Hildegarda de Bingen

La larga espera de Hildegarda, una “pluma” de grandes talentos


Hildegarda

La pequeña, diminuta, muy frágil Hildegarda que escapó de la muerte el día que vio la luz, niña solitaria y tímida para hablar ¿qué es capaz de ver que los demás no saben interpretar? Esta Hildegarda, samaritana de la mirada, nos habla a nosotros, los modernos inmersos en el mundo de la imagen. “Lo que no veo, lo ignoro”, repite.


La gente la reconoció como mujer de Dios mientras aún vivía y la veneraron inmediatamente después de su muerte, pero no fue hasta 2012 cuando fue proclamada formalmente santa y Doctora de la Iglesia. Larga espera para obtener el reconocimiento de su dimensión intelectual tan difícil de aceptar en la mujer por parte de la Iglesia, porque la mujer se tolera más fácilmente como mística que como teóloga. Además, nada ha sido fácil en la vida de Hildegarda.

Desde su difícil nacimiento siendo la décima hija, pasando por sus primeros años de vida o su infancia complicada e inquietante hasta su precoz ingreso en el convento ya que tampoco en el siglo XII era común autorizar la entrada a un convento a una niña de ocho años. Puede sonar tremendo y lo es. Pero en ese momento, los niños eran queridos de una forma muy distinta a la que conocemos hoy. No es fácil de imaginar, pero podemos intentarlo.

Hildegarda nació en Bermersheim, diócesis de Mainz, en 1098, en el seno de una familia de la nobleza menor. Según lo relatado en la Vida de santa Hildegarda, escrita por Godofredo de Disibodenberg y por Teodorico de Echternach, enfermaba muchas veces hasta casi el borde de la muerte, tuvo visiones y hablaba muy poco. Cuando ingresó en el monasterio benedictino de Disibodenberg fue confiada al cuidado de la joven noble Jutta de Spanheim, que vivía allí como un anacoreta en una celda construida por su familia y que accedió a educarla en la vida espiritual.

Sus visiones

En una carta a Bernardo de Claraval, Hildegarda escribe que conoce el significado interior de los Salmos y otros textos de la Biblia que se le muestran en las visiones, que puede leerlos “solo de una forma sencilla” y que no conoce las palabras que los componen.

Una profesión de ignorancia que sería confirmada en Vita, donde leemos que Jutta solo le enseñó a cantar los salmos de David acompañándose con el salterio de diez cuerdas, y que, aparte de esto, “no aprendió nada más de letras ni de música ni de otros seres humanos, a pesar de que no hay pocos escritos sobre ella y volúmenes que son todo menos delgados”. Lo más probable es que esto no sea cierto.

Lo que tanto Hildegarda como sus hagiógrafos quieren subrayar es que en ella es Dios quien habla. Porque su figura es absolutamente excepcional y en ese momento era algo que podría ser muy peligroso ya que las visiones eran sospechosas, entonces como ahora, porque quién sabe si venían de Dios o del diablo. Ni siquiera la niña Hildegarda podía saberlo y de hecho durante mucho tiempo aprendió a mantenerlas en secreto.

A su alrededor todos comprendían la excepcionalidad de la situación y el peligro que corría, y enviarla al convento fue una forma de protegerla del ruido del mundo. Pero para ella también se convirtió en otra cosa. Como escribe Chiara Frugoni, el monasterio es un espacio de autonomía para la mujer de la Edad Media, un lugar donde puede tener “un espacio para ella sola” que le permita igualar y superar a los hombres en oración, meditación y cultura.

Ser mujer llena de sabiduría es vivir en la frontera. Es difícil no demostrarlo, pero peligroso hacerlo por lo que constituye un agotador ejercicio de contención. También pasaba en el convento porque también el convento debe protegerse, sobre todo de la sospecha de herejía. Allí Hildegarda recibió del abad Kuno el mandato de silencio y ella lo aceptó: “Hasta mis quince años de vida vi muchas cosas, y algunas las conté, pero los que las escucharon se asombraron hasta tal punto que se preguntaban de dónde venían y de quién. Así que me asusté y escondí la Visión tanto como pude”.

Ella no podía hablar de lo que veía, pero veía y lo hacía de una manera completamente clara, su mente no estaba para nada confusa: “Escucho estas cosas con los ojos abiertos, en las visiones no sufro ningún éxtasis. Las veo en estado de vigilia, día y noche”. Dios se presentaba a sí mismo como Luz. En los textos de Hildegarda las palabras luz, luminoso, sol, iluminación y clara luz son la clave para la interpretación de la Creación. Las visiones eran precisas y cultas y partían del texto bíblico, a la par que resultaban muy originales. Lo que sabía y hacía no podía venir más que de Dios.

Luz viva

Y sabía mucho. Hildegarda daba a menudo una hermosa definición de sí misma: “una pluma confiada al viento de la confianza en Dios”. Pluma porque estaba expuesta al viento de la sospecha o la idolatría. De un momento a otro, pasaba de ser una santa a una hechicera. Estaba muy apegada a su noble discípula Riccarda di Strade, su predilecta, a la que quiso y educó. No temió a los afectos, ella que era amada por Dios. Era la fe en Dios lo que la movía y aunque conocía las dudas de los profetas del Antiguo Testamento, tenía una clara conciencia de su propio valor como instrumento en las manos de Dios.

Lo que ella llamaba “Luz viva” le mostraba claramente lo que debía hacer. Hildegarda escribía y escribía. A partir de los cuarenta y dos años comenzó a dictar las visiones. Y en esto el monje Wolmar, asignado a ella, la ayudó con la condición de que las revelaciones no salieran del monasterio. Y es él quien también pintó sus visiones, bellas y complejas miniaturas alegóricas, sobre el cosmos, el ser humano, la ciudad y el Espíritu que da vida a todas las criaturas.

Cuerpo y espíritu

Hay tres obras de Hildegarda que son teológicas y proféticas: Scivias, Liber vitae meritorum y Liber divinorum operum. También fundó el monasterio de Rupertsberg en el lugar que le fue indicado por Dios, cerca de Bingen. Resultó toda una lucha por obtener el permiso del abad Kuno, acostumbrado a las vocaciones y, por tanto, a los ricos dones que gracias a la presencia de Hildegarda llegaban al monasterio. Luz viva entonces le pidió que se cuidara y lo hizo. La presencia de la enfermería en los monasterios benedictinos era normal, pero con ella Luz viva fue más allá y le dictó los fundamentos del arte de curar.

Así Hildegarda escribió Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (El libro de las sutiles diferencias de las distintas naturalezas de las criaturas). Es una colección teológico-naturalista de conocimientos sobre las plantas, las enfermedades y el equilibrio del cuerpo. El cuerpo y el espíritu. El espíritu que trabaja en el cuerpo y con el cuerpo. La unidad entre naturaleza y espíritu, animales, plantas y hombres. Me evoca el mundo sutil de los espíritus del chamanismo universal, la idea de que existe una continuidad absoluta entre la vida del hombre y la naturaleza. O una anticipación de la visión unificada moderna del mundo. Es así, pero en Hildegarda es Dios el autor de esta armonía.

Sanadora

También transcribió la música celestial que acompaña a las visiones. Era una nueva música que unían a religiosas y fieles durante las celebraciones. Las hermanas también eran visiones. Las viste de luz, con velos y coronas despampanantes. Hildegarda no se detiene. Es la primera mujer compositora de la que tenemos la música que defiende con orgullo el papel del canto en la vida de fe. Ama a Dios a través de los cuerpos que sana. Primero lo amaba con palabras. Luego a través de la música, finalmente a través de las plantas y las flores, de toda la naturaleza.

Cuando Hildegarda ya era mayor, mayor para la época, Luz viva le ordenó predicar, una actividad absolutamente excepcional para una mujer. Y ella lo hizo por Colonia, Trier, Lieja y Würzburg. Tenemos que imaginar estos viajes en la Edad Media. Era una mujer que siempre fue frágil lidiando entre el barro y las frías aguas del deshielo del Rin. La enfermedad la convirtió en una samaritana necesitada de cuidados, pero la curaba Luz viva y, a través de ella, Hildegarda curaba los cuerpos, las herejías y cualquier tentación de poder.

Samaritana

¡De cuántas maneras Hildegarda ha sido samaritana! Nunca se apartó del camino a pesar de ser una mujer sola, sin una gran personalidad que la protegiera, “paupercula feminea forma”, mandada por hombres, sacerdotes poderosos y levitas que controlaban su don. Me viene a la mente la secuencia pascual, “muerte y vida enfrentadas en un duelo extraordinario”, en ella, en su cuerpo. El mundo que nos rodea se pregunta cómo es posible, pero son cuestiones de nada cuando la fe y el amor por las criaturas nos habitan.

Dos arcoíris muy brillantes se cruzaban en el cielo, uno de norte a sur y otro de este a oeste, justo encima de la celda del monasterio de Rupertsberg cuando Hildegarda murió la noche del 17 de septiembre de 1179. En el punto donde los dos arcoíris se encontraron, apareció una luz muy clara en el interior que mostraba una cruz rodeada de círculos de colores. El movimiento de la luz se extendía a todo el firmamento y descendía a la tierra hasta iluminar la montaña que rodea el monasterio para abrazar toda su amada tierra, llena de energía, Viriditas, la fuerza vital verde en la que se sustenta toda la creación. Creación a la que Dios envía el “rocío de su dulzura” todos los días.

[Las citas provienen de Il libro delle opere divine, Marta Cristiani y Michela Pereira, Mondadori 2010.]º

Hildegarda de Bingen

Hildegarda de Bingen: mujer líder, mística y científica

Hildegarda de Bingen escribe ‘Scivias’

Persiguiendo el conocimiento en todas sus esferas, no solo la de la oración y contemplación a las que predisponía una celda conventual, a la santa (conmemorada hoy, 17 de septiembre) se la representa con hábito benedictino y punzón y tablillas de cera: como monja y escritora

Cuando tenía 43 años, una voz del cielo le dijo: “di y escribe lo que veas y oigas”. Fue la confirmación de lo que llevaba haciendo, por impulso interior, desde que había cumplido los 40: escribir su «Vida»

Su biografía permanece como un referente del encuentro de lo sagrado y lo mundano, el poder y la sencillez, lo sensorial y lo espiritual, la investigación del entorno y el autoconocimiento

17.09.2020 Lucía López Alonso

En el año 1112, inaugurándose el siglo XII, Hildegarda de Bingen (castellanización de Hildegard von Bingen) entró al convento. Con solo 14 años, iba a introducirse en la vida religiosa de la época, que suponía asumir un brutal ritual de reclusión (lo que en algunos conventos se traducía en un permanente confinamiento, dentro de una celda de tan solo unos ocho pies), impuesto para expresar exteriormente el deseo de alejarse del mundo, y de sus bajos placeres.

Por encima de ese pensamiento simplista, Hildegarda no esquivaría los placeres, sino lo contrario. Disfrutaría de la música y la pintura, se esforzaría en mirar el mundo con pasión y poco a poco se transformaría en una mujer sabia e influyente.

Una monja polímata

Persiguiendo el conocimiento en todas sus esferas, no solo la de la oración y contemplación a las que predisponía una celda conventual, a la santa (conmemorada hoy, 17 de septiembre) se la representa con hábito benedictino y punzón y tablillas de cera: como monja y escritora. La literatura que produjo, autobiográfica y visionaria, ha resistido el paso del tiempo y sigue sorprendiendo por su encanto místico.

Cuando tenía 43 años, una voz del cielo le dijo: “di y escribe lo que veas y oigas”. Fue la confirmación de lo que llevaba haciendo, por impulso interior, desde que había cumplido los 40: escribir su Vida, en la que describía sus experiencias de apariciones o visiones. En ellas habla en tercera persona para referirse a “Sabiduría”: “Yo no soy quien digo estas palabras de mí, sino Sabiduría las dijo”.

Otras de sus obras, Scivias, contiene la descripción de 26 visiones de la religiosa nacida en el Sacro Imperio Romano Germánico. Sostenida por el éxtasis mientras duraban, luego Hildegarda las recordaba como sucesos que llegaban más allá de lo que se percibe materialmente: “ni percibo nada por el encuentro de mis cinco sentidos”. No extraña, pues, que algo tan poético llamase la atención de los artistas de la época, que dejaron en el manuscrito de Lucca unas 10 visiones de Hildegarda ilustradas con suma belleza.

En un Medievo falto de igualdad de oportunidades, Hildegarda logró fundar el monasterio de Rupertsberg, dirigiendo la convivencia de 18 monjas. Llegar a abadesa fue un hecho -dicen sus propias palabras- que ambicionaba “no tanto según Dios sino según el honor del siglo”. Con ese mismo entusiasmo, Hildegarda aprovechó y combinó todos los vértices de su talento, lo que el Vaticano reconoció al nombrarla Doctora de la Iglesia. Lo más moderno, tal vez, de la figura de esta monja medieval sea su intelectualidad orgánica, con la que buceó tanto en la ciencia como en la religión. Observando la naturaleza, como testimonia su Libro de las sutilidades de las diversas naturalezas de la creación, Hildegarda aprendió botánica, remedios naturales e incluso una medicina más compleja. Su biografía permanece como un referente del encuentro de lo sagrado y lo mundano, el poder y la sencillez, lo sensorial y lo espiritual, la investigación del entorno y el autoconocimiento.