María, mujer del pueblo y mujer de Dios

“La hemos reducido al papel de mediadora y despojado de su carácter de modelo de seguimiento” 

La buena noticia a los pobres, equipo de lectura pastoral de la Biblia, Perú Juan Bosco 

María, plenitud de mujer

María ocupa, sin duda, un lugar importante en nuestras vidas y en nuestra experiencia de fe 

Es cierto que está muy presente en la devoción popular y que estas expresiones reflejan el amor que el pueblo siente por ella; pero también es cierto que la han alejado de lo que es y era, una mujer campesina y pobre 

Como sucede también con much@s sant@s, la hemos reducido al papel de mediadora para conseguir favores y milagros y la hemos despojado de su carácter de modelo de seguimiento 

También la hemos despojado de su femineidad plena, reduciéndola, como sucede en una perspectiva patriarcal a ser “madre” y, además, madre “virgen” 

Planteamos, por eso, limpiar nuestras miradas y encontrarnos con Ella desde una perspectiva distinta 

Nos encontraremos con textos de los evangelios en los que encontramos a la persona de María. Nos acercamos a María en cinco momentos distintos o desde cinco miradas distintas 

Son 24 encuentros comunitarios en la dinámica de la lectio divina al estilo de la ABP como la vivimos en el equipo de lectura pastoral de la Biblia (Lepabipe) 

Por Juan Bosco Monroy 

María ocupa, sin duda, un lugar importante en nuestras vidas y en nuestra experiencia de fe

Sin embargo, muchas veces la hemos y alejadode la realidad del pueblo por lo que pierde significatividar para la mayoría de las mujeres y varones en la respuesta de fe desde su realidad concreta. 

Muchas veces la hemos divinizado, entronizado o enseñoreado, convirtiéndola en una casi diosa que habita en un cielo lejano, o una reina sentada en un trono llena de coronas y signos de poder, o una “señora” poseedora de vestidos lujosos y privilegios. 

Es cierto que está muy presente en la devoción popular y que estas expresiones reflejan el amor que el pueblo siente por ella; pero también es cierto que la han alejado de lo que es y era, una mujer campesina y pobre, alejándola de la realidad cotidiana de nuestro pueblo y haciéndole perder la significatividad que tiene para l@s que queremos seguir el camino de Jesús. 

Como sucede también con much@s sant@s, la hemos reducido al papel de mediadora para conseguir favores y milagros y la hemos despojado de su carácter de modelo de seguimiento. 

También la hemos despojado de su femineidad plena, reduciéndola, como sucede en una perspectiva patriarcal a ser “madre” y, además, madre “virgen”. En esa perspectiva, la mujer, manchada por el pecado original y causante culpable de ese pecado, sólo encuentra su redención en la maternidad o la virginidad. La única posibilidad de redención para la mujer está en ser mamá o monja. 

También puede suceder que nuestra mirada y encuentro con María se ha “rutinizado”, repitiendo siempre las mismas “verdades”, los mismos “ritos” y anulando la capacidad transformadora que Ella puede provocar en nuestras vidas. 

Otro elemento importante, es que la hemos aislado; la hemos separado del grupo de mujeres y varones que caminaron con Jesúsy del que Ella formó parte activa. Esta separación favorece una perspectiva individualista tan querida por un cierto modo de concebir a la persona, a la sociedad y a la experiencia de fe; perdemos la dimensión comunitaria tan característica de la propuesta de Jesús. 

Planteamos, por eso, limpiar nuestras miradas y encontrarnos con Ella desde una perspectiva distinta. 

María mujer, vista desde su ser y su experiencia de mujer en un contexto histórico concreto y formando parte de una clase social concreta y de una comunidad de fe también concreta

María mujer, vista desde nuestros propios ojos de mujeres… y de varones… mujeres y varones que buscan vivir sus vidas en respuesta a un llamado que se experimenta como llamado y propuesta de Dios y al que se quiere responder en un compromiso de fidelidad en la construcción del Reino. 

Esta mirada a María como mujer en un contexto concreto nos permite poner atención a algunos aspectos de su persona, de su vida y de su experiencia de fe, a los que, quizá, no hemos puesto mucha atención. 

Necesitamos abrirnos a la novedad de Dios que siempre es más grande y está más allá de lo que creemos saber sobre Él, y sobre Ella. Dejar que, a través de esta mirada, María nos sorprenda y a través de Ella, también Dios nos sorprenda. 

Por eso en los textos nos encontramos con la “revelación de Dios” … siempre tienen algo nuevo que decirnos y provocan la conversión de la vida. 

Buscamos, entonces, acercarnos a María mujer, y mujer pobre, desde el ser y la experiencia de las mujeres, especialmente las mujeres pobres, de ayer y hoy; acercarse a ella desde una perspectiva de género y de clase. Ver a María, mujer, desde la realidad de las mujeres, y desde la relación que entablamos con ellas los varones, para volver a la realidad de las mujeres y varones con las luces que el encuentro con ella nos ofrece. Una preocupación importante, era cómo poder escapar de una mirada masculina y una mentalidad patriarcal en el encuentro con esta mujer. 

Nos encontraremos con textos de los evangelios en los que encontramos a la persona de María. Nos acercamos a María en cinco momentos distintos o desde cinco miradas distintas: 

-María de la encarnación 

-María de la visitación 

-María de la incertidumbre 

-María de la fidelidad 

-María de la comunidad resucitada 

Primero nos encontramos con la mujer joven que tiene sus planes y expectativas para construir su vida futura dentro de los modelos que su cultura y su pueblo le ofrecen, pero que debe discernir todo desde un llamado nuevo que “escucha”. A partir de ahí vive una conversión profunda y radical que orienta toda su vida en una dirección contraria con consecuencias muy grandes. 

El segundo momento nos presenta un encuentro de mujeresencuentro fecundo que pone en crisis todo el sistema socialy plantea una transformación radical del mismo, expresado en ese canto de las mujeres que descubren al Dios que revoluciona toda la vida. 

El tercer momento nos lleva a encontrarnos con María en sus experiencias de migrante, excluida, exiliada, marginada y sola junto con su pueblo

El cuarto momento nos ayuda a encontrarnos con María que, junto con otras mujeres, acompaña a Jesús en su vida comprometida con la realización del proyecto de “Papá”, el Reino de Dios. 

Por último, nos encontramos con ella en medio de la comunidad de discípulos y discípulas que han experimentado la vida nueva de y en Jesús y llevan adelante su propuesta

Este encuentro con María, mujer del pueblo y mujer de Dios, nos revitalizapara ser iglesia en salida; mujeres y varones que acompañan a sus hermanos y hermanas en el camino de la vida y ahí, junto con ellos y ellas, hacen la experiencia de Dios que l@s compromete a anunciar y realizar el “Reino de Papá”. 

En la dinámica de la lectio divina 

Son 24 encuentros comunitarios en la dinámica de la lectio divina al estilo de la ABP como la vivimos en el equipo de lectura pastoral de la Biblia (Lepabipe). 

En la perspectiva de la “animación bíblica de toda la vida y la pastoral” (DA 248), la lectio divina se va convirtiendo en el espacio comunitario que integra y alimenta a tod@s l@s que nos sentimos convocad@s por la Palabra al seguimiento de Jesús para la construcción del Reino. De esta manera la comunidad creyente se construye desde el encuentro con la Palabra que “anima toda la vida y la pastoral”

Esto supone una conversión de la vida, de l@s agentes pastorales, de los grupos y comunidades y de todos los procesos evangelizadores. Exige ser “una iglesia en salida”, “no autorreferencial”, como tanto insiste Francisco, obispo de Roma. 

A partir del sínodo de la Amazonía se plantea que queremos ser una iglesia samaritana, encarnada al modo en que el Hijo de Dios se encarnó; una iglesia magdalena, que se siente amada y reconciliada, que anuncia con gozo y convicción a Jesús crucificado y resucitado; una iglesia mariana que genera hij@s a la fe y l@s educa con cariño y paciencia aprendiendo también de las riquezas de los pueblos; una iglesia servidora, kerigmática, educadora, inculturada en medio de los pueblos que servimos

Esto exige de nosotr@s un contacto frecuente y profundo con la Palabra de Dios que se nos ofrece y nos sale al encuentro en la realidad, en el texto escrito, en la comunidad, en el interior de cada una de nosotr@s. 

Un encuentro constante con la Palabra que permita que cada persona y cada comunidad tengan más vida. Una lectura que trata de no acomodar y hacer encajar a las comunidades en la biblia, sino de ayudar a que la biblia se convierta en el elemento dinamizador de sus vidas

Son encuentros para la comunidad; una comunidad abierta, acogedora, que valora la vida, la presencia y el aporte de cada un@. La experiencia vivida en la dinámica de la lectio va permitiendo y favoreciendo la integración de la comunidad. 

En el proceso se mantienen los cuatro pasos tradicionales de la lectio, aunque añadiendo también otras formas de nombrarlas; de esta manera buscamos responder tanto a quienes viven esta experiencia por primera vez como a personas que ya tienen la experiencia de la lectura orante. 

A los cuatro pasos tradicionales hemos agregado un primer paso que consiste en partir de la realidad. En la línea de los dos libros de San Agustín, primero leemos el libro de la vida para después ir al libro de la biblia retornando, al final del proceso, a la vida, pero contemplada con otros ojos. 

Para cualquier información sobre este material pueden comunicarse a: 
jboscomonroyc@gmail.com 

Las cinco mujeres rebeldes del Islam


¿Puede coincidir la rebelión de una mujer con un espíritu profético capaz de predecir y escribir el futuro? Muchas veces las religiones solicitan obediencia, sumisión y silencio, especialmente de parte de las mujeres, pero aquí estamos hablando de mujeres que responden a dos adjetivos, profético y rebelde.

En realidad, rebelarse es la mitad de la fe, según la fórmula suprema propuesta por el islam, la ‘ilaha ill Allah’, no hay más dios que Alá. Para realizar la fe, primero se pide el rechazo, la negación y la batalla contra todo lo que crea ídolos por dentro y por fuera con el fin de ser auténticamente creyentes en un solo Dios. Presentamos cinco figuras de mujeres rebeldes y proféticas en la historia y tradición islámicas.

  •  La primera es la madre del profeta Moisés. El Corán cuenta la historia de una madre mansa llena de amor por su hijo destinado a ser asesinado. No se dejó llevar y rezó y lloró, sí, pero no se rindió. ¡Se rebeló porque se le ofreció confiar en un proyecto aparentemente contra la razón misma! De hecho, de su Señor recibió un camino de salvación para su hijo que iba en contra de la lógica del mundo: “Alimenta a tu hijo y cuando temas por su vida tíralo al río” (Corán 28, 7). Una fe grande y auténtica llevó a la madre de Moisés a cumplir un gesto extremo, así que, aceptó la propuesta y confió en la Voz. Verdadera rebelde contra un destino de muerte e injusticia, el Corán le reserva un verbo que se refiere a los profetas mayores, Awhayna: “Hemos revelado a la madre de Moisés lo que tenía que hacer” [ibidem].
  • Otra gran rebelde mencionada en el Corán es la esposa del faraón, el hombre más poderoso de su tiempo. Rebelarse contra él era inconcebible para cualquiera, y en cambio lo hizo una mujer, su esposa. Lo tenía todo y podía seguir disfrutando de las riquezas del mundo, pero eligió defender a Moisés en favor de los oprimidos (Corán 66, 11-16). Según el Corán, ella es un ejemplo y su rebelión es un auténtico acto religioso.
  • La tercera rebelde de gestos proféticos es Agar, abandonada por el profeta Abraham. En su situación, cualquiera hubiera perdido la fe y la esperanza, pero esta mujer maravillosa no se detuvo ni ante el abandono del mismo Dios. Luchó contra la desesperación, traspasó los límites y corrió en busca de agua para su hijo Ismael, sediento y abandonado junto a ella en una tierra árida. Según la tradición islámica, Agar corrió entre las dos colinas de Safa y Marwa, entonces deshabitadas, siete veces. Reconociendo su valor, el Dios de la vida derramó agua bajo los pies de su hijo salvando así a ambos. Los musulmanes de todos los rincones de la Tierra que viajan a La Meca para realizar el rito de la gran peregrinación están llamados a imitar los pasos de esta mujer como parte integral del solemne rito religioso (Corán 2, 158) que recorre siete veces las dos colinas hoy conectadas por un pasillo cubierto y a beber la misma agua que aún brota hoy.
  • La cuarta mujer es Khadija, la rica comerciante de La Meca que se convirtió en la amada esposa del profeta Mahoma gracias a su rebelión contra las costumbres de la época ya que fue ella quien pide la mano del joven Mahoma. 15 años mayor que él y separada con hijos, se enamoró de su joven empleado y afrontó valientemente el juicio de la gente desafiando a todos. Pero su verdadera batalla y auténtica rebelión fue creer y apoyar a su marido y su mensaje profético contra los corruptos y poderosos de la sociedad, en defensa de los oprimidos y de los últimos. Para ello, puso su patrimonio a disposición de este proyecto monoteísta. Y así es como toma el título honorífico de Khadija al Kubra, la más grande
  • La quinta rebelde profética, madre de sabiduría, fe y coraje, no es otra que María. Ella comenzó la batalla y la búsqueda del bien y la luz desde una edad temprana, según el relato coránico (Corán 19, 16). En el capítulo veintiuno titulado Los Profetas, tras la narración de la vida de unos quince de ellos, aparece el nombre de María, como la flor de los profetas.

Mihrab, de la raíz harb, se traduce como “lugar de batalla”. Hoy en día, el lugar dentro de la mezquita que ocupa el imán que dirige la oración se llama Mihrab. Para subrayar este aspecto combativo de María, el Corán menciona la palabra mihrab solo una vez y esta única vez se refiere a ella (Corán 3, 37).

Muy significativo porque María no es la mujer sumisa en silencio pasivo, sino una verdadera luchadora contra toda ignorancia e injusticia, que cree más allá de todos los límites y fronteras. La batalla contra la oscuridad es necesaria para el cumplimiento del plan de Dios para el hombre, para convertirse en seres humanos iluminados y realizados como María (Corán 66, 12).

Servir en la posible, cultivar lo imposible

Benjamín González Buelta, SJ : “María nos muestra el camino del Reino de Dios”.

Benjamín González Buelta, sj

“Resucitar no es un privilegio para algunas personas, sino un destino común para todos los que escojan vivir el del Reino de Dios”

 Julio Pernús corresponsal en La Habana

El sacerdote jesuita español Benjamín González Buelta, SJ, es un hombre místico al que los católicos de América Latina le guardamos un cariño especial, pues ha sabido entregar su vida en el servicio a los demás en países como Cuba y República Dominicana. El pasado domingo 15 de agosto, Benja como le conocen sus amigos, compartió una pequeña reflexión sobre la fiesta de la Asunción de la Virgen María, la misma llevó por título: SERVIR EN LO POSIBLE, CULTIVAR LO IMPOSIBLE.

Resucitar no es un privilegio para algunas personas

En su texto el jesuita español nos refiere que con diferentes fiestas y advocaciones celebramos a María a lo largo del año. Y el pasado domingo 15 nos centramos en su Asunción al cielo al final de su vida. “Siendo parte de nuestra humanidad, también nos lleva con Él a la resurrección. Resucitar no es un privilegio para algunas personas, sino un destino común para todos los que escojan vivir el del Reino de Dios. Al final de su vida, la Madre que llevó en su seno al Hijo de Dios, fue llevada al encuentro con su Hijo Resucitado.”

El don principal de María

El texto publicado en el boletín dominical Vida Cristiana le comenta a sus lectores que “el don principal de María -del que se derivan todos los demás- es el de ser escogida para ser madre de su Hijo Jesús. Por eso, el evangelio nos recuerda el momento central en la vida de María: cuando acepta ser la Madre del Hijo encarnado. Para lo que ella puede hacer dice “He aquí la servidora del Señor”; para lo que no puede, se dispone a acoger ese don: “Hágase en mí según tu palabra”. Cuando somos los humildes servidores de lo posible, estamos cultivando el misterio de lo imposible.”

María no se queda quieta

Benjamín, SJ, desde un acercamiento profundo a la espiritualidad mariana continúa su reflexión recordándonos que “después del encuentro tan intenso con Dios, María no se queda quieta como si su dignidad la apartase de la vida sencilla de todos los días. Ella camina humildemente hasta Judea para visitar a su prima Isabel. Lleva dentro dos intenciones. La primera, servir a Isabel en sus necesidades de mujer embarazada. La segunda, conversar con ella el misterio que lleva dentro, porque Isabel también estaba involucrada en la misma misión, como le dijo el ángel: “Mira a tu prima Isabel. A pesar de su vejez ha concebido un hijo”. Su hijo Juan prepararía el camino de Jesús.”

María nos muestra el camino del Reino de Dios

Como conclusión del texto reflexivo se puede leer: “María canta su dicha. No se encoge en una falsa humildad. Vive una experiencia de Dios que la hace exultar de alegría, y al mismo tiempo, exaltar su acción entre nosotros. Se siente servidora del proyecto del Reino que se extiende por todos los siglos, levantando hasta los cielos a los pobres y humillados, y rebajando hasta el suelo a los instalados en su privilegio. Esta joven humilde de Nazaret nos muestra el camino del Reino de Dios, que remueve de su trono a los poderes injustos y orgullosos que parecen inamovibles.”

Ay! La Virgen!

“Hay que ir a la vida y valores de la Madre de Jesús, una señora de armas tomar”

“Pese a que le tengo cariño a la Pilarica o a María Auxiliadora yo siempre voy a María, la del Evangelio, la que decía ese panfleto revolucionario de ‘Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, levanta  a los humildes, a los hambrientos los colma de Bienes y a los ricos los despide vacíos'”

“El arte y las imágenes son maravillosos y las procesiones y otras variedades de expresiones populares de fe han de respetarse y fomentarse”

“Porque María no se arruga; ella es sencilla pero fuerte, toda una mujer, toda una madre. Y a la madre se la quiere y se le respeta y se le escucha, que siempre suele tener razón”

Por Toño Casado

María la Madre de Jesús casi siempre anduvo metida en problemas, ya te lo he contado mil veces. Con una familia bastante atípica, a punto de ser repudiada por su novio, sin sitio en ninguna posada de Belén,  que tuvo que parir en una covacha sin más asistencia que la de un San José,  supongo que un tanto asustado… Refugiada en Egipto, buscando a su niño, ya enigma adolescente, que se perdía por Jerusalén; diana de las críticas de sus vecinos ante las andanzas de su hijo, “un loco, revolucionario, endemoniado, blasfemo”. María en el camino de la cruz recibiendo los insultos y las lechugas que se lanzan al reo en los viacrucis  de todas las épocas.

La madre mirando a su hijo crucificado que la dejaba en las manos de Juan, su amigo asustado y triste. María con su hijo deshecho, muerto en sus brazos mientras una espada de neutrones le traspasaba el alma. Y María viendo a la primera Iglesia con sus miedos, su coraje, sus errores, sus primeros mártires, muchos amigos suyos, los apóstoles , recibiendo de nuevo el Espíritu Santo, que les dio valentía y les hizo entender la historia de Jesús. María, corazón de la Iglesia, que siempre hay una madre en medio, como el Pilar de la casa donde todos se apoyan.A lo largo de la historia los cristianos, llevados por el cariño y la más profunda devoción, fueron representando a María en cuadros y esculturas, con trajes maravillosamente ornamentados, coronas de oro y diamantes, tronos repujados, mantos bordados de mil colores. Miles de artistas plasmaron su rostro con miles de matices, incluso se le dieron distintos nombres y “advocaciones” porque María, la Madre de Jesús es madre de todos, y comparte el corazón de los sevillanos en la Macarena, de los madrileños en la Almudena, de los hispanos en la Virgen del Pilar, de los catalanes en la Moreneta…, y así una largo catálogo que hacen que María sea una más de cada pueblo, donde la gente acude, o acudía, a dejarle el corazón sobre las rodillas, todos niños que esperan el auxilio de una Madre que les echase una mano.

También María comenzó a “aparecerse” a distintas personas con más o menos efectos especiales. La primera fue en el Zaragoza, sobre un pilar ni más ni menos, a un Santiago peregrino que andaba de bajón porque su cuenta de resultados apostólicos en España estaba en bancarrota. La agenda de las apariciones marianas es muy apretada y se pueden contar por cientos. Suele haber un árbol, niños, una fuente y la virgen habla mucho, revelando y revelando  misterios y secretos. La Iglesia ha reconocido muy pocas dejando la libertad a los fieles de creer en ellas o no.

Es curioso que incluso a veces la Vírgenes son rivales unas de otras, como los concursos de mises, siendo las abanderadas de movimientos, ciudades o cofradías que presumen de su  advocación u imagen como la mejor llegando incluso a las manos con las otras… olvidando que todas son las misma.Pese a que le tengo cariño a la Pilarica o a María Auxiliadora yo siempre voy a María, la del Evangelio, la que decía ese panfleto revolucionario de “Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, levanta  a los humildes, a los hambrientos los colma de Bienes y a los ricos los despide vacíos”. Pero, ¿Esto qué es? Alguno dirá que es más roja que un tomate… porque es mejor convertir a María en una miss universo a la que piropear y llevar de acá para allá que en una mujer empoderada, como se dice ahora, que mientras ayuda a su prima embaraza y vieja, suelta un discurso incendiario. María es valiente, María es tan peligrosa como su hijo y lo más prudente para muchos es convertirla en un bombón de Ferrero Rocher.

El arte y las imágenes son maravillosos y las procesiones y otras variedades de expresiones populares de fe han de respetarse y fomentarse. Pero también hay que ir a la vida y valores de la Madre de Jesús, una señora de armas tomar, incansable al desaliento, llevando en sus manos a sus hijos, para que se encuentren todos como hermanos en el mismo regazo haciendo caso del mayor , que es Dios y todo, Jesús el de Nazaret, el nieto de Ana y Joaquín:  “Haced lo que Él os diga”. Y así habrá vino y fiesta para todos.  Ese es su papel; no tiene intención de derrocar a su hijo como las historias de los reyes humanos. No la coloquemos nosotros donde ni ella ni Dios quisieron nunca que estuviese.

Porque María no se arruga; ella es sencilla pero fuerte, toda una mujer, toda una madre. Y a la madre se la quiere y se le respeta y se le escucha, que siempre suele tener razón.

Bendita tú entre todas las mujeres, he dicho.

Fiesta de la Asunción de María (Lc 1, 39-56)

Visita de María a Isabel

 RASGOS DE MARÍA

 La visita de María a Isabel permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús, antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena.

María, que ha llegado aprisa desde Nazaret, se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos a lo largo de los siglos a partir de advocaciones y títulos alejados de los evangelios.

María, «la madre de mi Señor»
Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es antes que nada la Madre de nuestro Señor. De ahí arranca toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

María, la creyente
Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

María, la evangelizadora
María ofrece a todos la salvación de Dios, que ha acogido en su propio Hijo. Esa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no solo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.

María, portadora de alegría
El saludo de María comunica la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate… el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa

La “mariofanía” de Apo 12

Asunción (II), vestida de Sol (Ap 12), Virgen de Guadalupe (México)

Presenté ayer las cuatro mujeres del Apocalipsis, insistiendo en su importancia para situar la Asunción, con la simbología femenina  del cristianismo, vinculando Ap 12 con la Asunción y Guadalupe

Ap 12, 1-6  (y el Apocalipsis en conjunto) expone el drama escatológico, representado en la Mujer-Madre celeste y en su lucha contra el Dragón que intenta devorar a su Hijo, sus hijos, que son la Humanidad entera. Esa Mujer Celeste  padece en el mundo, perseguida  por el Dragón y amenazada por la Prostituta Sangrienta, pero al final vence y se revela como Novia del Cordero, celebrando las Fiestas de la Humanidad reconciliada (Ap 21-22). Así comienza el drama:

 “Y apareció una señal grande en el cielo: Una Mujer, revestida del sol, con la luna bajos sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas; y estaba encinta y gritaba en dolores de parto, torturada por dar a luz.

Y apareció otra señal en el cielo y era esta: un Dragón rojo, grande, con siete cabezas y diez cuernos y sobre sus cabezas siete diademas;y su cola arrastró un tercio de los astros del cielo y los arrojó sobre la tierra.

Y el Dragón se colocó delante de la Mujer que debía dar a luz, a fin de devorar al a su Hijo (tekton) cuando lo alumbrara. Pero ella dio a luz un Hijo (huion) Varón, que debe pastorear a todos los pueblos con vara de hierro. Y su Hijo fue raptado hacia Dios y hacia su Trono y la Mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios, y allí la alimentan mil doscientos sesenta días” (Ap 12, 1-6)[1].[2].

           El drama aquí anunciado  se despliega a lo largo del Apocalipsis, como seguiré indicando… En ese contexto se sitúa y desde ese fondo se entiende la “mariofanía” más significativa  de la iglesia católica en los tiempos modernos: La “Revelación” de la Virgen de Guadalupe (México), el año 1531.

La “conquista” española había sido traumática;la gran cultura náhuatl del altiplano estaba desapareciendo, por derrota militar, pandemia sanitaria, sometimiento político y cansancio vital.  Pero, de un modo sorprendente, a partir del 1531, muchos “indígenas” empezaron a  revivir, “pactando” cultural y religiosamente con los “invasores” cristianos, re-descubriendo en  la Virgen-Madre de Ap 12, 1-6a su antigua Diosa-Madre, Tonancin, reina de los cielos.

Éste es el “milagro” del renacimiento americano, que se entiende desde Ap 12 y la religión pre-cristiana de México, que era muy valiosa en sí misma y que muchos hispanos e indígenas tomaron como Antiguo Testamento de Cristo, con el título, por otra parte muy significativo, deVirgen de Guadalupe (Extremadura, España).

13.08.2021 Xabier Pikaza

Introducción:

  • En el lugar donde se hallaba el Sol-Guerrero amenazado de muerte vino a colocarse el Señor Jesús que muere  en verdad  por los hombres, sin más necesidad de sangre y sacrificios humano.
  • – En el hueco de la antigua Tonancin, Señora de la dualidad, Diosa del cielo, vestida de sol, con manto de estrella de la noche  y la luna bajo sus pies, pudo situarse ya María, con el título antiguo y nuevo de Virgen de Guadalupe.

 Esta Virgen-Madre, que vincula en una misma fe a cristianos españoles e indígenas “convertidos”, contiene muchos  rasgos y motivos nuevos,  vinculados al anuncio del evangelio y a la experiencia religiosa de los náhuatl, de manera que en un sentido puede hablarse de una ruptura  traumática en relación con la experiencia religioso anterior de los  aztecas.

Pero en otro plano es claro que los  españoles  ofrecieron a los indígenas  también antes oprimidos del altiplano la posibilidad de recuperar elementos de sus raíces culturales: el Señor Jesús, muerto por ellos, como auténtico Sol que ya no exige sacrificios humanos, les permite reconciliarse con la Madre Tonancin, que los aztecas habían reprimido bajo  su imperio militar violento. 

RECUERDO ACADÉMICO. UNA TESIS DOCTORAL PENDIENTE

El año 1994 vino a inscribir, escribir y defender su tesis doctoral el Lcdo. P. Ch, que era por entonces profesor de Biblia en un importante teologado americano (omito su nombre por respeto a su tarea de formador y dirigente de Iglesia).

P. Ch. era ya un pensador y profesor experto, y tenía el trabajo doctoral bien avanzado, por lo que pudimos ajustar pronto el tema y articular su desarrollo. Se titularía El Apocalipsis y la Virgen de Guadalupe y constaría de tres partes:

  1. La Mujer-Madre vestida de Sol (Ap 12). Partíamos del supuesto de que en el fondo de la Virgen de Guadalupe estaba la figura de la Mujer del Apocalipsis, con su trasfondo universal (pagano), su novedad israelita (bíblica) y su desarrollo posterior cristiano, tal como aparece en la mariología hispana (europea) de la Edad Media, representada de un modo especial por la Virgen Madre de Guadalupe (Extremadura), negra de color y vinculada a la victoria cristiana (hispana) contra los enemigos diabólicos, representados por los enemigos de los cristianos españoles.
  2. La Mujer-Diosa Tonancin, figura principal de la religión y cultura náhuatl, en parte oprimida y relegada por el Dios-Sol azteca. Nos daba la impresión de que la eclosión del culto de la Virgen de Guadalupe representaba, desde el año 1531, el triunfo del sustrato materno de la Tonancin/Diosa Madre no sólo sobre el sol guerrero azteca, sino sobre un tipo de religión conquistadora hispana. Se podría hablar, incluso, con cierto humor, de una “revancha” de la Diosa, tendiendo un puente entre el símbolo de Ap 12 y la religión mexicana originaria.
  3. Posible aplicación a la cultura, religión y vida cristiana de México, a finales del siglo XX, dentro de una perspectiva de diálogo cultural y religiosa…

María, plenitud de mujer

María, plenitud de mujer. A propósito de la fiesta de la Asunción

Por Consuelo Vélez. Fe y Vida. religion digital

Una vez más, recordaremos, el próximo 15 de agosto, la fiesta de la Asunción de María. Este no es un dato bíblico, pero si un dogma proclamado por petición del pueblo de Dios que reconoció en María una ‘plenitud de vida’ que alguien como ella, sin duda, alcanzó.

Ahora bien, cada momento histórico interpreta la plenitud de vida según sus percepciones, imaginarios, situaciones, comprensiones alcanzadas. De ahí que la figura de María que todavía más cala en el imaginario de muchas personas es la de aquella mujer obediente a la voluntad de Dios, disponible para cumplir su querer, solicita con las necesidades de todos, madre amorosa que no niega a ninguno de sus hijos sus peticiones. También se reconoce en ella la mujer fuerte que estuvo al pie de la cruz acompañando a su Hijo en el momento más difícil y doloroso de su vida, sin perder la fe y la fidelidad prometida a Dios. Su plenitud de vida se ha reconocido, por tanto, en el horizonte asignado a las mujeres en la sociedad y en la iglesia: fieles, serviciales, humildes, capaces de entregarlo todo sin pedir nada a cambio.

La pregunta que surge hoy es si este modelo de mujer le dice algo a las jóvenes de hoy e, incluso a tantas mujeres adultas que han tomado conciencia de que la vida plena no significa solamente ‘entrega, renuncia y sacrificio por amor a los demás’, sino que ha de suponer también dignidad personal, lo cual implica, derechos y protagonismo, palabra y autoridad, descanso y fiesta, posibilidad de romper todas las barreras que por razón de su sexo se le han impuesto -a nivel civil, social, político, educativo, laboral, familiar, económico, eclesial, etc.-.

Surge entonces esa otra figura de María profundamente bíblica, aquella que según Lucas canta el Magnificat -texto profético y revelador de cómo actúa Dios: “derribando a los poderosos de sus tronos y ensalzando a los humildes, colmando de bienes a los hambrientos y despidiendo vacíos a los ricos” (Lc 2, 52-53) y que acoge el plan de Dios no con la sumisión de quién se doblega ante el que es más grande que ella, sino que dialoga para entender la propuesta –“¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?” (Lc 2, 34). También la María que, según el evangelio de Juan, acepta con un protagonismo activo acompañar la misión de su Hijo –“Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5) y en el momento de la cruz, cuando “Jesús entrega su espíritu” (Jn 19,30), recibe a otro hijo -Juan- concretando así la familia de los hijos e hijas de Dios (Jn 19, 26) que supera los lazos de sangre e inaugurando la naciente Iglesia que Lucas, en Hechos de los Apóstoles, expresará ya constituida con la venida del Espíritu Santo (Hch 1, 12-14).

No es que acomodemos a María a nuestros intereses personales o a las modas de cada momento. Es que el Dios que se revela en la historia sigue actuando en cada presente y nos permite interpretar de nuevas maneras la Palabra de Dios que dicha en un momento histórico -con sus géneros literarios, costumbres, códigos, visiones de su época-, es capaz de seguir hablando para todos los momentos haciendo posible que no pierda su vigencia y siga iluminando el caminar de los varones y mujeres de este presente.

Precisamente la hermenéutica feminista, ha permitido releer los textos desde la realidad de las mujeres y subrayar lo que en otro contexto quedó invisibilizado; entender los alcances y límites de todo texto bíblico y distinguir la revelación de las categorías socioculturales de un momento determinado. Por eso puede y debe proponer nuevos sentidos que iluminen este presente y transformen todo aquello que no corresponde a la intencionalidad del querer de Dios.

Desde aquí es posible afirmar que la vida plena que la Iglesia reconoció en María y expresó como ‘asunta en cuerpo y alma al cielo’, hoy invita a seguir trabajando por esa vida plena para todas las mujeres de todas las edades, de todas las culturas, de todas las religiones. Celebrar la asunción de María supone comprometernos a hacer posible ya -aquí y ahora- la erradicación de toda violencia contra las mujeres y el reconocimiento pleno de sus derechos, sin ninguna exclusión en razón de su sexo.

Es verdad que en muchos lugares ya existe una legislación que ha superado las muchas barreras que tuvieron las mujeres durante siglos. Que sigue creciendo la conciencia de la urgencia de transformar la sociedad patriarcal y machista por una sociedad igualitaria e incluyente en el que las mujeres no ocupen un segundo lugar. Que hay más educación, más posibilidades, más equidad para las mujeres. Pero también es verdad que hay muchos frenos, temores y prejuicios frente a esta nueva manera de ser mujeres y, no pocas veces, liderados por las iglesias. Por eso repensar nuestras fiestas religiosas y, especialmente, recuperar la ‘vida plena’ que María nos señalano es una estrategia feminista sino una exigencia ética y evangélica de liberar a María de los estereotipos patriarcales, para encontrarla como abanderada de esa igualdad fundamental que la comunidad que surgió en torno a Jesús proclamó como querer de Dios y que Pablo expresó en la conocida cita de su carta a los Gálatas: “ya no hay judío, ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús” (3,28). En otras palabras, celebrar la Asunción de María es seguir creyendo, que si en ella fue posible esa vida plena, también debe serlo para todas las mujeres, aquí y ahora, sin ninguna excepción.

El gran miedo … a las mujeres

  


A finales del 1300, un confesor preocupado, Jean le Graveur, se dedicó a transcribir las visiones de Erminia de Reims, una joven viuda considerada loca. Esas ensoñaciones eran la manifestación de una mujer que deseaba dejar las estrecheces del hogar y viajar por el mundo, que esperaba volver a casarse y liberarse del estricto control del confesor para tener un diálogo más libre con Dios.

El estudio de ese antiguo manuscrito, que nos llegó con el comentario del historiador André Vauchez, pone de relieve el miedo de los hombres del pasado por cualquier manifestación de autonomía femenina, es decir, la dificultad de aceptar espacios de libertad para las mujeres. Los sueños de Erminia fueron juzgados como resultado de tentaciones demoníacas.

El miedo a las mujeres ha sido, y sigue siendo en muchos contextos, uno de los grandes miedos de Occidente. ¿También en el seno de la Iglesia?, ¿en qué medida?

Ya desde el Concilio Vaticano II, el Magisterio ha mostrado una nueva atención y sensibilidad hacia las mujeres defendidas en su dignidad y valoradas por lo que Juan Pablo II llamó “el genio femenino”. Pero aún queda mucho por hacer para superar las resistencias y los prejuicios.

El propio Papa Francisco afirmó recientemente que “debemos avanzar para incorporar a las mujeres a los cargos conciliares, incluso en el gobierno, sin miedo”, indicando, entre líneas, las dificultades que todavía existen para aceptar una participación femenina plena y de responsabilidad en la vida de la Iglesia. El miedo todavía existe.

Pero, ¿en qué consiste este miedo a las mujeres? Una mirada al pasado tal vez pueda ayudar a comprender las profundas razones de esta reacción primaria de defensa que los hombres materializan negando o marginando a la mujer. No siempre fue así.

Jesús no tenía miedo de las mujeres. La liberación femenina más radical comenzó con Él. Fue quien entabló un diálogo empático con las mujeres, escuchándolas y concediéndolas espacios propios. Sus mensajes de salvación iban dirigidos a hombres y mujeres por igual. A todos anunció las exigencias del Reino y a todos pidió que tomaran decisiones radicales.

Las mujeres no constituían una categoría separada, marginada o digna de compasión. Junto al Maestro de Galilea compartían la vida, las expectativas y todo tipo de actividades. Por eso los discípulos se sentían confusos al no comprender esta manera madura y equilibrada de relacionarse con el sexo femenino y, sobre todo, les costaba entender la liberad de Jesús por encima de tabúes o impedimentos.

De hecho, si en la cultura judía se mantenía bajo control el cuerpo femenino para no contaminar lo sagrado (Números 15,38) y, por tanto, se excluía a las mujeres del culto en virtud de estrictas normas, con Jesús deja de producirse esta exclusión porque nada puede hacer a una persona impura excepto el mal que hace y que proviene de lo más profundo de su corazón desviado (Marcos 7:15).

Una persona inclusiva

Del mismo modo, se mostró ajeno a cualquier limitación dañina. Hoy lo definiríamos como una persona inclusiva. Bien lo expresa en el diálogo con la mujer samaritana donde explica cómo la presencia de Dios no está ligada a un lugar sagrado (el Templo) y cómo la relación con lo trascendente no es privilegio de una etnia (la judía), de una condición social o religiosa (el ministro del culto) o de un sexo (el masculino). Jesús asegura que cualquiera que sepa acoger “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) esta presencia de Dios puede hacerlo.

Los seguidores de Jesús no se llegaron a acostumbrar a ese comportamiento libre: “se maravillaban de que hablara con una mujer” (Juan 4:27). Sintieron cierto resquemor e incluso envidia por la autoridad de Magdalena (textos gnósticos), y volvieron a proponer una vuelta a los roles tradicionales (“mujeres, estad sujetas a vuestros maridos”) y antiguas estructuras patriarcales (“la mujer que aprenda en silencio, con total sumisión. No permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre”, 1 Timoteo 2,11 -12).

Sin embargo, en las comunidades originales encontramos mujeres, como Lidia de Filipos, Tabita, Priscila, Cloe, Ninfa… Mujeres hospitalarias cuyos hogares eran verdaderos lugares de acogida, oración y evangelización; o cristianas comprometidas en el campo de la caridad, del diaconado, de la catequesis, la evangelización, la misión y el apostolado como las mujeres mencionadas con respeto y gratitud por el apóstol Pablo: la diaconisa Febe, las misioneras Priscila, Evodia y Síntique, la apóstol Junia, las evangelizadoras Trifena, Trifosa y Perside y las benefactoras Apfia y Ninfa.

Pero ni esta presencia de mujeres activas y colaboradoras, ni el ejemplo de Jesús fueron suficientes para que la Iglesia naciente fuera inclusiva. Más bien al contrario, abrazó la cultura y estructuras patriarcales dominantes de las sociedades con las que entró en contacto.

Magdalena pronto fue olvidada (San Pablo ni siquiera la menciona) y su figura tergiversada (a partir de Gregorio Magno, de discípula pasó a ser una prostituta arrepentida) las diaconisas jugaban un papel cada vez más pequeño, la profecía femenina se sofocó, las casadas volvieron a su papel de esposas sumisas y el cuerpo de la mujer volvió a ser un tabú.

La antigua ginecofobia

Los antiguos autores cristianos compartían sustancialmente la antropología de la cultura grecorromana que colocaba la superioridad del hombre en el centro y reiteraban la imperfección e insuficiencia de la naturaleza de la mujer, nacida para ser sumisa al hombre. Para San Agustín, los dos sexos fueron creados a imagen de Dios en igualdad espiritual sustancial, sin embargo, la subordinación femenina venía determinada por el orden de la Creación.

Esta concepción impregnó el cristianismo, fortalecida por el encuentro con la antropología de Aristóteles: el género masculino era un modelo de lo humano y la mujer un hombre fracasado. Esta visión, que fue aceptada e integrada en la filosofía escolástica y, en concreto, en la teología de Tomás de Aquino, constituyó a lo largo de los siglos el fundamento de la incapacidad del género femenino, tanto para detentar el poder como para representar la imagen misma de Dios.

El desconocimiento de la fisiología femenina y el miedo a ser contaminados por una persona portadora de impurezas, aumentaron los temores masculinos hacia la sexualidad de la mujer y la alejaron de los lugares sagrados. Recordemos al franciscano Álvaro Pelayo, quien, en De statu et planctu ecclesiae, expuso ciento dos razones para demostrar, no solo la inferioridad, sino también la peligrosidad de la mujer, “origen del pecado, arma del diablo, expulsión del paraíso, madre del error, corrupción de la ley antigua”.

La obsesión por el cuerpo femenino, deseado y a la vez rechazado, apareció con fuerza en los tratados contra las brujas manifestando un miedo creciente a las mujeres que se convirtieron durante siglos en chivos expiatorios de una antigua y profunda angustia.

Incluso la ley del celibato eclesiástico, que se estableció en el siglo XII durante un proceso de institucionalización de la Iglesia, favoreció inevitablemente la afirmación de una concepción negativa de la mujer, que fue sacada de los lugares sagrados por considerarla impura. La continua transgresión de parte del clero llevó al Concilio de Trento a implementar un enfoque educativo más amplio y apropiado, apuntando, a través de la institución de seminarios, a una formación espiritual y cultural del clero separado del mundo laico.

Muestra elocuente de ello fue la pedagogía de Paolo Segneri que identificó el punto máximo de peligro en la mujer al asegurar que el cuerpo era una trampa permanente para la vida virtuosa. De esta forma, la sospecha del pecado pesaba sobre la propia naturaleza de la mujer percibida como amenazante. Esta visión caracterizará la Iglesia de la Contrarreforma hasta el umbral del Concilio Vaticano II.

La superación del miedo

La devoción mariana ayudó a redescubrir la dignidad de la mujer e inspiró a algunos fundadores, incluido Guillermo da Vercelli, a diseñar una doble comunidad (masculina y femenina) dirigida por una mujer, la abadesa. Este es el caso del monasterio de Goleto y su fascinante historia cuyos vestigios aún son visibles hoy en Irpinia. Pero, más aún, hay ejemplos en la historia de la Iglesia de fecunda amistad entre hombres y mujeres.

De lo contrario, no se podría comprender el profundo e intenso entendimiento entre Clara y Francisco de Asís, que proponen y viven una hermandad-sororidad en la que se acoge a todo aquel que quiera seguir al Cristo pobre y que desee establecer relaciones de apoyo mutuo. No se podían entender las muchas experiencias de la vida religiosa, como las nacidas del trabajo conjunto de Francisca de Chantal con Francisco de Sales, de Luisa di Marillac con Vincenzo de ‘Paoli, o de Leopoldina Naudet con Gaspare Bertoni.

Hoy no podríamos hablar de comunidades innovadoras nacidas de las provocaciones proféticas del espíritu misionero si no hubiera habido parejas de fundadores como María Mazzarello y Don Bosco, Teresa Grigolini y Daniele Comboni o Teresa Merlo y Giacomo Alberione.

Y no entenderíamos las muchas amistades que se nutren de la fe y las pasiones comunes. ¿Cómo no recordar el viaje místico que unió a Adrienne von Speyr con Hans Urs von Balthasar y el activismo cultural de Romana Guarnieri que unió inextricablemente su vida a Don Giuseppe de Luca?

Son ejemplos marcados por relaciones intensas de profunda consonancia, de afecto íntimo y sincero y de pudor místico. El amor, al sentirse arraigado en Cristo, se convierte en la superación de los miedos, espacio de libertad y maduración y reformula las relaciones entre mujer y hombre en la dimensión amistosa del apoyo mutuo.

La vuelta a la utopía

¿Todavía tiene sentido hablar hoy de miedo a las mujeres? Ya nadie cree en las brujas que han despertado los temores de la humanidad. Se ha establecido, por fin, una cultura contra la discriminación. El Papa Francisco ha iniciado un proceso fundamental de desclericalización en nuestra Iglesia instando continuamente a la presencia de las mujeres en las estructuras eclesiales.

A pesar de los muchos cambios culturales en los que estamos inmersos, estas instituciones siguen resistiéndose a aceptar a las mujeres en puestos de responsabilidad. Probablemente porque no se ha trabajado lo suficiente en la formación del clero que, en ocasiones, como dijo recientemente el cardenal Marc Ouellet, “no tiene una relación equilibrada con las mujeres”, porque no ha sido educado para interactuar con ellas.

Se hace necesario un profundo trabajo pedagógico para que los hombres reflexionen sobre sí mismos y su masculinidad, sobre la dificultad que tienen para acoger la diferencia y las fragilidades humanas y sobre la complejidad de expresar sentimientos y proyectos con el otro sexo.

Deben aprender a amar a las mujeres, a reconocer su singularidad y a compartir autoridad y responsabilidad con ellas. Quizás sería oportuno retomar la visión poética y utópica de algunos textos sagrados. En la mítica historia de los orígenes, el encuentro de Adán con Eva no está marcado por el miedo, sino por el asombro ante el descubrimiento de un tú en el que reflejarse.

El Cantar de los Cantares se sitúa en el mismo horizonte poético que retoma y exalta la reciprocidad de los sexos en un extraordinario canto de amor donde es la mujer, autónoma y responsable, quien se reconoce en el hombre que, a su vez, halla en ella refugio. En el amor, la lógica de la dominación se desvanece y el miedo no tiene razón de ser

Portadores de bendición en el año que comienza

“Este año, mientras esperamos una recuperación y nuevos tratamientos, no dejemos de lado el cuidado”
El Papa pide a fieles y curas que sean “portadores de bendición” en el año que comienza
“Si encontramos tiempo para regalar, nos sorprenderemos y seremos felices”
“Tres verbos, que se cumplen en la Madre de Dios: bendecir, nacer y encontrar”
“La Virgen, de hecho, enseña que la bendición se recibe para darla. Ella, la bendita, fue bendición para todos los que la encontraron”
“El mundo está gravemente contaminado por el decir mal y por el pensar mal de los demás, de la sociedad, de sí mismos”
“Los hombres somos frecuentemente más abstractos y queremos las cosas inmediatamente; las mujeres son concretas y saben tejer con paciencia los hilos de la vida”
“Además de la vacuna para el cuerpo se necesita la vacuna para el corazón, que es el cuidado”
01.01.2021 José Manuel Vidal
Misa de la festividad de Santa María, Madre de Dios, presidida por el cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, en sustitución del Papa Francisco, aquejado de “una dolorosa ciática”. En la homilía del Papa, leída por el cardenal Parolin, Francisco pide a fieles y curas que sean “portadores de bendición” en el año que comienza. Una bendición concretada en el cuidado de los demás y en el tiempo. Porque, “si encontramos tiempo para regalar, nos sorprenderemos y seremos felices”
Texto íntegro de la homilía escrita por el Papa
Las lecturas de la liturgia de hoy resaltan tres verbos, que se cumplen en la Madre de Dios: bendecir, nacer y encontrar.
Bendecir. En el Libro de los Números el Señor pide que los ministros sagrados bendigan a su pueblo: «Bendeciréis a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga”» (6,23-24). No es una exhortación piadosa, sino una petición concreta. Y es importante que también hoy los sacerdotes bendigan al Pueblo de Dios, sin cansarse; y que además todos los fieles sean portadores de bendición, que bendigan. El Señor sabe que necesitamos ser bendecidos: lo primero que hizo después de la creación fue decir bien de cada cosa y decir muy bien de nosotros. Pero ahora, con el Hijo de Dios, no recibimos sólo palabras de bendición, sino la misma bendición: Jesús es la bendición del Padre. En Él el Padre, dice san Pablo, nos bendice «con toda clase de bendiciones» (Ef 1,3). Cada vez que abrimos el corazón a Jesús, la bendición de Dios entra en nuestra vida.
Hoy celebramos al Hijo de Dios, el Bendito por naturaleza, que viene a nosotros a través de la Madre, la bendita por gracia. María nos trae de ese modo la bendición de Dios. Donde está ella llega Jesús. Por eso necesitamos acogerla, como santa Isabel, que la hizo entrar en su casa, inmediatamente reconoció la bendición y dijo: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). Son las palabras que repetimos en el Avemaría. Acogiendo a María somos bendecidos, pero también aprendemos a bendecir.
La Virgen, de hecho, enseña que la bendición se recibe para darla. Ella, la bendita, fue bendición para todos los que la encontraron: para Isabel, para los esposos de Caná, paralos Apóstoles en el Cenáculo… También nosotros estamos llamados a bendecir, a decir bien en nombre de Dios. El mundo está gravemente contaminado por el decir mal y por el pensar mal de los demás, de la sociedad, de sí mismos. Pero la maldición corrompe, hace que todo degenere, mientras que la bendición regenera, da fuerza para comenzar de nuevo. Pidamos a la Madre de Dios la gracia de ser para los demás portadores gozosos de la bendición de Dios, como ella lo es para nosotros.
El segundo verbo es nacer. San Pablo remarca que el Hijo de Dios ha «nacido de una mujer» (Gal 4,4). En pocas palabras nos dice una cosa maravillosa: que el Señor nació como nosotros. No apareció ya adulto, sino niño; no vino al mundo él solo, sino de una mujer, después de nueve meses en el seno de la Madre, a quien dejó que formara su propia humanidad. El corazón del Señor comenzó a latir en María, el Dios de la vida tomó el oxígeno de ella. Desde entonces María nos une a Dios, porque en ella Dios se unió a nuestra carne para siempre. María —le gustaba decir a san Francisco—«ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad» (SAN BUENAVENTURA, Legenda major, 9,3).
Ella no es sólo el puente entre Dios y nosotros, es más todavía: es el camino que Dios ha recorrido para llegar a nosotros y es la senda que debemos recorrer nosotros para llegar a Él. A través de María encontramos a Dios como Él quiere: en la ternura, en la intimidad, en la carne. Sí, porque Jesús no es una idea abstracta, es concreto, encarnado, nació de mujer y creció pacientemente. Las mujeres conocen esta concreción paciente, nosotros los hombres somos frecuentemente más abstractos y queremos las cosas inmediatamente; las mujeres son concretas y saben tejer con paciencia los hilos de la vida. Cuántas mujeres, cuántas madres de este modo hacen nacer y renacer la vida, dando un porvenir al mundo.
No estamos en el mundo para morir, sino para generar vida. La Santa Madre de Dios nos enseña que el primer paso para dar vida a lo que nos rodea es amarlo en nuestro interior. Ella, dice hoy el Evangelio, “conservaba todo en su corazón” (cf. Lc2,19). Del corazón nace el bien: qué importante es tener limpio el corazón, custodiar la vida interior, la oración. Qué importante es educar el corazón al cuidado, a valorar a las personas y las cosas. Todo comienza ahí, del hacerse cargo de los demás, del mundo, de la creación. No sirve conocer muchas personas y muchas cosas si no nos ocupamos de ellas. Este año, mientras esperamos una recuperación y nuevos tratamientos, no dejemos de lado el cuidado. Porque, además de la vacuna para el cuerpo se necesita la vacuna para el corazón, que es el cuidado. Será un buen año si cuidamos a los otros, como hace la Virgen con nosotros.
El tercer verbo es encontrar. El Evangelio nos dice que los pastores «encontraron a María y a José, y al Niño» (v. 16) No encontraron signos prodigiosos y espectaculares, sino una familia sencilla. Allí, sin embargo, encontraron verdaderamente a Dios, que es grandeza en lo pequeño, fortaleza en la ternura. Pero, ¿cómo hicieron los pastores para encontrar este signo tan poco llamativo? Fueron llamados por un ángel. Tampoco nosotros habríamos encontrado a Dios si no hubiésemos sido llamados por gracia. No podíamos imaginar un Dios semejante, que nace de una mujer y revoluciona la historia con la ternura, pero por gracia lo hemos encontrado. Y hemos descubierto que su perdón nos hace renacer, su consuelo enciende la esperanza, su presencia da una alegría incontenible. Lo hemos encontrado, pero no debemos perderlo de vista. El Señor, de hecho, no se encuentra una vez para siempre: hemos de encontrarlo cada día. Por eso el Evangelio describe a los pastores siempre en búsqueda, en movimiento: “fueron corriendo, encontraron, contaron, se volvieron dando gloria y alabanza a Dios” (cf. vv. 16-17.20). No eran pasivos, porque para acoger la gracia es necesario mantenerse activos.
Y nosotros, ¿qué debemos encontrar al inicio de este año? Sería hermoso encontrar tiempo para alguien. El tiempo es una riqueza que todos tenemos, pero de la que somos celosos, porque queremos usarla sólo para nosotros. Hemos de pedir la gracia de encontrar tiempo para Dios y para el prójimo: para el que está solo, para el que sufre, para el que necesita ser escuchado y cuidado. Si encontramos tiempo para regalar, nos sorprenderemos y seremos felices, como los pastores. Que la Virgen, que ha llevado a Dios en el tiempo, nos ayude a dar nuestro tiempo. Santa Madre de Dios, a ti te consagramos el nuevo año. Tú, que sabes custodiar en el corazón, cuídanos. Bendice nuestro tiempo y enséñanos a encontrar tiempo para Dios y para los demás. Nosotros con alegría y confianza te aclamamos: ¡Santa Madre de Dios! ¡Santa Madrede Dios! ¡Santa Madre de Dios!

La Buena Noticia del Dgo. 4º Adv-B

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo

Hágase en mí según tu palabra

El evangelista Lucas temía que sus lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Lo que les quería anunciar no era una noticia más, como tantas otras que corrían por el imperio. Debían preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios está cerca, dispuesto a transformar nuestra vida.

Con un arte difícil de igualar recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su Hijo Jesús. Todos podemos unirnos a ella para acoger al Salvador. ¿Cómo prepararnos para recibir con gozo a Dios encarnado en la humanidad entrañable de Jesús?

«Alégrate». Es la primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena. Hoy no sabemos esperar. Somos como niños impacientes, que lo quieren todo enseguida. No sabemos estar atentos para conocer nuestros deseos más profundos. Sencillamente se nos ha olvidado esperar a Dios, y ya no sabemos cómo encontrar la alegría.

Nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos proporciona el bienestar. Sabemos que es un error, pero no nos atrevemos a creer que Dios, acogido con fe sencilla, nos puede descubrir nuevos caminos hacia la alegría.

«No tengas miedo». La alegría es imposible cuando vivimos llenos de miedos, que nos amenazan desde dentro y desde fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzada? ¿Cómo olvidar nuestra impotencia y cobardía para enfrentarnos al mal?

Se nos ha olvidado que cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera. Si vivimos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño.

«El Señor está contigo». Dios es una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. ¿De dónde sacar verdadera esperanza si no es del Misterio último de la vida? Todo cambia cuando el ser humano se siente acompañado por Dios.

José A. Pagola

Testigos de la Palabra

En el centenario del nacimiento del cardenal Eduardo F. Pironio, profeta de la alegría y la esperanza (y II)

CARD. AQUILINO BOCOS MERINO, CMF

Eduardo Pironio, como sacerdote (1943) y obispo (1964), se encontraba ejerciendo su ministerio en un contexto cultural, social, político y eclesial poblado de contrastes y desafíos que originaban conflictos y, a la vez, alumbraban nuevas expectativas. No solo Argentina, también toda América Latina, era entonces un hervidero de sueños que apuntaban al progreso, a la liberación, a la igualdad, a la justicia y a la paz. Existía un clamor por acabar con las zonas empobrecidas, los pueblos marginados, las villas miseria, las carencias para llevar una vida digna en vivienda, educación, trabajo estable y sanidad. Se sentía la imperiosa necesidad de superar, en el conjunto de los pueblos, la marginación social, política y cultural. América Latina comenzaba a tener su propia voz en el concierto de las naciones pidiendo respeto y apoyo para salir de tanta postración y exclusión.

Los primeros años del ministerio de Pironio están dedicados a la formación de seminaristas, al acompañamiento a grupos de la JOC, a la dirección de ejercicios espirituales, a la ayuda a sacerdotes y comunidades religiosas. Primero, con una visión inquieta hacia la novedad que se vislumbraba en la Iglesia. Después, desde las orientaciones ofrecidas por el Concilio, los sínodos y el Magisterio de la Iglesia. Un primer impacto lo recibió al leer las encíclicas de san Juan XXIII: ‘Mater et Magistra’ (1961) y ‘Pacem in terris’ (1963).

Una clave significativa y constante en el pensamiento del cardenal Pironio fue “vivir la hora”. Finalizados los estudios en Roma, llega a Argentina y, al año siguiente (1955), se produce el golpe militar que derrocó a Perón. En 1956, escribe en la revista ‘Notas de Pastoral Jocista’ un artículo titulado “La importancia de nuestra hora”, en el que declara: “La misión de los cristianos hoy es volver a poner a Dios en el ritmo de la historia. Volverlo a poner en la economía, en el derecho, en la cultura, en la política, en la vida profesional, social y familiar. En una palabra, volver a ponerlo en el campo de las tareas temporales. (…) El cristiano no se puede abrir a Dios sino desde la situación concreta en que se mueve y con vehementes deseos de iluminarla. La única actitud buena es la de una fe viva y encarnada”. Cuando habla de “la hora”, no oculta su radical y firme convicción: “Quiero ser un hombre de fe que irradie la Luz desde la frontera de la eternidad”.

‘La hora’ es crucial, magnífica y dramática; tiempo de prueba y de esperanza. Es el hoy de la purificación y de la salvación, tiempo de muerte y de resurrección. Al hablar de ella, Pironio se inspira en el pasaje evangélico de Juan, donde se contrapone el destino del hombre griego o pagano y del seguidor de Jesús (cf. Jn 12, 20-30). A la luz de este texto, relee, con ojos bien abiertos, la realidad histórica. Intenta situarse ante su complejidad y analizar el tejido cultural, social y eclesial. Procura vivir el presente con sentido crítico y afrontar el ‘aquí y ahora’ con magnanimidad y generosidad. En su intento, desvela la lucidez del pensamiento abierto y creativo que le bullía dentro. La vigilancia y la responsabilidad le liberan de las tinieblas y engaños y le abren a la nueva luz y a la nueva vida que, por doquier, emerge como un don.

En la vida ministerial de Pironio se pueden apreciar diversos períodos. Cada uno de ellos tiene sus propios desafíos y oportunidades, tensiones y satisfacciones, crisis y esperanzas. El hilo conductor es el discernimiento de los signos de los tiempos y lugares. La luz le llega de Jesús, de su Palabra, de su Cruz, de su Pascua. En la contemplación percibe el viento del Espíritu. A los pies de Jesús resucitado se siente reconciliado, lleno de alegría y de esperanza.

1. Antes y durante el Concilio. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, florecieron y fructificaron varios movimientos: cultural, social, bíblico, litúrgico, patrístico, teológico, laical, ecuménico y misionero. Todos tienen su incidencia en la preparación del Concilio Vaticano II. Es como si el Espíritu Santo hubiera ido preparando este trascendental acontecimiento del siglo para la Iglesia y para el mundo. Pironio, días antes de iniciar el Concilio, escribía: “Dentro de poco estaremos ya en pleno Concilio. (…) Será la primera floración de aquella primavera de la historia y de la Iglesia tan providencial y reiteradamente anunciada por Pío XII y, en parte, realizada en la madurez de sus frutos”. Participó en el Concilio: primero, como observador; luego, como perito; y, finalmente, ya obispo, como padre conciliar.

Vivió el Concilio como un verdadero Pentecostés. Disfrutó al escuchar que el Papa consideraba el Concilio como una reunión fraterna de obispos y que la Iglesia, Esposa de Cristo, debe recurrir hoy menos a las armas de la severidad que al remedio de la caridad. Veía en el acontecer conciliar el modo en que el Espíritu animaba a la Iglesia a ser ‘Luz de las gentes’ (LG) y ‘Esperanza de los pueblos’ (GS). Cada documento aprobado era motivo de acción de gracias.

En dos campos intervino especialmente: en el papel de los laicos en la Iglesia y en algunos puntos de la redacción de la constitución ‘Gaudium et spes’. Lo más satisfactorio para él fue la nueva mentalidad y los nuevos compromisos que asumía la Iglesia en la transformación del mundo a la luz del Evangelio.

2. Durante el servicio al CELAM. Asumió como gran empeño transmitir y hacer germinar las orientaciones del Concilio en América Latina. En noviembre de 1967, es nombrado secretario del CELAM. Fue un acto de reconocimiento a su capacidad de ofrecer iniciativas y a su servicio de animación espiritual y pastoral. Poco después, el Papa le nombrará secretario de la Conferencia de Medellín. Estamos en 1968, año del paso de la televisión en blanco y negro al color; pero un año que venía precedido de turbulencias y convulsiones en distintos países de Latinoamérica y de revoluciones culturales y protestas en Uruguay, Guatemala, México, Francia (el Mayo francés en París), Berlín y tantas otras ciudades del mundo.

Pironio, desde la Secretaría y la Presidencia del CELAM, se hizo voz viva y vigorosa para despertar la conciencia de la Iglesia. Ante el Sínodo de 1971, escribe: “Hoy la Iglesia de América Latina vive providencialmente ‘su hora’. Hora decisiva de esperanza y compromiso. Hora llena de la actividad y exigencias del Espíritu. No es euforia ni tranquilidad pasiva. Es serenidad en Dios y urgencia de trabajo. Es, sobre todo, la hora de la generosa donación de todos y de la fecunda glorificación por la cruz (Jn 12, 23-24)”.

Quien relea los discursos y artículos contenidos en su libro ‘Escritos Pastorales’ (BAC, 1973) descubrirá el énfasis y alcance que tiene “la hora” en América Latina. En la presentación, detalla: “No es precisamente la hora del triunfo o del prestigio. Es la hora del desprendimiento y la muerte, de la presencia y la donación, de la cruz y la esperanza. Algo definitivamente nuevo y comprometedor está obrando el Espíritu de Dios en nuestra Iglesia”.

En este año 1968, escribe la ‘Oración a Nuestra Señora de América’ (disponible en Internet). En ella refleja su amor al pueblo latinoamericano pobre y peregrino, lleno de esperanza en el Jesús que María trae en sus brazos y “nos hace fuertes, ricos y libres”. Expone a María las acuciantes necesidades: “Falta el pan en muchas casas, falta la verdad en muchas mentes, falta el amor en muchos hombres, falta el Pan del Señor en muchos pueblos”. Clama hacia Ella: “Señora de los que peregrinan: somos el Pueblo de Dios en América. Somos la Iglesia que peregrina hacia la Pascua”. Concreta los deseos para los miembros de la Iglesia: “Que los obispos tengan un corazón de padre. Que los sacerdotes sean los amigos de Dios para los hombres. Que los religiosos muestren la alegría anticipada del Reino de los Cielos. Que los laicos sean ante el mundo testigos del Señor resucitado”.

Las oraciones compuestas por Pironio –especialmente esta– sintetizan el programa de su servicio a la Iglesia en Latinoamérica, que proyectará, posteriormente, a la Iglesia universal en Roma. Algún periodista ha visto en esta ‘Oración a Nuestra Señora de América’ una sintonía espiritual entre Pironio y Bergoglio.

3. Ejercicios en el Vaticano (1974). El título fue “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21), pero el tema central era “la Iglesia de la Pascua”. La segunda meditación fue ‘La fidelidad a nuestra hora’. En ella ofrece una perfecta radiografía de la situación eclesial y mundial. Las crisis de identidad y pertenencia estaban en el momento álgido, tanto para sacerdotes y religiosos como para instituciones laicales. A la pregunta: ¿qué significa ser fieles a nuestra hora?, responde: “a) Descubrir, amar y vivir intensamente esta hora: es el único capítulo de la historia de la salvación que nos toca escribir a nosotros. Y siempre hay que escribirlo ‘con la sangre que pacifica’ (Col 1, 20); b) penetrar evangélicamente en los signos de los tiempos, escuchar al Espíritu Santo, que nos habla en el silencio interior, en la Palabra revelada, en los acontecimientos de la historia, en el rostro de cada hombre, en la expectativa y en las aspiraciones de los pueblos; c) dar todo al Señor, que vive en esta Iglesia concreta: glorificadora del Padre y servidora de los hombres”.

4. En los últimos años y ante el tercer milenio. Seguía insistiendo en la necesidad de aceptar el desafío providencial de ‘nuestra hora’, amarla con gratitud y vivirla con intensidad serena. Durante 12 años presidió el Consejo de Laicos. ¡Una bendición para la Iglesia! Hay dos puntos de referencia claves: el Sínodo sobre los laicos (1987) y su exhortación postsinodal (ChL), y la proximidad del tercer milenio. La exhortación, en la que tanto influyó el cardenal, se sitúa en “esta magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer milenio. (…) Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso” (n. 3). (…)