San Romero de América:

«Con este pueblo no cuesta ser buen pastor»

San Oscar Romero

«Hablar de Romero obispo es hablar de Romero hermano, de Romero seguidor de Jesús de Nazaret, de Romero amigo de los pobres y defensor de los más necesitados»

«Hablar de Romero obispo es hablar de Romero hermano, de Romero seguidor de Jesús de Nazaret, de Romero amigo de los pobres y defensor de los más necesitados»

«El episcopado de Monseñor Romero y su manera de ejercerlo tiene que llevarnos a un cambio también en la manera de entender y ejercer  el episcopado, siempre al servicio de los más débiles»

«Gracias Monseñor, gracias por tu testimonio como ser humano, como cura y como obispo, gracias por ser “un obispo de los de abajo»

Por Francisco Javier Sánchez, capellán cárcel de Navalcarnero

Hace ya cuatro años, el 14 de octubre de 2018, nuestro hermano el papa Francisco reconocía públicamente la santidad del Arzobispo asesinado en San Salvador, mientras celebraba la Eucaristía, el 24 de marzo de 1980. Y digo que la reconocía públicamente, porque el pueblo salvadoreño, y el otro santo sin canonizar de América Latina, Pedro Casaldáliga, ya lo reconocían como tal en el mismo instante de su asesinato, cuando la bala asesina lo hacía caer al pie del altar, de aquella capilla del Hospitalito. El pueblo salvadoreño desde el primer momento lo hizo santo, porque reconoció lo que luego también dijo el propio papa Francisco, que el milagro de Romero fue su misma vida. Una vida entregada hasta el final como la del mismo Jesús de Nazaret.

San Romero, como dice la gente de Arcatao, pequeño pueblo de Chalatenango, con el que tuve la suerte de compartir un tiempo mi vida, era “un obispo del pueblo”; para nosotros, decía la gente, era una persona que sabía lo que nos pasaba, compartía su vida con nosotros y nos enseñaba quién era Jesús; “hasta un día vio la novela conmigo”, me decía una de las mujeres de Arcatao. Un obispo de los de abajo, decía también la gente, que era capaz de comprendernos y de defendernos. Era la voz de los sin voz, como siempre también se ha dicho. 

San Romero

Hablar de Romero obispo es hablar de Romero hermano, de Romero seguidor de Jesús de Nazaret, de Romero amigo de los pobres y defensor de los más necesitados. Su episcopado fue muy especial, no conocía los honores fáciles, ni se casaba con nadie. Para él, los únicos realmente importantes eran los pobres, “su pobrerío”, como él mismo los llamaba. 

     Hace cuatro años en la plaza de San Pedro, cuando nombró el papa Francisco a Oscar Romero y lo proclamó santo, todos los que estábamos allí y todo el pueblo salvadoreño, vibró de emoción y de esperanza. Esperanza de que su legado para El Salvador y para toda la Iglesia no se pierda nunca, porque es un legado plenamente evangélico el que nos ha dejado. 

     Pero si Romero era obispo del pueblo como la gente decía, sin duda que se lo debía a “su mismo pueblo”. Es conocida su frase: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. Para Romero su pueblo era el que le hacía ser de verdad obispo. Cuando miramos a nuestra Iglesia actual, la gran pregunta que nos surge es siempre esa; ¿son así nuestros obispos? ¿Cómo ejercen los obispos actuales su pontificado en medio del pueblo? Quizás es bueno que recordemos cómo era el obispo Romero, de manera más detallada.

Romero fue un obispo que dijo siempre la verdad, sin tapujos y delante de quien estuviera; muchas veces le decían que tuviera cuidado, que mucha gente estaba detrás para matarlo, que lo que decía a veces podía causar malestar en los poderosos. Pero Romero jamás hacia caso, para él lo importante era la v ida y especialmente la vida de los pobres, y no consentía que fuera humillada y maltratada: por eso lo asesinaron, como al mismo Jesús. Los pobres y campesinos eran los coautores de sus homilías. “Siento que el pueblo es mi profeta” (homilía 8 de julio de 1979). Era un obispo cuyo sentido de la misión profética estaba en el pueblo, y especialmente en el pueblo crucificado y maltratado por el poder y la injusticia de los poderosos y de los ricos.

Semana Mons Romero

Monseñor Romero era consciente de que su ser obispo no era algo que le pertenecía, ni siquiera que era un premio hacia su persona.  Ser obispo, no significa una medalla que dan como premio a los servicios prestados; obispo es el que está al servicio de los más pobres. Y por eso la misión del obispo no es la de mandar, como decía él, ni la de ejercer un poder sin más, sino la de ejercer el poder sirviendo al pueblo crucificado. En su homilía del 23 de abril de 1078 decía: “los obispos no mandamos con un sentido despótico. No debe ser así. El obispo es el más humilde servidor de la comunidad, porque Cristo le dijo a los apóstoles, los primeros obispos: “ el que quiera ser más grande entre ustedes, hágase el más chiquito, sea el servidor de todos”. Nuestro mandato es servicio. Nuestra conducta, nuestra palabra es servicio”. 

 Y esa entrega al pueblo y por el pueblo, le venía de su profunda fe en el Dios de la vida, en el Dios Padre-Madre de todos, que siempre quiere lo mejor para sus hijos; un Dios cuya voluntad es siempre que todos sus hijos puedan ser tratados dignamente y puedan vivir felices en todo momento. Sus deseos y sus ideales eran los mismos que los de Jesús de Nazaret, y a ambos lo asesinaron por lo mismo: hacer creíble que Dios quiere lo mejor para todos. Esa fe en Dios que le llevaba por eso a luchar contra toda injusticia, porque para Romero fe y justicia van siempre irremediablemente unidas.

La fe hace siempre más profunda la justicia, y solo desde una justicia entendida como el deseo de dignidad para todos es como puede entenderse la fe. De ahí que Jon Sobrino, su amigo inseparable, gran teólogo de la liberación y como Romero no entendido por la jerarquía eclesiástica que también busca en ocasiones solo el poder, dijera que la frase de la beatificación de Romero, aquel 13 de mayo de 2015   en San Salvador, no resumía lo que fue su vida. La frase decía “mártir por la fe” y Sobrino añadía “mártir por la justicia”, no  mártir  por una fe dogmática que no conlleva a nada, sino por una fe que se hace vida, que se hace entrega, y que lleva a dar la vida por los demás.

“Aquel que con esa fe puesta en el resucitado trabaje por un mundo más justo, reclame contra las injusticias del sistema actual, contra los atropellos de una autoridad abusiva, contra los desórdenes de los hombres explotando a los hombres, todo aquel que lucha desde la resurrección del gran liberador, solo ese es el auténtico cristiano” (homilía 26 de marzo de 1978).

     Ese fue el estilo episcopal de Monseñor Romero, un estilo que le llevó al asesinato y que le convirtió desde el mismo momento de su martirio en Santo. Una santidad a la que llegó también desde su conversión por el mismo pueblo. Es verdad que la conversión de Monseñor vino desde el asesinato de su gran amigo Rutilio Grande, también asesinado y ya beatificado, el pasado día 22 de enero de este mismo año. Es el pueblo asesinado y martirizado, representado en su amigo muerto por defender a los pobres, lo que marca la conversión del obispo Romero. Su conversión no es por tanto un mero hecho moral, sino es un acontecimiento tan fundamental que va a cambiar el curso de su misma vida y de su seguimiento radical de Jesús y del Evangelio.

El obispo Romero, que había sido nombrado Arzobispo de San Salvador, apenas unos días antes (Romero toma posesión de la diócesis de San Salvador el 22 de Febrero de 1977 y el 12 de marzo de ese mismo año es asesinado Rutilio Grande en el Paisnal), contempla el cadáver de su amigo y hermano jesuita y le lleva a un cambio muy especial de vida, un cambio que le hizo enfrentarse, como un obispo ya diferente, a los poderosos del momento. Es Sobrino el que llega a decir que le sorprendió, en la noche del asesinato de Rutilio “el rostro serio y preocupado de Monseñor Romero”. Un Monseñor que ya no sería el mismo, un obispo diferente , al estilo ya del evangelio de Jesús. 

     Ese nuevo obispo Romero, ese nuevo Monseñor Romero, es el que le lleva a decir, en su homilía del 2 de abril de 1978: “Nuestro compromiso sacerdotal y episcopal nos obliga a salir al encuentro del pobre herido en e camino”, comentando la parábola del buen samaritano. 

El episcopado de Monseñor Romero y su manera de ejercerlo tiene que llevarnos a un cambio también en la manera de entender y ejercer  el episcopado, siempre al servicio de los más débiles. Ser obispo no puede entenderse como el final de un proceso, sino como una entrega radical y absoluta al pueblo, desde el servicio hasta el final, hasta el final de llegar a dar la vida por el propio pueblo. 

Romero y Rutilio

Ser obispo “de los de abajo” significa haber entendido el evangelio, significa haber comprendido que cuando el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto. El grano de trigo que era Monseñor Romero fue asesinado por los mismos poderes y por la misma injusticia que mató hace más de 2000 años a Jesús de Nazaret, y que sigue matando a millones de seres humanos en todo el mundo hoy en día. Por eso, el obispo que brota del evangelio y del seguimiento de Jesús tiene que brotar de la entrega radical al pueblo, y de un seguimiento a un Jesús desde la raíz más profunda de llegar a dar la vida por él. 

     “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”, reconocer que el pastor y el pueblo deben estar siempre unidos, en torno al mismo fin, de anunciar el evangelio. El pastor que da la vida por las ovejas a imagen de Jesús buen pastor, como el mismo Romero la dio hasta el final. El pastor que se entrega al pueblo crucificado y hasta se deja crucificar por él. El pastor que inmola su cuerpo y su sangre, como el Maestro, celebrando la Eucaristía, de tal manera que el sacrificado, mientras celebraba la Eucaristía, era el mismo Romero.

El Romero buena gente, pasa a ser el obispo entregado, el obispo que se hace portavoz de los sin voz, el obispo que vive para su “pobrerío”. Su poder ya no es la mitra, o el báculo, su poder es solo el Evangelio y el martirio de los seres humanos; su episcopado solo puede ser fiel a ese evangelio si se basa en la defensa de los más pobres y no en la grandeza ni el boato, del que a veces nuestra iglesia se sirve y llega incluso a hacer gala. 

     En la misma línea del Santo Casaldáliga y su famoso poema: “TU MITRA, será un sombrero de paja sartanejo, el sol y la luna, la lluvia y el sereno; el pisar de los pobres con quienes caminas y el pisar glorioso de Cristo, el Señor. TU BÁCULO, será la verdad del evangelio y la confianza de tu pueblo en ti. TU ANILLO, será la fidelidad a la Nueva Alianza del Dios liberador y la fidelidad al pueblo de esta tierra .NO tendrás otro ESCUDO  que la tierra de la esperanza y la libertad de los hijos de Dios. No usarás otros GUANTES que el servicio del amor”. Así es obispo Monseñor Romero, y esa es la huella que deja en nuestra Iglesia, y de la que nos sentimos orgullosos. 

San Romero de América contra el imperio norteamericano

     Por eso, Monseñor Romero sigue vivo en ese mismo pueblo que lo alabó y lo aupó como obispo; Monseñor Romero, San Romero de América como lo llamó el otro Santo Casaldáliga está presente en cada casa de los pobres y campesinos salvadoreños y salvadoreñas; está donde siempre quiso estar, entre aquellos humillados y crucificados salvadoreños. “Si me matan, resucitaré en el pueblo”, y ciertamente es ese pueblo el que lo mantiene vivo y resucitado, mucho más allá de su mero recuerdo. 

 Han pasado cuatro años de su canonización en Roma y cuarenta dos de su martirio en San Salvador, pero el Romero obispo, pastor y hermano sigue vivo. Tan vivo y tan actual como que es una llamada de atención a todos nuestros obispos y a su manera de llevar a cabo su episcopado en la actualidad. Ojala que nuestra Iglesia y sus obispos sean siempre fieles al legado de Monseñor Romero, que en definitiva es ser fiel al legado del Evangelio y de Jesús de Nazaret.

Ojalá que el poder de los obispos siempre esté en el servicio al pueblo, y ojalá que la Iglesia haga desaparecer todo boato que le haga estar lejos de quien tiene que estar. Ojalá que nuestra Iglesia descubra lo que también decía Monseñor Romero, en otra de sus homilías: “el hombre es tanto más hijo de Dios cuanto más hermano se hace de los hombres y es menos hijo de Dios cuanto menos hermano se siente del prójimo” (homilía de 18 de septiembre de 1977).

     En palabras de nuevo del obispo Casaldáliga: “San Romero de América, pastor y mártir nuestro: nadie podrá callar tu última homilía!”

 Gracias Monseñor, gracias por tu testimonio como ser humano, como cura y como obispo, gracias por ser “un obispo de los de abajo”, y gracias por creer y hacer posible, aún a costa de la vida, que otra Iglesia y otra manera de entender el ser obispo, es posible. Siempre estarás en nuestro corazón y en el de nuestras comunidades más pobres, y por supuesto, siempre estarás en el corazón de Dios.

Rutilio Grande y San Oscar romero

El Papa ha condenado la tibieza de la Iglesia en las situaciones de injusticia y, tras reivindicar el legado de Óscar Romero y Rutilio Grande, ha señalado que «siempre hay injusticias por las que hay que luchar».

ROMA, (EUROPA PRESS)

Francisco ha recibido en el Vaticano a un grupo de peregrinos salvadoreños que le han agradecido la beatificación de los mártires Cosme Spessotto, Manuel Solórzano, Nelson Lemus y Rutilio Grande, por el que el pontífice mostró, cómo por San Óscar Romero, una gran devoción.

«A la entrada de mi estudio, tengo un pequeño cuadrito con un pedazo del alba ensangrentada de San Óscar Romero y una catequesis chiquitita de Rutilio Grande, para que me hagan recordar que siempre hay injusticias por las que hay que luchar, y ellos marcaron el camino», ha señalado el Pontífice.

Del mismo modo, ha reflexionado sobre el camino espiritual de seguir a Cristo que, «a veces tiene que tomar la forma de la denuncia, de la protesta, no política, nunca, evangélica siempre».

«Mientras haya injusticias, mientras no se escuchen los reclamos justos de la gente, mientras en un país se están dando signos de inmadurez en el camino de plenitud del Pueblo de Dios, ahí tiene que estar nuestra voz contra el mal, contra la tibieza en la Iglesia, contra todo aquello que nos aparta de la dignidad humana y de la predicación del Evangelio», ha asegurado el Papa.

El Pontífice ha asegurado que la cruz de Jesús es la cruz de todos y «es la cruz de la Iglesia como cuerpo de Cristo, que lo sigue hasta el sacrificio». Y ha instado a los fieles a pensar en aquellos que «están en dificultad».

Rutilio Grande fue asesinado en 1977 por los escuadrones de la muerte del Ejército por odio a la fe. Grande era amigo de Óscar Romero, canonizado por el Papa Francisco en 2018, y que fue asesinado 3 años después que el propio Grande.

Peregrinación con Mons. Romero

San Óscar Romero: la masiva peregrinación que une a católicos y no católicos en El Salvador

El cardenal Rosa Chávez encabezó la peregrinación
El cardenal Rosa Chávez encabezó la peregrinación

Cada año, desde el 2017, el 2 y 3 de agosto el pueblo salvadoreño peregrina siguiendo los pasos del santo hasta Ciudad Barrios, lugar donde nació el mártir

Encabezada por Rosa Chávez, el cardenal salvadoreño señaló que «la peregrinación es una manifestación de fe, esperanza y caridad para nuestro pueblo en medio de un mundo que nos vende desesperanza, miedo y violencia”

Por Patricia Ynestroza

(Vatican News).- “ Con el lema “San Romero y los mártires, esperanza de nuestro pueblo”, la Iglesia salvadoreña realizó por quinta vez la peregrinación desde San Salvador hasta Ciudad Barrios, en el departamento de San Miguel, cuna del mártir y primer santo salvadoreño, Óscar Arnulfo Romero. El programa, como también informa el Celam, dio inicio con la celebración de la Santa Misa de Envío a las 5 de la mañana desde Catedral Metropolitana de San Salvador hasta llegar a Ciudad Barrios San Miguel al oriente del país. donde concluyó con la celebración eucarística.

La peregrinación estuvo encabezada por el cardenal Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, quien ofició una eucaristía el 02 de agosto, con el inicio de la peregrinación. En entrevista concedida a Vatican News por los medios católicos, el cardenal expresa su emoción de ver el pueblo peregrinar con mucha ilusión y esperanza. A los jóvenes participantes en la peregrinación el purpurado les aconsejó que ellos tienen derecho a una vida digna, se reza mucho en esta caminata. Hay que caminar juntos, como lo dice el Papa Francisco.

Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero
Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero

“Estamos atravesando a nivel mundial una situación de mucho caos: guerras, pandemia y crisis económica. La peregrinación es una manifestación de fe, esperanza y caridad para nuestro pueblo en medio de un mundo que nos vende desesperanza, miedo y violencia”, expresó el purpurado.  Asimismo, afirmó que “es una expresión de luz que transforma, renueva y nos llama a la reconciliación como pueblo asimilando el legado de San Oscar Romero”.

Elogio a la juventud que peregrina

El cardenal Rosa Chávez ha elogiado la masiva participación de jóvenes en esta actividad: «Sin juventud no tenemos futuro y sin Cristo no hay jóvenes felices, por tanto, hay que seguir caminando».

Fue un recorrido de 157 km en el que miles de peregrinos han compartido para hacer memoria “siguiendo los pasos del santo con más fervor”, por ello, “esta peregrinación reúne a católicos y no católicos que centran su esperanza en la sangre derramada por los Mártires”.

En esta peregrinación también se rindió homenaje a los beatos Cosme Spessotto, Rutilio Grande, Nelson Rutilio Lemus, Manuel Solórzano y los mártires salvadoreños. Cabe recordar que esta peregrinación se realiza desde 2017 con motivo del centenario del primer santo salvadoreño.

Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero
Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero

El legado de Ignacio Ellacuría

El legado de Ignacio Ellacuría, ante la situación política actual de El Salvador

Ellacuría
Ellacuría

«El Norte sigue negándose, como en tiempos de Ellacuría, a mirarse en el espejo inverso del Sur, que le enfrentaría a su propia verdad y podría mostrarle formas de salir de la crisis»

«Detrás de la fachada cool del «presidente más popular de América Latina», que cuenta con la aprobación del 80 al 90 por ciento de la población salvadoreña, se esconde un autócrata»

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«El Norte sigue negándose, como en tiempos de Ellacuría, a mirarse en el espejo inverso del Sur, que le enfrentaría a su propia verdad y podría mostrarle formas de salir de la crisis«

«¿Cómo proponer el diálogo como camino para romper el círculo vicioso de la violencia histórica a una mayoría que defiende la fuerza bruta como única solución posible para el país?»

Por Martha Zechmeister CJ, teóloga

En este texto breve quiero confrontar las dos aporías fundamentales que me plantea el tratar de proponer el legado de Ellacuría ante la situación política actual de El Salvador. Supongo que siempre es más importante para una buena teología plantear las preguntas adecuadas, reconocer el problema, que dar respuestas precipitadas que nadie ha pedido.

Comienzo con tres premisas de mis reflexiones

La primera: podemos intentar hacer una exégesis minuciosa de los textos de Ellacuría para captar sus raíces filosóficas y la dinámica específica de su pensamiento, pero si nos guiamos por un mero interés retrospectivo y académico, esto puede convertirse en una traición a esta herencia intelectual. Porque precisamente esta herencia nos obliga a estar despiertos y vulnerables a nuestro momento histórico actual con la misma sensibilidad sismográfica que Ellacuría tuvo con el suyo.

Ellacuría

no hacemos teología fiel a este legado cuando respondemos a los desafíos del presente con las formulaciones literales de Ellacuría, como si fuesen estereotipos, sino cuando luchamos con la misma audacia y creatividad por la palabra que nos exige la situación concreta. La repetición estéril sería una copia ridícula de este pensador.

La segunda premisa: El Norte global habla del «cambio de los tiempos», de una crisis sin precedentes y del regreso de la guerra después de 70 años de paz. Y el Sur global se pregunta con asombro: ¿cuándo no hubo guerra y violencia mortal? ¿Cuándo no hubo crisis que se cobraran innumerables vidas? No es que el Sur no reconozca la magnitud del conflicto ucraniano. Las frágiles economías y, sobre todo, los pobres de estos países, son duramente golpeados por las galopantes subidas de precios del petróleo y del trigo. Pero una vez más parece confirmarse que hay vidas humanas que valen más que otras.

El Norte sigue negándose, como en tiempos de Ellacuría, a mirarse en el espejo inverso del Sur, que le enfrentaría a su propia verdad y podría mostrarle formas de salir de la crisis. En lugar de un copro-análisis a fondo, sigue dedicándose a restañar los daños de una forma chapucera que tarde o temprano se convertirá en rebote desastroso.

Bukele

La tercera premisa se refiere a la situación política actual de El Salvador. Supongo que, al menos, están informados a grandes rasgos de lo que sucede. El presidente joven y chic ha mantenido una presencia constante en los titulares de medios como la BBC, el New York Times o El País. 

Trato decir, en pocas pinceladas, lo mínimo: detrás de la fachada cool del «presidente más popular de América Latina», que cuenta con la aprobación del 80 al 90 por ciento de la población salvadoreña, se esconde un autócrata, como salido de un manual de ciencias políticas, que suspende sistemáticamente todas las instituciones del Estado de Derecho y las somete a su control. Desde marzo, vivimos en un “estado de excepción” permanente, que ya ha sido prolongado tres veces por el parlamento, un órgano completamente sometido al presidente. Ya no hay separación de poderes: el ejecutivo opera también a través del legislativo y del judicial.

El presidente ha declarado una «guerra contra los terroristas», como llama a su campaña contra las pandillas. No dice que él mismo ha pactado anteriormente con ellos. El estado de excepción justifica todo tipo de detenciones arbitrarias por mera sospecha o denuncia anónima. Incluso autoriza el asesinato de presuntos mareros por parte de policías y militares. Ser joven y vivir en un barrio marginal es suficiente delito para estar a merced de la arbitrariedad.

Maras

Mientras tanto, El Salvador es el país con la mayor tasa de personas encarceladas del mundo, con casi el 2% de la población adulta en prisión, hacinada en condiciones inimaginables. Con todo esto, es obvio que se trata de cualquier cosa menos de una estrategia eficaz contra la violencia de las pandillas, sino de un show a gran escala que en realidad sólo tiene un objetivo: la reelección del presidente, que en realidad está prohibida por la Constitución.

Les recomiendo, entre otros muchos, el artículo de BBC Mundo: Bukele contra las maras «En lugar de responder de manera efectiva a la violencia de las pandillas, Bukele está sometiendo al pueblo de El Salvador a una tragedia».

Pasemos ahora a las aporías a las que me enfrento en el intento de hacer productivo el legado de Ellacuría ante la actual situación política de El Salvador.

Primera aporía: ¿Cómo seguir hablando de los «pobres con espíritu» frente a las mayorías pobres seducidas por un «flautista de Hamelín»? La tonada más efectiva de su flauta es, obviamente, el despliegue de sus trolls en las redes sociales, que se encargan de que todo aquel que no sea un seguidor incondicional, todo aquel que piense diferente, sea expuesto al linchamiento digital e incluso a la persecución física. En un contexto así: ¿cómo leer los textos de Ellacuría que hablan de los pobres como ‘sujetos de redención’, aquellos sujetos donde se hace manifiesto el soplo del espíritu que renueva la faz de la tierra y transforma la sociedad con la justicia? 

Que la redención viene de abajo es uno de los fundamentos esenciales de la teología que me compromete. ¿Pero cómo no caer en patrones de arrogancia intelectual que afirman que las masas acríticas están a la merced de los trucos baratos por falta de educación? ¿Cómo conservar el respeto por los “pequeños y sencillos” (Mt 11, 25), a quienes se revela el espíritu que se esconde de quienes se creen sabios?

Ellacuría

Intento sugerir algunas líneas para una posible respuesta. ¿No padecen la teología y la Iglesia la misma enfermedad que los partidos políticos tradicionales? ¿No hemos perdido en gran parte la comunión y la comunicación vital con el mundo de los pobres, esa mayoría que aún vive de pura subsistencia, resolviendo de día a día sus necesidades más inmediatas, vulnerable a la violencia y a los desastres naturales? 

Es posible seguir utilizando toda la nomenclatura de la teología de la liberación, hacer esfuerzos para desarrollarla intelectualmente en el contexto postmoderno para no perder relevancia. Sin embargo, si este esfuerzo intelectual no se hace realidad en medio de los pequeños y vulnerables, si no es experimentado por ellos de manera efectiva y real, y sobre todo si no se alimenta de su sabiduría, de la revelación del Espíritu a través de ellos, es una palabrería vacía. Sería una traición pomposa de los privilegiados del evangelio. Lo que hace falta no es juzgar y dirigir desde arriba, sino reconocer la urgencia de nuestra conversión, callarnos, escuchar con paciencia y humildad, buscar comprender, vivir sin agendas ocultas una auténtica y fraterna amistad con los que están abajo y pisoteados.

Segunda aporía: ¿Cómo proponer el diálogo como camino para romper el círculo vicioso de la violencia histórica a una mayoría que defiende la fuerza bruta como única solución posible para el país? Esta es la convicción engendrada por una sociedad autoritaria que espera la salvación a través del macho fuerte y su mano súper-dura: toda propuesta alternativa aparece como una ingenuidad.

Ellacuría y Romero

“No es necesario extenderse en razones y pruebas de por qué es urgente salir de una situación intolerable, que está destruyendo no sólo a los salvadoreños, sino a El Salvador; no sólo a determinados grupos sociales, sino a la nación entera. Es necesario salir. Pero, ¿es necesario el diálogo entre las partes enfrentadas en el conflicto[…]? ¿O puede resolverse pronto el conflicto mediante otro instrumento principal de pacificación distinto del diálogo[…]?”

Estas palabras de Ellacuría, escritas en 1980, al inicio de la guerra civil salvadoreña, no pueden ser más actuales. También hoy la voluntad de diálogo parece estar fuera de los límites de lo posible por mucho tiempo. Podemos decirlo de nuevo con Ellacuría: “Estamos en una hora gravísima para la patria, en la cual pueden fructificar años y años de sacrificios o en la cual pueden quedar inutilizadas para mucho tiempo las esperanzas de días mejores.”

Una vez más, ofrezco algunas pinceladas sobre cómo salir de esta situación aparentemente desesperada. Lo más importante, creo, es reconocer incondicionalmente que estamos de nuevo en un punto cero, que no podemos presuponer nada de lo que ya hemos celebrado como conquistas. Los debates que tenemos que enfrentar son espantosamente similares a los que Ellacuría tuvo en su época. Son los debates sobre los fundamentos de la sociedad, como el debate sobre la universalidad de los derechos humanos. Estos se tambalean hasta sus cimientos cuando se niegan a los que están encarcelados por su supuesta afiliación a las pandillas. Porque si los derechos humanos no se aplican a ellos, tampoco están garantizados para mí.

Otro debate que tenemos que llevar a cabo de nuevo es lo que significa realmente la democracia. Democracia, no entendida como el derecho formal del sufragio en las urnas; y no como lo único que parece quedar de ella en la realidad política actual de El Salvador: el derecho de la mayoría a imponer su voluntad y su percepción de la realidad a la minoría. Es mucho más importante defender una concepción de la democracia que nos obligue a reconocer que los que son diferentes a mí y piensan diferente también tienen derecho a existir; una comprensión de la democracia que proteja a las minorías y facilita el diálogo entre todos los grupos sociales.

Semana Mon Romero
Semana Mon Romero

A pesar de todo lo que exige nuestra seriedad y honradez teológica frente a esta situación, quiero terminar con una experiencia que me ha dado esperanza en medio de todo esto. Hemos llevado a cabo un proyecto de investigación con víctimas de la violencia salvadoreña y les recomiendo el libro que es fruto de este proyecto. En el proceso, nos encontramos con un grupo de jóvenes autoorganizados en un barrio marginal, unidos por su pasión por el arte de la calle como el hip hop, el grafiti, el patinaje a un alto nivel deportivo etc. Se comprenden conscientemente como una alternativa a las maras.

Entre ellos, los mayores «adoptan» a niños de la calle. De lo contrario, serán reclutados por las pandillas ya a la temprana edad de siete u ochos años. Con gran astucia, se mueven entre la violencia de las maras y la violencia todavía más brutal de las «fuerzas de seguridad». Con ellos, redescubrí toda la teoría del arte de Theodor W. Adorno en un modo nuevo y vital: el arte es capaz de poner las condiciones vigentes patas arriba, de vislumbrar la situación desesperada desde una perspectiva nueva y sorprendente. Y las palabras de Monseñor Romero en su homilía de la fiesta de la Epifanía de 1979 han recuperado para mí su verdadero encanto: 

“Cuando miremos que nuestras fuerzas humanas ya no pueden, cuando miramos a la patria como en un callejón sin salida, cuando decimos: ´Aquí la política, la diplomacia no pueden, aquí todo es un destrozo, un desastre y negarlo es ser loco´, es necesario una salvación transcendente. Sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor. De allí que los cristianos tienen una gran misión en esta hora de la patria: mantener esa esperanza”.

Romero
Romero

Profetas: el porvenir de la Iglesia

por Rafael Narbona 

  

marcha en El Salvador en memoria de Ignacio Ellacuría y jesuitas asesinados 1989 mártires de la UCA 2017
Ignacio Ellacuría

Se considera profetas a los intermediarios entre Dios y la humanidad. En el pasado, este concepto se hallaba asociado a un planteamiento mitológico que implicaba una experiencia sobrenatural, una especie de misticismo pagano con ciertos signos de teatralidad. En la actualidad, un profeta no es un taumaturgo, sino alguien clarividente, un visionario cuya lucidez no se vincula a estados alterados de conciencia, sino a una comprensión profunda del Evangelio y el misterio de Dios. Profetas son Óscar Romero, Ignacio Ellacuría –dos mártires– o el papa Francisco, que con ‘Fratelli tutti’ y sus reformas, firmemente comprometidas con los pobres y con una mayor presencia de mujeres y laicos en la iglesia, ha encendido la esperanza entre creyentes y no creyentes. Profetas son también Leonardo Boff, Pedro Arrupe, reformador de la Compañía de Jesús o Jon Sobrino, superviviente de la matanza de la UCA en El Salvador. Frente a los sabios, más concentrados en el trabajo intelectual y el estudio, los profetas vuelcan su atención en la actualidad, intentando identificar los signos de los tiempos y denunciando las conductas que atentan contra la dignidad y los derechos del ser humano.


Los profetas de las últimas décadas del siglo XX sufrieron mucho con Juan Pablo II, que interpretó la teología de la liberación como una infiltración marxista en el seno de la iglesia. Su experiencia en Polonia con una dictadura comunista le impidió apreciar que ninguno de los teólogos adscritos a esa tendencia exaltó el marxismo. Simplemente, lo utilizó como una herramienta de análisis para denunciar los abusos del capitalismo. Ignacio Ellacuría repitió muchas veces que el marxismo había alertado sobre las intolerables desigualdades sociales provocadas por la economía de mercado, pero su alternativa no era ética y humana, pues pasaba por la violencia y desembocaba en un Estado totalitario. Juan Pablo II no mostró interés por comprender a los teólogos que esgrimían la “opción preferencial por los pobres”. Se limitó a silenciarlos y marginarlos. Afortunadamente, corren otros tiempos y la iglesia ha vuelto a recuperar ese espíritu profético que impregna todo el Evangelio. El gesto de Francisco de suspender las sanciones contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, otro profeta, puso de manifiesto que se abría una nueva época. Aunque todavía hacen mucho ruido los movimientos y las publicaciones integristas, los vientos de renovación y apertura parecen imparables. ¿Podría involucionar la iglesia? ¿Un nuevo Papa podría desmontar todo lo que ha hecho Francisco e imponer un modelo tradicionalista, aliado con las corrientes más intransigentes de la sociedad? Es imposible saberlo, pero si la iglesia diera eligiera ese camino, se hundiría en la insignificancia, convirtiéndose en algo marginal y anacrónico.

El camino estrecho

Hace años, dos sacerdotes se acercaron a mí mientras contemplaba la fachada de la catedral de Astorga y hablaron conmigo durante casi dos horas. Una y otra vez me repitieron que la iglesia no era el clero, sino el pueblo de Dios, la comunidad que sigue las enseñanzas del Evangelio. Pienso que esa es la razón por la que Francisco ha incrementado con sus reformas la presencia de las mujeres y los laicos, intentando restaurar la atmósfera de las primeras comunidades cristianas, cuando aún no existían las diferencias jerárquicas y el espacio de encuentro no era un rito solemne, sino la mesa compartida.

¿Qué puede aportar el Evangelio en nuestros días? ¿Cuál es hoy el papel de los profetas? Como señala José Antonio Pagola en ‘Jesús. Una aproximación histórica’, “el reino de Dios se va gestando allí donde ocurren cosas buenas para los pobres”. El Evangelio es una buena noticia porque aboga por un porvenir más justo, sin parias, explotados, ofendidos ni marginados. Como apunta Pagola, “¡Dios defiende a los que nadie defiende!”. Los profetas intentan mantener vivo ese mensaje, escogiendo el camino estrecho que tomó Óscar Romero, asesinado por luchar contra la actitud inhumana de las oligarquías. El arzobispo de San Salvador siguió el ejemplo de Jesús, que alzó la voz en favor de los campesinos pobres, los arrendatarios y los jornaleros de Galilea, con graves problemas de subsistencia por culpa de los terratenientes, partidarios de promover el comercio de trigo, vino y aceite en vez del cultivo de cebada, judías y otros productos necesarios para la subsistencia de las familias más modestas. Jesús vivió como los pobres, durmiendo a la intemperie y sin un trabajo estable. Desafiando a los ricos y poderosos, anunció que el reino sería de los olvidados y los oprimidos, de los humillados y los desamparados, de los que tienen sed y hambre de justicia. En cambio, los más prósperos y adinerados quedarían fuera. Su entrada en el reino sería más improbable que el tránsito de un camello por el ojo de una aguja.

Solidaridad con el vulnerable

Algunos sostienen que –conforme a su sustrato arameo– las bienaventuranzas deberían ser traducidas en primera persona. En realidad, Jesús habría dicho: “Dichosos nosotros que no tenemos nada… Dichosos los que ahora tenemos hambre… Dichosos los que ahora lloramos”. No es extraño que los políticos, oligarcas y militares salvadoreños que organizaron el asesinato de Romero llegaran a pensar que la Biblia era un panfleto revolucionario e interpretaran su posesión como un gesto subversivo. Jesús no habla de un amor retórico, como señala Pagola, sino de alimentar al hambriento, vestir al que está desnudo, visitar al que está en la cárcel, compartir con el que no tiene nada. Exalta la misericordia, no la penitencia. La salvación no es un privilegio de los que observan los ritos religiosos, sino de los que ayudan a los necesitados. Lo esencial no es el culto o la obediencia, sino la compasión.

Jon Sobrino se pregunta si es humano un mundo donde una minoría acumula insolidariamente y otra muere de escasez. Los medios de comunicación encubren esa realidad, logrando que los pobres sean invisibles e irrelevantes. Sobrino afirma que lo cristiano es prestar la voz a los que carecen de ella. Hay que contrarrestar las campañas de desinformación de “los que tienen demasiada voz”. La resignación, el fatalismo o la complicidad con los poderes establecidos no son opciones cristianas. Lo cristiano es solidarizarse con el más débil y vulnerable. Sobrino comenta con pesar que niño del Primer Mundo consume los recursos de más de 400 niños etíopes y que todos los años mueren cincuenta millones de personas a causa del hambre. Frente a esta iniquidad, aboga por la creación de “un mundo que llegue a ser un hogar para el hombre”, según las palabras del filósofo Ernst Bloch. Escribe Sobrino: “Desde la fe cristiana, tal como la actualizaron entre nosotros monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, las víctimas son más que víctimas. Son el pueblo crucificado, el siervo doliente de Yahveh, el Cristo crucificado de nuestro tiempo”.

El porvenir de la iglesia depende de la aparición de nuevos profetas. Profetas que irriten tanto como Jesús, crucificado por la Roma imperial. Profetas como monseñor Romero, que pidió a la Guardia Nacional que no disparara contra sus hermanos (“En nombre Dios, ¡cese la represión!”). Profetas como Ellacuría, que afirmó que nadie tenía derecho a lo superfluo mientras todos no tuvieran lo esencial. Sin profetas, la iglesia solo será una institución, más preocupada por su supervivencia que por el legado del Evangelio. “La gloria de Dios –apuntó monseñor Romero– es que el pobre viva”. Lo contrario es impiedad, blasfemia. Ojalá el siglo XXI nos depare nuevos santos como Romero, testigo de Cristo entre sus hermanos.

La escuela en el corazón de Romero


La fuerza más potente del mundo

“¿De qué sirve todos esos «descubrimientos» si en vez de dar alas al alma para acercarse a Dios, fueron tumba que aprisionó el espíritu? No es que condene el progreso, sino el ateísmo de nuestro progreso. Que el hombre se olvidó que las fuerzas que tiene en sus manos y el dominio sobre la materia Dios se los confió solamente para perfeccionar su misma esencia humana que consiste en ser imagen de Dios


Y por eso se ha escrito que el alma de toda cultura del alma […] la fuerza más potente del mundo no es el vapor, sino la fe. La energía más valiosa del mundo no es la electricidad sino el amor. El ideal más digno del hombre no es el campeón de boxeo, sino el santo. El tesoro más sublime del hombre no es la máquina sino el alma”, esto lo escribió Oscar Romero en abril de 1949 siendo un joven sacerdote de 32 años.

Idea que le angustió profundamente durante toda su vida sacerdotal, pues sentía que, de alguna manera, era la raíz de los males del ser humano. “Almas que aprisionó la sensibilidad o el espíritu comercial excesivo, o la fe desmedida en el poder de la máquina, o el atropello de toda justicia, o el error de falsas opiniones. Almas que parecéis vivas y estáis muertas, oíd, está soñando la hora de la libertad! Es la hora de la resurrección!” Y tenía muy claro que la educación era un camino poderoso para contribuir con Cristo y la Iglesia en la resurrección del hombre aquí y ahora.

Una educación con un fuerte propósito social

Una educación con un fuerte propósito social, eso pensaba Romero, para la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de la paz y la propia liberación de todo hombre y mujer, que se sustentó de la creciente comprensión que tuvo sobre las posiciones que asumieron las Conferencias Episcopales de Medellín (1968), cuyo tema central fue la liberación de los pueblos de América Latina y la de Puebla (1979), acontecimiento en el cual se asume la opción preferencial por los pobres como una línea de acción de la Iglesia latinoamericana y de otros documentos relacionados con la doctrina social de la Iglesia Católica, es decir, una educación que sirva, como cierran aquellas muy lejanas palabras de 1949, para romper “los sellos de la tumba, rodar la pesada losa sepulcral. Y por el campo libre, bajo la espléndida mañana, iluminado por una vida sin temores de muerte, camina seguro [junto al] Resucitado. Si con Cristo habéis resucitado, buscad vosotros también las cosas que son de arriba”.

Quizás el tema educativo haya sido una preocupación central en el pensamiento de Romero desde siempre, pero no lo abordó de manera decidida y constante, aunque, si leemos sus documentos con la mente abierta, podemos hallar allí palabras que pueden nutrir aspectos fundamentales para la pedagogía latinoamericana. No lo abordó con mucha constancia, pero cuando lo hizo aportó ideas luminosas brotadas del corazón siempre nuevo del Evangelio.

Una casa para moldear el corazón del hombre

La escuela es una casa en la cual podemos moldear el corazón del hombre y esa tarea preciosa la tienen los maestros y profesores, en especial, aquellos que “miran con fe a un niño porque no es un ser para malearlo a nuestro gusto, sino un hijo de Dios que trae la imagen que el mismo Dios está reclamando que se forme a lo que él ha puesto en potencia en ese futuro hombre”. Moldearles el corazón con la forma de la mirada de Cristo cuya presencia en el mundo es un permanente –y siempre nuevo– cuestionamiento de la realidad humana, en especial, en ambientes de espesa injusticia.

Moldearles el corazón a partir de una idea muy clara de una ética trinitaria o de la concordia, ya lo hemos dicho, una ética como posibilidad humana de ceder al otro prioridad sobre uno mismo, es decir, deponer nuestra soberanía, nuestro orgullo y nuestra prepotencia. Una ética que busque siempre y en todo momento “un bienestar que no sea atropello de nadie, sino que sea el amor y la fe entre los hombres”. Un corazón siempre dispuesto a trabajar por la construcción un amor y una paz -pero no una paz y un amor superficiales, de sentimientos, de apariencia-, un amor y una paz que tiene sus raíces profundas en la justicia. Sin justicia no hay amor verdadero, sin justicia no hay la verdadera paz. Paz y Bien


Por Por Valmore Muñoz Arteaga. Director del Colegio Antonio Rosmini. Maracaibo – Venezuela

Profetas: el porvenir de la Iglesia

marcha en El Salvador en memoria de Ignacio Ellacuría y jesuitas asesinados 1989 mártires de la UCA 2017
Por Rafael Narvona

Se considera profetas a los intermediarios entre Dios y la humanidad. En el pasado, este concepto se hallaba asociado a un planteamiento mitológico que implicaba una experiencia sobrenatural, una especie de misticismo pagano con ciertos signos de teatralidad. En la actualidad, un profeta no es un taumaturgo, sino alguien clarividente, un visionario cuya lucidez no se vincula a estados alterados de conciencia, sino a una comprensión profunda del Evangelio y el misterio de Dios. Profetas son Óscar Romero, Ignacio Ellacuría –dos mártires– o el papa Francisco, que con ‘Fratelli tutti’ y sus reformas, firmemente comprometidas con los pobres y con una mayor presencia de mujeres y laicos en la iglesia, ha encendido la esperanza entre creyentes y no creyentes. Profetas son también Leonardo Boff, Pedro Arrupe, reformador de la Compañía de Jesús o Jon Sobrino, superviviente de la matanza de la UCA en El Salvador. Frente a los sabios, más concentrados en el trabajo intelectual y el estudio, los profetas vuelcan su atención en la actualidad, intentando identificar los signos de los tiempos y denunciando las conductas que atentan contra la dignidad y los derechos del ser humano.


Los profetas de las últimas décadas del siglo XX sufrieron mucho con Juan Pablo II, que interpretó la teología de la liberación como una infiltración marxista en el seno de la iglesia. Su experiencia en Polonia con una dictadura comunista le impidió apreciar que ninguno de los teólogos adscritos a esa tendencia exaltó el marxismo. Simplemente, lo utilizó como una herramienta de análisis para denunciar los abusos del capitalismo. Ignacio Ellacuría repitió muchas veces que el marxismo había alertado sobre las intolerables desigualdades sociales provocadas por la economía de mercado, pero su alternativa no era ética y humana, pues pasaba por la violencia y desembocaba en un Estado totalitario. Juan Pablo II no mostró interés por comprender a los teólogos que esgrimían la “opción preferencial por los pobres”. Se limitó a silenciarlos y marginarlos. Afortunadamente, corren otros tiempos y la iglesia ha vuelto a recuperar ese espíritu profético que impregna todo el Evangelio. El gesto de Francisco de suspender las sanciones contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, otro profeta, puso de manifiesto que se abría una nueva época. Aunque todavía hacen mucho ruido los movimientos y las publicaciones integristas, los vientos de renovación y apertura parecen imparables. ¿Podría involucionar la iglesia? ¿Un nuevo Papa podría desmontar todo lo que ha hecho Francisco e imponer un modelo tradicionalista, aliado con las corrientes más intransigentes de la sociedad? Es imposible saberlo, pero si la iglesia diera eligiera ese camino, se hundiría en la insignificancia, convirtiéndose en algo marginal y anacrónico.

El camino estrecho

Hace años, dos sacerdotes se acercaron a mí mientras contemplaba la fachada de la catedral de Astorga y hablaron conmigo durante casi dos horas. Una y otra vez me repitieron que la iglesia no era el clero, sino el pueblo de Dios, la comunidad que sigue las enseñanzas del Evangelio. Pienso que esa es la razón por la que Francisco ha incrementado con sus reformas la presencia de las mujeres y los laicos, intentando restaurar la atmósfera de las primeras comunidades cristianas, cuando aún no existían las diferencias jerárquicas y el espacio de encuentro no era un rito solemne, sino la mesa compartida.

¿Qué puede aportar el Evangelio en nuestros días? ¿Cuál es hoy el papel de los profetas? Como señala José Antonio Pagola en ‘Jesús. Una aproximación histórica’, “el reino de Dios se va gestando allí donde ocurren cosas buenas para los pobres”. El Evangelio es una buena noticia porque aboga por un porvenir más justo, sin parias, explotados, ofendidos ni marginados. Como apunta Pagola, “¡Dios defiende a los que nadie defiende!”. Los profetas intentan mantener vivo ese mensaje, escogiendo el camino estrecho que tomó Óscar Romero, asesinado por luchar contra la actitud inhumana de las oligarquías. El arzobispo de San Salvador siguió el ejemplo de Jesús, que alzó la voz en favor de los campesinos pobres, los arrendatarios y los jornaleros de Galilea, con graves problemas de subsistencia por culpa de los terratenientes, partidarios de promover el comercio de trigo, vino y aceite en vez del cultivo de cebada, judías y otros productos necesarios para la subsistencia de las familias más modestas. Jesús vivió como los pobres, durmiendo a la intemperie y sin un trabajo estable. Desafiando a los ricos y poderosos, anunció que el reino sería de los olvidados y los oprimidos, de los humillados y los desamparados, de los que tienen sed y hambre de justicia. En cambio, los más prósperos y adinerados quedarían fuera. Su entrada en el reino sería más improbable que el tránsito de un camello por el ojo de una aguja.

Solidaridad con el vulnerable

Algunos sostienen que –conforme a su sustrato arameo– las bienaventuranzas deberían ser traducidas en primera persona. En realidad, Jesús habría dicho: “Dichosos nosotros que no tenemos nada… Dichosos los que ahora tenemos hambre… Dichosos los que ahora lloramos”. No es extraño que los políticos, oligarcas y militares salvadoreños que organizaron el asesinato de Romero llegaran a pensar que la Biblia era un panfleto revolucionario e interpretaran su posesión como un gesto subversivo. Jesús no habla de un amor retórico, como señala Pagola, sino de alimentar al hambriento, vestir al que está desnudo, visitar al que está en la cárcel, compartir con el que no tiene nada. Exalta la misericordia, no la penitencia. La salvación no es un privilegio de los que observan los ritos religiosos, sino de los que ayudan a los necesitados. Lo esencial no es el culto o la obediencia, sino la compasión.

Jon Sobrino se pregunta si es humano un mundo donde una minoría acumula insolidariamente y otra muere de escasez. Los medios de comunicación encubren esa realidad, logrando que los pobres sean invisibles e irrelevantes. Sobrino afirma que lo cristiano es prestar la voz a los que carecen de ella. Hay que contrarrestar las campañas de desinformación de “los que tienen demasiada voz”. La resignación, el fatalismo o la complicidad con los poderes establecidos no son opciones cristianas. Lo cristiano es solidarizarse con el más débil y vulnerable. Sobrino comenta con pesar que niño del Primer Mundo consume los recursos de más de 400 niños etíopes y que todos los años mueren cincuenta millones de personas a causa del hambre. Frente a esta iniquidad, aboga por la creación de “un mundo que llegue a ser un hogar para el hombre”, según las palabras del filósofo Ernst Bloch. Escribe Sobrino: “Desde la fe cristiana, tal como la actualizaron entre nosotros monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, las víctimas son más que víctimas. Son el pueblo crucificado, el siervo doliente de Yahveh, el Cristo crucificado de nuestro tiempo”.

El porvenir de la iglesia depende de la aparición de nuevos profetas. Profetas que irriten tanto como Jesús, crucificado por la Roma imperial. Profetas como monseñor Romero, que pidió a la Guardia Nacional que no disparara contra sus hermanos (“En nombre Dios, ¡cese la represión!”). Profetas como Ellacuría, que afirmó que nadie tenía derecho a lo superfluo mientras todos no tuvieran lo esencial. Sin profetas, la iglesia solo será una institución, más preocupada por su supervivencia que por el legado del Evangelio. “La gloria de Dios –apuntó monseñor Romero– es que el pobre viva”. Lo contrario es impiedad, blasfemia. Ojalá el siglo XXI nos depare nuevos santos como Romero, testigo de Cristo entre sus hermanos.

Beato Rutilio Grande, Celam, obispo Proaño y San Romero

«Expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio»

Romero y Rutilio
Romero y Rutilio

«El Celam asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” compartiendo esa centralidad en Jesús y en la construcción del reino del Padre»

«Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio»

«El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después»

«El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la ‘Iglesia en conversión continua'»

24.03.2022 | Edgard R. Beltrán

Rutilio Grande fue beatificado el 22 de enero del 2022, mártir por la fe y la justicia.  Rutilio fue el fruto de una exigente e ininterrumpida “conversión eclesial”.

 “Conversión Eclesial” es un giro, un cambio hacia una CENTRALIDAD: JESÚS COMO CENTRO Y COMO CENTRO DE JESÚS ES LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO DEL PADRE.  Hacia esto se centra el Concilio Vaticano II y su modelo de Iglesia como “Pueblo de Dios”, centrado en Jesús y en la construcción de ese reino (LG.9). El Celam se guía del Concilio en su centralidad en Jesús y en el reino y vive esa centralidad en la histórica reunión eclesial de Medellín, que es el mejor fruto del Vaticano II.   

El Celam asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” compartiendo esa centralidad en Jesús y en la construcción del reino del Padre.  Fue una época de “primavera eclesial” en el Continente que dejó varios ejemplos de esta “conversión eclesial impulsada por la divina dinámica de la Centralidad en Jesús y el reino”. 

Rutilio Grande, Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemu y Cosme Spessotto
Rutilio Grande, Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemu y Cosme Spessotto

El Beato Rutilio Grande, con su sangre de “mártir”, es un “testigo” de esa “conversión eclesial” que vivió en un giro ininterrumpido hacia esa “CCENTRALIDAD” EN JESÚS Y EL REINO DEL PADRE, con la guía del Concilio Vaticano II y a la luz de la reunión eclesial de Medellín. 

 El Celam fue su acompañante desde el inicio de su “conversión eclesial”, por medio del Departamento de Pastoral de Conjunto, tanto con su Equipo Ejecutivo, a quien consultó, como con su Instituto de Pastoral para América Latina, el Ipla en Quito, en el que participó. Pero lo más especial fue su convivir con el obispo Leonidas Proaño,  presidente del Departamento del Celam  y obispo de Riobamba, cerca  de Quito, un obispo ejemplo de “conversión eclesial”, tanto en su persona como en su ministerio transformador en su Iglesia diocesana. Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio.

Este “testigo” con su martirio a causa de su “conversión eclesial centralizada”, fue lo que golpeó a Oscar Romero, quien fue su arzobispo por 18  días (del 22 de febrero de 1977 al 12 de marzo), y quien así lo manifestó: “Si lo han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”.  El arzobispo desde ese momento vivió su “conversión eclesial centralizada” que, sin buscarlo, también selló con su histórico martirio, San Romero.      

El Beato Rutilio Grande inició esta etapa de “conversión eclesial centralizada” en una ocasión sencilla y casi sin saberlo, impulsado por su inquietud y su apertura al discernimiento.  Fue un paso que dio ayudado ocasionalmente por el Celam. 

Romero y Rutilio
Romero y Rutilio

El arzobispo de San Salvador, don Luis Chávez, había participado en el Concilio Vaticano II y éste lo transformó. Para aplicarlo en su pastoral, aprovechó la colaboración del  Celam con las “Semanas Pastorales” que el Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam organizaba en  cumplimiento de la tarea de servir en América Latina a una “Iglesia en conversión  centralizada” a la luz  del Concilio Vaticano II y de su aplicación en el Continente  a partir de la reunión eclesial en Medellín. Centralizado el mensaje con este contenido, l se utilizaba una metodología inductiva y participativa que contribuía a edificar la comunidad eclesial, para que continuara viva después de la semana. Casi todos los países de América Latina pidieron al Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam este servicio que lo realizaba el Equipo Ejecutivo del Departamento con la aprobación de su presidente, el obispo Leonidas Proaño. El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después

 En esta Semana Pastoral hubo dos personas que ahora nos interesan. Uno, que fue invitado y no asistió, el obispo auxiliar Oscar Romero, solamente se le veía en el comedor. El otro, que no fue invitado, pero que asistió como pudo en varios momentos desde la puerta del salón, el jesuita encargado de la administración del seminario, quien no fue invitado por no trabajar directamente en la pastoral, Rutilio Grande.

En algún momento, en privado, Rutilo le comentó a uno del equipo del Celam que él estaba deseando detener un poco sus actividades para discernir sobre su vida y que oyendo un poco los temas de la Semana Pastoral había pensado preguntarle sobre algún lugar favorable para este fin. Este le respondió que lo mejor podría ser participar en el Ipla. El tiempo de seis meses que duraba el curso era muy propicio. El contenido iba precisamente en esa dirección de contribuir a un discernimiento en una línea de “conversión eclesial”.  Los formadores que se turnaban cada semana eran de lo mejor, personas muy competentes en sus respectivas materias, y además con un total compromiso de vida en una Iglesia como Pueblo de Dios desde la base con el pobre. La metodología era la indicada para formación de “comunidad eclesial”. La transformación de los participantes era palpable, causa de queja de algunos obispos y de agradecimiento de muchos. 

Leónidas Proaño
Leónidas Proaño

Le precisó, además, que el participar en el Ipla tendría una posibilidad aún mejor, convivir con el obispo Proaño y su Pueblo en la diócesis de Riobamba, ojalá cada fin de semana. Vivir con él como persona, como cristiano, como obispo y convivir con esa comunidad eclesial diocesana, seguramente sería una de las gracias más enriquecedoras de su vida, se le aseguró a Rutilio. Él lo aceptó, fue al Ipla y así también aprovechó para ir a Riobamba todos los fines de semana del semestre menos tres. Esta vivencia le comunicó a su ser y a su obrar el giro ya irreversible en el caminar en su “conversión eclesial”. 

Así Rutilio lo confesó agradecido al obispo Proaño y a su Pueblo, así se le vio a su regreso en su vida personal y así lo practicó en su nuevo ejercicio pastoral. Así se beneficiaron sus feligreses agradecidos y transformados. Así lo notaron sus amigos que se le acercaron.  Así lo señalaron los obispos de su país que en su mayoría lo descalificaron. Así lo señaló la clase dirigente que se incomodó asustada

Así lo enmarcó el poder político que lo caracterizó como el constructor peligroso de un mundo diferente al que ellos dominaban. Los pobres se capacitaban como sujetos de su superación, los analfabetos manipulables se transformaban en formadores comunitarios, la envidia destructora del pobre contra el pobre estaba siendo reemplazada por algo que llamaban “comunidad desde la base popular”, todas y todos como una familia.   El poder político se desconcertó, pues un cura no era para meterse en estos cambios. Investigaron a Rutilio y lo vieron como un campesino igual a todos, pobre y sencillo. Los espías (“orejas”) enviados a sus reuniones informaban que casi no hablaba, preguntaba mucho a la gente y los ponía a pensar.

Leían el evangelio y lo comparaban con su situación, todas y todos hablaban de Jesús como de un hermano más del grupo y siempre salían con una tarea que ellos mismos se imponían para hacer de su situación algo más parecido a un tal reino. Los espías no veían nada raro. Pero expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio. Supieron que Rutilio había ido al Ecuador y de allí había regresado así. En comunicación entre militares supieron que en Ecuador tenían el mismo problema con el obispo Proaño de Riobamba que estaba “dañando a los indios”.  Rutilio se fue enterando de todo, como se lo comentó serenamente en una ocasión al amigo del Celam que le había aconsejado ir al Ipla y a Riobamba con el obispo Proaño. 

Leónidas Proaño
Leónidas Proaño

La convivencia igualitaria de Rutilio con el campesino pobre era mutua. Caminaban juntos,  todos y todas eran  iguales por el bautismo en la dignidad  de  hijos e hijas del mismo Padre Dios, hermanos y hermanas iguales en la misma misión y solidarios en sus riesgos. El poder político había decidido actuar violentamente. Torturó y expulsó del país al sacerdote colombiano Mario Bernal. Rutilio proclamó valientemente en la homilía:

”Es peligroso ser cristiano en nuestro medio! ¡Prácticamente es ilegal ser católico en nuestro país! ¡Ay de ustedes, hipócritas, que se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia y maldad! Son Caínes y crucifican al Señor cuando camina con el nombre del humilde trabajador del campo. Mucho me temo, hermanos, que si Jesús de Nazaret volviera ahora y bajara de Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría con sus homilías y acciones a Apopa. Lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, con ideas extrañas, contrarias a las del clan de Caínes. Sin duda, hermanos, lo volverían a matar.”   (Homilía recogida por Martin Maier en su libro) 

Conscientemente temerosa del peligro, la comunidad parroquial perseveraba en el caminar junto con Jesús y entre ellos en su común misión de bautizados. Manuel de 72 años y Nelson de 14, apoyados por sus familias y su comunidad, seguían caminando junto a Rutilio como tres bautizados iguales en una misma misión compartida. Así los ubicó el poder político y así,  juntos e iguales los tres bautizados,  fueron  asesinados  

El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la “Iglesia en conversión continua”, centralizada siempre en Jesús y el reino, cuyos miembros por el bautismo son hijos e hijas del mismo Padre y herman@s iguales entre, encargados de la misma misión de la construcción del reino, con Jesús y entre ellos “caminando juntos”. En palabras del Papa Francisco, la IGLESIA SINODAL, como ha debido ser desde el comienzo, y como va a ser en este tercer milenio y para siempre. Rutilio, Manuel y Nelson son ejemplo desafiante para obispos y clérigos y laicos y son intercesores.

Homenaje '¡Rutilio vive!'
Homenaje ‘¡Rutilio vive!’

¡Así lo dijo el Obispo Proaño en Riobamba al regresar de enterrar a San Romero!  

42º Aniversario de Mons. Romero

San Óscar Romero y la inmediatez del prójimo oprimido

San Óscar Romero
San Óscar Romero

«Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado»

«Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado»

«Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien ‘siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos’ (2Cor 8, 9)»

24.03.2022 | José M. Tojeira sj

Celebramos un año más la santidad de Mons. Romero en el día de su muerte martirial. Y es bueno preguntarnos qué es lo que hace santo a este obispo, tímido y profeta al mismo tiempo, riguroso consigo mismo y libre para anunciar el Evangelio del Reino, que se dirigía espiritualmente con un sacerdote del Opus Dei y se confesaba con un jesuita. Y la respuesta que brota con mayor rapidez es clara: Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado. Y ahí, en la debilidad del infravalorado y marginado, encontraba la fuerza para anunciar y denunciar.

Hablaba con todos, trataba de ayudar siempre, soportaba ataques, insultos e incluso la enemistad de algunos (a veces más que algunos) de sus hermanos en el episcopado. Pero su cariño y su preocupación indeclinable eran los pequeños, los marginados y los perseguidos por defender y trabajar en favor de la igual dignidad humana de los hijos e hijas de Dios.

Vivía con una enorme sencillez en un asilo de enfermos terminales y disfrutaba sintiéndose acogido y querido por los pobres. Su bondad y su heroicidad nos facilita ponerlo en una hornacina del pasado, como una de las personas que nos recuerda al Jesús que pasó por este mundo “haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10, 38). Pero no basta la admiración de una santidad si no se siente al mismo tiempo un fuego interior como el que sentía los apóstoles al interiorizar la resurrección del Señor.

Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado. Y un santo del que recordemos sus glorias pasadas sin que nos inquiete en nuestro presente no deja de ser una especie de adorno personal y, con frecuencia, una muestra de narcisismo institucional.

Quienes viven y sufren en la marginalidad y la pobreza, los migrantes menospreciados por su origen o por el color de su piel, las víctimas de las guerras, los saharauis abandonados porque la economía es más importante que las personas, son parte de esa legión de oprimidos que siguen cuestionando nuestras historias personales y sociales.

Romero

Si no los sentimos inmediatos, si algo no nos llama a hacerlos históricamente significativos, nos alejamos de lo más hondo de nuestra realidad humana: la capacidad de sentirnos fraternos, miembros de la misma especie. Y al olvidar y traicionar nuestra humanidad traicionamos también nuestra fe. De poco nos serviría entonces el recuerdo de aquellos que en el pasado amaron tanto a sus prójimos que pudieron vivir sin que el odio de los violentos, e incluso la muerte, nublara su mirada de profetas.

Mons. Romero nos llama siempre al presente. Así lo entendieron quienes propusieron en la ONU que el 24 de marzo fuera el “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con las Violaciones Graves de los Derechos Humanos y para la Dignidad de las Víctimas”. La Asamblea General de la ONU aprobó en 2010 la titulación de ese día en honor a Monseñor Romero. Casi podríamos decir que lo canonizó antes que su propia y nuestra Iglesia.

Pero tanto a los cristianos como a la ciudadanía humanista nos cuesta demasiado romper la comodidad que nos cuestiona el que sufre. Y ponemos al margen de nuestras mentes a quien la sociedad ha marginado ya antes, de un modo injusto y con frecuencia violento. El Romero santo y asesinado debe ser para nosotros siempre un recuerdo peligroso. Peligroso para el statu quo del dinero, de la egolatría y del poder, y peligroso también para quienes, despertados y urgidos por su recuerdo, tratemos simultáneamente de odiar al mal y amar al enemigo. Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos” (2Cor 8, 9).

Romero

El grito olvidado de paz de Mons. Romero

Marco Gallo

 


El 24 de marzo de 1980  Mons. Oscar Arnulfo Romero era asesinado ante el altar mientras celebraba la Eucaristía. El hombre, definido “San Romero de América”, donaba su vida por los pobres y por la paz de su atormentado país: El Salvador. Aquel obispo que había invocado la paz por el martirizado país centroamericano era sacrificado, como víctima y mártir del último mojón de la guerra fría


Hoy, a distancia de 42 años, parece que la memoria del canonizado obispo salvadoreño se haya esfumado, corriendo el riesgo de quedar como una imagen santa, pero en color sepia, de un cristianismo ritual alejado de la vida y de los hechos cotidianos de la gente. Mons. Vincenzo Paglia, postulador de la causa de canonización del obispo mártir, ha escrito en estos días: “Con amargura, con gran amargura hay que destacar un enorme silencio sobre Romero y sobre su testimonio martirial. Romero parece olvidado, también entre los cristianos. Su memoria no sacude más las conciencias visto las violencias y las guerras de estos años y de nuestros días”. Incluso en la misma América Latina es lejana la imagen de un Mons. Romero “amigos de los pobres, siempre cercanos a los últimos, a los descartados”.

Actualidad profética de Romero

Sin embargo su testimonio contra la guerra, contra todo tipo de violencia y conflicto es de una gran actualidad profética. Hay que recordar aquel 23 de Marzo de 1980 cuando en la homilía dominical pronunció aquellas palabras por las que pedía a los soldados salvadoreños que abandonaran las armas y que se dejara de matar a los hermanos. “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese a la Represión!”. Estas palabras de paz y de búsqueda incansable de diálogo en un país dividido y polarizado le costaron a Mons. Romero su propia vida.

Cuando en 2018 el Papa Francisco canonizó a Mons. Romero, quiso verdaderamente que fuera el ejemplo transparente de un hombre de paz, frente a la endémica violencia que afecta el continente latinoamericano. Así se expresaba en aquellos días dirigiéndose a los obispos salvadoreños: “Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios. Estímulo para testimoniar el amor de Cristo y la solicitud por la Iglesia, sabiendo coordinar la acción de cada uno de sus miembros y colaborando con las demás Iglesias particulares con afecto colegial. Que el santo Obispo Romero los ayude a ser para todos signos de esa unidad en la pluralidad que caracteriza al santo Pueblo fiel de Dios”.

Hay que encarnar en la realidad de hoy estas palabras del pontífice argentino; Romero representa la búsqueda de unidad dentro y fuera de la Iglesia, en un tiempo de fragmentación y de división que el evento bélico en Ucrania lo sintetiza dramáticamente. La profecía de Romero no está muerta sino que necesita de cristianos que sepan tomar en serio el Evangelio, que estén dispuestos a hacerse cargo de las heridas de los muchos “hombres medio muertos en el camino a Jericó” y ayuden a reconstruir relaciones y lazos humanos desgarrados por el odio y el egoísmo. “La paz verdadera – decía Mons. Romero – no es la de los cementerios, sino una paz que se construye sólida sobre bases de justicia y de amor”. Que el testimonio de Mons. Romero contribuya a construir en las nuevas generaciones, verdaderos artesanos de paz.