La fe como modo de alcanzar lo real

Por Martín Gelabert

¿Y si lo verdaderamente real y lo que hace posible toda realidad no estuviera precisamente al alcance de la mano, sino más allá de lo experimentable?

Solemos entender por real o por realidad lo que es experimentable, aquello que es perceptible por los sentidos: lo que se puede tocar, ver, oír u oler. Reducimos así lo real a la materia. Si lo pensamos un poco mejor es posible que reconozcamos que hay realidades no reducibles a lo material: los sentimientos, el pensamiento, el conocimiento. Aunque también ahí seguimos limitándonos a entender por real lo experimentable.

¿Y si lo verdaderamente real y lo que hace posible toda realidad no estuviera precisamente al alcance de la mano, sino más allá de lo experimentable? Real es lo que existe, pero lo que existe no se limita a lo que podemos experimentar. La fe cristiana puede ayudarnos a responder a esta pregunta: ¿qué es lo real? “La Palabra de Dios -dice Benedicto XVI- nos impulsa a cambiar nuestro concepto de realismo: realista es quien reconoce en el Verbo de Dios el fundamento de todo”. En efecto, el creyente está convencido de que en el inicio de todo está “la Palabra” por la que todo ha sido hecho, en la que estaba la vida y que todo lo sostiene (Jn 1,3-4). De ahí la pertinencia de esta pregunta formulada por Benedicto XVI: “¿Son realidad solo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos?”. La realidad fundante es Dios. Quién excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” y en consecuencia solo puede terminar en caminos equivocados.

Esta concepción de lo real nos orienta hacia el modo de conocer lo real. Pues en las condiciones de este mundo es imposible ver a Dios. Solo por la fe podemos alcanzarlo. Así, fe no es solo creer lo que no vemos; es también el medio para alcanzar lo real. Al hombre moderno le resulta difícil comprender que hay formas de alcanzar la realidad que no son las experimentables. Y, sin embargo, la fe como modo de alcanzar lo real, no es única ni primeramente una idea religiosa. De hecho, es un dato antropológico que hace posible la vida, aunque no seamos conscientes de ello.

Solo por vía de creencia es posible alcanzar la realidad de lo que en la intimidad de las otras personas acontece. Pero incluso en las cosas que nos parecen evidentes hay una cierta dosis de creencia: creemos que son así como las vemos. Tomo de Pedro Laín Entralgo el siguiente ejemplo: cuando yo digo que la sal común es cloruro sódico, en realidad estoy diciendo: yo creo que este cuerpo es cloruro sódico, porque creo en la idoneidad de la química para ofrecerme como verdadera una parte de la realidad de la sal. El suelo que piso no lo pisaría si no creyese que resistirá a mi pisada. Esta creencia es la que me permite alcanzar, asumir y conocer lo real.

Importa notar esta dimensión antropológica de la fe, previa a su aplicación religiosa, porque en algunos ambientes se tiende a considerar la fe como una ilusión alienante. Esta es la idea que hay que superar y para ello nada mejor que mostrar que la fe es una dimensión permanente de la vida.

Vivir es creer

El hombre, animal creyente

Los que preguntaban a Jesús querían creer él, recrear su vida y la vida de los otros, con el poder que Dios les confiaba, y que ellos descubrían en sí mismos por medio de Jesús. Así pidieron, así podemos pedir y vivir también nosotros, ese domingo: Auméntanos la fe, haz que nuestra humanidad aumente y sea verdadera, de manera que seamos simple y plenamente humanos.

Por  X.Pikaza

Texto:

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería etc. (Lc 17, 5-10)

 Sólo trataré de parte de la lectura. Lo que sigue exigiría un estudio más intenso sobre la gratuidad de la fe… No creemos para nada (para ganar cosa ninguna), sino para ser lo que somos, es decir, creyentes, seres de fe. Desarrollaré el tema en dos secciones.

(a)  Una visión de la fe, según la Biblia (Cf. Gran Diccionario de la Biblia). Allí, en sus páginas centrales, desde Habacuc hasta Jesús y Pablo se dice que el hombre (el justo) vive de la fe.

(b) Ser hombre es creer. Sentido humano y religioso de la fe. Ciertamente, ser hombre justo es creer; el injusto (en sentido bíblico) no cree en los demás, ni en sí mismo, por eso es violento (adora un poder falso, se cuelga del dinero). En esa línea, si no tiene fe ninguna el hombre en cuanto tal se muere, termina de ser, se destruye a sí mismo. 

(1) INTRODUCCIÓN. VISIÓN DE LA FE, SEGÚN LA BIBLIA

La Biblia es un libro de fe. Ciertamente, cuenta las historias del pueblo de Dios y expone argumentos de tipo sapiencial. Pero, en su raíz más honda, ella ofrece un testimonio de fe: una forma de vida que se funda en la fidelidad de Dios, que ofrece y mantiene su palabra, y en la fidelidad de los hombres que le responden.

(1) Antiguo Testamento

En la Biblia hebrea la fe se identifica en el fondo con la fidelidad (es decir, con la firmeza) y también con la verdad, entendida como emuna, en la línea de la firmeza y de la misericordia.
Básicamente, la fe pertenece a Dios, que es el fiel por excelencia, pues « guarda el pacto y la misericordia para con los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones» (Dt 7, 9).

Entendida así, la fe no es algo, que viene en un segundo momento, sino la misma realidad de Dios a quien se entiende no sólo como firme, sino también como misericordioso. En esa línea, el testimonio básico de la fidelidad bíblica lo ofrece la tradición reflejada en Ex 34, 6 donde Dios se presenta como « compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad, es decir, en fidelidad» (cf. Jon 4, 2).

La fe del hombre es consecuencia de la fidelidad de Dios. No se trata de creer en cosas, sino de fiarse de Dios, de ponerse en sus manos. Entendida así, la fe constituye la actitud básica del israelita. En un sentido, ella puede identificarse con el amor del que habla el shema (Dt 6, 5: «amarás al Señor, tu Dios…»); en otro sentido, ella aparece como experiencia básica de confianza, en medio de la crisis constante de la vida.

En esta línea se sitúa la afirmación fundamental de Hab 2, 4 (primera lectura de este domingo), cuando afirma que «el justo vivirá por la fe». Justo es aquí el tzadik, el hombre que responde a la llamada de Dios; la vida del justo, así entendido, se identifica con la ‘emuna, la fidelidad de Dios. Frente a la justicia de los pueblos que identifican la verdad don su fuerza, emerge así la verdadera justicia israelita, que se expresa en forma de confianza en Dios. Así podemos decir, en resumen, que Dios es verdadero porque es fiel, porque mantiene su palabra y los hombres (en especial los israelitas) pueden fiarse de él.

(2) Nuevo Testamento. Fe de Jesús.

Toda la vida y mensaje de Jesús aparece como una expresión y cumplimiento de esa fe. Así lo ha condensado Mc 1, 14-15 cuando ofrece el mensaje de Dios (¡llega el reino!) y pide a los hombres que respondan. ¡creed en el evangelio!, es decir: acoged la buena noticia. La vida pública de Jesús, desde su bautismo hasta su muerte, es un ejercicio y despliegue de esta fe en Dios.

Por eso hay que hablar, en primer lugar, de Jesús (como creyente cf. Ap 14, 12), es decir, de la fe de Jesús en Dios. Pero Jesús no es sólo un hombre de fe, sino un portador de fe. Desde ese fondo se entiende su vida pública, el conjunto de los milagros, entendidos como un despliegue de fe. Una y otra vez, Jesús dice a los curados: tu fe te ha salvado (cf. Mc 10, 52; Lc 7, 50; 8, 48 etc.). Esta no es una fe menor, sino la fe en sentido pleno: la confianza en el Dios salvador, que mueve montañas (cf. Mc 11, 23).

(3) Fe y obras.

Pablo ha descollado el sentido de la fe, entendiéndola como experiencia radical de confianza de aquellos que creen en el Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos (Rom 4, 24). De un modo ejemplar, Pablo ha contrapuesto las dos actitudes del hombre que, a su juicio, están ejemplificadas en un tipo de judaísmo (o judeo-cristianismo) que interpreta la vida del hombre desde sus obras (desde lo que él hace) y el verdadero cristianismo, que define la vida desde la fe.

La oposición entre las obras de la ley y la fe mesiánica (en el Dios de Cristo) constituye el centro del evangelio de Pablo (cf. Gal 3, 1-10; Rom 3, 20-24).
Esa oposición constituye sigue estando en el centro de la controversia bíblica entre católicos y protestantes:

‒ Lutero acusó a un tipo de católicos-romanos de su tiempo de haber vuelto a fundar la religión en las obras, entendidas sobre todo en línea moralista y ritual;

‒ el Concilio de Trento respondió que la misma fe se expresa en unas obras, que no han de entenderse como expresión del orgullo del hombre, sino como signo de su fidelidad a Dios. La controversia, en la que se oponía la visión de Pablo y un tipo de interpretación de Sant 2, 14-26, sigue estando en la base de hermenéutica católica y protestante, aunque actualmente las oposiciones se han limado, de manera que se habla más de diferencia de matices que de contraposición de fondo.

(4) Fe, esperanza amor.

Una de las formulaciones más influyentes sobre el sentido de la fe es la que Pablo ofrece en 1 Tes 1, 3, cuando dice:

«Nos acordamos sin cesar, delante del Dios y Padre nuestro, de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de la perseverancia de vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo».

De esa manera, como de pasada, Pablo ha descrito el sentido de las tres actitudes básicas de la vida cristiana, que la tradición posterior interpreta como «virtudes teologales», es decir, como expresión del encuentro del hombre con Dios.
— Todo en la relación del hombre con Dios es «obra de fe» (ergon tês pisteôs), signo y presencia de la fe que actúa.
— Todo es despliegue o trabajo de un amor (kopos tês ágapes) que se manifiesta en la entrega de la vida, en manos de Dios, al servicio de los otros.
— Todo es finalmente paciencia o perseverancia de la esperanza (hypomonê tês elpidos), expresión de un camino abierto hacia el reino.

Más que virtudes en sentido clásico (de vir, obra de varón), esos gestos constituyen la esencia de la vida creyente y son inseparables, de manera que cada uno está implicado en el otro.

(2) SER HOMBRE ES CREER. SENTIDO HUMANO Y RELIGIOSO DE LA FE.

La fe constituye el tema y sentido central del evangelio y de la Biblia entera, que hemos definido como libro de fe (entrada anterior). La fe no es sumisión ante un poder superior (que decide las cosas de antemano, de un modo fatal), ni es dependencia pasiva, ni credulidad ante lo desconocido, ni aprobación ciega de verdades superiores, sino la presencia (experiencia) de Dios en la vida del hombre, que así se defina y actúa como aquel que “vive de la fe” (Hab 2, 4).

(1) Fe. El hombre, animal de fe

Creo, luego existo. Ciertamente, el hombre es “animal racional”, como se ha dicho desde antiguo, un viviente capaz de pensar, y en esa línea Descartes ha empezado diciendo “pienso, luego existo”.

‒ Unos le han definido como el animal que es capaz de organizar y dirigir el mundo,produciendo bienes de consumo (en una línea evocada por la Biblia en Gen 128-29, de manera que ha podido decirse “trabajo y produzco, luego existo”.

‒ Algunos le entienden como voluntad de poder (me esfuerzo y dominio, me impongo, luego existo). En el límite han estado y siguen estando los que se definen como conquistadores (exploro, me arriesgo, conquisto, y por eso estoy vivo…).

‒ Otros, en fin, toman al hombre como ser capaz de poseer, aquel que se define por aquello que acumula y tiene, convirtiéndose de esa forma en siervo de su capital (acumulo propiedades, y ellas me poseen, luego, luego existo).
Todas estas perspectivas (especialmente las primeras) pueden tener cierto valor, pero al llegar hasta el final, allí donde se identifica al hombre con su capital, el hombre muere, como sabe bien la Biblia (cf. Mt 6, 24), porque en su verdad originaria el hombre es un “creyente”, y sólo puede realizarse como humano porque “cree”: acepta la vida como don y cree en ella, y así la comparte, como sabe y dice la Biblia en sus páginas más hondas, desde Hab 2, 4 a Rom 1, 17, desde Is 7, 9 hasta Heb 11, 1. Por eso, en el principio de la experiencia antropológica de la Biblia esta una palabra que dice: «Creo, luego existo”, es decir, «Dios cree en mí, y de esa forma puedo vivir como humano».

(2) Fe, primer conocimiento.

‒ Plantas y animales nacen desde fuera, dentro de un proceso cósmico que les hace y determina, no necesitan creen para vivir (aunque en un determinado plano la confianza es necesaria en los vivientes superiores, sobre todo en aquellos que han sido domesticados por los hombres).

‒ Los hombres, en cambio, nacen desde sí mismos porque, en un momento dado, acogen (escuchan, asumen) la palabra que les va diciendo “vive”, y la hacen suya, respondiendo a ella. Esta es la experiencia originaria de la Biblia, que define al hombre como “oyente de la Palabra”, como aquel que es capaz de escuchar la Voz de Dios (Principio de la Vida) y dialogar con él en libertad.

‒ Así lo han descubierto en una historia impresionante de lucidez los grandes profetas de Israel, culminante en Jesús. Su descubrimiento ha tenido, ante todo, un sentido religioso, porque en el principio de la fe humana hay un gesto de confianza básica en la realidad (en el Dios que es la Realidad y la guía), pero puede y debo convertirse en gesto antropológico.

Sólo por fe…

(a) Sólo por fe sabemos quiénes somos, porque nuestros padres (nuestro grupo humano) nos lo ha dicho, y nosotros confiamos, aceptamos su palabra y su conocimiento.

(b) Sólo por fe, porque acogemos la vida que otros nos han dado, podemos existir, pues todo lo que somos es regalo, nos lo han dado el amor, sembrando en nosotros la palabra; por eso, allí donde un naciente humano rechaza la palabra y se niega a responder a ella (por razones en las que se mezcla lo biológico y lo estrictamente antropológico) el hombre muere o queda como una larva sin desarrollar (desde un tipo de autismo, hasta una forma de disociación personal).

(c) Sólo por fe, porque nos fiamos de otros (y porque en el fondo confiamos en el “poder” de la vida) podemos ser hombres en el mundo. Antes de buscar demostraciones, en el ejercicio mismo de su despliegue, el ser humano existe porque confía en la realidad (en la madre, en los amigos, en la vida…) y en último término en un Dios que es fiable. Éste es el mensaje central de la Biblia. La fe es el primer conocimiento.

(3) Fe, un conocimiento religioso.

La palabra “religión” ha de tomarse en este contexto con mucha cautela, porque en su origen bíblico, toda la vida humana es religión, siendo una vida que pudiéramos llamar “profana”. Por eso, la lucha contra los “ídolos” se entiende como lucha contra todo aquello que domina al hombre desde fuera, identificándole con un poder del mundo o del dinero. La fe bíblica es confianza originaria en la realidad y, de un modo especial, en el despliegue de la historia, entendida como presencia de Dios.

‒ En esa línea, como he dicho, la misma vida humana es imposible sin fe. Las cosas son lo que son, los animales pueden vivir por biología; el hombre sólo es humano y vive como tal por fe. Por eso, si alguien dice «no tengo fe» se está equivocando, o no sabe lo que dice, pues sin fe no viviría.

‒ El tema no está en tener o no tener fe, sino en el tipo de fe que tengamos, pues sin ningún tipo de fe nos habríamos matado o vuelto locos.
La tradición israelita ha definido al justo (hombre auténtico) como aquel que «vive de la fe» en el Dios que guía la historia personal de los hombres, en libertad y solidaridad mutua, un Dios a quien no podemos cosificar en ningún momento (cf. Hab 2, 4).

También Pablo entiende la condición humana como expresión y despliegue de fe (Gal 3, 11; Rom 1, 17. Cf.; Hebr 10, 38). Tanto en el judaísmo como en el cristianismo, esa palabra (el justo vive de la fe) ha de interpretarse al pie de la letra, en sentido antropológico. En su forma radical, la vida de los creyentes (y en algún sentido de todos los hombres) es vida de fe.

(4) Las fe, principio de toda  experiencia humana.

‒ En esa línea, de manera sorprendente pero lógica, S. Freud (1856-1939) psicólogo y antropólogo judío, afirma que, en sentido sentido, el ser humano sólo puede vivir “desde la fe”, entendida en forma de confianza en el padre (en relación con la madre). En un primer momento, un ser humano no es “alma” superior (formada desde fuera de sí misma), sino un viviente especial que, en un momento dado, surgiendo en un plano de madre tierra, logra despertar a su conciencia y realizarse en forma de persona, allí donde «se fía» de los padres y de un modo especial de la madre, allí donde escucha su palabra y les responde, en una relación arriesgada y conflictiva (siempre amenaza de violencia), pero que se encuentra abierta hacia la Vida, es decir, a la comunicación creadora. En ese contexto, S. Freud prefiere prescindir de la palabra Dios (es decir, de la experiencia que está al fondo del surgimiento de la vida humana), pero con ello no resuelve el tema, sino que se niega a plantearlo en su radicalidad.

‒ A diferencia de Freud, la Biblia en su conjunto sabe que el hombre (como humanidad y como persona individual) sólo ha podido surgir escuchando la palabra de Dios y respondiendo a ella, en una historia dramática y compleja, pero rica de esperanza (éste es el tema básico de Gen 1-3). La Biblia sabe que el hombre que “pierde la fe” (en Dios y en los demás, como muestra la historia de Caín, Gen 4) es incapaz de amar, se vuelve loco y mata (o se mata).
‒ En ese contexto podemos asumir el giro «copernicano» (judeo-cristiano) de Kant cuando afirmaba que él no acepta las demostraciones ontológicas de Dios (Crítica de la Razón Pura), situadas en un plano de necesidad lógica, para mostrar que lo más importante del hombre no se juega en el plano de la “razón científica” (que quiere demostrarlo todo), sino en el de la fe. De esa forma, tras un larguísimo camino filosófico, él volvió al principio marcha de la Biblia: Que la fe es el primer conocimiento, y que sólo por confianza básica en Dios (en la realidad) podemos comportarnos como humanos.

(5) Emuna, la aportación del judaísmo.

‒ Los griegos tienden a interpretar el conocimiento como sabiduría intelectual, en una línea que se ha expresado a través de la filosofía y después por la ciencia: Conocer es desvelar lo que está en el fondo (aletheia), para contemplarlo y después dominarlo.

‒ Pues bien, en contra de eso, la actitud original del hombre bíblico es la fe, emuna, fiarse de la realidad (de su fundamento divino), y dejarse sorprender y enriquecer por ella, en un camino dialogal, responsable.
Desde un plano científico no existe solución para el enigma del hombre. Tampoco hay solución en un nivel de ideas generales (de tipo hegeliano), y mucho menos desde una perspectiva de poder (producir para conquistar y tener, a costa de los otros).

Sólo por fe personal, entendida como apertura mutua y solidaridad entre los hombres podremos vivir.

Si dejamos de confiar unos en otros (si dejamos de abrir espacios de fe, de acogida mutua), si queremos dominar a los demás y definirnos por aquello que tenemos (atesoramos) a costa de ellos (y los otros quieren hacer lo mismo con nosotros) nos destruimos mutuamente. La vida se sitúa y nos sitúa ante la alternativa de la fe (confiamos en Dios, confiando unos en otros) o la destrucción mutua.
No podemos ser “dioses” posesivos, que luchan para apoderarse cada uno de aquello que tienen los otros (en afán conquistador, de tipo militar, político o económico), y si intentamos serlo nos acabaremos destruyendo. Sólo por fe en Dios (la realidad) y por confianza mutua podremos existir sobre la tierra. Esta es la aportación básica de la Biblia Judía, no sólo a la historia de occidente, sino al conjunto de la humanidad. En esta línea se sitúa la “novedad” cristiana.

(6) Dos tipos de fe.

‒ En la línea anterior, aunque exagerando las diferencias, un gran pensador judío, M. BUBER (1978-1965) solía distinguir dos tipos de fe (Zwei Glaubensweisen, Darmstadt 1950): una sería la fe israelita (y musulmana) que es confianza personal en Dios y diálogo con él (siendo así diálogo entre los hombres); y otra sería la fe cristiana, convertida en “imposición” de una serie de dogmas, que se aceptan por imposición exterior. Esa fe no sería ya diálogo entre personas, sino sometimiento obligatorio a unos principios externos (en una línea que ha venido a terminar en el capitalismo, que es la sumisión a un dinero objetivo como “dogma” universal).

‒ Esa distinción, tiene un fondo de verdad, pero no puede tomarse en sentido estricto, Ciertamente, la tradición israelita ha definido al justo como aquel que «vive de la fe» (cf. Hab 1,4; 2, 4). Pero el cristiano san Pablo se sitúa en la misma línea, al entender el cristianismo como despliegue creyente (Gal 3, 11; Rom 1, 17. Cf. Hebr 10, 38). Tanto en el judaísmo como en el cristianismo, esa palabra (el justo vive de la fe) ha de interpretarse al pie de la letra, en sentido antropológico:

El hombre sólo nace a su existencia personal y sólo vive como humano, si se sitúa en una dimensión de fe, aceptando aquello que le han dado, para darlo a su vez» a los demás, uniendo así el amor de Dios (la fe en Dios del shema* de Israel) con el amor a los demás hombres (cf. Mc 12, 28-34 par), pues de lo contrario, si quiere mantenerse en desconfianza y lucha, se destruye. Entendida en su forma radical, la vida de los creyentes (y en algún sentido de todos los hombres) es vida de fe. Si dejan de creer en el Dios que les funda, y de creer unos en otros, los hombres mueren (se matan), como ha sabido y dicho Jesús, el “culminador de la fe judía” (de la fe humana) como seguiré mostrando.

(7). Judaísmo, una experiencia de fe.

La Biblia judía sabe que la vida del hombre no es una tragedia: no somos vivientes caídos, condenados a mantenernos en un mundo de violencia/dolor (Buda) o de apariencia (Platón); no estamos condenados a negar todo deseo (Buda) o a dirigirlo hacia unos bienes situados más allá del mundo (Platón). La vida nos pone (y se pone) ante la alternativa de la fe (confiamos en Dios, confiando unos en otros) o la destrucción mutua.
En ese sentido, decimos que el judaísmo implica no sólo una nueva teoría del conocimiento, sino también una nueva antropología.

‒ El pensamiento occidental de tipo griego tiende a aceptar sólo aquello que puede demostrarse y cuantificarse de manera operativa. En contra de eso, el judaísmo ha descubierto que el verdadero conocimiento está vinculado a la fe, es decir, a la confianza en la vida (en el Dios creador). De esa manera, su visión del conocimiento por fe nos sitúa en la base de una antropología de la vida que se ofrece, se acoge, se comparte Antes de toda demostración está el descubrimiento del don de la vida, está la fe, entendida en forma de confianza básica.
‒ Esta fe es la única forma válida de conocimiento de las personas: es el único modo válido de encuentro con el otro. Sólo por fe vivimos y somos los hombres. Sólo en fe se entiende el despliegue de la Biblia judía, que es el testimonio de un pueblo de creyentes, que confían en la presencia de un Dios que es fiel (digno de fe) y responden de un modo agradecido con la verdad más honda, que es la verdad de la fe (es decir, la emuná). En ese contexto, resulta a veces limitado el traducir la “emuna” por simple fe (creer en cosas), a no ser que introduzcamos en la “fe” todo el sentido profundo de la emuná israelita, que es la fe en el sentido paulino de confianza básica. En ese aspecto, los cristianos son creyentes, como los judíos, pero judíos que han vinculado su fe fundamental con Jesús, a quien miran como “autor y consumador de la fe” (Heb 12, 2; cf. Ap 14, 12).

(8) Jesús, hombre de fe, judío radical.

Como buen judío, Jesús sabe que sólo por fe vivimos y somos los hombres, confiando en el Dios que es Fiel (digno de fe) y respondiendo de un modo creyente, en gesto de emuná (de amén), que no es superstición, ni es “credulidad” infantil, sino aceptación madura, responsable, creadora, de la vida. En ese sentido podemos y debemos presentarle como judío radical, el gran creyente.
Todo lo que ha dicho, todo lo que ha hecho, ha de entenderse como un despliegue de su fe en el Dios que quiere entregar su vida a los hombres, de tal forma que ellos vivan en salud y fraternidad, preparando así la llegada del Reino de Dios. Expresión de esa fe expansiva de Jesús son sus milagros*, que capacitan a los hombres y mujeres (especialmente a los pobres) para abrirse a un mundo superior de comunión y fraternidad, por la fe que ellos mismos despliegan, en contacto con Jesús.

‒ En ese contexto se entiende el pasaje clave de Lucas 17, 5-6. «En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe. El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar. Y os obedecería». Ésta es la fe activa, la fe creadora de aquel que confía en su vida y en la vida de los otros, porque sabe que Dios le sostiene y sostiene por él (con él) su obra creadora.
‒ Jesús se sabe emisario y portador de la fe, es decir, de la vida de Dios, de tal forma que Dios de quien vive puede vivir y hacer todo (anunciar y preparar su Reino). Esto es lo que dice y ofrece a los hombres y mujeres que le siguen. Eso significa que ellos (los creyentes, como Jesús) participan del poder de Dios, pues su fe no es aceptación abstracta de verdades superiores, sino comunión en el ser y el poder mismo de Dios, que es el poder de la vida.

(9) Fe en Dios, fe de Dios.

En se contexto podemos comprender el sentido de la fe de Dios, tal como la ha formulado el evangelio de Marcos en el famoso episodio de la higuera, vinculado a la “purificación” del templo (cf. Mc 11, 12-19). Pedro se admira de que la higuera se haya secado, y Jesús le responde:

«Tened la fe de Dios! En verdad os digo, si uno le dice a este monte: ¡Quítate de ahí y arrójate al mar!, y no duda en su interior, sino que cree que va a realizarse lo que dice, lo obtendrá» (Mc 11, 22-24).

‒ Ésta es una palabra clave, no sólo de Marcos, sino de todo el Nuevo Testamento,situada tras la destrucción del templo de Jerusalén (el 70 d.C.). Ha caído el templo material (se ha secado la higuera), pero se abre y potencia el poder de una fe que mueve montañas, la misma “fe de Dios” (pistis theou), que los creyentes pueden y deben hacer suya. Ciertamente, sigue en el fondo “la fe en Dios” (confiar en él) y quizá también la fe en las cosas que él dice y realiza (creer a Dios),

— pero lo que Jesús pide (y ofrece) aquí a sus fieles es algo distinto: Quiere que ellos tengan la misma fe de Dios (ekhete pistin theou), suponiendo de esa forma que, en su oración, se identifican de tal manera con Dios (con su vida y su reino) que ellos creen (y así pueden) lo mismo que Dios cree, pudiendo hacer lo que él hace, siendo “uno” con él. Algunos manuscritos más recientes (א D N Θ…) formulan el texto de un modo potencial: ei ekhete… (¡si tuvierais la fe de Dios!). Pero resulta preferible mantener el imperativo:

‒ ¡Tened fe de Dios! Frente al templo que, evidentemente, está vinculado a la fe, pero que responde también a impulsos de tipo social y a otras instancias de poder, Jesús destaca aquí la fuerza de la fe, que aparece así como elemento clave del mismo Dios que, según eso, “cree”, es decir, confía (abre un campo de fe) y de esa forma actúa (crea). Es significativo el hecho de que ni Mateo 21, 21, ni Lucas 14, 13-14) hayan conservado esta expresión de “la fe de Dios” que, a mi juicio, no ha sido suficientemente valorada por la tradición de la Iglesia (que apenas ha hablado de ella).

(10) Fe de Dios, vida cristiana.

El mismo Dios aparece así, en Marcos, como fuente y sentido de la fe, el primero de todos los creyentes: ¡Dios cree en los hombres, por eso les crea, de forma que ellos puedan creer y crear, crearse a sí mismos.

‒ De esa manera, frente a la cueva de bandidos reunidos del templo (cf. Mc 11, 17), Jesús identifica la presencia de Dios con la fe, sin necesidad de un santuario como el de Jerusalén. Los cristianos carecen de templos, no se unen por instituciones sacrales como las del judaísmo de los sacerdotes. Pero debe vincularles una fe poderosa (la fe del mismo Dios, con quien ellos se identifican, por medio de Jesús, recuperando así la raíz bíblica de la fe.

‒ Como verdaderos creyentes, ellos no necesitan santuario nacional ni sacerdocio controlado por la ley de escribas, sino que pueden dialogar y dialogan directamente con Dios (están inmersos en él), en gesto de confianza mutua, abriendo con su fidelidad espacios de fe para los demás…, teniendo la certeza de que Dios les ha concedido ya (cf. elabete: 11, 24) lo que han pedido.
La misma fe convertida en oración “es” presencia y obra de Dios, que actúa en (por) ella, de manera que los creyentes no tienen que esperar para “después” el cumplimiento de su plegaria, pues en la misma “petición en fe” se encuentra ya el cumplimiento de aquello que se pide.

Cae o termina así el edificio antiguo de los sacerdotes-escribas. Crece en su lugar la fe del hombre que confía en Dios (y cree en los demás, y actúa como Dios), sabiendo que toda petición está cumplida ya en el mismo momento de formularla desde dentro El verdadero templo del reino de Jesús se identifica con la fe orante que enriquece y vincula a todos los humanos, pues Dios mismo cree y actúa en aquellos que creen y le piden algo.

¿Cómo resucitar la fe perdida?

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas

Caminar
Caminar

«Tal parece que en nuestros tiempos ‘merodea’ una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas»

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

«Buscamos los culpables de nuestra pena… ¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa?»

«Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe»

Por Pedro Rafael Ortiz S. Sacerdote diocesano

Tal parece que en nuestros tiempos “merodea” una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas.   

La “pérdida” de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano. Es una situación difícil de contar a los amigos, dura para sobrellevar y, sin embargo, es más común de lo que podría parecer. Las fachadas de alegrías y las muecas disfrazadas de sonrisa o de sentido del humor muchas veces ocultan esa tristeza a los ojos de los demás. Cuando eso nos pasa, parecemos felices, pero por dentro la vida se desangra.

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

Buscamos los culpables de nuestra pena. Bueno -decimos- si yo soy la víctima inocente, entonces el culpable está fuera de mí. La culpa la tiene mi marido o mi mujer, la culpa la tienen los hijos malagradecidos, la culpa la tiene el patrono abusador. Hay quien, más sofisticado, dice que la culpa la tiene “el sistema”, la junta, el imperio. Todavía hay quien levanta los ojos al cielo y le reclama a Dios: “Tú tienes la culpa”, “Me trajiste al mundo para sufrir”.

Más a la corta que tener que esperar por la larga, el resultado es que se nos “muere” la fe. Como dice el viejo tango, “hoy no creo ni en mi mismo, todo es truco, todo es falso”.

¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas?

Cuando digo que tengo fe, ¿cuánta fe de verdad tengo? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa? ¿Maltraté a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos? ¿Fue cómplice de los abusos del patrono porque creía que así me iría mejor? ¿Traté de ser parte entusiasta de un sistema de opresión porque buscaba mi propio beneficio? ¿No me rebelé ante la junta fiscal Dictatorial porque no quería meterme en problemas? ¿Acepté el coloniaje del imperio?

Hay una canción popular que dice “la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale”. Dios nos trajo al mundo colmados de bienes y nos dio la ley de la libertad. De eso, no hay duda. Pero a nosotros nos toca convertir en obras la palabra. Si invierto mi día haciendo el bien, ¿qué tiempo tengo para andar penando porque me duele aquí o me duele allá? Si no convierto los dones que he recibido en ayuda para quien los necesite y si no pongo en práctica la palabra de libertad que me entregó Dios, cualquiera podrá decirme -como advierte el Apóstol Santiago- muéstrame esa fe sin obra, que yo con mis obras que demostraré mi fe.

Hay una canción popular que dice «la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale»

Para caminar tengo mis pies, que se mueven uno primero y el otro después. Si quiero que mi fe resucite, me toca ir, poco a poco, tramo a tramo, dedicando mis días a sembrar más vida.

Sembrador

Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Así no es. Si quiero que mi pueblo se libere de las cadenas de opresión, “tengo que trabajar” por la libertad lo poco o lo mucho que puedo cada día. He conocido a la gran luchadora de la patria puertorriqueña María de Lourdes Santiago, quien le decía a los de su partido que sencillamente se preguntaran cada día qué podían hacer por la independencia. Traduzco ese llamado a muchas causas, personales y sociales. ¿Qué puedo hacer hoy por mi prójimo y mi comunidad?

Las discusiones sobre teorías, estrategias, tácticas y todas esos asuntos son muy buenas. Sin embargo, me parece que el momento que vivimos nos exige “hablar menos y hacer más”.  Así decía José Martí,  “Hacer es la mejor manera de decir”. 

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe

Ante la muerte

La fe cristiana es capaz de sostener la esperanza»

Ante la muerte: la fe en el Dios de la vida

«Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo»

«Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos»

«Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad»

Por Consuelo Vélez

Nuestro Dios es el Dios de la vida y la promete para todos sus hijos e hijas: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). Pero esta afirmación se pone a prueba cuando llegan los momentos límite en la vida: sea una enfermedad, una catástrofe, un fracaso y, sobre todo, cuando se trata de la muerte. Esta última es la más definitiva y radical: no hay vuelta atrás, no se puede esperar que de alguna manera esa muerte se revierta; en verdad, la existencia de una persona llega a su final. Entonces, ¿dónde queda la promesa que Jesús hizo a los suyos y en la que nos seguimos apoyando todos los que hoy creemos en él?

Precisamente, en ese momento límite, es cuando la fe que profesamos puede mostrar toda su razonabilidad. Allí, cuando todo parece que se termina -o termina efectivamente- la experiencia de fe nos permite mantener la esperanza, no solamente como una actitud profundamente humana, sino como una verdadera experiencia del Espíritu de Jesús que, después de haber sido asesinado por los poderosos de su tiempo, no desaparece de la historia humana sino que sigue movilizando a sus seguidores para continuar apostando por la vida, haciendo posible que la vida en abundancia que Jesús había prometido, alcance a muchos, de generación en generación.

Esto no significa que no se sienta el dolor humano. De hecho, el mismo Jesús lo vive al final de su vida cuando invocando las palabras del salmo 22, expresa los sentimientos que lo embargan: “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado” (Mt 27,46) y, al menos los evangelios de Mateo y de Marcos, no muestran que ese dolor fuera suavizado, sino que “dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu” (Mt 27, 50; Mc 15,37). Otros evangelistas como Lucas, de alguna manera, presentan menos desgarrador ese momento, poniendo en boca de Jesús las palabras del salmo 31: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46). Por su parte el evangelio de Juan, relata así ese último momento: “Todo está cumplido. E inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19, 30).

El dolor humano es diferente dependiendo de la situación de la persona que muere. Si se trata de una persona anciana, es más fácil entender que esa vida que se iba apagando de alguna manera, lo hace definitivamente.

Más duro cuando se trata de una persona que, en la plenitud de la vida, muere y todo su proyecto queda truncado. Y no digamos cuando se trata de la niñez que, prácticamente, estaba comenzando a estrenar la vida y parecía tener todas las oportunidades por delante. También se hace muy dolorosa la muerte cuando es una muerte injusta, fruto de la maldad de otros seres humanos.

Pero en todos los casos, la fe cristiana es capaz de sostener la esperanza porque esta implica asumir la limitación humana, la creaturalidad que nos constituye e inclusive el mal fruto de la libertad humana, pero también, la confianza en que sí el espíritu de Jesús continúa animando la vida de los creyentes, de alguna manera, ese mismo espíritu sigue animando la vida de todos los que ya no están en esta historia. Confiamos, como lo dice Pablo en la primera carta a los Corintios que “si solamente para esta vida tenemos, puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todas las personas! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, como primicias de los que durmieron” (15, 19-20). Esta es nuestra fe y ella es la que nos sostiene en los momentos limite.

Ahora bien, esa fe no se improvisa. Esa fe se alimenta, se cuida, se práctica. Es la fe que da sentido a la cotidianidad sabiendo que todo lo que se hace es para intentar hacer presente el reino de Dios en el aquí y el ahora. Es la que da sentido a todos los momentos de la vida, aceptando los fracasos, agradeciendo los éxitos, experimentando que todo se recibe gratuitamente, de ahí que se intente compartirlo con generosidad: “Den gratis, lo que recibieron gratis” (Mt 10, 8).

Es la fe que nos levanta en todas las caídas y nos fortalece en todas las dificultades. Es la fe que se renueva con cada circunstancia que sorprende, confronta, desinstala y abre nuevos caminos. Es la fe que apoyada en la “gran nube de testigos, nos permite sacudirnos de todo lastre que nos asedia y nos fortalece ante la prueba, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hc 12, 1-2).

Cada vez que se muere alguien y, con más razón un ser querido, nos confrontamos con el propio sentido de vida y con la razón de ser de este mundo. También con la calidad de nuestras relaciones con los demás, con la riqueza de cada persona, con los valores que constituyen la propia vida. Y, en medio del dolor que produce la ausencia de la persona que muere, es una gracia divina poder hacer propias las palabras de Pablo en la Carta a los Romanos.

“Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (8, 38-39). Sí, definitivamente, cuando se tiene fe, se vive la experiencia de que nada nos aparta del amor del Señor y en ese amor, nuestros seres difuntos permanecen en nuestra memoria y sentimos la fuerza para vivir con más intensidad como ellos, con toda certeza, esperan que lo hagamos.

«La enfermedad del aburrimiento»

Josefa Ros: “A la Iglesia le preocupa el aburrimiento, pero no quiere confesarlo abiertamente”

  • Autora del ensayo ‘La enfermedad del aburrimiento’, cree que “la causa del fanatismo puede encontrarse fácilmente en el aburrimiento”
  • “El distanciamiento por aburrimiento que se genera la Iglesia ya no se traduce en la herejía, sino en la apostasía y el ateísmo”
  • “La fe aporta significado a la vida, que es uno de los principales antídotos contra el aburrimiento”

Josefa Ros Velasco, entre otras muchas cosas, doctora en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y fundadora y presidenta de la International Society of Boredom Studies, “la primera asociación científica y cultural del mundo para el estudio del aburrimiento”, acaba de presentar su ensayo ‘La enfermedad del aburrimiento’ (Alianza), donde diserta acerca de “un fenómeno cotidiano que nos atormenta cuando la realidad no cumple nuestras expectativas”.

PREGUNTA.- En nuestro presente, marcado para muchos por la presencia constante en las redes sociales y en el consumo compulsivo de diferentes opciones de entretenimiento ante todo tipo de pantallas, ¿se trata este de un ocio que nos llena o, al contrario, estamos más aburridos que en ningún otro tiempo de la historia?

RESPUESTA.- Mi respuesta a las dos preguntas de esta disyuntiva es no. Empezando por lo último, no estamos más aburridos que en otros tiempos de la historia. Los seres humanos hemos tenido la capacidad de aburrirnos desde siempre, cuando nos hemos encontrado sobreadaptados y hemos dispuesto de tiempo libre, y cuando nos hemos visto obligados a dedicar todas las horas del día al trabajo para subsistir.

Lo que sucede es que ahora contamos con más medios para hacer manifiesto nuestro aburrimiento; tecnología que nos permite compartir nuestro malestar con personas que están en el otro extremo del planeta, y capacidad para comunicarlo a través del lenguaje hablado y escrito en una variedad de idiomas. Estos recursos no han estado disponibles de manera democratizada en otros siglos. La cantidad de aburrimiento es la misma, aunque las fuentes de aburrición sean distintas en cada época. La experiencia del tedio tiene que ver con el tiempo vacío, la repetición y la falta de estimulación, aspectos que forman parte de la vida humana desde sus orígenes.

Con respecto a la otra cuestión, la oferta de entretenimiento inmediato a la que nos plegamos en la actualidad es significativa en pequeñas dosis. Al final, todo lo que se consume de manera reiterada y abusiva acaba cansando a la larga. Muchos comprobamos durante el confinamiento que las plataformas de ‘streaming’ y de contenido audiovisual a la carta, así como las redes sociales, en las que confiamos para esquivar el aburrimiento en los ratos muertos del día a día, no están diseñadas para mantenernos entretenidos de forma constante en el tiempo.

En la Edad Media

P.- En tu libro dedicas un capítulo al aburrimiento durante la Edad Media, marcada por el tapiz cristiano imperante en el conjunto de la sociedad en buena parte de Europa. En el ‘ora et labora’ de muchos monasterios medievales, ¿hasta qué punto las infinitas horas de contemplación, en las que no todo sería oración atenta y con toda el alma, llevaron a diferentes desvíos vitales, morales y hasta doctrinales en la búsqueda indirecta de la emoción de la pasión?

R.- En la Edad Media, el aburrimiento adoptó la forma de la acedia, que afectaba no solo a los hombres de fe, sino a toda la población. Sin embargo, aquellos cuya cotidianeidad transcurría en los monasterios medievales fueron los que tuvieron ocasión de legar el testimonio escrito de su experiencia a las sociedades del futuro. En los textos de los Padres del desierto y de la Iglesia puede apreciarse cómo los monjes estaban atrapados en la eterna repetición de una rutina consistente en orar y contemplar, desde el amanecer hasta el atardecer, generadora de grandes momentos de hastío.

El peor llegaba en la sexta hora del día, cuando tocaba estudiar en privado y vencer la tentación de quedarse dormido bajo la sola y atenta mirada del Creador. El trabajo manual también formaba parte de la jornada, pero no sería un gran remedio contra el aburrimiento. Labrar la tierra, sembrar, cuidar de los animales o cocinar, y un poco de trabajo de escritorio, nada más; siempre igual, las mismas tareas cada vez, ad infinitum.

Seguro que los afectados por el aburrimiento imaginaban una y mil formas de romper con el aburrimiento, pero no les estaba permitido poner en práctica ninguna de ellas. En un contexto tan constrictivo es comprensible que, de cuando en cuando, los hombres explotasen frente al aburrimiento, y no es de extrañar que dicho estallido se tradujese en conductas que, en aquellas instancias, se consideraban desviadas, aunque quizá hoy no nos lo parecería: dejarse seducir por Morfeo en pleno servicio, comer y beber a escondidas o en exceso, descubrir los placeres de la carne (en solitario o acompañados), entre otras.

El mayor peligro radicaba en que el ‘horror loci’ acabase empujando al monje a abandonar la celda y, tras ello, la misma senda de la salvación.

P.- ¿El aburrimiento puede llegar a explicar en parte la proliferación de corrientes que la Iglesia considera heréticas?

R.- Por supuesto. El malestar que nos hace sentir el aburrimiento no puede ser ignorado, porque está en nuestra naturaleza el huir del dolor y tratar de permanecer en el placer. Hacemos cualquier cosa para librarnos del fastidio que nos causa, con mejores o peores resultados. Incluso llegamos a dañarnos a nosotros mismos solo para romper con el tedio. En la dolencia que representa el aburrimiento radica también un claro mensaje: el paradigma en el que nos encontramos inmersos se ha quedado obsoleto.

El aburrimiento indica que ha llegado el momento de pasar a lo siguiente para no quedarnos estancados en la eterna quietud de lo siempre igual, que en algo recuerda a la temida muerte. Desde el siglo I hasta el presente, la Iglesia ha considerado heréticas a decenas de enseñanzas religiosas, desde el docetismo hasta los testigos de Jehová, pasando por el maniqueísmo o el fideísmo, entre muchas otras, que nacen del rechazo frente a los preceptos del catolicismo.

Si ha habido en la historia un ejemplo palmario de disidencia del catolicismo por cansancio de su ortodoxia, ese ha sido el del protestantismo. La Iglesia tiene un grave problema con el aburrimiento porque sus presupuestos han dejado de ser significativos y atractivos para las comunidades. Desde hace un tiempo, este distanciamiento ya no se traduce en la herejía, sino en la apostasía y el ateísmo, en la renuncia a la búsqueda del significado en las deidades.

P.- En un sentido contrario, ¿el aburrimiento puede llevar a posiciones extremas y a que, fascinados con elementos externos como el ropaje o un cierto sentimiento de superioridad por “ser los más fieles a la tradición, muchos fieles caigan atrapados en reductos recalcitrantes? ¿Los hay que incluso llegan a cuestionar al papa Francisco por sentirse especiales, elegidos… o aburridos?

R.- La causa del fanatismo puede encontrarse fácilmente en el aburrimiento. Llevar al extremo nuestras creencias es un aliciente para evitar su abandono definitivo cuando estas se dan por sentadas y carecen del estímulo de lo novedoso. Pero también es una forma de romper con el hastío que nos provocamos nosotros mismos, como miembros de una sociedad tediosa, y con el aburrimiento profundo que resulta del percibido sinsentido de la existencia, cuando los pilares sobre los que se asientan nuestras convicciones espirituales empiezan a flaquear.

En esos reductos recalcitrantes hallamos, por una parte, un camino para escapar de la masa y adquirir una identidad propia, al tiempo que, por otra, nos otorgamos un propósito en la vida que nos convence de que nuestra conservación merece la pena entre tanta uniformidad e invariabilidad.

Desconozco si los que cuestionan los intentos de modernizar la Iglesia que con tanto ahínco está llevando a cabo el papa Francisco lo hacen por aburrimiento, por necesidad de reafirmarse a sí mismos o por miedo a lo desconocido. Como sea, le hacen un flaco favor a esta institución. Tratar de permanecer siempre en el mismo lugar es contraproducente y desadaptativo; lo es tanto como moverse hacia los extremos, aunque a veces no queda más remedio que transitarlos para dar continuidad a la rueda de la vida.

Vicio… y pecado

P.- Sostienes que, durante siglos, en gran medida animada por la Iglesia, la animadversión ante esta emoción ha hecho que se considere el aburrimiento como “un vicio” y hasta un pecado, pues puede conducir a “la distracción frente a la Palabra de Dios”. ¿Por qué hoy la Iglesia no parece prestarle demasiada atención a este fenómeno, silenciado de toda reflexión teológica u homilía dominical, cuando parece evidente que el aburrimiento puede derivar en la “acedia”, que equiparas a sentimientos como “la sequedad del alma, una tristeza inexplicable o una parálisis completa de la voluntad”?

R.– El aburrimiento fue considerado como un desvío de la virtud en la Grecia Antigua y, más tarde, como manifestación del fracaso de las pretensiones imperiales de Roma. Con la fundación del cristianismo, la acedia pasó a ser uno de los ocho pecados capitales; no uno cualquiera, sino el peor de todos, el más temible, el único para el que no había perdón, hasta que san Gregorio lo eliminó de la lista como muestra del dominio de la fe frente al demonio. Sin embargo, esta supresión no lo hizo desaparecer en ningún caso. Quedó supeditado a la tristeza y, con el tiempo, se fundió con la melancolía renacentista.

En este giro, se eximió a los hombres de fe de la carga de conciencia que suponía el aburrirse de las obligaciones contemplativas, y a la Iglesia de la responsabilidad de haberse convertido en la fuente por antonomasia de aburrición. El dominio del aburrimiento se transfirió desde lo espiritual hasta lo corporal, cayendo en la jurisdicción del médico, no del sacerdote. Desde entonces, poco se menciona el aburrimiento en el contexto eclesiástico, a pesar de que la Iglesia pierde adeptos cada día por razón de este. Pocos son los que, como hizo San Agustín en ‘La Catequesis de los principiantes’, dedican sus esfuerzos a advertir de los peligros que supone el aburrimiento para conservar la devoción de los feligreses.

A la Iglesia le preocupa sin duda este fenómeno, pero no quiere confesarlo abiertamente dedicándole un espacio en la homilía dominical, ni en ningún otro lugar, por miedo a que los parroquianos sientan que se les reprocha por su falta de interés, lo que podría provocar un rechazo aún mayor y a que se le acuse a ella misma de ser aburrida, propiciándose su caída definitiva.

Sin embargo, no hablar del aburrimiento no hace que cese el problema. Ignorarlo, mirar hacia otro lado, no es una buena estrategia. En este aspecto, la Iglesia se está equivocando. De tratar la cuestión con más naturalidad, podría beneficiarse de un diálogo abierto con sus fieles del que, con toda seguridad, surgirían grandes ideas para renovar la práctica de la fe cristiana. Los herejes por los que me preguntabas antes han sido mucho más avispados en este sentido.

P.- En tu artículo ‘No estoy solo (ni aburrido) porque Dios está conmigo. El papel de la religión en la vejez’, consideras que las personas ancianas con fe tienen menos propensión al aburrimiento al darles la fe “un mayor sentido” vital. ¿Esto también se da en los jóvenes o, al ver ellos más lejana la experiencia de la muerte, no buscan tanto nutrirse de ese sentido que para los más mayores puede ser una necesidad?

R.- La fe aporta significado a la vida, que es uno de los principales antídotos contra el aburrimiento. Además, las personas verdaderamente comprometidas con su fe, aquellas que se denominan practicantes, se involucran en actividades de culto con las que ocupan su tiempo libre de manera satisfactoria y reconfortante. Esto no solo aplica a las personas mayores, sino a cualquiera que viva su espiritualidad activamente. El sentido que la religión confiere a la muerte puede ser necesario y bienvenido a cualquier edad.

El final de la vida es un destino que tortura tanto a quienes están a punto de descubrirlo como a los que aún lo perciben lejano en el horizonte. No se trata únicamente de lo que tiene que ver con el más allá, sino también con lo que representa la religión en el más acá. Es más que una guía metafísica; es un prontuario ético, estético y epistémico. De lo que se trata es de pertenecer a un rebaño, en lugar de caminar solo. Esto es lo que salva del aburrimiento a los auténticos devotos de una congregación religiosa.

P.- Aunque sea desde fuera, ¿hay algún personaje religioso público, de cualquier religión, del que dirías que está atrapado por las garras de un aburrimiento sin salida? ¿Y al revés, alguien que es muy difícil que pase demasiado tiempo aburrido?

R.- Aymán al Zawahirí, actual líder del grupo yihadista Al Qaeda, a pesar de habitar en los extremos de la fe y de su férrea convicción en la causa del Estado Islámico, debe sufrir grandes momentos de aburrimiento en los escondites en los que, como Osama bin Laden, se refugia por largos periodos de tiempo de quienes quieren darle caza, privado de las maravillas y la belleza del mundo exterior, y con la única compañía del odio que habita en su alma y en la de los miserables que le rodean. Por contrapartida, David Miscavige, líder eclesiástico de la Iglesia de la Cienciología, no debe tener un minuto para aburrirse con la cantidad de denuncias y escándalos con los que tiene que lidiar constantemente.

Entrevista a Luis González-Carvajal

Luis González-Carvajal: “La teología se puede explicar de manera asequible e incluso amena” 

El sacerdote y teólogo acaba de publicar la 24ª edición reelaborada de todo un clásico: ‘Esta es nuestra fe’ 

Desde que viera la luz, hace casi cuatro décadas, ‘Esta es nuestra fe’ (Sal Terrae) ha vendido cerca de 200.000 ejemplares solo en castellano. Todo un hito, sin duda, tratándose de un libro de teología. Satisfecho y sorprendido a parte iguales por esta difusión, Luis González-Carvajal Santabárbara (Madrid, 1947) estrena la 24ª edición de su obra más conocida con una cuarta reelaboración de la misma. “Muy a fondo”, confiesa el propio autor. Tanto que “ha salido casi un libro nuevo”

PREGUNTA.- ‘Esta es nuestra fe’ se ha convertido en todo un clásico. ¿Por qué sigue siendo noticia después de 39 años? 

RESPUESTA.– Seguramente ya es noticia el mero hecho de que un libro de teología publicado en 1982 se haya reeditado continuamente hasta hoy y se haya traducido a siete lenguas; pero a eso se suma que la 24ª edición no es como las anteriores. La he reelaborado muy a fondo: he añadido bastantes cosas y también he quitado otras que me parecían menos importantes o menos actuales; he cambiado de lugar varios capítulos y muchos párrafos dentro de cada capítulo, para que el orden sea más lógico; he revisado a fondo la redacción y corregido bastantes errores que había, especialmente en las citas; he añadido un índice de autores citados… En suma, que ha salido casi un libro nuevo

P.- ¿Hay que “reelaborar” también la fe, como ha hecho ahora con su obra, para “adaptarla” a los tiempos que corren? 

R.- “Adaptar la fe” no me parece la expresión adecuada; prefiero decir que la teología necesita dialogar con la cultura de nuestro tiempo. En los antiguos catecismos de preguntas y respuestas, nosotros decidíamos tanto lo que debían preguntarnos como lo que íbamos a contestar. Ahora las preguntas las deciden los demás y a nosotros nos corresponde responder. Lógicamente, desde 1982 han surgido muchas preguntas nuevas y no podemos ser como esos políticos que, les pregunten lo que les pregunten, responden lo que tienen pensado responder. 

Al margen de las Iglesias 

P.- ¿Despierta más interés la fe de lo que reflejan las encuestas sobre práctica religiosa? 

R.- Sin duda; lo que pasa es que se tiende a vivirla al margen de las Iglesias. La socióloga británica Grace Davie lo llamó “creer sin pertenecer” (believing without belonging). (…) 

P.- Dice en su libro que no cuesta tanto adquirir unos conocimientos teológicos básicos. Sin embargo, no parece que el lenguaje teológico contribuya demasiado a ello. ¿Tiene la teología un problema de comunicación? 

R.- Es verdad que bastantes teólogos no escriben en castellano, sino en un lenguaje para iniciados llamado “clericalés”. Mi experiencia me dice que la teología se puede explicar de manera asequible e incluso amena. (…) 

La experiencia creyente del resucitado

Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. Se encuentra en una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto cuando los israelitas eran perseguidos por las tropas del faraón (Éx 14,10); y, como lo estuvo aquel pueblo, los discípulos están también en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena, sin embargo, no los ha liberado del temor. No basta tener noticia del sepulcro vacío; sólo la presencia de Jesús puede darles seguridad en medio de un mundo hostil.

Pero todo cambia desde el momento en que Jesús –que es el centro de la comunidad- aparece en medio, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad.

Su saludo les devuelve la paz que habían perdido. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles «los judíos», ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Con su presencia Jesús les comunica su Espíritu que les da la fuerza para enfrentarse con el mundo y liberar a hombres y mujeres del pecado, de la injusticia, del desamor y de la muerte. Para esto los envía al mundo, a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18). La misión de la comunidad no será otra sino la de perdonar los pecados para dar vida, o lo que es igual, poner fin a todo lo que oprime, reprime o suprime la vida, que es el efecto que produce el pecado en la sociedad.

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, el mismo que se mostró pronto a acompañar a Jesús en la muerte (Jn 11,16), que ahora se resiste a creer el testimonio de los discípulos y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.

Necesitará para creer unas palabras de Jesús: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel». Tomás, que no llega a tocar a Jesús, pronuncia la más sublime confesión evangélica de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Con esta doble expresión alude al maestro a quien llamaban Señor, siempre dispuesto a lavar los pies a sus discípulos y al proyecto de Dios, realizado ahora en Jesús, de hacer llegar al ser humano a la cumbre de la divinidad realizado ahora en Jesús (Dios mío).

Pero su actitud incrédula le merece un reproche de parte de Jesús, que pronuncia una última bienaventuranza para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva. De ahora en adelante la realidad de Jesús vivo no se percibe con elucubraciones ni buscando experiencias individuales y aisladas, sino que se manifiesta en la vida y conducta de una comunidad que es expresión de amor, de vida y de alegría. Una comunidad, cuya utopía de vida refleja el libro de los Hechos (4,32-35): comunidad de pensamientos y sentimientos comunes, de puesta en común de los bienes y de reparto igualitario de los mismos como expresión de su fe en Jesús resucitado, una comunidad de amor como defiende la primera carta de Juan (1 Jn 5,1-5).

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 128, cuyo audio, y su guión –con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí http://servicioskoinonia.org/relat/321.htm). Merece la pena dar un vistazo a este punto de la red (https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/).

Para la revisión de vida
– Dichosos los que sin ver han creído. ¿Cuáles son los fundamentos de mi fe? ¿Por qué creo? ¿Es mi fe una fe que no se apoya en argumentos racionales?

– Paz a vosotros. ¿Tengo paz, paz profunda, shalom ?

Para la reunión de grupo
–  Dichosos los que sin ver han creído. Creer ¿qué?, ¿a quién realmente? ¿Se puede creer a Dios? ¿En qué sentido

– Si la fe es «creer lo que no se ve”, ¿tuvo fe Tomás cuando confesó a Jesús como “Señor mío y Dios mío” sólo después de haberlo visto?

– ¿Qué relación (semejanzas, diferencias…) hay entre la fe humana (creer a alguien) y la fe religiosa (creer a Dios)?

– ¿Son las palabras «fe», «creer»… las más adecuadas para expresar la decisión del ser humano respecto al sentido más hondo de la vida? ¿Es posible que Dios sea un «alguien ahí superior», que creó un mundo y en él nos puso a nosotros, se escondió, dejó caer algunos signos, y ahora todo consiste en que tengamos «fe», en que le «creamos» creyendo a los que nos dicen que Alguien les dijo para que nos dijeran… ¿Es esto inteligible? ¿Es esto digno de Dios, y digno de la Humanidad actual? ¿No cabe otra manera de plantearlo todo? ¿«Otra fe es posible»?