¿Qué tan cercano es nuestro sacerdote?

Por José Antonio Varela

En febrero último, durante un simposio para presbíteros realizado en Roma, el papa Francisco participó como ponente e interpeló a los participantes. Fue una ocasión privilegiada para escuchar, en primera persona, el testimonio del pastor universal, quien les habló “a corazón abierto”, acerca de sus poco más de 52 años de vida sacerdotal.


Adelantó que el presbítero debe discernir siempre si el cambio y sus acciones, tienen o no, “sabor a Evangelio”. Advirtió sin embargo, que “buscar formas ancladas en el pasado y que nos «garantizan» una forma de protección contra los riesgos”, termina refugiando al presbítero “en un mundo o en una sociedad que no existe más”.

Por otro lado, afirmó que otra actitud poco recomendable es aquella del “optimismo exacerbado”, mediante el cual se va demasiado lejos, sin el debido discernimiento para tomar las decisiones necesarias. Un riesgo de esto es que, a veces, se “consagra la última novedad como lo verdaderamente real”, olvidando la sabiduría de los años.

Discernir la voluntad de Diosexplicó Francisco “es interpretar la realidad con los ojos del Señor, sin necesidad de evadirnos de lo que acontece a nuestros pueblos y sin la ansiedad que lleva a querer encontrar una salida rápida y tranquilizadora, a través de una ideología de turno”.

Como el papa es un hombre de esperanza y le gusta “primerear”, a través de su ponencia desarrolló cuatro “Cercanías”, que se refieren a actitudes que otorgan solidez a la persona del presbítero, porque siguen “el estilo de Dios”.

En este artículo hemos enriquecido cada cercanía, con el breve testimonio de cuatro presbíteros relacionados con el Perú, España, Brasil y EE.UU., quienes han experimentado estas cercanías o hubieran querido que se vivieran mejor en su entorno.

Cercanía a Dios

Esta primera “cercanía al Señor”, tiene su fuente en el Evangelio: “Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto”. Por ello, recuerda el papa que “sin una relación significativa con el Señor (..) sin la intimidad de la oración, de la vida espiritual, del acompañamiento sapiente de un guía (..), nuestro ministerio será estéril”.

Es por eso que invita a los presbíteros a no vivir la oración como un deber, sino como “un hijo que se hace cercano al Señor”. Para ello, no deben faltar “espacios de silencio en nuestro día (donde) perseverar en la oración”. Esto les permitirá tener “un corazón suficientemente ensanchado para dar cabida al dolor del pueblo (..) y, al mismo tiempo, como el centinela, anunciar la aurora de la Gracia de Dios que se manifiesta en ese mismo dolor”.

Conversando con un presbítero que suma treinta años de ordenado, me contó algo que le viene inquietando: “He visto a muchos sacerdotes con una fecundidad espiritual que se trasluce en su vida cotidiana; y por desgracia, conozco a un amigo que habría perdido la ilusión del sacerdocio. Por un lado, provoca la compasión y llama a preguntarse qué le está pasando a este sacerdote; y por otro lado, genera el escándalo y la murmuración de que un consagrado con algunas actitudes, sea un antitestimonio de la vida cristiana”.

Cercanía al obispo

La obediencia, para el santo padre, “es escuchar la voluntad de Dios, que se discierne precisamente en un vínculo”. La obediencia -explica-, puede ser “confrontación, escucha y, en algunos casos tensión, pero que no se rompe”.

Advierte que el obispo “no es un supervisor de escuela, no es un vigilante, sino un padre, y debería ofrecer esta cercanía”. Porque de lo contrario, “aleja a los presbíteros o solo acerca a los ambiciosos”.

“Defender los vínculos del sacerdote con la Iglesia particular, con el instituto a que se pertenece y con su propio obispo, hace que la vida sacerdotal sea digna de crédito”, manifestó Francisco. Por ello pidió a los presbíteros que “recen por los obispos y se animen a expresar su parecer con respeto, valor y sinceridad”, con la seguridad de que gran parte de los obispos sabrán responder con “humildad, capacidad de escucha, de autocrítica y de dejarse ayudar”.

Referido a esto, me contaba otro de los presbíteros consultados, con casi once años de ordenado, que ya desde seminarista veía que se fomentaba “un trato directo” del obispo con sus compañeros y con él mismo. Recuerda que, en su caso, cuando estuvo a punto de ordenarse como diácono, lo fue a visitar al seminario y salieron a cenar. “Yo tenía su numero de celular para lo que necesitara”, recuerda. Y ya ordenado como presbítero, acudió al obispo para el desarrollo de un proyecto diocesano dirigido a los hispanos, algo que le apoyó con interés.

Cercanía entre los sacerdotes

“La fraternidad escoge, deliberadamente, ser santos junto con los demás y no en soledad”, dijo Francisco en el evento, al referirse a la fraternidad sacerdotal como tercera “cercanía”. En su discurso citó un proverbio africano: “Si quieres ir rápido tienes que ir solo, mientras que si quieres ir lejos, tienes que ir con otros”. Por ello, confesó que no le llama la atención que por momentos se vea una “lentitud” en la Iglesia, pues es señal de quien “ha decidido caminar en fraternidad, también acompañando a los últimos, pero siempre en fraternidad”.

Una de las características de la fraternidad, explica, es “Aprender la paciencia, dado que “somos responsables de los demás, (al) cargar sus pesos (y) sufrir con ellos”. Advirtió que lo contrario sería “la indiferencia, la distancia que creamos para no sentirnos involucrados en su vida”.

Debido a esto, comentó que en algunos presbíteros tiene lugar “el drama de la soledad (y) sienten que del otro no pueden esperar el bien, la benignidad, sino solo el juicio”. Ya lo ha hablado el papa antes y en esta ocasión lo repite: “La envidia está al alcance de la mano y (luego) viene la murmuración”.

En otra parte de su discurso, Francisco recordó al respecto que “el amor fraterno no busca el propio interés, no deja espacio a la ira, al resentimiento”. Sino por el contrario, “cuando encuentro la miseria del otro, estoy dispuesto a olvidar para siempre el mal recibido, (sean) calumnias, maledicencias y murmuración”.

Lamentablemente, algo así tuvo que experimentar otro presbítero, con 35 años de ordenado, ante un hecho que se debe evitar: “Me ordené sacerdote con mucha ilusión y aún mantengo aquel amor primero que tocó mi corazón, amando y sirviendo en la Iglesia. Sin embargo, en algún momento, la envidia en mi contra generó indiferencia, murmuraciones e hipocresía, hasta que lograron sacarme de párroco y sin una parroquia donde celebrar la Eucaristía. Viví de limosnas, pues se propaló la noticia falsa de que me había aprovechado del dinero de la parroquia”.

Cercanía al pueblo

La cuarta “cercanía” se refiere a la relación con el Pueblo santo de Dios, que para Francisco “no es un deber, sino una gracia”. A esto añade, que el lugar de todo presbítero “está en medio de la gente, en una relación de cercanía con el pueblo”.

“Hoy es importante vivir en estrecha relación con la vida real de la gente, junto a ella”, afirmó el santo padre, convencido de que así brotará un “estilo de cercanía, de compasión y de ternura (que es) capaz de caminar no como un juez, sino como el Buen Samaritano que reconoce las heridas de su pueblo”.

Esta “cercanía” permite, según el testimonio del papa, ser “pastores del pueblo y no clérigos de Estado, profesionales de lo sagrado…”. Quizás por eso, es que hace una fuerte crítica al clericalismo, al que denomina “una perversión”; como también lo es uno de sus signos visibles: la rigidez. Pero no lo deja allí, sino que denuncia un hecho real: “la clericalización del laicado, (aquella) promoción de una pequeña elite en torno al cura, termina por desnaturalizar (la) misión fundamental del laico”.

Llegando al final de su discurso, el papa recordó que los presbíteros deben ser “pastores que sepan de compasión, hombres con coraje capaces de detenerse ante el caído y tender su mano”. Por ello advierte que, “si el pastor anda disperso, si el pastor se aleja, las ovejas también se dispersarán y quedarán al alcance de cualquier lobo”. El llamado constante de Francisco al presbítero, es a vivir una cercanía con su pueblo, para así “anunciar en las llagas del mundo, la fuerza operante de la Resurrección”.

Otro de los párrocos que conversó con nosotros, pudo confrontar aquello con su ministerio: “Mi experiencia en estos 22 años de sacerdocio, es que, muchas veces se hace más trabajo pastoral estando a pie de calle con el pueblo, que en la propia estructura de la parroquia. Aunque he trabajado en la ciudad y en zonas rurales, en estas últimas tenía mucho más facilidad, por la cercanía con las personas, pues nos saludábamos al cruzarnos. Era lo que llamo la «pastoral de la calle»”.

También recordó que siempre le ha gustado desarrollar una “pastoral de las cafeterías”, entrando a los locales a tomar un café con las personas. Esta cercanía con ellos, permite un diálogo de confianza, donde expresan sus preocupaciones y sufrimientos personales y familiares, permitiendo así, una ocasión de anunciar la Buena Nueva de Cristo a los alejados de la Iglesia”.

Consciente de este amplio celo sacerdotal en muchísimos pastores, el papa concluye su discurso sobre estas cuatro “cercanías”, asegurando que, “aunque altere las rutinas, incomode un poco y despierte la inquietud”, aquellas son “una buena escuela a la que el sacerdote es convocado sin miedos, sin rigidez, sin reducir ni empobrecer la misión”.

Habría que aprovechar este tiempo sinodal para recuperar estas “cercanías” del Señor, sugeridas por el papa Francisco para los presbíteros, que son como “un regalo que Él hace, para mantener viva y fecunda la vocación”.