Hablemos de liderazgo parroquial III

 
   
Este ejercicio es como tirar una botella al mar: encerrado, no solo va un mensaje, sino la esperanza de que alguien más lo lea y reflexione sobre el tema; también la intención de conectar con otras mentes y otros corazones que alimentados del Evangelio ardan en deseos de seguir mejorando nuestra Iglesia. Y es que este ejercicio de autorreflexión es vital para todos, no solo como una mera retórica, sino confrontados siempre por el Evangelio que custodia e interpreta el magisterio de la Iglesia. Porque al hablar de liderazgo parroquial, debemos buscar, más allá de las recetas, esquemas, modos en los que alguien lo está construyendo, el entender el espíritu de este liderazgo, que no es cualquier liderazgo, sino es uno compasivo al modo del Evangelio
 
Muchas veces nos quedamos con palabras bonitas que revisten nuestros discursos y reflexiones, pero entre tantas palabras nos vamos quedando con aquellas que más se acomodan a nuestra mejor conveniencia. Por ejemplo, en una ocasión estaba escuchando cómo los líderes en la Iglesia deberían ser los que “cuidan, acompañan y conducen a los demás a modo de ser luz de las naciones, sal para encontrar el sentido de la vida y levadura que fermente en la sociedad la presencia del Reino de Dios”. Y por supuesto que tiene razón, pero cuando solo nos quedamos con esta frase y nos olvidamos del Evangelio, terminamos justificándonos, por ejemplo, en el “conducir” para ejercer actos violentos que nada tienen que ver con el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo y con la propagación de una Buena Nueva esperanzadora. 
Un auténtico liderazgo desde la compasión 
Y es que corremos el riesgo de caer en la tentación de los absolutismos que nos llevan a vivir una dictadura que termina por arruinarlo todo, y para mantener el control comenzamos a compensar el liderazgo con una tiranía que se expresa en un esquema de castigo-recompensa que no refleja en absoluto al Padre amoroso que nos reveló Nuestro Señor. Por poner un ejemplo, preguntémonos cuántas veces nuestros laicos ven el hacer una lectura en la Misa como un premio, incluso muchos de ellos no se sienten dignos de hacerlo, o merecedores, o ven en los que lo hacen como alguien que ya ha hecho los méritos suficientes. Si no rompemos este esquema de castigo – recompensa, no podremos hablar de un auténtico liderazgo desde la compasión. Es verdad, es un esquema que tenemos sembrado en nuestra cultura, pero que es anti hospitalaria y sobre todo, anti evangélica. En todo momento, pero hoy más que nunca, la compasión no es un lujo, sino una necesidad
Este sistema violento de castigo – recompensa es sumamente perverso, pues hunde sus raíces directamente en el ser de la persona y en su quehacer, provocando tres reacciones devastadoras que, si el líder no lo sabe y lo sana, primero en sí mismo y luego en su apostolado, no podrá ser verdaderamente hospitalario al estilo de Jesús. Estas tres reacciones son la culpa, la vergüenza y el miedo. Cuando estamos cargados de estas energías, puede estar la gente muriendo a nuestro alrededor y no darnos cuenta, como lo hizo el Sacerdote de Israel y el Levita que aparecen en la parábola del buen Samaritano. 
La culpa siempre va a calificar el quehacer de la persona, se va a sentir culpable porque piensa que ha actuado mal, y esto puede suceder incluso si su actuación ha sido buena, pero por el rechazo lo ve de forma negativa o culposa, y cuando nuestra Iglesia se llena de personas que actúan “mal”,  ya sea porque cometen una equivocación, porque no están suficientemente capacitadas o hasta porque sucede un accidente no previsto, terminan por alejarse; como no sabemos romper ese sistema violento que lo provoca y seguimos instalados en el castigo – recompensa, empezamos a competir, y tratamos de ser menos “malas” que el de junto. 
La compasión evangélica 
La vergüenza en cambio califica el ser de la persona; cuando el sentimiento de vergüenza se siente es porque nos juzgamos indignos, malos, ajenos. Los pensamientos que alientan la vergüenza tienen raíces muy complejas en nuestra infancia, porque se fueron entre tejiendo con la dinámica de nuestros apegos y las reacciones que creímos necesarias para tener aceptación. Los apodos que en casa eran una muestra de cariño como “gordita”, en la escuela pasan a tener una carga negativa, de rechazo, y provoca conflictos que muchas veces terminamos reflejando en nuestras relaciones en la iglesia o con Dios mismo. Pero solo habitan en nuestros pensamientos, porque nos juzgamos así, indignos o malos delante de Dios o para su servicio. 
El miedo es una fuerza paralizante, que teniendo su parte útil, porque nos alerta para salvarnos la vida; sin embargo, cuando se alimenta de todo lo que hemos dicho anteriormente, terminan siendo irracionales como el miedo de que me regañe el padre o de que me corran de la iglesia. El miedo encierra el corazón y hace que veamos en Dios a un fantasma (Mc 6,49). En la práctica de nuestra fe cotidiana, vivimos con el miedo a equivocarnos y que nos castiguen o vivimos haciendo méritos para que nos premien y ese no es el Dios que nos mostró Nuestro Señor Jesucristo. 
La compasión evangélica, por otro lado, no es una actitud, sino es más bien una fuerza que llena a la persona cuando la vive realmente, entonces no hablamos de ningún modo de algo sentimental, sino una “dínamis” del Espíritu. Esta fuerza que proviene de Dios nos permite ver con claridad la naturaleza del sufrimiento conectando no con el dolor, sino con las necesidades no cubiertas de la persona que sufre y lo más maravilloso de este movimiento interno es que conectamos con nuestras propias necesidades y ahí, es ese espacio íntimo de las necesidades humanas y universales, se da una profunda y auténtica comunión; por eso otra cualidad a destacar de la compasión evangélica es que aspira a transformar la realidad violenta con acompañamiento, sin aferrase al desenlace, porque las virtudes cardinales le dan la certeza del cielo
El auténtico liderazgo de Jesús 
Los principales enemigos de la compasión son la lástima, la indignación moral y el mismo miedo. ¿Cuántas veces nosotros mismos o las personas que asisten a nuestras iglesias viven en estas trampas? Con ellas solo se aleja a los más necesitados de Dios y muestran un rostro hostil de una Iglesia que es Madre antes que todo. Y este sistema violento que algunos llaman “sistema chacal”, lo podemos encontrar en todas las esferas de nuestra Iglesia. 
Ahora la neurociencia ha destacado varias propiedades de vivir en la compasión evangélica como lo he descrito aquí, las principales son la resiliencia, la integración neutral y hasta el fortalecimiento del sistema inmune. En estudios que se han hecho en Oakland por el Doctor Gilbert, P., o los de Lutz, A., y otros que con resonancias magnéticas han demostrado que un cerebro que actúa en compasión como fuerza vital, trabaja con ambos hemisferios cerebrales de forma coordinada, y esto es solo un ejemplo. 
Y aunque todo esto nos puede llevar a pensar que la compasión nos debe venir del cielo, y no debe cabernos la menor duda de que así puede ser; sin embargo, podemos entrenarnos para ser líderes compasivos al estilo de Jesús. Desde las cabezas de nuestra iglesia que muchas veces dan despensas a los “más pobres”, pero a los “lázaros” sentados a sus puertas no dan ni las sobras; tal vez porque dar muchas despensas infla nuestros números o porque no hemos desarrollado eficazmente nuestra propia bondad que Dios ha sembrado en cada corazón humano. Este, creo yo, es el espíritu del liderazgo que debemos vivir y desarrollar en cada una de nuestras parroquias, para desguarnecer nuestros corazones y abrirlos al hijo que arrepentido busca a su madre la Iglesia o al que está tirado en el camino, sin ver en ellos al que desperdició su herencia o al que no piensa como yo porque es samaritano. 
Como conclusión quisiera preguntarte: ¿Estás dispuesto a reflexionar sobre el auténtico liderazgo de Jesús y amoldarte a él? ¿Estás dispuesto a no oprimir al prójimo sino buscar sus necesidades auténticas? ¿Estás dispuesto a adoptar la compasión como la fuerza vital? ¿Estás dispuesto a romper con todo sistema violento de tu vida y de tu Iglesia? “Ánimo, no tengan miedo”. 

Hablemos de liderazgo parroquial II

  


Según la definición de la RAE, liderazgo es “situación de superioridad en que se halla una institución u organización, un producto o un sector económico, dentro de su ámbito”. Su raíz etimológica es anglosajona proveniente de “lead” que significa guía. Pero ambas definiciones, una estructural y la otra intrínseca, no proyectan la demanda que implica el liderazgo parroquial.

Probablemente han escuchado la historia de los dos vendedores de zapatos que fueron enviados a África para abrir mercado, uno mandó un telegrama diciendo: “mercado cerrado, nadie usa zapatos”, mientras que el otro escribió: “maravillosa oportunidad, nadie usa zapatos”. Podría decir que algo similar ocurre con las parroquias ahora, muchos piensan que están muriendo, y somos algunos los que pensamos que aún no han visto nada.

Podemos sacar en contra de esta idea innumerables estadísticas de parroquias que han cerrado o seminarios que quedan vacíos, pero quisiera que recordáramos, como sacerdotes o incluso como laicos que hemos tenido una experiencia de conversión, cómo al inicio, ya sea que hayamos entrado al seminario o hayamos salido de un retiro o cualquier encuentro con Dios, asistíamos a todo, queríamos leer todos los libros o folletos, enterarnos de todo, entrar al coro, al grupo juvenil, al grupo de adoración, a la pequeña comunidad, íbamos a dos tres misas los domingos, etc.

Poco a poco, al siguiente año, ya empezábamos a sentir el peso de las responsabilidades, y aprendimos a limitarnos en cada cosa, hasta que terminamos solo con aquello que nos llenaba el alma, podría haber sido el silencio o solo comunidad, organizar los retiros o dar catequesis infantil; un sacerdote recién ordenado experimenta lo mismo, cuando llega a su primera parroquia quiere hacer todo, participar en todo e involucrarse con todos, hasta que, con el tiempo, va dejando responsabilidades a los demás; lo que realmente pasa es que los impulsos se van reduciendo, cuando iniciamos cada una de las participaciones son impulsivas, luego son impulsivos los periodos, hasta que finalmente el impulso está en todo nuestro programa de vida.

La compasión, esencial en el liderazgo parroquial

Muchas veces pasa lo mismo con el liderazgo, creemos que hay recetas a seguir y buscamos los pasos que impulsivamente seguimos, pensando que obtendremos el resultado final sin darnos cuenta que estamos haciendo un torpe intento impulsivo. Cuando ese mismo impulso lo dejamos de dirigir a los pasos y lo ponemos en todo el proyecto, es entonces cuando empezamos a construir un liderazgo más sólido. El liderazgo es un proyecto personal a largo plazo.

Las parroquias en mi diócesis son de 30,000 habitantes, aproximadamente, con sus excepciones tanto arriba como abajo de ese rango; sin embargo, comparten entre todas unos porcentajes de participación muy similares: 75% se dice católica, el 6.6% asiste a misa dominical y el 0.7% está comprometido con algún apostolado.

De modo que tenemos cerca de 200 personas que podemos llamar apasionados por el apostolado parroquial, tenemos otro grupo más grande, cerca de 2,500 que van a misa por diferentes razones y ayudan cuando pueden en algún proyecto sin comprometerse a nada, pero tienen algo de identidad; tenemos otro grupo mayor, poco más de 20,000, que van a misa algunas veces al año, su religiosidad está plagada de supersticiones, y su única identidad es, muchas veces, una tradición familiar; y finalmente un pequeño grupo que crece cada día más de personas que están alejadas por muchas razones, que pueden tener o no otras identificaciones religiosas. Pero nadie, ninguna persona de cada uno de esos grupos, puede ser ajeno a lo que es más esencial en el liderazgo parroquial: la compasión.

Una renovación parroquial sustentable

Incluso la persona menos creyente no puede ser inmune a la compasión, simplemente dejaría de ser humano. La compasión es un movimiento natural de la persona que al verse envuelto en manifestaciones violentas, simplemente se esconde, pero ahí está. No tendríamos familia, ni habría abuelos entusiasmados por sus nietos, ni celebraciones de cumpleaños ni más bodas o reuniones de amigos para ver el futbol si no fuéramos compasivos. Es algo que llevamos dentro y que podemos sentir. Imagina solo por un momento que Jesús hubiera dicho: “perdonen a su hermano como el Padre los perdona, aunque no sé si esto sea posible” (!¡)

Cuando cualquiera piensa que, tener una parroquia renovada con líderes compasivos que muevan a las personas a ser discípulos y encontrarse renovadamente con Cristo, es algo imposible o en el mejor de los casos muy difícil, no es por su propia culpa, sino que es culpa nuestra, de quienes pretendemos encabezar algún tipo de liderazgo, de los obispos, líderes y estructuras que actúan con un supuesto plan y dirigen su impulso a cada uno de los pasos, que les generan números que adornan muy bien sus informes; porque realizar metas cortas por impulsos es una gran tentación, pero eso no crea un liderazgo parroquial sólido pensando a largo plazo y es un error.

Cuando el impulso se pone en el plan y no solo en las metas, permite crear una especie de economía del impulso, una administración que produce resultados pero al mismo tiempo crea las condiciones para que las cosas no se terminen ahí, sino que sigan creciendo hasta alcanzar una renovación parroquial sustentable. Es vivir la renovación con la emoción que te da el ver la construcción, teniendo lideres envisionados y no la puesta de cada ladrillo que produce líderes cansados. Se trata de tener en mente la visión global.

Ojos brillantes que van haciéndose nuevos discípulos

Muchas veces somos o tenemos líderes en nuestras parroquias que solo piensan en ese 6.6% de los que asisten a misa, por ejemplo, los jóvenes que invitan a los que van a misa para que se sumen al grupo juvenil; imagina cómo sería un líder que pensara que a todos les debe gustar la parroquia, que todos deberían encontrar un lugar, que todos deberían sentirse bienvenidos, y que simplemente todavía no se han enterado de lo maravilloso que es encontrar a Dios y al hermano, tendrían que provocar una transformación desde dentro; es como decíamos al inicio, ver un problema o una oportunidad.

En realidad un buen líder parroquial no debería “hacer” nada. Yo conozco líderes que hacen todo, están en tres ministerios, comunidad, y literal, venden gelatinas el domingo. El liderazgo parroquial depende de su capacidad de empoderar a otros. Su trabajo es despertar las posibilidades de los demás. Esto se verifica cuando ves que los ojos de los otros brillan, es entonces cuando el líder sabe que lo está haciendo bien. Cuando a la gente le brillan los ojos escuchando la prédica de su pastor, cuando le brillan los ojos por aprender, por alabar, por ayudar, etc, hay un líder detrás que lo está haciendo bien; entonces el éxito en la construcción de una parroquia renovada se trata de ver cuántos ojos brillantes van haciéndose nuevos discípulos.

Podemos encontrar miles de artículos sobre liderazgo, pero pocos van a hablar sobre el espíritu del liderazgo parroquial, se trata de un caminar discipular compasivo que debe desarrollar habilidades de escucha empática, mirar objetivamente al prójimo, conectar con sus necesidades y saber vivir en el respeto que la compasión dicta. Es el mismo itinerario que hizo el Buen Samaritano o el Padre de la parábola del hijo pródigo.