Los presos: los invisibles para la sociedad

Los invisibles de Latinoamérica 

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Hace un par de semanas, una cárcel ecuatoriana se convirtió, nuevamente, en una sangría que dejó más de 100 personas –por demás decirlo, a cargo del Estado– asesinadas con inusitada brutalidad. Es la segunda vez que un evento de semejantes proporciones ocurre en el país suramericano en lo que va del año. Algo similar, quizás sin alcanzar esos niveles de sadismo, ha pasado en Guatemala, Honduras o Brasil en la última década. La escena de hombres apilados y semidesnudos, en una suerte de campo de concentración, que el presidente de El Salvador mostraba como un trofeo a inicios de la pandemia fue igualmente sobrecogedora. 

Sin embargo, nada de esto parece sorprendernos lo suficiente porque en América Latina, por desgracia, si algo hemos normalizado es la violencia que, en mayor o menor medida, padecemos los ciudadanos. En las prisiones la situación es más compleja porque aunque nadie desconoce su calamitoso estado, lo cierto es que seguimos legitimando la existencia de una institución ineficaz, cruel, inhumana y, sobre todo, contraproducente. Si en un lugar las disposiciones normativas son un brindis al sol en toda regla es, precisamente, en el sistema penitenciario. 

El tema, desde luego, va mucho más allá de lo jurídico. Con las cárceles pasa lo que –hablando de la pobreza– decía Bauman: psicológicamente están a suficiente distancia de la rutina de nuestras vidas como para no sentir demasiada preocupación. Por ejemplo, volviendo al caso ecuatoriano, basta leer las reacciones de algunas personas en redes y medios de comunicación para entender lo complejo del problema. Planea la idea de que esto no va de nosotros porque quienes se están matando son otros, son grupos de salvajes delincuentes. Por lo tanto, «Mientras se maten entre ellos» todo estará bien para el resto. Son los mismos comentarios que hubo cuando, hace unos meses en Buenos Aires, se intentó desahogar los sobrepoblados penales o cuando en Costa Rica, en 2016, se reubicaron 1600 presos en centros de semi-libertad para reducir el histórico 56% de hacinamiento carcelario al que entonces había llegado. 

Es mucho más sencillo pensar que tras los muros que no vemos se está eliminando gente que hizo cosas malas -que mató, que robó, que violó, etc.-. Semejante reduccionismo nos impide encarar lo que se esconde tras el aparato carcelario. En la región, hay cerca de dos millones y medio de personas presas. La inmensa mayoría por delitos asociados a pobreza y exclusión, y esa es una realidad incontestable que hemos preferido ocultar porque lo que no se ve y no se dice, no existe. 

Las cárceles latinoamericanas están saturadas de pobres, segregados de una sociedad cuyos círculos de producción y consumo no pudieron absorberlos. Ese debería ser el punto de partida para emprender cualquier proceso de reforma si es que en algún momento logramos poner de acuerdo a aquellos que desde la política tienen la inmensa responsabilidad de hacer algo para que esto cambie. Ese cambio es también cultural porque, en última instancia, tiene que ver con cómo entendemos el castigo y su encaje democrático. 

Claro que hay que construir una agenda robusta que busque destrabar los problemas endémicos que compartimos todos los países. Desde la gestión de los centros penales –tradicionalmente desprovistos de suficiente personal para atender los fines que, según desfilan por nuestras constituciones, deberían tener las penas privativas de libertad– hasta la incorporación de sanciones alternativas como sí lo han hecho de manera exitosa otros países como España cuyo sistema penal, para poner por caso, en 2020, elevó en 15% la imposición de medidas sustitutivas al encierro, entre las que destacan trabajos en beneficio de la comunidad, libertades condicionales o vigilancias electrónicas. 

Sin embargo, todo ello será insuficiente. Tengo la certeza de que el principal desafío es entender que lo que está pasando en nuestras cárceles es, además, una expresión más de la aporofobia de la que ha hablado Adela Cortina; de extrema gravedad en sociedades cruzadas por la inequidad que las fractura y las rompe. Es un rechazo al pobre llevado a su máximo nivel de cinismo que luego blanqueamos repitiendo que quienes pueblan las cárceles son personas malas. Desde luego que las hay –como las hay fuera– el tema de fondo es que el grueso de la criminalidad que nos golpea se explica no tanto en la maldad como en la exclusión y la marginalidad. 

Si como dice la catedrática de la Universidad de Valencia la forma de acabar con la aporofobia es la educación, tenemos un trabajo mayúsculo por delante. Hay que convencer a muchos actores de que, en todas partes –pero en América Latina con especial acento– el encarcelamiento tiene un sesgo de clase innegable. No es buenismo, es decencia. Porque en la medida que consigamos que los valores constitucionales y los principios que orientan la lógica del Estado de Derecho y los derechos humanos no sean sólo declaraciones de buenas intenciones –ni una extravagancia exclusiva para los menos– estaremos más cerca de tener sociedades un poco más decentes. No parar de visibilizar a esos invisibles, ni lo que representan, es también una obligación ética para nuestro tiempo 

Aprender a mirar con los ojos de Dios

Cardenal Omella: «Nos estamos olvidando de tocar la vida»

«Integrados cada vez más en un mundo tecnológico, convertimos la realidad en una mirada fácil, fugaz y superficial. Y, lo peor de todo, mucha gente mira pero no ve nada»

«Entrenados para evitar las miradas que no nos gustan, pasamos a otra pantalla y listos. Nos estamos olvidando de tocar la vida. Estamos dejando de sentir los latidos del corazón. Nos estamos perdiendo la vida en directo»

«Hay que volver a aprender a mirar. Y en verano, con más tranquilidad y rodeados de naturaleza, es un buen momento para hacerlo»

«Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. Y, de manera particular, en nuestro prójimo. hacer visible ese mundo en que hemos convertido a los más desfavorecidos en personas totalmente invisibles»

Por Cardenal Juan José Omella

Integrados cada vez más en un mundo tecnológico, tenemos la tentación de mirar la vida a través de las pantallas de nuestros dispositivos. Incluso estamos modificando el modo en que procesamos la información. Pasamos de una pantalla a otra a toda prisa y convertimos la realidad en una mirada fácil, fugaz y superficial. Y, lo peor de todo, mucha gente mira pero no ve nada.

La sociedad, además, nos entrena para evitar las miradas que no nos gustan. La pantalla se convierte en una barrera para que no nos ensuciemos las manos. Nosotros decidimos si queremos ser testigos del sufrimiento de otras personas. Si no nos gusta, pasamos a otra pantalla y listos. Vemos la pobreza e injusticias del mundo de reojo, sentados cómodamente en el sofá de nuestra casa.

Durante unos segundos, nos indignamos, sí, pero no hacemos nada porque, sin darnos cuenta, ya hemos cambiado de pantalla. Así, se nos escapa el mundo de las experiencias directas y los vínculos afectivos. Nos estamos olvidando de tocar la vida. Estamos dejando de sentir los latidos del corazón. Nos estamos perdiendo la vida en directo. Sin duda, ver el mar in situ es más hermoso que a través de una pantalla.Hay que volver a aprender a mirar. Y en verano, con más tranquilidad y rodeados de naturaleza, es un buen momento para hacerlo. Aprender a mirar es fijar los ojos verdaderamente. Es abrir la ventana de nuestra alma. Es amar todo aquello que nos ha sido dado. Maravillarse por lo que nos rodea, como los bebés, que se quedan observando embelesados cualquier objeto que descubren, como si fuera lo más extraordinario del Universo.

Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. Y, de manera particular, en nuestro prójimo. Aprender a mirar es viajar a las profundidades del corazón para ver mejor lo que está fuera. Pero también es confiar, creer en lo que no se ve. Si lo hacemos, como dice san Agustín, la recompensa será ver lo que uno cree.  Porque quien contempla a Dios, aprende a descubrirlo también en los demás.Aprender a mirar es hacer visible ese mundo en que hemos convertido a los más desfavorecidos en personas totalmente invisibles. Intentemos mirar ese mundo con los ojos de Jesús, que miraba a los más vulnerables y se compadecía de ellos, porque estaban perdidos y abandonados como ovejas que no tienen pastor (cf. Mt 9,36). Ya decía san Juan de la Cruz que el mirar de Dios es amar. Y es que solo el amor puede hacer visible lo invisible.

El papa Francisco, en numerosas ocasiones, nos invita a contemplar el mundo con los ojos de Dios. Es la mirada de su amor incondicional, compasiva, benévola y misericordiosa. En esa mirada cada ser humano descubre su dignidad y el sentido de su existencia: ser amado por Dios. Y con esa mirada también tenemos que aprender a mirar a nuestro prójimo.

Los invisibles de la sociedad

«Me gustaría señalar tres problemas que como sociedad deberían afrontarse y que no podemos invisibilizar.

Son tres: las prisiones, la enfermedad mental y el suicidio»

«El miedo que se está generando es tan fuerte y potente que va a ser la gran factura social que se va a producir y que tardaremos años en recuperar y superar»

«Dostoievski decía que el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos»

«Las personas con enfermedad mental son otro grupo de invisibilidad. ¿Se ha caído en la cuenta de que han desaparecido los psiquiátricos? ¿Se ha caído en la cuenta de que hoy conviven con las personas mayores en las residencias?»

«El suicidio, tabú de tabúes, la muerte que no queremos ver. La primera causa de muerte no natural en España con casi 4.000 víctimas al año y 9.000 intentos fallidos»

Por| José Miguel Martínez Castelló

Hace unos días escuché a un sacerdote decir algo que me ha quedado grabado. Alertaba de que las personas necesitadas siguen teniendo hambre de comida, compañía y escucha. Que la solidaridad y nuestro compromiso con ellas no puede estar de vacaciones. Invitaba a que dejáramos de lado ese refrán tan potente que define la sociedad individualista en la que vivimos, ojos que no ven, corazón que no siente, para asumir su contrario, ojos que ven, corazón que siente. Una de las consecuencias de la pandemia, aparte de la sanitaria, emocional o la económica es la exclusión y la ignorancia sobre realidades que no han desaparecido en la sociedad, que están ahí, que las tenemos delante de nosotros, que nos están pidiendo a gritos que intervengamos y, en cambio, han desaparecido de nuestras prioridades.

Siéntese ante cualquier telediario y comprobará un hecho irrefutable: sólo se habla de la covid-19. El miedo que se está generando es tan fuerte y potente que va a ser la gran factura social que se va a producir y que tardaremos años en recuperar y superar. Esta obcecación implica que no veamos más allá de lo que estamos viviendo y, por ello, que ignoremos, que no sintamos los diferentes gritos de desesperación que pueden escucharse a diario y que nuestra sordina existencial impide que las afrontemos. Representan la invisibilidad de la sociedad actual; son los invisibles, los que son ignorados por los poderes públicos y por la gente de a pie. Sin embargo, los tenemos cerca porque forman parte de nuestro paisaje, pero no reparamos en ellos, porque pararse ante estas personas requieren nuestro tiempo en forma de compromiso.Podríamos señalar muchas formas de exclusión y marginación. Pero me gustaría señalar tres problemas que como sociedad deberían afrontarse y que no podemos invisibilizar. Son tres: las prisiones, la enfermedad mental y el suicidio. De naturaleza diferente, qué duda cabe, pero que requieren toda una estrategia y política de Estado con una colaboración clara y directa con lo que asociaciones solidarias, iglesias e iniciativas privadas están proyectando en el ámbito de la sociedad civil. ¿Por qué estas tres?

Dostoievski decía que el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos. Una sociedad que olvida la oportunidad de volver a empezar, de asumir los errores cometidos y rehabilitar aquello que se ha hecho al margen de la ley es una sociedad enferma que anula la posibilidad de cambio y progreso. Creemos que en prisión están únicamente asesinos, estafadores y políticos. En cambio, la mayoría de la población reclusa son personas, hombres y mujeres, que han cometido errores que son superables, que requieren de atención e implicación para que vuelvan a la lógica social y aportar su granito de arena como todos y cada uno de nosotros. ¿Dónde se habla y se trata de este problema?               

 Las personas con enfermedad mental son otro grupo de invisibilidad. ¿Se ha caído en la cuenta de que han desaparecido los psiquiátricos? ¿Se ha caído en la cuenta de que hoy conviven con las personas mayores en las residencias? Durante la historia han sufrido un estigma social de burla y señalamiento. Cada vez hay más personas que padecen una enfermedad mental y como sociedad carecemos de estructuras que las acompañen y las traten. ¿Qué vamos a hacer con ellas? ¿Qué futuro se les va a ofrecer? Y sus familias, ¿qué apoyo institucional y social van a tener?

Por último, el suicidio, tabú de tabúes, la muerte que no queremos ver. La primera causa de muerte no natural en España con casi 4.000 víctimas al año y 9.000 intentos fallidos. Provoca más fallecimientos que los accidentes de tráfico. No existe ninguna campaña de concienciación ni una estrategia nacional al respecto. La depresión y la falta de sentido ante la vida están detrás de la mayoría de casos. Estas son algunas de nuestras invisibilidades que requieren que se les dé su palabra, su tiempo y presencia. Esperemos que en una época de distancia y mascarillas no se nos anestesie el convencimiento de que podemos pasar por ahí y pedir a gritos ser visibles para los demás. ¡Ojos que ven, corazón que siente!