El legado de Rutilio (8)

La Misión en Aguilares: 1ª Etapa

El P. Rutilio Grande, primer sacerdote asesinado en El Salvador.En estos días se ha abierto en Roma el proceso de beatificación.

  

Para organizar la Misión, la Parroquia se dividió en sectores: 10 en la ciudad y 15 en el campo, haciendo una invitación general de la Misión a toda la Parroquia 

La Misión duraría 15 días durante los cuales el misionero y sus colaboradores permanecerían en su zona conviviendo con la gente del sector. 

Un día de Misión comprendía visitas familiares a domicilio; después levantaban una ficha antropológica cuyos temas utilizaban luego como temas generadores, que serían descodificados a partir de textos del Evangelio. 

En las primeras horas de la tarde se tenían reuniones con los niños y más tarde con los adultos. El objetivo de estas reuniones era procurar dejar en la gente un esquema rudimentario para que ellos continuaran con la celebración de la Palabra de Dios. 

Así se logró desde el principio un inicio de autoevangelización, un inicio de comunidad y un inicio de auto-selección de Delegados de la Palabra. 

La parte central de la sesión de adultos consistía en una repetida lectura por diversos lectores de un texto del Evangelio. Entre las lecturas se hacían preguntas, sugerencias y anotaciones. Luego se invitaba a la gente a dividirse en grupos de 8 ó 10 personas para dialogar sobre el texto. Se nombraba un lector, un animador del grupo y un relator para comunicar en la reunión plenaria los resultados del grupo. 

 En la reunión plenaria, el sacerdote o un colaborador fijaba por escrito en un papelógrafo y sintetizaba lo que comunicaban los relatores, devolviendo a los participantes en forma de cuestionamiento los puntos más significativos para profundizarlos en el diálogo. 

Posteriormente, ya noche, el equipo evaluaba el día y planificaba lo del día siguiente.                       Uno de los puntos vitales de estas reuniones fue la auto-selección de los líderes, pues de ello dependía la realización de una Iglesia integrada por ellos mismos. El proceso misional tendía a integrar y desarrollar las tres dimensiones de evangelización, comunidad y liderazgo. El equipo asumió que el primer empujón le correspondía al sacerdote, pero una vez estimulado el movimiento, los agentes de pastoral y las mismas comunidades debían continuarlo quedando el sacerdote como acompañante y animador en el crecimiento de la fe. La penúltima noche se hacía la elección de los Delegados, sugeridos por la comunidad. Los nombrados expresaban su disponibilidad explicando los pro y los contra según lo cual la Comunidad les daba su voto. 

Los Delegados tenían la función de servir de eslabón entre la Comunidad y la Parroquia. Con los nuevos Delegados se tenía una reunión para instruirles sobre sus nuevas obligaciones, proporcionarles criterios y esquemas mínimos para animar y organizar sus reuniones. 

En la última celebración se tenían los bautizos y matrimonios dentro de una ceremonia sugestiva en la cual se enfatizaba el compromiso del bautismo. Se les dejaba ejemplares del Nuevo Testamento y se les confirmaba para continuar en la Misión. 

El período posterior a la Misión se caracterizó por el acompañamiento a las comunidades. Un sacerdote asumió la responsabilidad de las comunidades del campo y otro las de la ciudad de Aguilares. La tarea de ellos era la de visitar periódicamente las diversas comunidades, asistiendo a sus reuniones, disipando las dudas que hubiera y evaluando la vida comunitaria. 

Aquí ayudaron mucho los colaboradores foráneos, unos 20, que jugaron un papel insustituible en el arranque de las comunidades.Este grupo de colaboradores estaba integrado por estudiantes jesuitas, universitarios y seminaristas. Esta colaboración se consideró temporal y supletoria. 

El 10 de junio de 1973, Fiesta de Pentecostés, marcó el nacimiento de la Comunidad cristiana y el fin de la primera etapa de la Misión. 

Este nacimiento se celebró con una gran concentración en Aguilares para pedir y celebrar el espíritu nuevo. Se recibieron las diversas delegaciones de las comunidades con sus carteles que traían textos alusivos del Evangelio. Después se tuvo la Eucaristía animada por los conjuntos musicales de las diversas comunidades. Fue algo masivo, creativo e insospechado, que asombró a los habitantes de la ciudad.. 

La homilía la tuvo Rutilio, en la que dio ánimos y disipó las dudas más comunes, respondiendo a las acusaciones de protestantismo, de olvidar lo espiritual, de comunismo, de política, etc. 

A continuación se proclamaron los principios del equipo misionero, dedicado a anunciar el Evangelio limpia y simplemente, sin otros intereses personales. También dejaron bien claro que no se administrarían los sacramentos si no estaban suficientemente preparados. Y aclararon que no tenían nada que ver con agrupaciones políticas de ninguna clase. La política del equipo sería anunciar el Evangelio, el cual abarcaba todas las actividades del hombre destinado por Dios a transformar el mundo. Por tanto denunciarían toda clase de injusticias y atropellos contra la persona humana, vinieran de donde vinieran. Después de la Misa se tuvo una fiesta popular de carácter cultural y religioso. De aquí nacería la Fiesta del Maíz. 

 Los resultados de aquella primera etapa misional eran palpables. Los campesinos habían descubierto el Evangelio y se les había abierto el apetito por la palabra, la cual comentaban haciendo aplicaciones a su modo. Pronto llegaron a unir el Evangelio con su propia situación de miseria e injusticia. Comenzaron a emerger de su conciencia mágica, dándose cuenta de que la voluntad de Dios no era mantener las cosas como estaban. Tomaron confianza en sí mismos perdiendo complejos bastante generalizados de vergüenza e incapacidad y descubrieron que tenían una palabra y podían opinar. Fueron capaces de discernir lo prioritario de lo secundario en su religiosidad. Tomaron conciencia de que sus males radicaban en su desunión y comenzaron a adquirir sentido de lo comunitario. Comenzaron a reunirse y a movilizarse buscando qué podían hacer para realizar el plan de Dios aquí y ahora. 

Al final de la 1ª Etapa se organizaron 10 comunidades urbanas y 27 rurales con un total aproximado de 300 animadores, quienes dirigían rotativamente las celebraciones. 

El equipo tuvo un período de reflexión para codificar, globalizar y evaluar las experiencias de la primera etapa. A partir de allí decidió trabajar en la línea del acompañamiento y profundización del Evangelio en las Comunidades y en la preparación cualitativa de los Delegados y animadores. 

  

 La misión cristiana del siglo XXI 

Evangelización y poder, colonización religiosa.

 Por X. Pikaza  

El proceso de evangelización realizado por las iglesias y confesiones cristianas de la modernidad ha estado vinculado a los poderes coloniales y se ha ejercido, de manera considerable, a través de la política. Por eso se encuentra bastante viciado, a pesar de sus valores. Ese proceso había comenzado atrás (en la Edad Media), pero culminó con las conquistas hispanas de los siglos XVI y XVII y la colonización posterior de las potencias europeas, desde el siglo XVIII hasta mediados del XX. 

Aliados a conquistadores y colonizadores, los misioneros no pudieron llevar el puro evangelio, buena nueva de comunión universal, abierta de un modo gratuito a los más pobres (sin imposiciones culturales y sociales), sino que fueron a veces portadores de tipo de ideología político-religiosa, al servicio de las grandes potencias que les amparaban. 

            De esa manera, los misioneros corrieron el riesgo de tratar a los «indígenas» como menores de edad, carentes de cultura, ofreciéndoles un cristianismo protegido, como un sistema sagrado que se les imponía desde fuera, sin que ellos pudieran recrearlo libremente, desde sus propias culturas y situaciones sociales. Lógicamente, allí donde ha extendido su mensaje utilizando formas de poder social y político del mundo, la iglesia ha corrido el riesgo de volverse un elemento del mismo poder, vinculado a la intolerancia de los triunfadores. 

Colonización y evangelización. Jesús y los primeros cristianos propagaron el evangelio desde su misma experiencia de humanidad, de un modo gratuito, poniéndose en manos de los pueblos y las gentes a quienes ofrecían su palabra (cf. Mt 10 par). Pues bien, después de haberse aliado al poder, el cristianismo corrió el riesgo de emplearlo para defenderse y extenderse. Así lo hicieron los caballeros teutónicos en la Europa del Norte, los conquistadores hispanos en América y los colonizadores posteriores en África o Asia. La mayoría de los misioneros fueron personas de honradez intachable y realizaron una labor ingente, al servicio de los valores humanos. Pero de hecho su cruz se ha vinculado a la espada del conquistador o al poder administrativo del colonizador de turno, corriendo el riesgo de perder su valor evangélico. 

En general, ofreciendo su evangelio a unos pueblos que parecían cultural y políticamente menos desarrollados, la iglesia pensó que les hacía un bien: la conquista se justificaba porque permitía la evangelización (a pesar de los posibles daños que causara). Pero evangélicamente el fin no justifica los medios y una misión vinculada a la conquista resultaba en sí viciada. Es evidente que la conquista y colonización tuvieron raíces y fines no cristianos, de tipo económico y político, en línea de sistema, de manera que se hubieran realizado aunque no fuera por razones de evangelización. Pero de hecho, al promoverse bajo el patronazgo de los reyes de España y Portugal o la complicidad de los poderes coloniales de Inglaterra o Francia, la evangelización quedó muy viciada, de manera que el cristianismo apareció como una religión de poder, propia de la política y la ideología de occidente. 

   Hubo, sin duda, muchos rasgos buenos, misioneros admirables que entregaron su vida a favor de los pobres. Pero, en conjunto, aquella evangelización pudo volverse dictadura sacral ilustrada: los misioneros sabios actuaron como «padrecitos», dispuestos a ayudar bondadosamente a los «pobres» indígenas. Ese gesto pudo ser socialmente valioso, pero muchas veces resultó cristianamente negativo, contrario al signo de Jesús, que no se impuso sobre los demás por su poder más alto, y contrario a los valores y a la dignidad de los pueblos «indígenas», que eran y siguen siendo portadores de una cultura que la iglesia no ha tolerado o respetado totalmente. 

¿Nueva evangelización, más allá del poder?El tiempo de misión desde estructuras de poder ha terminado, de manera que ahora podemos volver a la raíz de la experiencia cristiana. Estamos en un momento bueno para que los portadores del evangelio puedan recuperar la experiencia que está al fondo de los relatos de misión de Jesús (cf. Mt 10 par), cuando nos dicen que envió a sus discípulos sin otro poder que su palabra y el don de su presencia humana (el don de curaciones). Les mando en desnudez radical, sin más poder que el poder de sus personas creyentes, para compartir la vida con aquellos que les acogieran, sin imponerles estructuras, ni dogmas o verdades hechas. 

El evangelio no tiene más autoridad que la nueva de Dios: el mensaje del Reino que se acerca, la vida que se expresa y despliega allí donde los hombres acogen, entregan y comparten su existencia, de un modo gratuito, en comunicación de amor, como nómadas de un tiempo que está lleno de Dios. Esa autoridad nos impulsa a ser y a decir lo que somos, ofreciendo a los demás nuestra experiencia, dialogando con ellos, sin pedirles ni imponerles nada. Desde ese fondo podemos hablar de una nueva voluntad de vida (=poder), pero no en el sentido que Nietzsche dio a esa palabra, sino desde una perspectiva de creatividad múltiple, abierta a la esperanza. Parece que muchos buscamos solamente poder y evasiones: estamos cansados, sin deseo de vivir. Pues bien, en contra de eso, la primera misión del evangelio consiste en hacernos capaces de recuperar la voluntad de vida, en pluralidad y comunión, en inspiración personal y respeto mutuo, de manera que podamos acoger y expandir gratuitamente la vida que hemos recibido. 

   A veces tenemos la impresión de que algunos eclesiásticos cristianos se encuentran agotados, como aplastados por el peso de la vida, de manera que no tienen más que teorías que ofrecer, dogmas hechos, organizaciones exteriores, construcciones. Pues bien, en contra de eso, el evangelio es deseo de vivir y don de vida, es gozo de nacer y de ser hijos de Dios, en amor mutuo.  

Estructuras y organizaciones vienen, si hace falta, en un segundo momento. El evangelio de Jesús es Presencia y deseo de Reino, es inspiración de Dios y comunión, es palabra de gratuidad y comunión, por encima de todos los sistemas sociales y políticos del mundo. Sobre esta base ha de asentarse la misión de la iglesia. 

Evangelio universal y sistema cultural de occidente. Han existido otros tipos de iglesia y cristianismo: uno judío o judeo-cristiano, otro siríaco muy importante hasta el final de la Edad Media, otro copto y etíope… Pero han quedado marginados a lo largo de la historia, de tal forma que sólo han triunfado y se han impuesto dos muy vinculados: el greco-bizantino de oriente y el latino de occidente (dividido después por la Reforma protestante). Prescindimos aquí, en general, del cristianismo ortodoxo-bizantino; dejamos también algo al margen la tradición protestante y nos fijamos, de un modo más estricto, en el cristianismo de la iglesia occidental católica, muy vinculada a la tradición latina y al sistema político y social de la modernidad. 

            Este cristianismo ha corrido el riesgo de asumir los valores y riesgos la cultura occidental, que ha sido muy creadora, pero que puede volverse y se ha vuelto también destructora, como venimos destacando. Desde ese fondo queremos evocar los riesgos y exigencias de ese pacto del cristianismo católico con la cultura de occidente, para indicar después la necesidad de suscitar un nuevo paradigma de iglesia universal. 

Riesgo de un evangelio occidental e intolerancia del sistema. El despliegue del sistema capitalista, que ha desembocado en el neo-liberalismo actual, se ha realizado teóricamente con la oposición oficial de la iglesia católica (que hasta el Vaticano II condenaba los «derechos humanos»), pero, de hecho, en su conjunto el cristianismo ha pactado y sigue pactando con ese sistema intolerante y portador de muerte. En ese sentido, son muchos los que afirman que el cristianismo se cierra en occidente y que su ciclo de expansión e incluso de existencia ha terminado, sea por secularización (están disminuyendo los cristianos explícitos) sea por rechazo de contra las injusticias del sistema (que se convierte en rechazo del mismo cristianismo). 

Esta afirmación debe, sin duda, matizarse. Contra el sistema se vienen oponiendo, desde antiguo, muchos movimientos de inspiración cristiana, cercanos antaño al socialismo y ahora más abiertos a un tipo de humanismo espiritual. En este contexto podemos citar la teología de la liberación y el mismo magisterio social del Papa Juan Pablo II. 

Sin embargo, en su conjunto, las grandes iglesias parecen inmersas en el sistema occidental, vinculado a la filosofía griega, a la organización romana y, de un modo especial, a la política social y económica del mundo occidental. La cuestión resulta compleja y no pueden trazarse soluciones simplistas. Pero es evidente que el sistema ha brotado en un contexto cristiano (alguien diría judeo-cristiano) y que las iglesias no han opuesto la resistencia que hubiera sido deseable, de manera que, al menos en parte, ellas son responsables de su intolerancia y prepotencia. 

    Ciertamente, existe tolerancia externa: Por primera vez en la historia, el sistema de occidente ha proclamado y quiere defender la libertad formal (religiosa, cultural) de todos, oponiéndose a la visión de las sociedades antiguas (donde la religión se entendía como signo de pertenencia social) y a un tipo de marxismo comunista (que creyó que debía oponerse a las religiones para conseguir la verdadera libertad y justicia humana). Esa tolerancia externa del sistema resulta en sí muy positiva, pues ratifica la libertad de conciencia de los hombres. Pero corre el riesgo de convertirse en una trampa: permite el despliegue de lo religioso, pero como sentimiento privado, de manera que el conjunto de la sociedad, aparentemente libre, corre el riesgo de caer bajo la opresión del sistema. Esa libertad religiosa puede convertirse en una estrategia de inmunización: se la deja libre porque no hace daño (para que no haga daño), mientras la vida social actúa y se despliega según otros principios de lucha y competitividad. 

Una iglesia que no sea ya occidental, creatividad cristiana. Buscamos una iglesia o, mejor aún, un conjunto de iglesias dialogantesque no estén vinculadas a los poderes fácticos de nuestra sociedad (que ha tenido valores admirables, pero que de hecho es portadora de violencia y muerte sobre el mundo). Necesitamos iglesias que se abran y que ofrezcan en todas las naciones su signo de evangelio; unas iglesias con identidad, capaces de abrir un surco de evangelio o buena nueva para los nómadas del tiempo, en estas circunstancias difíciles de cambio radical del paradigma humano. 

El surgimiento de tales iglesias no se puede planear (en la línea de los planes políticos o económicos), pues los valores de evangelio no son algo que pueda medirse, programarse y, al fin, evaluarse con métodos de ciencia. La expansión de la iglesia no se mide en números, ni se valora por el capital de sus organizaciones, sino al contrario: donde la organización crece y triunfa puede desparecer y destruirse la iglesia de Jesús. Apelamos, según eso, a una creatividad cristiana, que sólo puede interpretarse en términos de Espíritu Santo, es decir, de multiplicidad de vida, riqueza de dones y encuentro gratuito entre los hombres. 

   En este contexto resulta secundario (y en el fondo ya obsoleto) el sistema latino de la iglesia occidental y la administración de Curia Vaticana que quiere imponer en todas partes un mismo modelo de jerarquía y pensamiento unificado. La nueva misión del evangelio ya no podrá llamarse occidental ni oriental (aunque en cada pueblo o cultura reciba sus rasgos). Esa misión será simplemente evangélica: brotará de la experiencia de la gracia de Jesús y se expresará en términos de diálogo de amor, sin más condiciones ni tareas que el puro amor gratuito. 

   Hemos vivido por siglos en una situación de evangelio “custodiado”, bajo la protección de jerarcas y patronos encargados de decirnos lo que debíamos que hacer, de manera que la pobre y simple gente no ha tenido capacidad de pensar y vivir el evangelio como algo propio, sin pedir permisos a nadie para hacerlo. En ese contexto, el ser cristiano era un signo de sometimiento, pero no de sometimiento creador al Dios de la libertad, sino de sumisión a unos esquemas eclesiales. 

   Pues bien, hoy podemos encontrarnos ante un tiempo privilegiado de surgimiento eclesial, en clave de evangelio. La caída de formas y estructuras anteriores nos permite abrir el mensaje de Jesús en todas direcciones, de manera que los creyentes de cada cultura y lugar lo puedan expresar como ellos quieran, creando su propia iglesia, en diálogo con los cristianos de otras iglesias y culturas. Se había dicho que la religión se está acabando, pero eso resulta muy dudoso: lo que cae y acaba es un tipo de religión dirigida y marcada desde fuera, por los dirigentes de las grandes estructuras eclesiales, que siguen trazando sus planes, pensando que cumplen una función imprescindible, sin darse cuenta de que han perdido el contacto con la realidad, de manera sus instituciones se encuentran vacías. 

   Esta es, sin duda, una situación de gran riesgo, pues son muchos los hombres y mujeres que parecen abandonados a su propia búsqueda, sin la ayuda de instituciones avaladas por la experiencia de siglos. Pero esta es, al mismo tiempo, es una situación llena de posibilidades creadoras, siempre que dejemos que el Espíritu del evangelio actúe (nos inspire), vinculándonos en comunión unos con otros. Ciertamente, el tiempo es difícil para miles y millones de personas ricas de las nuevas generaciones de occidente, que se encuentran perplejas ante la serie casi infinita de ofertas que presentan los medios de comunicación, las facilidades del sistema. Es tiempo todavía más difícil para millones y miles de millones de personas pobres, incapaces de introducirse de manera creadora en el nuevo orden social, por marginación, pobreza o falta de posibilidades. Pero este puede y debe ser un tiempo bueno para el conjunto de los hombres y mujeres de la tierra desde el evangelio. 

   En este contexto es necesario que la iglesia vuelva a lo esencial, a la Presencia del Espíritu de Dios (Inspiración) y a la experiencia del encuentro inmediato entre creyentes, en gesto de comunicación gozosa, sin exclusivismo sectarios, ni condenaciones de ninguna especie. La iglesia está formada por ese mismo encuentro directo de los hombres y mujeres que se sienten vinculados por Jesús y que recrean, desde ellos mismos, sin jerarquías exteriores, los signos fundamentales del evangelio: el bautismo como nuevo nacimiento, la eucaristía como unión mesiánica con Cristo en la comida compartida. 

              Ante esta urgencia y riqueza de creatividad, resultan secundarios los signos más externos de la iglesia occidental: un tipo de estructuras jerárquicas fijadas de antemano, unos dogmas formulados en clave helenista, un tipo de poder social… Sólo habrá iglesia si podemos volver a la experiencia de Jesús, para recuperar desde ella la gran riqueza de los valores mesiánicos (carismas) y la experiencia de una comunicación personal, de una experiencia de la vida compartida. Eso significa que debemos encontrar o inventar la nueva forma de vinculación cristiana, que no esté la marcada por la jerarquía sacral, la filosofía dogmática y la política imperialista de occidente. 

            Ciertamente, será necesario que vayamos desmontando muchos elementos de nuestra iglesia tradicional. Pero lo que importa no es desmontar en sí, sino recrear el mensaje del evangelio, desde la experiencia de las propias comunidades de discípulos de Jesús, reunidos en diversos lugares del mundo. La iglesia real es la formada por cada comunidad de seguidores que se reúnen en amor, recordando a Jesús y contando de nuevo sus palabras. Pero cada iglesia debe mantenerse en comunión con todas las restantes iglesias, en esperanza de resurrección. 

Comunicación racional, comunión religiosa: nómadas del tiempo. El centro del cristianismo es una experiencia de encarnación: Dios mismo se ha introducido por Jesús en el despliegue de la vida y en la carne de la historia, de manera que su Realidad se hace Presencia fuerte en la frágil realidad de los nómadas del tiempo, que somos los hombres. El Dios a quien los filósofos llaman Inmortal asume así la peregrinación de los mortales, indicando de esa forma que la muerte es una experiencia pascual, lugar privilegiado del despliegue compartido de la Vida. 

            Por eso, el centro de identidad cristiana no es la expectación mesiánica des futuro (como supone cierto judaísmo), ni la experiencia de una soberanía absoluta del Dios siempre trascendente (como añade cierto Islam), sino la marcha o peregrinación de los hombres, enriquecidos por los dones de Dios, que no son puros nómadas perdidos en un tiempo de muerte (que nunca alcanza plenitud), sino presencia encarnada de Dios que se hace tiempo para que en él podamos caminar los hombres. Según eso, la Historia de Dios es nuestra historia y su Camino viene a revelarse como el nuestro. Desde este fondo queremos expresar los riesgos y valores de la comunicación racional y de la comunión religiosa, vistas como caras de una misma identidad humana. 

 B Las razones de la iglesia, una iglesia más allá de las razones. La comunidad cristiana es heredera del camino israelita, asumido y universalizado por Jesús, desde su opción a favor de los pobres y excluidos y desde la experiencia pascual de sus primeros seguidores. Entendida así, ella es vivero del Espíritu, un camino o mapa escatológico que marca unas direcciones o mojones en línea de Reino. Muchos de los discípulos de Jesús pensaron, en un primer momento, que el tiempo de su travesía mesiánica sería cronológicamente muy breve. Pero luego, por la misma tensión de la historia (por el “retraso” de la parusía), fueron advirtiendo que esa «brevedad» escatológica debía interpretarse en otra perspectiva y así se dispusieron para recorrer un camino más largo. 

De esa manera, para instalarse nuevamente en el tiempo, desde el mismo fondo de su experiencia escatológica, la iglesia ha debido pactar y ha pactado con los grandes poderes históricos, especialmente con la sacralidad judía, el pensamiento griego y el orden romano, construyendo un edificio admirable de racionalidad human (sagrada, conceptual y jurídica) en línea de sistema. Ese pacto resultaba necesario y debemos aceptarlo con admiración, pues nos ha permitido ser lo que somos; pero ahora, concluido un ciclo cultural y eclesial que ha estado definido por instituciones y estructuras sociales de occidente (buenas, pero muy parciales y peligrosas en línea de sistema), debemos volver al origen, para recuperar y recrear desde nuestro tiempo la radicalidad escatológica del evangelio. Aquel pacto había sido necesario, pero hemos corrido el riesgo de confundir lo esencial del evangelio con lo accidental de unas estructuras cambiantes de la historia de occidente. 

   La iglesia ha desarrollado muchas «razones» buenas, viniendo a presentarse como institución bien organizada, en sentido sacral, social y espiritual. Pero, en otras circunstancias, acabado un ciclo histórico, casi todas aquellas razones han perdido su sentido y no responden más a las preguntas que plantean hoy los hombres, ni reflejan la tensión del evangelio. Ahora, cambiadas las preguntas e inútiles muchas razones y respuestas que antaño nos parecieron pertinentes, tenemos que volver a la radicalidad del evangelio de la gracia. 

Signo y presencia de gracia, superar el sistema político-económico de poder. No se trata de negar el pasado de la iglesia, pues de su seno nacimos y en él nos hallamos insertos, sino de recrearlo desde nuestra fidelidad al evangelio. Venimos de una historia de glorias y errores, de grandeza y pequeñeces, que han servido de cauce al evangelio y así debemos admitirlo, a no ser que queramos negarnos a nosotros mismos. Sólo se asume de verdad la historia al superarla, no para convertirla en objeto de museo (una curiosidad que miramos desde fuera), sino para recrear de otra manera lo que ella había creado, a partir del evangelio. 

Recrear la historia significa estar dispuestos a reconocer lo pasado, sin querer eternizarlo. No podemos entrar en el futuro con el lastre de aquello que ya ha terminado, manteniendo las instituciones sin cambiarlas. No podemos exportar a los demás lugares de la tierra nuestra iglesia occidental, con su filosofía y su derecho, su organización y sus estilos de liturgia, pues con ello confundimos la esencia con las formas exteriores, la comunión con una imposición social, el agua de la vida y el pan del alimento compartido de Jesús con una ceremonia externa, la libertad creadora del Reino con la uniformidad de unas instituciones pasajeras y parciales. 

   No podemos exportar nuestra iglesia, ni imponerla en otros tiempos y lugares, pues son ellos, los hombres de esos tiempos y lugares, quienes han de hacerlo. Pero podemos y debemos ofrecer a las próximas generaciones (y a todos los pueblos de la tierra) nuestra experiencia original de gracia, que se funda en el mensaje-vida de Jesús, que cada pueblo debe acoger de una manera libre, creadora. Sólo así podemos superar los riesgos del sistema, que pretende imponer su fuerza en todas partes, no por simple estrategia, sino por exigencia de nuestra identidad cristiana, asumiendo de nuevo la experiencia del éxodo israelita y la gracia salvadora de la muerte de Jesús, que es Presencia de Dios en nuestra historia. Salir y morir para vivir, desde el poder de Vida que es Dios: esa es la vocación del evangelio. 

   Para nosotros, privilegiados de la cultura occidental, es fácil criticar el sistema, pero aprovechando sus ventajas; es fácil condenarlo, pero estando dentro. Lo importante y difícil es salir, como hicieron los israelitas de Egipto, lo importante es dejarse matar como Jesús, no por negatividad, ni por simple inconsciencia o «amor al destino», sino por confianza en el Dios de la gracia. Pues bien, estoy convencido de que ha llegado para la iglesia cristiana la hora de la ruptura, la hora de abandonar un sistema de seguridades racionales, para confiar de manera radical en la Presencia radical del Dios de Jesús, en la cons-piración dialogal de su Espíritu. Sólo así podremos ser de verdad los nómadas creadores del evangelio, recreados por el amor de Dios (su propio ser) en el tiempo de la pascua. 

Conclusión. Portadores de la travesía cristiana. Al final de este recorrido teórico queda abierto el tema práctico de quienes pueden ser los pro-motores de esta navegación monoteísta a través del tiempo de Dios (que es el tiempo humano). Este no ha sido un simple periplo, en que al final volvemos al principio (como Ulises), ni un crucero de placer, que nos permite ver islas y costas desde un barco de lujo resguardado. Nosotros mismos somos barco y pasajeros de esa travesía en que vivimos y nos realizamos (o morimos); sólo en ella podemos existir y así queremos que sea creadora y tolerante, capaz de ofrecer también a otros, en este fuerte tiempo de paroxismo y crisis del sistema, unos espacios de diálogo, en respeto mutuo y tolerancia gozosa, contagiosa. 

            Ya no queremos convertir a los «infieles», ni extender las instituciones actuales de la iglesia sobre el orbe de la tierra (como si tuviéramos respuesta para todos los problemas), sino ofrecer el testimonio del Reino, con una palabra narrativa y no demostrativa, con un ejemplo de solidaridad fraterna y fiesta pascual, que nos reúne en forma de comunión a los diversos grupos de cristianos. Queremos ofrecer el gran tesoro de Jesús y hemos de hacerlo de manera humilde y generosa, pues tesoro que se impone acaba siendo obligación y verdad que se demuestra se vuelve banalidad o dictadura mediática. En este contexto podemos y debemos ofrecer un testimonio misionero activo, asumiendo, sin duda, las estructuras del orden eclesial, pero desbordándolas de forma generosa. 

 Riesgo de un cristianismo dirigido. Misión desde el sistema. En estos últimos decenios ha culminado en la iglesia católica un proceso en el que destacaban, como venimos indicando, los rasgos de organización sacral y verdad ontológica. Ciertamente, ella ha ofrecido valores excelente, de manera que ha podido presentarse como «Madre y Maestra» de la humanidad. Pues bien, esos mismos valores se han vuelto ahora un riesgo: ella se ha extendido por el mundo como si tuviera las respuestas ya sabidas, como si pudiera organizar y dar lecciones a los hombres y mujeres de todas las culturas, imponiendo en el conjunto de la tierra una misma moral y liturgia, una teología y organización clerical, que deriva de la tradición latina más que de la experiencia del evangelio. Pero el tiempo de esas buenas lecciones ha pasado. 

Ciertamente, la iglesia ha realizado con estas estructuras ya pasadas una labor admirable de globalización, de manera que ha podido decirse que ha sido el primer sistema mundial, en plano de derecho y administración sagrada. Pero ese mismo triunfo en línea de sistema se ha vuelto una gran debilidad: la iglesia ha corrido el riesgo de entender la unidad como uniformidad, la comunión en Cristo como imposición sagrada, como una dictadura donde todo se impone desde arriba, sin que los individuos y las comunidades puedan expresar el evangelio de manera creadora, a partir de sus propias opciones culturales y sociales. 

   Estoy convencido de que el tiempo del buen sistema clerical, donde se dictan y resuelven los problemas desde un centro que pretende hallarse en comunicación directa con el Espíritu de Cristo, ha terminado, no porque fuera falso, sino porque ha tocado fondo y su cauce de agua se halla seco. Ese sistema no sirve ya para animar y organizar la travesía de esos nómadas del tiempo que somos los humanos. Ciertamente, pervivirá por una etapa, quizá de decenios (¿de siglos?), pero sin sabia interior y sin agua verdadera. La corriente del evangelio discurre por otros cauces de libertad y comunicación, de diversidad y diálogo en los que todos se sientan y sepan creadores. 

 B Camino católico, comunión de nómadas del tiempo. Lo que importa no es la pura tolerancia externa, pues ella puede nacer de la falta de interés o creatividad (como la paz de un cementerio) o volverse al fin intolerante, pues abandona a cada uno de los miembros del grupo en manos de sus posibles carencias o necesidades. Una tolerancia sin solidaridad y comunicación personal acaba siendo experiencia de muerte. Por eso, lo que importa de verdad es la capacidad creadora de vida: que los hombres y mujeres puedan descubrirse enriquecidos por el don de Dios (por su Presencia), de manera que lo expandan y compartan, abriendo un camino de humanidad, en este tiempo amenazado por la muerte. 

El viejo paradigma de un cristianismo sacral, bien centrado en su verdad dogmática y dirigido por una jerarquía que se presentaba como signo del Cristo de la gloria ha sido hermoso, pero ha terminado. Por eso, la estructura actual de la iglesia católica, que culmina en la pirámide de la jerarquía, no parece la más adecuada para expresar la experiencia de Jesús y expandir una forma de vida en comunión y tolerancia. No es que esa haya sido falsa o que carezca de valores. Lo que pasa es que parece que ha perdido la capacidad de anunciar el Reino de Jesús, desde la nueva situación de la historia. Ella puede y debe seguir realizando su función por un tiempo, pero las aguas de la vida y del evangelio van por otros cauces. Por eso resultan necesarios y están surgiendo (quizá han surgido ya), unos nuevos paradigmas de comunicación y fe cristiana. 

    No se trata de un pequeño cambio en la burocracia del sistema, de reemplazar los posibles malos funcionarios por otros mejores o de anunciar un tercer Concilio Vaticano, sino de algo mucho más hondo, de una ruptura interior, por desbordamiento de vida, pues las mismas «ovejas», que parecían incapaces de encontrar por sí mismas el camino, han conocido al Pastor Jesús y dialogan con él de un modo personal, como amigo con amigo (cf. Jn 10, 14; 15, 15), encontrando así el camino. El paradójico rebaño de los nómadas del tiempo se ha vuelto comunión de personas libres, capaces de dialogar, abriendo su diálogo de amor todos los restantes «rebaños» u ovejas de la historia. 

   No se trata, por tanto, de trazar nuevas instituciones, que el tiempo borrará muy pronto, para que los nómadas del tiempo vuelen juntos, sino de dejar que ellos mismos vayan trazando sus propias conexiones, que no serán ya genes de un genoma, ni redes de un sistema, sino palabras de comunión en la que unos transmiten a otros la vida, desbordando los diques de la muerte. Sólo así podrán surgir instituciones que sean testimonio de la creatividad cristiana, portadoras de diálogo en tolerancia, de creatividad en comunión, en un camino donde todos puedan dialogar con todos, superando las mediaciones impositivas de un sistema de jerárquicas establecidas. 

   Todos los cristianos pueden y deben descubrirse portadores de la misma Vida de en Cristo, ministros mesiánicos del Espíritu de Dios. No podemos fijar de antemano las formas de la nueva institución eclesial de los peregrinos cristianos del tiempo, pero sabemos que ellas deben ser recreadas desde el cimiento de la Pascua de Jesús, de forma que ellas mismas sean signo y presencia de una gracia abierta a todos los hombres, en esperanza de resurrección. 

             Estos son los momentos fundamentales de mi diagnóstico cristiano, desde la perspectiva del monoteísmo, en diálogo con el evangelio y los signos de este tiempo de amenaza de sistema y de esperanza de Reino en que vivimos. Este ha sido un diagnóstico de sombras y luces, pero pienso que dominan las luces de esperanza.             

En un determinado nivel, ha triunfado una iglesia que tiende a edificarse a sí misma en forma de sistema, pero su mismo triunfo constituye su derrota, pues allí donde el sistema parece más perfecto resulta más grande su riesgo y su ruina más cercana. Son muchos los que piensan que la iglesia-sistema se ha vuelto intolerante o vacía, como una superestructura organizativa ideológica que administra unos bienes espirituales que han perdido su sentido. Pero en el fondo de esa estructura, como poder que transforma y llena esa vacío, puede y debe revelarse el Espíritu de Cristo, en conspiración plural de Vida. 

Pues bien, más allá de esa iglesia-sistema, que corre el riesgo de volverse prostituta de los poderes del mundo (como ya sabía la tradición cristiana antigua), se eleva y triunfa una iglesia que es libre en Jesús, una iglesia que se funda en la gracia pascual y se expresa en forma de gozo creador y comunicación gratuita, abierta a todos los hombres y mujeres de la tierra. Esta es la iglesia donde los nómadas del tiempo pueden convertirse en liberados en el tiempo, compañeros y amigos, pues no tienen miedo de morir en el camino (pues su camino es ya pascua). 

DOMUND 2021

  – «Lo que hemos visto y oído, no lo podemos callar» (Hechos 4,20) 

Con pleno respeto a la persona humana, a sus creencias y sensibilidades, nosotros los cristianos debemos afirmar con sencillez nuestra fe en Cristo, único salvador del hombre, porque: «lo que hemos visto y oído, no lo podemos callar» (Hechos 4, 20) 

El don de la fe proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte. Por eso, decimos con san Pablo: «No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1, 16). Los mártires cristianos de todas las épocas —también los de la nuestra— han dado y siguen dando la vida por testimoniar ante todos los seres humanos esta fe, convencidos de que cada hombre y mujer tiene necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y nos ha reconciliado con Dios. 

La Iglesia ofrece a los hombres y mujeres del mundo el Evangelio, él cual responde a las exigencias y aspiraciones del corazón humano y que es siempre “Buena Nueva”. La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús, vi no a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para todos los hombres y mujeres que abrieran el corazón a su amor. 

Ala pregunta ¿Para qué la misión? respondemos con la fe y la esperanza de la Iglesia: abrirse al amor de Dioses la verdadera liberación. En él, sólo en él, somos liberados de toda forma de alienación y extravio, de la esclavitud del poder del pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente «nuestra paz» (Ef 2, 14), y «el amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5, 14), dando sentido y alegría a nuestra vida. La misión es un asunto de fe: la misión es el indicador de nuestra fe en Cristo y de cuanto reconocemos su amor por nosotros. 

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una «gradual secularización de la salvación», debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del ser humano, pero de un ser humano a medias, reducido a la mera dimensión horizontal, En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al ser humano entero, abriéndole a los admirables horizontes de la filiación divina. 

¿Por qué la misión? Porque a nosotros, como a san Pablo, «se nos ha concedido la gracia de anunciar a todos los pueblos Las inescrutables riquezas de Cristo» (Ef 3, 8). La novedad de vida en él es la «Buena Nueva» para el hombre y mujer de todo tiempo: a ella han sido llamados y destinados todos los hombres y mujeres. De hecho, todos La buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres y mujeres. 

He ahí por qué La misión, pues además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de La vida de Dios en nosotros. Quienes hemos sido incorporados a La Iglesia hemos de considerarnos privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar La fe y la vida cristiana como servido a los hermanos y hermanas y respuesta debida a Dios. 

P. Jafet Peytrequín, Dir. Nacional OMP-Costa Rica 

Con pleno respeto a la persona humana, a sus creencias y sensibilidades, nosotros los cristianos debemos afirmar con sencillez nuestra fe en Cristo, único salvador del hombre, porque: «lo que hemos visto y oído, no lo podemos callar» (Hechos 4, 20) 

El don de la fe proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte. Por eso, decimos con san Pablo: «No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1, 16). Los mártires cristianos de todas las épocas —también los de la nuestra— han dado y siguen dando la vida por testimoniar ante todos los seres humanos esta fe, convencidos de que cada hombre y mujer tiene necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y nos ha reconciliado con Dios. 

La Iglesia ofrece a los hombres y mujeres del mundo el Evangelio, él cual responde a las exigencias y aspiraciones del corazón humano y que es siempre “Buena Nueva”. La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús, vi no a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para todos los hombres y mujeres que abrieran el corazón a su amor. 

Ala pregunta ¿Para qué la misión? respondemos con la fe y la esperanza de la Iglesia: abrirse al amor de Dioses la verdadera liberación. En él, sólo en él, somos liberados de toda forma de alienación y extravio, de la esclavitud del poder del pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente «nuestra paz» (Ef 2, 14), y «el amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5, 14), dando sentido y alegría a nuestra vida. La misión es un asunto de fe: la misión es el indicador de nuestra fe en Cristo y de cuanto reconocemos su amor por nosotros. 

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una «gradual secularización de la salvación», debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del ser humano, pero de un ser humano a medias, reducido a la mera dimensión horizontal, En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al ser humano entero, abriéndole a los admirables horizontes de la filiación divina. 

¿Por qué la misión? Porque a nosotros, como a san Pablo, «se nos ha concedido la gracia de anunciar a todos los pueblos Las inescrutables riquezas de Cristo» (Ef 3, 8). La novedad de vida en él es la «Buena Nueva» para el hombre y mujer de todo tiempo: a ella han sido llamados y destinados todos los hombres y mujeres. De hecho, todos La buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres y mujeres. 

He ahí por qué La misión, pues además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de La vida de Dios en nosotros. Quienes hemos sido incorporados a La Iglesia hemos de considerarnos privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar La fe y la vida cristiana como servido a los hermanos y hermanas y respuesta debida a Dios. 

P. Jafet Peytrequín, Dir. Nacional OMP-Costa Rica 

Buena Noticia del Dgo 29º-B

La Misión: servir y dar la vida

Lectura del evangelio según san Marcos (10,35-45):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»Contestaron: «Lo somos.»Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.»Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Actualización del mensaje:

Hoy es el dia del DOMUND, el Domingo Mundial de las Misiones.
La Misión de la Iglesia no es otra que la de Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir y a entregar su vida.
Nosotros solemos tener las mismas tentaciones de los discípulos: buscamos el poder, el prestigio y el dominio sobre los demás.
Hoy se nos dice cómo tenemos que ser discípulos, o sea, misioneros:
Se trata de servir como Jesús y a través de nuestro servicio cristiano, las personas lleguen a comprender vivencialmente que Dios es un Padre, que de El no recibimos más que amor y que su voluntad es que seamos felices, viviendo la fraternidad y amándonos unos a otros.

-Cómo fue el servicio de Jesús a los pobres?

¿Cómo vivimos hoy este servicio y entrega a los demás?

-Cómo realizar hoy nuestra vocación misionera?

Un instrumento de paz

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz
que donde haya odio, ponga yo amor.

Donde haya ofensas, ponga yo perdón.
Donde haya discordia, ponga yo unión.

Donde haya error, ponga yo verdad.
Donde haya duda, que yo ponga fe.

Donde haya desesperación,
que yo ponga esperanza.
Donde haya tinieblas, que yo ponga luz

Donde haya tristeza, que yo ponga alegría.
Haz que no busque tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido como comprender;
ser amado como amar.

Porque dando es como se recibe,
olvidándose de sí mismo
es como uno se encuentra a sí mismo.

Perdonando
es como se obtiene perdón.
Muriendo
es como se resucita para la vida eterna.

San Francisco de Asís

Una Misión en El Salvador (4)

Estancia en Ilopango y Dolores-Apulo

Mi estancia en Ilopango acompañando a refugiados y a catequistas 

Después de Navidad el Obispo me manda a la parroquia de San Cristóbal de Ilopango con el P. Fabián Amaya, el Vicario de Pastoral de la Diócesis. Es para que vaya conociendo bien la pastoral que se hace en la Diócesis, antes de encargarme  una parroquia.También varias veces me tocó llevar a algún grupo de niños del refugio de San Roque a bañarse en el lago de Ilopango y así pasar un día felices saliendo del encierro y confinamiento obligado en los sótanos de la Parroquia.

Lago de Ilopango con el volcán Chinchontepec al fondo

Aquí vivo con el diácono Alberto, el “Chilango”, quien me acompañará muchas veces a la comunidad de Apulo, donde está la Casa de Retiros Santa Teresita, que administra la parroquia y el balneario del lago Ilopango, el lago más grande del pais donde solemos ir siempre a bañarnos los lunes, el día libre que tomamos los curas y equipos de pastoral 

También convivo en Ilopango con los PP Franciscanos irlandeses que están en la parroquia de San Bartolo y Guadalupe de Ilopango. Es entonces cuando comenzamos a llamar a Ilopango “la Refinería” de la Diócesis, pues por aquí tienen que pasar todos los curas extranjeros que llegan al país para poder ser convenientemente “refinados”.

Desde Ilopango tengo el encargo de atender Dolores-Apulo y la reubicación «La Esperanza» en Alsino, en la parte sur del lago. Son refugiados de Chalatenango, amigos de Fabián, pues él anteriormente era el Vicario de pastoral de Chalate, antes de ser diócesis.

Don Pío es el motorista que siempre me acompaña cuando tengo que ir a Apulo o a Alsino. Me encanta este hombre pues un deje muy salvadoreño, te cuenta muchas historias de la situación de esos años duros de mucha represión en esa zona.

Así me cuenta, con todo tipo de detalles, dónde vienen a tirar los cadáveres en el camino a Apulo y te enseña el cementerio clandestino en el camino a Alsino, donde está lleno de esqueletos de los torturados y asesinados de la Base Aérea cercana. Me señala de lejos la galera donde se torturaba. Yo mismo fotografié a hombres macheteados y arrojados al basurero al lado del camino junto al cementerio clandestino, pero esas fotos se perdieron cuando entró el ejército en mi casa de La Chacra en la Ofensiva General del 89.

 Algo que aprendí con Fabián en Ilopango

 Fabián dio una charla al Equipo Central de la Parroquia que me sirvió mucho para el futuro del trabajo pastoral. Nos habló del gran avance del protestantismo en América Latina, algo que se  desconocíamos en España. Siempre había oído que la causa era la estrategia política y la financiación económica de Estados Unidos, asumida en los Acuerdos de Santa Fe. Y sin negar esto, Fabián insistió en otra causa que teníamos que tener en cuenta: “El protestantismo ha avanzado tanto porque es un movimiento eminentemente laical. Nosotros, en la Iglesia Católica tenemos  un gran defecto: que somos eminentemente clericales”.

Esto se discutió a profundidad y propusimos hacer una corrección a la pastoral que llevamos y mucho más en España, pues ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello. Pero es verdad, y el Papa Francisco no deja de recordárnoslo continuamente cuando nos dice que aún tenemos una concepción de Iglesia eminentemente jerárquica y  clerical.

Todo esto lo apunté y me propuse tenerlo en cuenta ahora que me voy a encargar de una nueva parroquia, para comenzar bien desde el principio y no tener que quejarnos después. Pues los comienzos son muy importantes: van a definir la línea de trabajo en el futuro. Así que tenía claro que serían las líneas prioritarias de la pastoral de la nueva parroquia: la prioridad del sentido comunitario y promover una Iglesia más laical y menos clerical. Tener más en cuenta a los laicos, sus capacidades, iniciativas y aportaciones. No meterlos en muchas cosas, sino en poquitas, pero priorizar su formación, su crecimiento como personas, como ciudadanos y como cristianos, que tengan iniciativas y sean sujetos de su propia historia y la historia del pueblo que se está fraguando en esta situación de guerra civil. Acentuaré más la participación de todos y la responsabilidad de todos en la construcción de la nueva parroquia y de la nueva sociedad que está surgiendo.

Mesa Grande, el mayor refugio de salvadoreños en Honduras

 En esos días tuve la ocasión de ir con Rosario Carrasco al refugio de Mesa Grande, uno de los grandes refugios salvadoreños ubicados en Santa Rosa de Copán, Hoduras. Después va a ser de los primeros refugiados que van a regresar al pais para asentarse en Santa Marta, Cabañas y en Copapayo, Cuscatlán.

Queríamos ver a Rodolfo, misionero seglar navarro y presidente de AMS (Asociación Misionera Seglar), a la misma que pertenece Rosario. El es quien nos enseña todo el campamento, donde hay más de diez mil refugiados, atendidos por ACNUR, de las Naciones Unidas. Allí también nos encontramos con Jorge Pozuelo y con otros voluntarios españoles. Y con el P. Gerardo Poter, dominico alemán, con quien después tendría el gusto de trabajar pastoralmente en la Vicaría de Soyapango, en la parroquia de Credisa, como vecino de nuestra Parroquia en La Chacra.

Fabián me encarga también de atender los sábados a los catequistas de la Diócesis en el colegio de la Asunción en la 1ª Calle Poniente. Ese año me tocó desarrollar el curso de Cristología, pero ya no quisieron que siguiera el curso próximo porque me acusaron que lo hacía “desde la teología de la liberación”; pero la verdad era que los obispos tenían algo de miedo pues desde Roma habían llegado instrucciones de  «peligros graves» de ese tipo de teología. Pero esta experiencia me sirvió mucho para conocer a los catequistas de las distintas parroquias de la Diócesis pues después de la guerra se pudo impulsar con ellos los talleres de Lectura Popular de la Biblia, cuando organizamos el grupo de BIPO (Biblistas Populares de El Salvador).

Tomando el baño de la mañana en el lago y paseando con Manuel en su cayuco

La fe es un regalo de Dios, no una carga

Tagle: «La vacuna contra el narcisismo y la autosuficiencia es salir de nosotros mismos»

«Es importante decir que el Papa Francisco no está en contra de la eficiencia y los métodos que pueden hacer nuestra misión fructífera y transparente. Pero nos advierte del peligro de ‘medir’ la misión de la Iglesia usando sólo estándares y resultados predeterminados por modelos o escuelas de administración»

«La organización eclesial más eficiente puede terminar siendo la menos misionera»

«Creo que un gran desafío es cómo ayudar a nuestros fieles a reconocer que la fe es un gran regalo de Dios, no una carga. Si somos felices y enriquecidos por nuestra experiencia de fe, entonces compartiremos este don con otros»

27.05.2020 | Alessandro Gisotti

(Vatican News).- Un impacto beneficioso para dar un nuevo impulso al compromiso misionero de la Iglesia. A una semana de la publicación del Mensaje del Papa Francisco a las Obras Misionales Pontificias (OMP), el Cardenal Luis Antonio Tagle se detiene con L’Osservatore Romano y Vatican News en los puntos clave del documento, que ha tenido un amplio eco en la Iglesia y no solo.

Para el Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos es necesario poner en práctica lo que el Papa pidió: redescubrir el auténtico espíritu misionero no apoyándose en prácticas que, bajo la apariencia de eficacia y éxito, alejan del corazón de la misión: el anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos.

El mensaje de Francisco a las Obras Misionales Pontificias (OMP) ha sido ampliamente enfatizado mucho más allá del horizonte de aquellos a quienes estaba destinado. Una vez más el Papa destacó lo mucho que la misión está en el centro de la vida y de la identidad de la Iglesia. ¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de este mensaje?

Hay muchas cosas que me fascinaron del mensaje del Papa Francisco a las Obras Misionales Pontificias. Me gustaría mencionar algunas de ellas. En primer lugar, el Santo Padre había aceptado la invitación de dirigirse a los Directores Nacionales de las POM durante su asamblea general que debería haberse desarrollado en mayo de este año. Debido a la pandemia, la asamblea fue cancelada. Pero en lugar de tomar la cancelación de una audiencia como una ocasión de reposo, el Papa decidió en cambio escribir y enviar un mensaje. Para mí, este documento no sólo contiene las palabras y las ideas del Papa, sino también su pasión por la misión y su preocupación por las OMP. Al leer el documento, deberíamos ponernos en escucha de su alma, de su entusiasmo, de sus esperanzas y preocupaciones. En segundo lugar, creo que aunque el mensaje está dirigido específicamente a los Directores Nacionales de los OMP, el Papa quiere que toda la Iglesia, todo el Pueblo de Dios, lo lea, lo estudie y lo medite. Servirá de guía para los Directores Nacionales. Sin embargo, también servirá como un instrumento para un examen de conciencia de toda la Iglesia sobre el espíritu y el compromiso misionero. Seguir leyendo

La misión del cristianismo

Pedro Serrano García

A diferencia de los escribas del judaísmo y de otros maestros del paganismo, JESÚS no solamente enseñaba a discípulos varones, sino que también promocionaba a sus discípulas mujeres. No para hacer de ellos y ellas un grupo selecto, una casta de consagrados, sino para que comunicaran a los pueblos la Palabra misericordiosa de Dios desde la sencillez de vida.

El estilo de la predicación de Jesús era original, pues no lo hacía desde un lugar fijo, sino itinerante; no esperaba a que vinieran la gente a escuchar su predicación, sino que él iba a las aldeas y pueblos a hablarle del Padre-Dios y de su Reino de vida y justicia que había llegado con él; tampoco habló desde un poder político o religioso, sino desde la humildad de ser un ciudadano más como los sencillos trabajadores y campesinos; predicaba no como afortunado rico, sino desde una vida austera y empobrecida: “hasta las zorras tienen madriguera y los pájaros nidos, mientras que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,19-20).

En el mensaje de JESÚS, como a cualquier orador, se puede distinguir forma y contenido. En cuanto a la forma, solía explicar el mensaje de Dios sobre el Reino, en parábolas o usando aspectos e imágenes culturales, de costumbres y quehaceres de la vida sencilla de los hombres y mujeres de su tiempo. En cuanto al contenido, al mismo tiempo que se basaba en la Sagrada Escritura, era verdaderamente original, estando su fuerza principal en el amor a Dios y a los hombres; es decir, ‘amando a los hombres que vemos, lo creamos o no, estamos amando a Dios que no vemos’ (1Jn 4,20).

Para JESÚS, no basta la Palabra de Dios que han de anunciar los cristianos, sino que deben de acompañarla con acciones solidarias y fraternales, “por los hechos se les conocerán que sois mis discípulos” (Mt 7,16), les decía a los doce amigos y a las amigas que compartían su vida. De ahí el dicho popular: “obras son amores, y no sólo buenas razones”. Seguir leyendo

Una cultura del cuidado

Arturo Sosa, General de los jesuitas: “Hay que construir una cultura del cuidado”

Arturo Sosa, General de los jesuitas

  • “El cuidado requiere ‘procesos de apertura’ de la mente y de conversión para liberarnos del clericalismo, el paternalismo, el individualismo y el autoritarismo, que se encuentran en tantos contextos hoy en día”

«La misión es más grande que la Compañía, más grande que la Iglesia. No podemos reducirla»

«Las estructuras injustas de nuestro mundo han incapaces de poner a los seres humanos y al Bien Común en el centro de las decisiones políticas locales, nacionales o globales” Arturo Sosa

“El abandono de la naturaleza quedó al descubierto durante la pandemia de COVID-19. Seguir descuidándola es la mayor de las irresponsabilidades»

02.05.2020 | Jesuitas

(Curia general de los jesuitas).- La pandemia ha acelerado la transformación de la vida humana, poniendo de relieve la importancia del cuidado en muchas dimensiones de la vida y al mismo tiempo el abandono acumulado durante décadas en las relaciones entre los seres humanos, con la naturaleza, con Dios. Dar lo mejor de uno mismo en este momento es, por discernimiento y Preferencias Apostólicas Universales, cuidar de la vida espiritual de uno, de la vida de los desposeídos, aumentada exponencialmente, de los jóvenes, de la creación. Esto es lo que subrayó el Padre Arturo Sosa SJ en la apertura del seminario por Internet, celebrado el 1 de mayo en inglés (y la víspera en español) en referencia a la carta sobre «atención apostólica y cura personalis» enviada a toda la Sociedad el 25 de marzo.

“Cuidar la vida de los desposeídos adquiere un profundo significado, aumentando exponencialmente en esta pandemia como consecuencia de las injustas estructuras de nuestro mundo, incapaces de poner a los seres humanos y al Bien Común en el centro de las decisiones políticas locales, nacionales o globales”, dijo.

Y añadió: “El abandono de la naturaleza quedó al descubierto durante la pandemia de COVID-19. Seguir descuidándola es la mayor de las irresponsabilidades de una humanidad que se ha enfrentado a su fragilidad y ha recibido una lección estruendosa sobre la necesidad y la posibilidad de reaccionar como la única humanidad que somos sin distinción de cultura, edad o religión”. Seguir leyendo

Mondoñedo-Ferrol: Plan Diocesano de Unidades Pastorales

El plan de renovación de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol: de 422 parroquias a 24 unidades pastorales

El obispo de Mondoñedo Ferrol, a la derecha, durante una visita pastoral a Guitiriz (Lugo) en diciembre de 2019. Foto: Diócesis de Mondoñedo-Ferrol

La propuesta busca constituir comunidades cristianas en las que se integre un un número suficiente de bautizados, pertenecientes, en muchos casos, a distintas parroquias, con el acompañamiento de sacerdotes. Una nueva estructura para dar respuesta a los desafíos actuales y ser «una Iglesia verdaderamente misionera»

La diócesis de Mondoñedo-Ferrol acaba de lanzar un ambicioso plan que va a cambiar la estructura de la diócesis. Se trata del Plan Diocesano de Unidades Pastorales, un proyecto elaborado en continuidad con el trabajo realizado en la diócesis gallega en los últimos años y que quiere ser, en palabra Luis Ángel de las Heras, el obispo diocesano, «un medio para llegar más lejos» y «una perspectiva para afrontar el futuro».

Así, lo más relevante de este proyecto, que ahora se encuentra en al fase de comunicación, es la nueva organización diocesana, cuya entidad de referencia ya no será la parroquia, sino la unidad pastoral (UPA). «Las 422 parroquias de la diócesis no pueden continuar configurando nuestra Iglesia particular de la misma manera que en tiempos pasados por razones evidentes. En el plazo de algunos años será necesario constituir un número de UPA –este plan propone 24– como parte de la respuesta que tenemos que dar ante la realidad», recoge el plan.

Una realidad que parte de la base de que la Iglesia ha perdido relevancia en el contexto social y cultural actual y que la población ya no es mayoritariamente católica. «Esta situación exige realizar muchos esfuerzos, que no darán fruto si nos limitamos a tratar de mantener una Iglesia de atención parroquial con escaso número de fieles y cada vez menos sacerdotes, en ambos casos con una edad avanzada. Constatamos que tampoco somos capaces de atender bien todas las parroquias, ni hay un número suficiente de feligreses que puedan sostener la vida parroquial en todas sus dimensiones», añade.

Por ello, desde la diócesis se insiste en que esta iniciativa debe entenderse «como parte de la renovación que el Papa Francisco nos urge a llevar a cabo en aras a poner en pie nuestros días una Iglesia verdaderamente misionera». Se trata, añade, de una llamada a la transformación misionera, a abandonar inercias y costumbres para vivir y transmitir la alegría del Evangelio.

Desde esta perspectiva, el plan recoge algunos retos: ir al encuentro de los que se fueron o de los que nunca han venido a la Iglesia y mostrarles a Jesucristo; reavivar la vida cristiana de los ya creyentes y ofrecer de manera accesible y atractiva el don de la fe a los no creyentes; aplicar más la Doctrina Social de la Iglesia y dar a la misericordia la prioridad que debe tener; revisar la vida litúrgica para cuidad y vivir las celebraciones…

Desafíos que marcan el camino hacia una Iglesia nueva y hacia el modelo de una diócesis «constituida por comunidades cristianas en las que se integre un número suficiente de bautizados, pertenecientes, en muchos casos, a distintas parroquias, con el acompañamiento de los sacerdotes que tenemos».Y añade: «Comunidades cristianas en las que la identidad y pertenencia a la Iglesia se vean configuradas por la fe, la experiencia de Dios, la voluntad de formación y la determinación por un compromiso creyente. Por tanto, una identidad y pertenencia a la iglesia que rompe los límites de la propia parroquia».

Un camino que tendrá como hoja de ruta los Hechos de los Apóstoles como «ejemplo paradigmático a la hora de impulsar comunidades cristianas en tiempos nuevos y retadores».

La organización de las UPA

A nivel organizativo, cada UPA, donde se integrarán las actuales parroquias, contará con Centros de Atención Pastoral (CAP), esto es, lugares de referencia a donde los fieles podrán desplazarse para la celebración de la Eucaristía dominical y momento significativos de todas las parroquias. Ya no será el párroco el que se desplace: «Afortunadamente, tenemos suficientes templos cercanos a todos los lugares de residencia para celebrar la Eucaristía y expresar la comunión de la Iglesia».

Además, el plan recoge que se apoyará y facilitará que haya momentos durante la semana para rezar o tener alguna celebración de la Palabra siempre que haya un número suficiente de laicos. También contempla que las fiestas de los titulares de cada parroquia se celebre, en la medida de las posibilidades, en su propio templo.

Itinerario

El plan que ahora se presenta seguirá un itinerario en cuatro fases. En la primera, que se desarrolla en estos momento, se está llevando a cabo una campaña general de sensibilización, diálogo, formación y corresponsabilidad. Más adelante,  el obispo realizará la encomienda de cada UPA (segunda fase), se constituirá su Consejo Pastoral (tercera fase) y se elaborará un proyecto pastoral para cada una de ellas (cuarta fase), que tendrá en cuenta objetivos, medios, tiempos, responsables, evaluación y seguimiento.

«Las Unidades Pastorales son un medio, no un fin. Se trata de un instrumento que nos ayuda y ayudara a responder y alumbrar ese modo de ser y de edificar la Iglesia, un instrumento más para que tenga lugar la transformación misionera de nuestra Iglesia de Mondoñedo-Ferrol. […] Este plan es una ocasión hermosa y propicia para hacer efectiva y real la conversión misionera», afirma Luis Ángel de las Heras.

Fran Otero

 

Plan Diocesano de Unidades Pastorales

Luis Ángel de las Heras: «No podemos sostenernos como Iglesia con esta estructura»

La diócesis de Mondoñedo-Ferrol acaba de lanzar el Plan Diocesano de Unidades Pastorales, que supondrá pasar de 422 parroquias a 24 unidades pastorales. Hablamos con su obispo, el claretiano Luis Ángel de las Heras, de esta iniciativa que, además, va a servir para organizar la vuelta a los templos durante esta pandemia y que ya ha suscitado el interés de algún obispo. Será «un medio para llegar más lejos»

¿Por qué es necesario un plan de estas características?

La misión de la Iglesia no permite paños calientes… Es algo crucial en lo que nos jugamos mucho. Hemos elaborado este plan después de analizar la realidad social y eclesial de la diócesis y reflexionar cómo podemos y debemos responder con una perspectiva de futuro. En la diócesis llevan funcionando las unidades pastorales (UPA) desde hace años. Sin embargo, ha llegado el momento de reconocer que todas las parroquias pasan por situaciones similares, aunque haya diferencias sustanciales entre las zonas rurales, las de costa y las urbanas. Este reconocimiento nos ha llevado a una reorganización de estructuras pastorales y puede ser el fundamento de una reforma organizativa más profunda si es necesaria y conviene hacerla en el futuro.

¿Se consideran pioneros?

No nos consideramos pioneros. Los planes de UPA existen en todas partes y quizá haya alguna diócesis que vaya por delante. No hay ninguna competición. Aquí hemos querido señalar que es algo para todas las parroquias, evitar agravios comparativos y presentarlo como un modo de caminar juntos todos los diocesanos con el mismo horizonte.

¿Le ha pedido algún obispo el plan?

Me lo ha pedido un hermano obispo de Portugal que se enteró de la difusión que hacíamos y me escribió enseguida. En su diócesis están realizando también una reorganización por medio de UPA a gran escala. Nos hemos conocido en los encuentros de obispos del norte de Portugal y Galicia, de las provincias eclesiásticas de Braga y Santiago.

¿Cómo se agrupan 422 parroquias en 24 unidades pastorales?

Se hace teniendo en cuenta, como es lógico, diversos factores. Los concellos a los que pertenecen, el número de habitantes que agrupa una UPA, las poblaciones hacia las que tienen tendencia los vecinos de las parroquias. El resultado final de 24 ha sido producto de combinar todos estos elementos.

¿Cómo ha sido el proceso hasta llegar aquí?

El proceso comienza hace mucho tiempo. Tenemos que remontarnos a la primera experiencia de equipo y unidad pastoral hace más de 30 años. Han sido experiencias ricas de trabajo en equipo y configuración de comunidades cristianas vivas y comprometidas, aunque con diferencias de proceso y resultado. Han llegado hasta nuestros días con el bagaje de una trayectoria en la que se ha aprendido mucho de aciertos y fallos, y que ha propiciado que haya sacerdotes y laicos que miran al futuro con fe y esperanza por este camino.

Cuando llegué a la diócesis en 2016 y nos propusimos realizar el plan diocesano de pastoral. Hubo muchas aportaciones de grupos de laicos, sacerdotes y personas consagradas que contribuyeron a hacer el análisis de la realidad y descubrir los desafíos evangelizadores, las debilidades y las fortalezas de la diócesis. De ese trabajo sinodal surgieron propuestas para caminar como Iglesia particular y una de ellas fue la de avanzar en la reforma de las estructuras, que exige la conversión pastoral tal y como señala Evangelii gaudium.

En 2017 ya nos pusimos a estudiar el diseño de lo que denominamos «mapas» de las unidades pastorales para toda la diócesis. Les pedí a los sacerdotes que lo estudiaran en cada arciprestazgo, pues ellos conocían bien las parroquias y el territorio diocesano. En reuniones arciprestales se han ido elaborando y modificando esos mapas por arciprestazgo y, finalmente, hemos podido ofrecer un «mapa general» para toda la diócesis en el plan que presentamos ahora. Como decimos en la introducción del documento, caminar hacia un lugar nuevo nos exige elaborar mapas.

¿Qué ventajas tiene esta organización?

Responde al objetivo general de nuestro plan diocesano pastoral, que llamamos plan para la misión, y que es «la transformación misionera de nuestra Iglesia diocesana de Mondoñedo-Ferrol, en comunión con la Iglesia Universal y en estado permanente de misión». El plan se llena de sentido y contenido con este objetivo misionero que implica conversión personal, pastoral y misionera.

Una de las ventajas que hemos de descubrir es que se trata de una alternativa factible a una estructura organizativa pastoral que no es sostenible en la actualidad, por la disminución de miembros de la Iglesia y su edad avanzada. Hay que recordar que esto se da tanto en sacerdotes, como en consagrados y laicos. A esto hay que añadir la dispersión de las parroquias en nuestro territorio y, por otra parte, la necesidad de aumentar la identidad y el compromiso de los bautizados como discípulos misioneros de Jesús.

Además, en aras de ese objetivo de transformación misionera, tiene la ventaja de ser un medio de reorganización que nos puede llevar a un nuevo modo de acercamiento a la Iglesia, de participación corresponsable, de formación imprescindible, de celebración comunitaria de la fe con profundidad y sentido, de compromiso coherente con los más necesitados. Todos esto es lo que nos permitirá hacer y ahora se hace difícil. Lo que se puede percibir como disminución o debilidad –que no propicia el plan, sino que es una realidad actual– es un camino de fortalecimiento y continuidad de la Iglesia y una Iglesia misionera.

En el texto se habla de un nuevo modelo de comunidad, al estilo del que aparece en los Hechos de los Apóstoles…

Pienso que ese debe ser el modelo de las comunidades cristianas que hemos de ir alumbrando. Ojalá lográramos esa vuelta a los orígenes, con la frescura, la autenticidad y la parresía de los primeros cristianos: fuertes en la fe, movidos por la caridad con los demás, llenos de esperanza, discípulos misioneros de Jesucristo y testigos suyos dispuestos incluso al martirio.

Como todo cambio, implica renuncias a nivel comunitario y personal. ¿Ha habido resistencias?

Implica renuncias, pero cuando se dialogan, se ven razonables y razonadas. No obstante, hay resistencias, claro, y las habrá. Es lógico y hay que comprenderlo. Hemos dicho muchas veces que si alguien tiene un plan mejor que lo proponga. Pero no ha habido alternativas y ya he dicho que no podemos sostenernos como Iglesia particular con esta estructura. En algunos casos, aunque hubiera más sacerdotes, tampoco podríamos convocar un número suficiente de bautizados para formar una comunidad cristiana parroquial. Hay que ayudar a descubrir las ventajas que hemos señalado antes.

¿Cómo lo ha recibido el clero? ¿Y los fieles?

Cada cual lo ve según su situación y según le afecta, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos. Hay resignación, hay ilusión, hay resistencia, hay convicción, hay pena, hay esperanza… Se percibe añoranza de otros tiempos, aunque ya se ha llegado a la certeza de que no van a volver. Los sacerdotes quieren continuar su servicio ministerial hasta el final. Están dispuestos a colaborar en lo que puedan. Algunos reconocen que no están preparados para lo que estamos presentando, pero tienen buena actitud. Otros saben que estos cambios ya casi no los van a ver. Pero yo destaco, sobre todo, el interés por colaborar, por apoyar, por dejar que se vaya realizando, por formar parte corresponsable del plan tanto en los laicos como en las personas consagradas, como en los sacerdotes.

¿Cuáles son las fases de aplicación?

El confinamiento a causa de la pandemia ha afectado en el sentido de que habíamos programado realizar presentaciones del plan convocando a todos los que quisieran asistir por arciprestazgos y no ha sido posible. Por eso hemos preparado el texto del plan y un breve vídeo explicativo y los hemos enviado por correo electrónico y mensajería telemática, de modo que lo reciban y conozcan un buen número de diocesanos, comenzando por los más implicados. Aún queda tiempo para completar esta difusión y seguirá esta fase de sensibilización, con encuentros de diálogo y formación, que será una formación continua, invitando a asumirlo corresponsablemente.

Después, está previsto que el Equipo de Acompañamiento del Plan Diocesano de UPA revise el momento en el que se encuentran las que ya vienen funcionando hace años y las que están en proceso de configuración. También llegará la encomienda del obispo para iniciar el proceso de alguna otra nueva, misión que se irá dando paulatinamente en todas. Esto dependerá de las posibilidades que tenga el Equipo de Acompañamiento. Queremos que sean procesos acompañados. En cada UPA tendrá que darse un momento de constitución del consejo pastoral y después vendrá la elaboración del proyecto pastoral.

¿Tienen algún horizonte temporal para que estén todas las Unidades Pastorales implantadas?

Hemos calculado que dentro de ocho años estará muy avanzada o casi completada su implantación. Es un margen de tiempo que nos permitirá dar pasos adecuadamente, pero se pueden dar situaciones que aceleren el proceso o lo retrasen; sólo Dios sabe.

Utilizarán el plan para la vuelta a los templos tras el desconfinamiento… ¿Será un modo de probarlo?

El plan es también un mapa, como ya he explicado detenidamente, y nos orienta en el camino. Efectivamente, en esta encrucijada nos ha servido para tomar como referencia las iglesias indicadas en los Centros de Atención Pastoral para la reapertura del culto público que estamos llevando a cabo. En este sentido va a servir de ensayo y ha sido ya útil en la organización diocesana de este momento inédito que confiamos no se repita.

¿Cree que este modelo se va extender en las sociedades más secularizadas como la nuestra?

De momento es el modelo que estamos siguiendo todos y, ante los mismos retos, se irán extendiendo respuestas similares. Hay que afrontar los desafíos con realismo y con audacia, con nuevos modos de vivir y celebrar la fe, sin dejarnos esclavizar por una nostalgia paralizante o por una resistencia a la conversión que nos haga dejar todo como está, aunque sepamos que no ha de ser así. Considerándolo todo, creo que es un modelo transitorio que va perfilando no solo una nueva estructura organizativa, sino un nuevo modo de ser y edificar la Iglesia en estado permanente de misión, con la alegría del Evangelio por el gozo del encuentro con Cristo.

Fran Otero