstancias, la deportación del pueblo, que anunció como castigo de Dios. Y una visión universalista sobre Dios, que superaba el nacionalismo judío: “Esto dice el Señor, cuyo nombre es Dios del universo” (Am 5,27).

Su lenguaje es duro, extremista, unilateral y sarcástico, con metáforas muy expresivas, pero también con nombres y situaciones concretas que resultarían ofensivas para muchos de sus oyentes, aunque a nosotros nos dicen poco porque desconocemos las situaciones a las que alude; podemos hacernos una idea recordando los sermones de fray Antonio de Montesinos a los militares y colonos en La Española.

Para que caigamos en la cuenta de la crudeza de este lenguaje, Sicre pone unos ejemplos de su equivalente a nuestra vida actual, como este oráculo (que seguramente nos escandalizará) sobre el culto y la falsa seguridad religiosa que se le atribuía.

 Así dice el Señor a la casa de Israel:

Buscadme y viviréis; no busquéis a Betel,

no vayáis a Guilgal,

no os dirijáis a Berseba;

que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén

Buscad al Señor y viviréis (Am 5,4-5)

  Así dice el Señor a los católicos:

Interesaos por mí y viviréis;

Pero no os intereséis por el Pilar,

no vayáis a Santiago,

no acudáis al Rocío.

Que el Pilar caerá por tierra,

y el Rocío se volverá tormenta.

Interesaos por el Señor y viviréis.

Interesarse por Dios es denunciar y eliminar las injusticias sociales, como expresa más adelante: “Detesto y aborrezco vuestras fiestas, me disgustan vuestras asambleas. Me presentáis vuestros holocaustos, vuestras ofrendas que yo no acepto… Que fluya el derecho como agua, y la justicia como un río inagotable” (Am 5,21-24); “Y porque pisoteáis al indigente exigiéndole el impuesto del grano, no habitaréis esas casas construidas sirviéndoos de piedras talladas…” (Am 5,11).

Como dice Spong, “Después de Amós, adoración y justicia ya nunca más estarían separados para el judaísmo verdadero…la justicia entre los hombres sería la expresión de la verdadera liturgia divina”.

Oseas (800-725)

Igual que Amós, Oseas profetizó en el reino del Norte, denunció con duro lenguaje las injusticias sociales, la idolatría, la corrupción de los sacerdotes y de la casa real, y el culto superficial a Yahvé, pero su enfoque es distinto. Oseas es el profeta del amor, del amor de padre (c. 11) y del amor de esposo celoso que amenaza pero luego perdona las infidelidades del pueblo.

La profecía de Oseas es un gran poema de amor que cambia la imagen de un Dios legislador y juez por la de un amor ilimitado, expresado no sólo con palabras sino con su propia vida. Su lenguaje es claro, emocional, y perfectamente asequible para nosotros. Su vida fue un reflejo de la relación de amor sin límite de Yahvé con su pueblo. Vida y mensaje coinciden.

Se casó con una prostituta porque, como expresa al inicio del libro “El Señor dijo a Oseas: anda, cásate con una prostituta” (1,2), “porque así también el Señor ama los israelitas, aunque ellos se vuelvan a otros dioses” (3,1) porque adoran a los dioses de la abundancia y la fertilidad.

Algunos Santos Padres encontraron cierta inmoralidad en este consejo divino, y consideraron todo el relato como una parábola; pero la mayoría de los exegetas lo consideran una realidad, una acción simbólica y profética. Actualmente podemos interpretar que Oseas se enamoró de una prostituta, sufrió sus continuas infidelidades, se enfurecía pero seguía amándola y perdonándola; la experiencia de este profundo amor le llevó a comprender (y aquí estaría la inspiración) que así es el amor de Dios por su pueblo (Os 1,2 – 3,5).

Amor celoso y enfurecido que anuncia el castigo “seré para ellos un león, una pantera acechando el camino. Los atacaré como una osa cuando es privada de sus crías”, pero también la promesa de salvación “Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio y sus raíces serán tan firmes como los árboles del Líbano” (c. 13 y 14)).

Miqueas (740-687)

Miqueas es un campesino que huye a Jerusalén por la invasión siria del sur de Judea. Su profecía denuncia, como Amós y Oseas, la opresión que los poderosos ejercen sobre los pobres, la corrupción de los jueces y los sacerdotes, y la superficialidad del culto.

El libro de sus profecías muestra una importante reelaboración y añadidos de otro autor. El estilo es muy expresivo con datos realistas y expresiones de gran crudeza: “arrancáis la piel de la gente y dejáis sus huesos al desnudo… Cortan su carne en pedazos para echarlos a la olla” (3,1-5).

En sus profecías encontramos la promesa de “congregar al resto de Israel”, “convertir sus espadas en arados” y atraer a todas las naciones “al monte de la casa del Señor”; y sobre todo su profecía de un rey mesiánico que nacerá en Belén (Miqueas 5,1-4; Mateo 2,4-6). En 1Reyes se narra su desafío al rey Josafat y el bofetón que recibió por contestar así al rey (posible precedente para elaborar la historia de la Pasión de Jesús).

Spong resume en el capítulo 6 el mensaje de Miqueas: “El Señor entabla juicio con su pueblo… Pueblo mío, qué te hice, en qué te molesté? Respóndeme”. El pueblo piensa cómo desagraviar al Señor: “¿Con qué me presentaré al Señor…con holocaustos, con becerros añojos?” y llega a pensar en sacrificios humanos: “Le ofreceré mi primogénito por mi culpa, o el fruto de mi vientre por mi pecado?”. Miqueas le responde al pueblo: “Hombre ya te ha explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad, que seas humilde con tu Dios” (6,1-9).

Isaías I (c. 1-39) (760-701)

Es el profeta más conocido por sus predicciones sobre el Mesías: “la joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros” (7,14).

Los exégetas han comprobado que este libro no puede ser de un solo autor, por lo que distinguen entre Isaías I, al que a atribuyen aproximadamente los capítulo 1-39 (aunque con intercalados posteriores), Isaías II, y III (siglo VI a. C).

Isaías es un profeta de la corte y del templo pero, como los profetas campesinos, denuncia las injusticias sociales: “¡Ay de los que especulan con casas, y juntan campo con campo…”(5,8-14) y el falso culto: “¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? Dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones…Vuestras solemnidades y fiestas las detesto… cesad de obrar el mal…” (1,10-17); pero se caracteriza especialmente por la gran manifestación de la majestad de Dios (teofanía del c. 6), la fidelidad de un “resto de Israel”, y la reconciliación final de todos en Jerusalén.

Su lenguaje es de gran calidad literaria, sereno y preciso, gran poeta, con imágenes originales, y cantos como el de la viña (5,1-7) y el de Ezequías en su enfermedad (38,9-20).

Los capítulos 24-27, el apocalipsis de Isaías, fue escrito durante el siglo IV.

Siglo VII – VI

A mediados del siglo VII el rey Josías realiza una gran reforma religiosa apoyado por algunos profetas: Sofonías, que había denunciado el contagio de idolatría; Nahum, que anunció la caída de Nínive; Habacuc, que interpela a Dios por su silencio ante la injusticia de los opresores y el clamor de los oprimidos; Joel, que predice la venida del Espíritu sobre todo el pueblo, como confirma Lucas en Pentecostés (Hechos 2,17-21).

Jeremías fue el principal apoyo de la reforma de Josías. Sacerdote de origen rural, ejerció el profetismo entre finales del s. VII y comienzos del VI; defendió las tradiciones de la Alianza con Yahvé y la reunión de los reinos del Norte y del Sur centrándolos en el Templo de Jerusalén. Denunció las injusticias y contribuyó en gran medida a la redacción del Deuteronomio. Sus escritos fueron reinterpretados por los deuteronomistas en un sentido más laical, hasta el punto de que la versión griega es notablemente más extensa que la original hebrea.

Su vida y su obra se dividen en dos periodos política y socialmente muy diferentes marcados por la muerte del rey Josías (609 a. C.); la restauración religiosa y social de Josías cayó de nuevo en la corrupción y la debilidad política, con la primera deportación a Babilonia (597 a. C.). Jeremías murió desterrado en Egipto.

Su estilo mezcla la narración con la poesía, poemas construidos con realidades de la vida diaria, y acciones simbólicas como la del cinturón que se pudre o la cesta de higos; pero se caracteriza por sus relatos biográficos (c. 26-45) en los que manifiesta abiertamente sus sentimientos especialmente en sus “confesiones” (c. 11; 15; 17; 18; 20) : “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… ¡Maldito el día en que nací… ¿Por qué salí del vientre de mi madre para pasar trabajos y penas, y acabar mis días derrotado!” (Jer. 20).

En su teología puede resultarnos difícil de entender la crudeza con que le atribuye directamente a Dios estas devastadoras invasiones de castigo por la infidelidad del pueblo: “mandaré a buscar… a mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y los traeré contra esta tierra y sus habitantes” (25,9); pero él mismo afirma que “En aquellos días ya no dirán: los padres comieron los agraces y los hijos padecen dentera, sino que cada cual morirá por su propia culpa” (31,30), y que esta invasión de Nabucodonosor se debe al orgullo del rey Joaquín que lo desafía, y que se podría evitar con un pacto (c. 36-38).                                                                                                                            Esta teología del castigo se compensa con un mensaje de salvación: cambiaré la suerte de mi pueblo, Israel y Judá, dice el Señor, y los volveré a llevar a la tierra que di en posesión a sus padres” (30,3).

El libro de Las lamentaciones.

La Biblia griega y la Vulgata atribuyen este libro a Jeremías, pero los estudios muestran que sería obra de diversos autores de la misma época y con algunas semejanzas, pero con apreciables diferencias. (Lo veremos al tratar de los Libros poéticos).

Carta de Jeremías

Un autor anónimo, inspirado en la carta de Jeremías a los desterrados (Jeremías c. 29), compuso esta sátira contra la idolatría probablemente en el periodo helenista (s. IV-II a. C.). Está dirigida supuestamente a los hebreos deportados a Babilonia, pero en realidad a todos los judíos de la diáspora a fin de que no se contagiaran con las prácticas idolátricas. El texto está en griego, por lo que no fue incluida en el canon hebreo.          Se trata de diez secciones centradas en el estribillo “A la vista está que no son dioses; no les tengáis ningún temor”. Repite la argumentación de Jeremías pero en general emplea un tono burlesco y superficial, que podría emplearse igualmente hoy por quienes quisieran burlarse de nuestras imágenes religiosas.

Año de la Biblia (14)

EL EVANGELIO DE MARCOS

Por Gonzalo Haya

Importancia

Comenzamos nuestra lectura de la Biblia por los evangelios, porque  Cristo, el Mesías, es el cumplimiento de toda la Escritura y la clave que nos permitirá interpretarla. La evolución de la conciencia bíblica fue perfilando la figura del Cristo (el ungido, el Mesías), con borradores más o menos acertados, y no pocas veces con borradores contaminados. Desde la cúspide miramos los caminos recorridos con sus avances y sus retrocesos.

Y de los evangelios, iniciaremos con el evangelio de Marcos que fue la primera biografía escrita de Jesús, y que sirvió de base para las posteriores de Mateo y Lucas. La primera biografía escrita, pero no el primer escrito cristiano. Las cartas de Pablo, las auténticas, fueron los primeros escritos cristianos.

Marcos, a quien se atribuye este primer evangelio, conocía aquellos escritos porque acompañó a Pablo, y siguió fundamentalmente su teología, pero aquellos escritos exaltaban al Jesús resucitado, constituido en su resurrección como Señor y Mesías, y no se interesaban en absoluto por la vida  terrenal de Jesús en la fragilidad de la carne. (Rom 1, 1-4; 2Co 5,16-17).

Marcos se separó de Pablo y tuvo la gran inspiración de valorar la vida corporal de Jesús,  considerando la experiencia mística en el Jordán como el momento en que fue declarado hijo de Dios (se sintió con libertad para cambiar la interpretación de Pablo). De este modo, en vez de las consecuencias idealistas de un Cristo resucitado, Marcos pudo ofrecer a las comunidades cristianas la vida de Jesús como ejemplo concreto de cómo vivir el Reino de Dios.

Para elaborar la biografía de Jesús, reunió los testimonios orales o escritos ya existentes y compuso un relato desde la perspectiva de la resurrección, y siguiendo el modelo de los símbolos y relatos (leyendas, curaciones, maná) del Antiguo Testamento.

Características

Antes de iniciar la lectura, conviene leer la introducción que cada Biblia antepone a cada libro sobre el autor, fecha, contexto, y contenido del libro. Nosotros destacamos aquí algunas características de mayor relevancia.

Los relatos originales estaban destinados a ser leídos en las reuniones de las comunidades judeocristianas, y acomodados a sus necesidades; especialmente a evitar un creciente gnoscitismo espiritualista, y a mostrar las exigencias del seguimiento de Jesús.

Marcos presenta un Cristo quizás demasiado humano, apasionado tanto en la violencia como en la ternura, radical, incluso con sus momentos de ira ante la obcecación de los fariseos, y que Mateo y Lucas procuraron suavizar, como explico ampliamente en los videos de Fe Adulta. Sería conveniente confrontar algunos pasajes con sus correspondientes paralelos en Mateo y Marcos (esta referencia suele estar indicada al comienzo de cada pasaje; o, mejor aún, si se dispone de una Sinopsis de los cuatro evangelios, como la de la Sociedad Bíblica Española o la de Desclee de Brouwer).

Marcos termina su evangelio recomendando a los discípulos que vuelvan a Galilea para retomar los caminos de Jesús. Lucas les recomienda que permanezcan en Jerusalén para recibir el Espíritu Santo e iniciar su expansión hasta Roma. ¿Ruptura con Jerusalén (el Templo) o permanencia como punto de partida del naciente cristianismo?

Observar las discrepancias entre los cuatro evangelistas es el mejor antídoto contra una interpretación literalista de los evangelios; no son palabra inalterable de Dios, sino interpretaciones de las primeras comunidades sobre la vida y el mensaje de Jesús, que fueron aceptadas por el conjunto de todas ellas.

Para percibir el mensaje del evangelio no basta con unas orientaciones técnicas, es necesario leerlo pausadamente, atentos al eco que suscita en nuestra conciencia.

Estructura del evangelio de Marcos

1,1-13 Presentación

1,14 a 8,26 Actividad y enseñanza de Jesús por las aldeas de Galilea. Termina simbólicamente con la curación de un ciego y la confesión de Pedro de Jesús como el Mesías.

8,27 a 15,47 Camino a Jerusalén para anunciar la llegada del Reino, y preparación de los discípulos para el rechazo del Sanedrín, su juicio y muerte.

18,1-8 Resurrección, y envío de los discípulos a Galilea (la “casilla de salida”), para reiniciar, como Jesús, su seguimiento.

El Apéndice de 16,9-20 no es de Marcos, y fue añadido por otras comunidades para aceptarlo junto con los otros evangelios.

Vídeos de la Escuela de Formación de Fe Adulta

Pope Godoy: El evangelio de Marcos. Pope nos da unas claves para entender el mensaje del evangelista, desmonta algunas traducciones erróneas y algunos errores de concepto, y destaca los hallazgos más relevantes de las últimas investigaciones sobre las escrituras. Se trata del evangelio más antiguo de los cuatro. Es el que más detalles aporta y el que mejor describe los sentimientos de Jesús y de los que le rodean. En esta interesantísima clase, Pope nos da unas claves para entender el mensaje que el evangelista ha querido transmitir con su libro. Desmontando algunas traducciones erróneas y algunos errores de concepto, nos comenta algunos pasajes como el Bautismo de Jesús o la Multiplicación de los panes y los peces, destacando de paso los hallazgos más relevantes de las últimas investigaciones sobre las escrituras.

Gonzalo Haya: Marcos ¿un Cristo demasiado humano? I Jesús de Galilea. Gonzalo destaca las características de Marcos al comparar algunos pasajes con los paralelos de otros  evangelistas, que omiten o corrigen algunos detalles.

Gonzalo Haya: Marcos, ¿un Cristo demasiado humano? II Las ocho palabras en la cruz. Son especialmente significativas las palabras de Jesús en la cruz que transmite cada evangelista. Las primeras comunidades no podían comprender que el Mesías libertador muriera crucificado, incluso recordaban la sentencia del Deuteronomio “maldito todo el que cuelga de un leño”; por eso necesitaban buscar una explicación acorde con la Biblia.

José Arregi: Bautizados por Juan (I). El hecho del Bautismo de Jesús es muy revelador si se analizan las versiones de los diferentes evangelios. Que Juan bautizara a Jesús resultaba difícil de entender para las primeras comunidades cristianas y resulta clave para entender cómo la idea sobre la humanidad y la divinidad del Nazareno no fue la misma desde los primeros siglos.

José Arregi: Bautizados por Juan (II). Otra reflexión a la que invita la lectura del Bautismo de Jesús es la revisión del concepto de pecado y pecado original, que no ha sido igual a lo largo de los siglos y cuya desviación más influyente tiene su origen en San Agustín. También comenta las imágenes del Bautismo y su simbología para nosotros, cristianos del siglo XXI. Para terminar hay un interesante diálogo con los asistentes.

Lecturas recomendadas

Gonzalo Haya: Volver al Jesús de Galilea. Comentario y exegesis al evangelio de Marcos.  Exposición relativamente breve de todo el evangelio que recoge lo más importante de la exégesis actual, y con referencia a las discrepancias con los textos paralelos de los otros tres evangelios canónicos.                                                                                                                            Xabier Pikaza: El evangelio de Marcos. La buena noticia de Jesús. Análisis exegético, amplio comentario teológico de cada pasaje, y un estudio introductorio sobre Marcos y las comunidades cristianas de su entorno. Ed. Verbo divino 2012.                                                                                                                                 Salvador Santos: Un paso un mundo. Exposición del evangelio de Marcos bien documentada pero en lenguaje coloquial, con especial atención al compromiso social. Ed El Almendro 2009 agotada. Acceso libre a un resumen en http://www.atrio.org/un-paso-un-mundo/.                                                                                                                                    Juan Mateo y Fernando Camacho: El evangelio de Marcos. Especial atención al análisis lingüístico y al sentido socioreligioso, aplicable actualmente. Ed. El Almendro 2008.                                                                                                                                         Mercedes Navarro: Marcos. Amplio análisis de cada pasaje con atención a sus implicaciones culturales y psicológicas, en un estilo sencillo y pedagógico. Ed. Verbo divino 2006.

Lecturas online recomendadas:

Introducción al evangelio de Marcos, Patxi Loidi                                                                                                                                         Evangelio y no-dualidad, Enrique Martínez Lozano

Los milagros de Jesús, Fray Marcos

En el Año de la Biblia(13)

LIBROS HISTÓRICOS (I). LA HISTORIA DEUTERONOMISTA

30.07.2020 | GONZALO HAYA

(pertenece a la difusión del año de la Biblia, desarrollado por Fe Adulta)

El año de la Biblia: La corriente deuteronomista fue una tendencia laica, político-religiosa, preocupada por la unidad de Israel (Reino Norte) y Judá (Reino Sur) mediante la fidelidad a la Alianza con su Dios Yahvé, centrada en el culto en el Templo de Jerusalén. 

Se inició en los tiempos del rey Josías (639-608 a. C.) y culminó con la inauguración del Segundo Templo (515 a. C.) y la reforma de Esdras y Nehemías (480-440 a. C.) con la proclamación de la ley. Para este objetivo, la escuela deuteronomista recopiló, y adaptó a su propósito, la Historia del pueblo hebreo, colaboró en la redacción del Pentateuco (que narra la historia hasta el siglo XIII a. C.), y continuó esta historia en los libros de Josué, Jueces 1 y 2, Samuel 1 y 2, y Reyes (que narran hasta la caída de Jerusalén en el 587).

En los últimos siglos (IX – IV) los hebreos, tras un período de esplendor con David y Salomón (s. X), fueron sometidos por Asiria, Babilonia, y Persia, (que se mantuvo hasta la conquista de Alejandro Magno) aunque con distinta suerte en el Norte y en el Sur, a veces como reyezuelos dependientes y a veces deportados al exilio. La Biblia hebrea y la protestante incluyen estos libros históricos entre los libros proféticos; y en realidad son más proféticos que históricos, en el sentido de que interpretan los designios de Dios en la historia de Israel.

En el Deuteronomio hemos conocido la Historia, o las leyendas, de la creación, los Patriarcas, el éxodo y la travesía del desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. La elección de Dios y los milagros para proteger a su pueblo, para escapar de la esclavitud y atravesar el desierto, siempre fabulados, nos resultaban más o menos razonables; pero ahora la conquista de Canaán, una tierra fértil y habitada, constituye una verdadera invasión, que nos produce una inquietud ética.

¿Puede justificarse como una promesa de Dios? En realidad se trata de situaciones históricas que posteriormente se interpretaron como promesa divina, siguiendo el esquema promesa-infidelidad-castigo-perdón (Jueces 2,6-19); o peor aún quizás desde el principio se justificó esta invasión como mandato divino. Así han tratado de justificar actualmente los más ortodoxos la invasión de Palestina. Así justificamos nosotros la conquista de América.

Tenemos que aceptar la Historia como sucedió, y reparar en lo posible sus injusticias, pero no nos justifiquemos escudándonos en Dios. Leamos estos libros buscando a Dios a pesar de los hechos que narran, porque Dios no maneja la Historia; somos nosotros los que tenemos que interpretar el proyecto de Dios y realizar la Historia.

Estos libros de historia interesan a los estudiosos, pero todos deberíamos conocer un poco de nuestras raíces religiosas para interpretar mejor lo esencial y lo circunstancial en nuestra fe adulta. Podemos encontrar una selección práctica para conocer estos cuatro libros en el capítulo 13 de la Introducción al Antiguo Testamento, que José Luis Sicre titula “Leyendo la Historia”. Sigue leyendo

En el Año de la Biblia: Los Profetas III

Año de la Biblia (Septiembre). Los profetas (III): desde el destierro hasta el final de la profecía (s. VI-III)

Gonzalo Haya

Ezequiel (610 – 569 a. C.)
Ezequiel es el profeta de las visiones espectaculares y apocalípticas, que han inspirado la cábala judía. Comienza el libro narrando su vocación en una gran manifestación de Dios, llevado en una especie de carro, por cuatro vivientes como seres humanos, cada uno con cuatro rostros y brazos con alas, que caminaban en todas direcciones entre vientos huracanados, y relámpagos… (c 1-3). Esta imagen tan incongruente nos quiere transmitir la majestad (santidad, trascendencia) de Dios al que no se le puede pedir cuentas por la destrucción de Jerusalén. Y quizás nos venga bien ahora a los cristianos, que nos hemos acostumbrado a ver a Dios en el niño de Belén y le hablamos con amistosa familiaridad. Padre sí, pero misterio también.

Ezequiel nació en Judea en una familia sacerdotal pero sufrió muy joven la primera deportación a Babilonia en el 597, y allí experimentó su vocación profética en el 593, que ejerció hasta su muerte. Sus escritos sufrieron añadidos y modificaciones por parte de la escuela sacerdotal hasta el s.III.

En su profecía se distinguen dos etapas, antes y después de la destrucción del Templo. En la primera (c. 1-21) se enfrenta a la falsa esperanza de los deportados en un inminente regreso y anuncia la destrucción de Jerusalén. En la segunda etapa, denuncia la culpabilidad de los príncipes, sacerdotes, profetas y terratenientes en esta catástrofe, pero transmite la esperanza en la restauración, la unión del reino del Norte y del Sur, una nueva Alianza con Dios, y la construcción de un nuevo Templo al que dedica los capítulos 40-47 con detalle de las medidas del altar, de las vestiduras, y de cada habitáculo, pared o puerta.

Su teología se aparta de la creencia tradicional de que Dios estaba vinculado al Templo de modo que éste era indestructible. Ezequiel reivindica la universalidad de Dios, “la movilidad cósmica del Señor representada por el carro que transporta su gloria en todas direcciones” (BTI) y su independencia que dirige la historia. No ha sido derrotado por Nabucodonosor sino que ha sido él mismo quien ha abandonado Jerusalén y ha traído al invasor como castigo por las infidelidades de su pueblo.

Ezequiel ejerció gran influencia en “el nacimiento del judaísmo” potenciando su aislamiento mediante las el cumplimiento del sábado, la alimentación kosher, y la circuncisión. Otro aspecto importante es la retribución individual frente a la creencia popular expresada en el refrán “los padres comieron los agraces y los hijos padecen la dentera. / por mi vida os juro, oráculo del Señor, / que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel… el que peca es el que morirá… os juzgaré a cada uno según su proceder” (c. 18,132).

Su expresión en prosa es repetitiva y tediosa, sus textos poéticos son de gran plasticidad, con imágenes y visiones patéticas como la resurrección de los huesos por obra del aliento creativo de Dios (37) (texto que posteriormente han interpretado los “espirituales negros”). Su expresión histriónica se vale de acciones simbólicas, mimos y danzas, que lo configuran como un juglar de Dios.

Isaías II (c. 40-55)
No conocemos al autor de los capítulos 40-55 del libro de Isaías, y por eso se le denomina el segundo Isaías o deuteroisaías. Este profeta ejerció en los últimos años del exilio (550-540 a. C.). Proclamó el retorno del exilio y la reconstrucción de Jerusalén, “el segundo éxodo”, impulsado por Ciro, rey Persia, ungido por Dios para la liberación del pueblo hebreo (45,1-8).
Su teología se basa en la soberanía universal del Dios único y creador del mundo (44,24-28); pero es especialmente importante por su descripción del Siervo Sufriente (42,1-9; 49,1-7; 50,4-9; 52,13 a 53,12). Estos cuatro cantos sobre el Siervo sufriente sirvieron a las primeras comunidades cristianas para superar el escándalo que producía para un judío reconocer como Mesías a un Jesús crucificado.

Ningún cristiano había presenciado de cerca la Pasión de Jesús, pero los evangelistas utilizaron estos cantos y el salmo 22 (21) para describirla: “ofrecí mi espalda a los que me apaleaban / las mejillas a los que mesaban mi barba; / no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.” (Isaías 50,6).

Estos cantos hablan de la actitud del Siervo que no rehúye los sufrimientos que Dios le envía como expiación por los pecados del pueblo: “por los pecados de mi pueblo lo hirieron /… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento / y entregar su vida como expiación…” (53,8-10). Esta descripción del Siervo Sufriente inicialmente se refería al pueblo de Israel: “Tú, Israel, pueblo mío, Jacob, mi elegido, (…)Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado” (41,8-9), pero luego parece concretarse en un personaje o en una parte del pueblo. Las comunidades cristianas lo reconocieron como una profecía sobre la Pasión de Jesús. Así lo reconoce Lucas en el relato de los discípulos de Emaús: “Jesús, entonces, les dijo: ¡Qué lentos sois para creer lo que a anunciaron los profetas! ¿No tenía el Mesías que padecer todo eso para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,25-27).

El tema de la expiación (que Dios necesite un mártir para perdonar los pecados del pueblo) es especialmente importante porque la teología cristiana, comenzando por Pablo y los relatos de la Última Cena lo han tomado como tema central: “Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras” (1Cor 15,3b); Mateo en la institución de la eucaristía dice explícitamente “es mi sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26,27); 1Cor 11,24; Mc 14,24; Lc 22,20 emplean una expresión más general “por vosotros” o “por muchos” sin mencionar los pecados. La Iglesia ha mantenido “para el perdón de los pecados” incluso en la modificación del canon en 2017; y muchos cristianos se han convertido y mantienen su fe “porque Jesús ha muerto por mis pecados”.

La idea de la muerte expiatoria de Jesús es cada vez es más rechazada o reinterpretada por muchos teólogos. Una fe adulta explica el sufrimiento de Jesús y de todo ser humano que sufre con paciencia la injusticia, porque sabe que una reacción de venganza provoca enfrentamientos y guerras, y una espiral de represión y más duros enfrentamientos. Esta espiral de odio sólo se corta con amor y alguna forma de no violencia activa, como nos mostró Gandhi y actualmente tantos líderes nativos sudamericanos que defienden sus tierras contra la explotación de los poderosos. Esta experiencia humana de superar con amor la espiral del odio, es la que el segundo Isaías experimentó al anunciar la vuelta del exilio, y la proyectó en “el Siervo sufriente” en términos de “expiación” y “holocaustos”, que era la práctica habitual en las religiones del entorno.

Jesús encarnó la actitud del Siervo sufriente, pero no como expiación por mis pecados cometidos en el silo XXI, sino como defensa no violenta, y hasta sus últimas consecuencias, de una sociedad política y religiosa más justa. Ésta sería hoy la actitud del Siervo sufriente.
El estilo de Isaías II es emotivo y apasionado, considerado por muchos como el mejor poeta de Israel; sus imágenes son muy expresivas y los evangelistas y san Pablo hicieron amplio uso de estas imágenes: “En el desierto preparadle un camino al Señor; “Como un pastor… toma en brazos los corderos” (Isaías 40,1-11). “Y no podían creer por lo que dijo también Isaías: les ha cegado los ojos y les ha embotado la mente para que sus ojos no vean ni su mente discurra” (Jn 12,39-40; Isaías 9,6). “Mirad a mi siervo…. Al que prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… la caña cascada no la quebrará…) (Isaías 42,1-7; Mt 12,15-21).

Isaías III
Tampoco sabemos nada de este autor o autores de los capítulos 56-66 del libro de Isaías, pero es bastante posterior entre el siglo VI-V y profetiza en los primeros tiempos de la restauración. El libro de Isaías sufrió nuevos retoques y no quedó cerrado hasta el siglo III.
Sus temas son semejantes a los de otros profetas: denuncia las injusticias, la falsa religiosidad y la idolatría “guarda el derecho, practica la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria” (56,1). El texto más destacado es el que leyó y se aplicó Jesús como su programa al iniciar su vida pública “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a dar la buena noticia a los que sufren… para proclamar el año de gracia del Señor” (Isaías 61,1, Lc 4,18) aunque con la significativa omisión del final del texto de Isaías “y el día del desquite de nuestro Dios”.

Otros textos importantes son la apertura a los extranjeros y a los eunucos (56,3-8), el falso ayuno (58,1-12), la invocación a Dios como Padre (63,15-19), la nueva creación (65,17-25), y, en tiempos de la restauración del Templo de Jerusalén, su proclamación del templo de la naturaleza: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies:¿qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso? (66,1-2) que mencionará el protomártir Esteban ante los jueces (Hechos 6,49-50).

Ageo
Ageo es un profeta del postexilio. El Decreto de Ciro (538), rey de Persia, permite e impulsa al pueblo a volver de Babilonia a Palestina. Comienza la reconstrucción de Jerusalén, pero Ageo ve que no han aprendido la lección, y denuncia las mismas injusticias sociales. Centra su predicación y su profecía (años 520-515) en la transformación del pueblo, la reconstrucción del Templo, y la promesa de la independencia y la gloria de Jerusalén. Reprocha a los potentados que construyen sus palacios y se olvidan del Templo (1,1-6,). El libro fue escrito por algún discípulo que recogió las profecías de Ageo.

Zacarías I
Se conoce como Zacarías I al profeta del siglo VI a. C. autor de los capítulo 1-8 del libro de Zacarías. Este profeta prolonga la profecía de Ageo sobre la reconstrucción del Templo y la esperanza mesiánica, que Zacarías proyecta en términos escatológicos. Su estilo se caracteriza por las ocho visiones nocturnas, de estilo apocalíptico y de difícil interpretación: caballos, cuernos, recipiente de la maldad del que sale una mujer (!) carros, corona. Se refiere a Dios, igual que Ageo, como “el Señor del universo” (4,6), y dedica un oráculo al falso ayuno (c. 7).

Joel
Profeta postexílico del siglo V o IV a. C que, en el azote de una plaga de langostas, vio el anuncio el día de Yahvé como un día “grandioso y temible” (c. 1-3) y llamó al arrepentimiento y a la oración en el Templo. El Señor “que es misericordioso y compasivo” perdonará a su pueblo y lo compensará por aquellos años de calamidad y oprobio: “todo el que invoque al Señor quedará alcanzará la salvación”, aunque parece que este “todo” se refiere a “un resto de liberados… a quienes ha escogido el Señor”. Los exégetas hablan del “nacionalismo exacerbado” de Joel en contraste con el universalismo del libro de Jonás

Este “día del Señor” no es lo que nosotros entendemos como el Juicio final sino un punto y aparte en la Historia, porque “Después de estos sucesos derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y vuestros hijos e hijas profetizarán…”. Lucas se inspiró en este texto al describir la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hechos 2,4-21).

Malaquías
Profeta del siglo V a. C. citado en los evangelios por su promesa de la venida de Elías para preparar al pueblo a recibir al Mesías: “Mirad yo envío un mensajero a prepararme el camino…y yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible, reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Malaquías 3,1 y 23; Mc 1,1-2; Mt 11,14; 17,11-12; 27,49, Lc 1,17).
Su profecía se desarrolla cuando el Templo ya había sido reconstruido y trata los problemas cotidianos del culto, ofrendas, tributos, y condena las injusticias sociales “contra los que defraudan al jornalero en su salario” y los matrimonios mixtos, en sintonía con la reforma de Esdras y Nehemías.

Su estilo sigue un procedimiento dialéctico, Dios acusa al pueblo, éste le presenta objeciones, Dios justifica su acusación y propone su mensaje.
De este modo se plantea, como Job, el problema de la prosperidad de los malvados: “Decís: No vale la pena servir a Dios… los malvados prosperan, tientan a Dios impunemente” (3,13-15) y responde con la justicia que ejercerá el Señor en su venida en el último día.

Pueden verse en sus profecías una superación del nacionalismos y algunos atisbos universalistas, como propone Spong, pero más bien parecen acicates para estimular a su pueblo: “dice el Señor de los ejércitos: De levante a poniente es grande mi fama en las naciones y en todo lugar me ofrecen sacrificios y ofrendas puras… Vosotros, en cambio, la profanáis….” ” (1,11-14); “¿No tenemos todos un solo padre? ¿no nos creó un mismo Dios?“ pero la continuación parece reducir ese “todos” a las tribus hebreas. “¿Por qué uno traiciona a su hermano…Judá traiciona, en Jerusalén se cometen abominaciones…” (2,10-12).

Zacarías II
Conocemos como Zacarías II al profeta que escribió en el siglo IV a. C., ya en el período helenístico, los capítulos 9-14 del libro de Zacarías. En ellos retoma los temas del juicio a las naciones, y la restauración de Jerusalén, y el de los malos pastores, pero se caracteriza por su visión apocalíptica de la Historia, con una lucha entre Judá y los gentiles, y el triunfo final de Dios. “el Señor será rey de todo el mundo”. Todas las tribus y todos los pueblos subirán cada año a Jerusalén “a rendir homenaje al Rey, al Señor de los ejércitos” con los consiguientes castigos a los que no suban a Jerusalén (!) (c. 14).

Los evangelistas describen la entrada de Jesús en Jerusalén el domingo de ramos en referencia a la profecía de Zacarías: “Alégrate, ciudad de Sion, aclama, Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso y humilde, cabalgando un asno, y una cría de borrica” (Zacarías 9,9). La expulsión de los mercaderes también puede aludir al final de la profecía de Zacarías: “Y aquel día ya no habrá mercaderes en el templo del Señor de los ejércitos” (Zac. 14,21).

Es fácil suponer que los evangelistas aprovecharon estas descripciones de los profetas para ampliar una anécdota sencilla de la vida de Jesús. Quizás el mismo Jesús, que conocía estas dichos de los profetas, quiso destacarlos porque encajaban en su programa del Reinado de Dios. Pero esto nos lleva más lejos, ¿Por qué Zacarías, que acaba de decir que el Señor “hundirá en el mar“ el poderío de Tiro, imagina ahora que el Mesías entrará como Rey en Jerusalén con tanta sencillez montado en un borriquillo. La experiencia religiosa permanente en la Biblia es que Dios manifiesta su poder a través de la debilidad humana. Y esta experiencia es de Zacarías, de Marcos, o de Jesús, aunque nosotros seguimos esperando que llegue con todo su poder.

Baruc
El libro de Baruc es una recopilación de escritos realizada probablemente hacia el 150 a. C y atribuida a Baruc secretario de Jeremías (siglo VI). Está ambientada en Babilonia durante el exilio y dirigida a los que han quedado en Jerusalén, la primera parte en prosa es una oración penitencia, la segunda es un poema de reflexión sobre la sabiduría, y la tercera un poema de consolación y restauración.

Jonás
Jonás es un profeta atípico. Escribe entre los siglos IV-III antes de Cristo, final de la profecía y auge de los libros sapienciales; no escribe oráculos contra su pueblo ni contra otros pueblos; no quiere cumplir el mensaje que Dios le encarga; no se expresa mediante la poesía sino mediante un cuento corto en tono humorista y con final inesperado, una parábola en acción de la que él mismo es el protagonista. Más que profeta podría considerársele como un sabio que, como Job, se rebela contra la teología de su época (y de la nuestra). No hay que interpretarlo como narración histórica ni quedarse en la imagen de la ballena, que tanto ha impresionado a los pintores desde las catacumbas, y que sirvió a los evangelistas como imagen de la resurrección de Jesús al tercer día.

Dios lo envía a Nínive, ciudad pagana, corrupta, y opresora de Israel, para que proclame un castigo; Jonás huye y se embarca en dirección contraria, la tempestad va a hundir el barco, reconoce que es por su culpa, y dice que lo tiren al mar, se lo traga una ballena, suplica al Señor, y a los tres días lo deposita en la playa. El Señor lo envía de nuevo a Nínive, proclama la destrucción de la ciudad, el pueblo se arrepiente, el Señor los perdona, Jonás se enfada y discute amigablemente con el Señor porque si no quería ir era porque “yo sabía que tú eres un Dios benévolo y compasivo lento para enojarte y lleno de amor, y te retractas del castigo”. Termina con una parábola en acción sobre la misericordia.

Es un libro que hay que leer porque es una obra maestra y porque desafía el nacionalismo exclusivista de la reforma de Esdras y Nehemías, y ofrece un mensaje de la misericordia universal de Dios