¿Un nuevo tipo de cristianismo?

Desplome del catolicismo chileno: ¿un nuevo tipo de cristianismo?

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En muy pocas décadas la crisis de la Iglesia Católica en Chile puede conducir a un catolicismo muy diferente del que conoce la actual generación. Pero es imposible saber si la caída del número de sus miembros y la erosión de la jerarquía eclesiástica se traducirán en un nuevo tipo de cristianismo

Laicos y laicas no participan en ninguna decisión importante en su Iglesia. No eligen a sus autoridades. Estas tampoco les dan cuenta (accountability) de su desempeño. Y, como si lo anterior fuera poco, los abusos sexuales del clero y su encubrimiento ciertamente han podido provocar una estampida

Por Jorge Costadoat

En muy pocas décadas la crisis de la Iglesia Católica en Chile puede conducir a un catolicismo muy diferente del que conoce la actual generación. Pero es imposible saber si la caída del número de sus miembros y la erosión de la jerarquía eclesiástica se traducirán en un nuevo tipo de cristianismo.

La Iglesia Católica ha experimentado una disminución de sus miembros impresionante. Solo en los últimos 15 años los católicos son prácticamente un tercio menos. Lo que las encuestas no pueden medir es qué está ocurriendo en el corazón de cada católico/a, y probablemente tampoco estos lo sepan con exactitud. ¿Alguien puede excluir que haya personas en quienes, en este contexto, ha crecido la preocupación por el prójimo y la paz del mundo? Si así fuere, el panorama no es necesariamente tan malo. Esto puede ser germen de otra versión de la Iglesia. Las hubo en el pasado. La tradición monástica, por ejemplo. Las hay en el presente, las varias familias protestantes, otro ejemplo.

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Las causas de la caída, según parece, son varias. Una, y probablemente la principal, es el acelerado proceso de secularización. Muchos connacionales no necesitan de la religión para ir adelante en la vida. La ciencia y la técnica hacen más “milagros” que la fe y los santos. Por lo demás, ¿qué misa puede serle a los jóvenes más profunda que una buena conversación por celular? También debe influir el anacronismo de las instituciones católicas. Las vestimentas y las ceremonias religiosas, sobre todo las más solemnes, parecerán esotéricas incluso a la gente mayor. Otro motivo del declive es la concentración absoluta del poder en la jerarquía eclesiástica. Laicos y laicas no participan en ninguna decisión importante en su Iglesia. No eligen a sus autoridades. Estas tampoco les dan cuenta (accountability) de su desempeño. Y, como si lo anterior fuera poco, los abusos sexuales del clero y su encubrimiento ciertamente han podido provocar una estampida.

Sean estas y otras las razones, es un dato duro la disminución de los ministros. Las congregaciones religiosas femeninas se apagan, los seminarios y noviciados se vacían, y muchos curas dejan el sacerdocio. El caso de los sacerdotes merece una atención aparte. Si pasa por ellos la estructuración de la Iglesia y ellos inciden poderosamente en la experiencia de Dios de las personas, su mengua tendrá un enorme impacto. Pero, aun en el caso que la escasez de obispos y presbíteros se revirtiera, hay un problema de fondo. La versión sacerdotal de la Iglesia se agota. Tal vez surjan otras versiones. Estas exigirían distintas modalidades de eclesialidad, nuevos tipos de líderes e innovaciones en las maneras de formarlos. Este punto es clave.

El seminario tridentino actual, aunque con importantes modernizaciones, continúa formando aparte a sus líderes. Los separa de la gente, de su sentir, de sus modos aprender y de padecer, e instala en ellos una distancia entre lo sagrado y lo profano que han de representar y ejercitar. El Concilio Vaticano II abrió la posibilidad de formar de otras maneras a sus autoridades. Se ensayaron nuevas modalidades, pero el gobierno de Juan Pablo II frenó las innovaciones, mejoró el seminario del concilio de Trento y ordenó sacerdotes a personas que volvieron a considerarse superiores a los demás. El mismo Vaticano II impulsó un progreso en materia de crecimiento humano, intelectual y espiritual de los seminaristas, pero no desmontó el sistema de separaciones estructural que pone de un lado y otro a la Iglesia y el mundo, a los clérigos y el laicado, escisiones que alojan en la psiquis del sacerdote y le hacen vivir con un estrés complicado de soportar.

En Chile la crisis de la Iglesia Católica es enorme en relación a los otros países latinoamericanos. Además de la caída inédita en la pertenencia religiosa, también el desprestigio de su dirigencia es incomparable. Todo indica que la iniciativa ahora la tienen los laicos y laicas que crean que una tradición de humanidad de dos mil de años todavía puede inspirar la creación de comunidades cristianas, con nuevas autoridades, con renovadas formas de caridad y de lucha por la justicia a través de las cuales las personas recreen una fraternidad universal.

La versión sacerdotal del cristianismo

Jorge Costadoat: «La versión sacerdotal del cristianismo se ha convertido en una expresión patológica del mismo»

Sacerdotes
Sacerdotes

«Si la Iglesia Católica no estuviera organizada sacerdotalmente, no habría los abusos de poder de los clérigos que hoy tanto lamentamos y muchos otros problemas más»

«Hay sacerdotes que no son clericales. No abusan de su investidura. Son ministros humildes, que caminan con sus comunidades y a su servicio»

«los sacerdotes son administradores mayores o menores, de una especie de multinacional, ¿la más grande del mundo?, que nada debiera tener que ver con la Iglesia de Cristo»

«El caso es que en la Iglesia Católica actual es posible ser sacerdote sin ser cristiano. Suena duro, pero a esto hemos llegado»

«La Iglesia Católica necesita ministros que sean cristianos, antes que funcionarios de una organización sacerdotal internacional gestionada por una clase que se elige a sí misma y que carece por completo de accountability ante el Pueblo de Dios»

Por | Jorge Costadoat teólogo

Me parece que el problema principal de la Iglesia Católica hoy no es el clericalismo, sino la versión sacerdotal del catolicismo. El clericalismo es un problema moral. La organización sacerdotal del cristianismo, no. Esta constituye una dificultad estructural. Si la Iglesia Católica no estuviera organizada sacerdotalmente, no habría los abusos de poder de los clérigos que hoy tanto lamentamos y muchos otros problemas más.

Hay sacerdotes que no son clericales. No abusan de su investidura. Son ministros humildes, que caminan con sus comunidades y a su servicio. Aprenden del laicado y efectivamente lo orientan porque tienen la apertura necesaria para aprender de la realidad y de la vida en general. De sus prédicas nadie arranca porque tienen algo que decir.

Sin embargo, ellos no han sido elegidos por sus comunidades y, en consecuencia, no les deben rendir cuenta del desempeño de sus funciones. Los presbíteros, sacerdotes, ministros o como quiera llamárselos, son escogidos por otros sacerdotes y son ordenados por los obispos para cumplir una función. En este sentido, bien puede aplicárseles el nombre de “funcionarios”, aunque no guste. Son administradores mayores o menores, de una especie de multinacional, ¿la más grande del mundo?, que nada debiera tener que ver con la Iglesia de Cristo.

La Iglesia –que, como cualquiera organización humana, requiere una institucionalidad- necesita de estos servidores para cumplir tareas que van del anuncio de la Palabra a la administración de los sacramentos, pasando por la recaudación de medios para desarrollar estos servicios, para sostener obras educativas, de caridad y de justicia, y para la sustentación de sus propias vidas. Pero esta misma organización ha podido deshumanizar a su dirigencia. De hecho lo hace. ¿Necesita hacerlo en algún grado? En más de una oportunidad nos ha parecido que sí.

El caso es que en la Iglesia Católica actual es posible ser sacerdote sin ser cristiano. Suena duro, pero a esto hemos llegado. En los seminarios se forma gente para enseñar y administrar sacramentos, amén de dineros y, a veces, personas. A su efecto, los formandos son sometidos a procesos de aculturación. Los seminaristas son romanizados. Son reformateados. Se los viste como curas para distinguirlos de los demás. Son eximidos de pasar por las experiencias fundamentales de sus contemporáneos, como ser la intimidad afectiva y la paternidad, y en el caso de los religiosos por la obligación de cualquier persona de ganarse el pan.

Los sacerdotes son seres psicológicamente escindidos en la misma medida que son separados (“elegidos” por Dios) del común de los mortales. Ellos representan la separación Iglesia-mundo. Aquí la Iglesia (“sagrada”), allí el mundo (“profano”). En tanto esta separación se acentúa, son incapacitados para entender lo que ocurre y para guiar efectivamente a un pueblo que progresivamente los considera irrelevantes. Las prédicas de muchísimos de ellos son un fracaso de principio a fin. Incluso la doctrina de la Iglesia Católica, en más de un aspecto, proviene de gente que parece carecer de la raigambre epistemológica necesaria.

Muchos, especialmente los jóvenes, la consideran una rareza. El caso es que, los mismos sacerdotes, divididos interiormente, bipolarizados, terminan por quebrarse. Tal vez los curas clericales logran sortear este peligro. Pero seguramente al precio de una deshumanización que no puede ser voluntad del Dios que, convertido en un ser humano auténtico y el más auténtico de los seres humanos, nos humaniza. Jesús fue un laico que supo integrar en su persona la realidad en sus más diversos aspectos, una persona humana que nos divinizó porque nos laicizó. ¿Quién puede explicar que se lo haya convertido en un Sumo y Eterno sacerdote?

La Iglesia Católica no necesita solucionar el problema del clericalismo. Necesita, en primer lugar, des-sacerdotalizarse. En la Iglesia se han dado y se dan versiones no sacerdotales del cristianismo: el monacato, la religiosidad popular latinoamericana, el 70% de las comunidades de la Amazonía sin sacerdotes, las iglesias evangélicas pentecostales y otras. Todas estas versiones tienen problemas propios. Unas son más sanas, “más cristianas”, que otras. La versión sacerdotal del cristianismo se ha convertido en una expresión patológica del mismo.

Los ministros de la Iglesia Católica –que lamentablemente no dejan de ser llamados “sacerdotes”, como lo quiso el Vaticano II- debieran ser elegidos, formados e investidos de poder para conducir a las comunidades gracias a procesos en los que pueda controlarse que han llegado a tener la autoridad necesaria para desempeñar un servicio de este tipo. La autoridad, en la Iglesia de Cristo, debiera provenir, en primer lugar, de una experiencia personal del Evangelio. Las autoridades tendrían que, como testigos, poder anunciar con convicción que Dios es digno de fe y que la Iglesia misma puede constituir el Evangelio en el mundo de hoy.

Cristo

La Iglesia Católica necesita ministros que sean cristianos, antes que funcionarios de una organización sacerdotal internacional gestionada por una clase que se elige a sí misma y que se cree exenta de accountability ante el Pueblo de Dios.

El Simposio sobre el sacerdocio que se realiza estos días en Roma será muy probablemente inútil y, en el mejor de los casos, solo un primer paso para salir del atolladero. Lo será si, en vez de constituir una prédica moralizante a curas clericales, inicia la desconstrucción de la versión sacerdotal del catolicismo que, por angas o por mangas, impide la transmisión del Evangelio.

Navidad

La incesante novedad de Cristo

El nacimiento de Jesús es una parábola que nos pide barajar el cosmos con la esperanza de mejorarlo. Los evangelios son un conjunto de parábolas, cuentos que apelan al ser humano. Demandan una conversión, nos invitan a compartirnos con los demás. Creer en Dios equivale a creer en el amor y amarHay personas insensibles, sí. Pero si alguien siente compasión por su semejante, si cree que es responsable de él, debe ayudarle. Abandonarlo es un pecado que conduce al fracaso de la humanidadla Iglesia no obstante la Iglesia, no es la repetición anual del ciclo de los ciclos, sino una apelación a la creatividad del ser humano. Es algo siempre nuevo, original, un lanzazo en la rutina que nos repite, que nos negocia, que asfixia y mata

Por Jorge Costadoat

Otra vez Navidad. ¿Otra vez? No. El nacimiento de Jesús es una parábola que nos pide barajar el cosmos con la esperanza de mejorarlo. Los evangelios son un conjunto de parábolas. Las parábolas son cuentos que apelan a cualquier ser humano. Demandan una conversión, nos invitan a compartirnos con los demás. Creer en Dios equivale a creer en el amor y amar.

La parábola del Buen Samaritano demanda un amor por el prójimo que cuestiona al establishment sacerdotal. Tampoco un ateo puede excusarse de atender a un hombre asaltado por ladrones y a la vera del camino. Está obligado a tomar una decisión. ¿Puede alguien no conmoverse con la historia de una persona que recoge a un desconocido, cura sus heridas y le paga el hostal donde habrá de convalecer? Hay personas insensibles, sí. Pero si alguien siente compasión por su semejante, si cree que es responsable de él, debe ayudarle. En vez, abandonarlo, se lo llame así, se lo llame asá, es un pecado que conduce al fracaso de la humanidad. Las parábolas son hermosas porque abren las puertas del cielo.

La del Hijo pródigo, otro ejemplo, pide a mujeres y hombres ir más allá de sí mismos. Un padre perdona por igual a un mal hijo y al hijo que se cree mejor que su hermano. El padre de la parábola es más grande. Su amor quiebra la lógica. Representa a Dios, obvio. Pero más que exigir una confesión de fe religiosa, insta a una praxis trascendente. No somos fatalmente chicos y calculadores. Es posible vivir en otro registro, uno muy superior, uno que sabe a definitivo. Estas y otras parábolas indican que no es necesario ser cristiano para ser cristiano.

Digamos que casi no es necesario. Para serlo se necesita creer que los evangelios en conjunto constituyen una sola parábola, el relato, la narración o la imaginación del triunfo de Cristo en la historia y sobre el cosmos. Cada una de ellas apunta más lejos. El cristianismo, que comenzó en Navidad, principia la realización de todo aquello que empezó con el Big Bang. El nacimiento de Jesús, la fe de María y de José, es algo así como la somatización de Dios. El niño es Dios hecho cuerpo, “soma”. La Encarnación incorpora, hace cuerpo, la eternidad. No nos hundiremos para siempre. Un niño horada la noche como una estrella. Desde entonces lo real se hace realidad. Hasta entonces, todo estaba pendiente.

El cristianismo, cristianas y cristianos, la Iglesia no obstante la Iglesia, no es la repetición anual del ciclo de los ciclos, sino una apelación a la creatividad del ser humano. Es algo siempre nuevo, original, un lanzazo en la rutina que nos repite, que nos negocia, que asfixia y mata. Que desenmascara las religiones que sacrifican seres humanos para contentar a divinidades, y a beatas y beatos, envidiosos de la humanidad.

Jesús es la somatización de un Dios que no necesita esclavos. Su Padre confía en el ser humano, lo pone en manos de sí mismo y lo recoge como a un pequeño cuando se cae. Es un Dios que tienes las rodillas peladas de tanto agacharse. Año tras año la Navidad nos inventa. El cristianismo es la fantasía de un nazareno que nos llena de esperanza cuando parece que solo quedan motivos para desesperar. El cristianismo es una parábola del Cristo/Crista que nos da otra oportunidad

El Papa golpeó el tablero

«El golpeó el tablero», pero falta todavía mucho por des-sacerdotalizar en la Iglesia Católica 

El Papa besa el altar 

El cristianismo centrado en la cruz para el perdón de los pecados y, por ello, la eucaristía reducida a un sacrificio expiatorio, trastoca la historia de Jesús de haber sido crucificado por expresar el amor de Dios a todos sin exclusión 

Gracias al mejor conocimiento que la Iglesia posconciliar tiene de los evangelios, sabemos que Jesús, en vez de obsesionado con el perdón de culpables, se desveló por curar a los inocentes 

Francisco defiende el Concilio, pero no ha podido hacer más y aún tendrá que lidiar con enemigos conservadores que, desde el minuto dos, han entorpecido su gobierno 

PorJorge Costadoat 

El Papa golpeó el tablero. El regreso a tiempos anteriores al Concilio debe terminar. La lefebvrización de la liturgia está quebrando la unidad de Iglesia. Si Sacrosactum concilium fue aprobada por 2.147 votos contra 4, hecha esta votación hoy la distancia podría ser menor. 

Bajo un respecto, la decisión de Francisco lleva a preguntarse por las otras comunidades e iglesias cristianas. ¿Cómo ve la Ortodoxia la decisión del Papa? ¿Y la familia protestante? Los sectores ecuménicos, en general, la aplaudirán. Las mujeres la celebrarán. Dudo que vean con buenos ojos a sacerdotes que de nuevo les den la espalda y les hagan comulgar de rodillas. 

Bajo el respecto teológico, el papa Francisco vela por la fe del Concilio Vaticano II porque ve comprometida la unidad de la Iglesia. El Papa, en los hechos, frena una interpretación del sacrificio de Cristo difícil de hallar en la praxis evangélica de Jesús. El cristianismo centrado en la cruz para el perdón de los pecados y, por ello, la eucaristía reducida a un sacrificio expiatorio, trastoca la historia de Jesús de haber sido crucificado por expresar el amor de Dios a todos sin exclusión. Gracias al mejor conocimiento que la Iglesia posconciliar tiene de los evangelios, sabemos que Jesús, en vez de obsesionado con el perdón de culpables, se desveló por curar a los inocentes. 

El Papa golpeó la mesa. Pero, ¿no debió hacerlo todavía más fuerte? Francisco ha dado un paso, pero la versión sacerdotal del cristianismo acentuada los últimos mil años, y recién mitigada por el Vaticano II, está de vuelta. Juan Pablo II la reforzó. Pastores dabo vobis revirtió la reforma en la formación del clero de Optatam totius y la concepción del sacerdote de Presbyterorum ordinis

La involución conciliar en esta materia ha consistido, en breve, en priorizar el servicio sacramental de los curas. El Vaticano II había subordinado este ministerio al de la evangelización. Francisco defiende el Concilio, pero no ha podido hacer más y aún tendrá que lidiar con enemigos conservadores que, desde el minuto dos, han entorpecido su gobierno. 

Entre la tradición y el tradicionalismo

Jorge Costadoat-Centro Teológico Manuel Larraín

Mientras hubo Cristiandad pareció obvio que el cristianismo nutría aquel mundo, el mejor de los posibles. Desde que la Cristiandad terminó, los católicos han debido preguntarse cuál puede ser su aporte en las sociedades plurales. ¿Puede un político católico aportar algo que no aporten otros u otras disciplinas? ¿Tendría talvez que reducirse su originalidad a contrarrestar la cultura predominante?
Para responder a estas preguntas es necesario contraponer tradición y tradicionalismo. Los católicos están obligados, en virtud de su misma tradición, a articular su experiencia de fe y su obligación de dar razón de ella (Vaticano I y Vaticano II). La Iglesia es fiel a su tradición en la medida que transmite (tradere) el Evangelio en contextos personales y culturales plurales.
En dos mil años de historia ha habido innumerables interpretaciones del mensaje de Cristo. Ellas comenzaron con cuatro evangelios. Dieron lugar a varios patriarcados. Hoy hay un esfuerzo ecuménico notable con las iglesias de la Reforma y la Ortodoxia. En todas las versiones del Evangelio ha debido ser decisivo que la Tradición actualice una “buena noticia” para los seres humanos. Hace dos mil años que la Iglesia decanta su seguimiento de Jesucristo en enseñanzas que ha ido forjando trabajosamente para anunciar el Evangelio de un modo nuevo, epocal y culturalmente comprensible.
No debiera extrañar, en consecuencia, que la misma Tradición –el modo plural y provisional de transmitir la revelación de la cual la Iglesia es custodia- obligue a los católicos a revisar su doctrina y a cambiarla si es necesario. Si en el presente las mediaciones culturales e históricas (los ritos, las instituciones y las doctrinas) hacen imposible que el Evangelio llegue a los contemporáneos ellas deben ser discernidas y, si es el caso, cambiadas.
El tradicionalismo, en cambio, opera como si el Espíritu Santo no existiera: es decir, como si la Iglesia no dispusiera de la inspiración de Cristo para continuar transmitiendo el Evangelio en el futuro. El tradicionalismo no admite interpretaciones. Dice de cualquier mediación del Evangelio: “esto siempre ha sido así”, “esto no puede cambiar porque es intocable”. Es explicable que haya cristianos que piensen de este modo. Han de tener en cuenta empero que algunas tradiciones que encauzaron el cristianismo en el pasado, petrificadas, han asfixiado la vida de los católicos. Y que, de hecho, la Iglesia ha cambiado varias de sus doctrinas.
El tradicionalismo, en realidad, no representa la originalidad del cristianismo. La traiciona. El parlamentario tradicionalista quiere verificar el cristianismo en el plano de la legislación como si él tuviera la verdad revelada y los demás vivieran en las tinieblas. Los católicos no poseen “verdades” que pueden hacer valer en el parlamento como “cruzados”, como si los demás desconocieran el misterio de la cruz. Lo propio del dogma de la Encarnación que termina en la cruz pero que no se agota en esta, es exigir relacionar y conjugar ambos planos, el de la fe y el de normas que han de ser racionales. La identificación de Dios con la humanidad culmina en el misterio pascual, pero comienza con su apertura y asumpción de la realidad humana en todas sus dimensiones. Esto impide confundir una cosa con otra y llegar rápidamente a conclusiones simples.
En suma, no hay que buscar la originalidad del cristianismo en la prevalencia de la doctrina de la Iglesia Católica en la legislación del país. La relevancia cristiana debe descubrírsela sobre todo en el testimonio voluntario de cristianos que, por ejemplo, estén dispuestos a defender la tolerancia y legislar desde esa convicción. Los parlamentarios católicos, en virtud de su propio Credo, no debieran considerarse voceros de las autoridades eclesiásticas ni aplicadores de doctrinas católicas que pueden mediar, pero jamás agotar, la Tradición de la Iglesia. Lo suyo es redescubrir el Evangelio con otros, incluso con no creyentes, como una “buena noticia” para todos y no solo para algunos; no solo para los de hoy sino también los de mañana

¿Es posible un cambio a corto plazo en la Iglesia?

Jorge Costadoat sj: «El estamento gubernamental de la Iglesia parece haber perdido su capacidad de reforma»
«Desde hace muchos años se constata en la Iglesia un foso de distancia e incomprensión entre los fieles y sus pastores. Estas causas son doctrinales y estructurales»
«La encíclica Humanae vitae (1968), queriendo orientar las relaciones de amor al interior del matrimonio, al prohibir el uso de medios anticonceptivos, terminó generando desconcierto y una triste huida de las mujeres»
«La experiencia de Dios de la inmensa mayoría de los católicos no es considerada a la hora de compartir, revisar y recrear la doctrina que haga inteligible y vivible el Evangelio»
«Tal vez el panorama no sea tan dramático. No debiera serlo si los laicos, en vez de esperar los cambios desde arriba, comienzan a realizarlos con creatividad y entrega»
27.01.2021 | Jorge Costadoat teólogo Seguir leyendo

Crisis del coronavirus y futuro

Jorge Costadoat: «Después del covid, volveremos a una competencia feroz por la sobrevivencia y por aparentar»

Crisis del coronavirus y futuro

  • «Enfermos, muertos. Hambre. Crisis psicológicas varias. Parejas que terminarán odiándose. Motines en las cárceles. Niños pobres que no pueden seguir las clases por internet. La historia se repite cíclicamente»

«Nos harán comprar lo que quieran que compremos. Nos vigilarán para saber si efectivamente lo hacemos»

«No es necesario ser geniales para inventar nuevos y mejores modos de vivir la vida»

15.06.2020 Jorge Costadoat

Lo que ocurre se parece a un juego de naipes. Terminó una mano. Todo de nuevo. El mismo mazo. La misma posibilidad de ganar. Pero las cartas serán otras, otro el modo de jugarlas. Se barajan las cartas. Se reparten. Esta vez puede irnos mejor.

¿Qué sucede, qué sucederá dentro de poco? En lo inmediato se sienten los efectos de la catástrofe sanitaria y social del covid-19. Enfermos, muertos. Hambre. Crisis psicológicas varias. Parejas que terminarán odiándose. Motines en las cárceles. Niños pobres que no pueden seguir las clases por internet, evidencian la desigualdad de la sociedad en que viven, y que renuevan. Penas de todo tipo. Muchos de los latinoamericanos que han salido de la pobreza volverán a ella. Los hombres sin trabajo difícilmente se reconvertirán. Se quebrarán. La historia se repite periódicamente, cada vez que retorna la desocupación. Las mujeres tendrán que rebuscárselas para alimentar a la familia.

A algunos, empero, les está yendo bien. Los vendedores de máscaras no se quejan. Los especuladores seguramente están ganando. Son expertos en ríos revueltos. El narcotráfico está complicado, pero su resiliencia es envidiable.

Hay cosas que no cambiarán. A grandes y a niños les seguirán gustando las papas fritas. Sería extraño que alguno no haga pucheros con una película romántica. Será muy difícil controlar al capitalismo que lleva al planeta al colapso. Volveremos a una competencia feroz por la sobrevivencia y por aparentar. Nos harán comprar lo que quieran que compremos. Nos vigilarán para saber si efectivamente lo hacemos. Los algoritmos, el big data, adivinarán cada vez más los movimientos que puedan poner en peligro los intereses de la sociedad de consumo.

Pero hay también cosas que pueden cambiar para bien. En las grandes agitaciones de la historia hay algunos fuera de serie que “miran” y “ven”. Se adelantan. Abandonan lo conocido para incursionar en otros territorios. Le abren el camino a los que siguen detrás. Aunque no es necesario ser geniales para inventar nuevos y mejores modos de vivir la vida. Tal vez no se podrá cambiar el “qué”, pero sí el “como”. Seguir leyendo