Jornada Mundial de los Pobres

Por una Iglesia sinodal que camina con los pobres 

VICENTE MARTÍN MUÑOZ. DELEGADO EPISCOPAL DE CÁRITAS ESPAÑOLA 

La V Jornada Mundial de los Pobres, cuyo lema es “A los pobres los tenéis siempre con vosotros” (Mc 14, 7), pretende ayudarnos a tomar conciencia de la realidad que vive cada persona en situación de pobreza y exclusión. También, el papa Francisco nos ha convocado al Sínodo, ‘Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión’, un momento eclesial excepcional, cuyo protagonista es el Espíritu Santo, en el que se abre un nuevo tiempo para el discernimiento y la revisión de nuestro seguimiento de Jesús como Pueblo de Dios. 

Ambas convocatorias son una buena oportunidad para reflexionar cómo caminar juntos en Iglesia y cuestionarnos sobre cuál es el nivel de participación de las personas más pobres en los espacios de reflexión, toma de decisiones y celebración. Efectivamente, la sinodalidad, que implica que todos seamos escuchados, nos invita a prestar especial atención a los que están en la periferia. Este proceso eclesial debe fomentar la participación de todos y, en particular, dar voz a los que no la tienen. Por ello, hemos de preguntarnos “¿cuál es el lugar de la voz de las minorías, de los marginados, de los excluidos?”

El camino sinodal es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. En ese sentido, el Sínodo ha de ser un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido –o estamos siendo– capaces de escuchar y responder a los pobres; y ha de ser un viaje compartido con ellos, destinatarios privilegiados del Evangelio (cf. EG 48). Las instituciones eclesiales de pastoral social, Cáritas, Manos Unidas y las ONG de Iglesia han de ayudar a construir puentes para llegar a los más pobres, escucharlos y hacer que se escuche su voz. 

Impacto de la pandemia 

Cáritas y la Fundación FOESSA, en su informe ‘Análisis y perspectivas 2021’, ha analizado cuál ha sido y está siendo el alcance de la pandemia después de 20 meses y muestra cómo está dejando un impacto desolador y muy preocupante, con una profunda huella de graves consecuencias para las condiciones de vida y los niveles de integración social de las personas y familias. 

Según este estudio, son ya 11 millones de personas las que se encuentran en una situación de exclusión social en España, 2,5 millones más que en 2018, produciéndose un ensanchamiento del espacio de la exclusión social. 

Los datos del informe vienen a constatar que la pandemia está golpeando con más fuerza a los más frágiles, a los que tenían más dificultades para mantenerse a flote y menos mecanismos de protección. Esto significa que la crisis está generando un diferente impacto, dándose la paradoja de que un riesgo que nos iguala a todos, como es el virus, pone de relieve, al mismo tiempo, lo desiguales que somos, provocando nuevas desigualdades y poniendo a prueba nuestro sistema político y económico. Así, por primera vez desde 2007, las personas en exclusión severa superan los seis millones, un incremento de casi dos millones más respecto a 2018. 

Familias con niños y migrantes 

Dos son los colectivos sobre los que la crisis está teniendo más impacto: las familias con niños y adolescentes, y los inmigrantes. Efectivamente, las dificultades para la crianza y la debilidad de los apoyos públicos a las familias con menores de edad a su cargo incrementan el riesgo de exclusión social. Por otra parte, el país de origen es otro de los condicionantes que puede resultar determinante. La crisis ha intensificado situaciones de exclusión en la población migrante, cronificando su posición de desventaja. 

El estudio apunta dos factores para el incremento de la exclusión: el empleo y la vivienda, que se asocian de manera directa con la pobreza. 

El 25% de los hogares atraviesan graves dificultades en la dimensión del empleo, debido a las situaciones de desempleo, pero también por la realidad de un mercado laboral cada vez más precarizado, donde obtener un trabajo decente es cada vez más difícil, lo que conlleva ingresos bajos e insuficientes. Con respecto a 2018, se ha duplicado el número de hogares con todas las personas activas desempleadas o en inestabilidad laboral grave (pasando del 5,9% al 10,3%). Esta precariedad afecta mucho para garantizar el consumo, así como el acceso y mantenimiento de una vivienda y los suministros, que conforman la segunda dimensión de exclusión y derechos humanos vulnerados, afectando al 24% de hogares en España. 

Se sigue incrementando el número de familias para quienes los gastos de la vivienda suponen una carga tal que, una vez realizados estos, se quedan en una situación de pobreza. No cabe duda de que los gastos de la vivienda comprometen la posibilidad de satisfacer la garantía de otros derechos y cubrir necesidades básicas (alimentación, salud, vestido o transporte, entre otros). Una realidad que afecta al 14% de los hogares. 

La brecha digital 

El informe identifica un nuevo factor que se suma a los anteriores: la brecha digital, que reduce o limita las oportunidades de participación en la sociedad. No disponer de conexión suficiente o de un dispositivo conectado y de habilidades para manejarse en el entorno digital está convirtiéndose en nuevo motor de exclusión y desigualdad en una sociedad cada vez más digitalizada, suponiendo una pérdida de oportunidades para el empleo, la educación, las ayudas públicas o las propias relaciones sociales. 

La pandemia ha evidenciado la necesidad de reimpulsar y fortalecer el estado de bienestar social para responder a todas las necesidades y demandas sociales. La aprobación del Ingreso Mínimo Vital (IMV), una de las medidas más importantes para la emergencia actual por su constitución como prestación no contributiva garantista de un nivel mínimo de renta para los más pobres, ha venido a cubrir un vacío jurídico, político y social, y supone ya un sostén económico esencial para muchas familias. Sin embargo, en su configuración y normativa actual, ofrece una cobertura insuficiente y presenta lagunas importantes. 

Trámites para el IMV 

Uno de los obstáculos se encuentra a la hora de hacer los trámites para solicitarlo. Después de más de un año de su aprobación, aún muchos hogares en situación de pobreza severa no cuentan con información suficiente y correcta para la solicitud o la tramitación. En consecuencia, solo un 26% de los hogares en pobreza severa han conseguido realizar el trámite. Esto ha supuesto que más de dos tercios de estos hogares no lo han solicitado (el 68%), a pesar de contar con muy escasos o nulos ingresos, y algunos de los que lo han intentado se han encontrado barreras para realizarlo, tanto de forma telemática como presencial. Y para casi la mitad del total de solicitantes en pobreza severa (el 49%), ha sido denegado. 

En definitiva, solo el 18,6% de los solicitantes en pobreza severa lo está cobrando o, al menos, lo tiene concedido. Se trata de una cobertura muy baja para una medida que pretendía combatir la pobreza severa de nuestro país. 

¿Cómo situarnos cristianamente ante esta realidad de las personas empobrecidas? 

Los obispos de Canarias piden no crear guetos

Los obispos de Canarias piden al Gobierno europeo y español no crear guetos insulares para evadir el problema migratorio
Subrayan que muchos de los migrantes «no iniciarían un viaje tan incierto» si en sus pueblos y países se vivieran situaciones «más justas»
Ambos representantes de la Iglesia en Canarias se pronuncian así ante la llegada de miles de inmigrantes al archipiélago, que se viene produciendo en los últimos meses, y que consideran debe implicar que la sociedad en general reflexione y tome conciencia sobre la «situación de pobreza y vulnerabilidad que viven»
Apoyándose en reflexiones del Papa Francisco, hacen un llamamiento para crear la cultura del encuentro y superar la fobia al extranjero, así como piden luchar contra las mafias y favorecer el desarrollo de los países de origen
12.11.2020
Los obispos de las Diócesis de Canarias y Nirvariense, José Mazuelos y Bernardo Álvarez, respectivamente, han publicado una carta pastoral ante la celebración de la Iglesia Católica, el próximo 15 de noviembre, de la IV Jornada Mundial de los Pobres, en la que piden al Gobierno europeo y español no crear guetos insulares para evadir el problema migratorio.
Ambos representantes de la Iglesia en Canarias se pronuncian así ante la llegada de miles de inmigrantes al archipiélago, que se viene produciendo en los últimos meses, y que consideran debe implicar que la sociedad en general reflexione y tome conciencia sobre la «situación de pobreza y vulnerabilidad que viven estas personas», al tiempo que invita a ponerse «manos a la obra para que nadie se sienta marginado o despreciado, sino que todos experimenten la acogida, la atención y el respeto que como personas humanas se merecen».
En este sentido, y apoyándose en reflexiones del Papa Francisco, hacen un llamamiento para crear la cultura del encuentro y superar la fobia al extranjero, así como piden luchar contra las mafias y favorecer el desarrollo de los países de origen porque, apuntan, que «solo cuando cese la injusticia actual del comercio internacional, cuando cesen las guerras inducidas en países con riquezas mineras, cuando los dictadores que expolian a su pueblo dejen de contar con la complacencia de gobiernos y empresas multinacionales, cuando cese el comercio de armas, la inmigración de ciertas zonas del mundo se podrá regular».
Así, en su carta pastoral subrayan que muchos de los migrantes «no iniciarían un viaje tan incierto» si en sus pueblos y países se vivieran situaciones «más justas». Por ello, una vez que llegan a un destino consideran que debe producirse un «equilibrio adecuado» entre la protección de los derechos de los ciudadanos y la garantía de acogida y asistencia a los migrantes.
Además, haciendo referencia a lo emitido por el Papa Francisco, citan algunas «respuestas indispensables» para quienes huyen de las «graves crisis humanitarias», tales como son «aumentar y simplificar la concesión de visados; abrir corredores humanitarios; garantizar la vivienda, la seguridad y los servicios esenciales; ofrecer oportunidades de trabajo y formación; fomentar la reunificación familiar; proteger a los menores; garantizar la libertad religiosa y promover la inclusión social.
Asimismo, ambos obispos indican que la llegada de inmigrantes a Canarias es motivo para tener presente la ‘Cruz de Lampedusa’, que fue realizada con trozos de madera de las embarcaciones que habían naufragado en la isla, así como las palabras del Papa en las que pedía «no» seguir viviendo «anestesiados ante el dolor ajeno.
En este sentido, invitan a la sociedad a sensibilizarse ante la muerte de los que viajaban en las barcas, de «esos niños, jóvenes y adultos que han enterrado sus sueños y sus vidas en las aguas del Atlántico» porque, puntualizan, «nunca» se sabrá «cuantos miles de personas han perdido sus vidas de manera trágica y dramática entre las dos orillas» en estos últimos años. Además, consideran que se ha olvidado la «experiencia de llorar, de sufrir con» porque la globalización de la indiferencia «ha quitado la capacidad de llorar», algo que aseguran hace que en la Iglesia se sienta un «profundo dolor y la impotencia de ver cómo muchos hermanos mueren frente a las costas» de los pueblos y ciudades «sin que parezca» que se haya hecho «lo suficiente para evitarlo».
«Mirar uno a uno» a quienes llegan
Por ello, instan a trabajar «contra la «globalización de la indiferencia» e invitan a saber «mirar uno a uno a esos hombres, mujeres y niños» que llegan a las costas, así como hacer propio «sus sufrimientos tras haber huido de la guerra, de las persecuciones, del hambre y haber afrontado un largo y peligroso viaje por el desierto y el mar en manos, tantas veces, de traficantes de seres humanos».
El obispo de la Diócesis de Canarias y el de la Nirvariense subrayan que los inmigrantes «son personas como cualquiera de nosotros, con nombres, historias y familias», de ahí que rechazan «todas las voces que siembran confusión» tanto desde la política como desde plataformas mediáticas.
«Hay que exponer la verdad y decir que los que llegan en las pequeñas embarcaciones son sólo una pequeña parte, que no llega al 10 por ciento del total de la población inmigrante empadronada y residente en España. Hay que contar un relato real y positivo de las migraciones, ya que habitualmente se silencia la aportación positiva que la inmensa mayoría de los inmigrantes hacen al país que los acoge. La contribución que aportan los inmigrantes abarca todas las dimensiones: la economía, la demografía, la cultura, y la propia vida religiosa, rejuveneciendo y revitalizando muchas parroquias y comunidades», apostillan.
Así, resaltan que quienes llegan de fuera, traen un «inmenso tesoro, rejuvenecen con sangre nueva» la «vieja» Europa y abren el «desafío de la diversidad». Exponen algunas aportaciones «notables» de los inmigrantes en la sociedad paliando el envejecimiento o «muchas mujeres inmigrantes están siendo la voz y las manos de ternura» de niños, enfermos o ancianos; a lo que añaden que otros son jornaleros del campo que recogen «una riqueza que no se ve correspondida con las condiciones laborales que sufren».
«Y todos ellos con el testimonio de sus vidas, su valentía y su disponibilidad para afrontar peligros buscando un mundo mejor. Son un ejemplo de esperanza para nuestra sociedad pesimista y ciega ante el futuro», destacan.
«Muchas mujeres inmigrantes están siendo la voz y las manos de ternura» de niños, enfermos o ancianos; a lo que añaden que otros son jornaleros del campo que recogen «una riqueza que no se ve correspondida con las condiciones laborales que sufren»
Asimismo, ambos obispos tienen un reconocimiento para todos los que rescatan y salvan vidas, citando al Servicio Marítimo de la Guardia Civil, de Salvamento Marítimo, todos «auténticos ángeles de la guarda en medio» de los mares.
En relación con ello, desean que «esa humanitaria labor de socorrer y salvar vidas siga contando en la frontera sur con un apoyo decidido» por parte de los diferentes gobiernos.
Además, destacan la labor de la Policía Nacional, del personal de la Cruz Roja y de la Comisión de Ayuda al Refugiado (CEAR) que, junto con los voluntarios y miembros de Cáritas y de otras organizaciones humanitarias, ayudan a «evitar la globalización de la indiferencia» poniendo en práctica la parábola del buen samaritano: «Él se detuvo a salvar la vida del pobre hombre golpeado por los bandidos sin preguntarle cuál era su procedencia, sus razones de viaje o si tenía sus documentos en regla. «Simplemente decidió hacerse cargo y salvar su vida».

La Jornada Mundial de los Pobres: escuchar sus gritos

Las pandemias afectan en mayor medida a los más pobres El grito de los pobres y de la Tierra, un clamor que resuena fuerte en la Amazonía
La Jornada Mundial de los Pobres cobra especial relevancia en un momento que “ha puesto en crisis muchas certezas”, en la que “redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial”
“¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos aliviar su marginación y sufrimiento?”, una pregunta que perfectamente podemos aplicar a los pueblos amazónicos, sobre todo a los pueblos originarios y comunidades tradicionales, secularmente colocados al margen de la sociedad
Para el Papa Francisco escuchar y hacer frente a estos gritos, son dos de sus mayores preocupaciones, que él desearía que provocasen en la humanidad, especialmente en los cristianos, una llamada a la conversión
14.11.2020 Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil
Escuchar el grito de la Tierra y el grito de los pobres es un desafío cada vez más urgente, entendiendo que son dos caras de una misma moneda. Podríamos decir que para el Papa Francisco escuchar y hacer frente a estos gritos, son dos de sus mayores preocupaciones, que él desearía que provocasen en la humanidad, especialmente en los cristianos, una llamada a la conversión.
En este tiempo de pandemia, en que cada vez son más los que afirman que el Covid-19 es consecuencia de la falta de cuidado con nuestra Madre Tierra, se ha puesto de manifiesto una vez más la relación entre esos clamores, pues quienes están sufriendo las consecuencias más graves, no sólo en el campo sanitario, también en el social y el económico, son los más pobres.
Los datos económicos nos dicen que en los últimos meses los más ricos a nivel mundial han engordado suculentamente su cuenta bancaria, en cuanto en 2020 el número de personas en riesgo de pasar hambre ha aumentado en 130 millones. Junto con eso, la falta de un sistema sanitario público y de calidad ha hecho con que las muertes por el Covid-19 se disparen, también algunos de los llamados países desarrollados, aunque es verdad que a eso se ha unido la negligencia de algunos gobernantes, empeñados en hacer lo contrario de lo que deberían.

Celebrar la Jornada Mundial de los Pobres, una fecha importante en el calendario vaticano que ha ido diseñando el Papa Francisco, debe llevarnos a una reflexión, cada uno desde la realidad en la que vive. En la Amazonía, donde uno pasa su día a día, podemos ver esa interrelación entre esos dos gritos es meridianamente clara. En una región cada vez más depredada, algo que inclusive ha aumentado en los últimos meses, pues los destructores de la Amazonía no han guardado cuarentena, vemos como los efectos del Covid-19 han sido arrasadores.
Estamos hablando de una región que se acerca a los 1,5 millones de casos confirmados, una cifra que, siendo alta, es irreal, pues la subnotificación en la región es evidente. Lo mismo se puede decir del número de muertos, que ya ha superado los mil fallecidos por millón de habitantes, lo que la convierte en la región más afectada del planeta. Pero no podemos olvidar de los más de dos mil fallecidos entre los pueblos indígenas, en su gran mayoría ancianos, depositarios del legado cultural y espiritual de unos pueblos que pueden perder elementos fundamentales en su vida.
En ese sentido, podemos recordar las palabras que el Papa Francisco nos dirige en el mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres, donde nos habla sobre aquel que buscaba “la sabiduría que hace a los hombres mejores y capaces de escrutar en profundidad las vicisitudes de la vida”, algo que llevaba a cabo en un momento de dolor, una realidad muy presente en la vida de la humanidad en los últimos meses. “Arraigado en las tradiciones de sus antepasados”, busca en Dios la sabiduría, sabiendo que “la oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables”.
Por eso, podemos preguntarnos con Francisco, “¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos aliviar su marginación y sufrimiento?”, una pregunta que perfectamente podemos aplicar a los pueblos amazónicos, sobre todo a los pueblos originarios y comunidades tradicionales, secularmente colocados al margen de la sociedad. Es a ellos a quienes somos llamados como pueblo de Dios a “darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas”. Tender la mano se convierte en un signo, en una necesidad, especialmente cuando ella pretende ayudar al pobre.
La Jornada Mundial de los Pobres cobra especial relevancia en un momento que “ha puesto en crisis muchas certezas”, en la que “redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial”. Esa sencillez de la que habla el Papa Francisco en su mensaje es algo que está presente en muchas comunidades amazónicas, donde se hace presente el concepto de sobriedad feliz, que el propio Francisco ha utilizado en diferentes ocasiones. De hecho, como recoge Laudato Si, “esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente”, y en esa cultura del cuidado, los pueblos originarios pueden ser considerados ejemplo a seguir.
La pobreza es algo que se combate en la medida en que tenemos conciencia de nuestro destino común, una actitud tradicionalmente presente en las comunidades amazónicas, basadas en una visión comunitaria de la vida, aunque no podemos negar que el individualismo está entrando cada vez más en esos ambientes. El ser conscientes de que estamos en el mismo barco es algo fundamental para mejorar la condición vida de los más afectados por la pandemia del Covid-19 y por todas las pandemias que provocan el aumento de la pobreza en un mundo con recursos para todos. Pero eso también se puede aplicar al cuidado de la Amazonía, siendo conscientes de que no cuidarla y no defender a quienes la cuidan, nos conduce a un callejón sin salida.

IV Jornada Mundial de los Pobres: «Tiende tu mano al pobre»


El Papa pone como ejemplo al cura asesinado por un pobre: “Roberto Malgesini vio a Jesús en los pobres y el sentido de la vida en el servicio”
“Pidamos la gracia de no ser cristianos de palabras, sino en los hechos”
“En el Evangelio, los siervos buenos son los que arriesgan. No son cautelosos y precavidos, no guardan lo que han recibido, sino que lo emplean”
“El bien, si no se invierte, se pierde; porque la grandeza de nuestra vida no depende de cuánto acaparamos, sino de cuánto fruto damos”
“Es triste cuando un cristiano juega a la defensiva, apegándose sólo a la observancia de las reglas y al respeto de los mandamientos”
“El Señor nos invita a jugárnosla generosamente, a vencer el miedo con la valentía del amor, a superar la pasividad que se convierte en complicidad”
“Los pobres nos garantizan un rédito eterno y ya desde ahora nos permiten enriquecernos en el amor”
“Si no queremos vivir pobremente, pidamos la gracia de ver a Jesús en los pobres, de servir a Jesús en los pobres”
«Somos portadores de una gran riqueza, que no depende de cuánto poseamos, sino de lo que somos»
«No sirve para vivir el que no vive para servir»
15.11.2020 José Manuel Vidal
Misa especial, presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro. Primero, por ser la misa de la IV Jornada mundial de los Pobres. Segundo, porque los fieles fueron 100 pobres y los voluntarios que los cuidan. En la homilía, el Papa de los pobres volvió a colocarlos en el centro del Evangelio, porque «el mimso Cristo se hizo pobre». Y es que «los pobres nos garantizan un rédito eterno y ya desde ahora nos permiten enriquecernos en el amor” y, por eso, Francisco pidió a los cristianos que no jueguen a la defensiva, «apegándose a la sreglas y al respeto de los mandamientos».
Es decir, según el Papa, se trata de que seamos «cristianos de hechos, no de palabras» y que, como los seirvos buenos del Evangelio «arriesguemos», porque “El bien, si no se invierte, se pierde; porque la grandeza de nuestra vida no depende de cuánto acaparamos, sino de cuánto fruto damos” y porque «no srive para vivir el que no vive para servir».
Texto completo de la homilía del Papa
La parábola que hemos escuchado tiene un comienzo, un desarrollo y un desenlace, que iluminan el principio, el núcleo y el final de nuestras vidas.
El comienzo. Todo inicia con un gran bien: el dueño no se guarda sus riquezas para sí mismo, sino que las da a los siervos; a uno cinco, a otro dos, a otro un talento, «a cada cual según su capacidad» (Mt 25,15). Se ha calculado que un único talento correspondía al salario de unos veinte años de trabajo: era un bien superabundante, que entonces era suficiente para toda una vida. Aquí está el comienzo: también para nosotros todo empezó con la gracia de Dios, que es Padre y ha puesto tanto bien en nuestras manos, confiando a cada uno talentos diferentes. Somos portadores de una gran riqueza, que no depende de cuánto poseamos, sino de lo que somos: de la vida que hemos recibido, del bien que hay en nosotros, de la belleza irreemplazable que Dios nos ha dado, porque somos hechos a su imagen, cada uno de nosotros es precioso a sus ojos, único e insustituible en la historia.
Así nos mira Dios. Qué importante es recordar esto: En demasiadas ocasiones, cuando miramos nuestra vida, vemos sólo lo que nos falta. Entonces cedemos a la tentación del “¡ojalá!”: ¡ojalá tuviera ese trabajo, ojalá tuviera esa casa, ojalá tuviera dinero y éxito, ojalá no tuviera ese problema, ojalá tuviera mejores personas a mi alrededor!… La ilusión del “ojalá” nos impide ver lo bueno y nos hace olvidar los talentos que tenemos. Pero Dios nos los ha confiado porque nos conoce a cada uno y sabe de lo que somos capaces; confía en nosotros, a pesar de nuestras fragilidades. También confió en aquel siervo que ocultó el talento: esperaba que, a pesar de sus temores, también él utilizara bien lo que había recibido. En concreto, el Señor nos pide que nos comprometamos con el presente sin añoranza del pasado, sino en la espera diligente de su venida. La nostalgia mala, que es como el humor negro, que envenena el alma.
Así llegamos al centro de la parábola: es el trabajo de los sirvientes, es decir, el servicio. El servicio es también obra nuestra, el esfuerzo que hace fructificar nuestros talentos y da sentido a la vida: de hecho, no sirve para vivir el que no vive para servir. ¿Pero cuál es el estilo de servicio? En el Evangelio, los siervos buenos son los que arriesgan. No son cautelosos y precavidos, no guardan lo que han recibido, sino que lo emplean. Porque el bien, si no se invierte, se pierde; porque la grandeza de nuestra vida no depende de cuánto acaparamos, sino de cuánto fruto damos. Cuánta gente pasa su vida acumulando, pensando en estar bien en vez de hacer el bien. ¡Pero qué vacía es una vida que persigue las necesidades, sin mirar a los necesitados! Si tenemos dones, es para ser dones. ¿MI mano está abierta o cerrada?
Cabe destacar que los siervos que invierten, que arriesgan, son llamados «fieles» cuatro veces (vv. 21.23). Para el Evangelio no hay fidelidad sin riesgo. Ser fiel a Dios es gastar la vida, es dejar que los planes se trastoquen por el servicio. Es triste cuando un cristiano juega a la defensiva, apegándose sólo a la observancia de las reglas y al respeto de los mandamientos. Los crstianos que temen al riesgo. Están en un proceso de momificación del alma. Esto no es suficiente, la fidelidad a Jesús no se limita simplemente a no equivocarse. Así pensaba el sirviente holgazán de la parábola: falto de iniciativa y creatividad, se escondió detrás de un miedo estéril y enterró el talento recibido.
El dueño incluso lo calificó como «malo» (v. 26). A pesar de no haber hecho nada malo, pero tampoco nada bueno. Prefirió pecar por omisión antes de correr el riesgo de equivocarse. No fue fiel a Dios, que ama entregase totalmente; y le hizo la peor ofensa: devolverle el don recibido. En cambio, el Señor nos invita a jugárnosla generosamente, a vencer el miedo con la valentía del amor, a superar la pasividad que se convierte en complicidad. Hoy, en estos tiempos de incertidumbre y fragilidad, no desperdiciemos nuestras vidas pensando sólo en nosotros mismos. No nos engañemos diciendo: «Hay paz y seguridad» (1 Ts 5,3). San Pablo nos invita a enfrentar la realidad, a no dejarnos contagiar por la indiferencia.
Entonces, ¿cómo podemos servir siguiendo la voluntad de Dios? El dueño le explica esto al sirviente infiel: «Debías haber llevado mi dinero a los prestamistas, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses» (v. 27). ¿Quiénes son los “prestamistas” para nosotros, capaces de conseguir un interés duradero? Son los pobres: Los pobres están en el centro del Evangelio, que no se entiende sin los pobres. Cristo se hizo pobre. Ellos nos garantizan un rédito eterno y ya desde ahora nos permiten enriquecernos en el amor. Porque la mayor pobreza que hay que combatir es nuestra carencia de amor. El Libro de los Proverbios alaba a una mujer laboriosa en el amor, cuyo valor es mayor que el de las perlas: debemos imitar a esta mujer que, según el texto, «tiende sus brazos al pobre» (Pr 31,20). Extiende tu mano a los necesitados, en lugar de exigir lo que te falta: de este modo multiplicarás los talentos que has recibido. Viene el tiempo de Navidad. ¿Qué puedo comprar?, se pregunta la gente. Preguntémonos: ¿Qué puedo dar?
Llegamos así al final de la parábola: habrá quien tenga abundancia y quien haya desperdiciado su vida y permanecerá siendo pobre (cf. v. 29). Al final de la vida, en definitiva, se revelará la realidad: la apariencia del mundo se desvanecerá, según la cual el éxito, el poder y el dinero dan sentido a la existencia, mientras que el amor, lo que hemos dado, se revelará como la verdadera riqueza. Un gran Padre de la Iglesia escribió: «Así es como sucede en la vida: después de que la muerte ha llegado y el espectáculo ha terminado, todos se quitan la máscara de la riqueza y la pobreza y se van de este mundo. Y se los juzga sólo por sus obras, unos verdaderamente ricos, otros pobres» (S. Juan Crisóstomo, Discursos sobre el pobre Lázaro, II, 3). Si no queremos vivir pobremente, pidamos la gracia de ver a Jesús en los pobres, de servir a Jesús en los pobres.
Me gustaría agradecer a tantos fieles siervos de Dios, que no dan de qué hablar sobre ellos mismos, sino que viven así, sirviendo. Pienso, por ejemplo, en D. Roberto Malgesini. Este sacerdote no hizo teorías; simplemente, vio a Jesús en los pobres y el sentido de la vida en el servicio. Enjugó las lágrimas con mansedumbre, en el nombre de Dios que consuela. En el comienzo de su día estaba la oración, para acoger el don de Dios; en el centro del día estaba la caridad, para hacer fructificar el amor recibido; en el final, un claro testimonio del Evangelio. Comprendió que tenía que tender su mano a los muchos pobres que encontraba diariamente porque veía a Jesús en cada uno de ellos. Pidamos la gracia de no ser cristianos de palabras, sino en los hechos. Para dar fruto, como Jesús desea.