Santa María madre de Dios

Santa María, madre de Dios: Iniciadora, Amiga, Hermana (Propuesta mariana para el 2022)

El Año del Señor a.D. (anno Domini) 2022, ha comenzado con la Solemnidad de María, Madre de Dios, a quien la tradición ha llamado Ianua Coeli, Puerta del Cieloy Virgen de Enero, mes de la Puerta del Cielo, Ianua Coeli Dios que es María.

Pero, siendo la más importante de las fiestas de María (viene del IV d.C.) apenas se conoce, pues, gran parte del mundo católico pasa directamente de la Navidad a la Epifanía (Reyes).

Es una fiesta antigua, reinstaurada tras el Vaticano II y fechada (con el nuevo Ordo Litúrgico) el 1 de Enero, Octava de la Navidad, que solía dedicarse a la Circuncisión de Jesús.

 Es importante recuperar la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (del siglo IV-V d.C.) y así lo hago insistiendo en tres de sus notas y presentándolas como deseos (propuestas) eclesiales para el año 2022.

Por | X. Pikaza

BREVE RELATO DE LA HISTORIA DEL MONASTERIO DE SANTA CATALINA EN EL SINAÍ.  EGIPTO – La Belleza de los Iconos

Introducción

   Ésta es una fiesta poco conocida. Eso se debe, quizá, a que la renovación litúrgica del Vaticano II no ha culminado y al hecho de que los nuevos movimientos apostólicos (como Acción católica, Caritas, HOAC, Cristianos por el Socialismo, Hijas de María, Legión de María, Opus Dei, Cursillos de Cristiandad, Neopentecostales, Neocatecumenales, Focolares, Comunión y Liberación, Comunidad de San Egidio, Legionarios etc.), variados y distintos entre sí, no han creado ni impulsado, que yo sepa, una nueva y verdadera mariología (devoción mariana),  que pueda encarnarse en formas populares.

Por otra parte, el “marianismo” de algunos de algunos movimientos resulta menos evangélico (incluso regresivo), no logra conectar con el movimiento de Reino de Jesús, ni con la nueva misión la Iglesia, en línea de gozo real de la vida, de amor-amistad, en valoración de la mujer, fraternidad y justicia etc.

Por poner un ejemplo, el último libro “serio” sobre mariología publicado en castellano es el Nuevo Diccionario, del año 1988. Desde entonces estamos en un desierto, con fugaces espejismos que el viento borra en un momento, y con una mariología a servicio de un poder y de una devoción poco evangélica.

  Evidentemente, no se puede resolver el tema de un modo general, aunque pienso que puedo ofrecer algunas indicaciones, en la línea de un trabajo publicado en RD sobre la devoción mariana, con la semblanza sobre el Diccionario de Mariología y lo que he dicho ayer sobre el fin de año con María. En ese contexto quiero presentar de nuevo unas ideas tomadas de la entrada “Libertad”, que publique en el diccionario.  Tres son, a mi juicio, los rasgos que puede destacar esta fiesta de Santa María, Madre de Dios, puerta de enero, puerta de renovación cristiana este año 2022:

1.María es, ante todo, iniciadora de Fiesta, como destaca Jn 2, en el relato de las Bodas de Caná. Ella “pone en marcha” la celebración del Reino de Jesús, el paso del agua de las purificaciones penitenciales al vino de la vida. Seguimos en una iglesia más penitencial y legalista que festiva. No proclamamos y vivimos el evangelio como fiesta de vino y libertad. Es como si María no estuviera ya en Caná de Galilea.

2.María es, en segundo lugar, madre-amiga del discípulo amado, amiga de los creyentes de Jesús, como ha puesto de relieve Jn 19, 25-27: Ella forma parte de la “casa del amigo”, de los compañeros de Jesús que tienen en el mundo la tarea de celebrar el amor. Ella parece secuestrada por una iglesia de observantes legales “pietistas”, pero sin humanidad. No parece tampoco que éste sea animadora y amiga de los que aman la vida y la regalan a los otros.

3.María es, finalmente, la hermana más significativa de los hermanos de Jesús, que forman la iglesia, conforme al relato de Pentecostés (Hch 1,12-14). Según el texto de los Hechos ella está entre todos y con todos (apóstoles, parientes de Jesús y las mujeres amigas), como hermana universal, la gran Hermana, como signo de arraiga en la vida y de entrega por la comunión de todos.

          Éstos son mis deseos “marianos” para el 2022, con María, Madre de Dios: (a) que se extienda la fiesta del vino de la vida a todos los “impotentes y oprimidos” afectivos, sociales… (b) Que se extienda la iglesia del “amado”, que se extienda por la Iglesia la comunidad de los aman y son amados. (c) Que triunfe la fraternidad, entre todos, apóstoles, hermanos de Jesús, mujeres…

(Imagen 1: Madre de Dios,centro de la Iglesia (icono del Monasterio de S. Catalina del Sinaí, con San Teodoro y san Jorge, siglo VI).  Imagen 2: María, Salus Populi romani( icono romano del siglo VI-VII).

 1.MARÍA INICIADORA DE LA FIESTA. BODAS DE CANÁ

Las Bodas de Caná

   Esas bodas son un compendio de la historia de Jesús y de los hombres. Lógicamente, «la madre de Jesús estaba allí», representando al pueblo de Israel, el pueblo de los primeros invitados (cf. Jn 2,1). Jesús viene después, cuando se ha empezado a celebrar la fiesta. María actúa en esas bodas como iniciadora-animadora de la fiesta de Jesús, realizando un programa de vida (de liberación) semejante al que realiza, en otro plano, en el Magníficat de Lc 1, 46-55.

 Viene Jesús, pero el ayuno sigue porque los novios de este mundo no han podido conseguir el vino de la vida, como indica certeramente la madre (2,3): solamente tienen el agua de las purificaciones judías, el agua de los ritos y las leyes, que limpia una vez, externamente, para que volvamos a descubrir después que las manos siguen estando manchadas, como ha precisado en un contexto semejante la carta a los hebreos (9,23-10,18).

Pues bien, sobre ese fondo de ayuno, de insuficiencia israelita y de bodas que no pueden culminar viene a situarse la palabra de María. Ella habla precisamente como madre (Jn/02/01-05), es decir, como persona que está abierta al nuevo nacimiento. Habla por dos veces.

En esta primera palabra ella explícita su solidaridad respecto a los que viven de manera insuficiente, incompleta sobre el mundo: sabe que los hombres han sido creados para celebrar las fiestas del amor, para En primer lugar, se dirige hacia Jesús, indicándole la necesidad de los hombres:

 «¡No tienen vino!» no pueden celebrar la fiesta de las bodas (2,3).

las bodas del vino escatológico, y por eso sufre al verlos incompletos, deprimidos, sometidos al agua de los ritos y las purificaciones de este mundo.

La respuesta de Jesús parece dura: «¡Qué tenemos que ver tú y yo, mujer; aún no ha llegado mi hora!» (Jn 2,4). Ciertamente lo es, si la miramos desde una perspectiva intimista, como expresión de ruptura con la madre: ¡Jesús está en manos de Dios y no puede recibir mandatos de María! Sin embargo, si miramos a más profundidad, descubriremos que en la misma respuesta va implicado un asentimiento implícito: Jesús no rechaza la observación de su madre, no niega la carencia de vino. Simplemente indica que la solución del problema no depende ahora de las palabras de su madre, sino de la hora (voluntad de Dios).

Así lo ha entendido la madre. Respecto a Jesús ya ha cumplido su misión: ya le ha indicado que no existe vino de amor y libertad sobre la fiesta de la tierra. En ese aspecto está tranquila, confía en Dios y en la promesa mesiánica del Cristo. Por eso, ahora, sólo le queda una cosa: ponerse al lado de los hombres (servidores del banquete) y advertirles:

«¡Haced lo que él os diga!» (2,5).

 Esta es la palabra de su fe suprema: es la palabra de una fe personal, que confía en la acción salvadora de Jesús allí donde Jesús le dice que no es ella la que tiene que marcarle su camino; es la palabra de una fe expandida y misionera que se pone al lado de los «servidores» del banquete y les prepara, de manera que también ellos estén dispuestos a cumplir la voluntad de su hijo Jesucristo, allí donde el agua del mundo (leyes judías) se convierte en gracia de las bodas, vino del reino.

En este segundo momento debemos situarnos. La madre puede hablar a Jesús, pero sabe que ese Jesús-hijo le desborda, pues se encuentra en relación inmediata con el Padre. Pues bien, ella sigue confiando en ese mismo Jesús, centrando su esfuerzo en la preparación de los servidores de la boda. Estos servidores llevan el nombre técnico de diakonos: son los criados que preparan el banquete y sirven en la mesa. En medio de ellos se coloca la madre, convirtiéndose en una especie de diaconisa primera, animadora y directora de los servidores del banquete.

        María está allí cuando la boda empieza, quiere empezar y no lo consigue, porque Jesús no ha transformado todavía la historia de los hombres, no ha escanciado el vino, no ha ofrecido el traje de la fiesta (cf Mt 22,11-14). De una forma respetuosa, en silencio, sin que se enteren los grandes arquitriclinos o aposentadores de este mundo (cf Jn 2,8-9), ella va educando a los servidores, capacitándoles para seguir a Jesús y cumplir su palabra.

Lo más extraordinario de esta escena, situada en el contexto de la liberación, está en el hecho de que María, madre de Jesús, venga a mostrarse, en la línea del Magníficat, como madre preocupada por las bodas de los hombres de este mundo. Ella no está en Caná para cuidar a Jesús, para arroparle en medio de los riesgos de una boda donde parecen estallar las leyes más normales de la compostura y sobriedad del mundo, está para ocuparse de los hombres, de aquellos que quisieran llegar hasta las bodas de alegría y vida de la tierra, pero no pueden hacerlo porque falta el vino de la fiesta.

María, la madre escondida de Mt 1-2, la cantora de la gran transformación mesiánica del Magníficat (Lc 1,45-55), viene a presentarse ahora como promotora de la fiesta: ¡ella está al servicio del vino de la vida! Sabe que la esclavitud no es sólo el hambre y la opresión-humillación que presentaba Lc 1,52-53: esclavitud es carencia de amor, es la impotencia de una vida en la que todo está encerrado en leyes, purificaciones lustrales, ceremonias opresoras. Pues bien, precisamente en ese lugar, allí donde los hombres padecen la gran frustración de su impotencia (¡no alcanzan a beber el vino de las bodas!), viene a presentarse María y nos presenta a Jesucristo.

 Éste es el lugar donde la libertad se expresa como plenitud afectiva y efectiva. Libre no es sólo el que tiene dinero y puede comer; no es tampoco el que eleva su frente y no sufre socialmente oprimido (Lc 1,52-53). Libre de verdad es el que puede amar: el que penetra en el misterio de la vida como bodas, el que bebe del vino de la fiesta y de esa forma alegra su existencia. Precisamente al servicio de la vida y del amor, del vino y de la fiesta se ha puesto María, conforme al evangelio. Ella está con los diáconos, con los servidores del banquete, anunciando y preparando el gozo que se acerca, la liberación definitiva.

Este es el principio de las obras de María, tanto en plano social (Magnificat) como en plano más sacral: Ella anuncia e inicia el camino de la libertad de Jesús, como mujer y madre comprometida por el reino mesiánico de Jesús. Una parte considerable de la nueva mariología actual no no se ha dado verdaderamente cuenta de eso.

2.MARÍA Y EL AMOR REAL: LA IGLESIA DE LOS AMIGOS DE JESÚS (Jn 19,25-27)   Este pasaje retoma y completa el motivo de las bodas de Cana: La iniciadora de la fiesta (la que dice a Jesús los novios no tienen vino) viene a presentarse al final del camino de Jesús como “gran amiga” (tesoro y principio de amor-amistad) en el grupo de los amigos de Jesús, que forman la comunidad de los amigos-amados, conforme el evangelio de Juan. Una parte considerable de la Iglesia actual mira a María como “amor ideal” (la pone en un trono, la coloca en una peana), pero no acaba de entender que, conforme a Jn 19, 25-27 ella es animadora e iniciadora de los “amores” de la Iglesia del Discípulo amado de Jesús.

           Ciertamente, María ha sido concebida en la Iglesia como signo de amor-amistad, pero un amor separado, inmaculado (en el sentido negativo del término), un amor que no es de este mundo, sin noviazgos reales, sin bodas, sin sorodidades concretas…, un amor-amistad que no se introduce realmente en el mundo, que no lo cambia por dentro como levadura de Dios.

Estando Jesús sobre la cruz y «mirando presentes a la madre y al discípulo al que quería, dijo a la madre: Mujer, he ahí a tu hijo…

Y mirando después al discípulo amado le dijo: Ahí está tu madre. Y desde entonces el discípulo la recibió en su casa, entre sus “cosas”. (Jn/19/26-27)

          La madre-iniciadora de la fiesta (del paso del agua penitencial al vino de Caná) aparece aquí inmersa, por la entrega de amor de Jesús, en el gran círculo de la fiesta del discípulo amado, de los amados de Jesús.

Al llegar aquí debemos afirmar que su maternidad ha culminado. María acaba siendo madre-amiga de los amigos de Jesús De esta forma supera el esquema neurótico, egoísta de una maternidad castrante, circularizada: el hijo para mí, yo para mi hijo.

          Comenzó Jesús a romper ese círculo; ahora lo acaba de romper María al escuchar a Jesús e integrarse en la comunidad/casa del Discípulo amado.. Por eso está de pie, junto a la cruz, respetando a Jesús en el momento de su entrega, y acompañándole con el testimonio de su propia entrega, al lado de los amigos de Jesús, que son Magdalena y el Discípulo amado, todos los qus se saben amados y aman a Jesús

Precisamente ahora, cuando sabe que ha perdido definitivamente a su hijo, María sabe que lo encuentra más cerca que nunca, como amiga de los verdaderos amigos, con Magdalena, en la “casa” comunidad de los amados de Jesús que son la Iglesia.

En primer lugar, sorprende el hecho de que María, que de alguna forma ha terminado el proceso de su maternidad, reciba en este pasaje, nuevamente el nombre de mujer: ella vuelve a situarse de esa forma en el principio de la creación, allí donde Eva, la mujer originaria, recibía el título de hewa, la vitalidad o la viviente. Partiendo de la cruz, la historia cambia. La maternidad gratificante y abierta de María empieza a ser liberadora.

Por eso, el Hijo salvador le dice, desde lo alto de la cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo’: Hijo es ahora el hombre que está necesitado, es el hermano de Jesús que sufre y padece sobre el mundo conforme a la palabra de Mt 25,31-46, es el amado, el que inicia en la iglesia un camino nuevo de amores“. Por eso María, la mujer, que parecía haber cumplido su tarea, debe empezar tarea nueva sobre el mundo. Mejor dicho, debe continuar en su tarea antigua, realizando en los discípulos aquello que antes hizo en Jesucristo… la tarea de impulsar el camino de los “amados”.

De esta forma supera la familia de la carne y de la sangre, centrada en el egoísmo de tradición o raza. Pero igualmente se supera la familia burguesa y egoísta de los hombres que se cierran en un círculo pequeño de solidaridad o transparencia mientras fuera rigen los principios de la lucha y de la fuerza.

Sólo es verdadera familia de María y sólo puede resultar liberadora aquella que se abre hacia el espacio exterior de los hermanos. De esa manera, lo que parece fin (la misma muerte del ser más querido) viene a convertirse en principio de una apertura más extensa de una amistad/amor universal. Junto a la cruz del Cristo aparentemente terminada, agotada para siempre, María empieza a desvelarse como madre-amiga universal de los hermanos de Jesús, en gesto concreto de acogida, de solidaridad, de nuevo nacimiento.

 Estaban allí la madre y la amiga Magdalena, y el discípulo que Jesús amaba (hon egapa). Ellos condensan para Juan el conjunto de la iglesia, la iglesia de los amados.

Ese discípulo amado puede haber sido en principio una persona concreta, Juan Zebedeo, Lázaro, Nicodemo, Felipe, Natanael o algún otro seguidor del Cristo. No sabemos si perteneció al círculo de los Doce o si adquirió después autoridad influyente dentro de la iglesia. Lo único que sabemos es que ese discípulo amado (no Pedro, no Pablo, no Santiago el pequeño…) aparece ahora como signo de toda la Iglesia… El signo de una comunidad de amigos de Jesús en la que se integra María, su madre.

 Ésta es la escena del nacimiento de la Iglesia. El mismo Pedro vendrá después (Jn 21) para integrarse en esta comunidad del Amado (de los amados de Jesús). Esta escena empieza sólo con mujeres amadas, como sabe una tradición antigua (Mc 15,40-41 par). El evangelio de Juan 19 recuerda y recrea esa escena condensando todo en tres personas:   Jesús, la madre y el discípulo del amor. Desaparecen de esa forma las restantes relaciones, como los poderes y grandezas de los hombres.

 Toda la hondura de los cielos y la tierra se ha centrado en estos rasgos: la madre que engendra, el discípulo que ama (que es amado) y Jesús, el hijo de la madre, el maestro-amigo del discípulo. En el apartado anterior hemos señalado las palabras a la madre: «Mujer, he ahí a tu hijo». En ese fondo se entienden las palabras finales:

«Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre; y desde aquella hora el discípulo la tomó en su casa» (entre sus cosas) (/Jn/19/27).

  Estas palabras han sido interpretadas de mil formas y resulta difícil descubrir en ellas nada nuevo. Sin embargo, a la luz de todo lo que hemos venido exponiendo, pienso que el tema puede explicitarse de una forma algo distinta.  El discípulo amado (la iglesia de los amigos) tiene que acoger a la madre de Jesús como iniciadora de amores, en libertad, en claridad, en autonomía, en contra de una iglesia actual que parece dominada por clérigos nerviosos ante los amores verdaderos.

Esto significa que María, la madre de Jesús, heredera de las promesas del AT e iniciadora de los hombres en el camino del mesianismo (Jn 2,12), queda confiada como tesoro de amor y herencia de vida en la comunidad del discípulo amado, es decir, precisamente allí donde el amor era la norma y el principio radical de la existencia. Todos los restantes elementos pasan: la autoridad, las organizaciones activistasd, los proyectos de transformación externa, etc. Sólo queda para siempre el amor que brota de Jesús; y allí donde reina ese amor (discípulo que Jesús amaba) está la madre, María.

El texto dice que «el discípulo la acogió en su casa», es decir, la recibió en la casa o familia de la iglesia, en la comunidad de amor de los creyentes. Posiblemente se refleja aquí un recuerdo histórico: la madre de Jesús, después de la pascua, vino a formar parte de una comunidad que estaba centrada en el misterio del amor.

           La madre de Jesús pertenece al camino  fundante del amor de los cristianos; por eso, sólo ha podido ser asumida y valorada como amiga en la comunidad especial del discípulo del amor. Eso significa que sólo aquellos que viven en hondura radical la palabra del amor y la libertad creadora de Cristo, conforme al mensaje de Juan, entenderán (podrán recibir en casa) a la persona de María, su madre.

Quedan muy atrás los viejos problemas: la figura de María como signo de opresión religiosa, discriminación sexual, prepotencia, engaño o injusticia. Conforme a todo lo aquí expuesto, la madre de Jesús viene a presentarse dentro de la iglesia como signo de libertad: ella ha traducido el diálogo con Dios en palabra de creatividad y comunión entre los hombres; así ofrece dentro de la historia su promesa de reconciliación humana, a través de un cambio revolucionario en que los hombres, haciéndose servidores los unos de los otros, aprenden a ser hijos, hermanos y amigos sobre el mundo.

3. MARÍA HERMANA: NUEVA FRATERNIDAD, JUSTICIA DEL REINO

Brevemente queremos evocar y precisar el tema a la luz de aquella gran palabra de Mt/23/08-09: «Vosotros no llaméis a nadie rabbi; uno es, pues, vuestro maestro y todos vosotrossois hermanos. Y a nadie llaméis sobre la tierra padre, pues uno es vuestro Padre, el de los cielos». Éstas son palabras condensadas que reflejan la nueva densidad, el nuevo espacio vital y familiar de la comunidad cristiana. Evidentemente, ellas incluyen a María, la madre de Jesús.

  María tiene que saber que verdadera familia de Jesús (hermandad donde se implican y unifican madre y hermanos) es la que está formada por aquellos que «cumplen la voluntad de mi padre que está en los cielos» (Mt 12,20). María ha recorrido el camino de esa búsqueda familiar, descubriendo al final que sólo existe verdadera libertad allí donde los hombres aprenden a vivir y viven como hermanos. La libertad formal no basta, no es suficiente aquel decreto en que se dice como ley que todos son hermanos. Tampoco es suficiente la actitud iconoclasta del que mata (niega) al padre impositivo o al maestro-dictador de turno que pretende dirigir a los demás por sus caminos. Verdadera libertad sólo es posible allí donde los hombres son maduros para transformar las situaciones de opresión y celebrar la fiesta de la vida en actitud fraterna. No basta con decir que uno «es hermano».

Los hermanos se hacen, compartiendo juntos el crecimiento, a partir de la palabra que les llama, les convoca, les capacita para convivir. En ese aspecto, la fraternidad es un nuevo nacimiento compartido; los hermanos deben compartir una especie de «estado naciente», una transformación común o un común renacimiento, que les vincula para asumir juntos la experiencia del futuro. Tienen pasado común, parten de una misma palabra de gracia que les capacita para hallarse vinculados por eso caminan hacia un mismo futuro, para cumplir juntos la voluntad de Dios (cf Mc 3,31-35 y par).

Al asumir este camino de Jesús dentro de la iglesia, María participa de eso que pudiéramos llamar el estado naciente de la comunidad cristiana. Tras la muerte de Jesús se van uniendo los creyentes y renacen, en ámbito de pascua, «por el agua nueva y el Espíritu de vida» que provienen de Jesús resucitado, como ha dicho de mil formas el evangelio de Juan (cf Jn 2,5; 4,14; 7,38-39; 1,12-13, etc.). Esta experiencia de renacimiento, tras la muerte de Jesús, que Lucas tipifica como fiesta de Pentecostés (He 1-2), constituye el surgimiento y base permanente de la iglesia. Éste es el texto central de María, como hermana entre los hermanos:Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. 13Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. 14Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.15Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: 16«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho… (Hch 1, 12.16)

 La iglesia del principio está formada por unos 120 hermanos, de orígenes distintos… Entre todos ellos destaca María, la Madre de Jesús, como “gran” hermana… y a su lado Pedro, como animador de la tarea de los hermanos, a la espera de la llegada del Espíritu Santo.

Este renacimiento pentecostal les hace hermanos en el sentido más intenso del término. De esa forma viven su libertad: como solidaridad fraterna, en gesto común de búsqueda y misterio. No hay entre ellos ningún padre que les guíe sobre el mundo. No hay maestro de la ley ni director que tenga autoridad sobre el conjunto. Conforme a la palabra de Mt 23,8-9, todos son hermanos, incluida María, la madre de Jesús. Así lo reconoce He 1,15 al presentar la primera asamblea de esta iglesia. Así lo han confirmado después los sumarios donde viene a explicitarse el contenido de la vida compartida de los fieles (cf.  He 2,43-47, 4,32-36). La libertad se ha definido así como principio de experiencia fraterna. Esta María, hermana, con su pasado y tarea de renovación (Caná) y de amor/amistad (bajo la cruz de Jesús) es una garantía del nuevo comienzo de la Iglesia.

 (Texto base en X.Pikaza, en S, de Fiores, S.Meo y E. Tourón, Diccionario de Mariología, Paulinas, Madrid 1988,págs. 1062-1084