La importancia de la educación

Castillo: «Se palpa un descontento y hasta un notable desprecio de la política y de los políticos»

No nos representan
No nos representan

«Jesús de Nazaret, no le prestó el menor interés a la política»

«Los dos pilares sobre los que se basan las deseos y anhelos más profundos de todo ser humano son el poder y la riqueza»

«Lo primero, lo más importante y lo más urgente, que tiene que gestionar – y gestionar bien – la política es la educación. Que no es sólo, ni principalmente, “enseñar”, sino sobre todo y antes que nada HUMANIZAR la sociedad, la convivencia, la vida toda»

«Los dos pilares sobre los que se basan las deseos y anhelos más profundos de todo ser humano son el poder y la riqueza»

Por | José María Castillo teólogo

La pandemia, la guerra de Ucrania, la inseguridad económica y política, que tanto malestar están causando en tanta gente, todo eso y las contrariedades que lleva consigo la vida, son cosas de las que hacemos responsables a los políticos en buena medida. Cada cual, según sus ideas o sus conveniencias, culpa o disculpa a los gobernantes que rechaza o a los que le agradan, según los casos. El hecho es que se palpa un descontento y, en no pocos casos, hasta un notable desprecio de la política y los políticos. ¿Tiene esto remedio? Y si lo tiene, ¿en qué tendría que consistir?

Yo no he estudiado ciencias políticas. Ni he pertenecido nunca a un partido político. He dedicado mi vida al estudio y enseñanza de la teología. Y es por eso, por lo que yo me pregunto, si el “saber teológico” puede aportar algo que nos ayude a salir del enredo en que vivimos

Políticos

Está visto que la ciencia política y la experiencia de los políticos no nos sacan de este embrollo. Ni la dictadura ni la democracia, ni la derecha ni la izquierda, ni la monarquía ni los demás sistemas, que hasta hoy se han inventado, ninguno de tales sistemas, han podido sacarnos del malestar y los conflictos provocados, en gran medida, precisamente por quienes tenían que resolverlos. Además, por lo que sabemos hasta ahora, ni la economía, ni las ciencias sociales, han podido aportar la solución

Como ya he dicho, yo he dedicado mi vida a estudiar y enseñar la teología. Concretamente, la teología cristiana, en la que ocupa un puesto central el Evangelio. Pues bien, en las muchas horas, que he dedicado al estudio del Evangelio, me ha llamado la atención que el personaje central, Jesús de Nazaret, no le prestó el menor interés a la política. En una ocasión, cuando Jesús estaba enseñando a un gentío, algunos de los presentes informaron públicamente a Jesús del crimen que había cometido Pilatos al degollar a unos galileos que ofrecían un sacrificio sagrado. Ante semejante noticia, lo lógico habría sido que aquello era delito político insoportable.

Sin embargo, Jesús aprovechó aquella brutal noticia, no para ponderar el crimen de Pilatos, sino para decirle a la gente: “Os digo que no; y si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también” (Lc 13, 3). Y no es que Jesús les tuviera miedo a los políticos. Cuando le dijeron que Herodes quería matarlo, Jesús respondió: “Id a decirle a ese zorro…” (Lc 13, 32). Por lo demás, cuando Herodes mató a Juan Bautista, en una noche de juerga, el Evangelio relata el terrible episodio y se limita a decir que los discípulos de Juan lo enterraron. Jesús no dijo ni palabra (Mc 6, 14-29; Mt 14, 1-12; Lc 9, 7-9). Como no le respondió a Herodes cuando le estaban juzgando para matarlo (Lc 21, 9). Por lo demás, Jesús cumplió fielmente con sus deberes cívicos: “Dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17; Mt 22. 15-22; Lc 20, 20-26). 

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Quien presionó, para conseguir la muerte de Jesús, no fue Pilatos, que se resistió hasta lavarse las manos en aquel asunto. La condena a muerte de Jesús vino de los dirigentes de la religión (el Sanedrín) (Jn 11, 47-53). 

¿Qué nos viene a decir todo esto? Los dos pilares sobre los que se basan las deseos y anhelos más profundos de todo ser humano son el poder y la riqueza. Como es lógico, los que no tienen ni para comer, lo que más anhelan es vivir. Pero, en el fondo, las dos apetencias, que son determinantes en la sociedad, son la “importancia”, que tiene su origen en el poder, y el “disfrute de la vida”, que solo es posible para los ricos. 

Ya sé que estas dos apetencias tienen muchos disfraces: en la política, en la ciencia, en la religión, en los negocios, los deportes… ¡qué sé yo! Pero lo que no admite dudas es que lo primero, lo más importante y lo más urgente, que tiene que gestionar – y gestionar bien – la política es la educación. Que no es sólo, ni principalmente, “enseñar”, sino sobre todo y antes que nada HUMANIZAR la sociedad, la convivencia, la vida toda. 

Y termino: si todo esto se piensa despacio y a fondo, no hay que ser un sabio para comprender dónde y por qué se destaca tanto “el fracaso de la política”.   

Políticos

Rutilio Grande, el cura que cambió a su obispo

Lugar del asesinato de Rutilio y de sus dos compañeros
Lugar del asesinato de Rutilio y de sus dos compañeros

La grandeza de Rutilio se explica porque fue un cura que se empeñó en “superar la idea de un sacerdote patriarcal, supervisor de una religión expresada en cultos y prácticas rutinarias”. Y sustituir eso por “una comunidad de hermanos comprometidos en la construcción de un mundo nuevo, sin opresores ni oprimidos”

Una de las consecuencias más gratificantes y duraderas, que produjeron aquellas muertes, fue la influencia que los tres mártires han tenido en aquel país, concretamente en la zona de la ciudad de Aguilares

Por | Margarita Orozco

El próximo sábado, día 22, será beatificado el jesuita Rutilio Grande. El acto se celebrará en San Salvador, capital de El Salvador. La grandeza de Rutilio se explica porque fue un cura que se empeñó en “superar la idea de un sacerdote patriarcal, supervisor de una religión expresada en cultos y prácticas rutinarias”. Y sustituir eso por “una comunidad de hermanos comprometidos en la construcción de un mundo nuevo, sin opresores ni oprimidos”. Este proyecto fue tan genial, que llegó a cambiar a Monseñor Romero, un santo de caridad y limosna a los pobres, que se transformó en santo de cambio social en igualdad para todos.

Pues bien, estas ideas, llevadas a la práctica diaria de la vida, fue lo que le costó la vida misma, primero al propio Rutilio y dos hombres más; Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus. En segundo lugar, a Mons. Romero que se enfrentó a las desigualdades e injusticias que eran la causa de tanto sufrimiento en El Salvador.

Una de las consecuencias más gratificantes y duraderas, que produjeron aquellas muertes, fue la influencia que los tres mártires han tenido en aquel país, concretamente en la zona de la ciudad de Aguilares. En esta ciudad, fue párroco Rutilio, que vivía en El Paisnal, desde donde atendía a 58 comunidades, 12 cantones y 3 barrios.

El Paisnal, donde nació Rutilio Grande
El Paisnal, donde nació Rutilio Grande

Por todo esto, podemos y debemos dar gracias a Dios porque tenemos un papa, el actual P. Jorge Mario Bergoglio (papa Francisco), que le está dando un giro a la Iglesia, que se concreta en casos como el de Rutilio Grande y sus dos compañeros.

Concretando más, puedo y debo decir que yo he vivido numerosas temporadas, en la casa donde Rutilio vivió y llevó adelante todo su trabajo. Yo he tenido la suerte de ir a el Salvador durante más de 25 años. Y allí, a poco más de un quilómetro, he acompañado eficazmente, a una comunidad, radicada a poco más de un kilómetro de El Paisnal.

Es la comunidad Dimas Rodríguez. Que se estrenó en una palpable pobreza y hoy tiene estudiantes universitarios y algunos ya titulados. Es de agradecer la ayuda que nos han prestado no pocos granadinos y hasta nuestra Universidad de Granada. Tenemos sobrados motivos para dar gracias a la vida y a todos los que han compartido nuestra ilusión.

La Iglesia y la política

Castillo: «¿Debe la Iglesia meterse en política? Por supuesto. Pero haciéndolo como lo hizo Jesús» 

Dios y el César

 “Lo que es del César, devolvédselo al César; y lo que es de Dios, a Dios” (Mc 12, 13-17; Mt 22, 15-22; Lc 20, 20-28). La política en su sitio y la Iglesia en el suyo 

«No con la pretensión de mandar y acaparar el poder y el capital, sino con el proyecto de gestionar una sociedad en la que se respetan los derechos humanos» 

«cuando los políticos tienen la libertad y el valor de aplicar este criterio al gobierno de la sociedad, se hunde y desaparece el principio determinante del capitalismo» 

«lo que debe hacer la Iglesia es tener la libertad y la audacia de decir y hacer no lo que le conviene a la Religión para sacar tajada al capitalismo, sino decir y hacer lo que necesita la gran mayoría de la humanidad» 

Por José María Castillo 

Leyendo y releyendo los escritos del Nuevo Testamento, no es posible encontrar argumentos que puedan justificar el hecho, tan repetido en la historia, de intromisiones (directas o indirectas) de los dirigentes de la Iglesia en asuntos políticos. Herodes mandó degollar a Juan Bautista y Jesús, por lo que relata el Evangelio, no dijo ni palabra. En otra ocasión, cuando Jesús le hablaba a la gente, algunos informaron en público que Pilatos había matado a unos galileos cuando ofrecían un sacrificio en el Templo. La reacción de Jesús fue sorprendente. Porque no dijo ni palabra contra Pilatos, sino que fue a sus oyentes a quienes les dijo: “si no os enmendáis, todos vais a terminar lo mismo” (Lc 13, 5). 

A lo dicho, hay que sumar la respuesta que Jesús les dio a quienes querían crearle un grave problema con las autoridades romanas, utilizando el tema de pagar o no pagar el tributo al César. A lo que Jesús hábilmente respondió: “Lo que es del César, devolvédselo al César; y lo que es de Dios, a Dios” (Mc 12, 13-17; Mt 22, 15-22; Lc 20, 20-28). La política en su sitio y la Iglesia en el suyo

Y a lo dicho, hay que añadir un hecho elocuente: en los relatos de la pasión y muerte de Jesús, quien se resistió a condenar a muerte a Jesús no fue el Sanedrín de los sacerdotes, sino el gobernante de los romanos (Mt 15, 6-15 par). 

¿Debe la Iglesia meterse en política? Por supuesto. Pero haciéndolo como lo hizo Jesús. No con la pretensión de mandar y acaparar el poder y el capital, sino con el proyecto de gestionar una sociedad en la que se respetan los derechos humanos, y sobre todo, si es que hay que proteger y favorecer a ciertos sectores de la población, los más favorecidos deben ser los más necesitados. Si la política se entiende de esta manera, es evidente que la Iglesia tiene que meterse en política. Así lo hizo Jesús. Y así lo tienen que hacer los que “siguen” a Jesús. 

Pero es un hecho que la política no se suele ejercer al servicio de la “igualdad”, sino para defender (e incluso potenciar) las “diferencias”. Ahora bien, los que piensan así y actúan en consecuencia, no se han enterado – o no quieren enterarse – de que la diferencia es un “hecho”, mientras que la igualdad es un “derecho” (Luigi Ferrajoli). Y, como es bien sabido, el “hecho” procede de la naturaleza (hombre y mujer, por ejemplo), mientras que el “derecho” procede de la decisión humana, según sus conveniencias (el “derecho” de hombres y mujeres no procede de la naturaleza, sino de la conveniencia de los hombres). 

Pues bien, cuando los políticos tienen la libertad y el valor de aplicar este criterio al gobierno de la sociedad, se hunde y desaparece el principio determinante del capitalismo. El capitalismo se basa en un “derecho”, que han inventado los capitalistas. Como en la antigüedad se inventaron derechos que no tenían las mujeres, ni los esclavos, ni los recién nacidos, ni los extranjeros, ni los homosexuales, etc. Tiene sobrada razón Peter G. Stein, en su excelente estudio de El Derecho romano en la historia de Europa (Sioglo XXI, 2006, pg. 57), cuando afirma que “la Iglesia no redujo sus enseñanzas al Evangelio”, sino que “incluía el Derecho romano”. O sea, la privación de derechos a Los olvidados de Roma (Robert C. Knapp). 

Es lamentable que siga siendo de actualidad el texto que Walter Benjamin redactó em 1921: Capitalismo como religión. Según este autor, “el cristianismo en tiempo de la Reforma no propició el ascenso del capitalismo, sino que se transformó en capitalismo”. La “gente de Iglesia”, con bastante frecuencia y cuanto más arriba esté, justifica su situación justificada echando mano de la Religión, que, con sus prácticas y observancias, tranquiliza las conciencias. 

¿Debe la Iglesia meterse en política? Tal y como se entiende y se practica la política, lo que debe hacer la Iglesia es tener la libertad y la audacia de decir y hacer no lo que le conviene a la Religión para sacar tajada al capitalismo, sino decir y hacer lo que necesita la gran mayoría de la humanidad, que, desde varios siglos antes de Cristo, millones de seres humanos indefensos tienen que someterse y soportar, no las “diferencias”, sino las “desigualdades” que inventaron lo que mandan. 

La condición sinodal de la Iglesia

«Recuperemos, sin miedo, la tradición más original de la Iglesia» 

La condición sinodal de la Iglesia no es un invento de ahora 

Sinodalidad

«Ahora que tanto se habla de la ‘sinodalidad’ de la Iglesia, es más importante que nunca saber lo que se dice cuando hablamos de este asunto. No es un invento de ahora; se dio casi la mitad del tiempo que la Iglesia lleva existiendo en este mundo» 

«Lo confirma el escrito más importante (después de la Didaché) que las Constituciones eclesiásticas de la antigüedad nos legaron, la Tradición Apostólica de Hipólito» 

«De este principio básico nos dejó constancia Cipriano de Cartago: ‘Que se ordene como obispo al que ha sido elegido por el pueblo, que es irreprochable… con el consentimiento de todos'» 

«Y todavía más. Según el canon sexto del concilio ecuménico de Calcedonia, la dependencia del obispo en relación a su comunidad era tal, que se tenían por inválidas las llamadas ‘ordenaciones absolutas'» 

Por José María Castillo 

Ahora que tanto se habla de la “sinodalidad” de la Iglesia, es más importante que nunca saber lo que se dice cuando hablamos de este asunto. No es un invento de ahora. La “sinodalidad” fue la forma de gobierno que asumió la Iglesia en sus orígenes. Sin duda alguna, desde sus primeros años hasta finales del primer milenio. O sea, casi la mitad del tiempo que la Iglesia lleva existiendo en este mundo. 

Voy a confirmar lo que acabo de decir relatando un caso elocuente, que sucedió en el s. III. Era la práctica habitual de la Iglesia en aquellos primeros siglos. En efecto, a comienzos del s. III, afirmaba la Tradición Apostólica de Hipólito, el escrito más importante (después de la Didaché) que las Constituciones eclesiásticas de la antigüedad nos legaron (J. Quasten, Patrología, vol. I, Madrid, BAC, 1968, pg. 486-487), este principio básico, del que nos dejó constancia Cipriano de Cartago: 

“Que se ordene como obispo al que ha sido elegido por el pueblo, que es irreprochable… con el consentimiento de todos, que éstos (los obispos) le impongan las manos y que el presbiterio permanezca sin intervenir” (“Quod et ipsum videmus de divina auctoritate descenderé, t sacerdos plebe praesente sub omnium oculis deligatur et dignus adque idoneus publico iudicio ac testimonio comprobetur”. Cipriano, Epist. 67, 4. Cf, CSEL. 738, 3-5). 

Pues bien, esto supuesto, años más tarde, concretamente en el 250la persecución de Decio fue cruel. Y en aquella persecución, hubo tres obispos, el de León, el de Astorga y el de Mérida, que – por miedo a la muerte – negaron su fe y dieron otros escándalos a sus fieles. Este escándalo episcopal fue tan público y notorio, que las tres comunidades cristianas, que presidían estos obispos, se reunieron (cada una en su ciudad) y los fieles tomaron la decisión de deponer (o sea, quitarles el cargo) a los tres obispos cobardes. De todo esto tenemos clara y exacta información por lo que nos dejó escrito, en su Carta 67, san Cipriano de Cartago

Estando así la situación de la Iglesia de España, uno de los obispos cesados, un tal Basílides, acudió al Papa Esteban, sirviéndose de un informe que mandó a Roma. Pero se sabe que era un informe que se basaba en mentiras que favorecían al tal Basílides. El hecho fue que el Papa Esteban repuso a Basílides en su cargocon todos sus privilegios

Pero la comunidad, que dirigía Basílides y estaba en total desacuerdo con el obispo depuesto de su cargo, ante la decisión (basada en engaños) que había venido de Roma, acudió al hombre con más prestigio en la Iglesia de España, que era Cipriano de Cartago. Se informó debidamente a Cipriano. Y éste, ante la gravedad del asunto, reunió un sínodo (concilio) en el que participaron 37 obispos. Y este sínodo dio un decreto, que se contiene en la Carta 67 de Cipriano

¿Qué decía aquella carta sinodal? En ella, se decían tres cosas. 1ª) El pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus ministros, como ya ha quedado dicho. 2ª) El mismo pueblo tiene también poder para quitar a los ministros cuando son indignos (“propter quod plebs obsequens praeceptis dominicis et Deum metuens a peccatore praeposito separare se debet…” (Cipriano, Epist. 67, 3. CSEL, 737-738, 20-22). 3ª) Ni el recurso a Roma debe cambiar la situación, cuando ese recurso no se basa en la verdad (“Nec rescindere ordinationem iure perfectam potest quod Basilides post crimina sua detecta et conscientiae… Romam pergens Stephanum… ignarum fefellit”. O. c., n. 5. CSEL, 739, 18-24). 

Como se palpa, en este documento, el gobierno de la Iglesia era, en los primeros siglos, muy distinto del que tenemos ahora. El centro de la vida de la Iglesia estaba en la comunidad, de tal manera que el mismo Cipriano afirma con toda naturalidad: “Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo” (Epist. 67, 5. CSEL, 739, 18-24). 

Así se pensaba, en quienes dirigían la Iglesia, en casi todo el primer milenio. O sea, durante casi mil años. Son elocuentes los testimonios de San León Magno (Epist. X, 6. PL 54, 634 A. Cf. José I. Gonzáles Faus, Hombres de la comunidad. Apuntes sobre el ministerio eclesial, Santander 1989, 104-105) y del Papa Celestino I, en un texto que pasó al Decreto de Graciano: “No se imponga como obispo a los que no lo aceptan” (“Nullus invitis detur episcopus”) (Epist. IV, 5. PL 50, 439). 

Y todavía un dato más. Según el canon sexto del concilio ecuménico de Calcedonia, la dependencia del obispo en relación a su comunidad era tal, que se tenían por inválidas las llamadas “ordenaciones absolutas”, es decir, las ordenaciones episcopales en las que el sujeto era ordenado sin que previamente una comunidad de cristianos lo hubiera elegido y aceptado. Es decir, en tal caso, una ordenación así, se consideraba sencillamente inválida (Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. J. Alberigo, Bolonia 1973, 90. Cf. E. Schillebeeckx, El ministerio eclesial, Los responsables de la comunidad cristiana, Madrid 1983, 67-83). 

Termino ya. La Iglesia católica está iniciando un prolongado estudio en el que se va a estudiar a fondo su dimensión sinodal. La condición sinodal de la Iglesia no es un invento de ahora. Es una tradición que tiene sus orígenes desde que se empezaron a organizar las primeras comunidades cristianas. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando Pablo y Bernabé iniciaron su primer viaje misionero, lo primero que dejaban establecido era el nombramiento de los primeros presbíteros. Pero no los designaban ni Pablo, ni Bernabé, sino la asamblea del pueblo. Y esto se hacía “votando a mano alzada”, que es exactamente lo que significa el verbo “heirotoneo”, tal como lo indica el texto oficial de la Iglesia (Hech 14, 23). 

Querer una “Iglesia sinodal” no es un invento de ahora. Es recuperar la tradición más antigua de la Iglesia naciente. Pero, ya que se inicia este camino, no tengamos miedo, seamos consecuentes y recuperemos la tradición más original de la Iglesia, desde sus orígenes y fieles a las exigencias y necesidades del tiempo en que vivimos. 

Crítica de José MªCastillo a algunos políticos ignorantes

¿Han leído Vds. algo, siquiera algo, de Fray Bartolomé de las Casas?» 

Queriendo dañar al Papa, los políticos criticadores dañan lo que ‘dicen’ que defienden 

Aznar, Casado y Ayuso

 «Las críticas que determinados dirigentes políticos le vienen haciendo al Papa Francisco, sobre todo a quienes más daño les están haciendo es a los propios políticos, a su credibilidad, su honestidad» 

«Nadie duda que España le dio un giro decisivo, para bien, a toda América. Pero, si defendemos lo que acabo de decir, ¿nos vamos a callar la cantidad de sufrimientos, esclavitudes, latrocinios y humillaciones que todo aquello llevó consigo durante siglos?» 

«¿Han leído Vds. algo, siquiera algo, de lo que Fray Bartolomé de las Casas tuvo el atrevimiento (y la libertad) de informar al Emperador Carlos V sobre las atrocidades que se cometieron… Todo esto está documentado» 

«¿Es que no ven que queriendo dañar al Papa, lo que más dañan es lo que Vds. mismos dicen que defienden?» 

POR  José María Castillo 

Las críticas que, desde hace algunos días, determinados dirigentes políticos le vienen haciendo al Papa Francisco, no sólo ni principalmente dañan la imagen pública del Papa, sino que sobre todo a quienes más daño les están haciendo es a los propios políticos, a su credibilidad, su honestidad y la causa que defienden los políticos criticadores de un hombre ejemplar como es el caso del Padre Jorge Mario Bergoglio. 

Nadie duda que España le dio un giro decisivo, para bien, a toda América. ¿Para qué vamos a repetir y ponderar lo que ya todos sabemos y lo sabemos de sobra? Pero, si defendemos lo que acabo de decir – y hay que defenderlo -, ¿nos vamos a callar la cantidad de sufrimientos, esclavitudes, latrocinios y humillaciones que todo aquello llevó consigo durante siglos? 

¿Han leído Vds. algo, siquiera algo, de lo que Fray Bartolomé de las Casas tuvo el atrevimiento (y la libertad) de informar al Emperador Carlos V sobre las atrocidades que se cometieron… ¿para qué? Para que los esclavos, que se llamaban “piezas de Indias” cuando eran metidos, pesados y embarcados, para que los que sobrevivían, trabajaran hasta la muerte. Todo esto está documentado. ¿No es mejor callárselo, en lugar de utilizarlo, ¿para qué? ¿para dañar al Papa? 

¿No se dan cuenta que lo que dañan es el Evangelio, que el Papa Francisco hace patente cuando acoge, ante todo, a niños, a enfermos, ancianos y a la gente más desamparada? ¿Es que no ven que queriendo dañar al Papa, lo que más dañan es lo que Vds. mismos dicen que defienden? 

La Iglesia ha perdido a uno de los teólogos más importante

Castillo: «Hans Küng ha sido uno de los creyentes y pensadores más determinantes que ha tenido la Iglesia desde el Vaticano II»

                                                                        Hans Küng
«Su vida, como teólogo, ha sido una incesante lucha interior. Porque ha querido ser fiel a la Fe y a la Tradición de la Iglesia. Y, al mismo tiempo, ha querido ser fiel igualmente a la cultura, al pensamiento y a las necesidades de nuestro tiempo»
Por José María Castillo
La Iglesia ha perdido uno de sus teólogos más importantes. Küng ha sido, en efecto, uno de los creyentes y pensadores más determinantes que ha tenido la Iglesia, desde los años del concilio Vaticano II, hasta el día de hoy.
Su vida, como teólogo, ha sido una incesante lucha interior. Porque ha querido ser fiel a la Fe y a la Tradición de la Iglesia. Y, al mismo tiempo, ha querido ser fiel igualmente a la cultura, al pensamiento y a las necesidades de nuestro tiempo.
Ahora bien, mantener el debido equilibrio – en su pensamiento y en su vida – entre estas dos fidelidades, eso se dice pronto. Pero mantenerlo, en su vida y en su increíble productividad, hasta sus últimas consecuencias, siendo fiel a su conciencia y fiel a la Iglesia, entraña un heroísmo que solamente lo puede comprender quien lo ha vivido.
Y conste que no hablo de memoria. Lo digo por experiencia. Todo esto entraña una de las experiencias de sufrimiento interior más difícil de superar. Y conste que el sufrimiento y el final de la vida de Hans Küng no es sólo una pérdida grave para la Iglesia. Lo es también – así lo siento yo – para la Universidad de Granada. Le invitó el Centro Mediterráneo, vino a Granada, y tuvo (en perfecto castellano) una conferencia genial.

El Evangelio es la solución

«La salud mundial gravemente amenazada. La economía insegura y con un futuro sobrecargado de preguntas. La política haciendo el ridículo ante el desconcierto de dictadores que parecen payasos. ¿Tiene todo esto salida?»
«Cada día lo veo más claro. La solución está en el Evangelio. Y quiero decir, ante todo, con claridad y firmeza: el Evangelio no es la Religión; la Religión es ‘poder’ y el Evangelio ‘servicio'»
«La mayor equivocación de la Iglesia ha sido fundir y confundir la Religión con el Evangelio. Se exhorta a vivir cerca de los pobres desde los palacios en que viven los obispo. Todo esto no es maldad. Es engaño»
«Pero lo mejor es que hay salida: la humanidad y la bondad tienen más fuerza y más poder que todos los poderes que nos amenazan»
Por José María Castillo Seguir leyendo

La soledad de los jóvenes


José M. Castillo
La Pontificia Universidad Comillas acaba de publicar un estudio interesante sobre un fenómeno nuevo, que se hace cada día más patente y también más preocupante. Se trata del hecho creciente de la soledad humana. De la misma manera que, de día en día, se acrecienta el número de personas contagiadas por el virus de la pandemia, en una proporción semejante aumenta también el número de personas que se sienten solas, abandonadas, aisladas en la vida.
Este es el hecho global. Pero los estudios realizados por la cátedra J. M. Martín Patino, de la mencionada Universidad Comillas (Madrid), nos informa y nos hace caer en la cuenta de una variante del fenómeno global indicado. Tal variante consiste en que uno de los grupos humanos en el que más se advierte la experiencia de la soledad es el de los jóvenes. El porcentaje de personas jóvenes (menores de 35 años), que experimentan la mencionada soledad, aumenta de forma preocupante.
Y conste – es mi impresión – que, a medida que se desciende en la edad, se intensifica y se acrecienta el aislamiento. Lo cual es un hecho tan patente, que se advierte en cualquier familia o cualquier casa donde abundan los niños que se aproximan o han llegado a la pubertad.
Esta última observación, que acabo de hacer, si es que efectivamente indica lo que realmente está ocurriendo, viene a ser un indicador que puntualiza o incluso quizá modifica, en algún aspecto fundamental, lo que realmente estamos viviendo, en uno de sus componentes más determinantes.
Por supuesto, es indudable que las condiciones, en que nos ha puesto la pandemia, nos aíslan y dificultan la comunicación en nuestra normal convivencia. Esto es algo tan patente, que no necesita andar buscando ocultos argumentos para demostrarlo.
Más chocante es que la experiencia de soledad se acentúe en los jóvenes. ¿Tiene este hecho alguna explicación que se relacione o tenga que ver con la pandemia? Lo más obvio, que a cualquiera se le ocurre, es que si no conocemos todavía a fondo y plenamente la naturaleza y los efectos del virus, sería atrevido ponerse a dar explicaciones sobre la relación que puede tener este virus con las variantes que puede tener en la psicología de los pacientes.
Por eso (y no siendo especialista en estas cuestiones), me atrevo a proponer un hecho que podría tener sus consecuencias en todo este asunto. Cualquiera que entre en un local o espacio, en el que hay gente esperando (un autobús, una sala de espera…), lo más probable es que, en lugar de gente que habla y se comunica, lo que más abunda es gente aislada y concentrada, callada y mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil. Una pantalla, que nos informa o nos entretiene, nos aísla. Y además, insisto: cuanto más jóvenes, más absortos en lo que cada cual está mirando.
Que esto suceda, es comprensible. La tecnología, la publicidad, la fuerza de la economía traducida en propaganda y tantos otros intereses, bien manejados por la técnica, pueden con nosotros. Y el atractivo que ejercen sobre los más jóvenes es irresistible. Estamos hartos de verlo y de vivirlo.
Pues bien, estando así las cosas, ¿no tendríamos que ver con toda naturalidad el creciente aumento del aislamiento de las personas, sobre todo y tanto más entre los más jóvenes?
Sin embargo, si todo esto se analiza detenidamente, pronto nos damos cuenta de que estamos ante un problema mucho más serio de lo que seguramente imaginamos. ¿A qué me refiero? Por los estudios que se han hecho en Paleontología, se sabe que el tamaño del cuerpo no varió desde el Homo ergaster hasta el Homo heidelbergensis, mientras que el tamaño del cerebro sí que experimentó un fuerte ascenso, pasando de un promedio de alrededor de 800 cm, en el Homo ergaster, hasta otro de algo más de 1.200 cm, en los ejemplares de la Sima de los Huesos. Como se ha dicho exactamente, se produjo un proceso de encefalización (prof. Ignacio Martínez Mendizábal). Fue un proceso de cientos de miles de años. Pero se produjo esta asombrosa transformación. En la que fue determinante el origen del lenguaje.
¿Qué significa esto y qué representó? Parece claro que se produjo un incremento: de la “inteligencia tecnológica”, se pasó a la “inteligencia social”: el hombre que hacía hachas y martillos rudimentarios pasó a ser el hombre que hablaba y era capaz de expresar sus sentimientos mediante ritos y símbolos.
La consecuencia (del cambio indicado) fue asombrosa. Como explica el citado profesor Martínez Mendizábal, en la muestra de la Sima de los Huesos (en Atapuerca) hay pruebas de que aquellas personas, con sus grandes cerebros, cuidaban de las personas discapacitadas y se comunicaban mediante el lenguaje hablado. Así nació, creció y se fue perfeccionando la relación personal entre los miembros del grupo. Y llegaron a los orígenes de las relaciones, la comunicación y la gestión de los problemas sociales.
Efectivamente, la creciente soledad de los jóvenes actuales es un hecho, que indica el crecimiento de la “inteligencia tecnológica”. Un hecho que nos debe enorgullecer y que es fuente de esperanza para un futuro mejor. Pero, si la “inteligencia social” no crece y se perfecciona debidamente, terminaremos viviendo en un mundo en el que la técnica y sus máquinas increíbles dominarán y mandarán en nuestros sentimientos y anhelos más íntimos. Si es que el mundo soporta un planeta tan tecnificado, pero a costa de destrozar nuestra convivencia y nuestra humanidad.

La religión puede ser un peligro

 José M. Castillo, teólogo

Las noticias, que nos dan en estos días los medios de comunicación, sobre las violencias y disparates, que se han cometido en España, en los años pasados, nos obligan a pensar (una vez más) en el peligro que puede llegar a ser la religión. Peligro para la paz, para la política, para la sociedad y para la convivencia de los ciudadanos, etc., etc.

Lo que acabo de decir no es una novedad. Es un hecho bien conocido y soportado. Y no me refiero solamente a hechos del pasado. Lo estamos viviendo estos días. Ángeles y demonios en los diarios de políticos de alto rango. La religión dirigiendo la política, atacando o defendiendo a los políticos, para bien de unos, para desgracia de otros. ¿Estamos locos? Y afirmo que, en el cristianismo y en nuestra Iglesia, esto se ha metido hasta el tuétano de nuestras creencias. Como también es verdad que son muchos los ciudadanos que, por esta sarta de disparates, han abandonado la religión. Estamos ante un asunto de suma importancia. Para bien o para mal, no sólo de la política, sino igualmente de la religión.

En el cristianismo, lo tenemos claro. La desgracia es que, con demasiada frecuencia, los clérigos no enseñan esto como lo tendrían que enseñar. Porque hay clérigos que son parte interesada en el asunto. Y son muchos los curas que se sirven de la religión para hacer carrera, tener poder, vivir seguros y ser personas importantes. Esto es intolerable.
¿Qué solución le dio Jesús a este asunto, tan delicado y tan grave? Jesús desplazó la religión: la sacó del templo, se enfrentó a los sacerdotes, no participó jamás en las ceremonias del “lugar sagrado”. Jesús rezó mucho. Pasaba las noches enteras en oración. Pero, para rezar, no se iba al templo. Se iba a sitios solitarios. La religiosidad que nos enseña el Evangelio no es como la religiosidad que nos enseña la Religión.

Por esto precisamente Jesús se desentendió de la política. Jamás habló contra el Emperador. Ni contra Poncio Pilatos. Ni se enfrentó a los legionarios romanos. Cuando Herodes degolló a Juan Bautista, en una noche de juerga, Jesús no dijo ni palabra. Y cuando le dijeron a Jesús, ante una masa de gente, que Pilatos había degollado a unos samaritanos cuando estaban celebrando un acto religioso, Jesús no dijo ni palabra contra Pilatos. Al contrario: a la gente que tenía delante, les dijo: “Y vosotros, si no os convertís y cambiáis de vida, vais a terminar como esos samaritanos”. Más aún, en el relato de la pasión de Cristo, ¿quién estuvo en contra de Jesús? Los sacerdotes. Y ¿quién defendió a Jesús resistiéndose a condenarlo? Poncio Pilatos. Es más, cuando Jesús agonizó y murió en la cruz, ¿quién hizo el primer acto de fe, reconociendo a Jesús como el “Hijo de Dios”? No fueron los apóstoles, que se resistieron a creer. Los primeros creyentes en Jesucristo fueron “El centurión y los romanos” (Mt 27, 54 par) a los que acompañaban las mujeres (Mt 27, 55-56), las que ahora se ven incapacitadas por la religión, para poder ser iguales en dignidad y derechos a los hombres.

Todo esto ocurría desde mucho antes de que Dios se hiciera presente en el mundo, en la persona y en la vida de aquel pobre nazareno, que fue Jesús. Y sigue ocurriendo ahora: hay políticos que utilizan la Religión para sus intereses. Y los que defienden tanto la Religión, no le hacen caso al Evangelio. Para Jesús, lo primero no eran las ceremonias y los rituales. Para Jesús, lo primero eran los seres humanos, sobre todo los que más sufren, los enfermos, los pobres, los niños, los pecadores, las mujeres.

¿Cuándo vamos a dejar de aprovecharnos de la Religión, para sacar de ella dinero e importancia, por más que disfracemos nuestros intereses de lo que más nos conviene? ¿Cuándo veremos a los cristianos, en masa, identificados en todo cuanto pueden con los últimos de este mundo? Y termino pidiendo, sobre todo a nuestros obispos, que “sigan a Jesús”, que vivan el Evangelio, que sean (y seamos todos) presencia de Jesús en este mundo. Los obispos enseñarán el Evangelio de Jesús cuando los veamos viviendo como vivió Jesús. Y otro tanto hay que decir de obispos, de religiosos, de clero en general. Y eso mismo tenemos que hacer quienes decimos que el cristianismo tiene su razón de ser. No es cuestión de argumentos. Es lo que decide si somos o no somos creyentes en Jesucristo.

 

Después de la pandemia, ¿qué? A dónde vamos?

José María Castillo: “¿Con esta religión y esta explicación del Evangelio, a dónde vamos?”

Todos sabemos de sobra que la pandemia de el coronavirus es una amenaza, que nos causa inseguridad y pavor. Esto no necesita mucha explicación. Lo estamos viviendo.
Pero no sólo esto es lo que estamos viviendo. Además de la amenaza, quizás con más fuerza que esa misma amenaza, también estamos experimentando una experiencia que nos humaniza.
La amenaza es algo tan evidente, que todos la palpamos. La humanización, por el contrario, no está tan clara. Porque somos demasiados los que ni nos damos cuenta del desnivel tan profundo de deshumanización que estamos viviendo. Y es que no es un problema de buenos y malos. Es un problema cultural.

Hemos nacido, hemos crecido y vivimos en una sociedad y una cultura que nos mete, hasta en las venas de esta sociedad y esta cultura, hasta el convencimiento natural y espontáneo, que lo que importa en la vida, es ganar dinero y ser importante. Porque ésos son los pilares sobre los que se edifica – según piensan muchos – lo que nos tiene que interesar a todos. Vivir con solidez y seguridad. Y tener los medios más eficaces para pasarlo lo mejor posible.

O sea, es un proyecto de vida en el que el sujeto se centra en sí mismo. Y el centro de la vida está en él mismo. Un proyecto de vida, que se alimenta de la economía, de la política, de la religión, del oficio que cada cual tiene, de la familia en la que nace, de los parientes a los que quiere tanto o de los que se avergüenza. Todo, todo, absolutamente todo, al servicio de mi buen vivir. Y el que se quede atrás, que apriete el paso.

En esta sociedad y en esta cultura, hemos nacido, nos han educado y, al servicio de este proyecto de vida, está organizado todo lo demás. No digo que todos los ciudadanos sean así y vivan así. Ni pueden ser así. Porque la consecuencia más fuerte, que se sigue de lo dicho, es precisamente la desigualdad. En esta sociedad, en la que tanta importancia tienen las libertades, inevitablemente el pez grande se come al pez chico. Y la consecuencia es que la economía, la riqueza y el bienestar se van concentrando, cada día más y más, en menos y menos privilegiados. Al tiempo que los más desgraciados crecen y crecen en más y mayor desamparo. De forma que los que mejor viven son cada día menos, al tiempo que los desamparados van en aumento, hasta el punto de que nos llevamos las manos a la cabeza porque en España han muerto treinta personas por el virus, el mismo día que, en el llamado “tercer mundo”, han muerto treinta mil de hambre y miseria.

Esto no tiene pies ni cabeza. Y nosotros: ¡angustiados por la pandemia! Lo cual es perfectamente comprensible. Pero me atrevo a decir que la pandemia tiene algo positivo: ha venido a decirnos que tenemos que repensar – y repensar muy a fondo – qué cultura, qué sociedad, qué economía, qué política, qué valores, qué derecho, qué religión… qué forma de vivir (en definitiva) hemos organizado, hasta lo más natural del mundo, cuando en realidad, esto es la deshumanización más salvaje que se ha podido inventar. Y si no, ¿cómo se explica que haya tanta gente que prefiere una fiesta, un botellón o una juerga, en una discoteca, aunque eso le cueste salir infestado con el virus que a todos nos asusta?

Sermones y homilías
Y ya – puestos a decir – como yo he dedicado mi vida a lo de la religión y la teología, me pregunto (impresionado y hasta asustado) cómo es posible que, ante este panorama, haya tantos clérigos (carcas y progres, de derechas, de centro y de izquierdas) que se ponen a explicar el Evangelio y yo no sé lo que dicen, pero el hecho es que demasiada gente sale de la Iglesia más tranquila en su conciencia, pero pensando como pensaba antes del sermón. Con razón se ha dicho que “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no es de fiar”. Y no es de fiar, porque nos afianza en el convencimiento de que lo que importa es que se acabe la pandemia, se recupere la buena vida y el lujo. Y los cientos de millones, que se mueren de hambre, que se apañen como puedan. Pero que no vengan aquí a molestar.

Y yo me pregunto: ¿con esta religión y esta explicación del Evangelio, a dónde vamos? Es que, ni la espantosa desgracia de la pandemia, modifica nuestra manera de pensar en cuanto se refiere a lo que nos humaniza. Y a lo que nos deshumaniza.
El futuro está claro: saldremos de la pandemia. De lo que me temo que no vamos a salir es de nuestra manera de pensar y de vivir la importancia del dinero y la recuperación del buen vivir. Por más que los más desgraciados sean más y más desgraciados cada día.