Chile: después del rechazo, ¿qué?

Inesperado y categórico triunfo del rechazo dejó fuera la propuesta constitucional de la Convención elegida por voto popular con paridad de género y participación de pueblos indígenasEste plebiscito era un paso en el proceso para redactar una nueva constitución que ahora debe continuar definiendo un nuevo camino

Gabriel Boric

Encuestas y expertos electorales anunciaban el triunfo del rechazo, aunque reconocían que el resultado sería estrecho. Por eso, el categórico 62% por sobre el 38% del apruebo sorprendió a todos, incluso a sus propios adherentes.


El plebiscito pedía a cada ciudadano definir si aprueba o rechaza la propuesta constitucional. Por la trascendencia del tema, el voto era obligatorio lo que provocó que se llegara a la cifra más alta de participación en la historia del país: más de 13 millones, en un padrón electoral de unos 15.200.000 de electores.

Acuerdo nacional por nueva Constitución

Este plebiscito es un punto de llegada del proceso originado en las multitudinarias manifestaciones sociales que tuvieron lugar a partir de octubre de 2019 en todo el país, las que provocaron que dirigentes políticos firmaran el “Acuerdo por la paz social y la nueva constitución”, en noviembre de ese año. En ese documento se comprometían a generar las leyes necesarias para realizar un plebiscito en el que la ciudadanía definiera si estaba de acuerdo, o no, en disponer de una nueva Constitución y el mecanismo a través del cual se haría.

La primera fecha para ese plebiscito fue postergada debido a la pandemia. Se realizó en octubre de 2020 y su resultado fue categórico: un 80% aprobó elaborar una nueva Constitución y hacerlo a través de una Convención Constitucional. Esta es la hoja de ruta vigente aún.

Con las disposiciones legales necesarias, en mayo de 2021 se realizó la elección de los 154 integrantes de la Convención, con paridad de género y escaños reservados para representantes de los pueblos originarios. Durante un año elaboraron el texto que ahora se presentó al país para ser aprobado o rechazado, en el llamado ‘plebiscito de salida’.

Una propuesta que interprete a todos

“Hoy ha hablado el pueblo de Chile y lo ha hecho de manera fuerte y clara”, afirmó el presidente Gabriel Boric al iniciar su discurso la noche del plebiscito. Señaló que el resultado del plebiscito tiene dos mensajes. “El primero, dijo Boric, es que (Chile) quiere y valora a su democracia. Que confía en ella para superar las diferencias y avanzar. Y eso lo confirma este proceso electoral que ha tenido la mayor convocatoria de ciudadanos y ciudadanas en las urnas en toda nuestra historia”.

Continuó: “El segundo mensaje del pueblo chileno es que no quedó satisfecho con la propuesta de Constitución que la Convención le presentó a Chile, y por ende ha decidido rechazarla de manera clara en las urnas. Esta decisión de los chilenos y chilenas exige a nuestras instituciones y actores políticos que trabajemos con más empeño, con más diálogo, con más respeto y cariño, hasta arribar a una propuesta que nos interprete a todos, que dé confianza, que nos una como país. Y allí, el maximalismo, la violencia y la intolerancia con quien piensa distinto deben quedar definitivamente a un lado”.

Agregó que “como Presidente de la República, recojo con mucha humildad este mensaje y lo hago propio”. Aunque esta propuesta ha sido rechazada, el proceso hacia una nueva Constitución sigue vigente. Por ello Boric, en su discurso, se comprometió “a poner todo de mi parte para construir, en conjunto con el Congreso y la sociedad civil, un nuevo itinerario constituyente que nos entregue un texto que, recogiendo los aprendizajes del proceso, logre interpretar a una amplia mayoría ciudadana”.

Obispos llaman a continuar trabajando

La tensión previa al plebiscito ya había puesto en el debate público alternativas para cualquiera de los dos escenarios posteriores.

En ese contexto, días antes del plebiscito, el Comité Permanente del Episcopado emitió una declaración llamando a trabajar en unidad, cualquiera sea el resultado.

Dijeron los obispos: “Todos somos conscientes que el proceso que hemos vivido en estos últimos años, y también la misma discusión constitucional, han dejado de manifiesto los graves desafíos que tenemos como nación, que se han expresado en demandas sociales, políticas y económicas. También hemos comprobado que el proceso vivido no ha logrado la cohesión y adhesión que muchos esperaban. La polarización de posturas políticas e ideológicas ha sido muy manifiesta. Ante esta realidad no cabe el abatimiento o la desesperanza porque Chile, como lo ha demostrado durante su historia, tiene vocación de paz y de unidad”.

Llaman a “continuar trabajando por el bien de Chile”, aceptando los resultados del plebiscito, evitando cualquier tipo de violencia “que, como sabemos, termina por afectar a los más necesitados y desvalidos de la sociedad”, dicen los obispos.

Para después del plebiscito, los obispos piden “una renovada generosidad y capacidad de diálogo, por lo que llamamos a todos, especialmente a los que actúan en la vida pública y en la política, a ampliar la mirada y pensar en común lo que nos pueda llevar a un Chile más justo, fraterno, menos desigual y con mejores oportunidades para todos sus habitantes”.

Ese es el desafío que enfrenta el país, ahora. Boric ha convocado a dirigentes políticos, sociales y académicos para llegar a acuerdos que definan el camino a seguir en la ruta hacia una nueva Constitución, como fue acordado en el plebiscito de octubre de 2020.

El Comité Permanente del Episcopado cierra su declaración con este llamado. “Mediante este mensaje queremos apelar al sentido ético y religioso que habita en el alma de la gran mayoría de los chilenos y chilenas, proponer sendas que nos lleven a terminar con la violencia bajo todas sus formas e invitar a ser factores de unidad y de paz. El amor a Dios, al prójimo y a la Patria, son las fuerzas que deben conducirnos por caminos que edifiquen la paz social y dejen atrás tensiones y conflictos, que deterioran la convivencia y la democracia, para dar paso a la concordia, la prosperidad y la unidad

El Papa en Kazajistán

Francisco en Kazajistán: Vengo para amplificar el grito de tantos que imploran la paz

El Santo Padre pronunció un amplio discurso durante su encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en el marco de su 38º Viaje Apostólico. Es una «peregrinación de paz», como él mismo la definió después del Ángelus del domingo 11 de septiembre.

Sebastián Sansón Ferrari – Vatican News

El dombra, un instrumento musical de Kazajistán, un emblema cultural y uno de los símbolos más importantes del país, es el elemento que Francisco eligió para articular su mensaje a las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático, su primera alocución pública durante su “peregrinación de paz” a la nación asiática. El encuentro se realizó este martes 13 de septiembre en el Qazaq Concert Hall, un centro para las artes escénicas.

Francisco expresó su agradecimiento al Presidente de la República, Kasim-Yomart Tokaev, por las palabras que le dirigió. 

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“Estoy honrado de estar aquí con ustedes, en esta tierra tan extensa como antigua, a la que vengo como peregrino de paz, en busca de diálogo y unidad”, afirmó el Santo Padre. “Nuestro mundo lo necesita con urgencia, necesita volver a encontrar la armonía”, insistió, como ya lo había exteriorizado después de rezar el Ángelus del domingo 11 de septiembre en la Plaza de San Pedro. Según Bergoglio, la armonía en el país puede estar bien representada por el dombra.

El dombra, símbolo de continuidad

Francisco confesó que, preparándose para el viaje, descubrió que algunos modelos del dombra ya se utilizaban en la época medieval y que este, a lo largo de los siglos, acompañó con música los relatos de sagas y obras poéticas, uniendo el pasado y el presente. Este instrumento “acompasa por tanto la memoria del país, y evoca así la importancia, frente a los rápidos cambios económicos y sociales en curso, de no descuidar los vínculos con la vida de quienes nos han precedido, también por medio de esas tradiciones que permiten atesorar el pasado y valorar cuanto se ha recibido como herencia”. En este sentido, el Papa destacó la “hermosa costumbre” extendida de hornear, el viernes por la mañana, siete panes en honor de los antepasados.

Tras las huellas de Juan Pablo II

Para el Sucesor de Pedro, la memoria de Kazajistán, que el Papa Wojtyla al viajar definió como “tierra de mártires y creyentes, tierra de deportados y héroes, tierra de pensadores y artistas” en su discurso durante la ceremonia de bienvenida, “lleva impresa una gloriosa historia de cultura, humanidad y sufrimiento”, declaró Francisco.

“¿Cómo no recordar, en particular, los campos de prisioneros y las deportaciones en masa que han visto a tantas poblaciones oprimidas en las ciudades y en las vastas estepas de estas regiones? Pero los kazajos no se dejaron cautivar por esos atropellos; y de la memoria de la reclusión floreció la atención por la inclusión.”

Bergoglio auguró “que, en esta tierra, transitada desde la antigüedad por grandes movimientos de pueblos, el recuerdo del sufrimiento y de las pruebas experimentadas sea un bagaje indispensable para encaminarse hacia el futuro poniendo en primer lugar la dignidad del hombre, de todo hombre, y de todo grupo étnico, social y religioso”.

13/09/2022

Un puente entre Europa y Asia 

Una vez más, citando a su predecesor, Juan Pablo II, Francisco reconoció que «sobre todo, resuenan en el país las notas de dos almas, la asiática y la europea, que tienen una permanente «misión de conexión entre dos continentes», como había dicho el Papa Wotjyla en su discurso a los jóvenes el 23 de septiembre de 2001. «Las cuerdas del dombra, subrayó el Sucesor de Pedro, resuenan habitualmente junto a otros instrumentos de arco típicos de estos lugares».

“La armonía madura y crece en el conjunto, en la coralidad que hace armoniosa la vida social. «La fuente del éxito es la unidad», recita un hermoso proverbio local. Si eso vale en todas partes, aquí de modo particular. Alrededor de ciento cincuenta grupos étnicos y más de ochenta lenguas presentes en el país, con historias, tradiciones culturales y religiosas variadas, componen una sinfonía extraordinaria y hacen de Kazajistán un taller multiétnico, multicultural y multirreligioso único, revelando su vocación peculiar, la de ser país del encuentro.”

El rol de las religiones en la construcción de paz 

El Papa está en Kazajistán para subrayar la importancia y la urgencia de este aspecto, al que las religiones están llamadas a contribuir de modo particular, enfatizó el Sumo Pontífice, y, por ello, tiene el honor de participar en el séptimo Congreso de Líderes de las Religiones Mundiales y Tradicionales. «Oportunamente, evocó Bergoglio, la Constitución de Kazajistán, al definirlo laico, prevé la libertad de religión y de credo».

“Una laicidad sana, que reconozca el rol valioso e insustituible de la religión y se contraponga el extremismo que la corroe, representa una condición esencial para el trato equitativo de cada ciudadano, además de favorecer el sentido de pertenencia al país por parte de todos sus elementos étnicos, lingüísticos, culturales y religiosos. Las religiones, en efecto, mientras desarrollan el rol insustituible de buscar y dar testimonio del Absoluto, necesitan la libertad de expresión. Y, por tanto, la libertad religiosa constituye el mejor cauce para la convivencia civil.”

La tutela de la libertad, aspiración inscripta en el corazón de todo hombre 

El Santo Padre expresó su aprecio por la afirmación del valor de la vida humana mediante la abolición de la pena de muerte, «en nombre del derecho de todo ser humano a la esperanza». «Junto a eso, es importante garantizar la libertad de pensamiento, de conciencia y de expresión, para dar espacio al rol único y equitativo que cada uno ocupa en el conjunto».

Recapitulando el símbolo del dombra, Francisco reflexionó que en este punto el instrumento puede ser de estímulo, porque es principalmente un instrumento musical popular y, en cuanto tal, comunica la belleza de conservar el genio y la vivacidad de un pueblo. Como acotó el Sucesor de Pedro, «eso es lo que se confía en primer lugar a las autoridades civiles, primeras responsables en la promoción del bien común, y se realiza de modo especial en el apoyo a la democracia, que constituye la forma más adecuada para que el poder se traduzca en servicio a favor de todo el pueblo y no sólo de unos pocos». En esa línea, el Papa admitió su conocimiento del proceso de democratización, dirigido a reforzar las competencias del Parlamento y de las Autoridades locales y, en términos más generales, una mayor distribución del poder. Bergoglio lo calificó como «un camino meritorio y exigente que, ciertamente, no es breve y que requiere proseguir hacia la meta sin volverse atrás». «En efecto, la confianza en quien gobierna aumenta cuando las promesas no terminan siendo instrumentales, sino que se cumplen efectivamente», indicó. 

El papel de la democracia

Hablando sobre la democracia, el Papa resaltó la importancia de que la democracia y la modernización confluyan en un servicio concreto al pueblo, con una buena política de escucha a la gente y respuesta a su necesidades, de respuestas a sus necesidades legítimas, de una constante implicación de la sociedad civil y de las organizaciones no gubernamentales y humanitarias, con una atención particular respecto a los trabajadores, los jóvenes y los sectores más débiles. También bregó por la urgencia de implementar medidas para luchar contra la corrupción, puntualizando que esto es algo que todos los países del mundo necesitan.

Kazajistán, encrucijada de importantes intersecciones geopolíticas

El Sucesor de Pedro remarcó el «rol fundamental» del país en la atenuación de conflictos y recordó que Juan Pablo II viajó a Kazajistán después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, mientras que Francisco se encuentra en el país mientras está en curso «la insensata y trágica guerra originada por la invasión de Ucrania, mientras otros enfrentamientos y amenazas de conflictos ponen en peligro nuestra época». 

Francisco aludió a «la cada vez más apremiante la necesidad de extender el compromiso diplomático en favor del diálogo y del encuentro, porque el problema de algunos es hoy problema de todos, y quien ostenta más poder en el mundo tiene más responsabilidad respecto a los demás, especialmente a los países más expuestos a las crisis causadas por la lógica del conflicto».

Es la hora de evitar la intensificación de las rivalidades

Según el Pontífice, se necesitan líderes que, a nivel internacional, «permitan a los pueblos entenderse y dialogar, y generen un nuevo “espíritu de Helsinki”, la voluntad de reforzar el multilateralismo, de construir un mundo más estable y pacífico pensando en las nuevas generaciones. Y para hacer esto es necesario la comprensión, la paciencia y el diálogo con todos. Repito, con todos».

“Pensando precisamente en el compromiso global por la paz, expreso mi gran estima por la renuncia a los armamentos nucleares que este país ha emprendido con decisión; así como por el desarrollo de políticas energéticas y ambientales centradas en la descarbonización y la inversión en fuentes renovables, que la Exposición internacional de cinco años atrás puso de relieve.”

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La Santa Sede está cerca de ustedes en este itinerario

Hacia el final de su extenso mensaje, el Obispo de Roma se detuvo en la cercanía de la Santa Sede con la República de Kazajistán:  el Santo Padre dijo que «inmediatamente después de la independencia del país, hace treinta años, se establecieron las relaciones diplomáticas, y estoy contento de visitar el país en la proximidad de este aniversario. Aseguro que los católicos, presentes en Asia central desde tiempos antiguos, desean seguir testimoniando el espíritu de apertura y diálogo respetuoso que distingue esta tierra».

Gratitud por la acogida

El Pontífice agradeció el recibimiento dispensado, «que revela su bien conocido sentido de hospitalidad, además de tener la oportunidad de vivir estos días de diálogo fraterno junto a los líderes de muchas religiones».

“Que el Altísimo bendiga la vocación de paz y unidad de Kazajistán, país del encuentro.”

«A ustedes, que tienen la responsabilidad prioritaria del bien común, y a cada uno de los habitantes de este país, les expreso mi alegría por estar aquí y la voluntad de acompañar con la oración y la cercanía todo esfuerzo por un futuro próspero y armonioso de este gran país. Raqmét! [¡Gracias!] ¡Que Dios bendiga Kazajistán!», concluyó.

Las palabras del Presidente de la República

Antes del discurso del Papa Francisco, el mandatario se dirigió al Pontífice en un saludo en kazajo e inglés, en el que le compartió su sincera gratitud por la presencia en el país y por haber aceptado la invitación, agregando que hoy es un día histórico para Kazajistán. 

También le confió que prestan especial atención a este viaje, con la convicción de que la reunión de hoy elevará la cooperación en diversos campos a un nuevo nivel.

El Presidente también admitió el interés de escuchar el discurso pastoral del Papa.

Paz: fuente y culmen

por José Francisco Gómez Hinojosa 

  

Ya ronda los tres meses la invasión de Rusia a Ucrania, mismos en que personas de buena voluntad en todo el mundo oran por el fin de la guerra y el arribo de la paz. El papa Francisco ha sido particularmente insistente en llamar al cese de hostilidades, calificando al conflicto como cruel e insensato.


Llama la atención la actualidad de lo que hoy nos dice Jesucristo en el evangelio de Juan (14,23-29): “la paz les dejo, mi paz les doy”. Y añade que no nos deja lo que entiende el mundo por ella: un sinónimo de inmovilismo, de pasividad. No. La paz no es una forma barata de ocultar los problemas, ni una manera infantil de sacarle la vuelta a las dificultades, ni sólo la ausencia de conflictos. Por el contrario. Es en medio de los ellos en donde tenemos que encontrarla, propiciando condiciones de justicia, de verdad, de amor, de fraternidad, en una palabra, de paz.

Y es aquí en donde, me parece, está el meollo del problema: la paz es fuente y culmen del Reino de Dios.

Fuente, porque es propia de aquellas personas que llevan a Dios en su corazón; que no son liosas, pero que tampoco rehúyen el conflicto; que son asertivas, pero no agresivas; que son capaces de combinar ternura con firmeza; que ponen la otra mejilla, pero que defienden a quien ya fue golpeado en las dos; que no se alteran, salvo cuando presencian una injusticia; que lloran de alegría, pero también de tristeza. Quienes viven así, con la paz de Dios en su corazón, son constructores del Reino de Dios, del Padre de Jesús.

Culmen, porque es el resultado de una cultura impregnada por la verdad y no por la mentira; porque para lograrse no atenta contra la dignidad de las personas y los pueblos, sino que la defiende: es justa; porque depende de relaciones amorosas, plenas de fraternidad y sororidad para poder concretarse. No habrá paz, entonces, si no se soporta en una comunicación veraz, en estructuras justas, en relaciones amorosas.

La paz que nos hereda Jesús de Nazaret, va mucho más allá de acabar con bombas atómicas, misiles nucleares y batallas galácticas -en lo macro-, y de prohibir el uso de metralletas cuerno de chivo, revólveres dorados o navajas asesinas -en lo micro-. Implica corazones y estructuras amantes de la justicia, de la verdad y del amor, constructores del Reino de Dios.

Pro-vocación

Pues el arzobispo de San Francisco, California, ya dijo que Nancy Pelosi, la poderosa presidenta de la Cámara de Representantes norteamericana, no será aceptada si se acerca a comulgar. ¿La razón? Ella ha dicho que trabajará para que una ley confirme el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo en ciertas circunstancias. No es que esté a favor del aborto, sino de que las mujeres decidan libremente si hacerlo o no. Ya el papa Francisco dijo que, en el caso semejante de Biden -darle o no la comunión por estar a favor de esa legislación-, estábamos ante una decisión política, no pastoral. En fin.

La paz de la comunión interior

La comunidad eclesial vive la paz de la comunión en la fe, no del poder

Cristo por la paz
Cristo por la paz

«El poder, todo poder (incluido el eclesiástico) puede generar opresión, orden público “manu militari”, pero eso tampoco es paz»

«En el ámbito de la persona, la paz es la integración armónica de las diversas fuerzas y capacidades del ser humano. La paz personal, interior, proviene -en la medida de lo posible- de una sana integración de las diversas dimensiones humanas»

«La comunión eclesial no se produce por el sometimiento y dominación de los obispos y el clero, sino porque todos creemos –fe- en el mismo Señor JesuCristo»

Por Tomás Muro Ugalde

  1. Nostalgia de paz.

    Este año recordamos y evocamos la paz en plena guerra Rusia / Ucrania y otras guerras larvadas en Oriente Medio, en África, Latinoamérica, etc.

    Por otra parte añoramos la paz también en la Iglesia por las viejas rupturas históricas, por el enfrentamiento entre diversos sectores en el seno de la misma Iglesia católica.

    También sentimos nostalgia de paz en nuestras propias familias, en lo más íntimo de nuestra propia persona.

  1. Y qué es la paz.

    La paz os dejo, mi paz os doy…

    La paz no es la mera ausencia de guerra. La guerra conduce a la paz. La guerra no conduce a la victoria o a la derrota, pero ni una ni otra son paz.

    El poder, todo poder (incluido el eclesiástico) puede generar opresión, orden público “manu militari”, pero eso tampoco es paz.

    La mera resignación y aceptación estoica de una situación tampoco es paz. Pensar: “es lo que hay o lo que toca”, no es paz.

    No es fácil definir lo que sea la paz. Podríamos aproximarnos al concepto de paz si la entendemos como la integración de las dimensiones del ser humano que nos hace vivir en armonía interior y también hacia el exterior.

 En hebreo (en el mundo bíblico) para hablar y desear la paz emplean la palabra Shalom. Esta expresión hebrea significa estar sano, íntegro. Y con esta expresión se quiere desear la armonía personal y comunitaria que viene de la bendición de Dios.

Con este término, Shalomse desea la paz en todos los aspectos de la vida: la salud corporal, que la vida transcurra en paz, se trabaja en paz, se celebra en paz, se duerme en paz, se muere en paz.

 La paz no es ni proviene meramente de las instituciones políticas y militares. ¿Enviando armas a Ucrania se construye la paz? Para vivir en paz hace falta algo más y mejor que misiles y tanques. Y hace falta algún pensamiento más noble y sano (shalom) que la nación, la economía y el poder.

La paz no proviene de la economía, ni de la tecnología. Por mucho que progresen la técnica y la economía, no podrá haber en el mundo justicia ni paz en tanto los hombres no reconozcan la gran dignidad que hay en ellos como criaturas e hijos de Dios (Juan XXIII / Mater et Magistra, 215).

    Toda la tecnología y el bienestar social, etc. no dan síntomas de sensibilidad de paz y pacificación ante las pateras, los refugiados, ante el problema de Rusia y Ucrania, ante el Islam. La respuesta no está siendo precisamente de paz, sino más bien bélica.

 Ni tan siquiera la paz surgirá de la seguridad jurídico política de acuerdos y pactos que no cambian mentalidades y corazones. Las grandes instituciones: Bruselas, Estrasburgo, la onu, la otan, etc. pueden y tienen que llegar a acuerdos y pactos ecologistas, bélicos, quizás atómicos, étnicos, religiosos, etc., pero la paz brotará siempre de una conciencia más profunda, de un ethos, que hoy por hoy están muy ausente en nuestro mundo, al menos en nuestras sociedades occidentales y en nuestros planes de educación.

¿Tal vez las ideologías políticas, económicas y nacionales no son “sanas” en el sentido de shalom?

Pablo VI decía que la paz es necesaria para la madurez de la conciencia moderna, desde la evolución progresiva de los pueblos, desde la necesidad intrínseca de la civilización moderna (Jornada de la Paz, 1 de enero de 1975).

¡No pierdas la Paz, por lo que no es la Paz!
¡No pierdas la Paz, por lo que no es la Paz!
  1. La paz interior, personal.

    Conflictos, problemas, pecado profundo, crisis interiores los vamos a tener en la vida. Y ello nos va a quitar la paz interior con el peligro de que –según qué momento religioso nos pille- la cosa derive en angustia y escrúpulos patológicos.

En el ámbito de la persona, la paz es la integración armónica de las diversas fuerzas y capacidades del ser humano. La paz personal, interior, proviene -en la medida de lo posible- de una sana integración de las diversas dimensiones humanas: las diversas áreas de nuestra psicología, la afectividad, la salud y la enfermedad, el pecado, la dimensión religiosa, etc.

La falta de paz personal puede fomentar o derivar en miedo, angustia o en otras actitudes negativas: odios, venganzas, obsesiones.

    La persona cristiana adulta, -y adulta en la fe-, no pierde la confianza ni la paz cuando se encuentra con Dios en la profundidad de la vida. Cuando en su interior uno asume su propia debilidad, miseria o fracaso y lo pone en manos del Señor, eso produce una profunda paz, que el mundo no puede dar.

  1. Paz y comunión eclesial no es dominación

Para nosotros resuena: la paz os dejo, mi paz os doy.no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

En la Iglesia se habla mucho de comunión eclesial, pero se realiza poco esa comunión.

En un parlamento conviven y trabajan diversas ideologías que llegan, más o menos, a consensos y acuerdos. Eso es bueno, está bien y se llama democracia. Pero la democracia no es comunión.

En la comunidad eclesial nos une la comunión en la misma fe en el Señor resucitado. La comunión está en la fe en el Señor, no en las órdenes y disciplina. La comunión eclesial no se produce por el sometimiento y dominación de los obispos y el clero, sino porque todos creemos –fe- en el mismo Señor JesuCristo.

La comunión no viene por la uniformidad de los ritos, de la liturgia, o de las formulaciones teológicas, etc., que pueden ser –son- muy diversas y No impongamos cargas que no son necesarias.

La comunión eclesial viene de la fe en el Señor Jesús.

La paz os dejo mi paz os doy

Ahora, hablemos de paz

Paz frente a guerra

Hay quien dice que hablar de paz en tiempos de guerra es un signo de debilidad; pero es lo contrario. Es la valentía de los manifestantes por la paz en todo el mundo la que impidió que algunos gobiernos se involucraran en docenas de otros conflictos en curso.

POR  JEREMY CORBYN

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Con una lluvia de proyectiles rusos cayendo sobre las ciudades ucranianas, un inquietante alto el fuego en Yemen, el ataque a las y los palestinos durante la oración en Jerusalén y muchos otros conflictos en todo el mundo, a algunos puede parecerles inapropiado hablar de paz.

Sin embargo, cuando hay una guerra, es cuando se hace aún más imprescindible hacerlo. ¿De qué otra forma podemos evitar que se pierdan más vidas o que más millones de personas se vean obligadas a refugiarse en otros lugares del mundo? Se agradece que – por fin – las Naciones Unidas hayan tomado la iniciativa, con la oportuna petición del Secretario General, António Guterres, de reunirse cara a cara con el Presidente ruso Vladimir Putin y el Presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy.

Debe haber un alto el fuego inmediato en Ucrania, seguido de una retirada de las tropas rusas y un acuerdo entre Rusia y Ucrania sobre los futuros acuerdos de seguridad.

Todas las guerras se acaban con algún tipo de negociación, entonces … ¿Por qué no hacerlo ahora?

Todo el mundo sabe que esto es lo va a ocurrir en algún momento. No hay ninguna razón para retrasarlo, para que sigan los bombardeos y la muerte, para que haya más refugiados, más muertos y más familias en duelo en Ucrania y Rusia. Pero en lugar de instar a la paz, la mayoría de las naciones europeas han aprovechado la oportunidad para incrementar el suministro de armas, alimentar la maquinaria de guerra y aumentar los precios de las acciones de los fabricantes de armas.

También es tiempo para hablar sobre nuestra humanidad, o de la falta de ella, a las personas que se encuentran en una situación de profunda angustia como consecuencia de un conflicto armado, de la violación de sus derechos o de la pobreza extrema a la que muchos y muchas se enfrentan como consecuencia del sistema económico mundial.

Casi el 10% de la población de Ucrania está ahora exiliada, sufriendo traumas, pérdidas y miedo. La mayoría de los países de Europa han apoyado a las y los refugiados ucranianos. El Gobierno británico pretende hacerlo también, pero luego atrapa a estas personas en la pesadilla de la burocracia deliberadamente laberíntica del Ministerio del Interior, buscando disuadirles. En vez de esto, debería apoyar y acoger a las y los refugiados ucranianos. Eso es lo que quiere el pueblo británico en general: la enorme generosidad de la gente de a pie está mostrando lo mejor de nuestra humanidad.

Sin embargo, en el trato hacia los refugiados desesperados, procedentes de guerras en las que Gran Bretaña tiene una responsabilidad directa – como Afganistán, Irak, Libia y Yemen – la historia es dolorosamente diferente.

Si alguien está tan desesperado que lo arriesga todo intentando cruzar el Canal de la Mancha en un peligroso y endeble bote, merece simpatía y apoyo. Pero en vez de eso, el plan del Ministerio del Interior es trasladarles a Ruanda. Si creemos en la humanidad y en los derechos de las personas refugiadas, entonces habría que tratar a todos y todas de forma equitativa y decente y se les debería permitir contribuir a nuestra sociedad, no criminalizarles y encarcelarles. Si el Partido Conservador se sale con la suya en esta externalización, otros países europeos harán lo mismo. El Gobierno danés ya se ha pronunciado sobre esta propuesta, cruel e inviable.

“la onu ha actuado con demasiada lentitud, y gran parte del sistema de estados ha impulsado la escalada, no la negociación.”

Los efectos de esta guerra sobre la política y las esperanzas de nuestra sociedad van a ser enormes, sobre todo para las instituciones mundiales. Las Naciones Unidas se crearon tras la Segunda Guerra Mundial para “salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Desde entonces, podemos enumerar la larga y extensa lista de conflictos y guerras por delegación que el mundo ha soportado y que se han cobrado la vida de millones de personas. Corea, Vietnam, Irán-Irak, Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, India-Pakistán, la República Democrática del Congo y muchos otros conflictos apenas han sido reseñados por los medios de comunicación convencionales, quizá porque eran conflictos contra la ocupación colonial, como el de Kenia.

A la ONU hay que hacerle una gran pregunta con respecto al conflicto de Ucrania. Cuando Rusia invadió brutal e ilegalmente Ucrania, ¿no era ese el momento para que este organismo enviara a su secretario general a Moscú para exigir un alto el fuego? La ONU ha actuado con demasiada lentitud, y gran parte del sistema de Estados ha impulsado la escalada, no la negociación.

El llamado por unas instituciones internacionales más eficaces y proactivas para apoyar la paz se hizo con fuerza en abril de 2022 en Madrid, durante un congreso organizado por Podemos, tras un diálogo iniciado por la Internacional Progresista, una organización de activismo de izquierda. Cada uno de los 17 oradores condenó la guerra y la ocupación y pidió un alto el fuego y un futuro de paz para los pueblos de Ucrania y Rusia. Los participantes conocían los peligros de la escalada de este conflicto y de las nuevas guerras calientes, así como la violencia que traería una nueva Guerra Fría. Hay 1.800 cabezas nucleares en el mundo preparadas y listas para ser utilizadas. Un arma “táctica” mataría a cientos de miles de personas; una bomba nuclear mataría a millones. No se puede contener, ni limitar sus efectos.

En junio, Viena acogerá una importante serie de actos por la paz en torno al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. Este tratado, apoyado por la Asamblea General de la ONU y con la oposición de los Estados declarados poseedores de armas nucleares, ofrece la mejor esperanza y oportunidad para un futuro sin armas nucleares. Debemos aferrarnos a esta oportunidad con todas nuestras fuerzas.

Hay quien dice que hablar de paz en tiempos de guerra es un signo de debilidad; pero es lo contrario. Es la valentía de los manifestantes por la paz en todo el mundo la que impidió que algunos Gobiernos se involucraran en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen o cualquiera de las docenas de otros conflictos en curso.

La paz no es sólo la ausencia de guerra; es la seguridad real. La seguridad de saber que podrás comer, que tus hijas e hijos tendrán educación y cuidados y que un servicio de salud estará ahí cuando lo necesites. Hoy, para millones de personas, esto no es una realidad. Las consecuencias de la guerra en Ucrania se lo arrebatarán a otros millones.

Mientras tanto, muchos países están aumentando el gasto en armamento e invirtiendo recursos en armas cada vez más peligrosas. Los Estados Unidos acaban de aprobar el mayor presupuesto de defensa de su historia. Todos los recursos que se destinan a armamento son recursos que no se utilizan para salud, educación, vivienda o protección del medio ambiente.

Este es un momento peligroso y arriesgado. Contemplar el horror y prepararse para más conflictos en el futuro no garantizará que se aborde la crisis climática, la crisis de la pobreza o el suministro de alimentos. De todas y todos nosotros depende construir y apoyar movimientos que puedan trazar otro rumbo hacia la paz, la seguridad y la justicia para todos y todas.

¿Por qué es tan difícil la paz?

Pagola: «¿Por qué volvemos una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua?»

¡No pierdas la Paz, por lo que no es la Paz!
¡No pierdas la Paz, por lo que no es la Paz!

Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo

Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia

Por José Antonio Pagola

Siguiendo la costumbre judía, los primeros cristianos se saludaban deseándose mutuamente la «paz». No era un saludo rutinario y convencional. Para ellos tenía un significado más profundo. En una carta que Pablo escribe hacia el año 61 a una comunidad cristiana de Asia Menor, les manifiesta su gran deseo: «Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones».

Esta paz no hay que confundirla con cualquier cosa. No es solo una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Según el evangelio de Juan, es el gran regalo de Jesús, la herencia que ha querido dejar para siempre a sus seguidores. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, os doy mi paz».

Sin duda recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al enviarlos a construir el reino de Dios: «En la casa en que entréis, decid primero: “Paz a esta casa”». Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué volvemos una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera tan elemental y sencilla que nadie la toma en serio: solo los hombres y mujeres que poseen paz pueden ponerla en la sociedad.

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No puede sembrar paz cualquiera. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.

No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo: busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que enfrenta.

¿Qué estamos aportando hoy desde la Iglesia de Jesús? ¿Concordia o división? ¿Reconciliación o enfrentamiento? Y si los seguidores de Jesús no llevan paz en su corazón, ¿qué es lo que llevan? ¿Miedos, intereses, ambiciones, irresponsabilidad?

Un papa antibelicista

Mientras Biden participaba en la cumbre de la OTAN y el G7 en Europa, el pontífice definía como “¡locura!” el aumento del gasto militar hasta un 2%. La gran mayoría de los medios italianos apenas recogieron las palabras de Francisco

Marco Politi 

“Vaticanista” es una definición típica del periodismo italiano. En otros países, los medios de comunicación cuentan con expertos en temas religiosos. En Italia, en cambio, la palabra indica la importancia política del Vaticano, de la Iglesia, del mundo católico, por lo que los medios de comunicación, grandes y pequeños, tienen su propio observador privilegiado que sigue cada movimiento del papa y su entorno. En consecuencia, en los medios italianos es aún mayor el espacio dedicado a los gestos, las palabras, los documentos, e incluso los silencios del papa.

El jueves 24 de marzo sucedió algo fuera de lo común. Biden estuvo en Europa y participó en la cumbre de la OTAN, el G7 y el Consejo Europeo. Exactamente en ese momento, el papa Francisco, en su reunión con el Centro de Mujeres Italianas, definió como “¡locura!” el aumento del gasto militar hasta un 2% del presupuesto. Con respecto a la guerra en Ucrania, afirmó que la respuesta “no son otras armas, otras sanciones, otras alianzas político-militares, sino otro enfoque, una forma diferente de gobernar el mundo ahora globalizado… una forma diferente de entablar las relaciones internacionales”. El signo de exclamación que acompaña a la palabra “locura” es parte del texto oficial del Vaticano. El papa añadió que estaba “avergonzado” tras conocer la decisión y concluyó con una indicación específicamente política: la forma correcta de responder a la crisis actual “no es mostrar los dientes, como ahora”. La intervención del papa, de gran actualidad, puso en tela de juicio las decisiones del Gobierno de Draghi y también de los gobiernos europeos. Y, entonces, sucedió un milagro. Las ediciones digitales de los principales medios de comunicación guardaron silencio. Sólo La Stampa informó del asunto como tercer tema de portada. Al día siguiente, en la edición impresa, el periódico dedicó una página entera a la historia. El Corriere y La República reservaron dos sueltos –breve tribuna de opinión– para la intervención vaticana. Si Francisco hubiera hablado de gatos, que a muchos les importan más que a los humanos, habría tenido más espacio.

La historia es interesante desde un punto de vista político. Mientras que en el mundo angloamericano –nutrido por la libertad protestante y la vivacidad del pensamiento judío donde se afirma que “dos maestros hacen tres opiniones”– la controversia es la sal del debate cotidiano, en Italia con la invasión de Ucrania se activó el antiguo reflejo de la Inquisición. Quien expone un pensamiento fuera del marco es un enemigo de la fe. Así ha estallado el epíteto-anatema de “proputinianos”, “equidistantes”, partidarios del “Partido de la rendición” (posición totalmente ajena a la mayoría de italianos, que simpatizan con la Ucrania atacada). Como sostiene cualquier inquisición, está prohibido hacer preguntas. Por ejemplo: ¿existe la doctrina Monroe?, ¿cómo se enfrentó la crisis de los misiles en Cuba en 1962?, ¿tuvo sentido la expansión de la OTAN hacia el Este? El análisis de las raíces del conflicto provoca reacciones descontroladas por parte de los inquisidores. Así que ahora se le ha impuesto la mordaza al papa. Esto no incomoda al pontífice argentino, que tiene la piel resistente. Francisco denunció con duras palabras la brutalidad de la agresión de Putin y, naturalmente, considera justificado –como dijo su secretario de Estado Cardinal Parolin– el derecho a resistir al invasor.

Las palabras del papa plantean cuestiones políticas y humanas con la misma claridad con la que Juan Pablo II se opuso a la invasión de Irak (totalmente ilegal) protagonizada en primera instancia por Estados Unidos, Gran Bretaña, y también Polonia. Estas son preguntas básicas y concretas. ¿Qué sentido tiene una carrera de gasto armamentista para los estados europeos mientras se va acercando una recesión brutal? ¿Por qué no estamos invirtiendo en una defensa europea, que ahorraría grandes sumas? ¿Qué significa ese ridículo ejército europeo de 5.000 efectivos? ¿Cuánto pesará sobre la gente la distorsión del presupuesto en detrimento de las inversiones sociales, empezando por la salud, la educación o el apoyo a las familias? Con la inflación en aumento, ¿es posible olvidar de repente que la prioridad número uno debería ser la lucha global contra la pobreza y superar las desigualdades que ha producido la pandemia? Francisco es un “líder político”, ya lo decían sus allegados en Buenos Aires. El punto sobre el que el Vaticano intenta llamar la atención es que la crisis de Ucrania remite a una crisis de equilibrio mundial que sólo puede remediarse con una nueva arquitectura de relaciones entre las áreas de poder económico y político del planeta. Necesitamos un Pacto de Helsinki para el siglo XXI.

Este es el sentido de la advertencia de que no es necesario “mostrar los dientes”. Este es el núcleo de la exhortación del papa para salir de la perspectiva de los bloques político-militares, trabajando por “una forma diferente de gobernar el mundo ahora globalizado, una forma diferente de establecer las relaciones internacionales”. Lo de Francisco es realismo, no una forma pietista de afrontar los problemas. El espacio cultural católico es uno de los pocos en Italia en el que –dejando de lado la militarización del pensamiento– se examinan estos temas cruciales. Avvenire, el diario de la Conferencia Episcopal italiana, insiste en la clave de que las democracias deben ser capaces de encontrar un sistema de relaciones con esa vasta parte del mundo que, según el sociólogo Mauro Magatti, “no acepta el modelo liberal occidental”. Si la lógica violenta de Putin es inadecuada, corresponde a Occidente construir reglas de juego que involucren a “otros”. Marco Tarquinio, director de Avvenire, escribe que en un mundo que no logra vacunar, curar y aliviar la pobreza de todos los hombres y mujeres del planeta, la “soberbia rearmista de muchos” despierta indignación. Con el avance de las semanas y las grandes dificultades con las que se encuentra la maquinaria militar rusa, es evidente que evocar la alarma de un efecto dominó, “después de Ucrania, Moscú quiere tragarse los países bálticos y Polonia”, está totalmente fuera de la realidad.

Si, como dijo el general Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, la dura intervención papal plantea una pregunta fundamental sobre la política de Occidente. ¿Quiere detener la agresión de Putin o Washington prefiere que Rusia se desangre dejando que el conflicto continúe unos meses más? Y en este caso, ¿es realista que China ayude a Estados Unidos a someter a Rusia y luego ver a Washington y sus aliados abrir una guerra político-económica contra Beijing? 

Marco Politi es escritor y periodista.

El Papa y Ucrania

El Papa clama de nuevo: “La agresión armada de estos días, como toda guerra, representa un ultraje a Dios, una traición blasfema del Señor de la Pascua”

El Papa y Ucrania
El Papa y Ucrania

«Es así como Cristo lleva la paz en el mundo: a través de la mansedumbre y la  docilidad, representadas en ese pollino»

«La paz que Jesús nos da en Pascua no es la paz que sigue las estrategias del mundo, que cree  obtenerla por la fuerza, con las conquistas y con varias formas de imposición»

«La tentación de una paz falsa, basada en el poder, que después conduce al odio y a la  traición de Dios»

«En este momento difícil, de  agresión armada, estamos llamados a ser portadores de la paz de Cristo con las ‘armas’ del  Evangelio, que son la oración, la ternura, el perdón y el amor gratuito a todos, sin distinción»

Por José Manuel Vidal

En la catequesis de la audiencia de miércoles santo, el Papa Francisco aborda el tema de ‘la paz de la Pascua’, es decir la paz de Cristo “con las ‘armas’ del  Evangelio, que son la oración, la ternura, el perdón y el amor gratuito a todos, sin distinción”. Por eso, los seguidores de Jesús han de vitar “la tentación de una paz falsa, basada en el poder, que después conduce al odio y a la  traición de Dios”. Y el Papa concluye: “La agresión armada de estos días, como toda  guerra, representa un ultraje a Dios, una traición blasfema del Señor de la Pascua, un preferir el falso dios  de este mundo a su rostro manso”

Catequesis de la audiencia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!  

Estamos en el centro de la Semana Santa, que va desde el Domingo de Ramos al Domingo de  Pascua. Ambos domingos se caracterizan por la fiesta que se hace en torno a Jesús. Pero son dos fiestas  diferentes.  

Paz y el Papa

El domingo pasado vimos a Cristo entrar solemnemente en Jerusalén, acogido como Mesías: por  Él se extienden mantos a lo largo del camino (cfr Lc 19,36) y ramos cortados de los árboles (cfr Mt 21,8).  La multitud exultante bendice a grandes voces al «Rey que viene», y aclama: «Paz en el cielo y gloria en  las alturas» (Lc 19,38). Esa gente celebra porque ve en el ingreso de Jesús la llegada de un nuevo rey, que  traería paz y gloria. Esta era la paz esperada por esa gente: una paz gloriosa, fruto de una intervención  real, la de un mesías poderoso que liberaría Jerusalén de la ocupación de los romanos. Otros,  probablemente, soñaban el restablecimiento de una paz social y veían en Jesús el rey ideal, que daría de  comer a la multitud con el pan, como ya había hecho, y realizado grandes milagros, llevando así más  justicia al mundo.  

Pero Jesús nunca habla de esto. Tiene delante de sí una Pascua diferente. Lo único que le preocupa  para preparar su ingreso en Jerusalén es ir sobre «un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía  ningún hombre» (v. 30). Es así como Cristo lleva la paz en el mundo: a través de la mansedumbre y la  docilidad, representadas en ese pollino atado, sobre el que no había montado nadie. Nadie, porque la  forma de hacer de Dios es diferente a la del mundo. Jesús, de hecho, antes de Pascua, explica a los  discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). 

La paz que Jesús nos da en Pascua no es la paz que sigue las estrategias del mundo, que cree  obtenerla por la fuerza, con las conquistas y con varias formas de imposición. Esta paz, en realidad, es  solo un intervalo entre las guerras. La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es  hacerse cargo de los otros. Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra  muerte. Así nos ha liberado. Su paz no es fruto de algún acuerdo, sino que nace del don de sí. Esta paz  mansa y valiente, sin embargo, es difícil de acoger. De hecho, la multitud que alababa a Jesús es la misma  que unos días después grita “Crucifícale” y, asustada y desilusionada, no mueve un dedo por Él. 

Los hermanos Karamazov

En este sentido, siempre resulta actual un gran relato de Dostoievski, la llamada Leyenda del Gran  Inquisidor. Narra que Jesús, después de varios siglos, vuelve a la Tierra. En seguida es acogido por la  multitud alegre, que lo reconoce y lo aclama. Pero después es arrestado por el Inquisidor, que representa  la lógica mundana. Este lo interroga y lo critica ferozmente. El motivo final del reproche es que Cristo,  aun pudiendo, nunca quiso convertirse en César, el rey más grande de este mundo, prefiriendo dejar libre  al hombre en vez de someterlo y resolver los problemas con la fuerza. Habría podido establecer la paz en  el mundo, doblegando el corazón libre pero precario del hombre en virtud de un poder superior, pero no  quiso. «Si hubieses aceptado – dice el Inquisidor a Jesús –, la púrpura de César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo» (Los hermanos Karamazov, Milán 2012, 345); y con sentencia  cortante concluye: «Pues nadie ha merecido más que Tú la hoguera» (348). Este es el engaño que se repite en la historia, la tentación de una paz falsa, basada en el poder, que después conduce al odio y a la  traición de Dios. 

Al final, el Inquisidor querría que Jesús «le dijera algo, quizá también algo amargo, terrible». Pero  Cristo reacciona con un gesto dulce y concreto: «se le acerca en silencio, y lo besa dulcemente en los  viejos labios ensangrentados» (352). La paz de Jesús no domina a los demás, nunca es una paz armada.  Las armas del Evangelio son la oración, la ternura, el perdón y el amor gratuito al prójimo, a todo  prójimo. Es así que se lleva la paz de Dios al mundo. Por esto la agresión armada de estos días, como toda  guerra, representa un ultraje a Dios, una traición blasfema del Señor de la Pascua, un preferir el falso dios  de este mundo a su rostro manso. Siempre la guerra es una acción humana para llevar ala idolatría del poder.

Jesús, antes de su última Pascua, dijo a los suyos: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde»  (Jn 14,27). Sí, porque mientras el poder mundano deja solo destrucción y muerte, su paz edifica la  historia, a partir del corazón de cada hombre que la acoge. Pascua es entonces la verdadera fiesta de Dios  y del hombre, porque la paz, que Cristo ha conquistado sobre la cruz en el don de sí, se nos distribuye.  Por eso el Resucitado, el día de Pascua, se aparece a los discípulos y repite: «La paz con vosotros» (Jn 20,19.21). 

La paz de Cristo

Hermanos, hermanas, Pascua significa “paso”. Es, sobre todo este año, la ocasión bendecida para  pasar del dios mundano al Dios cristiano, de la codicia que llevamos dentro a la caridad que nos hace  libres, de la espera de una paz llevada con la fuerza al compromiso de testimoniar concretamente la paz  de Jesús. Pongámonos delante del Crucificado, fuente de nuestra paz, y pidámosle la paz del corazón y la  paz en el mundo.  

Saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy reflexionamos sobre la paz que Cristo nos da. El domingo pasado,  domingo de Ramos, contemplábamos la entrada de Jesús en Jerusalén, aclamado por la gente como  rey. Muchos esperaban un Mesías poderoso que instaurara una “paz social”, obtenida por medio de  la imposición y la fuerza. Jesús, en cambio, recorre otro camino, su paz no es la paz que ofrece el  mundo. El modo de actuar de Dios siempre nos sorprende. 

Jesús nos da su paz como rey de mansedumbre y humildad, con la entrega total de sí mismo.  Mientras que el poder mundano trae destrucción y muerte, la paz de Cristo edifica la historia,  transformando los corazones de los que acogen su presencia salvadora. En este momento difícil, de  agresión armada, estamos llamados a ser portadores de la paz de Cristo con las “armas” del  Evangelio, que son la oración, la ternura, el perdón y el amor gratuito a todos, sin distinción.  

Paz

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los jóvenes que  participan en el Encuentro internacional Univ 2022. En estos días santos acompañamos a Jesús en  su Pasión, Muerte y Resurrección. Pidámosle que, así como Pascua significa “paso”, también  nosotros seamos capaces de “dar pasos” de reconciliación. Y que su paz reine en nuestros corazones  y en el mundo entero. Que Dios los bendiga. Muchas gracias. 

Saludo en polaco

Saludo cordialmente a todos los polacos. Este año celebran la Semana Santa y la Pascua de una manera especial: junto a muchos invitados ucranianos. La Pascua es una fiesta familiar y ustedes, al abrirles sus casas, se han convertido en sus familiares. Aunque la mayoría celebrará estas fiestas una semana después, según la tradición oriental, ya ahora todos juntos contemplan el Crucifijo, y esperan la resurrección de Cristo y la paz en Ucrania. Te bendigo de corazón.

A PROPÓSITO DE UCRANIA. ¡Hagamos la paz!!!

 

Queremos acercarnos a este drama humano que está desarrollándose en Ucrania desde estas dos cuestiones: ¿Qué podemos saber de lo que está ocurriendo actualmente y qué deberíamos hacer para desterrar esta forma antihumana de resolver los conflictos?

  1. ¿Qué podemos saber? Podemos saber que

* Las Naciones Unidas (ONU) no tienen autoridad moral ni poder físico para resolver este tipo de conflictos. Su organización, sometida al poder omnímodo de los vetos, minoritarios pero omnipotentes, no puede condenar colectiva, coherente y éticamente hoy a Rusia sin condenar a la vez otras invasiones como la de Irak, Siria, Palestina, Yemen, Somalia… Tampoco tiene una fuerza física como para parar la destrucción que a todos los niveles estos conflictos provocan. ¡Pero debe seguir promoviendo acuerdos de paz!

* Rusia ha incumplido todos los acuerdos que ella misma ha apoyado y firmado en el seno de la ONU. Esto es un sarcasmo digno de la mayor condena (porque Rusia tiene veto en esta nada democrática organización). Pero este desprecio es el mismo que han tenido el Pentágono y su fuerza visible, la OTAN, cuando han invadido Irak, Siria, etc. o siguen apoyando a Israel en su invasión y colonización de Palestina.

Ucrania, apoyada por la OTAN, dio el golpe de Maidan (2014) contra Victor Yanukovich, prorruso, elegido democráticamente, y, desde entonces, grupos neonazis (batallón Azov) integrados en la Guardia Nacional han mantenido una guerra sangrienta en la región rusófila de Donbass, (Donetsk y Luhansk). Ucrania ha incumplido los acuerdos firmados en Minsk (Bielorrusia) con Rusia, Francia y Alemania, el 12 de febrero del mismo 2015) … Y la OTAN, brazo armado de EE. UU ha incumplido el pacto con la “perestroika” y “glasnost” de M. Gorbachov interviniendo, desde los 90, en Yugoslavia, Kuwait, Irak, Libia, Siria, Afganistán, Yemen, en nombre de la presunta “seguridad” y “libertad” y dejando tras de sí una estela de millones de civiles heridos, mutilados, muertos, hambre… ¡y mayor contaminación del planeta!

* Que en este conflicto/guerra/invasión de Ucrania existen “oficialmente” dos relatos contrapuestos (el que se da desde el Kremlin y el que se da en Occidente). Ninguno de los dos dice toda la verdad, ambos ponen el acento en lo que les interesa a sus medios y, “salvo algunas cosas” (principalmente lo que dicen algunos reporteros independientes y ONG), no son fiables.

* Que, al acoger con humanidad a estas víctimas, desplazadas y refugiadas, no podemos olvidar las murallas que estamos levantando en el Unión Europea (UE) para defendernos del resto de personas victimadas por las mismas causas. En la UE no disponemos del mismo “estatuto de acogida a refugiados” que nos están llegando de las otras guerras y migraciones. ¡No somos un referente ético, aunque nos presentemos como la patria de la razón, de los Derechos Humanos y de la acogida!

* Que en este conflicto somos muchos y muchas los que perdemos. Ucrania (víctimas humanas, jóvenes guerreros improvisados y muertos, desplazamientos, ruptura de las familias, y destrozos de todo tipo de su historia); Rusia (los muertos y las sanciones, el aislamiento del mundo occidental); los países más pobres (que van a ver sensiblemente mermada la ya exigua cooperación al desarrollo y sus exportaciones); y la misma UE (con la crisis energética, la inflación y la dedicación al armamentismo de parte del presupuesto). Y, muy principalmente perdemos toda la humanidad y la tierra con el olvido de la respuesta al cambio climático.

*  Que quien está ganando, cuando ya andaba sumido imperialmente en una gran crisis, es Estados Unidos y su brazo militar la OTAN: mayor producción, exportación y venta de armas (ya cuenta con 750 bases militares para controlar más de la mitad del planeta) y envío multimillonario del gas natural para cubrir la ausencia del gas ruso, ahora penalizado. Indudablemente, también está ganando China, como imperio emergente, ¡que podría hacer algo más para parar esta guerra!

  1. ¿Qué podríamos/deberíamos hacer? Como seres humanos, estamos llamados a buscar alternativas que aseguren la solución de los conflictos entre los pueblos sin necesidad de acudir a los extremos, la violencia, la destrucción y la muerte.

El proceso de evolución humana, darwinista, no está en la vuelta al pasado del “ojo por ojo” del Código de Hammurabi, sino en la utopía de una convivencia en paz. No podemos hablar de paz donde falta humanidad.  “Bienaventurados/as, proclamó Jesús, quienes trabajan por la paz” (Mt 5).

Desde esta utopía de la paz,  podemos afirmar que otra forma de convivencia es posible en todos los planos de la existencia: políticos, socioeconómicos, culturales, religiosos. Desde esta referencia nos proponemos dos iniciativas que tienen, al menos, un valor profético-cultural:

* En primer lugar, el rechazo absoluto al armamentismo y a su recurso como solución de los conflictos entre los humanos. Este rechazo debería llegar hasta la condena púbica de las industrias constructoras de armamentos y de los pueblos que trafican y hacen grandes negocios con las armas. ¡Consideramos un imperativo ético, rechazar todas las armas, y, en especial, las atómicas!

* Y, en segundo lugar, apoyar la iniciativa del papa Francisco de visitar Kiev durante este conflicto.  Invitamos a todos los cristianos y cristianas a apoyar esta iniciativa, reuniéndonos ese mismo día y haciendo algún gesto colectivo y significativo orientado a establecer la paz. Sería deseable que esa visita de Francisco facilitara también un encuentro con Kirill, patriarca de Moscú y representante de los cristianos y cristianas ortodoxos.

Finalmente, recordamos con nostalgia pero con esperanza, el preámbulo de la Carta de constitución de las Naciones Unidas en 1948:  Nosotros los pueblos estamos resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre,  en la igualdad  de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de las fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad.

Ejército en la Bilia, 3

Judaísmo: Renuncia a la guerra, promesa de paz

Sigo tratando de ejército y paz en perspectiva bíblica. Expuse hace cuatro días las “grandes guerras” de Israel. Traté hace dos de unas mujeres bíblicas, signo de paz, en un mundo de guerra. 

Hoy presento la “canción de la paz”, que constituye el centro del mesianismo israelita, que los judíos actuales piensan que aún no se ha realizado (aunque sigue prometido y sostiene el camino de la historia humana).

     Expongo así la “canción bíblica judía”, tal como ha sido reinterpretada por dos pensadores del siglo XX: E. Levinás y Hanna Arendt. Pasado mañana expondré la visión del cumplimiento cristiano de esa promesa, tal como ha sido formulada por Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña y en su “pascua”.

| X. Pikaza Ibarrondo

Muchas cosas pasaron en la historia de Israel

 pero quizá la más significativa ha sido el descubrimiento de que Dios (el futuro de la humanidad) no se revela por  la victoria del pueblo,  sino bien a través de su derrota, abierta al perdón. En contra de lo que habían prometido los primeros guerreros de Israel, los fieles de Yahvé fueron perdiendo todas las guerras, cayendo en manos de egipcios y asirios, de babilonios y griegos, de manera que su libro de cabecera no fue ya la Historia de las Guerras de Yahvé, sino más bien la Biblia de las derrotas del pueblo de Yahvé (como pueden titularse sus libros proféticos).

Pues bien, de una manera paradójica y extraordinaria (en la línea de las mujeres derrotadas, esclavizadas), de las que seguí tratando ayer, los israelitas vieron que Dios se hallaba presente en sus derrotas, y se revelaba precisamente en ellas de un modo superior, iniciando otro tipo de transformación, que no se vence con armas, sino con la fe. Así descubrieron que Dios no necesita armamentos como los hombres, ni soldados, como los soldados de los grandes imperios de la tierra, pues su forma de presencia y de victoria es diferente. La “guerra” de Dios se distingue de todas las guerras anteriores, de forma que puede llamarse no-guerra.

UNA CANCIÓN DE PAZ. LA PROMESA “MESIÁNICA” DEL JUDAÍSMO BÍBLICO

               Éste ha sido, a mi juicio, el mayor descubrimiento de la historia de Israel, una revelación que nosotros (judíos y cristianos), descendientes de aquellos grandes israelitas de los siglos VIII al V a. de C. apenas hemos valorado todavía: el verdadero protagonista de la “guerra” es Dios, es decir, el Amor fuerte que actúa a través de los hombrees; por eso ellos deben renunciar a defenderse de un modo violento (con armas y soldados), pues la victoria y despliegue de la humanidad se sitúa en otro plano.

              Esta renuncia a la guerra es, según eso, una “objeción de conciencia” o, mejor dicho, una “insumisión militar”, pero no en línea pasiva (cruzándonos de brazos), sino de una manera mucho más activa: transformando en amor y fidelidad (en alianza) la vida de los hombres, en los que se revela Dios (la no-guerra). De esa actuación más elevada, de esa defensa superior, sin guerra, trata el conjunto del Antiguo Testamento y la Biblia Cristiana.

              Esta nueva respuesta de la Biblia es lógica y sorprendente. (a) Es lógica: allí donde la guerra aparece como “cosa de Dios” y se descubre que él no actúa como habíamos supuesto (no nos concede la victoria externa, de tipo militar) podemos y debemos afirmar que él vence y nos hace vencer si renunciamos a la violencia. (b) Es sorprendente, pues el Dios de la Biblia nos sitúa ante una búsqueda supra-militar de victoria y paz humana. Ésta es la respuesta que se encuentra vinculada al simbolismo de Sion, que empieza presentándose como lugar donde Yahvé defiende a sus fieles (cf. Is 14,12-15; Ez 27, 12-16), derrotando a los poderes abismales del caos que quieren destruirles: 

  • Grande es el Señor y muy digno de alabanza,
  • en la ciudad de nuestro Dios, su monte santo…
  • Mirad, los reyes se aliaron para atacarla juntos,
  • pero al verla quedaron aterrados, huyeron despavoridos.
  • El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios…,
  • los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan,
  • pero él lanza su trueno y se tambalea la tierra… (Sal 48, 2-5; 46, 5-7)[1].

Este pasaje nos sitúa ante el símbolo (mito) de la guerra universal, que ahora se expresa como lucha de Yahvé, que asiste y defiende a los suyos desde Sión, venciendo sin armas a quienes emplean las armas para atacar y defenderse. Por eso es inútil buscar el apoyo de los imperios militares: «¡Ay ! de los que bajan a Egipto por auxilio, confiados en su caballería… Pues bien, los egipcios son hombres y no dioses; sus caballos son carne, y no espíritu» (Is 31, 1-3)[2].

       Los que “bajan a Egipto” son los que quien pactar con el poder militar de los egipcios, para así defenderse. Lo que el profeta condena de esa forma es el mismo poderío militar en cuanto tal, la confianza que los hombres ponen en sus armas (en este caso en las de Egipto). Según eso, lo contrario a Dios, lo peligroso, antidivino, es el imperio militar de Egipto en cuanto tal, no el culto de sus templos o sus ídolos aislados. Por eso, los idólatras más peligrosos no son aquellos que adoran a dioses de piedra, de leño o de barro, sino los que ponen su confianza en un ejército, en las armas de conquista utilizadas para dominar la tierra (y someter a los pueblos).

       La “batalla” de Yahvé, esta nueva versión de la guerra santa, no es ya un combate con armas y soldados, en contra de otras armas y soldados, sino que implica un rechazo de todas las armas y soldados, con los caballos y carros de combate (cf. Is 2, 7-9) que condensan la violencia de la historia. El profeta está evocando así una guerra que sólo se gana cuando no se lucha, como dice el profeta Isaías al rey de Jerusalén, amenazado por los reyes de Damasco y Samaria: «Ten cuidado, estate tranquilo, no temas, que no desmaye tu corazón… He aquí que la doncella concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, Dios con nosotros» (Cf. Is, 7, 4-14)[3].

       Así se invierte el sentido de la antigua guerra santa. Antes había fe en la guerra (las tribus luchaban confiando en el Dios que les daría la victoria). Ahora se pide fe sin guerra, como pone de relieve la tradición del Éxodo (Ex 14-15), donde se dice que los israelitas desarmados pusieron su defensa en Dios y fueron liberados[4]. En este contexto han surgido y se entienden las palabras más realistas y utópicas, más exigentes y esperanzadoras del Antiguo Testamento: el poderío militar de los imperios resulta antidivino, de manera que, si confía en Dios, Israel no puede confiar su defensa en las armas[5]. Por eso, cuando Dios se manifiesta en plenitud, las armas acaban:

  •   Al final de los tiempos estará firme el monte de la casa del Señor…
  • hacia él confluirán naciones, caminarán pueblos numerosos.
  • Dirán: venid, subamos al monte del Señor;
  • él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas…
  • Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos.
  • De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.
  • No alzará la espada pueblo contra pueblo,
  • no se adiestrarán para la guerra (Is 2, 2-5; cf. Miq 4, 1 ss.).

 Sobre la montaña simbólica del templo se manifestará el mismo Yahvé, abriendo ante los hombres un camino de paz para siempre, de manera que ellos dejarán las tácticas de guerra, licenciarán los ejércitos y convertirán las armas en instrumento de trabajo pacífico, al servicio de la vida. “Él nos instruirá en sus caminos”; Dios mismo aparece así, simbólicamente, como educador para la paz. Por eso, sus fieles deben romper sus armas y transformarlas en utensilios de paz, culminando la esperanza de Sión:

  •  Venid a ver las obras del Yahvé, sus prodigios en la tierra:
  • pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
  • rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos.
  • Yahvé es conocido en Judá; su fama es grande en Israel,
  • su refugio está en Jerusalén; su morada, en Sión.
  • Allí quebró los relámpagos del arco,
  • el escudo, la espada, la guerra (Sal 46, 9-10 ; 76, 2-4)[6].

       El mismo Dios “rompe los arcos y quiebra las lanzas”. En este contexto, los ejércitos, que antes podían parecen sagrados (si eran israelitas) aparecen ahora como idolatría, un poder que quiere divinizarse. El verdadero Dios se manifiesta en Sión (en Israel) como portador de una paz sin armas, es decir, de una concordia superior, hecha de comunión y de perdón, es decir, de reconciliación (cf. Jer 31,31-34). Así culmina la más honda experiencia israelita, de manera que Dios viene a presentarse como padre, amigo, esposo que cuida de sus fieles. Por eso, aquellos que ponen su confianza en la armas y quieren defenderse por ella armas confiesan por ello que no confían en Dios, negándole de hecho (cf. Os 8, 14; 10, 13; Miq 5, 9-10, Hab 1, 16, Zac 4, 6). Dios se introduce así como fuente de paz superior en la vida de los hombres y mujeres de su pueblo que, precisamente por ser pueblo de Dios, ha de renunciar a luchar y defenderse como los restantes pueblos.

Este rechazo de las armas se expresa en la condena de los pactos militares. Con realismo político mundano, los reinos de Israel y de Judá, incapaces de garantizar su defensa, por sí mismos, en un plano militar mundano, fueron pactando con los imperios del entorno (Asiria, Egipto, Babilonia…). Pues bien, los profetas rechazaron esos pactos (cf. Os 5, 12-14; 7, 8-12; 8, 8-10; Is 30, 1-5; 31, 1-3; Jer 2, 18.36-37; Ez 16, 26-29; 23, 1-27), no por miedo a que el culto se contaminara o porque ellos, buenos israelitas, tuvieran que invocar a los dioses paganos, sino porque los pactos como tales iban en contra de Dios, eran idolátricos, pues ponían la defensa de Israel en manos de los imperios, atribuyendo a las armas algo que sólo era de Dios (la capacidad de sostener, pacificar y culminar la vida humana)[7].

             En contra de eso, la fe yahvista exigía el desarme y el rechazo de cualquier pacto militar con los imperios que fundan su paz sobre bases de violencia. Sólo en ese contexto se puede formular la gran esperanza de reconciliación cósmica (pastarán juntos el oso y el cordero…, y un muchacho los pastoreará…; cf. Is 11, 6-9) que el texto actual del libro de Isaías vincula al banquete final de los pueblos: El Señor de los ejércitos prepara para todos los pueblos un festín de manjares suculentos… (Is 24, 6-8). Precisamente el mismo Dios Guerrero de las historia antiguas (Yahvé Sebaot) viene a presentarse así como portador de un banquete universal de paz, sir armas ni soldados[8].

            Humanamente hablando, los profetas que entendieron y formularon la fe de esa manera han buscado un imposible: quieren que Israel se mantenga y viva renunciando a lo que todos los pueblos toman como base y fundamento de su pervivencia, la defensa armada, los pactos militares. En esa línea, los profetas saben que los israelitas han podido y pueden presentarse como adelantados de la humanidad mesiánica, testigos y vigías de un futuro de paz si renuncian, por fe en Dios, a la defensa armada sobre el mundo.

Ésta es la verdad del evangelio, como indica el mensaje de Segundo Isaías (Is 40-55) donde culmina la profecía israelita. Entre el 550 y 540 a. de C., algunos grupos de judíos deportados en Babilonia se movían entre la desespera­ción y las ilusiones falsas, de carácter escapista y en ese contexto eleva su voz un profeta de nombre desconoci­do, a quien la tradición ha presentado como Segundo Isaías, diciendo: 

  • Súbete a un monte elevado, evangelizador de Sion,
  •  grita con voz fuerte, evangelizador de Jerusalén;
  •  grita con fuerza, no temas, di a las ciudades de Judá:
  • ¡Aquí está vuestro Dios! (Is 40, 9).

             Ésta es la buena nueva de Dios, el evangelio de libertad que resuena poderoso sobre el mundo de opresión y cautiverio. El portador de la buena noticia (el mebasser hebreo euangelidsome­nos o evangelizador), es un personaje central de la “historia” israelita, que anuncia la buena noticia de Dios (de su gracia) en un mundo cautivo que todo lo quiere resolver por guerra. En esa línea sigue un nuevo texto, cargado de poesía y esperanza: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del evangelizador que anuncia la paz, del evangelizador bueno que anuncia salvación!

  •             De aquel que dice a Sión: ¡Reina tu Dios!
  •             ¡Escucha! Tus vigías alzan la voz, cantan a coro
  •             pues ven cara a cara a Yahvé que vuelve a Sión.
  •             Cantad a coro ruinas de Jerusalén…
  •             pues los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios (Is 52, 7-10).

             Estos versos hablan del mensajero final de la paz (shalom), el decir del evangelizador que anuncia y trae las buenas noticias de Dios, que se identifican con la paz de Jerusalén. Ésta es la revelación del reinado de Dios, que es fuente de paz para Israel y para todos los hombres, desde Jerusalén, como saben y cantan los salmos:

  •             Cantad a Yahvé un cántico nuevo, evangelizad (bassru) día tras día su victoria…
  •             Decid a los pueblos: ¡Yahvé es rey! Alégrese el cielo, goce la tierra…,
  •             delante de Yahvé que llega, ya llega a regir la tierra (Sal 96, 2. 10. 11. 13).

La esperanza de la llegada de ese Dios de paz ha marcado y sigue marcando la historia israelita y cristiana. Ciertamente, el reino del Dios incluye también otros rasgos, como indica la misma tradición del Segundo Isaías que le presenta “como autor de la paz, creador de la desgracia (cf. Is 44, 24; 45, 6-7). Pero, en su conjunto, el Dios israelita ha sido Dios de paz y su esperanza ha estado marcada por la certeza de que llega el tiempo de reconciliación para los hombres, como recordará Jesús

UNA CANCIÓN QUE RESUENA EN EL JUGAÍSMO ACTUAL. E. LEVINAS Y H. ARENDT.

             Profundizando en la visión de la Biblia israelita, he querido presentar la aportación de dos testigos judíos del siglo XX, que asumen y desarrollan desde su perspectiva el mensaje de la Biblia, tras la locura y pecado supremo del “holocausto” nazi (1939-1945)[9].

  1. E. Lévinas (1906-1995). La paz fuera del Todo[10].

Al comienzo de Totalidad e infinito, Lévinas afirma que la historia ha sido en su conjunto una batalla donde los defensores del Todo han excluido y rechazado a los “distintos”, es decir, a los “huérfanos, viudas y extranjeros”, incapaces de defenderse por ley o por armas, rechazando así toda justicia:

El estado de guerra suspende la moral; despoja a las instituciones y obligaciones eternas de su eternidad y, por lo tanto, anula, en lo provisorio, los imperativosincondicionales. Proyecta su sombra por anticipado sobre los actos de los hombres. La guerra no se sitúa solamente como la más grande entre las pruebas que vive la moral. La convierte en irrisoria. El arte de prever y ganar por todos los medios la guerra –la política– se impone, en virtud de ello, como el ejercicio mismo de la razón[11].

La guerra renuncia a la moral (los Mandamientos) y convierte la razón en estrategia de violencia para destruir a los enemigos o imponerse sobre ellos, de manea que el pensamiento se pone al servicio de un poder asesino (violencia ideológica), cuya eficacia se demuestra matando a los contrarios. La guerra es una expresión y consecuencia de aquella violencia ontológica, que identifica ser con poder y razón con imposición.

            En contra de esa ontología, Lévinas afirma que la violencia desordenada no se vence y supera con otra violencia mayor (bien organizada), sino saliendo de su círculo ontológico cerrado (en el que domina siempre la lucha de contrarios), para colocarse a la luz del Infinito (que es gratuidad creadora), descubriendo su presencia en el rostro de aquellos que nunca vencerán, porque no pueden ni siquiera hacer la guerra, pues no tienen medios militares, legales o sociales para ello. Sólo ellos, los expulsados de la gran Ley del Sistema dominador, siempre derrotados, puro rostro suplicante, en impotencia suma (pues no pueden ni empuñar un arma), nos permiten superar la guerra y descubrir las fuentes de la Vida, pues son testigos de ella y pueden despertar en los otros hombres una respuesta humana (no violenta) de misericordia y reconciliación.

            Lévinas está hablando así especialmente de los judíos asesinados, pero no sólo de ellos sino de todos los expulsados y condenados a muerte, en los diversos Holocaustos de la historia, desde el primer chivo emisario hasta los que mueren hoy por hambre en cualquier lugar del mundo (como supone Lc 11, 51; Mt 23, 35). Sólo aquellos que no tienen más razón ni argumento que su rostro sufriente-impotente, pueden elevar su mirada (su verdad superior) contra el totalitarismo de los seguidores de la “Diosa Verdad-Militar”, que triunfa expulsando a los otros (porque les juzga de hecho peligrosos). Entre grupos de poder se puede dar siempre una guerra. Pero los impotentes de verdad no pueden ni siquiera alzarse y luchar, sino mostrar su impotencia en línea de sistema, para iniciar así un camino distinto de pacificación[12].

La vida no crece y se expande por la lucha de los fuertes (y el triunfo de algunos), sino por la presencia y “palabra” de aquellos que no pueden ni luchar, porque no tienen derechos legales (justicia), ni medios económicos o militares. La humanidad verdadera no nace por razón de los triunfadores (que matan al “chivo”: millones de judíos del Holocausto), sino que se despliega allí donde unos hombres descubren la presencia del Infinito en los huérfanos-viudas-extranjeros (semilla de humanidad), superando así la ley de violencia del Todo. La verdadera paz nace de los expulsados del sistema (huérfanos-viudas…) y de aquellos que les acogen (y a quienes ellos acogen) para vivir en humanidad, no para crear otro sistema.

            Eso significa que la paz del Infinito no surge allí donde los supuestos “buenos” vencen a los “malos”, sino donde unos y otros se acogen y ayudan, a partir de los expulsados del Todo. Así deja de haber lucha entre individuos y nacen las personas, como seres que reconocen al Infinito en el rostro y en la voz de los pobres y expulsados del sistema. El signo de la Vida no son dos combatientes más o menos iguales que se enfrentan, por lograr o afianzar su poder en el Todo (tema hegeliano), sino aquellos pobres que se limitan a mirar (a llamar con su mirada y su lamento) y aquellos que les miran y responden, descubriéndoles (y descubriéndose) personas (cf. Mt 25, 31-46).

Para que surja la paz hay que escuchar la llamada de los pobres, que no pueden imponer sus derechos, ni tampoco defenderse, que no cuentan ni tienen valor para el Todo, pues no pueden aportar nada al mercado mundial de que hablaba Kant. Pues bien, precisamente en aquellos que no valen ni importan (que no dejarían ni siquiera un hueco advertible si murieran), se manifiesta Dios como Infinito y su revelación muestra que un Todo que expulsa y mata a los que “manchan” o ponen en duda su sistema es satánico. Precisamente aquellos que no tienen nada (huérfanos, viudas y extranjeros: cf. Ex 22, 20; Dt 10, 18) son revelación suprema de un Dios que no es Todo (pues el Todo está hecho de partes), sino Infinito. Éste es el principio de la humanidad que nace precisamente a partir de los eliminados por el Holocausto: los judíos asesinados por los nazis, los cientos de millones de crucificados por el Gran Sistema a lo largo de los siglos, son la única semilla de paz en la tierra.

 Es también necesaria la respuesta de aquellos que escuchan y acogen a los pobres, como eco del Infinito-Dios (que no es el Todo, sino la protesta de sufrimiento y amor que apela al Infinito). La paz sólo puede nacer como de aquellos que “rompen” la Gran Ley del Todo (sistema/violencia), para construir así una humanidad mesiánica, desde los expulsados y los asesinados de la historia. Sólo a partir de los muertos de los campos de concentración, sobre los condenados de las cárceles de un mundo de opresión se puede construir la Paz que proviene de la acción divina, que trasciende el orden del Sistema/Todo (que expulsa o margina a los huérfanos, viudas y extranjeros), suscitando una humanidad pacificada, precisamente desde aquellos que no imponen su razón en un mundo de fuerza (pues no la tienen), pero inician un camino de vida desde la misma gratuidad de la Vida (sin violencia externa ni venganza).

H. Arendt. Las condiciones de la paz mesiánica.

En ese contexto se entienden y avanzan algunas observaciones y propuestas de Hanna Arendt (1906-1975)[13], antropóloga judía, experta en violencias y totalitarismos. Ciertamente, ella no ha trazado una teoría general de paz, pero ha sabido evocar algunas actitudes para conseguirla, asumiendo y, en parte, superando las propuestas de E. Lévinas, en una línea que es totalmente judía, estando abierta al cristianismo. Tres rasgos enmarcan su propuesta:

Promesa. La paz no es un principio del que partimos, como si estuviera dado por la naturaleza, sino algo que al hombre se le promete y que, a su vez, él puede prometer, conforme a la esperanza del judaísmo mesiánico, como acabo de indicar. En el punto de partida no se encuentra, por tanto, una paz ya dada, sino la esperanza de paz, que se entiende de algún modo desde Dios (¡creer en Dios es esperar la paz!) y también desde los hombres, en sentido individual (¡yo prometo!) o dialogal (¡nosotros nos com-prometemos a crear la paz!).

Perdón. La primera condición para que se cumpla esa promesa de paz, en las condiciones actuales de la historia, es un perdón que pueda romper el círculo del eterno retorno de la violencia (con su ley de acción y reacción). Ese perdón está en el fondo del compromiso israelita y así lo ha desarrollado de un modo consecuente Jesús, el judío: «El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso y lo articulara en un lenguaje religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular»[14].

Jesús no “descubrió” el perdón saliendo del judaísmo (rechazando su tradición anterior, aunque algunos han dicho), sino penetrando de un modo consecuente en las raíces de la promesa mesiánica judía (que hemos desarrollado en el apartado anterior). El perdón rompe la “lógica” de la venganza (del talión incesante) que nos cierra en el sistema (ojo por ojo, diente por diente), para liberar al hombre del automatismo de la violencia, permitiendo que su vida trascienda el nivel de una ley ciega y repetida, donde nada se crea ni destruye, sino que es lo mismo. Sólo el perdón puede crear, superando la esclavitud del pasado (eterno retorno de violencia), para abrir un continente nuevo, allí donde la vida se cerraba en sus contradicciones y luchas de poder[15].

Natalidad. Los hombres pueden perdonar y liberarse de la esclavitud del pasado y del futuro (eterno retorno fatal de lo mismo) porque son creadores, es decir, seres “natales”. No están hechos desde siempre o fabricados de antemano, sino que se definan y crean como creaturas de Dios y de esa forma deben trazar su futuro y hacerse a símismos. «Sin la articulación de la natalidad estaríamos condenados a girar para siempre en el repetido ciclo del llegar a ser, sin la facultad para deshacer lo que hemos hecho y controlar parcialmente los procesos que hemos desencadenado»[16].

Esta visión del carácter natal del ser humano pertenece también a la raíz del mesianismo judío, como H. Arendt ha visto, comentando el pasaje clave del Emmanuel: “una doncella concebirá…” (Is 7, 14). Por eso, cuando los cristianos han retomado ese pasaje, celebrando el Nacimiento de Jesús como expresión de una ruptura y creación portadora de la paz (cf. Lc 2, 14), no están rechazando el judaísmo sino poniendo de relieve uno de sus elementos esenciales, que se expresa en la llegada, de un nuevo ser humano, creado para la paz. Somos natales y eso significa que podemos crearnos a nosotros mismos, superando así una forma de violencia que nos ata a lo que ha sido. Sólo su condición natal capacita a los hombres para superar las guerras del pasado y para crear un futuro de paz. Cada ser humano desborda el sistema, porque es capaz de perdonar, de prometer y renacer en esperanza, por encima de los cálculos legales y de las posibilidades del sistema en cuanto tal[17],.

Según eso, la paz no puede establecerse ni asentarse sobre un racionalismo ontológico que en el fondo justifica el poder de lo que hay, como se ha pensado en Occidente a partir de los griegos, sino sólo superando la racionalidad instrumental del sistema, con su ley cerrada de acción y reacción (nada se crea ni destruye, todo se trasforma), hombres y mujeres rompen lo que hay para que haya lo que es nuevo y distinto. «Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: Os ha nacido hoy un Salvador»[18].  

 NOTAS

[1] Cf. H. J. Kraus, Salmos I, (BEB 53) Sígueme, Salamanca 1993719-729;H. P. Müller, Ursprünge und Strukturen alttestamentlicher Eschatologie, Berlín, 1969, 86-101. He situado el tema en clave histórico-religiosa en Dios judío, Dios cristiano, EVD, Estella 1996, 97-108.

[2] Cf. J. L. Sicre, Los dioses olvidados, Cristiandad, Madrid, 1979, 23-39; 48-49; 59-64; J. Plastaras, Il Dio dell’Esodo, Torino, 1976, 132-134.

[3] Cf. R. Kilian, Die Verheissung Immanuels. Jes 7, 14, SBS, Stuttgart, 1968.

[4] El tema se repite en la invasión de Senaquerib: el rey asirio intenta conquistar Jerusalén; Isaías pide a los judíos que confíen en Dios, sin hacer guerra, y así vencen (cf. Is 36-37). Armamento y guerra son falta de fe en Dios, la defensa armada idolatría. Cf. K. Elliger, Kleine Schriften zum AT, München, 1966, 119-140

[5] Así lo indica un pasaje de la tradición de Oseas: Asiria no nos salvará, no montaremos a caballo; ni llamaremos “dios” a la obra de nuestras manos (Os 14,4).

[6] Cf. G. Von Rad, Estudios sobre el AT, Sígueme, Salamanca, 1976, 200-202; Der Heilige Krieg im alten Israel, Göttingen, 1965, 56-67

[7] J. L. Sicre, Los dioses olvidados, Cristiandad, Madrid 1979, 33

[8] Cf. G. Barbaglio, Dios ¿violento?, Verbo Divino, Estella 1992; A. van der Lingen, Les Guerres de Yahvé, LD 139, Cerf, Paris 1990

[9] En conjunto, como pueblo, los judíos modernos no han apelado a la guerra para justificar su opción social y religiosa, puesto que perdieron tierra y Estado hace casi veinte siglos (tras el 70 d. C.). De un modo consecuente, retomando la visión de los profetas de los siglos VIIl-V a. C., ellos han confiado en el Dios de la paz, para sobrevivir como pueblo, en medio de grandes persecuciones, que han desembocado en el Holocausto (1939-1945). Evidentemente, ellos no han sido siempre “inocentes” en sentido moralista (cf. J. Katz, Exclusiveness and Tolerance. Jewish-Gentile Relations in Medieval and Modern Times, Behrman House, New York 1961 y H. Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid 1974). Pero han sido víctimas de un odio radical antijudío (que es también anticristianos), que proviene en parte de un fondo cristiano pervertido, como he mostrado en Monoteísmo y globalización, Verbo Divino, Estella 2002). Sobre la posibilidad de pensar post holocaustum o de abandonar todo pensamiento ha tratado el filósofo judío E. L. Fackenheim, en un libro inquietante titulado Reparar el mundo, Sígueme, Salamanca 2009.

[10] Entre las obras de E. Lévinas, conforme al orden en que fueron escritas, cf. Totalidad e infinito, Sígueme, Salamanca 1995; La huella del otro. Taurus, México 2000; Cuatro lecturas talmúdicas, Riopiedras, Barcelona 1997; Humanismo del otro hombre, Siglo XXI, México 1974; Caparrós, Madrid 1993; De otro modo que ser, o más allá de la esencia, Sígueme, Salamanca 1987; Dios, la muerte y el tiempo, Cátedra, Madrid 1994; De Dios que viene a la idea, Caparrós, Madrid 1995; Etica e infinito, Visor, Madrid 1991; Entre nosotros, Ensayos para pensar al otro, Pretextos, Valencia 1993.

[11] Totalidad e Infinito, 47. Algunas reflexiones anteriores evocan la obra de R. Girard, El misterio de nuestro mundo, Sígueme, Salamanca 1982.

[12] El gesto del pobre, que no puede apelar a la guerra, nos lleva más allá del sistema donde el Todo impera con violencia. Así lo supo ya Jesús judío, cuando empezó su obra mesiánica desde los pobres de su entorno, a quienes vio como principio de paz.

[13] Entre las obras de H. Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Lumen, Barcelona 1999; Sobre la revolución, Alianza, Madrid 1988; Hombres en tiempos de oscuridad, Gedisa, Barcelona 1990;  Conferencias sobre la Filosofía Política de Kant, Paidós, Barcelona 2003; Sobre la violencia, Alianza, Madrid 2005; Responsabilidad y juicio, Paidós, Barcelona 2008. Sobre H. Arendt, cf. F. Bárcena, Hannah Arendt. Una filosofía de la natalidad, Herder, Barcelona 2006; M. Cruz (ed.), El siglo de Hannah Arendt, Paidós, Barcelona 2006.

[14] La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, 258. Cf. 255-262.

[15] La filosofía racionalista no ha conocido el perdón, ni Kant lo ha evocado, ni Marx puede tomarlo como punto de partida, ni Habermas lo incluye en su esquema de comunicación… Pero sin perdón no se puede hablar de paz, pues sólo el perdón rompe el eterno retorno de la violencia del Todo. H. Arendt contrapone el perdón al castigo (que actúa según ley), pero advierte que los hombres sólo pueden perdonar aquello que son capaces de castigar según ley (sabiendo que el perdón va más allá de esa ley). Hay, sin embargo, un mal radical que los hombres no pueden castigar ni perdonar, pues tanto el castigo como el perdón se sitúan más allá de sus potencialidades. «Aquí, donde el propio acto nos desposee de todo poder, lo único que cabe es repetir con Jesús: Mejor le fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojasen al mar» (Ibid 260; cf. Mc 9, 42 par). Esta advertencia, reelaborada por otro judío (cf. V. Jankélévitch, El Perdón, Seix Barral, Barcelona 1999) nos permite soportar y recrear acontecimientos como el Holocausto o como el mismo Asesinato de Jesús, que van más allá de nuestra capacidad de perdón, y que, sin embargo, nos invitan a pedirlo y buscarlo.

[16] H. Arendt: La condición humana, Paidós, Barcelona 1993,265. La mayor parte de la filosofía y sociología moderna supone que los hombres son cosas ya hechas y, de alguna forma, intercambiables. En contra de eso, H. Arendt, lo mismo que H. Jonas, otro testigo y promotor judío de la paz (cf. El principio de la responsabilidad, Herder, Barcelona 1995) ha fundado la paz futura sobre la fragilidad y grandeza del hombre, que “no es” ya, sino que nace y se hace a partir del cuidado de los otros, para ser él mismo.

[17] Según eso, la paz rompe el nivel del “todo racional”, para situarse y situarnos en un nivel más alto de promesa, perdón y natalidad. (a) En el nivel de la razón domina el sistema, que cierra a los hombres en lo siempre dado. (b) La paz sólo es posible rompiendo ese nivel, allí donde los hombres y mujeres aparecen como seres capaces de prometer, perdonar y nacer, desde la raíces de Dios, el Infinito.

[18] H. Arendt: La condición humana, Paidós, Barcelona 1993266. Las palabras del nacimiento de Jesús (Lc 2, 11) recogen la proclamación mesiánica de Israel, vinculada al Libro del Emmanuel (Is 7-11) y al Segundo Isaías (Is 40-55).