Santa Marta

Santa Marta

Santa Marta, primera cristiana y «obispo» de la Iglesia

He adelantado el tema en tres “postales” : (a) El 14 y 16 de este mes, domingo 16 TO, comentando el evangelio de Marta y María (Lc 10, 38-42), (b) El 22, con María Magdalena. Hoy, una semana después, es fiesta Marta.

Marta (=la Señora) es la Iglesia entera en forma de mujer. Ella es la primera que confiesa la fe en Jesús resucitado (ocupando así el lugar que en Mt 16 ocupa Pedro).Ella es directora-animadora-obispo de la “casa de la Iglesia.

Estos días en que el Papa Francisco está pidiendo perdón porque la iglesia no ha sido Marta (casa de vida), sino lugar de  muerte en ciertos lugares de Canadá (y en otras parte del mundo) resulta providencial que celebremos la fiesta de Marta, signo y camino de resurrección en un mundo de muerte (representada por Lázaro).

En sentido muy hondo, Jn 11 presenta a Marta como primer “papa/obispo” de la Iglesia, por encima de Pedro. Quizá por eso, el papa ha querido vivir en la casa de Marta, y no en la basílica-Palacio de Pedro Vaticano (imagen 2).

Por | X Pikaza Ibarrondo

Texto Jn 11,19-27

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Introducción

 El evangelio de Juan ha recogido y reelaborado la tradición del encuentro de Jesús con estas dos mujeres, que ahora tienen un hermano llamado Lázaro, el resucitado, cuya historia se cuenta a lo largo de Jn 11. En un primer nivel, Marta sigue siendo la trabajadora: sirve en el banquete que ofrecen a Jesús en Betania, mientras Lázaro, invitado, se sienta a comer y María queda libre para realizar su gesto profético de amor y servicio, ungiendo a Jesús para la muerte (Jn 12, 1-8).

Pero Juan ha introducido una novedad: Marta no es sólo una mujer trabajadora ignorante y servil de la casa, sino que ella es la primera y mayor de los teólogos del NT, de tal manera que viene a presentarse   primera que acepta y confiesa su fe en el evangelio, como experiencia de resurrección y vida, ocupando de algún modo el lugar que en Mt ocupa Pedro.

Ha muerto Lázaro y cuando llega Jesús ya le han enterrado. Marta le dice: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero aún ahora sé que Dios te concederá todo lo que le pidieres” (Jn 11, 21-22). Conforme a una tradición que conocemos bien por los sinópticos, Jesús aparece como alguien que hace milagros: cura a los enfermos y resucita a los muertos. En ese fondo se sitúa la fe judía y la novedad de Jesús, aceptada por Marta:

‒ Fe escatológica judía. Jesús responde a Marta: “tu hermano resucitará” y ella precisa: “resucitará en la resurrección del último día” (Jn 11, 23-24). Ésta es la fe básica de los judíos (por lo menos de los fariseos), tal como recuerda Pablo en Rom 4, 17 donde presenta a Abrahán como padre y modelo de fe “porque creyó en el Dios que vivifica a los muertos y que llama al ser a las cosas que no existen”. Éste es el Dios de Marta la judía: ella cree en aquel que crea y resucita. Por eso dice a Jesús: mi hermano resucitará en el último día». Así es hija de Abrahán.

‒ Fe cristiana. Pero esa fe de Abrahán queda transcendida por Jesús. Ante la tumba de Lázaro, el amigo muerto, él revela a Marta su misterio: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 26). Ésta es la fe cristiana, que Pablo define en forma teológica («creemos en el Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos», Rom 4, 24) y que Jn 11, 26 traduce ya en forma cristológica (“yo soy la resurrección…). 

De esa forma ha cambiado el centro de la fe. Lo que define a los cristianos no es una esperanza (¡habrá resurrección final para los justos!) sino la experiencia actual de la unión de los creyentes con el Cristo que ha resucitado y de esa forma viene a presentarse como vida de los hombres. No se trata de creer en algo que vendrá después, sino en algo que ha venido ya y que está presente por (en) Jesús en aquellos que le aceptan y recorren su camino, como harán, de formas distintas y al fin convergentes, Marta y María. 

Marta, la primera creyente

 La escena nos sitúa precisamente en un lugar fronterizo, en la ruptura de nivel donde superando la fe común de la escatología judía (apoyada en la resurrección futura de los muertos) podemos fundarnos en Jesús como resurrección ya realizada, culmen de la historia, revelación definitiva de Dios. Paradójicamente este misterio viene a proclamarse ante la tumba del hermano muerto, en el lugar donde parece que se agota y se consume (hasta se pudre) la esperanza de los hombres. Lázaro sigue muerto (¡no ha resucitado aún!), pero Marta descubre que Jesús es la resurrección y la vida y de esa forma lo confiesa en el principio de la Iglesia, respondiendo a Jesús 

Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que está viniendo al mundo (Jn 11, 27)

 Al contestar así, Marta aparece como la primera cristiana verdadera, pues reconoce a Jesús como vida de Dios que está presente sobre el mundo, antes que los apóstoles o Pedro lo hayan descubierto y lo proclamen. Significativamente, Juan ha silenciado o transformado la confesión de fe que la tradición sinóptica ponía en boca de Pedro, representante y portavoz de todos los creyentes (cf. Mc 8, 29).

Es cierto que, según el evangelio de Juan, en nombre de los doce, Pedro sigue con Jesús, aceptando su mensaje, aunque no llegue a entenderlo: «Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y confesamos que tú eres el santo de Dios» (Jn 6, 68-69), pero esta confesión sitúa a Jesús en el nivel de la esperanza judía, como un revelador de Dios, y no como el Hijo de Dios que da la vida y es resurrección dentro del mundo.

Pues bien, sobre el Pedro vacilante de la tradición prepascual, sobre el Pedro incompleto de Jn 6, 68-69, se eleva ahora Marta, como discípula plena, que acepta y reconoce el sentido de Jesús, resurrección y vida de varones y mujeres. Es cierto que ella sigue siendo servidora de los otros, como indica el texto posterior (Jn 12, 2). Pero, desde el fondo de ese servicio, ella ha sido la primera en expresar y expandir la fe completa, como testimonio de un carisma que la Iglesia ha recibido siempre y que la vida religiosa ha querido expresar. Sobre esa fe Jesús como resurrección y vida se edifica la nave de la iglesia.

Marta ratifica así la verdadera fe pascual junto a la tumba de su hermano muerto (antes que resucite, anticipando de esa forma y confesando ya la resurrección de Cristo). Por eso, ella no tiene ya que aparecer en los relatos de la pascua, como aparecerá María. Ella no corre hacia la tumba vacía (como hará su hermana), ni buscará al cadáver del Señor en el jardín del mundo (cf. Jn 20, 11-18). Ha confesado su fe en Jesús, vida del mundo, y su confesión permanece como tipo y modelo de fe para todos los creyentes, y de un modo especial para los religiosos.

Marta ha superado el riesgo del nacionalismo mesiánico judío (que está al fondo de la confesión de Pedro en Mc 8, 29), y el riesgo de una Iglesia que podría cerrarse en sí misma (en la línea de muchas interpretaciones de Mt 16, 16-19), para abrirse al conjunto de la humanidad, de manera que su respuesta es “regla de fe” para todos los cristianos que confiesan al Hijo de Dios como “resurrección y vida” de Dios para el mundo. Ella, una mujer que desde el punto de vista posterior carecería de autoridad jerárquica, es la primera doctora de la Iglesia.

Aprender de Marta

Las dos confesiones de fe más significativas de la tradición del evangelio son la de Pedro y la de Marta. La confesión de Pedro(¡tú eres el Cristo, el Hijo de Dios! Mc 8 y Mt 16)va en la línea de un mesianismo nacional judío, que el Jesús de Marcos ha rechazado y que el evangelio Mateo ha reelaborado en línea eclesial, reconociendo la inmensa labor de Pedro en el despliegue de la Iglesia primitiva.  Pero esa confesión, aún en la forma de Mateo, resulta insuficiente, y debe ser completada por la de Marta (Jn 11, 27).    

‒  Ciertamente, el Pedro de Juan dice, en nombre de los Doce: «Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y confesamos que tú eres el santo de Dios» (Jn 6, 68-69). Pero eso no basta, ese Pedro no cree que Jesús es ya la resurrección y la vida (en este mundo). Sigue a Jesús, pero no le reconoce.

‒ El evangelio de Juan parece evocar también la confesión de Pedro en Mateo 16, con la respuesta de Jesús que le ofrece las llaves de una Iglesia que sirven para abrir todas las puertas (¡te daré las llaves del Reino de los cielos…!), pero que pueden utilizarse también para cerrar la Iglesia, de un modo “exterior”, con autoridad jerárquica externa. En esa línea se sitúa el añadido de la experiencia pascual de Jn 21, donde Pedro debe asumir una visión más honda de Jesús, en clave de amor, pactando con el Discípulo amado (que está sin duda en la línea de Marta y de María).

– A pesar de eso, en sentido estricto, el evangelio de Juan ha querido fundar su iglesia sobre la fe de Marta que confiesa a Jesús como aquel que es ya, en este mundo, la resurrección y la vida. Marta es, según eso, la mujer de la resurrección y la vida de Jesús, la mujer de fe, que organiza la vida de la Iglesia, el signo del auténtico “papa” del cuarto Evangelio, al lado del Discípulo amado, simbolizado de un modo especial por su hermana María.

Marta se eleva así sobre el Pedro vacilante de la tradición prepascual de cierta iglesia primitiva (Mc 8), con  el Pedro intra-eclesial e incompleto de Mt 16 y de Jn 6, 68-69. Según el evangelio de Juan, Marta es la primera creyente completa de la iglesia,  que expresa la fe pascual con el testimonio de su vida, al servicio de la resurrección de todos.  

‒  Sí, Señor, yo he creído (pepisteuka). Ésta es una confesión personal (quizá bautismal), que responde a la pregunta que Jesús le ha hecho (¡Yo soy la resurrección y la vida! ¿crees esto?). Marta responde desde dentro de la Iglesia, pero no responde a la Iglesia sin más, sino al mismo Jesús, y así presenta la fe como experiencia de diálogo personal con el resucitado, según la tradición constante de la vida religiosa.

‒ Cree lo que Jesús le propone, al decirle que él es la Resurrección y la vida, sabiendo que quien cree en el no muere(Jn 11, 25-26). Jesús le ha preguntado ¿crees esto? (como en un escrutinio bautismal), y ella ha respondió  diciendo “he creído”. De esa forma ha recibido a Jesús de un modo personal, como resurrección y vida, es decir, como Dios ya presente ya en este mundo, como servicio de amor abierto a todos los hombres y mujeres de la tierra… Así lo confiesa, así lo vive junto a la tumba de su hermano muerto. No se limita a espera en algo que vendrá después, sino que asume desde aquí (desde este mundo) una experiencia radical de pascua. En esa línea, la vida religiosa ha sido desde el principio un intento de actualizar la experiencia pascual, de manera que la vida de los monjes ha querido ser una prueba concreta de resurrección.

‒ Sí, Señor… (nai Kyrie). Marta llama a Jesús Kyrios, Señor, culminando de esa forma una de las escenas más evocadores del Nuevo Testamento. Imaginemos su fondo “arameo”, con lengua de Jesús y Marta, en la que Señor se dice Marán. Jesús, es Marán, el Señor. Ella, por su parte, es Marta,la Señora (femenino de Marán), signo y expresión de la Iglesia. Jesús es Señor (Marán, Kyrios) siendo resurrección y vida. Ella es Marta (Señora) porque cree en él y le acepta como resurrección y vida.

‒ Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, viniendo al mundo… Al decir estas palabras, Marta asume y trasciende la fe de Pedro, reinterpretada por Marcos y universalizada por Mateo. En un sentido, ella sigue siendo cristiana en la línea de Pedro, pero ha dado un paso más, situándose en el lugar de la fe más honda, más universal, allí donde acepta y se deja transformar por Jesús como el Señor, que es Resurrección y Vida, viniendo al mundo, es decir, penetrando en la historia y en la vida de los hombres…

– Ésta es la fe “más mística”, la fe de la experiencia contemplativa, que vincula a todos los hombres y mujeres en amor, de manera que ella puede elevar y unir a todos, como ha sabido siempre la vida religiosa. Marta no inicia un camino de evasión, sino de compromiso de transformación del mundo. No trata de resignarse a la muerte, sino de afirmar y mostrar con Jesús el camino de la vida, precisamente allí donde externamente domina la muerte…

Jesús es la resurrección y la vida  que está viniendo al mundo. Ésta es la novedad final. Marta ha creído en el Jesús que le ha dicho “yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí ya no muere…”. No dice “no morirá” al final, sino “no muere”, la muerte no le domina, ha pasado ya al espacio de la vida, dentro de este mismo mundo.

Marta presenta así a Jesús como el Cristo, Hijo de Dios, que está viniendo (erkhomenos) al mundo, como presencia del futuro de Dios en el presente de la historia, como eternidad y vida en medio de la inmensa frustración, violencia y fracaso de este mundo.  Jesús no es alguien que vino en el pasado, no alguien que vendrá al final, en el futuro escatológico, sino que es aquel que está viniendo ahora, a través de la vida de los hombres y mujeres que aman y buscan, que creen en la vida, no después que haya resucitado Lázaro, sino antes de su “resurrección externa” (¡según la escena, Lázaro no ha resucitado todavía). 

Marta abre así una nueva página cristiana, el camino de aquellos que ya no creemos simplemente en una resurrección final de los muertos, para después del tiempo, sino en Jesús que es ahora, aquí mismo, la Resurrección y la Vida. Este matiz “gnóstico”, de conocimiento y transformación interior, desde el presente, ha definido siempre la experiencia más honda de la vida religiosa, desde los eremitas y monjas antiguos hasta los contemplativos modernos. 

Marta con María. Las tres escenas de María

La Betania de Jn 11 está poblada no sólo por Marta, que confiesa su fe en Jesús ya como resurrección, y por Lázaro, que aún sigue muerto cuando Marta responde a Jesús en Jn 11, 27 (no resucitará hasta Jn 11, 38-44), sino también por María, su hermana, signo del amor que contempla y recrea la vida, en un camino largo cuyas diversas escenas evocaré en lo que sigue.

La figura de Marta resulta aquí más “compacta”, y toda su intervención se centraba en la respuesta de fe: Ella ha creído en  Jesús como resurrección y vida ya desde el principio, antes de la resurrección de Lázaro, antes de la de Jesús (que vendrá en Jn 20). Por eso no tiene que hacer más camino, lo ha recorrido ya todo, según su palabra de fe (Jn 11, 27).

Por el contrario, María su hermana tiene que recorrer un camino más largo, como marcan las tres escenas esenciales de su “conversión de amor”, el más bello itinerario conocido de conversión creyente. 

‒ Primera escena en Betania (Jn 11, 28-44). María llora ante el sepulcro de Lázaro, echándose a los pies de Jesús (Jn 11, 32), en gesto que parece repetirse siempre (cf. 20, 11-18), como para indicar que la amistad más cordial se halla unida a la veneración del discípulo por el maestro, al amor de una mujer por su enamorado.  Resulta evidente que, a diferencia de  esta Marta (cf. Jn 11, 27), María no ha llegado aún a la plenitud de la fe y del amor cristiano. Por eso, ella dice a Jesús “si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto” (Jn 11, 32). En contra de Marta, ella necesita “tocar”, necesita que su hermano resucite para creer en Jesús. Su fe es muy profunda (¡ella llora con Jesús!), pero no es perfecta, ella vive todavía de signos externos.

‒  Segunda escena en Betania (Jn 12, 1-8). Unción de Jesús.  A diferencia de lo que pasa en Mc 14, 3-9, donde se dice que el anfitrión es Simón el Leproso, Jn 12, 1-8 supone que Jesús y sus discípulos comen en casa de Lázaro y de sus hermanas, que dan gracias a Jesús y le ofrecen un banquete precisamente por la resurrección que ha realizado. En algún sentido esta escena es paralela a la de Lc 19, 38-42, pero allí sólo reciben a Jesús las dos hermanas (cada una a su estilo); aquí en cambio le reciben los tres hermanos, que forman una especie de comunidad creyente (una comunidad mixta, con hermano y hermanas). Lázaro está sentado (su presencia parece tener un aspecto pascual). Marta sirve, como “señora creyente”; su misma fe le ha convertido en “diácono” o ministro de la comunidad de seguidores de Jesús. María, en cambio, continúa en camino, buscando en amor a Jesús, necesitando sentirle, tocarle y ungirle

Este servicio de “unción” a Jesús se sitúa en la línea del servicio y cuidado de los pobres, en un gesto que impregna la casa de perfume (Jn 12, 3). Ésta es, sin duda, la casa de la iglesia, simbolizada por Lázaro, el resucitado, por Marta la creyente-servidora y por María, la amante que necesita tocar a Jesús. Unidos los tres (Lázaro, Marta y María) son un modelo de casa religiosa, ante la murmuración de Judas que no quiere entender y de aquellos que quieren matar a Jesús, porque no resisten la presencia y poder de sus signos (cf. Jn 11, 45-57 y 12, 9-11)

– Tercera escena, María en el huerto de pascua (Jn 20, 11-18).

Ésta es la escena tercera, la más significativa de todas. Estrictamente hablando no estamos en Betania (ni en la casa de Lc 10, 38-42), sino en el huerto del sepulcro de Pascua donde ha venido María, buscando al amigo muerto. Lázaro no tiene que venir (es ya resucitado). Marta tampoco puede venir, pues ya ha creído que Jesús es la resurrección y la vida. Pero alguien tiene que venir para enseñarnos a todos, para recorrer de esa manera por todos (con todos) el camino   de la cruz pascual.

Ésta que recorre el camino entero es María, la del llanto por el hermano muerto junto al sepulcro de Betania, la misma del banquete de la unción. Ella ha venido a mostrarse ante la cruz de Jesús, a pleno día (aunque su papel queda eclipsado por el de la madre y el discípulo amado: Jn 19, 25-27). Pero su escena propia, la que define su vida (y la vida y de millones de religiosos cristianos hasta el día de hoy), es la escena de la tumba, en la mañana de pascua (culminando un papel que aparecía más velado en Mc 16, 1-8). 

María va al sepulcro de Jesús a terminar su obra. A diferencia de Lázaro, ya resucitado, y de Marta, que ha creído ya del todo, ella se mantiene todavía en el camino: Necesita signos, tiene que tocar y sentir a Jesús para confesar su fe plena en el Cristo. Ha visto a Lázaro, resucitado, ha ungido a Jesús en el banquete de Betania, anunciando de algún modo su muerte, de la que ha sido testigo, con la Madre de Jesús y otra(s) maría(s) (Jn 19, 25). Pero tiene que venir al sepulcro para buscarle y encontrarle; no necesita traer perfume (en contra de las mujeres de Mc 16, 1-4), pues ha ungido ya al amigo que iba a morir. ¿A qué viene? Sin duda, a culminar su obra y su camino.

Viene la primera y encuentra el sepulcro vacío, y vuelve con Pedro y el Discípulo amado, que son ahora sus compañeros, son la Iglesia (cf. Jn 20, 1-10), pero, a diferencia del Discípulo amado (que vio y creyó: Jn 20, 8), ella no cree todavía (como tampoco cree Pedro), aunque vea el sepulcro abierto y vacío, con el sudario y las vendas plegadas, cuidadosamente, como indicando que nadie había “robado” el cadáver. Marta había creído desde el principio, sin necesidad de acompañar a Jesús en su muerte fícia; María aun no cree, aunque ame muchísimo (¡su amor en sí no lleva aún a la fe).

Ella queda en el huerto de la tumba (Jn 20. 11-18), después que se han ido Pedro y el Discípulo Amado, aunque ahora no aparece como hermana de Marta y de Lázaro sino como Magdalena, resaltando así su propia identidad de mujer independiente. Pedro se ha ido sin creer, siguiendo su propio camino. El Discípulo Amado se ha ido creyendo, no necesita ya más testimonios, pues comparte ya (¡desde ahora!) la fe de Marta. Marta tiene que culminar su camino de fe, y por eso queda en el huerto, esperando encontrar el cadáver de Jesús, y así se lo pide al presunto jardinero (Jn 20, 15). Es evidente que aún no cree, no sabe ver a Jesús.

El llanto de María. Le importa Jesús como un hombre de este mundo, necesita el contacto de su cuerpo y por eso no se fija ni detiene ni siquiera antes los ángeles que hablan en la tumba (cf Jn 20, 12-13). Quiere a Jesús, busca el cadáver del amigo muerto porque quiere llevarlo consigo y tenerlo a su lado (Jn 20, 14-15). Significativamente, lo mismo que ante la tumba de Lázaro, ella está llorando. Entonces se desvela el misterio de la pascua en la voz del presunto jardinero.

  La voz de Jesús, un encuentro en la palabra. En un momento dado, aquel que parecía jardinerole dice ¡María! Ella se vuelve y le dice en hebreo ¡Rabboni! que significa maestro (Jn 20, 16). Así culmina la fe de María, como encentro en la Palabra. Marta había creído ya en la palabra de Jesús junto al sepulcro de su hermano muerto (Jn 11, 26-27). María, ciega de amor, ha tenido que hacer un largo camino para encontrar y descubrirle también en la palabra. Éste es el diálogo fundante de la fe, la culminación del cristianismo. Recordemos que Marta no tiene que ir al sepulcro: Ella ha creído desde el principio en Jesús resucitado. Jesús no tiene que decirle nada, todo está ya dicho. Pero él, Jesús, tiene que decir algo a María:

No me toques más, pues todavía no he subido al padre.

Vete a donde mis hermanos y diles:

subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

Vino María Magdalena y anunció a los discípulos:

he visto al Señor y me ha dicho estas cosas (Jn 20, 16-18)

Conclusión

 Muchas cosas quedarían por decir sobre signos de fe que son Marta y María, , tanto en la versión de Lucas 10, 38-42 y, sobre todo, en la de Juan, que ha desarrollado con detención y cariño las figuras de estos tres amigos de Jesús, empezando por Betania, al lado del sepulcro de amigo muerto (aunque he dejado en el fondo, sin desarrollar, el motivo de Lázaro, el muerto).

Todos los cristianos somos muertos y resucitados, todos somos Lázaro, como ha puesto de relieve todo el cristianismo, al hablar de la experiencia de muerte y nuevo nacimiento. Será bueno que los lectores de esta página intenten identificarse con Lázaro, el hermano amado de la casa.

He destacado la figura de Marta, a quien puedo presentar como la más “tempranera” en el camino de la fe. Ella es la primera que ha hecho (según el evangelio de Juan) el camino que lleva de la muerte a la experiencia de la vida. Su confesión de fe está en el centro de todas las confesiones de la vida religiosa: Sólo puede seguir de una manera radical a Jesús quien le descubre y confiesa como resucitado, como resurrección y vida, en el centro de esta tierra.

He desarrollado también la figura de María, pues ella es la que ha recibido mayor atención en los textos, empezando por su misma identidad: María la de Marta, María de la Unción, María Magdalena… Pueden ser tres, y son una misma figura de creyente, una mujer que ha hecho el camino de la fe, hasta encontrar a Jesús vivo en el huerto de la pascua.    

 …..E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica, BEB 43, Sígueme, Salamanca 1987; El evangelio según Juan I-II. Cristiandad, Madrid 1979 (22002).  

León-Dufour, Lectura del evangelio de Juan I-IV, BEB 68/70 y 96, Sígueme, Salamanca 1992-98. Preciosa visión sapiencial de Jn, más que comentario exegético.

Mateos y J. Barreto, J., El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético, Cristiandad, Madrid 1979.

Navarro, Ungido para la vida. Exégesis narrativa de Mc 14,3-9 y Jn 12,1-8, Monografías Bíblicas, ABE-Verbo Divino, Estella 1999