‘Llegaron de noche’: el cine resucita a los mártires de la UCA

Por | JOSÉ LUIS CELADA

Vida Nueva charla con el director de la película, Imanol Uribe, y con el guionista, Daniel Cebrián

Dice Jesús en el evangelio que “nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto” (Lc 8, 17). Aferrados a esa promesa divina, la Compañía de Jesús y el pueblo salvadoreño llevan más de tres décadas aguardando a que la justicia humana llegue hasta al final y arroje luz sobre uno de los episodios más trágicos en la historia de la orden fundada por Ignacio de Loyola y del pequeño país centroamericano, sumido por entonces en una fratricida guerra civil de doce años (1980-1992) que se cobraría 75.000 vidas y dejaría un número indeterminado de desaparecidos.

Se trata del asesinato, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, de seis jesuitas –los españoles Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López–, la cocinera de la comunidad, Julia Elba Ramos, y su hija Celina Ramos, en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de San Salvador donde los religiosos residían e impartían clases.

El 5 de enero de 2022, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de El Salvador –que en 2020 dictó el cierre del proceso penal y “que no se investigue a los señalados como autores intelectuales de la masacre”– ordenaba que se reabriera el caso. Y el 11 de marzo, hace apenas un par de semanas, el titular del Juzgado Tercero de Paz de San Salvador, José Campos, emitía una orden de busca y captura contra el ex presidente Alfredo Cristiani (1989-1994), decretando su detención tras no comparecer en el juicio.

Caprichos (o no) del destino, lo cierto es que ahora, coincidiendo con estas esperanzadoras noticias, un poderoso vehículo de concienciación como el cine viene a sumarse a ese empeño por saber la verdad y rescatarla de las tinieblas de la impunidad. Lleva por título ‘Llegaron de noche’ –como los asesinos en aquella fatídica fecha– y desembarca en las salas el 25 de marzo, previo paso por el Festival de Málaga.

Al frente del proyecto figura el director Imanol Uribe, un vasco nacido en San Salvador que –aunque con 20 años menos– admite haber llevado “vidas paralelas” con Ignacio Ellacuría, aquel jesuita nacido en Portugalete que acabaría viviendo y muriendo en El Salvador. En distendida charla con Vida Nueva en la sede de la ONG jesuita Entreculturas, y acompañado por el guionista de su último trabajo, Daniel Cebrián, relata cómo pasó “por los sitios que él pasó”.

Y, aun cuando asume tener “una memoria espantosa”, recorre mentalmente su periplo educativo, vinculado siempre a la Compañía de Jesús: el Externado San José en El Salvador, los jesuitas de Indautxu en Bilbao, los jesuitas de Tudela, “donde también estuvo Ignacio Ellacuría”. Incluso, llegó a conocerle personalmente “en una charla que dio en Salamanca”.

Hechos que marcan

Ahora bien, más allá de ese pasado jesuita, Uribe reconoce que “el gusanillo del interés por su figura siempre ha estado ahí”. Como a tanta gente de su generación, le impactó “muchísimo” la matanza de El Salvador, “al nivel del asesinato de Carrero Blanco, de Kennedy o del 11-S: son hechos que marcan”. Y a Ellacuría –subraya– “le admiraba”. Todo ello “se conjura” como germen de su nueva película después de leer la novela Noviembre, de Jorge Galán.

En ella se habla de los jesuitas, de monseñor Romero… pero fue Lucía Barrera de Cerna, empleada de limpieza en la UCA y único testigo de la matanza que decidió declarar, quien reclamó su atención. “Solo se cuenta un poquito su vida”, desvela. Suficiente para que el veterano cineasta encontrara en ese personaje “el desencadenante desde el que hincarle el diente a la historia”: contaría lo vivido por esta mujer y, de paso, hablaría de la muerte de los jesuitas. “Como vehículo narrativo, me fascinaba la historia increíble de Lucía y su defensa de la verdad”, confiesa.

“Lo que es interesante es la historia de Lucía, su conflicto: tiene que optar entre contar la verdad o que la dejen vivir. Y opta por contar la verdad, aunque no la vayan a dejar vivir. Imanol lo vio enseguida; yo tardé en verlo más, pero había que justificar el sueldo”, secunda entre risas Cebrián, que ya ha colaborado con Uribe en anteriores producciones.

Enriquecedoras entrevistas

A partir de ese momento, como guionista, emprendió “una fase de documentación periodística” en la que leyó todo lo que pudo acerca de aquellos acontecimientos. Al principio, hablaron mucho con Jorge Galán, incluso pensaron en comprarle los derechos de su novela, pero “yo sabía ya demasiadas cosas como para hacer la película y, al final, todo terminó donde había empezado Imanol”.

Conocerían luego al padre José María Tojeira (encarnado en la cinta por Carmelo Gómez), provincial de los jesuitas en Centroamérica de 1988 a 1995, que “fue muy generoso con nosotros: grabamos bastantes horas de conversaciones con él en la UCA y ha colaborado desde el primer momento”, recuerda agradecido Uribe. Y a Lucía (Juana Acosta), que resultó “esencial”, y a su marido (Juan Carlos Martínez).

Y es que, tras entrevistarse con este matrimonio salvadoreño, “solo queríamos contar ya la historia de Lucía, que era la idea original de Imanol desde nuestra primera conversación”. De hecho, inicialmente iba a llamarse La mirada de Lucía, pero la premonición de Ellacuría sobre la autoría de su propia muerte (aquí puesta en boca del actor que se mete en su piel, Karra Elejalde) les brindó el título definitivo: “Si me matan de día sabrán que ha sido la guerrilla, pero si llegan de noche serán los militares los que me maten”.

Entrelazar la realidad

Así que, después de encontrarse con unos y con otros, “no hubo que inventarse nada, sino entrelazar la realidad que había”, asegura Uribe. A lo sumo, “fundir” en algún personaje acciones o diálogos de otros. Como es el caso del propio padre Tojeira, que “tuvo mucho protagonismo –apostilla Cebrián–, aunque había más sacerdotes jesuitas adscritos a la universidad que estaban por allí”. “El resto –reitera Uribe– ha sido articular y guionizar la historia, porque la realidad estaba ahí”. Y ese “resto”, fundamentalmente, es la historia de Lucía.

Ella es “la puerta de entrada”, según Cebrián, porque “¡es tan absurda la muerte de los padres!… que hacer una película sobre eso tiene poco interés, más allá de la tragedia que supone”. “Sería contar una historia que todos conocen”, asiente Uribe. “Es una atrocidad sin sentido desde el punto de vista humano –prosigue Cebrián–, a nadie le puede parecer bien aquello, no hay un conflicto. Cuando lees todo en su contexto, es muy fácil seguir la línea que conduce de finales de 1989 al fin del conflicto: aquella matanza aceleró la paz, no el triunfo de la guerrilla; al menos, la capitulación del Gobierno en muchos aspectos”.

Aniversario Mártires de El Despertar

Mártires de El Despertar – 20 de enero de 1979. Octavio Ortiz, Sacerdote Diocesano

Una masacre que no debe quedar en la impunidad

El asesinato de los mártires de El Despertar: P. Octavio Ortiz,  Ángel Morales, Jorge Alberto Gómez, Roberto Orellana y David Alberto Caballero, como muchos otros cometidos antes y durante el conflicto armado, nunca fueron investigados, por lo que continúan en la impunidad hasta hoy. Pero sostenemos que para que se logre una autentica reconciliación luego de la firma de los Acuerdos de Paz, se necesita saber quienes fueron los responsables de dicha masacre, quienes ordenaron el asalto a ese centro de retiros y quienes son los responsables de mantener prisioneros a los jóvenes asistentes al retiro espiritual, durante mas de tres meses, sufriendo los vejámenes que se viven en las prisiones salvadoreñas,  en esa época el Presidente era el General Carlos Humberto Romero, el Ministro de Defensa era Fidel Torres, el Director de la Guardia Nacional era Ramón Alfredo Alvarenga y de la Policía Nacional el General Iraheta (el chivo).

P. Octavi parado en el mismo lugar en donde   fue asesinado

“ Quiero recordar con cariño y solidarizarme fielmente con los sacerdotes asesinados. Investigaciones de nuestro Arzobispado y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA nos dejan claro que…a los otros dos sacerdotes, Neto Barrera y Octavio Ortiz, es claro que perecieron en poder de agentes de seguridad…”Msr. Oscar A. Romero, 16-09-79.

Los padres y familiares del padre Octavio han decidido reabrir el caso para que se investigue a fondo quienes fueron los responsables de tal barbarie. Muchos testigos están testificando sobre lo que realmente pasó ese día.

Para dar un poco de tranquilidad a esa madre, a ese padre y sus familiares, que han vivido en la zozobra de ese asesinato, para que mueran en paz, para que se logre una autentica reconciliación en el país. Para que la memoria de este pueblo sea reivindicada se necesita la VERDAD y la JUSTICIA!  

BIOGRAFÍA del Padre Octavio Ortiz Luna

Octavio Ortiz Luna, sacerdote diocesano, nació en Cacaopera, Morazán,  El Salvador e1 22 de marzo de 1944.

Estudió en el Seminario San José de la Montaña, San Salvador.

En 1971 llegó como seminarista a la parroquia San Francisco de Asís de la ciudad de Mejicanos donde fundó las primeras Comunidades Eclesiales de Base.

En 1974 fue ordenado sacerdote por Monseñor Oscar Arnulfo Romero.

El mismo año fue nombrado párroco de la Parroquia San Francisco de Asís, lo que le permitió continuar el trabajo comenzado desde hacía tres años.

Fue nombrado vicario general de la vicaría de Mejicanos.

Monseñor Romero lo escogió para ser uno de sus consejeros espirituales y de trabajo.

Al padre Octavio le tocó vivir su misión como sacerdote en un momento muy difícil. La década de los 70 fue una década de mucha efervescencia popular en El Salvador. La injusticia social y el irrespeto a los derechos humanos eran tan insoportables que la amenaza de una guerra civil como única alternativa para solucionar los problemas se veía llegar.

Al igual que otros sacerdotes, obispos y monjas, Octavio tomó la Opción Preferencial por Los Pobres y se identificó con la lucha de los pobres.

Su parroquia sirvió de refugio para muchos campesinos, fue lugar de encuentro y reflexión para los-as jóvenes, obreros-as, etc.

A la edad de 35 años fue asesinado por la Guardia Nacional en el centro de retiros EL DESPERTAR. En el momento de su martirio se encontraba reunido con jóvenes varones. 

Monseñor Romero que se presentó a la morgue reconoció los cadáveres y ordenó que se les llevara a la funeraria para que los prepararan y que luego los llevaran a Catedral para su vela y posterior entierro.

El día 21, Monseñor Romero en Catedral, celebró la misa ante el cadáver del Padre Ortiz y de los cuatro jóvenes: Ángel Morales, Jorge Alberto Gómez, Roberto Orellana y David Alberto Caballero.

Monseñor tituló su homilía «Un asesinato que nos habla de resurrección». En la homilía denunció que «el comunicado oficial que publicaron los medios de comunicación es mentiroso de principio a fin». También habló del presidente de la república, quien «a pesar de todo esto, ha dicho en México que no hay persecución en la Iglesia».

Al día siguiente, Monseñor Romero iba a Puebla. Y dijo a su pueblo en Catedral: «mi corazón se divide ante esta expectativa: el anhelo sincero de ir al encuentro con el Papa… y un deseo de aportar la riqueza insondable de nuestra arquidiócesis que es grande: son ustedes, son sus comunidades, es su fe, es su sufrimiento, es su persecución… Quisiera quedarme con ustedes en una hora tan dolorosa y tan peligrosa de nuestra Iglesia; pero por otra parte, siento la necesidad de llevar esta voz para hacerla sentir en Puebla a las amplitudes del continente y del mundo».

Después de la celebración eucarística, los familiares retiraron los cadáveres de los jóvenes y la comunidad de San Francisco de Asís, se encargó del traslado y del sepelio del Padre Octavio en el altar mayor de la parroquia de esa comunidad.”

http://cebes-martiresdeelsalvador.blogspot.com/

UN DÍA COMO HOY 20 de enero de 1979, los Escuadrones de la Muerte cometieron otra gran masacre, en el marco de su campaña “Haga patria, mate un cura”, asesinaron al Sacerdote Octavio Ortiz Luna junto a los jóvenes David Caballero, de 16 años, Angel Morales, de 22 años, Roberto Orellana, 16 años, y Jorge Gómez, de 22 años, hecho realizado en la casa de retiros El Despertar en San Antonio Abad de San Salvador.

Su vida:

1-El padre Octavio nació el 22 de marzo de 1944 en el cantón Agua Blanca, Cacaopera, departamento de Morazán. En su partida de nacimiento se consigna como Octaviano, pero siempre lo conocimos como Octavio y así lo llamaremos en adelante. Es el segundo de diez hijos. Sus padres son don Alejandro Ortiz y doña Exaltación Luna, ambos orgullosos de su estilo campesino. Sus hermanos son nueve, cuatro caídos en el conflicto: Jesús, Ignacio, Ángel, Santos Ángel y Luis que aún vive. Y cuatro hermanas: Leoncia, Emeteria, Ana y Alejandra (quien actualmente vive con sus padres).

El primer año solo estudió cuatro meses para su primer grado. El segundo año pudo estudiarlo en el cantón de origen. El tercer año tuvo que estudiarlo viajando a Cacaopera en compañía de sus compañeros, con las dificultades que implicaba la distancia y en el invierno debían cruzar el río Torola en lancha y con las tormentas, el paso del río se volvía más riesgoso.

A la vez aprendía y colaboraba en los trabajos propios del lugar: labrar la tierra y la elaboración artesanal de los productos del henequén, principalmente tejer hamacas.

Su papá comenta que “era bueno para la Cuma”, lo cual le sirvió poco después en las chapodas de las fincas de café en los cafetales del departamento de San Miguel, donde tuvo que trabajar cuando en una ocasión se fue de la casa. Esto ocurrió cuando Octavio tenía 13 años, que buscando salir de la situación de pobreza y dejándose llevar ya por la incipiente adolescencia y espíritu de aventura, se fue junto con su vecino Ciriaco a las cortas de café, tan comunes entonces y ocasión aprovechada por gran cantidad de campesinos para ganar algunos centavos extra, para sobresalir de las calamitosas situaciones económicas. Eso pasó sin el conocimiento ni consentimiento de sus papás. Su papá lo fue a buscar, pero dicho esfuerzo fue infructuoso.

Luego en esa misma ocasión, en septiembre de 1956, se fue a buscar trabajo al occidental departamento de Santa Ana. En dicha búsqueda se encontró con alguien que le preguntó sobre “que andaba haciendo”, él le dijo que buscando trabajo. Viendo la situación de la edad y las condiciones en que andaba aquel muchacho, dicha persona le hiso saber que por ahí había un sacerdote que recogía niños de la calle, era el padre Matías Romero. Así fue conducido hacia el P. Romero

Efectivamente, aunque mintiéndole sobre “el ser huérfano”, el sacerdote lo recibió en su hogar. Ya estando ahí, Octavio le contó que tenía papás. Entonces el sacerdote lo mandó a su lugar de origen, a Cacaopera, donde su papá para que le sacaran partida de nacimiento y poder estudiar.

Hecho lo anterior, su papá Alejandro fue con Octavio donde el padre Matías a Santa Ana. Permaneció ahí durante el quinto y sexto grados (dos años).

2-Octavio en el hogar del Niño Santaneco y su vocación Sacerdotal

El Dr. Matías Romero, escribió en su obra literaria “DIARIO INTIMO DE UN SACERDOTE”, la historia de la creación de este hogar para niños y menciona que, junto a la Legión de María y utilizando al inicio las instalaciones del convento de Catedral, atendieron a niños que vivían en las calles y acerca de cómo cada uno de ellos era un caso tremendo y complicado. Luego rentó una casa en la Séptima Avenida Norte, No 9 (una cuadra al norte de Catedral), emprendiendo la fundación del “HOGAR OBRERO CRISTIANO”. Dicho nombre fue cambiado después por los benefactores por el de “Hogar del Niño Santaneco”.

(Cf.Matías Romero, “Diario Intimo de un sacerdote”, pags. 520 y ss).

Continúa narrando el Dr. Matías Romero en su Diario:

“Dejadas a un lado las incontables anécdotas de la vida rutinaria, lo que constituyó con el tiempo el hecho principal y para nosotros la desconocida razón de ser del hogar fue la vocación del niño

OCTAVIO ORTÍZ LUNA.

Llegó a nuestra casa a la edad de trece años el día 27 de septiembre de 1956. No sé quien lo halló perdido en el Volcán de Santa Ana y le enseñó el camino del recién fundado hogar de niños huérfanos. Pronto se destacó entre nosotros por su ejemplar conducta y su estabilidad de carácter. El día 22 de diciembre, sábado, fuimos con todos los niños a nuestro programa de la Y.S.D.R. y Octavio leyó palabras de felicitación de Navidad para los amigos bienhechores. El 26 le permitimos ir a su pueblo, Cacaopera, para que sacara su partida de nacimiento, su fe de bautismo y sus certificados de escuela. Decía “posiblemente llegaré el 12.” Regreso el 9. El 22 de marzo (1957) le celebramos su cumpleaños. ¡Ya hacia finales de ese mismo mes, da los primeros pasos para ver la posibilidad de su ingreso al seminario, advirtiéndole a Mons. Barrera que Octavio no era como los demás niños.

El 4 de diciembre, miércoles, se le dieron ocho días de permiso para ir a tratar el asunto con sus padres y exactamente al miércoles siguiente estaba de regreso, trayendo consigo a su papá, a su mamá y a un hermanito menor. Gentes humildes, típicos campesinos, con una honorabilidad y nobleza naturales. Fuimos con ellos a hablar con Mons. Barrera y él nos dijo que quedaba admitido en el Seminario. ¡Indescriptible era el gozo en mi corazón! Aquello era cosechar la primera rosa para Dios en el jardín de mis hijos del alma. El viernes 13 regresaron los papás y el hermanito de Octavio a Cacaopera. El 20 de enero del año siguiente (1958), acompañado de tres de sus compañeros (Alvarado, Retana y Napoleón) fui a entregarlo al Seminario. Y escribía yo en el diario estas palabras: “en medio de tantas penas y fracasos, podemos decir que no todo es malo. El gran fruto del hogar es Octavio”.

“Hasta aquí llegó Octavio para nosotros. De allí en adelante le perteneció a Dios” Yo lo perdí de vista y solo por terceras personas me enteré de que por fin se ordenó sacerdote.

Fue hasta el año 1979, cuando, ocupado en recoger melancólicamente mis recuerdos, una noticia triste, aunque confusa al principio, me hizo volver a los tiempos del hogar. Cuando el día sábado 20 de enero, toda la República se estremecía con la noticia de que un sacerdote y cuatro jovencitos habían sido asesinados”. (Cf. Matías Romero, op. Cit. Pag. 532. 2-6).

Su juventud transcurrió entre el estudio realizado en el Seminario Menor de Santa Ana y su integración en la familia. Estando en el Seminario Menor de Santa Ana, una enfermedad le impidió poder continuar allá, por lo que los formadores lo enviaron de regreso a su casa. Aunque ese período de “estar fuera” fue corto. Luego encontró otra oportunidad para retomar los estudios en otra institución de la Iglesia, donde continuó en sus años de adolescencia y juventud.

1-Vida de Seminario Menor

Estando una vez en una misa en Osicala, Morazán, llegó el sacerdote de la Orden franciscana, el P. Santajuliana, alguien le presentó al muchacho Octavio, mencionándole que “había sido seminarista”. El sacerdote le dirigió la pregunta “¿te cansaste de estar en el seminario?”. Octavio le respondió que no.

Sin dejar pasar más tiempo, el padre le condujo a la ciudad de San Miguel para hablar con Mons. Machado. Ahí estaba un conocido de la familia, el P. Fausto Ventura; él les dijo que había que pagar una cuota mensual, la cual, por ser pobres, sería de 40.00 colones al mes.

El Seminario Preparatorio funcionaba entonces en San Juan Opico donde el encargado era Mons. Modesto López. Estuvo ahí por un año donde terminó sexto grado.

Inmediatamente después, sin sacar el bachillerato, lo aceptaron en el Seminario San José de la Montaña, en San Salvador, el 2 de febrero de 1962, donde permaneció 11 años.

2-Vida en el Seminario Mayor

Durante el tiempo en el Seminario Mayor, hacia los últimos años, tuvo algunas dificultades por diferencia de pensamiento con la jerarquía. Según contó el P. Octavio, Mons. Luis Chávez y González ordenó la asistencia de los seminaristas a la toma de posesión del presidente Fidel Sánchez Hernández. Los seminaristas reunidos decidieron no atender aquel mandato, pues eso era hacerse cómplice con quien se muestra católico con el pueblo y después oprime a la gente.

Esa actitud de los seminaristas hizo que la Conferencia Episcopal sospechase que los padres jesuitas, hasta entonces encargados de la formación en el seminario, estaban introduciendo en los seminaristas ideas no convenientes sobre la autoridad y empujándolos a la desobediencia.

Dado que el Seminario Mayor fue cerrado debido a las discrepancias surgidas entre los obispos y las líneas de formación aplicadas por los padres jesuitas, el entonces obispo de San Miguel, Mons. Eduardo Álvarez, dijo que los iba a enviar a otros países para concluir los estudios. Ante lo cual, Octavio consideró que no valía la pena, solo por un año que le faltaba hacer tanto gasto e irse lejos. Por lo cual, concluyó sus estudios con los padres jesuitas y a la vez, realizaba trabajo pastoral con las Comunidades Eclesiales de Base, quienes, cuando llegó el momento de la ordenación, pidieron que no fuera en Catedral sino en la iglesia donde ellos se reunían, en San Francisco Mejicanos.

3-Situaciones políticas

La situación era ya difícil. Estaban en ebullición las organizaciones populares, tanto de campesinos como de obreros,. Maestros y estudiantes.

La iglesia estaba entrando en una interesante etapa de acción pastoral, con la que se procuraba responder a las demandas del momento. La fuente de inspiración estaba en la misma doctrina oficial de la Iglesia, principalmente en los documentos del Vaticano II y de Medellín de 1968. Las Comunidades Eclesiales de base, el gran aporte pastoral y evangelizador de la Iglesia latinoamericana, estaban en su pleno desarrollo y apogeo. El privilegio y prioridad que se otorgaba a la lectura de la palabra de Dios para iluminar la situación social, como el buscar las estrategias de acción para ir transformando esa situación que contradecía el proyecto del reino de Dios que Jesús vino a inaugurar, hizo que muchos sacerdotes y laicos adquirieran un profundo compromiso transformador y profético en ese momento.

Esas opciones y métodos pastorales estaban mal vistos por los regímenes militares de turno, quienes se inspiraban en la doctrina de la seguridad nacional.

El P. Octavio, luego de ser ordenado sacerdote, continuó en la línea de trabajo tal como había sido formado, que era la más común pero también la más riesgosa entonces, y así, con su Biblia en la mano y acompañando las comunidades, fue mártir de esa opción pastoral que no gustaba a las opresoras fuerzas del mal comandadas por el Coronel Romero.

4-Ordenación y primera misa

Lo ordenó Mons. Oscar Arnulfo Romero el 9 de marzo de 1974 en la iglesia San Francisco de Mejicanos (curiosamente, cinco años después, sería sepultado en esa misma iglesia) ¡Es la primicia de mi episcopado! (dijo Mons. Romero en la homilía del 21 de enero de 1979). Celebró su primera misa el 10 de marzo en la parroquia de Cacaopera, con la presencia de los padres de San Francisco Gotera y los padres Belgas, con quienes había colaborado en Zacamil, San Salvador. Ese era día de elecciones presidenciales y mucha gente no fue a votar por ir a la primera misa del nuevo sacerdote.

Inició su labor sacerdotal en San Francisco de Asís, de Mejicanos, en la Zacamil y en San Antonio Abad. Trabajaban en equipo cinco sacerdotes: Guillermo, Luis, Rogelio, Pedro (de origen belga), y el padre Octavio, salvadoreño.

Todos los días solían reunirse a la hora del almuerzo para coordinar el trabajo y estar en constante comunicación. El período de trabajo fue durante cinco años. El P. Octavio vivía en la parroquia San Francisco, Mejicanos; de ahí salía para los otros lugares. Los otros cuatro sacerdotes vivían en Zacamil.

Mons. Romero describe el último día del P. Octavio (homilía del funeral).

“Por la mañana, trabajando con los organizadores de la semana de identidad sacerdotal, para hacer una síntesis del rico mensaje que nos dejó esa semana; y por la tarde, en una reunión pro Seminario que yo presidí, Octavio fue el que llevaba la coordinación. Con una gracia muy especial sabía él llevar estas juntas y resultaban muy fructuosas. De ahí salió para San Antonio Abad a celebrar la misa del patrono y, a continuación por la noche, a inaugurar o a dar puntos de reflexión a los 30 y tantos jóvenes reunidos en la casa de retiro “El Despertar”, a los cuales la madre Chepita después concretaba con dos preguntas la reflexión espiritual, a la hora en que se tenían que levantar el día en que El Despertar fue horrible .”

5-El asesinato del P. Octavio

“El sábado 20 de enero de 1979. Día sumamente trágico. Amaneció con la noticia de que había habido un operativo militar en el local de El Despertar, de la parroquia de San Antonio Abad. En esta casa se llevaban a cabo frecuentemente, convivencias para profundizar en la fe cristiana. El padre Octavio junto con la hermana Chepita, como le llaman a la religiosa belga que allí trabaja, dirigían un encuentro de iniciación cristiana. Eran como cuarenta jóvenes. Pero al amanecer hoy, la Guardia Nacional, con una fuerza de violencia, izo estallar una bomba para romper la puerta y luego violentaron la entrada con tanquetas y disparando. El Padre Octavio, al darse cuenta se levantó, pero no encontró más que la muerte, lo mismo que otros cuatro jóvenes. Los demás del grupo, incluyendo a las dos religiosas, fueron llevados al Cuartel de la Guardia Nacional. El asesinato del padre Octavio y de los otros cuatro jóvenes no lo conocimos sino hasta en la tarde, cuando ya el cadáver del padre y de los otros jóvenes habían sido llevados a la morgue del cementerio. El rostro del padre Octavio estaba sumamente desfigurado; parecía aplastado por un enorme peso que debió pasar por encima. Lo llevaron a la funeraria La Auxiliadora, lo mismo que a los otros tres jóvenes, ya que uno de ellos había sido recogido por su familia, pero de estos tres todavía no se habían identificado a sus familiares. Por nuestra parte los llevamos a la funeraria para que los arreglaran y luego los llevaríamos a la Catedral para la velación, donde serían reconocidos por los familiares y se harían cargo de ellos. Por la noche fue llevado este cortejo trágico, fúnebre a la Catedral. Allí había mucha gente, la Catedral estaba casi llena, orando mucho por los difuntos y dirigiendo mensajes evangélicos a la muchedumbre. Yo llegué como a las once de la noche. La muchedumbre me recibió con un aplauso. Yo dirigí un responso en sufragio del padre Octavio y de los otros jóvenes y dirigí también la palabra para orientar de cómo se iba a proceder al día siguiente. Les invité a todos para la misa de ocho en la Catedral a la que asistirían todos los sacerdotes, quienes dejarían sus horarios ordinarios de domingo para concurrir a esta concelebración por un hermano sacerdote”.

MISA DEL FUNERAL

Domingo 21 de enero de 1979. (Cfr. Mons. Romero. Su Diario).

“La mañana la llena la hermosa concelebración de la Catedral. Más de cien sacerdotes alrededor del féretro de su hermano difunto, el padre Octavio. Allí estaba también los ataúdes de los otros tres jóvenes que fueron recogidos por la iglesia de la morgue del cementerio.

No pudo celebrarse la misa dentro de la Catedral, sino que se organizó en la calle y en el parque. A la hora de comenzar la misa estaba sumamente repleto, una concentración que emocionó a todos, sobre todo por la participación piadosa con que todos seguían esta plegaria por los difuntos. Estuvo a mi lado un representante del obispo de Cleveland, lo mismo que otros sacerdotes norteamericanos. Al predicar la homilía, hice un análisis del crimen del padre Octavio y de sus cuatro compañeros de sacrificio. Hice un llamamiento a usar la racionalidad antes que la violencia y la fuerza. Protesté por este atropello a la dignidad de nuestra Iglesia. Recordé la pena de excomunión en que han caído los autores intelectuales y materiales de este crimen sobre el sacerdote. Entre la muchedumbre había gente de todas las parroquias de la arquidiócesis y también representantes de muchas comunidades de otras diócesis. El féretro del padre, lo mismo que de los otros jóvenes se introdujeron nuevamente a Catedral después de la misa, para seguir recibiendo ese cariño de oración y de contemplación con que desfilaban ante ellos nuestros fieles”.

Su entierro (Cf. Mons. Romero. Su Diario)

“La comunidad de San Francisco, Mejicanos, pidió el cadáver del padre para sepultarlo en su iglesia. Y, después de dialogar sobre esta situación procurando que evitaran cualquier provocación o una manifestación de violencia, lo llevarían privadamente. Ese cuerpo les pertenece a ellos, ya que allí fue ordenado sacerdote y allí trabajó los cinco años de su ministerio. Por la tarde, ya había sido trasladado el cadáver del padre Octavio a su parroquia de San Francisco, en Mejicanos y fui a presidir la concelebración. Había unos cuarenta sacerdotes y la muchedumbre era inmensa. Era incapaz la calle frente a la iglesia de contener el numeroso acceso de gente que llegaba de todas partes. Por eso, se concelebró al aire libre y, después de la misa, se volvió a continuar la visita de los fieles al padre Octavio, en unas filas que llegaban hasta la estación terminal de los autobuses de Mejicanos. ¡Una verdadera manifestación espléndida de solidaridad, de sufrimiento, de amor, de entrega a la causa de Jesucristo! La muchedumbre estuvo sumamente cariñosa con los sacerdotes y con su obispo, al que saludaban con aplausos, con beso de manos, etc. Yo terminé esta ceremonia con mucha satisfacción en el espíritu ¡Que bién responden los pueblos cuando se les sabe amar! El padre Octavio quedó en capilla ardiente hasta que terminara el desfile de fieles que todavía era muy numeroso”.

7-Jóvenes asesinados junto al padre Octavio:

DAVID CABALLERO, nació el 12 de julio de 1963. Su padre el Sr. David Salomón Caballero y su madre la Sra. Gloria Cornejo de Caballero. Estudiaba 8º grado en la Escuela Miranda de San Antonio Abad.

ÁNGEL MORALES, tenía 22 años de edad, fue su madre Sra. Prisciana Gómez de Morales y su padre el Sr. Mercedes Morales, quienes viven en Sensuntepeque, y trabajaba como carpintero.

ROBERTO ORELLANA, nació en agosto de 1963, su madre la Sra. María Leonor Sánchez de Orellana, y su padre Mateo Orellana. Estudiaba 8º grado por la noche, en el Instituto Nacional Francisco Menéndez INFRAMEN.

JORGE GÓMEZ, tenía 22 años de edad, su madre, la Sra. María Juárez de Gómez y su padre el Sr. Manuel de Jesús Gómez. Estudiaba 2º año de Bachillerato académico en el Liceo Ruben Darío. Trabajaba como electricista en la Universidad Nacional.

FUENTE: Libro “Testigos de la fe en El Salvador, nuestros sacerdotes y seminaristas diocesanos mártires 1977 – 1993”.

Ellacuría, centinela del pueblo

‘Hacerse cargo de la relidad. Sobre la teología-política de Ignacio Ellacuría’ de López de Goicoechea

Ellacuría
Ellacuría

«Ofrece una rigurosa reconstrucción de su filosofía, su teología y su teoría política, no aisladamente como si se tratara de compartimentos estancos, sino en su carácter unitario»

«López de Goicoechea elabora un lúcido perfil intelectual de Ellacuría a través de un amplio y riguroso recorrido por los años de su formación y la etapa de madurez»

«La obra de López de Goicoechea viene a confirmar de manera argumentada que Ignacio Ellacuría es uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo y que, treinta y tres años después de su asesinato, sigue iluminando la oscuridad del presente»

Por Juan José Tamayo

Desde el asesinato del filósofo y teólogo hispano-salvadoreño Ignacio Ellacuría, rector de la UCA (San Salvador), el 16 de noviembre de 1989, se han publicado sus obras completas en la editorial de la UCA, celebrado numerosos congresos y escrito importantes investigaciones sobre su pensamiento.

Coincidiendo con el 33 aniversario de su asesinato voy a comentar hoy la obra de Javier López de Goicoechea Zabala, doctor en filosofía y en derecho, profesor de la Facultad de Derecho y del Instituto de Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense y profesor invitado en la UCA, de San Salvador (El Salvador), Hacerse cargo de la realidad. Sobre la teología-política de Ignacio Ellacuría, que me parece una de las más clarividentes de la producción bibliográfica en torno a Ellacuría ya que ofrece una rigurosa reconstrucción de su filosofía, su teología y su teoría política, no aisladamente como si se tratara de compartimentos estancos, sino en su carácter unitario. 

Y lo hace con rigor metodológico y fidelidad creativa al pensamiento de Ellacuría, del que destaca la originalidad de su método de historificación de los conceptos y su orientación emancipatoria. Un pensamiento que, en expresión zubiriana, se hace cargo de la realidad y cuyo resultado es una nueva teología-política, como praxis de liberación y transformación socio-económica a través de una correcta articulación de los tres elementos de su reflexión: ética, política y religión. Son tres elementos que suelen aparecer desconectados y Ellacuría los interconecta, pero sin caer en confesionalismos y respetando la autonomía de la ética y de la política.  

López de Goicoechea elabora un lúcido perfil intelectual de Ellacuría a través de un amplio y riguroso recorrido por los años de su formación y la etapa de madurez, así como por los problemas filosóficos de su época: problema del ser, de la historia y de la deshumanización tecnificada del ser humano, y por las bases filosóficas de su pensamiento, de Aristóteles a Zubiri, pasando por Tomás de Aquino, Hegel, Marx, Ortega y Gasset, Ernst Bloch y la Escuela de Frankfurt (especialmente Herbert Marcuse).

Elabora una sugerente geografía en torno a cuatro ciudades que marcaron el peregrinaje intelectual de Ellacuría: Quito, Innsbruck, Madrid y San Salvador, mostrando “su apertura radical a un pensamiento a la intemperie, fruto de la época que le tocó vivir y de los problemas a los que tuvo que enfrentarse desde el rigor conceptual de la Filosofía”.

Ignacio Ellacuría
Ignacio Ellacuría

Pero su pensamiento no es discipular como si hiciera un seguimiento mimético de sus maestros -Rahner en teología, Zubiri en filosofía, monseñor Romero en espiritualidad-, sino que desemboca en un pensamiento propio muy sólido y consistente caracterizado por la creatividad y la ubicación contextual, en respuesta a los desafíos del momento histórico, siendo uno de los más graves el de la violencia en El Salvador, que analiza en sus diferentes niveles: estructural, revolucionario y terrorista, optando por la no violencia activa desde sus raíces pacifistas de inspiración evangélica.  Su respuesta sigue teniendo vigencia hoy y puede contribuir a enriquecer el pensamiento crítico, la praxis política y el horizonte liberador de las religiones, sobre todo de las monoteístas, cuya teología primera es la ética de la liberación. 

La obra de López de Goicoechea viene a confirmar de manera argumentada que Ignacio Ellacuría es uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo y que, treinta y tres años después de su asesinato, sigue iluminando la oscuridad del presente. Asimismo, es el mejor reconocimiento a un maestro español de la filosofía, la teología y la teoría política; reconocimiento que, a mi juicio, no tiene, o al menos no de manera suficiente, en el actual panorama intelectual español. 

    El libro comienza y termina con un poema de Ernesto Cardenal que se refiere a texto del profeta Isaías 21,11: “Centinela, ¿qué hora es de la noche? Centinela, ¿qué hora es de la noche” (según otras versiones: “Centinela, ¿cuánto queda de la noche?”), y López de Goicoechea lo aplica a Ellacuría de esta guisa:

Ellacuría y Romero

“Toda la vida y el pensamiento de Ignacio Ellacuría evoca a ese centinela del poema de Ernesto Cardenal que en las lúgubres noches de cualquier país centroamericano nos ubica en el tiempo y en la realidad de pueblos sometidos al miedo y a la violencia extrema. Ellacuría, como aquel centinela, dedicó su vida intelectual a ejercer el papel de recordarnos siempre dónde estamos situados y cuál es nuestro compromiso urgente. Nos avisa de que estamos en un tiempo trágico y en una hora crucial. El mal común es la fría descripción de cuanto acontece a nuestro alrededor a la luz del candil que nos permite atisbar pueblos sometidos al desfavorecimiento y la exclusión social. Nos sitúa en un extraño mundo contradictorio donde el progreso económico, científico y tecnológico nos permite a muchos privilegiados disfrutar de cotas de bienestar nunca conocidas en la historia de la humanidad. Pero, a la vez, nos alerta del injusto reparto para tantos y tantos pueblos sufrientes de estos bienes preciados que este mundo ha alcanzado. La desigualdad extrema es el nuevo paradigma de nuestros tiempos, no el progreso, ni la ciencia y sus biotecnologías aplicadas” (p. 174).  

Me parece muy adecuada la presentación de Ellacuría como centinela del pueblo. Ciertamente, lo fue durante varias décadas y alertó de la noche oscura en la que vivían las mayorías populares sometidas a todo tipo de opresiones. Fue también el centinela que trabajó de pensamiento, palabra y obra por la liberación de dichas mayorías. Hoy sigue haciéndolo a través de su ejemplaridad de vida, de su obra y de su pensamiento. Es la mejor herencia que nos deja para seguir sus huellas.

Aniversario Mártires UCA


Homilía del P. Tojeira el 16 de Nov. en recuerdo de nuestros mártires.

Las lecturas elegidas para esta eucaristía son las mismas que corresponden a la misa dedicada a los mártires jesuitas del Paraguay del siglo XVII. Nos ofrecen suficientes elementos para recordar a los 8 mártires de la UCA y reflexionar sobre lo que su muerte nos continúa diciendo en la actualidad. La primer lectura nos habla de ser luz para los demás, y la segunda del odio que la luz despierta en quienes tienen propósitos oscuros. Comenzamos con lo que hemos escuchado en el Evangelio de Juan: decía entre otras cosas que “Si el mundo los odia, sepan que primero me odió a mí… ( y que) llegará un tiempo en que el que los mate pensará que está dando culto a Dios”. Hablaba el evangelista del odio como “aversión hacia alguien cuyo mal se desea”. Y ya sabemos hacia dónde y hacia qué resultados llevó el odio en nuestra guerra civil, y no solo con el asesinato colectivo en la UCA. Las masacres, el abuso y el mal trato a los débiles, la tortura y la muerte fueron numerosas y constantes durante once años. Pero ese odio anémico y estéril nunca da a quienes lo practican el resultado que ellos esperan. Creer que causando dolor o muerte se puede arreglar el pasado, el presente o el futuro, no es más que un pensamiento mágico e irracional, que nos distrae siempre de planificar el futuro desde la solidaridad y el respeto a la dignidad humana. El odio nunca entraña soluciones permanentes. En la tradición cristiana se solía decir que la sangre de los mártires era como una semilla de vida. Incluso alguno de los paganos indiferentes de su tiempo, asesinado posteriormente por su fe cristiana, solía decir que se había convertido al cristianismo al ver cómo los cristianos caminaban valientemente a la muerte sin traicionar su fe. El odio, estéril para quienes lo practican, al cebarse en el sacrificio martirial de la gente buena, se convierte en semilla de futuro para quienes resisten en el deseo de un mundo más humano y más fraterno.

Hoy, cuando el odio, que nunca dejó de existir en nuestro país tras la guerra, vuelve a crecer, el miedo no debe hacer presa de nosotros. El poder tiende con demasiada frecuencia a odiar la verdad que le perjudica y a montar narrativas y discursos que la sustituyan. Presenta acciones y promesas en las que lo falso se entremezcla con la verdad, con el fin de confundir a muchos y entusiasmar a sus adeptos. Pero como decían los santos de antaño, la verdad está desnuda. Como desnudo estaba Jesús en la cruz, solamente revestido de su amor y su entrega a todos. No hay, en ese sentido, sustituto adecuado para la verdad de la entrega y el servicio. Resistir en la verdad, en el pensamiento racional, en la defensa de los pobres y de sus derechos, siempre será el camino estrecho que acerca a la verdad y hace presente el Reinado de Dios en la tierra. En el Salvador, afortunadamente, tenemos un pueblo creyente, esperanzado y resiliente, que ha superado enormes pruebas a lo largo de su historia, algunas de ellas bastante peores que las del presente. Un pueblo que mantiene la memoria del pasado como fuente de identidad. Frente a las tendencias autoritarias que tratan de presentarse como una absoluta novedad, parcialmente endiosada e impidiendo que el pasado doloroso arroje luz sobre el futuro, nuestra gente quiere justicia y fraternidad, con líderes humildes, que sepan aceptar sus errores y mantener el diálogo con todos. No en vano nos consideramos todos hijos e hijas de San Romero de América.

Quienes odian, en realidad vagan en la oscuridad, aunque pretendan, como diría San Ignacio, y por cierto también el Quijote, presentar sus obras o sus liderazgos con la apariencia y el disfraz de ángeles de luz. Y aunque confundan a muchos, en el mediano y largo plazo se tendrán que confrontar con un pueblo que desea paz con justicia y que valora la dignidad humana desde la concepción cristiana de la fraternidad universal. La UCA, como universidad de inspiración cristiana, trata de caminar con este pueblo. Y trata con él de acercar a nuestra historia el Reino de Dios, de impulsar el bien más universal, construyendo el bien local como semilla de universalidad y esperanza para toda la humanidad. Así vimos su muerte el mismo día que los mataron. Un asesinato local se convertía en fuerza mundial de solidaridad, en apoyo a la paz en El Salvador, en defensa de los Derechos Humanos y en condena del militarismo y la fuerza bruta. En la Misa que ese mismo día, ya en la noche, celebramos los jesuitas en su recuerdo, en el salmo responsorial se repetía tras cada estrofa la siguiente frase: “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Y era cierto, desde muchas partes del mundo se veía su muerte como una victoria sobre el odio, y como un triunfo del bien y del amor. Vivir sin miedo,sin que el odio ajeno sea un obstáculo para nuestro ideales, es la primera lección de la Palabra.

En la carta de Pablo a los filipenses, que acabamos de escuchar, se nos dice que aquellos que siguen el camino del Señor Jesús “brillan como estrellas en el mundo, mostrando el mensaje de la vida”. Ni el odio ni la mentira pueden apagar la luz de las personas buenas. Gandhi. Mandela, Martin Luther King, Romero, Elba y Celina junto con los jesuitas, y tantos otros, conocidos o desconocidos, estuvieron presos o fueron asesinados. Quienes los encarcelaron o los mataron trataban de apagar una luz que hablaba de la igual dignidad de las personas, de la paz, de la justicia y de la convivencia fraterna. Pero la muerte no apagó su resplandor. Al contrario, el brillo aumentó con la persecución y con el sacrificio de la propia vida. Santo Tomás, un clásico del pensamiento cristiano, decía que el martirio, “entre todos los actos virtuosos, es el que mejor demuestra la perfección del amor”. Y ese amor que es luz verdadera, como dice la carta de Pedro, “cubre la multitud de los pecados”. Incluso quienes disfrutaron un día con el odio, si saben escuchar a su conciencia, descubren en las víctimas el paso de Jesús por nuestra historia.

Treinta y tres años después del sacrificio de nuestros compañeros, a nosotros nos toca continuar en esa tarea de seguir mostrando el camino de la vida. Es tarea permanente para toda persona de buena voluntad. Pero en la UCA es parte además de la propia identidad universitaria, forjada en la palabra beligerante de nuestro hermanos, en su trabajo por la paz y en su sangre derramada. Nos toca ahora a nosotros defender los Derechos Humanos en su totalidad y universalidad, frente a un gobierno que se ampara en los derechos de las víctimas para negar derechos básicos a inocentes y a culpables. Y que interpreta los derechos de las víctimas como a una especie de acceso libre a la venganza masiva e indiscriminada, ejecutada desde el poder. Nos corresponde apoyar una vez más a las madres de los desaparecidos y defender el Estado de Derecho, junto con la libertad, la crítica y el diálogo. Estar al lado de las causas de los pobres y de los débiles es tarea permanente de una universidad que tiene su centro fuera de sí misma, en la realidad nacional, y que ve con dolor las amplias capas de sufrimiento en el país. “Bajar de sus cruces a los crucificados” de hoy, como decía Ignacio Ellacuría, es la única manera de impedir que “el monopolio de la fuerza se convierta en monopolio de la verdad”. Permanecer firmes, resistentes y resilientes en la verdad y la justicia, es la actitud indispensable para iluminar la realidad.

Si queremos ser luz, el recuerdo y la memoria se vuelven indispensables para imitar y seguir las huellas de quienes nos precedieron como testigos insignes en la fe y en el amor. En medio de un capitalismo seductor que persigue la felicidad individual en base a la tenencia de bienes materiales, que otorga erotismo a la mercancía y que convierte el consumo en un acto de placer, nos corresponde, desde el recuerdo de nuestros mártires, volver los ojos hacia los que han sido despojados de sus derechos e impedidos en el desarrollo de sus capacidades. Si como universidad funcionamos con bienes creados socialmente, y trabajamos, como decía el rector mártir, con instrumentos que “son de índole colectiva y de implicaciones estructurales”, como lo son “la ciencia, la técnica, la profesionalización, y la composición misma de la universidad”, no nos queda más remedio que mirar la problemática social y estructural de nuestros países. Usar bienes construidos colectivamente para provecho exclusivo de individualidades o grupos de poder no solo es traicionar el espíritu y la esencia universitaria, sino venderse, también como falsos ángeles de luz, a la dinámica de la oscuridad y finalmente del odio. El bien más universal es hoy el bien más estructural, como también dijo en su momento Ignacio Ellacuría. Y los bienes estructurales solo se logran desde el esfuerzo común compartido, desde la multiplicación de contactos, diálogo y cooperación entre comunidades de solidaridad. Somos parte de una misma humanidad y pertenecemos a una tradición tan servidora y amorosa como liberadora. Podemos como Pablo considerar basura nuestros títulos y dignidades si los comparamos con esa opción cristiana fundamental de construir nuestra propia humanidad entregándonos a la construcción de un mundo más humano. Somos y debemos convertirnos cada vez más en una verdadera comunidad de solidaridad. Solidarios entre nosotros y solidarios con el mundo de quienes tienen hambre y sed de justicia, nos corresponde elaborar universitariamente proyectos de realización común que lleven a un nuevo tipo de civilización. A esa civilización de la pobreza, basada en el trabajo y la solidaridad, de la que hablaban nuestros mártires. Una civilización opuesta a la civilización del capital, que prioriza la acumulación de la riqueza como motor de la historia y del desarrollo. Una civilización abierta y afincada en el trabajo humanizante y humanizador, creador de riqueza y camino de autorrealización personal, de satisfacción de necesidades y de desarrollo social. Construir una sociedad diferente y aportar a la construcción de un mundo distinto es una exigencia indispensable a la hora de honrar a nuestros hermanos. Y es sobre todo, segunda lección de la Palabra, la respuesta a la inspiración cristiana universitaria que nos llama a ser luz que ilumina el camino de la vida.

En la Eucaristía de este día 16 solemos presentar como ofrenda los esfuerzos universitarios. Desde los más sencillos a los más elaborados. La memoria de nuestros mártires se une sobre el altar a la memoria del Señor Jesús, luz y camino, verdad y vida. También sobre el altar están los alimentos sencillos de pan y vino. Que todo ello, símbolo de la entrega del Señor Jesús, que nos da su cuerpo y su espíritu como fortaleza y guía, nos conduzca a la perseverancia en esa tarea de superar el odio desde la inspiración cristiana y contribuir a la paz con justicia en El Salvador. La luz martirial de nuestros compañeros, unida a todos los mártires de El Salvador y al fuego de su espíritu, permanece viva entre nosotros generando esperanza. Que así sea

Mártires que encarnaron el Concilio

Czerny, a los 33 años del asesinato de los jesuitas en El Salvador: “Fueron mártires que encarnaron el Concilio”

Documento homenaje a los jesuitas mártires de la UCA

Este 16 de noviembre se cumplen 33 años de la masacre de la Universidad Centroamericana (UCA), perpetrada por la Fuerza Armada salvadoreña, en la que perdieron la vida Ignacio Ellacuría, cinco compañeros jesuitas, una trabajadora de la UCA y su hija de 15 años.

Con motivo de este aniversario, el cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral, ha recordado en una carta, recogida por Vatican News, a estos “mártires”, más de tres décadas después de su muerte.

“Al contemplar nuestro mundo ¿hay algún continente o región donde este aniversario tan importante que hoy recordamos pueda ser celebrado con auténtica tranquilidad y paz? ¿O es este, más bien, un momento con múltiples desafíos y disturbios?”, se pregunta el purpurado, también jesuita.

“Encarnaron el Concilio”

Sin embargo, Czerny encuentra motivos para la esperanza: “A pesar de los signos de violencia en varias partes del mundo y de la fragilidad de la paz, Nuestro Señor nos invita a una renovación a través del camino sinodal”, dice. “Despertar, levantarnos y caminar. Esta es la auténtica vida de la Iglesia, en humilde peregrinación y servicio alegre, inspirados por nuestros hermanos y hermanas”, añade el cardenal.

“En nuestros esfuerzos para poner en práctica, organizar e institucionalizar la visión y la misión del Concilio, podemos decir con gran honor que los nuestros son ciertamente mártires de este don que fue el Concilio Vaticano II”, continúa Czerny. “Ellos, con su vida y su muerte, encarnaron el Concilio y la 32º Congregación General en la gran iniciativa evangélica, educativa y social que fue la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas”, concluye

El pesamiento vivo de Ignacio Ellacuría

Guernica. Pablo Picasso

«La madrugada del 16 de noviembre de 1989 fue asesinado en San Salvador el rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) Ignacio Ellacuría, junto con sus compañeros jesuitas, la trabajadora doméstica y su hija adolescente»

«Ignacio Ellacuría fue filósofo, teólogo de la liberación y politólogo español que ejerció una gran influencia política, cultural y religiosa no solo en El Salvador sino en toda América Latina. Sin duda, uno de los más brillantes pensadores de nuestro tiempo»

«Sin embargo, en España, donde nació y ejerció una importante influencia en el terreno religioso, es hoy poco conocido y menos reconocido. Para reparar dicha amnesia y hacerle justicia celebramos un Simposio Internacional sobre ‘El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría’ en Metalibrería y la Universidad de Alcalá»

«Los numerosos estudios sobre Ellacuría tras su asesinato, el Simposio que acabamos de celebrar y la próxima publicación de su Obra Completa por la editorial Comares son la prueba más fehaciente de su vigencia y actualidad«

por Juan José Tamayo

La madrugada del 16 de noviembre de 1989 fue asesinado en San Salvador el rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) Ignacio Ellacuría, junto con sus compañeros jesuitas Juan Manuel Moreno, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró, Amando López, Joaquín López y López, la trabajadora doméstica Julia Elba Ramos y su hija Celina, de 16 años.

Tamaño asesinato, que conmocionó al mundo, fue llevado a cabo por el sanguinario Batallón Atlacatl del Ejército salvadoreño con el conocimiento ¿y la aprobación? del presidente de El Salvador, Alfredo Cristiani. Imanol Uribe ha dirigido la excelente película “Llegaron de noche” sobre los asesinatos, que fue estrenada en marzo de este año y recomiendo verla.

Ignacio Ellacuría fue filósofo, teólogo de la liberación y politólogo español (Portugalete, Bilbao, 1930), nacionalizado salvadoreño, que ejerció una gran influencia política, cultural y religiosa no solo en El Salvador sino en toda América Latina. Es, sin duda, uno de los más brillantes pensadores de nuestro tiempo que, treinta y tres años después de su asesinato, sigue iluminando la oscuridad del presente con sus obras y sus propuestas revolucionarias como estas: “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, “sanar la civilización enferma”, “superar la civilización del capital”, “evitar un desenlace fatídico y fatal”.

Ignacio Ellacuría: «Si la revolución no pasa por la universidad, en el sentido de que no es ella su motor principal, la universidad debe pasar por la revolución, porque revolución y razón no tienen por qué estar en contradicción; más bien, en las cuestiones históricas se reclaman y se exigen mutuamente»

Sin embargo, y por contradictorio que parezca, en España, donde nació y ejerció una importante influencia en el terreno religioso, es hoy poco conocido y menos reconocido, creo, en el ámbito intelectual, filosófico, teológico y académico. A las personas que nos dedicamos a su estudio y al análisis de su pensamiento nos resulta difícil, e incluso doloroso entender a qué puede deberse tamaño olvido. Precisamente para reparar dicha amnesia y hacerle justicia celebramos un Simposio Internacional sobre “El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría” los días 19,20 y 21 de octubre en la librería Metalibrería de Madrid y en la Universidad de Alcalá.

En Metalibrería presentamos tres libros recientes en torno a la relevancia de su figura y a la actualidad de su filosofía, teología y teoría y práctica políticas. Marcela Brito de Butter, catedrática de filosofía de la UCA, de San Salvador, ha publicado una excelente monografía Ignacio Ellacuría. Fraternidad solidaria (Herder, 2022), en la que da a conocer su figura fascinante tanto en su vida como en su muerte martirial y analiza su filosofía de la realidad histórica y su compromiso radical con las mayorías populares empobrecidas. Fue la propia autora quien lo presentó.

Javier López de Goicoechea Zabala, profesor de la Facultad de Derecho y del Instituto de Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense, presentó su libro Hacerse cargo de la realidad. Sobre la teología-política de Ignacio Ellacuría (Comares, Granada, 2021), donde elabora un lúcido perfil intelectual de Ellacuría a través de un amplio y riguroso recorrido por los años de su formación y madurez y ofrece una sólida reconstrucción de la filosofía, teología y teoría política de Ellacuría en su carácter unitario y orientación emancipatoria.

Yo hice la presentación de la obra colectiva Ignacio Ellacuría. 30 años después (Tirant, Valencia, 2021), editada por Héctor Samour -fallecido en febrero de 2022-, uno de los más importantes especialistas mundiales en Ellacuría, y por mí. La obra recoge las 40 conferencias pronunciadas por especialistas ellacurianos de Centroamérica, México, Colombia y España en el Coloquio Internacional sobre Ignacio Ellacuría celebrado en San Salvador en noviembre de 2019 con motivo del 30 aniversario de su asesinato.

Las reflexiones giran en torno a sus aportaciones en los campos filosófico, teológico, político, derechos humanos, ciencias sociales y en el análisis del “mal común” y del bien común como respuesta. Dichas aportaciones son reconocidas por intelectuales y personalidades académicas mundiales de prestigio de las últimas décadas. Estamos, creo, ante una de las obras más completas sobre el pensamiento del rector mártir de la UCA.

En la Facultad de Filosofía de la Universidad de Alcalá de Henares celebramos la segunda parte del Simposio Internacional centrada en “El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría”. Participamos personas estudiosas de Ellacuría en diferentes campos. Diego Gracia, presidente de la Fundación Zubiri, habló del realismo de Zubiri y Ellacuría frente al idealismo y el materialismo. Marcela Brito, catedrática de Filosofía de la UCA, centró su reflexión en la radicalidad del bien en el pensamiento de Ellacuría.

Javier López de Goicoechea Zabala, profesor de Derecho en la Universidad complutense de Madrid, analizó la aportación de Ellacuría al pensamiento político contemporáneo. Juan Antonio de Nicolás, catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada, se refirió a la impresión asimétrica de la realidad en Zubiri y Ellacuría.

Yo centré la atención en la contribución ellacuriana al pensamiento decolonial. Antonio González, director académico de la Fundación Zubiri, habló de Ellacuría y la dialéctica. Fernando Monedero, doctorando de la Universidad Complutense de Madrid, reflexionó sobre la idea de “estructura” en la obra de Ellacuría, tema central de la filosofía ellacuriana sobre el que está trabajando con rigor y competencia en su tesis doctoral. José Manuel Romero, profesor de Filosofía en la Universidad de Alcalá, analizó la actualidad de la filosofía de la realidad histórica y de la praxis en Ellacuría.

Juan Antonio Nicolás informó sobre la situación en que se encuentra la edición de la obra completa de Ellacuría, que está programada en 25 volúmenes de quinientas páginas cada volumen, será publicada por la editorial Comares y dirigirá él mismo. Es, sin duda, el proyecto más ambicioso que hará justicia a uno de los pensadores más promitentes del siglo XX.

Los numerosos estudios sobre Ellacuría tras su asesinato, el Simposio que acabamos de celebrar y la próxima publicación de su Obra Completa por la editorial Comares son la prueba más fehaciente de su vigencia y actualidad, en otras palabras, de que estamos ante su “pensamiento vivo” capaz de dialogar con las corrientes contemporáneas filosóficas teológicas, políticas y sociales.

En el artículo “Mi caminar con Ignacio Ellacuría”, con el que se cierra el libro Ignacio Ellacuría. 30 años después, su compañero, amigo y colega el teólogo Jon Sobrino lo define como “antorcha” por su clarividencia, lucidez y precisión y por su capacidad para iluminar y arder, así como para “para mover el corazón y eliminar lo que impide ver”. Ellacuría, sigue diciendo, “desentrampó la verdad entrampada por múltiples intereses dispuestos a que la verdad no salga a la luz

«Los numerosos estudios sobre Ellacuría tras su asesinato, el Simposio que acabamos de celebrar y la próxima publicación de su Obra Completa por la editorial Comares son la prueba más fehaciente de su vigencia y actualidad»

Termino con un texto del propio Ellacuría especialmente luminoso en torno al necesario carácter revolucionario de la universidad y a la compatibilidad entre razón y revolución: “Si la revolución no pasa por la universidad, en el sentido de que no es ella su motor principal, la universidad debe pasar por la revolución, porque revolución y razón no tienen por qué estar en contradicción; más bien, en las cuestiones históricas se reclaman y se exigen mutuamente”.

Hasta el presenteno se ha cumplido el condicional de Ellacuría ni el deber ser: ni la revolución ha pasado por universidad, ni la universidad ha pasado por la revolución, ni tampoco se ha producido la complicidad entre razón y revolución. Todo lo contrario, cada vez han ido alejándose más universidad, razón y revolución. Pero estamos a tiempo de revertir el proceso hasta llegar a la triple alianza. De nosotros depende.

«Su compañero, amigo y colega el teólogo Jon Sobrino lo define como ‘antorcha’ por su clarividencia, lucidez y precisión y por su capacidad para iluminar y arder, así como para “para mover el corazón y eliminar lo que impide ver»

Los mártires de la UCA

33 años de los mártires de la UCA: Los mataron como a Jesús de Nazaret

Mártires de la UCA
Mártires de la UCA

«Lo que se vivió en aquella fatídica noche del 16 de noviembre de 1989 fue precisamente eso: una auténtica Eucaristía, una donación de la propia vida hasta la entrega de la misma»

«Los mártires de la UCA son tales precisamente porque llevaron hasta sus últimas consecuencias el seguimiento de Jesús de Nazaret»

«Es como si cada año sintiéramos que Dios en la entrega de los mártires de la UCA nos sigue sonriendo y nos sigue dando ánimos»

«Os seguimos presentando a nuestro querido pueblo de El Salvador, seguimos pidiendo que intercedáis por él, os seguimos rogando para que algún día la justicia y la paz lleguen a cada uno de nuestros hogares»

por Francisco Javier Sánchez, capellan cárcel de Navalcarnero

Un año más, y ya son treinta tres, nos disponemos a celebrar el martirio de los jesuitas en la UCA, y de Elba y Celina, y digo celebrar porque, desde el dolor, y desde las lágrimas aún presentes cuando lo recordamos, merece la pena celebrarlo. Lo que celebramos es la entrega de la vida, lo que después de treinta y tres años, seguimos recordando es al “cuerpo entregado y la sangre derramada”, de estos mártires, en el fondo lo que seguimos celebrando es la Eucaristía.

Porque lo que se vivió en aquella fatídica noche del 16 de noviembre de 1989 fue precisamente eso: una auténtica Eucaristía, una donación de la propia vida hasta la entrega de la misma. Una Eucaristía donde no es que hagamos memoria de Jesús muerto y resucitado, como lo hacemos cada día, sino una Eucaristía donde los martirizados aparecen unidos al sacrificio de Jesús . Esa  Eucaristía comprometida, donde los jesuitas, “molestaban al mundo”, y por eso precisamente fueron asesinados. Cuando asesinaron a Monseñor Romero, una de las monjas carmelitas del Hospitalito decía:

Monseñor Romero
Monseñor Romero

“Pero volviendo al momento de la muerte de Monseñor, en que el proyectil destrozó la vida de nuestro querido Pastor, él por instinto de conservación se cogió del altar, haló el mantel y en ese momento se volcó el copón y las hostias sin consagrar se esparcieron sobre el altar. Las hermanas de la comunidad del Hospitalito interpretaron ese signo como que Dios le dijera: hoy no quiero que me ofrezcas el pan y el vino como en todas las eucaristías, hoy la víctima eres tú Oscar, y en ese mismo instante Monseñor cayó a los pies de la imagen de Cristo”.

Esa misma Eucaristía es la que celebraron los martirizados jesuitas, junto a Elba y a Celina. Los mártires no escatimaron esfuerzo en ningún momento en hacer esa entrega, no escatimaron en defender a los más pobres, hasta la última gota de su aliento y de su vida. 

Los mártires de la UCA son tales precisamente porque llevaron hasta sus últimas consecuencias el seguimiento de Jesús de Nazaret. Su martirio no fue por defender un dogma, por defender unas verdades de fe, su martirio fue por defender que los seres humanos somos todos iguales, que todos nos merecemos lo mismo, que todos somos hijos e hijas de Dios, y que nadie tiene derecho a pisotear la dignidad del hermano, simplemente porque sea más pobre, o porque tenga menos medios económicos que yo.

A los mártires de la UCA los asesinaron como asesinaron al mártir Jesús de Nazaret, y como asesinan y crucifican cada día en nuestra sociedad a millones de seres humanos. Su causa por eso no fue una causa política, sino una causa evangélica. Su causa fue como la de Jesús: plantar cara al poder establecido, ese poder que sigue matando a tantas personas en tantos lugares de nuestro mundo. 

Via Crucis por los mártires de la UCA
Via Crucis por los mártires de la UCA

     Por eso cuando llega cada año el 16 de noviembre, todos los que nos sentimos unidos al pueblo salvadoreño, y a su causa de libertad y de dignidad, tenemos un doble sentimiento. Un sentimiento de dolor porque las cosas podrían haber sido de otra manera, porque nos duele en el alma ver todavía y recordar el momento en que fueron descubiertos sus cuerpos . Y a la vez un sentido de alegría y de agradecimiento al Padre por sus vidas. Es como si cada año sintiéramos que Dios en la entrega de los mártires de la UCA nos sigue sonriendo y nos sigue dando ánimos. El Dios Padre-Madre de Jesús cada 16 de noviembre se viste de gala al descubrir que hijos e hijas suyos han sido capaces de seguirle hasta el final. 

     “Si me matan, resucitaré en el pueblo”, que decía el mártir San Romero de América, y es lo que seguimos sintiendo nosotros. Los mártires de la UCA como todos los mártires salvadoreños y todos los mártires del mundo entero, que dan la vida por la justicia y por la fraternidad entre todos, siguen presente entre el pueblo, están resucitados junto a Jesús, pero viven presentes e inmersos en lo que fue la causa de su martirio: defender al pueblo crucificado y machacado por el poder y la intolerancia de los ricos, de los que no tienen escrúpulos, de los que creen que el dinero lo consigue todo. 

     Este año, quizás lo celebramos con un poco más de tristeza que otros años, porque nuestro bonito país, El Salvador, está sumido en una profunda dictadura que no respeta los derechos humanos; una dictadura que continua usurpando los derechos de miles de salvadoreños, bajo la amenaza del poder y la opresión. Un país donde los derechos humanos son violados a diario simplemente porque no se respeta la mínima libertad de expresión. Es verdad que las pandillas y la violencia que generan son un problema grave para nuestro pueblo salvadoreño y para todo su desarrollo humano y económico, pero a la violencia pandillera no se puede responder con una violencia de corte institucional.

En el fondo lo que está sucediendo en estos momentos en El Salvador es intentar solucionar la violencia pero desde la misma violencia poderosa, de quien gobierna el país. En pro de la búsqueda de una supuesta paz y cese de la violencia se está llegando a una violencia desde arriba, que sigue sin respetar a los de abajo. La pobreza es cada vez mayor en El Salvador, los jóvenes se ven obligados a salir de su país y dejar sus hogares y sus familias para salir y buscar una solución para sus vidas y las de sus familias. Es continúa  la salida de salvadoreños y salvadoreñas , hacia otros países, buscando simplemente un sustento o una solución para su pobreza. Pero eso, como antaño parece no preocupar a los que tienen hoy día el poder, sino que lo único que les preocupa es permanecer en ese mismo poder para seguir enriqueciéndose a consta de los pobres del pueblo. 

Mártires UCA
Mártires UCA

     Por eso la causa de los mártires de la UCA sigue estando presente treinta y tres años después de su matanza. Su sangre continúa corriendo entre los pobres salvadoreños y salvadoreñas. Sus cruces siguen siendo las de entonces. Los mártires de la UCA como Jesús de Nazaret, defendían un derecho a la vida, y por eso sus vidas fueron injustamente arrebatadas, sus vidas fueron “sesgadas de un plumazo” por aquellos que ostentaban el poder.  Pero ellos, siguen diciendo al Pilato de turno: “si te he ofendido en algo, dime en qué, y si no ¿Por qué me pegas?” (Jn 18, 23) , porque la reacción del poder sigue siendo la misma: no soporta que nada ni nadie lo ponga en duda. Como tampoco lo soportan los que tienen hoy el poder en el Salvador, y siguen martirizando a todo un pueblo, y sumiéndolo en la pobreza absoluta y en la necesidad de tener que salir de él para intentar ganarse la vida, buscando un futuro mejor. 

El poder establecido no soporta que alguien le critique, que alguien ponga en duda su actuación. Ellos preguntan a ese poder   y se enfrentan a él; la respuesta del poder frente a esa pregunta es la entrada en la UCA aquella noche y el asesinato de cada uno de ellos sin ningún tipo de piedad y de misericordia.   La procesión de antorchas y farolillos de cada año,  sigue siendo signo de vida y de esperanza en medio de tanta oscuridad y medio de este país tantos años martirizado. Es lo que aparece en la letra del himno al divino Salvador, que hizo un compositor y poeta y que precisamente citó Monseñor Romero en su homilía del 23 de marzo de 1980, justamente la víspera de su asesinato: “ Pero los dioses del poder y del dinero se oponen a que haya transfiguración, por eso ahora vos sos, Señor, el primero, en levantar el brazo contra la opresión”.

     Al celebrar este treinta y tres aniversario de los mártires miramos a Jesús, miramos a Dios nuestro Padre y le seguimos pidiendo con esperanza que nos siga ayudando, que siga a nuestro lado, que no nos abandone, que sigamos sintiendo su fuerza y su Espíritu como ellos mismos lo sintieron. Y seguimos diciendo que su lucha continúa, que juntos podemos hacer un país mejor, más libre y más justo, al estilo del evangelio y de Jesús de Nazaret. 

     Seguimos defendiendo  que fueron los poderes políticos, económicos y militares, los que los asesinaron, seguimos defendiendo que es necesaria una reforma estructural del país que haga posible una disminución de la pobreza y de la injusticia social. Y lo hacemos con el Evangelio en la mano, no desde una ideología política ni religiosa, sino desde las palabras y las acciones que hacía el mismo Jesús de Nazaret. La causa de los mártires de la UCA no era un causa ideológica, como no lo fue la causa del mártir Jesús de Nazaret, de San Romero, ni de Rutilio, ni de tantos salvadoreños y salvadoreñas asesinados: era y es una causa de fraternidad, de justicia, de reconocer que todos somos iguales y que todos nos merecemos lo mismo. Pero precisamente es lo que no gusta a los poderosos de nuestro mundo, a los que tienen el poder y lo ejercen desde cualquier institución. Los poderosos y el poder asesinaron a los jesuitas, a Elba y a Celina y siguen asesinando a muchas personas sumidas en la pobreza y en la marginación más absoluta.

Treinta y dos años de la matanza de la UCA
Treinta y tres años de la matanza de la UCA

Han pasado treinta y tres años pero no nos damos por vencidos, seguimos pensando que una nueva sociedad salvadoreña, que un nuevo país es posible, un país donde todos podamos tener los mismos derechos y podamos tener acceso a las mismas posibilidades. La Eucaristía de aquel 16 de noviembre de 1989 es la que seguimos celebrando y actualizando cada día en cada una de nuestras comunidades cristianas y cantones. 

     De ahí que sigamos celebrando y viviendo este acontecimiento con la misma energía y la misma indignación que aquella mañana del 16 de noviembre. Aquel día cambió la situación de El Salvador, la guerra dio un cambio de rumbo, la matanza de los mártires no fue en balde, sino que sirvió para poner ante la comunidad internacional, la injusticia en la que vivía el pueblo salvadoreño. Las cosas no fueron iguales en el país, hubo un antes y un después, su entrega no cayó en “saco roto”. 

     Y por eso se siguen exigiendo responsabilidades de la matanza de la UCA, pero no para buscar venganza, sino para exigir la necesaria justicia. Una justicia que debe llevar a esclarecer todo lo sucedido en aquella noche. Exigir que los responsables de este delito contra el pueblo sean llevados ante la justicia, de manera definitiva.

     El único pecado de los mártires fue decir que todos tenemos derecho a la vida, porque todos somos hijos del mismo Dios. Y ese Dios quiere lo mejor para cada uno de esos hijos por igual, sin distinciones de ningún tipo. San Romero de América, ya había dicho lo mismo, que dice el Evangelio, y que defendieron los mártires de la UCA:

Romero
Romero

“Un Evangelio que no tiene en cuenta los derechos de los hombres, un cristianismo que no construye la historia de la tierra, no es la auténtica doctrina de Cristo, sino simplemente instrumento de poder. Lamentamos que en algún tiempo también nuestra Iglesia haya caído en ese pecado; pero queremos revisar la actitud y, de acuerdo con esa espiritualidad auténticamente evangélica, no queremos ser juguete de los poderes de la tierra, sino que queremos ser la Iglesia que lleva el Evangelio auténtico, valiente , de nuestro Señor Jesucristo, aun cuando fuera necesario morir como él en una cruz” (Homilía 2 de noviembre de 1977).

Y así lo hicieron, el mártir San Romero de América, y los mártires de la UCA; por defender la causa del evangelio de Jesús fueron asesinados, fueron crucificados como el mismo Maestro de Nazaret. 

     Después de todos estos años, nos seguimos reuniendo un año más no tanto para recordarles sino para expresar que siguen vivos entre nosotros y que por encima de todo recordamos su vida y damos gracias por las vidas de cada uno de ellos y de ellas. Todavía, entre lágrimas, recordamos el rostro de Obdulio, al descubrir los cuerpos de su mujer Elba, y de su hija Celina, junto al de los seis jesuitas asesinados en el jardín de la UCA. En el dolor de Obdulio de aquella trágica mañana, está también el dolor de todo el pueblo y de toda la iglesia salvadoreña, un dolor que solo puede ser aliviado con la fuerza del amor que supone la entrega de cada una de sus vidas. Los jesuitas pasaron en aquella noche de la muerte a la vida, vivieron su experiencia pascual, quizás antes de tiempo, pero participaron del cáliz de Jesús, y ofrecieron su vida por el pueblo y por su liberación.

     Sus vidas son y hoy y serán siempre semilla de esperanza y de buena nueva, y por eso lo seguimos celebrando cada año, y lo seguiremos haciendo, cada día y cada momento; son parte de la historia de El Salvador y de la historia de nuestra Iglesia, son el evangelio vivo, viendo su vida y contemplando cómo han vivido cada instante de su existencia, podemos descubrir la vida de Jesús, y podemos llegar “a tocar al mismo Dios”. Ese Dios del que nos sentimos hijos y del que nos ha dicho Jesús que es nuestro Padre, ese Dios que al sentirnos hijos de El, nos hace también sentirnos hermanos: “El hombre es tanto más hijo de Dios cuanto más hermano se hace de los hombres, y es menos hijo de Dios cuanto menos hermano se siente del prójimo” (Homilía de San Romero, 18 de septiembre de 1977). 

Mártires de El Salvador
Mártires de El Salvador

Gracias hermanos mártires, gracias Ignacio Ellacuría, gracias Ignacio Martínez Baró, gracias Segundo Montes, gracias Armando López, gracias Juan Pablo Moreno, gracias Joaquin López y López, gracias Elba y gracias Celina. Vuestras vidas están inscritas en el cielo, en el corazón de Dios y en el corazón de cada uno de los salvadoreños. Están inscritas como vidas crucificadas y resucitadas, son vidas pascuales como la de Jesús de Nazaret. Os sentimos parte de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia, sois sal y luz para cada uno de nosotros.

Os seguimos presentando a nuestro querido pueblo de El Salvador, seguimos pidiendo que intercedáis por él, os seguimos rogando para que algún día la justicia y la paz lleguen a cada uno de nuestros hogares. Que sigamos sintiendo la fuerza del Espíritu de Dios a través de vuestras vidas. Que nuestra Iglesia siga estando comprometida por la causa de los más pobres y más crucificados de nuestro país. Y que el Espíritu de Jesús resucitado que os hizo dar la vida por el pueblo, os haga permanecer también siempre vivos junto a El. Que vuestras vidas sean ejemplo de vida y entrega también para nuestra Iglesia y para cada una de sus comunidades. 

España estrena película sobre mártires de la UCA

Imagen retomada de RTVE | Escena de “Llegaron de noche”.


La película “Llegaron de noche” relata el asesinato de seis sacerdotes jesuitas, cinco de ellos de origen español, y sus dos colaboradoras. Será estrenada en España este 25 de marzo.

La producción está basada en la historia real de la única testigo del crimen, Lucía Barrera de Cerna, quien trabajaba como empleada de limpieza en la UCA. Entre la noche del 15 de noviembre y la madrugada del 16 de noviembre de 1989, Lucía vio a agentes del Ejército que ingresaron a las habitaciones de los jesuitas y sus colaboradoras. La película muestra que su testimonio será clave para esclarecer la verdad y hacer justicia, pero además cambiará para siempre su vida y la de su familia.

El director español, nacido en El Salvador, Imanol Uribe, manifestó que “Llegaron de noche” fue una película complicada, que le llevó cinco años de su vida. Iniciaron un minucioso proceso de documentación previo, para abordar esta historia real, pero surgieron bastantes problemas con la producción al principio del rodaje, a eso añadió las adversidades por la pandemia.

Con esta producción, España vuelve a poner en el escenario público el asesinato de los seis sacerdotes jesuitas y sus dos colaboradoras.

En 2020, la Audiencia Nacional de España condenó a más de 133 años de cárcel al coronel Inocente Orlando Montano, como uno de los implicados en el asesinato cometido por las Fuerzas Armadas salvadoreñas.

El Salvador negó la extradición de 13 militares acusados de participar en el crimen, para que fueran juzgados en España. A la fecha, el caso continúa en la impunidad.

Los mártires de la UCA al cine

‘Llegaron de noche’: el cine resucita a los mártires de la UCA

Vida Nueva charla con el director de la película, Imanol Uribe, y con el guionista, Daniel Cebrián

Llegaron de noche

Dice Jesús en el evangelio que “nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto” (Lc 8, 17). Aferrados a esa promesa divina, la Compañía de Jesús y el pueblo salvadoreño llevan más de tres décadas aguardando a que la justicia humana llegue hasta al final y arroje luz sobre uno de los episodios más trágicos en la historia de la orden fundada por Ignacio de Loyola y del pequeño país centroamericano, sumido por entonces en una fratricida guerra civil de doce años (1980-1992) que se cobraría 75.000 vidas y dejaría un número indeterminado de desaparecidos.


Se trata del asesinato, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, de seis jesuitas –los españoles Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López–, la cocinera de la comunidad, Julia Elba Ramos, y su hija Celina Ramos, en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de San Salvador donde los religiosos residían e impartían clases.

El 5 de enero de 2022, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de El Salvador –que en 2020 dictó el cierre del proceso penal y “que no se investigue a los señalados como autores intelectuales de la masacre”– ordenaba que se reabriera el caso. Y el 11 de marzo, hace apenas un par de semanas, el titular del Juzgado Tercero de Paz de San Salvador, José Campos, emitía una orden de busca y captura contra el ex presidente Alfredo Cristiani (1989-1994), decretando su detención tras no comparecer en el juicio.

Caprichos (o no) del destino, lo cierto es que ahora, coincidiendo con estas esperanzadoras noticias, un poderoso vehículo de concienciación como el cine viene a sumarse a ese empeño por saber la verdad y rescatarla de las tinieblas de la impunidad. Lleva por título ‘Llegaron de noche’ –como los asesinos en aquella fatídica fecha– y desembarca en las salas el 25 de marzo, previo paso por el Festival de Málaga.

Al frente del proyecto figura el director Imanol Uribe, un vasco nacido en San Salvador que –aunque con 20 años menos– admite haber llevado “vidas paralelas” con Ignacio Ellacuría, aquel jesuita nacido en Portugalete que acabaría viviendo y muriendo en El Salvador. En distendida charla con Vida Nueva en la sede de la ONG jesuita Entreculturas, y acompañado por el guionista de su último trabajo, Daniel Cebrián, relata cómo pasó “por los sitios que él pasó”.

Y, aun cuando asume tener “una memoria espantosa”, recorre mentalmente su periplo educativo, vinculado siempre a la Compañía de Jesús: el Externado San José en El Salvador, los jesuitas de Indautxu en Bilbao, los jesuitas de Tudela, “donde también estuvo Ignacio Ellacuría”. Incluso, llegó a conocerle personalmente “en una charla que dio en Salamanca”.

Hechos que marcan

Ahora bien, más allá de ese pasado jesuita, Uribe reconoce que “el gusanillo del interés por su figura siempre ha estado ahí”. Como a tanta gente de su generación, le impactó “muchísimo” la matanza de El Salvador, “al nivel del asesinato de Carrero Blanco, de Kennedy o del 11-S: son hechos que marcan”. Y a Ellacuría –subraya– “le admiraba”. Todo ello “se conjura” como germen de su nueva película después de leer la novela Noviembre, de Jorge Galán.

En ella se habla de los jesuitas, de monseñor Romero… pero fue Lucía Barrera de Cerna, empleada de limpieza en la UCA y único testigo de la matanza que decidió declarar, quien reclamó su atención. “Solo se cuenta un poquito su vida”, desvela. Suficiente para que el veterano cineasta encontrara en ese personaje “el desencadenante desde el que hincarle el diente a la historia”: contaría lo vivido por esta mujer y, de paso, hablaría de la muerte de los jesuitas. “Como vehículo narrativo, me fascinaba la historia increíble de Lucía y su defensa de la verdad”, confiesa.

“Lo que es interesante es la historia de Lucía, su conflicto: tiene que optar entre contar la verdad o que la dejen vivir. Y opta por contar la verdad, aunque no la vayan a dejar vivir. Imanol lo vio enseguida; yo tardé en verlo más, pero había que justificar el sueldo”, secunda entre risas Cebrián, que ya ha colaborado con Uribe en anteriores producciones.

Enriquecedoras entrevistas

A partir de ese momento, como guionista, emprendió “una fase de documentación periodística” en la que leyó todo lo que pudo acerca de aquellos acontecimientos. Al principio, hablaron mucho con Jorge Galán, incluso pensaron en comprarle los derechos de su novela, pero “yo sabía ya demasiadas cosas como para hacer la película y, al final, todo terminó donde había empezado Imanol”.

Conocerían luego al padre José María Tojeira (encarnado en la cinta por Carmelo Gómez), provincial de los jesuitas en Centroamérica de 1988 a 1995, que “fue muy generoso con nosotros: grabamos bastantes horas de conversaciones con él en la UCA y ha colaborado desde el primer momento”, recuerda agradecido Uribe. Y a Lucía (Juana Acosta), que resultó “esencial”, y a su marido (Juan Carlos Martínez).

Y es que, tras entrevistarse con este matrimonio salvadoreño, “solo queríamos contar ya la historia de Lucía, que era la idea original de Imanol desde nuestra primera conversación”. De hecho, inicialmente iba a llamarse La mirada de Lucía, pero la premonición de Ellacuría sobre la autoría de su propia muerte (aquí puesta en boca del actor que se mete en su piel, Karra Elejalde) les brindó el título definitivo: “Si me matan de día sabrán que ha sido la guerrilla, pero si llegan de noche serán los militares los que me maten”.

Entrelazar la realidad

Así que, después de encontrarse con unos y con otros, “no hubo que inventarse nada, sino entrelazar la realidad que había”, asegura Uribe. A lo sumo, “fundir” en algún personaje acciones o diálogos de otros. Como es el caso del propio padre Tojeira, que “tuvo mucho protagonismo –apostilla Cebrián–, aunque había más sacerdotes jesuitas adscritos a la universidad que estaban por allí”. “El resto –reitera Uribe– ha sido articular y guionizar la historia, porque la realidad estaba ahí”. Y ese “resto”, fundamentalmente, es la historia de Lucía.

Ella es “la puerta de entrada”, según Cebrián, porque “¡es tan absurda la muerte de los padres!… que hacer una película sobre eso tiene poco interés, más allá de la tragedia que supone”. “Sería contar una historia que todos conocen”, asiente Uribe. “Es una atrocidad sin sentido desde el punto de vista humano –prosigue Cebrián–, a nadie le puede parecer bien aquello, no hay un conflicto. Cuando lees todo en su contexto, es muy fácil seguir la línea que conduce de finales de 1989 al fin del conflicto: aquella matanza aceleró la paz, no el triunfo de la guerrilla; al menos, la capitulación del Gobierno en muchos aspectos”.

«Llegaron de noche…y salieron al alba»

«Conmovido al recordar a los mártires, tras la visión emocionada de la película»«Llegaron de noche…y salieron al alba»

La mirada de Lucía
La mirada de Lucía

«Hoy recuerdo a mis compañeros asesinados en El Salvador. Y mi mirada se nubla en la contemplación del jardín de las siete rosas, con el rocío de la mañana y con mis lágrimas»

«Siempre por los aniversarios de aquellas fechas o para suavizar la emoción doliente recurro previamente a la misma canción: Al Alba de Luis Eduardo Aute. Hoy tras ver la película lo he vuelto a hacer»

«Al alba, Elba y su hija Celina, unieron sus nombres (¡femeninos¡) a los de Ellacuría, Segundo, Ignacio, Juan Ramón y Joaquín»

«Que el gallo cante la venida del alba para que por medio de Santa Lucía  se cieguen de luz todos los ciegos»

Por| Jose Luis Pinilla Martin S.J

Conmovido al recordar a los mártires, tras la visión emocionada de la película “Llegaron de Noche “. Por cierto Lucía , protagonista del film vive en estos momentos  fuera de su patria. Una emigración forzosa para proteger su vida perseguida por buscar y decir la verdad. Recordando también protagonistas con   tanta  vida o  labor anónima y a tantos  testigos impresionantes en esta  labor callada, eficaz y fiel con  los emigrantes, refugiados, expulsados. Y que  nos exige trabajar por la comunión y por la inclusión, empujados sobre todo por el Evangelio. Una película con tres mujeres anónimas, Elba, Celina y Lucia que sostienen junto a muchos otros, el relato recordado para recordarlo a otros . Tres mujeres. Que no se olvide.

De hecho hubo un primer título esbozado para la película que era “La mirada de Lucía”. Esa que se  repite varias veces en un plano casi fijo de la película, entre las hojas de las persianas que no pueden encerrar la fuerza de dicha mirada y que se te clava en el corazón por lo que ve y por cómo nos mira.

Llegaron de noche

El mismo nombre de Lucia ya apunta a  su  origen latino, que algunos traducen por  «brillante» o «luminoso». Cuentan que en la antigüedad se les daba  a las niñas nacidas al alba, en  las primeras luces matutinas.  Santa patrona para los que tienen la necesidad de ver. “Que Santa Lucia te conserve la vista” se suele decir. A Lucía la testigo de los asesinatos de la UCA se la ha conservado muy bien. Y sus ojos “han hablado” la verdad.

Me correspondió muchas veces comentar en predicas y escritos el asesinato de mis compañeros y las dos mujeres . Esta vez me vino una frase intuitivamente cuando vi el definitivo título de la película: Me inventé una prolongación: “Llegaron de noche …y salieron al alba». Es decir , ellos, los militares salvadoreños, llegaron de noche – ellos, los que siempre son noche-. Y los “Otros” ( los que siempre son “dia” ), las VICTIMAS, aparecieron  al amanecer en un jardín … cuando las rosas que los recuerdan reciben las primeras gotas de rocío, aquellas  que cambian la sangre por la trasparencia y la claridad  

Siempre por los aniversarios de aquellas fechas o para suavizar la emoción doliente recurro previamente a la misma canción: Al Alba de Luis Eduardo Aute. Hoy tras ver la película lo he vuelto a hacer 

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Y es que a  uno, no quisiera que se le borraran las luces que algunas canciones encendieron mi ánimo  juvenil en  tiempos sociopolíticos quizás más grises. O que colorean los grises de hoy dia 

Por eso de vez en cuando susurro para mis adentros, como si quisiera volver a encender otras luces, la canción «Al alba» que por los años setenta (exactamente, en septiembre de 1975) compuso Luis Eduardo Aute. Un canto a la vida pero envuelto en una canción de amor, de despedida para siempre y como un alegato – me dijeron – contra la injusticia frente a unas condenas a muerte de entonces. Rosa León la grabó y el mismo Aute declaró que fue de las canciones que más veces interpretó.

Llegaron de noche . Como si se actualizara la canción : Si te dijera amor mío/que temo a la madrugada /no sé que estrellas son esas /que hieren como amenazas/ni sé que sangra la luna /al filo de su guadaña 

Pero  fue al alba cuando les mataron. A los jesuitas y a  Elba, y a Celina bajo la mirada de la luna y la de Lucía. Su muerte pues, es amanecer (no fue); es (no fue) señal de esperanza.

En su momento escribí, por mor del mismo acontecimiento, una carta a Elba, trastocando el nombre de «Alba», la madre y servidora fiel que murió con ellos. Porque los niños me han enseñado a jugar con los nombres. Y al suyo ( ¡Ay querida Elba!) sólo se necesitaba cambiar la «e» por la » a» y así podríamos llamarle Alba. Mientras que a Celina y a Lucia les mantenemos las mismas letras. No recuerdo ahora el nombre de la hija de Lucia, pero ahí está la pequeña de ojos grandes. Otra mujer,  esta vez,  anunciando el futuro y la esperanza.

Aute

Al alba, Elba y su hija Celina, unieron sus nombres (¡femeninos¡) a los de Ellacuría, Segundo, Ignacio, Juan Ramón y Joaquín

Su nombre y el de su hija -en su ser casi anónimo y humilde- (las primeras noticias del asesinato ni siquiera mencionaban a estas dos mujeres ) son los que añaden mayor timbre de gloria a los títulos que nuestros compañeros tenían: Ellacuría, rector; Ignacio Martín-Baró S.J., vicerrector y fundado de IOP, Segundo Montes, licenciado etc  Y Lucía centra ahora la película asociada al honorable titulo de empleada como los de Celina y Elba. Ella es Testigo fiel de un asesinato atroz necesitado todavía de justicia.

Desde hace mas de treinta años escribo cartas privadas o públicas a Elba (Alba) con una pregunta que a mi entender sigue siendo interpeladora hoy mismo. ¿Sabes, Alba, que todavía hay aquí en España y allá en América curas y cristianos a quienes les cuesta salir afuera, como nos recuerda el Papa Francisco? Seguros en sus espacios, y con «sus» gentes»,  les incomoda el dialogo con los otros, con los distintos, con los diferentes. Cuesta hacer realidad la insistencia del Papa para el diálogo continuo con todos en una Iglesia que salga “al jardín” del acompañamiento a los pobres . 

Que ironía. Dios mío, que trágica ironía. Aquellos que pretendían encerrar para siempre resulta que los expusieron a la luz del dia. A la vista de todos. Como si esas manos asesinas, al masacrar  afuera vuestros cuerpos, ( a algunos los mataron “dentro”) sirvieran de instrumento para publicar  sus vidas vueltas  hacia el  mundo, en su sitio: en el jardín y no en el dormitorio. Al alba y no en la noche.

Llegaron al alba

Los cuerpos –el  cuerpo femenino y materno de Elba y Celina , y el de los demás- arrastrados afuera, a la calle, al jardín, al mundo…: ¡qué gran homilía sin palabras! La vida cristiana es de puertas afuera: En diálogo con otras razas, con otras culturas, con otras religiones, con increyentes..

¡El cristiano es “para”…  el mundo!. Para más amar y seguir a Cristo 

El recuerdo cruel -¿entendéis ahora lo de mi recuerdo gris?- se transforma en sentimiento agradecido: ¡gracias a ti, Lucia , a Celina y a Elba y al de los jesuitas asesinados  ( ¡compañeros del alma, compañeros! ) porque voceáis con vuestro cuerpo -hoy rosas – y con vuestras vidas que el «compromiso bajo la cruz en la lucha de nuestro tiempo no puede desprenderse de la lucha por la justicia que la misma fe exige».

Miles de buitres callados/van extendiendo sus alas/no te destroza amor mío/esta silenciosa danza./Maldito baile de muertos/pólvora de la mañana.

«En este aniversario les recordamos especialmente como personas que lucharon para que no hubiera excluidos de esa gran familia que es y debe ser la humanidad. La humanidad es una, y nadie puede ser excluido de la misma. Bajar de sus cruces a los crucificados de la historia, en frase feliz de Ignacio Ellacuría, es luchar por la inclusión en el modo de vida humano que la igual dignidad de la persona exige» son palabras que tengo como recuerdo de  José María Tojeira. Era su Superior de entonces y es buscador infatigable de la justicia y la reconciliación junto a tantos otros.

Mártires UCA

Hoy recuerdo a mis compañeros asesinados en El Salvador. Y mi mirada se nubla en la contemplación del jardín de las siete rosas, con el rocío de la mañana y con mis lágrimas, porque este alba puede ser también  la última para muchos de los que atraviesan el mar o los desiertos , o  sufren y mueren  la tierra azul y amarilla de Ucrania y en tantas otras rutas 

El esposo de Lucía era panadero en su tierra. Y quizás la noche anterior (retomo mi recuerdo de Elba-Alba), en su trabajo en la casa de los jesuitas, cualquiera de ellas  les hubiera servido, un pan cocido, caliente especialmente preparado para ellos; para esos compañeros de Jesús, que al alba, correrían su misma suerte.

Poco imaginarían que sus cuerpos iban a ser también partidos y repartidos como el otro pan cocido, como el otro pan caliente, que las manos de los sacerdotes consagraban y entregaban hecho cuerpo de Cristo en la eucaristía.

Que el gallo cante la venida del alba para que por medio de Santa Lucía  se cieguen de luz todos los ciegos. Con esa luz que estáis gozando ahora (lo pedimos con todas las fuerzas), contemplando el Rostro del Padre.

Llegaron de noche

Hoy lo voy a tener muy presente cuando parta y reparta una VIDA  que se entregó a mediodía y que resucitó al alba. Al alba. La que venció a los que llegaron de noche