¿Qué Iglesia queremos?

«Vivimos días aciagos en el seno de la Iglesia. Las noticias que nos llegan son dignas de un guion de Almodóvar. Lo digo con rabia y tristeza» 

«Por una parte, tenemos los ataques furibundos de grupos eclesiales, medios de comunicación y políticos que están esperando a que el Papa Francisco diga cualquier cosa para situarle dentro de una diana» 

«Y después, el caso Novell, donde se mezclan las proclamas irresponsables a favor del independentismo con posturas «rígidas e intransigentes, trasnochadas y acientíficas de la moral sexual”, como apuntó Baltasar Bueno» 

¿Alguien da más? 

«Hoy la Iglesia tiene retos sobre la mesa que debe afrontar y según el modo y en cómo se sitúe ante ellos seguirá siendo para una parte de la población una realidad a la que seguir» 

«Sólo el compromiso social desde una radicalidad evangélica hará que la Iglesia sea importante en las vidas de las personas» 

«Somos una comunidad y lo que pasa en ella nos afecta. Seamos dignos de ella para seguir la obra del pobre carpintero de Galilea. No olvidemos lo que palpita» 
 

14.09.2021 | Jose Miguel Martínez Castelló 

Vivimos días aciagos en el seno de la Iglesia. Las noticias que nos llegan son desmoralizadoras porque proceden de sus mismos pastores con una mezcla de situaciones estrambóticas dignas de un guion de Almodóvar. Lo digo con rabia y tristeza. 

Por una parte, tenemos los ataques furibundos de grupos eclesiales, medios de comunicación y políticos que están esperando a que el Papa Francisco diga cualquier cosa para situarle dentro de una diana y proferir las mil y una barbaridades. Algunas reacciones a la entrevista de Carlos Herrera a Francisco es una buena muestra

Que se ponga en duda el amor y el aprecio por un país como el nuestro, tierra de la lengua materna en la que se expresa y vive, resulta ridículo. No se dan cuenta estas gentes analfabetas, que el Papa es el vicario de Cristo en la tierra, y es vicario del hijo de Dios que nació en Belén, la más pequeñas de las ciudades de Israel, que no contaba para nada ni para nadie, donde la historia pasaría sin dejar huella alguna: “Pero tu Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miqueas, 5,2). Sólo desde aquí podemos entender la elección por las ciudades y países humildes y pequeños del Santo Padre. 

Si queremos entenderlo, debemos acercarnos desde una hermenéutica cristológica. Puede resultar una obviedad, pero dichas obviedades la ignoran, de forma consciente o inconsciente, personas que quieren sentar cátedra en torno a las palabras de un Papa cercano, humilde y pobre como pocos. Algunos querrían que actuara como príncipe político. Y no lo va a hacer porque tiene que afrontar y leer la historia como pastor, precisamente como se define Jesús a la hora de transmitir su mensaje de salvación y aplicarlo. 

Y después, de pronto, nos salta en la cara, sin previo aviso, el caso Novell, donde se mezclan las proclamas irresponsables a favor del independentismo -muchos de sus feligreses no lo son- “al tiempo que se aferraba a las posturas rígidas e intransigentes, trasnochadas y acientíficas de la moral sexual”, como apuntaba recientemente Baltasar Bueno en un artículo de Religión Digital. 

Y todo ello, que no es poco, concluye con la relación sentimental con una escritora erótica-satánica. ¿Alguien da más? Esperamos que esto sea una excepción y si no lo es que se diga, que se haga público y se reforme y se refuercen el sistema o procedimiento para elegir obispos y diáconos acorde y dignos con Jesucristo. Si no se hace, y ya está pasando, la Iglesia correrá el peligro de sufrir una desconexión como la que se da entre las generaciones jóvenes y de una parte muy importante de la sociedad civil con la política. 

Incluso cuando la política consigue transformar las cosas y hacer su función, las gentes ya no reconocen sus méritos, puesto que siempre se sospecha de cualquier acción política porque está guiada por intereses espurios. Hoy la Iglesia tiene retos sobre la mesa que debe afrontar y según el modo y en cómo se sitúe ante ellos seguirá siendo para una parte de la población una realidad a la que seguir y dar por ella lo mejor que llevamos dentro. Vale la pena seguir el canino y la causa de Jesús de Nazareth, pero para ello tenemos que recordar qué es lo esencial, pará qué está la Iglesia y qué queremos que posibilite y proyecte. 

En un momento de la entrevista con Herrera, Francisco recuerda su texto programático es Evangelii Gaudium. Ahí resume lo que en el Cónclave cardenales y obispos trazaron como el camino a seguir que tenía que asumir la Iglesia en los próximos años. 

De igual forma, tenemos muy fácil cómo tiene que comportarse el pueblo de Dios, desde el primero al último y es, en síntesis, aplicar el evangelio, ni más ni menos. Las primeras comunidades cristianas hicieron visibles a Jesús señalando a los más pobres, a aquellos que no tenían carta de ciudadanía. La cruz implica un reconocimiento claro por aquellos que no han sido reconocidos en la historia, por aquellas personas que han sido apartadas de forma sistemática. 

En el imaginario social greco-romano la dignidad brillaba por su ausencia. Un Imperio como el de Roma, decenas de documentos históricos nos lo muestran, practicaba sin ningún rubor el infanticidio, sobre todo si eran niñas, ya que el derecho romano estaba concebido en función de los varones romanos y libres. Se señaló como una práctica de muerte y asesinato, de ahí la anclada tradición de la Iglesia por la defensa de la vida. 

Pensemos en las viudas, en los esclavos, en los extranjeros, las mujeres, en las personas leprosas y presas, cómo eran señaladas y dominadas por un juicio arbitrario respecto a sus vidas. A todos ellos el cristianismo les dio defensa y voz

Pablo es claro: “Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Jesús el mesías” (Gálatas 3, 28). El cristianismo supone un aldabonazo y un impulso claro para inocular en la sociedad el lenguaje de la caridad, la esperanza y la misericordia frente a una cultura de la muerte y la violencia sobre una porción altísima de la población. 

Como apunta García de Cortázar al final de su libro Católicos en tiempos de confusión, “nuestra idea de dignidad del hombre nos exige denunciar el escándalo de la pobreza. A nosotros nos toca recordar que las víctimas de la violencia, emigradas de sus lugares de nacimiento, abyectamente reducidas a cuerpos sin espíritu, son hijas de Dios y hermanas nuestras. A nosotros se nos exige que alcemos la voz para manifestar qué es nuestro cristianismo, no es cualquier forma de solidaridad o cualquier impulso compasivo, el que nos compromete en la defensa de los seres humillados”. 

¿Hay que recordar cuál es nuestra misión en el mundo? Y esos príncipes de la Iglesia, ¿son conscientes de su misión? ¿Representan y quieren trabajar por una Iglesia en salida por y para rostros que no cuentan como hicieron Jesús y las primeras comunidades cristianas? Sólo el compromiso social desde una radicalidad evangélica hará que la Iglesia sea importante en las vidas de las personas, desde una coherencia radical en las enseñanzas que se derivan del evangelio. 

Entiendo que en este mundo hipercomplejo puedan surgir dudas sobre Jesús, sobre su visibilidad, dónde está, qué dice en estos tiempos, puesto que puede parecer inaudito que, como apuntó de forma magistral un joven Ratzinger en Introducción al cristianismo, “la inteligencia que ha hecho a todos los seres se ha hecho carne, ha entrado en la historia y es un individuo, que no solamente abarca y sostiene toda historia, sino que forma parte de ella”. Pero la Iglesia sólo puede ser Iglesia de Jesucristo y ésta tiene que hacer visibles a los que se han quedado en la cuneta de la historia. Y claro que lo hace. Miles de personas se dejan la piel en ello a diario. 

No olvidemos lo que palpita, lo que está vivo y funda nuevas posibilidades en los barrios y en las misiones más pobres y recónditas de la tierra. Esta es la Iglesia que amamos y no la de los dimes y diretes más propios de la prensa rosa que la del Reino de Dios en la tierra. Que algunos se lo hagan mirar y que tomen nota. No estamos para una nueva forma de prensa rosa eclesial. 

En cada rincón de nuestra vida, en todos los patios de nuestras casas emerge una Calcuta que debemos atender. Para ello se requiere de una vida sencilla, alejado de los focos y del protagonismo en los medios. Somos una comunidad y lo que pasa en ella nos afecta. Seamos dignos de ella para seguir la obra del pobre carpintero de Galilea que encontraba en el silencio y en la soledad el tiempo de acercamiento y unión con Dios. Aprendamos la lección. 

José Miguel Martínez Castelló es Doctor en Filosofía. Voluntario en el Centro Penitenciario de Picassent (Valencia). Profesor de Filosofía en el Colegio Patronato de la Juventud Obrera. Autor del libro, Esperanza entre rejas: retos del voluntario penitenciario. PPC, Madrid, 202 

¿Qué Iglesia queremos?

Vivimos días aciagos en el seno de la Iglesia. Las noticias que nos llegan son desmoralizadoras porque proceden de sus mismos pastores con una mezcla de situaciones estrambóticas dignas de un guion de Almodóvar. Lo digo con rabia y tristeza. 

Por una parte, tenemos los ataques furibundos de grupos eclesiales, medios de comunicación y políticos que están esperando a que el Papa Francisco diga cualquier cosa para situarle dentro de una diana y proferir las mil y una barbaridades. Algunas reacciones a la entrevista de Carlos Herrera a Francisco es una buena muestra. 

Que se ponga en duda el amor y el aprecio por un país como el nuestro, tierra de la lengua materna en la que se expresa y vive, resulta ridículo. No se dan cuenta estas gentes analfabetas, que el Papa es el vicario de Cristo en la tierra, y es vicario del hijo de Dios que nació en Belén, la más pequeñas de las ciudades de Israel, que no contaba para nada ni para nadie, donde la historia pasaría sin dejar huella alguna: “Pero tu Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miqueas, 5,2). Sólo desde aquí podemos entender la elección por las ciudades y países humildes y pequeños del Santo Padre. 

Si queremos entenderlo, debemos acercarnos desde una hermenéutica cristológica. Puede resultar una obviedad, pero dichas obviedades las ignoran, de forma consciente o inconsciente, personas que quieren sentar cátedra en torno a las palabras de un Papa cercano, humilde y pobre como pocos. Algunos querrían que actuara como príncipe político. Y no lo va a hacer porque tiene que afrontar y leer la historia como pastor, precisamente como se define Jesús a la hora de transmitir su mensaje de salvación y aplicarlo. 

Y después, de pronto, nos salta en la cara, sin previo aviso, el caso Novell, donde se mezclan las proclamas irresponsables a favor del independentismo -muchos de sus feligreses no lo son- “al tiempo que se aferraba a las posturas rígidas e intransigentes, trasnochadas y acientíficas de la moral sexual”, como apuntaba recientemente Baltasar Bueno en un artículo de Religión Digital. 

Y todo ello, que no es poco, concluye con la relación sentimental con una escritora erótica-satánica. ¿Alguien da más? Esperamos que esto sea una excepción y si no lo es que se diga, que se haga público y se reforme y se refuercen el sistema o procedimiento para elegir obispos y diáconos acorde y dignos con Jesucristo. Si no se hace, y ya está pasando, la Iglesia correrá el peligro de sufrir una desconexión como la que se da entre las generaciones jóvenes y de una parte muy importante de la sociedad civil con la política. 

Incluso cuando la política consigue transformar las cosas y hacer su función, las gentes ya no reconocen sus méritos, puesto que siempre se sospecha de cualquier acción política porque está guiada por intereses espurios. Hoy la Iglesia tiene retos sobre la mesa que debe afrontar y según el modo y en cómo se sitúe ante ellos seguirá siendo para una parte de la población una realidad a la que seguir y dar por ella lo mejor que llevamos dentro. Vale la pena seguir el camino y la causa de Jesús de Nazareth, pero para ello tenemos que recordar qué es lo esencial, para qué está la Iglesia y qué queremos que posibilite y proyecte. 

En un momento de la entrevista con Herrera, Francisco recuerda su texto programático es Evangelii Gaudium. Ahí resume lo que en el Cónclave, cardenales y obispos trazaron como el camino a seguir que tenía que asumir la Iglesia en los próximos años. 

De igual forma, tenemos muy fácil cómo tiene que comportarse el pueblo de Dios, desde el primero al último y es, en síntesis, aplicar el evangelio, ni más ni menos. Las primeras comunidades cristianas hicieron visibles a Jesús señalando a los más pobres, a aquellos que no tenían carta de ciudadanía. La cruz implica un reconocimiento claro por aquellos que no han sido reconocidos en la historia, por aquellas personas que han sido apartadas de forma sistemática. 

En el imaginario social greco-romano la dignidad brillaba por su ausencia. Un Imperio como el de Roma, decenas de documentos históricos nos lo muestran, practicaba sin ningún rubor el infanticidio, sobre todo si eran niñas, ya que el derecho romano estaba concebido en función de los varones romanos y libres. Se señaló como una práctica de muerte y asesinato, de ahí la anclada tradición de la Iglesia por la defensa de la vida. 

Pensemos en las viudas, en los esclavos, en los extranjeros, las mujeres, en las personas leprosas y presas, cómo eran señaladas y dominadas por un juicio arbitrario respecto a sus vidas. A todos ellos el cristianismo les dio defensa y voz. 

Pablo es claro: “Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Jesús el mesías” (Gálatas 3, 28). El cristianismo supone un aldabonazo y un impulso claro para inocular en la sociedad el lenguaje de la caridad, la esperanza y la misericordia frente a una cultura de la muerte y la violencia sobre una porción altísima de la población. 

Como apunta García de Cortázar al final de su libro Católicos en tiempos de confusión, “nuestra idea de dignidad del hombre nos exige denunciar el escándalo de la pobreza. A nosotros nos toca recordar que las víctimas de la violencia, emigradas de sus lugares de nacimiento, abyectamente reducidas a cuerpos sin espíritu, son hijas de Dios y hermanas nuestras. A nosotros se nos exige que alcemos la voz para manifestar qué es nuestro cristianismo, no es cualquier forma de solidaridad o cualquier impulso compasivo, el que nos compromete en la defensa de los seres humillados”. 

¿Hay que recordar cuál es nuestra misión en el mundo? Y esos príncipes de la Iglesia, ¿son conscientes de su misión? ¿Representan y quieren trabajar por una Iglesia en salida por y para rostros que no cuentan como hicieron Jesús y las primeras comunidades cristianas? Sólo el compromiso social desde una radicalidad evangélica hará que la Iglesia sea importante en las vidas de las personas, desde una coherencia radical en las enseñanzas que se derivan del evangelio. 

Entiendo que en este mundo hipercomplejo puedan surgir dudas sobre Jesús, sobre su visibilidad, dónde está, qué dice en estos tiempos, puesto que puede parecer inaudito que, como apuntó de forma magistral un joven Ratzinger en Introducción al cristianismo, “la inteligencia que ha hecho a todos los seres se ha hecho carne, ha entrado en la historia y es un individuo, que no solamente abarca y sostiene toda historia, sino que forma parte de ella”. Pero la Iglesia sólo puede ser Iglesia de Jesucristo y ésta tiene que hacer visibles a los que se han quedado en la cuneta de la historia. Y claro que lo hace. Miles de personas se dejan la piel en ello a diario. 

No olvidemos lo que palpita, lo que está vivo y funda nuevas posibilidades en los barrios y en las misiones más pobres y recónditas de la tierra. Esta es la Iglesia que amamos y no la de los dimes y diretes más propios de la prensa rosa que la del Reino de Dios en la tierra. Que algunos se lo hagan mirar y que tomen nota. No estamos para una nueva forma de prensa rosa eclesial. 

En cada rincón de nuestra vida, en todos los patios de nuestras casas emerge una Calcuta que debemos atender. Para ello se requiere de una vida sencilla, alejado de los focos y del protagonismo en los medios. Somos una comunidad y lo que pasa en ella nos afecta. Seamos dignos de ella para seguir la obra del pobre carpintero de Galilea que encontraba en el silencio y en la soledad el tiempo de acercamiento y unión con Dios. Aprendamos la lección. 

José Miguel Martínez Castelló 

Religión Digital 

José Miguel Martínez Castelló es Doctor en Filosofía. Voluntario en el Centro Penitenciario de Picassent (Valencia). Profesor de Filosofía en el Colegio Patronato de la Juventud Obrera. Autor del libro, Esperanza entre rejas: retos del voluntario penitenciario. PPC, Madrid, 2021 

¿Es posible una política evangélica?

El legado de Francisco: ¿Es posible una política evangélica?
«Como cristianos no podemos desfallecer al desánimo reinante que inunda todos los espacios sociales»
«Tenemos en Francisco un camino y un modelo alternativo para aplicar, comprender y vivir el poder y la política de forma diferente, desde la radicalidad y el sentido profundo del evangelio»
«La política necesita del evangelio porque sitúa a la persona en el centro de todos los órdenes de la vida»
«Generosidad, solidaridad y servicio son las directrices para una regeneración de la política»
13.12.2020 | José Miguel Martínez Castelló*
Los efectos de la pandemia se están agudizando por varias realidades que tendremos que afrontar como sociedad. Además de los sanitarios, de las innumerables pérdidas humanas, la destrucción de sectores económicos, el crecimiento exponencial de la pobreza y las desigualdades galopantes que se están incrustando como algo normal en nuestras vidas, hay que añadir el colapso de la política y el poder. Su ejercicio y gestión está haciendo aguas y está a punto de encallar y naufragar.
Hace unas semanas un alumno de 1ºbachillerato me dejó un libro que puede ayudarnos a comprender nuestra realidad política, El niño de Schindler de Leon Leyson. Describiendo la vida de los judíos en la ciudad de Cracovia de los años 30 ante la ascensión imparable de los nazis, relata el autor cómo se repetía como un mantra la respuesta a todas las atrocidades que iban sufriendo después de la ocupación de las tropas alemanas en Polonia en septiembre del 39: ¿Podrá ser peor? ¿Podrá volver a ocurrir?
Salvando las distancias hoy nos preguntamos: ¿cuál será la próxima ocurrencia? ¿De qué serán capaces unos y otros de afirmar y negar? ¿Es posible ir a peor? ¿Es factible otra clase política? Y más importante todavía: ¿puede darse otra forma de concebir el poder y la política? En la calle y en los medios de comunicación se afirma que esto ya parece un mal endémico, no sólo a nivel nacional, sino internacional y mundial.
Hace más de 100 años, Galdós hacía una descripción nada halagüeña de lo que tenemos bajo nuestros pies: “Los dos partidos que se han concordado para alternarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales y ningún fin elevado les mueve. No acometerán ni el problema religioso, ni el educativo, ni el económico. No harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica”.
¿Les suena? Y apostilla con un pronóstico del que, por desgracia, no se ha cumplido, sino que radicaliza lo que decía: “Tendremos que esperar como mínimo 100 años más, si hay suerte, para que nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente”. El paso de los años no ha significado un cambio en la situación política. Todo lo contrario.
Ahora bien, ¿qué nos queda pues? ¿La resignación? Y desde el cristianismo, ¿podemos aceptar esta realidad como un mal necesario? Como cristianos no podemos desfallecer al desánimo reinante que inunda todos los espacios sociales. Estamos en pleno Adviento que nos prepara para acoger una nueva forma de vida que se contrapone a la mundanidad, a los valores mediáticos y públicos que se asumen sin rechistar y sin crítica alguna.
Por el contrario, tenemos en Francisco un camino y un modelo alternativo para aplicar, comprender y vivir el poder y la política de forma diferente, desde la radicalidad y el sentido profundo del evangelio. El 22 de diciembre de 2016, ante la curia romana, expresó: “La Navidad es la fiesta de la humildad amante de Dios. La lógica de la Navidad transforma la lógica mundana, la lógica del poder, la lógica del mandar”.
No estamos ante una pose. Detrás de estas palabras se esconde el sentido último de su pontificado, su verdadero legado, su desafío y no es otro que lo que anunció a toda la humanidad, sin distinciones, aquel 19 de marzo de 2013, una nueva forma de entender el poder y la política que resulta la única forma digna y necesaria de ejercerlo.
Volvamos a sus palabras: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz”. El servicio es la savia que da fuerza y sentido al ejercicio del poder. De ahí la insistencia en la idea, que traspasa todos sus discursos, de custodiar, cuidar la creación y todas sus realidades que la componen desde la Naturaleza a las personas descartadas, que no cuentan para el sistema económico y de mercado. Por todo ello debemos plantearnos qué entiende por política y poder, por una parte, y qué consecuencias tiene dicha concepción, por otra.
A lo largo de 2016 Francisco mantuvo un diálogo con Dominique Wolton sobre política y sociedad. Desde el minuto uno de esa conversación, publicada en la editorial Encuentro, Francisco pone las cartas boca arriba en cómo tenemos que entender la política. Tiene que aplicarse y concebirse como un poliedro en el que todos los puntos y los problemas deben estar unidos conservando su unidad. Para hacer posible que este poliedro dé sus frutos, sólo cabe una actitud que hoy resulta revolucionaria y utópica: tender puentes.
Vivimos la anulación del diálogo y del encuentro. Hoy las posiciones no se mueven, están fijas, se gobierna en contra de, sin pensar en la realidad de la calle, del día a día, donde las personas sufren y viven. La política necesita del evangelio porque sitúa a la persona en el centro de todos los órdenes de la vida. Cuando se dice que la religión o las confesiones religiosas tienen que estar fuera de “lo público” se ignora la aportación que los valores religiosos y evangélicos podrían hacer a la buena gestión de la cosa pública que tanto se presume defender.
Francisco con su sabiduría histórica y análisis sencillo, pero profundo y directo, acude a los orígenes de la formación de la Unión europea para situar que otra política es posible, porque lo fue. No habla de ensoñaciones, de quimeras, sino de realidades.
Como recordó en la entrega del premio Carlomagno de 2016, y desde la figura de Robert Schuman, “Europa no se hará de una vez, se hará en realizaciones concretas desde una solidaridad de hecho. En este nuestro mundo atormentado y herido es necesario volver a aquella solidaridad de hecho, a la misma generosidad concreta que siguió al segundo conflicto mundial”.
Generosidad, solidaridad y servicio son las directrices para una regeneración de la política. Sin embargo, los males de la política son los males de la sociedad. Estamos ante una difuminación de la persona porque hoy todo se volatiza a través de una pantalla. Hemos dejado que la realidad virtual sustituya a la cercanía, la carne sufriente que chilla y busca una ayuda y una mirada de auxilio y comprensión. Al eliminar el servicio del vocabulario político, las ambiciones individuales y partidistas son las que mandan olvidando el horizonte de las personas, de sus problemas y preocupaciones.
Por ello que Francisco nos recuerde, golpeando nuestras conciencias, que nuestra sociedad es la del descarte. ¿Cómo es posible concebir y mantener una política que no tiene una palabra cálida y de esperanza tanto para nuestros jóvenes como personas mayores? Cuando Dios ha desaparecido de todo el espectro social, somos capaces de eso y más. Sin embargo, la Navidad encarna y posibilita entender una política evangélica, en el que su prioridad es dar luz ahí donde anidan las tinieblas actuales de la desesperación, la soledad y la incertidumbre.
Los caminos y las consecuencias de esta forma entender la política están en la proximidad. Dice Francisco: “No puede haber una Iglesia de Jesucristo alejada de la gente. La Iglesia de Jesucristo debe estar atada al pueblo, religada a la gente. No es posible evangelizar sin proximidad”. Uno de los retos que tenemos que afrontar es la fuerte desafección que la ciudadanía siente respecto a la política y sus dirigentes. Desafección es distancia, ya no se cree en lo que se escucha de la política porque nunca realiza ni lleva a cabo lo que expresa.
Estamos ante una falta de confianza, puesto que los fines del poder es servirse a sí mismo. Por ello Francisco habla de proximidad, de tocar los problemas reales y abordarlos, pero para ello se requiere de una transformación de la concepción del poder. El Hijo del hombre ha venido a servir, y no a ser servido, hasta la propia muerte del monte Gólgota en la cruz. La fuerza y el poder de Francisco está en su coherencia porque aquello que dice está encarnado en sus actos, en sus gestos y en su vida. Y de esto adolece la política actual.
Por el contrario, el horizonte de una política evangélica se enmarca en dos caminos que están todavía por recorrer y que podrían ayudar a sanar el ejercicio del poder: “No hemos de olvidar los dos pilares del cristianismo, de la Iglesia: las Bienaventuranzas y, a continuación, Mateo 25, del protocolo según el cual seremos juzgados”. El pobre, la viuda, el migrante, el refugiado, las personas ancianas que están solas, jóvenes sin futuro, los encarcelados, enfermos mentales, todas las vidas presas de adicciones, son las prioridades de una política evangélica.
El evangelio comienza en la gruta de Belén, a la intemperie, dándose para compartir nuestras miserias, codo con codo, con un espíritu de servicio eterno, hasta la muerte. Este es el legado de Francisco. Un cimiento más para que la última palabra de la humanidad sea, frente a la desesperanza y la muerte, el amor y la esperanza.
*Doctor en Filosofía. Profesor del colegio Patrona de la Juventud Obrera (PJO) de Valencia. Autor del libro “Esperanza entre rejas: retos del voluntariado penitenciario (PPC, 2020, en prensa).

¿Es posible una política evangélica?

El legado de Francisco: ¿Es posible una política evangélica?
«Como cristianos no podemos desfallecer al desánimo reinante que inunda todos los espacios sociales»
«Tenemos en Francisco un camino y un modelo alternativo para aplicar, comprender y vivir el poder y la política de forma diferente, desde la radicalidad y el sentido profundo del evangelio»
«La política necesita del evangelio porque sitúa a la persona en el centro de todos los órdenes de la vida»
«Generosidad, solidaridad y servicio son las directrices para una regeneración de la política»
13.12.2020 | José Miguel Martínez Castelló*
Los efectos de la pandemia se están agudizando por varias realidades que tendremos que afrontar como sociedad. Además de los sanitarios, de las innumerables pérdidas humanas, la destrucción de sectores económicos, el crecimiento exponencial de la pobreza y las desigualdades galopantes que se están incrustando como algo normal en nuestras vidas, hay que añadir el colapso de la política y el poder. Su ejercicio y gestión está haciendo aguas y está a punto de encallar y naufragar.
Hace unas semanas un alumno de 1ºbachillerato me dejó un libro que puede ayudarnos a comprender nuestra realidad política, El niño de Schindler de Leon Leyson. Describiendo la vida de los judíos en la ciudad de Cracovia de los años 30 ante la ascensión imparable de los nazis, relata el autor cómo se repetía como un mantra la respuesta a todas las atrocidades que iban sufriendo después de la ocupación de las tropas alemanas en Polonia en septiembre del 39: ¿Podrá ser peor? ¿Podrá volver a ocurrir?
Salvando las distancias hoy nos preguntamos: ¿cuál será la próxima ocurrencia? ¿De qué serán capaces unos y otros de afirmar y negar? ¿Es posible ir a peor? ¿Es factible otra clase política? Y más importante todavía: ¿puede darse otra forma de concebir el poder y la política? En la calle y en los medios de comunicación se afirma que esto ya parece un mal endémico, no sólo a nivel nacional, sino internacional y mundial.
Hace más de 100 años, Galdós hacía una descripción nada halagüeña de lo que tenemos bajo nuestros pies: “Los dos partidos que se han concordado para alternarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales y ningún fin elevado les mueve. No acometerán ni el problema religioso, ni el educativo, ni el económico. No harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica”.
¿Les suena? Y apostilla con un pronóstico del que, por desgracia, no se ha cumplido, sino que radicaliza lo que decía: “Tendremos que esperar como mínimo 100 años más, si hay suerte, para que nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente”. El paso de los años no ha significado un cambio en la situación política. Todo lo contrario.
Ahora bien, ¿qué nos queda pues? ¿La resignación? Y desde el cristianismo, ¿podemos aceptar esta realidad como un mal necesario? Como cristianos no podemos desfallecer al desánimo reinante que inunda todos los espacios sociales. Estamos en pleno Adviento que nos prepara para acoger una nueva forma de vida que se contrapone a la mundanidad, a los valores mediáticos y públicos que se asumen sin rechistar y sin crítica alguna.
Por el contrario, tenemos en Francisco un camino y un modelo alternativo para aplicar, comprender y vivir el poder y la política de forma diferente, desde la radicalidad y el sentido profundo del evangelio. El 22 de diciembre de 2016, ante la curia romana, expresó: “La Navidad es la fiesta de la humildad amante de Dios. La lógica de la Navidad transforma la lógica mundana, la lógica del poder, la lógica del mandar”.
No estamos ante una pose. Detrás de estas palabras se esconde el sentido último de su pontificado, su verdadero legado, su desafío y no es otro que lo que anunció a toda la humanidad, sin distinciones, aquel 19 de marzo de 2013, una nueva forma de entender el poder y la política que resulta la única forma digna y necesaria de ejercerlo.
Volvamos a sus palabras: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz”. El servicio es la savia que da fuerza y sentido al ejercicio del poder. De ahí la insistencia en la idea, que traspasa todos sus discursos, de custodiar, cuidar la creación y todas sus realidades que la componen desde la Naturaleza a las personas descartadas, que no cuentan para el sistema económico y de mercado. Por todo ello debemos plantearnos qué entiende por política y poder, por una parte, y qué consecuencias tiene dicha concepción, por otra.
A lo largo de 2016 Francisco mantuvo un diálogo con Dominique Wolton sobre política y sociedad. Desde el minuto uno de esa conversación, publicada en la editorial Encuentro, Francisco pone las cartas boca arriba en cómo tenemos que entender la política. Tiene que aplicarse y concebirse como un poliedro en el que todos los puntos y los problemas deben estar unidos conservando su unidad. Para hacer posible que este poliedro dé sus frutos, sólo cabe una actitud que hoy resulta revolucionaria y utópica: tender puentes.
Vivimos la anulación del diálogo y del encuentro. Hoy las posiciones no se mueven, están fijas, se gobierna en contra de, sin pensar en la realidad de la calle, del día a día, donde las personas sufren y viven. La política necesita del evangelio porque sitúa a la persona en el centro de todos los órdenes de la vida. Cuando se dice que la religión o las confesiones religiosas tienen que estar fuera de “lo público” se ignora la aportación que los valores religiosos y evangélicos podrían hacer a la buena gestión de la cosa pública que tanto se presume defender.
Francisco con su sabiduría histórica y análisis sencillo, pero profundo y directo, acude a los orígenes de la formación de la Unión europea para situar que otra política es posible, porque lo fue. No habla de ensoñaciones, de quimeras, sino de realidades.
Como recordó en la entrega del premio Carlomagno de 2016, y desde la figura de Robert Schuman, “Europa no se hará de una vez, se hará en realizaciones concretas desde una solidaridad de hecho. En este nuestro mundo atormentado y herido es necesario volver a aquella solidaridad de hecho, a la misma generosidad concreta que siguió al segundo conflicto mundial”.
Generosidad, solidaridad y servicio son las directrices para una regeneración de la política. Sin embargo, los males de la política son los males de la sociedad. Estamos ante una difuminación de la persona porque hoy todo se volatiza a través de una pantalla. Hemos dejado que la realidad virtual sustituya a la cercanía, la carne sufriente que chilla y busca una ayuda y una mirada de auxilio y comprensión. Al eliminar el servicio del vocabulario político, las ambiciones individuales y partidistas son las que mandan olvidando el horizonte de las personas, de sus problemas y preocupaciones.
Por ello que Francisco nos recuerde, golpeando nuestras conciencias, que nuestra sociedad es la del descarte. ¿Cómo es posible concebir y mantener una política que no tiene una palabra cálida y de esperanza tanto para nuestros jóvenes como personas mayores? Cuando Dios ha desaparecido de todo el espectro social, somos capaces de eso y más. Sin embargo, la Navidad encarna y posibilita entender una política evangélica, en el que su prioridad es dar luz ahí donde anidan las tinieblas actuales de la desesperación, la soledad y la incertidumbre.
Los caminos y las consecuencias de esta forma entender la política están en la proximidad. Dice Francisco: “No puede haber una Iglesia de Jesucristo alejada de la gente. La Iglesia de Jesucristo debe estar atada al pueblo, religada a la gente. No es posible evangelizar sin proximidad”. Uno de los retos que tenemos que afrontar es la fuerte desafección que la ciudadanía siente respecto a la política y sus dirigentes. Desafección es distancia, ya no se cree en lo que se escucha de la política porque nunca realiza ni lleva a cabo lo que expresa.
Estamos ante una falta de confianza, puesto que los fines del poder es servirse a sí mismo. Por ello Francisco habla de proximidad, de tocar los problemas reales y abordarlos, pero para ello se requiere de una transformación de la concepción del poder. El Hijo del hombre ha venido a servir, y no a ser servido, hasta la propia muerte del monte Gólgota en la cruz. La fuerza y el poder de Francisco está en su coherencia porque aquello que dice está encarnado en sus actos, en sus gestos y en su vida. Y de esto adolece la política actual.
Por el contrario, el horizonte de una política evangélica se enmarca en dos caminos que están todavía por recorrer y que podrían ayudar a sanar el ejercicio del poder: “No hemos de olvidar los dos pilares del cristianismo, de la Iglesia: las Bienaventuranzas y, a continuación, Mateo 25, del protocolo según el cual seremos juzgados”. El pobre, la viuda, el migrante, el refugiado, las personas ancianas que están solas, jóvenes sin futuro, los encarcelados, enfermos mentales, todas las vidas presas de adicciones, son las prioridades de una política evangélica.
El evangelio comienza en la gruta de Belén, a la intemperie, dándose para compartir nuestras miserias, codo con codo, con un espíritu de servicio eterno, hasta la muerte. Este es el legado de Francisco. Un cimiento más para que la última palabra de la humanidad sea, frente a la desesperanza y la muerte, el amor y la esperanza.
*Doctor en Filosofía. Profesor del colegio Patrona de la Juventud Obrera (PJO) de Valencia. Autor del libro “Esperanza entre rejas: retos del voluntariado penitenciario (PPC, 2020, en prensa).