Situación actual de la Iglesia en España


Del ‘Totus Tuus’ de Juan Pablo II a atacar a Francisco: una Iglesia española más ultra a 40 años de la primera visita de un papa

Por Jesús Bastante

Fue la primera visita de un Papa a España en la historia. Desde entonces, ha habido varias más –el propio Juan Pablo II viajó otras cuatro veces a nuestro país, y Benedicto XVI, dos– a lo que Karol Wojtyla llamó “Tierra de María”. Han pasado, desde el 31 de octubre de 1982, 40 años. Pero también un tsunami de radicalización ideológica de los grupos ultracatólicos bendecidos y apoyados por el Papa polaco: kikos, Opus Dei, Legionarios de Cristo o propagandistas. Y, a la vez, una creciente secularización del país, con datos de quienes se confiesan católicos o practicantes que no dejan de caer. “España ha dejado de ser católica”, dijo Manuel Azaña en 1931 y su proclamación ha resultado finalmente un vaticinio.

España fue dejando de ser católica de a poco. En el camino, la Iglesia dentro de las fronteras se escoró hacia una posición maximalista y conservadora que la vinculó estrechamente a las ideas de la derecha más ultra. Poco queda en España de la herencia del cardenal Tarancón, defenestrado por el propio Juan Pablo II pocos meses después de visitar nuestro país. En estas cuatro décadas, los obispos han aguado las esperanzas de quienes, tras el Concilio Vaticano II, confiaban en aquel episcopado capaz de enfrentarse al régimen y defender la salida democrática.

Hoy, pese a las múltiples invitaciones recibidas, nadie espera a Francisco en España. Al menos, no los ‘suyos’, que son clara minoría en nuestro país. «Juan Pablo II, te quiere todo el mundo», clamaban los fieles en 1982 al paso de Wojtyla. Hoy no podría decirse lo mismo: no todos quieren a Bergoglio. Al menos, no todos los católicos.

La renuncia que Tarancón nunca presentó, pero le fue sorpresivamente aceptada en Vaticano, fue el primer paso para el nombramiento de una línea de obispos netamente conservadores que, capitaneados primero por el cardenal Suquía y, posteriormente, por Antonio María Rouco Varela, iniciaron el camino de la Iglesia española que la convertiría en una de las más conservadoras de toda Europa. Todo con la inestimable ayuda de la Obra y los nuevos movimientos eclesiales, que buscaban competir en relevancia con órdenes históricas también nacidas en España, como los jesuitas. «España evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; esta es nuestra grandeza y nuestra unidad. No tenemos otra», diría Menéndez Pelayo en un lema que hizo suyo Franco tras la «santa Cruzada» de 1936-39.

El plan estaba trazado de antemano: el Opus Dei y sectores de la democracia cristiana (que por entonces todavía existía en España) se volcaron en la organización de un viaje que iba a darse un año antes y que se pospuso por el atentado contra Wojtyla el 13 de mayo de 1981. Los seguidores de Escrivá de Balaguer idearon el logo del viaje: Totus tuus (Soy todo tuyo), toda una declaración de intenciones de una Iglesia que se puso en manos del Papa polaco en su tarea de demolición de las «veleidades progresistas» del clero obrero y los misioneros españoles, que exportaban sus ideas a Latinoamérica en forma de una Teología de la Liberación. Al mismo tiempo que se condenaba duramente a los curas rojos bajo la tutela de Wojtyla y de su sucesor, Ratzinger, lo que sí exportó el clero español al Nuevo Continente fue a decenas de curas y religiosos acusados de abusos, en una política de silenciamiento de la pederastia que aún hoy lastra el trabajo de la Iglesia.

El Papa polaco no defraudó a sus fieles: en los 50 discursos que pronunció a lo largo de diez días en España –es el viaje más largo de un pontífice al país, y sin duda el más intenso– Wojtyla arremetió contra el divorcio, el aborto, los preservativos e impulsó una moral tradicional que durante décadas siguió marcando el paso de la doctrina episcopal.                                                 Con una cuidada puesta en escena, más propia de un gira de una estrella de rock que de un Papa (20 millones de personas siguieron el viaje por TVE, y varios cientos de miles llenaron todos y cada uno de sus actos), Juan Pablo II trazó una hoja de ruta con una fórmula exitosa: doctrina dura, cara amable.

Los diez días que duró el viaje –en los que el pontífice visitó Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Ávila, Toledo, Zaragoza o Santiago de Compostela– se declararon día festivo en los colegios y cientos de miles de personas salieron a las calles con las banderitas de España y el Vaticano. Nadie se preguntaba, entonces, quién financiaba el viaje: se daba por supuesto que el Estado. Hasta Seat fabricó para Wojytla el papamóvil, que desde entonces se ha convertido en elemento indispensable de cualquier viaje papal.

Hoy, en cambio, instituciones como la ACdP y el CEU organizan congresos donde, con la excusa de homenajear al anterior Papa, Benedicto XVI, se jalea la oposición al actual pontífice, con prelados como Munilla, Reig, el imprescindible Rouco Varela y el cardenal Müller, considerado el mayor opositor interno a Bergoglio y que, para más inri, visitó el pasado martes el Valle de Cuelgamuros, oficiando misa con los benedictinos de Santiago Cantera. Incluso entre los prelados más afines a Francisco (como los cardenales Omella y Osoro, presidente y vicepresidente, respectivamente, de la Conferencia Episcopal) no se encuentran lo suficientemente arropados como para implementar los cambios que, desde hace casi una década, impulsa Francisco desde el Vaticano. Una España cada vez menos católica que ya no quiere, al menos tanto, al Papa.

El historiador Juan Mari Laboa se pregunta en RD, «cuarenta años después, ¿qué queda de Juan Pablo II? ¿Qué queda de Felipe González? ¿Qué queda de Julián Marías? ¿Qué queda de Tarancón? ¿Qué queda de la HOAC?… Hay más creyentes en España de los que parece, confusos como todos los demás, capaces de agarrarse a cualquier movimiento. Y eso nos tiene a todos absolutamente desconcertados».

Ciertamente, con los números en la mano, queda muy poco de la Iglesia que dio un baño de masas a un joven Juan Pablo II. Una España que, tres días antes, había dado la mayor victoria en la historia de la democracia al PSOE de Felipe González, que venía de organizar un Mundial y que acababa de superar un intento de golpe de Estado.

Entonces, el 90,2% de los españoles se declaraba católico, y una amplia mayoría iba a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Hoy, el CIS nos muestra que no llegan a seis de cada diez, de los que dos tercios no va “nunca o casi nunca” a la Iglesia. Creyentes sin Iglesia.

En 1982, el 58% de los hogares españoles tenían un crucifijo colgado en su salón. Hoy, encontrarlos es una rara excepción. Entonces, el divorcio seguía siendo fuente de conflictos en España (el 98,3% de los matrimonios eran por la Iglesia), no existía derecho al aborto (se aprobó, con restricciones, en 1985) e incluso se consideraba “totalmente inmoral” las relaciones prematrimoniales, o los matrimonios sin hijos.

La realidad hoy es totalmente distinta. También en el interior de la institución, inmersa en una histórica crisis de vocaciones al sacerdocio o la vida religiosa, con las cifras de bautizos, bodas, comuniones y confirmaciones desplomándose, y con la popularidad por los suelos por escándalos como el de la pederastia clerical, las inmatriculaciones o la oposición a cualquier evolución social en lo que el mismo Juan Pablo II llamó «principios irrenunciables» (defensa de la vida, matrimonio hombre-mujer, privilegios de la Iglesia). En Roma, por primera vez en la historia, un Papa jesuita, venido de Argentina, y con ideas de reforma de la Iglesia que, al menos en la española, no han calado. Tal vez porque, cuarenta años después, los obispos españoles siguen mirando más a Wojtyla que a Bergoglio.

El 60º Aniversario del Vat II


Sesenta años del Vaticano II, el Concilio que quiso cambiar la historia de la Iglesia pero la dividió en dos

El Vat II inaugurado pr Juan XXIII

Por Jesús Bastante

“Hay católicos que prefieren ser hinchas del propio grupo más que servidores de todos. Progresistas o conservadores antes que hermanos y hermanas, de derecha o de izquierda más que de Jesús”. El papa Francisco lanzó esta semana un lamento ante los católicos que, especialmente desde el Concilio Vaticano II, han cambiado el Evangelio por la ideología y han creado una religión basada en el poder y el control. Nada nuevo bajo el sol a lo largo de dos milenios de historia de la Iglesia, en la que el Concilio Vaticano II, de cuya apertura se cumplen esta semana 60 años, no fue sino un paréntesis.

Bergoglio parece empeñado en resucitar ese paréntesis con un camino sinodal, pero se encuentra enfrente con los sectores ultraconservadores de la Iglesia.

¿Está solo el papa Francisco en la defensa de una “Iglesia  libre y liberadora”, como señaló este lunes, en la misa en recuerdo de la apertura, por parte de Juan XXIII, del último concilio en la historia de la Iglesia? ¿O, como él mismo asegura, la institución ha sucumbido a “la tentación de la polarización»?

60 años después, el Concilio es un absoluto desconocido para la gran mayoría de creyentes, especialmente en Europa y Latinoamérica. En su día supuso una apertura inédita de la Iglesia católica tras las dos guerras mundiales que devastaron Europa, y una búsqueda de la unidad perdida después del Concilio de Trento (1545-1563), que consagró la ruptura con la reforma de Lutero. La ‘restauración’ ordenada por el aparato curial de Juan Pablo II y Benedicto XVI volvió a forjar una Iglesia de prohibiciones y castigos, alejada de la búsqueda de la fraternidad, la escucha y la aceptación de los “signos de los tiempos”, como anhelaba Juan XXIII cuando abrió el Concilio.

Francisco intenta resucitar el espíritu del Concilio de hace seis décadas al convocar un sínodo mundial en el que –en principio– se puede hablar de todo: ordenación de mujeres, matrimonio gay, apertura a otras confesiones, fin del celibato obligatorio o una Iglesia más participativa.

Aquel Concilio terminó por qudar afeitado por los sectores más reaccionarios. Tras la sorpresa inicial, lograron mantenerse al mando de una Iglesia que, pese a aceptar grandes cambios en su época (desde la liturgia en las lenguas vernáculas al fin de las misas en latín y de espaldas al pueblo, pasando por dejar de considerar a los judíos como el pueblo culpable de la muerte de Jesús, o aceptar la laicidad como una realidad en los estados modernos), comenzó a trabajar por demolerlos o, en su defectos, meterlos en el congelador.

Así, tras Juan XXIII y Pablo VI (quien advirtió que ‘el diablo’ se había introducido dentro de los muros vaticanos, y quien estuvo a punto de aprobar cuestiones todavía hoy polémicas en la Iglesia como la píldora abortiva o la paternidad responsable, que Francisco está tratando de recuperar), el larguísimo papado de Juan Pablo II y su política condenatoria de los teólogos progresistas y de cesión ante los grupos que no aceptaron el Concilio, o lo hicieron con la boca pequeña, trazó una hoja de ruta para bloquear los cambios aprobados por el Vaticano II.

De esta manera, grupos neoliberales como los Legionarios de Cristo o el Opus Dei alcanzaron inusitadas cotas de poder que ni los escándalos de sus líderes (Maciel es uno de los mayores depredadores sexuales conocidos en la Iglesia contemporánea, y tanto la beatificación como la canonización de Escrivá de Balaguer fueron puestas en cuestión por buena parte de los creyentes) pusieron en discusión.

Junto a ellos, sumando más influencia cada día, grupos cismáticos como los lefebvrianos y otros, desde la oficialidad de la institución, potenciaban una Liturgia netamente conservadora y una doctrina de moral sexual y familiar que echaba por tierra los principios planteados por el Concilio.

Para el teólogo Félix Placer, la convocatoria del Concilio en los años sesenta del siglo XX “puso en pie de guerra a la dominante ala conservadora que, alarmada por aquella decisión personal del Papa, podía cambiar el rumbo de la Iglesia”. No lo lograron en un principio, y el Vaticano II “fue una asamblea sorprendentemente abierta al mundo”, sin “definiciones dogmáticas” y que consagró un “cambio copernicano: del ‘Fuera de la Iglesia no hay salvación’ se pasó al ‘Fuera de los pobres, no hay salvación’”.

Sin embargo, “a los pocos años, una sensación de frustración comenzó a sentirse ante el sesgo dominante que tomaba la línea del sector conservador que, liderado por la Curia romana y sectores jerárquicos reticentes a las reformas conciliares, trataba de reorientar las pautas conciliares hacia planteamientos preconciliares”, hasta el punto de que el teólogo Hans Küng llegó a hablar de “traición al concilio”.

La Iglesia, en expresión de Karl Rahner, otro de los grandes promotores del Concilio, se retiró “a los cuarteles de invierno”, huyendo de la primavera conciliar, y las reformas estructurales regresaban a la primacía de la Curia. Algo que, aún hoy, no ha cambiado, y que supone uno de los grandes desafíos del papa Francisco.

“El prolongado pontificado de Juan Pablo II y el de su sucesor Benedicto XVI no llevaron a cabo, con todas sus consecuencias, las reformas y líneas que el Concilio Vaticano II había propuesto”, lamenta Félix Placer, quien denuncia cómo “las ilusiones de muchas personas que esperaban ver realizados sus anhelos de una Iglesia pobre, servidora de los pobres, renovada en sus estructuras e implicada en compromisos liberadores de los pueblos quedaban marginadas, aunque mantenían viva su esperanza”.

Para el teólogo José María Castillo, “el concilio Vaticano II fue, por desgracias, un enfrentamiento entre la eclesiología renovadora y la conservadora”. Un conflicto que, añade con cierto pesimismo el veterano jesuita, “hizo imposible que la Iglesia diera a este mundo la solución que necesita”.

Por su parte, Isabel Gómez Acebo reivindica cómo “por primera vez, en el Concilio se admitieron algunas mujeres en el aula conciliar, sin voz ni voto”. También “se colocó el acento en el pueblo de Dios, se invitó a ver en otras personas y otros credos las semillas de Dios, se pidió que la Iglesia no se enfrentara a los signos positivos que pudiera mostrar el mundo moderno…” pero, tras la muerte de Juan XXIII, sostiene, “la Iglesia se ha dividido en dos bandos, ambos queriendo ser los auténticos defensores de las ideas del concilio”.

De un lado, “la facción liberal”, que “vio un comienzo al desmantelamiento del poder autoritario de las estructuras eclesiásticas para ser más cercana a la vida de los católicos inmersos en el mundo y prepararse al fin de la cristiandad de manera de ser más celosos en defensa de nuestra religión y sus valores”. El otro lado, “el ala tradicional”, que “no ve más solución, ante el mundo materialista, que ofrecer nuestra contracultura que se extiende a lo largo de dos mil años del cristianismo”.

La teóloga, con todo, se muestra optimista ante las reformas de Francisco, que “tiene la idea de que la misión de la Iglesia es acompañar a las personas con indiferencia de su cultura, estado civil o inclinación sexual, pues todos están llamados a ser cristianos y tienen que ser agentes en la evangelización de un mundo que se proclama ateo”.

Para Josep Miquel Bausset, monje de Montserrat, con sus dudas, pasos cerrados y restauración posterior, el Vaticano II “abrió la Iglesia al pluralismo y al diálogo interreligioso” y “despertó la ilusión” de muchos creyentes

“El Concilio fue el inicio de un camino de esperanza y de comunión y un impulso y un fermento en la vida eclesial. El Vaticano II fue también un camino que abrió la Iglesia al pluralismo y al diálogo con el mundo. No un camino de un uniformismo estéril, ni de posturas de confrontación, de nostalgias y de miedos”, recalcó.

Para el jesuita José Ignacio González Faus, “ninguna revolución es instantánea, tampoco la del Concilio”. El escritor, que vivió ilusionado los primeros pasos del Vaticano II, aprendió pronto que “estas grandes luces son solo momentáneas”. “Ver a aquellos señores con sus vestimentas tan ridículas y sin darse cuenta de su ridiculez, me hizo pensar también que las cosas iban para largo”. Sesenta años después, el tiempo le ha dado la razón.

Consejo Mundial de Iglesias

Las iglesias europeas reivindican el valor cristiano de la hospitalidad frente al odio al refugiado

Las iglesias europeas reivindican el valor cristiano de la hospitalidad frente al odio al refugiado
Las iglesias europeas reivindican el valor cristiano de la hospitalidad frente al odio al refugiado

«Cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Por lo tanto, el extranjero en la teología cristiana no es un enemigo, ni un oponente, sino un semejante, un hermano o hermana, independientemente de su origen o religión»

Gabriel, de la Iglesia Ortodoxa Griega, subrayó cómo las iglesias «han desempeñado un papel esencial en la acogida, el acercamiento inicial y la facilitación de la integración de los refugiados» en Lesbos, adonde han llegado más de un millón de personas huyendo de la guerra y el hambre desde 2015

Por Jesús Bastante

Hospitalidad frente a odio. Las iglesias europeas, reunidas en la 11 Asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias, han hecho un llamamiento a reafirmar los valores cristianos de la acogida y el respeto al diferente como respuesta a la actual crisis humanitaria en Ucrania y, en general, al drama de millones de refugiados en todo el mundo.

Durante un taller de trabajo celebrado en Karlsruhe, responsables de migraciones de Grecia, Baviera o la Comisión de Iglesias para los Migrantes en Europa ofrecieron sus experiencias en materia de acogida  integración de refugiados, así como las dificultades políticas, sociales y culturales con las que, en la mayor parte de los casos, se enfrentan.

Migrantes en la orilla

Así, el Metropolitano Gabriel, de la Iglesia Ortodoxa Griega, subrayó cómo las iglesias «han desempeñado un papel esencial en la acogida, el acercamiento inicial y la facilitación de la integración de los refugiados» en Lesbos, adonde han llegado más de un millón de personas huyendo de la guerra y el hambre desde 2015. El objetivo, añadió, no es otro que el de «lograr una coexistencia pacífica de forma mutuamente beneficiosa para ellos y la sociedad de acogida».

El Metropolitano Gabriel compartió que los proyectos de apoyo a los refugiados están profundamente arraigados en los fundamentos teológicos de la tradición ortodoxa griega. La iglesia proporciona asistencia legal y psicosocial, así como albergues para menores no acompañados.

«Cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Por lo tanto, el extranjero en la teología cristiana no es un enemigo, ni un oponente, sino un semejante, un hermano o hermana, independientemente de su origen o religión», culminó el líder ortodoxo.

Reunión de la plenaria del CMI
Reunión de la plenaria del CMI

Por su parte, Michael Martin, del Oberkirchenrat de la Iglesia Luterana de Baviera, recalcó que «la iglesia de hoy y de mañana es una iglesia consciente de su diversidad». «La concepción sobre la migración y la huida es un elemento importante de esta concepción, ya que abre la vista a percepciones, análisis y concreciones que resultan consecuentemente de la promesa de vida de Dios a todas las personas», incidió, recordando que «la vida de la Iglesia en la sociedad de la inmigración es la de una comunión inclusiva».

Participantes en la Asamblea ecuménica de Karlsruhe
Participantes en la Asamblea ecuménica de Karlsruhe CMI

Finalmente, Andrej Jevtic, de la Iglesia Ortodoxa Serbia, en representación de la CCME, compartió en el taller la «declaración de Pascua» de las organizaciones, que afirma el compromiso de Europa con los refugiados. Así, destacó que el documento reconoce la respuesta de las iglesias, organizaciones, individuos y grupos europeos a la guerra en Ucrania, manifestando empatía y solidaridad con los refugiados que huyen de la guerra. La declaración del CCME también señala cómo la UE ha activado programas y legislaciones, que son bastante acogedores y generosos con los refugiados de Ucrania.

Sin embargo, la declaración también expresa su «remordimiento» por el hecho de que «algunos de los refugiados ucranianos hayan sido discriminados por su etnia, religión y origen». Frente a ello, Jevtic reivindicó cómo en una Europa secularizada los llamamientos de los líderes cristianos, para ser efectivos, deben ser «afectivos», y combatir el racismo o el mero asistencialismo.

Por una Iglesia «sin dogmatismos ni moralismos»

«Seamos todos discípulos, todos esenciales (…). No sólo los obispos, los sacerdotes y los consagrados, todos los bautizados»

El Papa, en la catedral de Nur-Sultán

«Ninguno es extranjero en la Iglesia, ¡somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por muchos pueblos! Y la fuerza de nuestro pueblo sacerdotal y santo está justamente en hacer de la diversidad una riqueza compartiendo lo que somos y lo que tenemos: nuestra pequeñez se multiplica si la compartimos»

No se trata de mirar hacia atrás con nostalgia, quedándonos estancados en las cosas del pasado y dejándonos paralizar en el inmovilismo»

«La fe se transmite con la vida, con el testimonio de quien ha llevado el fuego del Evangelio en medio de las situaciones para iluminarlas»

«Ser pequeños nos recuerda que no somos autosuficientes, que necesitamos de Dios, pero también de los demás, de todos y cada uno: de las hermanas y hermanos de otras confesiones, de quien profesa un credo religioso diferente al nuestro, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad»

«Soñemos y, con la gracia de Dios, edifiquemos una Iglesia que esté más llena de la alegría del Resucitado, que rechace los miedos y las quejas, que no se deje endurecer por dogmatismos ni moralismos»

A los obispos y sacerdotes:  «Nuestra misión no es ser administradores de lo sagrado o gendarmes preocupados por hacer que se respeten las normas religiosas, sino pastores cercanos a la gente, imágenes vivas del corazón compasivo de Cristo»

Por Jesús Bastante

Como en todos sus viajes apostólicos, Francisco siempre saca un rato para dos encuentros fundamentales. El primero, más familiar, un diálogo con las comunidades jesuitas de la zona. En segundo término, una reunión-testimonio con la Iglesia local. Y en Kazajistán no fue una excepción. Pese a que los católicos del país son franca minoría, el Papa no faltó a su cita, en la pequeña catedral de Nursultán, con obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y agentes de pastoral.

En un ambiente familiar, cercano, un Papa que no está afrontando un viaje especialmente cargado de actos, y que este mediodía saldrá de regreso a Roma, volvió a proclamar los sueños de una Iglesia sinodal, alegre, participativa, alejada del clericalismo y los moralismos dogmáticos. «Soñemos y, con la gracia de Dios, edifiquemos una Iglesia que esté más llena de la alegría del Resucitado, que rechace los miedos y las quejas, que no se deje endurecer por dogmatismos ni moralismos», dijo Francisco.

El Papa escuchó varios testimonios (un sacerdote, una religiosa, una mujer casada con un clérigo, y que agradeció a Francisco su intervención en la guerra de Ucrania -ella es de allí- y un padre de familia). Tras la presentación del obispo español (y presidente de los obispos de Asia Central), José Luis Mumbiela, quien en un perfecto kazajo reconoció que «la mayor parte de nosotros somos extranjeros», el Papa destacó que «la belleza de la Iglesia es ésta, que somos una sola familia, en la cual nadie es extranjero».

«Nadie es extranjero en la Iglesia»

«Lo repito: ninguno es extranjero en la Iglesia, ¡somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por muchos pueblos! Y la fuerza de nuestro pueblo sacerdotal y santo está justamente en hacer de la diversidad una riqueza compartiendo lo que somos y lo que tenemos: nuestra pequeñez se multiplica si la compartimos», aclaró Francisco.

Y es que «el misterio de Dios» pertenece a todos, «no sólo al pueblo elegido o a una élite de personas religiosas, sino a todos», pues todo forma parte de la «herencia y la promesa» de Dios. «Por un lado, una Iglesia hereda siempre una historia, siempre es hija de un primer anuncio del Evangelio», apuntó. «Sí, somos destinatarios de la gloria prometida, que anima nuestro camino con esa esperanza. Herencia y promesa: la herencia del pasado es nuestra memoria, la promesa del Evangelio es el futuro de Dios que nos sale al encuentro».

Memoria y futuro

Y a eso dedicó su discurso, a «una Iglesia que camina en la historia entre memoria y futuro». La memoria, en primer lugar, la rica historia que los precede, también en Kazajistán. «Hay una herencia cristiana, ecuménica, que ha de ser honrada y custodiada, una transmisión de la fe que ha visto protagonistas y también tanta gente sencilla, tantos abuelos y abuelas, padres y madres», y todos aquellos que «nos anunciaron la fe».

Pero, ojo, advirtió el Papa: «No se trata de mirar hacia atrás con nostalgia, quedándonos estancados en las cosas del pasado y dejándonos paralizar en el inmovilismo». «Esta es la tentación del “retroceso”», incidió. En cambio, la mirada cristiana «cuando vuelve hacia atrás para hacer memoria, lo que quiere es abrirnos al asombro ante el misterio de Dios».

«Esta es la memoria viva de Jesús (…). Es nuestro tesoro«, explicó Francisco. «Por eso, sin memoria no hay asombro. Si perdemos la memoria viva, entonces la fe, las devociones y las actividades pastorales corren el riesgo de debilitarse, de ser como llamaradas, que se encienden rápidamente, pero se apagan enseguida. Cuando extraviamos la memoria, se agota la alegría. Desaparece la gratitud a Dios y a los hermanos, porque se cae en la tentación de pensar que todo depende de nosotros», insistió.

La fe se transmite con la vida

Profundizando en esta herencia, prosiguió Bergoglio, veremos «que la fe no ha sido transmitida de generación en generación como un conjunto de cosas que hay que entender y hacer, como un código fijado de una vez para siempre. No, la fe se transmite con la vida, con el testimonio de quien ha llevado el fuego del Evangelio en medio de las situaciones para iluminarlas».

«Haciendo memoria, entonces, aprendemos que la fe crece con el testimonio. El resto viene después», explicó. «Esta es una llamada para todos y quisiera reafirmarlo a todos, fieles laicos, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas que trabajan de diferentes maneras en la vida pastoral de las comunidades. No nos cansemos de dar testimonio de la esencia de la salvación, de la novedad de Jesús, de la novedad que es Jesús».

Porque «no se comunica con la sola repetición de las cosas de siempre, sino transmitiendo la novedad del Evangelio. De este modo, la fe permanece viva y tiene futuro».

Pequeñez y humildad

Esa es la segunda palabra, futuro. «Estamos llamados a acoger hoy la renovación que el Resucitado lleva a cabo en la vida», porque «a pesar de nuestras debilidades, Él no se cansa de estar con nosotros, de construir a nuestro lado el futuro de la Iglesia que es suya y nuestra».

En los rincones de gran tradición cristiana, pero también en un país como Kazajistán, donde «podríamos llegar a sentirnos “pequeños” e incapaces». Pero «la pequeñez nos entrega humildemente al poder de Dios y nos lleva a no cimentar la acción eclesial en nuestras propias capacidades».

«¡Esta es una gracia! Lo repito: hay una gracia escondida al ser una Iglesia pequeña, un pequeño rebaño, en lugar de exhibir nuestras fortalezas, nuestros números, nuestras estructuras y cualquier otra forma de prestigio humano, nos dejamos guiar por el Señor y nos acercamos con humildad a las personas», incidió el Papa. «Ricos en nada y pobres de todo, caminamos con sencillez, cercanos a las hermanas y a los hermanos de nuestro pueblo, llevando la alegría del Evangelio a las situaciones de la vida», como la levadura en la masa. Y con los otros.

No somos autosuficientes

Porque «ser pequeños nos recuerda que no somos autosuficientes, que necesitamos de Dios, pero también de los demás, de todos y cada uno: de las hermanas y hermanos de otras confesiones, de quien profesa un credo religioso diferente al nuestro, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad».

«Nos damos cuenta, con un espíritu de humildad, que sólo juntos, en el diálogo y en la aceptación recíproca, podemos hacer algo verdaderamente bueno por todos», insistió, pidiendo a la Iglesia de Kazajistán «no ser un grupo que se deja arrastrar por las cosas de siempre, o que se encierra en su caparazón porque se siente pequeña, sino una comunidad abierta al futuro de Dios, encendida por el fuego del Espíritu: viva, llena de esperanza, disponible a su novedad y a los signos de los tiempos».

Y que «se realiza cada vez que vivimos la fraternidad entre nosotros, que atendemos a los pobres y a quienes están heridos por la vida, cada vez que en las relaciones humanas y sociales damos testimonio de la justicia y de la verdad, diciendo “no” a la corrupción y a la falsedad».

Gimnasios de la verdad y la apertura

Así, el Papa pidió «que las comunidades cristianas, en particular el seminario, sean “escuelas de sinceridad”; no ambientes rígidos y formales, sino gimnasios de la verdad, de la apertura y del intercambio». «Y que en nuestras comunidades —recordémoslo— seamos todos discípulos del Señor: todos discípulos, todos esenciales, todos de igual dignidad. No sólo los obispos, los sacerdotes y los consagrados, sino todos los bautizados han sido sumergidos en la vida de Cristo y en Él —como nos recordaba san Pablo— están llamados a recibir la herencia y a acoger la promesa del Evangelio».

«De manera que se ha de brindar un espacio a los laicos. Les hará bien, para que las comunidades no se hagan rígidas y no se clericalicen», insistió, apostando, de nuevo, por «una Iglesia sinodal, en camino hacia el futuro del Espíritu», que «es una Iglesia participativa y corresponsable».

«Es una Iglesia capaz de salir al encuentro del mundo porque está entrenada en la comunión», como subrayaron en sus testimonios tanto el sacerdote como las religiosas o el padre de familia. «En la Iglesia, en contacto con el Evangelio, aprendemos a pasar del egoísmo al amor incondicional».

Soñar una Iglesia alegre

Por ello, culminó, es tan importante que «seamos hombres y mujeres de comunión y de paz, que siembran el bien allí donde se encuentren». Con apertura, alegría e intercambio. «Soñemos y, con la gracia de Dios, edifiquemos una Iglesia que esté más llena de la alegría del Resucitado, que rechace los miedos y las quejas, que no se deje endurecer por dogmatismos ni moralismos».

Dirigiéndose finalmente a los obispos y sacerdotes, les recordó que «nuestra misión no es ser administradores de lo sagrado o gendarmes preocupados por hacer que se respeten las normas religiosas, sino pastores cercanos a la gente, imágenes vivas del corazón compasivo de Cristo».

El camino sinodal de la Iglesia alemana

La Iglesia alemana envía a Roma las primeras conclusiones de su ‘Camino Sinodal’

Iglesia alemana

La Iglesia es «una institución que define pero no escucha. Y lo hacen porque quieren que «el Evangelio pueda seguir siendo anunciado de forma creíble». Y para ello hacen falta reformas, discutidas, dialogadas… y encarnadas en la realidad

La Iglesia alemana lamenta el retroceso de la Iglesia a partir del pontificado de Juan Pablo II y la posterior secularización, con la consiguiente disminución de fieles, de ingresos, de sacerdotes y de colaboradores pastorales

«Hay temas tabú que no se pueden abordar, hay límites a la libertad de expresión en la Iglesia»

Por Jesús Bastante

La Conferencia Episcopal alemana ha enviado a la Secretaría General del Sínodo las primeras conclusiones del ‘Camino sinodal’, demostrando que, pese a las dudas de algunos sectores del Vaticano (no del Papa, como él mismo se encargó de aclarar en el vuelo de regreso de Canadá), los católicos del país quieren seguir participando dentro del proceso de reformas en la Iglesia universal.

No, no van por su cuenta, pese a que admiten en los resúmenes enviados a Roma, que la Iglesia es «una institución que define pero no escucha. Y lo hacen porque quieren que «el Evangelio pueda seguir siendo anunciado de forma creíble». Y para ello hacen falta reformas, discutidas, dialogadas… y encarnadas en la realidad.

Aplicar el Vaticano II

El documento que ha llegado al Vaticano consta de dos partes: una primera, en la que reflexiona sobre las experiencias sinodales en Alemania; y una segunda con un resumen de las reacciones de las diócesis del país al ‘Vademécum’ planteado por la Santa Sede.

Así, tras recordar los sínodos de Würzurg y Dresde, para «aplicar las decisiones del Concilio Vaticano II«, que configuraron «la cultura de la colaboración entre obispos, sacerdotes y laicos y permitieron una amplia participación», la Iglesia alemana lamenta el retroceso de la Iglesia a partir del pontificado de Juan Pablo II y la posterior secularización, con la consiguiente disminución de fieles, de ingresos, de sacerdotes y de colaboradores pastorales.

Encubrimiento «sistémico» de los abusos

Pero el verdadero punto de inflexión fue el estallido del escándalo de abusos sexuales, que -admiten los obispos-  demostraron que «no era una cuestión de fallos personales, sino de razones sistémicas que favorecían los abusos sexuales en la Iglesia y su encubrimiento».

De ahí surgió el Camino Sinodal alemán, que (pese a las dificultades y los intentos de boicot de los sectores ultraconservadores de la Curia) plantea temas «que deben ser sometidas a debate con la Iglesia universal». Por eso, «los católicos de Alemania miran con esperanza el Camino Sinodal de la Iglesia universal» como una oportunidad para integrar las experiencias sinodales y hacer su propia contribución. 

Que la Iglesia salga de su zona de confort

Dichas contribuciones han de integrarse dentro del Sínodo Mundial, se asegura en el documento enviado a Roma, que clama por lograr que la Iglesia «salga de la zona de confort del rol de anfitrión para convertirse en huésped en la vida de las personas”. Para los católicos alemanes, la Iglesia del futuro «será de pequeñas comunidades en las que los laicos tengan un papel protagonista». 

Pese a todo, las conclusiones denuncian que obispos, sacerdotes y responsables pastorales «no escuchan lo suficiente» a los fieles, que la Iglesia es «una institución que define pero no escucha«, y que si lo hace no es una «escucha compartida». «Hay temas tabú que no se pueden abordar, hay límites a la libertad de expresión en la Iglesia», concluye el documento.

El Sínodo de Pavía

Mil años del ‘Sínodo de Pavía’: cuando el Papa (y el emperador) prohibieron casarse a los curas

Sínodo de Pavía, mil años después
Sínodo de Pavía, mil años después

Hace justo un milenio, Papado e Imperio promulgaron una norma que, diez siglos después, sigue estando vigente, y sigue siendo discutida: prohibir el matrimonio de los curas

Ahora se llama ‘Tradición’, pero lo cierto es que, durante el primer milenio de la Iglesia, era natural que los sacerdotes contrajeran matrimonio. De hecho, casi todos los apóstoles de Jesús (el primer Papa, Pedro, también -los Evangelios nos hablan de su suegra), excepto Juan, estaban casados, y muchos tenían hijos

«Me viene a la mente una frase de San Pablo VI: ‘Prefiero dar mi vida antes que cambiar la ley del celibato'», dijo el Papa a la vuelta de un viaje a Panamá, aunque también reconoció que «no es un dogma» y que, como tal, puede modificarse

Por Jesús Bastante

El 1 de agosto de 1022 los ciudadanos (entonces ni siquiera lo eran) no paraban por vacaciones (de hecho, no existían vacaciones), así que no había necesidad de lanzar ‘tormentas de verano’ para dar carnaza a una opinión pública, que por entonces tampoco existía. Ese día, hace justo un milenio, Papado e Imperio promulgaron una norma que, diez siglos después, sigue estando vigente, y sigue siendo discutida: prohibir el matrimonio de los curas.

Lo primero que hay que aclarar es que el celibato obligatorio no es un dogma de la Iglesia, sino una disposición del Derecho Canónico, que se estableció merced a un acuerdo entre el Papa Benedicto VIII y el Emperador Enrique II, que estaban muy unidos (el monarca repuso al pontífice, que había sido depuesto pocos meses después de ser elegido, y el Papa le coronó en Roma como emperador, en un acto que unió, por primera vez, la corona, el globo y la cruz, como símbolo del poder universal), y que acordaron introducir de forma definitiva en el credo niceno-constantinopolitano la procedencia del Espíritu Santo del Padre “y del Hijo” que desembocará años más tarde en el Cisma de las Iglesias de Oriente y Occidente, tan en boga hoy con el conflicto en Ucrania. pero esa es otra historia. 

El poder, la propiedad y las herencias

La que hoy cumple un milenio es la del Sínodo de Pavía, planteado como una suerte de reformar de la Iglesia, y que se celebró bajo la presidencia de Papa y emperador, concluyéndose que el alto clero (hasta el subdiaconado) debía ser obligatoriamente célibe, y que sus hijos habrían de convertirse en sacerdotes para no peligrar la herencia de los bienes eclesiásticos El dinero, los terrenos y los templos, todo muy actual. También se condenaron la simonía (compra de cargos) y el nepotismo, pero donde sí se cumplió a rajatabla, durante siglos, la norma, fue en lo tocante al celibato. 

Ahora se llama ‘Tradición’, pero lo cierto es que, durante el primer milenio de la Iglesia, era natural que los sacerdotes contrajeran matrimonio. De hecho, casi todos los apóstoles de Jesús (el primer Papa, Pedro, también -los Evangelios nos hablan de su suegra), excepto Juan, estaban casados, y muchos tenían hijos.

Jesús se aparece a sus discípulos
Jesús se aparece a sus discípulos

Sin embargo, la creciente unión entre el poder religioso y el poder político, consagrada por Constantino en el año 314, hizo que conviniera más a la institución que el clero estuviera únicamente reservado a varones (¿hubo mujeres sacerdotisas en los primeros tiempos del Cristianismo?), solteros y -como se ha encargado de recordar convenientemente la normativa más rancia- heterosexuales. De momento, como recomendaciones, que después se convirtieron en reglas, más o menos encubiertas. 

Con todo, no fue norma oficial de la Iglesia hasta este momento, hoy hace un milenio. Posteriormente, las normas fueron endureciéndose más y más, pese a los sucesivos cismas (el de Oriente, de 1054; o el provocado por Lutero en 1521, y al que se sumó Enrique VIII, precisamente, para poder volver a casarse -lo hizo en unas cuantas ocasiones-), hasta llegar al Segundo Concilio de Letrán, en 1139, que declaró nulos los matrimonios sacerdotales.

Ignacio Puente y su familia
Ignacio Puente y su familia

Una veintena de excepciones

Ya en Trento, como respuesta a la reforma de Lutero, se confirmó la exclusión de casarse después de la ordenación, pero no negó la posibilidad de ordenar a hombres ya casados, algo que, todavía hoy, se permite en muchas iglesias cristianas (y en hasta 23 ritos permitidos por la Iglesia católica, como el caso de los curas anglicanos que ‘vuelven a Roma’ y siguen siendo sacerdotes sin tener que abandonar mujer e hijos). Lo que sí hizo este Concilio fue impedir la entrada a las órdenes sagradas de hombres no célibes.

El Código de Derecho Canónico de 1917 declaró «simplemente impedidos» para recibir las órdenes sagradas los que tienen esposa»,y el Código que actualmente está en vigor, el de 1983, prohibe a los hombres casados ser ordenados sacerdotes (aunque sí pueden ser diáconos), y a éstos «observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los Cielos». Una regla que, como decíamos, tiene excepciones.

Visita del Papa a un grupo de curas casados
Visita del Papa a un grupo de curas casados Vatican News

¿Y qué piensa el Papa Francisco? En febrero de este año, en plena polvareda por la petición del Camino Sinodal Alemán para acabar con el celibato obligatorio (algo que también ha sucedido en varias diócesis españolas, aunque la Conferencia Episcopal haya ‘afeitado’ convenientemente esta y otras demandas en la síntesis enviada a Roma), Bergoglio defendía el celibato sacerdotal como «un don» que «requiere relaciones sanas» para «no convertirse en un peso insoportable». 

«Me viene a la mente una frase de San Pablo VI: ‘Prefiero dar mi vida antes que cambiar la ley del celibato'», dijo el Papa a la vuelta de un viaje a Panamá, aunque también reconoció que «no es un dogma» y que, como tal, puede modificarse. Tal vez no sea necesario derogar la norma creada hace hoy mil años, pero sí llenar el Derecho Canónico de excepciones (los ‘viri probati’ de la Amazonía, o cristianos de reconocido prestigio en zonas despobladas, donde es imposible la llegada de curas) que, unidas al creciente crisis vocacional, puedan convertirse, con el paso de los años, en norma. Aunque no hay Iglesia que soporte aguantar otro milenio.

Posibles cambios en la moral sexual en la Iglesia

El Papa sopesa dar la vuelta a la moral sexual tradicional en la Iglesia católica

Foto de archivo del papa Francisco. EFE/Giorgio Onorati
Foto de archivo del papa Francisco. EFE/Giorgio Onorati

Jesús Bastante

Gaudium vitae (La alegría de la vida). Este podría ser el título de la próxima encíclica del Papa Francisco que, según fuentes vaticanas, podría abordar algunas de las cuestiones más polémicas de la moral sexual católica, y que forman parte de los “principios irrenunciables” establecidos por Juan Pablo II, hace un cuarto de siglo, en otro texto, Evangelium vitae, que cerraba la puerta a los anticonceptivos, el aborto, o el sexo antes del matrimonio (y dentro del mismo, si no estaba orientado a la procreación).

El Papa permitirá la comunión de los divorciados vueltos a casar y abre la puerta a los curas casados

SABER MÁS

Las encíclicas son cartas que el Papa envía a los obispos y fieles. Sus textos con más peso. El posible título, que hace referencia tanto a la de Wojtyla como a la Humanae Vitae, firmada entre presiones por Pablo VI hace más de medio siglo y en el que se condenaban la inseminación artificial o el uso de anticonceptivos, entre otras cosas, podría ver la luz en los próximos meses.

El momento es más que buscado: por un lado, la Iglesia católica está inmersa en un debate sinodal a nivel planetario, donde están surgiendo propuestas de reforma especialmente en dos ámbitos: el acceso al sacerdocio de mujeres y casados, y la moral sexual; por el otro, la próxima beatificación (4 de septiembre) del Papa Juan Pablo I, uno de los pocos cardenales que se atrevió a pedir a Pablo VI que aceptase el uso de la píldora en la Humanae Vitae.

La propuesta de encíclica no es un brindis al sol, ni mucho menos, sino que viene sugerida, entre otros, por La Civilttà Cattolica, publicación editada por los jesuitas, dirigida por Antonio Spadaro –uno de los más religiosos más cercanos a Bergoglio– y cuyos artículos están obligados a pasar el filtro de la Secretaría de Estado vaticana. Apareció en un análisis de las actas de un seminario interdisciplinario de estudio promovido por la Pontificia Academia por la Vida. El artículo iba firmado por el español Jorge José Ferrer, doctor en teología por Comillas, y se titulaba: “Releer la ética teológica de la vida. A la luz de las solicitaciones del papa Francisco”.

Circunstancias donde es “irresponsable” tener hijos

Un seminario en el que, por cierto, se planteó abiertamente el uso de métodos anticonceptivos no naturales en determinadas circunstancias que “harían irresponsable” tener hijos. Tal y como explica el presidente de la Academia, Vincenzo Paglia, “el Papa Francisco fue informado de cada paso y alentó el proyecto”, en el que se discute abiertamente sobre posibles cambios en la doctrina eclesiástica sobre el matrimonio, la apertura a la vida, la procreación asistida, los preservativos, el aborto o la eutanasia, temas considerados ‘tabú’ por el conservadurismo dominante, durante décadas, en las estructura eclesiástica católica.

Así, los participantes en el congreso recalcaron que existen  “condiciones y circunstancias prácticas que harían irresponsable la elección de engendrar” por lo que una pareja casada puede decidir recurrir “con una sabia elección” a técnicas anticonceptivas no naturales, “excluyendo obviamente las abortivas”.

En este sentido, la revista de los jesuitas aboga por un “trabajo de campo” en el mundo católico respecto a estas y otras cuestiones, que en el grueso de la feligresía están más que superadas, pero que siguen siendo capaces de provocar cismas o conflictos diplomáticos, como la prohibición de comulgar al presidente de EEUU, Joe Biden, por parte de un sector del episcopado norteamericano.

Pese a los bloqueos, para el jesuita Ferrer, “el planteamiento de temas novedosos y todavía debatidos es irrenunciable si queremos hacer avanzar la teología, particularmente la bioética teológica, que debe estar siempre en diálogo con las realidades cambiantes de la vida humana”, siempre desde la óptica del discernimiento y la conciencia, que “juegan un papel particularmente crucial en temas controvertidos como lo son los que atañen directamente a la moral de la vida, desde el ejercicio responsable de la sexualidad y la generación de nueva vida hasta los que rodean el morir humano y humanizado”.

Por ello, concluye el artículo, son necesarios continuos encuentros que “podrían contribuir a ir preparando sinodalmente una futura intervención magisterial, que vuelva cada vez más profunda y adecuada la enseñanza de la Iglesia sobre la ética de la vida. San Juan Pablo II nos dejó, hace ya más de 25 años, la Evangelium Vitae. ¿Nos legará el papa Francisco una nueva encíclica o exhortación apostólica sobre bioética, a la que quizá podría titular Gaudium vitae?”. Veremos.

La teología, a debate en los XXXVIII Jueves de RD

Faus: “La teología tiene futuro, pero ahora está dormida”

Rafael Luciani, José Ignacio González Faus y Jesús Bastante
Rafael Luciani, José Ignacio González Faus y Jesús Bastante

¿Cuál es la misión de los teólogos y teólogas en la Iglesia del siglo XXI? ¿Cuál es el papel de la teología en la vida de la Iglesia y su aportación al mundo? ¿Cuál es el papel de la mujer en la teología? Estas y otras cuestiones vertebraron los XXXVIII Jueves de RD

Rafael Luciani: “Hoy la Iglesia está tomando decisiones por presiones de la sociedad y no por decisión propia, y esto es muy interesante, porque significa que tiene que saber escuchar a la sociedad aunque no sea católica. Es el caso de los abusos, como en España, donde la sociedad reclamó y la Iglesia tuvo que reconocerlos”

González Faus: “En la sinodalidad, una cosa es esperar a los que no llegan, y otra esperar porque la Iglesia no entiende al mundo. Ese retraso, a Juan Pablo II le costó 200 años decir que la libertad, la igualdad y la fraternidad eran palabras cristianas”

Martínez Gordo: “El Camino Sinodal alemán creo que va a marcar el futuro de la Iglesia en buena parte del siglo XXI, sobre todo en lo que tiene que ver con el poder y control del poder en la Iglesia”

Por José Lorenzo

¿Tiene futuro la teología? ¿Cuál es la misión de los teólogos y teólogas en la Iglesia del siglo XXI? ¿Cuál es el papel de la teología en la vida de la Iglesia y su aportación al mundo? ¿Cuál es el papel de la mujer en la teología? ¿Hay nuevos autores trabajando en esta disciplina? Estas y otras cuestiones vertebraron los XXXVIII Jueves de RD, con las aportaciones de destacados especialistas, moderados por Jesús Bastante, redactor jefe de RD, y cuyo diagnóstico, sin ser optimista, tampoco acaba de enterrar una disciplina a la que se le pide que se encarne y no se encastille.

Abrió el debate, salpicado por distintas aportaciones para el debate, José Ignacio González Faus quien señaló que a sus 88 años, “la teología sirve para entretener a alguien como yo”, y puso, como quien no quiere la cosa, el dedo en la llaga al dejar caer que “la teología depende mucho de la calidad espiritual interior de quien la hace”.

Aunque mucha gente “cree que no sirve para nada”, añadió, el futuro de la teología “depende de que los teólogos sepamos comunicar algo antropológico, sobre el hombre, sobre la situación en que esta ahora”, aunque, dado que “han desaparecido los grandes teólogos, también los religiosos, y los laicos, aunque los hay, no acaban de aparecer”, consideró “la teología tiene futuro, pero quizás está dormida ahora”

“Una pasión inútil o esperanzada”

“Una teología -prosiguió el teólogo jesuita- que estudia porque cree, porque de Dios no podemos decir nada de sobre cómo es, solo que es amor, una comunicación infinita, que le da a la realidad un sentido, y por eso la teología tiene que desentrañar el sentido, la pregunta a la que ha de responder la teología hoy es esa, si somos una pasión inútil o una pasión esperanzada”

Rafael Luciani también extrañó a los grandes referentes de la teología con los que estudiaba extraño los grandes referentes con los que estudiaba, pero apuntó el reto actual de “buscan entrar en temas más amplios, de articular la vida cotidiana de donde nace la teología y el contexto desde dónde se hace”, pues varía de entre países y continentes».

“Como laico -advirtió-, veo mucha fragmentación, una gran ausencia en instituciones eclesiales por favorecer y promover al laicado en el ámbito teológico, y cuando se forman, no encuentran trabajo, y ese es también otro reto, porque hay muchos laicos y laicas que estudian la teología, pero luego no encuentran dónde poder desarrollarse

Recordó el profesor y teólogo que él ni siquiera podía estudiar teología en su país, y puso de relieve que, cuando se consigue hacer y termina la formación, resulta que no logran de ella “un sustento económico para vivir”, aunque señaló que en su caso “yo vivió la teología como un servicio que me humaniza”

Una teología encerrada en sí misma

Lamentó Faus el hecho de que, en su opinión, “cada teología se está encerrando mucho en sí misma, en cada tierra parece que ya no se lee lo de los demás, es algo que se está perdiendo, por lo que sería bueno que los teólogos mantuviéramos el contacto entre nosotros”.

Coincidió Luciania en que “el localismo se está viendo cada vez más, perdiéndose el aprendizaje de otras realidades y contextos”, aunque ve “algo bonito que está emergiendo, el trabajo en redes entre teólogos, continentales e intercontinentales, lo que ayuda a salir del ego en que se encierran”, por lo que consideró que “la única manera de salir es integrar disciplinas distintas en redes de distintos países”.

“Esto puede tener que ver con algo característico de nuestra época: en vez de un Karl Rahner, hay cinco o seis figuras, ojalá que con las redes sociales se pueda logra lo que dice Rafael”, concedió Faus.

La primnea de las aportaciones al debate “a dos” vino por parte de Jesús Martínez Gordo. El teólogo. Sacerdote vasco no dejó indiferente con una reflexión que era una carga de profundidad. En realidad, cuatro, como las pistas que ofreció: “La teología tiene que abordar la presencia de los cristianos en el mundo; abordar el tema de la relación entre la eucaristía y la espiritualidad con carne, como yo la llamo; la dimensión del anuncio y la evangelización, porque es importante que la teología aborde la relación entre la riqueza de carismas en la Iglesia y la legitimidad de opciones, es decir, quiénes son los preferidos y las razones, contrastadas por el Evangelio, porque no todo vale; y en la organización de la comunidad cristiana, yo seguiría muy de cerca el Camino Sinodal alemán, que creo que va a marcar el futuro de la Iglesia en buena parte del siglo XXI, sobre todo en lo que tiene que ver con el poder y control del poder en la Iglesia”.

Coinició Luciani en que el Camino Sinodal alemán está desarrollando temas que se están planteando, “por ejemplo en América Latina, con el tema de los nuevos ministerios, y en Alemania desde los años 80 tienen laicos coordinando parroquias, lo que significa que las Iglesia locales también marcan la teología que se hace, es una eclesiología que hemos recuperado del Concilio y que se había perdido por el universalismo”.

Faus también cree que “el camino de la Iglesia es la sinodalidad, pero me da un poco de miedo, porque caminar juntos no es posible, unos van delante y otros más atrasados, por eso la sinodalidad tiene la responsabilidad de recoger a los últimos, tiene que suponer paciencia para que podamos caminar todos, porque una cosa es esperar a los que no llegan, y otra esperar porque la Iglesia no entiende al mundo. Ese retraso, a Juan Pablo II le costó 200 años decir que la libertad, la igualdad y la fraternidad eran palabras cristianas”.

Para Luciani, “la sinodalidad llevará una generación, es una cultura lenta, pero humanizadora, y donde tenemos que aprender a reconocer los disensos y los consensos, es un aprendizaje para la Iglesia actual, si no hay una conversación, las decisiones seguirán tomándose con la mentalidad de pontificados anteriores”.

En este sentido, valoró el hecho de que “hoy la Iglesia está tomando decisiones por presiones de la sociedad y no por decisión propia, y esto es muy interesante, porque significa que tiene que saber escuchar a la sociedad, aunque no sea católica. Es el caso de los abusos, como en España, donde la sociedad reclamó y la Iglesia tuvo que reconocerlos”.

En la intervención de Sara Nocetti la teóloga italiana, reivindicó una “presencia creciente de los laicos, su modo de hacer teología es aportar el lenguaje  y categorías de nuestro tiempo, la experiencia de ser creyentes laicos profundamente arraigados en el mundo de hoy, lo que abre a la teología un enfoque sapiencial y narrativo de la praxis”.

Desde una perspectiva feminista, “las teólogas -añadió- se preguntan cómo deconstruir un enfoque jerárquico, que es lo contario de una Iglesia sinodal y participativa, y cómo pensar a Dios más allá de las categorías simbólicas masculinas”, mostrando su deseo de que “la teología fuese un espacio crítico ante todos los poderes del mundo”.

La participación de Xabier Pikaza tampoco dejó indiferentes, lo que se tradujo también en un interesante debate en el chat habilitado. “He dedicado 60 años a la teología -arrancó el teólogo vasco-, pero estoy confuso, alegre por esa dedicación, pero con la sensación de haber avanzado poco. A partir del Vaticano II, la teología ha quedado desfasada, muerta, al servicio del adoctrinamiento y de una Iglesia que no es la nuestra ni la del Evangelio; por eso hay que volver a ras de tierra, de la vida, al camino que hizo Jesús, volver al principio de la Iglesia, una teología que pueda ser escuchada, hablada, vivida en este mundo, sobre todo en Occidente”

“Queremos imponer en algunas escuelas nuestra forma de entender el cristianismo y todo eso se queda vacío, por lo que creo que debemos empezar de nuevo, con una teología comprensible para el conjunto de la gente”, señaló el teólogo, que confesó al respecto que “no soy muy optimista, nada optimista”.

Tiempo para hablar de Jesús 

 “Las cosas tardan años en crecer”, quiso animar José Ignacio González Faus, quien reconoció que “lo que nos puede unir es Jesús” y lamentó, a esas alturas del debate, que “nos ha faltado tiempo para hablar de Jesús”.

Luciani, por su parte, incidió en la importancia de las deformas como las que ha emprendido el papa Francisco. “El Vaticano II nos dio el horizonte pero nosotros tenemos que pensar esta reforma, en este camino de sinodalidad vemos que a veces el primer obstáculo es el párroco o el seminario, que no quiere abrir la puerta a estos temas, y la teología tiene que hacer un aporte a estas instituciones, planteando proyectos concretos de ministerialidad”.

“La teología -prosiguió el teólogo laico- se conecta con cambios concretos, gracias a la reflexión teológica. Hoy en día, cuando Francisco hace la reforma de la Curia, tenemos laicos y laicas donde hace seis meses tenía que estar un obispo, es decir, la teología reflexionando tiene una incidencia en lo práctico siempre, la teología si es teología tiene que tener un impacto den la realidad”.

El intenso debate finalizó con la intervención de la teóloga Pepa Torres,  quien reconoció que “vivimos tiempos difíciles para la teología, pero también de oportunidades”, y aseguró esta disciplina tiene mucho que ver con la cocina, “porque un teólogo o teóloga no puede estar al margen y atención de lo concreto, no se puede ser solo teólogo, sino ciudadano y ciudadana, servidores y servidoras en la mesa del Reino, la teología tiene que ser experta en hacer y hacerse preguntas incómodas, preguntarse qué nos duele a los teólogos y teólogas”.

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La «Revolución Litúrgica» de Francisco

La centralidad de la Palabra de Dios

La ‘revolución litúrgica’ de Francisco acaba con las misas tradicionalistas y restablece la reforma conciliar «en toda la Iglesia de Rito Romano»

«No veo cómo se puede decir que se reconoce la validez del Concilio – aunque me sorprende un poco que un católico pueda presumir de no hacerlo – y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium»

«La no aceptación de la reforma, así como una comprensión superficial de la misma, nos distrae de la tarea de encontrar las respuestas a la pregunta que repito: ¿cómo podemos crecer en la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? ¿Cómo podemos seguir asombrándonos de lo que ocurre ante nuestros ojos en la celebración? Necesitamos una formación litúrgica seria y vital»

«Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, conservemos la comunión, sigamos maravillándonos con la belleza de la liturgia»

El arte de celebrar, advierte el Papa, no se aprende «porque uno asista a un curso de oratoria o de técnicas de comunicación persuasiva», sino que requiere «una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte»

Por Jesús Bastante

«No podemos volver a esa forma ritual que los Padres Conciliares, cum Petro y sub Petro, sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu y según su conciencia de pastores, los principios de los que nació la reforma». El papa Francisco ‘consagra’, en una nueva Carta Apostólica ‘Desiderio desideravi’ (‘Anhelaba el deseo’), la reforma litúrgica que ya apuntara en ‘Traditions Custodes’: fin de la misa en latín, de espaldas al pueblo.

Frente a ello, y sumándose a «los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II», que «garantizaron la fidelidad de la reforma al Concilio», el Papa expresa la necesidad de que «la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única e idéntica oración capaz de expresar su unidad». «Esta unidad que, como ya he escrito, pretendo ver restablecida en toda la Iglesia de Rito Romano», sostiene, en un texto que, a buen seguro, desatará las iras de los sectores tradicionalistas. 

No se puede negar la validez del Concilio

«Sería banal leer las tensiones, desgraciadamente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes sensibilidades sobre una forma ritual», escribe el Pontífice. «La problemática es, ante todo, eclesiológica. No veo cómo se puede decir que se reconoce la validez del Concilio – aunque me sorprende un poco que un católico pueda presumir de no hacerlo – y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium».

«Por ello – como ya explicó en Traditionis Custodes- me sentí en el deber de afirmar que “los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, como única expresión de la lex orandi del Rito Romano”», deja claro el Papa. Por si acaso, más aclaraciones: «La no aceptación de la reforma, así como una comprensión superficial de la misma, nos distrae de la tarea de encontrar las respuestas a la pregunta que repito: ¿cómo podemos crecer en la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? ¿Cómo podemos seguir asombrándonos de lo que ocurre ante nuestros ojos en la celebración? Necesitamos una formación litúrgica seria y vital».

La nueva carta, dirigida a los obispos y sacerdotes, pero también al pueblo de Dios, porque los no celebrantes también son protagonistas de la liturgia, como lo fueron los primeros discípulos, deja clara una idea: «Una celebración que no evangeliza, no es auténtica, como no lo es un anuncio que no lleva al encuentro con el Resucitado en la celebración: ambos, pues, sin el testimonio de la caridad, son como un metal que resuena o un címbalo que aturde».

Acercar el Pueblo de Dios a la Liturgia y la Liturgia al Pueblo de Dios

Algo que, lamenta el Papa, ha podido comprobar en sus continuas visitas a comunidades, donde «la forma de vivir la celebración está condicionada – para bien, y desgraciadamente también para mal – por la forma en que su párroco preside la asamblea».

«Lista de actitudes» a evitar

Así, Francisco resume varios ‘modelos’ de presidencia. Hace, incluso, una «Posible lista de actitudes» que «caracterizan a la presidencia de forma ciertamente inadecuada». Son las siguientes: «rigidez austera o creatividad exagerada; misticismo espiritualizador o funcionalismo práctico; prisa precipitada o lentitud acentuada; descuido desaliñado o refinamiento excesivo; afabilidad sobreabundante o impasibilidad hierática».

Todas tienen una raíz común, señala Bergoglio: «un exagerado personalismo en el estilo celebrativo que, en ocasiones, expresa una mal disimulada manía de protagonismo. Esto suele ser más evidente cuando nuestras celebraciones se difunden en red, cosa que no siempre es oportuno y sobre la que deberíamos reflexionar. Eso sí, no son estas las actitudes más extendidas, pero las asambleas son objeto de ese “maltrato” frecuentemente. 

A lo largo de 18 páginas y 65 puntos, el Papa desentraña una meditación sobre la belleza de la celebración litúrgica y su papel en la evangelización. Con una idea clara, que se plasma en el último punto: «Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, conservemos la comunión, sigamos maravillándonos con la belleza de la liturgia».

«Necesitamos estar presentes»

Una liturgia que «no es un vago recuerdo de la Última Cena«, sino que «necesitamos estar presentes», sin desfigurar su significado «por una comprensión superficial y reductora de su valor o, peor aún, por su instrumentalización al servicio de alguna visión ideológica, sea cual sea».

Redescubrir la belleza de la liturgia, añade Bergoglio, «no es la búsqueda de un esteticismo ritual que se complace sólo en el cuidado de la formalidad externa de un rito o se satisface con una escrupulosa observancia rúbrica», aunque «hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (el espacio, el tiempo, los gestos, las palabras, los objetos, los ornamentos, el canto, la música, …) y observar todas las rúbricas: esta atención sería suficiente para no robar a la asamblea lo que le corresponde, es decir, el misterio pascual celebrado de la manera ritual establecida por la Iglesia».

El misterio de Dios

Pese a todo, «esto no es suficiente», añade el Papa. «Si falta el asombro por el misterio pascual» presente «en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración».

Educar en la comprensión de los símbolos

Es importante, continúa explicando el Papa, educar en la comprensión de los símbolos, lo que resulta cada vez más difícil para el hombre moderno. Una forma de hacerlo «es, sin duda, cuidar el arte de la celebración», que «no puede reducirse a la mera observancia de un aparato rúbrico, ni puede pensarse en una creatividad imaginativa -a veces salvaje- sin reglas». El rito es en sí mismo una norma y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que siempre está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar».

El arte de celebrar, advierte el Papa, no se aprende «porque uno asista a un curso de oratoria o de técnicas de comunicación persuasiva», sino que requiere «una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte». Y «entre los gestos rituales propios de toda la asamblea, ocupa un lugar de absoluta importancia el silencio», que «mueve al arrepentimiento y al deseo de conversión; suscita el deseo de conversión».

«No son ‘invasores’, solo son seres humanos que buscan llegar a Europa

«El clamor de la Iglesia española ante el último drama en la valla de Melilla: «No más muertes en las fronteras»

La policía marroquí devuelve a algunos migrantes que habían cruzado la valla
La policía marroquí devuelve a algunos migrantes que habían cruzado la valla Javier G. Angosto/elDiario.es

Ya son 27 los muertos que se ha cobrado la tragedia

La Iglesia española pide recordar que estamos ante un «drama humanitario», por lo que es preciso «evitar un uso partidista y demagógico del complejo desafío de las migraciones, y analizar este  drama humanitario desde las claves que nos ofrece  la Doctrina Social de la Iglesia»

«Al tiempo que entendemos  la necesaria regulación de flujos migratorios, debemos considerar  la situación crítica y de  miseria, en la que se encuentran miles de migrantes subsaharianos hacinados al otro lado de la frontera de España»

«España carece de espacios o recursos donde emitir visados en muchos países africanos de donde proceden miles de migrantes susceptibles de solicitar protección internacional»

«La externalización y militarización de las fronteras por sí solo, no terminará con los problemas y las causas que provocan la movilidad de millones de personas migradas, refugiadas o desplazadas en el mundo»

Por Jesús Bastante

«No son ‘invasores’, solo son seres humanos que buscan llegar a Europa huyendo de guerras activas (57 en el mundo, 30 en África) y hambrunas, agravadas por las consecuencias de la guerra en Ucrania, y la sequía y las plagas provocadas por el cambio climático». Los obispos españoles, a través de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y la Movilidad Humana, han lamentado las muertes (ya van por 27) y los heridos en la valla de Melilla, así como el caos vivido en Nador, en la frontera marroquí.

En una nota, la Iglesia española pide recordar que estamos ante un «drama humanitario», por lo que es preciso «evitar un uso partidista y demagógico del complejo desafío de las migraciones, y analizar este  drama humanitario desde las claves que nos ofrece  la Doctrina Social de la Iglesia».

En este sentido, los obispos «lamentamos profundamente las pérdidas de vidas humanas y confiamos en el pronto restablecimiento de todas las personas heridas. Al mismo tiempo, expresamos nuestra solidaridad y cercanía, a sus familiares y compañeros».

Del mismo modo, «nos solidarizamos  con la preocupación de los habitantes en las ciudades fronterizas, y agradecemos a la Iglesia diocesana de Málaga su labor de acompañamiento a los migrantes y refugiados, haciendo nuestro el comunicado emitido por su delegación de migraciones».

Una mirada humanitaria

«Esperamos que las autoridades competentes contribuyan al esclarecimiento de los hechos y a tomar las medidas oportunas para que no vuelvan a suceder», recalca el texto, que invita a «contextualizar» los hechos violentos «con una mirada humanitaria  donde, al tiempo que entendemos  la necesaria regulación de flujos migratorios, debemos considerar  la situación crítica y de  miseria, en la que se encuentran miles de migrantes subsaharianos hacinados al otro lado de la frontera de España».

«Necesitamos humanizar e implementar nuevas políticas migratorias que tengan en cuenta la gravedad de la presión migratoria», recuerdan los obispos españoles, que subrayan que «España carece de espacios o recursos donde emitir visados en muchos países africanos de donde proceden miles de migrantes susceptibles de solicitar protección internacional».

No a la externalización y militarización de las fronteras

«La Iglesia aboga en todos los continentes por contribuir a salvar vidas, acoger y proteger a las personas migradas. Necesitamos una migración ordenada a través de vías legales y seguras, así como fomentar la colaboración al desarrollo  con los países que sufren guerras, conflictos y hambrunas», finaliza el texto, que denuncia que «la externalización y militarización de las fronteras por sí solo, no terminará con los problemas y las causas que provocan la movilidad de millones de personas migradas, refugiadas o desplazadas en el mundo».

«Invitamos, por tanto, a dar pasos de humanización, a analizar y afrontar esta nueva crisis dese la necesidad de protección de todo ser humano y el empeño por establecer con urgencia vías de acceso legales y seguras», concluyen los obispos.