Jueves Santo

La eucaristía, cuidado singular de Jesús a sus discípulos

Que nos lavemos los pies unos a otros

Por | Rufo González

Comentario: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

Titulares sobresalientes del Vaticano II sobre la eucaristía: “Fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “En ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo… Es fuente y culminación de toda evangelización… Es el centro de toda la asamblea de los fieles que preside el presbítero” (PO 5). “Ninguna comunidad cristiana se edifica sin que tenga su raíz y quicio (`radix´, `cardo´: bisagra, gozne, pernio, charnela) en la celebración de santísima Eucaristía” (PO 6). “El Señor dejó a los suyos prenda de su esperanza y alimento para el camino” en la Eucaristía (GS 38). Comentar estos titulares es una hermosa homilía.

La Cena de Jesús, “la original”, tiene pocas afinidades con la misa, su “reproducción” hoy. Celebra idéntico misterio: el cuidado de Jesús a sus discípulos: acompaña, inspira y alimenta. El modelo actual presenta casi toda la vida eclesial activa: une, reconcilia, habla, dialoga, recuerda la entrega de Jesús, reúne a vivos y difuntos, alimenta, agradece, envía al reino. Pero sigue, como escribe Pepe Mallo, “el excesivo ritualismo, ataviado con ropajes, expresiones, ademanes, que más bien asemejan una representación teatral que al recuerdo de la Cena del Señor. De expresar servicio ha pasado a “ser vicio”, de “cena” a “escena”. La ostentación es reflejo evidente de privilegio y poder… Afán exhibicionista: bicornios mitrales, lujosos báculos, vistosas cruces pectorales, casullas multicolores… Ostentación y segregación, separación de clero y fieles. ¿Qué aportan al recuerdo de la Cena del Señor los “ornamentos”? Lo define la propia palabra: adorno, suntuosidad, ornato. Jesús se pronunció contra el vestido como ostentación sacral: “¡No hagáis como ellos hacen!… pues agrandan sus distintivos religiosos (filacterias) y alargan los adornos (flecos) de sus mantos” (Mt 23,5)… Jesús y discípulos vistieron como hombres y mujeres de su tiempo, sin distinguirse por la ropa” (Blog “Atrévete a orar”. RD 05.03.2022). Sin duda, caben configuraciones nuevas, más inteligibles y eficaces pastoralmente. 

Juan sustituye el relato la Cena (ya en Jn 6, 23-50) por el lavatorio de los pies. Es un signo del cuidado fraternal que exige la Eucaristía. “El abuso de la celebración de la Eucaristía, según Pablo, no es la alteración de ritos, pues cada comunidad tenía sus ritos y y costumbres, sino el no compartir los alimentos con los hermanos más necesitados” (F. Bermúdez, “Nos va la fiesta. Recursos para celebraciones de la fe”. Pág. 19. Moceop. Albacete 2020) Sin cuidar de los hermanos, la eucaristía es una farsa, un sinsentido, un absurdo, un imposible cristiano: “vuestras reuniones causan más daño que provecho… ¿Tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los que no tienen?” (1Cor 11,22).

También en la cena de Jesús había egoísmo mezclado con amor. El egoísmo de Judas Iscariotes busca poder, dinero y brillo, produce envidia e insolidaridad, acarrea traiciones, mentiras… También la protesta de Pedro expresa egoísmo: no quiere que se pierdan las categorías y rangos mundanos. Tras la resurrección lo entenderá. El amor brilla en Jesús: “Os he dado ejemplo para lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Jesús, Maestro y Señor, ama y cuida sin imposición. Contagia el amor gratuito del Padre. Nos da su Espíritu para que sigamos su camino de cuidados a toda la creación. Capacita para actuar como el Padre “que hacer salir el sol y bajar la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). 

Oración: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

La eucaristía, Jesús, es “la hora” de tu entrega definitiva:

tras percibir que puedes ser asesinado de inmediato;

tras redoblar la confianza en el amor del Padre;

tras querer expresar a los discípulos el sentido de tu vida;

decides dejarles el memorial de tu presencia definitiva:

tu cuidado permanente, tu cercanía asombrosa…

Tu presencia resucitada nos cuida de muchos modos:

dándonos tu Espíritu en el agua bautismal;

fortaleciéndonos para ser tus testigos;

perdonando nuestros desvaríos sin cesar;

convocándonos en tu nombre:

para hacer memoria de tu vida entregada,

para dar gracias al Padre contigo por su Amor,

para alimentarnos con el pan y el vino de tu presencia;

consolándonos en la debilidad enferma de nuestra vida;

bendiciendo nuestros amores interpersonales;

desplegando carismas de servicio para el cuidado común;

haciéndonos ver tu presencia en cualquier necesitado…

El problema somos nosotros, tan limitados:

tardos en entender y en vivir tu presencia;

apegados a fuerzas opresoras por dentro y por fuera;

cegados por el ajetreo diario sin ver tu voluntad amorosa;

sordos al cuidado de los más débiles y empobrecidos.

Tu reino es fruto del cuidado fraternal:

que nace del amor del Padre, dador de vida;

que respeta y procura derechos y deberes humanos:

“derechos y deberes universales e inviolables… 

lo que necesitamos para una vida verdaderamente humana,

como son el alimento, el vestido, la vivienda,

el derecho a la libre elección de estado y a fundar una familia,

a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto,

a una adecuada información,

a obrar de acuerdo con la norma recta de la conciencia,

a la protección de la vida privada

y a la justa libertad también en materia religiosa” (GS 26).

Adelantando muerte y resurrección, te haces cuidado ilimitado:

acompañas y trabajas como el Padre en nosotros (Jn 5,17);

creas una singular presencia de cuidado permanente:

presencia real, segura, de Hijo de Dios y Hermano nuestro.

Al comer el pan y beber el vino en memoria tuya,

nos dejamos asimilar por Ti, Jesús resucitado;

nuestra vida se va transformando en vida como la tuya;

nos “ceñimos con toalla” de servicio hasta la muerte;

“lavamos y secamos los pies” para que tengan vida;

no imponemos más leyes que el Evangelio;

alentamos ministerios y carismas de cuidado servicial;

así hacemos tu fraternidad, tu Iglesia.

Preces de los Fieles (Jueves Santo. 14.04.2022)

La Cena de Jesús y el Lavatorio de los pies son la esencia de nuestra fe, de nuestra vida cristiana, de nuestra Iglesia. Cenar con el Señor y lavar los pies a los hermanos es nuestra actividad esencial. Pidamos centrar nuestra vida en el cuidado servicial, diciendo: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por toda la Iglesia:

– que promueva y viva los derechos y deberes humanos;

– que sea espejo de transparencia, de respeto, de ayuda mutua…

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por las intenciones del Papa (abril 2022):

– que “los sanitarios atiendan enfermos y ancianos, sobre todo en los países más pobres”;

– que “el personal sanitario sea apoyado por los gobiernos y las comunidades locales”.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los servidores de las comunidades:

– que sean elegidos por todos, sin discriminación de género ni estado civil;

– que los obispos y presbíteros casados puedan ejercer su ministerio del Espíritu.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por la comunidad internacional:

– que evite las tragedias humanas: guerras, refugiados, hambrunas…;

– que cuide el reparto de los bienes para que lleguen a todos.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los más vulnerables:

– que sean el centro de nuestra preocupación y cuidado;

– que se unan y trabajen por solucionar sus problemas.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por esta celebración:

– que nos dé a gustar internamente la alegría del amor;

– que nos vincule a unos con otros para el cuidado mutuo.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Bendice, Señor, nuestros deseos. Danos tu Espíritu que nos anime al servicio y cuidado mutuos, siguiendo tu camino. Te lo pedimos a ti, Jesús resucitado, que vives por los siglos de los siglos.

Amén.

«Vive de la Eucaristía»

la Eucaristía nos convertimos con Cristo en pan partido para la vida del mundo

El pan partido
El pan partido

Por Carlos Osoro

Aprovechando el Jueves Santo, os escribo esta carta sobre la Eucaristía. Quiero que para nosotros sea un compromiso vivir de la Eucaristía. Gracias a ella la Iglesia renace de nuevo. Qué bueno es sentir a la Iglesia como una red: la comunidad cristiana, en la que recibimos al mismo Señor, nos transformamos en un solo cuerpo y abrazamos a todo el mundo. Esto tiene una trascendencia fundamental para la vida de los hombres y para cambiar la historia.

Ojalá siempre viviésemos lo que el Señor, en esa comunión con nosotros, engendra en nuestras vidas. Él hace posibles esas palabras que tantas veces hemos oído: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí». Es al Señor a quien dejamos actuar en nosotros: hacemos presente y regalamos su amor, su verdad, su justicia, su paz… Esto cambia el mundo. Aun con las incoherencias y defectos que tenemos cada uno, alimentar nuestra vida de Cristo Eucaristía transforma el mundo. Cambia nuestra vida, damos de lo que hemos recibido, damos de la vida de Cristo de la que nos alimentamos.

¡Qué maravilla descubrir la Eucaristía y ver que es el corazón de la Iglesia y de la vida cristiana! Como nos dijo el Papa san Juan Pablo II, «la Iglesia vive de la Eucaristía». Los discípulos de Cristo, con las distintas maneras de expresarnos que tenemos, vivimos de la Eucaristía: las familias cristianas que son pequeñas Iglesias domésticas, las parroquias, las pequeñas comunidades, los grupos apostólicos… ¡Qué bueno es contemplar a Cristo en la Eucaristía! Él se nos da, se nos entrega, nos edifica como su cuerpo. La Iglesia tiene la posibilidad de hacer la Eucaristía y la raíz está en la donación que Cristo hizo de sí mismo.

¿Os habéis dado cuenta de que es en la Eucaristía donde se realiza el proyecto de amor más grande para la redención del mundo? Jesús hace su entrega para la redención de la humanidad. Como también subrayaba san Juan Pablo II, «la Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no solo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación» (Ecclesia de Eucharistia, 11). 

Cuando celebramos la Eucaristía hacemos como los primeros cristianos que, según recoge los Hechos de los Apóstoles, «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42). ¡Qué relato más profundo! Se dan estas características que nos posicionan en el mundo de una manera singular a los discípulos de Cristo: la fe, la predicación apostólica, el alimentarse con el partir el pan y la oración, y la preocupación por la construcción de la fraternidad y el servicio a los demás, muy especialmente a quienes más lo necesitan.

Recuerdo la carta que, con motivo del año 2000, nos escribió el Papa san Juan Pablo II, Novo millennio ineunte. Yo era obispo de Orense y señalabaalgo muy importante para la vida y la misión de la Iglesia: «Otro aspecto importante en que será necesario poner un decidido empeño programático, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como de la Iglesias particulares, es el de la comunión (koinonía), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. […] Hace de todos nosotros “un solo corazón y una sola alma”». Y puedo añadir, sin dudarlo, que tampoco puede faltar la caridad; si falta esta, todo es inútil. Como han detallado santos como san Agustín, santo Tomás de Aquino o san Alberto Magno, siguiendo todos las huellas de san Pablo, la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia. 

¡Qué maravilla contemplar la Cena del Señor! Cuanto más la contemplamos, más vemos. En ella nació la Iglesia. En aquel lugar Jesucristo manifiesta el amor más grande que siempre impulsa a dar la vida. Me gusta ver y contemplar el lavatorio de los pies en el contexto eucarístico en el que se realiza; en él nos deja el mandamiento del amor, pero este mandato solamente es posible unidos a Él y, por eso, se queda entre nosotros en la Eucaristía.

En este momento que vive la humanidad, donde hay conflictos y las divisiones son manifiestas, vuelvo al apóstol san Pablo cuando dice que «el amor de Cristo (la caridad) no acaba nunca». La Eucaristía nos une a todos los que participamos en ella y nos alimentamos de ella. Cuando hay alguna división entre nosotros, nos reclama y nos llama e invita al amor, a difundirlo, a concederlo… En la Eucaristía nos convertimos con Cristo en pan partido para la vida del mundo. Gracias a la Eucaristía acabamos por ser cambiados misteriosamente.

El lavatorio de los pies del Jueves Santo

Francisco lavará mañana los pies a 12 personas privadas de la libertad

De nuevo, Francisco lavará los pies a 12 reclusos
De nuevo, Francisco lavará los pies a 12 recluso

Por Hernán Reyes Alcaide, corresponsal en el Vaticano

Una vez más, el Papa mostrará en Jueves Santo su cercanía con los detenidos. Pese a las reticencias vaticanas por confirmar la noticia, ya es seguro que el pontífice visitará a los presos de la Cárcel de Civitavecchia, un complejo penitenciario de la región Lacio que hospeda a 500 personas privadas de su libertad. 

Estamos agradecidos al Santo Padre por haber elegido, una vez más, una periferia existencial, un lugar de proximidad para relanzar un mensaje de cercanía y esperanza. al mundo», planteó en declaraciones a la prensa el jefe de los capellanes de las cárceles de Italia, el padre Raffaele Grimaldi.

Papa y presos

«Lavar los pies de 12 presos, inclinarse ante su pobreza y debilidad, lavar los pies de quienes han recorrido caminos de violencia, pisotear los derechos de los inocentes significa para nosotros trabajadores un gesto humilde, incomprensible y escandaloso que Jesús Buen Pastor, entregó a la humanidad”, agregó Grimaldi.

Francisco celebrará laMisa Crismal en la Basílica Vaticana a las 9.30 de la mañana de este jueves y al día siguiente, antes del Via Crucis, se hará la representación de la «Passio» del Señor en la Basílica de San Pedro a las 17:00 de la capital italiana. El Via Crucis del viernes santo, tras dos años de pandemia, volverá al tradicional Coliseo romano.

El 16 de abril, el Papa celebrará la Vigilia Pascual a las 19.30 en la Basílica de San Pedro y al día siguiente, Domingo de Pascua, la misa será a las 10en la Plaza de San Pedro.

Tras la misa, Francisco dará la bendición Urbi et Orbi desde la logia central de la Basílica a las 12, en la que el Papa hará su tradicional mensaje dedicado a las problemáticas de la actualidad, con epicentro en la guerra en Ucrania.

La de Civitavecchia será la quinta prisión que visita Francisco como Papa en Jueves Santo, tras la de Velletri en 2019; la cárcel Regina Coeli de Roma, a pocos pasos del Vaticano, en 2018; la de Paliano en 2017; la de Rebibbia en 2015; y el centro de detención para menores de Casal de Marmo en 2013, al poco de haber sido elegido Papa.