A la memoria de Pablo Richard

‘Funcionarios del Evangelio’ y el ‘mal rayo’ que parte al pueblo 

                                                       Pablo Richard en el centro 

“Hasta los estadísticos yerran al sencillamente calcular el daño de la pandemia a base de “contagiados y fallecidos” por la enfermedad, sin hacerse cargo que la inmensa mayoría de las víctimas son los más de 500 millones de seres humanos lanzados a una miseria letal” 

“Ver que se proyecta un modelo de Iglesia como la poseedora de fórmulas sacramentales que por su abuso se convierten en hechizos supersticiosos y de condenas a mansalva contra los más necesitados de amor, no es algo bueno” 

“Los sacerdotes y demás ordenados no somos los ‘policías de la espiritualidad’, somos los que nos hemos echado la tarea de sanar corazones, de curar las almas. No es función del médico juzgar y descartar a los enfermos, sino curarlos, o al menos, aliviar su dolor” 

23.09.2021 | Pedro Rafael Ortiz S. 

La vida, reflexión y testimonio vivo de nuestro querido Pablo Richard me mueven a compartir estos pensares sobre la Iglesia y los estilos de vida que necesitamos revisar.  Urge una auténtica “conversión humana y pastoral”.    

Creer que se tiene la verdad “cogida por el rabo”, como decimos en mi pueblo no es lo mismo que dejarse guiar por la verdad. Con eso quiero decir que no es igual seguir a Cristo que creerse “administrador o funcionario” del Evangelio. Pero muchas veces esas cosas se confunden y los mismos que hemos sido llamados a ayudar en el pastoreo del pueblo de Dios nos creemos ungidos de un poder para fulminar y excluir sin darnos cuenta que lo que terminamos haciendo es lanzando rayos que parten el alma, que andamos “descartando” gente y lanzándolos a la miseria espiritual. 

Por eso, las advertencias de nuestro querido Papa Francisco contra la “cultura del descarte”, que comienza por consumir y descartar bienes y culmina con destruir y descartar a los seres humanos más débiles, es un llamado a la reflexión que me tomo de manera muy personal. Es una crítica a la salvajada de identificar como civilización la supuesta supervivencia del más apto, cuando en realidad lo que se hace en nuestra sociedad es que los que se creen “más aptos” usan a los demás como peldaños de una escalera que conduce al poder, no al Cielo que es plenitud.  

 Muchos ricos engreídos se creen más aptos que los trabajadores que sostienen sus riquezas. Los generales altaneros se forran a sí mismos de medallas mientras son los soldados rasos los que sirven de alimento para los misiles, y, los que creen dominar las fuerzas destructivas fabricadas por la ciencia, lanzan ataques sobre el horizonte que matan muchos civiles a mansalva. Hasta los estadísticos yerran al sencillamente calcular el daño de la pandemia a base de “contagiados y fallecidos” por la enfermedad, sin hacerse cargo que la inmensa mayoría de las víctimas son los más de 500 millones de seres humanos lanzados a una miseria letal. Desde la destrucción del Amazonas hasta la torpe fabricación de más guerras para asegurar dominios de países ricos sobre países pobres y de mayor explotación de magnates sobre los condenados a la miseria, lo que está en juego es demasiado. 

Ante un cuadro tan urgente, ver que se proyecta un modelo de Iglesia como la poseedora de fórmulas sacramentales que por su abuso se convierten en hechizos supersticiosos y de condenas a mansalva contra los más necesitados de amor, no es algo bueno. La miseria espiritual que resulta de eso, justifica esa cultura de echar seres humanos a los “infiernos sociales”, de cortarle el paso a las búsquedas humildes de una espiritualidad que le dé esperanzas a las luchas por la justicia. 

Los sacerdotes y demás ordenados no somos los “policías de la espiritualidad”, somos los que nos hemos echado la tarea de sanar corazones, de curar las almas. No es función del médico juzgar y descartar a los enfermos, sino curarlos, o al menos, aliviar su dolor. 

Me parece que esa enseñanza del Papa Francisco va en contra de la idea autoritaria que mira la Iglesia como un “súper-poder terrenal” que asigna a los obispos y curas la función de ser los jefes, los directores espirituales, los portadores de un rayo que condena. No necesitamos funcionarios del Evangelio ni gerentes de la salvación. Necesitamos urgentemente acompañar al pueblo sus luchas por el camino hacia la luz.  Testigos… tenemos!  Pablo,  entre ellos! 

Iglesias vaciadas y trasmisión de la fe

Antonio Gil de Zúñiga

 Es cierto que la pandemia hace que la gente se recluya más en sus casas y esto ha influido también en las celebraciones comunitarias de la eucaristía de los domingos. El hecho es que las iglesias están vacías, no sólo con la ausencia de jóvenes, también de adultos, más en hombres que en mujeres. Este dato afecta a todo nuestro país, tanto a la España vaciada como a la poblada.

El último número de Iglesia Viva se hace eco del problema con el tema monográfico “La transmisión de la fe”. Sin duda la descristianización de nuestra sociedad y de nuestra cultura europeas viene de lejos. Y en España, con el nacionalcatolicismo de la dictadura franquista, se ha considerado que era un problema europeo, pero no nuestro, porque España sociológicamente era un país católico y no había de qué preocuparse. En los años sesenta, sobre todo, Francia era un “país de misión”, pero no España. Para el nacionalcatolicismo sólo le interesaba la estadística, pero no la vivencia de la fe. Y ahora ya España galopa a la cabeza de países europeos, donde la estadística es contundente y clara al reflejar que el proceso de descristianización en nuestro país ha sido muy veloz. Así las cosas, España también es “tierra de misión”.

Antonio Duato, en su breve reflexión en el número ya citado de Iglesia Viva, trae a colación la famosa distinción de Marcel Légaut en 1970 entre religiones de autoridad y religiones de llamada. Las religiones de autoridad pivotan en torno al fundador y su autoridad, cimentada en la norma y la moral y con un contenido doctrinal dogmático único y no modificable. Y, por supuesto, se presentan ante los hombres y mujeres como la única religión verdadera. Las religiones de llamada “se difunden porque alguien siembra entre los hombres y mujeres relatos de vida, esperando que en todo tiempo y lugar esta semilla encuentre un corazón preparado para acogerla y producir un fruto de vida”. El cristianismo es una religión de llamada, pero, como advirtió Alfred Loisy, “Jesús predicó el Reino y vino la Iglesia”. Y los resultados están a la vista: una sociedad alejada del cristianismo y con iglesias vaciadas.

Los porqués pueden ser diversos y, como acontece en la vida civil, el análisis que hacen muchos clérigos es que la culpa es de los otros, de los hombres y mujeres, principalmente los jóvenes, que no se acercan a la fe cristiana, influidos por el secularismo, el materialismo, el relativismo…, incluso, para algunos clérigos de rango alto en la jerarquía, el concilio Vaticano II, por ser un concilio pastoral y  no de dogmas y condenas de herejías, y hasta el mayo francés del 68 propiciaron esta descristianización. Es fácil echar la culpa a los demás y no asumir la propia responsabilidad. ¿Dónde está la tarea evangelizadora de los primeros discípulos de Jesús de Nazaret y de tantos clérigos a lo largo de la historia? Aquel cura de misa y olla se ha convertido en un funcionario repartidor de sacramentos que abre la oficina parroquial una hora a la semana y “dice” varias Misas en su parroquia o en varios pueblos los domingos y festivos y ahí termina su tarea de ser testigo de la fe. Me viene a la memoria la conversación con un cura que había asistido a una reunión de su arciprestazgo y que tenía como tema la pastoral de jóvenes. A mi pregunta de las conclusiones de esa reunión su respuesta fue que habían decidido llevar a cabo una encuesta entre los jóvenes de la diócesis para determinar las causas del alejamiento juvenil de la Iglesia. Ante mi sorpresa no pude decirle otra cosa que la reunión fue una pérdida de tiempo, pues hay encuestas por doquier realizadas por entidades de prestigio como el CIS, la Fundación SM, la europea Pew Research Center, que detallan puntualmente la actitud de los jóvenes ante la Iglesia.

La responsabilidad de la España vaciada no sólo es de los gobernantes que se despreocupan de la vida en decadencia de los pueblos; también es de los ciudadanos y ciudadanas que no aportan ideas ni exigen a los gobernantes que pongan remedio a la situación de precariedad de la educación, la sanidad, los recursos económicos, las nuevas tecnologías… Otro tanto habría que decir de la Iglesia. Nuestras iglesias están vaciadas, porque también los laicos no asumimos nuestra responsabilidad de testigos de la fe. Es cierto que en la Iglesia la tarea de los laicos es más complicada, porque no hay estructura democrática, ya que no elegimos a nuestros curas, a nuestros obispos, ni al papa. Pero aún así debemos ser transmisores del evangelio, como corresponde a todos los bautizados, clérigos y laicos. No hace mucho, un amigo me compartió su preocupación de que su actitud como creyente respecto a sus hijos no había sido la adecuada, pues ni los bautizó ni les ha hablado directamente de la fe cristiana. Todo ello desde el respeto a la libertad individual para que ellos vean y decidan. Su actitud me pareció oportuna al tener como base la libertad del otro, pero también esa libertad se puede ejercer desde unas bases cristianas.

La tarea evangelizadora es responsabilidad de la Iglesia, de todos los bautizados, clérigos y laicos. Todo ello desde la coherencia de vida. Creo que aquí está el quid de la cuestión de las iglesias vaciadas. Se dice que los jóvenes se alejan de la Iglesia por el laicismo, el relativismo, el materialismo y otros muchos ismos, pero, a mi modo de ver, es porque perciben falta de coherencia de vida. No hay respuestas a sus preocupaciones existenciales. El evangelio habla de pobreza, de misericordia, de que el sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado…, y a la Iglesia jerárquica, principalmente, le preocupa el dinero, la moral sexual casi en exclusividad, el matrimonio de homosexuales…; o lo que es lo mismo, una religión de autoridad y no una religión de llamada.

La Iglesia no se puede anclar en el pasado ni tomar una actitud de mera observación ante lo que Zygmunt Bauman llama “la vida líquida”; una sociedad en continuo cambio, como si no existieran fundamentos para la vida del día a día. Siempre ha habido obstáculos para una “religión de llamada”, pero la acción misionera de los bautizados no ha descansado. El papa francisco en su Evangelii Gaudium nos recomienda: “Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual.. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!

¿Quiénes son los importantes?

Pagola: Los grandes son los que “saben poner su vida a disposición de otros” 

25 Tiempo ordinario – B 
(Marcos 9,30-37) 
Ciertamente, nuestros criterios no coinciden con los de Jesús. ¿A quién de nosotros se le ocurre hoy pensar que los hombres y mujeres más importantes son aquellos que viven al servicio de los demás? 

Para nosotros, importante es el hombre de prestigio, seguro de sí mismo, que ha alcanzado el éxito en algún campo de la vida, que ha logrado sobresalir sobre los demás y ser aplaudido por las gentes. Esas personas cuyo rostro podemos ver constantemente en la televisión: líderes políticos, «premios Nobel», cantantes de moda, deportistas excepcionales… ¿Quién puede ser más importante que ellos? 

Según el criterio de Jesús, sencillamente esos miles y miles de hombres y mujeres anónimos, de rostro desconocido, a quienes nadie hará homenaje alguno, pero que se desviven en el servicio desinteresado a los demás. Personas que no viven para su éxito personal. Gentes que no piensan solo en satisfacer egoístamente sus deseos, sino que se preocupan de la felicidad de otros. 

Según Jesús, hay una grandeza en la vida de estas personas que no aciertan a ser felices sin la felicidad de los demás. Su vida es un misterio de entrega y desinterés. Saben poner su vida a disposición de otros. Actúan movidos por su bondad. La solidaridad anima su trabajo, su quehacer diario, sus relaciones, su convivencia

No viven solo para trabajar ni para disfrutar. Su vida no se reduce a cumplir sus obligaciones profesionales o ejecutar diligentemente sus tareas. Su vida encierra algo más. Viven de manera creativa. Cada persona que encuentran en su camino, cada dolor que perciben a su alrededor, cada problema que surge junto a ellos es una llamada que les invita a actuar, servir y ayudar. 

Pueden parecer los «últimos», pero su vida es verdaderamente grande. Todos sabemos que una vida de amor y servicio desinteresado merece la pena, aunque no nos atrevamos a vivirla. Quizá tengamos que orar humildemente como hacía Teilhard de Chardin: «Señor, responderé a tu inspiración profunda que me ordena existir, teniendo cuidado de no ahogar ni desviar ni desperdiciar mi fuerza de amar y hacer el bien»

La Buena Noticia del Dgo 24º-B

CREER EN JESUS ES SEGUIRLE

  • Lectura del evangelio según san Marcos (8,27-35):

    En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
    Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
    Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
    Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
    Él les prohibió terminantemente decirselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.»
    Se lo explicaba con toda claridad. Entoces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
    Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

  • Actualización del mensaje
Los discípulos creen en Jesús como Mesías,
pero no es el tipo de mesianismo que Jesús quiere.                                                     
Jesús sigue la tradición profética del mesianismo sufriente.                               
Pedro se niega a aceptar la dificultad que acarrea la misión de Jesús.                          
Es lo que nos suele pasar a nosotros.        
Pero una profesión de fe sin seguimiento es incompleta.                                                 
No basta con creer en Jesús, sino que hace falta seguirle.                                              
 Jesús nos invita a creer en El y a seguirle en su camino de cruz.
¿Quién es Jesús para mi?                        
 ¿Lo conozco?                                                 
¿Qué significa para mi vida?                       
¿A qué Jesús seguimos? 

Meditación-contemplación

Y tú, ¿quién dices que soy yo?
No me interesa una respuesta teórica.
¿Manifiesta tu vida lo que Jesús vivió y predicó?
¿Te mueve, por encima de todo, el bien de los demás?
En tus manos está dar sentido a tu vida o malograrla.
Vivir como simple animal o como verdadero ser humano.
Lo que desde ti mismo, se convertirá en vida.
Lo que te guardes se convertirá en pura pérdida.
Si permaneces en tu falso yo. no podrás entenderlo.
Si descubres tu verdadero ser, ya lo has entendido.
Jesús, como hombre, te marcó el camino de la plenitud.
No tienes más que seguirlo en su trayectoria humana.

La lógica de Jesús no es la lógica de la Iglesia

 

Jesús invita a vivir la lógica del Amor del Padre 

07.09.2021 | Rufo González 

Comentario: Quien pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará (Mc 8,27-35) 

Los hechos narrados en el evangelio de hoy suceden “dirigiéndose a las aldeas de Cesarea de Filipo”. Al norte de Palestina, junto a las montañas del Hermón, cerca de las fuentes del Jordán, zona ya entonces de veraneo. Herodes Filipo, hijo de Herodes el Grande (Mc 6,17), convierte en ciudad residencial a Cesarea de Filipo. Le pone ese nombre por gratitud al emperador Augusto, protector de su familia, y en honor propio. 

Jesús quiere que tengamos clara su identidad. Por eso pregunta a los discípulos qué piensa la gente y ellos sobre él. Marcos y Lucas (9,18-21), señalan la confusión con Juan Bautista, Elías u otro profeta. Mateo (16,13-20), además de añadir a Jeremías, da algunas huellas más de la opinión popular. En la corte de Herodes, se creía que Jesús “es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él” (Mt 14,1-2). Jesús mismo había dado pie a la creencia popular al aludir a Elías como el profeta “que tenía que venir”, e identificarlo con Juan Bautista (Mt 11,14). Tras la transfiguración, Jesús dice a los discípulos: “Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron… Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista”(Mt 17,10-13). 

La pregunta a los discípulos, es contestada por Pedro, representando al grupo: “Tú eres el Mesías”. Identifica a Jesús como “el” (artículo determinado) “Mesías”que, bajo distintas concepciones, esperaba el pueblo judío. No han descubierto aún al Mesías real enviado por Dios. Por eso Jesús no acepta tal declaración sin más, y les prohíbe decirlo: “les conminó” como a espíritu inmundos (Mc 1,25; 3,12) o al viento (Mc 4,39). 

Jesús les aclarar su identidad mesiánica. Empieza a instruir” a “los discípulos” y a “la gente”. Cambia el nombre: “el Hijo del Hombre…”, en vez de el Mesías. Es “el Hombre”, que recibe el Espíritu divino (Mc 1,10), perdona pecados (2,10), es señor del sábado (2, 28). Rompe las expectativas de la tradición judía, de sus dirigentes y de los discípulos. El padecer es fruto de la reacción previsible de quienes viven la lógica del más fuerte, la de equivalencia, la de la ley… Jesús trae una lógica muy distinta. Es la lógica del Amor del Padre, que “hace salir el sol y bajar la lluvia sobre buenos y malos, justos e injustos” (Mt 5,45). De ahí que “tiene quepadecer mucho y ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Es el sufrimiento lógico del esfuerzo que lleva consigo el Amor, y de la reacción de los que no aceptan su lógica: los poderes políticos y religiosos (ancianos, sumos sacerdotes y letrados). La muerte no es el final: el Espíritu del Amor le resucitará pronto (“tres días”, “en un par de días”, en un tiempo brevísimo… Cf. Os 6,2). 

Pedro y Jesús se increpan mutuamente. Les mueven dos espíritus contrarios. Jesús lo aclara: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Oposición entre dos ideas de Mesías: el Hijo del hombre, lleno del Espíritu divino, que se entrega por la fraternidad universal, y el Mesías, sucesor de David, restaurador del reino de Israel, imponiéndose “como los jefes de los pueblos” (Mc 10,42), sujeto a la tentación del poder, propuesta a Jesús por Satanás, a la que la Iglesia ha sucumbido tantas veces. 

Llamando a la gente y a sus discípulos”, les propone su camino: superar el egoísmo en todas sus formas, soportar el sufrimiento sobrevenido de la propia limitación o de la injusticia. “El que quiera salvar su vida” (el egoísta quiere salvar “su” vida, no la de todos) no se realiza como persona, hecha para el Amor. “El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”: encontrará “el amor que no pasa nunca” (1Cor 13,8). 

“Lo que algunos dicen hoy”

 

Pagola: “Jesús sigue siendo un desconocido… Mientras tanto, ¿qué estamos haciendo sus seguidores?” 

También en el nuevo milenio sigue resonando la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No es para llevar a cabo un sondeo de opinión. Es una pregunta que nos sitúa a cada uno a un nivel más profundo: ¿quién es hoy Cristo para mí? ¿Qué sentido tiene realmente en mi vida? Las respuestas pueden ser muy diversas

«No me interesa. Así de sencillo. No me dice nada; no cuento con él; sé que hay algunos a los que sigue interesando; yo me intereso por cosas más prácticas e inmediatas». Cristo ha desaparecido del horizonte real de estas personas

«No tengo tiempo para eso. Bastante hago con enfrentarme a los problemas de cada día: vivo ocupado, con poco tiempo y humor para pensar en mucho más». En estas personas no hay un hueco para Cristo. No llegan a sospechar el estímulo y la fuerza que podría él aportar a sus vidas. 

«Me resulta demasiado exigente. No quiero complicarme la vida. Se me hace incómodo pensar en Cristo. Y, además, luego viene todo eso de evitar el pecado, exigirme una vida virtuosa, las prácticas religiosas. Es demasiado». Estas personas desconocen a Cristo; no saben que podría introducir una libertad nueva en su existencia

«Lo siento muy lejano. Todo lo que se refiere a Dios y a la religión me resulta teórico y lejano; son cosas de las que no se puede saber nada con seguridad; además, ¿qué puedo hacer para conocerlo mejor y entender de qué van las cosas?». Estas personas necesitan encontrar un camino que las lleve a una adhesión más viva con Cristo

Este tipo de reacciones no son algo «inventado»: las he escuchado yo mismo en más de una ocasión. También conozco respuestas aparentemente más firmes: «soy agnóstico»; «adopto siempre posturas progresistas»; «solo creo en la ciencia». Estas afirmaciones me resultan inevitablemente artificiales, cuando no son resultado de una búsqueda personal y sincera. 

Jesús sigue siendo un desconocido. Muchos no pueden ya intuir lo que es entender y vivir la vida desde él. Mientras tanto, ¿qué estamos haciendo sus seguidores?, ¿hablamos a alguien de Jesús?, ¿lo hacemos creíble con nuestra vida?, ¿hemos dejado de ser sus testigos? 

¿Quién decís que soy yo?

Written by Pepa Torres 

(Mc 8,27-35) 

El Evangelio de este domingo nos plantea tres claves que desde una lectura existencial pueden resultar especialmente sugerentes: 

– La primera clave es la pedagogía de Jesús. Jesús utiliza la pedagogía de las preguntas. Preguntas además que acontecen estando de camino (v 27)de lo cual se puede sacar en consecuencia que captar y acoger las preguntas del Evangelio requiere una disposición vital, una apertura al dinamismo de la vida, que es siempre lo opuesto a la inercia y a la instalación, porque éstas terminan por embotar la sensibilidad. En el Evangelio, más que respuestas dogmáticas, lo que encontramos son preguntas, preguntas orientadas al diálogo y la lucidez sobre alguna situación que se pretende enfrentar. Preguntas que cuestionan la imposición de la verdad y que van a lo fundamental. Jesús no busca nunca el monólogo autorreferencial, sino el diálogo que surge a partir de preguntas desinstaladoras, porque la verdad es siempre conversacional, es dialogal. Así sucede también en este texto. 

-La segunda clave provocadora es que la fe en Jesús no es doctrina, sino que remite siempre a la experiencia y ésta y pide ser narrada. Pero narrar el relato de sentido y Buena Noticia que es el Evangelio exige el cuidado de los lenguajesConfesar a Cristo es mucho más que rezar el credo, es comulgar con su vida y su proyecto y hacerlo inteligible en las culturas con hechos y palabrasLos mismos títulos cristológicos han de ser recreados desde la experiencia de las comunidades y sus contextos. Por eso la inculturación y el dialogo intercultural se convierten en una ineludible exigencia del creyente. Decir quién es Cristo hoy y hacerlo de manera universal es hacerlo desde la asunción de la gran riqueza y desafío que es la diversidad, superando la tendencia de la asimilación, la homogeneización y del anacronismo en que frecuentemente han caído los lenguajes, ritos y símbolos religiosos. Necesitamos profundidad de experiencia y creatividad pastoral para ello. 

-La tercera clave es la impertinencia del Evangelio. Es decir, su radical incomodidad, el descentramiento y éxodo permanente al que nos invita a vivir, su paradoja: El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará (v 35). Jesús es una memoria peligrosa y contracultural en el corazón de la historia y su espíritu nos mueve a no domesticarla ni acomodarla. 

En el contexto de un mundo pandémico, la violencia en las fronteras y el clamor por la vida de quienes intentan atravesarlas, desde el grito de las mujeres y las niñas exigiendo una vida liberada de la pobreza y la violencia patriarcal, Jesús nos pregunta también hoy a nosotros y nosotras: ¿quién decís que soy yo? ¿Qué contenido le damos a esa experiencia y desde qué lenguajes, gestos y acciones hacemos de ella un relato de sentido y solidaridad compartida con los y las más vulneradas? 

¿Quién decís vosotros y vosotras que soy yo?, el modo de responder a esta pregunta implica una forma de situarnos en la vida y ante los demás al modo de Jesús. El mesianismo de Jesús es un mesianismo descalzo. No es triunfalista, sino compasivo y kenótico y conlleva una dimensión conflictiva. A sus discípulos les cuesta entenderlo como nosotros y nosotras nos resistimos también a ello. Para Jesús, negar esta dimensión, como hace Pedro, es edulcorar el seguimiento y tentar a Dios. Esta es quizá una de las principales paradojas del Evangelio, que es a la vez Bienaventuranza, Buena Noticia y signo de contradicción. 

La Buena Noticia del Dgo 24º-B

Creer en Jesús es seguirle

El que quiera venirse conmigo, que me siga

– Lectura del santo evangelio según san Marcos (8,27-35):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decirselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.»
Se lo explicaba con toda claridad. Entoces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Actualización del mensaje

Los discípulos creen en Jesús como Mesías, pero no es el tipo de mesianismo que Jesús quiere.

Jesús sigue la tradición profética del mesianismo sufriente.

Pedro se niega a aceptar la dificultad que acarrea la misión de Jesús.

Es lo que nos suele pasar a nosotros.

Pero una profesión de fe sin seguimiento es incompleta.

No basta con creer en Jesús, sino que hace falta seguirle.

Jesús nos invita a creer en El y a seguirle en su camino de cruz.

¿Quién es Jesús para mi?

¿Lo conozco?

¿Qué significa para mi vida?

¿A qué Jesús seguimos?

Meditación-contemplación

Y tú, ¿quién dices que soy yo?

No me interesa una respuesta teórica.

¿Manifiesta tu vida lo que Jesús vivió y predicó?

¿Te mueve, por encima de todo, el bien de los demás?

En tus manos está dar sentido a tu vida o malograrla.

Vivir como simple animal o como verdadero ser humano.

Lo que des de ti mismo, se convertirá en vida.

Lo que te guardes se convertirá en pura pérdida.

Si permaneces en tu falso yo no podrás entenderlo.

Si descubres tu verdadero ser, ya lo has entendido.

Jesús, como hombre, te marcó el camino de la plenitud.

No tienes más que seguirlo en su trayectoria humana.

Aprender a mirar con los ojos de Dios

Cardenal Omella: “Nos estamos olvidando de tocar la vida”

“Integrados cada vez más en un mundo tecnológico, convertimos la realidad en una mirada fácil, fugaz y superficial. Y, lo peor de todo, mucha gente mira pero no ve nada”

“Entrenados para evitar las miradas que no nos gustan, pasamos a otra pantalla y listos. Nos estamos olvidando de tocar la vida. Estamos dejando de sentir los latidos del corazón. Nos estamos perdiendo la vida en directo”

“Hay que volver a aprender a mirar. Y en verano, con más tranquilidad y rodeados de naturaleza, es un buen momento para hacerlo”

“Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. Y, de manera particular, en nuestro prójimo. hacer visible ese mundo en que hemos convertido a los más desfavorecidos en personas totalmente invisibles”

Por Cardenal Juan José Omella

Integrados cada vez más en un mundo tecnológico, tenemos la tentación de mirar la vida a través de las pantallas de nuestros dispositivos. Incluso estamos modificando el modo en que procesamos la información. Pasamos de una pantalla a otra a toda prisa y convertimos la realidad en una mirada fácil, fugaz y superficial. Y, lo peor de todo, mucha gente mira pero no ve nada.

La sociedad, además, nos entrena para evitar las miradas que no nos gustan. La pantalla se convierte en una barrera para que no nos ensuciemos las manos. Nosotros decidimos si queremos ser testigos del sufrimiento de otras personas. Si no nos gusta, pasamos a otra pantalla y listos. Vemos la pobreza e injusticias del mundo de reojo, sentados cómodamente en el sofá de nuestra casa.

Durante unos segundos, nos indignamos, sí, pero no hacemos nada porque, sin darnos cuenta, ya hemos cambiado de pantalla. Así, se nos escapa el mundo de las experiencias directas y los vínculos afectivos. Nos estamos olvidando de tocar la vida. Estamos dejando de sentir los latidos del corazón. Nos estamos perdiendo la vida en directo. Sin duda, ver el mar in situ es más hermoso que a través de una pantalla.Hay que volver a aprender a mirar. Y en verano, con más tranquilidad y rodeados de naturaleza, es un buen momento para hacerlo. Aprender a mirar es fijar los ojos verdaderamente. Es abrir la ventana de nuestra alma. Es amar todo aquello que nos ha sido dado. Maravillarse por lo que nos rodea, como los bebés, que se quedan observando embelesados cualquier objeto que descubren, como si fuera lo más extraordinario del Universo.

Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. Y, de manera particular, en nuestro prójimo. Aprender a mirar es viajar a las profundidades del corazón para ver mejor lo que está fuera. Pero también es confiar, creer en lo que no se ve. Si lo hacemos, como dice san Agustín, la recompensa será ver lo que uno cree.  Porque quien contempla a Dios, aprende a descubrirlo también en los demás.Aprender a mirar es hacer visible ese mundo en que hemos convertido a los más desfavorecidos en personas totalmente invisibles. Intentemos mirar ese mundo con los ojos de Jesús, que miraba a los más vulnerables y se compadecía de ellos, porque estaban perdidos y abandonados como ovejas que no tienen pastor (cf. Mt 9,36). Ya decía san Juan de la Cruz que el mirar de Dios es amar. Y es que solo el amor puede hacer visible lo invisible.

El papa Francisco, en numerosas ocasiones, nos invita a contemplar el mundo con los ojos de Dios. Es la mirada de su amor incondicional, compasiva, benévola y misericordiosa. En esa mirada cada ser humano descubre su dignidad y el sentido de su existencia: ser amado por Dios. Y con esa mirada también tenemos que aprender a mirar a nuestro prójimo.

Es preferible un ateo ético a un cristiano indiferente a los sufridores de las periferias

Leonardo Boff

Esta frase no es mía. La ha repetido varias veces el Papa Francisco al ver cómo cristianos rechazan a refugiados famélicos y desesperados que buscan en Europa salvar sus vidas. Quien tiene a Dios en los labios pero está lejos de la sensibilidad humana y de la justicia mínima, está lejos de Dios y su Dios es más un ídolo que el Dios amante de la vida y de la ternura de los oprimidos.

Quien vive los valores de la justicia, de la solidaridad, de la compasión y del cuidado de unos a otros, incluyendo a la naturaleza, está más próximo a Dios que el piadoso que frecuenta la iglesia, hace sus rezos y comulga, pero pasa de largo ante los pobres que encuentra en la calle.

El presidente norteamericano Busch Jr usaba frecuentemente a Dios así como Bin Laden. En nombre de su Dios hicieron guerras y promovieron atentados aterradores. Era un Dios belicoso, enemigo de la vida y destructor despiadado de ciudades enteras con innumerables víctimas, particularmente niños inocentes.

Entre nosotros el presidente Jair Bolsonaro pone a Dios por encima de todo, pero en la práctica lo niega en todo momento con su odio a los negros, a los quilombolas, a los indígenas, a los homoafectivos y a sus adversarios políticos, a los que transforma de adversarios en enemigos a quienes se debe perseguir y difamar. Se ha acostumbrado a la mentira directa, a las fake news hasta el punto de que nunca sabemos cuándo dice la verdad o simplemente está diciendo otra mentira.

Lo más grave, sin embargo, es que el Dios que tiene continuamente en sus labios no le ha movido a tener un gesto de solidaridad con los miles de familias que lloran a sus seres queridos, parientes y amigos. Nunca ha visitado un hospital para ver la dramática situación de la falta de oxígeno y la muerte por asfixia de cientos de personas, como ocurrió en Amazonas. Si por lo menos hiciese una obra de misericordia que es visitar a los enfermos. Su práctica niega a Dios y le convierte en un ateo práctico, anti-ético y perverso.

El odio que destila, la falta de respeto y veneración ante la sacralidad de la vida incorpora rasgos que las Escrituras atribuyen al anti-Cristo. Es propio del anti-Cristo usar el nombre de Dios y de Jesús para engañar y seducir a las personas hacia el camino de la perversidad. Marca del anti-Cristo es su desprecio por la vida y su pulsión por la muerte.

Pero ese Dios es un ídolo porque no es posible que Dios vivo y verdadero quiera lo que él quiere. El ateísmo ético tiene razón al negar este tipo de religión con su Dios que justificó en otro tiempo las cruzadas, la caza de brujas, la Inquisición, el colonialismo, la Shoah judaica y actualmente el genocidio provocado por la Covid-19, particularmente entre los indígenas y los pobres, sin protección en las grandes periferias de las ciudades.

¿Es posible aún creer en Dios en un mundo que manipula a Dios para atender a intereses perversos del poder? Sí, es posible, a condición de que seamos ateos de muchas imágenes de Dios que entran en conflicto con el Dios de la experiencia de los practicantes religiosos sinceros y consecuentes y de los puros de corazón.

Entonces la cuestión hoy es: ¿Cómo hablar de Dios, sin pasar por la religión? Porque hablar religiosamente como Jair Bolsonaro y antes Bin Laden y Busch hablaron es blasfemar de Dios.

Pero podemos hablar secularmente de Dios sin mencionar su nombre. Como bien decía el gran profeta ya fallecido, Don Casaldáliga: si un opresor dice Dios, yo le digo justicia, paz y amor, pues estos son los verdaderos nombres de Dios que él niega. Si el opresor dice justicia, paz y amor, yo le digo Dios, pues su justicia, paz y amor son falsos.

Podemos hablar secularmente de Dios a partir de un fenómeno humano que, analizado, remite a la experiencia de aquello que llamamos Dios. Pienso en el entusiasmo. En griego, entusiasmo se deriva de enthusiasmós. Esta palabra se compone de tres partes: en (en) thu (abreviación de theós=Dios), y mos (terminación de sustantivos). Entusiasmo significa, pues, tener un Dios dentro, ser tomado por una Energía singular que nos hace luchar por la vida, por los derechos y por los empobrecidos.

Es una fuerza misteriosa que está en nosotros pero que es también mayor que nosotros. Nosotros no la poseemos, es ella la que nos posee. Estamos a merced de ella. El entusiasmo es eso, el Dios interior. Viviendo el entusiasmo, en este sentido radical, estamos vivenciando la realidad de aquello que llamamos Dios.

Esta representación es aceptable porque Dios se ha vuelto íntimo y dentro de nosotros, aunque también siempre más allá de nosotros. Bien decía Rumi, el mayor místico del Islam: “Quien ama a Dios, no tiene ninguna religión, a no ser Dios mismo”. Dios mismo no tiene religión.

En estos tiempos de idolatría oficial hay que recuperar este sentido originario y existencial de Dios. Su nombre es amor, es justicia, es solidaridad, es gratuidad, es capacidad de renunciar para el bien del otro, es tener compasión e infinita misericordia. Quien vive en esta atmósfera de valores, está sumergido en Dios. Somos habitados por el Dios interior a través del entusiasmo que da sentido a nuestras luchas.

Sin pronunciar su nombre, lo acogemos reverentemente como entusiasmo que nos hace vivir y nos permite la alegre celebración de la vida