Profetas: el porvenir de la Iglesia

marcha en El Salvador en memoria de Ignacio Ellacuría y jesuitas asesinados 1989 mártires de la UCA 2017
Por Rafael Narvona

Se considera profetas a los intermediarios entre Dios y la humanidad. En el pasado, este concepto se hallaba asociado a un planteamiento mitológico que implicaba una experiencia sobrenatural, una especie de misticismo pagano con ciertos signos de teatralidad. En la actualidad, un profeta no es un taumaturgo, sino alguien clarividente, un visionario cuya lucidez no se vincula a estados alterados de conciencia, sino a una comprensión profunda del Evangelio y el misterio de Dios. Profetas son Óscar Romero, Ignacio Ellacuría –dos mártires– o el papa Francisco, que con ‘Fratelli tutti’ y sus reformas, firmemente comprometidas con los pobres y con una mayor presencia de mujeres y laicos en la iglesia, ha encendido la esperanza entre creyentes y no creyentes. Profetas son también Leonardo Boff, Pedro Arrupe, reformador de la Compañía de Jesús o Jon Sobrino, superviviente de la matanza de la UCA en El Salvador. Frente a los sabios, más concentrados en el trabajo intelectual y el estudio, los profetas vuelcan su atención en la actualidad, intentando identificar los signos de los tiempos y denunciando las conductas que atentan contra la dignidad y los derechos del ser humano.


Los profetas de las últimas décadas del siglo XX sufrieron mucho con Juan Pablo II, que interpretó la teología de la liberación como una infiltración marxista en el seno de la iglesia. Su experiencia en Polonia con una dictadura comunista le impidió apreciar que ninguno de los teólogos adscritos a esa tendencia exaltó el marxismo. Simplemente, lo utilizó como una herramienta de análisis para denunciar los abusos del capitalismo. Ignacio Ellacuría repitió muchas veces que el marxismo había alertado sobre las intolerables desigualdades sociales provocadas por la economía de mercado, pero su alternativa no era ética y humana, pues pasaba por la violencia y desembocaba en un Estado totalitario. Juan Pablo II no mostró interés por comprender a los teólogos que esgrimían la “opción preferencial por los pobres”. Se limitó a silenciarlos y marginarlos. Afortunadamente, corren otros tiempos y la iglesia ha vuelto a recuperar ese espíritu profético que impregna todo el Evangelio. El gesto de Francisco de suspender las sanciones contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, otro profeta, puso de manifiesto que se abría una nueva época. Aunque todavía hacen mucho ruido los movimientos y las publicaciones integristas, los vientos de renovación y apertura parecen imparables. ¿Podría involucionar la iglesia? ¿Un nuevo Papa podría desmontar todo lo que ha hecho Francisco e imponer un modelo tradicionalista, aliado con las corrientes más intransigentes de la sociedad? Es imposible saberlo, pero si la iglesia diera eligiera ese camino, se hundiría en la insignificancia, convirtiéndose en algo marginal y anacrónico.

El camino estrecho

Hace años, dos sacerdotes se acercaron a mí mientras contemplaba la fachada de la catedral de Astorga y hablaron conmigo durante casi dos horas. Una y otra vez me repitieron que la iglesia no era el clero, sino el pueblo de Dios, la comunidad que sigue las enseñanzas del Evangelio. Pienso que esa es la razón por la que Francisco ha incrementado con sus reformas la presencia de las mujeres y los laicos, intentando restaurar la atmósfera de las primeras comunidades cristianas, cuando aún no existían las diferencias jerárquicas y el espacio de encuentro no era un rito solemne, sino la mesa compartida.

¿Qué puede aportar el Evangelio en nuestros días? ¿Cuál es hoy el papel de los profetas? Como señala José Antonio Pagola en ‘Jesús. Una aproximación histórica’, “el reino de Dios se va gestando allí donde ocurren cosas buenas para los pobres”. El Evangelio es una buena noticia porque aboga por un porvenir más justo, sin parias, explotados, ofendidos ni marginados. Como apunta Pagola, “¡Dios defiende a los que nadie defiende!”. Los profetas intentan mantener vivo ese mensaje, escogiendo el camino estrecho que tomó Óscar Romero, asesinado por luchar contra la actitud inhumana de las oligarquías. El arzobispo de San Salvador siguió el ejemplo de Jesús, que alzó la voz en favor de los campesinos pobres, los arrendatarios y los jornaleros de Galilea, con graves problemas de subsistencia por culpa de los terratenientes, partidarios de promover el comercio de trigo, vino y aceite en vez del cultivo de cebada, judías y otros productos necesarios para la subsistencia de las familias más modestas. Jesús vivió como los pobres, durmiendo a la intemperie y sin un trabajo estable. Desafiando a los ricos y poderosos, anunció que el reino sería de los olvidados y los oprimidos, de los humillados y los desamparados, de los que tienen sed y hambre de justicia. En cambio, los más prósperos y adinerados quedarían fuera. Su entrada en el reino sería más improbable que el tránsito de un camello por el ojo de una aguja.

Solidaridad con el vulnerable

Algunos sostienen que –conforme a su sustrato arameo– las bienaventuranzas deberían ser traducidas en primera persona. En realidad, Jesús habría dicho: “Dichosos nosotros que no tenemos nada… Dichosos los que ahora tenemos hambre… Dichosos los que ahora lloramos”. No es extraño que los políticos, oligarcas y militares salvadoreños que organizaron el asesinato de Romero llegaran a pensar que la Biblia era un panfleto revolucionario e interpretaran su posesión como un gesto subversivo. Jesús no habla de un amor retórico, como señala Pagola, sino de alimentar al hambriento, vestir al que está desnudo, visitar al que está en la cárcel, compartir con el que no tiene nada. Exalta la misericordia, no la penitencia. La salvación no es un privilegio de los que observan los ritos religiosos, sino de los que ayudan a los necesitados. Lo esencial no es el culto o la obediencia, sino la compasión.

Jon Sobrino se pregunta si es humano un mundo donde una minoría acumula insolidariamente y otra muere de escasez. Los medios de comunicación encubren esa realidad, logrando que los pobres sean invisibles e irrelevantes. Sobrino afirma que lo cristiano es prestar la voz a los que carecen de ella. Hay que contrarrestar las campañas de desinformación de “los que tienen demasiada voz”. La resignación, el fatalismo o la complicidad con los poderes establecidos no son opciones cristianas. Lo cristiano es solidarizarse con el más débil y vulnerable. Sobrino comenta con pesar que niño del Primer Mundo consume los recursos de más de 400 niños etíopes y que todos los años mueren cincuenta millones de personas a causa del hambre. Frente a esta iniquidad, aboga por la creación de “un mundo que llegue a ser un hogar para el hombre”, según las palabras del filósofo Ernst Bloch. Escribe Sobrino: “Desde la fe cristiana, tal como la actualizaron entre nosotros monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, las víctimas son más que víctimas. Son el pueblo crucificado, el siervo doliente de Yahveh, el Cristo crucificado de nuestro tiempo”.

El porvenir de la iglesia depende de la aparición de nuevos profetas. Profetas que irriten tanto como Jesús, crucificado por la Roma imperial. Profetas como monseñor Romero, que pidió a la Guardia Nacional que no disparara contra sus hermanos (“En nombre Dios, ¡cese la represión!”). Profetas como Ellacuría, que afirmó que nadie tenía derecho a lo superfluo mientras todos no tuvieran lo esencial. Sin profetas, la iglesia solo será una institución, más preocupada por su supervivencia que por el legado del Evangelio. “La gloria de Dios –apuntó monseñor Romero– es que el pobre viva”. Lo contrario es impiedad, blasfemia. Ojalá el siglo XXI nos depare nuevos santos como Romero, testigo de Cristo entre sus hermanos.

Beato Rutilio Grande, Celam, obispo Proaño y San Romero

«Expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio»

Romero y Rutilio
Romero y Rutilio

«El Celam asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” compartiendo esa centralidad en Jesús y en la construcción del reino del Padre»

«Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio»

«El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después»

«El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la ‘Iglesia en conversión continua'»

24.03.2022 | Edgard R. Beltrán

Rutilio Grande fue beatificado el 22 de enero del 2022, mártir por la fe y la justicia.  Rutilio fue el fruto de una exigente e ininterrumpida “conversión eclesial”.

 “Conversión Eclesial” es un giro, un cambio hacia una CENTRALIDAD: JESÚS COMO CENTRO Y COMO CENTRO DE JESÚS ES LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO DEL PADRE.  Hacia esto se centra el Concilio Vaticano II y su modelo de Iglesia como “Pueblo de Dios”, centrado en Jesús y en la construcción de ese reino (LG.9). El Celam se guía del Concilio en su centralidad en Jesús y en el reino y vive esa centralidad en la histórica reunión eclesial de Medellín, que es el mejor fruto del Vaticano II.   

El Celam asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” compartiendo esa centralidad en Jesús y en la construcción del reino del Padre.  Fue una época de “primavera eclesial” en el Continente que dejó varios ejemplos de esta “conversión eclesial impulsada por la divina dinámica de la Centralidad en Jesús y el reino”. 

Rutilio Grande, Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemu y Cosme Spessotto
Rutilio Grande, Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemu y Cosme Spessotto

El Beato Rutilio Grande, con su sangre de “mártir”, es un “testigo” de esa “conversión eclesial” que vivió en un giro ininterrumpido hacia esa “CCENTRALIDAD” EN JESÚS Y EL REINO DEL PADRE, con la guía del Concilio Vaticano II y a la luz de la reunión eclesial de Medellín. 

 El Celam fue su acompañante desde el inicio de su “conversión eclesial”, por medio del Departamento de Pastoral de Conjunto, tanto con su Equipo Ejecutivo, a quien consultó, como con su Instituto de Pastoral para América Latina, el Ipla en Quito, en el que participó. Pero lo más especial fue su convivir con el obispo Leonidas Proaño,  presidente del Departamento del Celam  y obispo de Riobamba, cerca  de Quito, un obispo ejemplo de “conversión eclesial”, tanto en su persona como en su ministerio transformador en su Iglesia diocesana. Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio.

Este “testigo” con su martirio a causa de su “conversión eclesial centralizada”, fue lo que golpeó a Oscar Romero, quien fue su arzobispo por 18  días (del 22 de febrero de 1977 al 12 de marzo), y quien así lo manifestó: “Si lo han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”.  El arzobispo desde ese momento vivió su “conversión eclesial centralizada” que, sin buscarlo, también selló con su histórico martirio, San Romero.      

El Beato Rutilio Grande inició esta etapa de “conversión eclesial centralizada” en una ocasión sencilla y casi sin saberlo, impulsado por su inquietud y su apertura al discernimiento.  Fue un paso que dio ayudado ocasionalmente por el Celam. 

Romero y Rutilio
Romero y Rutilio

El arzobispo de San Salvador, don Luis Chávez, había participado en el Concilio Vaticano II y éste lo transformó. Para aplicarlo en su pastoral, aprovechó la colaboración del  Celam con las “Semanas Pastorales” que el Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam organizaba en  cumplimiento de la tarea de servir en América Latina a una “Iglesia en conversión  centralizada” a la luz  del Concilio Vaticano II y de su aplicación en el Continente  a partir de la reunión eclesial en Medellín. Centralizado el mensaje con este contenido, l se utilizaba una metodología inductiva y participativa que contribuía a edificar la comunidad eclesial, para que continuara viva después de la semana. Casi todos los países de América Latina pidieron al Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam este servicio que lo realizaba el Equipo Ejecutivo del Departamento con la aprobación de su presidente, el obispo Leonidas Proaño. El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después

 En esta Semana Pastoral hubo dos personas que ahora nos interesan. Uno, que fue invitado y no asistió, el obispo auxiliar Oscar Romero, solamente se le veía en el comedor. El otro, que no fue invitado, pero que asistió como pudo en varios momentos desde la puerta del salón, el jesuita encargado de la administración del seminario, quien no fue invitado por no trabajar directamente en la pastoral, Rutilio Grande.

En algún momento, en privado, Rutilo le comentó a uno del equipo del Celam que él estaba deseando detener un poco sus actividades para discernir sobre su vida y que oyendo un poco los temas de la Semana Pastoral había pensado preguntarle sobre algún lugar favorable para este fin. Este le respondió que lo mejor podría ser participar en el Ipla. El tiempo de seis meses que duraba el curso era muy propicio. El contenido iba precisamente en esa dirección de contribuir a un discernimiento en una línea de “conversión eclesial”.  Los formadores que se turnaban cada semana eran de lo mejor, personas muy competentes en sus respectivas materias, y además con un total compromiso de vida en una Iglesia como Pueblo de Dios desde la base con el pobre. La metodología era la indicada para formación de “comunidad eclesial”. La transformación de los participantes era palpable, causa de queja de algunos obispos y de agradecimiento de muchos. 

Leónidas Proaño
Leónidas Proaño

Le precisó, además, que el participar en el Ipla tendría una posibilidad aún mejor, convivir con el obispo Proaño y su Pueblo en la diócesis de Riobamba, ojalá cada fin de semana. Vivir con él como persona, como cristiano, como obispo y convivir con esa comunidad eclesial diocesana, seguramente sería una de las gracias más enriquecedoras de su vida, se le aseguró a Rutilio. Él lo aceptó, fue al Ipla y así también aprovechó para ir a Riobamba todos los fines de semana del semestre menos tres. Esta vivencia le comunicó a su ser y a su obrar el giro ya irreversible en el caminar en su “conversión eclesial”. 

Así Rutilio lo confesó agradecido al obispo Proaño y a su Pueblo, así se le vio a su regreso en su vida personal y así lo practicó en su nuevo ejercicio pastoral. Así se beneficiaron sus feligreses agradecidos y transformados. Así lo notaron sus amigos que se le acercaron.  Así lo señalaron los obispos de su país que en su mayoría lo descalificaron. Así lo señaló la clase dirigente que se incomodó asustada

Así lo enmarcó el poder político que lo caracterizó como el constructor peligroso de un mundo diferente al que ellos dominaban. Los pobres se capacitaban como sujetos de su superación, los analfabetos manipulables se transformaban en formadores comunitarios, la envidia destructora del pobre contra el pobre estaba siendo reemplazada por algo que llamaban “comunidad desde la base popular”, todas y todos como una familia.   El poder político se desconcertó, pues un cura no era para meterse en estos cambios. Investigaron a Rutilio y lo vieron como un campesino igual a todos, pobre y sencillo. Los espías (“orejas”) enviados a sus reuniones informaban que casi no hablaba, preguntaba mucho a la gente y los ponía a pensar.

Leían el evangelio y lo comparaban con su situación, todas y todos hablaban de Jesús como de un hermano más del grupo y siempre salían con una tarea que ellos mismos se imponían para hacer de su situación algo más parecido a un tal reino. Los espías no veían nada raro. Pero expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio. Supieron que Rutilio había ido al Ecuador y de allí había regresado así. En comunicación entre militares supieron que en Ecuador tenían el mismo problema con el obispo Proaño de Riobamba que estaba “dañando a los indios”.  Rutilio se fue enterando de todo, como se lo comentó serenamente en una ocasión al amigo del Celam que le había aconsejado ir al Ipla y a Riobamba con el obispo Proaño. 

Leónidas Proaño
Leónidas Proaño

La convivencia igualitaria de Rutilio con el campesino pobre era mutua. Caminaban juntos,  todos y todas eran  iguales por el bautismo en la dignidad  de  hijos e hijas del mismo Padre Dios, hermanos y hermanas iguales en la misma misión y solidarios en sus riesgos. El poder político había decidido actuar violentamente. Torturó y expulsó del país al sacerdote colombiano Mario Bernal. Rutilio proclamó valientemente en la homilía:

”Es peligroso ser cristiano en nuestro medio! ¡Prácticamente es ilegal ser católico en nuestro país! ¡Ay de ustedes, hipócritas, que se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia y maldad! Son Caínes y crucifican al Señor cuando camina con el nombre del humilde trabajador del campo. Mucho me temo, hermanos, que si Jesús de Nazaret volviera ahora y bajara de Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría con sus homilías y acciones a Apopa. Lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, con ideas extrañas, contrarias a las del clan de Caínes. Sin duda, hermanos, lo volverían a matar.”   (Homilía recogida por Martin Maier en su libro) 

Conscientemente temerosa del peligro, la comunidad parroquial perseveraba en el caminar junto con Jesús y entre ellos en su común misión de bautizados. Manuel de 72 años y Nelson de 14, apoyados por sus familias y su comunidad, seguían caminando junto a Rutilio como tres bautizados iguales en una misma misión compartida. Así los ubicó el poder político y así,  juntos e iguales los tres bautizados,  fueron  asesinados  

El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la “Iglesia en conversión continua”, centralizada siempre en Jesús y el reino, cuyos miembros por el bautismo son hijos e hijas del mismo Padre y herman@s iguales entre, encargados de la misma misión de la construcción del reino, con Jesús y entre ellos “caminando juntos”. En palabras del Papa Francisco, la IGLESIA SINODAL, como ha debido ser desde el comienzo, y como va a ser en este tercer milenio y para siempre. Rutilio, Manuel y Nelson son ejemplo desafiante para obispos y clérigos y laicos y son intercesores.

Homenaje '¡Rutilio vive!'
Homenaje ‘¡Rutilio vive!’

¡Así lo dijo el Obispo Proaño en Riobamba al regresar de enterrar a San Romero!  

42º Aniversario de Mons. Romero

San Óscar Romero y la inmediatez del prójimo oprimido

San Óscar Romero
San Óscar Romero

«Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado»

«Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado»

«Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien ‘siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos’ (2Cor 8, 9)»

24.03.2022 | José M. Tojeira sj

Celebramos un año más la santidad de Mons. Romero en el día de su muerte martirial. Y es bueno preguntarnos qué es lo que hace santo a este obispo, tímido y profeta al mismo tiempo, riguroso consigo mismo y libre para anunciar el Evangelio del Reino, que se dirigía espiritualmente con un sacerdote del Opus Dei y se confesaba con un jesuita. Y la respuesta que brota con mayor rapidez es clara: Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado. Y ahí, en la debilidad del infravalorado y marginado, encontraba la fuerza para anunciar y denunciar.

Hablaba con todos, trataba de ayudar siempre, soportaba ataques, insultos e incluso la enemistad de algunos (a veces más que algunos) de sus hermanos en el episcopado. Pero su cariño y su preocupación indeclinable eran los pequeños, los marginados y los perseguidos por defender y trabajar en favor de la igual dignidad humana de los hijos e hijas de Dios.

Vivía con una enorme sencillez en un asilo de enfermos terminales y disfrutaba sintiéndose acogido y querido por los pobres. Su bondad y su heroicidad nos facilita ponerlo en una hornacina del pasado, como una de las personas que nos recuerda al Jesús que pasó por este mundo “haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10, 38). Pero no basta la admiración de una santidad si no se siente al mismo tiempo un fuego interior como el que sentía los apóstoles al interiorizar la resurrección del Señor.

Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado. Y un santo del que recordemos sus glorias pasadas sin que nos inquiete en nuestro presente no deja de ser una especie de adorno personal y, con frecuencia, una muestra de narcisismo institucional.

Quienes viven y sufren en la marginalidad y la pobreza, los migrantes menospreciados por su origen o por el color de su piel, las víctimas de las guerras, los saharauis abandonados porque la economía es más importante que las personas, son parte de esa legión de oprimidos que siguen cuestionando nuestras historias personales y sociales.

Romero

Si no los sentimos inmediatos, si algo no nos llama a hacerlos históricamente significativos, nos alejamos de lo más hondo de nuestra realidad humana: la capacidad de sentirnos fraternos, miembros de la misma especie. Y al olvidar y traicionar nuestra humanidad traicionamos también nuestra fe. De poco nos serviría entonces el recuerdo de aquellos que en el pasado amaron tanto a sus prójimos que pudieron vivir sin que el odio de los violentos, e incluso la muerte, nublara su mirada de profetas.

Mons. Romero nos llama siempre al presente. Así lo entendieron quienes propusieron en la ONU que el 24 de marzo fuera el “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con las Violaciones Graves de los Derechos Humanos y para la Dignidad de las Víctimas”. La Asamblea General de la ONU aprobó en 2010 la titulación de ese día en honor a Monseñor Romero. Casi podríamos decir que lo canonizó antes que su propia y nuestra Iglesia.

Pero tanto a los cristianos como a la ciudadanía humanista nos cuesta demasiado romper la comodidad que nos cuestiona el que sufre. Y ponemos al margen de nuestras mentes a quien la sociedad ha marginado ya antes, de un modo injusto y con frecuencia violento. El Romero santo y asesinado debe ser para nosotros siempre un recuerdo peligroso. Peligroso para el statu quo del dinero, de la egolatría y del poder, y peligroso también para quienes, despertados y urgidos por su recuerdo, tratemos simultáneamente de odiar al mal y amar al enemigo. Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos” (2Cor 8, 9).

Romero

El grito olvidado de paz de Mons. Romero

Marco Gallo

 


El 24 de marzo de 1980  Mons. Oscar Arnulfo Romero era asesinado ante el altar mientras celebraba la Eucaristía. El hombre, definido “San Romero de América”, donaba su vida por los pobres y por la paz de su atormentado país: El Salvador. Aquel obispo que había invocado la paz por el martirizado país centroamericano era sacrificado, como víctima y mártir del último mojón de la guerra fría


Hoy, a distancia de 42 años, parece que la memoria del canonizado obispo salvadoreño se haya esfumado, corriendo el riesgo de quedar como una imagen santa, pero en color sepia, de un cristianismo ritual alejado de la vida y de los hechos cotidianos de la gente. Mons. Vincenzo Paglia, postulador de la causa de canonización del obispo mártir, ha escrito en estos días: “Con amargura, con gran amargura hay que destacar un enorme silencio sobre Romero y sobre su testimonio martirial. Romero parece olvidado, también entre los cristianos. Su memoria no sacude más las conciencias visto las violencias y las guerras de estos años y de nuestros días”. Incluso en la misma América Latina es lejana la imagen de un Mons. Romero “amigos de los pobres, siempre cercanos a los últimos, a los descartados”.

Actualidad profética de Romero

Sin embargo su testimonio contra la guerra, contra todo tipo de violencia y conflicto es de una gran actualidad profética. Hay que recordar aquel 23 de Marzo de 1980 cuando en la homilía dominical pronunció aquellas palabras por las que pedía a los soldados salvadoreños que abandonaran las armas y que se dejara de matar a los hermanos. “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese a la Represión!”. Estas palabras de paz y de búsqueda incansable de diálogo en un país dividido y polarizado le costaron a Mons. Romero su propia vida.

Cuando en 2018 el Papa Francisco canonizó a Mons. Romero, quiso verdaderamente que fuera el ejemplo transparente de un hombre de paz, frente a la endémica violencia que afecta el continente latinoamericano. Así se expresaba en aquellos días dirigiéndose a los obispos salvadoreños: “Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios. Estímulo para testimoniar el amor de Cristo y la solicitud por la Iglesia, sabiendo coordinar la acción de cada uno de sus miembros y colaborando con las demás Iglesias particulares con afecto colegial. Que el santo Obispo Romero los ayude a ser para todos signos de esa unidad en la pluralidad que caracteriza al santo Pueblo fiel de Dios”.

Hay que encarnar en la realidad de hoy estas palabras del pontífice argentino; Romero representa la búsqueda de unidad dentro y fuera de la Iglesia, en un tiempo de fragmentación y de división que el evento bélico en Ucrania lo sintetiza dramáticamente. La profecía de Romero no está muerta sino que necesita de cristianos que sepan tomar en serio el Evangelio, que estén dispuestos a hacerse cargo de las heridas de los muchos “hombres medio muertos en el camino a Jericó” y ayuden a reconstruir relaciones y lazos humanos desgarrados por el odio y el egoísmo. “La paz verdadera – decía Mons. Romero – no es la de los cementerios, sino una paz que se construye sólida sobre bases de justicia y de amor”. Que el testimonio de Mons. Romero contribuya a construir en las nuevas generaciones, verdaderos artesanos de paz.

En el 42º aniversario del martirio de San Oscar Romero

Jesús de Nazaret y monseñor Romero, mártires por predicar y vivir la gran fraternidad universal

Romero
Romero

«En estos cuarenta y dos años ha habido momentos para todo, para recordar su vida, para hacer presente su proyecto de ayuda a los pobres, para tacharlo de “comunista y de rebelde”,  e incluso para ser beatificado y por fin canonizado por el papa Francisco»

«San Romero de América, como lo canonizó el otro gran santo de América Latina, Pedro Casaldáliga, es un santo vivo, que transmite vida y esperanza al pueblo»

«Monseñor Romero siempre defendió que todos somos iguales, que Dios no quiere la pobreza, y que todos somos iguales por ser hijos de Dios»

«El mismo poder religioso que mata a Jesús, encarnado en el sumo sacerdote y el sanedrín judío, es el que mata a Monseñor Romero»

24.03.2022 | Javier Sanchez, capellan cárcel de Navalcarnero

Hace cuarenta y dos años que caía asesinado Monseñor Romero,” la voz de los sin voz” , como era conocido por los campesinos y campesinas salvadoreñas, mientras  celebraba la Eucaristía, en la capilla del hospitalito de San Salvador, como es conocido popularmente el Hospital de la Divina Providencia,  a escasos metros de su humilde casa. Una pequeña casa, que le habían regalado las hermanas carmelitas encargadas del mismo hospital, un centro que se ocupa de los cuidados paliativos a enfermos de cáncer.

Y en estos cuarenta y dos años ha habido momentos para todo, para recordar su vida, para hacer presente su proyecto de ayuda a los pobres, para tacharlo de “comunista y de rebelde”,  e incluso para ser beatificado y por fin canonizado por el papa Francisco. La figura de Monseñor Oscar Romero no pasa desapercibida para casi nadie, aunque sea para criticarlo; el obispo del pueblo, canonizado por ese mismo pueblo, desde el mismo instante de su martirio, continua siendo una figura controvertida, incluso dentro de la propia Iglesia católica, por parte de algunos sectores más conservadores de ella.

Romero

San Romero de América, como lo canonizó el otro gran santo de América Latina, Pedro Casaldáliga, es un santo vivo, que transmite vida y esperanza al pueblo salvadoreño y a muchos de los que intentamos seguir su vida, su espiritualidad y su entrega al estilo de Jesús de Nazaret. 

Son muchos los paralelismos que tiene el mártir salvadoreño y el mártir galileo; entre Jesús de Nazaret y Monseñor Romero, sólo hay bastantes siglos de diferencia, pero el legado, la vida y el proyecto del Reino jesuánico, sigue vivo en la vida y el martirio del Arzobispo asesinado. El Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, muere crucificado, como eran asesinados los malhechores de la época; el obispo de San Salvador, muere a consecuencia de una bala asesina que le dispara un sicario a sueldo del poder y el ejército salvadoreño. 

Conocemos las dos historias, y en las dos hay algo muy claro que a los dos les costó la muerte: la preocupación por los pobres y los desvalidos, el servir a los desdichados de este mundo y hacer de ellos los preferidos de su vida y de su mensaje. Los dos fueron asesinados por la misma causa: predicar y vivir la gran fraternidad universal, el reconocer que todos somos hermanos en igualdad de condiciones, que Dios nos quiere a todos, por ser sus hijos, y que de entre esos hijos prefiere a los más desfavorecidos y necesitados, no por ser “buenos o malos “, moralmente hablando, sin por ser los más pobres , los que nadie quiere, “los hijos queridos de Dios” ; “Cada vez que los hicisteis con unos de estos mis hermanos, más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40), estas palabras del evangelio resumen ambos martirios, y reconocemos en ellas la presencia de Dios en cada hermano marginado y necesitado de amor y de ayuda por nuestra parte. 

Romero

Son muchos los textos del evangelio donde el mártir Jesús de Nazaret es criticado y puesto en duda, por ayudar a los pobres, por estar cerca de ellos. Y la respuesta de Jesús a esa crítica es siempre la misma: “de esos pobres, es el Reino de los cielos”; a esos que no cuentan en la sociedad normal, es a los que prefiere y el mismo Dios, porque son más necesitados de amor que los otros. Esos pobres que son machacados por la injusticia y el poder romano de aquel momento, son a los que Jesús de modo especial defiende. Su defensa va preparando el camino hacia la cruz de Jesús. Ese mismo Jesús que defiende el amor por encima de la ley, es el Jesús que es clavado en la cruz, entregando a la vida hasta el final. El Jesús amigo de los débiles es al Jesús que por supuesto no aguantan los poderosos del momento, porque El les quita poder, porque su vida denuncia una manera injusta de tratar al hermano.

El poder es la causa última de la muerte del mártir de Nazaret. Un poder que no entiende de fraternidad sino solo de rivalidad; un poder que por querer ser como dios (que ya aparece en el libro de Génesis) termina crucificando al justo. Y frente a ese poder, Jesús predica la humildad y la autoridad y poder de “lavarnos los pies”. La pregunta del Génesis, “Donde está hermano?” ( Gn  4,9), es la afirmación del evangelio en el juicio final del evangelio de Mateo : “Estuve necesitado, y no vinisteis a socorrerme” (Mt 25). Jesús quitaba poder a los que lo tenían en su tiempo y proclamaba una fraternidad que brota del servicio y del reconocer la igualdad básica de todos los seres humanos, por ser hijos e hijas de Dios. 

     Y eso mismo es lo que le achacan al mártir Romero. “Tú eres nuestra voz”, decían los campesinos pobres salvadoreños. Monseñor Romero siempre defendió que todos somos iguales, que Dios no quiere la pobreza, y que todos somos iguales por ser hijos de Dios. “No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada. No puede ser de Dios. De Dios es la voluntad de que todos su hijos sean felices ( Homilía 10 de septiembre de 1978). Pero al poder salvadoreño encarnado en la derecha y el ejército salvadoreño, no podía consentir esto, y por eso encargó a los poderosos que lo asesinaran. Y Romero caía asesinado por defender a los pobres, por ser su escudo, por ponerse de su parte. 

A ambos mártires, los mató el poder, el poder que sigue hoy matando a millones de seres humanos en muchas partes del mundo, el mismo poder que en estos momentos está bombardeando inocentes en Ucrania. El poder es la causa sin duda de la violencia e injusticia humanas en cualquier momento de la historia. 

Romero

Jesús fue acusado de “blasfemo” por hacerse llamar Hijo de Dios, e ir contra el poder religioso establecido, contra el templo y los símbolos de la fe judía que se aprovechaban de los pobres. Era blasfemo porque anunciaba una nueva manera de ser y de vivir la fe, desde la fraternidad y el reconocimiento de todos por igual. Blasfemo porque su privilegio era para los pecadores, enfermos y pobres y no para los poderosos ni los que se creían los buenos. Lo crucificaron como al peor de los delincuentes, con la peor de las muertes y fuera de la ciudad santa, porque sus palabras  y acciones atentaban contra el sistema establecido.

Y en esa misma línea,  Monseñor Romero es acusado de “comunista”, de favorecer la insurrección, de predicar la igualdad que predicaba el mismo Marx. Su comunismo consistía en predicar que todos somos hermanos y que Dios es nuestro Padre común. Por eso también lo mataron, lo asesinaron mientras hacía vida el mismo sacrificio de Jesús en la Eucaristía. Son las palabras de Madre Lucita, carmelita misionera del Hospitalito , presente el día del magnicidio:

“Por instinto de conservación, tras recibir el impacto del proyectil se cogió del altar, haló el mantel y en ese momento se volcó el copón, y las hostias sin consagran se esparcieron sobre el altar.  Las hermanas del nuestra comunidad del hospitalito interpretaron ese signo como que Dios le dijera: hoy no quiero que me ofrezcas el pan y el vino como en todas las eucaristías, hoy la victima eres tu OSCAR y en ese mismo instante, Monseñor cayó a los pies de la imagen de Cristo, a quien tuvo como modelo toda su vida . Los que se preocupan de los pobres son por tanto, blasfemos y comunistas, porque su Dios no coincide con el de los poderosos, porque el rostro de Dios que nos transmiten es un rostro distinto, que brota de la debilidad y del amor a todos; el poder de los judíos y los cristianos en ocasiones, se transforma en la debilidad de la cruz, “escandalo para judíos  y necedad para gentiles”( I Cor 1, 23)

Pero todavía más, ambos, Jesús y Romero, fueron asesinados por un poder específico: el poder religioso. Jesús fue crucificado porque el poder religioso judío veía que le quitaba fuerza, que le quitaba beneficios, que sus palabras en defensa del débil le hacían  tambalear sus injusticias. El sumo sacerdote y el sanedrín deciden dar muerte a Jesús porque veían perder sus beneficios, y si no hubiera sido asesinado Jesús, crucificado como un cruel delincuente, habría hecho caer todo lo que para ellos era fundamental: la opresión del débil, el aprovecharse de los más marginados.

Romero

El mismo poder religioso que mata a Jesús, encarnado en el sumo sacerdote y el sanedrín judío, es el que mata a Monseñor Romero. Y por eso el martirio del Arzobispo cobra un matiz especial: al Arzobispo no lo matan los ateos o los que no siguen el evangelio , sino que lo matan “los propios cristianos”, los que van a misa, los que después de comulgar eran capaces de dar orden de matar, de perseguir y hacer desaparecer a los pobres y campesinos. Esos “que iban a misa” no podían soportar que sus privilegios a consta de los más pobres salvadoreños, se perdieran.

Es conocida la frase de Romero en la homilía del funeral del otro mártir asesinado, y también recientemente beatificado por el papa Francisco, Rutilio Grande “hermanos asesinos”; porque de sobra sabia Romero que entre los asistentes a aquel funeral estaban los miembros del gobierno y del ejército responsables del triple asesinato de El Paisnal, donde fueron ametrallados el jesuita Rutilio Grande, el anciano Manuel y el joven Nelson Rutilio. El poder religioso crucifica a Jesús de Nazaret y el poder de “ los que van a misa” , cristianos, mata a Monseñor Romero. 

     Y  conocemos también lo que pasó con el mártir Jesús de Nazaret, como había anunciado mientras estaba con los discípulos, resucitó de entre los muertos, la muerte no tuvo la última palabra sobre El, y encomendó a sus seguidores que fueran a Galilea para poder verlo, que fueran a la Galilea de los pobres, de los paganos, de los que no cuentan. Jesús no dijo a sus discípulos que lo verían en la ciudad santa y grande de Jerusalén, sino en “la Galilea de los gentiles”, donde nadie quería ir. Los pobres son los que entendieron a Jesús y por ellos especialmente murió y resucitó. La primera comunidad cristiana se fragua desde el encuentro con el maestro Resucitado,  vivo y presente en los que siguen su palabra y su mensaje, que también después seguirán y siguen siendo perseguidos. 

     Es también  conocida la frase de Monseñor Romero, “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”, y es cierto que el Arzobispo Romero sigue vivo y resucitado en el pueblo. Esta vida y resurrección de Romero se palpa y se ve en cada rincón de los cantones de El Salvador. En cada casa de cada campesino te hablan de Romero, te dicen cómo les sigue ayudando, su presencia es mucho más que un mero recuerdo. “Morirá un obispo pero la Iglesia, que es el pueblo, vivirá para siempre!, y ciertamente así es . Romero no vive solo en los lugares santos, en la  cripta de la catedral donde está enterrado, o en la capilla del hospitalito donde lo asesinaron, está presente en su pueblo, donde quiso estar siempre, en medio de los pobres.

Romero

“Era un obispo de los de abajo”, me decía una mujer de Arcatao en el departamento de Chalatenango, sigue caminando y luchando en cada una de las comunidades de base, sigue siendo su guía y apoyo espiritual. Acercarse a la tumba del Santo es descubrir la cantidad de personas que siguen venerando a Romero. Recuerdo, estando sentado delante de ella, rezando, cuando vi aparecer a una mujer que se abrazó a la tumba y comenzó a llorar; iba bien vestida y se la veía extranjera. Después de un rato, fue un cura, vestido de clérigo, y cogiéndola le dijo que tenía que marcharse; la sorpresa fue cuando al darse la vuelta también la mujer iba vestida con “clergyman” , porque como luego me dijeron era anglicana; un vuelco grande me dio el corazón, y se me escaparon las lágrimas de emoción: Monseñor Romero , su vida, atrae a todos, no distingue de confesiones religiosas.

Pero también recuerdo la fotografía de Romero, quemada y acribillada a balazos, en la entrada de la UCA, que los asesinos de los otros también mártires jesuitas, cosieron a balas: la matanza de los jesuitas fue el 16 de noviembre de 1989, nueve años y medio después del asesinato de Romero, y sus asesinos seguían odiando al obispo, tanto  que acribillaron su fotografía, porque no habían sido capaces de matarlo, seguía y sigue vivo en el pueblo, y eso les encolerizó aún más. Cristo vive y Romero vive, ambos están resucitados, y continúan siendo luz y guía para el pueblo pobre y marginado. 

    Un año más, y son y 42, seguimos recordando y actualizando el martirio de San Romero de América; su legado sigue presente y resucitado en las comunidades de El Salvador y en muchas de nuestras comunidades. Su proyecto, como el de Jesús, son una realidad. Y al recordar su vida, recordamos también a tantos crucificados y crucificadas por el mismo poder asesino y violento, aún hoy en El Salvador, y en muchos otros rincones de nuestro mundo injusto: en las bombas de Kiev, en los cadáveres del mediterráneo, en el deambular de los refugiados de muchas partes del mundo, en las llagas de los que intentan cruzar la valla, en los presos de las cárceles, en los parados, en los toxicómanos, en los inmigrantes….Monseñor Romero no puede entenderse sin sus pobres, como el cristianismo y Jesús de Nazaret no pueden entenderse sin tomar partido por los más débiles de nuestro mundo. Solo somos fieles al evangelio haciendo presente el espíritu de las bienaventuranzas. 

     En este día de San Oscar Romero, también le rezamos al santo, y le rezamos como él tantas veces rezó al Padre Dios, le pedimos que nos sigue ayudando, que siga siendo luz para El Salvador y para nuestra comunidad cristiana. “Yo no puedo, Señor, hazlo Tú”, eran las palabras de Romero arrodillado en el monumento llamado de “las tres cruces”, dedicado  a los tres mártires de El Paisnal.  Nosotros, después de cuarenta y dos años, también se lo decimos:  Monseñor, no nos olvides, ayúdanos, sigue siendo nuestra luz, sigue guiando a nuestro pueblo, sigue dando voz a tu “pobrerío”; nosotros tampoco podemos; Tú al lado del Padre, puedes ayudarnos a continuar. En este día te presentamos a todos los crucificados del mundo, y te pedimos especialmente por la paz, una paz que solo es tal cuando brota de la justicia y la fraternidad entre todos.

Romero y Pablo VI

Que el Dios de la vida te mantenga siempre vivo y resucitado junto a El y que nosotros sigamos sintiendo tu presencia en medio de nuestro pueblo. Que nuestras comunidades cristianas sean siempre comunidades que anuncien algo nuevo, que luchen por la justicia, que jamás se alíen con el poder opresor. Que sean comunidades abiertas y acogedoras a todos, especialmente a los más pobres y marginados de nuestra sociedad. Que descubramos que “el hombre es tanto más hijo de Dios cuando más hermano se hace de los hombres y es menos hijo de Dios cuanto más hermano se siente del prójimo (homilía 18 de septiembre de 1977).

Ante el 42º aniversario de Mons. Romero

La Iglesia después de 42 años, todavía emocionada, solo puede decirte: ‘Gracias, Monseñor Romero’
«Romero sigue siendo desconocido dentro de nuestra Iglesia, y sigue siendo por parte de muchos sectores de ella, martirizado, incluso después de su martirio físico, e incluso después del reconocimiento oficial por parte de la Iglesia, elevándolo a los altares»
«Ha tenido que ser un papa venido justamente de América Latina, el que ha reconocido quién es Monseñor, y cómo su vida es modelo para los creyentes»
«Monseñor Romero, como Jesús, como los jesuitas de la UCA, como las monjas norteamericanas, como miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador antes y durante la guerra, eran gente que estorbaba, precisamente porque se enfrentaba al poder establecido»
«Su ‘comunismo’ era ese, reconocer que todos nos merecemos lo mismo y que Dios no hace distinciones, que la única distinción que hace es favor delos pobres y los sencillos, pero no tanto por ser buenos, sino por ser los más necesitados y desgraciados»
«Te encomendamos en este día a toda la Iglesia del papa Francisco que lucha cada día por hacer una Iglesia de los pobres y para los pobres, una Iglesia misericordiosa y acogedora»
Por Javier Sánchez, sacerdote Seguir leyendo

San Romero de América

«Si me matan, resucitaré en el pueblo»: Actualidad de monseñor Romero en el 42 aniversario de su asesinato

«Estoy en San Salvador invitado a participar en las celebraciones del 42 aniversario del asesinato de monseñor Romero y en el 105 aniversario de su nacimiento. Su figura no ha caído en olvido, todo lo contrario»

«Creo, empero, que sin embargo que en algunos sectores jerárquicos y movimientos cristianos conservadores se está desenfocando su verdadera personalidad, como muchos temíamos una vez fuera elevado a los altares»

«Urge recuperar la figura profética y liberadora de Monseñor Romero, su dimensión política subversiva y su teología de la liberación hecha realidad a nivel personal, eclesial y social»

«En el clima actual de integrismo que se respira en importantes sectores de la curia romana y del fenómeno nuevo que califico de ‘cristoneofascista’, es necesario recuperar la figura de Romero como modelo y referente de un cristianismo liberador y de una ciudadanía crítica, activa y participativa»

«Ofrezco a continuación el siguiente decálogo que actualiza su vida, su mensaje y su práctica y constituye un desafío para el cristianismo instalado en el sistema»

24.03.2022 Juan José Tamayo

Estoy en San Salvador invitado a participar en las celebraciones del 42 aniversario del asesinato de monseñor Romero y en el 105 aniversario de su nacimiento. Su figura no ha caído en olvido. Todo lo contrario, como demuestran los numerosos actos conmemorativos organizados por las diferentes organizaciones romeristas de las diferentes iglesias estos días en la ciudad salvadoreña, de la que fue arzobispo de 1977 a 1980.

Creo, empero, que sin embargo que en algunos sectores jerárquicos y movimientos cristianos conservadores se está desenfocando su verdadera personalidad, como muchos temíamos una vez fuera elevado a los altares. Con frecuencia las canonizaciones lejos de acercar a las personas convertidas en santas al pueblo las colocan en una hornacina y las convierten en inaccesibles.

La imagen que se está difundiendo de Romero en algunos sectores es la de un obispo piadoso, devoto de la Virgen María, milagrero, obediente a Roma… No pongo en duda dichas actitudes, al menos durante una etapa de su vida, pero no fueron por las que destacó durante los tres años de arzobispo de San Salvador, ni la función principal que ejerció y menos aún el motivo de su asesinato.

Urge recuperar la figura profética y liberadora de Monseñor Romero, su dimensión política subversiva y su teología de la liberación hecha realidad a nivel personal, eclesial y social. Yo creo que la canonización de monseñor Romero constituye un reconocimiento de la teología de la liberación, perseguida durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI y seguida y practicada hoy por el papa Francisco.

En el clima actual de integrismo que se respira en importantes sectores de la curia romana, de no pocos obispos y sacerdotes católicos, contrarios a las reformas del Papa Francisco, y del fenómeno nuevo que califico de cristoneofascista, que consiste en la alianza entre la extrema derecha política y organizaciones integristas dentro de la iglesia católica, como Hazte Oír, Germinans germinabit, Asociación de Abogados Cristianos, etc. (cf. Juan José Tamayo, La Internacional del odio. ¿Cómo se construye? ¿Cómo se deconstruye?, Icaria, Barcelona, 2022, 3ª ed.) es necesario recuperar la figura de Romero como modelo y referente de un cristianismo liberador y de una ciudadanía crítica, activa y participativa. Él sigue siendo faro y antorcha que ilumina la oscuridad del presente y transmite esperanza para la construcción de la utopía de “Otro Mundo Posible”.

Ofrezco a continuación el siguiente decálogo que actualiza su vida, su mensaje y su práctica y constituye un desafío para el cristianismo instalado en el sistema.

1. Cristianismo liberador. Romero es el símbolo luminoso de un cristianismo liberador en el horizonte de la teología de la liberación que asumió la opción ética-evangélica por las personas y los colectivos empobrecidos de su país, frente a las tendencias alienantes y neoconservadoras. Puso en práctica, la afirmación de Paulo Freire: “No podemos aceptar la neutralidad de las iglesias ante la historia” y ejemplificó con su vida y su muerte martirial el ideal del poeta cubano José Martí: “Con los pobres de la tierra mi suerte yo quiero echar”.

2. Ciudadanía crítica, activa y participativa. Romero fomentó a través de sus homilías, cartas pastorales, emisora de la arquidiócesis y programas radiofónicos, el ejercicio de una ciudadanía crítica, activa y participativa. Reconocía la existencia de una conciencia crítica que iba formándose en el cristianismo salvadoreño, un cristianismo consciente, no de masas. Citando la Conferencia Episcopal Latinoamericana celebrada en Puebla de los Ángeles (México) en 1979, defendía la necesidad de “ser forjadores de nuestra propia historia”, no permitiendo que sean otros quienes desde fuera nos impongan el destino a seguir. La Iglesia tiene que implicarse en dicha ciudadanía activa: “En la medida en que seamos Iglesia, es decir, cristianos verdaderos, encarnadores de Evangelio, seremos el ciudadano oportuno, el salvadoreño que se necesita en esta hora” (Homilía 17/1/1979).

3. Pedagogía concientizadora desde la opción por los pobres. Monseñor Romero fue un excelente pedagogo que siguió el método jocista del ver-juzgar-actuar y el de concientización de Paulo Freire: paso de la conciencia ingenua e intransitiva a la conciencia transitiva y activa, de la conciencia mítica a la conciencia histórica, de la conciencia crítica a la acción transformadora y a la praxis liberadora.

4. Espiritualidad liberadora. Monseñor Romero fue una persona espiritual, un místico, pero sin caer en el espiritualismo alejado de la realidad. Fue una persona profundamente piadosa, pero no con una piedad alienante ajena a los conflictos sociales. Fue un pastor, pero de los que huelen a oveja, como pide el papa Francisco a los sacerdotes y obispos. Vivió la devoción a María, pero no la María sumisa, sino la María de Nazaret del Magnificat que declara destronados a los poderosos y empoderados a los humildes, despoja de sus bienes a los ricos y sacia a los pobres.

5. Monseñor Romero fue un referente en la lucha por la justicia para creyentes de las diferentes religiones y no creyentes de las distintas ideologías. Igualmente lo fue para los políticos por su nueva manera de entender la relación crítica y dialéctica entre poder y ciudadanía, así como para los dirigentes religiosos por la necesaria articulación entre espiritualidad y opción por los pobres, ejercicio pastoral y actitud profética.

6. Democracia participativa.La democracia hoy está enferma, gravemente herida, y, si no sabemos defenderla, es posible que esté herida de muerte. Se encuentra sometida al asedio del mercado y acorralada por múltiples sistemas de dominación, que son más fuertes que ella y amenazan con derribarla. Estos sistema de dominación son: el capitalismo en su versión neoliberal; el colonialismo en su versión neocolonial extractivista, anti-indigena y anti-afrodescendiente; el patriarcado en su versión más extrema de la violencia de género (machista), que se salda con decenas de miles de feminicidios en todo el mundo; los fundamentalismos religiosos y su irracional y destructora deriva terrorista; el modelo científico-técnico de desarrollo de la modernidad, que destruye nuestra casa común, la naturaleza; la violencia estructural del sistema, que somete a miles de millones de personas a situaciones de extrema e inhumana pobreza y de muerte.

Como respuesta frente a la democracia herida de muerte es necesario, en palabras del sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, democratizar la revolución y revolucionar la democracia. Monseñor Romero puede ser un referente en esta tarea. Creo que es aplicable al cristianismo liberador lo que afirma Ellacuría de la relación entre revolución y universidad:

“Si la revolución no pasa por la universidad, en el sentido de que no es ella su motor principal, la universidad debe pasar por la revolución, porque revolución y razón no tienen por qué estar en contradicción; más bien, en las cuestiones históricas se reclaman y se exigen mutuamente”.

Cierto: entre cristianismo y revolución no hay contradicción.

7. Trabajo por la paz y la justicia a través de la no violencia activa. Ignacio Ellacuría dijo que: “Con monseñor Romero Dios ha pasado por El Salvador”. Yo me atrevería a decir: monseñor Romero es piedra angular en el edificio de la cultura de paz que estamos llamados a construir todas y todos en El Salvador, en América Latina y en todo el mundo. Eso sí, desde la opción por los pobres.

8. Invitación a la utopía.La utopía sufre hoy un enorme desdén, cuando no un grave desprecio, un largo destierro y un maltrato semántico. Calificar a una persona, a un colectivo o a un proyecto de utópico no es precisamente un piropo, sino una descalificación en toda regla, es como llamarla ingenua, fantasmagórica, ilusa, ajena a la realidad, etc. La utopía vive un largo destierro. Es excluida de todos los campos del saber y del quehacer humano y natural: de la ciencia, donde impera la razón científico-técnica; de la filosofía, donde impera la razón instrumental; de las ciencias sociales, por ejemplo, de la economía, donde impera la razón contante y sonante; de la política, donde se impone la razón de Estado; de las religiones, donde se tiende a proponer la salvación espiritual más allá de la historia.

La utopía sufre también un maltrato semántico por parte de los diccionaristas, que suelen definirla como plan bueno y muy halagüeño, pero irrealizable, subrayando su imposibilidad de realización y sometiendo a los seres humanos a una especie de fatalismo histórico que da por buena la afirmación “las cosas son como son y no pueden ser de otra manera”, los lleva a instalarse cómodamente en la realidad y a renunciar a todo cambio.

Monseñor Romero no se instaló cómodamente en el (des)orden establecido, ni con-sintió con el pecado estructural, ni hizo las paces con el gobierno, como le pedía Juan Pablo II. Encarnó en su vida, su mensaje y su práctica liberadora la realización de la utopía, no como un ideal irrealizable y fantasmagórico, sino conforme a los dos momentos que la caracterizan: la denuncia y la propuesta de alternativas.

Denuncia de la negatividad de la historia, encarnada en los poderes que oprimían y explotaban a las mayorías populares: oligarquía, ejército, escuadrones de la muerte, gobierno de la Nación.

Propuesta de alternativas, en lenguaje cristiano del reino de Dios como la gran utopía, que Romero traducía en la construcción una sociedad no violenta, justa e igualitaria, y de una “Iglesia de la esperanza”. Alternativas realizables a través de los movimientos populares, que el apoyó durante su ministerio pastoral mediado políticamente en San Salvador.

La mejor expresión de la utopía de Romero fue la respuesta que dio a un periodista, unos días antes de ser asesinado: “Si me matan, resucitaré en el pueblo”. No estaba hablando del dogma de la resurrección de los muertos, ni de la vida eterna, sino de la nueva vida del pueblo salvadoreño liberado de la violencia, la injusticia y la pobreza. Su resurrección era la resurrección del pueblo.

9. Actitud antiimperialista. Romero se enfrentó al Imperio estadounidense en una carta dirigida al presidente Jimmy Carter en la que se oponía a la ayuda económica y militar de Estados Unidos al Gobierno y al Ejército de El Salvador porque constituía una injerencia inaceptable en los destinos de su país y agudizaba la injusticia y la represión contra el pueblo. Al final la ayuda llegó y sucedió lo que Romero había anunciado: intervencionismo estadounidense, más represión contra el pueblo y masacres contra poblaciones enteras. En eso derivó la ayuda del Pentágono.

10. ¡Cese la represión! Constantes fueron las llamadas a la reconciliación, pero no en abstracto, sino acompañadas del reparto equitativo de la tierra, que pertenece a todos los salvadoreños. No justificó la violencia revolucionaria como respuesta a la violencia del sistema, sino que apeló al diálogo y la negociación, y a buscar soluciones racionales. Exigió al Ejército, a la Guardia Nacional, a la Policía y a los soldados que dejaran de matar a sus compatriotas en una llamada entre dramática y desesperada: “En nombre de Dios… y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!’”

Entrevista en Religión Digital

Entrevista a la vuelta de la Beatificación de Mons. Romero en San Salvador en 2015

El mismo Papa lo ha dicho que a quien hay que beatificar es a Rutilio Grande porque “No hay Romero sin Rutilio”

(José Manuel Vidal).- Daniel Sánchez Barbero es un cura misionero que ha estado más de veinte años en El Salvador, desde los años inmediatamente posteriores al asesinato de Monseñor Romero. Acaba de regresar de la beatificación del santo de América, y nos va a contar cómo ha vivido esta experiencia.

Hablaremos de los sacerdotes de allí, que se consideran todos discípulos de Rutilio Grande; de cuando de Romero no se podía hablar mucho y de los organismos que ahora trabajan por preservar su memoria y ejemplo. También de España, en donde la Iglesia empieza a involucrarse en la transformación social, al contacto con el pueblo, como quiere Francisco. Sánchez Barbero, desde su compromiso con el Círculo de Espiritualidad de Podemos.

¿Qué ha significado para ti ver elevado a los altares oficiales a Romero?

La alegría ha sido estar con la gente en cuyos rostros se manifiesta el espíritu de Monseñor Romero. Ya todo el pueblo le consideraba santo, pero ha sido muy especial la oficialización. Lo bueno ha sido encontrarme con tanta gente, con tanta pastoral, con tanta Iglesia comprometida.

¿Cuántos años estuviste viviendo allí?

Desde el 83, veinticinco. Hasta el 2006. Los años siguientes he ido por meses.

Estuviste en la época más convulsa.

Toda la guerra, sí. Me tocó lo duro. Había comenzado en el 81.

¿Tuviste problemas con las autoridades? Con la derecha, imagino.

Sí, pero allí todo el mundo los tiene. Es normal. El que se compromete socialmente, ya está señalado. Hay que saber sobrevivir.

Pero me contabas que estuviste hasta impedido.

Lógicamente. A mí me tocó lo de las repoblaciones y era durante la guerra.

¿Qué es lo de las repoblaciones?

La gente que estaba en los refugios (el de Mesa Grande, por ejemplo, en Honduras; también en los seminarios había muchos refugiados) volvía a sus terrenos de origen con nuestra ayuda, desde las parroquias. Estando todo militarizado, claro, por la guerra, yo tenía que pasar hasta cuatro retenes militares para poder atender a la gente, acceder a las repoblaciones. Iba con todos los papeles certificados por el arzobispo, pero aún así pasar por los retenes era de fuerza mayor. La gente de las repoblaciones eran familiares de los que estaban en las guerrillas. Por eso los militares no les querían: sabían que apoyaban las guerrillas. Fueron años difíciles, hasta el 89, que fue la última ofensiva.

¿Estuviste en la parroquia de Rutilio Grande?

Sí, seis meses. Yo iba para apoyar, durante dos años, un proyecto de niños de la calle, y le dije al arzobispo que no podía tener parroquia. La parroquia la tengo en Madrid, en Vallecas. Pero me pidió por favor que fuera allí medio año, a Rutilio. Luego me vine a España, porque estaba mi hermana enferma, pero fue muy bonito.

¿Sigue viva la memoria de Rutilio?

Sigue muy viva. No sólo en la comunidad que lleva su nombre, sino que en otras es la principal inspiración. Incluso para grupos de desarrollo y promoción que no son de Iglesia. Su semilla está en todas partes.

¿Le van a beatificar?

Allí siempre se dice que no hay Romero sin Rutilio, y el Papa no se va a olvidar. Yo creo que sí.

¿Tanto influyó Rutilio en Romero?

Primero, porque eran muy amigos. Pero al margen del aprecio, Romero admiraba a Rutilio porque era el más preparado que había en la diócesis. Era rector del seminario, educaba a los sacerdotes. Vino a Bélgica, a hacerse la licenciatura en Lovaina. Después estuvo en Ecuador… Entonces, todo el proyecto de Medellín y de Vaticano II, que se concretó en América, Rutilio Grande lo comprendió como nadie. Cuando ya pasó a El Salvador, ya era alguien fundamental.

¿La muerte de Rutilio fue la que hizo cambiar a Romero?

Le hizo implicarse más. Por ejemplo, cuando los periodistas le preguntaban si era cierto que se convirtió con la muerte de Rutilio, él dijo aquello de «lo cierto es que vi más claro». Tuvo que ser un cambio brutal. J. Cortina dice que, aquella noche que estuvieron ante el cadáver de Rutilio, Romero no paró de llorar. «¿Qué te han hecho, Rutilio?». También dijo que, hasta que no se aclarase lo de la muerte de Rutilio, él no iba a participar en nada oficial con el gobierno. Y lo cumplió, y es cuando se fue comprometiendo más.

Después llegaron sus gestos proféticos, como el de la misa única, en contra del nuncio y de todos los obispos, con las comunidades, los sacerdotes y las religiosas. No sé si ahí, el compromiso de Romero, que iba en la línea del de Rutilio, superó al de Rutilio.

¿Ese compromiso le llevó a la muerte?

Sí, pero él lo sabía. Tenía claro que para eso estaba. No tenia miedo. Él no iba a abandonar a su pueblo en ninguna circunstancia. «Si me matan, ya resucitaré», decía siempre.

Fue un profeta y un abanderado de la justicia: si le mataron, fue porque denunciaba desde el lado de los oprimidos.

Por supuesto. Yo considero que, por eso, es un santo de hoy. No es el santo tradicional, es un profeta del Vaticano II, un activista político.

Hace unos años sería impensable hablar de un santo con estas cualidades nuevas. De hecho, a nivel de jerarquía se le quiso tapar. Ni se le nombraba.

Tengo en mi cuarto una acuarela que me hizo una pintora a partir de las fotografías que yo tengo de la tumba donde estaba antes Romero. Recuerdo que siempre estaba llena de flores, de gente y de velas. De tanta gente que iba, hubo que taparlo y lo metieron abajo, en la cripta. Lo escondieron en un rincón y a la gente le pareció una barbaridad. Tantas quejas hubo, que volvieron a cambiarle, ¡y no sé cuántas otras veces le han cambiado ya! Ahora está en un sitio digno pero pretendieron cerrarle, pretendieron que no se pudiera acceder a él.

Entonces, en ese sentido su beatificación es significativa. ¿Se corresponde con la nueva vía de la Iglesia?

Claro. La beatificación de Romero, la introducción de la de Hélder Câmara y todos los reconocimientos que van por ese camino.

¿Se empiezan a reconocer los que hasta ahora eran los «heterodoxos»?

Exacto: es gracias a Francisco. Hasta ahora, eran los herejes. La lógica de este Papa, que retoma la línea del Vaticano II, les considera líderes religiosos incluso para las otras Iglesias, no sólo la católica. Hay muchos pastores que le reconocen. Romero ha superado el círculo de lo católico y este Papa, que es muy ecuménico y populista, lo sabe, aunque la jerarquía no lo reconozca.

¿Por qué se quiere domesticar su figura? ¿Hay un intento, por parte de la jerarquía, de suprimir las aristas de Romero; hacer que no sea tan político y justiciero?

Todos intentamos domesticarlo todo, para no temerlo. «¡Romero es nuestro!», se dice. Y, bueno, será de todos. La Iglesia nunca ha querido que le quiten a Romero, porque lo politizarían. ¡Si Romero puede ser de todo el mundo! Abanderando la libertad.

Si de alguien fue primero, fue del pueblo, porque ha sido el que ha defendido su memoria hasta ahora, mientras la Iglesia oficial no quería saber nada de él.

De hecho, a todos los que promovíamos su memoria nos tenían apartados. De Romero no se podía hablar mucho. Ahora, me alegro mucho de que existan todos estos grupos: la Fundación Romero, el Comité Monseñor Romero de El Salvador… Instituciones populares que mantienen muy bien su memoria y su enseñanza. A la luz de los cambios en la actualidad, su vida es un ejemplo universal. No sólo en El Salvador, sino en todo el mundo.

San Romero de América, que decía Casaldáliga. De toda América…

Toda. Casaldáliga, aunque aquí a España no venía, iba todos los años a El Salvador, mientras la guerra. Nos veíamos siempre, en la parroquia. Y ese poema es tan bonito… Cuando él venía, siempre teníamos que hacerle un homenaje a Romero. Casaldáliga siempre lo recordaba, y nos animaba mucho. ¡Es que hasta los pastores de la Iglesia bautista han dedicado actos a Romero! Me acuerdo de su cuadro de Romero, muy grande y muy bonito. Celebrar a Monseñor Romero siempre implica flores y corridos (que son canciones) que le dedican… Sin embargo, en la Iglesia oficial apenas había cantos. Para oírlas había que ir a las liturgias paralelas: las vigilias populares, que eran increíbles.

¿Siguen funcionando paralelamente esas dos Iglesias?

Sí, pero se acaban encontrando… Yo, por ejemplo, he estado de párroco oficial en tres parroquias, pero estaba con los otros. Por eso, para actos oficiales y tal, no me podían decir que no, aunque quisieran. Siempre hay trasvase.

¿Por qué es el pueblo el que recuerda fundamentalmente a Romero? ¿Por qué le hizo santo desde siempre?

Cuando yo le preguntaba a la gente quién es Monseñor Romero, respondían que un profeta, porque dijo la verdad defendiendo a los pobres. Estuvo cerca del pueblo, ¿cómo no van a quererle! Para ellos, yo de verdad creo que es la expresión de la fe en Jesús. Por ejemplo, Medardo Gómez, el obispo luterano, siempre lo dice: «Monseñor Romero me ha ayudado a conocer más a Jesús, y el Evangelio me ha ayudado más a conocer a Monseñor Romero». Es muy bonito.

¿Esa memoria ha penetrado también en el clero de la jerarquía salvadoreña?

Ay, yo no sé. Ahora todos son romeristas, pero no sé si profundamente. En la beatificación hemos estado miles y miles, pero sólo unos cuantos han acompañado, como él, a las comunidades. Otros cuantos, han apoyado un poquito, y otros cuantos habían estado en contra… Ahora, como ya es santo, todos estamos de su parte… Pero eso no funciona así. Lo que falta, para mí, es que lo pongamos en práctica. La enseñanza de Romero es muy grande y hay que seguir su ejemplo. Renovó, me atrevo a decir, la Doctrina Social de la Iglesia. Acompañando como Iglesia a las organizaciones populares en lo que él llamaba «pastoral de acompañamiento». Es posible, en ese sentido, que nos vayamos abriendo a Romero más y más.

¿A la primavera de Francisco le está costando entrar en El Salvador?

No, porque Monseñor Romero es una puerta muy bonita por la que Francisco ha entrado. Es un pueblo auténticamente creyente y su organización, más que católica, es eclesial, ecuménica. Romero, en El Salvador, está por todas partes. No sólo en una plaquita que diga que ahí estuvo. Lo que antes eran paredes ahora, que ya es oficial, son carteles.

¿La UCA, Ellacuría… también siguen ahí?

Sí. Tenían mucha fuerza porque estaban muy unidos a Romero: Ellacuría, J. Sobrino… Se apoyaban muchísimo.

¿Romero transformaba pastoralmente los conceptos intelectuales que venían de la UCA?

En cierta manera, él tenía a Ellacuría y a Jon Sobrino de asesores. Jon Sobrino fue el que le hizo, por ejemplo, el discurso al recibir el doctorado Honoris Causa en Bélgica. Pero Sobrino siempre dice que les superaba a todos en su cercanía a las víctimas. Siempre un montón de gente le pedía cosas, y él les escuchaba. A las madres de los desaparecidos y de los presos políticos… La gente le sentía muy cerca. Por eso en los dibujos siempre sale rodeado de gente y por eso, ciertamente, está resucitando en los salvadoreños. La gente tiene mucho ánimo; tiene un gran deseo de trabajar por el cambio y de hacer una sociedad nueva. Esa es la enseñanza y el ejemplo de Romero.

¿Será santo pronto, entonces?

Creo que sí. El Papa está empeñado y la gente, pidiéndoselo. Da igual que haya o no milagro, se trata de una aclamación. «¡Han hecho beato al santo!,» dice la gente. Desde siempre el pueblo le ha considerado santo.

¿Cuántos años llevas en España, desde que volviste?

Seis, o por ahí.

Estás de párroco en un barrio popular de Vallecas. ¿También ves que en España esté calando la primavera de Francisco?

Yo creo que está calando, pero poco a poco. La jerarquía tiene un poco de resistencia. Lo del Papa Francisco es demasiado nuevo, aunque es el Evangelio: ¡no es tan nuevo! Pero el Vaticano II no se aplicó mucho y nos acostumbramos a otra cosa. Al clero y a los obispos les ha pillado con el pie cambiado. La gente sencilla sí que lo nota: les alegra entenderle. Sólo falta que la jerarquía acompañe en esto a la gente, desde el Evangelio. No estamos acostumbramos a que la gente participe, y para ayudarla tenemos que renovarnos nosotros.

¿Pero los curas jóvenes van a ser capaces de hacer ese cambio de chip?

No sé. Lo veo un poco difícil.

Han sido educados para ser funcionarios…

Aunque ya sabes que lo de la conversión… que todo es posible para Dios…, creo que tendríamos que ayudarles un poco. A ver cómo lo hacemos. Tenemos que convertirnos todos, no sólo los jóvenes, pero es verdad que a ellos va a resultarles más difícil. El problema que yo veo es lo que ha dicho el Papa: el clericalismo en la Iglesia. Somos muy clericales. ¡Es un problemón! Porque mientras no llegue el desclericalizador que la desclericalice… las costumbre va a seguir ahí.

¿Haría falta una especie de curso de actualización para toda esta gente? Que pasaran por el instituto de pastoral, no sé. Como se hizo después del Concilio.

Exacto. Hace falta una puesta al día. Hay que permitir lo que hasta ahora no se ha hecho: cambiar el talante del ministerio presbiteral con más sencillez y más humildad. Porque, encima de lo muy clericales que somos, pensamos que tenemos toda la verdad. Nuestra cuadrícula está demasiado clara: tenemos que tener más humildad. Dejar hablar a la gente y caminar juntos. Cuando Pagola habla de vivir más el Evangelio entre todos, se basa en esto.

Tenemos que caminar mucho. Nosotros, en ese sentido, estamos intentando trabajar en la animación bíblica: un blog para acercar más la Biblia a la gente con Paco Soto.

Paco Soto es un sacerdote de Granada, compañero tuyo en El Salvador.

Exacto. Nos parece que tenemos que hacer este trabajo desde la Palabra de Dios, aunque sea despacito.

¿Pero sois capaces los curas de creer a fondo perdido en los laicos? De corresponsabilizarles de verdad.

Nos cuesta. Porque hemos sido educados clericalmente: el cura es el que manda y el que lo sabe todo. Tampoco es nada nuevo: ya nos lo pedía el Vaticano II: que lo nuestro era aervir al Pueblo de Dios. Pero nos sigue costando. Habrá que comenzar desde la base. Construir el Evangelio desde abajo, aunque sea poco a poco.

Es que vocaciones no hay.

Sí, vamos al barranco! Si no hubiera laicos… esto sería un suicidio. Con el Papa Francisco, por lo menos, hay alivio: se empieza a construir algo. La Iglesia de Jesús está surgiendo desde abajo, desde los laicos. No sé, yo soy de la media botella llena. Pero estamos educados de otra forma y nos va a costar. La Iglesia humilde del Vaticano II sigue sin estar construida.

¿Por qué te llaman ‘el cura de Podemos’?

Eso se le ocurrió al de Vida Nueva, cuando me hicieron una entrevista por tfno. Claro! Pusieron lo que quisieron, sin enviarme antes el borrados; le mandé enseguida una carta quejándome y se disculparon, pero ya no había remedio…me señalaron con esa entrevista. Lo que pasa es que yo estoy en el Círculo de Espiritualidad. Este domingo tenemos reunión y, después, el día 4 de julio, hacemos un retiro. Es curioso porque no sólo haya católicos: hay de otras confesiones, agnósticos y ateos que quieren vivir y profundizar en esa espiritualidad que todos tenemos como personas. Hay una unión humanista muy fuerte. Un retiro todo el día, ¡hoy por hoy! Pues sí.

¿Vais a rezar de verdad?

Claro. Es un concepto novedoso el del Círculo. Pero «se puede». Aunque no sabemos si Podemos lo va a asumir. Yo creo que sí, porque están muy empeñados en este área en la que los otros partidos nunca se han metido. Que lo espiritual sea algo, además de profundo, motivador de cambio social, es una cosa nueva. Y Podemos, por lo menos, no ha dicho que no, como el resto de partidos.

¿Por qué hay miedo a Podemos? ¿Se ha fomentado desde la derecha?

Cambia la cuestión, pero es lo mismo que decíamos antes: Podemos asusta porque es nuevo. Han hecho toda una propaganda para que asuste. Dicen que son los que van a desestabilizar, y la población les teme, por ignorancia. Tampoco saben lo que es el Círculo de Espiritualidad. Cuando hablo de él con algunos curas, se asustan, les resulta algo nuevo…

Suena a diablo.

Con cuernos y todo! ¡Una cosa que es ridícula!

 Y no digamos a los obispos…

Todavía no he podido hablar de esto con el arzobispo, pero ya hablaremos.

¿Cómo está la Iglesia de Madrid? ¿Estamos en cambio o seguimos sin dejar la etapa de Rouco? ¿Se están intentando ensamblar las distintas sensibilidades, en vez de restar?

Espero que sí. Ya he dicho antes que tengo esperanza y con Osoro creo que sí se puede. Él ha dicho que todos podemos participar y ojalá lo ponga en práctica. No sé cuándo va a comenzar, pero sí que me gustaría hablar con él sobre este punto.

¿Sobre el plan de pastoral?

Sí, también. Era uno de los tres puntos que yo tenía en la carta que le escribí. Lo del plan pastoral, lo de la Biblia -aquí en la diócesis no hay animación bíblica organizada, como sí lo en otras diócesis, Vitoria, Santander, Barcelona…-y lo de la espiritualidad. Asunto que no es que sea ecuménico, sino ‘macroecuménico’. Como los trabajos de Casaldáliga. Creo que tenemos ahora que estar ahí presentes. Antes de las religiones, está la espiritualidad, que es lo fundamental. Tenemos que estar ahí. En la diócesis de Madrid, espero que vayamos dando pasos. De momento no lo estoy viendo… Vamos a esperar.

No sólo en casos concretos, sino en general, la Iglesia debería estar atenta a todos estos movimientos que están naciendo, que vienen del pueblo.

Claro, por eso estoy yo ahí. Hay que aportar un poco. Al menos estar presente, escuchar, poner atención, sintonizar. Porque ahí hay gente muy interesante y buena que tiene un deseo muy grande de hacer cambio sociales de forma nueva, relacionando la fe con la transformación política.

Es lo que dice la Doctrina Social de la Iglesia.

No es ninguna cosa del otro mundo, pero hay que ponerlo en práctica. Se deja como doctrina, como teoría… pues qué bien, pero idealizándola no sirve para nada. El problema viene con el cómo ponerla en práctica.

Claro. A ti te han criticado por eso, por tomar esa opción.

Sí. Un batacazo.

¿Mucho?

Bah, estoy curado de espanto. Yo ya vengo muy criticado. Todos los años de guerra y posguerra en El Salvador… Fíjate tú: uno se acostumbra.

Una de las cosas que busca Podemos es que la carga de la crisis no recaiga sólo en los empobrecidos. Eso es también una reivindicación de la Iglesia en el último documento de la Conferencia Episcopal, La Iglesia servidora de los pobres. ¿Es un deber?

Claro. Es el deber básico de la Doctrina Social de la Iglesia. Tenemos que ser responsables y promover esa igualdad en la práctica. También me parece importante que al cristiano se le ayude a crecer. A comprometerse. Si no proyectamos nuestra fe en la sociedad, no seremos útiles, por mucho que nos hayamos educado en el cristianismo. Los cristianos debemos proyectar nuestra fe en la vida social y en la política. Es la doctrina de Cristo, no estoy diciendo nada nuevo. En este sentido, Monseñor Romero es un buen ejemplo. Es un modelo a seguir muy bonito. Si le tenemos de referencia, nos ayudará.

¿Te ilusiona la idea de tener como alcaldesa a Manuela Carmena?

Sí, la he estado escuchando y es una maravilla. Con sentido común, que es el menos común de los sentidos, inteligente, honrada y consecuente. Dice las cosas claras. La he comparado con José Mujica: son parecidos, yo creo. Él ha dicho que el mundo ni se divide por razas ni por sexos sino por comprometidos y no comprometidos. Eso nos puede pasar a los cristianos y aplicárnoslo… Si queremos poner en práctica el Reino de Dios, tiene que haber un compromiso, una acción.

Claro, también haría falta una educación de los laicos que no hemos hecho. Hay mucha gente en las comunidades cristianas que sí está formada pero, en general, falta educación en las parroquias. Una educación básica en la escritura, por ejemplo. Este año nosotros hemos empezado la introducción al Antiguo Testamento, porque nadie quería hincarle el diente. También hace falta formar en Doctrina Social de la Iglesia… no hay, ni para los laicos ni para los curas. Deberíamos tener más humildad y empezar a formarnos a fondo, ayudándonos los unos a los otros. Es lo que pienso hablar con el arzobispo cuando pueda verle.

Suerte con el encuentro. Ha sido un placer, muchas gracias.

A vosotros, porque me parece que lo que hacéis en Religión Digital llega mucho y está creando, también, esa conciencia que nos hace falta. Información y formación para refrescar la Iglesia y comprometernos con el Evangelio.

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-El gesto de Romero de la misa única en toda la diócesis fue muy profético

-Romero sabía que le iban a matar, pero seguía fiel a su compromiso

-Siempre que Casaldáliga nos visitaba en El Salvador, hacíamos un homenaje precioso a Romero

-Romero tenía de asesores a Ellacuría y Jon Sobrino, pero siempre les sorprendía por su creatividad y concreción, estaba muy cerca de la gente y era más pastoralista que ellos…Ellos siempre lo reconocían…que les sobrepasaba…

-La gente sencilla sí que nota a Francisco; les alegra entenderle porque habla claro..

-La Iglesia es muy clerical, y hay que cambiarla

-Nos han enseñado que sólo el cura sabe, y ahora nos cuesta delegar en el laicado

-Me llaman ‘el cura de Podemos’ porque pertenezco al Círculo de Espiritualidad

-En las parroquias falta educación básica en Biblia y en Doctrina Social de la Iglesia

Romero, Cristo y su misericordia

 

San Romero de América

 
Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre Dios, rico en misericordia, nos ha donado a su Hijo para salvarnos. Jesús con su palabra, con sus gestos y con la totalidad de su persona revela la misericordia de Dios. Necesitamos contemplar el misterio de la misericordia divina, dice el papa Francisco, porque es fuente, condición, revelación y acción del amor de Dios por nosotros, que se hace para nosotros ley y camino en nuestra relación con Él y los demás. La Iglesia siente la necesidad vital de mantener viva esta verdad. Mantenerla viva entre los hombres de hoy. 

Por esto, Mons. Romero decía que “la Iglesia no solo se ha encarnado en el mundo de los pobres y les da una esperanza, sino que se ha comprometido firmemente en su defensa. Las mayorías pobres son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país. Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen […] los que venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres”. 

La misericordia de Cristo 

Cristo nos habla hoy de manera muy especial sobre su necesidad de que seamos protagonistas de su misericordia. Que aprendamos a contemplar la realidad que nos rodea desde sus ojos misericordiosos con la finalidad de ser semilla para una transformación antropológica que impulse la edificación de la civilización del amor. El Catecismo de la Iglesia nos enumera las obras a la que nos exhortó Cristo desde su ejemplo: “Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. 

Cristo nos pone ante la circunstancia de darle todo sin esperar nada, sin buscar nada, tan sólo la realidad de darse, pues el único sentido de su actuación es el amor que comparte con el Padre. Romero nos impulsa entonces a pensar en la necesidad de comprender a la misericordia como un camino hacia la justicia. 

Romero mira a Cristo 

Recordando la parábola del hijo pródigo, Romero nos recuerda que “preferiría que nos sentáramos en silencio y recordáramos que esas páginas del hijo son nuestra propia historia individual. Cada uno de ustedes, así como yo, podemos ver en la parábola del hijo pródigo nuestra propia historia, que se reduce siempre […] por irnos a gozar la vida sin Dios, el pecado. Y una espera de Dios, esperando el día en que el hijo llegue; y cuando el hijo, tocado por la miseria, por el abandono de los hombres, se acuerda que no hay más amor que el de Dios”. 

La misericordia de Cristo nos revela a Romero como un hermoso despertar de una cruel inhumanidad. Representa ojos nuevos para ver la verdad de la realidad y de los seres humanos. Monseñor nos muestra la profundidad de la bondad de Dios, cuyo rostro es Cristo, que se concreta en que está en favor de la vida de los pobres, en que ama con ternura a los privados de vida, en que se identifica con las víctimas de este mundo. Sin embargo, no arremete contra los ricos como se suele hacer con facilidad irresponsable. Todo lo contrario, les muestra su misericordia, aunque pueda pensar que son responsables directos o indirectos de la miseria de otros. 

Su misericordia es aquella que decide en libertad y por amor, emprender el camino a Jerusalén; una misericordia militante y comprometida, pero no con nuestros intereses, siempre subalternos, sino con la procura de Reino en la tierra que no es otra cosa que la búsqueda de la civilización del amor. Y tan concreto fue su compromiso la misericordia de Cristo y su opción por los pobres, que lo último que pronunciaron sus labios fue: “que este Cuerpo inmolado y esta Sangre Sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nue stro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar cosechas de justicia y de paz a nuestro pueblo”. Paz y Bien 

Por Valmore Muñoz Arteaga. Director del Colegio Antonio Rosmini. Maracaibo, Venezuela 

El legado de Rutilio (2)

Rutilio y Romero en El Paisnal

Rutilio y la Semana Nacional de Pastoral, julio de 1970 (2)

2. La intervención de Rutilio ante los obispos

Antes que los obispos se pronunciaran sobre las Conclusiones de la Semana, Rutilio les advirtió que no podrían neutralizar la semana de pastoral con una declaración y que ello, además, “sería lamentable” porque provocaría una confrontación “fatal”. Movido por el deseo de evitarlo, se armó de valor y se dirigió  por escrito a la conferencia episcopal. El documento llegó a la conferencia por medio de Mons. Romero, su amigo personal.
La Jerarquía, advirtió Rutilio, no podía matar aquel movimiento de renovación pastoral. Ellos tenían una responsabilidad gravísima: el campesino aún esperaba algo de la Iglesia y ésta no podía dormirse ante la coyuntura de que todavía el pueblo reaccionaba positivamente ante el hecho religioso. Había necesidad de una pastoral definida que respondiera a las necesidades y problemática social del pais. Ya se había perdido parte del campo obrero por falta de atención pastoral, ahora no debía repetirse el mismo error respecto al campesinado. Finalmente Rutilio pidió a los obispos reflexión y prudencia…
El desafío planteado por las Conclusiones de la semana debía ser planteado por todos, los obispos los primeros, que debían proceder con valentía y pronunciar una palabra de aliento para mantener viva la esperanza popular. Resguardarse en el “catolicismo de fachada” prevaleciente era una falsa ilusión, tal como lo demostraba la acelerada urbanización de San Salvador y su periferia.
“¡No nos hagamos ilusiones! Gran parte de esa gente va entrando más rápidamente de lo que creemos en la gran masa de los descristianizados. Y a medida que vaya avanzando hacia el campo ese ambiente, nuestro campesinado irá entrando”
Todavía había tiempo para impedir que la secularización alcanzara la zona rural, donde vivía la mayor parte de la población salvadoreña.
“No nos lamentemos después de haber perdido para la Iglesia gran parte de nuestro pueblo, si les dimos una religión que no pudieron sostener al primer embate de la vida secular o que no les dio nada para la construcción de su mundo, para la liberación integral de sus personas, en sus derechos inalienables de personas”
Si la Iglesia no estaba a la altura de los tiempos, el pueblo la despreciaría y la condenaría.
Rutilio también era crítico de algunos aspectos de la Semana, pero sus críticas no invalidaban sus aportes más valiosos. La conclusiones de la Semana contenían verdades incuestionables, a las cuales había que “sacar partido al máximo posible…para bien de la Iglesia en nuestro país”, puesto que “no sin cierta Providencia de Dios se mueven las cosas aunque llenas de imperfecciones humanas”