El río de la misión

JESÚS ANDRÉS VICENTE DOMINGO. SACERDOTE DE LA ARCHIDIÓCESIS DE BURGOS

Meses atrás, los sacerdotes de mi ciudad tuvimos la habitual jornada de retiro. Una mañana de oración personal y comunitaria, alimentada con las oportunas reflexiones de un compañero. En este caso, Luis Ángel Plaza, sacerdote diocesano burgalés y actual director general del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME). El tema escogido –“La misión hace a la Iglesia”– le venía como anillo al dedo, y bien que lo aprovechó para renovar nuestros sentimientos y nuestra comprensión de la misión, tan inexacta por diversos motivos. De entrada, nos señaló algunos de los errores más frecuentes.


No somos “discípulos y misioneros” (primero discípulos y, después, misioneros), sino “discípulos misioneros”, como repite el papa Francisco. Desde las raíces bautismales, la misión es constitutiva del cristiano. Es algo identitario, del orden del “ser”; no se queda en el mero “hacer”. En los sacramentos de Iniciación cristiana recibimos el ser discípulos de Jesucristo junto con una misión que se ha de ir concretando a lo largo de nuestra vida en una vocación y con unos carismas, en unos compromisos existenciales.

Corazón del pueblo

Nos insertamos así en una Iglesia que es misión de Dios para el mundo. Cada cristiano se ha de identificar con estas palabras del Papa: “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo ‘soy una misión’ en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (EG 273).

La misión no es la tarea de unos pocos vocacionados, de los misioneros y las misioneras, a quienes los demás ayudaríamos en la retaguardia con nuestra oración y nuestro dinero. A esta visión parcial podrían contribuir –sin pretenderlo– algunas de las varias campañas misioneras que se celebran a lo largo del año.

La Iglesia existe como fruto de la misión y es posterior a ella. En cambio, nuestra mirada habitual nos hace ver a una Iglesia preexistente –la nuestra, la de aquí, la de siempre– de la que partirían los misioneros a evangelizar nuevos territorios. Según ello, la Iglesia precedería a la misión, pero no es así. Miremos, si no, a nuestras propias comunidades, nos pedía Luis Ángel; ninguna existe por sí misma y desde sí misma. Algo o alguien tuvo que venir desde fuera de ella que le dio el ser y le hizo existir.

En la cumbre de Dios

Cada evento evangelizador es el eslabón de una cadena que se pierde en los orígenes. Remontando aguas arriba el río de la historia de la salvación, la misión actual sube hasta las cumbres del misterio de Dios y empalma con él. Nace en Dios para terminar en Él y, mientras tanto, atraviesa a cada comunidad eclesial dándole el ser y su dinamismo evangelizador. Por eso, toda la Iglesia es misionera y actúa en permanente “estado de misión”.

Concluía el predicador estas advertencias con una frase programática sacada del Concilio Vaticano II: “El designio misionero dimana de Dios Padre, de su ‘amor fontal’ o caridad paternal” (cf. AG 2). El Padre es el origen sin origen, un manantial eterno que se vierte totalmente en el Hijo, y los dos lo comunican a su obra creadora con el don divino del Espíritu que de ambos procede.

La misión nace en el seno de Dios, que es abrazo permanente en el que las tres personas se comunican vida y amor. Con la encarnación del Hijo, el misionero del Padre, la misión surge en medio del mundo marcada con el sello de la Trinidad: un dinamismo de vida incesante, una fuerza imparable de filiación y fraternidad, una Palabra de luz y verdad que ilumina de continuo nuestro camino personal y comunitario. Si Dios es la fuente de la misión, no podemos reducirla a una simple tarea apostólica.

Fuente de agua viva

“Amor fontal”. Con estas palabras se compara el don del amor divino con una fuente, un agua viva “que mana y corre” (san Juan de la Cruz). ¿Por qué, para hablar de la misión, utiliza la Escritura el símil del agua? Mircea Eliade, entre otros autores, nos ha hecho ver lo que esta agua simboliza para la humanidad: “Cuanto el corazón desea puede reducirse siempre a la figura del agua, el mayor de los deseos, el don divino verdaderamente inagotable”. El agua de Dios, esa fuente de amor y vida que se desborda sobre nosotros, viene a calmar la sed insaciable del corazón humano que ninguna creatura de este mundo puede satisfacer.

Vivimos una época de sequía religiosa muy extendida. Nuestra humanidad no acierta a conectar sus justos deseos con las corrientes espirituales. Se da un desfase evidente entre lo que los hombres buscamos por nosotros mismos y lo que el agua espiritual nos regala. Y así los ríos visibles de las religiones históricas se van agotando lentamente, dejando detrás el desierto. ¿Qué está pasando? ¿Acaso no brota ya en las alturas el manantial de Dios?

Lo mismo que ocurre con el clima terrestre, es indudable que el clima espiritual también padece fases. Pero, ¿el “amor fontal” de Dios es cambiante y sujeto a límites o vaivenes? No, “Dios no se muda”, como escribe santa Teresa. Entonces, ¿qué? Siguiendo con la metáfora del agua, una parte se pierde por los huecos de las peñas, por los vacíos de nuestros olvidos y desprecios. Pero hay más agua.

Filtraciones del subsuelo

Una ingente cantidad, que solo Dios sabe, se filtra y enriquece el subsuelo, y puede reaparecer en la superficie, como en el caso del Guadiana, en puntos distantes e inesperados. Esta agua sumergida continúa su labor benéfica en el interior de los corazones, de los pueblos y de las culturas, y, aunque oculta, forma parte integrante de la misión. Es un agua que nuestra Iglesia no controla y que, por ello, corre el riesgo de ignorarla y darla por inexistente.

Pero se trata de la acción del Espíritu en las personas y en los grupos humanos, o en instituciones sociales y religiosas no directamente vinculadas a la Iglesia. “Esto [la acción de Cristo en el misterio pascual] vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible” (GS 22), lo afirmaban los padres conciliares con una convicción que desgraciadamente se ha ido debilitando entre nosotros.

Finalmente, está el agua que a través de una red de arroyos y ríos de superficie se encamina hacia el mar de Dios, origen y destino de nuestras vidas. Una parte de esta agua es la que Él ha confiado directamente a su Iglesia, desde Pentecostés hasta nuestros días. La Iglesia arranca en cada tiempo y lugar con el anuncio apostólico del Evangelio y el bautismo de las gentes que han creído en él. En cada acontecimiento de la historia y en cada cultura que se abre al impulso divino, ella nace y va tomando forma. La Iglesia se recibe de la misión divina y, a su vez, relanza esta misión hacia el futuro del designio de Dios. (…)

Entrevista con el subsecretario del Sínodo de los Obispos

Luis Marín de San Martín
Luis Marín de San Martín

Mons. Luis Marín de San Martín: “La sinodalidad es un proceso dinámico que no termina nunca”

«Toda la Iglesia y todo lo que es Iglesia debe ser sinodal. Se trata de un proceso de escucha y discernimiento que se orienta a la común tarea evangelizadora desde la participación, interrelacionando, no anulando, las diferentes vocaciones y carismas»

«Resulta imprescindible la humildad como actitud y el amor como fundamento. Solo así seremos capaces de implicarnos en esta propuesta de renovación y esperanza y ser cauces de la gracia»

«El proceso sinodal nos une a Cristo, a una experiencia fuerte de Cristo, y al mismo tiempo hace posible una experiencia de comunidad eclesial, una experiencia de Iglesia, de comunidad que camina, que va hacia adelante, que se desarrolla, una comunidad dinámica»

Por Luis Miguel Modino, corresponsal en Latinoamérica

Caminar juntos, comunión en el camino. Estamos hablando de sinodalidad, de una Iglesia familia de Dios, como nos hace ver Mons. Luis Marín de San Martín. El subsecretario del Sínodo de los Obispos nos ayuda a entender la importancia de la sinodalidad, algo que pone en juego la coherencia de la Iglesia.

La sinodalidad lleva a la escucha, con humildad y amor, en una Iglesia donde la pluralidad enriquece. A pesar de las reticencias, vale la pena apostar por la sinodalidad, pues “esta es la única forma de ser Iglesia, porque es la Iglesia de Cristo”.

Sinodalidad, una palabra que podemos decir que es de la primera Iglesia, que fue impulsada hace 60 años por el Concilio Vaticano II, pero que a mucha gente todavía le suena como algo extraño. ¿Qué significa esa sinodalidad?

La sinodalidad, no tanto la palabra, pero sí el concepto, nos remite a la Iglesia primitiva, a la Iglesia de los Apóstoles. Es una Iglesia familia de Dios, participada, unida a Cristo, que evangeliza, dinámica. Esta es la sinodalidad, caminar juntos, comunión en el camino.

En primer lugar, ser cristianos significa incorporarnos a Cristo, conocer a Cristo experiencialmente, profundizar en Cristo y anunciar a Cristo. Esto es caminar, esto es propio de la Iglesia. En segundo lugar, siempre juntos, en comunidad, en familia, nunca en el aislamiento, nunca en el egoísmo, nunca en el individualismo, como comunidad, una sola Iglesia, una sola familia, juntos.

Y esto tiene que ir entrando en el ser, en el actuar y en el estilo de la Iglesia. Esta es la sinodalidad y en esto estamos. No es nada nuevo, pero al mismo tiempo puede ser nuevo el ímpetu, el acento, el darnos cuenta de lo que trae consigo esta apuesta actual por la sinodalidad.

La sinodalidad es un proceso dinámico que no termina nunca. Toda la Iglesia y todo lo que es Iglesia debe ser sinodal. Se trata de un proceso de escucha y discernimiento que se orienta a la común tarea evangelizadora desde la participación, interrelacionando, no anulando, las diferentes vocaciones y carismas. Comienza desde abajo, como experiencia eclesial, con tres ideas clave en lo que se refiere al modo de proceder: apertura, cercanía, acompañamiento.

Sínodo 2023 1

¿Y por qué es importante la sinodalidad para la Iglesia?

Porque nos hace ser coherentes, no es algo añadido, hace referencia al ser de la Iglesia. Uno de los problemas que tenemos hoy cuando decimos que no llegamos, que hay grandes bolsas de increencia, que el número de creyentes es mínimo, es que debemos ser coherentes con nuestra fe, conocer a Cristo expriencialmente, unirnos a los demás cristianos. Y el segundo elemento el testimonio, es importante la sinodalidad porque nos impulsa a la evangelización, a una Iglesia abierta, que sale, Pueblo de Dios en camino.

Nos estamos jugando la coherencia de la Iglesia. No es una cuestión de estructuras, no es una cuestión de cambio, de reparto de poder, ni siquiera una cuestión de programación para un mejor apostolado. Hace referencia a la esencia de la Iglesia, a lo que somos, a nuestra coherencia como cristianos.

Insisto en que la sinodalidad es de toda la Iglesia. Por tanto, no se trata solo de “preparar” el Sínodo de los Obispos, sino que estamos ya viviendo y desarrollando el Sínodo, caminar juntos todo el Pueblo de Dios, como realidad de la Iglesia entera que se va concretando en diversas realidades. El Sínodo de los Obispos, no es el punto de llegada, sino un elemento más en el proceso hacia una Iglesia sinodal. Es un modo de expresar y ejercer la colegialidad episcopal, que tiene su puesto y cumple una función por lo que se refiere a los obispos. Podemos buscar otras estructuras para expresar y vivir la sinodalidad de toda la Iglesia; mejorar, pero no suplantar o anular las que funcionan. No seamos reductivos sino siempre creativos.

Uno de los fundamentos de una Iglesia sinodal es la escucha. ¿Cómo pasar de una Iglesia discente a una Iglesia oyente, qué pasos deben ser dados, que actitudes deben cambiar?

Primero cambiar el corazón y ponernos en actitud de escucha. Este es el gran reto, hemos llegado a un momento en que nos gusta mucho el hacer, el activismo, el decir, el escribir. Quizás debemos detenernos un poco y escuchar, escucharnos los unos a los otros y todos al Espíritu Santo. Porque este también es el gran reto, está costando la dimensión orante de este proceso sinodal.

Nos ponemos en seguida a discutir, a opinar, a hablar. Hacemos un trabajo sociológico, no es un trabajo de escucha, para poder discernir, escucha entre todos y todos al Espíritu Santo. Este es uno de los elementos esenciales de este proceso sinodal. Proceso de escucha, para el discernimiento, cual es la voluntad de Dios, qué es lo que nos pide Dios en este momento de la historia, como cristianos debemos tomar decisiones, este es el proceso.

Resulta imprescindible la humildad como actitud y el amor como fundamento. Solo así seremos capaces de implicarnos en esta propuesta de renovación y esperanza y ser cauces de la gracia.

Escuchar

¿En una sociedad plural, y en una Iglesia que debería ser plural, algo que nace del Concilio Vaticano II, como asumir ese discernimiento comunitario, superando un discernimiento exclusivamente jerárquico?

Desde la visión de Iglesia, es toda la Iglesia, una imagen de Iglesia como familia de Dios. En una familia hay un lazo de amor, sino no hay familia, habrá individualidades, la familia nos une. La Iglesia es comunión, es unidad en Cristo, es familia de Dios. Por tanto, esa unidad en el amor. Desde ahí se admite la pluralidad, las diferencias, que enriquecen y son necesarias. No podemos ir a una Iglesia estilo fotocopia, donde todos somos igual y lo mismo, pensamos lo mismo, tenemos la misma cultura, esto es imposible, esta no es la Iglesia de Cristo.

Admite la diferencia, la pluralidad, eso enriquece. Si hay unidad en el amor, las diferencias enriquecen, sino enfrentan, se convierten en ideología. El proceso sinodal, en este proceso de escucha, lo que posibilita es encontrar al otro como alguien que hace el mismo camino, que es mi familia, que es de verdad mi hermano o mi hermana, al que quiero y ayudo, que me quiere y que me ayuda. Es una Iglesia distinta, una Iglesia hogar, una Iglesia alegre, una Iglesia que entusiasma. Si no, estamos en las luchas ideológicas, las particularidades, los grupos, los enfrentamientos, esto no es la Iglesia de Cristo, esto no es Cristo. Esto es un mensaje de amor, mensaje de alegría, mensaje de Redención.

Habla del proceso de escucha. Es verdad que el Sínodo es algo antiguo en la vida de la Iglesia, ¿pero podríamos decir que la experiencia del Sínodo para la Amazonía, en el que por primera vez se llevó a cabo un proceso de escucha amplio, en el que participaron inclusive personas que no forman parte de la vida de la Iglesia expresamente, ha mudado la dinámica en la realización de los sínodos?

Ha habido dos sínodos que han marcado, uno es el Sínodo de los Jóvenes, que ayudó mucho. Y a partir de ahí fue donde se decidió que el siguiente Sínodo fuese sobre la Sinodalidad. También el Sínodo sobre la Familia, con otro estilo, que demostró que es posible, a pesar de las dificultades. La Iglesia es una Iglesia de escucha a todos, empezando por los propios cristianos, y a veces ni siquiera los cristianos nos escuchamos verdaderamente, como miembros de una familia, como seguidores de Cristo, como evangelizadores, prima más la ideología.

También escuchar a todos los que no tienen voz, algo en lo que el Papa está insistiendo mucho. No siempre los mismos, no nos quedemos con los de siempre, con círculos cerrados donde están los que más o menos piensan como nosotros, nos conformamos con la participación en la escucha de los de siempre. Hay que abrir, que todos tengan posibilidad de participar, que es lo que pasó en el Sínodo para la Amazonía. La voz de los que no hablan nunca, de los que no tienen la oportunidad de expresarse.

Incluso todos los que quieren ayudarnos con buena voluntad, que es el paso que da la Fratelli tutti. El punto sería la imagen de Dios en todo ser humano, que nos hace a todos hermanos, todos somos hijos de Dios, todos somos imagen de Dios. Todos los que quieren ayudarnos vamos a escucharlos, vamos a ayudar con este proceso de escucha y en un discernimiento, pues nos ayudan al discernimiento en el Espíritu, en diversos niveles, personal, parroquial, comunitario, eclesial, y luego se toman decisiones.

El Sínodo para la Amazonía y el Sínodo de los Jóvenes han abierto la puerta a un estilo diversos y además han mostrado que es posible. Hay que tener paciencia, ir dando pasos, con mucha tranquilidad, orando, haciendo discernimiento y caminando juntos. Esto es lo que nos remite a la Iglesia de los Padres, a la Iglesia de los primeros tiempos, no es otra cosa, no inventamos ninguna novedad, vamos a las raíces. También el Concilio Vaticano nos muestra esto, no inventa, no cambia. Quizás lo que hemos hecho nosotros ha sido cambiarla mal. Es ir a las raíces, es revivir lo que es la realidad de la Iglesia primitiva, la Iglesia de Cristo y del Espíritu.

Quiero destacar la importancia de la Conferencia de Aparecida en la promoción e impulso de la sinodalidad. Su documento conclusivo constituye, sin duda alguna, un excelente fundamento para comprender el alcance de este proceso. Junto al documento de Aparecida tenemos también su desarrollo práctico en la Asamblea de América Latina y el Caribe. Invito también a releer la exhortación Evangelii gaudium y la encíclica Fratelli tutti.

Abertura Sínodo

Sabemos que la sinodalidad es un camino, pero también sabemos que hay gente que está contra ese camino. ¿Qué es lo que dificulta que esa Iglesia sinodal sea asumida?

No hay que asustarnos, hay personas que no entienden bien de qué se trata, gente que con buena voluntad no lo entiende, pues quien no tiene buena voluntad, lo que uno puede hacer es que haga el menos daño posible. Entonces hay que formar, hay que dialogar, esto ya es Sínodo, caminar juntos, hablarlo, comentarlo, a lo mejor nos ayudamos mutuamente. Hay otras personas que la cuestión viene no por el desconocimiento, sino por el miedo a modificar las estructuras que siempre han funcionado.

Esto puede ser peligroso porque a veces, como hemos encontrado en sacerdotes, en obispos, incluso laicos, dicen que esto significa perder el poder, esto significa que mandan todos. La conversión es al servicio, no al poder, hay que cambiar el chip, esto es una falsa concepción del Magisterio. Hay otras personas que están desilusionadas, que dicen que otra reforma, otra novedad, va a ser siempre lo mismo. ¿Pero por qué va a ser siempre lo mismo? Dejemos al Espíritu actuar, vamos a experimentarlo, no bloqueemos al Espíritu.

Por último, hay otras personas que dicen que es un trabajo añadido, que ya tenemos mucho trabajo, hay planes pastorales, planes diocesanos, esto es como un peso más. No, es lo mismo, hacer lo que se está haciendo, pero de otra manera, más interconectados, más a la escucha, para poder realmente vivir como comunidad cristiana y poder evangelizar. Hay diferentes tipos de opinión, no hay problema si se tiene buena voluntad, si hablamos. Hay distintas velocidades, pero es curioso, el grupo más entusiasta son los laicos, en todo el mundo, sin duda alguna, y el grupo más reticente son algunos ámbitos clericales.

Nadie ha dicho que sea fácil, vamos adelante, con buena voluntad, con disponibilidad, y sobre todo hablando, vamos a hablar, escucharnos, dialogar, hacer experiencia sinodal real. Yo les digo a quienes manifiestan estas dificultades, estos problemas, que no hay que tener miedo, qué hubiera sido si los apóstoles o la primitiva Iglesia hubiesen visto los miedos de salir, de ir al Imperio Romano, de cambiar mentalidades, de hacer apuestas fuertes. El Espíritu nos guía, y él es el que nos va guiando, sin duda alguna, y esto nos da tranquilidad, esto también nos da seguridad.

¿Por qué vale la pena apostar por una Iglesia sinodal? ¿Cuáles son las riquezas que podemos encontrar en esta forma de ser Iglesia?

Esta es la única forma de ser Iglesia, porque es la Iglesia de Cristo. El proceso sinodal primero nos une a Cristo. No existe otro Cristo que el Cristo Resucitado, y el Cristo Resucitado es el Cristo unido a su Iglesia, a todos los bautizados, al pueblo de Dios, este es el Cristo, no hay Cristo separado de su Iglesia.

Por tanto, el proceso sinodal nos une a Cristo, a una experiencia fuerte de Cristo, y al mismo tiempo hace posible una experiencia de comunidad eclesial, una experiencia de Iglesia, de comunidad que camina, que va hacia adelante, que se desarrolla, una comunidad dinámica. Sobre todo, el proceso sinodal es importante porque es un momento del Espíritu, que, y aquí viene la dificultad, necesita de nosotros. Fue algo que el Papa le dijo al pueblo de Roma hace un año, el Espíritu Santo nos necesita.

Podemos frustrar la acción del Espíritu, esto es muy serio. Podemos ser cauce de la gracia, cauce del Espíritu, y esto es la apuesta, la oferta del proceso sinodal. Por eso estamos en un momento crucial, en un Kairós, que pide nuestra colaboración, nuestra participación. Cuando alguna persona, sea un sacerdote, un obispo, un laico, dice yo no participo, tengamos en cuenta que estamos frustrando la acción del Espíritu, y esto es muy serio. Tu participación o no participación, repercute en los demás.

El tiempo de la pandemia nos ha puesto de relieve nuestras iglesias que se vacían, la gente que no va a misa, ha descubierto lo telemático, nos hemos dado cuenta, sobre todo aquí en Europa y en el mundo occidental, que tenemos dos problemas muy serios. Primero que nuestros cristianos no necesitan de la comunidad, un cristianismo individualista, donde no nos conocemos, donde decimos queridos hermanos y hermanas, pero no es verdad, donde el otro me es indiferente. En la comunidad cristiana, en la sinodalidad, somos comunidad, somos familia, nos hace vivir el reto de la comunidad.

El segundo reto es el de la Eucaristía, recibir a Cristo, Cristo que se hace alimento, Cristo que viene a nosotros, Cristo que nos hace apóstoles. Este es el reto que tenemos. La sinodalidad nos hace darnos cuenta e impulsarnos hacia una Iglesia mucho más coherente, como decía al principio, mucho más viva. Y estamos llamados a comunicar entusiasmo, Cristo entusiasma, siempre. Y Cristo implica, implica necesariamente en el mundo. No es un producto de laboratorio, de grupos o de rituales. Cristo es presencia, presencia salvífica en el pueblo, en la gente, en el mundo. Presencia alegre y entusiasta.

Esta es la sinodalidad, este es el camino, y no podemos hacerlo solos, juntos, en unidad con Cristo, participación en Cristo y en comunidad con los hermanos y hermanas. Es algo que entusiasma, que es la respuesta de Dios en este momento de postpandemia, de injusticias, de guerra, de soledad, de falta de valores. La respuesta de Dios es la sinodalidad, que yo lo resumo fácilmente: más Cristo, más Iglesia.

San Juan de la Cruz, mística de la noche y el desamparo

San Juan de la Cruz

por Rafael Narbona 
La mística de san Juan de la Cruz ha suscitado infinidad de interpretaciones que en no pocas ocasiones han intentado minimizar su dimensión religiosa. Se ha dicho del carmelita descalzo que es el místico de la nada, del vacío, del no ser. Sus ejercicios de anonadamiento no anhelan el encuentro con el Dios personal de la tradición cristiana, sino con un absoluto impersonal que apenas puede explicarse con palabras. José Ángel Valente destaca que su poesía es una reflexión sobre los límites del decir, inspirada por la idea de que el lenguaje naufraga al abordar lo inefable.
Un místico honesto solo puede acompañarnos hasta el umbral del silencio, certificando la impotencia de la palabra para hablar de Dios. Frente a esas lecturas, que convierten a san Juan de la Cruz en un precursor de Heidegger o Wittgenstein, cabe oponer el dibujo que realizó cuando era vicario y confesor del monasterio de la Encarnación en Ávila, un pequeño escorzo de la cruz que constituye el punto de partida de su pasión mística. Pasión y no experiencia, pues asume la agonía del Gólgota como apoteosis del compromiso de Dios con el hombre.
No se trata de complacencia con el sufrimiento, sino de la convicción de que la muerte de Jesús en la cruz constituyó el momento de encuentro más íntimo entre Dios y el hombre. Frente a las teologías que subrayan la omnipotencia divina, la mística sanjuanista subraya la cercanía del Dios-hombre, sumido voluntariamente en la penumbra y el desamparo para abrir camino a la esperanza.
El dibujo de san Juan de la Cruz es un pequeño apunte de apenas cincuenta y siete por cuarenta y siete milímetros. El «frailecillo», por emplear una expresión de José Jiménez Lozano, se lo regaló a la hermana Ana de Jesús, que lo conservó, lo cual permitió que llegara hasta nosotros. No es una estampa piadosa, sino una imagen trágica que evoca la Crucifixión de Grünewald. El Retablo de Isenheim, que tanto obsesionó a Elias Canetti, se compuso en 1512; el dibujo del carmelita descalzo, alrededor de 1572. Podemos suponer que esa proximidad temporal acredita la existencia de un tipo de espiritualidad que circulaba por toda Europa.

No es una espiritualidad que apunte hacia el vacío o la nada, sino hacia el acontecimiento más dramático de la historia: la muerte de Dios. La mística de san Juan de la Cruz nos recuerda que el Dios cristiano se convierte definitivamente en un Dios de vida después de la experiencia de la muerte, que implica compartir con el hombre la hora más oscura de la existencia. No es una mística abstracta e impersonal, sino humanísima y concreta que nos recuerda la esencia del mensaje cristiano: acoger el dolor de la viuda y el huérfano, cubrir la desnudez del paria y el extranjero, aplacar la angustia del ofendido y humillado.
El cuerpo descoyuntando y en escorzo que dibujó el carmelita descalzo esboza una teología de la cruz, según la cual Cristo es la imagen viviente de Dios porque asume la fragilidad del hombre, abandonando la distancia que tradicionalmente se atribuía a lo sagrado, ubicado más allá del mundo y la historia. Dios se implica en la historia, soportando sus estragos, que incluyen la injustica, la humillación, la tortura y la muerte.
El dibujo del carmelita descalzo se demora en los instantes últimos de la agonía, cuando el cuerpo de Jesús, con la cabeza abatida sobre el pecho y las piernas encogidas, se desploma hacia delante. Las manos, rasgadas por los clavos, ya no soportan el peso del reo. La composición emplea una perspectiva cónica oblicua, situando su mirada en el ángulo superior derecho para invocar la posición de Dios respecto a su Hijo. El violento escorzo deforma la silueta, creando una asimetría entre los brazos. Se sacrifica la proporción a la expresión, la armonía a la fuerza dramática, el equilibrio a la intensidad. ¿Se trata de una “aparición maravillosa”, de una experiencia mística? ¿Es obra de la reflexión o una iluminación? Quizás lo más apropiado sea decir que el dibujo es fruto de una visión interior y, por tanto, una vivencia mística, pues los místicos nunca alardearon de ver con los ojos del cuerpo, sino con los del alma.
La sabiduría de Dios
El sentido de la muerte de Jesús en la cruz fue “reconciliar y unir al género humano” (Subida del Monte Carmelo II, 7, 11). El pecado original introdujo la discordia y la violencia en la historia. La muerte de Abel fue la evidencia de que se había roto el equilibrio establecido por Dios. El dibujo de san Juan de la Cruz intenta expresa la tragedia de la libertad. Dios se ocultó para garantizar la autonomía del hombre y cuando este rompió el orden que había creado, entregó a su Hijo para que sanara las heridas del mundo.
El amor de Dios al ser humano excede todo conocimiento. Apenas podemos comprender su profundidad y, menos aún, que se manifestara en la impotencia de la cruz. El omnipotente aceptó un abajamiento particularmente humillante, renunciando a su libertad. El carmelita descalzo intenta mostrar esa paradoja en su dibujo, privilegiando el dramatismo sobre la perfección formal. Es una imagen muy alejada de la serenidad de otras representaciones, donde una estética preciosista aligera la crudeza de una forma de ejecución especialmente indigna y cruel. Su propósito no es tan solo mover a la devoción, sino intentar comprender la sabiduría de Dios, que se revela incluso en la muerte.
Es imposible no amar al que lo da todo por el hombre. Su sacrificio puede despertar nuestra perplejidad, pues siempre esperamos de lo divino gestos de poder y no un aparente fracaso como puede interpretarse la cruz en un primer momento. Sin embargo, debemos reparar en que “las verdades divinas no solamente se saben, más justamente se gustan”. La sabiduría de Dios solo puede comprenderse “no entendiendo”, pues es algo secreto y escondido. El misterio de la cruz es el umbral de ese otro mundo donde prevalecen la plenitud y la perfección. Un reino sin agravios ni aflicción. Para unirse a Dios hay que aniquilar ese yo movido por la ambición de poder y la vanidad del que somos esclavos, sin advertir que es el ídolo más enemistado con nuestra dignidad. La verdadera libertad es vivir en el amor, pues “Dios es amor, y el que vive en amor permanece en Dios, y Dios en él” (1 Jn. 4, 16).
El dibujo de san Juan de Cruz es una declaración de amor, pues sabe que no hay otro camino para llegar a Dios. “El que no ama no conoce a Dios” (1 Jn. 4, 8). Dios nos amó hasta el extremo de morir en la cruz, un castigo reservado a esclavos y rebeldes. Solo podemos conocer a Dios, amando a ese Cristo que nos lo dio todo. En su “Oración del alma enamorada”, san Juan de la Cruz describe la ebriedad de la fe: “Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón”.
El dibujo de san Juan de la Cruz despertó la admiración de José María Sert y Salvador Dalí. El Cristo de Dalí no puede estar más lejos del apunte del carmelita descalzo, pues nos muestra un cuerpo joven, atlético y luminoso, sin signos de sufrimiento. No es ese el mensaje que Dios nos deja con Cristo, que eligió ser humilde y sencillo. Si queremos conocer a Dios, debemos fijar la mirada en su Hijo. En Subida al Monte Carmelo, el carmelita descalzo pone en boca de Dios las siguientes palabras: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas…”. (II, 22, 5-6).
La mística, cénit de la fe
La mística es el cénit de la fe porque representa el reencuentro con el equilibrio roto por el pecado original. No es posible llegar a ella sin practicar una vida ascética. San Juan de la Cruz recomienda “obrar en silencio y cuidado, en humildad y caridad, y desprecio de sí mismo”. El alma debe despojarse de cualquier forma de vanidad o posesión. La perfección espiritual solo es posible mediante la renuncia y el desprendimiento. Puede que esa senda nos lleve a una sensación de desamparo y abandono, pero eso es lo que experimentó Jesús en la cruz y nunca estuvo más cerca del Padre. En ese estado de postración, caracterizado por la oscuridad, el silencio y la soledad, todo desaparece para ceder un protagonismo absoluto al amor. Amor a Dios y amor al hombre.
En una carta enviada a María de la Encarnación, san Juan de la Cruz sostiene que “adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor”. La acogida y la fraternidad son los rasgos esenciales de la ética cristiana. No se exalta la cruz porque se considere el precio de la redención, sino porque es la epifanía del amor divino. No se pide la aniquilación del yo por masoquismo, sino porque el amor total siempre implica la postergación de uno mismo para favorecer la expansión del Tú, del Amado.
La noche oscura de san Juan de la Cruz no implica la negación del mundo, sino su exaltación. Al igual que san Francisco de Asís, el carmelita descalzo pensaba que todas las criaturas alaban a su Creador. La naturaleza es un cántico permanente que celebra la vida, no la desdichada consecuencia de la Caída. Aficionado a caminar por los montes y la ribera de los ríos, el santo cantaba alegremente al tiempo que contemplaba el agua, los árboles, los pájaros. La soledad le parecía sonora porque allí siempre estaba Dios, hablando a través de sus criaturas. El dibujo del crucificado no es una llamada a la penitencia, sino una incitación a la unión mística con Cristo, sabiendo que el desamparo, lejos de ser la última estación de la existencia, constituye la antesala de una desconocida plenitud.

Las mujeres en el Sínodo de la Iglesia

Las mujeres mandan en el Sínodo de España: son el 70% de las participantes

Mujeres en una parroquia/Foto: Arzob. Valladolid
Mujeres en una parroquia/Foto: Arzob. Valladolid

“¿Tendrá esto recorrido de cara a las resoluciones del Sínodo? Que las mujeres hayan tenido una participación más o menos activa y significativa ha dependido mucho del enfoque que el párroco haya querido darles”

Los organizadores de esta fase sinodal “han querido poner el foco en los laicos en general, pero dando una mayor dimensión al papel de las mujeres”

Por José Lorenzo

¿Están contando con mujeres en los equipos sinodales de la etapa diocesana, que empezó el 17 de octubre de 2021 para preparar el camino del Sínodo sobre la Sinodalidad de 2023 en Roma? Esa fue la petición que, expresamente, hizo Nathalie Becquart, la subsecretaria de este Sínodo, cuando el pasado mes de noviembre presentó el documento marco.

Y, cuando faltan cinco días para que Madrid acoja la asamblea final de esta fase de escucha, la respuesta, al menos en lo tocante a la Iglesia española, es sí, abrumadoramente. Nada menos que el 70% de las más de 200.000 personas, repartidas en 13.500 grupos sinodales han sido mujeres, según ha sabido RD.

Se trata de una participación muy significativa que, por otro lado, no deja de evidenciar algo ya sabido: las mujeres son las que, mayoritariamente, hacen funcionar en el día a día la vida de parroquias y otras instancias eclesiales, las que cuidan la catequesis, organizan la labor asistencial y caritativa… aunque su labor sea históricamente poco reconocida. Como apunta una fuente, «si en el 2000, las mujeres éramos el 50% de la Iglesia, en el 2020, somos el 80%».

¿Punto de inflexión?

¿Supone esta participación un punto de inflexión? Parece también evidente que el hecho de que en muchas diócesis hayan salido como propuestas para enviar a Roma el dar una mayor responsabilidad a la mujer en el gobierno de la Iglesia, cuando no incluso su acceso a la ordenación sacerdotal, tiene que ver con esta alta participación en esta fase de escucha, que termina este sábado 11 de junio en Madrid, en la Asamblea final del Sínodo en España, que acogerá a más de 600 personas procedentes de todas las diócesis.

Pendientes del “enfoque” del párroco

“¿Tendrá esto recorrido de cara a las resoluciones del Sínodo?”, se preguntan. Y ahí, claro, surgen las dudas cuando todavía no se han hecho públicas las conclusiones, porque, se señala, “que las mujeres hayan tenido una participación más o menos activa y significativa ha dependido mucho del enfoque que el párroco haya querido darles”, lo que explicaría que esta cuestión no haya aparecido en otras diócesis como una reivindicación a tener en cuenta.

La Revuelta de Mujeres en la Iglesia, en San Antón
La Revuelta de Mujeres en la Iglesia, en San Antón

Las fuentes consultadas, eso sí, subrayan el interés desde el equipo coordinador de esta fase sinodal “en poner el foco en los laicos en general, pero dando una mayor dimensión al papel de las mujeres. Esta ha sido una constante que se ha intentado transmitir”, apuntan.

En torno a los 55-60 años

En este sentido, también se destaca que, “con una edad medida de las participantes en torno a los 55-60 años, habrá muchas mujeres rondando los 70 u 80 años, y no sé hasta qué punto la ordenación sacerdotal femenina ha estado entre las prioridades de estas mujeres”, aunque también se hace constar que ha habido otras realidades, como la de Revuelta de Mujeres en la Iglesia, que también han hecho sus aportaciones.

Pablo de Tarso según Pikaza

San Pablo (Pintura del retablo de Alconada)

Pikaza: «Pablo descubrió la presencia y la llamada de Dios en las víctimas, en los crucificados de la historia»
«Su teología es una teología biográfica, un confesión de vida, en la línea de lo que hará después san Agustín (en sus Confesiones) o Santa Teresa (en el Libro de su vida)»
«Esta seguro de sí mismo, de su religión, de su judaísmo…Por eso quería que todos los judíos fueran como él, que el judaísmo de la ley nacional triunfara y se impusiera sobre el mundo… y por eso perseguía a los cristianos»
«La misión en Arabia, tierra de «los que habitan en tiendas», pudo tener el sentido de vuelta al desierto, como quisieron algunas tradiciones proféticas de Israel (cf. Os 2, 14)»
«Ir a Jerusalén significa volver a las raíces, no sólo del judaísmo, sino del movimiento central de Jesús, con el que Pablo quiero ponerse en contacto»
Por Xabier Pikaza


II LA VOCACIÓN DE PABLO
Más que “conversión” fue una llamada, y así lo empieza diciendo Pablo en su carta a los gálatas, donde no les enseña una teoría sobre los dogmas de la fe o sobre doctrinas de tipo teológico, sino que les cuenta su vida. Su teología es, según eso, una teología biográfica, un confesión de vida, en la línea de lo que hará después san Agustín (en sus Confesiones) o Santa Teresa (en el Libro de su vida). Así empieza diciendo Pablo, en la carta a los gálatas, tras una breve introducción:
Quiero que sepáis, hermanos, que mi evangelio no es de origen humano. Pues no lo recibí de humanos…, sino por revelación de Jesucristo. Porque habéis oído mi conducta antigua en el judaísmo… Pero cuando el Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre… quiso revelarme a su Hijo para que lo anuncie a los gentiles… (cf. Gal 1, 11-15).
Había perseguido a los cristianos «helenistas» de Damasco, la ciudad donde vivía y trabajaba. Les perseguía porque rechazaba su misión. su forma de entender el judaísmo. Dos eran los problemas que a su juicio planteaba el cristianismo:
(a) Un problema era la Cruz, es decir, el tema de los crucificados, expulsados, condenados de la humanidad. Le parecía vergonzoso que Dios se manifestara a través de un hombre condenado a morir en una cruz. A su juicio, para ser Mesías de Dios, Jesús tenía que haber triunfado. Dios no se revela a través de unos vencidos como Jesús.
(b) Otro problema es la universalidad. Si los hombres se salvan por la cruz de Jesús, sin necesidad de una ley nacional como la judía, el judaísmo pierde su sentido. Lo que Pablo había querido era, en el fondo, el triunfo nacional del judaísmo. Jesús, en cambio, destruye el judaísmo.
Estos dos temas (el rechazo la ley judía y la apertura universal a todos los pueblos) eran para Pablo una fuente de “dolor”; él no podía aceptar que los judíos entendieran así su “tradición”, renunciando a su “nacionalismo religioso”, a causa de un tal Jesús crucificado.
1. Un judío radical, un celoso
Pablo fue un “nacionalista”, un celota, un celoso. No quería que la “ley de Dios” (la identidad judía) dejara de ser propia de un pequeño grupo. En otras palabras, no podía aceptar un “judaísmo para todos”, como el que querían los cristianos, apelando para ello a Jesús, un crucificado. El quería seguir siendo judío, manteniendo así la “nobleza”, la ventaja, del judaísmo frente a los paganos pecadores… En otras palabras, él quería que los paganos estuvieran “sometidos” a la verdad del judaísmo.
Por eso se opuso a los cristianos de Damasco, que no querían “convertir” a los paganos, para hacerles judíos, sino anunciar y promover la comunión entre judíos y paganos por medio de Jesús, sin imposición de unos sobre otro. Por eso les “persiguió” como traidores al ideal y camino superior del judaísmo.
Ya conocéis mi conducta anterior en el judaísmo, cómo perseguía con fuerza a la iglesia de Dios y la asolaba. Y aventajaba en el judaísmo a muchos de los contemporáneos de mi pueblo, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. Pero cuando Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, quiso revelar en mí a su Hijo, para que lo predicara entre los gentiles… no consulté con nadie… sino que fui a Arabia y volví de nuevo a Damasco (Gal 1, 13-17).
No se hallaba angustiado, ni tenía mala conciencia, sino todo lo contrario. Pablo se sentía orgulloso de ser judío… y por eso pensó que tenía que perseguir a los cristianos que, a su juicio, ponían en riesgo la identidad del judaísmo. Les persiguió conforme a las normas del judaísmo, queriendo expulsarles de las sinagogas judías de Damasco, condenándoles a un tipo de castigos físicos (de latigazos). No parece que tuviera poder de condenar a nadie a muerte. Sea como fuere, Pablo fue un perseguidor, alguien que quería cambiar a los demás a la fuerza. Pensaba que tenía la razón, y quería obligar a los demás a que pensaran como él, como “los buenos judíos”, en un plano que él llama de “carne”, es decir, de identidad social:
Yo podría confiar en la carne (es decir, en las ventajas del judaísmo…). Si alguno cree que tiene razón para confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprensible» (Flp 3, 4-6).
Esta seguro de sí mismo, de su religión, de su judaísmo…Por eso quería que todos los judíos fueran como él, que el judaísmo de la ley nacional triunfara y se impusiera sobre el mundo… y por eso perseguía a los cristianos, que iban en contra de su seguridad, y lo hacía según ley. Pero un día descubrió que su seguridad no era buena se fundaba en un principio falso, de orgullo, de sentimiento de superioridad. Descubrió que su seguridad y su ley eran falsas, no tenían fundamento en Dios, descubrió que la verdad de Dios se manifiesta en un perseguido, en Jesús crucificado.
2. Primera sorpresa: Dios está en los perseguidos
Así lo aprendió, así lo “vio”, precisamente en las “víctimas” a las que quería imponer su verdad superior. Pablo pensaba que él tenía razón; pero el Dios de Jesús le mostró que la razón está en los perseguidos. Descubrió así que la verdad no está en los triunfadores, en los que imponen su ley, sino en los que sufren, en los perseguidos. Se lo dijo el mismo Jesús, por dentro, en una experiencia de “llamada”, de transformación interior. No le “convirtieron” los grandes misioneros, ni Pedro, ni Santiago…, sino Jesús crucificado:
Mi evangelio no es de origen humano. Pues no lo recibí de humanos…, sino por revelación de Jesucristo. Porque habéis oído mi conducta antigua en el judaísmo… Pero cuando el Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre… quiso revelarme a su Hijo para que lo anuncie entre los gentiles… (Gal 1, 11-17).
Pablo sabía quién era Jesús y por eso había perseguido a sus seguidores. Lógicamente, tras la «conversión», no tiene que ponerse a estudiar, para conocer por libros las aportaciones de Jesús, pues él ya las conocía y sabía en el fondo la manera en que debía responder. En ese contexto se sitúan los tres años de lo que podemos llamar su misión árabe.
Pero cuando Dios… quiso revelar en mí a su Hijo, para que lo predicara entre los gentiles no consulté con nadie (con carne, ni sangre), ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo, sino que fui a Arabia, y regresé otra vez a Damasco. Luego, después de tres años, subí a Jerusalén (Gal 1, 17).
Aquí se dice que, en principio, no tuvo que consultar con nadie (ni con los apóstoles o enviados anteriores, ni con representantes de la Iglesia Jerusalén), sino que fue (salió: apêlthon) por sí mismo hacia Arabia. Pablo descubrió así que el mismo Dios de Israel (¡Dios único!), a cuyo servicio él se hallaba (y por cuya causa perseguía a los cristianos), le había encargado una tarea especial, haciéndole mensajero y testigo de su Hijo entre las gentes.
Ésta ha sido, a los ojos de Pablo, la revelación fundamental, la causa de su «cambio», una visión/comprensión nueva de Dios, cuyas consecuencias él irá desarrollando a lo largo de su vida. En esa revelación ha descubierto que el mismo Cristo crucificado, a quien él había interpretado como fuente de vergüenza y deshonor para Israel, es el «Hijo» del Dios de Israel, Señor universal (unir Gal 2,17 con Hch 9, 5). De esa forma puede afirmar que ha recibido una llamada y tarea directa de Dios, no por intermedio de alguna iglesia (ni de Pedro, ni de Santiago). Por eso reivindica su independencia.
Pablo descubrió así la presencia y la llamada de Dios en las víctimas, en los crucificados de la historia, en los perseguidos. Esa certeza iluminó su vida, y sintió que era necesario que la dijera, que lo dijera. Eso había que proclamarlo, rápidamente, para que el mundo cambiara, para que el Dios de Jesús pudiera conocerse y aceptarse en el mundo entero.
3. Segunda sorpresa: Empezando por Arabia
Esa misma llamada de Dios fue el principio de su “misión”: «Dios me reveló a su Hijo, a fin de que lo anunciara entre los gentiles» (Gal 1, 16). Y así empezó Pablo, como he dicho. No fue a Jerusalén para preguntar y ponerse a las órdenes de otros. Dios le había llamado, y así respondió con su “corazón” a la llamada de Dios, como he dicho ya:
No consulté con nadie (con carne, ni sangre), ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo, sino que fui a Arabia, y regresé otra vez a Damasco. Luego, después de tres años, subí a Jerusalén (Gal 1, 17).
Arabia estaba allí mismo, casi a las puertas de Damasco, hacia el oriente, un mundo inmenso de tribus, de pequeños reinos, en parte vasallos de Roma, en parte independientes, de Petra a la Meca, de Palmira hacia Babilonia. Miradas las cosas desde nuestro punto de vista occidental, resulta sorprendente que Pablo no iniciara su misión hacia el oeste: Grecia, Roma, España, sino que empezó el oriente, anunciando la llegada de Dios a los gentiles de la zona.
¿Por qué? No sabemos, pero Pablo lo dice con todo aplomo: «Fui a Arabia y volví a Damasco». No conocemos el tiempo de esa misión (parece que son tres años), ni el lugar geográfico estricto de Arabia (¿el reino de los nabateos, hacia Petra y el Monte Sinaí? ¿la zona más oriental hacia Palmira?). De allí, del oriente árabe habían venido los judíos antiguos, y de más allá, de la tierra de los persas, hindúes y chinos se decía que tenían que venir las grandes tribus y naciones, para descubrir al Dios. Ése es el camino que recorrió Pablo por tres años, un camino que hoy, todavía (año 2021) no ha culminado.
No sabemos la lengua en que Pablo realizó esa misión, aunque pudo ser en el griego de los helenistas (bien conocido en el entorno de Damasco), pero también en el arameo común de la zona o incluso algún dialecto árabe, que Pablo podría conocer por su vida en Damasco y su entorno, como curtidor/fabricante de tiendas (cf. Hch 18, 3), oficio vinculado a los beduinos y caravaneros de oriente (nómadas), más que a las ciudades helenistas propiamente dichas.
Esa misión en Arabia, tierra de «los que habitan en tiendas», pudo tener el sentido de vuelta al desierto, como quisieron algunas tradiciones proféticas de Israel (cf. Os 2, 14). En el fondo de esa vuelta pudo darse también una esperanza apocalíptica, vinculada a tradiciones que encontramos igualmente en Juan Bautista y en el mismo Jesús, cuando empezaron su búsqueda de Dios al otro lado del Jordán. De todas formas, Pablo pudo realizar esa misión en las ciudades del reino de los comerciantes nabateos que él debía conocer, por ser ciudadano de Damasco y fabricante de tiendas.
Estos tres primeros años de la misión cristiana de Pablo, relacionados con su presencia en Arabia y en Damasco, resultan fundamentales para conocer su vida posterior (y la historia de los primeros cristianos), pero no sabemos nada de ellos, sino sólo conjeturas. Es probable que actuara como delegado de la iglesia de Damasco, lugar de mucha importancia en las tradiciones judías de aquel tiempo.
Parece haber existido un grupo esenio que relacionaba la trasformación escatológica de Israel con la ciudad/zona de Damasco, tomada en sentido geográfico o simbólico, como pone de relieve el CD (Código de Damasco) que ya se conocía por copias medievales, pero que ha sido encontrado entre lo Rollos de Qumrán. Más aún, desarrollando ese simbolismo, algunos investigados han supuesto que, en algún sentido, el Qumrán de los esenios y el Damasco de la conversión de Pablo podrían identificarse (cf. S. Sabugal, Conversión de san Pablo, Herder, Barcelona 1975. Cf. F. Vouga, Yo, Pablo. Las confesiones del Apóstol, Sal Terrae, Santander 2006)
En esa línea, la permanencia en Arabia (en el entorno de Damasco) podría tener un sentido de esperanza final: Pablo estaría preparando la venida de Jesús, precisamente allí, para recibir a Jesús y volver con él a Jerusalén, donde tendría que instaurarse el Reino. Significativamente, Mt 2 (relato de los magos de oriente que suben a Jerusalén buscando al Rey de los judíos) parece estar evocando una tradición de este tipo: Hay un Reino distinto que llega del Oriente. De todas formas, no podemos ofrecer más precisiones.
4. Primer fracaso. El fin de la misión árabe, huida de Damasco
No sabemos lo que Pablo decía estrictamente en su misión, ni la forma en que anunciaba la venida del Cristo a los judíos, ni el modo en que se dirigía a los gentiles nabateos (¿árabes? ¿helenistas?), diciéndoles que el Cristo judío era Señor y Salvador universal. Lo único que podemos afirmar es que su misión resultó problemática, pues llegó a perturbar la estabilidad y el orden de la “ciudad nabatea” de Damasco, que era por entonces (como es hoy, año 2021) la puerta del desierto, el principio del camino árabe, de manera que intervinieron las autoridades y tuvo que huir, seguramente sin posibilidad de retorno. En este contexto se pueden evocar los «peligros en el desierto» (cf. 2 Cor 11, 26), entre los que destaca esta primera gran huida:
Si es preciso gloriarse, yo me gloriaré de mi debilidad. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesús, quien es bendito por los siglos, sabe que no miento. En Damasco, el gobernador del rey Aretas, guardaba la ciudad de los damascenos para prenderme; pero fui descolgado del muro por una ventana en una canasta, y escapé de sus manos (2 Cor 11, 30-33).
Este acontecimiento marca el final de su misión árabe de Pablo, en Damasco y su entorno. Pablo lo cuenta como formando parte de su «debilidad», es decir, de sus fracasos… La huida por el muro forma parte de la “leyenda histórica de Pablo”, y así lo ha contado también el libro de los Hechos 9, 24: Le bajaron por un muro, le hicieron escapar de noche… Hay algo muy especial en este recuerdo que, por otra parte, se distingue un poco de la forma de actuar posterior Pablo, que ha solido permanecer en los lugares misión, a pesar de sus dificultades. Sea como fuere, en este momento, Pablo optó por escapar.
Esta huida forma parte de las “calamidades” que Pablo cuenta, hacia el final de su misión en occidente (hacia el 55 dC), defendiéndose ante sus acusadores de Corinto, reconociendo su debilidad y sus fracasos, entre ellos esta huida que tuvo lugar hacia el año 35 d.C. Es como si le doliera el haber escapado así, con nocturnidad, de la ciudad que quería apresarle… Fue una huida triste, pero recibió al final un sentido glorioso, pues contribuyó a su misión.
El reino de los árabes/nabateos (integrado modo en el Imperio de Roma, igual que otros reinos del entorno) tenía una gran importancia para las relaciones de Roma con Oriente. No parece que la administración del rey Aretas (a quien conocemos por sus desavenencias con Herodes Antipas) tuviera especial interés en perseguir directamente a los cristianos. Pero debió hacerlo porque Pablo se había convertido en un foco de oposición entre los diversos tipos de judíos y gentiles de la ciudad y de su entorno, quizá porque estaba preparando una “peregrinación” de árabes (orientales) hacia la ciudad de Jesús, con dones mesiánicos, acompañando a Jesús que debía manifestarse allí (en Damasco) como Mesías universal, marchando desde allí a Jerusalén.
En este contexto debemos recordar que Pablo, siendo buen helenista (hombre del imperio romano, como sigue mostrando todo el resto de su vida), se hallaba también vinculado a Damasco y al mundo «árabe», pues era un oriental (aunque hubiera nacido en Tarso de Cilicia, como destaca Hch 9, 11; 21, 39; 22, 3, quizá para tapar sus conexiones con Arabia). En esa línea, él pudo concebir esta misión en Arabia como una recuperación de las tradiciones originales de Israel, a partir de Oriente, desde la zona semita (árabe/aramea) de Damasco, vinculada a las historias más antiguas de Israel (los patriarcas habían sido arameos, de oriente vendrían los reyes con dones para el Mesías en Mt 2).
Por todo esto, se puede hablar de una primera misión «semita» de Pablo, más centrada en el mundo oriental, una misión que él realizó después de haber conocido a Jesús (a través de los helenistas de Damasco), pero antes de conocer a Pedro y al resto de la iglesia de Jerusalén, como él mismo ha señalado enfáticamente. Este Pablo que viene del desierto se parece a Juan Bautista y a Jesús, que también han venido del desierto, retomando quizá tradiciones proféticas, que aludían al nuevo Israel que nace del desierto (Oseas).
5. Nuevo comienzo, el camino de Jerusalén
Tres años duró esa primera misión propia de Pablo en Damasco y Arabia, en el mundo oriental, quizá preparando la venida del Jesús pascual a Jerusalén desde Oriente, para iniciar allí el Reino de Dios. Pero esa misión acabó para siempre, quizá por la persecución que hemos citado (tuvo que huir de Damasco), quizá porque el mismo Pablo tuvo un cambio en su forma de entender el evangelio.
Pasados tres años, subí a Jerusalén para conversar con Cefas y estuve con él quince días. Pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Santiago, el hermano del Señor. Por lo que se refiere a las cosas que os escribo, he aquí que os lo digo delante de Dios, que no miento (Gal 1, 18-20)
Ha proclamado el camino de Jesús por tres años, sin necesidad de contactar con los cristianos de Jerusalén, apoyándose sólo en la comunidad cristiana de Damasco, donde fue aceptado por la Iglesia y bautizado, como supone Hech 9, 1-19). Sólo ahora, pasados tres años, cuando debe terminar (dejar) su misión de Oriente, en el territorio de los nabateos/árabes, se apresura a conversar con Pedro. Es muy posible que quiera transformar su estilo y tarea misionera y por eso viene a Jerusalén, realizando un gesto esencial, que marca un punto de inflexión importante en su trayectoria misionera.
Ir a Jerusalén significa volver a las raíces, no sólo del judaísmo, sino del movimiento central de Jesús, con el que Pablo quiero ponerse en contacto. Pero el hecho de ir a Jerusalén «sin Jesús» (es decir, sin que Jesús haya vuelto a instaurar su Reino) puede suponer un cambio en la forma de entender la misión cristiana. Quizá podamos decir que Pablo fue a Jerusalén sin Jesús porque la «parusía» no había llegado y porque se abría un tiempo para la Iglesia. Esa “subida” de Pablo a Jerusalén abre grandes problemas.
1 No va a Galilea, sino a Jerusalén. Más cerca de Damasco queda Galilea, lugar donde se ha desarrollado la vida de Jesús y su primera misión, un entorno donde (como hemos visto en cap. 8), sigue habiendo testigos del mensaje y proyecto de Jesús. Años más tarde, el evangelio de Marcos pedirá a los discípulos y a Pedro que vuelvan a Galilea, para retomar el camino de Jesus (Mc 16, 7-8). Pues bien, Pablo no va y se detiene en Galilea, aunque ha podido pasar muy cerca de lo los lugares de Jesús (si ha tomado el «camino del mar»), sino a Jerusalén, donde se encuentra a su juicio la raíz del cristianismo.
2. Tampoco busca a Magdalena y a las otras mujeres. Ciertamente, Pablo dará después gran importancia a las mujeres, con las que colabora (como seguiremos viendo). Pero en este momento de su venida a Jerusalén parece que ellas no cuentan. No ha buscado a Magdalena (o al menos no se dice), ni a las otras mujeres del principio de la iglesia (cf.Mc 16, 1-8), ni se ha referido a ellas cuando describe el origen de la iglesia (cf. 1 Cor 15, 3-9). Es como si al principio de la Iglesia sólo le importara Pedro (y Santiago), como punto de partida del movimiento cristiano.
3. Se ha relacionado de manera específica con Pedro. No va de aprendiz, ni para conocer a un Jesús a quien antes no conocía, sino como alguien con larga experiencia de Cristo y de su misión, para compulsarla con Cefas (=Pedro, Piedra), a quien mira, sin duda, como referencia importante de la iglesia. No va para ponerse bajo su autoridad, ni para que le «ordenen», en el sentido posterior de la palabra (que le hagan presbítero u obispo), sino para dialogar, «conversar» (historêsai), es decir, para compulsar su visión de la Iglesia con la visión y camino de Pedro, a quien considera como referencia fundamental en su camino de evangelio, una vez que la misión de Arabia parece haber terminado. Va probablemente para iniciar una nueva etapa, una vez que ha terminado la anterior, de Oriente.
4. En un segundo lugar, como en forma concesiva, Pablo dice que vio Santiago, el Hermano del Señor. Su referencia fundamental ha sido Pedro y parece que no necesitaba más, para seguir avanzando en su tarea. Y, sin embargo, añade que vio a Santiago, lo que significa que ha querido conocer los aspectos genealógicos de Jesús, sus vinculaciones familiares o, quizá, de un modo más preciso, los elementos básicos de la comunidad que Santiago está empezando a construir en Jerusalén (a los cinco años de la muerte de Jesús, su hermano).

San Pedro y San Pablo 1

San Pedro y San Pablo (1). Autoridad del Papa y de la Iglesia

Estatua de San Pedro, en el Vaticano

Se celebra hoy la fiesta de San Pedro y san Pablo y, de un modo consecuente, recordamos y celebramos la autoridad del Papa y de la Iglesia, en línea de evangelio (primacía de los pobres) y de comunión dialogal (palabra escuchada y compartida). En esa línea quiere avanzar el Papa Francisco. En ella ofrezco las reflexiones que siguen

En ciertos momentos, las celebraciones oficiales de la iglesia católica tienden a ser verticales, con un Papa, obispo o presbítero que actúan como “patrono”, diciendo desde arriba su palabra, mientras los fieles escuchan, reciben, asienten. Conforme a todo lo que vengo diciendo, ese modelo no es cristiano»

Por Xabier Pikaza

Vaticano I. Primado del Papa[1]

Si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las iglesias, como sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema (Denz-H., 3064).

La palabras centrales de esta declaración (potestad y jurisdicción) provienen de la práctica jurídico/política del imperio romano y del feudalismo germano, pero ellas debe entenderse y ejercerse desde la misión del evangelio (cf. Mt 28, 16-20), no en en línea de jerarquía ontológica, del sacerdocio del AT, de política romana o autoridad feudal, sino de evangelio y sinodalidad cristiana (cf. Mc 9, 33-37 y 10, 35-45 par; Mt 1 y 23).

El poder de la iglesia, representada en un sentido católico por el Papa, se funda en la palabra de Dios, de manera que es poder de amor, para ofrecer y compartir fraternidad, en la línea de Mt 28, 16-20, sin privilegio, imposición o ventaja que sería contraria al evangelio. Un Papa que pretendiera tener más potestad que los «simples» creyentes, un Papa que quisiera situarse por encima de los pobres (y no a su servicio) dejaría de ser cristiano[2].

Infalibilidad [3]

El Romano Pontífice, cuando habla ex cátedra –esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal–, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia (Denz-H., 3074).

El Papa no es infalible en línea de poder, sino de escucha y comunión de la palabra de Jesús, acogida y dialogada en línea “sinodal” por el conjunto de la Iglesia. De esa forma, en contra de una lectura literalista del Vaticano I, podemos afirmar que la autoridad de la Iglesia (Papa, concilios y pueblo cristiano) es «plena, suprema, inmediata», siempre que sea cristiana, es decir, que renuncie a toda superioridad e imposición, mando y jer-arquía (sea en línea de monárquíca, oligarquía o demo-krática,), porque es la autoridad de los pobres, a quienes pertenece el evangelio, es decir, el futuro de la vida, es la autoridad sinodal del diálogo de toda la iglesia, en línea de comunicación, de búsqueda y escucha común de la Palabra de Dios, según el evangelio[4].

Papa sin jerarquía. Papado de los pobres y de la palabra compartida

El Nuevo Testamento no conoce jerarcas, sino hermanos y hermanas que comparten el sacerdocio y la palabra universal de Cristo, pudiendo asumir las tareas o ministerios de la iglesia, en línea de servicio (diaconado), presidencia colegiada (presbiterado) o supervisión personal (obispado), al servicio de la comunión de vida de todos los creyentes. Por eso, todos y cada uno de los cristianos (y en el fondo todos los hombres y mujeres) son «puentes sagrados», presencia de Dios (cf. Mt 25, 31-46 [5].

 Desde ese fondo se plantea el tema y tarea de un papado sin autoridad jerárquica, como representante de la autoridad de los pobres y de la palabra compartida en clave de evangelio. Actualmente, (a pesar de las críticas que elevan incluso algunos teólogos más tradicionales)[6], el Papa parece Obispo de todos los obispos, portador de la plenitud de toda jerarquía (dentro de un evangelio y con un Dios que no es jerárquico. Pues bien, dado que, como venimos indicando, esa función jerárquica suprema está perdiendo su sentido, hay muchos que dicen que el mismo papado tiene que desaparecer. Pues bien, en contra de eso, afirmamos que es ahora cuando puede haber un Papa de verdad cristiano, con autoridad «evangélica» (de entrega de la vida), como Pedro, que no fue Gran Jerarca, sino testigo de resurrección para los pobres y de comunión entre los cristianos[7].

Reformular el CIC

El Derecho Canónico afirma que el Papa, «en virtud de su función, tiene potestad ordinaria, esto es, suprema, plena, inmediata y universal en la iglesia y la puede ejercer libremente» (CIC, 331). Como he dicho al ocuparme de Vaticano I, esta formulación resulta ambigua pues el Papa no puede tener más autoridad cristiana que aquella que brota del don de la vida (morir por los otros) y que se concreta en el amor mutuo, en línea de sínodo universal. de tal forma que el menor es el mayor o primado todos (cf. Mc 9, 35 par; 35-45 y Mt 18, 15-20; 23, 1-12). El modelo de pirámide o sistema de poder no es evangélico. Por eso, el Papa no puede situarse en la cumbre de ninguna institución objetivada, pues la iglesia de Jesús es un organismo vivo, hecho de conexiones inmediatas de amor, con ministerios o servicios de testimonio fraterno y solidaridad, de palabra y acogida, de pan y de vino (comida), que se ejercen y comparten de un modo inmediato, entre todos los creyentes, por la fuerza del Espíritu de Jesús[8].

La unidad jerárquica responde a un tipo de platonismo ontológico (los diversos seres se escalonan formando un todo) y político (los sabios de la República gobiernan a los menos sabios). Pues bien, llevada hasta el final, esa visión no es cristiana (ni siquiera israelita), pues presenta a Dios como poder abarcador (un todo), no como amor infinito. En contra de eso, como ya hemos dicho, la unidad cristiana se identifica con la misma comunicación inmediata de vida de todos los creyentes, como palabra compartida (sínoco universal) al servicio de los pobres. En esa línea podemos añadir que la «potestad» (suprema, plena, universal e inmediata) del Papa se identifica con el amor supremo, pleno, universal e inmediato con que han de amarse entre sí todos los creyentes

La Iglesia no es poder, sino palabra creadora (sinodal), al servicio de los pobres

La unidad y autoridad cristiana no reside en un poder unificado, ni en una organización central, sino en la comunión multi-forme de todos los creyentes, que despliegan, comunican y comparte la palabra y el pan, empezando por los excluidos (pobres y enfermos, impuros y locos…). Lo que define a la iglesia no es la eficacia de una organización superior (objetivada), sino la vida de cada uno de los hombres y mujeres y el hecho de que todos puedan compartir esa vida de un modo gratuito, por encima de las mismas diferencias confesionales, en servicio de amor y comunión que se inspira en Cristo. Sólo superando una visión del poder como potestad o capacidad de imposición de unos sobre otros (de los que tienen sobre los que no tienen, de los que enseñan sobre los que aprenden), podrá surgir la verdadera iglesia, que es comunión de comuniones, comunidad de comunidades. Sólo en ese contexto podrá hablarse de un Papa, que no sea mayor que nadie, ni depositario de poderes que sólo él posee, ni primado sobre otros, sino amigo/a de amigos, hermano/a de hermanos[9].

Tarea de la iglesia: No tomar el poder, sino superarlo

 Los papas y obispos (jerarcas cleicales de antaño pensaron que un tipo de «toma de poder» les ayudaría a realizar mejor su tarea. También otros movimientos políticos (desde la revolución francesa a la soviética), que han marcado la historia de Europa y del mundo, a partir del siglo XVIII, quisieron tomar el poder y lo tomaron para cumplir sus objetivos. Pues bien, tras el fracaso de varias revoluciones, y en especial de la marxista, muchos empiezan a pensar que la verdadera revolución no se realiza con la toma de poder, sino con otros tipos de presencia. Eso ha de aplicarse de un modo eminente a la iglesia[10]

 Ciertamente, el poder tiene un aspecto fácticamente necesario, como indicó Jesús al hablr de «las cosas del Cesar» (Mc 12, 17) y ratificó San Pablo al decir que es signo de Dios para ese mundo (Rom 13, 1-7). Pero tanto Jesús como Pablo situaron las «cosas de Dios» en un plano distinto. Lo esencial del cristianismo no es la toma, sino la superación del poder. No se trata, por tanto, de que los pobres lo asumen y gobiernen bien, sino de que lo superen, de una forma positiva, desde el evangelio, no para volver al puro caos, sino para crear formas distintas de vinculación social gratuita, entre las que puede ocupar un lugar el Papa.

Meta-noia o conversión cristiana (Mc 1, 15)  

La «conversión» (revolución) cristiana debe hacerse desde fuera del poder. Por eso, las iglesias de Jesús han de expresarse por otros tipos de presencia y comunicación, sin mediaciones políticas. No se trata de que el Papa deba delegar funciones, regalando a las comunidades cristianas más autonomía, pues no puede dar lo que no es suyo, sino que debe retirarse, para que los cristianos sean lo que son (hombres y mujeres que se aman, en libertad) y para que las iglesias se expandan y organicen por sí mismas, desde la Vida y Recuerdo de Jesús, para unirse luego (al mismo tiempo) en comunión dialogal, realizando así la revolución del evangelio.

La unidad de la iglesia no se logra por mediación de un Papa más alto, sino por la misma comunión de los creyentes, que se vinculan por gracia y servicio a los pobres.

Un Papa evangélico no romano  

Pero dicho eso queremos añadir que, como símbolo y garante de servicio mesiánico y encuentro de amor, puede (y creemos que debe) haber un hombre o mujer especial, vinculado a la memoria de Pedro y a la historia de la iglesia, un «Papa» que no sea signo de poder, sino de comunión, vinculado históricamente a la comunidad de Roma, que se puede expresar el amor y unidad de las iglesia. Ese «Papa» es obispo de la diócesis de Roma (o de la que se pueda tomar como signo de Pedro), dejando que las demás iglesias (conferencias episcopales, patriarcados, diócesis, comunidades no episcopales etc), se organicen por sí mismas.

Una vez que el papado abandona el poder central que ha tomado (y que no era suyo), las comunidades cristianas quedan libres para crear sus comuniones y concilios, asambleas y encuentros, de manera que pueda surgir una iglesia recreada por un diálogo múltiple de personas y palabras, que se expanden por doquier, sin que exista un centro, porque todos son centro, partiendo de los pobres, en comunión múltiple, expresada por la Eucaristía o comida real, abierta a los pobres.

Según eso, la autoridad llaves de Dios la tienen los pobres y, en su nombre, las iglesias, es decir, las comunidades que quieran escuchar y cultivar el evangelio a través del encuentro concreto de sus miembros, que comparten de un modo inmediato (mano a mano, mesa a mesa, plato a plato) la palabra y el pan, vinculando los dos grandes signos de Cristo, que son el cuidado de los excluidos (crucificados, pobres) y el amor de los enamorados y amigos. Las comunidades, centradas en los pobres y en aquellos que saben quererles y quererse (cf. Mt 25, 31-45; Jn 13-15), podrán configurarse como lugares y espacios de encuentro humano, siempre concreto y abierto a los de fuera y a todo el resto de las comunidades mesiánicas[11].

Diálogo católico. Una iglesia sinodal

Debemos volver al principio. No podemos empezar queriendo resolver el tema de la posible cúpula del papado, sino que, como sucedió al comienzo de la iglesia, debemos insistir primero y sobre todo en el anuncio del evangelio a los pobres y en el surgimiento de espacios de gratuidad cristiana compartida, es decir, de iglesia. Sólo allí donde se empiece a recorrer ese camino, los diversos grupos cristianos podrán y deberán hablar de instancias de unidad y comunión, al servicio de los pobres, planteando de nuevo el tema del Papa, allí donde lo exija la dinámica de la historia y la experiencia concreta de comunicación entre las iglesias. Desde ese fondo destacamos de nuevo los tres principios del imaginario cristiano: pobreza, gracia, comunicación.

Autoridad de Jesús y de la Iglesia, principios.

1.-Principio de autoridad de Jesús son los pobres en su sentido más extenso, es decir, los expulsados e impuros, los empobrecidos y enfermos, sean cristianos o «gentiles». Eso significa que la iglesia tiene su corazón fuera de ella, de manera que debe empezar siendo esencialmente misionera, portadora de un germen universal de vida, a partir de la pequeñez y miseria de este mundo. En la raíz del imaginario cristiano está, por tanto, la autoridad divina de los oprimidos y expulsados del sistema de poder, que así aparecen como signo de Dios y principio de acción misionera.

2.-Centro de la autoridad de la iglesia es la gracia creadora (=Dios), internamente vinculada a la fe (somos en Dios) y al regalo de la vida: sólo existimos en la medida en que damos y nos damos, invirtiendo así el camino de la empresa productora de tipo capitalista, donde todo es resultado de un esfuerzo programado de los hombres. Este es el lugar donde se manifiesta el signo de Dios: podemos ser y somos porque él nos ama y amando a los pobres, de manera que ellos son principio y centro autoridad e infalibilidad cristiana.

3.-La plenitud de la autoridad de la iglesia se expresa en la comunión interna, es decir, en la comunicación gratuita entre los creyentes, de manera que sólo en la medida en que se vinculan entre si por lazos de vida compartida, al servicio de los pobres, los hombres y mujeres son cristianos y las iglesias pueden presentare como revelación del evangelio. Por eso, un Papa que estuviera fuera de la comunión cristiana no seria Papa, ni cristiano.

Sobre esa triple base se funda la experiencia de la libertad cristiana, no sólo en el aspecto individual (cada hombre/mujer es Hijo de Dios, llamado a la gracia), sino también en el comunitario (cada iglesia debe trazar su propio espacio de humanidad concreta), en un camino que se abre a todos los hombres, a través de una experiencia de resurrección, a partir de los enfermos y los pobres. Este es el dogma de la iglesia, el verdadero «Nicea y Calcedonia» donde se apoya la vida y confesión de fe de los creyentes.

Por eso hemos querido comenzar por la misión, volviendo a la experiencia base de Jesús que quiere que «los pobres sean evangelizados», de un modo gratuito, por don de Dios (cf. Mt 11, 5 par). Esa misión es la que importa, ella es la que une de hecho a las diversas iglesias, de tal forma que siendo misionera pueden presentarse como expresión de la unidad de Cristo, sin apresurarnos a buscar con nerviosismo la función de un obispo central a quien puedan entregarse las llaves del Reino de Dios en sentido normativo. Quizá sería bueno aparcar por un tiempo el signo del Papa, unos decenios, quizá hasta un siglo, como sucedió al principio del cristianismo, dejando así que se desarrollen las comunidades, libremente, desde la raíz común del evangelio, pues sólo en un segundo momento puede surgir un tipo de papado, si es que surge, de manera diferente a la de antaño, cuando existan condiciones para ello.

Lo que importa no es apresurarse a fijar las instituciones, sino cultivar la libertad del evangelio al servicio de los más pobres, en diálogo de amor, esto es, de un modo sinodal. Sólo podremos ofrecer la bienvenida a Papa en la medida en que surja libremente y su influjo se vaya extiendo por sí mismo, en gracia y libertad, por amor a los pobres, entre todas las iglesias. Evidentemente, esto no puede programarse.

Un Papa impuesto o que se impone no sería cristiano. Un Papa que logra su autoridad a través de conveniencias o estrategias políticas estaría fuera del evangelio. Sólo un Papa que brota de un modo normal del imaginario evangélico (del anuncio de la salvación a los pobres) y de la experiencia católica (comunión de amor de los creyentes, al servicio de los pobres) puede ser cristiano. Por eso, lo que hoy buscamos de verdad es crear las bases para el surgimiento de un nuevo imaginario sinodal en cuya base estén los pobres y en cuyo centro esté la comunión de las iglesias. Sólo en un segundo momento puede surgir la figura de un Papa que exprese y encarne algunos valores importantes de ese imaginario.

Eso supone que necesitamos un tiempo para explorar de nuevo el evangelio, recreando de esa forma un posible modelo de unidad cristiana, a partir de los más pobres. Si no fuera así, no merecería la pena el surgimiento de un Papa, pues carecería de valor cristiano. No necesitamos apresurarnos, definiendo de antemano lo que podrá ser ese Papa/Mama, Amigo/a…, pues lo dirá la historia y no el Magisterio doctrinal, ni algunos teólogos teóricos más o menos carismáticos o lúcidos. Lo que importa es vivir el evangelio, en gratuidad, desde el servicio concreto a los pobres, hasta que las tareas y caminos de unidad se vayan clarificando, pues todavía estamos inmersos en grandes cambios y no tenemos perspectivas para anticipar el futuro.

Pero Más que un Concilio, que decida desde arriba lo que son o deben hacer los creyentes, queremos iglesias sinodales que exploren y busquen caminos de evangelio, por sí mismas, mientras sirven a los pobres, sin esperar soluciones exteriores

Un concilio cerrado sobre sí, ocupado sólo de temas internos de la iglesia, sería signo de egoísmo. Lo que importa son los pobres, no un concilio hermoso. Solo en la medida en que se reúnen para compartir mejor la vida con los pobres, abriendo así un camino de libertad, se puede decir que los cristianos son un auténtico Concilio en el sentido de sínodo constituyente. En ese sentido, en cuanto comunión y servicio de amor, toda la vida cristiana es concilio, es decir, reunión permanente de los convocados por el Espíritu de Cristo, para anunciar el evangelio de la libertad y de la vida. Según eso, el posible Concilio no es un acto separado, sino expresión de la vida de la iglesia, entendida como bazar permanente de contactos múltiples donde los hombres y mujeres regalan y comparten su vida, como sabe el Nuevo Testamento, desde 1 Cor 13 hasta el evangelio de Juan.

Sea como fuere, antes o después, deberá haber algún tipo de Concilio específico, que escuche la voz de las iglesias, en las nuevas condiciones de experiencia católica (universal) y de diálogo ecuménico, para unificar el servicio a los pobres, sin el ansia de hacer cosas, ni de tomar decisiones vinculantes para el conjunto de la cristiandad, ni de redactar documentos, sino por el gozo de encontrarse, compartir experiencias y celebrar la vida. Ese Concilio podría celebrarse en Roma, pero no en el Vaticano actual (marcado por una historia de poder y jerarquía), sino en algún lugar abierto a los diversos movimientos cristianos y a todos los que sirven a los pobres. Para ello habría que encontrar otras formas de participación, de manera que no intervinieran sólo los obispos católicos, sino todos aquellos que quieran cultivar el evangelio, sin vincularse a las actuales estructuras jerárquicas.

Éste puede ser un camino sinodal promovidos por católicos, protestantes u ortodoxos o, si fuere el caso, por todos, pero debería ser un sínodo de los pobres de Jesús, en la línea del primero de Jerusalén, según Hechos 15, que se reunió para tratar de la extensión del evangelio a los gentiles (es decir, a los expulsados del sistema sacral judío). En ese nuevo Concilio, el Papa (si lo hubiere) no podría imponer su autoridad, ni declararse primado sobre las iglesias, sino que debería presentarse como testigo de la apertura a los pobres (como hizo Pedro en Hech 15) y como posible signo de la unidad que viene dada por la fe en el mismo Cristo mesías y no por organizaciones eclesiásticas[12].

Este es el principio de todo imaginario cristiano: que la iglesia pueda alzarse y decir que «los pobres son evangelizados», añadiendo que todos los cristianos pueden reunirse, en un gesto de amor, para comunicarse entre sí, para ofrecer libertad a los oprimidos y expulsados de la vida, proclamando así su fe en el Dios creador. El auténtico Concilio de las iglesias es su vida diaria, en la que se van creando formas concretas y comprometidas de presencia y servicio a los pobres, a quienes ofrecen palabra y pan, dignidad y comunión de amor.

Esa es la primera eucaristía, la vida compartida con los pobres. Sólo en un segundo momento se puede celebrar dentro de la iglesia la experiencia eucarística del sacramento de la Cena de Jesús. En ese sentido, queremos añadir que el verdadero Concilio es la Palabra de diálogo que se abre a todos los hombres, conforme al modelo de Jesús. Este concilio no debe estar dirigido por el deseo de que triunfe la propia verdad, sino la verdad de los otros (conforme al mandamiento del Sermón de la Montaña: amar a los enemigos), pues este el dogma mesiánico del Cristo.

Estaríamos así ante un Concilio cristiano permanente, llamados a crear un lenguaje de comunicación directa (no sacralizada), un lenguaje de salud y apertura a los marginados, uniendo razón y sentimiento, gozo por Dios y compromiso a favor de la vida (desde los pobres y excluidos de la sociedad), partiendo de unas iglesias donde hombres y mujeres de diverso origen comparten la palabra y el pan. Por eso, más que celebrar un Concilio importa ser concilio: promover redes de comunicación directa y universal, que se expresan en el pan compartido, redes multifocales, autónomas, que no cierran, ni excluyen a nadie, sino que capacitan a todos para recorrer con amor y esperanza la travesía de lo humano. En ese sentido, ser cristiano es «vivir en concilio», cultivando la unidad que brota de la palabra y de la vida compartida, desde los más pobres. Sólo en ese contexto podrá hablarse de un posible Papa[13].

Trasndfiguración eclesial: de arriba abajo, de abajo arriba  

 Por eso, mucho más que el Papa en cuanto persona separada importa la experiencia y camino de las comunidades cristianas, llamadas a ofrecer su testimonio de Reino, en estos tiempos duros y hermosos, amenazados por la bomba, pero abiertos como nunca hacia un diálogo social, humano y religioso. Sólo en ese contexto se puede imaginar un Papa que sea signo de riqueza eclesial y de su servicio a los pobres. Este Papa aún no existe, pero podemos concebirlo ya e imaginarlo, partiendo de la situación actual, con las diversas experiencias que ya se han dado. En ese sentido hablamos de un camino de la cúpula y de un camino de las comunidades:

-Camino del Papado actual. Auto­-reforma de la cúpula.Es muy posible que los próximos papas inicien unas vías de trasformación controlada del aparato vaticano, con cambios de imagen y funcionamiento, en una línea reformista. Lógicamente, dado el peso de la tradición y de los organismos existentes, es difícil que esos cambios lleguen a ser como proponemos (liquidación del Estado Vaticano, fin de la Curia, abandono del Primado y del Sacerdocio…). Además, es muy probable que el Vaticano quiera mantener la mayor parte de sus funciones y se sienta apoyado por otros «poderes», incluso no cristianos, que apuestan por la estabilidad de las instituciones y por la persistencia de los símbolos de legalidad actual. De todas formas, podríamos imaginar la figura de un Papa que renuncie a sus poderes, iniciando de manera voluntaria un proceso de muerte y recreación cristiana del papado.

-Camino de las comunidades. Refundación de las iglesias.Han empezado a surgir y surgirán en el futuro nuevas comunidades cristianas, gestionadas desde sí mismas, con deseos de vivir de una manera radical el evangelio, en apertura hacia los pobres. Algunas de ellas, como gran parte de las pentecostales, estarán separadas de la iglesia católica e incluso de las iglesias protestantes históricas, aunque no por rechazo directo, sino por búsqueda de identidad evangélica. Otras seguirán vinculadas a la iglesia oficial (papal), por gozo y comunión, no por obligación. Otras formarán parte de las iglesias históricas. Importa que ellas, todas las iglesias que se sienten vinculadas al evangelio de Jesús, por llamada de Dios y evangelio, empiecen a buscar formas de comunión desde el servicio a los pobres (en la línea que pide Jesús en Jn 10). Lo que importa es que las iglesias que surjan del «caos de los pobres» (y al servicio de ellos) formen tejidos de comunicación mesiánica, dentro del gran bazar del mundo, en apertura hacia todos los hombres y mujeres de la tierra. Soñar iglesias cristianas es empezar a crearlas. Pues bien, como signo de unidad de esas iglesias podrá imaginarse la figura de un Papa/Mama, Amigo/a…

Estos dos caminos se cortan y vinculan en esta encrucijada histórica del comienzo del tercer milenio, que sigue estando lleno de problemas.

El problema de los agnósticos. Abundan y crecen aquellos a quienes ya no les importa esta «historia» cristiana, ni en la línea del papado patriarcal antiguo, ni en la línea del cristianismo mesiánico nuevo que estamos proponiendo. Muchos están cansados, quizá no creen en el valor de lo humano; en general, no niegan a Dios (no son ateos), pero viven de un modo agnóstico, como si Dios no existiera.

Abundan y crecen aún más los expulsados y marginados de la mesa del pan y la palabra. Hoy son muchos más aquellos a los que Jesús quiso curar, animar, ofreciéndoles su bienaventuranza desde el Dios creador.

-El sistema crece y se vuelve cada más duro. Tiene quizá unas raíces ilustradas, pero que va en contra de muchos valores de la ilustración. A veces se afirma que tiene un origen judeo-cristiano, pero va en contra de la inspiración básica de la Biblia. Es un sistema de muerte.

En este contexto de agnosticismo, pobreza y sistema queremos «soñar en línea de evangelio», esperando la llegada de una iglesia donde los pobres sean protagonistas de su propia identidad, sabiendo que ellos, y sólo ellos, pueden evangelizar a los que parecen dejar a un lado toda religión. Han de ser los pobres y expulsados los que escriban con su vida la historia del futuro, no nosotros, teólogos o pensadores. Han de ser ellos los que hagan posible el nuevo surgimiento de una iglesia vinculada en amor, para servicio de los expulsados y condenados del mundo en la que surgirá de nuevo un Papa.

En ese fondo, recogiendo las observaciones de conjunto de esta postal, ofrecemos mañana (día más especial de San Pablo) unas reflexiones bíblicas y unas propuestas operativas y simbólicas, de modo que sirvan para ir formando ese imaginario cristiano que puede abrirnos al futuro de la iglesia.  Buen día de Pedro y pablo. Hasta mañana.

NOTAS

[1] Cf. G. Alberigo, Historia de los concilios ecuménicos, Sígueme, Salamanca 1993; A. Carrasco Rouco, Le primat de l’éveque de Rome. Étude sur la cohérence ecclésiologique et canonique du primat de jurisdiction, Studia Friburgensia, Fribourg 1990; A. B. Hasler Pius IX. (1846-1878): päpstliche Unfehlbarkeit und 1. Vatikanisches Konzil: Dogmatisierung und Durchsetzung einer Ideologie, Hiersemann, Stuttgart 1977; A. Riccardi, Il potere del Papa da Pio XII a Paolo VI, Laterza, Roma 1988; K. Schatz, Los concilios ecuménicos, Trotta, Madrid 1998; G. Thiels, Primauté et infaillibilité du Pontife Romain à Vatican I, Leuven University Press, 1989.

[2] Sólo ahora, después que los papas han perdido un poder político inmediato que habían venido ejerciendo a lo largo de casi 1.700 años, tenemos distancia suficiente para entender el tema en clave de evangelio. Sólo ahora que no poseen jurisdicción ni potestad fundada sobre esquemas imperiales (romanos), jerárquicos (platónicos) o sacerdotales (judaísmo del templo), los papas pueden presentarse, en la iglesia (con ella), como portadores de una autoridad plena y suprema, en línea de evangelio de los pobres y de sinodalidad cristiana.

[3] Cf. L. M. Bermejo, Infallibility on trial: Church, conciliarity, and communion, Westminster, Maryland 1992A. B. Hasler, Cómo llegó el Papa a ser infalible, Planeta, Barcelona 1980; H. Kung, ¿Infalible?: una pregunta, Herder, Buenos Aires 1972; Respuestas a propósito del debate sobre «infalible: una pregunta», Paulinas, Madrid, 1971; Ch. Ohly, Sensus Fidei Fidelium: zur Einordnung des Glaubenssinnes aller Gläubigen in die Communio-Struktur der Kirche im geschichtlichen Spiegel dogmatisch-kanonistischer Erkenntnisse und der Aussagen des II. Vaticanum, EOS, St. Ottilien 1999; K. Rahner (ed.), La infalibilidad de la Iglesia: Respuesta a Hans Küng, Ed. Católica, Madrid 1978; B. Sesboüé, El magisterio a examen: autoridad, verdad y libertad en la Iglesia, Mensajero, Bilbao 2004; G. Thiels, L’infaillibilité pontificale: source, conditions, limites, Duculot, Gembloux, 1969;AAVV, «Verdad y Certeza, en Torno al Tema de la Infalibilidad»: Concilium 81, 82, 83, Cristiandad, Madrid 1973.

[4] Aplicamos al Papa un modelo que suele aplicarse a los «dogmas» católicos marianos, pues cuando se afirma que María es Inmaculada y Asunta al cielo se está diciendo de ella algo que corresponde a todo el pueblo cristiano.

[5] Por eso, los ministerios eclesiales no deberían haber tenido un carácter jerárquico,  (cf. Mc 9, 33-37; 10, 35-45; Mt 23, 1-11). El Sumo Pontífice era un antiguo jerarca de Roma, vinculado al control sagrado del puente a cuyo lado había surgido la ciudad. Más tarde tomaron ese título y función los emperadores y por último los papas, que habían asumido ya la figura teocrática de los Sumos Sacerdotes de Jerusalén, viniendo a presentarse como los hombres sacralmente más significativos de occidente, como indicaban sus vestiduras y ceremonias. La Tiara del Papa era un «tocado alto», al que desde el año 1314 se aplicaban tres coronas que simbolizan su triple poder: político (padre de reyes), cósmico (representante del orden del mundo) y religioso (vicario de Cristo). Su uso, antes obligatorio en las ceremonias solemnes, fue abandonado a partir de Pablo VI.

[6] Cf. J. Ratzinger, «Primado, episcopado y «Successio apostólica» en general», en (K. Rahner y J. Ratzinger), Episcopado y primado, Herder, Barcelona 1965, 43-69.

[7] Esta superación del sacerdocio sacrificial está en la base del proyecto de R. Girard, aunque no haya deducido, que yo sepa, las consecuencias de su planteamiento. Entre sus obras: La violencia y lo sagrado, Anagrama, Barcelona 1983; El misterio de nuestro mundo, Sígueme, Salamanca 1982.

[8] La iglesia no es una agencia religiosa, donde unos ejercen funciones por otros (y el Papa por todos), sino experiencia de encuentro directo entre hombres y mujeres que aprenden a compartir compartiendo y a amar amando. Todo en la iglesia es comunicación personal, nada se delega, pues no hay en ella nada ya hecho (fabricado), sino que todo se va haciendo, a partir de lo que cada uno habla y come, siente, consiente y comparte, en comunión con (desde) los pobres. Todo es en ella mediación (cada uno ha de entregar la vida a los demás), pero nada se puede objetivar o delegar en unos mediadores entendidos como intermediarios, que deciden o realicen algo por los otros.

[9] La teología de los últimos decenios ha querido superar el platonismo, como ha mostrado J. Moingt, El hombre que venía de Dios I-IIDesclée de Brouwer, Bilbao 1995. Un esquema semejante debería aplicarse a la eclesiología.

[10]Ciertamente, el hecho de que el Papa sea Jefe de Estado no es una herejía (en el sentido actual del magisterio), ni siquiera parece un problema grave (como en otros tiempos), pero es un anacronismo folklórico y una falta de sentido, pues permite que el Papa actúe como Jefe de Estado (con una pequeña base territorial), con embajadores o nuncios, de tipo más político que cristiano. Sin duda, el Papa puede afirmar que está al servicio de los pobres y excluidos, pero no es uno de ellos (como Jesús y Pedro), sino que aparece más bien como magnate político-social. Por eso pedimos la disolución del Vaticano, cuyo territorio pasaría, sin contra-prestaciones, al Estado de Italia (o a los organismos de la UNESCO), de manera que el Papa fuera como los demás obispos, un simple ciudadano de la nación o sistema social en el que habita, sin más garantías que los restantes ciudadanos. Se pensó en otro tiempo que el Papa necesitaba poder político para realizar su función. Hoy sabemos que eso no es cierto. Sobre el aspecto social del tema, cf. AAVV, La Chiesa e il potere político del Medioevo all’età contemporanea, Storia d’Italia, Annali 9, Torino 1986; A. Riccardi, Il potere del papa da Pio XII a Giovanni Paolo II, Bari 1993; A. Alberigo y A. Riccardi (eds.), Chiesa e papato nel mondo contemporaneo, Bari 1990.

[11] Lógicamente, al obispo de Roma tendrá que elegirlo la diócesis de Roma, quizá a través de compromisarios que podrían llamarse incluso cardenales. Por otra parte, cada iglesia tiene sentido por sí misma, de manera que puede y debe suscitar sus ministros al servicio del evangelio, hombres o mujeres de comunión, para acoger a los excluidos y para fomentar la vida compartida; cada una tiene la misma autoridad de Cristo (cf. Mt 18, 15-20), pero, al mismo tiempo, cada una forma parte de una comunión de iglesias que comparten el único evangelio No se trata de que el Vaticano pierda su «poder» para que lo tomen los obispos de cada diócesis, sino de que desaparezca todo tipo de poder en la iglesia, para que ella pueda ser signo de la palabra de Jesús y de su amor gratuito, con unos posibles obispos y un Papa como representantes de ese encuentro de amor entre los hombres.

[12] Ciertamente, en ese concilio se podría seguir declarando extra ecclesiam nulla est salus (no hay salvación fuera de la iglesia), pero sólo en el sentido original de esas palabras: «no hay salvación sin comunión humana, pues la misma salvación es comunión (iglesia), comunicación de amor, que se ofrece a todos de un modo gratuito, desde los pobres y expulsados del sistema». No hay Dios sin donación de vida, no hay Dios sin expansión de amor, que se hace comunión y se abre a todos, por encima de las diversas religiones.

[13] El cristianismo es un Sínodo o red de relaciones que nunca se pueden objetivar, a fin de que nunca pueda surgir una persona (un Papa) o un comité (autoridad colegiada) que acalle a los demás y hable en su nombre sin haberles escuchado. Esta iglesia conciliar (con o sin Papa) sólo puede hablar si sus palabras son Palabra de los excluidos del sistema dominante (siendo así Voz de Dios). Este cristianismo conciliar no tiene que hacer cosas (alzar catedrales, crear comisiones, ganar guerras), sino simplemente ser puente o cátedra donde todos se encuentren dialogando. En este contexto se sitúan las funciones del Concilio y del Papa, que fueron discutidas en las controversias conciliaristas de la primera mitad del siglo XV (Constanza, Basilea, Florencia…). Son funciones inseparables y complementarias.

(1) El Concilio expresa la primacía de la comunicación, el surgimiento de redes que incluyan lo mediático, pero que no se encierren nunca en ello, en la pura red (web) de informaciones y conexiones impersonales, pues lo que importa es el contacto inmediato, en el plano de la vida, el encuentro directo, de los ojos con los ojos, de las manos con las manos, de la palabra con la palabra, en afecto corporal y espiritual, simbolizado en el pan compartido.

(2) Por eso es necesario volver a las personas, al Papa y a los hombres y mujeres insertos en esa red de conexiones y concilios, para recordarnos que son ellos, los hombres y mujeres concretos, los que entregan la vida y la comparten, en esperanza de resurrección. Una sociedad cuyas funciones pudieran realizarse por computadora no sería iglesia. No hay amor de carne y sangre, amor cristiano, por orden-ordenador (o por documento eclesial, o por ley organizada en archivos), sin comunión real, sin caricia concreta, sin pasión de vida. No hay iglesia sin comunicación directa, de palabra y pan, de humanidad mesiánica. En ciertos momentos, las celebraciones oficiales de la iglesia católica tienden a ser verticales, con un Papa, obispo o presbítero que actúan como “patrono”, diciendo desde arriba su palabra, mientras los fieles escuchan, reciben, asienten. Conforme a todo lo que vengo diciendo, ese modelo no es cristiano.

La vida y tarea misionera de la Iglesia

EL SIGNO PRIMORDIAL DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS ES LA MISMA VIDA Y TAREA MISIONERA DE LA IGLESIA, ABIERTA A TODOS LOS PUEBLOS DE LA TIERRA

– Jesús dice a sus discípulos que vayan a todas las naciones, para transmitirles su evangelio, para decirles que su cielo es la historia de los hombres. Jesús «va», está en el cielo estando con ellos.

– Jesús queda en la historia, para que todos los seres humanos se vuelvan discípulos (amigos, hermanos, compañeros) en forma de iglesia universal de caminantes. Esa misma iglesia concreta, empezando por unas mujeres y once varones, abierta a todos los pueblos del mundo, es signo y sacramento de la pascua y cielo universal de Cristo

El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto. Después les hizo salir hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo (L4, 24, 46-52)

Por X, Pikaza

Cristo sube al cielo… (es decir, se hace presente de forma nueva en los hombres, a los que reviste el poder de lo alto…)

Al final de su trayecto, según Mt 28, 18-20, Jesús enviaba a sus discípulos al mundo entero, desde la montaña de Galilea, prometiéndoles que estaría presente con ellos hasta el fin de los tiempos. Lucas, en cambio, supone que Jesús se despidió de sus discípulos cerca de Jerusalén, precisamente en el Monte de los Olivos por donde, según la tradición de Zac 14, 4, debía volver el mismo Dios (o su Mesías) para instaurar el Reino sobre el mundo. Allí les prometió la presencia del Espíritu, mostrando así que él mismo vendrá de otra manera.

Conforme a su propia visión del tema, Lucas afirma que, después de haber estado con sus discípulos cuarenta días (cf. Hch 1, 1-11), Jesús fue a despedirse de ellos precisamente sobre el Monte de los Olivos, pero, antes de hacerlo y de subir al Cielo de Dios (=Ascensión), les pidió que volvieran a Jerusalén y esperaran allí un tiempo, hasta que fueran revestidos con el Poder de lo Alto (el Espíritu Santo), en el día de Pentecostés, para iniciar así, desde entonces, la misión universal de la Iglesia, hasta que llegara el Reino. Jesús se va (ya no le podemos ver, tocar y escuchar como antes), pero les ha dejado su Poder, es decir, su Espíritu Santo, que vendrá sobre ellos precisamente en Jerusalén (cf. Hch 2). Por eso les manda que esperen (esperemos) allí hasta recibirlo:

 ‒ Hasta que seáis revestidos de lo alto (eôs hou endysêsthe…) El Espíritu Santo aparecía en otros pasajes fundamentales del Nuevo Testamento como “unción”, es decir, como un aceite divino (crisma) que unge y fortalece a Jesús, que se llama precisamente por eso Cristo, Ungido, Masiah/Mesías). Según eso, el Espíritu ya no aparece como aceite, sino como vestido. Por eso dice Jesús a sus discípulos que queden en Jerusalén, hasta que reciban su nueva identidad es decir, hasta que sean “revestidos”, para salir después y dirigirse a todo el mundo.

Esta palabra, revestirse, se dice en griego endynô o endyô, cf.2 Tim 3,6; Mc 15,17 y en hebreo labash, y puede tener un sentido material, cuando se dice, por ejemplo, de Juan Bautista, que vestía un tejido de pelo de camello. Pero ella ha recibido pronto un sentido espiritual o simbólico, como allí donde Pablo ruega a los romanos que se revistan con las armas de la luz (Rom 13, 12) o de la inmortalidad (1 Cor 15, 53). Pues bien, Jesús dice a sus discípulos ahora que ellos serán revestidos con la dynamis o fuerza de lo alto.

El vestido no se entiende aquí ya como algo externo, una ropa material, sino como un valor o una virtud, en el sentido que toma de ordinario la palabra “hábito”, que no evoca ya un simple indumento, sino una forma de ser y/o de actuar (como en el caso de las virtudes, que son hábitos buenos). Este es el tema: Acabada su tarea, Jesús pide a sus discípulos que permanezcan en Jerusalén, que no comiencen su misión cristiana, hasta que Dios mismo les revista, les transforme.

 ‒ Con el poder del alto (dynamis). Esa palabra, que ha sido muy elaborada por el pensamiento griego, ha servido para traducir en la Biblia griega de los LXX varios nombres y símbolos hebreos, entre los que destacan hayil, que es poder-riqueza, gebura, que es potencia en su sentido más alto, en la línea del Dios que es el Gibbor por excelencia, tsaba, que es el poderío militar etc. En nuestro caso, la palabra que la traducción hebrea utiliza para evocar esa “dynamis” que recibirán los discípulos de Jesús, como un poder intenso, que les capacitará para vencer todos los peligros y para superar todas las adversidades.

Así concibe Lucas este poder que recibirán los discípulos de Jesús, en sentido personal (como un hábito del que se visten por dentro), de carácter milagroso. No se trata, pues, de una sabiduría meramente intelectual, de una capacidad discursiva para argumentar mejor y defenderse de los adversarios en un plano de razonamiento, sino de un poder de transformación humana, que se expresa en forma de dominio sobre los poderes satánicos y de capacidad de curación de los enfermos (cf. Lc 9,1). Los creyentes reciben, según eso, una nueva dimensión vital, vinculada con la experiencia de la resurrección de Jesús (1 Cor 15,56; Flp 3,10), y así aparecen como renacidos, dotados de la fuerza de Dios, como los ángeles, a los que se les llama precisamente dynameis, poderes. Entendido de esa forma, el cristianismo no surge como consecuencia de una renovación intelectual, en la línea de la argumentación y el razonamiento, sino más bien, como un poder más alto de transformación y curación, que se expresa en lo que normalmente se llaman milagros (cf. 1 Cor 2, 4).

 Esto significa que los seguidores de Jesús recibirán una autoridad superior que les sobre-viene, les marca, les define… Se han preparado para ello durante mucho tiempo, a lo largo de los dos o tres años en los que han estado con él; han superado la crisis de la muerte de Jesús, y a pesar de haberle abandonado por un tiempo, han vuelto a seguirle. Por eso, ahora deben terminar su preparación, quedando así en manos de Dios, para que les unja, les selle y les revista con su poder más alto, de manera que ellos sean ungidos, sellados, revestidos

Un tipo de cristianismo helenista, vinculado al conocimiento teórico, ha marginado este aspecto de revelación del poder de Dios en la vida humana. Ciertamente, una pretensión carismática simplista, muy difundida entre algunos grupos, ha terminado banalizando esa acción del Espíritu Santo, y convirtiendo el cristianismo en una especie de teatro vacío de poderes Pero, en contra de eso, el verdadero cristianismo sólo puede entenderse y expandirse como una experiencia activa de transformación humana.

 No se trata simplemente de organizar lo que existe ya, sin más, con un pequeño barniz de espiritualismo, ni de dominar espiritualmente a los “devotos”, creando así una especie de imperio religioso, sino de algo mucho más profunda: de vivir alimentados por una potencia que viene de lo alto (ex hypsous), es decir, del Dios que se revela a través de Jesús crucificado. Ésta es una experiencia radical de “elevación”, como un ascenso de nivel, en la línea de eso que pudiéramos llamar un “ruptura antropológica”.

El hombre no es aun lo que puede ser, sino que debe cambiar por dentro, desde la altura del Dios de Jesucristo, que ha penetrado en la ambigüedad y violencia humana, para revitalizar a los creyentes mi-marôm, es decir, desde lo alto, desde lo más profundo de sí mismos.

Mt 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo soy/estoy yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28, 16-20)

Con estas palabras culmina no sólo la revelación pascual de Jesús a sus discípulos (Mt 28, 16-20), sino todo el evangelio de Mateo, entendido como nueva ley cristiana. Conforme a los relatos de Lucas (Lc 24, 44-53 y Hch 1, 1-14), Jesús se manifestó durante cuarenta días de Pascua a sus discípulos, tras su resurrección, para después “elevarse al cielo”, visiblemente, desde el Monte de los Olivos (junto a Jerusalén), prometiéndoles la venida del Espíritu Santo, que les transformaría, haciéndoles capaces de anunciar el evangelio en todo el mundo. Pero aquí, según el evangelio de Mateo, Jesús se despide de sus discípulos desde el monte de Galilea, enviándoles al mundo entero y quedándose con ellos.

A diferencia de Lucas, Mateo afirma que Jesús se apareció a sus discípulos en el Monte de Galilea (no en Jerusalén), para transmitirles su encargo definitivo de misión, diciéndoles al fin que no se iba, sino que se quedaba con ellos para siempre. Estamos pues ante dos montes y dos perspectivas distintas: en un caso ante un monte concreto del entorno de Jerusalén, en el otro ante “el Monte” de Galilea. En un caso, ante un tipo de “marcha” de Jesús (a quien sustituye el Espíritu Santo, enviado por Dios); en el otro, ante una presencia distinta de Jesús, que así aparece como “Dios con nosotros”.

En este contexto se marca, mejor que en ningún otro, el carácter simbólico y plural del único testimonio de Jesús. Ni Mateo ni Lucas exponen de manera física aquello que pasó en cada caso, sino el sentido y actualidad de lo sucedido, desde una perspectiva de catequesis posterior de las comunidades. Ambos están convencidos de que Jesús murió y resucitó, apareciéndose a sus discípulos (como afirma Pablo en su testimonio más antiguo: 1 Cor 15, 3-9); pero después interpretan el sentido más profundo de su Pascua y de sus apariciones desde la perspectiva de su propia iglesia.

Estas palabras finales de Mateo retoman y llevan a su cumplimiento el sentido del pasaje central de la Anunciación (Mt 1, 18-25; cf. tema 1), y todo el evangelio de Mateo, que define a Jesús como Dios con nosotros (meth’êmôn ho Theos, 1, 23, con cita de Is 7, 14), de manera que le dan así el hombre de ‘immanu-el’. Pues bien, este “Dios con nosotros” ha sido y sigue siendo el protagonista o «sujeto» de la historia/biografía de Mateo, y de la confesión de fe cristiana.

El enviado de Dios no es un Logos eterno y externo, separado de la historia, sino el mismo Jesús que nace, vive y muere entre los hombres, de tal forma que sólo así, en su vida entera, podemos llamarle Cristo, Señor, Hijo de Dios. Por otra parte, este Jesús, Dios-con-los-hombres, aparece radicalmente unido al Padre Dios, pues nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo… (Mt 11, 27). Jesús se muestra así como Hijo de Dios, y de esa forma empieza diciendo en este pasaje se me ha dado, es decir, edothê moi, que en su forma de pasivo divino significa Dios me ha dado.

 El evangelio de Mateo termina así con una confesión monoteísta, pero de tipo mesiánico: Por eso en la raíz de las palabras de Jesús no está el “yo” (ni un yo de él, ni de Dios), sino el “pasivo divino”, se me ha dado, en la línea de Mt 11, 27, donde el mismo Jesús confesaba “todo me lo ha dado mi Padre”. Pero hay una diferencia: La palabra de Jesús en Mt 11, 27 podía parecer “eterna” (intemporal), sin necesidad de historia (nadie conoce al Padre, sino el Hijo…). Por el contrario, esta nueva palabra (edothê: se me ha dado) ha de verse como final de un proceso histórico, centrado en la cruz y en la pascua, dentro de eso que pudiéramos llamar la historia divina de Jesús.

Esta palabra “se me ha dado” traza la más honda confesión monoteísta, en línea israelita. Jesús no quiere usurpar el lugar de Dios, ni disputarle su poder, sino que lo recibe y acoge agradecido, diciendo “todo se me ha dado”. En esa línea, su resurrección viene a mostrarse como su más hondo nacimiento “mesiánico”. Sólo después de haber entregado su vida en manos de Dios, perdiéndola en un sentido (sin dejar nada para sí), Jesús puede decir y dice “todo se me ha dado”, no sólo mi “yo” (lo que soy) sino todas las cosas del cielo y de la tierra.

Dios Padre le ha dado a Jesús todo poder (pasa exousia), que es la autoridad de regularlo todo y de esa forma organizarlo. Le ha dado no sólo el ser (ousia) como algo abstracto y separado, sino la capacidad activa de expandirse, de expresarse (exousia): Le ha dado un ser que actúa, que se expande y manifiesta, no en gesto de dominio impositivo, sino de creación, de despliegue vital.

Ésta una expresión clave del pensamiento hebreo, que no significa “dominar”, como derecho de usar y de abusar (ius utendi et abutendi), sino más bien “organizar, regular”, a fin de que todos (todas las cosas) tengan un sentido, un lugar en el conjunto donde se hallen amparadas. Ésta es una autoridad de pacto, en la línea del “yo estoy con vosotros”, no para suplantaros ni para imponerme desde arriba, sino para compartir todos los que somos.

 De esa autoridad que Dios ha concedido a Jesús deriva todo lo que existe, la misma creación de cielo y tierra, como indican los textos que hablan de su función creadora/mediadora (desde Jn 1, 1-18 hasta Hbr 1, 1-3, pasando por Col 1, 15-20). Ese poder de Jesús tiene aquí un sentido histórico: El mediador entre Dios y los hombres es el mismo Jesús crucificado, que ha buscado siempre un lugar para todos, partiendo de los más pobres. Con estas palabras (egô meth’hymôn eimi, yo soy/estoy con vosotros) culmina en Mateo la biografía mesiánica de Jesús.

Sólo en este momento final Jesús puede decir y dice yo (egô), de un modo enfático, presentándose así como el “yo humano”, o mejor dicho el yo pascual de Dios.

Este “yo” de Jesús es un yo-con (meth’ hymôn), es decir, un yo-pacto. No un yo-frente y sobre el mundo (yo puedo), ni un yo-razonante cartesiano (pienso, luego soy), ni un yo-conquistador (domino y por eso existo), ni un yo-voluntad de poder (F. Nietzsche), ni un yo abandonado, arrojado en el mundo (M. Heidegger), sino un yo-alianza (ser-con) que puede vincular y vincula a los hombres abriendo para ellos y con ellos un pacto definitivo, que se extiende a todos los pueblos hasta la consumación del tiempo (synteleia tou aiônos: 28, 20; cf. 13, 39. 40; 24, 3), hasta el fin de este ‘olam es decir, hasta que el mismo eón actual acabe y sea sólo Dios, todo en todos (1 Cor 15, 28).

Reflexión teológica

Mc 16, 7 había dicho que Jesús os precede a Galilea, el nuevo centro de la historia salvadora, para iniciar desde allí su camino de expansión universal. Mt 28, 7.10 repetía el mismo dato. Pues bien, cuando narra el cumplimiento de esa palabra, el evangelio ha introducido un rasgo nuevo: dice que Jesús había convocado a sus creyentes sobre una montaña (Mt 28, 16). En el centro de Galilea se eleva la montaña de la nueva y definitiva revelación de Dios en Jesucristo; esa montaña es corazón y centro permanente de la tierra.

Recordemos el valor de las montañas como espacios de revelación en las viejas tradiciones de los pueblos y en el mismo Antiguo Testamento (Sinaí). Mateo ha destacado el tema al situar el gran mensaje de Jesús sobre un lugar que llama la montaña (Mt 5, 1). Pues bien, reasumiendo el valor de aquel pasaje y del lugar donde Jesús ha vivido la experiencia pascual de la transfiguración (Mt 17, 1-8; cf Mc 9, 2-8: 11ª estación), nuestro texto afirma que los discípulos hallaron a Jesús en la montaña del mandato de Jesús, en Galilea (28, 16).

No hace falta precisarla. Esa montaña es el nuevo y conclusivo Sinaí: es lugar y signo de revelación de Dios para los hombres, esta montaña es el mismo Cristo. Como verdadero y nuevo pueblo israelita, el grupo de los seguidores de Jesús, dirigido por las mujeres que llevan el anuncio, ha subido a la altura de Dios, para encontrar allí al Señor pascual. Esta ha sido la peregrinación definitiva, el gran ascenso que define y discierne la historia de los hombres.

Aquí acaba todo, para empezar de nuevo todo, en forma renovada. El camino de Jesús, culminación de la historia israelita, ha venido a desembocar en este gran ascenso. Intentemos fijar la imaginación: un grupo de discípulos van subiendo y subiendo. Se han liberado de todo; han dejado que el mundo quede a sus pies, se vaya perdiendo allí abajo. Conforme a la palabra de Jesús, guiados por la experiencia y ministerio de unas mujeres, ellos van subiendo, en gesto que condensa y culmina nuestra historia.

Esta es montaña de siempre: es el monte de los viejos recuerdos de Israel (el Sinaí), puede ser también la sede del misterio que han soñado muchos pueblos. Pero es, al mismo tiempo, montaña del mensaje y fidelidad de Jesús hacia los pobres (bienaventuranzas y sermón de Mt 5-7). Saliendo del sepulcro vacío, dirigidos por mujeres, suben allí todos los discípulos.

El Señor de la montaña.

Los viejos mitos dicen que Dios mora en las alturas. Sobre el Sinaí tronaba el Dios israelita. Pues bien, cuando sus creyentes suben al monte nuevo de la revelación pascual, los discípulos encuentran al Cristo resucitado.

Jesús no tiene que aparecerse: espera allí, les está aguardando, para mostrarles la verdad y plenitud de amor sobre la tierra. Allí se les muestra como Señor universal. Allí les encomienda su tarea y les ofrece su promesa:

Los Once discípulos fueron a Galilea,

a la Montaña que les había mandado Jesús.

Y viéndole le adoraron, aunque algunos dudaban.

Y Jesús, adelantándose a ellos, les habló diciendo:

-Se me ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra;

id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,

bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado

y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días,

hasta la consumación de los tiempos (28, 16-20).

La experiencia pascual se interpreta, según eso, como extensión de la gran soberanía de Dios, una soberanía que es libertad y amor universal. Los hombres se encontraban antes ciegos. Los mismos discípulos del Cristo se hallaban confundidos: no encontraban el misterio de Dios en Jesucristo. Ahora, en cambio, ellos descubren la verdad de Dios y adoran al Señor resucitado.

La pascua es, por lo tanto, un misterio teológico: es la manifestación plena de Jesús como Señor, Hijo de Dios resucitado (en la línea de lo que ha dicho Pablo en Rom 1, 3-4).

La pascua es experiencia de soberanía universal del Cristo, constituido Señor de cielo y tierra. Por eso dice se me ha dado, es decir, Dios me ha concedido todo su poder en cielo y tierra.

A través de la pascua se realiza aquello que había prometido Dan 7, 13-14: el Anciano de días (=Dios) ofrecerá al Hijo del Hombre todo poder y toda gloria, de forma que habrán de servirle todos los pueblos y naciones de la tierra, en reinado que no tiene fin, en gloria que no conoce ocaso. Pues bien, el verdadero Hijo de Hombre es ahora Jesús resucitado. Él posee (ha recibido, se le ha dado) todo poder en cielo y tierra. Sobre la cumbre de la montaña de la gran revelación, se manifiesta Jesús a sus discípulos, haciéndoles participantes de su gozo, portadores de su vida, realizadores de su obra sobre el mundo, no para servirle a él, sino para amarse entre ellos en libertad plena.

Pascua/ascensión y envío

Jesús resucitado instaura su reino abriendo su palabra todos, ofreciendo un camino salvador universal por medio de aquellos que le acogen: Id y haced discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19). No se impone por fuerza. No transforma las cosas con violencia sino que expresa y realiza de verdad su señorío a través de los discípulos, de modo que ellos sean portadores de su acción sobre la tierra. El Señor no se va: se queda, está presente desde la Montaña del Amor en el camino de los hombres. Eso significa que la resurrección se da aquí mismo, en el camino de la fidelidad al evangelio y del envío a todos los pueblos.

Esto significa que la pascua es experiencia de responsabilidad para los seguidores que han hallado a Jesús en la montaña: ellos reciben el encargo de expandir la obra del Cristo, en camino que les abre a todos los pueblos existentes. Jerusalén ha perdido su antiguo privilegio, ya no es centro de todas las naciones; por su parte, Israel deja de existir como pueblo peculiar de Dios y centro de su alianza. El Dios de Jesucristo ha de expandirse, desde el monte de su manifestación pascual, hacia todos los pueblos de la tierra. De esa forma se han unido dos términos que antes ser parecían contrarios y que ahora son complementarios.

– Por un lado, Jesús manda a sus discípulos que vayan a todos los pueblos, para transmitirles su evangelio: la pascua es, por lo tanto, don universal de Dios en Cristo; palabra y gesto de amor que vincula a las naciones y personas de la tierra, superando todo particularismo antiguo.

– Pero, al mismo tiempo, Jesús quiere que todos los humanos se vuelvan discípulos, vinculándose en el camino y comunidad de amor mutuo que es la iglesia. Esa misma iglesia concreta, centrada en los Once y abierta a todos los pueblos de la tierra, viene a presentarse como signo y sacramento de la pascua de Jesús para los hombres.

Por eso dice el texto: bautizad (a todos los pueblos) en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). En la tradición de Juan Bautista (cf Mt 3), el bautismo era señal de conversión, gesto que prepara al iniciado para el bien morir, liberándole así de la ira venidera. Ahora el bautismo se interpreta como nuevo nacimiento. Los mismos pueblos (y personas) que se hallaban antes encerrados en sus ritos y violencias, pueden renacer, en fraternidad universal, fundada en Cristo.

Pascua es por lo tanto una experiencia de nuevo nacimiento. Los discípulos del Cristo ya no anuncian muerte sobre el mundo: no profieren amenazas, no juzgan ni se imponen por encima de los hombres. Ellos van ofreciendo por la pascua de Jesús nueva existencia, un bautismo que se expresa en el misterio del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

De esa forma se vinculan apertura universal (el mensaje se ofrece a todos los pueblos) y hondura teológica (ese mensaje pascual contiene la revelación del Padre, el Hijo y el Espíritu). La misma pascua se convierte de esa forma en signo trinitario: Jesús resucitado se presenta como epifanía suprema, manifestación del Dios que es Padre y que en el Hijo (el mismo Jesucristo), ofrece salvación a todos los humanos, vinculándoles en el amor del Espíritu Santo.

La unidad entre los hombres está garantizada así por la misma Trinidad, es decir, por el misterio de la unión intradivina, por la comunión del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. De esa forma se vinculan, en un mismo contexto y vivencia de pascua, las dos formas supremas de la universalidad y plenitud humana:

– La pascua implica revelación plena de Dios. Hasta ahora no le habíamos conocido, no habíamos llegado a su misterio: no sabíamos que es Padre, no le habíamos visto como Hijo, en el Espíritu. Ahora conocemos de verdad a Dios, nos bautizamos (nos introducimos) en su misma comunión intradivina.

– Al mismo tiempo, la Pascua es revelación plena del hombre, es decir, de la comunión interhumana, en gesto de nuevo nacimiento. La experiencia de Jesus resucitado se abre a todos los humanos, ofreciéndoles nuevo nacimiento (bautismo), en gesto que puede vincularse al signo de los panes, es decir, a la comunión eucarística.

– La misma presencia pascual de Jesús es Ascensión: no es irse, sino quedarse con los suyos, en amor y en presencia transformadora

Enseñanza de la pascua/ascensión

La pascua implica una enseñanza. Los discípulos se comprometen sobre la montaña de la resurrección de Jesús a ir ofreciendo su palabra a todos los pueblos de la tierra. Sólo allí donde los hombres escuchan y cumplen el mensaje del Sermón de la Montaña pueden descubrir la presencia y fuerza del Señor pascual. Aquí viene a fundarse lo que algunos llaman la ortodoxia completa que vincula fe y costumbres, el nuevo conocimiento de Jesús y el compromiso de seguir su vida.

Sólo aquel que acoge y cumple de verdad la palabra del Sermón de la Montaña, viviendo asumiendo su camino de gracia, puede subir a la Montaña de la Resurrección. Así cuando pregunten ¿dónde están los signos de que el Cristo ha triunfado de la muerte? debemos responder: mirad cómo creen y actúan los cristianos; sus obras de amor son reflejo de la vida de Jesús, son expresión intensa de su pascua.

De esa forma, la enseñanza pascual se traduce como experiencia de gratuidad y donación de vida. Allí donde los hombres se ayudan a vivir gratuitamente unos a otros, en solidaridad que se abre hasta la muerte, pueden confesar que Jesús ha resucitado.

Este es un camino que no acaba, esta es una experiencia pascual que continúa. Conforme a la versión que ofrece Lucas en Hech 1 (que veremos mañana), Jesús resucitado sube al cielo y así acaba su tiempo de pascua sobre el mundo. Pues bien, en contra de eso, el Jesús de nuestro texto no se ha ido, ha quedado para siempre. Jesús no se ha elevado al cielo, sino que se ha introducido en la profundidad de nuestra decisión pascual, dentro de la historia, diciendo: y yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28, 20). Estos pueden ser los rasgos o momentos de su presencia pascual:

– A nivel ministerial, Jesús resucitado está presente en sus misioneros, en aquellos que extienden su palabra, mujeres y hombre (empezando por las mujeres de la tumba vacía). Así podemos decir que los servidores de la iglesia (en sus diversas funciones) son eucaristía y pascua de Jesús sobre la tierra: los que extienden por el mundo el evangelio son continuación de pascua.

– Pero, al mismo tiempo, a nivel de expansión sincrónica, Jesús está presente como Señor (¡se me ha dado todo poder!) en el conjunto de los pueblos de la tierra: ellos son destinatarios de la gracia de Jesús y su palabra. Así podemos afirmar: la tierra entera es campo de Pascua de Jesús, espacio donde tiene que expresarse su misterio.

– Finalmente, en perspectiva diacrónica o sucesiva el Cristo pascual se hace presente en el transcurso de los tiempos. Por eso dice a sus discípulos: estoy con vosotros todos los días, hasta la culminación del siglo. En el mismo camino de la historia, en el proceso de misión que dura hasta el final del mundo, se manifiesta Jesús sobre la tierra.

Difícilmente podía haberse hallado una visión más completa y honda de la pascua. En aquellos Once apóstoles primeros, catequizados por las mujeres de la primera experiencia de Jesús, junto al sepulcro, nos hallamos reflejados todos los cristianos.

Conforme a Mt 28, 16-20, Jesús sigue presente en medio de los hombres, en el monte de la iglesia, invitándonos a realizar su acción (a reflejar la gloria de su pascua) sobre el mundo. Eso significa que el signo primordial de la resurrección de Jesús es la misma vida y tarea misionera de la iglesia abierta a todos los pueblos de la tierra. Cristo asciende y nos hace ascender a la vida plena, en este mismo mundo, en el camino de la Iglesia.

¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo?

No da lo mismo tomar una opción que otra

«En el imaginario popular ser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido»

«Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo»

«No da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismo. No da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan»

Por Consuelo Vélez

En el imaginario popularser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido. Pero como estas dos posturas se asumen como contradictorias, se postula ser de centro, como la alternativa correcta para no ser extremista. Por estas concepciones, muchos cristianos se identifican más con la derecha y, si acaso, con el centro. Pero a la izquierda le huyen como si fuera el mismo diablo que se ha encarnado en la historia.

Y, sin embargo, algunos partidos de izquierda parecen más cercanos a los pobres con sus propuestas sociales (con muchas limitaciones y equivocaciones, pero también con aciertos). Los de derecha parecen ser más de las élites que mantienen este mundo tan desigual y, como ya dijimos, algunos cristianos creen que la derecha garantiza la moral cristiana. Los de centro, pretenden ser neutrales, pero esto es imposible, el no tomar opción es ya una opción. Ahora bien, ninguna de estas descripciones se cumple en totalidad porque como dije son “imaginarios” y no siempre son realidad.

Romero y Rutilio

Mientras vivamos en las coordenadas espacio temporales, creo que es imposible no crear tendencias (con la realidad e imaginarios que estas traen) y, por eso, no sé si podremos abandonar algún día esas denominaciones. Pero lo que sí es necesario, es comprender que estamos en tiempos menos rígidos, menos binarios, menos definidos, y no porque sean tiempos de relativismo -como se alerta dentro del ámbito cristiano- sino porque ahora captamos mejor la complejidad de la realidad y la necesidad de movernos con mucha más apertura a la novedad que este momento trae y a enriquecer los conceptos de siempre con las experiencias actuales.

Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo; y si nos referimos a otros ámbitos, ser capaces de acoger la diferencia, de aceptar lo plural, de practicar más la misericordia y, por supuesto, de estar del lado de los más pobres y luchar por la justicia social para que la vida digna llegue a todos y a todas.

¿Por qué no se ve esta postura con más claridad? ¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo? En estos tiempos que tanto se habla de sinodalidad, convendría recordar que el primer ejemplo de “sinodalidad” fue aquella asamblea de Jerusalén que nos relata el capítulo 15 del libro de Hechos de los Apóstoles en el que la naciente Iglesia se confrontó con la pregunta de si tenían que exigir a los gentiles (los no judíos que se iban incorporando al naciente cristianismo) el cumplimiento de las normas de la Ley de Moisés, incluida la circuncisión. Muchos opinaban que, si no se plegaban a estas leyes, no podrían salvarse.

Por eso, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén donde está Pedro y otros apóstoles para dirimir la cuestión y después de una larga discusión, Pedro tomó la palabra e interpeló a la asamblea: ¿Por qué ahora quieren imponer esa carga que ni nosotros pudimos sobre llevar? Entonces terminaron la reunión diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponer más cargas a los gentiles imponiéndoles la circuncisión, solamente escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (15, 28-29).

Intentando ver lo que esto debió significar para ese contexto judío, constatamos que supuso una apertura fundamental. No temieron vivir a fondo la novedad de la Buena Noticia anunciada por Jesús.

De esa misma fidelidad nos habló el pasado 22 de enero la beatificación del jesuita Rutilio Grande y sus compañeros, asesinados por su compromiso con la justicia social. Ya antes la canonización de Monseñor Romero en 2018 nos había mostrado ese camino. Pero, lamentablemente, estas beatificaciones y canonizaciones no son buena noticia para los que se creen guardianes del orden establecido y la “mal interpretada”, tantas veces, moral cristiana. Una moral más apegada a la norma que a la misericordia.

A estos mártires se les catalogó de izquierda y por eso no merecían subir a los altares. Pero el Espíritu que, una y otra vez, abre momentos de gracia en nuestra historia, ha permitido que, a los que se consideraban de izquierda se le reconozca su fidelidad al evangelio y a los que se consideraban de derecha se constate que tanta “fidelidad” ha estado llena de ocultamientos (pederastia), riquezas mal habidas o clericalismo recalcitrante que tanto mal ha hecho a la Iglesia.

San Romero de América contra el imperio norteamericano

En definitiva, es difícil la situación social y eclesial. Por eso, hay que liberarnos de los imaginarios sobre las izquierdas, las derechas y los centros y buscar políticas que cambien nuestro mundo. Así como vamos, seguiremos hundiéndonos en la desigualdad social y la pobreza de las mayorías. Por eso no da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismoNo da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan.

No es lo mismo dejarse tocar por los mártires de nuestro tiempo o mantener esa visión estigmatizada de que fe y compromiso social es marxismo. Son tiempos en que hay que sacudirse del pesado lastre de lo que siempre fue así y alinearnos en la novedad del evangelio para que nadie pase necesidad porque la solidaridad cristiana es afectiva y afectiva para con todos, especialmente, con los últimos de nuestro tiempo presente

¿Cómo hablamos de la Iglesia –sinodal–?

por José Fernando Juan 

Un buen jesuita, profesor de muchos en Comillas, insistía en clase en escuchar cómo se habla de la Iglesia, que básicamente eran dos: en tercera persona (unas veces en singular, que suele ser muy reduccionista, y otras en plural) o en primera persona del plural. E insistía en la diferencia de tono que empleábamos al vivirnos como parte, con su responsabilidad, o desatendernos de lo que ocurre, como lavándonos las manos.na de las grandezas del Sínodo sobre sinodalidad es ponernos en la situación segunda, la que no permite opción singular, la del nosotros. Entonces, más que tomar la palabra, o pelear incluso por ella, se hace necesario en primer término situarse a la escucha. La imagen antiquísima que relaciona María con la Iglesia nos devuelve la pregunta sobre qué atendemos cuando nos vivimos eclesialmente, en comunidad con otros próximos, en comunidad en la que Dios está presente, sea como Cuerpo de Cristo, sea como Pueblo de Dios, sea como Fraternidad, sea como Asamblea y Templo del Espíritu. ¿Qué escuchamos? ¿La escucha es la escucha sensible, abierta, fecunda de María? ¿Estamos ahí en primera persona del plural?

Tomar parte

Otra de las exigencias y acentos del Sínodo está siendo la singular participación de cada uno con su don, más que –diría yo– desde su identidad. Es decir, pedir a cada cristiano que discierna humildemente y con otros lo que Dios le ha dado o cómo Dios se da en el para construcción de la Iglesia, o cómo Dios quiere que sea piedra viva para la edificación del Reino. Una mirada sobre uno mismo y sobre los demás, como parte integrante y ministerial, como parte que no puede pretender vivir sin la dependencia del otro, sin la relación con el otro. Participación que, como tal, en muchos casos es incapaz de ser vivida al margen de la comunidad. ¿Cuál es la participación a que podemos responder vocacionalmente? ¿No será el Señor quien está llamando a unos y otros a “tomar parte con él” como a Pedro en la última cena? ¿No es este “tomar parte” en gran medida una situación eucarística?

Y, por último, desde esta sana vivencia interna, en absoluto sencilla porque como en toda familia hay de todo y las tensiones no son despreciables, abrirse al mundo para reconciliarlo con Dios, para sanar y religar, para convocar y acrecentar la comunidad. Es indiscutible que no hay Iglesia en salida sin iglesia, si la iglesia como comunidad queda destruida por luchas y críticas fratricidas, si la iglesia como comunidad no es encuentro. En gran medida, detrás de las mejores intuiciones del Sínodo, que atiende extraordinariamente bien a los procesos disgregadores de la cultura occidental, ya más allá del individualismo y en una fragmentación absoluta del sujeto, se sitúa el corazón de la evangelización, tal y como se vive auténticamente desde el tiempo de los apóstoles: “Yo estaré con vosotros”. La evangelización comienza en esta constitución de un sujeto plural reconocido por parte del Señor y enviado al mundo a continuar su misión. ¿Quién evangeliza realmente, sino el Espíritu que mueve y une la humanidad hacia la comunidad de vida que es la Iglesia?

Otro sacerdote asesinado en Nigeria

Un ataque de hombres armados acabó con la vida de Vitus Borogo el pasado sábado

Vitus Borogo
  • El sacerdote Vitus Borogo, de 50 años, fue asesinado el pasado sábado por un grupo de hombres armados que asaltaron una finca del estado nigeriano de Kaduna, tal como recoge Europa Press. Se trata, así, de un ataque más contra los cristianos en el país, donde, durante las últimas semanas, han sido asaltadas varias iglesias dejando decenas de fallecidos.

Borongo era el capellán de la comunidad católica del politécnico estatal de Kaduna, donde los atacantes entraron abriendo fuego indiscriminado. Borogo era, además, representante estatal en la Asociación de Sacerdotes Diocesanos Católicos de Nigeria.

Condolencias de la Archidiócesis

“El reverendísimo Matthew Man-Oso Ndagoso, arzobispo católico de Kaduna expresa sus condolencias a la familia inmediata, a la Familia NFCS de la Politécnica de Kaduna y, de hecho, a toda la Comunidad Politécnica de Kaduna; y les asegura su fraterna cercanía y oración”, se puede leer en un comunicado de la Archidiócesis.

A la espera de los detalles del funeral, la Iglesia nigeriana a “encomendado su alma a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María, y llamamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a continuar orando por el pacífico descanso de su alma y por el consuelo de su afligida familia, especialmente de su madre”