Formación en la Sinodalidad

Monseñor Luis Marín: «No hay sinodalidad si no se vive la eclesialidad»

Después de más un año de trabajo sabemos realmente… ¿De qué se trata el Sínodo?»

«Es la pregunta que formuló monseñor Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo al iniciar la conferencia virtual sobre Formación en la Sinodalidad»

«Frente al momento que vive a Iglesia Monseñor Luis Marín habló de la importancia de formarse en la sinodalidad y con una formación de estilo sinodal, en donde el corazón esté abierto a la conversión»

«El obispo español asegura que será necesario formar en la opción por Cristo, partiendo de la experiencia del resucitado, adoptando la dimensión eclesial y el carácter comunitario que brota del Bautismo»

 Por Paola Calderón

Después de más un año de trabajo sabemos realmente… ¿De qué se trata el Sínodo? fue la pregunta que formuló Monseñor Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo al iniciar la conferencia virtual sobre Formación en la Sinodalidad.

Una actividad académica organizada por los formadores del Seminario San Carlos y San Marcelo de la arquidiócesis peruana de Trujillo, de la cual es arzobispo Monseñor Miguel Cabrejos, presidente del Celam y que por estos días celebran con alegría los 397 años de fundación del centro formativo.

Al dirigirse a los seminaristas Monseñor Luis Marín de San Martín, recordó que en los inicios del proceso era recurrente la relación entre el término Sínodo y la instancia que congrega a los obispos, confusión que motivó diversas acciones para explicar que el Sínodo debe entenderse como una elección para los cristianos, cuyo objetivo no es la reestructuración de la Iglesia, ni el método escogido para elevar los niveles de eficacia pastoral, mucho menos un encuentro sociológico para el intercambio de saberes.  “En realidad, ya estamos viviendo el sínodo,” afirmó. Se trata de hacer una opción cristiana por la coherencia, teniendo presente que no hay sinodalidad si no se vive la eclesialidad.

Un proceso que invita a escuchar al Espíritu Santoque inspira e ilumina de forma inclusiva y participativa. Para ello, el prelado indicó que es necesario comprender que no se trata de un proceso defensivo, por el contrario, es un camino en el que todos pueden participar porque, «somos la respuesta de Dios en este momento de la historia,» y es algo que no puede ocurrir solo desde el contexto individual, sino desde lo comunitario, es decir, desde la Iglesia. “La coherencia con Cristo nos impulsa a la misión y no a la autocontemplación,” agregó.

Los obstáculos

El proceso sinodal no ha estado exento de obstáculos y Monseñor Marín advierte que pueden presentarse los personales como los miedos y egoísmos de los cristianos que se manifiestan en el hábito de no escuchar, el no discernir la voz de Dios, el lanzarse a dar opiniones para mostrar planes ideológicos que en el fondo solo intentan convencer a los demás, tomando el nombre de Dios como herramienta.

“Vamos a escuchar a ver que nos dice el Espíritu,” afirma Monseñor Marín al tiempo que invita a superar el deseo de hacer política o la tentación de criticar desde fuera sin haber participado, sin dejarse interpelar por el llamado a la misión. “Debemos estar atentos a escuchar para buscar consensos, porque la Iglesia no está para hacer imposiciones” y debe evitarse la ansiedad por el poder, porque “el verdadero criterio no es el poder sino el servicio”. “El sínodo no quiere destruir la Iglesia, sino todo lo contrario. Yo amo apasionadamente a la Iglesia y quiero ayudarla y servirla con todas mis fuerzas. El objetivo es vivir de forma coherente nuestra fe. Por eso resulta muy triste que a veces vendamos ideología y no Evangelio. De ahí la importancia de apelar al discernimiento comunitario, que debe ser siempre en el Espíritu Santo”.

Las luces

Así como se han presentado dificultades en el camino sinodal también están los aspectos positivos, las luces que brillan dentro del proceso entre los  que se destaca la notable participación de los laicos. Un entusiasmo que permite constatar el surgimiento de la corresponsabilidad efectiva de los creyentes, esa necesidad de implicarse en el proceso renovador de la Iglesia que también debe traducirse en la toma de decisiones desde los diferentes niveles.

Frente al momento que vive a Iglesia Monseñor Luis Marín habló de la importancia de formarse en la sinodalidad y con una formación de estilo sinodal, en donde el corazón esté abierto a la conversión, se viva en humildad, con la suficiente disponibilidad para el amor, entendiendo que quienes se hallan en los márgenes representan un lugar teológico por el cual vale la pena trabajar, entregar.

Esta formación, desde la opinión del prelado, debe fundamentarse en el Evangelio, la aceptación y valoración de la riqueza eclesial; redescubriendo el valor de la Eucaristía. En realidad, afirma Monseñor Marín,  es el Señor quien llama a la puerta y espera una respuesta de nosotros desde la perspectiva espiritual. Abierta a la acción del Espíritu Santo, considerándolo como el dador de vida. Así -agrega- la oración dejará de vivirse como un evento para constituirse en un ámbito de conexión con Dios. Desde luego, este proceso nos llevará a hacer un discernimiento verdadero, capaz de cumplir la voluntad de Dios para el ahora.

Ante esta necesidad de formación en la sinodalidad y de forma sinodal, Monseñor Luis Marín propuso algunas claves formativas que superan la trinchera individual para valorar la riqueza del hogar, abandonando la condición de privilegio de laicos y consagrados, se trata de bajarse del pedestal para entregarse a la comunión.

Las propuestas

En este sentido el obispo español asegura que será necesario formar en la opción por Cristo, partiendo de la experiencia del resucitado, adoptando la dimensión eclesial y el carácter comunitario que brota del Bautismo, dispuestos a vivir la apertura y la integración, respetando y valorando la diversidad.

Una formación en la humildad y el servicio para que la corresponsabilidad sea un ejercicio propio del ministerio, donde la actitud de la escucha sea fundamental, así como el diálogo para el discernimiento de la realidad. Una formación en el conocimiento del mundo y las exigencias evangelizadoras.

Dentro de las propuestas para la profundización teológica que acompañarían este tipo de formación en la sinodalidad, Monseñor Luis Marín insiste en caracterizar este tipo de formación en la sinodalidad para que se relacione con temas como la eclesiología del pueblo de Dios, la eclesiología de comunión, la perspectiva ecuménica, el diálogo interreligioso e intercultural y la vivencia de los sacramentos; así como la evangelización y la misión compartida.

Lo más importante advierte Monseñor Marín es que se viva a plenitud el carisma y la vocación individual, tranzándose como horizonte de felicidad, la santidad que se mantiene fuera de las élites y asumiendo con creatividad las estructuras sinodales.

Para cerrar su conferencia Monseñor Luis Marín, mencionó las características de la fase continental del Sínodo y exhortó a los jóvenes a participar en el proceso por cuanto representan el presente y el futuro de la Iglesia. Su invitación a los jóvenes fue a enamorarse de Cristo, a experimentar su presencia viva, con disponibilidad y confianza, rompiendo el círculo del egoísmo en la propia vida. «Sean generosos, no tengan miedo, no busquen seguridades sino las que nos da Cristo. Sean acogedores e inclusivos, no repartan condenas, no excluyan a nadie, sean comunidad de amor. Comprométanse de verdad, no como personas domesticadas y acomodaticias, sino desde la radicalidad del Evangelio. Sean creativos; mejor que repetir ideas y conceptos, procuren ofrecer el testimonio de la propia vida. Recorran con entusiasmo el camino del Evangelio, impulsados por el Espíritu Santo, que renueva y da vida. Otro mundo es posible: cámbienlo desde Cristo. No se conformen, no se resignen, vivan este tiempo de gracia, sin angustias, sin temores, con emoción, con alegría».

Entrevista a Luis Marín

Luis Marín: “En la sinodalidad soy partidario de la política de ‘las tres pes’: paciencia, perseverancia y presencia”

Mons. Luis Marín de San Martín

“La sinodalidad no termina nunca, porque pertenece a la Iglesia en su esencia”

«Esta experiencia me ha ayudado a conocer y amar más a la Iglesia, a diferenciar lo esencial de lo accesorio o circunstancial, a valorar lo que une, a ser solidario con las Iglesias que peregrinan en medio de dificultades y dolores, a ser consciente de la urgencia evangelizadora»

«Vamos hacia una Iglesia mucho más compenetrada e interrelacionada, una Iglesia de escucha y participación, de comunión y dinamismo»

“Hace falta tomar decisiones tal vez arriesgadas, ir dando pasos, buscar siempre cómo servir mejor”

«La contraposición entre dones jerárquicos y carismáticos es falsa. Como también es falsa la solución asamblearista, la anulación de carismas por medio de los votos y las mayorías, desde una perspectiva política o sociológica»

«Caminamos juntos, confiados en el Espíritu. Con profundo agradecimiento y, sinceramente, con enorme entusiasmo»

Por Luis Miguel Modino, corresponsal en Latinoamérica

El Sínodo sobre la Sinodalidad va dando pasos y acaba de encerrar su primera etapa, la llamada fase diocesana. Ello sin olvidar que “la sinodalidad no termina nunca, porque pertenece a la Iglesia en su esencia”. De ello nos habla Mons. Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo.

Mostrando su agradecimiento por el camino recorrido, “un excelente fundamento para seguir adelante”, destaca “el entusiasmo que existe sobre todo en los laicos hacia la propuesta sinodal”, lo que le impresiona. Pero al mismo tiempo reconoce que “existe aún mucho clericalismo: si el párroco, o el obispo, es favorable, la sinodalidad va adelante y si no lo es, la puede impedir”.

Son dificultades que se afrontan desde lo que llama la “política de las tres pes”: paciencia, perseverancia y presencia. Para asumirlas, algo no siempre fácil, “lo primero es cuidar y profundizar la experiencia de Cristo”, superar el individualismo egoísta, que según el secretario del Sínodo “constituye un verdadero escándalo”, y ayudarse mutuamente.

Un camino en el que “hace falta tomar decisiones tal vez arriesgadas, ir dando pasos, buscar siempre cómo servir mejor”. Se trata de asumir que “toda la Iglesia es evangelizadora, como es comunitaria y sinodal”, que “la exigencia de testimoniar a Cristo es para todos y cada uno de los cristianos, todos debemos evangelizar”, superando el pesimismo y el miedo. También la tentación del igualitarismo y querer avanzar a partir de mayorías, señalando que el camino es la comunión.

Se inicia ahora una nueva etapa, la fase continental, algo novedoso en la historia de los sínodos, que irá dando pasos que conducirán al Instrumentum Laboris para la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que está previsto celebrar en octubre de 2023. Un camino para el que desde la Secretaría del Sínodo muestran su disposición “para aclarar, acompañar y ayudar en todo lo que se necesite”.

Acaba de cerrarse la primera etapa del Sínodo, la etapa diocesana. Sabiendo que todavía no se ha visto en profundidad todo lo que ha llegado, ¿cuáles son las primeras Impresiones?

Hemos concluido la fase diocesana, pero lo primero que habría que recordar es que la sinodalidad no termina nunca, porque pertenece a la Iglesia en su esencia. La Iglesia es siempre sinodal, en todas sus realidades y en todas sus manifestaciones. Concluir la fase diocesana no significa terminar el proceso sinodal, ni siquiera en lo que se refiere a la realidad diocesana o nacional. Las conferencias episcopales, las diócesis, las parroquias deben seguir trabajando y desarrollando los temas que aparecen en las síntesis respectivas. Las síntesis son un punto de partida, no de llegada.

Podemos decir que, en general, la llama de la sinodalidad ha prendido. De hecho, el 98 por ciento de las conferencias episcopales nombraron un referente sinodal y prácticamente el mismo porcentaje de ellas han enviado la síntesis. Jamás se había llegado a un porcentaje tan alto en sínodos anteriores. Estamos muy agradecidos a todos los que lo han hecho posible, especialmente a los equipos sinodales y a cuantos se han tomado en serio esta oferta de la gracia y han colaborado.

Sin duda, por lo que a conferencias episcopales se refiere, el proceso ha ido muy bien. Pero todavía queda mucho por hacer. Tenemos que reflexionar sobre cómo mejorar en la escucha, la apertura, la inclusión, el discernimiento, el testimonio, etc. Son temas que debemos ir considerando y que deben ayudarnos a proseguir el camino, corrigiendo lo que sea necesario. Pero tenemos, sin duda, un excelente fundamento para seguir adelante, para seguir avanzando.

¿Otros aspectos a destacar, por lo que a logros y retos se refiere?

Estamos ante un precioso testimonio de vitalidad en la Iglesia, de comunión en la fe, que no cambia, sino que se comprende mejor y se profundiza como experiencia de Cristo vivo. Al mismo tiempo se da una progresiva apertura a la pluralidad, a la integración de las diferencias como enriquecimiento mutuo. Tenemos el reto del desarrollo de la dimensión espiritual y de oración en todo el proceso, que sea verdaderamente de escucha y discernimiento en el Espíritu Santo. Y el reto de la comunidad, de la fraternidad eclesial, que el eje de la vida de la Iglesia sea el amor, la caridad. Nadie sobra.

Otro tema muy positivo es el entusiasmo que existe sobre todo en los laicos hacia la propuesta sinodal. Impresiona. No obstante, lamentablemente, hay grupos o personas que no han encontrado cauces de escucha y participación. El ámbito básico para desarrollar la sinodalidad es la parroquia. En su mayoría han funcionado muy bien. Pero en otras el párroco se ha desentendido o ha bloqueado el proceso.

Esto nos hace ver que existe aún mucho clericalismo: si el párroco, o el obispo, es favorable, la sinodalidad va adelante y si no lo es, la puede impedir. Debemos ir a otro estilo, a otra manera de vivir la eclesialidad: desde la dimensión de servicio y no de poder, desde la participación y la corresponsabilidad.

Además, hay grupos, sobre todo de los situados en los márgenes o las periferias, que nos han enviado directamente sus síntesis a la Secretaría del Sínodo. Han llegado muchas. Algunos muestran su desconfianza a nivel parroquial o diocesano. Lo que nosotros hemos hecho, en la mayoría de los casos, ha sido reorientar todo este material a la respectiva conferencia episcopal para que sea integrado. Cuando esto no ha sido posible, hemos asumido las síntesis en nuestro material para el estudio y discernimiento.

Quiero destacar también la hermosa experiencia de comunicación, escucha, intercambio y relación que hemos mantenido, desde la Secretaría del Sínodo, con los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo, con los patriarcas orientales, con tantos obispos, con los representantes de la vida consagrada y los movimientos laicales, con los dicasterios de la Curia Romana. Ha sido y es de una enorme riqueza. Personalmente, esta experiencia me ha ayudado a conocer y amar más a la Iglesia, a diferenciar lo esencial de lo accesorio o circunstancial, a valorar lo que une, a ser solidario con las Iglesias que peregrinan en medio de dificultades y dolores, a ser consciente de la urgencia evangelizadora. Me ha hecho crecer como cristiano, religioso y obispo.

Ante estos retos, ¿cómo convencer a quienes tienen más dificultad para entrar en esa dinámica?

Todos tenemos que darnos cuenta y asumir que la sinodalidad es algo que pertenece a la Iglesia. La Iglesia “es” sinodal. No se trata de una originalidad, el Papa Francisco no se la ha inventado. Basta ir a los textos de los padres de la Iglesia, a la historia de la Iglesia, sobre todo de los primeros tiempos del cristianismo: allí encontramos la sinodalidad. Está presente la comunión en el camino como dimensión constitutiva. Tal vez con otros nombres, en una variedad de modos de concretarse, pero está presente. Nos ayuda a darnos cuenta de que no somos espectadores, sino protagonistas; pero también non confronta con nuestra responsabilidad: yo puedo ser cauce de la acción del Espíritu o puedo obstaculizarla. Si no participo, si bloqueo e impido participar, debo ser consciente de que las consecuencias son graves y el daño grande.

¿Cómo afrontar las dificultades? Yo soy partidario la política de las tres pes. Lo primero es la paciencia. La Iglesia no cambia de un día para otro. Estamos ante un proceso de renovación profunda de la Iglesia a largo plazo. Nuestros tiempos no son los tiempos de Dios. A nosotros nos corresponde sembrar con humildad y amor, con disponibilidad y valentía. Si sembramos así, vendrá seguro la cosecha, cuando el Señor quiera. Segundo, la perseverancia. No nos cansemos. Los obstáculos y dificultades son retos que habrá que superar juntos, desde Cristo. Se trata de tener constancia e ir dando pasos, ir tomando decisiones, siempre orientados a la autenticidad y a la coherencia como cristianos. Tercero, la presencia. No es un proceso solo intelectual, administrativo o estructural. Es vivencial, nos afecta a las personas y requiere presencia. Por eso debemos estar cerca, acompañar: el obispo a sus sacerdotes, los sacerdotes a los grupos y laicos, etc. Todos hacemos camino juntos. Y esto debe ser una realidad.

Vamos hacia una Iglesia mucho más compenetrada e interrelacionada, una Iglesia de escucha y participación, de comunión y dinamismo.

En una sociedad, de la que participa la Iglesia, también en sus problemáticas y dificultades, ¿cómo asumir esas tres pes cuando la gente se cansa inmediatamente de hacer las cosas, cuando queremos todo para ayer y cuando hoy las relaciones, más que presenciales, se han vuelto virtuales?

Sin duda lo primero es cuidar y profundizar la experiencia de Cristo. Debemos preguntarnos: ¿experimento, como cristiano, a Cristo Resucitado, en una relación personal con él? Enseguida vamos al hacer, pero recordemos que nuestra actividad debe ser evangelizadora, es decir, de testimonio de Cristo, de reflejo de Cristo. Y esto no se improvisa, porque nadie da lo que no tiene. En segundo lugar, y relacionado con esto, debemos potenciar la dimensión comunitaria de la fe, su realidad fraterna.

 No “virtualmente”, sino en el encuentro personal que lleve a la unión de corazones, a la comunión. El otro no es una imagen ni un holograma, sino una persona amada infinitamente por Dios.

El individualismo egoísta constituye un verdadero escándalo. Y también la polarización ideológica, con sus tristes secuelas de enfrentamientos, de agresividad entre cristianos. Desde la desunión y el insulto es imposible dar testimonio de Cristo, porque, si no hay amor, estamos separados de él. Así pues, debemos recuperar la dimensión comunitaria de nuestra fe. Y para eso es imprescindible abrirnos a la caridad. Los cristianos somos hermanos, el otro es mi hermano, mi hermana, aunque piense distinto. ¿Tanto nos cuesta asumir esto?

Debemos intentar ayudarnos mutuamente, porque nos une el amor a Cristo, el amor a la Iglesia. Si hay verdadera comunión, entonces viviremos la Eucaristía, que celebra a Cristo Resucitado en la comunidad, que se une como Familia de Dios. Y seremos creíbles. Tertuliano, en su Apología contra los gentiles, comenta que los paganos se admiraban y se cuestionaban por el amor que existía en la comunidad cristiana: “Mirad cómo se aman”. Es todo un reto, pero merece la pena porque es esencial.

¿Podríamos decir que la Praedicate Evangelium es el mapa, el plano de ruta, el GPS que nos orienta hacia la sinodalidad?

En realidad, el GPS es el Espíritu Santo que nos orienta. Hace poco me decía un hermano en el episcopado que, cuando nosotros nos equivocamos de ruta, el GPS se reprograma. Si vamos por otro camino o lo bloquemos, el Espíritu Santo se las arregla para ponernos otra vez en la dirección correcta. Y si nos equivocamos otra vez, otra vez nos reorienta a Cristo.

La Praedicate Evangelium promueve la renovación profunda de la Curia Romana, que es fundamental para anuncia la Buena Noticia. Ya en el preámbulo encontramos dos ejes sinodales para la reforma. Primero la evangelización: la Curia Romana está para evangelizar, para llevar la Buena Noticia. No es solamente una estructura burocrática. Segundo la comunión: con lo que tiene de servicio al Papa y al Colegio de los obispos. Se trata de potenciar la interconexión, el trabajo en equipo, la corresponsabilidad. Es todo un programa, una apuesta valiente que no debe quedar solo en el papel. Orienta al cambio de corazones y de mentalidades. El reto es siempre la autenticidad, la coherencia.

¿Cómo lograrlo? Hace falta tomar decisiones tal vez arriesgadas, ir dando pasos, buscar siempre cómo servir mejor. El primer impulso está dado. Se necesitan personas en esta sintonía. También oración, escucha recíproca, diálogo, instrumentos que ayuden a concretar y a desarrollar estos principios. Todos aprendemos. En la Secretaría del Sínodo estamos dialogando con los dicasterios de la Curia. Es una experiencia muy buena y estamos muy agradecidos.

¿Cómo hablar de una evangelización sinodal, de sentir todos la llamada a evangelizar y entender que es algo que nace del sacramento del Bautismo y no del sacramento del Orden o de una consagración en la Vida Religiosa? ¿Cómo ayudar a hacer realidad esa evangelización sinodal?

La evangelización es otra dimensión que pertenece a la esencia de la Iglesia. Toda la Iglesia es evangelizadora, como es comunitaria y sinodal. La evangelización no se limita a algunas personas más valientes o decididas que, siguiendo una vocación específica, van a tierras lejanas, mientras que los demás vivimos, más o menos, en la grisura cotidiana. La exigencia de testimoniar a Cristo es para todos y cada uno de los cristianos, todos debemos evangelizar, comenzando por tantos ámbitos de nuestra sociedad, ajenos al Evangelio.

A este respecto, hay dos temas que me preocupan especialmente. Uno es el pesimismo, que se resuelve en el lamento constante: todo está mal, Occidente ha abandonado a Dios, estamos en una sociedad en decadencia, hay muchísimos problemas. Y ¿qué hacemos? Con frecuencia nos limitamos a quejarnos, a lamentarnos, a llorar, cuando no a agredirnos entre nosotros, pero sin dar pasos para sanear la raíz y procurar soluciones eficaces entre todos. El segundo es el miedo, que nos bloquea. Queremos no tener problemas, nos asusta comprometernos, evitamos las críticas por caminar contracorriente. Y optamos, tantas veces, por las trincheras o bien nos cerramos, buscando seguridades. Pero el cerrarnos significa la muerte, porque todo lo que se cierra en sí mismo, se muere: personas, grupos, comunidades…

Debemos abrirnos al optimismo de Cristo Resucitado y, desde él, salir, proclamar, testimoniar, comunicar la alegría, el entusiasmo por aquel que nos llena la vida, le da sentido y cambia nuestra esperanza. Esa es la experiencia de las primeras comunidades cristianas, comunidades pequeñas, pero llenas de vida, impulsadas por el Espíritu Santo. Así, estos hermanos y hermanas, superando sus problemas y deficiencias, llevaron a todo el mundo la Buena Noticia de Cristo. Esto es la evangelización.

¿Cómo integrar en el proceso sinodal los distintos carismas, las diferentes vocaciones? ¿Cómo superar los peligros del clericalismo o del asamblearismo?

No hay un único camino para seguir a Cristo, ni una única vocación. El igualitarismo es un error y un empobrecimiento. En primer lugar, la igualdad básica como bautizados se concreta y desarrolla en las diferentes vocaciones: laical, vida consagrada, sacerdotal… Ninguna es mejor o peor, sino distinta. Al laico no se le “conceden” derechos, sino que debe desarrollar al máximo su propia vocación, con todo lo que significa y todo lo que conlleva. No para suplantar al presbítero o al obispo, estaríamos ante un modo de clericalismo, sino porque lo requiere la vocación a la que ha sido llamado.

En segundo lugar, la vocación se desarrolla en un mundo concreto: debemos tener en cuenta el tiempo, el lugar, la cultura. No debemos medir todo desde la mentalidad y la cultura europea, ni siquiera occidental. La Iglesia es mucho más amplia y el mundo es mucho más variado. Así, la sinodalidad nos abre al enriquecimiento mutuo desde lo que Juan Pablo II denominaba “unidad pluriforme”.

Por lo demás, la sinodalidad no sustituye a la colegialidad episcopal, sino que la incluye. Ni existe sinodalidad sin el obispo, como tampoco la hay sin los sacerdotes, los laicos o los religiosos. Cada uno vive su propia vocación y, desde ella, sirve a la Iglesia. La contraposición entre dones jerárquicos y carismáticos es falsa. Como también es falsa la solución asamblearista, la anulación de carismas por medio de los votos y las mayorías, desde una perspectiva política o sociológica. Cristo es mucho más, la Iglesia es mucho más: es comunión. Desde ella entendemos y desarrollamos la pluralidad como enriquecimiento.

¿Y ahora qué, cuáles van a ser los próximos pasos que van a ser dados desde la Secretaría del Sínodo?

Vamos a iniciar la etapa continental, siendo conscientes, como he dicho, de que también es preciso que cada episcopado desarrolle lo que se ha recogido en la propia síntesis de la etapa diocesana. El programa de la etapa continental, que se introduce como novedad en el proceso, es el siguiente:

En el mes de septiembre en la Secretaría del Sínodo, con un equipo internacional de 25 personas, procederemos a la lectura, reflexión y discernimiento sobre las síntesis enviadas. Y después redactaremos el Documento de trabajo para la etapa continental, que se enviará a todas las diócesis y conferencias episcopales.

Entre los meses de noviembre de 2022 y marzo de 2023, el Documento se trabajará en cada realidad continental. Son siete: África, América Latina y Caribe, Asia, Estados Unidos y Canadá, Europa, Oceanía y las Iglesias de Medio Oriente. Cada conferencia episcopal continental ha nombrado un equipo de coordinación y ha elaborado un programa de trabajo. La reflexión de cada continente se plasmará en un documento.

Los encuentros continentales prevén una asamblea eclesial, en la que se recomienda que esté representada toda la riqueza del Pueblo de Dios, seguida de una asamblea episcopal. Una vez aprobado, el documento se enviará a la Secretaría del Sínodo antes del 31 de marzo de 2023.

Con los siete documentos enviados, la Secretaría del Sínodo redactará el Instrumentum Laboris para la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que está previsto celebrar en octubre de 2023.

¿Cuáles son los objetivos de esta etapa continental?

 Se incluyen en la temática de todo el proceso: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión”. El primero es considerar las particularidades de cada continente, sus necesidades específicas, sus posibilidades, reflexionar sobre el Documento de trabajo desde los rasgos propios de la realidad continental. El segundo es poner en conexión la riqueza de cada continente para beneficio de la Iglesia universal: seguir avanzando en el fortalecimiento de la relación entre los episcopados de cada continente, en sus estructuras propias y con la Iglesia universal, buscar el modo de ayudarnos más y enriquecernos mutuamente para lograr una Iglesia que viva y exprese la sinodalidad.

En la Secretaría General del Sínodo estamos a disposición para aclarar, acompañar y ayudar en todo lo que se necesite. Caminamos juntos, confiados en el Espíritu. Con profundo agradecimiento y, sinceramente, con enorme entusiasmo.

La Iglesia está en Sínodo

Al menos 100 de las 114 Conferencias Episcopales del planeta han enviado a Roma sus síntesis sinodales

El relator del proceso, Jean-Claude Hollerich, evalúa la consulta local lanzada por el Papa: “¡Esta increíble cifra nos dice que sí, la Iglesia está en Sínodo!”

El secretario general del Sínodo, el cardenal Mario Grech, garantiza que los resúmenes de los Episcopados no son “la tumba de la profecía”

El subsecretario español Luis Marín augura que el proceso tiene ya “una fuerza enorme, verdaderamente revolucionaria”

El cardenal Jean-Claude Hollerich, relator general de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, ha definido como “impresionante” la implicación de los diferentes grupos y realidades eclesiales en la primera fase de consulta sinodal que se ha cerrado justo antes del verano.

Con esta impresión inicial, detalló que el 98% de las 114 Conferencias Episcopales del planeta cuentan con una persona de contacto o un equipo sinodal y que, hasta hoy, ya han recibido 100 síntesis. “Y siguen llegando. ¡Esta increíble cifra nos dice que sí, la Iglesia está en Sínodo!”, compartió sin debelar cuales son los Episcopados más rezagados o ‘negacionistas’ del proceso.

Radiografía global

Es una de las conclusiones que los máximos responsables del Sínodo de la Sinodalidad han expuesto hoy en una rueda de prensa con motivo de repasar los pasos dados en la consulta mundial lanzada por Roma a todas las diócesis del planeta que ahora se encamina hacia una fase continental que analizará todas las propuestas lanzadas desde los diferentes países. Y todo, encaminado a octubre de 2023, cuando en principio está previsto que toda esta radiografía eclesial se exponga en una gran cumbre en Roma bajo la presidencia del Papa Francisco.

Hollerich puso en valor, tanto las reflexiones enviadas por las Iglesias católicas orientales, así como a través de los diferentes ‘Ministerios’ vaticanos, desde la Secretaría de Estado mano a mano con los nuncios al Dicasterio de los Laicos, pero también a través de la Unión de Superiores Generales y la Unión Internacional de Superioras Generales. “Las comunidades de vida consagrada tienen un patrimonio ‘sinodal’ que ofrecer a toda la Iglesia, y el proceso sinodal se lo ha recordado y nos lo ha recordado”, subrayó.

Diálogo sin precedentes

Todo esto le llevó a asegurar que “estamos ante un diálogo eclesial sin precedentes en la historia de la Iglesia, no sólo por la cantidad de respuestas recibidas o el número de personas implicadas (que para algunos que quieren confiar únicamente en números – que solo puede ser aproximado – puede parecer limitado) sino también por la calidad de la participación”.

“Contrariamente a lo que pudiera pensarse, muchas de las aportaciones enviadas no son meros pliegos de pretensiones, sino verdaderos trabajos de escucha y discernimiento”, apuntó el cardenal, que subrayó a continuación: “¡Quiero asegurarles que leeremos atentamente sus contribuciones y las tomaremos en serio!”.

No se trata de forzar

De la misma manera, volvió a recordar que el Sínodo “no es un parlamento donde se vota y se decide por mayoría y donde hay una izquierda y una derecha”. “No se trata de forzar”, alertó, quizá con el pensamiento puesto en el Camino Sinodal alemán. Además, Hollerich aseguró que “no estamos preocupados” porque el Sínodo pueda ser mediatizado por las cuestiones polémicas que pueden rodearlo, aunque reconoció que “las tentaciones” están ahí.

Con una dosis de realismo sobre la colaboración de algunos obispos en el proceso realizado, el secretario general de la Secretaría General del Sínodo, el cardenal Mario Grech, reconoció que “no nos hacemos ilusiones de que el principio de la consulta se haya aplicado con el mismo cuidado en todas las Iglesias”. “Estamos al comienzo de un camino eclesial que exige paciencia, exige una conciencia de que todos están llamados a participar, cada uno según su condición y función”, añadió. En este sentido, preguntado por las suspicacias generadas por el Camino Sinodal alemán, se limitó a

Sacramento de unidad

De hecho, se hizo de algunas de las críticas recibidas sobre el resumen realizado por los Episcopados a partir de las reflexiones de las parroquias y grupos locales. “Más de uno argumenta que los resúmenes de las Conferencias Episcopales serán la tumba de la profecía”, aseveró. Desde ahí, apuntó que “es hora de superar esta sospecha, esta reserva que ciertamente tiene sus razones históricas, pero que contrasta con la naturaleza de la Iglesia, que es “un” sacramento de unidad, es decir, un pueblo santo reunido y ordenado bajo la guía de los obispos”.

En este sentido, Grech lanzó un encargo a los prelados, a quienes les instó a no dar por zanjado el trabajo, sino a guiarse por el “principio de circularidad”, por el cual, tanto la síntesis nacional como continental han de ser trabajadas de nuevo por las diócesis. “Cada obispo está obligado a poner el documento en conocimiento de su Iglesia y leerlo atentamente al menos en los órganos participantes y redactar las observaciones con el equipo sinodal para ser enviadas a la Conferencia Episcopal o al Secretariado de la Asamblea Continental”, subrayó el purpurado en un proceso en el que se busca una “lectura crítica” que sea “capaz de activar la dinámica sinodal a través de la circularidad entre los sujetos y niveles de vida eclesial”.

Proceso irreversible

Para el subsecretario de la Secretaría del Sínodo, Luis Marín, la aventura sinodal hasta ahora es “decidida y claramente positiva”. Es más, sentenció que “no cabe duda de que, desde el Espíritu Santo, el proceso adquiere una fuerza enorme, verdaderamente revolucionaria”.

“Creo que estamos en un proceso irreversible, con distintas velocidades, lleno de matices y necesario de clarificaciones, pero sin vuelta atrás”, sentenció el agustino español, con el convencimiento de que “poco a poco, va calando, se va purificando y va renovando y reformando la Iglesia”.

Con la premisa de que se trata de un “proceso espiritual, en y del Espíritu Santo” que “tiene como eje el amor verdadero: hacia Dios, hacia la Iglesia, hacia la humanidad”, Marín considera que el camino de la sinodalidad abierto “evita el peligro tanto del ‘espiritualismo’ como del ‘sociologismo’”. “No se trata, prioritariamente, de cambio de estructuras (vendrá como consecuencia), minuciosas programaciones, profundas reflexiones académicas y mucho menos de reparto del poder o de marketing para la promoción personal o grupal”, alertó el religioso.

Descorrer cerrojos

Por eso, apuesta por conjugar como Iglesia a partir de ahora los verbos “salir”, “arriesgar”, “testimoniar” y “transformar”, que pasa por “escuchar a todos” en un “proceso integrador” y “dinámico” que implica “descorrer los cerrojos”. “No deben asustarnos las diferentes velocidades ni producirnos ansias el logro de resultados inmediatos”, apuntó, desde el deseo de “asumir un nuevo modo de ser Iglesia más coherente”. “Constraste y diversidad significa riqueza, esto no puede ser un proceso fotocopia, eso no es una familia y la Iglesia es una familia”, expuso con rotundidad.

Por su parte, la subsecretaría de la Secretaría del Sínodo, Nathalie Becquart, compartió “la impresionante movilización en todo el mundo para responder al llamado del Papa Francisco a participar en el Sínodo”. Así, puso en valor especialmente las aportaciones realizadas por países que atraviesan “múltiples crisis” como Nicaragua, Ucrania, Haití, Myanmar, Líbano, la República Centroafricana…

Estilo franco

Aterrizando en las cuestiones expuestas por los católicos, la religiosa francesa valoró “su estilo tan franco que no duda en nombrar no sólo las buenas experiencias de ‘caminar juntos’ que ya se están viviendo sino también en denunciar sin lenguaje de madera los obstáculos y las dificultades reales”.

Becquart no dudó en citar la síntesis enviada por la Conferencia Episcopal Española, para subrayar cómo, el trabajo realizado a lo largo de este primer año de consultas y encuentros “ya está dando sus frutos sobre el terreno y continuará”.

Acompañar de cerca

Con la vista puesta en la nueva etapa sinodal que se inicia, el padre Giacomo Costa, consultor de la Secretaría General del Sínodo y jefe del grupo de trabajo para la elaboración del Documento para la fase continental, aseguró que buscan “acompañar de cerca a cada continente no para imponer un modelo igual para todos, que no podría existir, sino para que cada uno encuentre el camino adecuado a sus circunstancias para crear una oportunidad de intercambio y comparación”.

En la rueda de prensa también tomó la palabra Susan Pascoe, miembro de la Comisión Metodológica de esta fase continental, que habló de la experiencia sinodal en Oceanía. En concreto, hizo referencia a las dificultades logísticas a las que se enfrentan para abordar un documento común, como el número escaso de vuelos, los costes de los viajes, los problemas para las conexiones digitales, las limitaciones del coronavirus… Aun así, valoró que “ya hay un impulso para una forma más sinodal de ser Iglesia”.

La fase continental del proceso sinodal

El secretario del Sínodo de los Obispos presenta la fase continental

Cardenal Grech: «No debemos contraponer una Iglesia del pueblo contra una Iglesia jerárquica»

Cardenal Grech

“Estamos al inicio de un camino eclesial que exige paciencia y conciencia de que todos debemos de participar, cada uno según sus funciones y responsabilidades en la vida eclesial. Lo importante es demostrar que en el camino de la Iglesia se inicia y coge fuerza la escucha”, señaló el cardenal maltés

Grech aseguró que, con las síntesis nacionales enviadas a la Secretaría del Sínodo, un grupo de expertos elaborará el instrumentum laboris. “Se garantizará el espíritu de la consulta realizado”, afirmó el cardenal, que explicó que en esta segunda fase continental serán precisamente las asambleas continentales “las que están llamadas a releer esta síntesis para ver si están de acuerdo

Luis Marín de San Martín: «Mi valoración es decidida y claramente positiva, un procesos irreversible, de distintas velocidades y que nos abre a la reforma de la Iglesia»

26.08.2022 José Lorenzo

“Estamos al inicio de un camino eclesial que exige paciencia y conciencia de que todos debemos de participar, cada uno según sus funciones y responsabilidades en la vida eclesial. Lo importante es demostrar que en el camino de la Iglesia se inicia y coge fuerza la escucha”. 

Son las palabras del secretario general del Sínodo de los Obispos, Mario Grech, al presentar esta mañana en el Vatican la segunda etapa del Sínodo sobre la Sinodalidad de 2023, que, en un «diálogo circular», entra a partir de ahora, concluida la fase de escucha diocesana y nacional, en la fase continental.

«Escucha y discernimiento»

El cardenal maltés, que señaló que las síntesis enviadas a la Secretaría del Sínodo muestran la realidad de “una “Iglesia viva”, señaló que en ella “ninguno tiene la exclusiva de la verdad y esta escucha demanda una discernimiento, se necesita una de profecía y discernimiento”.

Por ello, abogó por la necesidad de “tener una inteligencia plena de lo que el Espírito dice a la Iglesia a través de un proceso que necesita una decantación, con el sentir juntos”, así como tratar de “no contraponer una Iglesia del pueblo contra una Iglesia jerárquica”, sino que “tiene que prevalecer la unidad”.

¿La tumba de la profecía?

Y apuntó que ese discernimiento -palabra que subrayó como determinante en este proceso-, “tiene que seguir en el colegio de los obispos, y aunque algunos creen que esto será la tumba de la profecía, es tiempo de superar estas sospechas”, apuntó.

Grech aseguró que, con las síntesis nacionales enviadas a la Secretaría del Sínodo, un grupo de expertos elaborará el instrumentum laboris. “Se garantizará el espíritu de la consulta realizado”, afirmó el cardenal, que explicó que en esta segunda fase continental serán precisamente las asambleas continentales “las que están llamadas a releer esta síntesis para ver si están de acuerdo con la forma en que se ha resumido las aportaciones de cada continente”, pudiendo hacer críticas al resumen elaborado en Roma, con lo que se asegura ese “diálogo circular”.

Luis Marín

El español Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo, subrayó por su parte que este proceso de escucha sinodal, en su opinión, «ha sido una bella experiencia de eclesialidad, de comunión y universalidad».

«Mi valoración es decidida y claramente positiva, un procesos irreversible, de distintas velocidades y que nos abre a la reforma de la Iglesia», añadió el religioso agustino que aseguró que, «a consecuencia de este Sínodo, vendrá un cambio de estructuras».

Una oportunidad para la reforma de la Iglesia

Luis Marín: “Queremos una Iglesia abierta, que hable el lenguaje de la gente”

El subsecretario de la Secretaría General del Sínodo ha explicado que “el proceso sinodal nos ofrece la oportunidad de una reforma profunda en la Iglesia”

  • “El proceso sinodal nos ofrece la oportunidad de una reforma profunda en la Iglesia: la originada por el Espíritu Santo, que nos une a Cristo y nos impulsa a dar testimonio en la misión evangelizadora“. Así lo afirma el obispo de Suliana y subsecretario de la Secretaría General del Sínodo, Luis Marín, en un documento titulado ‘Juntos con Cristo en el camino’.

Por ello, el proceso sinodal es “un movimiento hacia dentro, de coherencia, y también hacia fuera, de comunicación y testimonio. Queremos una Iglesia abierta, que hable el lenguaje de la gente, que sienta y comparta sus problemas. Y que sea coherente. El Evangelio no se hace atractivo por adaptación ni por tibieza, sino por el testimonio radical y creíble de Cristo tanto por parte del individuo como de la comunidad”.

Tal como ha subrayado el obispo, “este camino lo recorremos no en soledad, sino en comunidad, es decir, en relación y participación, abiertos al diálogo y a la corresponsabilidad”. Sin embargo, “hoy, en la Iglesia, encontramos fuerzas centrífugas que la convulsionan” y que “hay que superar: La pérdida del sentido de universalidad eclesial, de catolicidad; la creciente ideologización; y la mundanización”. En esta última “se inscriben el clericalismo y el asamblearismo. En definitiva, en su base, no está el servicio, que es donación gratuita de amor, sino el poder: cómo conservarlo, como repartirlo, o cómo participar en él”.

A pesar de todo, Marín se muestra convencido de que “al dirigir la mirada al momento que estamos viviendo, la consideración es sin duda optimista y esperanzada”. “Creo sinceramente que estamos en un proceso irreversible, con distintas velocidades, lleno de matices y tal vez necesario de clarificaciones, pero sin vuelta atrás. Porque no se trata, esencialmente, de cambio de estructuras, reparto del poder, minuciosas programaciones, sesudas reflexiones académicas o marketing para la promoción personal o grupal”, explica. “Se refiere a la vivencia coherente de nuestra fe, nos vincula a Cristo y a los hermanos, tiene como eje el amor verdadero y nos abre al dinamismo evangelizador. Se trata de una opción esencialmente creyente”.

Trabajar por la fraternidad

Otro importante reto sinodal, para Marín, es el de la fraternidad. “En este mundo de los contrastes, las injusticias, las sangrantes desigualdades, el Papa nos invita a recuperar la hermandad básica, que brota de la imagen de Dios en todo ser humano”. Pero, “si dirigimos la mirada a la realidad misma de la Iglesia, advertimos la creciente polarización ideológica, que con demasiada frecuencia olvida la caridad, rompe escandalosamente la comunión y daña la unidad”.

Es, en este sentido, “la ausencia del amor fundante, del amor primero, la falta de la experiencia de Cristo, conduce a una progresiva y evidente radicalización en nuestros días. Es imposible que el mundo crea, que encuentre a Cristo en nosotros, si hacemos del Evangelio una ideología, llegando a rechazar de forma colérica y agresiva a quienes piensan de manera diferente, tienen otra sensibilidad o no siguen nuestras ideas. Llegando hasta el punto de considerarlos enemigos. Esto es un escándalo, que debe ser denunciado y corregido”.

A modo de conclusión, el prelado ha señalado que la sinodalidad es un proceso que no termina, “porque forma parte de la identidad eclesial: del ser, actuar y estilo de la Iglesia”. “Resulta equivocado pensar que la sinodalidad en curso finaliza con la fase diocesana, con la etapa continental o con la celebración de la Asamblea del Sínodo de los obispos, que son eventos que se integran en el único proceso sinodal”, dice.

De igual manera, “todas las manifestaciones o formas concretas en las que se expresa la sinodalidad, no pueden ni deben contemplarse como eventos aislados y desconectados: los sínodos nacionales o locales, las asambleas (como la reciente del CELAM), los consejos pastorales en los diferentes niveles, los dicasterios de la Curia Romana, etc. Estas estructuras son elementos que conservan su propia identidad, pero que solo cobran verdadero sentido integrados en el todo eclesial”. “También necesitamos avanzar en la relación entre las Iglesias locales y los organismos nacionales-continentales y entre las Iglesias locales entre sí y en la Iglesia universal”, añade.

Sinodalidad sin aditivos

 

Luis Marín

La Secretaría General del Sínodo de los Obispos ha pasado a ser la Secretaría General del Sínodo. “Sin añadidos”, como apostilla el subsecretario del departamento vaticano, Luis Marín, en una entrevista con Vida Nueva.

Esta modificación entró en vigor el 5 de junio, después de que se citara a dicha Secretaría con esta nueva nomenclatura en el artículo 13 de la constitución apostólica ‘Praedicate Evangelium’ sobre la reforma de la Curia, aunque este organismo no sea netamente curial. Sin embargo, el hecho de eliminar el ‘apellido’ habla de cómo su tarea no solo se limita ya al servicio a los pastores, sino a toda la comunidad eclesial. Como apunta el obispo español, “no se trata de abolir la colegialidad episcopal, sino de insertarla en la sinodalidad de todo el Pueblo de Dios”, apostillando que “la colegialidad episcopal es una expresión de la sinodalidad, pero no la agota”.

Marín aclara que, por el momento, “la Asamblea del Sínodo de los Obispos no cambia su denominación ni su realidad, sigue siendo Sínodo de los Obispos”. Sin embargo, no es menos cierto que la simplificación del título de la Secretaría General habla de una pluralidad que, antes o después, requerirá una transformación de las estructuras, como ya está teniendo lugar de facto en aquellas diócesis, parroquias, congregaciones, comunidades y otras realidades eclesiales que, más allá de la consulta sinodal, han abierto procesos de conversión para que su día a día esté anclado en los ejes de la comunión, la participación y la misión.

Para quienes, por naturaleza o ideología, se resisten al cambio, este salto supone un pretexto más para alimentar comidillas sobre un supuesto parlamentarismo de criterios políticos, cuando en realidad se enmarca en ese sensus fidei que exige una corresponsabilidad real del laico, compatible con las atribuciones propias del obispo, desde un liderazgo compartido.

Libre de prejuicios

La transformación que está viviendo en su seno la Secretaría General desde la puesta en marcha del Sínodo sobre la sinodalidad habla de esa Iglesia semper reformanda, tal y como recordó precisamente Francisco durante la misa de Pentescostés, fecha más que significativa para que se comenzara a aplicar Praedicate Evangelium.

“En cada época, el Espíritu le da vuelta a nuestros esquemas y nos abre a su novedad; siempre enseña a la Iglesia la necesidad vital de salir, la exigencia fisiológica de anunciar, de no quedarse encerrada en sí misma”, apuntaba el Papa sobre una brisa fresca que exige, hoy más que nunca, escucha, apertura de miras y un caminar juntos sin que nadie se quede fuera, por exceso, o por defecto. Y, sobre todo, en una andadura sinodal libre de prejuicios, apellidos, añadidos y aditivos.

Entrevista con el subsecretario del Sínodo de los Obispos

Luis Marín de San Martín
Luis Marín de San Martín

Mons. Luis Marín de San Martín: “La sinodalidad es un proceso dinámico que no termina nunca”

«Toda la Iglesia y todo lo que es Iglesia debe ser sinodal. Se trata de un proceso de escucha y discernimiento que se orienta a la común tarea evangelizadora desde la participación, interrelacionando, no anulando, las diferentes vocaciones y carismas»

«Resulta imprescindible la humildad como actitud y el amor como fundamento. Solo así seremos capaces de implicarnos en esta propuesta de renovación y esperanza y ser cauces de la gracia»

«El proceso sinodal nos une a Cristo, a una experiencia fuerte de Cristo, y al mismo tiempo hace posible una experiencia de comunidad eclesial, una experiencia de Iglesia, de comunidad que camina, que va hacia adelante, que se desarrolla, una comunidad dinámica»

Por Luis Miguel Modino, corresponsal en Latinoamérica

Caminar juntos, comunión en el camino. Estamos hablando de sinodalidad, de una Iglesia familia de Dios, como nos hace ver Mons. Luis Marín de San Martín. El subsecretario del Sínodo de los Obispos nos ayuda a entender la importancia de la sinodalidad, algo que pone en juego la coherencia de la Iglesia.

La sinodalidad lleva a la escucha, con humildad y amor, en una Iglesia donde la pluralidad enriquece. A pesar de las reticencias, vale la pena apostar por la sinodalidad, pues “esta es la única forma de ser Iglesia, porque es la Iglesia de Cristo”.

Sinodalidad, una palabra que podemos decir que es de la primera Iglesia, que fue impulsada hace 60 años por el Concilio Vaticano II, pero que a mucha gente todavía le suena como algo extraño. ¿Qué significa esa sinodalidad?

La sinodalidad, no tanto la palabra, pero sí el concepto, nos remite a la Iglesia primitiva, a la Iglesia de los Apóstoles. Es una Iglesia familia de Dios, participada, unida a Cristo, que evangeliza, dinámica. Esta es la sinodalidad, caminar juntos, comunión en el camino.

En primer lugar, ser cristianos significa incorporarnos a Cristo, conocer a Cristo experiencialmente, profundizar en Cristo y anunciar a Cristo. Esto es caminar, esto es propio de la Iglesia. En segundo lugar, siempre juntos, en comunidad, en familia, nunca en el aislamiento, nunca en el egoísmo, nunca en el individualismo, como comunidad, una sola Iglesia, una sola familia, juntos.

Y esto tiene que ir entrando en el ser, en el actuar y en el estilo de la Iglesia. Esta es la sinodalidad y en esto estamos. No es nada nuevo, pero al mismo tiempo puede ser nuevo el ímpetu, el acento, el darnos cuenta de lo que trae consigo esta apuesta actual por la sinodalidad.

La sinodalidad es un proceso dinámico que no termina nunca. Toda la Iglesia y todo lo que es Iglesia debe ser sinodal. Se trata de un proceso de escucha y discernimiento que se orienta a la común tarea evangelizadora desde la participación, interrelacionando, no anulando, las diferentes vocaciones y carismas. Comienza desde abajo, como experiencia eclesial, con tres ideas clave en lo que se refiere al modo de proceder: apertura, cercanía, acompañamiento.

Sínodo 2023 1

¿Y por qué es importante la sinodalidad para la Iglesia?

Porque nos hace ser coherentes, no es algo añadido, hace referencia al ser de la Iglesia. Uno de los problemas que tenemos hoy cuando decimos que no llegamos, que hay grandes bolsas de increencia, que el número de creyentes es mínimo, es que debemos ser coherentes con nuestra fe, conocer a Cristo expriencialmente, unirnos a los demás cristianos. Y el segundo elemento el testimonio, es importante la sinodalidad porque nos impulsa a la evangelización, a una Iglesia abierta, que sale, Pueblo de Dios en camino.

Nos estamos jugando la coherencia de la Iglesia. No es una cuestión de estructuras, no es una cuestión de cambio, de reparto de poder, ni siquiera una cuestión de programación para un mejor apostolado. Hace referencia a la esencia de la Iglesia, a lo que somos, a nuestra coherencia como cristianos.

Insisto en que la sinodalidad es de toda la Iglesia. Por tanto, no se trata solo de “preparar” el Sínodo de los Obispos, sino que estamos ya viviendo y desarrollando el Sínodo, caminar juntos todo el Pueblo de Dios, como realidad de la Iglesia entera que se va concretando en diversas realidades. El Sínodo de los Obispos, no es el punto de llegada, sino un elemento más en el proceso hacia una Iglesia sinodal. Es un modo de expresar y ejercer la colegialidad episcopal, que tiene su puesto y cumple una función por lo que se refiere a los obispos. Podemos buscar otras estructuras para expresar y vivir la sinodalidad de toda la Iglesia; mejorar, pero no suplantar o anular las que funcionan. No seamos reductivos sino siempre creativos.

Uno de los fundamentos de una Iglesia sinodal es la escucha. ¿Cómo pasar de una Iglesia discente a una Iglesia oyente, qué pasos deben ser dados, que actitudes deben cambiar?

Primero cambiar el corazón y ponernos en actitud de escucha. Este es el gran reto, hemos llegado a un momento en que nos gusta mucho el hacer, el activismo, el decir, el escribir. Quizás debemos detenernos un poco y escuchar, escucharnos los unos a los otros y todos al Espíritu Santo. Porque este también es el gran reto, está costando la dimensión orante de este proceso sinodal.

Nos ponemos en seguida a discutir, a opinar, a hablar. Hacemos un trabajo sociológico, no es un trabajo de escucha, para poder discernir, escucha entre todos y todos al Espíritu Santo. Este es uno de los elementos esenciales de este proceso sinodal. Proceso de escucha, para el discernimiento, cual es la voluntad de Dios, qué es lo que nos pide Dios en este momento de la historia, como cristianos debemos tomar decisiones, este es el proceso.

Resulta imprescindible la humildad como actitud y el amor como fundamento. Solo así seremos capaces de implicarnos en esta propuesta de renovación y esperanza y ser cauces de la gracia.

Escuchar

¿En una sociedad plural, y en una Iglesia que debería ser plural, algo que nace del Concilio Vaticano II, como asumir ese discernimiento comunitario, superando un discernimiento exclusivamente jerárquico?

Desde la visión de Iglesia, es toda la Iglesia, una imagen de Iglesia como familia de Dios. En una familia hay un lazo de amor, sino no hay familia, habrá individualidades, la familia nos une. La Iglesia es comunión, es unidad en Cristo, es familia de Dios. Por tanto, esa unidad en el amor. Desde ahí se admite la pluralidad, las diferencias, que enriquecen y son necesarias. No podemos ir a una Iglesia estilo fotocopia, donde todos somos igual y lo mismo, pensamos lo mismo, tenemos la misma cultura, esto es imposible, esta no es la Iglesia de Cristo.

Admite la diferencia, la pluralidad, eso enriquece. Si hay unidad en el amor, las diferencias enriquecen, sino enfrentan, se convierten en ideología. El proceso sinodal, en este proceso de escucha, lo que posibilita es encontrar al otro como alguien que hace el mismo camino, que es mi familia, que es de verdad mi hermano o mi hermana, al que quiero y ayudo, que me quiere y que me ayuda. Es una Iglesia distinta, una Iglesia hogar, una Iglesia alegre, una Iglesia que entusiasma. Si no, estamos en las luchas ideológicas, las particularidades, los grupos, los enfrentamientos, esto no es la Iglesia de Cristo, esto no es Cristo. Esto es un mensaje de amor, mensaje de alegría, mensaje de Redención.

Habla del proceso de escucha. Es verdad que el Sínodo es algo antiguo en la vida de la Iglesia, ¿pero podríamos decir que la experiencia del Sínodo para la Amazonía, en el que por primera vez se llevó a cabo un proceso de escucha amplio, en el que participaron inclusive personas que no forman parte de la vida de la Iglesia expresamente, ha mudado la dinámica en la realización de los sínodos?

Ha habido dos sínodos que han marcado, uno es el Sínodo de los Jóvenes, que ayudó mucho. Y a partir de ahí fue donde se decidió que el siguiente Sínodo fuese sobre la Sinodalidad. También el Sínodo sobre la Familia, con otro estilo, que demostró que es posible, a pesar de las dificultades. La Iglesia es una Iglesia de escucha a todos, empezando por los propios cristianos, y a veces ni siquiera los cristianos nos escuchamos verdaderamente, como miembros de una familia, como seguidores de Cristo, como evangelizadores, prima más la ideología.

También escuchar a todos los que no tienen voz, algo en lo que el Papa está insistiendo mucho. No siempre los mismos, no nos quedemos con los de siempre, con círculos cerrados donde están los que más o menos piensan como nosotros, nos conformamos con la participación en la escucha de los de siempre. Hay que abrir, que todos tengan posibilidad de participar, que es lo que pasó en el Sínodo para la Amazonía. La voz de los que no hablan nunca, de los que no tienen la oportunidad de expresarse.

Incluso todos los que quieren ayudarnos con buena voluntad, que es el paso que da la Fratelli tutti. El punto sería la imagen de Dios en todo ser humano, que nos hace a todos hermanos, todos somos hijos de Dios, todos somos imagen de Dios. Todos los que quieren ayudarnos vamos a escucharlos, vamos a ayudar con este proceso de escucha y en un discernimiento, pues nos ayudan al discernimiento en el Espíritu, en diversos niveles, personal, parroquial, comunitario, eclesial, y luego se toman decisiones.

El Sínodo para la Amazonía y el Sínodo de los Jóvenes han abierto la puerta a un estilo diversos y además han mostrado que es posible. Hay que tener paciencia, ir dando pasos, con mucha tranquilidad, orando, haciendo discernimiento y caminando juntos. Esto es lo que nos remite a la Iglesia de los Padres, a la Iglesia de los primeros tiempos, no es otra cosa, no inventamos ninguna novedad, vamos a las raíces. También el Concilio Vaticano nos muestra esto, no inventa, no cambia. Quizás lo que hemos hecho nosotros ha sido cambiarla mal. Es ir a las raíces, es revivir lo que es la realidad de la Iglesia primitiva, la Iglesia de Cristo y del Espíritu.

Quiero destacar la importancia de la Conferencia de Aparecida en la promoción e impulso de la sinodalidad. Su documento conclusivo constituye, sin duda alguna, un excelente fundamento para comprender el alcance de este proceso. Junto al documento de Aparecida tenemos también su desarrollo práctico en la Asamblea de América Latina y el Caribe. Invito también a releer la exhortación Evangelii gaudium y la encíclica Fratelli tutti.

Abertura Sínodo

Sabemos que la sinodalidad es un camino, pero también sabemos que hay gente que está contra ese camino. ¿Qué es lo que dificulta que esa Iglesia sinodal sea asumida?

No hay que asustarnos, hay personas que no entienden bien de qué se trata, gente que con buena voluntad no lo entiende, pues quien no tiene buena voluntad, lo que uno puede hacer es que haga el menos daño posible. Entonces hay que formar, hay que dialogar, esto ya es Sínodo, caminar juntos, hablarlo, comentarlo, a lo mejor nos ayudamos mutuamente. Hay otras personas que la cuestión viene no por el desconocimiento, sino por el miedo a modificar las estructuras que siempre han funcionado.

Esto puede ser peligroso porque a veces, como hemos encontrado en sacerdotes, en obispos, incluso laicos, dicen que esto significa perder el poder, esto significa que mandan todos. La conversión es al servicio, no al poder, hay que cambiar el chip, esto es una falsa concepción del Magisterio. Hay otras personas que están desilusionadas, que dicen que otra reforma, otra novedad, va a ser siempre lo mismo. ¿Pero por qué va a ser siempre lo mismo? Dejemos al Espíritu actuar, vamos a experimentarlo, no bloqueemos al Espíritu.

Por último, hay otras personas que dicen que es un trabajo añadido, que ya tenemos mucho trabajo, hay planes pastorales, planes diocesanos, esto es como un peso más. No, es lo mismo, hacer lo que se está haciendo, pero de otra manera, más interconectados, más a la escucha, para poder realmente vivir como comunidad cristiana y poder evangelizar. Hay diferentes tipos de opinión, no hay problema si se tiene buena voluntad, si hablamos. Hay distintas velocidades, pero es curioso, el grupo más entusiasta son los laicos, en todo el mundo, sin duda alguna, y el grupo más reticente son algunos ámbitos clericales.

Nadie ha dicho que sea fácil, vamos adelante, con buena voluntad, con disponibilidad, y sobre todo hablando, vamos a hablar, escucharnos, dialogar, hacer experiencia sinodal real. Yo les digo a quienes manifiestan estas dificultades, estos problemas, que no hay que tener miedo, qué hubiera sido si los apóstoles o la primitiva Iglesia hubiesen visto los miedos de salir, de ir al Imperio Romano, de cambiar mentalidades, de hacer apuestas fuertes. El Espíritu nos guía, y él es el que nos va guiando, sin duda alguna, y esto nos da tranquilidad, esto también nos da seguridad.

¿Por qué vale la pena apostar por una Iglesia sinodal? ¿Cuáles son las riquezas que podemos encontrar en esta forma de ser Iglesia?

Esta es la única forma de ser Iglesia, porque es la Iglesia de Cristo. El proceso sinodal primero nos une a Cristo. No existe otro Cristo que el Cristo Resucitado, y el Cristo Resucitado es el Cristo unido a su Iglesia, a todos los bautizados, al pueblo de Dios, este es el Cristo, no hay Cristo separado de su Iglesia.

Por tanto, el proceso sinodal nos une a Cristo, a una experiencia fuerte de Cristo, y al mismo tiempo hace posible una experiencia de comunidad eclesial, una experiencia de Iglesia, de comunidad que camina, que va hacia adelante, que se desarrolla, una comunidad dinámica. Sobre todo, el proceso sinodal es importante porque es un momento del Espíritu, que, y aquí viene la dificultad, necesita de nosotros. Fue algo que el Papa le dijo al pueblo de Roma hace un año, el Espíritu Santo nos necesita.

Podemos frustrar la acción del Espíritu, esto es muy serio. Podemos ser cauce de la gracia, cauce del Espíritu, y esto es la apuesta, la oferta del proceso sinodal. Por eso estamos en un momento crucial, en un Kairós, que pide nuestra colaboración, nuestra participación. Cuando alguna persona, sea un sacerdote, un obispo, un laico, dice yo no participo, tengamos en cuenta que estamos frustrando la acción del Espíritu, y esto es muy serio. Tu participación o no participación, repercute en los demás.

El tiempo de la pandemia nos ha puesto de relieve nuestras iglesias que se vacían, la gente que no va a misa, ha descubierto lo telemático, nos hemos dado cuenta, sobre todo aquí en Europa y en el mundo occidental, que tenemos dos problemas muy serios. Primero que nuestros cristianos no necesitan de la comunidad, un cristianismo individualista, donde no nos conocemos, donde decimos queridos hermanos y hermanas, pero no es verdad, donde el otro me es indiferente. En la comunidad cristiana, en la sinodalidad, somos comunidad, somos familia, nos hace vivir el reto de la comunidad.

El segundo reto es el de la Eucaristía, recibir a Cristo, Cristo que se hace alimento, Cristo que viene a nosotros, Cristo que nos hace apóstoles. Este es el reto que tenemos. La sinodalidad nos hace darnos cuenta e impulsarnos hacia una Iglesia mucho más coherente, como decía al principio, mucho más viva. Y estamos llamados a comunicar entusiasmo, Cristo entusiasma, siempre. Y Cristo implica, implica necesariamente en el mundo. No es un producto de laboratorio, de grupos o de rituales. Cristo es presencia, presencia salvífica en el pueblo, en la gente, en el mundo. Presencia alegre y entusiasta.

Esta es la sinodalidad, este es el camino, y no podemos hacerlo solos, juntos, en unidad con Cristo, participación en Cristo y en comunidad con los hermanos y hermanas. Es algo que entusiasma, que es la respuesta de Dios en este momento de postpandemia, de injusticias, de guerra, de soledad, de falta de valores. La respuesta de Dios es la sinodalidad, que yo lo resumo fácilmente: más Cristo, más Iglesia.

Sinodalidad

Monseñor Marín: «Sinodalidad es un término ‘de moda’ del que quizás no captamos el significado profundo»

Monseñor Luis Marín de San Martín
Monseñor Luis Marín de San Martín

El Subsecretario del Sínodo de los Obispos valora positivamente la Asamblea Diocesana de Burgos y apuesta por dar ‘pequeños pasos’ para lograr la participación de todos los bautizados en la Iglesia

Para este obispo agustino, es urgente que la sinodalidad sea el modo de ser de la Iglesia, donde las decisiones que atañen a todos sean abordadas entre todos los cristianos como respuesta a su vocación bautismal

Con motivo de la fiesta de santo Tomás de Aquino, patrono de los teólogos, el recién ordenado obispo impartió ayer en la Facultad de Teología una ponencia acerca del dinamismo sinodal que debe imperar en la Iglesia

(Archiburgos).- Es un término de moda en la vida de la Iglesia del que, quizás, «no captamos el significado profundo». Sinodalidad significa «caminar juntos» en «una Iglesia de comunión, participada, donde todos se sienten corresponsables». Así lo entiende mons. Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo de los Obispos y uno de los referentes a nivel internacional del impulso sinodal que el papa Francisco quiere implantar en toda la Iglesia.

Para este obispo agustino, es urgente que la sinodalidad sea el modo de ser de la Iglesia, donde las decisiones que atañen a todos sean abordadas entre todos los cristianos como respuesta a su vocación bautismal. «A lo largo de los siglos se ha producido un cierto clericalismo, pero la Iglesia somos todos, todos los bautizados y esto significa que debe existir una participación real de todos, cada uno según su vocación, laicos, sacerdotes y religiosos. Y todos en comunión para llevar al mundo de hoy la respuesta gozosa, viva y alegre que es Cristo», subraya.

Con motivo de la fiesta de santo Tomás de Aquino, patrono de los teólogos, elrecién ordenado obispo impartió ayer en la Facultad de Teología –donde ha sido profesor– una ponencia acerca del dinamismo sinodal que debe imperar en la Iglesia.

Según indica, la sinodalidad es «el modo de ser de la Iglesia», es un caminar juntos «como una familia». «Sinodalidad no es sinónimo de democracia, porque la Iglesia no es democracia, es comunión. En este sentido me gusta compararlo más con una familia, donde no se votan las cosas, sino donde todo se pone en común y se busca el consenso, hablamos, dialogamos… pero donde el padre es el padre y la madre es la madre. En la Iglesia ocurre lo mismo: no podemos caer en una especie de igualitarismo, porque sería empobrecer a la Iglesia. El Espíritu suscita los diferentes carismas y cada uno, desde su vocación, debe aportar para buscar el consenso», explica. «No se trata de que unos ganen y otros pierdan, se trata de buscar juntos la comunión en la misma misión».

Como subsecretario del Sínodo de los Obispos, en sus manos recae preparar las reuniones de los prelados en Roma, aunque el Santo Padre también le insiste en que esté disponible para ayudar a las conferencias episcopales y sínodos en todo el mundo, promoviendo así una sinodalidad efectiva en la Iglesia. De ahí que valore «muy positivamente» la Asamblea Diocesana que se desarrolla en Burgos y «anime a seguir adelante con este tipo de iniciativas que buscan la implicación de todos».

Asamblea diocesana Burgos

«Todo lo que sea involucrarnos, ponernos todos a la escucha del Espíritu Santo en un discernimiento común, todo lo que sea sentirnos miembros de la Iglesia es un ejercicio de sinodalidad que hay que apoyar», insiste. Y con un añadido: «Hay que salir, abrirse, escuchar a los que están en los márgenes, ir a los que nunca tienen voz. Buscar una Iglesia inclusiva también es un reto y una tarea para todos nosotros».

Pequeños avances

Monseñor Marín reconoce que el «estilo sinodal» que busca el Papa «no se logrará de la noche a la mañana», pero insiste en que hay que ir dando «pequeños pasos». Para ello, anima a «informarse de lo que ocurre en la vida de la Iglesia y también fuera, formarse y participar». Y hacerlo sin perder de vista que hay que escuchar al Espíritu, de que la sinodalidad es, ante todo, «un proceso espiritual»: «No se trata de imposición, no se trata solo de diálogo, no se trata de hacer resúmenes, no se trata de dar ideas, sino de escuchar al Espíritu y hacer oración, de sentirnos todos responsables desde el respeto, y desde ahí iremos dando la vuelta a estas estructuras y modos clericales, cerrados o ideológicos. Es un camino de esperanza que exige de nosotros una responsabilidad. La situación cambiará si realmente nosotros cambiamos, si nos implicamos de verdad desde la esencia y las raíces de nuestra fe»

Sobre el Sínodo que viene, o está viniendo

Por | Victorino Pérez Prieto

Una pequeña parte de la Iglesia católica, que forma parte de la sociedad en proporción más pequeña aún…  está siendo movilizada en los últimos tiempos para un nuevo sínodo, con un tema y un título atractivo para los que abogamos por una Iglesia más acorde con el proyecto liberador de Jesús de Nazaret: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Un acontecimiento y un proceso que invita a caminar juntos, a acompañarse, como indica la misma palabra sínodosyn (“juntos”) y hodos (“camino”). Puede resultar algo atractivo y así lo han ido manifestando en los últimos meses algunos grupos y ambientes de Iglesia. Pero, confieso que no me siento muy ilusionado con la propuesta, y he tenido que hacer un gran esfuerzo de motivación para ponerme a escribir sobre el tema –tras un largo tiempo de silencio en este blog por distintas circunstancias ajenas a él–, porque no encontraba esa motivación.

¿Por qué? En primer lugar, por la misma convocatoria y luego por lo que hemos ido viendo en la historia de los mismos sínodos. Una convocatoria que está hecha desde arriba y controlada por los de arriba –y no precisamente por el Señor de los cielos, sino por señores de la tierra…– tanto en el proceso de elaboración –incluso la participación del pueblo desde unas preguntas ya elaboradas previamente por ellos…–, como en el tratamiento de las conclusiones, y, lo que es más importante, por lo que se va a hacer con estas. Es un “sínodo de los obispos”, lo convoca el papa y la curia vaticana; el secretario general será un cardenal –los subsecretarios, otro obispo y una mujer, creo van a decidir muy poco…-, el presidente y el relator serán también arzobispos, etc.

Los sínodos, revitalizados tras el Concilio Vaticano IIson solo “organismos consultivos”, y tienen por misión “asesorar al papa” en el tema propuesto; por eso, es éste el que escribe el texto final tras su conclusión, la “Exhortación Apostólica Postsinodal”,  y lo hace según le parece él. Es decir, no tienen ninguna capacidad real de decisión. Y así ha ocurrido en la historia de estos desde Pablo VI hasta Francisco. 

Ha ocurrido desde el primero (1967) conPablo VI, aún en el clima ilusionante del Vaticano II, pero que tenía un título menos sugerente que el actual (“Preservación y fortalecimiento de la fe católica, su integridad, su fuerza, su desarrollo, su coherencia doctrinal e histórica”), los siguientes (1969, 1971 y el de 1974 que dio lugar a la hermosa “Evangelii nuntiandi”); luego los que se realizaron en el pontificado de Juan Pablo II (1977, 1980,1983, 1985, 1987, 1990… 2003) y en el de Benedicto XVI (2005, 2008, 2009 y 2010). Al último (2019), con Francisco, el Sínodo de la Amazonia, que pretendía abrir “nuevos caminos para la Iglesia”; pero sus grandes e ilusionantes propuestas sobre el ministerio y las nuevas formas de evangelización desde los laicos, hechas en la periferia, quedaron en papel mojado.

¿Será este nuevo sínodo 2021-2023 diferente? Me temo que no. Primero, por su convocatoria; aunque se pretenda “escuchar a toda la Iglesia y encontrar métodos que faciliten llevar este concepto de sinodalidad a la práctica”, está realizada desde una autoridad impuesta a todo el pueblo de Dios que no va a hacerse el harakiri. Y segundo, por su planteamiento también jerárquico; las reflexiones previas seguirán siendo utilizadas solamente según el arbitrio del papa y la curia vaticana. Se ha destacado mucho la “novedad”, por primera vez en la historia de los Sínodos, de no limitarse el sínodo a la Asamblea de los obispo en octubre de 2023, sino que habrá una presunta participación de todo el pueblo de Dios (sacerdotes, religiosos/as, laicos/as, hombres, mujeres, jóvenes, adultos…); comenzando con fases previas de consulta en las Iglesias particulares, particularmente de los laicos y las comunidades, según laintención del papa Francisco en que “la Iglesia entera participe en la búsqueda de métodos en pos de la sinodalidad”.

Pero esto ¿será realmente escuchar la voz da la Iglesia de base?¿Qué ocurre con los que ya de entrada van a ver excluida y/o silenciada su voz? En primer lugar, las mujeres, ¿estarán en él realmente en pie de igualdad con los clérigos varones, obispos o incluso del más bajo escalafón? Pero también  los divorciados y vueltos a casar, las personas LGBTIQ y los bautizados/as “rebeldes”… No es de extrañar que en algún comentario se haya escrito que para creer realmente en la eficacia democrática del sínodo le gustaría tener la lista de las cosas que realmente cambiarían, tras las propuestas hechas, y comprobar luego si es verdad; para que no ocurra lo tan sabido de hacer creer que algo cambia para que realmente nada cambie.

Luis Marín

Luis Marín, subsecretario del Sínodo, dijo hace unos meses en unas Jornadas de Apostolado Seglar de la CEE  que “el sínodo no se hace para que todo siga igual”, valorando la corresponsabilidad real de los laicos. Frente a un modelo eclesiológico piramidal que calificó como “falso”, dijo que había otro que también lo era: un “modelo de esfera” donde todos somos iguales y todos votamos y decidimos. Y propuso una tercera imagen: El poliedro: mismo nivel, pero distintas caras, distintos colores. Diversidad en unidad: comunión, participación y misión en una Iglesia pueblo de Dios que camina unido”.Muy bonito; pero la realidad es que si en la iglesia el poder no es circular y democrático/koinónico, sigue siendo piramidal/feudal y solo lo ejercen unos pocos, que a todo más le darán a los laicos migajas de participación para contentarlos.

Me temo que esto será lo que ocurra una vez más con este sínodo, a pesar de las ilusiones puestas en él. Mientras no se dé un verdadero “cambio estructural de la Iglesia”,que pedía el gran teólogo Karl Rahner hace cincuenta años (1971) en el contexto de un sínodo de la Iglesia alemana, se tratará de parches que no van a cambiar realmente nada.

Sinodalidad

Monseñor Luis Marín de San Martín

 (Archiburgos).- Es un término de moda en la vida de la Iglesia del que, quizás, «no captamos el significado profundo». Sinodalidad significa «caminar juntos» en «una Iglesia de comunión, participada, donde todos se sienten corresponsables». Así lo entiende mons. Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo de los Obispos y uno de los referentes a nivel internacional del impulso sinodal que el papa Francisco quiere implantar en toda la Iglesia.

Para este obispo agustino, es urgente que la sinodalidad sea el modo de ser de la Iglesia, donde las decisiones que atañen a todos sean abordadas entre todos los cristianos como respuesta a su vocación bautismal. «A lo largo de los siglos se ha producido un cierto clericalismo, pero la Iglesia somos todos, todos los bautizados y esto significa que debe existir una participación real de todos, cada uno según su vocación, laicos, sacerdotes y religiosos. Y todos en comunión para llevar al mundo de hoy la respuesta gozosa, viva y alegre que es Cristo», subraya.

Con motivo de la fiesta de santo Tomás de Aquino, patrono de los teólogos, elrecién ordenado obispo impartió ayer en la Facultad de Teología –donde ha sido profesor– una ponencia acerca del dinamismo sinodal que debe imperar en la Iglesia.

Según indica, la sinodalidad es «el modo de ser de la Iglesia», es un caminar juntos «como una familia». «Sinodalidad no es sinónimo de democracia, porque la Iglesia no es democracia, es comunión. En este sentido me gusta compararlo más con una familia, donde no se votan las cosas, sino donde todo se pone en común y se busca el consenso, hablamos, dialogamos… pero donde el padre es el padre y la madre es la madre. En la Iglesia ocurre lo mismo: no podemos caer en una especie de igualitarismo, porque sería empobrecer a la Iglesia. El Espíritu suscita los diferentes carismas y cada uno, desde su vocación, debe aportar para buscar el consenso», explica. «No se trata de que unos ganen y otros pierdan, se trata de buscar juntos la comunión en la misma misión».

Como subsecretario del Sínodo de los Obispos, en sus manos recae preparar las reuniones de los prelados en Roma, aunque el Santo Padre también le insiste en que esté disponible para ayudar a las conferencias episcopales y sínodos en todo el mundo, promoviendo así una sinodalidad efectiva en la Iglesia. De ahí que valore «muy positivamente» la Asamblea Diocesana que se desarrolla en Burgos y «anime a seguir adelante con este tipo de iniciativas que buscan la implicación de todos».

«Todo lo que sea involucrarnos, ponernos todos a la escucha del Espíritu Santo en un discernimiento común, todo lo que sea sentirnos miembros de la Iglesia es un ejercicio de sinodalidad que hay que apoyar», insiste. Y con un añadido: «Hay que salir, abrirse, escuchar a los que están en los márgenes, ir a los que nunca tienen voz. Buscar una Iglesia inclusiva también es un reto y una tarea para todos nosotros».

Pequeños avances

Monseñor Marín reconoce que el «estilo sinodal» que busca el Papa «no se logrará de la noche a la mañana», pero insiste en que hay que ir dando «pequeños pasos». Para ello, anima a «informarse de lo que ocurre en la vida de la Iglesia y también fuera, formarse y participar». Y hacerlo sin perder de vista que hay que escuchar al Espíritu, de que la sinodalidad es, ante todo, «un proceso espiritual»: «No se trata de imposición, no se trata solo de diálogo, no se trata de hacer resúmenes, no se trata de dar ideas, sino de escuchar al Espíritu y hacer oración, de sentirnos todos responsables desde el respeto, y desde ahí iremos dando la vuelta a estas estructuras y modos clericales, cerrados o ideológicos. Es un camino de esperanza que exige de nosotros una responsabilidad. La situación cambiará si realmente nosotros cambiamos, si nos implicamos de verdad desde la esencia y las raíces de nuestra fe»