Edith Stein

6 propuestas de Edith Stein a los 80 años de su muerte

  • La filósofa alemana que fue monja carmelita fue martirizada el 9 de agosto de 1942 en el campo de concentración de Auschwitz
  • Vida Nueva repasa, en el día de su fiesta, algunas de sus principales actitudes vitales o de sus escritos que pueden ser una referencia para la vida cristiana actual

El 9 de agosto se celebra la fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz, una de las mujeres patronas de Europa y mártir del siglo XX. Nacida en Alemania en 1891, originaria de una familia judía con 11 hijos, siendo ella la pequeña. Su inquietud intelectual la llevó a entregarse por completo a la filosofía, con una actitud de cierta indiferencia por la religión, en las universidades de Breslau y Gottinga –donde entra en contacto con Edmund Husserl y conocerá también a Max Scheler–.

Tras su conversión, da clase en distintas instituciones católicas a la espera de entrar en el convento de las Carmelitas de Colonia. La Gestapo irrumpió en el convento y, junto con otra hermana, fue llevada al campo de concentración de Westerbok. El 7 de agosto de 1942 fue llevada con un millar de judíos hasta Auschwitz, en cuyas cámaras de gas murió el día 9, hace justo hoy 80 años.

Vida Nueva repasa, en ese día de su recuerdo litúrgico, algunas de sus principales actitudes vitales o de sus escritos que pueden ser una referencia para la vida cristiana del mundo de hoy.

1. La búsqueda de la verdad

Su estudio de la filosofía, de las humanidades o de la historia forma parte de una vida unificada, aunque su bautismo –“retorno a Dios”, dirá en alguna ocasión– no llegará hasta enero de 1922. Para ella su paso por diferentes universidades y su acceso a la docencia y a la investigación… forma un todo con lo que vivirá tras su conversión. “Mi anhelo por la verdad era ya una oración”, escribió uniendo la mística con el estudio riguroso.

La conversión, la reconciliará con su tradición, aunque desde una heterodoxia para muchos. Cuando en casa dijo: “Mamá, soy católica” , ambas se pusieron a llorar. Entonces, Hedwig Conrad-Martius –otra de las pensadoras de la escuela fenomenológica– escribió: “Mira, dos israelitas y en ninguna de ellas hay engaño”. Interreligiosidad en camino y ecumenismo de sangre.

2. Reconocer el potencial

“Tía Edith, ¿qué es la ‘nemofología’?”, preguntó la pequeña. “He tratado de explicarle que es esto tan famoso de la fenomenología, pero creo que la he confundido mucho más de lo que ya estaba”, interviene el padre entre risas de la filósofa. “¿Estás completamente segura de querer saber qué es eso de la ‘fenomenología’?”, propone entonces ella a su risueña sobrina mientras la lleva al otro lado del salón junto al piano. “Ves este piano, por el momento solo es un mueble más en el que puedes poner encima unas cajas de galletas y solo se convierte en aquello para lo que ha sido creado cuando abro la tapa y me pongo a tocar. Es su potencial oculto el que le da la vida. Pero, ¿quién lo hace vivir? Yo, porque sé que se puede producir música con él. Sin mi consciencia y tu consciencia, este pobre piano estaría condenado a permanecer siempre como una estantería para dejar las galletas”.

Este es el diálogo con el que Edith Stein se despide de toda su familia cuando la situación empieza a complicarse para los descendientes de hebreros en la película ‘La settima stanza’ (‘La séptima morada’, dirigida por Marta Meszaros en 1995). Es capaz de explicar a una niña el sentido profundo de la fenomenología. En esa misma escena Edith le cuenta a los suyos que tiene la invitación de una universidad americana por seguir trabajando con seguridad… sus caminos serán otros. La filosofía, sin embargo le ayudará a comprender la fuerza de la cruz, a hacer de la fragilidad, testimonio de Dios –como se dice de los mártires–.

3. El reto de ser mujer

Edith Stein vivió un estilo particular de feminidad y feminismo, sin reducciones ni exclusiones de los demás, tras haber militado inicialmente en su época estudiantil en el feminismo radical. Para ella, “el alma de la mujer debe ser amplia y abierta a todo lo humano”. Entre sus temas de estudio está también la cuestión de la mujer, como ha quedado patente en el libro ‘El significado del valor intrínseco de la mujer en la vida nacional’. Allí escribió que “ser madre significa nutrir y proteger la verdadera humanidad y llevarla a su pleno desarrollo”.

La feminidad está más allá de la maternidad, por eso en ‘El ethos de las profesiones femeninas’ dejó dicho que toda profesión “en la que el alma de una mujer es dueña de sí misma y que puede ser realizada por el alma de una mujer es auténtica profesión femenina”.

También en lo referente a la vida espiritual, defendió que “toda mujer que vive a la luz de la eternidad puede cumplir su vocación, independientemente de que sea en el matrimonio, en una orden religiosa o en una profesión mundana”.  También Edith denunciará la actitud pasiva de la mujer dentro de la Iglesia. “La Iglesia nos necesita, es decir el Señor tiene necesidad de nosotras. Todo parece indicar que hoy llama el Señor a un gran número de mujeres para el ejercicio de tareas especiales en su Iglesia”.

4. La intimidad con Dios

La primera vez que sintió curiosidad por el cristianismo fue al descubrir a una al ver cómo una aldeana entraba a la catedral de Frankfurt con la cesta de la compra mientras recorría los puestos del mercado. Frente a lo que había observado en judíos y protestantes que acudían a la sinagoga o al templo durante el horarios de las celebraciones litúrgicas; ver que aquella sencilla mujer entraba en una iglesia en un momento cualquiera y era capaz de sumergirse en la intimidad de Dios en un rato de oración en la soledad del templo, la impresionó. “No he podido olvidar lo ocurrido”, escribiría más tarde sobre esa experiencia.

Posteriormente empezaría a entrar en contacto con algunos creyentes, algunos discípulos del propio Husserl. En la biblioteca de la propia Hedwig Conrad-Martius encontrará la autobiografía de santa Teresa de Jesús que la llevará posteriormente al Carmelo, de hecho ella será su madrina en el bautizo.

Al propio filósofo reconocería después de su conversión que cada vez que hablaban de la fe, le hacía sentir “la imposibilidad de influenciar directamente”, lo que provocaba en ella “que se agudizase el impulso hacia mi propio holocausto”. El Nuevo Testamento o los ‘Ejercicios Espirituales’ de san Ignacio de Loyola serán su camino de perfección en sus primeros años como cristiana.

5. Una vocación contemplativa

Tras unos años de espera, incertidumbre y esfuerzos –y ya con las leyes antijudías del nazismo en marcha– entrará en las carmelitas. Está dispuesta desde el primer momento a vivir su vida cristiana con radicalidad. “Solamente la pasión de Cristo nos puede ayudar, no la actividad humana. Mi deseo es participar en ella”, dijo nada más entrar. En el recordatorio de la profesión perpetua quiso que estuviera una significativa frase de san Juan de al Cruz: “que ya solo amar es mi ejercicio”.

Una vocación contemplativa que siguió vinculada al estudio y a la investigación científica, escribiendo algunas obras. Se dedicará entonces a lo que llamó “la ciencia de la Cruz”.

Precisamente en el Carmelo de Echt, cada 14 de septiembre, la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, las carmelitas renovaban sus votos y la priora ofrecía una reflexión que pidió a Edith que la escribiera. Tan profunda era, que lo hará durante todos los años de su permanencia en allí. “Tu Amor misericordioso, Amor del corazón divino, te lleva a todas partes donde se derrama su sangre preciosa, suavizante, santificante, salvadora. Los ojos del Crucificado te contemplan interrogantes, examinadores. ¿Quieres cerrar nuevamente tu alianza con el Crucificado? ¿Qué le responderás? ¿Señor, a dónde iremos? Solo tu tienes palabras de vida eterna”, escribirá en una de esas ocasiones.

Vidriera de Alois Plum con Edith Stein y Maximiliano Kolbe (Kassel).

6. Su vida, síntesis de los dramas de un siglo

Esta particular expresión la utilizó Juan Pablo II en la celebración de la beatificación, que se celebró en Colonia el 1 de mayo de 1987. El papa polaco, que bien conocía la historia de la carmelita decía que “nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, hija extraordinaria de Israel e hija al mismo tiempo del Carmelo, sor Teresa Benedicta de la Cruz; una personalidad que reúne en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo”.

En este sentido, señalaba que “la síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy...; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios”. La síntesis de la cruz: “Una scientia crucis —ciencia de la cruz— solo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz”, escribió.

Celibato, mujer, ministerio eclesial

González Faus

Dos frases de K. Rahner escritas hace ¡50 años!: “si la Iglesia no puede encontrar un número suficiente de dirigentes de la comunidad sin renunciar al celibato, entonces es evidente que ha de renunciar a esa obligación de celibato”. Y sobre la ordenación de la mujer: “fundamentalmente no veo ningún motivo para contestar negativamente a esa pregunta

¿No puede eso crearle una dificultad sobreañadida a las reformas de Francisco y convertirse en un factor que refuerce la inaudita oposición y el solapado trabajo contra él, de toda la derecha eclesial y norteamericana?

Por José I. González Faus

Pues sí: de repente se ha convertido en noticia en todos los medios: lo reclaman en Alemania, lo piden en Cataluña, lo exigen en San Sebastián y en no sé cuánto sínodos: acabar con el celibato ministerial y ordenar mujeres. Hasta el diario La Vanguardia, que nunca toca temas eclesiásticos en su breve editorial de primera página, le dedica unas reflexiones del director que buscan ser serenas y razonables.

Quizá pues valga la pena reflexionar un poco, distinguiendo el qué y el cuándo.

1.- LOS CONTENIDOS

Quiero comenzar proclamando que siento un gran respeto hacia el celibato por el Reino. Pero reconociendo que no se identifica sin más con el celibato por el ministerio eclesial. En este otro campo creo que el verdadero problema reside en el derecho de las comunidades a la eucaristía.  Un derecho que no puede quedar supeditado al deseo de la autoridad eclesiástica por imponer determinadas normas al ministerio. Todo otro tipo de argumentación de que el celibato rompe la fraternidad o ataca la libertad, me pregunto si no debería pasar antes por la consulta del señor Freud.

Por lo que toca al ministerio de la mujer escribí otra vez que, desde mis limitados conocimientos bíblicos, no veo objeción. La Iglesia debe preguntarse qué es lo que Jesús haría hoy y no solo qué es lo que hizo entonces. Y a la entrada del Vaticano, en vez del texto ese de “tú eres Pedro…” quedaría mucho mejor otro texto, también de san Mateo: “ay de vosotros que quebrantáis la voluntad de Dios, por acogeros a venerables tradiciones de vuestros mayores”. Esas palabras las necesitamos hoy mucho más.

Pero añado que no se trata de mujeres sacerdotisas, como dicen algunas. Sacerdotes en la Iglesia no lo son ni ellos ni ellas, sino solo Jesucristo y el “pueblo sacerdotal”: ese es el lenguaje del Nuevo Testamento. Ese falso título sacerdotal está en la raíz de la plaga clerical tan denostada por Francisco.

Se trata pues del acceso de la mujer no al sacerdocio sino al ministerio eclesial (llámese presbiterado, cura de almas u otro nombre mejor). Incluso es probable que la supresión del término “sacerdote” (sustituido por el de “pastor” que tampoco sé si hoy es el más apto) fue algo que pudo facilitar el acceso de la mujer al ministerio en las iglesias de la Reforma. En el escaso contacto tenido con dos o tres pastoras protestantes alemanas, he creído percibir hasta qué punto la mujer (cuando está de buenas) es capaz de crear comunión[1]. Y, en fin de cuentas, de eso se trata tanto en la presidencia de la eucaristía como en la presidencia de la comunidad: de crear comunión.

Me parece además que la actitud de algunas feministas norteamericanas de no ir a comulgar mientras diga la misa un varón, daña la misma causa que quieren defender porque pone el interés propio (por legítimo que sea) por delante de algo tan serio como la eucaristía.  Se parece a la actitud que he visto por aquí de algunas pocas gentes que, si no les dan la comunión en la boca, se marchan sin comulgar…

Dicho lo cual, debo añadir también que no entiendo de ningún modo cómo Juan Pablo II y Benedicto XVI podían estar tan seguros de que el acceso de la mujer al ministerio es “contrario a la voluntad de Dios”. La voluntad de Dios es algo intrínsecamente comunitario (o a buscar comunitariamente). Y ambos papas debieron recordar cómo Pío IX proclamaba que era “contrario a la voluntad de Dios” que él renunciase a los estados pontificios[2]; que era contrario a la voluntad de Dios que el papa se reconciliase con el mundo moderno[3] (con lo que Juan XXIII y el Vaticano II quebrantaron gravemente la voluntad de Dios); cómo Gregorio XVI proclamó en 1832 que era contrario a la voluntad de Dios que Polonia resistiese a la invasión rusa (una resistencia en la que participaban clero y obispos)… Y cómo en la Iglesia primitiva hubo quien proclamó que era contrario a la voluntad de Dios y que rompía la comunión eclesial la supresión de la circuncisión. Hoy todas aquellas demandas nos parecen elementales y no nos crean problema. Pero entonces sus detractores las vivían como algo tan serio e inaudito como viven hoy el ministerio femenino sus detractores.

¡Por favor pues! La voluntad de Dios y la comunión eclesial son algo demasiado serio como para que las identifiquemos sin más con mi posición personal. Son algo que hay que buscar entre todos.

Y acabo con dos frases de K. Rahner escritas hace ¡50 años!: “si la Iglesia no puede encontrar un número suficiente de dirigentes de la comunidad sin renunciar al celibato, entonces es evidente que ha de renunciar a esa obligación de celibato”. Y sobre la ordenación de la mujer: “fundamentalmente no veo ningún motivo para contestar negativamente a esa pregunta[4].

2.- EL MOMENTO

Si lo anterior afecta al contenido de esas demandas, permítase también una palabra sobre su oportunidad. ¿Es este el momento de reivindicarlas y reclamarlas con urgencia, cuando llevan tiempo esperando? ¿No puede eso crearle una dificultad sobreañadida a las reformas de Francisco y convertirse en un factor que refuerce la inaudita oposición y el solapado trabajo contra él, de toda la derecha eclesial y norteamericana?

Me sugiere esta pregunta la dolorosa experiencia vivida de joven con el Chile de Allende. El “pinochetazo” fue obra de EEUU; pero se vio facilitado por la impaciencia y la inmadurez de aquel MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), empeñados en pedir la luna cuando era de día y el sol cuando era de noche; y que le creó a Allende más problemas de los que ya tenía. Hay también un fundamentalismo de izquierdas que se niega a aprender estas lecciones.

“Acabar con el hambre también es cosa de la sinodalidad” decía alguien estos días por las ventanas de Religión Digital. En La Cañada Real llevan un año sin luz. Contribuir a que eso se arregle es también tarea de la Iglesia (aunque más indirecta) y es más urgente que el que una mujer presida la eucaristía. Jesús parece que distinguía muy bien entre cosas que no pueden esperar, ni aunque sea sábado (como la salud de aquella mujer en Lc 13) y otras que podían esperar aunque a los Apóstoles les impacientasen más.

¿Significa eso que hay que aparcar aquellas otras demandas? ¡Ni mucho menos! Significa solo que no hay que exigirlas para hoy, pero que se puede seguir trabajando en su estudio, su explicación y su difusión, para que se conviertan en auténtico “sensus fidelium”: de todos los fieles y no solo de la porción más consciente de ellos. ¿Cuántos de esos obispos que creen saber tan bien dónde está la comunión eclesial, conocen las frases de K. Rahner antes citadas? Quiero decir que estamos en la hora de la pedagogía más que en la hora de la confrontación. Leer en la prensa que se le va a decir al papa que la mujer necesita más poder en la Iglesia (prescindiendo de la palabra poder que no me gusta nada), habría estado muy bien en tiempos de Wojtila o de Ratzinger. Pero precisamente hoy, cuando este papa va dando pasos en esa dirección, parece más propio de esas izquierdas burguesas que solo hablan cuando no corren ningún peligro.

Y es importante conocer los tiempos. Por razones éticas y por razones tácticas. Como en el tenis: a veces para conseguir el punto es necesario alargar más el juego: porque si das  precipitadamente el golpe ganador, lo más probable es que pierdas el punto.

Por eso quiero terminar con una anécdota del gran liturgista J. A. Jungman, padre en buena parte de la Constitución del Vaticano II sobre la liturgia. Nos daba una charla en Innsbruck hacia 1964. Constataba que la Constitución no iba a aplicarse al ritmo que él esperaba. Y añadió cuatro palabritas que se me quedaron grabadas: “das Tempo der Kirche…”: el ritmo de la Iglesia no es el nuestro. Y esto hay que saber aceptarlo para ser universales.

[1] Cuando está de malas, mejor dejarlo ahora…

[2] En 1860, en la encíclica Nullis certe verbis, donde aprovecha para tratar de “sacrílegos” a todos los opuestos al poder temporal de Roma.

[3] Última proposición del Syllabus, de 1864.

[4] pp. 156-57 y 161 de Cambio estructural en la Iglesia. Se trata de unas charlas tenidas ante el Sínodo de la iglesia alemana.

Santa Teresa, una mujer excepcional

• Francisco: «Santa Teresa es un ejemplo del papel extraordinario que la mujer ha ejercido a lo largo de la historia en la Iglesia y en la sociedad»
«La llama que Jesús encendió en Teresa sigue brillando en este mundo siempre necesitado de testigos valientes, capaces de romper cualquier muralla, sea física, existencial o cultural»
12.04.2021 Jesús Bastante
El Papa Francisco ha querido hacerse presente en las celebraciones del cincuentenario de la concesión del Doctorado de la Iglesia a Santa Teresa de Jesús. La primera mujer en recibir este título es el leit motiv de la carta papal «al querido hermano José María Gil Tamayo», que acaba de hacer público la diócesis de Ávila.
«A pesar de los cinco siglos que nos separan de su existencia terrena, la llama que Jesús encendió en Teresa sigue brillando en este mundo siempre necesitado de testigos valientes, capaces de romper cualquier muralla, sea física, existencial o cultural», escribe Bergoglio, que define a la santa abulense como «una mujer excepcional», que supone «un ejemplo eximio del papel extraordinario que la mujer ha ejercido a lo largo de la historia en la Iglesia y la sociedad». Seguir leyendo

El gran miedo … a las mujeres

  


A finales del 1300, un confesor preocupado, Jean le Graveur, se dedicó a transcribir las visiones de Erminia de Reims, una joven viuda considerada loca. Esas ensoñaciones eran la manifestación de una mujer que deseaba dejar las estrecheces del hogar y viajar por el mundo, que esperaba volver a casarse y liberarse del estricto control del confesor para tener un diálogo más libre con Dios.

El estudio de ese antiguo manuscrito, que nos llegó con el comentario del historiador André Vauchez, pone de relieve el miedo de los hombres del pasado por cualquier manifestación de autonomía femenina, es decir, la dificultad de aceptar espacios de libertad para las mujeres. Los sueños de Erminia fueron juzgados como resultado de tentaciones demoníacas.

El miedo a las mujeres ha sido, y sigue siendo en muchos contextos, uno de los grandes miedos de Occidente. ¿También en el seno de la Iglesia?, ¿en qué medida?

Ya desde el Concilio Vaticano II, el Magisterio ha mostrado una nueva atención y sensibilidad hacia las mujeres defendidas en su dignidad y valoradas por lo que Juan Pablo II llamó “el genio femenino”. Pero aún queda mucho por hacer para superar las resistencias y los prejuicios.

El propio Papa Francisco afirmó recientemente que “debemos avanzar para incorporar a las mujeres a los cargos conciliares, incluso en el gobierno, sin miedo”, indicando, entre líneas, las dificultades que todavía existen para aceptar una participación femenina plena y de responsabilidad en la vida de la Iglesia. El miedo todavía existe.

Pero, ¿en qué consiste este miedo a las mujeres? Una mirada al pasado tal vez pueda ayudar a comprender las profundas razones de esta reacción primaria de defensa que los hombres materializan negando o marginando a la mujer. No siempre fue así.

Jesús no tenía miedo de las mujeres. La liberación femenina más radical comenzó con Él. Fue quien entabló un diálogo empático con las mujeres, escuchándolas y concediéndolas espacios propios. Sus mensajes de salvación iban dirigidos a hombres y mujeres por igual. A todos anunció las exigencias del Reino y a todos pidió que tomaran decisiones radicales.

Las mujeres no constituían una categoría separada, marginada o digna de compasión. Junto al Maestro de Galilea compartían la vida, las expectativas y todo tipo de actividades. Por eso los discípulos se sentían confusos al no comprender esta manera madura y equilibrada de relacionarse con el sexo femenino y, sobre todo, les costaba entender la liberad de Jesús por encima de tabúes o impedimentos.

De hecho, si en la cultura judía se mantenía bajo control el cuerpo femenino para no contaminar lo sagrado (Números 15,38) y, por tanto, se excluía a las mujeres del culto en virtud de estrictas normas, con Jesús deja de producirse esta exclusión porque nada puede hacer a una persona impura excepto el mal que hace y que proviene de lo más profundo de su corazón desviado (Marcos 7:15).

Una persona inclusiva

Del mismo modo, se mostró ajeno a cualquier limitación dañina. Hoy lo definiríamos como una persona inclusiva. Bien lo expresa en el diálogo con la mujer samaritana donde explica cómo la presencia de Dios no está ligada a un lugar sagrado (el Templo) y cómo la relación con lo trascendente no es privilegio de una etnia (la judía), de una condición social o religiosa (el ministro del culto) o de un sexo (el masculino). Jesús asegura que cualquiera que sepa acoger “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) esta presencia de Dios puede hacerlo.

Los seguidores de Jesús no se llegaron a acostumbrar a ese comportamiento libre: “se maravillaban de que hablara con una mujer” (Juan 4:27). Sintieron cierto resquemor e incluso envidia por la autoridad de Magdalena (textos gnósticos), y volvieron a proponer una vuelta a los roles tradicionales (“mujeres, estad sujetas a vuestros maridos”) y antiguas estructuras patriarcales (“la mujer que aprenda en silencio, con total sumisión. No permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre”, 1 Timoteo 2,11 -12).

Sin embargo, en las comunidades originales encontramos mujeres, como Lidia de Filipos, Tabita, Priscila, Cloe, Ninfa… Mujeres hospitalarias cuyos hogares eran verdaderos lugares de acogida, oración y evangelización; o cristianas comprometidas en el campo de la caridad, del diaconado, de la catequesis, la evangelización, la misión y el apostolado como las mujeres mencionadas con respeto y gratitud por el apóstol Pablo: la diaconisa Febe, las misioneras Priscila, Evodia y Síntique, la apóstol Junia, las evangelizadoras Trifena, Trifosa y Perside y las benefactoras Apfia y Ninfa.

Pero ni esta presencia de mujeres activas y colaboradoras, ni el ejemplo de Jesús fueron suficientes para que la Iglesia naciente fuera inclusiva. Más bien al contrario, abrazó la cultura y estructuras patriarcales dominantes de las sociedades con las que entró en contacto.

Magdalena pronto fue olvidada (San Pablo ni siquiera la menciona) y su figura tergiversada (a partir de Gregorio Magno, de discípula pasó a ser una prostituta arrepentida) las diaconisas jugaban un papel cada vez más pequeño, la profecía femenina se sofocó, las casadas volvieron a su papel de esposas sumisas y el cuerpo de la mujer volvió a ser un tabú.

La antigua ginecofobia

Los antiguos autores cristianos compartían sustancialmente la antropología de la cultura grecorromana que colocaba la superioridad del hombre en el centro y reiteraban la imperfección e insuficiencia de la naturaleza de la mujer, nacida para ser sumisa al hombre. Para San Agustín, los dos sexos fueron creados a imagen de Dios en igualdad espiritual sustancial, sin embargo, la subordinación femenina venía determinada por el orden de la Creación.

Esta concepción impregnó el cristianismo, fortalecida por el encuentro con la antropología de Aristóteles: el género masculino era un modelo de lo humano y la mujer un hombre fracasado. Esta visión, que fue aceptada e integrada en la filosofía escolástica y, en concreto, en la teología de Tomás de Aquino, constituyó a lo largo de los siglos el fundamento de la incapacidad del género femenino, tanto para detentar el poder como para representar la imagen misma de Dios.

El desconocimiento de la fisiología femenina y el miedo a ser contaminados por una persona portadora de impurezas, aumentaron los temores masculinos hacia la sexualidad de la mujer y la alejaron de los lugares sagrados. Recordemos al franciscano Álvaro Pelayo, quien, en De statu et planctu ecclesiae, expuso ciento dos razones para demostrar, no solo la inferioridad, sino también la peligrosidad de la mujer, “origen del pecado, arma del diablo, expulsión del paraíso, madre del error, corrupción de la ley antigua”.

La obsesión por el cuerpo femenino, deseado y a la vez rechazado, apareció con fuerza en los tratados contra las brujas manifestando un miedo creciente a las mujeres que se convirtieron durante siglos en chivos expiatorios de una antigua y profunda angustia.

Incluso la ley del celibato eclesiástico, que se estableció en el siglo XII durante un proceso de institucionalización de la Iglesia, favoreció inevitablemente la afirmación de una concepción negativa de la mujer, que fue sacada de los lugares sagrados por considerarla impura. La continua transgresión de parte del clero llevó al Concilio de Trento a implementar un enfoque educativo más amplio y apropiado, apuntando, a través de la institución de seminarios, a una formación espiritual y cultural del clero separado del mundo laico.

Muestra elocuente de ello fue la pedagogía de Paolo Segneri que identificó el punto máximo de peligro en la mujer al asegurar que el cuerpo era una trampa permanente para la vida virtuosa. De esta forma, la sospecha del pecado pesaba sobre la propia naturaleza de la mujer percibida como amenazante. Esta visión caracterizará la Iglesia de la Contrarreforma hasta el umbral del Concilio Vaticano II.

La superación del miedo

La devoción mariana ayudó a redescubrir la dignidad de la mujer e inspiró a algunos fundadores, incluido Guillermo da Vercelli, a diseñar una doble comunidad (masculina y femenina) dirigida por una mujer, la abadesa. Este es el caso del monasterio de Goleto y su fascinante historia cuyos vestigios aún son visibles hoy en Irpinia. Pero, más aún, hay ejemplos en la historia de la Iglesia de fecunda amistad entre hombres y mujeres.

De lo contrario, no se podría comprender el profundo e intenso entendimiento entre Clara y Francisco de Asís, que proponen y viven una hermandad-sororidad en la que se acoge a todo aquel que quiera seguir al Cristo pobre y que desee establecer relaciones de apoyo mutuo. No se podían entender las muchas experiencias de la vida religiosa, como las nacidas del trabajo conjunto de Francisca de Chantal con Francisco de Sales, de Luisa di Marillac con Vincenzo de ‘Paoli, o de Leopoldina Naudet con Gaspare Bertoni.

Hoy no podríamos hablar de comunidades innovadoras nacidas de las provocaciones proféticas del espíritu misionero si no hubiera habido parejas de fundadores como María Mazzarello y Don Bosco, Teresa Grigolini y Daniele Comboni o Teresa Merlo y Giacomo Alberione.

Y no entenderíamos las muchas amistades que se nutren de la fe y las pasiones comunes. ¿Cómo no recordar el viaje místico que unió a Adrienne von Speyr con Hans Urs von Balthasar y el activismo cultural de Romana Guarnieri que unió inextricablemente su vida a Don Giuseppe de Luca?

Son ejemplos marcados por relaciones intensas de profunda consonancia, de afecto íntimo y sincero y de pudor místico. El amor, al sentirse arraigado en Cristo, se convierte en la superación de los miedos, espacio de libertad y maduración y reformula las relaciones entre mujer y hombre en la dimensión amistosa del apoyo mutuo.

La vuelta a la utopía

¿Todavía tiene sentido hablar hoy de miedo a las mujeres? Ya nadie cree en las brujas que han despertado los temores de la humanidad. Se ha establecido, por fin, una cultura contra la discriminación. El Papa Francisco ha iniciado un proceso fundamental de desclericalización en nuestra Iglesia instando continuamente a la presencia de las mujeres en las estructuras eclesiales.

A pesar de los muchos cambios culturales en los que estamos inmersos, estas instituciones siguen resistiéndose a aceptar a las mujeres en puestos de responsabilidad. Probablemente porque no se ha trabajado lo suficiente en la formación del clero que, en ocasiones, como dijo recientemente el cardenal Marc Ouellet, “no tiene una relación equilibrada con las mujeres”, porque no ha sido educado para interactuar con ellas.

Se hace necesario un profundo trabajo pedagógico para que los hombres reflexionen sobre sí mismos y su masculinidad, sobre la dificultad que tienen para acoger la diferencia y las fragilidades humanas y sobre la complejidad de expresar sentimientos y proyectos con el otro sexo.

Deben aprender a amar a las mujeres, a reconocer su singularidad y a compartir autoridad y responsabilidad con ellas. Quizás sería oportuno retomar la visión poética y utópica de algunos textos sagrados. En la mítica historia de los orígenes, el encuentro de Adán con Eva no está marcado por el miedo, sino por el asombro ante el descubrimiento de un tú en el que reflejarse.

El Cantar de los Cantares se sitúa en el mismo horizonte poético que retoma y exalta la reciprocidad de los sexos en un extraordinario canto de amor donde es la mujer, autónoma y responsable, quien se reconoce en el hombre que, a su vez, halla en ella refugio. En el amor, la lógica de la dominación se desvanece y el miedo no tiene razón de ser

Entrevista a Guadalupe Muñoz, teóloga mexicana

La teóloga mexicana Guadalupe Muñoz sobre ‘Spiritus Domini’: elimina la única “discriminación” del Derecho Canónico
La religiosa carmelita señala que este tipo de cambios dentro de la Iglesia católica abonan a la construcción de una nueva visión femenina cristiana
A casi un mes del anuncio de la carta apostólica en forma de motu proprio ‘Spiritus Domini’, del papa Francisco, la teóloga y religiosa carmelita María Guadalupe Muñoz Durán consideró que la importancia de este documento radica en la eliminación de la única “discriminación” entre mujeres y varones laicos que podía encontrarse en el Código de Derecho Canónico.
En entrevista para Vida Nueva, comentó que con esta decisión del Santo Padre se muestra una igualdad entre varones y mujeres laicos, teniendo ambos sexos las mismas obligaciones y derechos en todos los ámbitos de actuación regulados por el Derecho Canónico, mostrando así una gran apertura para la labor del laico en la evangelización. Seguir leyendo

Las 7 tesis de las católicas alemanas

Contra el clericalismo, el patriarcado y la corrupción: éstas son las 7 tesis de las católicas alemanas

«El clericalismo es uno de los problemas básicos de la Iglesia católica actual y favorece el abuso de poder con todas sus facetas inhumanas»
«En nuestra iglesia el modo de vida célibe no es un requisito para el ejercicio de un ministerio ordenado»
«La ostentación, las transacciones financieras dudosas y el enriquecimiento personal de los responsables de la iglesia han sacudido y disminuido profundamente la confianza en la iglesia» Seguir leyendo

Un paso demasiado lento en la Iglesia

«Los cambios eclesiales van a un paso demasiado lento y están llenos de temores, justificaciones y cegueras»
Lectorado y acolitado para las mujeres ¿un paso adelante?
«Casi debería dar vergüenza que en pleno siglo XXI, los cánones eclesiásticos tengan formulaciones que excluyen a las mujeres»
«¿Por qué tanto temor a hacer cambios? ¿Por qué tienen tanta seguridad de que lo que respecta con las mujeres y su participación eclesial en otros ministerios no pueden “modificarlo”? ¿No escuchan a este Espíritu de Verdad?»
11.01.2021 Consuelo Vélez
El papa Francisco publicó el 10 de enero la “Carta Apostólica en forma de ‘Motu Proprio’ Spiritus Domini” con la que modifica el Canon 230 §1 del Código de Derecho Canónico acerca del acceso de las personas de sexo femenino al ministerio instituido del lectorado y del acolitado. Si el canon decía que estos ministerios eran para los laicos “varones”, el cambio que ha introducido el papa es quitar la palabra varones, abriendo así la posibilidad para todo el laicado. Pero estos cambios muestran el “paso lento” que lleva nuestra iglesia y la “multitud de justificaciones” que se dan para no dar un verdadero paso.
En realidad, aunque sea necesario modificar los cánones para que la ley acompañe la práctica, la presencia de las mujeres en estos servicios ya es de larga data. Sin esa presencia, ¡cuántas celebraciones litúrgicas serían imposibles! Las mujeres son las que en su mayoría participan de la liturgia y las que ejercen casi todos los servicios. Por lo tanto, podría entenderse que más que un paso adelante debería ser el ponerse al día en la “deuda pendiente” que la iglesia tiene con las mujeres en esto (y en tantos otros aspectos). Casi debería dar vergüenza que en pleno siglo XXI, los cánones eclesiásticos tengan formulaciones que excluyen a las mujeres.
Además, en la carta que el papa dirige al Cardenal Ladaria -Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe- presentándole este “Motu Proprio”, se pueden visibilizar las “múltiples justificaciones” que la iglesia continuamente aduce para no dar pasos hacia adelante. Señalemos algunas. Se justifica que las “adaptaciones” no deben interpretarse como “superación de la doctrina anterior sino como una actuación del dinamismo que caracteriza la naturaleza misma de la Iglesia, siempre llamada con la ayuda del Espíritu de Verdad a responder a los desafíos de cada época, en obediencia a la Revelación”. Por supuesto, ese ha de ser el dinamismo de la iglesia y la igualdad de las mujeres en la iglesia es un desafío inaplazable en esta época, pero ¿por qué tanto temor a hacer cambios? ¿por qué tienen tanta seguridad de que lo que respecta con las mujeres y su participación eclesial en otros ministerios no pueden “modificarlo”? ¿no escuchan a este Espíritu de Verdad?
La carta continúa diciendo que “La variación de las formas de ejercicio de los ministerios ordenados, no es la simple consecuencia en el plano sociológico de adaptarse a las sensibilidades o a las culturas de las épocas y de los lugares, sino que está determinada por la necesidad de permitir a cada Iglesia (…) a vivir la acción litúrgica, el servicio de los pobres y el anuncio del Evangelio”. Hay tanto temor al plano sociológico como si Jesús no se hubiera “encarnado” en lo concreto de un pueblo y unas costumbres, es decir, si no se hubiera hecho historia humana donde tenemos que descubrirle y entender la presencia de su espíritu. No acabamos de superar esa división de planos, donde la realidad parece alejada de lo divino y lo divino no sabemos de dónde saca sus reflexiones.
Creo que la institución eclesiástica no es ingenua y sabe que estos pasos tan lentos no pueden dejar de suscitar críticas. Por eso sale al paso diciendo que “este servicio al mundo (…) amplía los horizontes de la misión de la Iglesia, evitando que se encierre en lógicas estériles encaminadas sobre todo a reivindicar espacios de poder”. Las lógicas de poder clerical son otra deuda pendiente que debería ser asumida para una verdadera reforma de la iglesia.
Finalmente, el papa señala en la carta que este cambio “da lugar a que las mujeres tengan una incidencia real y efectiva en la organización, en las decisiones más importantes y en la guía de las comunidades, pero sin dejar de hacerlo con el estilo propio de su impronta femenina”. ¿Qué será esto de la impronta femenina? ¿sin pedir reivindicaciones? ¿con sumisión? ¿de manera suave? ¿con generosidad ilimitada? Sinceramente creo que esa impronta femenina se refiere a lo que “culturalmente” se ha atribuido a las mujeres y esta es la razón de las preguntas que acabo de formular. Pero acaso ¿todas esas características no han de ser valores humanos para varones y mujeres, posibilitando así una sociedad de la bondad, el servicio, la generosidad, tan necesaria, pero sin caer en la falta de profetismo y audacia para denunciar lo que aún no está bien?
Definitivamente, los cambios eclesiales van a un paso demasiado lento y están llenos de temores, justificaciones y cegueras. Lamentablemente cuando la institución eclesiástica se atreva a dar los pasos necesarios, mucha gente habrá tomado otros caminos y no porque no quieran seguir a Jesús sino porque con su lentitud la gente habrá visto necesario tomar otros caminos.

El papel de la mujer en la Iglesia

Cardenal


Cardenal Aguiar: «La tradicional mentalidad clerical va siendo superada, y la pastoral se va enriqueciendo con la presencia femenina»

«Considero una muy buena decisión, y me alegra que el Papa Francisco haya abierto el acceso de la mujer a los ministerios de lector y acólito»
«La mujer ha sido siempre de inmensa ayuda en la ministerialidad del servicio pastoral de la Iglesia. Hay sectores como la catequesis donde la presencia femenina alcanza el 90% y a veces aún más»
«Me parece prudente y sensata la decisión del Papa Francisco de iniciar un estudio sereno y profundo sobre la posibilidad de la ordenación diaconal de la mujer, sin poner un plazo de tiempo para alcanzar una decisión»
12.01.2021 Alejandro Fernández Barrajón
Hay muchos temas que son de gran actualidad en la iglesia por la transcendencia que tienen o bien por la polémica que generan al no haber acuerdos explícitos entre los teólogos y los pastores. Le ruego, don Carlos Aguiar, arzobispo de México DF, que abordemos estos temas para que el pueblo de Dios pueda saber con claridad qué piensa el cardenal primado de México sobre estos temas. Comenzamos con el tema de la mujer en la iglesia.
Hay una petición a los pastores, bastante generalizada entre los fieles, para que la mujer pueda ocupar puestos de mayor responsabilidad en la dinámica eclesial. Le pregunto, sobre esto, dos cuestiones. ¿En qué ha de avanzar la iglesia, en concreto, a la hora de concederle a la mujer un mayor protagonismo en la toma de decisiones y en la misión pastoral?
– La mujer ha sido siempre de inmensa ayuda en la ministerialidad del servicio pastoral de la Iglesia. Hay sectores como la catequesis donde la presencia femenina alcanza el 90% y a veces aún más.
– En la concreta participación de la planeación pastoral nacional, diocesana, y parroquial va creciendo su presencia, y se va lentamente reconociendo y valorando su aporte. Considero que es alentadora y prometedora su participación.
– También percibo la misma situación en las responsabilidades administrativas y en los servicios socio-caritativos de la Iglesia.
– Es una alegría que el Papa Francisco esté abriéndoles espacio en la Curia Vaticana.
– La tradicional mentalidad clerical va siendo superada, y la pastoral se va enriqueciendo con la presencia femenina en los diferentes niveles de acción, de coordinación, de planeación y de discernimiento para la toma de decisiones, participando en los Consejos Parroquiales y diocesanos de pastoral y en los Consejos de Asuntos Económicos en los dos niveles diocesano y parroquial.
– Este dinamismo seguirá, según mi parecer, creciendo cada vez más, y se irá reconociendo satisfactoriamente la participación femenina.
¿Qué puede decirle a los muchos pensadores cristianos, cada día más, que defienden la ordenación de la mujer como un derecho?
– En la historia de la Iglesia verificamos con frecuencia cuestiones que han alcanzado con rapidez niveles de alta polarización y que frenaron el diálogo de escucha recíproca y diálogo propositivo y constructivo, con la terrible consecuencia del cisma y la separación.
– El problema fue haber centrado la discusión en la decisión esperada de cada una de las partes, y no en los procesos de estudio y reflexión profunda para llegar a un acuerdo. Por ejemplo, el tema de las indulgencias, o el de la justificación salvífica.
– Considero que los Papas, tienen esa gran responsabilidad y los Obispos en sus circunscripciones eclesiásticas, de dar el tiempo que sea necesario, antes de llegar a una decisión, que en vez de contribuir a la comunión y a la unidad, propiciara la división. Actualmente me parece prudente y sensata la decisión del Papa Francisco de iniciar un estudio sereno y profundo sobre la posibilidad de la ordenación diaconal de la mujer, sin poner un plazo de tiempo para alcanzar una decisión. Finalmente, considero una muy buena decisión, y me alegra que el Papa Francisco haya abierto el acceso a la mujer de los ministerios de lector y acólito. Ya que de hecho en las responsabilidades pastorales como catequistas, pláticas pre-sacramentales, de formación bíblica y en general de formación en la fe son actividades en torno a la Palabra de Dios; y de la misma manera, la administración de la Sagrada Eucaristía en las misas, o llevándola a los enfermos y ancianos como ministros extraordinarios de la comunión son ministerio del acólito.

Teología en las periferias

“TEOLOGÍA EN LAS PERIFERIAS”, DE PEPA TORRES, EN SAN PABLO
Written by Antonio Aradillas
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¡En menudo lío o follón acaba de meter a no pocos –la mayoría– de los obispos de España –sobre todo a los no todavía claramente “partidarios” del papa Francisco–, Pepa Torres Pérez, la autora del libro con el título de “Teología en las periferias”! Obispos hay, a los que su lectura les provocará un auténtico susto, palabra que académicamente expresa la idea de “impresión generalmente repentina causada por la sorpresa, el miedo o el temor”.

El libro en cuestión está editado por “San Pablo”, con 256 páginas de texto y el subtítulo “De amor político y cuidados en tiempos de incertidumbre”. Pepa Torres Pérez es religiosa apostólica del Corazón de Jesús, vive en el barrio madrileño de Lavapiés, definido como “un mundo en el que caben muchos mundos”. Es teóloga, educadora social y militante de muchas causas vinculadas a las luchas de las mujeres y los movimientos sociales y en la actualidad profesora del Instituto Superior de Pastoral de Madrid”… El libro se lo dedica “a su madre, que permanece viva en mí de tantas maneras”.

(Para la más correcta interpretación del libro sirve de mucho advertir que “las periferias son lugares y realidades que permiten visualizar la experiencia de quien está más allá de los límites y esa experiencia se convierte entonces en fuente de revelación que muestra otros matices del rostro divino”).

Las calificaciones de Pepa, como mujer, teóloga, profesora de un Instituto tan acreditado y ortodoxo como el Superior de Pastoral de Madrid, con referencias tan fervorosas a política, reivindicaciones, dentro y fuera de la Iglesia, compromisos periféricos, avecindada en un barrio representativamente madrileño como el del “territorio sagrado” de Lavapiés y con tan cristiana y relevante capacidad de inserción- encarnación, diálogo y convivencia con el resto de la vecindad y con quienes sean y esté, garantiza la veracidad de cuanto reflejan las páginas teológicas vividas y adoctrinadas por ella.. Una visión religiosa como esta es explicable que les provoque serias distorsiones y molestias a determinados obispos y a algunos laicos y laicas satélites del catecismo de toda la vida, es decir, de antes del concilio Vaticano II. y de su fiel interpretación “franciscana” por el papa actual.

De entre los sueños eclesiales que prestamente espera Pepa que se hagan realidad, en las pp. 248 y ss., reseña los de que “las mujeres seamos miembros de la Iglesia de pleno derecho; que las interpretaciones de teología y de la Biblia pongan de manifiesto que el Evangelio no puede ser proclamado si no se tiene en cuenta el apostolado de las mujeres; el reconocimiento del discipulado de las mujeres y la teología con perspectiva de género, el diálogo y apertura a los movimientos de liberación de las mujeres y sus “sabidurías” y que la Iglesia respete la libertad y la adultez de mujeres y hombres”.

“Lo nuestro, acentúa Pepa, es ser compañeras de vida y no ayudadoras o funcionarias del Reino, ni siquiera para la Iglesia”. “Jesús, con su vida y sus prácticas, anunció la comunidad de iguales. Por eso, y en memoria suya, no se puede discriminar a las mujeres”.

Conversando con el Papa Francisco

Olga Lucía Álvarez Benjumea ARCWP
Al fin, he logrado obtener el poder saludar y conversar breves minutos con nuestro hermano, el Papa Francisco.
Rompiendo los protocolos, no estoy vestida de negro, ni llevo cubierta mi cabeza. Le he pedido poder conversar, sin fotógrafos y sin testigos, ha accedido. Así, no tendremos evidencias.
Después de saludarnos, él me ha preguntado ¿de dónde sos? Le respondí: soy del país esquina, bañado por dos mares, la Madre Tierra nos ha favorecido y bendecido, con sus ríos, vegetación, y minerales, que hoy la empobrecen por el abuso, atropello, la ambición, violencia y sangre a sus hij@s.
FRANCISCO: No, me digas, ya se cual es. Sos de Colombia. ¿A qué has venido?
OLAB: Tengo 2 inquietudes que con vos quiero tratar. Sé que andás, muy ocupado, no me voy a demorar:
Deseo pedirte, en tus oraciones encomendar nuestra añorada Paz, que cese la violencia contra los líderes sociales, mujeres y hombres. Pidiendo reformas, cambios radicales, a nuestros gobernantes polític@s y religios@s, para vivir y practicar el mensaje del Evangelio, haciendo realidad el cuidado de la Casa Común, (Laudato si) y la Sororidad de tod@s, (Fratelli Tutti).
La otra inquietud tiene que ver con nosotras, las mujeres, dentro de la Iglesia.
FRANCISCO: Un momento, vos, sabés, que ese es un tema: “caso cerrado”. Con mis oraciones pueden contar.
OLAB: Si, lo sé. No vamos a hablar de la “ordenación sagrada” de las mujeres.
Vamos a hablar del sacerdocio y el presbiterado de las mujeres en la Iglesia.
El sacerdocio vos bien sabés, que Jesús no le dio el sacerdocio, ni a hombres, ni a mujeres. Él mismo, no estuvo de acuerdo con los Sumos Sacerdotes de su tiempo. Él se preocupó por sanar a los enfermos, mujeres y hombres, se preocupó no tuvieran hambre, en una palabra, que estuvieran bien y disfrutaran de la vida.
A medida que vos en el Vaticano estas dando espacio a las mujeres en las oficinas, estás haciendo reformas en las estructuras vaticanas.
FRANCISCO: Así es, una cosa son las reformas estructurales del Vaticano, otras las estructuras y normas de la Iglesia.
OLAB: Cierto. De todas maneras, lo que estás haciendo, a los ojos del mundo, no pasa por alto…
FRANCISCO: Creo que en “Querida Amazonía” dejé manifiesta mi preocupación sobre el tema de la mujer en la Iglesia, diciendo: “evitar reducir nuestra comprensión de la Iglesia a estructuras funcionales ese reduccionismo nos llevaría a pensar que se otorgaría a las mujeres un status y una participación mayor en la Iglesia solo si se diera acceso al orden sagrado. Pero esta mirada en realidad limitaría las perspectivas nos orientaría a clericalizar a las mujeres, disminuiría el gran valor de lo que ellas ya han dado y provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte (QA 2020).
OLAB: Totalmente de acuerdo. No estamos buscando clericalizarnos, no estamos buscando el sacerdocio femenino, y menos un sacerdocio de carácter jerárquico, como nos lo han dado a conocer. No estamos en competencia, no queremos llevar los distintivos clericales de los errores del pasado y menos repetirlos.
FRANCISCO: ¿Eh, che? Vos, con este comentario me hacés recordar que, a finales del siglo III, todo el mundo ha usado el título de ‘sacerdote’ para quien preside la Eucaristía. Ahora sí, que no entiendo, las protestas y todo lo que decís de mí, cada vez que hablo o no hablo de mujeres en la Iglesia, ¿qué es lo que quieren?
OLAB: Perdón, hermano Francisco, no se le vaya a salir el “argentino”. Ya que me lo preguntas te respondo: reclamamos el derecho de igualdad como hijas de la Divinidad (Gn.1:26-27) en la Iglesia, queremos servir como presbiteras, lideresas locales dentro de nuestras comunidades.
FRANCISCO: No confundan las palabras ‘sacerdote’ y ‘presbiter@’. Ambas son muy diferentes. En la antigüedad (AT) el sacerdote era quien presentaba lo humano, lo material a lo divino, sacralizándolo. El ‘presbítero’=anciano, es líder o lideresa comunitari@. El presbiter@, es quien presta sus servicios en la comunidad; “Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos”. Marcos 9:35.
OLAB: Gracias, Francisco por traer a colación el texto de Marcos. Ya que entramos en el calor del diálogo y compartir, me voy a permitir contarte lo que hago: Soy Presbitera Católica Romana, (ARCWP) desde hace 10 años. Nuestro Movimiento, que seguro conocés, no pretende reemplazar a los “curas” o “padres”, como dice la gente, menos acabar con la Iglesia, seguimos el legado de María, Madre de Jesús y María de Magdala, de anunciar el Evangelio, contando con el empoderamiento y apoyo de laicos y laicas, cual pilares, sintiendo y viviendo el ser de Iglesia. No construimos templos, velamos por las personas en sus Derechos Humanos, somos Ecofeministas, cuidando la Madre-Tierra, cuidando la Vida, no-a la violencia, somos la Iglesia en salida, la experiencia Casa-Iglesia primitiva, inclusiva. Trabajamos una Iglesia Sinodal, sin jerarquías, en las CEBs, en la Iglesia de los Pobres, por y con los pobres.
FRANCISCO: Déjame reflexionar, estudiar, orar y pensar todo esto que hemos venido conversando…Tengo, una Audiencia, seguimos conversando…
OLAB: Gracias, hermano Francisco, le dejo un puñado de oraciones a fin de que Sofía=Sabiduría, sea tu guía y compañía en tu difícil Ministerio del papado. Unid@s en la oración…
Francisco, se ha retirado a su aposento, no sin darme su bendición, un abrazo y darme un discreto recuerdo de nuestra entrevista.
*Presbitera católica romana.+
Fuente: Ciencia y Ficción