¿Cómo resucitar la fe perdida?

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas

Caminar
Caminar

«Tal parece que en nuestros tiempos ‘merodea’ una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas»

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

«Buscamos los culpables de nuestra pena… ¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa?»

«Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe»

Por Pedro Rafael Ortiz S. Sacerdote diocesano

Tal parece que en nuestros tiempos “merodea” una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas.   

La “pérdida” de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano. Es una situación difícil de contar a los amigos, dura para sobrellevar y, sin embargo, es más común de lo que podría parecer. Las fachadas de alegrías y las muecas disfrazadas de sonrisa o de sentido del humor muchas veces ocultan esa tristeza a los ojos de los demás. Cuando eso nos pasa, parecemos felices, pero por dentro la vida se desangra.

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

Buscamos los culpables de nuestra pena. Bueno -decimos- si yo soy la víctima inocente, entonces el culpable está fuera de mí. La culpa la tiene mi marido o mi mujer, la culpa la tienen los hijos malagradecidos, la culpa la tiene el patrono abusador. Hay quien, más sofisticado, dice que la culpa la tiene “el sistema”, la junta, el imperio. Todavía hay quien levanta los ojos al cielo y le reclama a Dios: “Tú tienes la culpa”, “Me trajiste al mundo para sufrir”.

Más a la corta que tener que esperar por la larga, el resultado es que se nos “muere” la fe. Como dice el viejo tango, “hoy no creo ni en mi mismo, todo es truco, todo es falso”.

¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas?

Cuando digo que tengo fe, ¿cuánta fe de verdad tengo? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa? ¿Maltraté a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos? ¿Fue cómplice de los abusos del patrono porque creía que así me iría mejor? ¿Traté de ser parte entusiasta de un sistema de opresión porque buscaba mi propio beneficio? ¿No me rebelé ante la junta fiscal Dictatorial porque no quería meterme en problemas? ¿Acepté el coloniaje del imperio?

Hay una canción popular que dice “la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale”. Dios nos trajo al mundo colmados de bienes y nos dio la ley de la libertad. De eso, no hay duda. Pero a nosotros nos toca convertir en obras la palabra. Si invierto mi día haciendo el bien, ¿qué tiempo tengo para andar penando porque me duele aquí o me duele allá? Si no convierto los dones que he recibido en ayuda para quien los necesite y si no pongo en práctica la palabra de libertad que me entregó Dios, cualquiera podrá decirme -como advierte el Apóstol Santiago- muéstrame esa fe sin obra, que yo con mis obras que demostraré mi fe.

Hay una canción popular que dice «la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale»

Para caminar tengo mis pies, que se mueven uno primero y el otro después. Si quiero que mi fe resucite, me toca ir, poco a poco, tramo a tramo, dedicando mis días a sembrar más vida.

Sembrador

Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Así no es. Si quiero que mi pueblo se libere de las cadenas de opresión, “tengo que trabajar” por la libertad lo poco o lo mucho que puedo cada día. He conocido a la gran luchadora de la patria puertorriqueña María de Lourdes Santiago, quien le decía a los de su partido que sencillamente se preguntaran cada día qué podían hacer por la independencia. Traduzco ese llamado a muchas causas, personales y sociales. ¿Qué puedo hacer hoy por mi prójimo y mi comunidad?

Las discusiones sobre teorías, estrategias, tácticas y todas esos asuntos son muy buenas. Sin embargo, me parece que el momento que vivimos nos exige “hablar menos y hacer más”.  Así decía José Martí,  “Hacer es la mejor manera de decir”. 

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe

Ante la muerte

La fe cristiana es capaz de sostener la esperanza»

Ante la muerte: la fe en el Dios de la vida

«Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo»

«Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos»

«Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad»

Por Consuelo Vélez

Nuestro Dios es el Dios de la vida y la promete para todos sus hijos e hijas: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). Pero esta afirmación se pone a prueba cuando llegan los momentos límite en la vida: sea una enfermedad, una catástrofe, un fracaso y, sobre todo, cuando se trata de la muerte. Esta última es la más definitiva y radical: no hay vuelta atrás, no se puede esperar que de alguna manera esa muerte se revierta; en verdad, la existencia de una persona llega a su final. Entonces, ¿dónde queda la promesa que Jesús hizo a los suyos y en la que nos seguimos apoyando todos los que hoy creemos en él?

Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad. Allí, cuando todo parece que se termina -o termina efectivamente- la experiencia de fe nos permite mantener la esperanza, no solamente como una actitud profundamente humana, sino como una verdadera experiencia del Espíritu de Jesús que, después de haber sido asesinado por los poderosos de su tiempo, no desaparece de la historia humana sino que sigue movilizando a sus seguidores para continuar apostando por la vida, haciendo posible que la vida en abundancia que Jesús había prometido, alcance a muchos, de generación en generación.

Esto no significa que no se sienta el dolor humano. De hecho, el mismo Jesús lo vive al final de su vida cuando invocando las palabras del salmo 22, expresa los sentimientos que lo embargan: “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado” (Mt 27,46) y, al menos los evangelios de Mateo y de Marcos, no muestran que ese dolor fuera suavizado, sino que “dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu” (Mt 27, 50; Mc 15,37). Otros evangelistas como Lucas, de alguna manera, presentan menos desgarrador ese momento, poniendo en boca de Jesús las palabras del salmo 31: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46). Por su parte el evangelio de Juan, relata así ese último momento: “Todo está cumplido. E inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19, 30).

El dolor humano es diferente dependiendo de la situación de la persona que muere. Si se trata de una persona anciana, es más fácil entender que esa vida que se iba apagando de alguna manera, lo hace definitivamente.

Más duro cuando se trata de una persona que, en la plenitud de la vida, muere y todo su proyecto queda truncado. Y no digamos cuando se trata de la niñez que, prácticamente, estaba comenzando a estrenar la vida y parecía tener todas las oportunidades por delante. También se hace muy dolorosa la muerte cuando es una muerte injusta, fruto de la maldad de otros seres humanos.

Pero en todos los casos, la fe cristiana es capaz de sostener la esperanza porque esta implica asumir la limitación humana, la creaturalidad que nos constituye e inclusive el mal fruto de la libertad humana, pero también, la confianza en que sí el espíritu de Jesús continúa animando la vida de los creyentes, de alguna manera, ese mismo espíritu sigue animando la vida de todos los que ya no están en esta historia. Confiamos, como lo dice Pablo en la primera carta a los Corintios que “si solamente para esta vida tenemos, puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todas las personas! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, como primicias de los que durmieron” (15, 19-20). Esta es nuestra fe y ella es la que nos sostiene en los momentos limite.

Ahora bien, esa fe no se improvisa. Esa fe se alimenta, se cuida, se práctica. Es la fe que da sentido a la cotidianidad sabiendo que todo lo que se hace es para intentar hacer presente el reino de Dios en el aquí y el ahora. Es la que da sentido a todos los momentos de la vida, aceptando los fracasos, agradeciendo los éxitos, experimentando que todo se recibe gratuitamente, de ahí que se intente compartirlo con generosidad: “Den gratis, lo que recibieron gratis” (Mt 10, 8).

Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos. Es la fe que apoyada en la “gran nube de testigos, nos permite sacudirnos de todo lastre que nos asedia y nos fortalece ante la prueba, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hc 12, 1-2).

Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo. También con la calidad de nuestras relaciones con los demás, con la riqueza de cada persona, con los valores que constituyen la propia vida. Y, en medio del dolor que produce la ausencia de la persona que muere, es una gracia divina poder hacer propias las palabras de Pablo en la Carta a los Romanos.

“Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (8, 38-39). Sí, definitivamente, cuando se tiene fe, se vive la experiencia de que nada nos aparta del amor del Señor y en ese amor, nuestros seres difuntos permanecen en nuestra memoria y sentimos la fuerza para vivir con más intensidad como ellos, con toda certeza, esperan que lo hagamos.

«La enfermedad del aburrimiento»

Josefa Ros: “A la Iglesia le preocupa el aburrimiento, pero no quiere confesarlo abiertamente”

  • Autora del ensayo ‘La enfermedad del aburrimiento’, cree que “la causa del fanatismo puede encontrarse fácilmente en el aburrimiento”
  • “El distanciamiento por aburrimiento que se genera la Iglesia ya no se traduce en la herejía, sino en la apostasía y el ateísmo”
  • “La fe aporta significado a la vida, que es uno de los principales antídotos contra el aburrimiento”

Josefa Ros Velasco, entre otras muchas cosas, doctora en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y fundadora y presidenta de la International Society of Boredom Studies, “la primera asociación científica y cultural del mundo para el estudio del aburrimiento”, acaba de presentar su ensayo ‘La enfermedad del aburrimiento’ (Alianza), donde diserta acerca de “un fenómeno cotidiano que nos atormenta cuando la realidad no cumple nuestras expectativas”.

PREGUNTA.- En nuestro presente, marcado para muchos por la presencia constante en las redes sociales y en el consumo compulsivo de diferentes opciones de entretenimiento ante todo tipo de pantallas, ¿se trata este de un ocio que nos llena o, al contrario, estamos más aburridos que en ningún otro tiempo de la historia?

RESPUESTA.- Mi respuesta a las dos preguntas de esta disyuntiva es no. Empezando por lo último, no estamos más aburridos que en otros tiempos de la historia. Los seres humanos hemos tenido la capacidad de aburrirnos desde siempre, cuando nos hemos encontrado sobreadaptados y hemos dispuesto de tiempo libre, y cuando nos hemos visto obligados a dedicar todas las horas del día al trabajo para subsistir.

Lo que sucede es que ahora contamos con más medios para hacer manifiesto nuestro aburrimiento; tecnología que nos permite compartir nuestro malestar con personas que están en el otro extremo del planeta, y capacidad para comunicarlo a través del lenguaje hablado y escrito en una variedad de idiomas. Estos recursos no han estado disponibles de manera democratizada en otros siglos. La cantidad de aburrimiento es la misma, aunque las fuentes de aburrición sean distintas en cada época. La experiencia del tedio tiene que ver con el tiempo vacío, la repetición y la falta de estimulación, aspectos que forman parte de la vida humana desde sus orígenes.

Con respecto a la otra cuestión, la oferta de entretenimiento inmediato a la que nos plegamos en la actualidad es significativa en pequeñas dosis. Al final, todo lo que se consume de manera reiterada y abusiva acaba cansando a la larga. Muchos comprobamos durante el confinamiento que las plataformas de ‘streaming’ y de contenido audiovisual a la carta, así como las redes sociales, en las que confiamos para esquivar el aburrimiento en los ratos muertos del día a día, no están diseñadas para mantenernos entretenidos de forma constante en el tiempo.

En la Edad Media

P.- En tu libro dedicas un capítulo al aburrimiento durante la Edad Media, marcada por el tapiz cristiano imperante en el conjunto de la sociedad en buena parte de Europa. En el ‘ora et labora’ de muchos monasterios medievales, ¿hasta qué punto las infinitas horas de contemplación, en las que no todo sería oración atenta y con toda el alma, llevaron a diferentes desvíos vitales, morales y hasta doctrinales en la búsqueda indirecta de la emoción de la pasión?

R.- En la Edad Media, el aburrimiento adoptó la forma de la acedia, que afectaba no solo a los hombres de fe, sino a toda la población. Sin embargo, aquellos cuya cotidianeidad transcurría en los monasterios medievales fueron los que tuvieron ocasión de legar el testimonio escrito de su experiencia a las sociedades del futuro. En los textos de los Padres del desierto y de la Iglesia puede apreciarse cómo los monjes estaban atrapados en la eterna repetición de una rutina consistente en orar y contemplar, desde el amanecer hasta el atardecer, generadora de grandes momentos de hastío.

El peor llegaba en la sexta hora del día, cuando tocaba estudiar en privado y vencer la tentación de quedarse dormido bajo la sola y atenta mirada del Creador. El trabajo manual también formaba parte de la jornada, pero no sería un gran remedio contra el aburrimiento. Labrar la tierra, sembrar, cuidar de los animales o cocinar, y un poco de trabajo de escritorio, nada más; siempre igual, las mismas tareas cada vez, ad infinitum.

Seguro que los afectados por el aburrimiento imaginaban una y mil formas de romper con el aburrimiento, pero no les estaba permitido poner en práctica ninguna de ellas. En un contexto tan constrictivo es comprensible que, de cuando en cuando, los hombres explotasen frente al aburrimiento, y no es de extrañar que dicho estallido se tradujese en conductas que, en aquellas instancias, se consideraban desviadas, aunque quizá hoy no nos lo parecería: dejarse seducir por Morfeo en pleno servicio, comer y beber a escondidas o en exceso, descubrir los placeres de la carne (en solitario o acompañados), entre otras.

El mayor peligro radicaba en que el ‘horror loci’ acabase empujando al monje a abandonar la celda y, tras ello, la misma senda de la salvación.

P.- ¿El aburrimiento puede llegar a explicar en parte la proliferación de corrientes que la Iglesia considera heréticas?

R.- Por supuesto. El malestar que nos hace sentir el aburrimiento no puede ser ignorado, porque está en nuestra naturaleza el huir del dolor y tratar de permanecer en el placer. Hacemos cualquier cosa para librarnos del fastidio que nos causa, con mejores o peores resultados. Incluso llegamos a dañarnos a nosotros mismos solo para romper con el tedio. En la dolencia que representa el aburrimiento radica también un claro mensaje: el paradigma en el que nos encontramos inmersos se ha quedado obsoleto.

El aburrimiento indica que ha llegado el momento de pasar a lo siguiente para no quedarnos estancados en la eterna quietud de lo siempre igual, que en algo recuerda a la temida muerte. Desde el siglo I hasta el presente, la Iglesia ha considerado heréticas a decenas de enseñanzas religiosas, desde el docetismo hasta los testigos de Jehová, pasando por el maniqueísmo o el fideísmo, entre muchas otras, que nacen del rechazo frente a los preceptos del catolicismo.

Si ha habido en la historia un ejemplo palmario de disidencia del catolicismo por cansancio de su ortodoxia, ese ha sido el del protestantismo. La Iglesia tiene un grave problema con el aburrimiento porque sus presupuestos han dejado de ser significativos y atractivos para las comunidades. Desde hace un tiempo, este distanciamiento ya no se traduce en la herejía, sino en la apostasía y el ateísmo, en la renuncia a la búsqueda del significado en las deidades.

P.- En un sentido contrario, ¿el aburrimiento puede llevar a posiciones extremas y a que, fascinados con elementos externos como el ropaje o un cierto sentimiento de superioridad por “ser los más fieles a la tradición, muchos fieles caigan atrapados en reductos recalcitrantes? ¿Los hay que incluso llegan a cuestionar al papa Francisco por sentirse especiales, elegidos… o aburridos?

R.- La causa del fanatismo puede encontrarse fácilmente en el aburrimiento. Llevar al extremo nuestras creencias es un aliciente para evitar su abandono definitivo cuando estas se dan por sentadas y carecen del estímulo de lo novedoso. Pero también es una forma de romper con el hastío que nos provocamos nosotros mismos, como miembros de una sociedad tediosa, y con el aburrimiento profundo que resulta del percibido sinsentido de la existencia, cuando los pilares sobre los que se asientan nuestras convicciones espirituales empiezan a flaquear.

En esos reductos recalcitrantes hallamos, por una parte, un camino para escapar de la masa y adquirir una identidad propia, al tiempo que, por otra, nos otorgamos un propósito en la vida que nos convence de que nuestra conservación merece la pena entre tanta uniformidad e invariabilidad.

Desconozco si los que cuestionan los intentos de modernizar la Iglesia que con tanto ahínco está llevando a cabo el papa Francisco lo hacen por aburrimiento, por necesidad de reafirmarse a sí mismos o por miedo a lo desconocido. Como sea, le hacen un flaco favor a esta institución. Tratar de permanecer siempre en el mismo lugar es contraproducente y desadaptativo; lo es tanto como moverse hacia los extremos, aunque a veces no queda más remedio que transitarlos para dar continuidad a la rueda de la vida.

Vicio… y pecado

P.- Sostienes que, durante siglos, en gran medida animada por la Iglesia, la animadversión ante esta emoción ha hecho que se considere el aburrimiento como “un vicio” y hasta un pecado, pues puede conducir a “la distracción frente a la Palabra de Dios”. ¿Por qué hoy la Iglesia no parece prestarle demasiada atención a este fenómeno, silenciado de toda reflexión teológica u homilía dominical, cuando parece evidente que el aburrimiento puede derivar en la “acedia”, que equiparas a sentimientos como “la sequedad del alma, una tristeza inexplicable o una parálisis completa de la voluntad”?

R.– El aburrimiento fue considerado como un desvío de la virtud en la Grecia Antigua y, más tarde, como manifestación del fracaso de las pretensiones imperiales de Roma. Con la fundación del cristianismo, la acedia pasó a ser uno de los ocho pecados capitales; no uno cualquiera, sino el peor de todos, el más temible, el único para el que no había perdón, hasta que san Gregorio lo eliminó de la lista como muestra del dominio de la fe frente al demonio. Sin embargo, esta supresión no lo hizo desaparecer en ningún caso. Quedó supeditado a la tristeza y, con el tiempo, se fundió con la melancolía renacentista.

En este giro, se eximió a los hombres de fe de la carga de conciencia que suponía el aburrirse de las obligaciones contemplativas, y a la Iglesia de la responsabilidad de haberse convertido en la fuente por antonomasia de aburrición. El dominio del aburrimiento se transfirió desde lo espiritual hasta lo corporal, cayendo en la jurisdicción del médico, no del sacerdote. Desde entonces, poco se menciona el aburrimiento en el contexto eclesiástico, a pesar de que la Iglesia pierde adeptos cada día por razón de este. Pocos son los que, como hizo San Agustín en ‘La Catequesis de los principiantes’, dedican sus esfuerzos a advertir de los peligros que supone el aburrimiento para conservar la devoción de los feligreses.

A la Iglesia le preocupa sin duda este fenómeno, pero no quiere confesarlo abiertamente dedicándole un espacio en la homilía dominical, ni en ningún otro lugar, por miedo a que los parroquianos sientan que se les reprocha por su falta de interés, lo que podría provocar un rechazo aún mayor y a que se le acuse a ella misma de ser aburrida, propiciándose su caída definitiva.

Sin embargo, no hablar del aburrimiento no hace que cese el problema. Ignorarlo, mirar hacia otro lado, no es una buena estrategia. En este aspecto, la Iglesia se está equivocando. De tratar la cuestión con más naturalidad, podría beneficiarse de un diálogo abierto con sus fieles del que, con toda seguridad, surgirían grandes ideas para renovar la práctica de la fe cristiana. Los herejes por los que me preguntabas antes han sido mucho más avispados en este sentido.

P.- En tu artículo ‘No estoy solo (ni aburrido) porque Dios está conmigo. El papel de la religión en la vejez’, consideras que las personas ancianas con fe tienen menos propensión al aburrimiento al darles la fe “un mayor sentido” vital. ¿Esto también se da en los jóvenes o, al ver ellos más lejana la experiencia de la muerte, no buscan tanto nutrirse de ese sentido que para los más mayores puede ser una necesidad?

R.- La fe aporta significado a la vida, que es uno de los principales antídotos contra el aburrimiento. Además, las personas verdaderamente comprometidas con su fe, aquellas que se denominan practicantes, se involucran en actividades de culto con las que ocupan su tiempo libre de manera satisfactoria y reconfortante. Esto no solo aplica a las personas mayores, sino a cualquiera que viva su espiritualidad activamente. El sentido que la religión confiere a la muerte puede ser necesario y bienvenido a cualquier edad.

El final de la vida es un destino que tortura tanto a quienes están a punto de descubrirlo como a los que aún lo perciben lejano en el horizonte. No se trata únicamente de lo que tiene que ver con el más allá, sino también con lo que representa la religión en el más acá. Es más que una guía metafísica; es un prontuario ético, estético y epistémico. De lo que se trata es de pertenecer a un rebaño, en lugar de caminar solo. Esto es lo que salva del aburrimiento a los auténticos devotos de una congregación religiosa.

P.- Aunque sea desde fuera, ¿hay algún personaje religioso público, de cualquier religión, del que dirías que está atrapado por las garras de un aburrimiento sin salida? ¿Y al revés, alguien que es muy difícil que pase demasiado tiempo aburrido?

R.- Aymán al Zawahirí, actual líder del grupo yihadista Al Qaeda, a pesar de habitar en los extremos de la fe y de su férrea convicción en la causa del Estado Islámico, debe sufrir grandes momentos de aburrimiento en los escondites en los que, como Osama bin Laden, se refugia por largos periodos de tiempo de quienes quieren darle caza, privado de las maravillas y la belleza del mundo exterior, y con la única compañía del odio que habita en su alma y en la de los miserables que le rodean. Por contrapartida, David Miscavige, líder eclesiástico de la Iglesia de la Cienciología, no debe tener un minuto para aburrirse con la cantidad de denuncias y escándalos con los que tiene que lidiar constantemente.

Entrevista a Luis González-Carvajal

Luis González-Carvajal: “La teología se puede explicar de manera asequible e incluso amena” 

El sacerdote y teólogo acaba de publicar la 24ª edición reelaborada de todo un clásico: ‘Esta es nuestra fe’ 

Desde que viera la luz, hace casi cuatro décadas, ‘Esta es nuestra fe’ (Sal Terrae) ha vendido cerca de 200.000 ejemplares solo en castellano. Todo un hito, sin duda, tratándose de un libro de teología. Satisfecho y sorprendido a parte iguales por esta difusión, Luis González-Carvajal Santabárbara (Madrid, 1947) estrena la 24ª edición de su obra más conocida con una cuarta reelaboración de la misma. “Muy a fondo”, confiesa el propio autor. Tanto que “ha salido casi un libro nuevo”

PREGUNTA.- ‘Esta es nuestra fe’ se ha convertido en todo un clásico. ¿Por qué sigue siendo noticia después de 39 años? 

RESPUESTA.– Seguramente ya es noticia el mero hecho de que un libro de teología publicado en 1982 se haya reeditado continuamente hasta hoy y se haya traducido a siete lenguas; pero a eso se suma que la 24ª edición no es como las anteriores. La he reelaborado muy a fondo: he añadido bastantes cosas y también he quitado otras que me parecían menos importantes o menos actuales; he cambiado de lugar varios capítulos y muchos párrafos dentro de cada capítulo, para que el orden sea más lógico; he revisado a fondo la redacción y corregido bastantes errores que había, especialmente en las citas; he añadido un índice de autores citados… En suma, que ha salido casi un libro nuevo

P.- ¿Hay que “reelaborar” también la fe, como ha hecho ahora con su obra, para “adaptarla” a los tiempos que corren? 

R.- “Adaptar la fe” no me parece la expresión adecuada; prefiero decir que la teología necesita dialogar con la cultura de nuestro tiempo. En los antiguos catecismos de preguntas y respuestas, nosotros decidíamos tanto lo que debían preguntarnos como lo que íbamos a contestar. Ahora las preguntas las deciden los demás y a nosotros nos corresponde responder. Lógicamente, desde 1982 han surgido muchas preguntas nuevas y no podemos ser como esos políticos que, les pregunten lo que les pregunten, responden lo que tienen pensado responder. 

Al margen de las Iglesias 

P.- ¿Despierta más interés la fe de lo que reflejan las encuestas sobre práctica religiosa? 

R.- Sin duda; lo que pasa es que se tiende a vivirla al margen de las Iglesias. La socióloga británica Grace Davie lo llamó “creer sin pertenecer” (believing without belonging). (…) 

P.- Dice en su libro que no cuesta tanto adquirir unos conocimientos teológicos básicos. Sin embargo, no parece que el lenguaje teológico contribuya demasiado a ello. ¿Tiene la teología un problema de comunicación? 

R.- Es verdad que bastantes teólogos no escriben en castellano, sino en un lenguaje para iniciados llamado “clericalés”. Mi experiencia me dice que la teología se puede explicar de manera asequible e incluso amena. (…) 

La experiencia creyente del resucitado

Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. Se encuentra en una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto cuando los israelitas eran perseguidos por las tropas del faraón (Éx 14,10); y, como lo estuvo aquel pueblo, los discípulos están también en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena, sin embargo, no los ha liberado del temor. No basta tener noticia del sepulcro vacío; sólo la presencia de Jesús puede darles seguridad en medio de un mundo hostil.

Pero todo cambia desde el momento en que Jesús –que es el centro de la comunidad- aparece en medio, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad.

Su saludo les devuelve la paz que habían perdido. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles «los judíos», ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Con su presencia Jesús les comunica su Espíritu que les da la fuerza para enfrentarse con el mundo y liberar a hombres y mujeres del pecado, de la injusticia, del desamor y de la muerte. Para esto los envía al mundo, a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18). La misión de la comunidad no será otra sino la de perdonar los pecados para dar vida, o lo que es igual, poner fin a todo lo que oprime, reprime o suprime la vida, que es el efecto que produce el pecado en la sociedad.

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, el mismo que se mostró pronto a acompañar a Jesús en la muerte (Jn 11,16), que ahora se resiste a creer el testimonio de los discípulos y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.

Necesitará para creer unas palabras de Jesús: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel». Tomás, que no llega a tocar a Jesús, pronuncia la más sublime confesión evangélica de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Con esta doble expresión alude al maestro a quien llamaban Señor, siempre dispuesto a lavar los pies a sus discípulos y al proyecto de Dios, realizado ahora en Jesús, de hacer llegar al ser humano a la cumbre de la divinidad realizado ahora en Jesús (Dios mío).

Pero su actitud incrédula le merece un reproche de parte de Jesús, que pronuncia una última bienaventuranza para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva. De ahora en adelante la realidad de Jesús vivo no se percibe con elucubraciones ni buscando experiencias individuales y aisladas, sino que se manifiesta en la vida y conducta de una comunidad que es expresión de amor, de vida y de alegría. Una comunidad, cuya utopía de vida refleja el libro de los Hechos (4,32-35): comunidad de pensamientos y sentimientos comunes, de puesta en común de los bienes y de reparto igualitario de los mismos como expresión de su fe en Jesús resucitado, una comunidad de amor como defiende la primera carta de Juan (1 Jn 5,1-5).

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 128, cuyo audio, y su guión –con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí http://servicioskoinonia.org/relat/321.htm). Merece la pena dar un vistazo a este punto de la red (https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/).

Para la revisión de vida
– Dichosos los que sin ver han creído. ¿Cuáles son los fundamentos de mi fe? ¿Por qué creo? ¿Es mi fe una fe que no se apoya en argumentos racionales?

– Paz a vosotros. ¿Tengo paz, paz profunda, shalom ?

Para la reunión de grupo
–  Dichosos los que sin ver han creído. Creer ¿qué?, ¿a quién realmente? ¿Se puede creer a Dios? ¿En qué sentido

– Si la fe es «creer lo que no se ve”, ¿tuvo fe Tomás cuando confesó a Jesús como “Señor mío y Dios mío” sólo después de haberlo visto?

– ¿Qué relación (semejanzas, diferencias…) hay entre la fe humana (creer a alguien) y la fe religiosa (creer a Dios)?

– ¿Son las palabras «fe», «creer»… las más adecuadas para expresar la decisión del ser humano respecto al sentido más hondo de la vida? ¿Es posible que Dios sea un «alguien ahí superior», que creó un mundo y en él nos puso a nosotros, se escondió, dejó caer algunos signos, y ahora todo consiste en que tengamos «fe», en que le «creamos» creyendo a los que nos dicen que Alguien les dijo para que nos dijeran… ¿Es esto inteligible? ¿Es esto digno de Dios, y digno de la Humanidad actual? ¿No cabe otra manera de plantearlo todo? ¿«Otra fe es posible»?