En la fiesta de la apóstola María Magdalena

Mayor participación de las mujeres en la Iglesia pero … ¿cómo?

Mayor participación de las mujeres en la Iglesia pero … ¿cómo?
Mayor participación de las mujeres en la Iglesia pero … ¿cómo?

Quisiera que ese cómo en la participación de las mujeres en la Iglesia no se hiciera en el horizonte del “complemento” con el varón, o en el “aporte” de aquellas actitudes que parecen son “esencialmente” femeninas, o como a veces se dice, desde el “genio femenino” –lo cual se puede poner en duda de muchas maneras-, pero que la cultura las ha atribuido y parece que es nuestra lectura más frecuente

La presencia de las mujeres en la Iglesia es “indispensable” porque mientras esta no se dé, no se está viviendo una Iglesia igualitaria, incluyente, fraterna/sororal, como fue querida por Jesús

La presencia de las mujeres en la Iglesia en puestos de responsabilidad y decisión no implica necesariamente ponerle más ternura, más sensibilidad, más intuición, más cuidado o más actitudes maternales a la Iglesia

Por Consuelo Vélez

La participación de las mujeres en la Iglesia se hace cada día más apremiante. Como sabemos, el papa Francisco ya lo dijo desde el inicio de su pontificado y en Evangelii Gaudium (103) lo señaló con toda claridad: “Todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”. Precisamente por esta afirmación, Francisco ha ido ampliando los espacios de participación para las mujeres y ha nombrado a varias de ellas en espacios reservados hasta ahora a los clérigos, por supuesto, varones, pero también a los varones porque, aunque pocos, ya había varones laicos que ocupaban puestos importantes, en la curia vaticana.

Sin embargo, la pregunta que queda por responder y seguir profundizando, es el cómo de esa participación. En esto la respuesta no es unánime, como unánimes no son las mujeres y, por eso, diversas mujeres podrían dar respuestas distintas. Personalmente quisiera que ese cómo en la participación de las mujeres en la Iglesia no se hiciera en el horizonte del “complemento” con el varón, o en el “aporte” de aquellas actitudes que parecen son “esencialmente” femeninas, o como a veces se dice, desde el “genio femenino” –lo cual se puede poner en duda de muchas maneras-, pero que la cultura las ha atribuido y parece que es nuestra lectura más frecuente.

Unas mujeres se abrazan durante las sesiones del Concilio
Unas mujeres se abrazan durante las sesiones del Concilio NS photo/Giovanni Portelli, The Catholic Weekly

Cuando se leen las razones que Francisco ofrece en el numeral citado de la Evangelli Gaudium sobre esta participación de las mujeres, se sitúan más en esta línea que acabo de señalar. El texto dice que “la iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones” y, señala el ejemplo de la “especial atención femenina hacia los otros, expresada especialmente en la maternidad”. Esta fue una de las primeras lecturas que se hizo desde la reflexión teológica hecha por las mujeres, de ahí que se hicieron publicaciones con títulos como “teología hecha por mujeres”, “teología con ojos de mujer”, etc. Sin embargo, es necesario ahondar en esa “indispensable” presencia femenina que excede esas aportaciones.

La presencia de las mujeres en la Iglesia es “indispensable” porque mientras esta no se dé, no se está viviendo una Iglesia igualitaria, incluyente, fraterna/sororal, como fue querida por Jesús. A la Iglesia no le falta, en primera instancia, actitudes de “sensibilidad, intuición o servicio”, lo que le falta es mostrar que en ella no hay exclusión en razón del sexo, ni exclusión en razón del ministerio laical que vive la mayoría del pueblo de Dios. La presencia de las mujeres en la Iglesia viene en razón de su dignidad humana, ella también ha sido “creada a imagen y semejanza de Dios” (Gen 1,27), ella ha sido creada en el mismo instante que el varón (el otro texto del Génesis, que pone a la mujer en un segundo momento, creada a partir de la costilla del varón, hay que interpretarlo adecuadamente con el género literario que el texto bíblico emplea y que en ningún momento supone una desigualdad ni temporal ni mucho menos de dignidad humana, Gen 2,21). La presencia de las mujeres en la Iglesia en puestos de responsabilidad y decisión no implica necesariamente ponerle más ternura, más sensibilidad, más intuición, más cuidado o más actitudes maternales a la Iglesia sino que la comunidad eclesial, que es pueblo de Dios, refleje que el llamado a formar este pueblo es para todos y todas y que la misión, objeto de la comunidad eclesial, es responsabilidad de todas y todos sus miembros.

Habría más posibilidad de concretar esa iglesia sinodal que tanto invocamos hoy, porque esta no es cuestión de palabras sino de conversiones de fondo y una conversión indispensable es reconocer en las mujeres su ser plenamente imagen de Dios con todas las consecuencias que ello implica

La presencia de las mujeres de la Iglesia no es una concesión que la estructura eclesial puede comenzar a tener en este momento. Es mucho más. Supone una conversión de fondo, un reconocimiento de que la manera cómo se organizó la Iglesia a lo largo de los siglos se fue alejando de la igualdad fundamental que comparten todos los hijos e hijas de Dios y se fueron creando dos clases de miembros –desiguales y la mayoría sin protagonismo-: clérigos y laicado, donde las mujeres han tenido la peor parte. Y quizás ha llegado el momento de “dar un giro” –conversión- para recuperar la novedad de los orígenes donde ya no hay “ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón y mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús” (Gál 3,28).

La opción de Jesús ante el amor de Magdalena
La opción de Jesús ante el amor de Magdalena

La sensibilidad, la ternura, la intuición y todas las demás características, atribuidas a las mujeres han de ser vividas por todos los miembros del pueblo de Dios porque esas características son del mismo Dios revelado por Jesús: dador de vida (Jn 10,10), cuidador de todos sus hijos –hasta el más insignificante pájaro del campo (Mt 6,28)-, capaz de llorar por la muerte de su amigo (Jn 11,35) o como a quien se le conmueven las entrañas ante el caído en el camino (Lc 10,33). La Sagrada Escritura está llena de textos donde Dios actúa con las características atribuidas culturalmente a las mujeres pero que, en realidad, son características de toda la humanidad, para construir un mundo justo, un mundo de hermanos y hermanas. Lo que por supuesto sí es propio de cada uno –sean mujeres o varones- son nuestras características particulares que hemos desarrollado más por las circunstancias en que hemos crecido, nos hemos formado, hemos cultivado, se nos han dado naturalmente, etc. Es decir, no es que no haya diferencia entre varones y mujeres y también entre varones y varones y mujeres y mujeres, y esas diferencias son las que hemos de poner al servicio de la Iglesia para que ella sea testimonio de la familia de hijos e hijas del mismo Dios Padre/Madre, donde hay unidad, no uniformidad, donde hay diferencias para el servicio de toda la comunidad.

En este sentido, la próxima fiesta de la “Apóstola María Magdalena” a celebrarse el 22 de julio, no es solamente para reconocer que la presencia femenina estaba en los orígenes, sino que el significado de ser Apóstol en la Iglesia de los orígenes, también está encomendado a las mujeres. Posiblemente si recuperáramos este sentido, habría más posibilidad de concretar esa iglesia sinodal que tanto invocamos hoy, porque esta no es cuestión de palabras sino de conversiones de fondo y una conversión indispensable es reconocer en las mujeres su ser plenamente imagen de Dios con todas las consecuencias que ello implica

Experiencia de ser mujer y religiosa en la Iglesia Católica


Dra. Marilú Rojas Salazar
No sólo quiero hablar de mi experiencia, pues yo no soy el paradigma de todas las mujeres de la iglesia católica. Las teólogas feministas partimos del principio ético que, la experiencia de cada mujer es única, y por lo tanto no es normativa para todas. Dicho lo anterior, compartiré tres ideas: en primer lugar, la experiencia de exclusión de las mujeres en algunas de las fases históricas de la iglesia católico romana; en segundo lugar, los movimientos de resistencia por parte de las mujeres a dicha exclusión; y en tercer lugar, mi experiencia personal como mujer teóloga y religiosa en el contexto actual.
La experiencia de exclusión de las mujeres en algunas de las fases históricas de la iglesia católico romana
A mi juicio las mujeres hemos vivido seis etapas importantes de exclusión:
La palabra: la primera exclusión que vivimos las mujeres fue la de la palabra en los albores del cristianismo primitivo, pues las mujeres fueron silenciadas, desapareció la profecía en primer lugar junto con las mujeres apóstoles, después la diakonía, las mujeres presbíteras, y solo se dejó paso a las mujeres conocidas como vírgenes, mujeres que huyeron de matrimonios forzados y que en el cristianismo encontraron un espacio de libertad. Finalmente, éstas mujeres vírgenes fueron sacrificadas y convertidas en mártires. Solo así pudieron trascender en la historia de la iglesia escrita por hombres. Esto culminó a principios del S. II con Ignacio de Antioquía quien estipuló la jerarquización de la iglesia con el triple ministerio, diácono, presbítero y epíscopo, los tres solo asignados a los hombres. En el año 325 con el concilio de Nicea se prohibió la ordenación sacerdotal de las mujeres.
El discipulado de iguales: con el movimiento anterior, hubo mujeres que escaparon al desierto para convertirse en ermitañas, anacoretas y vivir en soledad, en el seguimiento a Jesús al igual que los hombres, pero no tardó mucho su soledad libertaria, pues pronto fueron encontradas y se les asignaron muros, vestidos, velos, y normas de vida, así surgieron las grandes abadías, y las órdenes religiosas. Con normas de vida escritas por hombres para que las mujeres las vivieran (S. IV-VIII)
Las sabiduría: De ahí saltamos hacia el S. XI-XII hasta el S. XVI hacia la edad media, y las mujeres fueron excluidas ahora por sus saberes, sino podían andar libres como los hombres, ahora recurrirían a sus sabidurías como instrumento de resistencia, pero los saberes de las mujeres fueron demonizados y ellas fueron acusadas de hechicería, y fueron quemadas como brujas y seres que pactaban con lo demoniaco.
La mística: entonces las mujeres recurrieron a la mística, que cosa más inofensiva como orar, como expresar sus sentimientos y saberes, así como su corporalidad en la relación con la trascendencia, sin embargo, hasta de la experiencia del amor de Dios fueron excluidas. Puestas bajo la lupa de la sospecha, les asignaron confesores y guías espirituales hombres que les hacían escribir sus vidas y experiencias místicas, para luego acusarlas de herejía, ejemplos Teresa de Ávila, Margarita de Poittiers, Juana Inés de la Cruz, entre otras muchas, acusadas de confundir el amor humano con el amor de Dios, ¡que ironía!
El liderazgo (ordenación sacerdotal): Las mujeres hemos sido excluidas de los ministerios ordenados en la iglesia, hemos sido consideradas doctrinalmente como seres de segunda categoría, y a éstas doctrinas apelan los hombres lideres de la iglesia para negar la ordenación. En la iglesia católico romana tenemos los 7 sacramentos, pero las mujeres solo podemos tener acceso a seis, y solo por razón de nuestro sexo. Pues teológicamente no hay nada que lo impida. La tradición patriarcal se asegura que así sea.
Derecho a la toma de decisiones y ciudadanía: Las mujeres en la iglesia católico romana no gozamos del derecho de ciudadanía, pues al no ser reconocidas para los liderazgos, tampoco podemos elegir a nuestros dirigentes, ni tomar decisiones éticas con respecto al actuar de la iglesia, ni si quiera con respecto a nosotras mismas.
Los movimientos de resistencia por parte de las mujeres a dicha exclusión
Las mujeres no asumieron la exclusión pasivamente, nunca lo hemos hecho así, como lo han querido mostrar los patriarcas, el primer movimiento de resistencia lo encontramos en
María Magdalena: la recuperación de la figura de María de Magdala como la apóstol de los apóstoles, como la testigo primera de la resurrección y como la primer mujer que recibió el envío de parte de Jesús resucitado, nos coloca ahora a las mujeres en un liderazgo sin precedente en los albores del cristianismo, y en la primacía de la iglesia que Jesús quería.
Anacoretas, ermitañas y madres de la iglesia: al ser invisibilizadas y desaparecidas progresivamente las mujeres en los ministerios de diaconía, profecía y presbiterado; las mujeres huyeron al desierto para convertirse en anacoretas, ermitañas y madres del desierto, al igual que los hombres, para mostrar su valor y huir del control del estado romano, que ahora también era cristiano. Mujeres que murieron en la soledad del desierto, pero libres.
Las beguinas o beatas: el movimiento nació en 1170. Su nacimiento tuvo lugar en la parte oriental del territorio actual belga. Las beguinas son mujeres solteras o viudas que, sin hacer votos eclesiásticos propiamente dichos, llevan una vida más o menos monástica en el mundo. Se agrupan para atender a enfermos de lepra, para predicar, estudiar artes y filosofía, escribir acerca de la mística. Son un movimiento que confronta a la vida religiosa de las abadías, una vida ya muy acomodada.
Movimiento de ordenación sacerdotal de las mujeres: en 2001 en Dublín se celebró el primer congreso ecuménico del movimiento mundial a favor de la ordenación de mujeres en el mundo, y el movimiento de sacerdotisas católicas en Canadá ahora es muy fuerte.
Teologías feministas: otra fuerza de resistencia y propuesta ha sido el gran trabajo de producción oral y escrita de la teología feminista, de la teología feminista de la liberación contra la feminización de la pobreza en A. L, la teología feminista del norte que lucha por la igualdad de derechos laborales, la teología feminista Asiática contra la trata de niñas y jóvenes mujeres, así como la explotación sexual, la teología feminista africana contra las tradiciones culturales machistas de la ablación del clítoris de las mujeres.
Mi experiencia
Soy una mujer religiosa y teóloga en el seno de una iglesia patriarcal, y una mujer mexicana en el seno de una cultura dominante, autoritaria y patriarcal como lo es la sociedad mexicana, la cual además se caracteriza por ser una sociedad y una cultura conservadora. Vivo en el país donde cada vez es más peligroso ser mujer, en el país donde puedo ser una victima posible de feminicidio, o de desaparición forzada.
Tengo un doctorado en teología sistemática por una de las más prestigiosas universidades del mundo, mi examen doctoral lo aprobé con la máxima nota que da la universidad, y no tengo trabajo de tiempo completo en ninguna universidad católica. Mi trabajo es mal pagado, no tengo un salario fijo, no tengo seguridad social, ni posibilidades de jubilarme. Tengo que demostrar el doble de mi saber y conocimiento, y veo pasar a algunos de mis alumnos varones, muchos sin título siquiera de maestría a ocupar cargos académicos como investigadores o directores de instituciones teológicas. Soy la primer doctora en teología sistemática en México, sin embargo son compañeras que no tienen doctorado quienes tienen las directrices de institutos teológicos, claro la clave está en que no son feministas o hacen el juego al patriarcado algunas de ellas.
El espacio que tengo de libertad y de reconocimiento es escribir, y eso es lo que ahora hago. Las mujeres siempre encontramos recovecos de libertad, autonomía y reconocimiento; y es la creatividad ahora la que me demanda a rehacer la resistencia, tal como las mujeres de nuestras historias.

La cuestión de género, decisiva para la Iglesia en el futuro

Bätzing, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana: «Sin las mujeres, la Iglesia pronto se acabará»

Monseñor Georg Bätzing, Presidente de la Conferencia Episcopal alemana

«La justicia de género en la Iglesia es la cuestión decisiva para el futuro», ha afirmado el obispo de Limburgo, reconociendo que la mayoría de la jerarquía católica no piensa igual: «aparte de las demandas a los líderes de la Iglesia en Roma, que estoy dispuesto a presentar, no se puede hacer nada»

Ha mencionado dirigir una «petición a Roma de que la cuestión hasta ahora abierta de la ordenación de las diaconisas se continúe debatiendo y se responda positivamente»

02.06.2020 Lucía López Alonso

«La justicia de género en la Iglesia es la cuestión decisiva para el futuro», ha declarado el presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Georg Bätzing, que está en el cargo desde marzo.

Defendiendo con la misma contundencia que en otras ocasiones la igualdad dentro de la Iglesia, como en la sociedad, ha afirmado que «sin las mujeres, la Iglesia pronto se acabará».

Sobre su acceso a ministerios ordenados, katolisch.de ha publicado que el obispo de Limburgo ha precisado: «los buenos argumentos teológicos están en contra» de negar a las mujeres ese derecho. Pero ha lamentado que «aparte de las demandas a los líderes de la Iglesia en Roma, que estoy dispuesto a presentar, no se puede hacer nada». Seguir leyendo