Eucaristía, el don por excelencia

 


En la Carta Encíclica Ecclesia de EucharistiaSan Juan Pablo II nos plantea que la Iglesia recibió directamente de Cristo la Eucaristía, no únicamente como un don entre tantos otros, sino como «el don por excelencia», porque ―es un don en sí mismo, de su persona en su santa humildad y, además, de su obra de salvación. Esta no queda relegada al pasado, pues «todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos».recisamente por eso el Catecismo de la Iglesia lo reconoce como riqueza inagotable que se expresa mediante distintos nombres y cada uno de esos nombres evoca algunos de sus aspectos. Partiendo de allí, tomemos dos, por ejemplo, que comprendo como los más próximos al capítulo de los discípulos de Emaús. Estos nombres son: Banquete del Señor y Fracción del Pan.

Banquete del Señor o Fracción del Pan

Se le llama Banquete del Señor porque se trata de la Cena ―que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero en la Jerusalén celestial, así queda definido en el Catecismo. De la misma manera queda definida la Fracción del Pan como un rito propio del banquete judío ―utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia, sobre todo en la última Cena. Podemos resaltar que este gesto, al parecer, era muy practicado durante la comunión con los discípulos, sin duda no con la carga sobrenatural de la última Cena, pero sin duda con el mismo amor.

Con esta expresión los primeros cristianos “designaron sus asambleas eucarísticas. Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo con Él”. Por medio del pan y el vino, Jesucristo nuevamente se ofrece como un amor capaz de llegar al extremo, un amor que no conoce ni medida ni frontera, puesto que se trata de un amor que jamás se consumirá.

Quédate con nosotros, Señor

“Quédate con nosotros, Señor” (Lc 24, 28-29) y el Señor se quedó con ellos y con nosotros en la Eucaristía. Por medio de ella, los hombres podemos sentir la experiencia de Dios como fundamento de nuestra experiencia humana. Uno de los momentos en los cuales nos sentimos más radicalmente nosotros mismos es durante la Eucaristía, donde vivimos a fondo nuestra experiencia del amor, de la fidelidad y de la esperanza. En toda experiencia humana profunda, el hombre se ve remitido siempre a Dios y, yendo más allá de sí mismo, toca el misterio de Dios que lo rodea. La Eucaristía es uno de esos momentos profundos de nuestra existencia, pues, de alguna manera, en ella logramos experimentar nuestra última soledad. Nos hallamos frente a la experimentación profunda de los límites de la razón humana.

El capítulo de los discípulos de Emaús, Lucas 24,13-35, no hace otra cosa que exponernos ante estas cuestiones. Nos muestran el camino eucarístico como contingencia existencial para hacernos más sensibles ante la posibilidad de experimentar a Dios desde lo más sublime hasta lo que consideramos insustancialmente cotidiano, con la finalidad de invitarnos a vivir una vida en permanente atención, atentos a la escucha, abiertos a la certeza de lo insondable, de lo inexpresable, de la verdad que representa el acercamiento íntimo de Jesús en nuestras vidas. Paz y Bien


Por Valmore Muñoz ArteagaProfesor y escritor. Maracaibo – Venezuela

San Jerónimo. (Padre de la Iglesia, autor de la Vulgata)

San Jerónimo escribiendo. Caravaggio

Gran erudito, estudioso de los clásicos, anacoreta entregado a las más austeras penitencias, profundo conocedor y traductor de las Sagradas Escrituras, Doctor de la Iglesia y considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia Latina

Por Francisca Abad Martín

Gran erudito, estudioso de los clásicos, anacoreta entregado a las más austeras penitencias, profundo conocedor y traductor de las Sagradas Escrituras, Doctor de la Iglesia y considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia Latina.

Eusebio Hierónimo nació en Estridonón (Dalmacia) en la primera mitad del siglo IV. Su padre, Eusebio, gozaba de buena posición, con lo cual pudo enviar a su hijo a Roma para que estudiara con los mejores maestros. Allí aprendió gramática, retórica, filosofía y griego. Esto despertó en él una gran afición por los libros y comenzó a formar su propia biblioteca, unos los compraba y otros los copiaba de su puño y letra.

Hacia el año 366 pidió el bautismo y una vez recibido éste, consideró que debía cambiar completamente de vida, iniciándose en la práctica de penitencias y ayunos. Toma la decisión de viajar y se embarca sin rumbo fijo. Llega a Grecia y después a Capadocia y Cilicia, donde visita varios monasterios. Hacia el 374 llega a Antioquía, donde sufre una grave avitaminosis debido a tantos ayunos, que estuvo a punto de costarle la vida. Ya recuperado, comienza a profundizar en el estudio de las Sagradas Escrituras, perfecciona sus conocimientos de griego y más tarde, en la soledad del desierto, aprende el hebreo con un maestro judío, para poder tener acceso directo a la lengua original de las Sagradas Escrituras.

En el 375 sale de Antioquía y se va al desierto de Calcis, para seguir con sus ayunos y austeridades. Allí sufre grandes tentaciones, pasando un tiempo de fuertes luchas interiores, encontrando solo alivio en el estudio y la penitencia. Tendría poco más de 30 años cuando se dejó ordenar sacerdote por el obispo Paulino de Antioquía, pero a condición de seguir siendo monje solitario, sin tener que dedicarse al servicio del culto. Al finalizar el 378 reanuda su vida peregrinante. Atraído por la elocuencia de Gregorio de Nacianzo llega a Constantinopla, convirtiéndose en discípulo suyo. Permaneció allí tres años. Vuelve un tiempo a la soledad, pero regresa de nuevo a Roma hacia el año 382. Allí, el Papa San Dámaso ve en él un instrumento útil a su política eclesiástica y le hace su secretario. El asceta ayuda al Pontífice y éste le otorga su protección.

Allí comienza a tratar con un grupo de mujeres, viudas de patricios romanos, para las que se convierte en su amigo, consejero y guía espiritual, aunque exigente, rudo y autoritario. Les impulsa a estudiar la Biblia, cosa inaudita entonces para la gente normal, más aún tratándose de mujeres y a poner sus bienes al servicio de los pobres y enfermos.

Una vez fallecido el Papa Dámaso, comienza a despertar envidias y suspicacias, le tildan de indiscreto y exagerado en su espiritualidad y se decide abandonar de nuevo Roma. Otra vez va a Oriente y emprende el camino hacia Jerusalén. Hacia el 386 se establece definitivamente en Belén. Una de las viudas romanas, Santa Paula, le acompaña en su viaje, junto con su hija Eustoquia, también canonizada por la Iglesia. Allí, gracias a los bienes aportados por ella, construyen cuatro monasterios, tres femeninos y uno masculino, en el que se recluye San Jerónimo. En este lugar termina la traducción de la Biblia hebrea al latín, que había comenzado con San Dámaso, la que conocemos como “La Vulgata”, por su universalidad y que mereció la aprobación del Concilio de Trento, en la que colaboraron también Santa Paula y su hija, sobre todo ésta última por sus conocimientos del griego, el latín y el hebreo, cosa poco frecuente en una mujer en esa época.                                                                                                                                  Fallece en Belén a los 80 años el 30 de septiembre del año 420. El 20 de septiembre de 1295 es proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII.

Reflexión desde el contexto actual:

Jerónimo es uno de esos hombres que han dejado un gran legado cultural a la humanidad, sobre todo por lo que hace referencia a la traducción de los textos bíblicos al latín, conocido como la “Vulgata”, lo que supuso una unificación de las distintas versiones y de este modo favoreció el conocimiento de las Sagradas Escrituras. A partir de la Edad Media “La Vulgata” fue ampliamente difundida, sirviendo como base de las traducciones cristianas en Europa Occidental, gozando siempre de la oficialidad de la Iglesia Católica, que se ha perpetuado hasta el día hoy, si bien a partir del Concilio Vaticano II esta oficialidad ha ido perdiendo fuerza. Debido a este servicio a la Comunidad, el Papa Francisco, con motivo del XVI centenario de su muerte, pudo decir que “hoy mil seiscientos años después, su figura sigue siendo de gran actualidad para nosotros cristianos del siglo XXI”. Sin menoscabo alguno de la importancia histórica de la Vulgata, es obligado decir que su sacralización por parte de la Iglesia pudo obstaculizar en algún momento el que se hicieran otras versiones más perfectas y ajustadas al buen criterio exegético, pero este inconveniente no hay que achacárselo a S. Jerónimo   

CONVERTIRNOS EN DISCÍPULOS DE JESÚS

Todo cristiano está llamado a convertirse en discípulo de Jesús. De hecho, los primeros que se encontraron con él y lo siguieron se llamaron <<discípulos>>, es decir, hombres y mujeres dispuestos a aprender de su Maestro.

1 La tarea más decisiva

Sin embargo, hoy son mayoría los cristianos para los que Jesús no es, en modo alguno, inspirador de su vida. No aciertan a ver qué relación puede existir entre Jesús y lo que ellos viven día a día. Y, sin embargo, ese Jesús mejor conocido y más fielmente seguido podría transformar su vida. No como el Maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el fondo mismo de nuestro ser, puede ser nuestro Maestro de vida.

Por eso, lo primero que hemos de hacer es tomar conciencia de que la tarea decisiva de los cristianos es profundizar en nuestra relación personal con Jesús en el silencio y la escucha interior.

La crisis actual del cristianismo está sacudiendo sus cimientos como ninguna otra en el pasado. La Iglesia no va a poder llevar a cabo su misión en el mundo de hoy si los cristianos no nos convertimos en discípulos. Convertirnos en discípulos de Jesús no es una búsqueda ideológica, es un camino interior. No es buscar doctrina, es una experiencia mística. No es conocerlo desde fuera, es escucharlo en lo más profundo de nuestro ser.

¿Cómo despertar en nosotros el deseo de convertirnos en discípulos de Jesús? Lo primero es, sin duda, reconocer que tengo algo que aprender y que todavía ignoro:¿cuál es el sentido último de mi existencia?¿Quién soy yo realmente?¿Ya me conozco a mí mismo?¿Qué es acertar en la vida?. Además, para convertirme en discípulo de Jesús he de salir de mí mismo y de mi pequeño mundo para dar pasos hacia el encuentro interior con él.

Iremos descubriendo que, para él, Dios no es un concepto, sino una experiencia amistosa y cercana que le hace vivir y amar la vida de manera diferente. Sentiremos que Jesús vive a Dios como el mejor amigo del ser humano. Para él, Dios no es algo extraño que, desde lejos, controla el mundo y presiona nuestras pobres vidas; es el amigo que, desde dentro, comparte nuestra existencia y se convierte en la luz más clara y la fuerza más segura para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.

Nos sorprenderemos al descubrir que, según Jesús, lo que más interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable. Lo que busca siempre es una vida más digna, sana y dichosa para todos, empezando por los últimos. Lo que quiere Dios es vernos felices, desde ahora y para siempre. Esta es la Buena Noticia de Dios que nos enseña Jesús, nuestro Maestro interior: Dios es un misterio insondable de amor, liberación y salvación.

2 Adentrarnos en la existencia de Jesús

Hay cosas que conviene aclarar desde el comienzo: ¿qué buscamos nosotros al orientar nuestra vida en dirección a Jesús?. <<Maestro, ¿Dónde vives?>>. Todavía no le conocen, pero le llaman <<Maestro>>. Parecen dispuestos a aprender de él. Su pregunta es profunda: ¿dónde vives?, ¿cuál es el secreto de tu vida?. No buscan en Jesús nuevas doctrinas. Quieren que les enseñe dónde vive. Quieren aprender un modo diferente de vivir. Desean que Jesús les enseñe a vivir como él.

Jesús les responde directamente: <<Venid y lo veréis>>. Haced vosotros mismos la experiencia. Solo conviviendo con Jesús aprenderemos a vivir como él. Este es el paso que hemos de dar. Esto es hacernos discípulos de Jesús como Maestro interior.

Lo primero es buscar. Lo importante no es buscar algo, sino buscar a Jesús. Lo decisivo no es conocer más cosas sobre Jesús, sino encontrarnos con su persona viva, adentrarnos en su existencia.

Pero, sin duda, lo decisivo es <<aprender a vivir como Jesús>>. Aprender de su experiencia de Dios a creer en un Padre bueno en el que podemos confiar siempre. Aprender de Jesús a ser misericordiosos como el Padre para introducir en el mundo su misericordia. Aprender de Jesús a abrir caminos al proyecto humanizador del Padre, que quiere ver a sus hijos viviendo de manera digna, fraterna y solidaria.

Aprender de Jesús a identificarnos con la causa de los últimos, los más pobres y necesitados. Aprender de Jesús a acoger y escuchar a todos sin excluir a nadie. Aprender a orar como él en el silencio y en lo secreto del corazón. Contagiar esperanza como contagiaba él.

3 La atracción por una vida nueva

Si nos abrimos con cierta hondura a Jesús, nuestro Maestro interior y perseveramos escuchando en silencio su voz, nos sentiremos poco a poco atraídos hacia una vida nueva, una vida sencilla y humilde, abierta al misterio de Dios, entregada a hacer el bien a todos, sin excluir a nadie…

Por eso hemos de caminar con corazón humilde, sin apoyarnos en nuestras fuerzas, con fe grande en Jesús y confianza absoluta en Dios. Si nos mantenemos en contacto interior con él, su presencia en nosotros empezará a hacernos ver todo bajo una luz nueva. Nos iluminará para responder de manera evangélica en las diversas situaciones y antes los diferentes acontecimientos. Si perseveramos, experimentaremos poco a poco que Jesús, nuestro Maestro interior, se va convirtiendo en el centro de nuestra vida, el fundamento de nuestra existencia y la razón de nuestra esperanza última.

4 Jesús, Maestro interior, camino hacia el misterio de Dios

No hemos de olvidar nunca lo más decisivo. Vivir en contacto interior con Jesús como Maestro interior nos orienta hacia el misterio de Dios.

La cercanía al misterio de Dios que vive Jesús, su confianza total en un Dios al que invoca como Abbá, su relación íntima con él, hace crecer en nosotros la disponibilidad a acoger su misterio. Nos sentiremos cada vez más atraídos por ese Dios Padre- Madre.

Hemos de recordar siempre que, cualquiera que sea el nombre con que se le designe, Dios sigue siendo para todos un misterio insondable. El misterio último de la realidad, que algunos llamamos Dios, está más allá de todas nuestras palabras, dogmas, fórmulas o explicaciones.

También para los cristianos Dios es un misterio, pero, si vivimos en contacto interior con Jesús, se despierta en nosotros la conciencia de nuestra finitud y caducidad y se reaviva el deseo de la unión con ese Misterio insondable en el que desde ahora <<vivimos, nos movemos y existimos>> (Hechos de los Apóstoles 17,28 ).

Al experimentar su presencia amistosa en nosotros, nos va atrayendo a ser sus testigos con una vida más digna y más humana.

Al mismo tiempo, si nos vamos centrando en Dios, irá disminuyendo nuestro falso ego: el cuidado de nosotros mismos y de nuestro prestigio, y el encerrarnos en el  pequeño mundo de nuestros intereses.

Esta transformación nos conducirá a buscar el bien de los demás. Los últimos del planeta, es decir, los hambrientos, los que sufren abandonados por todos, los refugiados que huyen de las guerras, los que viven sin hogar…. adquirirán cada vez más importancia para nosotros. Irá creciendo en nuestro interior el olvido de nosotros mismos y, al mismo tiempo, nuestro amor servicial a los demás.

En este camino de transformación <<no hay ningún fin que alcanzar. El propio camino es el fin>> (K.G.Durkheim).

Permaneciendo en ese camino, guiados por Jesús como Maestro interior, nos encontramos en el movimiento que conduce hacia la plenitud de la vida en el misterio insondable de Dios.

Jesús maestro interior1: Lectura orante del evangelio

Colaboración de Juan de la Cruz García

Jesús fue un refugiado

José Luis Sánchez: «Jesús fue un refugiado en Egipto»

Jesús, María y José en Egipto, huyendo de Herodes.

José Luis Sánchez García, Vicario episcopal de Cultura y Relaciones Institucionales de la archidiócesis de Valencia y Director técnico de la Cátedra de la Caridad de la UCV, ante la Jornada del Migrante y el Refugiado

«Tenemos que conseguir que los migrantes sean vistos como una oportunidad, como un regalo, más que como un problema»

24.09.2022

La Vicaría de Cultura y Relaciones Institucionales de la archidiócesis de Valencia junto con la Cátedra de la Caridad Santo Tomás de Villanueva de la Universidad Católica de Valencia se unen a la 108ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado que tendrá lugar el domingo 25 de septiembre. El Vicario episcopal de Cultura y Relaciones Institucionales y director técnico de la Cátedra de la Caridad de la UCV, D. José Luis Sánchez García, ha enviado una carta a distintos ámbitos de la cultura para que participen de la reflexión que viene haciendo cada mes y que en esta ocasión quiere tratar este tema relevante y trascedente de la migración.

El Vicario episcopal ha indicado que “acoger a los migrantes y refugiados significa ver a Jesús refugiado en Egipto en cada uno de los rostros de los que llegan hasta nosotros. Esto no nos exime de tener en cuenta la legislación en esta materia. Para que la acogida pueda ser integradora y podamos compartir entre todos las bondades que aquí tenemos, es necesario que no se rompa el equilibrio y la armonía social”.

D.r Jose Luis Sanchez Garcia
D.r Jose Luis Sanchez Garcia

Sánchez García ha resaltado que “tenemos que conseguir que los migrantes sean vistos como una oportunidad, como un regalo, más que como un problema. Para ello, todos tenemos que colaborar, instituciones del estado y públicas, el derecho y las leyes, junto a nuestro deseo de familia universal. No todo es posible, tiene que haber límites para que la sociedad pueda ser integradora, siendo conscientes que uno o varios países no pueden acoger a todos. Necesitamos una ética de la sostenibilidad desde donde se plantee la colaboración de todos en este proyecto universal para que pueda ser una realidad”.

El Vicario episcopal de Cultura y Relaciones Institucionales de la archidiócesis de Valencia recuerda este año de manera particular a todos los migrantes y refugiados a causa de la guerra en Ucrania y de otros conflictos bélicos actuales, animando a que “con responsabilidad y compromiso, no les dejemos solos: Todos somos hermanos”.

Origen en la I Guerra Mundial

La celebración de la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado tiene su origen en 1914. Pío X, meses antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, llamó a todos los cristianos a rezar por los migrantes, conmovido por los millones de italianos que habían tenido que emigrar desde comienzos del siglo. Pocos meses más tarde, su sucesor, Benedicto XV, instituyó el “Día del migrante” para apoyar espiritual y económicamente las obras pastorales que ayudaban a los emigrantes italianos.

Migrantes
Migrantes

Desde entonces la Iglesia celebra esta jornada como una ocasión para expresar su preocupación por todas aquellas personas vulnerables que se encuentran desplazadas, rezar por ellas, brindarles apoyo y sensibilizar a todos sobre las oportunidades inherentes al hecho migratorio, fenómeno presente desde los comienzos de la historia de la humanidad.

Este año, bajo el lema “Construir el futuro con los migrantes y los refugiados”, el Papa Francisco ha insistido en el valor que supone la aportación de los migrantes y refugiados a las sociedades que los acogen, siendo su presencia “una oportunidad de crecimiento cultural y espiritual para todos”,que genera “espacios de confrontación fecunda”. Partiendo de la importancia de participar en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora, el Papa recuerda que el proyecto divino “es esencialmente inclusivo y sitúa en el centro a los habitantes de las periferias existenciales”. Esta colaboración implica “un trabajo minucioso de conversión personal y de transformación de la realidad” en la búsqueda de la justicia, la fraternidad y la paz en este mundo, ha indicado el Santo Padre.

El Vicario episcopal de Cultura y Relaciones Institucionales de la archidiócesis de Valencia y director técnico de la Cátedra de la Caridad UCV, al término de su reflexión ha apuntado que “los migrantes deben compartir con nosotros la construcción del futuro del que van a ser partícipes, sin que esto sea obstáculo para continuar ayudando a todas las personas vulnerables en nuestra nación, que siguen necesitando de nuestro apoyo. Para ello hemos de seguir desarrollando una sensibilidad que nos implique más a todos”.

Refugiadas vuelven a Odessa
Refugiadas vuelven a Odessa

Más de cien millones, obligados a huir

Según datos de ACNUR, en 2021 un total de 89,3 millones de personas se han visto obligadas a huir de sus hogares, de las cuales 27,1 millones son personas refugiadas (más de la mitad menores de 18 años). A estos datos hay que sumar en este añolos registrados por la invasión de Ucrania: al menos más de 5,6 millones de ucranianos refugiados en Europa y una estimación de más de 7,1 millones de personas desplazadas dentro de Ucrania. A finales de 2022 se prevé que, en todo el mundo, más de 101,1 millones de personas habrán tenido que huir de sus hogares.

Las causas de estos desplazamientos forzados son muy variadas: desde persecución, conflictos, violencia, violaciones de los derechos humanos o acontecimientos de graves alteraciones del orden público, a búsqueda de protección por motivos climáticos y medioambientales.

En este año del Centenario de la Coronación de la Virgen de los Desamparados podemos concretar nuestro apoyo colaborando con alguno de los proyectos que dan soporte a personas que han tenido que huir de sus hogares y necesitan ayuda (más información en https://centenario.basilicadesamparados.org/).

La versión sacerdotal de la Iglesia Católica

Agotamiento de la versión sacerdotal de la Iglesia Católica

Jorge Costadoat S.J.

En quince años la pertenencia a su Iglesia de los católicos en Chile ha
caído alrededor de un 30%.
Este colapso tiene que ver con muchos factores. Uno de ellos es la distancia
entre el sacerdote (sacer, en latín, sacro, separado de lo profano) y el resto del
Pueblo de Dios. Cuánto han incido en esta crisis los abusos que lamentamos
esta última década, suponemos que mucho. Pero, aparte de estos, el
distanciamiento tiene causas más profundas.

Un factor decisivo en este distanciamiento es la estructuración sacerdotal de la
Iglesia. Se dice que el problema es el clericalismo. Pero este es un déficit
moral. Hay presbíteros clericales y otros que no lo son.

El asunto de fondo es que la participación y la comprensión de los fenómenos que nutren la enseñanza y la toma de decisiones en la Iglesia es prerrogativa prácticamente
exclusiva de los sacerdotes. La estructura que hace posible todo esto, a saber,
el cristianismo sacerdotal, en sentido estricto no es un pecado. Pero genera
clericalismo y un sinfín de otros problemas. Ha habido otras versiones de
cristianismo a lo largo de la historia. Por ejemplo, el monaquismo. Hoy
muchas de las familias protestantes y, sin ir muy lejos, los bailes religiosos del
norte de Chile no se estructuran a partir de sacerdotes. La versión sacerdotal
del catolicismo, por el contrario, se ha vuelto muy problemática.

Una reforma de este modo de organización del mando en la Iglesia parece
muy difícil de imaginar en el futuro inmediato. El problema comienza en
los seminarios que forman a los ministros. El Concilio de Trento quiso regular
su formación. Creó seminarios en los cuales los jóvenes eran extraídos y
protegidos del mundo. Exigió de ellos un desarraigo (dejar a sus familia y
cultura) y los devolvió al mundo como agentes de una institución dedicada a
una misión sacralizadora (sacer, sacro, separado). Se los aculturó y, al menos
desde el Vaticano I, se los romanizó.

Entre cuatro paredes, en un régimen cerrado y autosuficiente (“institución total”) los formó como personas que debían llegar a ser consideradas perfectas (“estado de perfección”) y representantes de lo sagrado. La formación se organizó fundamentalmente en función de la celebración de la Santa Eucaristía. Ellos habrían de administrar la separación de lo sagrado y lo profano; los sacerdotes de un lado y el laicado del otro. Los seminarios actuales son en muchos aspectos distintos de los
seminarios tridentinos, pero en lo fundamental aún hacen de la separación el
factor articulador. La formación católica de los laicos/as, por otra parte, es
muy deficitaria. La catequesis no da para formar cristianos/as que se sepan
parte de una comunidad y que puedan participar en ella como adultos. Salvo
excepciones, la mayoría de los católicos/as no son parte de nada.

El caso es que precisamente esta separación lleva a la jerarquía católica, y a
los presbíteros en particular, a oponer Iglesia y mundo como dos magnitudes,
si no antagónicas, yuxtapuestas. Pero, ¿acaso la Iglesia no forma parte del
mundo”? Sí lo es, en ambos sentidos de la palabra. Para la fe católica toda
realidad es creada y, por tanto, buena. La Iglesia es tan creatura como
cualquier otra institución.

También se dice que una realidad humana es mundana en tanto falible y pecadora. Las piedras no pecan. Pero instituciones humanas, en cuanto obras de seres libres e imputables, pueden favorecer la comisión de pecados y, por tanto, son revisables y, para cumplir su función evangelizadora, deben reformarse de un modo parecido a como las personas han de convertirse. Si es necesario precisar el concepto, la Iglesia es aquella
sección del mundo que ha creído en Jesucristo y lo trasmite a lo largo de los
siglos, dando testimonio de él unas veces y un anti-testimonio otras.

Pues bien, la distinción Iglesia-mundo, cuando distribuye el bien y la verdad
del lado de la Iglesia y el mal y la ignorancia del lado del mundo, entorpece
gravemente anunciar el Evangelio a los contemporáneos. Una Iglesia que
niega su propia realidad no anuncia el Evangelio. ¿Cómo pudiera serlo sin la
mediación de todos los bautizados/as, sin exclusión? ¿Cómo pueden ser buena
noticia para el común de los cristianos/as unas enseñanzas que no provienen
ulteriormente de la experiencia de vida de ellos mismos? Los presbíteros en
los seminarios son formados para educar, pero no para aprender de los demás
cristianos.

En el postconcilio esta situación tiene como ícono Humanae vitae que
prohibió el recurso a medios artificiales de fecundidad y, además, demandó
que todas las relaciones sexuales entre los esposos estuvieran abiertas a la
procreación. Nadie puede decir hoy que esta encíclica haya sido recibida por
el Pueblo de Dios. No la ha aceptado el laicado. Más bien, la ha rechazado
ampliamente. El documento pontificio lamentablemente ha provocado la fuga
de muchas mujeres de su Iglesia. Otras han permanecido en ella, pero a costa
de enormes angustias. Las nuevas generaciones la desconocen. Este fracaso
magisterial no se subsana entregando a los esposos la interpretación de la
encíclica. Esta, además, constituye un candado doctrinal que impide a los

agentes pastorales orientar a los jóvenes y a las personas homosexuales, y de
otras formas de ser pareja.

Tampoco el Vaticano II, concilio extraordinariamente renovador, hizo las
innovaciones doctrinales suficientes para desmontar la versión sacerdotal de la
Iglesia. El Concilio impulsó reformas mayores. Niveló la relación entre los
ministros y los fieles al considerar el bautismo como común denominador;
puso a la jerarquía eclesiástica al servicio del Pueblo de Dios; reconoció al
amor como principio de redención absoluto para todos los seres humanos;
impulsó un diálogo Iglesia-mundo, pudiendo y debiendo aprender ella de este,
y no solo enseñarle.

Pero, por otra parte, el Vaticano II puso estas innovaciones en manos de los mismos sacerdotes, los celebrantes de la Eucaristía considerada la cumbre y la fuente de la vida de la Iglesia, es decir, los varones que han continuado separando y creyendo administrar lo sagrado y lo profano. Los decretos conciliares sobre el sacerdocio (Presbiterorum
ordinis) y su formación (Optatam totius) han constituido un progreso pero, al
no ir lo bastante lejos en la superación de aquella separación, la reforma
impulsada ha quedado a medio camino, lo cual, a la vez, ha facilitado
regresiones muy lamentables como lo ha sido una re-sacralización de los
ministros y nuevos alejamientos en su relación con los y las católicas.
En el período pos-conciliar los seminarios han procurado acercar a los
seminaristas al mundo real.

Lo han hecho como un asunto espiritual y pastoral, pero ignorándose que la espiritualidad y la pastoralidad cristianas auténticas solo pueden darse allí donde hay un diálogo, una interacción y una participación efectivas de todos los bautizados/a en la
tarea de anunciar el Evangelio. En la Iglesia Católica no hay cauces para
algo así. Todo queda entregado a la buena voluntad de los presbíteros.
La misma modernización de la formación de los seminaristas
–incorporación de ciencias como la psicología y la sociología- no ha
bastado. Si los seminarios de impronta tridentina que ejecutan la
separación Iglesia-mundo no son desmontados, los laicos/as seguirán
siendo víctimas de su propia Iglesia.

Pero no solo estos, también los mismos seminaristas tempranamente
comienzan a sufrir psíquicamente esta distancia operada entre Dios y su
creación. La separación Iglesia-mundo, que los inicia en el camino al
sacerdocio, los divide interiormente, los daña y enrarece el cumplimiento de
su misión. El régimen formativo genera personas que, por una parte deben
representar la perfección evangélica, una suerte de participación en la
infalibilidad, y, por lo mismo, se ven forzados a ocultar sus imperfecciones.

No debiera extrañar que pueda pensarse que esta escisión sea una causa
importante de los encubrimientos de los abusos sexuales, de poder y de
conciencia del clero. Pero, dejados estos aparte, una persona bipolarizada por
la formación recibida solo malamente podrá orientar la vida cristiana de los
demás. Bastante más ayudaría a los seminaristas una conciencia de falibilidad
y una experiencia de la misericordia. Así podrían hablar de la salvación como
una realidad experimentada en primera persona.

En suma, solo podrá haber una reforma de la Iglesia cuando se superen las
separaciones señaladas. De momento, el común de los católicos, y las mujeres
más que nadie, no tienen ninguna participación en la generación de las
decisiones más importantes de su Iglesia. Estas son obra de un estamento
sacerdotal que se elige a sí mismo y no se siente obligado a dar cuenta
(accountability) a nadie del desempeño de sus funciones. Los obispos y
sacerdotes son los “elegidos” por Dios, pero como si Dios no pudiera elegirlos
a través de las comunidades.

Así las cosas, la Iglesia no está a la altura de los tiempos y, porque la
Encarnación pide hacerse a los tiempos, a los tiempos de la autonomía de la
razón y a las demandas de dignidad de los seres humanos, muy difícilmente
puede ser testimonio de Jesucristo.

La Iglesia está en Sínodo

Al menos 100 de las 114 Conferencias Episcopales del planeta han enviado a Roma sus síntesis sinodales

El relator del proceso, Jean-Claude Hollerich, evalúa la consulta local lanzada por el Papa: “¡Esta increíble cifra nos dice que sí, la Iglesia está en Sínodo!”

El secretario general del Sínodo, el cardenal Mario Grech, garantiza que los resúmenes de los Episcopados no son “la tumba de la profecía”

El subsecretario español Luis Marín augura que el proceso tiene ya “una fuerza enorme, verdaderamente revolucionaria”

El cardenal Jean-Claude Hollerich, relator general de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, ha definido como “impresionante” la implicación de los diferentes grupos y realidades eclesiales en la primera fase de consulta sinodal que se ha cerrado justo antes del verano.

Con esta impresión inicial, detalló que el 98% de las 114 Conferencias Episcopales del planeta cuentan con una persona de contacto o un equipo sinodal y que, hasta hoy, ya han recibido 100 síntesis. “Y siguen llegando. ¡Esta increíble cifra nos dice que sí, la Iglesia está en Sínodo!”, compartió sin debelar cuales son los Episcopados más rezagados o ‘negacionistas’ del proceso.

Radiografía global

Es una de las conclusiones que los máximos responsables del Sínodo de la Sinodalidad han expuesto hoy en una rueda de prensa con motivo de repasar los pasos dados en la consulta mundial lanzada por Roma a todas las diócesis del planeta que ahora se encamina hacia una fase continental que analizará todas las propuestas lanzadas desde los diferentes países. Y todo, encaminado a octubre de 2023, cuando en principio está previsto que toda esta radiografía eclesial se exponga en una gran cumbre en Roma bajo la presidencia del Papa Francisco.

Hollerich puso en valor, tanto las reflexiones enviadas por las Iglesias católicas orientales, así como a través de los diferentes ‘Ministerios’ vaticanos, desde la Secretaría de Estado mano a mano con los nuncios al Dicasterio de los Laicos, pero también a través de la Unión de Superiores Generales y la Unión Internacional de Superioras Generales. “Las comunidades de vida consagrada tienen un patrimonio ‘sinodal’ que ofrecer a toda la Iglesia, y el proceso sinodal se lo ha recordado y nos lo ha recordado”, subrayó.

Diálogo sin precedentes

Todo esto le llevó a asegurar que “estamos ante un diálogo eclesial sin precedentes en la historia de la Iglesia, no sólo por la cantidad de respuestas recibidas o el número de personas implicadas (que para algunos que quieren confiar únicamente en números – que solo puede ser aproximado – puede parecer limitado) sino también por la calidad de la participación”.

“Contrariamente a lo que pudiera pensarse, muchas de las aportaciones enviadas no son meros pliegos de pretensiones, sino verdaderos trabajos de escucha y discernimiento”, apuntó el cardenal, que subrayó a continuación: “¡Quiero asegurarles que leeremos atentamente sus contribuciones y las tomaremos en serio!”.

No se trata de forzar

De la misma manera, volvió a recordar que el Sínodo “no es un parlamento donde se vota y se decide por mayoría y donde hay una izquierda y una derecha”. “No se trata de forzar”, alertó, quizá con el pensamiento puesto en el Camino Sinodal alemán. Además, Hollerich aseguró que “no estamos preocupados” porque el Sínodo pueda ser mediatizado por las cuestiones polémicas que pueden rodearlo, aunque reconoció que “las tentaciones” están ahí.

Con una dosis de realismo sobre la colaboración de algunos obispos en el proceso realizado, el secretario general de la Secretaría General del Sínodo, el cardenal Mario Grech, reconoció que “no nos hacemos ilusiones de que el principio de la consulta se haya aplicado con el mismo cuidado en todas las Iglesias”. “Estamos al comienzo de un camino eclesial que exige paciencia, exige una conciencia de que todos están llamados a participar, cada uno según su condición y función”, añadió. En este sentido, preguntado por las suspicacias generadas por el Camino Sinodal alemán, se limitó a

Sacramento de unidad

De hecho, se hizo de algunas de las críticas recibidas sobre el resumen realizado por los Episcopados a partir de las reflexiones de las parroquias y grupos locales. “Más de uno argumenta que los resúmenes de las Conferencias Episcopales serán la tumba de la profecía”, aseveró. Desde ahí, apuntó que “es hora de superar esta sospecha, esta reserva que ciertamente tiene sus razones históricas, pero que contrasta con la naturaleza de la Iglesia, que es “un” sacramento de unidad, es decir, un pueblo santo reunido y ordenado bajo la guía de los obispos”.

En este sentido, Grech lanzó un encargo a los prelados, a quienes les instó a no dar por zanjado el trabajo, sino a guiarse por el “principio de circularidad”, por el cual, tanto la síntesis nacional como continental han de ser trabajadas de nuevo por las diócesis. “Cada obispo está obligado a poner el documento en conocimiento de su Iglesia y leerlo atentamente al menos en los órganos participantes y redactar las observaciones con el equipo sinodal para ser enviadas a la Conferencia Episcopal o al Secretariado de la Asamblea Continental”, subrayó el purpurado en un proceso en el que se busca una “lectura crítica” que sea “capaz de activar la dinámica sinodal a través de la circularidad entre los sujetos y niveles de vida eclesial”.

Proceso irreversible

Para el subsecretario de la Secretaría del Sínodo, Luis Marín, la aventura sinodal hasta ahora es “decidida y claramente positiva”. Es más, sentenció que “no cabe duda de que, desde el Espíritu Santo, el proceso adquiere una fuerza enorme, verdaderamente revolucionaria”.

“Creo que estamos en un proceso irreversible, con distintas velocidades, lleno de matices y necesario de clarificaciones, pero sin vuelta atrás”, sentenció el agustino español, con el convencimiento de que “poco a poco, va calando, se va purificando y va renovando y reformando la Iglesia”.

Con la premisa de que se trata de un “proceso espiritual, en y del Espíritu Santo” que “tiene como eje el amor verdadero: hacia Dios, hacia la Iglesia, hacia la humanidad”, Marín considera que el camino de la sinodalidad abierto “evita el peligro tanto del ‘espiritualismo’ como del ‘sociologismo’”. “No se trata, prioritariamente, de cambio de estructuras (vendrá como consecuencia), minuciosas programaciones, profundas reflexiones académicas y mucho menos de reparto del poder o de marketing para la promoción personal o grupal”, alertó el religioso.

Descorrer cerrojos

Por eso, apuesta por conjugar como Iglesia a partir de ahora los verbos “salir”, “arriesgar”, “testimoniar” y “transformar”, que pasa por “escuchar a todos” en un “proceso integrador” y “dinámico” que implica “descorrer los cerrojos”. “No deben asustarnos las diferentes velocidades ni producirnos ansias el logro de resultados inmediatos”, apuntó, desde el deseo de “asumir un nuevo modo de ser Iglesia más coherente”. “Constraste y diversidad significa riqueza, esto no puede ser un proceso fotocopia, eso no es una familia y la Iglesia es una familia”, expuso con rotundidad.

Por su parte, la subsecretaría de la Secretaría del Sínodo, Nathalie Becquart, compartió “la impresionante movilización en todo el mundo para responder al llamado del Papa Francisco a participar en el Sínodo”. Así, puso en valor especialmente las aportaciones realizadas por países que atraviesan “múltiples crisis” como Nicaragua, Ucrania, Haití, Myanmar, Líbano, la República Centroafricana…

Estilo franco

Aterrizando en las cuestiones expuestas por los católicos, la religiosa francesa valoró “su estilo tan franco que no duda en nombrar no sólo las buenas experiencias de ‘caminar juntos’ que ya se están viviendo sino también en denunciar sin lenguaje de madera los obstáculos y las dificultades reales”.

Becquart no dudó en citar la síntesis enviada por la Conferencia Episcopal Española, para subrayar cómo, el trabajo realizado a lo largo de este primer año de consultas y encuentros “ya está dando sus frutos sobre el terreno y continuará”.

Acompañar de cerca

Con la vista puesta en la nueva etapa sinodal que se inicia, el padre Giacomo Costa, consultor de la Secretaría General del Sínodo y jefe del grupo de trabajo para la elaboración del Documento para la fase continental, aseguró que buscan “acompañar de cerca a cada continente no para imponer un modelo igual para todos, que no podría existir, sino para que cada uno encuentre el camino adecuado a sus circunstancias para crear una oportunidad de intercambio y comparación”.

En la rueda de prensa también tomó la palabra Susan Pascoe, miembro de la Comisión Metodológica de esta fase continental, que habló de la experiencia sinodal en Oceanía. En concreto, hizo referencia a las dificultades logísticas a las que se enfrentan para abordar un documento común, como el número escaso de vuelos, los costes de los viajes, los problemas para las conexiones digitales, las limitaciones del coronavirus… Aun así, valoró que “ya hay un impulso para una forma más sinodal de ser Iglesia”.

La Buena Noticia del Dgo. 26º-C

El peligro de las riquezas

El pobre Lázaro, invisible para el rico

Lectura de la palabra

Lucas 16, 19-31

Que escuchen a Moisés y a los profetas

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.

Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.

Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. «

Pero Abrahán le contestó: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.»

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.»

Abrahán le dice: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.»

El rico contestó: «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.

Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.»»

Comentario a la Palabra:

Las riquezas del rico Epulón le han impedido ver al pobre Lázaro, que está sufriendo cerca de su puerta, y le han hecho insensible e indiferente.

El peligro es la despreocupación y la indiferencia, el no querer enterarse de tantos Lázaros que necesitan una mano tendida. La idolatría del dinero es incompatible con el seguimiento de Jesús y la opción por el Reino, ya que es causa de la dureza de corazón frente al pobre.

¿Escuchamos a Dios que nos habla en la Sagrada Escritura y que nos habla en los pobres? ¿La Palabra de Dios transforma realmente nuestras vidas?

Comentarios

Los dueños no, los perros se compadecían y aliviaban el sufrimiento de Lázaro lamiéndole las llagas.

Tras escuchar el pasado domingo aquellas palabras de Jesús: no podéis servir a Dios y al dinero, leemos hoy esta parábola del rico y el pobre Lázaro (Eleazar). Lázaro inspira una profunda compasión.

Todos somos ricos y tenemos Lázaros a nuestra puerta.

Lázaro significa: “Dios ayuda”. Si salimos de esta Eucaristía con la sensación de que Dios es nuestra ayuda en la vida (y en la muerte), será una dicha.

A propósito de ver

En las parábolas de la misericordia hay un denominador común Ver o no ver.

o El buen samaritano vio al herido y actúo, el sacerdote y el levita le vieron, pero dieron un rodeo y pasaron de largo.

o El padre, ve venir al hijo pródigo y se alegró, mientras que el hijo mayor cuando vio venir a su hermano, protestó y no quiso celebrar nada.

o Jesús ve a los discípulos y los llama, ve a la multitud y se conmueve

Es importante dónde y cómo estamos situados en la vida para ver las cosas y las personas de una u otra manera. A veces “miramos para otro lado” o ni tan siquiera miramos a los “lázaros” de todo tipo que viven junto a nosotros. Cuando estamos satisfechos como el rico epulón, ni miramos cómo están los demás, nos da igual.

¿qué puede querer decir la parábola del pobre Lázaro?

o Esta parábola no es una descripción de cómo se desarrollará la vida después de la muerte. Se trata de una parábola, no una topografía de ningún lugar. (Algún “ingeniero” de la teología ha llegado a calcular los grados de temperatura del purgatorio y del infierno).

o Tampoco es una promesa-sedante a los pobres de un final feliz en compensación por lo mal que lo han pasado en esta vida. No es una invitación a la resignación de los pobres en beneficio del status quo de los ricos. El “más allá” no va a solucionar las injusticias del “más acá”.

o Tampoco se trata de una “escatología tarifada”: ¿Cuánto dinero me está permitido tener y almacenar de modo que Dios no me pueda echar nada en cara al final de los tiempos?

Cambio abismo por valla y concertinas.

        El texto evangélico de hoy dice que entre el rico epulón y el pobre Lázaro había un abismo imposible de pasar. Abismos y distancias entre ricos y pobres hay siempre.

o Hoy en día quizás no les llamaríamos abismos, pero sí que hemos levantado vallas entre pueblos ricos y pobres: la valla de Trump entre EEUU y Méjico, la valla de Melilla; hemos puesto concertinas y alambres de espino, fronteras y “papeles” infinitos para los “lázaros” emigrantes que van y vienen. Los ricos somos los que impedimos que los barcos de rescate: el “open arms”, el “aita Mari”, etc. lleguen a los puertos con los migrantes. Siguen existiendo abismos, grandes diferencias y distancias entre ricos y “lázaros”

También hoy hay -habemos- ricos y “lázaros”.

No perdamos de vista la misericordia de Dios.

El rico invoca a Abraham, al padre de Israel, de la religión, para que le alivie a él y a su familia. Pero el puente para pasar tal abismo es la misericordia.

¡Lázaro! (Eleazar) significa “Dios es mi ayuda”.

o Esta parábola es la reafirmación de que el dinero hace perder la cabeza al ser humano, nos vuelve locos. El dinero rompe toda posibilidad de comunicación con Dios y con los más pobres, crea abismos e impide una solidaridad y convivencia entre los hombres y pueblos.

o Con el dinero pretendemos hallar ayuda. En el dinero buscamos la seguridad porque no confiamos en Dios. Al rico le ayuda el dinero al pobre, a Lázaro le ayuda Dios.

o El dinero es el que crea los abismos (hades) y los sufrimientos, las diferencias de clases sociales, las miserias humanas, las llagas y la tristeza

o San Lucas es muy sutil y dice que solamente los perros se compadecían de Lázaro. Los dueños, no; son los perros los que se compadecen y alivian el dolor de Lázaro lamiéndole las llagas.

Y esta distinción tiene un transfondo teológico-cristiano: Perro, en el mundo bíblico, significaba extranjero-pagano. Los judíos, los religiosos no tenían misericordia. Son los paganos: los samaritanos (el buen samaritano), etc., quienes tienen compasión y sienten misericordia).

Los que “montan la película” son los “religiosos”, no los que sufren, ni los cristianos.

o Llama poderosamente la atención en esta parábola que ni Dios, ni Jesús ni Lázaro dicen ni palabra. Por ello, “me da” que todo el tinglado del infierno, la condenación, el fuego, la gota de agua, “te pido que”, etc., lo montan los “judíos”, es decir: los “hombres religiosos” de turno.

o El pobre Lázaro está medio muerto, dormitando en cualquier cajero automático, enfermo, lleno de llagas y moscas, como los niños africanos que vemos en el telediario… Pero Lázaro, el pobre hombre, no dice nada, se calla: espera la ayuda de Dios.

o Extrañamente el rico se dirige no a Dios Padre, ni a Lázaro, ni a Jesús (como el buen ladrón), sino a Abrahán. El rico, incluso en el “más allá”, no siente misericordia, no se acerca a Dios Padre, como el hijo pródigo. El rico epulón busca una especie de “tráfico de influencias” ·y apela a Abrahán, el padre de Israel, personaje más que importante. Y como Abraham es importante “me podrá echar una mano”.

o Los infiernos, los purgatorios y las diferencias abismales (abismos) están en este mundo, En el “otro mundo”, las cosas serán muy de otra manera y para todos, gracias a Dios.

Yo no puedo solucionar el problema del hambre del mundo, pero sí puedo apaciguar el dolor del “Lázaro” que está a mí puerta.

Como Lázaro, confiemos en la ayuda de Dios. Dios nos ayuda

LA INDIFERENCIA CREA ABISMOS

Written by Enrique Martínez Lozano

Lc 16, 19-31

Si la compasión -capacidad de vibrar con el otro, ponerse en su piel, ver las cosas desde su perspectiva, desear su bien y ofrecerle ayuda eficaz- es el “alma” de la sabiduría y el test que verifica la autenticidad espiritual, su opuesto es la indiferencia.

De entrada, la indiferencia es un mecanismo de defensa para evitar ser removidos por las situaciones que ocurren a nuestro alrededor. De ese modo, podemos permanecer en nuestra zona de confort, sin cuestionamientos ni responsabilidad, porque “ojos que no ven, corazón que no siente”.

En un nivel más profundo, la indiferencia es expresión de egocentrismo y narcisismo, que nos mantienen girando como peonzas en torno al yo y a sus intereses, sin ni siquiera advertir lo que sucede junto a nosotros.

Y más hondamente aún, la indiferencia es hija de la ignorancia. Vivimos egocentrados porque somos ignorantes que ponen su identidad en el yo, con lo cual, vivimos identificados con lo que no somos y desconectados de lo que realmente somos.

Tal actitud aporta “beneficios” -como todo aquello que mantenemos, ya que, de otro modo, la modificaríamos-, en tanto en cuanto logremos ir “compensando”, en el día a día, nuestras carencias y malestares. Metidos en nuestra burbuja egoica, vamos tratando de sobrevivir con el menor malestar posible, sin ningún otro anhelo ni horizonte.

Sin embargo, detrás de ese aparente bienestar, lo que hay en realidad es un “abismo” que nos mantiene irremediablemente separados de nosotros mismos y de los demás. El egocentrismo crea fracturas y genera dolor, porque se asienta en la mentira. Si todo es uno -la realidad conoce diferencias, pero no separación-, negarlo en la práctica implica situarse en el error de partida, que crea inexorablemente abismos, mundos y personas fragmentados.

¿Qué hay en mí de indiferencia y de compasión?

Celebrando el día de la Biblia

«Hacer de la Biblia el alimento sólido de nuestra espiritualidad» 

Celebrar el mes de la Biblia reconociendo el papel de las mujeres en su traducción y divulgación 

«Más preocupante todavía es que la Biblia no llega a formar parte de la espiritualidad cristiana católica, como una medicación imprescindible y un texto que el pueblo de Dios reconozca como fuente de vida, o de ‘alimento dulce'» 

«Falta más formación bíblica para todo el pueblo de Dios, incluidos los presbíteros que en sus homilías a veces se percibe que le hacen decir al texto lo que no dice o que los usan como ‘excusa’ para pasar a otro tema -casi siempre del ámbito moral» 

«Cuando Jerónimo perdió buena parte de su visión, fueron estas mujeres las que le ayudaron en su tarea, con lo cual no sería de extrañar que algunos de los escritos de Jerónimo sean de autoría de estas mujeres» 

Por Consuelo Vélez 

Septiembre se conoce como el mes de la Biblia. En el ámbito católico, por la figura de Jerónimo que murió el 30 de septiembre y fue quien tradujo la Biblia del griego y el hebreo al latín. Esa traducción se conoce como la «Vulgata», habiendo sido este el texto bíblico oficial de la Iglesia católica hasta 1979. En el ámbito protestante, de habla hispana, se recuerda la aparición impresa que hizo Casiodoro de Reina en 1569, conocida como la Biblia del Oso, porque en la tapa aparecía un oso comiendo miel desde un panal. Esta versión fue revisada posteriormente por Cipriano de Valera, dando origen a la famosa versión “Reina Valera”, que ha sido la Biblia más usada por los evangélicos de lengua castellana. 

Más allá de que la Biblia se celebre este mes, siempre es importante recordar que la Sagrada Escritura nos transmite la revelación divina, no a modo de una doctrina fija y literal, sino como bien lo explica la Constitución Dogmática Dei Verbum, mediante los géneros literarios y las condiciones particulares de los escritores sagrados, es decir, siendo ellos verdaderos autores, utilizando sus propios recursos, eso sí, contando con la inspiración divina que nos permite reconocer dichos escritos como Palabra de Dios

El número 12 de la Dei Verbum se refiere a la necesidad de investigar qué quisieron expresar los autores sagrados y para esto es imprescindible conocer bien los géneros literarios y el contexto desde el que escribieron, para interpretar los textos en consonancia con el sentido general de toda la Sagrada Escritura de manera que se pueda entender lo que Dios nos sigue diciendo hoy a través de su palabra. Es muy importante tomarse en serio esta responsabilidad para no hacerle decir al texto bíblico lo que no dice y menos para justificar nuestras posturas, trayendo un texto bíblico como ‘prueba’ de lo que decimos, cuando muchas veces el texto significa todo lo contrario. 

Tomarnos en serio esta responsabilidad todavía resulta difícil. Aunque Vaticano II afirmó que «la Sagrada Escritura debe ser el alma de la Teología” (Decreto Optatam Totius, 16), en muchas de las publicaciones teológicas que abordan distintos temas, no es tan frecuente encontrar el aporte desde la Sagrada Escritura a dicho tema. Por supuesto, la mayoría de los artículos, tratando la temática desde la perspectiva sistemática, hacen referencia de alguna manera a la Sagrada Escritura, pero esto no es lo mismo que indagar con la profundidad suficiente y los métodos exegéticos adecuados, la temática que se va a presentar. Algunas veces he recomendado a los organizadores de las obras colectivas que pidan a más biblistas esa colaboración, pero no veo que sea algo que se incorpore suficientemente

Pero más preocupante todavía es que la Biblia no llega a formar parte de la espiritualidad cristiana católica, como una medicación imprescindible y un texto que el pueblo de Dios reconozca como fuente de vida, o de “alimento dulce” -haciendo referencia al oso comiendo miel de la Biblia protestante-, como podría ser. Falta más formación bíblica para todo el pueblo de Dios, incluidos los presbíteros que en sus homilías a veces se percibe que le hacen decir al texto lo que no dice o que los usan como ‘excusa’ para pasar a otro tema -casi siempre del ámbito moral– en lo que los predicadores gastan mucho tiempo exhortando a los fieles para que no caigan en esos pecados de los que la Biblia generalmente no habla. 

El papa Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium (n. 146-147) insiste en que la homilía debe “prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación (…) Quiero insistir en algo que parece evidente pero que no siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que estudiamos tiene dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto al que utilizamos ahora (…) Si el predicador no realiza este esfuerzo, es posible que su predicación tampoco tenga unidad ni orden: su discurso será sólo una suma de diversas ideas desarticuladas que no terminarán de movilizar a los demás”. 

Finalmente, conviene recordar el papel de las mujeres en el trabajo de traducción de la Sagrada Escritura. Según testimonios escritos de San Jerónimo, fue un grupo de mujeres -Paula, Eustoquia, Blesila, Fabiola y, especialmente Marcela, entre otras, las que no solo lo sostuvieron económicamente para realizar su trabajo, sino que fueron las que, con su insistencia, interés y dedicación al estudio del texto bíblico, le ayudaron a mantener la constancia en su trabajo y llegar a los logros que la historia le reconoce. 

El mismo Jerónimo agradece la insistencia de estas mujeres y dice que muchos le critican por enseñarle a las mujeres -a las que se les considera el sexo débil- y no a los varones, pero él mismo cuenta, que los varones no le preguntaban nada y en cambio ellas estaban ahí, haciéndole preguntas con gran rigor intelectual y pertinencia sobre los temas bíblicos. Más aún, alaba la inteligencia de estas mujeres y la rapidez con que alguna de ellas aprendió el hebreo -ya sabían griego y latín-, reconociendo que había aprendido mucho más rápido que él y con mucha más fluidez y excelente pronunciación. 

En una de sus cartas llama a Marcela “supervisora de sus trabajos”, es decir, ella no solo controlaba el rigor intelectual de Jerónimo sino también organizaba su trabajo. Fue tanta la ayuda que ellas le prestaron que muchas de sus obras las dedica a estas mujeres. Pero aún más. Cuando Jerónimo perdió buena parte de su visión, fueron estas mujeres las que le ayudaron en su tarea, con lo cual no sería de extrañar que algunos de los escritos de Jerónimo sean de autoría de estas mujeres o por lo menos le hayan dado muchos de los insumos que luego este redacta en sus obras. Ellas también se encargaron de la edición y divulgación de sus escritos, a pesar de las resistencias que encontraron en los inicios. 

En definitiva, celebrar la Sagrada Escritura es comprometernos con el estudio serio sobre ella y el propósito de hacerla alimento sólido de nuestra espiritualidad pero también -para actuar en justicia-, reconocer el papel de las mujeres en tantas realidades en las que han sido protagonistas y se les ha invisibilizado y, en este caso, si se honra la memoria de San Jerónimo, con más razón deberíamos honrar la memoria de estas mujeres, sin las cuales no hubiera sido posible dicha traducción que fue tan importante para la Iglesia católica durante tanto tiempo. 

¿Cómo resucitar la fe perdida?

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas

Caminar
Caminar

«Tal parece que en nuestros tiempos ‘merodea’ una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas»

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

«Buscamos los culpables de nuestra pena… ¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa?»

«Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe»

Por Pedro Rafael Ortiz S. Sacerdote diocesano

Tal parece que en nuestros tiempos “merodea” una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas.   

La “pérdida” de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano. Es una situación difícil de contar a los amigos, dura para sobrellevar y, sin embargo, es más común de lo que podría parecer. Las fachadas de alegrías y las muecas disfrazadas de sonrisa o de sentido del humor muchas veces ocultan esa tristeza a los ojos de los demás. Cuando eso nos pasa, parecemos felices, pero por dentro la vida se desangra.

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

Buscamos los culpables de nuestra pena. Bueno -decimos- si yo soy la víctima inocente, entonces el culpable está fuera de mí. La culpa la tiene mi marido o mi mujer, la culpa la tienen los hijos malagradecidos, la culpa la tiene el patrono abusador. Hay quien, más sofisticado, dice que la culpa la tiene “el sistema”, la junta, el imperio. Todavía hay quien levanta los ojos al cielo y le reclama a Dios: “Tú tienes la culpa”, “Me trajiste al mundo para sufrir”.

Más a la corta que tener que esperar por la larga, el resultado es que se nos “muere” la fe. Como dice el viejo tango, “hoy no creo ni en mi mismo, todo es truco, todo es falso”.

¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas?

Cuando digo que tengo fe, ¿cuánta fe de verdad tengo? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa? ¿Maltraté a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos? ¿Fue cómplice de los abusos del patrono porque creía que así me iría mejor? ¿Traté de ser parte entusiasta de un sistema de opresión porque buscaba mi propio beneficio? ¿No me rebelé ante la junta fiscal Dictatorial porque no quería meterme en problemas? ¿Acepté el coloniaje del imperio?

Hay una canción popular que dice “la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale”. Dios nos trajo al mundo colmados de bienes y nos dio la ley de la libertad. De eso, no hay duda. Pero a nosotros nos toca convertir en obras la palabra. Si invierto mi día haciendo el bien, ¿qué tiempo tengo para andar penando porque me duele aquí o me duele allá? Si no convierto los dones que he recibido en ayuda para quien los necesite y si no pongo en práctica la palabra de libertad que me entregó Dios, cualquiera podrá decirme -como advierte el Apóstol Santiago- muéstrame esa fe sin obra, que yo con mis obras que demostraré mi fe.

Hay una canción popular que dice «la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale»

Para caminar tengo mis pies, que se mueven uno primero y el otro después. Si quiero que mi fe resucite, me toca ir, poco a poco, tramo a tramo, dedicando mis días a sembrar más vida.

Sembrador

Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Así no es. Si quiero que mi pueblo se libere de las cadenas de opresión, “tengo que trabajar” por la libertad lo poco o lo mucho que puedo cada día. He conocido a la gran luchadora de la patria puertorriqueña María de Lourdes Santiago, quien le decía a los de su partido que sencillamente se preguntaran cada día qué podían hacer por la independencia. Traduzco ese llamado a muchas causas, personales y sociales. ¿Qué puedo hacer hoy por mi prójimo y mi comunidad?

Las discusiones sobre teorías, estrategias, tácticas y todas esos asuntos son muy buenas. Sin embargo, me parece que el momento que vivimos nos exige “hablar menos y hacer más”.  Así decía José Martí,  “Hacer es la mejor manera de decir”. 

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe

Ante la muerte

La fe cristiana es capaz de sostener la esperanza»

Ante la muerte: la fe en el Dios de la vida

«Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo»

«Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos»

«Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad»

Por Consuelo Vélez

Nuestro Dios es el Dios de la vida y la promete para todos sus hijos e hijas: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). Pero esta afirmación se pone a prueba cuando llegan los momentos límite en la vida: sea una enfermedad, una catástrofe, un fracaso y, sobre todo, cuando se trata de la muerte. Esta última es la más definitiva y radical: no hay vuelta atrás, no se puede esperar que de alguna manera esa muerte se revierta; en verdad, la existencia de una persona llega a su final. Entonces, ¿dónde queda la promesa que Jesús hizo a los suyos y en la que nos seguimos apoyando todos los que hoy creemos en él?

Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad. Allí, cuando todo parece que se termina -o termina efectivamente- la experiencia de fe nos permite mantener la esperanza, no solamente como una actitud profundamente humana, sino como una verdadera experiencia del Espíritu de Jesús que, después de haber sido asesinado por los poderosos de su tiempo, no desaparece de la historia humana sino que sigue movilizando a sus seguidores para continuar apostando por la vida, haciendo posible que la vida en abundancia que Jesús había prometido, alcance a muchos, de generación en generación.

Esto no significa que no se sienta el dolor humano. De hecho, el mismo Jesús lo vive al final de su vida cuando invocando las palabras del salmo 22, expresa los sentimientos que lo embargan: “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado” (Mt 27,46) y, al menos los evangelios de Mateo y de Marcos, no muestran que ese dolor fuera suavizado, sino que “dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu” (Mt 27, 50; Mc 15,37). Otros evangelistas como Lucas, de alguna manera, presentan menos desgarrador ese momento, poniendo en boca de Jesús las palabras del salmo 31: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46). Por su parte el evangelio de Juan, relata así ese último momento: “Todo está cumplido. E inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19, 30).

El dolor humano es diferente dependiendo de la situación de la persona que muere. Si se trata de una persona anciana, es más fácil entender que esa vida que se iba apagando de alguna manera, lo hace definitivamente.

Más duro cuando se trata de una persona que, en la plenitud de la vida, muere y todo su proyecto queda truncado. Y no digamos cuando se trata de la niñez que, prácticamente, estaba comenzando a estrenar la vida y parecía tener todas las oportunidades por delante. También se hace muy dolorosa la muerte cuando es una muerte injusta, fruto de la maldad de otros seres humanos.

Pero en todos los casos, la fe cristiana es capaz de sostener la esperanza porque esta implica asumir la limitación humana, la creaturalidad que nos constituye e inclusive el mal fruto de la libertad humana, pero también, la confianza en que sí el espíritu de Jesús continúa animando la vida de los creyentes, de alguna manera, ese mismo espíritu sigue animando la vida de todos los que ya no están en esta historia. Confiamos, como lo dice Pablo en la primera carta a los Corintios que “si solamente para esta vida tenemos, puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todas las personas! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, como primicias de los que durmieron” (15, 19-20). Esta es nuestra fe y ella es la que nos sostiene en los momentos limite.

Ahora bien, esa fe no se improvisa. Esa fe se alimenta, se cuida, se práctica. Es la fe que da sentido a la cotidianidad sabiendo que todo lo que se hace es para intentar hacer presente el reino de Dios en el aquí y el ahora. Es la que da sentido a todos los momentos de la vida, aceptando los fracasos, agradeciendo los éxitos, experimentando que todo se recibe gratuitamente, de ahí que se intente compartirlo con generosidad: “Den gratis, lo que recibieron gratis” (Mt 10, 8).

Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos. Es la fe que apoyada en la “gran nube de testigos, nos permite sacudirnos de todo lastre que nos asedia y nos fortalece ante la prueba, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hc 12, 1-2).

Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo. También con la calidad de nuestras relaciones con los demás, con la riqueza de cada persona, con los valores que constituyen la propia vida. Y, en medio del dolor que produce la ausencia de la persona que muere, es una gracia divina poder hacer propias las palabras de Pablo en la Carta a los Romanos.

“Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (8, 38-39). Sí, definitivamente, cuando se tiene fe, se vive la experiencia de que nada nos aparta del amor del Señor y en ese amor, nuestros seres difuntos permanecen en nuestra memoria y sentimos la fuerza para vivir con más intensidad como ellos, con toda certeza, esperan que lo hagamos.