¿De vuelta a la “indignación”?

congreso diputados España
por José Fernando Juan 

El llamado de los políticos a la responsabilidad, el compromiso social y los sacrificios, les ha salido un “¡Basta!” alto y claro. A mí me ha sonado al segundo libro de Stéphane Hessel, cuyas consecuencias ya conocemos. El autor no tuvo tanto éxito con su siguiente, aunque sea probablemente mucho más interesante, pese a que siempre tenga la cantilena de los jóvenes como primeros agentes de cambio: “Comprometeos”.

Lo que refleja Ángel Martín en su publicación es el sentimiento general de hartazgo de una sociedad entera, que no comprende qué ocurre y por qué repetidamente sobrevienen cambios indeseados en las condiciones de vida y en su situación de bienestar y tranquilidad. La política, tan dependiente para su proyecto social, de todo lo que gira alrededor, termina por ser un espacio desquiciante, en el que el ciudadano medio, y no digamos el bajo, solo tiene la sensación de padecer, de tener que dar de sí mismo, de sentir una responsabilidad que no ve que transforme realmente la realidad que le rodea.

De Ortega y Gasset a Martha Nussbauum

Voz que ha estudiado hace cien años Ortega y Gasset, más contemporáneamente Martha Nussbaum y recientemente tenemos el libro traducido de Steinbock. ¿Qué emociones juegan en cada tiempo un papel político principal? ¿Cuáles cobran tanto cuerpo que se materializan en relaciones, en estructuras, en demandas y en horizontes? ¿Solo son las negativas, o en esto negativo y de rechazo, hay también algo positivo que busca el cambio y la transformación? ¿Sirven para algo más que para el desahogo o movilizan y comprometen en algo?

Poco antes de ver el video había publicado en Instagram una imagen, más común de lo que pueda parecer: unos contenedores de basura, llenos y desbordados, con bolsas ocupando parte de la acera. Todos, de un modo u otro, sintieron que tenían derecho a expulsar sus “mierdas” particulares, sus residuos. Compraron sabiendo que sobraría, porque a eso le llamaron progreso en algún tiempo y todavía hoy pagamos las consecuencias de no haber intuido finamente lo mejor. Algo parecido le ocurre a la política. Probablemente también a la Iglesia. A toda la humanidad. La indignación, al menos en una vertiente, es esperanzadora. Porque por fin comienza a ver más posibilidades, sin someterse a lo que hay y viene socialmente organizado. Pero no puede quedar en eso, en la expresión catártica de impulsos de rechazo.

Creo que el papa Francisco, cuando hace lo que hace y escribe lo que escribe, mantiene la tensión en ese horizonte, frente a lo irremediable, frente a la imposición cómoda de lo fáctico, frente a la indiferencia que se acomoda dulcemente en lo que hay hasta matar con su frialdad. Francisco le llama evangélicamente a esa emoción capaz de coger aire, tener fuerza, estar dispuesta, sufrir esperanzadamente y vivir a fondo. Lejos, muy lejos la queja y la ponzoña de la indignación de sillón. La alegría mira a lo bello, a lo bueno y a la verdad, por eso inunda de Buena Noticia la realidad.

¿Cómo hablamos de la Iglesia –sinodal–?

por José Fernando Juan 

Un buen jesuita, profesor de muchos en Comillas, insistía en clase en escuchar cómo se habla de la Iglesia, que básicamente eran dos: en tercera persona (unas veces en singular, que suele ser muy reduccionista, y otras en plural) o en primera persona del plural. E insistía en la diferencia de tono que empleábamos al vivirnos como parte, con su responsabilidad, o desatendernos de lo que ocurre, como lavándonos las manos.na de las grandezas del Sínodo sobre sinodalidad es ponernos en la situación segunda, la que no permite opción singular, la del nosotros. Entonces, más que tomar la palabra, o pelear incluso por ella, se hace necesario en primer término situarse a la escucha. La imagen antiquísima que relaciona María con la Iglesia nos devuelve la pregunta sobre qué atendemos cuando nos vivimos eclesialmente, en comunidad con otros próximos, en comunidad en la que Dios está presente, sea como Cuerpo de Cristo, sea como Pueblo de Dios, sea como Fraternidad, sea como Asamblea y Templo del Espíritu. ¿Qué escuchamos? ¿La escucha es la escucha sensible, abierta, fecunda de María? ¿Estamos ahí en primera persona del plural?

Tomar parte

Otra de las exigencias y acentos del Sínodo está siendo la singular participación de cada uno con su don, más que –diría yo– desde su identidad. Es decir, pedir a cada cristiano que discierna humildemente y con otros lo que Dios le ha dado o cómo Dios se da en el para construcción de la Iglesia, o cómo Dios quiere que sea piedra viva para la edificación del Reino. Una mirada sobre uno mismo y sobre los demás, como parte integrante y ministerial, como parte que no puede pretender vivir sin la dependencia del otro, sin la relación con el otro. Participación que, como tal, en muchos casos es incapaz de ser vivida al margen de la comunidad. ¿Cuál es la participación a que podemos responder vocacionalmente? ¿No será el Señor quien está llamando a unos y otros a “tomar parte con él” como a Pedro en la última cena? ¿No es este “tomar parte” en gran medida una situación eucarística?

Y, por último, desde esta sana vivencia interna, en absoluto sencilla porque como en toda familia hay de todo y las tensiones no son despreciables, abrirse al mundo para reconciliarlo con Dios, para sanar y religar, para convocar y acrecentar la comunidad. Es indiscutible que no hay Iglesia en salida sin iglesia, si la iglesia como comunidad queda destruida por luchas y críticas fratricidas, si la iglesia como comunidad no es encuentro. En gran medida, detrás de las mejores intuiciones del Sínodo, que atiende extraordinariamente bien a los procesos disgregadores de la cultura occidental, ya más allá del individualismo y en una fragmentación absoluta del sujeto, se sitúa el corazón de la evangelización, tal y como se vive auténticamente desde el tiempo de los apóstoles: “Yo estaré con vosotros”. La evangelización comienza en esta constitución de un sujeto plural reconocido por parte del Señor y enviado al mundo a continuar su misión. ¿Quién evangeliza realmente, sino el Espíritu que mueve y une la humanidad hacia la comunidad de vida que es la Iglesia?