Verdad y justicia para nuestros mayores

ANITA BOTWIN

Varias personas en una manifestación en homenaje a los residentes fallecidos por coronavirus en la Plaza de la Diputación de Vitoria, País Vasco (España), a 20 de marzo de 2021.- EUROPA PRESS

Este miércoles tenemos una cita con la memoria, la verdad y la justicia. Se presenta en Madrid la Plataforma Verdad y Justicia en la residencias de mayores con las voces de epidemiólogas, periodistas, familiares y trabajadores de residencias. Aunque parece lejano ya, no han pasado ni dos años desde que la presidenta de la Comunidad de Madrid decidió abandonar a su pueblo y especialmente a sus mayores. Ya casi dos años desde que muchos ancianos morían solos y encerrados en sus residencias. Otros no morían, pero malvivían sin apenas tener comunicación con el mundo exterior.

Las familias se han cansado de esperar respuesta y se han unido para presionar al Gobierno de la Comunidad de Madrid y buscan conocer qué pasó en las residencias de mayores en la primera ola de la pandemia, cuando murieron 7.291 personas en los propios centros sin ser trasladados a un hospital para recibir atención médica.

Ahora que ya pasó (tocamos madera) la emergencia sanitaria y gozamos de una normalidad que permite hacer lo mismo de siempre es momento de reivindicar y exigir que se haga justicia con los que ya no están. Es momento de preguntarse también que habría pasado si la Comunidad de Madrid no hubiera concedido la gestión de hospitales públicos a ciertas empresas privadas que se han hecho de oro gracias al deterioro de la atención sanitaria que recibimos los madrileños.

Verdad y Justicia nace con el apoyo de Amnistía Internacional, que ya documentó en distintos informes la vulneración de los derechos de los mayores usuarios de residencias durante la primera ola. La ONG denunció en su momento que los ancianos vieron vulnerados su derecho a la salud, a la vida, a la no discriminación, a la vida privada y a una muerte digna. En sus informes se dice, entre otras cosas que las residencias nunca pueden ser ‘aparcamientos’ de personas mayores y que la emergencia sanitaria no debió ser nunca una excusa para no asegurarles atención y protección.  La organización también habló de la mala gestión durante el pico de la primera ola de la pandemia que tuvo como consecuencia la falta de los EPI en el personal, la exclusión generalizada y discriminatoria de la derivación hospitalaria y aislamiento de residentes durante semanas enteras sin apenas comunicación con sus familias ni con el mundo exterior.

Sin embargo y a pesar de la gravedad de los hechos, no se ha conseguido respuesta ni por la vía política ni por lo judicial (9 de cada diez investigaciones penales de la Fiscalía han sido archivadas) y por eso mismo la sociedad civil organizada ha decidido que si las instituciones les dan la espalda, serán ellos los que tomen las riendas y crearán si es preciso una comisión de investigación para averiguar lo ocurrido. En las investigaciones penales no se ha escuchado a los familiares, que son quienes tienen mucho que contar y de primera mano, y se han archivado nueve de cada diez casos. Se ha hecho caso omiso de los informes médicos que han aportado, en los que en muchos casos queda claro que se les abandonó y algunos de ellos murieron incluso de hambre o de sed.

La plataforma se presenta este miércoles 18 de mayo a las 11.00 horas en la librería Traficantes de Sueños, en Madrid, y el acto será presentado por Victoria Zunzunegui, epidemióloga; Manuel Rico, director de investigación de infoLibre y autor del libro ¡Vergüenza! El escándalo de las residencias; Mercedes Huertas, familiar de una persona fallecida, y Rosa María García, trabajadora de una residencia.

Como en otros casos de la historia reciente de nuestro país, y de eso los republicanos sabemos un poco, se quiere pasar página sin hacer justicia, que la memoria se transforme en olvido y no existan responsabilidades de ningún tipo. Nos suena la historia en la que por desgracia, se abandona a los más desfavorecidos, a los nadies, los olvidados.

Para dar un paso hacia adelante es necesario poner el foco en los errores del pasado. Por ello, es fundamental que se aclare todo lo sucedido, porque si no hay cambios ni humanización en las residencias, nada cambiará. Y les diré más, jamás se podrá conseguir una atención humana y digna en las residencias mientras no se depuren responsabilidades.

La revolución de la ternura

Francisco invita a los ancianos y abuelos del mundo a «ser artífices de la revolución de la ternura»

Francisco, en el día de los abuelos
Francisco, en el día de los abuelos

«¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!»

«Descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!»

«El mundo vive un tiempo de dura prueba, marcado primero por la tempestad inesperada y furiosa de la pandemia, luego, por una guerra que afecta la paz y el desarrollo a escala mundial»

«Todos hemos pasado por las rodillas de los abuelos, que nos han llevado en brazos; pero hoy es el tiempo de tener sobre nuestras rodillas —con la ayuda concreta o al menos con la oración—, junto con los nuestros, a todos aquellos nietos atemorizados que aún no hemos conocido y que quizá huyen de la guerra o sufren por su causa. Llevemos en nuestro corazón —como hacía san José, padre tierno y solícito— a los pequeños de Ucrania, de Afganistán, de Sudán del Sur»

Por Jesús Bastante

«En la vejez seguirán dando fruto«. El salmista da título al mensaje de Francisco para la jornada de los Abuelos y los Ancianos, que se celebrará el próximo 24 de julio. Una jornada promovida por el Papa para reconocer -como lleva décadas haciendo Mensajeros de la Paz– la misión de nuestros mayores en la Iglesia y la sociedad. «Queridas abuelas y queridos abuelos, queridas ancianas y queridos ancianos, en este mundo nuestro estamos llamados a ser artífices de la revolución de la ternura. Hagámoslo».

«Los ancianos no son parias de los que hay que tomar distancia, sino signos vivientes de la bondad de Dios que concede vida en abundancia. ¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!«, subraya el Pontífice.

El Papa y una anciana
El Papa y una anciana

«Esto va a contracorriente respecto a lo que el mundo piensa de esta edad de la vida; y también con respecto a la actitud resignada de algunos de nosotros, ancianos, que siguen adelante con poca esperanza y sin aguardar ya nada del futuro», constata Bergoglio, que arranca, provocativo, su mensaje: «La ancianidad a muchos les da miedo. La consideran una especie de enfermedad con la que es mejor no entrar en contacto».

«Los ancianos no nos conciernen»

Es la cultura del descarte, en la que «los ancianos no nos conciernen —piensan— y es mejor que estén lo más lejos posible, quizá juntos entre ellos, en instalaciones donde los cuiden y que nos eviten tener que hacernos cargo de sus preocupaciones», denuncia el Papa, que «autoriza a imaginar caminos separados entre “nosotros” y “ellos”».

Y es que, sostiene Francisco, «la ancianidad no es una estación fácil de comprender, tampoco para nosotros que ya la estamos viviendo». «A pesar de que llega después de un largo camino, ninguno nos ha preparado para afrontarla, y casi parece que nos tomara por sorpresa», recalca, incidiendo en que «las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia».

Las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia

No esconder las arrugas

Por eso, añade, «es difícil mirar al futuro y vislumbrar un horizonte hacia el cual dirigirse. Por una parte, estamos tentados de exorcizar la vejez escondiendo las arrugas y fingiendo que somos siempre jóvenes, por otra, parece que no nos quedaría más que vivir sin ilusión, resignados a no tener ya “frutos para dar”». Nada más lejos de la realidad.

Sin embargo, sí es cierto que el fin de la actividad laboral y la marcha de los hijos de casa hacen que «las fuerzas declinen» y otras circunstancias, como la enfermedad, «pueden poner en crisis nuestras certezas». El día a día tampoco ayuda. «El mundo —con sus tiempos acelerados, ante los cuales nos cuesta mantener el paso— parece que no nos deja alternativa y nos lleva a interiorizar la idea del descarte».

Mayores refugiados
Mayores refugiados

Frente a ello, el Papa propone la virtud de la espera. «Al llegar la vejez y las canas, Él seguirá dándonos vida y no dejará que seamos derrotados por el mal», al tiempo que «descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!»

Por ello, recalca Francisco, «debemos vigilar sobre nosotros mismos y aprender a llevar una ancianidad activa también desde el punto de vista espiritual» y fortaleciendo «las relaciones con los demás, sobre todo con la familia, los hijos, los nietos, a los que podemos ofrecer nuestro afecto lleno de atenciones; pero también con las personas pobres y afligidas, a las que podemos acercarnos con la ayuda concreta y con la oración».

Pedro Sánchez: “Hoy podemos celebrar que vosotros, abuelos y abuelas, estáis a salvo del virus”
Pedro Sánchez: “Hoy podemos celebrar que vosotros, abuelos y abuelas, estáis a salvo del virus”

Una misión que nos espera

«Todo esto nos ayudará a no sentirnos meros espectadores en el teatro del mundo, a no limitarnos a “balconear”, a mirar desde la ventana (…) y podremos ser una bendición para quienes viven a nuestro lado», porque «la ancianidad no es un tiempo inútil en el que nos hacemos a un lado, abandonando los remos en la barca, sino que es una estación para seguir dando frutos. Hay una nueva misión que nos espera y nos invita a dirigir la mirada hacia el futuro».

«Es nuestro aporte a la revolución de la ternura, una revolución espiritual y pacífica a la que los invito a ustedes, queridos abuelos y personas mayores, a ser protagonistas»

«Es nuestro aporte a la revolución de la ternura, una revolución espiritual y pacífica a la que los invito a ustedes, queridos abuelos y personas mayores, a ser protagonistas», clama el Papa, especialmente en nuestros días. «El mundo vive un tiempo de dura prueba, marcado primero por la tempestad inesperada y furiosa de la pandemia, luego, por una guerra que afecta la paz y el desarrollo a escala mundial. No es casual que la guerra haya vuelto en Europa en el momento en que la generación que la vivió en el siglo pasado está desapareciendo. Y estas grandes crisis pueden volvernos insensibles al hecho de que hay otras “epidemias” y otras formas extendidas de violencia que amenazan a la familia humana y a nuestra casa común», exclama.

Cada anciano es tu abuelo
Cada anciano es tu abuelo

Desmilitarizar los corazones

Frente a todo esto, «necesitamos un cambio profundo, una conversión que desmilitarice los corazones, permitiendo que cada uno reconozca en el otro a un hermano». «Y nosotros, abuelos y mayores, tenemos una gran responsabilidad: enseñar a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo a ver a los demás con la misma mirada comprensiva y tierna que dirigimos a nuestros nietos», reclama.

Ancianos en Ucrania
Ancianos en Ucrania

«Hemos afinado nuestra humanidad haciéndonos cargo de los demás, y hoy podemos ser maestros de una forma de vivir pacífica y atenta con los más débiles», pide el Papa a los abuelos. «Nuestra actitud tal vez pueda ser confundida con debilidad o sumisión, pero serán los mansos, no los agresivos ni los prevaricadores, los que heredarán la tierra». Y son ellos los que han de «proteger el mundo«. «Todos hemos pasado por las rodillas de los abuelos, que nos han llevado en brazos; pero hoy es el tiempo de tener sobre nuestras rodillas —con la ayuda concreta o al menos con la oración—, junto con los nuestros, a todos aquellos nietos atemorizados que aún no hemos conocido y que quizá huyen de la guerra o sufren por su causa. Llevemos en nuestro corazón —como hacía san José, padre tierno y solícito— a los pequeños de Ucrania, de Afganistán, de Sudán del Sur».

Y un llamado final, un recordatorio que los abuelos no necesitan, pero tal vez sí la sociedad: «No nos salvamos solos, la felicidad es un pan que se come juntos. Testimoniémoslo a aquellos que se engañan pensando encontrar realización personal y éxito en el enfrentamiento. Todos, también los más débiles, pueden hacerlo. Incluso dejar que nos cuiden —a menudo personas que provienen de otros países— es un modo para decir que vivir juntos no sólo es posible, sino necesario«

Residencias de mayores

Miles de mayores son inmovilizados con sujeciones en residencias

Como en los viejos manicomios, muchas personas son inmovilizadas a diario en residencias. España es el país desarrollado número uno en sujeciones, pero gana fuerza un movimiento para reducir o eliminar su uso

FERNANDO PEINADO

Durante tiempo inmemorial, los viejos manicomios y los asilos sujetaron a los internos con lo primero que tenían a mano. Utilizaban sábanas, cuerdas o correas de cuero para atar a sus pacientes a la cama o alrededor de una silla por los tobillos o las muñecas. Era un tormento que nadie cuestionaba: si los retenidos hacían fuerza para liberarse y acababan sangrando, se entendía como un efecto secundario de un tratamiento. Fue en los años ochenta cuando empezaron a usarse las sujeciones actuales. Las introdujo una empresa alemana, Segufix, y eran según su lema un sistema “más humano, más ético y más práctico”. Consistían en unas cintas más anchas de algodón que hacían menos daño. Una ley cerró en 1986 los psiquiátricos, pero el negocio de las sujeciones sobrevivió porque encontró su nicho en el creciente sector de las residencias de mayores. Hoy son usadas en cientos de centros junto con sedantes, pero la sensibilidad ha cambiado y cada vez son más quienes las ven como una forma de tortura. Médicos, empresarios y familias están tomando conciencia de la necesidad de acabar con la “cultura de atar” y encontrar opciones más dignas. A diario, unas 55.000 personas son atadas o sedadas para reducir su agitación en las residencias españolas, el 17% de la población en estos hogares, según una estimación de la confederación de asociaciones de mayores Ceoma, que asegura que España es el país desarrollado número uno en el uso de sujeciones. A esa cifra habría que sumar un número considerable ―pero difícil de determinar― de mayores que viven atados en sus domicilios particulares.

Las residencias que usan sujeciones defienden que son necesarias para evitar caídas de los mayores, pero los críticos denuncian que son una forma de maltrato a la que recurren por conveniencia o como castigo. El campo de la medicina lleva décadas produciendo estudios sobre los efectos adversos de las sujeciones. Cada vez hay más evidencia científica de los daños físicos y psicológicos (úlceras, atrofia muscular, traumas, aumento de la incontinencia, mayor probabilidad de infecciones urinarias, mayor agitación en personas con trastornos cognitivos). Cuando una persona con alzhéimer se ve atada a una silla puede sentir vergüenza, vulnerabilidad, angustia y terror. El presidente de la Sociedad Española de Geriatría, José Augusto García Navarro, afirma tajantemente su oposición a estos métodos: “Las sujeciones, tanto físicas como químicas, no son un método que deba emplearse en personas mayores”.

A veces, tratando de liberarse, las personas se caen de la silla o se estrangulan involuntariamente en la cama. EL PAÍS ha informado de dos fallecimientos recientes en residencias de Madrid, en 2019 y 2021. La Fiscalía General del Estado no dispone de datos oficiales de prevalencia de estos sucesos “porque en las estadísticas no se reflejan las circunstancias de las muertes”.

Voces más permisivas recomiendan que el uso de las sujeciones sea muy puntual, por ejemplo en casos de agitación de residentes que presentan riesgo de autolesión. El problema reside en las residencias que abusan de las ataduras para compensar sus plantillas reducidas, según múltiples fuentes consultadas. Como las leyes estatales y autonómicas exigen prescripción médica y consentimiento informado para atar a una persona, las residencias recurren a veces al “chantaje emocional” para que los familiares les den autorización, según denuncian asociaciones de defensa de la dignidad en residencias.

Miguel Fernández Arias, que trabajó hasta 2019 en varias residencias infradotadas de Torrejón de Ardoz (Madrid), recuerda que nunca tenían manos suficientes. En su último trabajo, otro compañero y él estaban a cargo de 20 personas en una planta. Para facilitarles las cosas, la dirección se encargaba de llamar a las familias para aconsejarles que les dejasen atar a sus padres, afirma él: “Les decían que lo hacían por su seguridad y tal, pero lo que pasaba detrás es que nunca había personal para atenderlos como Dios manda”. Sobre esta facilidad para prescribir sujeciones, García Navarro opina que muchas residencias no se han cuestionado su uso por desconocimiento: “Falta formación sobre métodos alternativos y concienciación”.

Los familiares que han dado su autorización a veces se arrepienten cuando sospechan que las residencias abusan de las ataduras. Es el caso de María Josefa Sánchez, hija de una mujer que vive en una residencia pública de Madrid. Ha pasado más de un mes sin verla a causa de las restricciones de entrada para contener la sexta ola. Teme que su madre se haya pasado las 24 horas atada. “Me decían que la ponían de pie para que anduviera y yo sé que es mentira. No hay trabajadores. Si ni siquiera han sido capaces de mostrármela por videoconferencia en todo este mes”, protesta ella, que pide omitir el nombre del centro por temor a represalias. Cuando la semana pasada se reanudaron las visitas, descubrió que su madre había perdido unos cuatro kilos y le había salido una escara en el tobillo por falta de movimiento.

Negocio vigoroso

El hombre que introdujo los productos de Segufix en España es Juan Ignacio Alcaraz, que cuenta al teléfono desde Barcelona que en 1981 era un distribuidor de productos médicos cuando conoció la innovación que venía de Alemania. Alcaraz tiene 71 años y ha cedido recientemente su negocio de distribución médica a su hijo para dedicarse en exclusiva a la abogacía. Al teléfono opina que hay algo de utópico en este creciente movimiento contra las sujeciones. Alude al problema endémico de las residencias en España: la escasez de personal. Lo más barato y cómodo para una residencia es atar a decenas de mayores, lamenta, consciente del abuso de los mecanismos que ha vendido durante décadas.

A su modo de ver, las ataduras son un mal necesario. “Cuando un paciente se agita, ¿puedes permitirte el lujo de tener a un auxiliar 24 horas a su lado? ¿Eso lo permite nuestro bolsillo? Queda muy bonito decir que una residencia es sujeciones cero, pero en la práctica el que conoce lo costoso que es contratar a más personal sabe que no es posible”.

Sin embargo, su empresa familiar ya nota las señales del cambio. Hace cinco o seis años algunas residencias del País Vasco dejaron de comprarles. “Se les había metido en la cabeza esta idea de cero sujeciones”, cuenta Alcaraz. En este ámbito, varias asociaciones promueven desde hace casi 20 años la tolerancia cero con estos métodos. La confederación de asociaciones Ceoma inició en 2004 su campaña Desatar gracias a la experiencia en Estados Unidos del doctor Antonio Burgueño Torijano; en 2006, la residencia Torrezuri, en Guernica (Vizcaya), suprimió ataduras y se proclamó como la primera de toda España en dar ese paso. Su directora, Ana Urrutia, fundó más tarde la Fundación Cuidados Dignos para difundir el modelo. Más de 300 residencias de toda España se han sumado a los programas de erradicación de Ceoma y Fundación Cuidados Dignos. Otras asociaciones más moderadas proponen reducir el uso de ataduras al mínimo, por ejemplo en casos en que la agresividad de la persona puede suponer un riesgo para sí mismo o para los demás. A pesar de esto, Alcaraz asegura que la demanda de sujeciones es vigorosa: la población envejece, abren nuevas residencias y siguen comprando Segufix o sucedáneos.

En España, donde había 5.556 hogares de mayores en 2020, el rechazo a las sujeciones ha cobrado fuerza durante la pandemia a causa de la atención que ha recibido el drama de los mayores en las residencias. Hay varias iniciativas en marcha para reformar las leyes. Una proposición de ley de salud mental de Unidas Podemos presentada en septiembre propone formar al personal de los centros y crear un registro de sujeciones. Por otro lado, el Imserso, organismo estatal dedicado a los mayores, promueve una reforma que obligaría a las residencias a redactar un plan de reducción/supresión de ataduras. Para que esa iniciativa llegue a buen término debería ser adoptada por las comunidades autónomas, las competentes para regular la dependencia.

Un reto para suprimir las sujeciones es que prohibirlas por ley puede dejar sin margen a un médico que las pueda requerir en estado de necesidad, según el doctor Burgueño Torijano. Por eso ningún país ha adoptado esa medida y por eso quizás la mejor estrategia es fomentar una cultura antisujeciones, como han hecho los países escandinavos, anglosajones o Japón. EE UU informa en una base de datos gubernamental de qué residencias son libres de ataduras. “Lo razonable es poner límites claros, controlar y estimular a que se prescinda de ellas”, propone él.

En el frente judicial, hay señales de menor permisividad. La Fiscal General del Estado, Dolores Delgado, distribuyó hace dos semanas una instrucción que pide a los fiscales mayor celo durante sus inspecciones en residencias. El documento prescribe la “excepcionalidad, proporcionalidad, provisionalidad y prohibición de exceso, debiendo aplicarse las contenciones con la mínima intensidad posible y por el tiempo estrictamente necesario”. Delgado pide una actuación proactiva para retirar sujeciones cuando se compruebe que las residencias las usan por conveniencia o como castigo.

Algunas patronales ya hablan abiertamente contra las sujeciones. “Sin duda, el futuro de los cuidados debe pasar por la eliminación de las sujeciones”, dice Jesús Cubero, secretario general de la patronal Aeste, que representa a los mayores grupos del sector. “Tan solo debería tener cabida aquella sujeción que fuera pautada temporalmente por un médico ante la ausencia de alternativas viables por las características de la persona mayor”. Pero otras asociaciones empresariales creen que una eliminación total no es realista. Pilar Ramos, portavoz de las pymes madrileñas en Amade, afirma que algunas propuestas no consideran el día a día de una residencia: “A veces un señor o una señora se mete en la cama de otro. Son situaciones extremas que suceden”.

Cuidados amigables

¿Es realmente posible organizar una residencia sin ataduras? Los hogares de mayores que se han sumado a este experimento aseguran que sí, pero no es un proceso fácil ni rápido. Hace falta formar al personal, introducir cambios organizativos y hacer inversiones que a veces son costosas. Nuestra Señora de la Oliva, un centro de 200 plazas en Pantoja (Toledo), invirtió 100.000 euros para reformar en 2018 un ala de su complejo de edificios a la que ha rebautizado como Unidad Amigable. Perdieron 20 habitaciones, pero ganaron calidad.

La coordinadora de la Unidad Amigable de Nuestra Señora de la Oliva, Laura Pleguezuelos, habla con una residente, Piedad Aguilera.

La coordinadora de la Unidad Amigable de Nuestra Señora de la Oliva, Laura Pleguezuelos, habla con una residente, Piedad Aguilera.

En esa unidad se encuentran las habitaciones de 16 mayores que suelen ser de los más agitados por tener alzhéimer y en algunos casos esquizofrenia. Las cuidadoras pueden hacer que las camas bajen a ras de suelo pulsando un botón. Junto a las camas han tendido colchonetas que amortiguan las caídas en caso de que rueden fuera de la cama.

La Unidad Amigable dispone de comedor, salón de fisioterapia, gimnasio y una sala a la que conocen como taller de reminiscencia. Cuando algún residente sufre un episodio de alteración, las cuidadoras lo llevan al taller de reminiscencia para tranquilizarlo. La sala parece una minidiscoteca, con una bola de espejos, cortina de luces, un sillón que vibra al compás de la música. Con la ayuda de un proyector, las cuidadoras pueden mostrarle al mayor fotos de su infancia, juventud, hijos y nietos. Cuando la conducta remite, el residente vuelve al salón o a su habitación. “Es mano de santo”, dice el director, Ángel del Oro.

El taller de reminiscencia de la residencia de mayores Nuestra Señora de la Oliva, en Pantoja, Toledo.

El taller de reminiscencia de la residencia de mayores Nuestra Señora de la Oliva, en Pantoja, Toledo.

El director, que lleva media vida en residencias, recalca que el cambio de modelo ha sido posible sin contratar más personal ni subir precios, que oscilan entre los 1.600 y 1.800 euros.

Del Oro explica que su manera de ver las sujeciones ha cambiado radicalmente gracias a descubrir una alternativa. Experimentó en sus propias carnes lo que supone estar atado cuando se unieron al programa de Ceoma. Le ataron a una silla y no aguantó más de 20 minutos. Se le dormían los músculos, se angustió y pidió que le liberaran. No necesitaba más. “Es muy sencillo comprobar lo que se siente. Prueba a sentarte 10 minutos sobre tus manos y verás”. E incide: “Durante muchos años creí que las sujeciones eran imprescindibles por seguridad. Hoy pienso que son un maltrato”.

Nuestra Señora de la Oliva, que está gestionada por la asociación religiosa Mensajeros de la Paz, decidió eliminar las sujeciones al conocer el programa de asesoramiento y formación de Ceoma, la federación de asociaciones que ha hecho el cálculo de 55.000 personas atadas.

Ceoma ha hecho ese cálculo a partir de una muestra de 900 residencias que conocen tras casi dos décadas de experiencia. Su director general, Javier García, recuerda que algunos políticos les llamaban locos allá por 2004, cuando empezaron esta lucha. España no estaba madura. “Imagina que en el siglo XIX alguien hubiese propuesto eliminar las camisas de fuerza de los psiquiátricos. Pues igual nos pasó”, dice García. Hoy se sienten reivindicados por la creciente demanda social.

Una mañana reciente en el salón principal de la Unidad Amigable, las cuidadoras acompañaban de la mano a varios mayores mientras daban paseos. Otros escuchaban sentados las viejas coplas españolas que sonaban por los altavoces. Las puertas de la Unidad Amigable han sido camufladas con pinturas murales para que los residentes no sientan el impulso de abrirlas. Entra un torrente de luz por el ventanal del salón y más allá se ven los campos de Toledo.

En una pared de la Unidad Amigable, las trabajadoras de la residencia han colgado un cartel con un mensaje de amor a los mayores con alzhéimer: “La esencia de las personas va más allá de su memoria”.

Ante el aumento de los suicidios

Actuemos solidariamente y en serio 

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Nuevamente hemos conocido del suicidio de una pareja de personas mayores en nuestro país, de 59 y 60 años, respectivamente.

Esta noticia que conmociona y es muy lamentable, nos tiene que impulsar como personas y sociedad a visibilizar el tema, a tomarle la importancia que merece. Ello, porque alrededor de 700 mil personas se suicidan al año en el mundo y de este número aquellas con 70 años y más va en aumento.

En Chile, por su parte, se suicidan cerca de mil 800 personas anualmente y los dos grupos que más se suicidan son los jóvenes adolescentes y las personas mayores. Las cifras son alarmantes y representan vidas y familias que quedan fragmentadas en el dolor y la culpa. Se trata de un problema urgente y prevenible, donde todos y todas jugamos un rol desde los profesionales de la salud, las familias, las comunidades, la ciudadanía hasta el Estado.

Por lo mismo, tenemos que prestar atención cuando una persona mayor dice que no quiere ser una carga, que ya está cansado/a y quiere descansar, que ya no puede más con su vida, que perdió el sentido, etc.

En ese contexto, algunos factores que debemos mirar con detención para prevenir-intervenir son la soledad, el maltrato, la depresión, los duelos, las enfermedades crónicas, el dolor crónico, los conflictos familiares y el abandono.

Asimismo, en las políticas de salud mental se debiera considerar al colectivo de personas mayores, incluyendo medidas específicas enfocadas en este segmento etario. Aún existen muchos estereotipos negativos asociados a la vejez que impiden un buen diagnóstico, tratamiento y obviamente la prevención.

Porque no es normal estar deprimido/a en la vejez ni en cualquier edad, se debe hablar de este tema, no hay prevención sin apertura, sin diálogo.

La pandemia nos ha golpeado fuerte a todos/as y probablemente mucho más a las personas mayores, quienes han debido soportar situaciones como la mencionada soledad y abandono, angustia y condiciones de vulnerabilidad multifactorial.

Diana León
Psicóloga clínica
Miembro Sociedad de Geriatría y Gerontología de Chile

Hacia sujeciones cero en las residencias

El Gobierno plantea que en el plazo de tres años ninguna residencia ni centro de día inmovilice a los mayores

María Sosa Troya

Varios mayores en una residencia, en una imagen de enero de 2022.

© KIKE PARA (EL PAÍS) Varios mayores en una residencia, en una imagen de enero de 2022.

El Gobierno tiene como objetivo avanzar hacia las sujeciones cero, es decir, que no se inmovilice a los mayores ni a las personas dependientes que viven en residencias o asisten a centros de día, que no sean inmovilizados ni sedados para reducir su agitación. Así consta en el último borrador de trabajo sobre los nuevos requisitos que se exigirán a los servicios de dependencia, donde el Ministerio de Derechos Sociales plantea que en un plazo máximo de tres años tras la entrada en vigor de este texto, que aún se está negociando, los centros hayan implementado un plan de atención libre de sujeciones, que contemplará su “supresión total y segura”.

Solo podrán usarse de manera excepcional, cuando no haya ninguna otra alternativa ante un peligro que debe ser inminente. En el documento también se añaden cambios respecto al anterior borrador, como una subida de las ratios de personal en las residencias de mayores, la limitación a un máximo de 50 plazas en las de discapacidad (frente a 90 en las de ancianos), y se propone un plazo para que los centros y servicios actualmente en funcionamiento se adecúen al nuevo modelo: dispondrán de siete años, a excepción de los recursos públicos de gestión privada, en ese caso se esperará a que acabe el contrato para implementar las modificaciones.

Una negociación compleja

La negociación es compleja y a tres bandas. Por un lado, el texto se ha ido discutiendo con la mesa de diálogo social, que se ha reunido este viernes y donde se sientan patronales y sindicatos. Por otro, con la de diálogo civil, que aglutina a asociaciones, familiares de usuarios y expertos en el sector. Y, por último, con las comunidades autónomas, a las que se entregará este último borrador para comenzar a abordarlo con ellas y que, al ser las competentes en la gestión, tienen la llave para que este acuerdo salga adelante. Es probable, por tanto, que el texto sufra nuevas modificaciones. El objetivo es que el pacto definitivo se pueda alcanzar a lo largo de este primer trimestre en el consejo territorial que reúne a los gobiernos autonómicos y a Derechos Sociales.

La necesidad de un nuevo modelo de atención lleva tiempo sobre la mesa, y se ha acentuado a raíz de la pandemia, cuando se evidenciaron las debilidades del sistema. De hecho, muchas autonomías han sacado adelante modificaciones normativas en esta línea. La tarea del Gobierno es la de coordinación, y este documento fijará un mínimo común en todos los servicios de dependencia que se presten en el país. El anterior pacto, de 2008, es mucho más escueto. El documento fija requisitos para residencias, centros de día, ayuda a domicilio y teleasistencia.

Varias fuentes consultadas, conocedoras de la negociación, han manifestado su inquietud sobre la forma en que se financiarán estos cambios. La Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, miembro de la mesa de diálogo civil, considera clave que haya un análisis de costes y una memoria económica que garantice que puedan implementarse.

No hay una partida específica prevista para este acuerdo marco, pero la financiación estatal de la dependencia ha recibido una inyección de 1.800 millones de euros entre 2021 y 2022, la mayor desde que se aprobó la ley (también hay más de 3.000 millones previstos para cuidados de larga duración de los fondos europeos, entre 2021 y 2023). Parte de esa financiación está vinculada al cumplimiento de un plan de choque que, entre sus medidas, incluye precisamente la aprobación de este acuerdo sobre los requisitos mínimos que deben cumplir los servicios del sistema de la dependencia.

Los borradores que han trascendido hasta ahora siempre han hecho hincapié en que los atendidos en el sistema de la dependencia tienen derecho a recibir “una atención libre de sujeciones, ya sean estas físicas, mecánicas, químicas o farmacológicas”. Se desconoce el número exacto de personas que son inmovilizadas en estos centros, pero según estimaciones de la confederación de asociaciones de mayores Ceoma, pueden ser unas 55.000. En las últimas semanas se ha conocido la muerte de dos ancianos cuando estaban inmovilizados en residencias.

Este último texto establece que los planes para eliminar las sujeciones de los centros de día y residencias tendrán que aprobarlos los servicios de inspección de las comunidades autónomas. Solo serán admisibles ante situaciones “excepcionales y de urgente necesidad” en las que exista un “peligro inminente” para usuarios u otras personas y tras constatar el fracaso de otras medidas alternativas, que deberán quedar documentadas. Se incide en que será necesario un consentimiento informado (ya es un requisito), que no puede ser genérico ni diferido en el tiempo. Será obligatorio informar a la Fiscalía, que este enero emitió una instrucción en la que se insta a los fiscales a aumentar el control sobre estas prácticas.

Que los centros se adapten a la persona

En el documento se plantea un cambio de paradigma: que sean los centros y servicios quienes se adapten a las personas, y no al revés. Lo que se conoce como atención centrada en la persona, un concepto con el que ya funcionan algunos servicios, aunque el panorama es muy dispar. Según el texto, todos los usuarios del sistema de la dependencia dispondrán de un plan personalizado de atenciones, en el que se tenga en cuenta sus preferencias y necesidades.

En residencias de mayores, el tamaño máximo para los centros que se construyan tras la entrada en vigor del acuerdo se fija en 90 plazas, con un 65% de habitaciones individuales, y los ya existentes deberán adecuarse en un plazo de siete años, dividiéndose en unidades independientes entre sí y hasta alcanzar un 35% de habitaciones individuales. En residencias de discapacidad el límite máximo será de 50 plazas. Este era el establecido en un primer borrador para todas las residencias, pero patronales de dependencia se quejaron de que sería insostenible. Habrá unidades de convivencia de un máximo de 15 personas que tendrán un funcionamiento tipo hogar, en donde habrá una cocina, comedor, sala de estar y, preferentemente, acceso a un área exterior, como una terraza o jardín. Deben ubicarse en suelo urbano, promoviendo las relaciones cotidianas con la comunidad.

En cuanto a las ratios, el ministerio propone, en primer lugar, que pasen a calcularse por jornadas completas de trabajo, y no por número de contratados. En segundo lugar, habla de personal de atención directa de primer nivel —auxiliares y gerocultores—, de atención directa de segundo nivel —graduados universitarios de las ramas social y sanitaria— y de atención indirecta, que agrupa al resto de la plantilla.

A principios de febrero, la Plataforma Estatal de Organizaciones de Familiares y Usuarios de Residencias mostró su decepción con el anterior borrador en la mesa de diálogo civil, especialmente en cuanto a las ratios. Las consideraban insuficientes y alertaban de que, al pasar a calcularse sobre el número de plazas ocupadas (aunque nunca podrá bajarse del 80%) en lugar del total de plazas podía ocurrir que hubiera centros a los que en 2023, con la propuesta que se hacía para auxiliares, se les exigiera menos personal que el que se establecía en el acuerdo de 2008. Este último borrador eleva aquella propuesta.

El texto plantea que las ratios que vayan escalando en 2023, 2025 y 2027: de 0,35 a 0,43 para gerocultores y auxiliares en residencias de mayores (es decir, 35 o 43 jornadas completas de personal de atención directa de primer nivel por cada 100 residentes), una cifra que para personas con discapacidad se sitúa en 0,42 en 2023 —en el anterior texto ya se preveía 0,50 en 2025—, y 0,50 en 2027.

Ese 0,43 implicaría, para una unidad en que convivan 15 mayores, que habría cinco trabajadores: dos en el turno de mañana, dos en el turno de tarde y uno en el de noche. En atención directa global, es decir, también incluyendo a graduados universitarios como trabajadores sociales o enfermeros, se plantea llegar a 0,51 en 2027 en residencias de mayores y 0,58, de personas con discapacidad.

Alejandro Gómez, consultor que ha estudiado las normativas autonómicas —una de las patronales de la dependencia, Ceaps, publicó sus conclusiones en un reciente estudio— asegura que el borrador supone una mejora de las ratios respecto a los promedios estatales, aunque en su opinión deberían diferenciar por tipologías de dependencia, ya que en el futuro habrá usuarios con cada vez más necesidades de apoyo. Los familiares siguen considerando insuficiente la nueva propuesta y piden equipararlas a las de discapacidad.

El documento también exige al menos un inspector por cada 25 residencias (independientemente de que también deban supervisar centros de día u otros servicios sociales), en lugar de uno por cada 30, que se establecía en el anterior texto. Los familiares habían pedido 1 por cada 15. Según los datos recopilados el año pasado por EL PAÍS, solo tres comunidades (Asturias, Cataluña y Extremadura) superaban de media el umbral de 25 residencias por cada trabajador del servicio de inspección en ese momento. Se constituirá un grupo técnico de trabajo que, en el plazo de un año, fijará estándares comunes para medir la calidad de los servicios, cuyos resultados deberán ser públicos. Actualmente no hay nada parecido.

En el borrador también se propone incluir a familiares en los consejos de participación de usuarios de residencias, siempre que los residentes lo estimen oportuno. En cuanto a la ayuda a domicilio, se indica que al menos el 5% de la jornada de los auxiliares se deberá dedicar a labores de coordinación y que el desplazamiento de los trabajadores no contará como tiempo de atención, aunque sí como parte de su jornada

El cierre masivo de los bancos

El cierre masivo de bancos excluye a los mayores 

Jordi Pueyo Busquets,Gonzalo Moncloa 

© CRISTÓBAL CASTRO (EL PAÍS) Vecinos del barrio Bellavista de la localidad barcelonesa de Les Franqueses del Valès, protestan por el cierre de la sucursal de BBVA. 

La edad es un inconveniente y mucho más si se trata de lidiar con las nuevas tecnologías. Algo que, con el continuo cierre de oficinas bancarias en España, se ha vuelto una obligación para los más mayores. Más de la mitad de los municipios se han quedado sin sucursales bancarias, sobre todo en las áreas rurales, pero también en las urbanas, de manera que los ancianos han de apañarse con internet. Adiós a la atención humana. Y esto genera grandes problemas en la gestión de su dinero. Solo uno de cada cuatro personas de más de 74 años usa la red a diario, según una encuesta publicada por el INE, y solo algunas administraciones locales y regionales intentan paliar los efectos del cierre de bancos, en general, optando por mantener los cajeros automáticos en los pueblos. 

“Si un día tengo un problema, quiero que una persona me atienda”, expone Guadalupe Bermúdez (73 años). Vecina de Bellavista, núcleo obrero de 9.500 habitantes de Les Franqueses del Vallès (Barcelona), vio desaparecer hace menos de un mes la última sucursal (y el último cajero automático) de la zona. Hace unos años cerca de la plaza España de su barrio había seis bancos, en locales aún identificables por no servir a otra actividad comercial. Uno de ellos está okupado. Únicamente en 2021 los cuatro grandes bancos (Santander, BBVA, CaixaBank y Sabadell) han reducido en un 12,93% su red de oficinas. 

Unos 40 vecinos se concentran ante la recién cerrada oficina del BBVA, tapiada, para compartir con este diario su preocupación. “Utilizamos todavía la libreta”, explica Rosa María Estrada (76 años), funcionaria jubilada que considera este sistema como el óptimo para controlar sus gastos y, como a Bermúdez, con sus achaques de salud, se le hace muy cuesta arriba tener que ir hasta Granollers —a unos dos kilómetros y 20 metros de desnivel— a la nueva oficina que le han asignado, sin combinación de transporte público. 

“El objetivo principal de las entidades ha sido la reducción de costes y las oficinas han cerrado ante la mirada pasiva de las administraciones”, denuncia el director de la Unión de Consumidores de Cataluña, Oriol Aroa. Un empleado del sector bancario de la Comunidad de Madrid, con 15 años de experiencia y que prefiere no revelar su identidad, explica que ha vivido como una “barbarie” la estrategia de su entidad de “tratar a los clientes en función del margen”. Asegura recibir presiones para reducir el uso de la libreta y el número de personas atendidas en la caja. 

La secretaria de comunicación del Sindicato de Ahorro de Cataluña (SEC, en sus siglas en catalán) y empleada de caja de BBVA, Mònica Brugué, cuenta que en su oficina los profesionales de cara al público son “la mitad que hace un año” y que su incapacidad para llegar a todos los clientes genera “colas de hasta tres cuartos de hora”. Entre los vecinos de Bellavista, Alfonso Lloret (77 años) narra lo que pasó cuando fue a su entidad a pagar una factura que vencía el mismo día. Solo consiguió que le atendieran gracias a que un señor le ayudó “a montar un circo” para que le hicieran caso. Sobre estas tensiones, el empleado anónimo expone que ha recibido insultos fruto de la “frustración” de una generación que ha visto cómo se ha ido perdiendo el trato cercano característico de “las desaparecidas cajas de ahorro”. La portavoz del SEC explica que el sindicato hasta tiene constancia de agresiones físicas. 

Los vecinos de Bellavista denuncian medidas disuasorias de los bancos, como la comisión de dos euros para la entrega en mano de efectivo, así como los horarios de caja restringidos hasta las 11 de la mañana. Muchos de ellos requieren ayuda de otras personas, principalmente de sus hijos, ya que consideran la confianza un elemento esencial y sufren por su seguridad cuando tienen que sacar cantidades notables de efectivo.                           “Hace tiempo que las sucursales dejaron de ser la principal red de distribución de productos y servicios bancarios. Ahora el cliente marca cuándo y cómo quiere establecer su relación con el banco. A los consumidores ya no nos llama la atención la oficina física”, sostiene José Luis Martínez Campuzano, portavoz de la Asociación Española de Banca. Martínez defiende que los bancos atienden las necesidades de todos sus clientes “con independencia de su grado de digitalización”. 

Elisabet Ruiz-Dotras, profesora de la UOC y experta en educación financiera, subraya que “nos estamos dejando por el camino” a personas “que no tienen ninguna intención de digitalizarse” y que, además, se sienten abrumadas por la terminología económica. “No es una brecha digital, es que quedan excluidos del sistema financiero a través de la digitalización”, prosigue. A pesar de que los bancos son privados, Ruiz-Dotras defiende el razonamiento de que “si el Gobierno obliga a tener una cuenta corriente para ingresar la pensión, uno tiene que tener acceso a su dinero de forma fácil”.                                          El alcalde de Les Franqueses del Vallès, Francesc Colomé, presentó el pasado miércoles al registro del Congreso una moción aprobada en su Ayuntamiento. “Reclamamos unidad política a nivel nacional para que esto no se acabe convirtiendo en un problema grave. De hecho, ya lo es”, defiende. El pasado agosto el Banco de España alertó de que más de 1,3 millones de ciudadanos están en una situación de vulnerabilidad ligada a su incapacidad de acceso al dinero en efectivo, la mayoría de ellos en la llamada España vaciada

Cajeros automáticos municipales 

La senadora de Teruel Existe, Beatriz Martín, explica que la próxima semana el Congreso votará una enmienda de su grupo a los Presupuestos Generales del Estado de 2022. La medida está centrada “en buena parte de la población de edad avanzada”, para destinar 5 millones a la instalación de dispensadores de efectivo gestionados por los ayuntamientos. Las inversiones en cajeros multientidad del Gobierno de Cantabria (2,3 millones en cinco años) o en la diputación de Guadalajara (295.000 euros) son ejemplos que intentan paliar los efectos del desmantelamiento. En esta línea, tanto la diputación de Barcelona como el Parlament de Cataluña han aprobado declaraciones de intenciones para frenar las dificultades de acceso a los bancos. Hay municipios que optan por instalar un cajero por su cuenta, como acaba de hacer Aldeaseca de Armuña (Salamanca). El coste ronda los 15.000 euros anuales. 

Martín menciona que Correos incluirá cajeros en sus oficinas en 1.500 localidades, aunque le sorprende que algunos de los municipios incluidos en el proyecto aún disponen de oficinas. Es el caso de Puente de Domingo Flórez, un pueblo de 1.400 habitantes de Castilla y León, la comunidad autónoma con mayores problemas para acceder al efectivo, según el Banco de España. El municipio cuenta con una oficina y tres cajeros, los últimos con el soporte de un “agente bancario”, un freelance que se encarga de gestionar la atención al público. Es otra forma, cuenta el alcalde Julio Arias, de como los bancos han abordado la reducción de recursos. El director general de Ordenación del Territorio de la Junta de Castilla y León, Antonio Calonge, explica que la comunidad se plantea utilizar los fondos de recuperación europeos Next Generation para habilitar cajeros automáticos dentro de autobuses que vayan rotando por los pueblos. 

La pandemia, según el director ejecutivo del Observatorio de Digitalización Financiera del think tank Funcas, Santiago Carbó, “parece haber demostrado” que la población de edad más avanzada, mayor de 65 años, puede mejorar significativamente su grado de digitalización: “Hay que hacer pedagogía. También hay que complementar servicios digitales con atención telefónica”, agrega. “Es un tema temporal. La gente que ahora tiene 50, 55 o 60 años se desenvuelve bien con la tecnología. Cuando tengan 80 la tecnología para ellos no será un problema”, concluye Ruiz Dotras que, pese a esgrimir este argumento, subraya la inquietud que para ella supone la exclusión de una generación del acceso a sus finanzas

La vejez, debemos inventarla

Pepe Mallo 

 “La juventud siempre ha sido un escándalo, la madurez un aburrimiento y la vejez una humillación”. (…) Me niego a asumir el destino de los viejos: dar buenos consejos a falta de poder dar malos ejemplos.” Palabras del insigne filósofo Fernando Savater (El País, 11-09-2021). ¿Agudezas de veterano filósofo o lindezas de “viejo” pensador? Prefiero la exhortación de Francisco en carta a los sacerdotes ancianos y enfermos de Lombardía: “Están viviendo una estación, la vejez, que no es una enfermedad sino un privilegio”., 

La vejez es una etapa más en la evolución de la persona. Y no se puede definir por el baremo “edad”. Hay viejos que atesoran más valores, más vitalidad, inteligencia y creatividad que muchos con menos años que presumen de inteligentes y lúcidos. Yo ya no cumplo años, los colecciono. Tengo ya casi todos…, y ninguno repe. De hecho, hace unos días he incrementado mi colección con uno nuevo que no tenía. O sea, que soy más viejo que ayer y menos que en lo sucesivo, circunstancia que motiva mi reflexión de hoy, estimulado por la reciente conmemoración del Día Internacional de los Mayores. 

No soy “un viejo”. Sí soy viejo. Me encuentro en la “flor de la vejez”. Y por ello, doy gracias a la vida “que me ha dado tanto”, como reza la canción de la desdichada Violeta Parra. Canción que ha entrado en el corazón de muchos para quedarse. Lo que la autora describe como don de la vida: ojos y oídos, sonidos y palabras, pies para la marcha y el camino, corazón para el amor y hasta la risa y el llanto, resulta ser lo que en la actual cultura dominante pasa inadvertido, cuando no desdeñado. Violeta Parra agradece a la vida lo que le ha permitido abrirse al mundo, sentir al otro, “madre, amigo, hermano”, conocer y vivir el amor. Todo este sumario es don de la vida desde el nacimiento, es “la vida misma”, es lo único que “poseemos” y que esconde un altísimo valor. 

Pertenezco a una generación que lo ha tenido muy duro para llegar a adulta. No sabría decir si la guerra, las penurias y el hambre nos impedían madurar entorpeciendo nuestro crecimiento o nos convertían en adultos prematuros o apócrifos. Pero sí puedo garantizar que aquel afán de supervivencia nos infundió mayor coraje, porque, gracias a la vida, teníamos lo esencial: espíritu de lucha, pasión por la vida, ansias de vivir. Hoy, también gracias a la vida, algunos de aquellos niños disfrutamos de colmada y calmada vejez, sin frustraciones ni desencantos, conscientes de nuestro inquebrantable quebranto, de nuestra frágil salud de hierro y de nuestras inexorables limitaciones. 

El papa Francisco ha aludido en variadas ocasiones a la cultura del descarte. “Lo que no sirve se descarta. Los viejos son material descartable: molestan. ”La sociedad es injusta con los ancianos. Nos movemos en una enquistada marginación social, política y económica. En el imaginario colectivo, los viejos estamos etiquetados con términos negativos: clase pasiva, improductivos, dependientes, enfermos e ignorantes frente a una cultura donde predominan la economía, la producción y las nuevas tecnologías. Sólo se nos valora en cuanto consumidores. Para las políticas públicas asistenciales somos pensionistas.Y como valemos un voto, intentan ganarnos con la pesadilla de las pensiones. Un amigo socarrón me sugería que el acrónimo“imserso” significa “inservibles sociales”. 

La pandemia del coronavirus ha destapado y evidenciado al colectivo más frágil e indefenso y ha enfatizado las necesidades y vulnerabilidades que sufre. Y no menos ha acrecentado la conducta discriminatoria, incluso vejatoria, respecto a los ancianos, no solo a nivel social sino en conductas individuales. Traigo aquí un ejemplo que ratifica mi afirmación. Me refiero a un acreditado bloguero de RD, de todos conocido, nonagenario él, de clarividente lucidez, de ideas claras y preclaras, denostado por unos fanáticos comentaristas, de mente demente, que le tachan de “vago, senil, vejestorio que chochea” y otras groseras lindezas. Mientras alardean de fervorosos cristianos…¡De vergüenza! 

“La vejez debemos inventarla”, se ha dicho. Y en ello estoy. En la antigüedad, la propia sociedad estaba tutelada por ancianos. Hoy, las experiencias de los viejos no encajan en los vigentes valores sociales, éticos y religiosos. Nos asemejamos a los “jarrones chinos” de que hablaba un expresidente. Escondemos gran valor, pero no se encuentra un sitio apropiado para nosotros. Considero que la vejez se presenta como catarsis. Tras haber sido Alguien en la vida laboral y social, aunque a ese alguien pocos le conocieran, resulta muy difícil llegar a ser don Nadie. Necesitamos soñar nueva vida real, creer en nosotros y en nuestros recursos, crear paradigmas y respuestas nuevos, explotar la creatividad. Más que nunca nuestra presencia y testimonio son necesarios, aportando el protagonismo que nos hurta la sociedad. Se trata de ser protagonistas de nuestra propia vida. 

Personalmente hace tiempo que he desterrado de mi vocabulario la tópica muletilla “¡Vamos tirando!”. He decidido no “tirar”, sino“reciclar”, reciclarme. La longevidad no consiste solo en vivir mucho, sino en vivir animosamente cada oportunidad que nos brinda la vida. Se trata de intentar ralentizar el implacable desgaste corporal, prolongar nuestro debilitado deterioro mental y cognitivo y esquivar los dos crueles estigmas de la vejez, la nostalgia y la soledad. 

La nostalgia, esa “pena o tristeza y melancolía por el recuerdo de una dicha perdida”, nos atasca e inmoviliza. Confisca nuestras facultades y capacidades, enquistándonos mentalmente en un pasado, ya inoperante e inútil, que impide la comunicación con el exterior. Enrocarse en algo dejado atrás que no va a volver. La nostalgia se da en todos los órdenes de la vida, social, político y religioso. En la heterogénea sociedad actual aún quedan nostálgicos que por “montañas nevadas, banderas al viento, van por rutas imperiales caminando hacia Dios”. Y otros que por “rutas tridentinas” también se dirigen hacia el Creador. ¿Qué será más positivo y humano lamentar lo mucho perdido, ya irrecuperable, o potenciar lo poco favorable que aún nos regala la vida? 

No menos cruel y perversa es la soledad, tan relevante en los comienzos de la pandemia. Ante el abandono y vulnerabilidad de tantos ancianos, solo nos queda, en lo negativo, las protestas y lamentaciones; en lo positivo, la acogida, el acompañamiento, la empatía y la simpatía. Incluyo en los “ancianos” a los “presbíteros” jubilados. ¿Se sentirán acogidos y atendidos por la institución Iglesia a la que han servido religiosamente durante años? ¿Dónde y cómo acabarán sus días?, ¿en una residencia sacerdotal, sin más compañía que otros sacerdotes “solitarios”? Su potencial soledad no será por falta de compañía sino por ausencia de cariño, especialmente de afectos familiares debido a su celibato. 

En lo que a mí respecta, doy gracias a la vida, que me ha regalado el compartir mi dilatada existencia con una formidable mujer, formar una familia y trasmitir a mis hijos mis convicciones y vivencias, ayudándoles en su desarrollo personal. Y en esta última etapa, disfrutar jubilosamente de los nietos que alegran y refrescan los alifafes de la vejez. Y sentir la cercanía de amigos que me quieren y de gente que me acepta y aprecia. 

¡Gracias a la vida! 

Post scriptum: Tras lo dicho, prometo esforzarme denodadamente por vivir para siempre… ¡aunque muera en el intento! 

La vejez, nuestro futuro

Presentación del Texto “La vejez: nuestro futuro – La condición de los ancianos después de la pandemia”

Pontificia Academia para la Vida y Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral

Hoy se ha presentado el texto «La vejez: nuestro futuro. La condición de los ancianos después de la pandemia».

Compartimos aquí el texto completo de Mons Bruno-Marie Duffé, Secretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

En su exhortación apostólica «Christus vivit», que siguió al Sínodo sobre los jóvenes, la vocación y el discernimiento, el Santo Padre recordó el testimonio de un joven oyente del Sínodo de Samoa.

Este joven, dice el Santo Padre, habla de la Iglesia como de una » una canoa, en la cual los viejos ayudan a mantener la dirección interpretando la posición de las estrellas, y los jóvenes reman con fuerza imaginando lo que les espera más allá » (Christus vivit n.201).

Esta hermosa comparación de la Iglesia como una canoa puede aplicarse también a la sociedad. Porque si perdemos el consejo de los mayores, para avanzar en el « río », a menudo tumultuoso, de nuestra historia, corremos el riesgo de perder la memoria. Y al perder la memoria, perdemos también la esperanza.[1]

Los ancianos son nuestra memoria y, en esto, paradójicamente, son nuestra esperanza. Si nos basamos en su experiencia y sus descubrimientos, podremos continuar la aventura de la historia de la humanidad. Porque con la memoria, la esperanza es posible. La paradoja es que los antiguos siempre van un paso por delante. Ellos ya han pasado por lo que nosotros estamos pasando. Y pueden decirnos lo que pueden producir algunas de las experiencias que estamos viviendo por primera vez.

Por supuesto, está claro que cada persona viva tiene que seguir su propio camino. Porque, como dice San Agustín, «el camino sólo existe porque lo recorres». El camino es, pues, la parábola de la existencia humana. Pero nunca estamos solos en este camino: los mayores nos pueden aconsejar y los más jóvenes nos pueden animar.

La cultura técnica, que sitúa la eficacia inmediata en el centro del pensamiento y de la vida, nos lleva, a menudo, a abandonar a los mayores, considerados menos «productivos». Hay empresas industriales en las que se considera viejo a alguien con cincuenta años y, a veces, incluso se le despide en favor de una persona más joven y «agresiva»… El individualismo, analizado por el Papa Francisco en su última encíclica «Fratelli tutti», como el pensamiento de un mundo cerrado y egocéntrico, participa de esta cultura en la que no necesitamos a los demás: no necesitamos a los viejos, no necesitamos a los que van más despacio. Los ancianos son, por definición, en esta cultura, «viejos».

Esto tiene una doble consecuencia: las personas mayores, que ya no participan directamente en los procesos de producción económica, dejan de ser una prioridad en nuestra sociedad. Y, en el contexto de una epidemia, se les atiende después de los otros, los «productivos», aunque sean más frágiles. El orden de acceso a la atención sanitaria de emergencia ha demostrado, en más de una ocasión, que no han podido beneficiarse de las terapias de asistencia respiratoria.

La otra cara de esta misma consecuencia es la ruptura del vínculo entre generaciones: los niños y los jóvenes ya no pueden reunirse con los mayores, que son mantenidos en estricto confinamiento. Esto ha provocado a veces trastornos psicológicos en algunos niños o jóvenes que necesitaban ver a sus abuelos. Al igual que los abuelos necesitaban ver a sus nietos, de lo contrario morirían de otro virus, quizá aún más grave: la pena.

Así que podemos decir que la crisis sanitaria generada por la Covid-19 ha sacado a la luz un importante componente de las relaciones sociales. La capacidad de afrontar el reto de la vida -sus incógnitas y alegrías- se basa, en parte, en la inspiración del diálogo entre generaciones. Un diálogo que puede ofrecerse a través de la palabra o del silencio, a través del dibujo que ofrece el niño y que todavía hace soñar al viejo. Por último, por la ternura de sus miradas que se cruzan y se animan.

Sueños y ternura. De eso se trata. Si los ancianos siguen soñando, los jóvenes pueden seguir inventando. Si la mirada del mayor alienta suavemente los proyectos del menor, ambos viven en una esperanza que atraviesa los miedos. Entonces podrán cumplirse las palabras del profeta Joel: «vuestros hijos profetizarán y vuestros ancianos tendrán sueños». Todos los pedagogos y pastores que han llevado a los niños a los mayores saben que los niños nunca han olvidado este encuentro… de un campesino, un pescador, un artista, un inventor, un mendigo de la calle o un religioso en su monasterio. Porque el mayor sólo tiene una cosa que vivir: ofrecer lo que ha descubierto de la vida, para que el niño siga -y siempre- teniendo el gusto de descubrir e inventar la vida.

¿Con qué nos quedaremos de esta terrible experiencia de una enfermedad que ha afectado a todas las edades y a todos los pueblos? Algunos, tras haber vivido el sufrimiento de la separación, vuelven a aprender, en el seno de sus familias, el vínculo de la escucha y el cuidado entre generaciones. Otros guardan en su interior, en íntimo silencio y tristeza, la mirada de no haber hablado más con los que se han ido. Todos entendemos que esta memoria que llevan los ancianos, nos la hacen llegar en la «fragilidad de vasos de barro» -como sugiere el Apóstol San Pablo-.

En el tesoro de la memoria está, en efecto, la fe recibida y ofrecida: ese sabor de la vida eterna que ya ha comenzado. Por eso, las generaciones, al tomarse de la mano, en el gesto del afecto compartido, se ofrecen mutuamente conocimiento y sueños: una esperanza que no puede morir porque es el mismo don de Dios.

[1] Cf. La sabiduría del tiempo – un diálogo con el Papa Francisco sobre las grandes cuestiones de la vida – editado por Antonio Spadaro, Venecia, 2018) (Christus vivit n.196)

Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores

MENSAJE DEL SANTO PADRE
Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores
‘Yo estoy contigo todos los días’ (cf. Mt 28,20)


Queridos abuelos, queridas abuelas:
“Yo estoy contigo todos los días” (cf. Mt 28,20) es la promesa que el Señor hizo a sus discípulos antes de subir al cielo y que hoy te repite también a ti, querido abuelo y querida abuela. A ti. “Yo estoy contigo todos los días” son también las palabras que como Obispo de Roma y como anciano igual que tú me gustaría dirigirte con motivo de esta primera Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores. Toda la Iglesia está junto a ti —digamos mejor, está junto a nosotros—, ¡se preocupa por ti, te quiere y no quiere dejarte solo!
Soy muy consciente de que este mensaje te llega en un momento difícil: la pandemia ha sido una tormenta inesperada y violenta, una dura prueba que ha golpeado la vida de todos, pero que a nosotros mayores nos ha reservado un trato especial, un trato más duro. Muchos de nosotros se han enfermado, y tantos se han ido o han visto apagarse la vida de sus cónyuges o de sus seres queridos. Muchos, aislados, han sufrido la soledad durante largo tiempo.
El Señor conoce cada uno de nuestros sufrimientos de este tiempo. Está al lado de los que tienen la dolorosa experiencia de ser dejados a un lado. Nuestra soledad —agravada por la pandemia— no le es indiferente. Una tradición narra que también san Joaquín, el abuelo de Jesús, fue apartado de su comunidad porque no tenía hijos. Su vida —como la de su esposa Ana— fue considerada inútil. Pero el Señor le envió un ángel para consolarlo. Mientras él, entristecido, permanecía fuera de las puertas de la ciudad, se le apareció un enviado del Señor que le dijo: “¡Joaquín, Joaquín! El Señor ha escuchado tu oración insistente”.[1] Giotto, en uno de sus famosos frescos,[2] parece ambientar la escena en la noche, en una de esas muchas noches de insomnio, llenas de recuerdos, preocupaciones y deseos a las que muchos de nosotros estamos acostumbrados.
Pero incluso cuando todo parece oscuro, como en estos meses de pandemia, el Señor sigue enviando ángeles para consolar nuestra soledad y repetirnos: “Yo estoy contigo todos los días”. Esto te lo dice a ti, me lo dice a mí, a todos. Este es el sentido de esta Jornada que he querido celebrar por primera vez precisamente este año, después de un largo aislamiento y una reanudación todavía lenta de la vida social. ¡Que cada abuelo, cada anciano, cada abuela, cada persona mayor —sobre todo los que están más solos— reciba la visita de un ángel!
A veces tendrán el rostro de nuestros nietos, otras veces el rostro de familiares, de amigos de toda la vida o de personas que hemos conocido durante este momento difícil. En este tiempo hemos aprendido a comprender lo importante que son los abrazos y las visitas para cada uno de nosotros, ¡y cómo me entristece que en algunos lugares esto todavía no sea posible!
Sin embargo, el Señor también nos envía sus mensajeros a través de la Palabra de Dios, que nunca deja que falte en nuestras vidas. Leamos una página del Evangelio cada día, recemos con los Salmos, leamos los Profetas. Nos conmoverá la fidelidad del Señor. La Escritura también nos ayudará a comprender lo que el Señor nos pide hoy para nuestra vida. Porque envía obreros a su viña a todas las horas del día (cf. Mt 20,1-16), y en cada etapa de la vida. Yo mismo puedo testimoniar que recibí la llamada a ser Obispo de Roma cuando había llegado, por así decirlo, a la edad de la jubilación, y ya me imaginaba que no podría hacer mucho más. El Señor está siempre cerca de nosotros —siempre— con nuevas invitaciones, con nuevas palabras, con su consuelo, pero siempre está cerca de nosotros. Ustedes saben que el Señor es eterno y que nunca se jubila. Nunca.
En el Evangelio de Mateo, Jesús dice a los Apóstoles: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado» (28,19-20). Estas palabras se dirigen también hoy a nosotros y nos ayudan a comprender mejor que nuestra vocación es la de custodiar las raíces, transmitir la fe a los jóvenes y cuidar a los pequeños. Escuchen bien: ¿cuál es nuestra vocación hoy, a nuestra edad? Custodiar las raíces, transmitir la fe a los jóvenes y cuidar de los pequeños. No lo olviden.
No importa la edad que tengas, si sigues trabajando o no, si estás solo o tienes una familia, si te convertiste en abuela o abuelo de joven o de mayor, si sigues siendo independiente o necesitas ayuda, porque no hay edad en la que puedas retirarte de la tarea de anunciar el Evangelio, de la tarea de transmitir las tradiciones a los nietos. Es necesario ponerse en marcha y, sobre todo, salir de uno mismo para emprender algo nuevo.
Hay, por tanto, una vocación renovada también para ti en un momento crucial de la historia. Te preguntarás: pero, ¿cómo es posible? Mis energías se están agotando y no creo que pueda hacer mucho más. ¿Cómo puedo empezar a comportarme de forma diferente cuando la costumbre se ha convertido en la norma de mi existencia? ¿Cómo puedo dedicarme a los más pobres cuando tengo ya muchas preocupaciones por mi familia? ¿Cómo puedo ampliar la mirada si ni siquiera se me permite salir de la residencia donde vivo? ¿No ya es mi soledad una carga demasiado pesada? Cuántos de ustedes se hacen esta pregunta: mi soledad, ¿no es una piedra demasiado pesada? El mismo Jesús escuchó una pregunta de este tipo a Nicodemo, que le preguntó: «¿Cómo puede un hombre volver a nacer cuando ya es viejo?» (Jn 3,4). Esto puede ocurrir, responde el Señor, abriendo el propio corazón a la obra del Espíritu Santo, que sopla donde quiere. El Espíritu Santo, con esa libertad que tiene, va a todas partes y hace lo que quiere.
Como he repetido en varias ocasiones, de la crisis en la que se encuentra el mundo no saldremos iguales, saldremos mejores o peores. Y «ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de aprender —¡nosotros somos duros de mollera!— Ojalá no nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de respiradores […]. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca» (Carta enc. Fratelli tutti, 35). Nadie se salva solo. Estamos en deuda unos con otros. Todos hermanos.
En esta perspectiva, quiero decirte que eres necesario para construir, en fraternidad y amistad social, el mundo de mañana: el mundo en el que viviremos —nosotros, y nuestros hijos y nietos— cuando la tormenta se haya calmado. Todos «somos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas» (ibíd., 77). Entre los diversos pilares que deberán sostener esta nueva construcción hay tres que tú, mejor que otros, puedes ayudar a colocar. Tres pilares: los sueños, la memoria y la oración. La cercanía del Señor dará la fuerza para emprender un nuevo camino incluso a los más frágiles de entre nosotros, por los caminos de los sueños, de la memoria y de la oración.
El profeta Joel pronunció en una ocasión esta promesa: «Sus ancianos tendrán sueños, y sus jóvenes, visiones» (3,1). El futuro del mundo reside en esta alianza entre los jóvenes y los mayores. ¿Quiénes, si no los jóvenes, pueden tomar los sueños de los mayores y llevarlos adelante? Pero para ello es necesario seguir soñando: en nuestros sueños de justicia, de paz y de solidaridad está la posibilidad de que nuestros jóvenes tengan nuevas visiones, y juntos podamos construir el futuro. Es necesario que tú también des testimonio de que es posible salir renovado de una experiencia difícil. Y estoy seguro de que no será la única, porque habrás tenido muchas en tu vida, y has conseguido salir de ellas. Aprende también de aquella experiencia para salir ahora de esta.
Los sueños, por eso, están entrelazados con la memoria. Pienso en lo importante que es el doloroso recuerdo de la guerra y en lo mucho que las nuevas generaciones pueden aprender de él sobre el valor de la paz. Y eres tú quien lo transmite, al haber vivido el dolor de las guerras. Recordar es una verdadera misión para toda persona mayor: la memoria, y llevar la memoria a los demás. Edith Bruck, que sobrevivió a la tragedia de la Shoah, dijo que «incluso iluminar una sola conciencia vale el esfuerzo y el dolor de mantener vivo el recuerdo de lo que ha sido —y continúa—. Para mí, la memoria es vivir».[3] También pienso en mis abuelos y en los que entre ustedes tuvieron que emigrar y saben lo duro que es dejar el hogar, como hacen todavía hoy tantos en busca de un futuro. Algunos de ellos, tal vez, los tenemos a nuestro lado y nos cuidan. Esta memoria puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor. Pero sin la memoria no se puede construir; sin cimientos nunca construirás una casa. Nunca. Y los cimientos de la vida son la memoria.
Por último, la oración. Como dijo una vez mi predecesor, el Papa Benedicto, santo anciano que continúa rezando y trabajando por la Iglesia: «La oración de los ancianos puede proteger al mundo, ayudándole tal vez de manera más incisiva que la solicitud de muchos».[4] Esto lo dijo casi al final de su pontificado en 2012. Es hermoso. Tu oración es un recurso muy valioso: es un pulmón del que la Iglesia y el mundo no pueden privarse (cf. Exhort. apost. Evangelii gaudium, 262). Sobre todo en este momento difícil para la humanidad, mientras atravesamos, todos en la misma barca, el mar tormentoso de la pandemia, tu intercesión por el mundo y por la Iglesia no es en vano, sino que indica a todos la serena confianza de un lugar de llegada.
Querida abuela, querido abuelo, al concluir este mensaje quisiera señalarte también el ejemplo del beato —y próximamente santo— Carlos de Foucauld. Vivió como ermitaño en Argelia y en ese contexto periférico dio testimonio de «sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano» (Carta enc. Fratelli tutti, 287). Su historia muestra cómo es posible, incluso en la soledad del propio desierto, interceder por los pobres del mundo entero y convertirse verdaderamente en un hermano y una hermana universal.
Pido al Señor que, gracias también a su ejemplo, cada uno de nosotros ensanche su corazón y lo haga sensible a los sufrimientos de los más pequeños, y capaz de interceder por ellos. Que cada uno de nosotros aprenda a repetir a todos, y especialmente a los más jóvenes, esas palabras de consuelo que hoy hemos oído dirigidas a nosotros: “Yo estoy contigo todos los días”. Adelante y ánimo. Que el Señor los bendiga.
Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo, fiesta de la Visitación de la B.V. María
FRANCISCO

La vida en el campo tras la pandemia

Abilio Martínez Varea : «La soledad de nuestros ancianos es otra de las periferias que tenemos que atajar»

«Es el momento de que los laicos tomen conciencia de su papel importante dentro de la iglesia, y que ellos mismos encuentren en la familia, en el trabajo o en las relaciones con sus amistades un lugar privilegiado al que llevar a Dios»

«Han venido varias familias a residir a Soria alejándose de las aglomeraciones de las grandes ciudades pero… algunas ya han manifestado su deseo de marchar cuando termine la pandemia»

«Los sacerdotes son los que acompañan, los que sostienen tanto espiritual y anímicamente la vida de muchos de nuestros pueblos»

«Esta nueva situación que se abre tras la pandemia, puede ser el momento adecuado para que la gente vuelva a valorar la vida en el mundo rural»

«Tenemos que tender a buscar una sociedad que luche por el Bien Común, donde todos tengamos lo necesario para poder desarrollarnos como personas y poder ser realmente reflejo del amor de Dios»

16.05.2021 José Manuel Vidal

Abilio Martínez Varea (La Rioja, 1964) lleva cuatro años en la diócesis de Osma-Soria, tomándole el pulso y acompañando a una zona eminentemente rural, que quizás la pandemia «ayude a que la gente vuelva a valorar la vida en el mundo rural». De este universo, a Don Abilio le duele especialmente el paro y la desigualdad social o «la soledad de nuestros ancianos, que es otra de las periferias que tenemos que atajar». En el acompañamiento y en la lucha por la dignidad está la Iglesia y, sobre todo, los curas de pueblo, que «son los que acompañan, los que sostienen tanto espiritual y anímicamente la vida de muchos de nuestros pueblos» y los amigos «que traen al Amigo».

¿La diócesis de Osma-Soria, que usted pastorea y que forma parte de la España rural, necesita la protección de San Isidro y algo más?

San Isidro es el patrón de los agricultores. Sin duda es uno de los santos más importantes que tenemos en el mundo rural, pero no olvidemos que fue un laico casado con Santa María de la Cabeza con la que tuvo un hijo. Ambos fueron canonizados y se fueron santificando día a día gracias a su trabajo cotidiano, humilde y sencillo en el campo y llevando una vida familiar.

Visto así, es evidente que necesitamos de muchos “san Isidros”, necesitamos muchas familias cristianas evangelizadoras. Es el momento de que los laicos tomen conciencia de su papel importante dentro de la iglesia, y que ellos mismos encuentren en la familia, en el trabajo o en las relaciones con sus amistades un lugar privilegiado al que llevar a Dios. En definitiva, la tarea de la evangelización es algo que nos compete a todos, no solo a los sacerdotes, sino a todos los bautizados, como nos enseñó San Isidro.

Dicen que la pandemia está provocando la vuelta al campo y a las ciudades pequeñas. ¿Se está notando en Soria?

Efectivamente la pandemia que estamos viviendo está haciendo que nuestras costumbres estén cambiando. Ahora empezamos a valorar más la tranquilidad que ofrece el ámbito rural o la belleza de un entorno natural, lo que hace que muchas personas vean con añoranza esa vida de calidad que ofrecen los preciosos campos de Soria. Internet y las nuevas tecnologías facilitan mucho precisamente esta cuestión ya que muchas personas han visto que se puede tele-trabajar también desde otros lugares. A su vez, esto supone un reto de creación de empresas, de infraestructuras, comunicaciones, servicios… que son necesarios para facilitar la vuelta a nuestras tierras. Han venido varias familias a residir a Soria alejándose de las aglomeraciones de las grandes ciudades pero… algunas ya han manifestado su deseo de marchar cuando termine la pandemia.

Además de permanecer y resistir en el mundo rural (que ya no es poco), ¿los curas de pueblo siguen aportando ilusión, esperanza y Dios a la gente?

Así es. La misión de todo cristiano, y más la de un cura es la de llevar la esperanza y la alegría a todos aquellos que le rodean. Es la fe en un Cristo de la Vida la que nos mueve, y la que hace que muchísimas veces sean los sacerdotes los que permanecen en poblaciones muy pequeñas. Son los que acompañan, los que sostienen tanto espiritual y anímicamente la vida de muchos de nuestros pueblos. Para muchas personas mayores, la visita del sacerdote o la celebración de la Eucaristía es un momento que esperan con gran ilusión durante toda la semana. El cura, es algo más que el cura: es ese amigo que trae al Amigo.

Pocos curas y mayores. ¿Cómo reactivar la pastoral vocacional en el mundo rural, otrora vivero de vocaciones sacerdotales?

Si no hay mucha población joven, no es fácil que haya muchas vocaciones al sacerdocio… ni a la vida consagrada, ni al matrimonio. Pero no podemos ni debemos escudarnos en esta situación. Cada vez es más necesario dar a las personas ese acompañamiento humano y espiritual que todos necesitamos y los sacerdotes lo realizan desde su ministerio. Precisamente por eso, me ha parecido necesario crear en la Diócesis de Osma-Soria una red de intercesores que recen por las vocaciones, potenciar la pastoral vocacional insistiendo en que es una labor de todos: los sacerdotes dando buen testimonio y siendo ejemplo motivador, las familias educando en una vida de fe, entrega y generosidad y los consagrados entregándose a la oración que interceda por nuevas vocaciones. En definitiva, todos tenemos que implicarnos en hacer que haya más sacerdotes para que Cristo llegue a todos.

¿Tras la pandemia, volverá la gente a la Iglesia como antes o todavía más?

Esta pandemia está siendo un punto de inflexión en nuestras vidas. La añoranza de tiempos pasados que antes veíamos como habituales: visitar a la familia, frecuentar nuestras amistades o darnos un simple paseo, son cosas que miramos con nostalgia y con deseo de poder volver a realizar cuanto antes. Para el cristiano poder celebrar su fe con su comunidad, poder recibir la Comunión o poder confesarse, son parte esencial de su crecimiento en la fe. Todavía estamos en un momento de restricciones de aforo y de cuidados sanitarios, pero, las personas necesitamos volver a la fuente de nuestra fe. Y de hecho, ya estamos retomando cierta normalidad, respetando siempre las normas sanitarias, claro está: las celebraciones litúrgicas, encuentros de formación, catequesis,… Noto, en los cristianos de Osma – Soria, ganas de volver a celebrar la fe en Jesucristo viviéndola en la comunidad.

Pero no podemos olvidar que, durante esta pandemia, la Iglesia ha realizado y sigue realizando diversas acciones para ayudar a los más desfavorecidos: la ayuda directa de Caritas y de tantos voluntarios son un claro ejemplo. En la Diócesis de Osma-Soria hemos impulsado la creación de un Fondo de Solidaridad para ayudar a aquellas personas que lo están pasando mal económicamente además de la crisis sanitaria. Toda esta labor que la Iglesia está haciendo, de manera desprendida, sin esperar nada a cambio, qué duda cabe que está llevando a que muchas personas en nuestra sociedad se interpelen ante esta entrega y se sientan atraídos hacia la Iglesia.

¿Cómo mantener el enorme patrimonio de una diócesis como la suya cada vez más vaciada?

Pues con mucho esfuerzo y con mucha dedicación y colaboración por parte de las diversas instituciones empezando por la Diócesis, las parroquias y los sacerdotes. Nuestro patrimonio es parte de nuestra memoria, de nuestra historia y, sobre todo, de una fe que queremos seguir viviendo y celebrando. Intentamos mantener en las mejores condiciones posibles todo aquello que es el fruto de la fe de nuestros antepasados, el sustrato de nuestro presente y las raíces de nuestra historia cristiana. Esta labor de mantenimiento es muy ardua, pero muy necesaria. Estamos haciendo una labor ingente en el mantenimiento de nuestros templos y ermitas… obras que serían imposibles si no fuera gracias a la colaboración de las instituciones civiles y de tantos fieles anónimos que colaboran a todos los niveles con el mantenimiento de nuestro patrimonio.

¿Cómo insuflar esperanza en la gente desanimada por la constante despoblación?

Cuando hablamos de esperanza debemos hacerlo con una visión sobrenatural: Dios no nos abandona nunca. La esperanza es una virtud teologal: es el motor que nos mueve, esa fuerza de Dios que nos lleva a comprometernos en este mundo poniendo los ojos en el Cielo.

Ciertamente es una pena ver cómo nuestros jóvenes no continúan el relevo generacional que van dejando nuestros mayores: unos porque buscan mejores oportunidades laborales fuera, otros porque se van a estudiar a otras poblaciones… Sin embargo, todos somos conscientes de que esta nueva situación que se abre tras la pandemia, puede ser el momento adecuado para que la gente vuelva a valorar la vida en el mundo rural. Todo aquello que nosotros ofrecemos: buena calidad de vida, tranquilidad, naturaleza, relaciones personales muy cercanas,… son sin duda una excelente tarjeta de

¿Cómo atajar el problema de la creciente soledad de los ancianos en pueblos casi vacíos?

Se trata de un problema que nos duele a todos. Precisamente, durante estos meses pasados con confinamientos, con restricciones y con situaciones complicadas por la pandemia nos han hecho replantearnos la necesidad de vivir en comunidad. En la provincia de Soria tenemos ancianos que pasan el invierno en sus casas, en pueblos de muy poca población, pero que quieren seguir en su entorno y con su ritmo y estilo de vida de siempre. Pero qué duda cabe que, como contraprestación, muchos de ellos sufren una soledad que nos tiene que hacer plantearnos nuevas formas de acompañamiento. El Papa Francisco habla del acompañamiento a las nuevas periferias. La soledad de nuestros ancianos es otra de las periferias que tenemos que atajar, y para ello tenemos que buscar soluciones audaces que sean capaces de paliar esta situación desde la atención sanitaria, humana y religiosa.

¿Habría que exigir a los políticos una apuesta más radical y constante por el mundo rural?

El mundo rural necesita un apoyo claro y decidido por parte de todos. Es lógico que los grandes núcleos urbanos concentren los recursos sanitarios, educativos, o a nivel de infraestructuras… que facilitan la vida de todos. Pero habría que conseguir que todos estos recursos también encontraran su lugar en los núcleos rurales, con el fin de paliar ese éxodo de los espacios rurales y potenciar el retorno a todos nuestros pueblos. Favorecer las empresas, las infraestructuras, Internet o los recursos sanitarios y educativos, son algunos de los campos que ayudarían a frenar la actual situación.

Como responsable de la Pastoral del Trabajo, ¿qué le preocupa más: el paro o la creciente desigualdad social?

Como dice el Papa Francisco en el n.162 de Fratelli Tutti: “El gran tema es el trabajo. (…) Esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna”. Ambas cosas, el paro y la desigualdad social van de la mano. Como cristianos, la dignidad que toda persona tiene como tal, nos tiene que llevar a buscar un mundo más solidario, más fraterno y más humano. Tenemos que tender a buscar una sociedad que luche por el Bien Común, donde todos tengamos lo necesario para poder desarrollarnos como personas y poder ser realmente reflejo del amor de Dios.