A vueltas con la laicidad


Desde los inicios de la transición democrática viene planteándose en España el debate sobre la laicidad en el ámbito político sin apenas avance alguno. Todavía quedan no pocos restos de nacionalcatolicismo en la praxis política y en las instituciones del Estado. La propia Constitución incurre en un acto de clara confesionalidad cuando cita expresamente a la Iglesia católica en la segunda parte del artículo 16.3 y entra en clara contradicción con la primera parte, que establece la no confesionalidad del Estado:
“Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”.

Similar negación de la laicidad en el ámbito escolar tiene lugar en el artículo 27.3 cuando afirma que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus convicciones”.
Voy a ofrecer a continuación unas reflexiones sobre el tema, que espero ayuden a pasar definitivamente del Estado nacionalcatólico al Estado laico sin demora.
La laicidad constituye el espacio político, el marco jurídico y el horizonte ético más adecuados para el reconocimiento y el ejercicio de los derechos humanos y de las libertades de conciencia, de expresión, de asociación y de religión, así como para el reconocimiento de las ideologías, los sistemas de creencias y los proyectos utópicos que se expresen y defiendan pacíficamente.
La laicidad no debe confundirse con el ateísmo, el agnosticismo o la indiferencia religiosa, como tampoco con la persecución de la religión, ni con la exclusión de ésta del espacio público y su reclusión en la esfera privada. Ninguna de estas concepciones de la laicidad es correcta. Son, más bien, patologías y, la mayoría de las veces, caricaturas o deformaciones con que es presentada por sus adversarios y por los defensores de la confesionalidad del Estado. La laicidad implica la autonomía de la política, de la ética pública, del derecho y del Estado de toda tutela religiosa y la salvaguarda del pluralismo en todos sus órdenes.
Laicidad y pluralismo son condiciones necesarias para la construcción de una democracia participativa, intercultural y respetuosa de la diferencia. “Frente a toda pretensión de monopolio acerca de la verdad o en cuanto a concepciones de lo bueno desde la que se quisiera imponer unilateralmente lo que para la sociedad en su conjunto ha de ser justo, el vínculo inseparable de pluralismo y laicidad es garantía de la coherencia democrática que necesita una ‘sociedad abierta” [1].
Marcel Gauchet evita los términos “secularización” y “laicización”, y prefiere hablar de “retirada de la religión”, entendiendo por tal no el abandono de la fe religiosa a nivel personal, sino “el abandono de un mundo estructurado por la religión, donde ella dirige la forma política de las sociedades y define la economía del lazo social…; el paso a un mundo donde las religiones existen, pero en el interior de una forma política y un orden colectivo que ya no determinan” [2]. Hemos pasado de la dominación global y explícita de lo religioso a su secundarización y privatización. Se pone de manifiesto en el título de la obra del sociólogo de la religión Thomas Luckman La religión invisible [3].
El problema se plantea cuando se trata de establecer las relaciones concretas entre religión y política, entre sociedad, Estado y hecho religioso. Varios han sido los modelos teóricos y prácticos de dicha relación [4]. Uno es el de identificación-confusión, que se caracteriza por la identificación entre la comunidad política y la comunidad religiosa y por la alianza entre ambos poderes en un juego de doble legitimación: la religión está al servicio de poder y es manipulada por él, al tiempo que lo legitima como recompensa por los privilegios recibidos. Estamos ante una religión de Estado y un Estado de religión única.
Otro modelo es el que establece el ateísmo a nivel oficial, no respeta la libertad religiosa y prohíbe todo culto por considerar que la religión es alienante, opresiva de la conciencia cívica y obstáculo en el camino hacia la igualdad.
El tercer modelo es el que establece una clara separación entre religión y Estado, comunidad política y comunidad religiosa, ética y religión, derecho y religión. Ambas esferas son independientes y no permiten interferencias ni injerencias. El Estado se muestra neutral ante el hecho religioso, reconoce la libertad religiosa de los ciudadanos y respeta las diferentes manifestaciones individuales y colectivas religiosas.
Este modelo admite dos modalidades. Una consiste en reducir la religión al ámbito privado, a la esfera de la conciencia y a los lugares de culto, sin reconocerle función alguna en el espacio público. Es el caso del laicismo extremo que no aprecia carácter emancipador alguno en las religiones y tiende a vincular a éstas, justificadamente a veces, con actitudes irracionales y fanáticas, a considerarlas, con razón frecuentemente, como obstáculos graves para la secularización de la sociedad, la laicidad del Estado y la autonomía de la ética.
Con esos presupuestos cualquier intervención de las religiones en la esfera pública —trátese de cuestiones políticas, económicas, culturales o sociales— se entiende o interpreta como injerencia indebida.
Otra modalidad es la que acepta la secularización de la sociedad y la autonomía de la política, reconoce la separación entre religión y política, sin pretender confesionalizar el espacio público, pero no limita la religión al terreno privado, sino que le reconoce una dimensión política en ningún caso legitimadora del orden establecido, sino solidaria con los sectores más vulnerables de la sociedad y comprometida con los movimientos sociales que luchan contra la marginación en su diferentes formas. Este es el planteamiento, dentro del cristianismo, de la nueva teología política europea, de la teología latinoamericana de la liberación y de los movimientos cristianos progresistas, que consideran la presencia pública del cristianismo, en las condiciones antes indicadas, como inherente a la fe cristiana.
Este modelo de cristianismo y el de los orígenes pueden contribuir positivamente a la defensa de la laicidad, que no va contra las religiones. …..
El fundador del cristianismo, Jesús de Nazaret, fue un creyente laico, crítico por igual de las autoridades religiosas y del poder político, y de la alianza entre ambos, que puso en marcha un movimiento igualmente laico no legitimador del Imperio. Con razón Marcel Gauchet define al cristianismo como “la religión de la salida de la religión” [5]. Por su propia vocación laica el cristianismo puede promover la renovación de la vida cívica contribuyendo a superar la permanente tentación de confesionalización de la sociedad y del Estado, muy especialmente en España.
 
[1] J. A. Pérez Tapias, Del bienestar a la política. Aportaciones para una ciudadanía intercultural, Trotta, Madrid, 2007, 292.
[2] M. Gauchet, La religión en la democracia. El camino del laicismo, El Cobre, Madrid, 2003, 17 y 21.
[3] Cf. Sígueme, Salamanca, 1973.
[4] Cf. J. Casanova, Religiones públicas en el mundo moderno, PPC, Madrid, 2000; H. Peña-Ruiz, La emancipación laica. Filosofía de la laicidad, 2001; J. Habermas, Entre naturalismo y religión, Paidós, Barcelona, 2006; J. Habermas, Ch. Taylor, J. Butler, C. West, El poder de la religión en la esfera pública, edición, introducción y notas de E. Mendieta y J. VanAntwerpen, Trotta, Madrid, 2011.
[5] Cf. M. Gauchet, El desencantamiento del mundo. Una historia política de la religión, Trotta, Madrid. 2005

El papel de la religión en la vida pública

Evaristo Villar, cofundador de Redes Cristianas, reflexiona sobre el papel que la religión debería jugar en la vida pública.

El mes pasado, con ocasión del propósito del Ayuntamiento de Gijón de someter a consulta ciudadana su “proyecto de laicidad”, Ramón Muñiz publicó en El Comercio una entrevista con el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes. Su contenido no ha pasado desapercibido en algunos ambientes asturianos que me han pedido mi opinión.
Es de agradecer al señor arzobispo que, de forma clara y contundente, ponga en candelero lo que suele ser doctrina mayoritaria de la jerarquía católica española sobre el puzle de temas que trata la entrevista: la pandemia, la ley de eutanasia, el divorcio, el aborto, el feminismo e ideología de género, el colectivo LGTBIQ, las inmatriculaciones, los abusos a menores, etc., acabando con lo que parece ser la base doctrinal sobre la que se sustenta este listado: su experiencia y visión sobre el laicismo y la laicidad. Sigue leyendo

Con la pandemia ha aumentado la desafección de la Iglesia Católica en España

Los españoles se alejan de Dios con la pandemia: más de tres millones de católicos abrazan la incredulidad
La sociedad intensifica su avance hacia el laicismo coincidiendo con la crisis sanitaria y las medidas preventivas de recogimiento mientras el peso de los creyentes que practican algún tipo de religión se reduce a apenas el 8% entre los jóvenes.
EDUARDO BAYONA
La pandemia está intensificando la tendencia a la desafección de la iglesia católica en la sociedad española. Las respuestas de los ciudadanos a las preguntas del barómetro en las que el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) se interesa por saber “¿Cómo se define usted en materia religiosa: católico/a practicante, católico/a no practicante, creyente de otra religión, agnóstico/a, indiferente o no creyente, o ateo/a?” recogen cómo en los meses se ha producido un notable trasvase, de casi cinco puntos y medio, entre el segundo de esos grupos y los tres últimos, mientras el primero perdía más de uno y medio. Y siete puntos, en un país con 47,43 millones de habitantes empadronados, supone más de 3,3 millones de personas.
La evolución de los últimos nueve meses, desde febrero, el último previo a la pandemia, hasta noviembre, reflejan cómo el grupo de quienes se definen como católicos practicantes ha pasado del 20,4% al 18,8% de los encuestados y cómo el de los no practicantes ha caído del 46,6% al 41%, en ambos casos con altibajos aunque con una tendencia a situar su suma por debajo del 60% del total.
En ese mismo periodo, y también con altibajos y mientras los creyentes de otras religiones se mantenían relativamente estables por debajo del 3%, la suma de los ateos, que no creen en la existencia de un Dios; los agnósticos, que consideran que, en todo caso, eso sería algo incomprensible para el intelecto humano, y los indiferentes ante las creencias religiosas se consolidaba por encima de la tercera parte de la población, con avances de entre dos y cuatro puntos en cada uno de esos segmentos y una tendencia alcista.
“La laicidad es un valor que debería respetarse”, reivindica Juanjo Picó, portavoz de Europa laica, que plantea “cómo con este nivel social de secularización es posible que se sigan dando comportamientos de confesionalidad en el Estado”.
“La secularización es algo creciente en la sociedad española, con unas prácticas dogmáticas que quienes se presentan como fieles cumplen cada vez menos”, añade, al tiempo que apunta cómo los estudios demoscópicos revelarían una mayor tendencia a la laicidad si incluyeran entre las variables de estudio prácticas legales como el divorcio, con más de 100.000 casos al año; la interrupción del embarazo, con más de 90.000 intervenciones por ejercicio en la última década; el uso de anticonceptivos, las relaciones sexuales prematrimoniales o la vida en pareja de hecho, que alcanzó los 1,78 millones, casi una de cada seis, el año pasado. “Esos aspectos no se calibran”, dice.
El sostenido avance de la laicidad
No se trata, en cualquier caso, de un proceso reciente. Ni mucho menos. Quienes se definen como católicos pasaron en los últimos veinte años, de 1999 a 2019, de suponer el 83,6% de la población a quedarse en el 66,9%, un desplome de más de dieciséis puntos simultáneo a un avance de los incrédulos, que se han triplicado desde el 11,9% del final del siglo XX.
Esa pérdida de adeptos, que se ha desarrollado en paralelo con un envejecimiento del clero y una reducción del número de curas y religiosos, ha llegado al punto de que los diecisiete millones de ateos, agnósticos e indiferentes superan holgadamente a los 13,3 de creyentes de alguna fe que van con mayor o menor frecuencia a sus oficios y duplican con creces a los casi 7,8 que asisten con una frecuencia mensual, semanal o diaria.
Las respuestas a la pregunta “¿Con qué frecuencia asiste usted a misa u otros oficios religiosos, sin contar las ocasiones relacionadas con ceremonias de tipo social, por ejemplo, bodas, comuniones o funerales?” arrojan, por otro lado, un resultado paradójico según el cual ha aumentado la asistencia a ceremonias religiosas por parte de los creyentes pese a las restricciones de aforo por la pandemia.
La tasa de quienes no asisten a ellas nunca o casi nunca cayó diez puntos entre febrero/marzo y noviembre mientras se daban aumentos en todas las franjas de asistencia.
“La gente siente que puede disentir y manifestarlo”
Ese dato no altera, en cualquier caso, la mar de fondo de laicidad que se da en la sociedad española, que se refleja en datos del CIS como que tan solo un 8,1% de los jóvenes de 18 a 24 años se declaren creyentes (un 3,6% católicos y un 4,5% de otras religiones mientras los ateos ya son el 23,7%, los agnósticos el 11,2% y los indiferentes el 17,9%.
Los tres últimos suman un 52,8% netamente superior tanto al 37,1% de los católicos no practicantes como al 40,7% que suman estos con los que sí van a misa con mayor o menor frecuencia. “Es algo inequívoco. Cada año se incorpora más gente a la laicidad, y se trata de gente más instruida y formada. El salto es claro en la juventud, y la juventud es el futuro de la sociedad”, anota Picó.
Para el psicólogo Santiago Boira, profesor de la Universidad de Zaragoza, ese progresivo aumento de la laicidad responde a la manifestación de algo latente. “Antes mucha gente se definía como católica no practicante, pero ahora hay más consciencia y posicionamientos que llevan a visibilizar esas posturas” de laicismo, explica.
“La gente sale del armario espiritual, hay más empoderamiento”, anota, al tiempo que apunta que “eso es algo que tiempo atrás no se hacía por la presión social, pero hora ocurre lo contrario. Hay menos disonancia cognitiva, y la gente siente que puede disentir del ‘mainstream’ y manifestarlo”, añade.
“La disidencia de la opinión cultural dominante se ha empoderado”
Para el psicólogo, ese grupo de incrédulos “ya existía, pero estaba disimulado bajo el paraguas del católico no practicante”, en un fenómeno que comparte rasgos con otros como la expansión de la objeción de conciencia o, también, con la salida del armario de las personas LGTBI. “No hay más que antes -explica-. Lo que hay es un empoderamiento para ser disidente con la opinión cultural dominante. La disidencia se ha empoderado” también en materia religiosa.
“Lo esperable era lo contrario, que la gente hubiera buscado refugio en la religión” ante la crisis sanitaria, porque “quiere certezas y seguridades, y más cuando se trata del futuro”, lo que en ocasiones lleva a agarrarse a discursos de salvación, señala Jaime Minguijón, sociólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo de Zaragoza, quien, no obstante, apunta que los datos sobre la espiritualidad del CIS podrían ser matizables por los cambios metodológicos que la pandemia le ha obligado a adoptar.
La escasa confianza de la sociedad española en las religiones ya había comenzado a aflorar en los primeros meses de la pandemia, en los que una encuesta de la Universidad de Zaragoza detectó cómo solo uno de cada seis ciudadanos, el 16,5% del total, seguía considerándola una tabla de salvación mientras la ciencia y la tecnología por un lado, y la naturaleza por otro, superaban el 60%; la primera, pese a las carencias que ha ido demostrando durante la crisis sanitaria, y la segunda, a pesar de responder a una visión idealizada.

“La escuela nunca es neutra”

Josep Miquel Bausset: “¿La cultura cristiana no es también conocimiento?”
“Se está confundiendo la laicidad con la ignorancia”. Estas fueron las palabras que el profesor Joan Francesc Mira, el intelectual valenciano más importante que tenemos entre nosotros, dijo en la excelente entrevista que la periodista Lídia Herèdia le hizo en el programa “Els Matins” de TV3, el 11 de marzo pasado
En la misma entrevista, decía que él es “un cristiano cultural” y que en nuestra sociedad (y también en la escuela), “si no tienes el referente del cristianismo, no puedes entender nada, absolutamente nada”
Insistía en que “no se puede eliminar la cultura cristiana”, por el hecho de que “está imbricada en nuestra historia y nos hace falta, para entender el mundo”
20.11.2020 Josep Miquel Bausset
“Se está confundiendo la laicidad con la ignorancia”. Estas fueron las palabras que el profesor Joan Francesc Mira, el intelectual valenciano más importante que tenemos entre nosotros, dijo en la excelente entrevista que la periodista Lídia Herèdia le hizo en el programa “Els Matins” de TV3, el 11 de marzo pasado.
Este gran sabio de nuestro tiempo, aunque él, con modestia, se definía en aquella entrevista como “un profesional de la antropología social sin profesión y un aficionado al griego, con profesión de profesor de griego”, afirmó, con un gran sentido común, que en la actualidad “se está confundiendo la laicidad con la ignorancia”.
He recordado estas acertadas palabras del profesor Mira, cuando el pasado día 19 leí el artículo, “Ministra Celaá, ¡tenga el valor de sacar la Religión fuera de la Escuela!”, escrito por Raquel Ortiz y Eugenio Piñero, miembros de “Valencia Laica” (Levante, 19 de noviembre de 2020).
Los autores de este artículo afirmaban que “unos de los temas de mayor disputa ha sido si la Religión debe formar parte del currículo académico o no….o lo que es lo mismo, si en la Escuela se deben impartir materias adoctrinadoras o si, por el contrario, la Escuela tiene que ser laica”.
Quiero decir en primer lugar, con el máximo respeto a lo que exponen los miembros de “Valencia Laica”, que la clase de religión no ha de ser nunca “adoctrinadora”, porque esta materia que se imparte en la escuela no ha de ser nunca una catequesis, sino que ha de ser una asignatura que ha de ayudar a los alumnos a crecer en conocimientos. Por eso, muy acertadamente, Joan Francesc Mira, en aquella entrevista, decía que él es “un cristiano cultural” y que en nuestra sociedad (y también en la escuela), “si no tienes el referente del cristianismo, no puedes entender nada, absolutamente nada”.
Refiriéndose a los que pretenden excluir de la sociedad y de la escuela la religión, el profesor Mira decía que “me parece una pérdida imperdonable. Está mal eliminar de la formación escolar los elementos de la cultura cristiana, por la sencilla razón que es la nuestra”. Y añadía aún Joan Francesc Mira: “Eliminar eso es eliminar toda la historia. Los alumnos que no hayan entrado en esta cultura cristiana, ¿serán más felices? Es como si a una persona no le explico quién es su padre o su madre”, ya que en este caso “estás en el mundo medio colgado en el aire, sin lugar”. El profesor Mira decía también que “no se puede eliminar la cultura cristiana”, por el hecho de que “está imbricada en nuestra historia y nos hace falta, para entender el mundo”.
Evidentemente que la asignatura de religión no ha de ser un adoctrinamiento, no ha de impartir “doctrina cristiana”. La fe se transmite en la familia y en la parroquia, no en la escuela, que sí que ha de impartir unos conocimientos que forman parte de nuestra cultura y de nuestra historia. Por eso el profesor Mira afirmaba que la religión “es independiente de la fe” y decía que “no podemos perder todas las referencias culturales externas, literarias, históricas, monumentales, estéticas”.
Los representantes de “Valencia Laica” afirmaban en su artículo que “la Escuela tiene que educar para que el alumnado pueda, en un futuro, ofrecer lo mejor de sí mismo, en el campo de la ciencia y del conocimiento general”. En eso estoy de acuerdo con los autores del artículo. Pero sin el conocimiento de la cultura cristiana, como dijo Joan Francesc Mira, “no puedes entender nada, absolutamente nada”. Son muchos los estudiantes universitarios y de bachillerato que no entienden nada cuando visitan con sus profesores una exposición de pintura, porque no tienen un conocimiento de la cultura religiosa.
De lo que sí que discrepo del artículo, es cuando sus autores afirman que “las creencias religiosas, igual que las ideologías políticas, deben reservarse para el ámbito privado y personal y la Escuela debe centrarse en transmitir conocimientos”. La cultura cristiana no es también “conocimientos”? ¿Y qué quiere decir “ámbito privado”? La religión se ha de “encerrar” en los templos? Y las ideologías políticas, si “deben reservarse para el ámbito privado y personal”, ¿dónde se han de encerrar? ¿En las sedes de los partidos? ¿No se han de expresar públicamente en la calle, como también se han de expresar en la calle la religión?
Finalmente, los autores del artículo se extrañan de que la izquierda no haga lo posible para conducir a la escuela “hacia una neutralidad ideológica y religiosa”. ¿Qué quiere decir “neutralidad”? ¿Los miembros de “Valencia Laica” creen sinceramente que la escuela es neutra? La escuela no es nunca neutra, ya que ha de transmitir y fomentar valores como los derechos humanos, la solidaridad, la libertad, el respeto al diferente, el pacifismo…. ¿O no ha de transmitir estos valores que, evidentemente, son ideológicos?
Como dijo el profesor Mira en aquella entrevista (que invito a ver), con la exclusión de la religión en la escuela estamos perdiendo “referencias culturales” y por eso estamos “confundiendo la laicidad con la ignorancia”.

La nueva Ley de libertad religiosa y de conciencia

La nueva ley de Libertad Religiosa, eje de las conversaciones de Calvo con evangélicos, judíos y musulmanes

El Gobierno quiere retomar la ley Zapatero, aparcada en 2010 y que buscaba acabar con la presencia de símbolos religiosos en lugares públicos y regular la laicidad del Estado 

El homenaje de Estado a las víctimas del coronavirus demuestra que no hay marcha atrás en la apuesta por la laicidad del Ejecutivo de PSOE y Unidas Podemos 

18.07.2020 Jesús Bastante

La iglesia católica ya no es la única entidad religiosa con interlocución directa con el Gobierno. Y es que, tras su fructífera reunión de hace unas semanas con el presidente de la Conferencia Episcopal, Juan José Omella, la vicepresidenta del Gobierno Carmen Calvo arranca una ronda de conversaciones con el resto de confesiones con acuerdo en España. La ley de Libertad Religiosa y de Conciencia y una apuesta decidida por la laicidad marcarán las conversaciones.

La ronda arrancará el próximo 22 de julio con los responsables de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), y continuará con los nuevos líderes de la Comisión Islámica y la Federación de Comunidades Judías. Calvo también quiere encontrarse con budistas, ortodoxos y el resto de confesiones reconocidas como ‘de notorio arraigo’.

Igualdad de todas las confesiones, más laicismo

Sobre el papel, muchas cuestiones. Dos de ellas capitalizan el debate: en primer lugar, la intención de Calvo de demostrar a las religiones no católicas que ha terminado la ‘falsa laicidad’ en nuestro país. El homenaje de Estado a las víctimas de la Covid-19 celebrado este jueves, totalmente laico y sin participación alguna (más allá de su presencia como invitados) de ninguna confesión religiosa es buena muestra de ello. No habrá marcha atrás, señalan desde el Gobierno. Sigue leyendo

ES LA HORA DE LA LAICIDAD

Written by José Arregi

Es la hora de la laicidad o la hora del Espíritu, pneuma en griego, ruah en hebreo, spiritus en latín. Es neutro en griego, masculino en latín, femenina en hebreo, pues transciende, acoge y bendice todas las identidades de género. Significa aire, soplo, viento. Es aliento vital profundo. Brisa suave en el sofoco, viento recio en la apatía.

“El viento sopla donde quiere”, dijo el profeta Jesús de Nazaret lleno de Espíritu, aunque poco importaría que, como es probable, no lo hubiera dicho él en persona, sino que otro lo haya puesto en sus labios. Nadie es la fuente primera ni el dueño exclusivo de la palabra. “Oyes su rumor –añade Jesús o quien fuere–, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va”. Viene de todo y de siempre, nos lleva adonde no sabemos.

Así es el Espíritu –la mayúscula le conviene–, que vibra en la entraña de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, en esta Tierra nuestra y en el universo sin medida. El Espíritu sopla donde quiere, que es como decir en todo, pues lo ama y anima todo. Es el alma de cuanto vive y respira. Es la esperanza invencible, la aspiración irresistible de todos los seres, sin excepción. Es la energía que toma forma en la materia y la hace matriz inagotable de nuevas formas sin fin, desde el fotón invisible hasta la galaxia EGS8pt, cuyo nombre queda fuera de nuestros catálogos y cuya luz, emitida hace 13.200 millones de años, a 300.000 km. por segundo, llega ahora a nuestros telescopios. Y sigue.

Espíritu es, así lo siento y pienso, el nombre por excelencia de Dios, el más allá y el más acá de todo, que ninguna inteligencia puede comprender, que no es un ser ni el conjunto de todos ellos, que todos los seres celebran con un himno de silencio, y por el/lo/la que el deseo universal suspira. “Ven, Espíritu”: es el clamor, el gemido, la oración universal. Mejor tal vez: es el Espíritu quien clama, gime y ora desde el fondo de cuanto es, hasta la liberación universal. El universo es oración.

Que me perdone el lector, la lectora, el haberme desviado tanto, aparentemente, del título de estas líneas: “La hora de laicidad”. En realidad, la reivindicación de la laicidad se funda en la confesión del Espíritu, y la confesión del Espíritu me lleva a la reclamación de la laicidad. Y a eso iba.

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