En el 42º aniversario del martirio de San Oscar Romero

Jesús de Nazaret y monseñor Romero, mártires por predicar y vivir la gran fraternidad universal

Romero
Romero

«En estos cuarenta y dos años ha habido momentos para todo, para recordar su vida, para hacer presente su proyecto de ayuda a los pobres, para tacharlo de “comunista y de rebelde”,  e incluso para ser beatificado y por fin canonizado por el papa Francisco»

«San Romero de América, como lo canonizó el otro gran santo de América Latina, Pedro Casaldáliga, es un santo vivo, que transmite vida y esperanza al pueblo»

«Monseñor Romero siempre defendió que todos somos iguales, que Dios no quiere la pobreza, y que todos somos iguales por ser hijos de Dios»

«El mismo poder religioso que mata a Jesús, encarnado en el sumo sacerdote y el sanedrín judío, es el que mata a Monseñor Romero»

24.03.2022 | Javier Sanchez, capellan cárcel de Navalcarnero

Hace cuarenta y dos años que caía asesinado Monseñor Romero,” la voz de los sin voz” , como era conocido por los campesinos y campesinas salvadoreñas, mientras  celebraba la Eucaristía, en la capilla del hospitalito de San Salvador, como es conocido popularmente el Hospital de la Divina Providencia,  a escasos metros de su humilde casa. Una pequeña casa, que le habían regalado las hermanas carmelitas encargadas del mismo hospital, un centro que se ocupa de los cuidados paliativos a enfermos de cáncer.

Y en estos cuarenta y dos años ha habido momentos para todo, para recordar su vida, para hacer presente su proyecto de ayuda a los pobres, para tacharlo de “comunista y de rebelde”,  e incluso para ser beatificado y por fin canonizado por el papa Francisco. La figura de Monseñor Oscar Romero no pasa desapercibida para casi nadie, aunque sea para criticarlo; el obispo del pueblo, canonizado por ese mismo pueblo, desde el mismo instante de su martirio, continua siendo una figura controvertida, incluso dentro de la propia Iglesia católica, por parte de algunos sectores más conservadores de ella.

Romero

San Romero de América, como lo canonizó el otro gran santo de América Latina, Pedro Casaldáliga, es un santo vivo, que transmite vida y esperanza al pueblo salvadoreño y a muchos de los que intentamos seguir su vida, su espiritualidad y su entrega al estilo de Jesús de Nazaret. 

Son muchos los paralelismos que tiene el mártir salvadoreño y el mártir galileo; entre Jesús de Nazaret y Monseñor Romero, sólo hay bastantes siglos de diferencia, pero el legado, la vida y el proyecto del Reino jesuánico, sigue vivo en la vida y el martirio del Arzobispo asesinado. El Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, muere crucificado, como eran asesinados los malhechores de la época; el obispo de San Salvador, muere a consecuencia de una bala asesina que le dispara un sicario a sueldo del poder y el ejército salvadoreño. 

Conocemos las dos historias, y en las dos hay algo muy claro que a los dos les costó la muerte: la preocupación por los pobres y los desvalidos, el servir a los desdichados de este mundo y hacer de ellos los preferidos de su vida y de su mensaje. Los dos fueron asesinados por la misma causa: predicar y vivir la gran fraternidad universal, el reconocer que todos somos hermanos en igualdad de condiciones, que Dios nos quiere a todos, por ser sus hijos, y que de entre esos hijos prefiere a los más desfavorecidos y necesitados, no por ser “buenos o malos “, moralmente hablando, sin por ser los más pobres , los que nadie quiere, “los hijos queridos de Dios” ; “Cada vez que los hicisteis con unos de estos mis hermanos, más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40), estas palabras del evangelio resumen ambos martirios, y reconocemos en ellas la presencia de Dios en cada hermano marginado y necesitado de amor y de ayuda por nuestra parte. 

Romero

Son muchos los textos del evangelio donde el mártir Jesús de Nazaret es criticado y puesto en duda, por ayudar a los pobres, por estar cerca de ellos. Y la respuesta de Jesús a esa crítica es siempre la misma: “de esos pobres, es el Reino de los cielos”; a esos que no cuentan en la sociedad normal, es a los que prefiere y el mismo Dios, porque son más necesitados de amor que los otros. Esos pobres que son machacados por la injusticia y el poder romano de aquel momento, son a los que Jesús de modo especial defiende. Su defensa va preparando el camino hacia la cruz de Jesús. Ese mismo Jesús que defiende el amor por encima de la ley, es el Jesús que es clavado en la cruz, entregando a la vida hasta el final. El Jesús amigo de los débiles es al Jesús que por supuesto no aguantan los poderosos del momento, porque El les quita poder, porque su vida denuncia una manera injusta de tratar al hermano.

El poder es la causa última de la muerte del mártir de Nazaret. Un poder que no entiende de fraternidad sino solo de rivalidad; un poder que por querer ser como dios (que ya aparece en el libro de Génesis) termina crucificando al justo. Y frente a ese poder, Jesús predica la humildad y la autoridad y poder de “lavarnos los pies”. La pregunta del Génesis, “Donde está hermano?” ( Gn  4,9), es la afirmación del evangelio en el juicio final del evangelio de Mateo : “Estuve necesitado, y no vinisteis a socorrerme” (Mt 25). Jesús quitaba poder a los que lo tenían en su tiempo y proclamaba una fraternidad que brota del servicio y del reconocer la igualdad básica de todos los seres humanos, por ser hijos e hijas de Dios. 

     Y eso mismo es lo que le achacan al mártir Romero. “Tú eres nuestra voz”, decían los campesinos pobres salvadoreños. Monseñor Romero siempre defendió que todos somos iguales, que Dios no quiere la pobreza, y que todos somos iguales por ser hijos de Dios. “No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada. No puede ser de Dios. De Dios es la voluntad de que todos su hijos sean felices ( Homilía 10 de septiembre de 1978). Pero al poder salvadoreño encarnado en la derecha y el ejército salvadoreño, no podía consentir esto, y por eso encargó a los poderosos que lo asesinaran. Y Romero caía asesinado por defender a los pobres, por ser su escudo, por ponerse de su parte. 

A ambos mártires, los mató el poder, el poder que sigue hoy matando a millones de seres humanos en muchas partes del mundo, el mismo poder que en estos momentos está bombardeando inocentes en Ucrania. El poder es la causa sin duda de la violencia e injusticia humanas en cualquier momento de la historia. 

Romero

Jesús fue acusado de “blasfemo” por hacerse llamar Hijo de Dios, e ir contra el poder religioso establecido, contra el templo y los símbolos de la fe judía que se aprovechaban de los pobres. Era blasfemo porque anunciaba una nueva manera de ser y de vivir la fe, desde la fraternidad y el reconocimiento de todos por igual. Blasfemo porque su privilegio era para los pecadores, enfermos y pobres y no para los poderosos ni los que se creían los buenos. Lo crucificaron como al peor de los delincuentes, con la peor de las muertes y fuera de la ciudad santa, porque sus palabras  y acciones atentaban contra el sistema establecido.

Y en esa misma línea,  Monseñor Romero es acusado de “comunista”, de favorecer la insurrección, de predicar la igualdad que predicaba el mismo Marx. Su comunismo consistía en predicar que todos somos hermanos y que Dios es nuestro Padre común. Por eso también lo mataron, lo asesinaron mientras hacía vida el mismo sacrificio de Jesús en la Eucaristía. Son las palabras de Madre Lucita, carmelita misionera del Hospitalito , presente el día del magnicidio:

“Por instinto de conservación, tras recibir el impacto del proyectil se cogió del altar, haló el mantel y en ese momento se volcó el copón, y las hostias sin consagran se esparcieron sobre el altar.  Las hermanas del nuestra comunidad del hospitalito interpretaron ese signo como que Dios le dijera: hoy no quiero que me ofrezcas el pan y el vino como en todas las eucaristías, hoy la victima eres tu OSCAR y en ese mismo instante, Monseñor cayó a los pies de la imagen de Cristo, a quien tuvo como modelo toda su vida . Los que se preocupan de los pobres son por tanto, blasfemos y comunistas, porque su Dios no coincide con el de los poderosos, porque el rostro de Dios que nos transmiten es un rostro distinto, que brota de la debilidad y del amor a todos; el poder de los judíos y los cristianos en ocasiones, se transforma en la debilidad de la cruz, “escandalo para judíos  y necedad para gentiles”( I Cor 1, 23)

Pero todavía más, ambos, Jesús y Romero, fueron asesinados por un poder específico: el poder religioso. Jesús fue crucificado porque el poder religioso judío veía que le quitaba fuerza, que le quitaba beneficios, que sus palabras en defensa del débil le hacían  tambalear sus injusticias. El sumo sacerdote y el sanedrín deciden dar muerte a Jesús porque veían perder sus beneficios, y si no hubiera sido asesinado Jesús, crucificado como un cruel delincuente, habría hecho caer todo lo que para ellos era fundamental: la opresión del débil, el aprovecharse de los más marginados.

Romero

El mismo poder religioso que mata a Jesús, encarnado en el sumo sacerdote y el sanedrín judío, es el que mata a Monseñor Romero. Y por eso el martirio del Arzobispo cobra un matiz especial: al Arzobispo no lo matan los ateos o los que no siguen el evangelio , sino que lo matan “los propios cristianos”, los que van a misa, los que después de comulgar eran capaces de dar orden de matar, de perseguir y hacer desaparecer a los pobres y campesinos. Esos “que iban a misa” no podían soportar que sus privilegios a consta de los más pobres salvadoreños, se perdieran.

Es conocida la frase de Romero en la homilía del funeral del otro mártir asesinado, y también recientemente beatificado por el papa Francisco, Rutilio Grande “hermanos asesinos”; porque de sobra sabia Romero que entre los asistentes a aquel funeral estaban los miembros del gobierno y del ejército responsables del triple asesinato de El Paisnal, donde fueron ametrallados el jesuita Rutilio Grande, el anciano Manuel y el joven Nelson Rutilio. El poder religioso crucifica a Jesús de Nazaret y el poder de “ los que van a misa” , cristianos, mata a Monseñor Romero. 

     Y  conocemos también lo que pasó con el mártir Jesús de Nazaret, como había anunciado mientras estaba con los discípulos, resucitó de entre los muertos, la muerte no tuvo la última palabra sobre El, y encomendó a sus seguidores que fueran a Galilea para poder verlo, que fueran a la Galilea de los pobres, de los paganos, de los que no cuentan. Jesús no dijo a sus discípulos que lo verían en la ciudad santa y grande de Jerusalén, sino en “la Galilea de los gentiles”, donde nadie quería ir. Los pobres son los que entendieron a Jesús y por ellos especialmente murió y resucitó. La primera comunidad cristiana se fragua desde el encuentro con el maestro Resucitado,  vivo y presente en los que siguen su palabra y su mensaje, que también después seguirán y siguen siendo perseguidos. 

     Es también  conocida la frase de Monseñor Romero, “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”, y es cierto que el Arzobispo Romero sigue vivo y resucitado en el pueblo. Esta vida y resurrección de Romero se palpa y se ve en cada rincón de los cantones de El Salvador. En cada casa de cada campesino te hablan de Romero, te dicen cómo les sigue ayudando, su presencia es mucho más que un mero recuerdo. “Morirá un obispo pero la Iglesia, que es el pueblo, vivirá para siempre!, y ciertamente así es . Romero no vive solo en los lugares santos, en la  cripta de la catedral donde está enterrado, o en la capilla del hospitalito donde lo asesinaron, está presente en su pueblo, donde quiso estar siempre, en medio de los pobres.

Romero

“Era un obispo de los de abajo”, me decía una mujer de Arcatao en el departamento de Chalatenango, sigue caminando y luchando en cada una de las comunidades de base, sigue siendo su guía y apoyo espiritual. Acercarse a la tumba del Santo es descubrir la cantidad de personas que siguen venerando a Romero. Recuerdo, estando sentado delante de ella, rezando, cuando vi aparecer a una mujer que se abrazó a la tumba y comenzó a llorar; iba bien vestida y se la veía extranjera. Después de un rato, fue un cura, vestido de clérigo, y cogiéndola le dijo que tenía que marcharse; la sorpresa fue cuando al darse la vuelta también la mujer iba vestida con “clergyman” , porque como luego me dijeron era anglicana; un vuelco grande me dio el corazón, y se me escaparon las lágrimas de emoción: Monseñor Romero , su vida, atrae a todos, no distingue de confesiones religiosas.

Pero también recuerdo la fotografía de Romero, quemada y acribillada a balazos, en la entrada de la UCA, que los asesinos de los otros también mártires jesuitas, cosieron a balas: la matanza de los jesuitas fue el 16 de noviembre de 1989, nueve años y medio después del asesinato de Romero, y sus asesinos seguían odiando al obispo, tanto  que acribillaron su fotografía, porque no habían sido capaces de matarlo, seguía y sigue vivo en el pueblo, y eso les encolerizó aún más. Cristo vive y Romero vive, ambos están resucitados, y continúan siendo luz y guía para el pueblo pobre y marginado. 

    Un año más, y son y 42, seguimos recordando y actualizando el martirio de San Romero de América; su legado sigue presente y resucitado en las comunidades de El Salvador y en muchas de nuestras comunidades. Su proyecto, como el de Jesús, son una realidad. Y al recordar su vida, recordamos también a tantos crucificados y crucificadas por el mismo poder asesino y violento, aún hoy en El Salvador, y en muchos otros rincones de nuestro mundo injusto: en las bombas de Kiev, en los cadáveres del mediterráneo, en el deambular de los refugiados de muchas partes del mundo, en las llagas de los que intentan cruzar la valla, en los presos de las cárceles, en los parados, en los toxicómanos, en los inmigrantes….Monseñor Romero no puede entenderse sin sus pobres, como el cristianismo y Jesús de Nazaret no pueden entenderse sin tomar partido por los más débiles de nuestro mundo. Solo somos fieles al evangelio haciendo presente el espíritu de las bienaventuranzas. 

     En este día de San Oscar Romero, también le rezamos al santo, y le rezamos como él tantas veces rezó al Padre Dios, le pedimos que nos sigue ayudando, que siga siendo luz para El Salvador y para nuestra comunidad cristiana. “Yo no puedo, Señor, hazlo Tú”, eran las palabras de Romero arrodillado en el monumento llamado de “las tres cruces”, dedicado  a los tres mártires de El Paisnal.  Nosotros, después de cuarenta y dos años, también se lo decimos:  Monseñor, no nos olvides, ayúdanos, sigue siendo nuestra luz, sigue guiando a nuestro pueblo, sigue dando voz a tu “pobrerío”; nosotros tampoco podemos; Tú al lado del Padre, puedes ayudarnos a continuar. En este día te presentamos a todos los crucificados del mundo, y te pedimos especialmente por la paz, una paz que solo es tal cuando brota de la justicia y la fraternidad entre todos.

Romero y Pablo VI

Que el Dios de la vida te mantenga siempre vivo y resucitado junto a El y que nosotros sigamos sintiendo tu presencia en medio de nuestro pueblo. Que nuestras comunidades cristianas sean siempre comunidades que anuncien algo nuevo, que luchen por la justicia, que jamás se alíen con el poder opresor. Que sean comunidades abiertas y acogedoras a todos, especialmente a los más pobres y marginados de nuestra sociedad. Que descubramos que “el hombre es tanto más hijo de Dios cuando más hermano se hace de los hombres y es menos hijo de Dios cuanto más hermano se siente del prójimo (homilía 18 de septiembre de 1977).

Ante el 42º aniversario de Mons. Romero

La Iglesia después de 42 años, todavía emocionada, solo puede decirte: ‘Gracias, Monseñor Romero’
«Romero sigue siendo desconocido dentro de nuestra Iglesia, y sigue siendo por parte de muchos sectores de ella, martirizado, incluso después de su martirio físico, e incluso después del reconocimiento oficial por parte de la Iglesia, elevándolo a los altares»
«Ha tenido que ser un papa venido justamente de América Latina, el que ha reconocido quién es Monseñor, y cómo su vida es modelo para los creyentes»
«Monseñor Romero, como Jesús, como los jesuitas de la UCA, como las monjas norteamericanas, como miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador antes y durante la guerra, eran gente que estorbaba, precisamente porque se enfrentaba al poder establecido»
«Su ‘comunismo’ era ese, reconocer que todos nos merecemos lo mismo y que Dios no hace distinciones, que la única distinción que hace es favor delos pobres y los sencillos, pero no tanto por ser buenos, sino por ser los más necesitados y desgraciados»
«Te encomendamos en este día a toda la Iglesia del papa Francisco que lucha cada día por hacer una Iglesia de los pobres y para los pobres, una Iglesia misericordiosa y acogedora»
Por Javier Sánchez, sacerdote Seguir leyendo

¡Stop War!¡Decid NO a Putin!

Javier Sánchez, capellán de la cárcel de Navalcarnero

Estamos asistiendo en los últimos días a una profunda barbarie del fuerte contra el débil, incluso a algo que, como muchos decimos, nos parecía impensable en pleno siglo XXI. Nos parecía imposible que en este momento fuéramos capaces de llegar a un ataque y a una guerra así. Simplemente por el poder de unas personas contra otras, ese poder que es la causa sin duda fundamental de toda desgracia humana y que hace que los seres humanos nos abalancemos los unos contra los otros. Un poder que no respeta edades o situaciones sino que va solo a humillar al débil.

El poder es la causa de todas las tristezas y egoísmos humanos. Plasmado en el relato del Génesis, de querer ser como dioses, nos hace comprender que el corazón humano siempre es ambicioso y soberbio, y no aguanta que nadie pueda hacerle frente: “¡No moriréis! Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 4)

Es evidente que además, detrás de cada dictador hay una personalidad enfermiza, que lleva el deseo de poder al extremo. Muchos han sido los dictadores que a lo largo de la historia han machacado al ser humano, desde Hitler hasta Franco, pasando por todos los extremistas de América Latina y de Africa , pero parecía que ese tipo de personalidades estaba ya “como controlado”, y no podía darse algo similar en nuestro tiempo. Y una vez más estábamos equivocados; surge la figura de un dictador, loco, como todos, en la Gran Rusia, que acaba de invadir un país soberano, Ucrania. Y lo ha hecho frente a todos los esfuerzos del resto de las potencias.

El resto de los países y los seres humanos de buena voluntad asistimos impávidos a todo lo que está sucediendo, que hace unos días, a pesar de haberse avisado, parecía como imposible. El presidente Putin, desde su ataque de locura de poder ha sido capaz de anteponer ese deseo por encima de las vidas humanas y el derramamiento de sangre. No ha retrocedido frente a nada ni frente a nadie, sin importarle el sufrimiento que puede surgir en millones de seres humanos, que una vez más tendrán que dejar su país, y otros muchos quedarán sepultados por las bombas, entre los escombros o mutilados de guerra para siempre . El poder que mató a Jesús de Nazaret, y ha matado a lo largo de la historia a tantas personas, se propone ahora seguir matando a gente en Ucrania. Los poderosos sintieron que perdían el poder frente a las críticas del mártir Jesús de Nazaret, igual que ahora Putin teme que se le puede arrebatar el suyo, si no somete a un país soberano, desde sus bombas.

Y todo esto, cuando estamos intentando salir juntos de una pandemia que ha matado a millones de seres humanos. ¿vamos a provocar nosotros más muertes? ¿Tiene sentido que fabriquemos al mismo tiempo vacunas para curar enfermos de covid y bombas para matar a la gente? Es una terrible contradicción: los mismos que intentan evitar muertes y lloran a los que fallecen por el virus son los que ahora intentan destruir y matar a inocentes.

¿No podemos hacer nada? ¿solo podemos esperar que todo se destruya y el dictador se salga con la suya? Al comenzar la cuaresma, el próximo miércoles de ceniza, el papa Francisco , convoca una jornada de oración y ayuno por la paz. Una jornada para unirse toda la humanidad en torno al grito de no a la guerra, y el sí a la paz. Y el mismo papa Francisco, en un acto especialmente humano y cercano ha visitado la embajada rusa en El Vaticano, en un deseo de buscar la paz, y preocupado por las víctimas civiles. Ciertamente, el papa Francisco siempre tiene gestos especiales de humanidad y por tanto de Evangelio: ha ido a visitar la embajada rusa sin ningún tipo de anuncio previo, desde la más absoluta sencillez. Porque es verdad , hay que rezar por la paz, pero también es necesario buscar vías de solución para esa paz, que una personalidad enfermiza y alocada, como la de Putin, se empeña en destruir.

Monseñor Romero, el arzobispo asesinado en San Salvador también llamaba a la oración, pero junto a eso, como el papa también hacia otras cosas. Es conocido el momento de Getsemaní que vive el propio arzobispo Romero, unos meses antes de morir asesinado. Ante las tres tumbas de los asesinados, el 12 de Marzo de 1977, Rutilio Grande jesuita, Nelson y Manuel laicos, San Romero de América, de rodillas reza, y también como Jesús, casi sudando sangre, le dice que él no puede más, que ante tanta injusticia ya no sabe qué hacer; son conocidas sus palabras: “Señor, yo no puedo, hazlo Tú”. Esa oración de Getsemaní revelan la profunda fe en el Dios de la vida de Monseñor Romero, su profunda confianza en El, como la de Jesús de Nazaret. Y reflejan también toda su angustia, su estar en manos de Dios pero no saber hacia dónde tirar.

Corría el 23 de marzo de 1980 en el pequeño país centroamericano de El Salvador, cuando ante el cúmulo de desapariciones y de injusticias creadas, como siempre, por el ejército pagado por los Estados Unidos, el arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero, lanza una llamada especial al compromiso y a parar la injusticia en su país. En una homilía especial llama a la insurrección popular de los militares que son empujados por sus jefes a matar. Es conocida esta homilía, y todos coinciden que fue la puntilla, como la “condena a muerte” del obispo salvadoreño. Monseñor Romero ya estuvo desde que tres años antes, cuando asumió la diócesis, criticando al poder que mata, y criticando la injusticia del país. Pero la homilía de aquel 23 de marzo fue el final. Romero como Jesús de Nazaret, no se calló frente al poder; fue la voz de los pobres y se enfrentó al poder establecido y eso le costó la muerte.

Monseñor Romero
¡Cese la represión!

Las palabras de Monseñor Romero, el santo de América obligan a tomar partido de manera muy clara por el desvalido, por el oprimido y por el pobre. “ Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios, que dice no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, LES SUPLICO, LES RUEGO, LES ORDENO, EN NOMBRE DE DIOS: ¡CESE LA REPRESION!”. (Homilía 23 de marzo de 1980).

Estas palabras costaron la muerte al santo de América; al día siguiente de pronunciarlas, mientras celebraba la eucaristía, en la capilla del Hospitalito, de San Salvador, una bala asesina, enviada desde el poder y el ejército salvadoreño, acabó con su vida. El obispo estaba llamando a la insurrección popular, estaba llamado a no cumplir la ley de matar, que los jefes del momento daban a los militares.

Seguramente entre las personas del ejército ruso hay personas también de buena voluntad, que en la mayoría de los casos, solo están cumpliendo órdenes de sus jefes. Quizás es el momento de también decirles a ellos que no tienen por qué seguir obedeciendo al presidente Putinque pueden revelarse contra él. Que los que están muriendo son hermanos suyos, y todavía más, que pueden también morir ellos y su familia.¿Merece la pena todo esto por un trozo de tierra o por seguir la locura infame de una persona? Quizás desde todas las instancias de poder, desde todos los que tienen influencia en la sociedad, incluida la misma Iglesia, habría que hacer una llamada también a la conciencia, a que se refiere Monseñor Romero. Una llamada a la insurrección civil que impida el derramamiento de sangre, una llamada a poder aplastar desde la palabra la fuerza de las armas y del sin sentido.

“Cese la represión” eran las palabras que apuntaba Monseñor Romero en el final de su homilía. Desde aquí, lanzamos la misma llamada a los miembros del ejército ruso que cumplen las órdenes de Putin: hermanos militares rusos, no estáis obligados a obedecer al dictador, no estáis obligados a matar como él os dice. Detrás de esa orden que ha dado él de invadir, está la muerte de muchos seres humanos inocentes, desvalidos y débiles que no tienen por qué pagar la locura de alguien con delirio de grandeza. Podéis negaros a ejecutar sus órdenes, y es lo que os pedimos. Las cosas se pueden arreglar de otra manera, dejad que sea él el que se estrelle con sus locuras y con los que quieran seguirle, pero vosotros no paséis a la historia como los artífices de una masacre, como la que estáis llevando a cabo. Porque además es curioso, el dictador se queda al margen, como todos los dictadores.

Él no estará en un carro de combate o lanzando bombas, él estará en su palacio presidencial, comiendo, bebiendo y descansando, mientras que sois vosotros los que dais la cara por él. Vuestras familias también sufren por vosotros, sufren porque estáis en un campo de batalla, donde también podéis caer y no volver a vuestros hogares. No sigáis la órdenes de un loco dictador, negaros a ello, pensad en las familias de los que caen bajo vuestras balas y en las propias familias vuestras….

Creemos que no hay rusos ni ucranianos, sino solo seres humanos que aspiran a vivir en paz, en armonía y felicidad; seres humanos que necesitan disfrutar de la vida, de la familia, de la naturaleza. Personas que somos iguales y que a pesar de nuestros defectos tenemos derecho a vivir tranquilos.

Cese la represión, hermanos rusos, no sigáis adelante con este genocidio, que la historia no os recuerde por semejante barbaridad. No consintáis que Putin y unos cuantos os arrebaten las ganas de vivir en paz. NEGAROS A ATACAR. Ojalá que podamos unirnos todos en un frente común de libertad y de justicia. Que desde todas las instituciones, países y personas nos neguemos a acatar órdenes de violencia. Desde abajo con nuestra insurrección podemos parar la guerra. Como cristiano, y en nombre de nuestra Iglesia, también así os lo digo: dejad de matar. Que el Dios de la paz acompañe nuestro caminar siempre y a vosotros militares os dé luz para abandonar las armas. En nombre de ese Dios que es Padre-Madre de todos, me uno a las palabras del arzobispo asesinado: Les suplico, les ruego, les ordeno DEJAD DE MATAR Y UNIROS A LA INSURRECCIÓN MILITAR A FAVOR DE LA VIDA Y EL BIENESTAR DE TODOS.

El proyecto de Jesús

¿JESÚS FUE COMUNISTA? EL EVANGELIO Y LA PREOCUPACIÓN POR LOS POBRES

Cuando pensamos en el Evangelio y en lo que supone la persona de Jesús, quizás, desde algunos sectores, siempre parece que nos viene a la cabeza la figura de alguien muy “angelical”, en el sentido de una persona “que no se metía en problemas de ningún tipo”, y que su objetivo era “dedicarse a las cosas de su Padre”, entendiendo precisamente por esas cosas, “las del cielo”, es decir lo que está apartado del mundo y de la vida de cada día. Pero entender así a Jesús, el Evangelio y el proyecto que El llamó “Reino de Dios”, y que le llegó a costar la vida, es no entender nada, a mi juicio, de quién es realidad Jesús de Nazaret, y cual es realmente su proyecto de felicidad para todos los hombres y mujeres del mundo.

El proyecto de Jesús, el llamado Reino de Dios, solo puede entenderse desde el texto que El mismo proclama en lo alto del monte, según el Evangelio de San Mateo (lugar típico de encuentro con Dios en el mundo judío), y en un llano, según el Evangelio de San Lucas (entendiendo por llano el lugar donde está la persona, el ser humano, y donde en ese lugar se encuentran Dios y el hombre). Pero lo que está claro es, que en cualquiera de las dos versiones, no podemos entender el evangelio de Jesús y su proyecto de vida por antonomasia, si no es desde la preocupación que tiene, el Hijo de Dios, por los pobres, los sufridos, los desgraciados, los que en definitiva no contaban en su sociedad y siguen sin contar en la nuestra.

Los pobres y los marginados, los que nadie quiere, son los preferidos del Jesús del Evangelio, y son por ellos por los que Jesús da la vida. Por ellos es vilmente asesinado y por eso son precisamente los pobres, los que entienden el mensaje de Jesús. Y frente a ellos, los ricos, los poderosos, los que se creen los buenos y cumplidores de la fe judía, son los que no solo no lo entienden, sino que son los que precisamente lo asesinan.

El poder es el que da muerte a Jesús de Nazaret, justamente porque no aguanta que alguien, desde abajo, desde la llamada “exousía”, o la autoridad moral que tiene, les pueda arrebatar lo que para ellos es el sentido de su vida: el poder como opresión, incluso desde su mismo “sillón religioso”. Ese poder encarnado en los que detentan la fuerza a nivel civil y religioso en la sociedad judía de su tiempo: sumos sacerdotes, fariseos, escribas….Y es curioso, que ese mismo poder es el que sigue matando a millones y millones de seres humanos en todo el mundo.

Ese poder sigue haciendo que cada día la brecha entre pobres y ricos, sea cada vez mayor. Y por eso igual que a Jesús, a los que se ponen de su parte también se les martiriza y se les llega a asesinar. El poder de cualquier tipo e institución, no entiende “de lavar los pies”, sino solo entiende “de comer del fruto prohibido”, para llegar a ser como Dios, porque desde ese poder llegan a considerarse auténticos dioses, que atentan como Caín, contra aquel que quiere solo insinuar que todos somos iguales, que todos nos merecemos lo mismo, que todos somos Hijos e Hijas de Dios y que “no hay distinción entre judíos, y gentiles, esclavos y libres” ,en el lenguaje paulino de Gálatas (Gal 3, 28).

Dichosos los pobres, y Ay de vosotros los ricos, llegará a decir el Evangelio, dichosos los que lloran y son perseguidos por causa de la justicia, y ay de aquellos satisfechos que tenemos de todo. Y esas palabras le causaron a Jesús de Nazaret la entrega de la vida; el Jesús del Evangelio no puede soportar que sean los ricos los que avasallen y que los poderosos sean siempre los primeros. Por eso la comunidad lucana pone en boca de María el maravilloso himno del Magnificat, después de su visita a Isabel: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1, 52-53). Y no entender esto, en el fondo es no entender el Evangelio, aunque vayamos a misa “todos los domingos y fiestas de guardar”. No entender esto, significa no entender la causa auténtica de la muerte de Jesús: su preocupación por los pobres y crucificados de la tierra y su crítica feroz hacia los poderosos que crean millones de desheredados cada día, en la sociedad judía de entonces y en el hoy de nuestro mundo.

Pero tuvieron que pasar muchos siglos, para que surgiera un pensador, llamado Carlos Marx, ateo como él se confesaba, que criticaba profundamente la religión y la manera de entender equivocadamente a Dios, y ese pensador creara el marxismo, para decirnos a los creyentes que había cosas que nuestro Dios no podía entender, y que a nuestro Dios seguro que le dolían: la brecha entre pobres y ricos, tan criticada por Marx, hizo que la Iglesia también se fuera preguntando en aquella sociedad de mediados del siglo diecinueve, cuál era su papel en esa sociedad dividida y dual que estábamos creando los seres humanos. Pero Marx, no fue el autor de ese pensamiento, ya lo había dicho el Evangelio, muchos siglos antes. Ya había dicho Jesús que Dios y el dinero eran incompatibles y que no se podía servir a dos señores. Ya el Evangelio de San Mateo había juzgado a aquellos que “no asistían a los pobres, los encarcelados, los hambrientos, los sedientos, los enfermos, los desnudos….” (Mt 25, 31 ss   ) .

Y por eso, desde que Marx nos lo recordó, parece que todos los que se preocupan por el destino y la vida de los pobres, son tachados de comunistas, y de ir en contra del Evangelio. Esta crítica no es nueva, no es de los que ahora lo dicen.  Y son tachados de ellos por los que tienen el poder y la riqueza; en tiempos de Jesús, Él era tachado de blasfemo por el poder establecido, en nuestros tiempos, los que así actúan son tachados de comunistas, por los mismos que detentan el poder en nuestro tiempo.

Hace unos días, la vicepresidenta del gobierno español, Yolanda Díaz, fue recibida por el papa Francisco, y desde la derecha reaccionaria y poderosa, se tachó esa visita de “cumbre comunista”.  Pero precisamente porque ha tenido que venir un papa del hemisferio sur, un papa del otro lado del atlántico, a recordarnos que la Iglesia tiene que estar al servicio de los pobres, y que solo cuando es pobre y acoge en su seno a los más pobres, es la auténtica Iglesia de Jesús. Desde el comienzo de su pontificado, así lo anuncio Francisco, en su mismo nombre, diciendo que la Iglesia es la comunidad de los pobres, es el espacio de acogida para todos. Y a lo largo de todos estos años, así lo ha ido manteniendo; su preocupación fundamental son los inmigrantes, los encarcelados, los enfermos… los que nadie quiere. En el fondo, los mismos a los que prefirió Jesús de Nazaret. De nuevo los poderosos, no lo entienden, y quizás no se atreven a asesinarlo, como hicieron con el maestro, pero si se atreven a difamarlo y a crear corrientes en su contra, por la misma razón: porque se les quita su poder, porque son criticados por hacer del poder el eje de su vida, incluso a algunos eclesiásticos, que también lo detentan hoy sí.

Es conocida la anécdota del papa Francisco, en el cónclave donde fue elegido papa: “En las elecciones, tenía a mi  lado al arzobispo emérito de Sao Paulo, el cardenal Claudio Humes, un gran amigo. Cuando la cosas se iba poniendo peligrosa (iba ganando), él me  confortaba, ja ja… Y cuando los votos llegaron a los dos tercios, vino el aplauso porque había sido elegido papa. Y él me abrazó, me besó y me dijo: no te olvides de los pobres. Y aquella palabra entró aquí (señalándose la cabeza). Los pobres, los pobres. Mientras continuaba el recuento, pensé en San francisco, el hombre de la paz. Y así llegó el nombre a mi corazón. El hombre de paz. El hombre pobre. ¡Cómo desearía una Iglesia pobre y para los pobres…!”.

Y sin duda que está siendo el eje de su vida y su desvelo en cada momento. Por eso es criticado. Y por eso también ha sido criticada esta visita con la vicepresidenta del gobierno español, y ella misma ha dicho que con el papa le unen muchas cosas y planteamientos.

No ha sido al único que han tachado de comunista, en los últimos tiempos, incluso desde dentro de la propia Iglesia. Son conocidas las palabras del gran don Helder Cámara, obispo de Brasil, “Cuando doy pan a u pobre, dicen que soy un santo. Cuando pregunto por qué el pobre no tiene pan, me llaman comunista”. Este hombre que vivió y murió para los pobres fue tachado por eso de lo mismo, cuando lo único que hacía era llevar a cabo a la vida de cada día el Evangelio de Jesús.

De la misma manera se hablaba del comunismo de San Romero de América, la voz de los sin voz en América latina, que fue asesinado por los poderosos de El Salvador, mientras celebraba la Eucaristía. Muchas veces dijeron que era un “obispo comunista”, incluso también le han criticado ahora al papa Francisco que lo haya canonizado. San Romero, canonizado por los pobres de El Salvador, desde el mismo momento de su asesinato, ha tenido que esperar a que venga un papa del otro hemisferio para reconocer lo que los pobres ya hicieron. Lo que la misma Iglesia  le negó, es lo que ahora Francisco ha reconocido.

Porque lo más espectacular de su asesinato es  que, como en el caso de Jesús de Nazaret, Romero fue asesinado por el poder opresor de los mismos creyentes. A Jesús lo mató el poder judío, a Romero lo mató el poder de los falsos cristianos de la sociedad salvadoreña, que se sentían criticados por él. “El cristiano no debe tolerar que el enemigo de Dios, el pecado, reine en el mundo. El cristiano tiene que trabajar para que el pecado sea marginado y el Reino de Dios se implante. Luchar por esto no es comunismo. Luchar por eso no es meterse en política. Es simplemente el Evangelio que le reclama al hombre, al cristiano de hoy, más compromiso con la historia” (Homilía 16 de Julio de 1977). La misma derecha poderosa que criticó y apoyó Santo de América, y que sin duda estuvo detrás de su asesinato, es la que critica ahora de cumbre comunista, el encuentro entre el papa Francisco y Yolanda Díaz.

Los “mismos comunistas” que fueron asesinados en la UCA, en El Salvador, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, simplemente por defender que los pobres tienen algo que decir, y que los ricos son los causantes de que el mundo haya crucificados. Los poderosos tampoco pudieron soportarlos, y por eso los asesinaron vilmente, junto a Elba, la mujer que los cuidaba, y su hija Celina, de 16 años. Su asesinato, como el de muchos mártires, fue por causa de la justicia y por hacer del Evangelio la norma de su vida, en todo momento.

De comunista fue también tachada la llamada “Teología de la liberación”, que surgió en la década de los 70 en el continente latino americano, y que era simplemente una manera nueva de leer el evangelio desde los pobres. “He oído el clamor de mi pueblo”, que dice el texto del Éxodo, es lo que oyeron esos teólogos y teólogas que intentaron vivir esa experiencia del evangelio, a partir de la realidad crucificada y machada por el poder de los poderosos en ese continente.  Teólogos como Jon Sobrino, que se salvó milagrosamente de la matanza de la UCA, ha sido calumniado y difamado, incluso desde el interior de la misma Iglesia católica.

El otro Santo de América, Pedro Casaldáliga, fallecido hace poco más de un año fue también “apodado de comunista”, por su lucha en favor de los sin tierra brasileños, y haciendo de su episcopado y de su poder como obispo, un servicio al pueblo, a los más débiles, a los más sufrientes de su diócesis. Cuando se jubiló quería “dedicarse a los más pobres”, quería ir a morir a Africa, porque él decía que allí eran aún más pobres que en su América, donde vivió siempre. La enfermedad terrible del parkinson se lo impidió, pero resulta emocionante que alguien que ha vivido como él en el Brasil pobre, diga que quiere irse con los pobres, muchos pensamos, dónde había estado toda su vida; el obispo sin anillo y sin mitra tradicionales vivió, y murió entre los desheredados, y con ellos encontró la “plena bienaventuranza y felicidad de la que habla el Evangelio”; hizo carne en su vida el proyecto de Jesús: conseguir que todos fuéramos felices, desde la igualdad y el servicio a los más débiles.

El 12 de marzo de 1977 asesinaron “a otro comunista” en la carretera de Aguilares a El Paisnal, Rutilio Grande,  y su único delito fue decir y anunciar que todos somos iguales, que Dios no acepta la pobreza, y que los ricos son responsables de la pobreza de muchos seres humanos. Rutilio fue asesinado, acribillado su coche a balazos, junto a un campesino de 72 años, Manuel, y un adolescente de 15, Nelson Rutilio y un niño. Los pobres de Aquilares le recuerdan como un “hombre tremendamente humano que se comprometió con la causa y la vida de los pobres”. Fueron asesinados cuando iban a celebrar la Eucaristía en medio de su pueblo, y su  asesinato tanto conmovió a Monseñor Romero que fue capaz de producir en él, el gran milagro.

Romero, amigo personal de Rutilio descubre un nuevo rostro de Dios al contemplar el cadáver de su amigo asesinado. Y desde ahí comienza una andadura nueva que le llevará a él también al martirio. Ahora “el comunista Rutilio”, va a ser beatificado por el papa Francisco; será el segundo santo salvadoreño, que el pontífice venido de América beatifique. Muchos serán también los que incluso dentro de nuestra iglesia critiquen este acontecimiento, porque el padre Tilo, como así le llamaban popularmente a Rutilio, tuvo la osadía de hacer vida el mensaje de Jesús en el Evangelio. Y de nuevo será, Francisco, el que después de más de cuarenta años, reconozca que este hombre, modesto, pobre, humilde y ejemplar sacerdote de Jesús, es modelo para los que queremos seguir al Jesús del Evangelio.

Y habrá quien siga diciendo que “de nuevo un comunista, beatifica a otro comunista, el próximo 22 de enero de 2022”. Será beatificado en la catedral de San Salvador, donde yace también Monseñor Romero, su amigo íntimo y personal, y seguramente a esa celebración, además de acudir obispos, sacerdotes y gente venida de otros países, acudirá “todo el pobrerío salvadoreño”, como llamaba cariñosamente Monseñor Romero a los pobres. El pobrerío por el que Rutilio se sacrificó,  será el auténtico protagonista de la celebración, como lo fue hace más de dos mil años en aquel calvario de Jerusalén, donde fue crucificado el mártir Jesús de Nazaret.

Pero hace apenas unos días me decían lo mismo de un sacerdote jesuita, salvadoreño, discípulo de Monseñor Romero, que tiene como único lema de su vida sacerdotal y cristiana la entrega al evangelio. Miguel Vasquez, jesuita de Arcatao, en el departamento de Chalatenango, uno de los sitios más vapuleados en la cruenta guerra civil salvadoreña, me decía: “Me trasladan a Honduras, porque el obispo le ha dicho a mi provincial que yo soy más político que pastor”. De nuevo la Iglesia impoluta, que no quiere mancharse, que nunca va a ser criticada ni asesinada, es la que quiere lavarse las manos, como Pilato, en la causa de los pobres y del Evangelio.

¿Cumbre comunista la celebrada hace unos días en Roma? ¿Comunistas Jesús de Nazaret, Monseñor Romero, los mártires de la UCA, don Helder Cámara, Pedro Casaldáliga, la monjas estadounidenses asesinadas en El Salvador, los miles de catequistas salvadoreños asesinados, los maristas del Congo, Rutilio Grande, los teólogos y teólogas de la liberación,  Monseñor Agrelos, Miguel Vasquez….? Si ellos son comunistas, ojalá yo también lo sea, si ellos viven el evangelio desde ahí, ojalá también yo sea capaz de vivirlo así. Y toda la comunidad de cristianos y cristianas.

Ojalá que el poder establecido, desde cualquier institución, política, religiosa, militar, económica, cultural…. no tape el auténtico poder que emerge de las bienaventuranzas y del lavatorio de pies del jueves santo, porque sólo así los cristianos, me parece, entenderemos el auténtico sentido del Evangelio. “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25, 40)

Adviento en la cárcel de Navalcarnero

Adviento en las familias de la cárcel de Navalcarnero: De la derrota a la esperanza

Esperanza en al cárcel
Esperanza en al cárcel

«La cárcel es verdad que mata muchas ilusiones, pero también nos brinda la posibilidad de poder abrirnos a una realidad distinta»

«Continuó hablando la madre de un muchacho fallecido ahora va a hacer tres años, y con otro enganchado a la droga, y como siempre fue también una lección de esperanza y de humanidad»

«En todos los relatos, lágrimas redentoras, miradas de afecto hacia las personas en prisión, y desde luego no derrota, sino lucha»

«Y en nuestro interior un grito profundo al Dios de Jesús, Maranatha, ‘Ven Señor Jesús’; ven en nuestra ayuda te necesitamos, necesitamos que nos des luz cada día para escuchar, para acompañar, para reír y para llorar. Necesitamos sentirte siempre a nuestro lado»

16.12.2021 | capellán de la cárcel de Navalcarnero

Hace dos semanas, nos reunimos como cada mes el grupo de familias de la cárcel de Navalcarnero, para intentar pasar un rato, compartir, y poner en común cómo estábamos cada uno de nosotros. Lo hicimos en vísperas de comenzar la celebración del adviento, un tiempo especial para los cristianos, de esperanza, de mirada hacia adelante, y de sentir y experimentar que no estamos solos. Fue una tarde como siempre muy especial, dura por muchos aspectos, pero a la vez llena de emoción, de cariño, y de humanidad, y por todo eso, llena también de Dios.

Fue un pórtico muy especial de entrada a nuestro adviento, y así lo vivimos los que, dentro del grupo, nos consideramos creyentes en el Dios de la vida, en el Dios hecho hombre en Jesús, que precisamente manifiesta su divinidad en la humanidad y debilidad de cada ser humano. Y desde luego que en el grupo de familias, esto se manifiesta de modo especial: debilidad que en ocasiones roza con la impotencia, y el no saber qué tenemos que hacer, o hacia dónde tenemos que dirigirnos. 

Esperanza

     Por fin esta vez después de varias reuniones donde éramos pocos, debido a que muchos tenían miedo por la pandemia, nos pudimos reunir un grupo de quince personas, y además hubo una familia nueva, la madre de uno de los chicos, cuyo hijo lleva en prisión dos años, y que también en este día pudo compartirlo con nosotros. La tarde fue de encuentro, de compartir, de llantos en algunas ocasiones, pero en muchas de ánimos y de esperanza. La dureza de la vida de estas familias siempre se mezcla con la mirada enternecedora y esperanzadora de luchar cada día. La cárcel es verdad que mata muchas ilusiones, pero también nos brinda la posibilidad de poder abrirnos a una realidad distinta.

      Fue muy impresionante el primer testimonio que pudimos escuchar de una de las familias. Como siempre, antes de comenzar a hablar compartimos un café y varios bollos caseros que habían traído, ese primer momento de desenfado y de cariño ya es parte de la reunión; esa humanidad fraterna es la que nos lleva después a sentirnos unidos en el dolor y en el sufrimiento. Y eso sí, desde la mirada atenta siempre del Dios de la misericordia, que en cada lágrima y en cada grito de auxilio se nos sigue haciendo presente y le sentimos cercano.

     Una familia que hacía tiempo no venía, por el miedo al covid, comenzó hablando, pero fue impresionante porque vinieron la mujer del chaval que está en prisión, su hermana y su madre. Y fue precisamente la madre, la suegra del chaval en prisión la que tuvo un testimonio muy especial y que dió en el clavo me parece a mí de muchas situaciones que vivimos en prisión y también fuera de ella. Nos dijo que estaba pasando un momento muy malo porque estaba entendiendo lo que significaba “perder la libertad”. “

Muchas veces había oído hablar de la cárcel, pero siempre me parecía una realidad que estaba fuera de mis preocupaciones, un lugar donde iban los que habían cometido algún delito y se lo merecían. Pero jamás imaginé lo que podría suponer perder la libertad como parte de tu vida, lo que podría significar estar encerrado. Ahora lo voy entendiendo, y me pongo en su lugar. La cárcel te parte la vida. Pero a la vez me ha hecho tener una mirada muy especial hacia la gente que está en prisión, y poder pensar en lo que significa la misericordia. Todos podemos cometer errores pero es necesario vivir también una experiencia de misericordia y mirar a los otros, a los que están allí de otra manera, porque todos podemos en algún momento y por circunstancias estar allí. Además yo soy creyente y la misericordia supone mirar a los otros como Dios nos mira a nosotros. Ahora muchos días me quita la paz esta situación, pienso en cómo estarán allí dentro, con todo controlado, sin poder disponer de su vida. Nosotros hemos estado encerrados apenas unos meses, con todo tipo de comodidades y no hemos aguantado. Me da penal mucha pena, y admiro a las personas que vais por allí a dar un poco de esperanza y ayuda, en medio de ese sufrimiento”.

Cárcel

     Fueron palabras muy especiales, que confieso a mí me llegaron muy adentro, y se me ocurrió felicitarla y decirla que estaba diciendo algo que todos pensábamos cuando íbamos allí; incluso que a los voluntarios, y a mí como cura, la cárcel nos había cambiado la vida, nos la cambiaba  cada día; nos hacía y nos hace mirar de otra manera al ser humano, y también mirarnos a nosotros de otro modo. La clave está en lo que ella decía: en la misericordia. Esa misericordia que supone cambiar la vida. Confieso que cuando la escuchamos todos nos quedamos con la boca abierta, había sido capaz de resumir en pocas palabras lo que todos sentíamos; y lo dijo con total serenidad pero a la vez con plena convicción de lo que estaba diciendo. Además se la veía como una familia muy unida, y muy llena de vida, intentando apoyar a su familiar en la cárcel, sin quitar por supuesto ni un solo ápice a la responsabilidad que el tenía en todo lo que había sucedido. Fue un testimonio sereno, bonito y lleno de realidad, que a todos nos hizo mucho bien y sentir que en el fondo era lo que todos sentíamos y vivíamos. 

Continuó hablando la madre de un muchacho fallecido ahora va a hacer tres años, y con otro enganchado a la droga, y como siempre fue también una lección de esperanza y de humanidad. Hablaba, con lágrimas en los ojos, como cada vez que se expresa, pero diciéndonos que ella estará siempre al pie de sus hijos. Que lo estuvo al pie del que ya falleció, que la cárcel lo perjudicó más de lo que le ayudó, pero que ella siempre estuvo con él. Y ahora con el que le queda; es una mujer de profunda fe, nunca se queja, siempre habla de Dios como de su Padre, como el que la anima cada día, y siempre tiene palabras de aliento para otras personas. Es una mujer donde Dios y toda su debilidad se nos manifiesta. En su rostro, en sus sollozos, en sus palabras…. Descubrimos la auténtica espera del adviento, descubrimos al Dios que se nos hace presente en ella. Y como digo eso sí, siempre dando ánimos a los demás, y con ganas de compartir y seguir hacia adelante. 

     Una de las familias estaba especialmente mal en este día porque a su hijo, después de estar siete años en prisión, y conseguir por fin un tercer grado (un régimen donde aunque siga siendo preso, salía a trabajar, y tenia los fines de semana libres), había tenido una regresión a segundo grado ( es decir, había vuelto de nuevo a estar en prisión total). Y la madre se encontraba dividida entre la metedura de pata de su hijo, y el castigo sin duda, desproporcionado del propio centro. Le habían pillado con un porro en el bolsillo y eso era motivo de regresión.

Madre de presos

¿La cárcel le iba a ayudar a superar la drogadicción? Es evidente que no, necesitaba otra ayuda. Pero a la vez, la madre era consciente de que su hijo había quebrantado una norma. Nos decía que no pensaba venir a la reunión, pero que para ella estos encuentros eran muy importantes, porque se sentía muy apoyada, y eso la daba vida. Se sentía escuchada, sentía que nadie la juzgaba y que entre todos la sacaban hacia adelante. A su hijo aún le quedan muchos años, esto ha sido una marcha hacia atrás, pero es consciente y así se lo hicimos ver  que hay que seguir hacia adelante, de que no se puede tirar la toalla. Es una mujer luchadora, y que de nuevo siempre está al pie de su hijo. Es la fuerza del amor y de la entrega desinteresada a un hijo, pase lo que pase y sea lo que sea. 

     Y junto a ellas, otras madres nos relataban cómo estaban, y cuál era su situación. Una de las madres, que se incorporó justo este día, entre sollozos, nos decía la angustia de su hijo en la cárcel desde hace dos años; a sus veinticinco años, y ya privado de libertad. Nos relataba lo mal que lo estaban pasando, y cómo pensaba que su hijo estaba bien, hasta que sucedió lo que sucedió… por causa de las drogas y el alcohol, arruinó su vida y la vida de otra persona. Pero nos decía que se estaba encontrando muy agusto entre nosotros, porque por fin podía manifestar y decir lo que pensaba y decía, sin nadie que la juzgara y la hiciera sentirse mal. En sus lágrimas, veía yo también el rostro de su hijo, un muchacho joven, en lo mejor de la vida, pero entre rejas por su mala cabeza. Siempre que le veo le digo que es muy joven, y que tiene que aprender de lo que ha pasado, que tiene que cambiar, pero lleva ya la mochila un poco llena… y eso a veces le hace perder la esperanza, tanto a él, como a su madre…

     Hubo más relatos, y más lágrimas, más voces entrecortadas, como las de la familia peruana que tienen a su hermano y a su hijo en prisión, y que siendo una familia humilde, y trabajadora, saben el daño que han hecho, pero solo les queda seguir mirando hacia adelante…O las palabras de un buen hombre, que sin tener que ver nada con un muchacho, porque se lo encontró en la calle un buen día pidiendo, le cogió cariño, y ahora va a visitarlo a la cárcel y ayuda a la familia en su seguimiento y , desde luego, en su sufrimiento. En todos los relatos, lágrimas redentoras, miradas de afecto hacia las personas en prisión, y desde luego no derrota, sino lucha.

     Otra familia nos relataba cómo su vida había cambiado totalmente desde que su hijo entró en prisión hace ya más de cuatro años, cómo van siguiendo adelante como pueden, pero con la pena cada día de ver a su hijo allí, y con la experiencia, como tantos otros, de parecerles increíbles que su hijo pueda estar allí. “No es algo fácil, relativizas y comprendes muchas cosas y a mucha gente”, nos decían. Pero siempre con la cabeza bien alta y la mirada hacia adelante. Junto a eso su confianza profunda en Dios que se hace presente cada día en cada uno de sus sufrimientos.

Cárcel de Navalcarnero

Tarde de adviento, tarde de esperanza, tarde de venida, tarde de mirar la vida con los ojos del Dios que viene y se hace hombre, para acompañar nuestro caminar. Fue un encuentro duro como siempre, pero a la vez lleno de vida…. No se borran fácilmente los rostros de los que estamos allí, las miradas de ternura y de abatimiento, las lágrimas que caen por las mejillas…. Pero también las sonrisas, los apoyos, los abrazos, el compartir los bollos que habían preparado con ilusión, como parte del compartir la vida. En todos ellos había una palabra de Gracias hacia nosotros, gracias por estar ahí, acompañándoles a ellos y a sus familias. Y en nuestro interior un grito profundo al Dios de Jesús, Maranatha, “Ven Señor Jesús”; ven en nuestra ayuda te necesitamos, necesitamos que nos des luz cada día para escuchar, para acompañar, para reír y para llorar. Necesitamos sentirte siempre a nuestro lado.

     Termino este escrito el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, en el corazón de nuestro adviento. Y ante nuestra Madre y discípula, pongo en esta mañana la imagen y el rostro de todas las madres, y me hago eco, una vez más de las palabras del evangelio que compartiremos hoy en la Eucaristía: “Porque para Dios nada hay imposible” ( Lc 1, 37). Y pongo delante de ella, y delante del Dios del pesebre, todas las “imposibilidades” que cada día veo en las familias de los presos, todo lo que cada día veo, comparto y abrazo en la cárcel de Navalcarnero.

No se trata de pedir milagros baratos, se trata de decirle a María que nos mire, y nos ayude cada día, y que nos haga creer que las cosas pueden cambiar, que depende de todos, pero que el Dios de la vida, pobre y humilde, que decidió meterse en nuestro mundo, está siempre a nuestro lado, pase lo pase, y suceda lo que suceda. Que las lágrimas redentoras de cada familia, en esa tarde de adviento, se transformen en vida y esperanza, por la fuerza del Espíritu de Jesús, y que sintamos que María nos sigue acurrucando a todos, desde sus brazos amorosos de Madre. Ven Señor Jesús y haz posible lo que de veras nos parece imposible. Eran las palabras también del Santo Romero ante la tumba del asesinado amigo y hermano, Rutilio Grande, a quien la iglesia va a beatificar próximamente, “Yo no puedo Señor, hazlo Tu”

Pastoral penitenciaria

Arrepentirse en el cuarto de la basura 

Cárcel de Navalcarnero 

Por Javier Sánchez, capellán de la cárcel de Navalcarnero 

Hace unos días me echó una instancia un chaval de la cárcel que yo no conocía, por el nombre sabía que no era español, pero tampoco sabía de dónde era, no me sonaba de nada, e imaginé que llevaba poco tiempo en prisión. En la instancia decía: “Solicito, por favor, señor cura, si puede ayudarme. Ingresar algo en peculio, ya que llevo tres semanas sin me ingresen nada, sin hablar con ellos, no sé nada de mi familia, me gustaría llamarlos. Con todo respeto. Muchas gracias”

Ese mismo día fui a verle al módulo donde está (está en uno de los llamados “módulos de respeto”, que son módulos un tanto diferentes, con una autogestión por parte de los chavales, y donde el ambiente es mejor que en otros), y enseguida salió. Se llama Enmanuel. 

Como siempre, nada más verme, me sonrió, me saludó y me dio las gracias por haber ido a verle tan pronto, porque me decía había echado la instancia el día anterior. Me dijo que era de Nigeria, y que llevaba poco tiempo ahora en Navalcarnero, porque lo habían regresado de tercer grado, de nuevo a la cárcel, porque había tenido algún problema. Me dijo que tenía aquí a su familia y que no había podido hablar con ella hace algunas semanas por falta de dinero para poder hacerlo. Era un poco tarde ya, casi la hora de comer, y le dije que volvería al día siguiente para que me contara más despacio lo que le pasaba. Se despidió afectuosamente, con otra sonrisa y yo como siempre, también le di un abrazo, y le dije le vería al día siguiente por la mañana. 

Al día siguiente fui a buscarlo y ya me contó más despacio. Le habían regresado por llegar tarde al CIS ( es el centro de inserción donde cumplen condena los que ya están en tercer grado y pueden salir a trabajar), y que le habían regresado para allá. Que estaba mal, porque no podía hablar con su familia y que solo necesitaba eso, aquí estaban su mujer y un hijo, pero que tenía también tres hijos en su país. Me parecía un hombre sincero, sencillo, y en una situación de desvalimiento por su parte, y que a la vez confiaba en que yo le pudiera solucionar su situación. 

Yo le dije que intentaría ponerle cuanto antes dinero en el peculio para que así pudiera llamar a su mujer y decirla cómo estaba. Antes de terminar la conversación, me dijo que quería también confesar. “Cuando quieras puedes confesar, si quieres ahora mismo”. Pero Enmanuel me dijo que no estaba preparado y que prefería mejor otro día. Quedamos en vernos la semana próxima y de nuevo nos dimos un abrazo de despedida. 

Como siempre me impresionó la actitud de este hombre; es impresionante que una persona en prisión te diga que no está preparado para confesar, que necesita tomarse su tiempo… y pensé en las confesiones que hago yo, o las que a veces hacemos en la parroquia, los que no estamos presos, y “somos buenos”, o así nos lo creemos. Este hombre necesitaba prepararse para el encuentro con Dios, para recibir su perdón, no quería hacerlo a la ligera. Recordé enseguida las palabras del hijo menor, en la parábola de San Lucas, “Padre he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo….” Quizás en el fondo Enmanuel también pensaba lo mismo y no se atrevía a volver a la casa del Padre. Me marché del módulo emocionado, y con su rostro necesitado, y a la vez su sonrisa, en mi retina y en mi corazón. 

Esta semana he vuelto a ir al módulo y lo he llamado como quedamos; lo primero que ha hecho ha sido darme las gracias por la fidelidad que he tenido en volver a verlo. Y enseguida me ha dicho que sí, que ahora estaba preparado. No nos dejan subir a los despachos de encima de los módulos para hablar con los chavales, tenemos que hacerlo en una especie de pasillo de entrada a los mismos, pero cuando es una conversación más privada siempre pido por favor me dejen ir a un sitio “más digno”, donde podamos estar con una mayor intimidad. En este caso, estaba allí el jefe de servicios (el responsable de los funcionarios cada día), y se lo he preguntado a él, dónde podía ir.                                               Se ha puesto un poco nervioso porque no sabia dónde pero enseguida ha encontrado un sitio: en el cuarto de basuras, a la entrada del módulo. Cuando me lo ha dicho, la verdad es que me he quedado como sin palabras, ¿no había otro sitio? ¿no nos merecíamos poder estar tranquilos en otro lugar más digno? Y confieso que he sentido mucha rabia, y he estado a punto de decir algo, pero luego he pensado que no merecía la pena, y que el Dios de misericordia, estaba también allí, y sobre todo que no nos iban a impedir, aunque quisieran que Enmanuel tuviera ese encuentro con El. 

Antes de confesar, han llegado otros funcionarios, responsables del trabajo dentro el módulo, y Enmanuel quería hablar con ellos para ver si le podían dar trabajo, y así lo ha hecho. Al terminar, hemos ido a nuestro cuarto de basuras para poder confesar.       El cuarto está a la entrada del módulo, tiene una puerta de hierro, y cristales alrededor rugosos, había un gran contenedor, y charcos en el suelo, tiene aproximadamente tres metros cuadrados, y allí nos hemos situado. Por supuesto de pie, uno frente al otro. Por dentro también he recordado los suntuosos confesonarios que en algunas parroquias existen. Y por supuesto he recordado el espacio que teníamos en nuestra antigua parroquia de la Sagrada Familia en Fuenlabrada (de la que nos invitaron a salir por orden episcopal), que era simplemente un espacio a la entrada de la parroquia, con una mesa en el centro y dos sillas, una frente al otro, y en el que muchas veces podíamos compartir el Sacramento de la penitencia, pero que desde las “altas esferas” episcopales tachaban de indigno porque no estaba cerrado, y que en enseguida los nuevos curas quitaron.  

Me hubiera gustado que estuviera allí, en el cuarto de basuras, el obispo que así pensaba, para que viera dónde tenía que estar con Enmanuel… igual decía que allí no podía confesarlo y hasta le negaba la confesión… 

Al entrar a nuestro cuarto de basuras, algo por dentro me conmovió porque confieso que no sabía cómo situarme y me daba mucha rabia. Pero el sentimiento se transformó cuando vi la cara de mi amigo, que entraba, se situaba enfrente de mí y me cogía las manos para decirme, con una sonrisa, como siempre, GRACIAS. Hicimos la señal de la cruz y comenzó a hablar. 

Solo dijo que pedía perdón por todo lo que había hecho mal, que pedía perdón a su familia, a su mujer y a su hija, y que estaba muy arrepentido, que quería comenzar una nueva vida, y que confiaba en que el Padre Dios lo perdonaría. Que quería confesar porque quería comulgar también el sábado en la misa. “Sólo pido a Dios que me ayude a cambiar de vida”. Al escucharlo, brotaron dentro de mí muchos sentimientos de agradecimiento y de compasión. Cuando hablaba lo decía con una cara seria, y con un sentimiento profundo de arrepentimiento.- Recordé muchos momentos de Jesús en el Evangelio… y solo se me ocurrió decirle gracias por lo que estaba contando, y decirle que Dios lo abrazaba y lo invitaba a cambiar.                                                                                                                         Le dije lo mucho que Dios lo quería y lo feliz que se sentía por haber querido acercarse a Él; con las manos cogidas (unas manos frías, porque el lugar como digo era inhóspito), rezamos juntos el padrenuestro y luego le di la absolución, con las manos impuestas encima de su cabeza, como también hacía Jesús. Y al terminar le dije que nos diéramos un abrazo, y que sintiera que no era yo quien lo abrazaba, sino el mismo Dios, porque era el abrazo del Padre al Hijo que había querido volver a su lado. Y después de abrazarlo fuertemente, me dio de nuevo las gracias y volvió a sonreír. Salimos de nuestro “confesonario”, y nos dirigimos hacia el módulo, donde ya nos despedimos, dándonos de nuevo otro abrazo.                                                                                                                                   Cuando salí hacia los pasillos de la llamada M-30, el cuadrado que da la vuelta a toda la cárcel, salía sin palabras y con el corazón lleno; aquel lugar de basuras, desagradable y tétrico, había sido sin duda el mejor confesonario para recibir el perdón y el abrazo de Dios. Aquel lugar inhóspito había sido testigo del arrepentimiento de alguien delante del Dios de la vida. Y por supuesto que di gracias a Dios profundamente por ello. Y recordé las palabras que Monseñor Romero decía: “Dios está en medio de nosotros… Dios está presente, está activo, observa, ayuda y a su tiempo actúa oportunamente”. Y esa mañana, había actuado en Navalcarnero, en aquel cuarto de basuras, había actuado como solo Él sabe hacerlo, desde lo pequeño, desde abajo, pero desde el encuentro personal con aquel hombre que quería encontrarse con El, y que ni la cárcel ni sus impedimentos fueron capaces de impedirlo.                                                                                                                              Y junto a eso también sentí, tengo que decirlo impotencia porque sigo creyendo que las personas, y los presos son personas, se merecen algo más de dignidad y de consideración. No he visto aun al director del centro desde aquel día, pero tengo que hablarlo con él. Me parece que ellos se merecen algo más y es necesario tener otra sensibilidad diferente. Pero mientras tanto, lo que si le pido a Dios es que esto no me impida seguir hacia adelante y seguir haciendo lo que tengo que hacer, en cada momento, que es creo yo, estar en Navalcarnero con aquellos que me necesiten, sabiendo que no soy yo el que lo hago, sino que Alguien lo hace conmigo. 

Ayer tuvimos la Eucaristía como cada sábado, y Enmanuel fue a comulgar, con esa sonrisa que lo caracteriza y con el abrazo de Dios que le llenaba de arriba abajo. Al verlo, de nuevo me emocioné porque pensé enseguida en el encuentro de esta semana, ya no pensé en el cuarto de basuras, sino que solo me vino a la cabeza y al corazón su abrazo, su sonrisa, y sus palabras de arrepentimiento. Y ya sentí menos rabia, sentí alegría porque estaba allí (además se había caído jugando al futbol y tenía una muleta), y porque por encima de la basura, estaba el amor de Dios, o mejor, como decía Dorothee Solle “Dios estaba en la basura” ( así lo dice en su libro “Dios en la basura”, relatando sus experiencias en América latina); un libro que leí al poco tiempo de ordenarme, y que ahora estos días también he recordado. Pero estaba y está en la basura transformándola y llenándola de vida, como también dice ella misma. 

Gracias a este hombre de nuevo se me ha hecho presente el Dios de la misericordia y de la vida, en un lugar de sufrimiento, de muerte y de cruz, como es Navalcarnero. El evangelio de ayer era el de la pobre viuda que echa unos céntimos en el arca de las ofrendas, unos céntimos que por supuesto Jesús, tanto pondera. Esa pobre viuda sencilla, generosa y solidaria es puesta en el evangelio como modelo de entrega y de vida, un pequeño gesto que mueve montañas. Es lo que cada día descubro y vivo en la cárcel, y ojala que lo pueda seguir viviendo cada día. Y de nuevo las palabras del Santo de América: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. Porque de nuevo, los “malos”, los crucificados, “los publicanos y pecadores de la cárcel”, me acercan el rostro auténtico y verdadero del Dios del Evangelio. Ojalá que nuestra iglesia de confesonarios también sea capaz de descubrirlo así, ojalá que descubra que la dignidad no está solo en el espacio sino en el Dios que predicamos y vivimos cada día en el seno de nuestras comunidades. Que descubramos ese encuentro en los encuentros que tengamos cada día con los que nos cruzamos. Y que hagamos nuestras las palabras del Evangelio “Estuve en la cárcel y vinisteis a verme….”(Mt 25,36). 

Navalcarnero 6 de Noviembre de 2021  

En el 32º aniversario de la masacre de la UCA

El Salvador, Tierra Santa de mártires y de Evangelio: A los treinta y dos años del asesinato de los jesuitas 

Jardín de los Mártires

 Son ya treinta y dos los aniversarios que hemos compartido, desde aquel primer trágico 16 de noviembre. La matanza de la UCA tuvo el mismo responsable que tienen todos los pobres de la tierra: el poder y el dinero 

Los jesuitas y la UCA representaban una manera diferente de hacer teología y de hacer Iglesia. Su manera de leer la Biblia era lo que molestaba a los poderosos 

Lo más triste sin duda fue que la propia Iglesia, que supuestamente sigue a Jesús, no ha sido capaz de leer así el evangelio, y por eso condenó duramente ese modo de hacer teología 

Después de 32 años tenemos que seguir defendiendo lo que los jesuitas de la UCA defendieron, y Por eso la Iglesia no puede estar callada 
 Gracias Ignacio Ellacuría, gracias Nacho Martín Baró, gracias Segundo Montes, gracias Armando López Quintana, gracias Juan Ramón Moreno, gracias Julia Elba, gracias Celina 

15.11.2021 | Javier Sánchez González, capellán cárcel de Navalcarnero 

Celebramos un 16 de noviembre más, y con este son ya treinta y dos los aniversarios que hemos compartido, desde aquel primer trágico 16 de noviembre en la UCA, cuando una banda de sicarios, apoyados por el ejército salvadoreño y auspiciados por Estados Unidos, asesinaron a toda la comunidad de jesuitas, a la señora que los cuidaba y a su hija. Y como cada 16 de noviembre, no solo recordamos a estos hermanos nuestros, asesinados, sino que en el fondo recordamos a todos los mártires de El Salvador, y a esta querida Tierra Santa salvadoreña

Porque ciertamente, El Salvador es Tierra Santa, precisamente por ser tierra de mártires. Sus calles, sus montañas, sus casas y sobre todo su gente, son especiales; han sufrido de modo especial el peso de la injusticia y la humillación, pero a la vez han experimentado el gozo que supone vivir la vida, dándola en pro de algo mejor, buscando un bienestar mejor para cada uno. 

Todavía recuerdo cuando llegué a Arcatao, un pequeño pueblo cercano a Chalatenango , y al celebrar allí mi primera Eucaristía hablé de El Salvador como de “Tierra Santa”. Y fue un laico, responsable de una de las comunidades bíblicas del pueblo el que, con un rostro especial de emoción que jamás olvidaré me dijo: “Entonces yo vivo en la Tierra Santa, y hasta ahora no había sido consciente de ello. Gracias por decírmelo, y por sentirme especialmente orgulloso de vivir aquí”. Siempre diré que al escuchar esas palabras, yo también me llené de emoción porque “Chalate” (como cariñosamente conocen allí a Chalatenango), fue una zona especialmente machacada por el ejército durante la guerra. 

En Chalate rara es la casa y la familia que no tiene asesinados y mártires de la guerra; pero rara es también la casa, por muy pobre que sea, que no tiene una imagen del Monseñor Romero, y todos te cuentan que el Santo pasó por allí, que estuvo tomando “cafecito” en su casa, y que era “un obispo de los de abajo”. 

Si todo el Salvador es tierra de mártires, Tierra Santa, Chalate, al norte del país y fronteriza con el sur de Honduras, sin duda que mucho más. En sus calles, en sus “cantones” hay heridas profundas de la guerra, hay mucho sufrimiento pero también mucha vida, mucha esperanza y mucha fe en el Dios de la vida, en el Dios liberador que llevan en su corazón y en sus familias. El 16 de noviembre de 1989 las balas asesinas del ejército mataron a siete inocentes, pero no pudieron ni podrán matar ni la alegría del pueblo salvadoreño ni la lucha en favor de la justicia. 

Cuando cayó asesinado Rutilio Grande ( que ahora, el 22 de enero va a ser por fin beatificado), y después San Romero de América ( como desde el principio lo bautizó el otro gran santo de América latina, San Pedro Casaldáliga), nadie podía imaginar lo que después iba a suceder en aquellos doce años de guerra civil fraticidaSan Romero la predijo la víspera de su asesinato, y no se equivocó. En aquella guerra murieron miles de salvadoreños, simplemente por ser pobres y por querer defender una justicia social, por querer reivindicar pan para todos. 

En aquella mañana de noviembre, cuando Obdulio fue a la UCA, a la comunidad de los jesuitas, no podía suponer lo que después vería: los cuerpos de los jesuitas, de su mujer y de su hija, ensangrentados y tirados por el suelo, no podía imaginar que la crueldad del ejército y del poder establecido, podría llegar a tanto. Porque la matanza de la UCA tuvo el mismo responsable que tienen todos los pobres de la tierra: el poder y el dineroEl mismo poder que mató a Jesús de Nazaret y que sigue haciendo que millones de seres humanos sigan muriendo por la injusticia y por la opresión. 

Los jesuitas molestaban al poder establecido, lo que decían y hacían era peligroso, y por eso el poder los mató. Y eso no es hacer política de partidos, derecha e izquierda, porque la política de los jesuitas era la defensa del pobre y del marginado, como dice San Pedro Casaldáliga en su padrenuestro “padrenuestro del pobre y del marginado”.  

Aunque es evidente que hacían política, porque para comprometerse con los pobres hay que hacer política y hay que jugársela por ellos. Y esa política no puede hacerse desde el poder, no puede hacerse desde arriba, sino desde abajo. De ahí que los tacharan de comunistas, como también tacharon de eso mismo a Monseñor Romero, y como podrían tachar a Jesús de Nazaret. Porque todo el que defiende al débil, es tachado de lo mismo. 

Incluso la misma Iglesia, desde su poder, en ocasiones, siempre defiende al poder. Y por eso tuvo que venir desde un continente pobre y marginado, machacado y humillado durante siglos, un papa que ha tenido la valentía de canonizar al obispo que murió mientras celebraba la Eucaristía y que va a beatificar próximamente a Rutilio Grande

Ese mismo papa que es también tachado de comunista y de anticristo. Porque ciertamente, ante el poder nadie se puede resistir, aunque el amor y la causa del Reino es más fuerte que ese poder. “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”, que decía Monseñor Romero, y ciertamente así es y será, porque su vida, su legado, su proyecto de fraternidad sigue vivo en cada rincón y en cada casa pobre, de cada campesino y campesina salvadoreña. 

La guerra salvadoreña tuvo un antes y un después de la matanza de la UCA, sus vidas truncadas, su sangre derramada en el jardín de la universidad, no fue en vano, sino que hizo posible que la guerra fuera llegando a su fin. La entrega de esta familia, como Jon Sobrino dijo nada más enterarse de lo sucedido, sin duda que conmocionó al mundo, y el poder del ejército tuvo que empezar a claudicar. 

En palabras del entonces presidente salvadoreño, Alfredo Cristiani, “no sabían nada de que iba a producirse la masacre”; y sin embargo, todo el mundo apunta a la complicidad del mismo expresidente salvadoreño, con la derecha y el ejército salvadoreño, apoyado por el otro gran ejército poderoso y anti-evangélico, el ejército americano. Y es que además, sobre el terreno, y desde un punto de vista práctico, era imposible que el ejército salvadoreño no pudiera enterarse de lo que pasó aquella noche, porque el cuartel general militar salvadoreño está situado justo enfrente de la UCA, separado por apenas una avenida. Y además, San Salvador, estaba en aquel momento en plena ofensiva del ejército. No podían saber nada de la masacre a no ser que fuera por una única razón: porque estaban ellos mismos implicados en la matanza, no solo como cómplices sino como autores materiales de ella.       La matanza de los jesuitas, como la de Rutilio, como la de Monseñor Romero, y como la de miles y miles de campesinos y campesinas fue decidida en el cuartel general salvadoreño y tele dirigida desde los propios Estados Unidos: fue llevada a cabo por una banda de sicarios a sueldo, a los que solo les importaba el dinero. 

Treinta y dos años después, seguimos celebrando este acontecimiento, con esperanza, con ilusión, pero a la vez con tristeza, y por qué no, también en ocasiones con rabia. Esperanza e ilusión porque no pudieron acabar con la vida de estos mártires, porque su vida sigue siendo germen de vida para todos; tristeza y rabia primero por su pérdida, y segundo porque los autores de la matanza continúan sin enfrentarse a la justicia, aunque es verdad que hace poco más de un año, el juicio se reabrió en la Audiencia Nacional española, y fue condenado uno de sus autores materiales. Quizás habría que haber condenado a todo el ejército salvadoreño y a todo el ejército yanqui, porque ambos fueron cómplices de lo sucedido. 

Los jesuitas y la UCA representaban una manera diferente de hacer teología y de hacer Iglesia. Ellos abogaban por una Iglesia de los pobres y para los pobres, arrancando su reflexión de la “Teología de la liberación”, en plena ebullición en aquellos momentos. Una Teología que parte del texto del libro del Exodo, que dice: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias…. El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí. He visto también la opresión a que los egipcios los someten” (Ex 3,7. 9). 

Ese clamor, y esas voces afligidas por el martirio y la opresión en Egipto que oyó el mismo Dios y que hizo posible la liberación del pueblo, a través de Moisés, fue el mismo clamor que oyeron los jesuitas de la UCA y que también les hacía sentirse enviados, como Moisés, a liberar al pueblo salvadoreño. Pero el faraón, el ejército salvadoreño, continuaba masacrando al pueblo y haciendo que las calles, que las cunetas y que las casas se llenaran de sangre inocente. 

Esa manera de leer la Biblia, esa manera especial de entender el mensaje del Evangelio era lo que molestaba a los poderosos y por eso decidieron darles muerte, su único delito, la única causa de su asesinato fue su amor incontestable a los pobres. Los jesuitas cometieron ese delito: enamorarse profundamente de los pobres y decirles que Dios no consentía ni quería su pobreza, que la voluntad de Dios es que todos podamos ser felices y disfrutar de la riqueza por igual. Que Dios no quiere pobres y que está en contra de la pobreza y la opresión. 

En palabras de Monseñor Romero: “No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada. No puede ser de Dios. De Dios es la voluntad de que todos sus hijos sean felices” (Homilía 10 de septiembre de 1978). Dios abomina la pobreza cuando no es fruto del compartir con el hermano necesitado. Todos tenemos derecho a lo mismo. Los jesuitas de la UCA, Monseñor Romero, Rutilio Grande, las religiosas estadounidenses, y miles de campesinos, leyeron el evangelio en una clave distinta, y esa clave les llevó a la muerte o a la conquista de la vida definitiva. Su asesinato fue sin duda “crónica de una muerte anunciada”, como lo fue la del mártir Jesús de Nazaret. 

Y lo más triste sin duda fue que la propia Iglesia, que supuestamente sigue a Jesús, no ha sido capaz de leer así el evangelio, y por eso condenó duramente ese modo de hacer teología, quizás porque esa Iglesia era y es, en muchas ocasiones, cómplice de injusticias y de opresiones. Quizás porque esa Iglesia del poder y de los títulos y vanaglorias es la misma que no entiende a Jesús ni al Evangelio, y que se parece más al Sanedrín y a los sumos sacerdotes del tiempo. Una Iglesia, que como dice también Gaillot, “no sirve y por eso no sirve para nada”. 

Esa Iglesia es la que tampoco ha entendido a estos mártires hasta que un papa, nacido justamente en tierras de opresión y marginación, ha sido capaz de resucitar a todos estos mártires. Ciertamente, ellos no necesitaban ese reconocimiento porque ya lo tenían por parte del pueblo; el pueblo salvadoreño ya los ha hecho santos a todos, pero sí ha supuesto un buen aldabonazo para muchos sectores de Iglesia, el reconocimiento oficial de parte de la Iglesia institución. 

“Cuando doy pan a un pobre, dicen que soy un santo. Cuando pregunto por qué el pobre no tiene pan me llaman comunista”, que decía Monseñor Helder Cámara. Y eso es lo que hacían los jesuitas preguntar por qué en El Salvador no todos podían comer, preguntar por qué no todos tenían derecho a vivir con la misma dignidad. Esa pregunta y su actuar, les llevo al martirio, a derramar la sangre por el pueblo. Pero su familia, su pueblo, después de 32 años les sigue no solo recordando, sino teniendo presente en su corazón, en sus calles y en sus casas. 

Como cada año asistiremos a “la procesión de farolillos”, en su memoria, por todo el recinto de la universidad. Y seguiremos siendo muchos los que honraremos su vida y muerte entregada. “Han matado a mi familia”, que decía Jon Sobrino (que a pesar de ser uno de los elegidos para la matanza, se salvó de manera milagrosa porque no se encontraba esos días en la UCA); pero la familia de Jon y la familia de todos los que creemos en una Iglesia distinta al estilo del Reino, al estilo de Jesús de Nazaret, sigue presente y siga viva en cada casa y en cada corazón salvadoreño. Porque esa entrega no termina. 

Hoy después de treinta y dos años continua la injustica y la pobreza en este pequeño y martirizado país. Y por eso, los jesuitas, y su herencia siguen vivos. Tenemos que seguir haciendo la misma teología que ellos hicieron, la teología de la liberación no ha muerto, porque, como también dice Jon Sobrino “mientras haya pobres, no se puede dejar de hacer teología de la liberación”. Mientras haya pobres no podemos bajar la guardia, no podemos dejar de leer el Evangelio y la vida, en la misma clave del Exodo. Tenemos que seguir oyendo el clamor y los quejidos del pueblo. Y por desgracia, en El Salvador, hay todavía muchas personas que se siguen quejando, que siguen clamando justicia. 

Después de 32 años tenemos que seguir defendiendo lo que los jesuitas de la UCA defendieron, y además hacerlo en nombre del Dios de la vida, y de los pobres crucificados salvadoreños y salvadoreñas, que siguen martirizados por la opresión y la injusticia. Por eso la Iglesia no puede estar callada, tiene que seguir también gritando y luchando en su favor. Que la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús de Nazaret siga haciendo posible la resurrección en el pueblo de El Salvador, que la matanza de la UCA no quede impune, y solo dejará de estar impune si nosotros ahora, como Iglesia, cogemos su antorcha y seguimos sus pasos. 

Gracias Ignacio Ellacuría, gracias Nacho Martín Baró, gracias Segundo Montes, gracias Armando López Quintana, gracias Juan Ramón Moreno, gracias Julia Elba, gracias Celina, gracias por vuestro testimonio cristiano y humano de compromiso en favor de los pobres, gracias por vivir y morir desde tomaros en serio el Evangelio. El Dios de la vida os mantiene siempre vivos y a nuestro lado. El pueblo salvadoreño se une un año más a esta acción de gracias y la Iglesia de Jesús de Nazaret también. 

Gracias mártires salvadoreños, gracias Monseñor Romero, Rutilio Grande, religiosas americanas, campesinos y campesinas del pueblo. Dios en Jesús os sigue dando las gracias: “Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla “( Mt 11, 25). Entre esos sencillos estáis vosotros y todos los que cada día hacen creíble con su testimonio el Evangelio y el Reino de Dios, porque el que Jesús vivió, lo asesinaron y resucitó, como lo hicieron con vosotros   

El milagro de Rutilio: Mons. Romero

«El día 12 de marzo hemos celebrado un nuevo aniversario del martirio de Rutilio Grande, un campesino y un niño, en 1977»
«Todavía, la Iglesia oficial exige que para comenzar ese proceso es necesario la aprobación de un milagro, de aquel a quien se quiere beatificar y luego canonizar»
«En el comienzo del proceso de beatificación de San Romero, el Papa apuntó a que el milagro de Monseñor fue su misma vida. Cabría ahora por eso preguntarnos cuál es el milagro de Rutilio Grande»
«El grano de trigo de Rutilio, el campesino y el niño, cayó en tierra, y no fue baldío, sino que dio mucho fruto, dio mucha vida, y produjo el gran milagro de Romero»
20.03.2021 | Javier Sánchez Seguir leyendo

31º Aniversario Mártires de la UCA

Treinta y un aniversario de la masacre de El Salvador Los jesuitas de la UCA: «Mártires políticos por encarnar el Evangelio de Jesús y no por la fe en tal o cual Dios»
Se puede calificar a los mártires jesuitas de «mártires políticos», porque como Jesús, denunciaban la opresión, y evidentemente eso es «hacer política», política de vida
La misma dimensión política que hubo en los asesinatos de Monseñor Romero, de Rutilio el Grande, y de miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador
Jon siempre dijo, que era un error, que Romero fue mártir por la justicia, por defender los derechos de los pobres, que su fe en el Dios de Jesús le llevaba a ser «portavoz de los sin voz»
Si el asesinato de Monseñor Romero llevó sin duda al grave enfrentamiento armado, el asesinato cruel de la de los jesuitas, llevaba al diálogo
Y entre medias miles de salvadoreños asesinados y masacrados, miles de masacres en todo el país, simplemente por defender los derechos humanos
Treinta y un años de martirio de la UCA, y nuestro mejor homenaje a ellos solo puede ser uno: que nuestra Iglesia, los cristianos, nuestro mundo, no nos olvidemos nunca de los pobres y los crucificados de El Salvador y de todo el mundo
16.11.2020 | Javier Sánchez, capellan cárcel de Navalcarnero
Hace treinta y un años ya, el mundo despertaba con una trágica noticia: el asesinato en masa de toda la comunidad de jesuitas que vivía en la UCA, en El Salvador, de la mujer que los atendía y de su hija. Y es famosa la frase que en esos días dijo el teólogo, y hermano de comunidad de los asesinados, Jon Sobrino, “han matado a toda mi familia”, que, por casualidades de la vida, no se encontraba en esos momentos con la comunidad, y que simplemente por eso salvó su vida, pese al enfado de los asesinos, que parece ser iban a por él como objetivo fundamental.
La familia de Jon fue asesinada sin piedad, los asesinos no escatimaron nada para acabar con todos, y por supuesto, teniendo como cómplices a los que desde siempre habían martirizado y martirizan a los pobres de El Salvador: los ricos, representados en el ejército salvadoreño, y en los sicarios que llevaron a cabo la matanza.
Matar a los jesuitas era prioritario porque ellos eran los que defendían los derechos y la dignidad de los más oprimidos y desfavorecidos, de este pequeño país salvadoreño. Estaban en guerra, es verdad, una guerra civil fraticida y cruel como todas las guerras, por supuesto; pero quizás a diferencia de otras guerras, no era una guerra de ideas o de maneras de ver la vida. La guerra salvadoreña era un enfrentamiento entre ricos y pobres; entre los que quieren vivir y entre los que nos les dejan vivir porque quieren acaparar todas las riquezas. Era una guerra de supervivencia, como la que se libra en estos momentos entre aquellos que quieren llegar a países del primer mundo desde Africa y se quedan en el mar; se trataba simplemente de querer vivir con un mínimo de dignidad, y los ricos, los terratenientes, en el fondo los mismos que mataron a Jesús de Nazaret, no les dejaban.
Los jesuitas encarnaban la defensa y la voz del “pobre y del marginado”, como dice el Padrenuestro de nuestro hermano obispo, fallecido recientemente, Pedro Casaldáliga. Eran los que desde su leer el Evangelio en clave de compromiso, intentaban vivir como lo hizo el mismo Jesús, y por eso la vida les fue arrebatada. No sólo murieron, sino que fueron asesinados por el mismo poder que mata y asesina a millones de seres humanos en todo el mundo, el poder que mata en las pateras del mediterráneo, el poder que mató a Monseñor Romero, y el poder que mató al hijo de Dios. Ese poder que estaba y está representado por los mismos de siempre, por los más ricos, por los que tienen mucho que perder, por los que oprimen. El ejército salvadoreño sin duda que no actuó solo, sino movido por los poderosos de los Estados Unidos, que veían y ven en El Salvador, un sitio especial de tránsito para sus traficantes de todo tipo.

Por eso, se puede calificar a los mártires jesuitas de “mártires políticos”, porque como Jesús, denunciaban la opresión, y evidentemente eso es “hacer política”, pero no política de partidos, como nos quieren hacer ver desde algunos sectores, es política de vida: es hacer vida lo que Jesús nos dice en el sermón del monte, en bienaventuranzas, el proyecto de vida cristiano: “Dichosos vosotros cuando os insulten y calumnien por mi causa, estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5, 11 ).
La causa de Jesús de Nazaret sabemos cuál es, la causa del débil, del indefenso, del pobre, del crucificado; y los jesuitas hicieron de esa causa la causa de su vivir, y de su morir; por esa causa fueron crucificados en aquella mañana trágica, pero llena de vida, de esperanza y de pascua, del 16 de noviembre de 1989. Por tanto, en el asesinato de los jesuitas, de la mujer que los cuidaba y de su hija, había y hay una dimensión política, similar sin duda al martirio político que también existió en los primeros mártires de la primera Iglesia.
La misma dimensión política que hubo en los asesinatos de Monseñor Romero, de Rutilio el Grande, y de miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador. Todavía recuerdo el enfado terrible que tuvo Jon Sobrino con la beatificación de Romero, el 23 de marzo de 2015 en San Salvador, ante el slogan que desde la misma Iglesia oficial se hizo por tal acontecimiento. “Monseñor Romero, mártir por la fe”, y Jon siempre dijo, que era un error, que Romero fue mártir por la justicia, por defender los derechos de los pobres, que su fe en el Dios de Jesús le llevaba a ser “portavoz de los sin voz”, y eso fue justo el motivo de su asesinato. No se trata de un martirio por creer en tal o en cual Dios, sino por hacer vida encarnada el mismo Dios de Jesús, el que predicó el maestro de Galilea. El asesinato de Romero, como el de los jesuitas, fue llevar a cabo un asesinato por el Reino, donde los pobres y los sencillos, los oprimidos, son siempre los últimos, y su defensa lleva a la cruz.
Por eso los primeros que acuden siempre al aniversario de la matanza de la UCA, año tras año, son siempre los pobres, el “pobrerío” salvadoreño, en palabras de San Romero de América. Así lo dice el que era provincial de la provincia jesuita aquel año, y después rector de la UCA, José María Tojeira: “el padre Pittau presidió el X aniversario del asesinato de la UCA y constató que la gente pobre estaba entrando con toda naturalidad en la universidad e iban caminando por ella con las antorchas, como por su casa”. Esos pobres, siguen acudiendo cada año para recordar y honrar a sus mártires, como también lo harán este año, en la procesión de farolillos, y en la Eucaristía de su memoria, aunque de manera distinta a otros años, por pandemia que todos estamos sufriendo.
A los jesuitas se les acusaba de comunistas y de revolucionarios, incluso desde el mismo seno de la iglesia, como acusaron a Romero, y a tantos otros. Pero los que les apoyaban y les apoyan, no son los comunistas, sino los pobres, y siempre me pregunto que sabrán esos pobres de Hegel o de Marx, que sabrán de materialismo dialéctico: ellos solo saben lo que sufren en sus carnes, en sus familias, y es la terrible injusticia social que padecen desde hace siglos. Ellos solo critican que no pueden comer, que mal viven en casas que al mínimo embate de la naturaleza se caen, ellos solo claman justicia, ellos solo reclaman un derecho a poder vivir dignamente. Pero para los poderes de cualquier tipo, incluso para los poderosos eclesiásticos, son comunistas, porque ven tambalearse su riqueza y sus puestos de poder. Igual que veía el sanedrín y los fariseos que aquel galileo ponía en juego su poder y su riqueza, y por eso lo asesinaron. No, no es lucha entre ateos comunistas y falsos creyentes, es lucha de vida, es lucha de reivindicar que todos somos iguales, que todos somos hermanos y que la tierra y los bienes que hay en ella son para todos.
Por eso, los mártires de la UCA, a quien conmemoramos un año más, son mártires de la doctrina social de la Iglesia, que es lo mismo que decir que son mártires del Evangelio de Jesús y de su causa, la causa del Reino.
Ese Reino que nos hace vernos como hermanos y hace que todos tengamos derecho a las mismas oportunidades y dignidad de vida, una realidad que aún hoy, después de tantos años, sigue sin resolverse en El Salvador. Los mártires de la UCA fueron asesinados por el mismo odio que mató a Monseñor Romero, en palabras del que era obispo en aquel momento Monseñor Rivera y Damas. Tanto odio tenían los que los mataron que no pudieron por menos que tirotear una fotografía del Santo Romero, que estaba en la Universidad, y quemar otra de ellas. Ese odio que hacia que vieran que Romero y su proyecto, como el de Jesús aun permanecía y permanece vivo en el pueblo. Un proyecto de vida que no terminó con el asesinato de Jesus de Nazaret, hace veinte siglos, ni con el asesinato reciente de Romero, Rutilio el Grande y los pobres de El Salvador.
Y además este martirio resultó ser lo contrario de lo que pretendían los asesinos, el martirio obligo al gobierno y a los poderes del ejército hacia los acuerdos de paz posteriores. El sacrificio de los jesuitas animó a tener más libertad y a frenar la idea que podía rondar de una solución militar para el conflicto armado.Fue tan deleznable este martirio que no tuvieron más remedio que sentarse a dialogar. “El empate técnico” que podríamos decir existía hasta entonces, entre el ejército y la guerrilla, se decantó hacia la irreversible paz.
Monseñor Romero había avisado en sus últimos días, antes de ser asesinado, de un enfrentamiento armado cruel si no se resolvían los problemas de justicia social del país; su asesinato sin duda llevo al grave enfrentamiento armado; ahora el asesinato cruel de la misma manera de los jesuitas, llevaba al diálogo. Y entre medias miles de salvadoreños asesinados y masacrados, miles de masacres en todo el país, simplemente por defender los derechos humanos. El asesinato de San Romero marca el comienzo del enfrentamiento, que es verdad ya existía larvado antes y el martirio de los jesuitas aboca al final. “ Morirá un obispo, pero La Iglesia, que es pueblo, vivirá para siempre”, que había alertado Monseñor Romero antes de su asesinato. Esa Iglesia que estuvo también presente después de su asesinato en los mártires de parroquias y comunidades, y también en los jesuitas. Aunque también es verdad que la Iglesia oficial tardó mucho en entender todo esto. Ha sido necesaria la llegada del papa Francisco a Roma, para poder entender el papel de la Iglesia salvadoreña en el conflicto y armado y en la denuncia de la injusticia social en un país como El Salvador, y por ende de todo lo que supuso y supone aún la Teología de la liberación. Una Teología que, como dice Jon Sobrino, nunca puede morir y por desgracia sigue estando de modo, “porque mientras haya pobres en el mundo, la Iglesia y la teología tienen algo que decirles”.
Por desgracia, todavía hoy en muchos sectores de nuestro mundo y de nuestra Iglesia, defender los derechos humanos y a los pobres, es considerado como de izquierdas, como en contra de lo establecido. Y es necesario, a mi entender, recuperar las palabras del Evangelio, que San Lucas nos relata: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios… ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo”, quizás Lucas y su comunidad, y el mismo Jesús de Nazaret, también eran de izquierdas. Por eso, desde nuestra Iglesia es necesario seguir denunciando esta situación de injusticia. Fue el encargo que le hizo el Cardenal Hummes al recién elegido Bergoglio, papa Francisco, “no te olvides de los pobres”, porque en el fondo olvidarse de ellos, sería no solo un olvido ético, sino también un olvido teológico: sería el olvido del Dios de Jesús, que está siempre a favor de los más crucificados, y que a través de ellos, desde el mismo relato del génesis, Dios nos pide cuentas, con la pregunta que le hace a Caín: “Donde está tu hermano?” (Gn 4,9).
Los pobres siguen presentes en El Salvador y en muchos países y lugares de nuestro mundo, por eso la causa de Jesús y de los que se toman en serio su seguimiento sigue abierta. Hace dos años canonizaron al Santo de América, y pronto, en palabras de Tojeira podrían beatificar a Rutilio y a los jesuitas, pero también junto a ellos a todos los que murieron de manera anónima por la misma causa y siguen muriendo. Por eso es importante reconocer que el pueblo es el que puede solucionar los problemas y no el poder, la solución a los conflictos, aunque más lenta, tiene que venir por la conciencia de la gente de lo que es más importante. Y esta idea comienza a despuntar en El Salvador, sobre todo cuando ellos van viendo que desde una adecuada educación por ejemplo es posible salir de la pobreza.
Treinta y un años de martirio de la UCA, y nuestro mejor homenaje a ellos solo puede ser uno, el mismo consejo del cardenal Hummes al papa Francisco: que nuestra Iglesia, que los cristianos, que nuestro mundo, no nos olvidemos nunca de los pobres y los crucificados de El Salvador y de todo el mundo.

2º Aniversario de la canonización de Mons. Romero

14 de octubre, 2 años de la canonización del obispo de los pobres Javier Sánchez: «En cada casa de campesino salvadoreño hay una foto de Romero»
«Es verdad que se trataba sólo del reconocimiento por parte de la “Iglesia oficial”, porque como también reconoció y escribió la misma noche de su asesinato, el otro santo de América, recientemente fallecido, Pedro Casaldáliga, “San Romero de América, pastor y mártir nuestro, nadie podrá callar tu última homilía”»
«Por fin la Iglesia oficial iba a hacer justicia. Y lo hacía en un tiempo especial para la vida de nuestras comunidades, estando al frente de ella el papa Francisco, un papa especial, un papa que ha sido capaz de hacer de la Iglesia un lugar de acogida»
«Desde ella misma se le tachaba en ocasiones de lo que los ricos de El Salvador lo tacharon: de comunista y revolucionario»
16.10.2020 | Javier Sánchez
El 14 de octubre de 2018, nos reuníamos en Roma casi todo el pueblo de El Salvador, el pequeño país de Centroamérica, martirizado por la injusticia, y tierra de mártires, para asistir a la canonización de nuestro Santo de América: Monseñor Romero. Es verdad que se trataba sólo del reconocimiento por parte de la “Iglesia oficial”, porque como también reconoció y escribió la misma noche de su asesinato, el otro santo de América, recientemente fallecido, Pedro Casaldáliga, “San Romero de América, pastor y mártir nuestro, nadie podrá callar tu última homilía”.
Y digo que nos reuníamos casi todo el pueblo salvadoreño en Roma, aquel día, porque ciertamente, en estos días, la Roma del papa Francisco, estaba “tomada por los salvadoreños y salvadoreñas”, que habían acudido, para que por fin se hiciera justicia, incluso en el seno de la propia Iglesia: reconocer a Oscar Romero como santo, como ejemplo de vida para los cristianos. Por fin, la Iglesia oficial de Roma, iba a proclamar santo a aquel hombre que fue asesinado mientras celebraba, no el rito de la Eucaristía, sino la presencia real de Jesús martirizado y resucitado, en aquella capilla del Hospitalito de San Salvador. Y lo digo con fuerza, por fin la Iglesia oficial iba a hacer justicia. Y lo hacía en un tiempo especial para la vida de nuestras comunidades, estando al frente de ella el papa Francisco, un papa especial, un papa que ha sido capaz de hacer de la Iglesia un lugar de acogida y misericordia para todos; un papa que ha hecho que la Iglesia sea, lo que rezamos en la Plegaria Eucarística: “Que tu Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.
Cuando, con la plaza de San Pedro a reventar de gente, escuchamos el nombre de Oscar Romero proclamado santo, yo creo que algo dentro de nosotros vibró de manera especial: habían tenido que pasar nada menos que treinta y ocho años, para que por fin la Iglesia se diera cuenta de quién era este hombre, y de qué importante era su vida no solo para los salvadoreños, sino para todos aquellos cristianos y cristianas para los que es modelo de vida y de evangelio. Porque ciertamente, Monseñor fue martirizado, después de su asesinato, por la Iglesia oficial, porque desde ella misma se le tachaba en ocasiones de lo que los ricos de El Salvador lo tacharon: de comunista y revolucionario, cuando la única revolución que llevó a cabo fue la de la justicia y la de la fraternidad, al estilo de aquel maestro de Galilea, llamado Jesús, que también fue asesinado como él. Al maestro de Nazaret, la religión judía oficial del momento, con el Sanedrín a la cabeza, no solo lo ejecutó sino que fue incapaz después de reconocer su proyecto; a Monseñor Romero, fue también la Iglesia oficial la que después de muerto, siguió acusando de perverso. Tuvo que llegar un papa de fuera de Europa, de tierras lejanas, de la América de Monseñor, para que reconociera su papel en la vida de la Iglesia y en el seguimiento de Jesús de Nazaret.
“Morirá un obispo, pero la Iglesia que es el pueblo, vivirá para siempre”, había dicho San Romero. Y es lo que descubrimos todos en Roma ese catorce de octubre; descubrimos una Iglesia viva, comunitaria, fraterna, universal… una iglesia que miraba hacia adelante y que intentaba hacer presente la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret. El obispo de los pobres, “Vos sos nuestra voz”, que le decía “su pobrerío”, a Monseñor Romero, estaba presente ahora nada menos que en la ciudad Santa, en la Roma de Francisco.
Y seguro que estaría diciendo que él no merecía tanto, seguro que estaría casi quitando su cuadro de la fachada vaticana. Pero el pueblo, que lo hizo santo la noche de su asesinato, por fin podía ahora venerarlo y alabarlo como se merecía. Porque es verdad que para poder ser canonizado, dicen que Romero hizo un milagro, pero todos los que sentimos su presencia entre nosotros sabemos que el gran milagro de Monseñor fue su vida, su vida entregada y derramada hasta la última gota de su sangre, por el pueblo pobre de El salvador, por “los crucificados y crucificadas salvadoreñas”, como diría su gran amigo Jon Sobrino.
El mismo Sobrino que tuve la suerte de ver rehabilitado por el papa Francisco, en la misa de acción de gracias, al día siguiente de la canonización. Fue un encuentro emocionante el que presenciamos, entre Francisco y Sobrino; cuando Jon saludó al papa, las palabras de Francisco fueron “gracias por tu testimonio”, con una sonrisa de oreja a oreja. Y los que estábamos a su lado pudimos disfrutar, porque era la rehabilitación definitiva del teólogo salvadoreño, que también estuvo a punto de ser masacrado, como sus compañeros jesuitas, en el recinto de la UCA salvadoreña. Y de nuevo, la Iglesia y el papa Francisco, volvían a hacer justicia: el teólogo perseguido en otro tiempo, en otro pontificado, por aquellos que se creían depositarios de la auténtica fe cristiana, era ahora reconocido como seguidor de Jesús, desde su entrega a favor de los pobres de El Salvador, desde su trabajo incansable y su teología encarnada en la realidad del pueblo crucificado.
La frase que reza en el altar de la capilla del Hospitalito de San Salvador, donde cayó asesinado Monseñor Romero, en aquel fatídico 24 de marzo de 1980 dice así: “En este altar Monseñor Romero ofrendó su vida a Dios por su pueblo”. Y es sin duda la frase que resume toda la vida de Monseñor: un apóstol de Dios para el pueblo. Tiene que ser para nosotros enseñanza de vida cristiana y de apuesta por el evangelio.
Frente a la Iglesia del poder y de las glorias, la Iglesia de los pobres, a la que sirvió Romero hasta el final de su vida. Una Iglesia que continua con vida en el país centroamericano, porque Monseñor sigue vivo allí. Y sigue vivo, no solo en los lugares santos y de peregrinación, como son su tumba o la capilla donde fue asesinado, sino especialmente entre su gente, entre las personas con las que convivió. Es emocionante ver que en cada casa de cada campesino se encuentra una foto del santo, es emocionantes escuchar a la gente del pueblo sobre Monseñor, “era un obispo de los de abajo”, nos decía, cuando tuvimos la suerte de ir allí, una anciana del pueblo de Arcatao, doña Eva, “y yo cuando venía por aquí siempre le cantaba y me daba mucha paz”. Esta mujer nos confesaba que había perdido en la guerra a su marido y a un hijo, y que todas las noches, en su pobre casa, veía las noticias de la televisión antes de acostarse, para después al irse a dormir, rezar por cada una de las personas que había visto necesitadas en las noticias “antes de dormir le pido al Padre por todas las personas que he visto necesitan de su ayuda y siempre le doy gracias a Monseñor por estar conmigo”. Y al escucharla y recordarla, se me caen las lágrimas de emoción y de agradecimiento. Doña Eva había entendido al Dios del evangelio, al Dios que Jesús nos enseñó, y había descubierto el rostro de ese mismo Dios, en el ser y actuar de nuestro Monseñor Romero.
A este pueblo especial de El Salvador, es al que Monseñor se dirigía, y arrancó de él también esa hermosa frase, “con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. El pueblo salvadoreño captó desde el comienzo que este hombre, Oscar Romero, era diferente a todos los pastores del momento, que su ser obispo, no era al estilo tradicional. Los obispos nos tienen acostumbrados al boato, al poder, a la gloria, pero “este obispo de los de abajo”, fue capaz de encarnarse en el pueblo crucificado y aprendió de él y de sus propios pastores, a hacer presente a Jesús en medio de ellos. Y digo que lo aprendió de sus propios pastores, porque Romero se convirtió a partir de los pobres, y del asesinato de otro buen pastor, el padre jesuita Rutilio Grande, a quien también asesinaron el 12 de marzo de 1977.
Ante la tumba de su amigo y hermano Rutilio, el obispo Romero reconoce que si a él lo mataron por hacer lo que hacía es que lo que hacía merecía la pena, que su vida era como la de Jesús. A Romero no le convirtieron los tratados de teología, sino la vida entregada de un pobre cura de pueblo que fue capaz de cargar sobre sí mismo con la pobreza y la injusticia de ese mismo pueblo, y por el dio también la vida. Ojalá que pronto podamos también asistir a la canonización de San Rutilio, porque la vida de Rutilio, como la de Romero, como la de Casaldáliga, y como la de tantos y tantos campesinos martirizados en América Latina, es cuerpo entregado y sangre derramada como la de Jesús de Nazaret.
Después de cuarenta años de su martirio y a los dos años de su canonización oficial, nos queda solo agradecer a Dios su vida, y pedir que sea siempre maestro de vida para nuestra Iglesia. En palabras del mártir Ignacio Ellacuría, “Con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”, ojalá que dejemos también que el Santo pase por nuestras comunidades cristianas para que las evangelice, para que nos haga también a nosotros descubrir el auténtico sentido del evangelio, que descubramos con su vida que solo se puede seguir a Jesús y ser fiel a El, si somos capaces de vivir como El. Ojalá que nuestra Iglesia sea siempre la Iglesia donde todos puedan estar, donde todos puedan expresarse, que no sea la finca de nada ni de nadie, sino que sea una “casa común”, donde todos, pero especialmente los más pobres puedan vivir y ser reconocidos con dignidad. Delante del santo, ponemos hoy también al todavía sufrido pueblo salvadoreño, que nunca pierda la esperanza, que siga luchando desde la fraternidad como luchó su obispo, y que siga sintiendo lo que él mismo decía: “resucitaré en el pueblo salvadoreño”.