San Óscar Romero y Jorge Mario Bergoglio, hermanos en el conflicto


  Fray Oswaldo Escobar, OCD. Obispo de Chalatenango (El Salvador)


Dentro de la Iglesia muchas veces vivimos con dramatismo algunos sucesos. Quisiéramos que el Espíritu Santo nos guiara de una manera lineal o en ascenso progresivo, a la vez quisiéramos un mundo sin complicaciones ni vericuetos. Nos duelen tantos acontecimientos y llegamos a cuestionar muchas tomas de decisiones de jerarcas, y algunos en el sinsabor llegan hasta la indignación. Pero, sin querer caer en espiritualismos, se nos olvida que el momento presente no es el último.


El Señor es el Dios de la historia. Nuestra realidad finita no alcanza a vislumbrar cómo Dios hará que prevalezca la verdad de los suyos. Muchos han padecido la difamación y en no pocos casos han muerto como indeseables. Sin embargo, el Señor mismo que desea dejar la historia ordenada con el tiempo hace que aparezca la verdad y podríamos cantar al unísono con el salmista: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares” (Salmo 125, 5). Esta es la experiencia de san Óscar Romero, y quiero ofrecer aquí algunos datos que a lo mejor no son conocidos.

En el siglo pasado, la década de los 80, fue un decenio de mucho sufrimiento eclesial. Los cambios del Concilio Vaticano II se concretizaban en nuestra América Latina, pero las confrontaciones, difamaciones, exilios, deportaciones y martirios se realizaron con frecuencia; las reformas conciliares fueron bañadas con sangre en muchos países.

Quarracino y la Iglesia salvadoreña

Monseñor Antonio Quarracino, obispo de Avellaneda (Argentina), sin pretenderlo tuvo que incursionar en la historia de la Iglesia salvadoreña y, más concretamente, en la vida del arzobispo Óscar Arnulfo Romero.

San Juan Pablo II fue constantemente mal informado de lo que sucedía en la Iglesia salvadoreña. Sopesando la información recibida, tomó la decisión de enviar como visitador pontificio a monseñor Quarracino. Su tarea será examinar la tarea pastoral del arzobispo Romero. Muchas acusaciones había contra el hoy profeta, mártir y santo, algunas habían llegado a las oficinas vaticanas por medio de autoridades gubernamentales y otras por hombres de Iglesia.

Apoyo a la casusa de monseñor Óscar Romero

Quarracino estuvo una semana en El Salvador, el país por entonces era un hervidero de movimientos sociales que propugnaban un cambio en el sistema injusto. La propaganda oficial denominaba a todos estos grupos como “comunistas”; sin embargo, había un amplio abanico de posturas: desde cristianos bien formados, a veces en Lovaina, que hacían vehementes llamados para un cambio en el sistema; y los había, claro está, grupos vinculados a movimientos insurreccionistas que promulgaban la lucha armada.

Visita apostólica

Quarracino, en mi humilde opinión, no logró comprender toda la problemática social del país; en su Argentina de nacimiento pasaban cosas similares, pero con raíces muy diversas. Su visita fue de lo más discreta, se entrevistó con algunos personajes relevantes de aquellos tiempos. Antes de que concluyera la tarea el visitador, san Óscar Romero manifiesta en su ‘Diario’ bastante optimismo sobre lo que podría ser el resultado de la visita. Cenando con unos amigos, en un ambiente muy íntimo, narra lo siguiente:

“Conversamos también en forma muy confidencial sobre la visita apostólica que durante esta semana se está realizando en nuestra Arquidiócesis. Ha venido monseñor Quarracino, de la Diócesis de Avellaneda de Argentina, trayendo la comisión de parte de la Santa Sede, de la Sagrada congregación para Obispos, de realizar una visita apostólica que dé razón de la pastoral de nuestra Arquidiócesis. Se pregunta de manera especial de las relaciones con el obispo auxiliar [se refiere a mons. Marco René Revelo, el cual se manifestaba adverso a las líneas pastorales de su obispo, pero a veces eran más bien ataques personales y no tanto cuestiones pastorales]. Sé que han llegado muchas personas a dar testimonio de la pastoral de nuestra arquidiócesis y que el resultado de la visita me parece, hasta ahora, muy positivo” (‘Diario’, 19 de diciembre de 1978).

Intervención de la Santa Sede

En su ‘Diario’, Romero trata escuetamente la secuencia de esta visita, hay alusiones, pero adolecemos de un juicio global por el ahora santo. Lo que sí es cierto es que, contemporáneamente a la visita de Quarracino, las oposiciones a Romero se caldeaban. Sus hermanos en el episcopado salvadoreño, salvo monseñor Rivera, estaban en completo desacuerdo con las iniciativas pastorales romerianas, incluso pretendían sacar del Seminario San José de la Montaña a los seminaristas de la arquidiócesis y quedarse solo las diócesis que pensaban de una forma similar. En aquella ocasión, el hoy convertido en el primer cardenal salvadoreño salvó la zancadilla lanzada en contra de Romero y sus seminaristas. El profeta y santo cuenta así el hecho:

“Por la tarde, durante la cena, interesante entrevista con el rector del Seminario, padre Gregorio Rosa, quien me informó de las actividades de los otros señores obispos acerca del Seminario, en el cual se quiere educar únicamente a los seminaristas de las diócesis sufragáneas, eliminando así al grupo de la arquidiócesis que, según los otros señores obispos, es el que causa problemas. Naturalmente, el equipo del Seminario reaccionó en forma muy eclesial diciendo que estaban al servicio de la Iglesia en la formación de los sacerdotes y que había una intervención de la Santa Sede que quería un Seminario interdiocesano. Me alegré de esta reacción eclesial del equipo, lo mismo que de los informes que se dieron al visitador apostólico que estuvo investigando la actuación del arzobispo y la pastoral de la arquidiócesis” (‘Diario’, 3 de enero de 1979).

La visita pontificia no fue nada favorable para Romero. En el obispo de Avellaneda prevaleció una imagen negativa sobre nuestro santo. A pesar de que muchos ofrecieron informes positivos sobre el arzobispo, la conclusión fue que Romero incitaba a la rebelión y que los sacerdotes más cercanos a él iban en la misma línea. El visitador sugirió que en El Salvador debía nombrarse un “administrador apostólico sede plena”. En otras palabras, el Vaticano debía intervenir directamente a la arquidiócesis y deponer al que estaba siendo investigado. Romero resume el informe en las siguientes líneas:

Quarracino, el cual reconoce una situación sumamente delicada y quien recomendó como solución a las deficiencias pastorales y a la falta de unidad entre los obispos, un administrador apostólico, sede plena” (‘Diario’, 7 de mayo de 1979).

Entrevista con Juan Pablo II

Para el mes de mayo del año siguiente, Romero peregrinará a Roma con ocasión de la beatificación del fundador de las Dominicas de la Anunciata, el P. Coll. Pero también pretende entrevistarse con Juan Pablo II para aclarar el cúmulo de acusaciones en su contra, llevando una abultada documentación. Después de unos intrincados trámites para adquirir la cita con el Papa, este le recibe el 7 de mayo [Para una visión global sobre este viaje y entrevista con el papa Juan Pablo II, recomiendo la lectura del ‘Diario’ de nuestro santo. Los días a considerar son del 28 de abril al 9 de mayo de 1979].

Sin embargo, este artículo no pretende ahondar ni en la visita de Quarracino a El Salvador ni tampoco en la visita de Romero a Roma. Lo que me interesa recalcar es la persona de Quarracino. La razón es la siguiente: Quarracino, siendo posteriormente arzobispo de Buenos Aires, conoció por circunstancias que la Providencia prepara a un ex provincial jesuita arrinconado en una residencia para ancianos y enfermos en Córdoba (Argentina). Su nombre era el P. Jorge Mario Bergoglio.

El servicio de la autoridad en muchas ocasiones es sumamente complejo. El P. Bergoglio, en su provincialato había tomado decisiones firmes, incluso hasta el cierre de alguna presencia. Todo ello ocasionó en algunos de sus hermanos una inconformidad hacia su persona. Córdoba fue una especie de exilio para el ex provincial jesuita, además de vivir una auténtica noche oscura ante sus hermanos, la vivía también en su propio interior.

Auxiliar de Buenos Aires

Quarracino quedó deslumbrado con la personalidad del P. Jorge Mario Bergoglio, y fácilmente pensó en él como un futuro obispo. En varias ocasiones le propuso ante sus colegas de la Conferencia Episcopal de Argentina como candidato al episcopado, pero su propuesta fue bloqueada por distintas circunstancias. El arzobispo bonaerense decidió ir personalmente donde Juan Pablo II para presentarle directamente su petición en favor de Bergoglio. El Papa accede y le hizo obispo auxiliar de Buenos Aires. Al renunciar Quarracino como arzobispo por límite de edad, nadie pensaba que le sucedería Bergoglio, pero contra todo pronóstico fue elegido como arzobispo de la capital argentina.

Para no cansar más al lector, voy afinando el punto al que quiero llegar: Quarracino valoró negativamente a Romero; sin embargo, fue quien promovió a Jorge Mario Bergoglio como obispo, el cual se convierte posteriormente en el papa Francisco. Y será un discípulo de Quarracino (Bergoglio) el que termina canonizando a Romero.

Verdades y mentiras

Este artículo quiere dejar constancia de cómo, en muchas ocasiones, nos encerramos en el momento crítico y no vemos horizonte alguno. Se nos olvida que el Espíritu de
Dios siempre nos lleva a la verdad completa. Sobre Romero se dijeron muchas difamaciones, el mismo papa Francisco dijo al episcopado centroamericano –reunido en Panamá con ocasión de la JMJ de 2019– que en muchos círculos eclesiales del pasado mencionar a Romero era “mala palabra”.

El Papa lo dijo con la sencillez y contundencia que le caracteriza. En mi opinión, el Espíritu viene a resucitar con el tiempo tanto las mentiras como las verdades. Las primeras, para ser reconocidas como tal junto a sus autores; y las segundas, para que iluminen honrosamente a quienes padecieron las difamaciones. Aquí en mi diócesis he oído varias veces un dicho que reza así: “La mentira tiene patas cortas y la verdad siempre la alcanza”. Hay en ello una gran sabiduría, que me hace recordar también una frase lapidaria de santa Teresa de Jesús“La verdad padece, mas no perece” (Cta. 284, 26)

San Oscar Romero

Celebramos un año más la santidad de Mons. Romero en el día de su muerte martirial. Y es bueno preguntarnos qué es lo que hace santo a este obispo, tímido y profeta al mismo tiempo, riguroso consigo mismo y libre para anunciar el Evangelio del Reino, que se dirigía espiritualmente con un sacerdote el Opus Dei y se confesaba con un jesuita. Y la respuesta que brota con mayor rapidez es clara: Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado. Y ahí, en la debilidad del infravalorado y marginado, encontraba la fuerza para anunciar y denunciar. Hablaba con todos, trataba de ayudar siempre, soportaba ataques, insultos e incluso la enemistad de algunos (a veces más que algunos) de sus hermanos en el episcopado. Pero su cariño y su preocupación indeclinable eran los pequeños, los marginados y los perseguidos por defender y trabajar en favor de la igual dignidad humana de los hijos e hijas de Dios. Vivía con una enorme sencillez en un asilo de enfermos terminales y disfrutaba sintiéndose acogido y querido por los pobres. Su bondad y su heroicidad nos facilita ponerlo en una hornacina del pasado, como una de las personas que nos recuerda al Jesús que pasó por este mundo “haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10, 38). Pero no basta la admiración de una santidad si no se siente al mismo tiempo un fuego interior como el que sentía los apóstoles al interiorizar la resurrección del Señor.

Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado. Y un santo del que recordemos sus glorias pasadas sin que nos inquiete en nuestro presente no deja de ser una especie de adorno personal y, con frecuencia, una muestra de narcisismo institucional. Quienes viven y sufren en la marginalidad y la pobreza, los migrantes menospreciados por su origen o por el color de su piel, las víctimas de las guerras, los saharauis abandonados porque la economía es más importante que las personas, son parte de esa legión de oprimidos que siguen cuestionando nuestras historias personales y sociales. Si no los sentimos inmediatos, si algo no nos llama a hacerlos históricamente significativos, nos alejamos de lo más hondo de nuestra realidad humana: la capacidad de sentirnos fraternos, miembros de la misma especie. Y al olvidar y traicionar nuestra humanidad traicionamos también nuestra fe. De poco nos serviría entonces el recuerdo de aquellos que en el pasado amaron tanto a sus prójimos que pudieron vivir sin que el odio de los violentos, e incluso la muerte, nublara su mirada de profetas.

Mons. Romero nos llama siempre al presente. Así lo entendieron quienes propusieron en la ONU que el 24 de marzo fuera el “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con las Violaciones Graves de los Derechos Humanos y para la Dignidad de las Víctimas”. La Asamblea General de la ONU aprobó en 2010 la titulación de ese día en honor a Monseñor Romero. Casi podríamos decir que lo canonizó antes que su propia y nuestra Iglesia. Pero tanto a los cristianos como a la ciudadanía humanista nos cuesta demasiado romper la comodidad que nos cuestiona el que sufre. Y ponemos al margen de nuestras mentes a quien la sociedad ha marginado ya antes, de un modo injusto y con frecuencia violento. El Romero santo y asesinado debe ser para nosotros siempre un recuerdo peligroso. Peligroso para el statu quo del dinero, de la egolatría y del poder, y peligroso también para quienes, despertados y urgidos por su recuerdo, tratemos simultáneamente de odiar al mal y amar al enemigo. Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos” (2Cor 8, 9).

P. José Mª Tojeira

¡Stop War!¡Decid NO a Putin!

Javier Sánchez, capellán de la cárcel de Navalcarnero

Estamos asistiendo en los últimos días a una profunda barbarie del fuerte contra el débil, incluso a algo que, como muchos decimos, nos parecía impensable en pleno siglo XXI. Nos parecía imposible que en este momento fuéramos capaces de llegar a un ataque y a una guerra así. Simplemente por el poder de unas personas contra otras, ese poder que es la causa sin duda fundamental de toda desgracia humana y que hace que los seres humanos nos abalancemos los unos contra los otros. Un poder que no respeta edades o situaciones sino que va solo a humillar al débil.

El poder es la causa de todas las tristezas y egoísmos humanos. Plasmado en el relato del Génesis, de querer ser como dioses, nos hace comprender que el corazón humano siempre es ambicioso y soberbio, y no aguanta que nadie pueda hacerle frente: “¡No moriréis! Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 4)

Es evidente que además, detrás de cada dictador hay una personalidad enfermiza, que lleva el deseo de poder al extremo. Muchos han sido los dictadores que a lo largo de la historia han machacado al ser humano, desde Hitler hasta Franco, pasando por todos los extremistas de América Latina y de Africa , pero parecía que ese tipo de personalidades estaba ya “como controlado”, y no podía darse algo similar en nuestro tiempo. Y una vez más estábamos equivocados; surge la figura de un dictador, loco, como todos, en la Gran Rusia, que acaba de invadir un país soberano, Ucrania. Y lo ha hecho frente a todos los esfuerzos del resto de las potencias.

El resto de los países y los seres humanos de buena voluntad asistimos impávidos a todo lo que está sucediendo, que hace unos días, a pesar de haberse avisado, parecía como imposible. El presidente Putin, desde su ataque de locura de poder ha sido capaz de anteponer ese deseo por encima de las vidas humanas y el derramamiento de sangre. No ha retrocedido frente a nada ni frente a nadie, sin importarle el sufrimiento que puede surgir en millones de seres humanos, que una vez más tendrán que dejar su país, y otros muchos quedarán sepultados por las bombas, entre los escombros o mutilados de guerra para siempre . El poder que mató a Jesús de Nazaret, y ha matado a lo largo de la historia a tantas personas, se propone ahora seguir matando a gente en Ucrania. Los poderosos sintieron que perdían el poder frente a las críticas del mártir Jesús de Nazaret, igual que ahora Putin teme que se le puede arrebatar el suyo, si no somete a un país soberano, desde sus bombas.

Y todo esto, cuando estamos intentando salir juntos de una pandemia que ha matado a millones de seres humanos. ¿vamos a provocar nosotros más muertes? ¿Tiene sentido que fabriquemos al mismo tiempo vacunas para curar enfermos de covid y bombas para matar a la gente? Es una terrible contradicción: los mismos que intentan evitar muertes y lloran a los que fallecen por el virus son los que ahora intentan destruir y matar a inocentes.

¿No podemos hacer nada? ¿solo podemos esperar que todo se destruya y el dictador se salga con la suya? Al comenzar la cuaresma, el próximo miércoles de ceniza, el papa Francisco , convoca una jornada de oración y ayuno por la paz. Una jornada para unirse toda la humanidad en torno al grito de no a la guerra, y el sí a la paz. Y el mismo papa Francisco, en un acto especialmente humano y cercano ha visitado la embajada rusa en El Vaticano, en un deseo de buscar la paz, y preocupado por las víctimas civiles. Ciertamente, el papa Francisco siempre tiene gestos especiales de humanidad y por tanto de Evangelio: ha ido a visitar la embajada rusa sin ningún tipo de anuncio previo, desde la más absoluta sencillez. Porque es verdad , hay que rezar por la paz, pero también es necesario buscar vías de solución para esa paz, que una personalidad enfermiza y alocada, como la de Putin, se empeña en destruir.

Monseñor Romero, el arzobispo asesinado en San Salvador también llamaba a la oración, pero junto a eso, como el papa también hacia otras cosas. Es conocido el momento de Getsemaní que vive el propio arzobispo Romero, unos meses antes de morir asesinado. Ante las tres tumbas de los asesinados, el 12 de Marzo de 1977, Rutilio Grande jesuita, Nelson y Manuel laicos, San Romero de América, de rodillas reza, y también como Jesús, casi sudando sangre, le dice que él no puede más, que ante tanta injusticia ya no sabe qué hacer; son conocidas sus palabras: “Señor, yo no puedo, hazlo Tú”. Esa oración de Getsemaní revelan la profunda fe en el Dios de la vida de Monseñor Romero, su profunda confianza en El, como la de Jesús de Nazaret. Y reflejan también toda su angustia, su estar en manos de Dios pero no saber hacia dónde tirar.

Corría el 23 de marzo de 1980 en el pequeño país centroamericano de El Salvador, cuando ante el cúmulo de desapariciones y de injusticias creadas, como siempre, por el ejército pagado por los Estados Unidos, el arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero, lanza una llamada especial al compromiso y a parar la injusticia en su país. En una homilía especial llama a la insurrección popular de los militares que son empujados por sus jefes a matar. Es conocida esta homilía, y todos coinciden que fue la puntilla, como la “condena a muerte” del obispo salvadoreño. Monseñor Romero ya estuvo desde que tres años antes, cuando asumió la diócesis, criticando al poder que mata, y criticando la injusticia del país. Pero la homilía de aquel 23 de marzo fue el final. Romero como Jesús de Nazaret, no se calló frente al poder; fue la voz de los pobres y se enfrentó al poder establecido y eso le costó la muerte.

Monseñor Romero
¡Cese la represión!

Las palabras de Monseñor Romero, el santo de América obligan a tomar partido de manera muy clara por el desvalido, por el oprimido y por el pobre. “ Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios, que dice no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, LES SUPLICO, LES RUEGO, LES ORDENO, EN NOMBRE DE DIOS: ¡CESE LA REPRESION!”. (Homilía 23 de marzo de 1980).

Estas palabras costaron la muerte al santo de América; al día siguiente de pronunciarlas, mientras celebraba la eucaristía, en la capilla del Hospitalito, de San Salvador, una bala asesina, enviada desde el poder y el ejército salvadoreño, acabó con su vida. El obispo estaba llamando a la insurrección popular, estaba llamado a no cumplir la ley de matar, que los jefes del momento daban a los militares.

Seguramente entre las personas del ejército ruso hay personas también de buena voluntad, que en la mayoría de los casos, solo están cumpliendo órdenes de sus jefes. Quizás es el momento de también decirles a ellos que no tienen por qué seguir obedeciendo al presidente Putinque pueden revelarse contra él. Que los que están muriendo son hermanos suyos, y todavía más, que pueden también morir ellos y su familia.¿Merece la pena todo esto por un trozo de tierra o por seguir la locura infame de una persona? Quizás desde todas las instancias de poder, desde todos los que tienen influencia en la sociedad, incluida la misma Iglesia, habría que hacer una llamada también a la conciencia, a que se refiere Monseñor Romero. Una llamada a la insurrección civil que impida el derramamiento de sangre, una llamada a poder aplastar desde la palabra la fuerza de las armas y del sin sentido.

“Cese la represión” eran las palabras que apuntaba Monseñor Romero en el final de su homilía. Desde aquí, lanzamos la misma llamada a los miembros del ejército ruso que cumplen las órdenes de Putin: hermanos militares rusos, no estáis obligados a obedecer al dictador, no estáis obligados a matar como él os dice. Detrás de esa orden que ha dado él de invadir, está la muerte de muchos seres humanos inocentes, desvalidos y débiles que no tienen por qué pagar la locura de alguien con delirio de grandeza. Podéis negaros a ejecutar sus órdenes, y es lo que os pedimos. Las cosas se pueden arreglar de otra manera, dejad que sea él el que se estrelle con sus locuras y con los que quieran seguirle, pero vosotros no paséis a la historia como los artífices de una masacre, como la que estáis llevando a cabo. Porque además es curioso, el dictador se queda al margen, como todos los dictadores.

Él no estará en un carro de combate o lanzando bombas, él estará en su palacio presidencial, comiendo, bebiendo y descansando, mientras que sois vosotros los que dais la cara por él. Vuestras familias también sufren por vosotros, sufren porque estáis en un campo de batalla, donde también podéis caer y no volver a vuestros hogares. No sigáis la órdenes de un loco dictador, negaros a ello, pensad en las familias de los que caen bajo vuestras balas y en las propias familias vuestras….

Creemos que no hay rusos ni ucranianos, sino solo seres humanos que aspiran a vivir en paz, en armonía y felicidad; seres humanos que necesitan disfrutar de la vida, de la familia, de la naturaleza. Personas que somos iguales y que a pesar de nuestros defectos tenemos derecho a vivir tranquilos.

Cese la represión, hermanos rusos, no sigáis adelante con este genocidio, que la historia no os recuerde por semejante barbaridad. No consintáis que Putin y unos cuantos os arrebaten las ganas de vivir en paz. NEGAROS A ATACAR. Ojalá que podamos unirnos todos en un frente común de libertad y de justicia. Que desde todas las instituciones, países y personas nos neguemos a acatar órdenes de violencia. Desde abajo con nuestra insurrección podemos parar la guerra. Como cristiano, y en nombre de nuestra Iglesia, también así os lo digo: dejad de matar. Que el Dios de la paz acompañe nuestro caminar siempre y a vosotros militares os dé luz para abandonar las armas. En nombre de ese Dios que es Padre-Madre de todos, me uno a las palabras del arzobispo asesinado: Les suplico, les ruego, les ordeno DEJAD DE MATAR Y UNIROS A LA INSURRECCIÓN MILITAR A FAVOR DE LA VIDA Y EL BIENESTAR DE TODOS.

La última Navidad de Mons. Romero


En mayo de 2015, el papa Francisco envió una carta a Mons. José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador y Presidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador, por la beatificación de Mons. Oscar Romero, en la que afirma que el Prelado salvadoreño es semilla de reconciliación. Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia, escribió el Papa. Su recuerdo es una constante exhortación a renunciar a la violencia de la espada, la del odio, y vivir “la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros”.



No hizo otra cosa Mons. Romero que hacer un llamado comprometido con el Evangelio y la Iglesia a convertirnos para que Cristo mire nuestra fe y se apiade de nosotros. Su llamado constante fue a la conversión y a la comprensión de que de nada sirven los capitales, la política y el poder si el hombre está desasistido del amor supremo. Hoy, mirando con esperanza al próximo año, traigo a la dinámica social aquella última homilía de su última Navidad entre nosotros.

24 de diciembre de 1979

Reunidos en la Catedral aquel ya lejano 24 de diciembre de 1979, Mons. Romero felicitaba a su pueblo, no solo por ser noche de Navidad, sino por la valentía que los sobrecogía de estar allí, en ese momento, “mientras mucha gente tiene miedo y cierra sus puertas y hasta muchos de nuestros templos se dejan vencer de la psicosis, la Catedral abierta es imagen de una confianza y de una esperanza en el Redentor que nos nace”.

Esa actitud de entrega y de abandono a Dios es lo que significa para Romero la vivencia de lo que debe ser la Navidad. “En medio del mundo y no obstante los peligros, las vicisitudes, las psicosis, los miedos, hay esperanza, hay alegría. Y no es un simple fingir como una valentía sin razón y sin sentido, sino que hay la profundidad de una realidad que anida en el corazón de la Iglesia y que debe ser el motor poderoso de la vida de todo cristiano”. Valentía del pastor y de su rebaño, valentía que viene de lo alto cuando nos hallamos en apertura si reservas a la alegría del Evangelio.

Os anuncio una gran noticia

 Aquella homilía giró en torno a tres puntos que él mismo esquematizó de la siguiente manera: el ángel dice a los pastores “os anuncio una gran noticia: os ha nacido un salvador”; dicen los ángeles a los pastores “esta será la señal: lo encontraréis envuelto en pañales sobre un pesebre”; y la multitud de ángeles que baja cantando: “gloria a Dios en los cielos”.

El primero de los puntos resaltados nos recuerda que en Navidad se introduce en la historia un principio de novedad, de renovación, de noticia siempre eterna. El segundo nos ubica antropológicamente frente a un Dios que se envuelve en la miseria humana para brindarle sentido divino al dolor y al sufrimiento. El tercero es la invitación que Cristo viene a hacer a los hombres: “de que el hombre tiene un destino junto a la gloria de Dios y que por eso su vida tiene que ser optimista y nunca debe flaquear”.

Estas ideas las resaltó Monseñor Romero aquella Navidad de 1979 a su pueblo salvadoreño. Palabras que muy bien pueden hacer nido en la realidad de Venezuela, agobiada y maltratada por la ignominia, la ignorancia y la violencia. Sin embargo, así como aquella noche, también hoy debemos recordar que nos nace un Salvador, que nace todos los días y lo hará hasta el final de los tiempos. Un Salvador que espera por nuestra conversión para entrar nuevamente en la historia de los hombres. Paz y Bien


Por Valmore Muñoz Arteaga. Director del Colegio Antonio Rosmini. Maracaibo – Venezuela