Mujeres sacerdotes

Mujeres sacerdotes: la historia que han falseado Papas y teólogos

El sacerdocio de las mujeres
El sacerdocio de las mujeres

Durante las últimas décadas han aparecido rigurosas investigaciones científicas, numerosos documentos y declaraciones de teólogos y teólogas, de movimientos cristianos de base, de organizaciones cívico-sociales, e incluso de obispos y cardenales de la Iglesia católica, reclamando fundadamente el acceso de las mujeres al sacerdocio

‘Ordinatio sacerdotalis. Sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres’ (22 de mayo de 1994) es la más contundente de todas las declaraciones contra el sacerdocio femenino que zanja la cuestión y cierra todas las puertas a cualquier cambio en el futuro con un tono dogmático y absoluto impropio de una declaración que choca con los datos de la historia

Unos meses antes de renunciar al pontificado, Benedicto XVI, citando la ‘Ordinatio sacerdotalis’, de Juan Pablo II, ratificó la prohibición de la Iglesia católica de ordenar a mujeres con un tono más contundente todavía al aseverar que dicha prohibición es parte de la constitución divina de la Iglesia

Es verdad que la historia no es pródiga en ofrecer relatos de mujeres sacerdotes. Esto no debe extrañar ni sorprender, ya que ha sido escrita por varones, en su mayoría clérigos, y su tendencia ha sido a ocultar el protagonismo de las mujeres en la historia del cristianismo y a mitificar el sacerdocio patriarcal

Según consta en algunas tradiciones evangélicas, las mujeres se incorporaron al movimiento de Jesús en igualdad de condiciones que los varones. Esta práctica religiosa inclusiva suponía una verdadera revolución en el seno de la sociedad y la religión judías

Por Juan José Tamayo

Durante las últimas décadas han aparecido rigurosas investigaciones científicas, numerosos documentos y declaraciones de teólogos y teólogas, de movimientos cristianos de base, de organizaciones cívico-sociales, e incluso de obispos y cardenales de la Iglesia católica, reclamando fundadamente el acceso de las mujeres al sacerdocio. Todos ellos consideran la exclusión femenina del ministerio sacerdotal como una discriminación de género que es contraria a la actitud inclusiva de Jesús de Nazaret y del cristianismo primitivo, va en dirección opuesta a los movimientos de emancipación de las mujeres y a las tendencias igualitarias en la sociedad, la política, la vida doméstica y la actividad laboral.

El Magisterio eclesiástico católico contra el sacerdocio de las mujeres

El alto magisterio eclesiástico católico responde negativamente a esa reivindicación, apoyándose en dos argumentos: uno teológico-bíblico y otro histórico, que pueden resumirse así: Cristo no llamó a ninguna mujer a formar parte del grupo de los apóstoles, y la tradición de la Iglesia ha sido fiel a esta exclusión, no ordenando sacerdotes a las mujeres a lo largo de los veinte siglos de historia del catolicismo. Esta práctica se interpreta como la voluntad explícita de Cristo de conferir solo a los varones, dentro de la comunidad cristiana, el triple poder sacerdotal de enseñar, santificar y gobernar. Solo ellos, por su semejanza con Cristo, pueden representarlo y hacerlo presente en la eucaristía.

Estos argumentos vienen repitiéndose sin apenas cambios desde hace siglos y son expuestos en varios documentos de idéntico contenido, de los que destaco tres a los que apelan los obispos cada vez que los movimientos cristianos críticos se empeñan en reclamar el sacerdocio para las mujeres: la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Inter insigniores (15 de octubre de 1976) y dos cartas apostólicas de Juan Pablo II: Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988) y Ordinatio sacerdotalisSobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres (22 de mayo de 1994). La más contundente de todas las declaraciones al respecto es esta última, que zanja la cuestión y cierra todas las puertas a cualquier cambio en el futuro con un tono dogmático y absoluto impropio de una declaración que choca con los datos de la historia: “Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.

Unos meses antes de renunciar al pontificado, Benedicto XVI, citando la Ordinatio sacerdotalis, de Juan Pablo II, ratificó la prohibición de la Iglesia católica de ordenar a mujeres con un tono más contundente todavía al aseverar que dicha prohibición es parte de la constitución divina de la Iglesia y declarar que la Iglesia carece de autoridad para permitir el acceso de las mujeres al sacerdocio, ya que Jesucristo ordenó sacerdotes solo a hombres, y lo hizo voluntariamente.  

Cristina de Pisan
Cristina de Pisan

Es verdad que la historia no es pródiga en ofrecer relatos de mujeres sacerdotes. Esto no debe extrañar ni sorprender, ya que ha sido escrita por varones, en su mayoría clérigos, y su tendencia ha sido a ocultar el protagonismo de las mujeres en la historia del cristianismo y a mitificar el sacerdocio patriarcal. “Si las mujeres hubieran escrito los libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra manera, porque ellas saben que se les acusa en falso”. Esto escribía Cristina de Pisan, autora de La ciudad de las damas en 1404, la obra que suele considerarse protofeminista. Sin embargo, documentos no faltan, como voy a intentar mostrar.

Presidencia de las mujeres de la eucaristía en las iglesias domésticas

La mayoría de los estudios sobre el Nuevo Testamento, de las investigaciones históricas sobre el cristianismo primitivo y de las reflexiones teológicas actuales coincide en que no hay razones teológicas, bíblicas e históricas, y menos pastroales, para la exclusión de las mujeres de los diferentes ministerios eclesiales. Según consta en algunas tradiciones evangélicas, las mujeres se incorporaron al movimiento de Jesús en igualdad de condiciones que los varones. Esta práctica religiosa inclusiva suponía una verdadera revolución en el seno de la sociedad y la religión judías de carácter patriarcal y androcéntrico. Creo puede afirmarse que las mujeres recuperan en el movimiento de Jesús la libertad y la dignidad que les negaban los códigos domésticos romanos y las tendencias ortodoxas del judaísmo.

Las mujeres ejercieron funciones ministeriales y directivas en el cristianismo primitivo. En su libro El ministerio eclesial. Responsables en la comunidad cristiana (Ediciones Cristiandad, Madrid, 1983) Edward Schillebeeckx asevera que las mujeres, en cuanto responsables de las comunidades cristianas domésticas, pudieran presidir la celebración eucarística.

Dios, ¿legitimador del patriarcado?

Importantes investigaciones históricas desmienten las contundentes afirmaciones del magisterio papal, hasta invalidarlas y convertirlas en pura retórica al servicio de una institución jerárquico-piramidal-clerical como es la Iglesia católica, uno de los últimos y más eficaces bastiones del patriarcado, que apela a la masculinidad de Dios “Padre” y a la virilidad de Jesús de Nazaret para excluir a las mujeres del ministerio presbiteral, episcopal y papal. Dicha práctica excluyente de las mujeres del ámbito de lo sagrado y de la representación divina viene a confirmar las dos afirmaciones tan certeras de dos feministas del feminismo de la tercera ola: Mary Daly y Kate Millet. La primera afirma en su libro Más allá de Dios Padre (1973): “Si Dios es varón, el varón es Dios”. La segunda escribe en Política sexual (1970): “El patriarcado tiene a Dios de su lado”.

Theodora, episcopa

Para no alargar en exceso este artículo voy a citar dos de los estudios más rigurosos que invalidan las afirmaciones de los tres documentos antes citados: Cuando las mujeres eran sacerdotes (El Almendro, Córdoba, 2000), de Karen Jo Torjesen, catedrática de Estudios sobre la Mujer y la Religión en Claremont Graduate School, y los trabajos del historiador italiano Giorgio Otranto, director del Instituto de Estudios Clásicos y Cristianos de la Universidad de Bari. En ellos se demuestra, mediante inscripciones en tumbas y mosaicos, cartas pontificias y otros textos, que las mujeres ejercieron el sacerdocio durante los trece primeros siglos de la historia de la Iglesia. Veamos algunas de estas pruebas que quitan todo valor a los argumentos del magisterio eclesiástico.

Episcopa Theodora
Episcopa Theodora

Debajo del arco de una basílica romana aparece un fresco con cuatro mujeres. Dos de ellas son las santas Práxedes y Prudencia, a quienes está dedicada la iglesia. Otra es María, madre de Jesús de Nazaret. Sobre la cabeza de la cuarta hay una inscripción que dice: Theodora Episcopa (= Obispa). La ‘a’ de Theodora está raspada en el mosaico, no así la ‘a’ de Episcopa.

En el siglo pasado se descubrieron inscripciones que hablan a favor del ejercicio del sacerdocio de las mujeres en el cristianismo primitivo. En una tumba de Tropea (Calabria meridional, Italia) aparece la siguiente dedicatoria a “Leta Presbytera”, que data de mediados del siglo V: “Consagrada a su buena fama, Leta Presbytera vivió cuarenta años, ocho meses y nueve días, y su esposo le erigió este sepulcro. La precedió en paz la víspera de los Idus de Marzo”.

Otras inscripciones de los siglos VI y VII atestiguan igualmente la existencia de mujeres sacerdotes en Salone (Dalmacia) (presbytera, sacerdota), Hipona, diócesis africana de la que fue obispo san Agustín cerca de cuarenta años (presbiterissa), en las cercanías de Poitires (Francia) (presbyteria) y, en Tracia (presbytera, en griego), etcétera.

En un tratado sobre la virtud de la virginidad, del siglo IV, atribuido a san Atanasio, se afirma que las mujeres consagradas pueden celebrar juntas la fracción del pan sin la presencia de un sacerdote varón: “Las santas vírgenes pueden bendecir el pan tres veces con la señal de la cruz, pronunciar la acción de gracias y orar, pues el reino de los cielos no es ni masculino ni femenino. Todas las mujeres que fueron recibidas por el Señor alcanzaron la categoría de varones” (De virginitate, PG 28, col. 263).

En una carta del papa Gelasio I (492-496) dirigida a los obispos del sur de Italia el año 494, les dice que se ha enterado, para gran pesar suyo, de que los asuntos de la Iglesia han llegado a un estado tan bajo que se anima a las mujeres a oficiar en los sagrados altares y a participar en todas las actividades del sexo masculino al que ellas no pertenecen. Los propios obispos de esa región italiana habían concedido el sacramento del orden a mujeres, y estas ejercían las funciones sacerdotales con normalidad.

Febe de Cencreas
Febe de Cencreas

Un sacerdote llamado Ambrosio pregunta a Atón, obispo de Vercelli, que vivió entre los siglos IX y X y era buen conocedor de las disposiciones conciliares antiguas, qué sentido había que dar a los términos presbytera y diaconisa, que aparecían en los cánones antiguos. Atón le responde que las mujeres también recibían los ministerios ad adjumentum virorum, y cita la carta de Pablo de Tarso a los Romanos, donde puede leerse: “Os recomiendo a Febe, nuestra hermana y diaconisa en la Iglesia de Cencreas”. Fue el concilio de Laodicea, celebrado durante la segunda mitad del siglo IV, sigue diciendo en su contestación el obispo Aton, el que prohibió la ordenación sacerdotal de las mujeres. Por lo que se refiere al término presbytera, reconoce que en la Iglesia antigua también podía designar a la esposa del presbítero, pero él prefiere el significado de sacerdotisa ordenada que ejercía funciones de dirección, enseñanza y culto en la comunidad cristiana.

En contra de conceder la palabra a las mujeres se manifestó el papa Honorio III (1216-1227) en una carta a los obispos de Burgos y Valencia, en la que les pedía que prohibieran hablar a las abadesas desde el púlpito, práctica habitual entonces. Estas son sus palabras: “Las mujeres no deben hablar en la Iglesia porque sus labios llevan el estigma de Eva, cuyas palabras han sellado el destino del hombre”.

Encerrados en la torre de la ‘patriarquía

Estos y otros muchos testimonios que podría aportar son rechazados por el magisterio eclesiástico y por la teología de él dependiente, alegando que carecen de rigor científico. Pero, ¿quiénes son los teólogos, quiénes el papa, los cardenales y los obispos para juzgar sobre el valor de las investigaciones históricas? La verdadera razón de su rechazo son los planteamientos patriarcales en los que están instalados. El reconocimiento de la autenticidad de esos testimonios debiera llevarlos a revisar sus concepciones androcéntricas y a abandonar sus prácticas misóginas. Pero no parece que estén dispuestos a ello. Prefieren ejercer el poder autoritariamente y en solitario encerrados en la torre de su ‘patriarquía’, en vez de ejercerlo democráticamente y compartirlo con las mujeres, que hoy son mayoría en la Iglesia católica y, sin embargo, carecen de presencia en la mayoría de sus órganos directivos y se ven condenadas a la invisibilidad y al silencio.

Mujeres sacerdotes en la Iglesia católica, hoy

Es verdad que el papa Francisco nos sorprende gratamente con muy certeras críticas contra la discriminación de las mujeres en la sociedad y con iniciativas como la incorporación de tres mujeres, dos religiosas y una laica, en el dicasterio romano de Obispos, cuya función es el nombramiento de candidatos al episcopado. Pero en este mismo nombramiento aprecio una incoherencia o, mejor, una contradicción: las mujeres pueden elegir a los obispos sin poder acceder al episcopado.

Las nuevos miembros de la Congregación para los Obispos
Las nuevos miembros de la Congregación para los Obispos

Una segunda contradicción, todavía mayor que la anterior, es que, teniendo las mujeres la historia a favor de su ejercicio del ministerio presbiteral, el Código de Derecho Canónico impone a las mujeres ordenadas sacerdotes una pena mayor que a los pederastas: la excomunión, pero no a través de ninguna declaración oficial condenatoria, sino latae sententiae, es decir, automáticamente. Lo que significa que son las propias mujeres sacerdotes las que se auto-excomulgan.

El Código de Derecho Canónico impone a las mujeres ordenadas sacerdotes una pena mayor que a los pederastas: la excomunión

Pero, lógicamente, se niegan a hacerlo y siguen ejerciendo el ministerio, y en dicho ejercicio cuentan con el apoyo de un sector importante de la comunidad cristiana. Un ministerio al servicio de la comunidad cristiana, ejercido eso sí, clandestina o semiclandestinamente. Estamos ante una tercera contradicción, que afecta actualmente a 265 mujeres ordenadas dentro de la Iglesia Católica Romana en la Asociación de Presbíteras Católicas Romanas, iniciado hace veinte años en el río Danubio, que ejercen vocacionalmente su ministerio en el seguimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo liberador, en los ambientes sociales más vulnerables.

Puedo dar fe de ello porque conozco a algunas de estas mujeres sacerdotes que ejercen el ministerio presbiteral de manera gratuita desde la opción por los pobres, no reproducen el clericalismo ni el patriarcado del sacerdocio masculino oficial, trabajan por una Iglesia no discriminatoria por razones de etnia, cultura, religión, clase social, género e identidad sexual y cuentan con una excelente acogida y un merecido reconocimiento en el seno de las comunidades de base y de los movimientos sociales, con quienes están comprometidas en la lucha por una sociedad más justa y eco-fraterno-sororal.

El sacerdocio de las mujeres

«Desde el punto de vista racional y cristiano, no debe ni ‘puede’ haber diferencias de derechos entre hombres y mujeres. En la Iglesia tampoco» 

«Algunos ‘dirigentes’ (más bien muchos) aseguran de forma muy enfática que no pueden las mujeres ejercer el sacerdocio ni actuaciones parecidas porque Jesús lo encargó, la continuación de su misión, solo a hombres» 

«Lo que salta más a la vista es el contraste entre la arrogancia y la seguridad con que ello se dice con la enorme endeblez de unos textos que pueden medio, no ya demostrar, pero ser usados para ‘mal justificar’ esa discriminación» 

«Estos textos del evangelio no son serios: parece que cada uno escribió lo que más o menos recordaba, pero con muy poca precisión. Para demostrar lo que se pretende demostrar, se debería contar con algo más preciso» 

«De ninguna de las maneras, ello debe ocasionar que los derechos femeninos en la Iglesia continúen sin poderse ejercer. Pues la culpa es de malos dirigentes» 

«Deseo, propongo, pido, que en cada ciudad se designe un lugar (no tiene que ser necesariamente una iglesia) para celebrar misas presididas por mujeres Y en ello nos tenemos que implicar los compañeros igual,  no solo por solidaridad, que claro que sí, faltaría más, sino por interés propio « 

08.10.2021 | Antoni Ferret 

Desde el punto de vista racional y cristiano, no debe ni “puede” haber diferencias de derechos entre hombres y mujeres. Sin embargo, por razones históricas y desde épocas ancestrales, las mujeres se han visto privadas del ejercicio de muchos derechos, por su situación de enorme dependencia y enorme represión, situación hoy día en franca superación en algunos países, aunque de manera muy desigual. 

¿Y en la Iglesia? Algunos “dirigentes” (más bien muchos) aseguran de forma muy enfática que no pueden las mujeres ejercer el sacerdocio ni actuaciones parecidas porque Jesús lo encargó, igual que, en general, encargó la continuación de su misión, solo a hombres. Lo que salta más a la vista (por lo menos a mí) es el contraste entre la arrogancia y la seguridad con que ello se dice con la enorme endeblez de unos textos que, a muy duras penas, pueden medio, no ya demostrar, pero ser usados para “mal justificar” esa discriminación

Veamos: es verdad que cuando Jesús quiso elegir unas personas colaboradoras más cercanas y confiables, escogió doce hombres, aunque había mujeres en su equipo misionero. Pero no se les confió la continuación de su misión, después de él, de manera formal, que sepamos, ya que estaba en los comienzos de su tarea. 

Cuando sí se dice que confió el encargo de continuar la predicación del Evangelio, “Id por todo el mundo…”, es en las escenas previas a la Ascensión, ante un auditorio de hombres. El sacerdocio de las mujeres 

El sacerdocio de las mujeres 

-Sin embargo, en el texto de Marcos la escena aparece en un Apéndice, que con toda seguridad no es de Marcos, sino de un autor posterior, puesto que Marcos había dado su narración por concluida, y el apéndice “corta” el hilo de la narración empezando por describir una escena anterior al final del texto evangélico. Además de que se le “cuela” una herejía de bulto, en 16: 16. 

-Solo se puede contar con las narraciones de Mateo y de Lucas. 

-Sin embargo, uno sitúa los hechos en Galilea y el otro los sitúa en Betania, cerca de Jerusalén. 

-Además, según Mateo, queda claro que solo están los Once, pero en el texto de Lucas (24: 33) están “los Once y quienes estaban con ellos”. Número al que sin duda se añadirían los discípulos de Emaús, que acababan de llegar. 

Esos textos no son serios: parece que cada uno escribió lo que más o menos recordaba, pero con muy poca precisión. Para demostrar lo que se pretende demostrar, se debería contar con algo más preciso. Sus excelencias y eminencias: eso no les sirve para nada. Compañeros obispos, yo ahora no digo ni que fuera ni que no fuera; tan solo digo que ustedes, con estos textos, no pueden “demostrar” nada. Luego debieran valorar el problema a la luz de otros valores, por ejemplo los Derechos Humanos. Y les diré más: atribuir a Jesús haber apartado a las mujeres de las tareas apostólicas, sin poder-lo demostrar debidamente, lo considero una calumnia, que rechazo con toda la fuerza. 

Un servidor cree que hay muchos indicios, aunque tampoco “pruebas”, de que Jesús jamás apartó a las mujeres de función apostólica alguna, sino que la mala decisión la fueron tomando sus seguidores; mucho mejor dicho: los seguidores de los seguidores, es decir, la segunda generación, ya muertos los apóstoles. Ellos fueron apartando a las mujeres de funciones que, en las cartas de Pablo, se echa de ver que sí ejercían. Así que dejen por favor de pontificar y asuman el deber de razonar como cualquier persona. 

Y además, por principio, no se “puede” argumentar nada contra los derechos de las mujeres en la Iglesia basándose en unas situaciones claramente anormales y provocadas por discriminaciones ancestrales. Hacerlo sería una gran bajeza. 

Y en definitiva, cuando se dieran los primeros casos de zonas geográficas en que las mujeres ya hubieran conseguido tener una formación cultural y una posición más normales en la sociedad, con ministras, presidentas, etc., si en la dirección de la Iglesia hubiera habido personas inteligentes, y cristianas de verdad, debieran haber adaptado la ley a las circunstancias presentes. Puesto que, quien fuera que hubiera decidido, en su día, apartar a las mujeres de funciones directivas y/o sacerdotales, solo podía basarse, o más bien “excusarse”, en una situación de muy baja formación de la gran mayoría de mujeres, situación no culpable. Un estado, de hecho, anormal. Al cambiar las condiciones anormales, debía cambiarse la ley. Pues parece que no hubo tales dirigentes, ni todavía los hay. 

De ninguna de las maneras, ello debe ocasionar que los derechos femeninos en la Iglesia continúen sin poderse ejercer. Pues la culpa es de malos dirigentes. Pues hay que ejercerlos de hecho, con permiso o sin él. Se deben empezar a celebrar misas presididas por mujeres. Aunque quizás (propongo) con una reconocida provisionalidad, y usando, de manera también provisional, formas eucarísticas consagradas previamente por un sacerdote. 

Deseo, propongo, pido, que en cada ciudad se designe un lugar (no tiene que ser necesariamente una iglesia) para celebrar misas presididas por mujeres, de forma continua o bien alterna (alternando con misas masculinas). Y en ello nos tenemos que implicar los compañeros igual, no solo por solidaridad, que claro que sí, faltaría más, sino por interés propio, pues muchas personas preferiríamos una misa femenina, que, no siempre, pero muchas veces, daría un tono de mayor humanidad e, incluso, de emotividad

Entrevista a José I. González Faus

José I. González Faus: «Bíblicamente no hay obstáculos para el sacerdocio de la mujer»

Conoce y ha estado en casi todo los países de América Latina, solo le han faltado dos, Chile entre ellos. Pese a su pensamiento progresista y ser un gran entendido en temas como la idolatría del dinero o el rostro de Dios, él se considera solo “un puente” entre la teología latinoamericana y la teología política europea. En esta entrevista, aborda los grandes temas de la iglesia y el mundo moderno.
Por Aníbal Pastor N./Kairos News Seguir leyendo

Experiencia de ser mujer y religiosa en la Iglesia Católica


Dra. Marilú Rojas Salazar
No sólo quiero hablar de mi experiencia, pues yo no soy el paradigma de todas las mujeres de la iglesia católica. Las teólogas feministas partimos del principio ético que, la experiencia de cada mujer es única, y por lo tanto no es normativa para todas. Dicho lo anterior, compartiré tres ideas: en primer lugar, la experiencia de exclusión de las mujeres en algunas de las fases históricas de la iglesia católico romana; en segundo lugar, los movimientos de resistencia por parte de las mujeres a dicha exclusión; y en tercer lugar, mi experiencia personal como mujer teóloga y religiosa en el contexto actual.
La experiencia de exclusión de las mujeres en algunas de las fases históricas de la iglesia católico romana
A mi juicio las mujeres hemos vivido seis etapas importantes de exclusión:
La palabra: la primera exclusión que vivimos las mujeres fue la de la palabra en los albores del cristianismo primitivo, pues las mujeres fueron silenciadas, desapareció la profecía en primer lugar junto con las mujeres apóstoles, después la diakonía, las mujeres presbíteras, y solo se dejó paso a las mujeres conocidas como vírgenes, mujeres que huyeron de matrimonios forzados y que en el cristianismo encontraron un espacio de libertad. Finalmente, éstas mujeres vírgenes fueron sacrificadas y convertidas en mártires. Solo así pudieron trascender en la historia de la iglesia escrita por hombres. Esto culminó a principios del S. II con Ignacio de Antioquía quien estipuló la jerarquización de la iglesia con el triple ministerio, diácono, presbítero y epíscopo, los tres solo asignados a los hombres. En el año 325 con el concilio de Nicea se prohibió la ordenación sacerdotal de las mujeres.
El discipulado de iguales: con el movimiento anterior, hubo mujeres que escaparon al desierto para convertirse en ermitañas, anacoretas y vivir en soledad, en el seguimiento a Jesús al igual que los hombres, pero no tardó mucho su soledad libertaria, pues pronto fueron encontradas y se les asignaron muros, vestidos, velos, y normas de vida, así surgieron las grandes abadías, y las órdenes religiosas. Con normas de vida escritas por hombres para que las mujeres las vivieran (S. IV-VIII)
Las sabiduría: De ahí saltamos hacia el S. XI-XII hasta el S. XVI hacia la edad media, y las mujeres fueron excluidas ahora por sus saberes, sino podían andar libres como los hombres, ahora recurrirían a sus sabidurías como instrumento de resistencia, pero los saberes de las mujeres fueron demonizados y ellas fueron acusadas de hechicería, y fueron quemadas como brujas y seres que pactaban con lo demoniaco.
La mística: entonces las mujeres recurrieron a la mística, que cosa más inofensiva como orar, como expresar sus sentimientos y saberes, así como su corporalidad en la relación con la trascendencia, sin embargo, hasta de la experiencia del amor de Dios fueron excluidas. Puestas bajo la lupa de la sospecha, les asignaron confesores y guías espirituales hombres que les hacían escribir sus vidas y experiencias místicas, para luego acusarlas de herejía, ejemplos Teresa de Ávila, Margarita de Poittiers, Juana Inés de la Cruz, entre otras muchas, acusadas de confundir el amor humano con el amor de Dios, ¡que ironía!
El liderazgo (ordenación sacerdotal): Las mujeres hemos sido excluidas de los ministerios ordenados en la iglesia, hemos sido consideradas doctrinalmente como seres de segunda categoría, y a éstas doctrinas apelan los hombres lideres de la iglesia para negar la ordenación. En la iglesia católico romana tenemos los 7 sacramentos, pero las mujeres solo podemos tener acceso a seis, y solo por razón de nuestro sexo. Pues teológicamente no hay nada que lo impida. La tradición patriarcal se asegura que así sea.
Derecho a la toma de decisiones y ciudadanía: Las mujeres en la iglesia católico romana no gozamos del derecho de ciudadanía, pues al no ser reconocidas para los liderazgos, tampoco podemos elegir a nuestros dirigentes, ni tomar decisiones éticas con respecto al actuar de la iglesia, ni si quiera con respecto a nosotras mismas.
Los movimientos de resistencia por parte de las mujeres a dicha exclusión
Las mujeres no asumieron la exclusión pasivamente, nunca lo hemos hecho así, como lo han querido mostrar los patriarcas, el primer movimiento de resistencia lo encontramos en
María Magdalena: la recuperación de la figura de María de Magdala como la apóstol de los apóstoles, como la testigo primera de la resurrección y como la primer mujer que recibió el envío de parte de Jesús resucitado, nos coloca ahora a las mujeres en un liderazgo sin precedente en los albores del cristianismo, y en la primacía de la iglesia que Jesús quería.
Anacoretas, ermitañas y madres de la iglesia: al ser invisibilizadas y desaparecidas progresivamente las mujeres en los ministerios de diaconía, profecía y presbiterado; las mujeres huyeron al desierto para convertirse en anacoretas, ermitañas y madres del desierto, al igual que los hombres, para mostrar su valor y huir del control del estado romano, que ahora también era cristiano. Mujeres que murieron en la soledad del desierto, pero libres.
Las beguinas o beatas: el movimiento nació en 1170. Su nacimiento tuvo lugar en la parte oriental del territorio actual belga. Las beguinas son mujeres solteras o viudas que, sin hacer votos eclesiásticos propiamente dichos, llevan una vida más o menos monástica en el mundo. Se agrupan para atender a enfermos de lepra, para predicar, estudiar artes y filosofía, escribir acerca de la mística. Son un movimiento que confronta a la vida religiosa de las abadías, una vida ya muy acomodada.
Movimiento de ordenación sacerdotal de las mujeres: en 2001 en Dublín se celebró el primer congreso ecuménico del movimiento mundial a favor de la ordenación de mujeres en el mundo, y el movimiento de sacerdotisas católicas en Canadá ahora es muy fuerte.
Teologías feministas: otra fuerza de resistencia y propuesta ha sido el gran trabajo de producción oral y escrita de la teología feminista, de la teología feminista de la liberación contra la feminización de la pobreza en A. L, la teología feminista del norte que lucha por la igualdad de derechos laborales, la teología feminista Asiática contra la trata de niñas y jóvenes mujeres, así como la explotación sexual, la teología feminista africana contra las tradiciones culturales machistas de la ablación del clítoris de las mujeres.
Mi experiencia
Soy una mujer religiosa y teóloga en el seno de una iglesia patriarcal, y una mujer mexicana en el seno de una cultura dominante, autoritaria y patriarcal como lo es la sociedad mexicana, la cual además se caracteriza por ser una sociedad y una cultura conservadora. Vivo en el país donde cada vez es más peligroso ser mujer, en el país donde puedo ser una victima posible de feminicidio, o de desaparición forzada.
Tengo un doctorado en teología sistemática por una de las más prestigiosas universidades del mundo, mi examen doctoral lo aprobé con la máxima nota que da la universidad, y no tengo trabajo de tiempo completo en ninguna universidad católica. Mi trabajo es mal pagado, no tengo un salario fijo, no tengo seguridad social, ni posibilidades de jubilarme. Tengo que demostrar el doble de mi saber y conocimiento, y veo pasar a algunos de mis alumnos varones, muchos sin título siquiera de maestría a ocupar cargos académicos como investigadores o directores de instituciones teológicas. Soy la primer doctora en teología sistemática en México, sin embargo son compañeras que no tienen doctorado quienes tienen las directrices de institutos teológicos, claro la clave está en que no son feministas o hacen el juego al patriarcado algunas de ellas.
El espacio que tengo de libertad y de reconocimiento es escribir, y eso es lo que ahora hago. Las mujeres siempre encontramos recovecos de libertad, autonomía y reconocimiento; y es la creatividad ahora la que me demanda a rehacer la resistencia, tal como las mujeres de nuestras historias.

Christina Moreira ARCWP predicando en Francia


No me cabe ninguna duda de que Christina Moreira tiene un carácter moldeado por el Espíritu Santo, que a su vez influye en sus predicaciones edificándonos a los que le leemos. Un carácter que debería estar presente en todos los sacerdotes para enseñar y capacitar a los hijos de Dios, es lo que requiere y necesita la iglesia para que pueda crecer, ser edificada y llevar a cabo su llamado. Todo lo que no sea eso, es buscar fuera de lo que la Palabra de Dios tiene para su iglesia, y eso no es deseable.
El Reino de Dios avanzará si disponemos de Mujeres sacerdotes buenas como ella, pero buenos de verdad, no sólo rezadores. Buenos de esos que defienden al débil, aman a Jesús Eucaristía, quieren a todos y saben sacrificarse por ellos, y no se contentan con buenas palabras, sino que evangelizan al cien por cien. Cada palabra pronunciada, cada llamada, cada carta escrita, cada esfuerzo por consolar a los caídos es grabada en un “libro de recuerdos.” Y la Biblia dice que cada uno de nosotros por quien la obra ha sido escrita será precioso para el: “Serán para mí especial tesoro,” (Malaquías 3:17).
Existen evidencias claras, precisas y puntuales que nos llevan a afirmar con seguridad que las mujeres tenían antiguamente una gran participación en la propagación del evangelio echando por tierra las enseñanzas erradas que expresan que la mujer no puede hablar en público (1 Corintios 14:34) ni enseñar a los hombres.(1 Timoteo 2:12). La Biblia nos dice en (Filipenses 4:2,3 ) que Pablo nombra a dos mujeres: Evodia y Sintique, que combatieron juntamente con él , en el evangelio.
Combatir significa: Batallar, guerrear, pelear, conseguir algo con mucho esfuerzo y pasando penalidades.
Eso es lo que hacían estas dos mujeres muy apreciadas por Pablo que poniendo en peligro sus vidas propagaban el evangelio como verdaderas guerreras e hijas del Dios de Israel, tengamos en cuenta que en esos tiempos era muy peligroso la predicación evangélica pues los pueblos estaban llenos de idolatras, adivinadores, magos, etc. Eran muy valientes en realizar dicha tarea, y aquí me detengo a analizar lo siguiente si el mismo Pablo manda a callar a las mujeres no permitiéndoles enseñar a los hombres.
¿Porque las tiene como colaboradoras y predicando el evangelio ? o es que Pablo se contradice a sí mismo, de ninguna manera, el jamás le negó esa posibilidad a las mujeres pues era un ser lleno de conocimiento, de sabiduría y sabía perfectamente lo que escribía y como trabajar en la obra del Señor y con quienes hacerlo. LAS MUJERES SÍ PODÍAN PREDICAR, ENSEÑAR, MINISTRAR Y NO ERAN PASTORAS PUES ESE TÍTULO NO EXISTÍA EN ESE ENTONCES, ASÍ COMO TAMPOCO ES MENCIONADO EL NOMBRE DE PASTOR ALGUNO.
También tenemos en Hechos: 18.24-26 una clara evidencia de cómo la mujer tenía preeminencia en la enseñanza: Apolos llegó a Efeso a predicar, (la Biblia dice que era elocuente y poderoso en las escrituras) se entiende por ello que era un tipo muy sabio y preparado en el evangelio, además de ser muy buen orador y buen conocedor de la palabra que enseñaba diligentemente y con fervor todo lo relacionado al evangelio, pero hubo algo que llamó la atención de los esposos Priscila y Aquila (nótese que Pablo nombra primero a ella dando a entender que la líder era ella) seguramente algún ha tenido algún error en la predicación y solícitos fueron a él, llamándolo aparte y muy discretamente lo nutrieron y edificaron más en la palabra. Con esto es más que evidente que la mujer puede ocupar cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia teniendo siempre presente que: JESÚS ES LA CABEZA DE LA IGLESIA Y LOS DEMÁS MIEMBROS TIENEN LOS MISMOS DERECHOS Y OBLIGACIONES QUE TODOS. NO SOLO EL HOMBRE PUEDE PASTOREAR UNA GREY, YA QUE EL LLAMADO ES PARA TODOS LOS QUE REALMENTE AMAN AL SEÑOR Y ÉL NO VIOLA NINGUNA PALABRA SOLO PORQUE SEA MAL INTERPRETADA.
Ayúdale Señor a dar siempre buen ejemplo. Haz que los que se acerquen a ella sientan que se acercaron a Ti y que por medio de ella toques sus vidas. Dale la humildad de reconocer que no somos nada, ni somos dignos de nada, pero que por medio de Tu misericordia y por medio de Tu amor nos das todo sin merecerlo y lo único que nos queda es aceptarlo y pasar cada instante de nuestras vidas agradeciéndotelo.
Excelente predicación de Christina Moreira en Francia
De mi parte parte reciba respeto, cierta admiración y oración
Fuente: https://bridgetmarys.blogspot.com/2020/10/rev-christina-moreira-arcwp-preaches.html?spref=fb&fbclid=IwAR0aVlJvx-ts9s565JmapTwhQOTw2RmXQsyhlzoOf7-irFhfO_dsOBGa4PY
Antenne Inclusive Saint Guillaume, en la iglesia de Robertsau, Estrasburgo, el sábado 10 de octubre.
Predicando para el culto inclusivo y musical Aretha Franklin- Antenne inclusive Saint Guillaume
Estrasburgo el 10 de octubre de 2020
NO TENGAS MIEDO, TE AMO
Textos bíblicos
Oseas 11,1-4 (BFC)
1 “Cuando Israel era joven, llegué a amarlo, dice el Señor, y lo llamé, hijo mío, para que saliera de Egipto. «
2– Pero entonces, cuanto más los llamábamos, más se alejaban. Mi pueblo ofrece sacrificios a Baal ya los dioses de este género, queman ofrendas en honor a los ídolos.
3 “Sin embargo, fui yo quien guió los primeros pasos de Efraim y lo cargué en mis brazos. Pero no reconoció que lo estaba cuidando. 4Lo guié con moderación, unido a él por el amor. Yo era como una madre para él que levanta a su pequeño niño contra su mejilla.
Me incliné para darle de comer.
Mateo 14,22-32
22 Inmediatamente Jesús hizo que los discípulos subieran a la barca y fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.
23 Y después de despedir a la multitud, subió al monte para orar aparte. Por la noche, estaba allí, solo.
24 La barca ya estaba a varios cientos de yardas de tierra; fue batido por las olas, el viento era contrario.
25 Hacia el final de la noche se les acercó caminando sobre el mar.
26 Cuando lo vieron caminar sobre el mar, los discípulos se aterrorizaron: «Es un fantasma», dijeron, y gritaron de miedo.
27 Pero enseguida Jesús les habló: «¡Confíen, soy yo, no temáis! »
28 Pedro le habló y le dijo: Señor, si de verdad eres tú, mándame que vaya a ti sobre el agua. «-
29 «Vamos», dijo. Y Pedro salió de la barca, caminó sobre el agua y se acercó a Jesús.
30 Pero cuando vio el viento tuvo miedo y, comenzando a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame! »
31 En seguida Jesús extendió su mano y lo agarró, diciéndole: Hombre de poca fe, ¿por qué dudas? »
32 Y cuando subieron a la barca, el viento se calmó.
33 Los que estaban en la barca se postraron ante él y le dijeron: “¡En verdad, tú eres el Hijo de Dios! «
Queridos hermanos y hermanas: Permítanme ante todo saludarlos y agradecerles su hospitalidad y tener la amabilidad de escuchar las pocas palabras que les voy a dirigir. Deseo que Jean-Luc Gadreau, que debería haber ocupado este puesto, recupere completamente su salud pronto.
Para empezar, pido ayuda a tu memoria, a los recuerdos de aquellos días en que todo falla, cuando perdemos pie y falta el suelo. Un ser se ha ido y, como dice el poema, todo se despobla. El vacío de la ausencia de este niño, este amigo, este padre, esta madre parece un abismo que nada puede llenar. Es la hora oscura y nos hundimos.
¿Sabes por qué nos caemos, con mayor frecuencia, al caminar, por ejemplo, en la calle? porque tenemos la «creencia» de la tierra bajo nuestros pies. Lo damos por sentado y nos olvidamos de mirar. Este es el momento del que las losas mal colocadas, los pasitos tortuosos, el pavimento roto se aprovechan para hacernos descubrir la tierra y el dolor del miembro en mal estado. Puede costarnos la vida.
Mira dónde ponemos un pie, vive consciente de lo que está pasando, ponle nombre a este duelo, a este paro, a esta ausencia, a este exilio o al dolor que golpea y permanece por más o menos tiempo, ponle un nombre a la incertidumbre que se ha instalado en nuestras vidas bajo este nuevo régimen de covid y solo se necesita un paso más para nombrar nuestra respuesta a todo.
¿A qué decidimos responder?
En la barca, adonde Jesús envió a sus discípulos, están a salvo, bastante relativos en medio de la tormenta que la mece; saben que son vulnerables porque conocen demasiado bien el destino de otros que no han regresado. Vengo de la costa oeste de Europa, un verdadero testaferro cuyo nombre emociona; «La costa de la muerte». Con nosotros, la tormenta viene a juntar a sus víctimas en las playas y los muelles, las olas fácilmente alcanzan varios metros de altura. No se juega con el mar, aunque lleve el engañoso nombre de Lago … desde Galilea conoce imprevisibles y terribles tormentas. Cómo creer que alguien puede caminar sobre olas embravecidas a menos que las esté surfeando. Pero Jesús no navega. Caminar es la acción de la vida con él. A los enfermos curados les dice «ve», «levántate y anda». Su propósito es la posición humana y en camino, plenamente vivo y en posesión de su libertad, capaz de realizar lo que es para sí mismo y para los demás, es el humano quien camina hacia el amor y confianza como combustible. Es el ser humano que puede que no sepa a dónde se dirige, pero que cree firmemente en el significado de su vida. Pone su mano en la mano del Señor y pone su voluntad en la Suya.
Hablar de caminar sobre el mar es una tontería. Es el mundo al revés por definición. Para atender nuestra necesidad natural de saber si «es cierto», si este milagro – narrado en 2 evangelios sinópticos (mt y mc) y el evangelio de Juan – realmente sucedió como la historia para nosotros. Aprender, en definitiva, a saber si la fe puede liberarnos de los límites de la física, en el estado actual de la ciencia, quizás podamos visitar nuestro interior personal y colectivo, mares embravecidos.
Ira, celos, glotonería, lujuria, desesperación o vergüenza amenazan algunos días con quitar todos los frutos de largos años de escucha de la palabra de Dios, meditada asiduamente, con amor. ¿Tienen éxito a veces, a menudo? En un instante me convierto en un monstruo… le pego a mi hijo, a mi mujer, a mi perro, o los insulto, los degrado o finjo no verlos. Puedo maldecir incluso a un extraño que me negó prioridad en el camino. ¿Que importa? la paz se fue … se fue. Pero el peor enemigo de la paz es el miedo, la madre de las guerras. Les comparto un tesoro ofrecido por un voluntario de ATD que me acompañó al aeropuerto después de una misión. Estábamos a punto de entrar en la rampa de acceso cuando un vehículo nos pasó por la izquierda y nos dio una soberbia cola de pescado. Me molesta porque tengo mucho miedo de los accidentes de tráfico y nos habíamos acercado al desastre. Respuesta del conductor: «Me gusta Mr. Perfect (un voluntario africano al que todos admiramos, un sabio) y le dijo » tienes prisa hermano mío, Dios te bendiga «. La paz regresó de inmediato, el miedo se fue volando y el amor tomó su lugar.
El miedo es lo que hace hundirse a Pedro, quien en su papel de apóstol nos representa a todos. Al mismo tiempo, se presenta como el que tiene suficiente amor y valor para salir al encuentro de su Maestro, para seguir el ímpetu que queremos para nosotros, y su fracaso es tanto más amargo… Destaca nuestra naturaleza, nuestra vida, que a menudo parece una serie de pruebas y pruebas más o menos exitosas. Aspiramos a “hasta el fin”, a “todo amor inagotable”, el que este mismo Pedro tuvo que afirmar tres veces a su Señor después de sus negaciones.
Este amor debe morar en nosotros para que podamos reconocerlo en Aquel que es todo Amor. Echamos un vistazo a este sol oculto por las nubes, la calma que comienza cuando las rachas de viento comienzan a amainar… sabemos que está ahí. Él lo prometió, el Señor está con nosotros hasta el fin del mundo (Oseas) y desde la infancia de la humanidad, y por siempre su amor y atención nos están asegurados «Y he aquí, estoy contigo todos los días, hasta el fin del mundo. »(Mt 28,20).
Pero, ¿qué es este amor, de qué está hecho? No es una emoción pura o solo un sentimiento. Escuchemos a Oseas, cuál es el amor que viene de Dios: “Sin embargo, fui yo quien guió los primeros pasos de Efraim y lo cargué en mis brazos. Pero no reconoció que lo estaba cuidando. 4 Lo guié con moderación, unido a él por el amor. Yo era como una madre para él que levanta a su pequeño niño contra su mejilla. Me incliné hacia él para hacerle comer ”. Este amor está atento al singular y al plural, está en acción, participa en la vida de los que son niños, niños muy pequeños, busca nutrirlos y los llena de ternura. Dios es mamá, ¡lo mejor!
Pero esta madre sufre de decepciones, no siempre es amada a cambio «Pero él no reconoció que yo lo estaba cuidando» sin aburrirse ni rendirse. Es una cuestión de amor absoluto, eterno, capaz de todo perdón y de todo nuevo comienzo.
No leemos, en el libro del profeta Isaías ( 49,14-15): “Sion dijo: El Señor me abandona, ¡El Señor me olvida! – 15 ¿Se olvida una mujer del niño que amamanta? ¿No se apiada del fruto de su vientre? Cuando ella lo olvide, yo no te olvidaré. «. Estos versículos nos ayudan a profundizar más en las profundidades del amor divino, que sigue el modelo del amor humano. Es el mundo al revés, Dios se muestra como Madre, como criadora y portadora de vida. Estamos en el vientre de Dios, nunca solos, siempre incorporados a su gracia. Quizás por eso la olvidamos … Nos rodea por todos lados.
Es una cuestión de vínculos, Dios es el primero en conectar, el primero que llama y nunca deja de llamar. Y esta llamada es para el bien «de los llamados, es para su crecimiento, su dignidad, su alimentación, lo esencial en definitiva».
¿Qué significa «te amo»? Nuestro te amo es ambiguo, no siempre incondicional y menos libre. Esperamos a cambio y hacemos cálculos más o menos honorables. Calibramos el otro y lo comparamos con nuestras necesidades. Son frágiles y no siempre resisten las tormentas, incluso las más pequeñas que suelen tener lugar en medio de un plato de sopa. No siempre aguantan la enfermedad, la desgracia, la vejez, las dificultades económicas. Es obvio que cuando Dios nos dice «te amo», habla otro idioma. El verbo amar puede tener varios significados. El amor de la amistad, el amor de la pasión física, el amor incondicional… Amar es un verbo en modo activo, notablemente en la Biblia “Jesús lo miró y llegó a amarlo” (Marcos 10:21). Jesús mira antes de amar, busca saber quién está frente a él para amarlo, no ama a todos en masa sino a cada uno. Es entonces para ofrecerle su camino en el lago “… ve, todo lo que tienes, véndelo, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el Cielo, luego ven, sígueme”.
Otra vez… VEN… que resuena como un shofar, con una sirena en nuestras noches, incluso en este momento en que este microbio ha borrado los bordes de nuestros mundos y nuestros hogares, donde nuestros rumbos se desdibujan y donde debemos caminar sin demasiado. Sabemos hacia dónde vamos, un poco perdidos y desconcertados.
Él cambia el mundo, hay una intervención que trae modificaciones … que puede transformar todo si lo escuchamos, la materialización del respeto según Aretha se vuelve posible y fácil, milagros comparables a caminar sobre el agua en el mundo hoy. Por eso, cuando se nos pregunta si Jesús caminó o no sobre el agua, nos sentiríamos tentados a decir: si hubiera podido dejar en esta tierra un mensaje de amor que produzca amor verdadero cuando nos adherimos a él en verdad… ¿qué no podía hacer?
Entonces el Verbo se hace carne porque el amor habita en nosotros, entre nosotros, frente a nosotros, en el prójimo, el prójimo. Borra lo que el ojo de la razón llama «diferencias», esos espejismos instalados por el Divisor … este mal que roe nuestras empresas de fabricación de etiquetas basadas en el miedo a, a lo diferente, al no poder fabricar todos los dignidad, todo el respeto que tiene el deber de producir si quiere ser legítimamente humano.
El Verbo hecho carne en Jesús: “el cambio vendrá” (Aretha). Cuando Jesús se acerca a la barca tenemos una escena en dos tonos contrastantes: Jesús camina solo con paso decidido y extremadamente confiado, y la barca, donde los hombres asustados ya no saben si temer a la tormenta oa este fantasma. Cuando evocamos la venida de Cristo, su nacimiento como niño hace más de 2000 años, pero también su nacimiento en nuestra vida presente, intentado muchas veces en diferentes momentos, en lo más profundo de nuestra existencia, de nuestra vida de carne, A menudo encontramos que nos sorprende con asombro, porque para muchos es un estado casi natural. Hemos sido educados a menudo por medio del miedo (miedo al castigo por desobediencia, miedo a decir quién soy y qué pienso, lo que siento … porque puede que no guste y me rechazarán … miedo de lo que no entiendo y que percibo como un peligro desde el principio … miedo porque alguien está gritando: ¡te vas a caer! y estoy aprendiendo a tener cuidado pero ya no me atrevo a saltar). Miedo al extranjero o al diferente, miedo al juicio de los demás y del mío. Jesús lleva otra enseñanza; «No tengas miedo, soy yo»
Se hace carne en nosotros cuando sabemos cómo responder a esta VENIDA. También tenemos la libertad soberana de no hacerlo, otro regalo de amor de Dios y no menos importante. Todos esos momentos, incluso insignificantes, en los que pensamos en abrir nuestro corazón, nuestros oídos, a los demás y a Dios, nos conectan con Su mano extendida. Incluso cuando Aretha canta «Te digo una pequeña oración» justo antes de maquillarse, en una mañana como cualquier otra en medio de la vida cotidiana. Ella se mantiene en contacto. Con su amante y con Dios. Nuestras vidas, como son, como son en este preciso momento, son el lugar de contacto, de confianza, de la mano extendida. No es imprescindible hundirse y trabajar para evitarlo no es una tarea dolorosa sino alegre. Solo extiéndete, incluso en silencio. El mar se calmará en el corazón de nuestras tinieblas,
Pero aún así, para cruzar la barandilla … recuerda tu libertad y haz uso de ella. Atrévete a dar el paso. Notamos que solo Pierre se arriesga, tiene el mérito de ser un poco loco, apasionado e impulsivo. Actitudes que son todas vías que podrían guiarnos a renovar nuestra confianza diaria, a mantener Su mano en la nuestra.
¿Nos veríamos a nosotros mismos, cuando en última instancia no es demasiado estúpido creer que podemos caminar sobre el agua siguiéndolo, a su lado … si tan solo pudiéramos escuchar, sumergirnos en nuestros corazones, nuestras inteligencias, todo nuestro cuerpo el sonido de su «COME» su decidida ternura y tan poderosa porque eterna.
Y podríamos decir con Pablo, a quien nos hace decir esta ternura todopoderosa, en la Epístola a los Romanos, 8, 38-39
» 38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura no podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor. «
¿Quién tiene miedo después de esto? ¿Quién duda todavía del amor de Dios y de su poder?
Con Aretha Franklin, podemos decir: «Precioso Señor, toma mi mano, guíame, déjame estar de pie, estoy cansada, estoy débil, estoy sola, a través de la noche, guíame hacia la luz, toma mi mano precioso Señor, llévame a casa »
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¿Ordenación e mujeres en la Iglesia?

Isabel Corpas de Posada: «Resulta que Jesús no fue sacerdote, ni ordenó sacerdotes, ni los apóstoles eran sacerdotes»

La teóloga Isabel Corpas
Isabel Corpas de Posada es actualmente investigadora independiente. El confinamiento por la pandemia del coronavirus ha sido, para ella, oportunidad de publicar este libro y lo comparte gratis en las plataformas de Amazon y Apple Books
«Con todo respeto quisiera plantear a los hombres de Iglesia las preguntas que la Fratelli tutti formula, cuestionando a quienes ‘se aferran a una identidad que los separa del resto’ y tratan de impedir cualquier ‘presencia extraña que pueda perturbar esa identidad y esa organización autoprotectora y autorreferencial'»
«Además de justo, es teológicamente posible la ordenación de mujeres en el marco de la eclesiología de Vaticano II»
«Y no solo es teológicamente posible, es factible en la práctica, pues bastaría introducir una modificación al Código de Derecho Canónico, tal como recientemente se han introducido otras modificaciones»
«Y es urgente, pero no como alternativa para solucionar la escasez de clero, sino como superación de la inequidad que implica su exclusión»
24.10.2020 José Manuel Vidal
La teóloga colombiana Isabel Corpas de Posada es actualmente investigadora independiente, después de haber sido profesora de teología sacramental y de teología del matrimonio en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá durante más de veinte años y profesora de teología del sacramento del orden y de teología de los ministerios eclesiales durante los siguientes diez años en la Facultad de Teología de la Universidad de San Buenaventura también de Bogotá. El confinamiento por la pandemia del coronavirus ha sido, para ella, oportunidad de publicar un libro y de hacerlo por fuera de los cauces tradicionales de una casa editorial: ¿Ordenación de mujeres? Un aporte al debate desde la eclesiología de Vaticano II y la teología feminista latinoamericana es un e-book que se puede descargar, sin costo, en Amazon y en Apple Books.
¿Qué pretende demostrar con su libro?
Que la exclusión de las mujeres del sacramento del orden no responde a argumentos teológicos sino a circunstancias culturales e históricas que han cambiado y a las cuales es de esperar que como Ecclesia semper reformanda se adapte nuestra Iglesia católica. Pero no va a ser fácil dar el paso, dado que quienes tienen la última palabra al respecto, los hombres de Iglesia, han sido formados en un imaginario al mismo tiempo patriarcal y clerical, y creo que puede costarles trabajo admitir que los argumentos que se han dado no son teológicos, sino argumentos de autoridad, como son los vetos del magisterio pontificio fundamentados en la teología medieval. Lo interesante de estos vetos es que se refieren concretamente a la ordenación sacerdotal de mujeres y al sacerdocio femenino, justificándolos en que Cristo solamente escogió varones como sus apóstoles, en que la tradición de la Iglesia ha imitado a Cristo y en que el magisterio ha establecido que la exclusión de las mujeres al sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia, caracterizando a los apóstoles como sacerdotes.
Pero resulta que Jesús no fue sacerdote, ni ordenó sacerdotes, ni los apóstoles eran sacerdotes. Por el contrario, el Nuevo Testamento representa una ruptura con la mediación sacerdotal del Antiguo Testamento al afirmar que el único mediador es Cristo Jesús a quien la carta a los Hebreos da el título de sacerdote único. Por esta razón, en las primeras comunidades de creyentes, que se reunían en las casas para partir el pan, no había sacerdotes y sus dirigentes ejercieron diversidad de servicios que no tenían carácter sacral, servicios que en las cartas pastorales se concretaron en los ministerios de obispos, presbíteros, diáconos varones y mujeres, además del orden de las viudas, similar al de los presbíteros, pero que, al igual que el de los doctores, pronto desaparecería. El hecho histórico, en todo caso, es que el sacerdocio se coló uno o dos siglos después en las prácticas de la Iglesia y, por lo tanto, no corresponde al proyecto de Jesús.
¿La ordenación de la mujer es algo justo, necesario y urgente?
Es verdaderamente justo y necesario responder a la nueva presencia de las mujeres en la sociedad y reconocer formalmente su participación en la Iglesia, superando la tradicional marginación debida a los también tradicionales prejuicios sociales.
Como también es teológicamente posible la ordenación de mujeres en el marco de la eclesiología de Vaticano II, replanteando la interpretación de la ministerialidad eclesial establecida desde otros contextos, como es el sacerdocio. O más exactamente, la sacerdotalización de los ministerios que en los primeros siglos del cristianismo, repito, se coló en las prácticas eclesiales para responder a una circunstancia coyuntural y que la teología medieval convirtió en doctrina al elaborar la teología del sacramento del orden como sacramento del sacerdocio.
Y no solo es teológicamente posible. Es factible en la práctica, pues bastaría introducir una modificación al Código de Derecho Canónico, tal como recientemente se han introducido otras modificaciones.
En cuanto a la urgencia para que la Iglesia católica admita la ordenación de mujeres, yo creo que no da espera. Es urgente. Pero no como alternativa para solucionar la escasez de clero, lo cual no es ni puede ser argumento teológico para proponer la admisión de las mujeres al sacramento del orden. Sino como superación de la inequidad que implica su exclusión.
«El sacerdocio se coló uno o dos siglos después en las prácticas de la Iglesia y, por lo tanto, no corresponde al proyecto de Jesús»
Y a propósito de exclusión, la encíclica Fratelli tutti hace notar que “la inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos” (FT 67-69), y supongo que también los proyectos eclesiales, principalmente si se tiene en cuenta que las mujeres son excluidas por el hecho de ser mujeres. Por eso, con todo respeto quisiera plantear a los hombres de Iglesia las preguntas que la encíclica formula, cuestionando a quienes “se aferran a una identidad que los separa del resto” y tratan de impedir cualquier “presencia extraña que pueda perturbar esa identidad y esa organización autoprotectora y autorreferencial”.
Es la preocupación que el papa Francisco ha manifestado en varias ocasiones. Por ejemplo, en Querida Amazonía escribió que dar a las mujeres “acceso al orden sagrado” sería clericalizarlas, en lo cual estoy plenamente de acuerdo. Lo que pasa es que interpreta el sacramento del orden en clave sacral y, consiguientemente, sacerdotal. Por eso pienso que tampoco a los hombres se les debería dar “acceso al orden sagrado” porque eso es lo que a ellos los clericaliza. También en el propósito de oración para el mes de octubre, que justificó en la necesidad de presencia femenina en la Iglesia, pidió que “recemos para que en virtud del bautismo los fieles laicos, y las mujeres en una manera especial, participen más en instancias de responsabilidad en la Iglesia, sin caer en los clericalismos que anulan el carisma laical”. En lo cual, repito, estoy de acuerdo, pues no se trata de clericalizar a las mujeres, pero tampoco se debería clericalizar a los hombres. La Iglesia necesita ser desclericalizada.
Para lo cual bastaría tomar en serio Vaticano II, recordar la importancia de la condición bautismal como participación en la triple misión sacerdotal, profética y real de Cristo y de la Iglesia, al mismo tiempo que asumir la perspectiva ministerial de la eclesiología de Vaticano II desde la cual la ordenación no se interpreta como ordenación sacerdotal, que es la interpretación tridentina, sino como ordenación para el ministerio del diaconado, el presbiterado o el episcopado, en cuanto servicios encaminados a la construcción de la Iglesia y a la realización de su misión más que en función del altar, que es lo propio del sacerdocio.
¿Cómo romper la dinámica secular de discriminación de la mujer en la Iglesia católica?
A partir de un proceso de conversión de la Iglesia del cual se está hablando desde Vaticano II. Proceso de conversión eclesial al que han hecho eco los documentos del episcopado latinoamericano y, sobre todo, el papa Francisco. En la exhortación apostólica Evangelii gaudium se refirió a la conversión pastoral; en la encíclica Laudato si’ planteó la conversión ecológica; en la constitución apostólica Episcopalis communio, que estructura el caminar juntos, habló de conversión a la sinodalidad eclesial. Y subrayo: Evangelii gaudium recordó que Vaticano II presentó la conversión eclesial como apertura a una reforma de estructuras que el papa Francisco ha tratado de hacer realidad pero él es el recién llegado a la curia romana que no está interesada en hacer cambios.

Si me refiero a la conversión en la Iglesia es porque la apertura a la ordenación de mujeres supone un cambio no solo de estructuras sino de mentalidad, que es un cambio mucho más difícil porque implica cambios de paradigmas y cambios de actitudes, en especial por parte de la jerarquía que tiene que renunciar a interpretar su ministerio como ejercicio de un poder recibido por el sacramento del orden y decidirse a vivirlo como un servicio según el ejemplo y la propuesta de Jesús en el evangelio de Mateo: “el que quiera ser grande, que se haga servidor”. En todo caso, en las estructuras actuales de una Iglesia clerical, que es al mismo tiempo jerárquica. kiriarcal y sacerdotal, las mujeres seguirán siendo discriminadas y solo podrán ser debidamente reconocidas y ocupar el lugar que les corresponde en una Iglesia de comunión, incluyente y ministerial.
¿No se trata de un tren que hemos perdido hace muchos años, por no estar suficientemente atentos a los signos de los tiempos?
Siempre es posible recuperar el tiempo perdido y retomar el reconocimiento que hiciera Juan XXIII de la nueva presencia de las mujeres en la sociedad como uno de los signos de los tiempos, como también retomar la eclesiología de Vaticano II y traducirla en realidades más allá del cambio del latín por las lenguas vernáculas o del lugar del altar y la ubicación del sacerdote respecto al altar durante la eucaristía. Yo tengo la esperanza de que el papa Francisco, que se muestra tan sensible y tan dispuesto a la renovación de la Iglesia, pueda dar algún paso significativo para responder a la realidad actual y que la Iglesia católica no ofrezca la triste imagen de que la dejó el tren de la historia. De hecho, él mismo reconoció en el encuentro con la Unión Internacional de Superioras Generales, en mayo de 2019, que el primer paso estaba dado en el camino hacia el diaconado femenino. Pero también creo que es importante dar pasos para sustentar teológicamente la posibilidad de ordenación de mujeres desde la mirada de las mujeres teólogas, que puede no solo aportar sino enriquecer la lectura teológica de la ministerialidad eclesial tradicionalmente hecha por teólogos varones desde una mirada sacerdotalizante y androcéntrica.
¿Para cuándo una auténtica revuelta o revolución de la mujer exigiendo su lugar en la Iglesia?
Para ya. Las mujeres no podemos y no debemos continuar silenciadas, invisibilizadas y marginadas en la Iglesia católica. Pero matizando un poco las palabras, que suenan un poco fuertes: revuelta, revolución, exigir. Creo, más bien, que podemos y debemos contribuir a los cambios urgentes que son necesarios en nuestra Iglesia y acerca de los cuales el papa Francisco insiste en sus intervenciones. Más aún, que son su programa, haciendo eco al encargo que recibiera el otro Francisco, el santo de Asís: “Francisco, reconstruye mi Iglesia”.
¿El machismo clerical es igual en todo el mundo o hay ciertas regiones donde es más grave?
Me temo que está globalizado, que forma parte de la llamada “formación sacerdotal” que recibe el clero católico, en la que pesan el imaginario patriarcal y el imaginario sacerdotal. El imaginario patriarcal en el que las mujeres eran consideradas, además de peligrosas, inferiores y que explica que fueran excluidas de la ordenación; el imaginario sacerdotal asociado a la potestas sacra que el sacramento del orden les confiere y por el cual entran a pertenecer a un grado superior en la estructura eclesiástica al cual no pueden pertenecer quienes no han recibido este sacramento. Y, en últimas, imaginario patriarcal e imaginario sacerdotal confluyen, se funden, en el imaginario del poder sagrado.
«La exclusión de las mujeres del sacramento del orden no responde a argumentos teológicos sino a circunstancias culturales e históricas que han cambiado»
El título del libro anuncia que es un aporte desde la eclesiología de Vaticano II y desde la teología feminista latinoamericana al debate sobre la ordenación de mujeres, ¿a qué apuntan dichos aportes?
Sobre todo, es un aporte al debate desde América Latina y es el aporte de una mujer teóloga. Un aporte que creo que estaba haciendo falta, porque las teólogas europeas y estadounidenses han escrito muchas páginas sobre el tema, pero de mis colegas latinoamericanas no he encontrado trabajos publicados.
Asumí que la teología feminista latinoamericana tenía que ser una de las coordenadas de este aporte, desde su hermenéutica de la sospecha y desde su particular sensibilidad a toda forma de inequidad, y que la otra coordenada tenía que ser la eclesiología de Vaticano II, que ofrece la posibilidad de repensar la ministerialidad eclesial desde una perspectiva distinta a la que ofrecía la eclesiología preconciliar, pasando de una interpretación sacral y sacerdotalizante asociada al poder, a una interpretación ministerial asociada al servicio.
Desde hace algún tiempo tenía la intención de escribir un libro y buscar editorial, que es lo que se acostumbra. Un libro que recogiera la investigación que había comenzado como profesora de “Ministerios eclesiales y orden ministerial” en la que inicialmente no se me pasó por la mente abordar o detenerme en la ordenación de mujeres. Las intervenciones del magisterio pontificio cerraban cualquier posibilidad. Pero la creación de una comisión por parte del papa Francisco para responder a una de las preguntas en el encuentro con la Unión de Superioras Generales en 2016, puso sobre el tapete la ordenación de mujeres para el diaconado, convirtiéndolo en tema de actualidad y, para mí, en invitación a decir una palabra al respecto. Y la invitación se hizo perentoria con la publicación del Documento Preparatorio del Sínodo Panamazónico que hablaba de “propuestas valientes” para “nuevos ministerios eclesiales”.
En medio del confinamiento por el coronavirus decidí avanzar en la investigación y decidí, también, ponerle punto final pues era hora de hacerla pública. Es decir, de publicarla. Para lo cual el confinamiento me dio la oportunidad de descubrir que era posible hacerlo en Amazon y en Apple Books. Fue idea de uno de mis nietos, Eduardo Posada, pues lo que yo modestamente pensaba era aprovechar los recursos que ofrecen la tecnología y las redes sociales para compartir con mis colegas un PDF. Y terminé haciendo yo misma el proceso editorial, desde la diagramación del texto, convertirlo en E-PUB, subirlo a la plataforma y, además, encargarme de la difusión del libro. Todo por cuenta de la pandemia que para mí se convirtió en oportunidad.
¿Las propuestas del libro tienen relación con el reciente Sínodo Panamazónico?
Tanto el Documento Preparatorio como el Instrumentum laboris del Sínodo de los Obispos para la Región Amazónica dieron un nuevo aire a mis anteriores trabajos sobre ministerios eclesiales porque al referirse a “ministerios con rostro amazónico” hablaban de “dar a las mujeres algún ministerio oficial” e invitaban a hacer “propuestas valientes”, lo que entendí como posibilidad de pensar en ordenación de mujeres y de replantear las formas de ministerialidad eclesial establecidas desde otros contextos.
Ahora bien, aunque la consulta sinodal reclamaba la ordenación de mujeres, el asunto se abordó únicamente en los pasillos del sínodo y el documento final que los obispos entregaron al Papa en la última reunión del Sínodo no contempló esta posibilidad, en el discurso de clausura Francisco acogió el pedido de re-llamar la comisión para continuar estudiando el diaconado femenino o abrirla con nuevos miembros. También quedaba la esperanza de que la exhortación apostólica postsinodal se pronunciara al respecto, pero Querida Amazonia guardó silencio acerca de la ordenación de mujeres. Sin embargo, yo guardo la esperanza de que el papa Francisco se atreva a dar el paso necesario para que las mujeres sean oídas de verdad y acogidos sus reclamos respecto al lugar que como bautizadas pueden y deben ocupar en la Iglesia.

Los ministerios de las mujeres en la Iglesia

Otra vez sobre los ministerios de las mujeres en la Iglesia

  • 03.09.2020 | Victorino Pérez Prieto

Me ha llamado la atención un post de Xabier Pikaza –colega en estos blogs de RD– de título sugerente: “Jesús y las mujeres. Sobre ellas refundaré mi Iglesia”. Leo las frases de la entradilla y me llama la atención que, tras decir que “estas mujeres serán como María Magdalenarefundarán la iglesia” –palabras con las que estoy completamente de acuerdo, yo ya he escrito algo semejante hace muchos años – escribe que  “no serán como muchas ‘obispas’ o ‘presbíteras’ actuales, que…no sirven para para refundar la iglesia, sino para que sea más de lo  mismo”; este es otro cantar…

Lo sorprendente es que, leyendo detenidamente el largo texto hasta el final, veo que se trata solamente de la presentación de un libro del teólogo irlandés O’Murchu –que muchos conocemos por su “teología cuántica”– sobre la vida religiosa en el siglo XXI; Pikaza no vuelve a hablar en su artículo de esas “obispas” y “presbíteras” que “no sirven para para refundar la iglesia”. ¿Cuál es entonces la razón para decir en la entradilla que esas mujeres que han recibido el ministerio ordenado no sirven para construir la nueva Iglesia? ¿Será acaso por la obsesión que tiene este teólogo y otros con el camino pacífico que han emprendido hace años en la Iglesia las mujeres presbíteras –católicas o protestantes–, que en las últimas semanas han tenido un gran protagonismo en los medios de todo el mundo por unas acciones en Francia?

En otra ocasión escribió Pikaza sobre “La Comunidad de Magdala y el Nuevo Colegio Apostólico de Mujeres Sacerdotes”, contraponiendo la primera (cf. D. Lemar, La comunidad de Magdala), que bien podría “refundar la Iglesia” por sus presupuestos, a la Asociación de Mujeres Presbíteras Católicas Romanas (ARCWP), a la que pertenece Christina Moreira, que… no podria hacer tal cosa.

No tengo la más mínima intención de entrar en la competición de quién hace aquí las afirmaciones más originales, o más de moda sobre el sacerdocio de las mujeres… para captar más lectores. Además, ya he dicho en otras ocasiones que creo que son las mujeres implicadas las que deben escribir sobre lo que ellas quieren, por qué lo quieren y para qué lo quieren; ellas son las que deben decir sobre sus opciones, que ya son mayorcitas para aceptar tutores. Y yo tengo en mi casa una de ellas, que estudió teología, escribe muy bien y, además, preside muy dignamente la celebración de nuestra comunidad de base: Christina.  Sé bien que si algo tienen claro estas mujeres presbíteras es no querer repetir los viejos esquemas clericales-patriarcales, que tanto daño le han ello a ellas y a toda la Iglesia. Pero quiero hacer unas reflexiones al respecto. En primer lugar recordando dos trabajos míos publicados hace tiempo. Uno sobre la Iglesia del futuro que yo veo y el papel de las mujeres en ella. Y otro, más sencillo, sobre mujeres ordenadas fuera de la Iglesia católica, por alusión a que Pikaza habla sobre pastoras de iglesias escandinavas que tampoco “sirven para para refundar la iglesia”.

  1. a) Hace casi veinte años di una conferencia en Lisboa, organizada por Somos Igreja-Portugal, que posteriormente sería publicada como “O futuro da Igrexa e a Igrexa do futuro” (Encrucillada, n. 131, 2002). Como los profetas bíblicos que hablan del futuro a partir del presente, empezaba diciendo: “Lo que va a venir es el fruto de lo que es, de lo que hay” (Cf. Jer 1,11-15). Mirar el futuro es mirar el presente con imaginación creadora y actitud esperanzada. Respondiendo al título, hablaba allí de “LaIglesia autoritaria-piramidal, un proyecto caduco” y de “El futuro de la Iglesia es una Iglesia nueva: la comunidad de iguales en el seguimiento de Jesús”. Entre otros, citaba en esta segunda parte precisamente un polémico libro de Xabier Pikaza que acababa de ver la luz y sobre el que yo había escrito una laudatoria recensión: Sistema, Libertad, Iglesia. Instituciones del Nuevo Testamento (2001); decía en él que el cristianismo ya no puede intentar ser un sistema contra otro sistema, sino que debe buscar llevar a la gente, humildemente, a su propuesta alternativa.

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Mujeres presbíteras católicas

Christina Moreira, presbítera: «Si no quieren que las mujeres prediquen, oren, celebren los sacramentos, reconcilien, consuelen y bendigan… ¡dejen de bautizarnos!»

  • Christina Moreira, presbítera

«Todavía no me ha puesto mi Dios un techo de cristal como el que imponen los poderosos de la institución católica»

«No me quedaba más remedio que desobedecer al papa para obedecer a Dios»

«El clericalismo es el pariente triste y negro del patriarcalismo. No tenía por qué habernos entrado por la puerta lateral esa teología del sacerdocio, que imprime carácter de élite»

«¿Acaso seremos capaces de romper ese molde que fabrica dos clases de gente, el clero y la tropa de laicos?»

02.08.2020 | Christina Moreira Vázquez, Presbítera ARCWP/Asociación de Presbíteras Católicas

Del libro de los Números, capítulo 11 : “Y un joven corrió y avisó a Moisés, diciendo: Eldad y Medad están profetizando en el campamento. 28 Entonces respondió Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, y dijo: Moisés, señor mío, detenlos. 29 Pero Moisés le dijo: ¿Tienes celos por causa mía? ¡Ojalá todo el pueblo del SEÑOR fuera profeta, que el SEÑOR pusiera su Espíritu sobre ellos! 30”

Todavía resuenan en mis oídos las notas del Aleluya del 22 de julio pasado, que canté desde la segunda bancada de la iglesia de la Madeleine, en el corazón de mi ciudad natal, París, el ruido mediático no las va a cubrir. Es un Aleluya sonoro e interminable, con vida propia, que pertenece a otra dimensión.

Escribo por deber. De alguna manera, tengo que rendir cuentas de lo que allí llevamos a cabo, y he de hacerlo yo misma, aunque no tenga el estilo periodístico que encandila desde las primeras líneas. Tendrá el mérito de ser un testimonio, y ese es mi cometido.

Soy fácil de reconocer, en las fotografías estoy con chaqueta blanca, a veces con estola morada. Para quienes no me conozcan o solo me conozcan por rumores y cuentos, sabed que soy presbítera, o sacerdote, como gustéis, a mí no me interesa el apelativo. Recibí la ordenación sacerdotal de manos de una obispa consagrada por un obispo de linaje apostólico, de modo que, si fuera varón, sería una ordenación totalmente legítima. Solo me separa de la total legitimidad mi género, la configuración de mis órganos reproductivos. Conozco al dedillo la ley canónica en lo que respecta a mi situación, de modo que no se molesten en venir a leerme la cartilla. Por cierto, solo la Santa Sede tiene prerrogativa de castigar; de ahí para abajo, ni se molesten, no sean policías de balcón como los que abundan estos días. Cultivemos la hermandad y la sororidad; no nos juzguemos, pensemos, antes de hablar en qué es central. Seguir leyendo

La revuelta de las «mujeres apóstoles»

 

Paso histórico en la revuelta de las ‘mujeres apóstoles’ por la plena igualdad en la Iglesia

Las ‘siete apóstolas’, con Anne Soupa Anna Cuxac

  • Se trata de Laurence de Bourbon-Parme, Claire Conan-Vrinat, Sylvaine Landrivon, Hélène Pichon, Loan Rocher, Marie-Automne Thépot y la española Christina Moreira

«La ausencia de mujeres en puestos de responsabilidad no es tanto un escándalo como un contra-testimonio de la Iglesia. Esta inmensa injusticia no es un problema menor, sino que afecta a todo el cuerpo eclesial»

«La discriminación contra las mujeres es una de las más visibles y violentas. Para que la Iglesia pueda cumplir su misión, debe permitir a las mujeres el acceso a los diversos ministerios ordenados, así como a las altas responsabilidades de la institución»

«El acceso de las mujeres a los ministerios y responsabilidades cuestiona precisamente la actual estructura de gobierno de la Iglesia, el significado de la ordenación así como el significado de la igualdad entre mujeres y hombres bautizados; será sin duda una deflagración que permitirá reformar la Iglesia Católica Romana actual, que ha sido desangrada»

«El obstáculo para abrir estos ministerios y organismos a las mujeres, y más ampliamente a la ordenación, no es ni teológico ni espiritual, es político y cultural»

22.07.2020 Jesús Bastante

Son siete mujeres, reconocidas teólogas, que hoy, festividad de Santa María Magdalena, ‘apóstola de los apóstoles’, dan un paso al frente y se presentan públicamente para funciones que históricamente han sido prohibidas para la mujer en la Iglesia: cardenal,obispo, nuncio, párroco, diácono o predicador. Póngale una ‘a’, y moveremos el mundo. ‘Hasta que la igualdad se haga costumbre’, decían el pasado 8 de marzo. Ahora, dan un paso más.

Las siete ‘mujeres apóstoles’ siguen los pasos de Anne Soupa, quien recientemente se postuló para suceder al cardenal Barbarin en la diócesis de Lyon. Una de ellas, española, Christina Moreira, esposa de nuestro colaborador Victorino Pérez. Se trata de Laurence de Bourbon-Parme, Claire Conan-Vrinat, Sylvaine Landrivon, Christina Moreira, Hélène Pichon, Loan Rocher y Marie-Automne Thépot.

Este miércoles, al mediodía, ofrecerán una rueda de prensa, después de entregar en la Nunciatura Apostólica en Francia un dossier personal en el que cada una de ellas explica su profesión de fe, la función que solicita y el tipo de servicio que se ve capaz de asumir. En este sentido, han solicitado ser recibidas por el nuncio en el país vecino, Celestino Migliore, «la única persona autorizada para transmitir estas candidaturas al Papa», subrayaron en una declaración. Seguir leyendo

Mujeres sacerdotes. La historia a su favor

Juan José Tamayo

            Hace unos días informaba Jesús Bastante en Religión Digital de un gesto que calificaba de inédito: la presentación que ha hecho la teóloga francesa Anne Soupa, de 73, de su candidatura al arzobispado de Lyon tras la dimisión (¿o cese?) del cardenal Bambarin. La misma Anne Soupa reconoce que es “una provocación”. Pues bien, en este artículo intentaré razonar cómo esta iniciativa, aun siendo inédita hoy, no lo fue durante varios siglos del cristianismo y que la “provocación” está justificada teológicamente.

Durante los últimos treinta años han aparecido numerosos documentos y declaraciones de teólogos y teólogas, grupos de sacerdotes y religiosos, movimientos cristianos y organizaciones cívico-sociales, e incluso de obispos y cardenales de la Iglesia católica pidiendo el acceso de las mujeres al sacerdocio. Tales documentos consideran la exclusión femenina del ministerio sacerdotal como una discriminación de género que es contraria a la actitud inclusiva de Jesús de Nazaret y del cristianismo primitivo, va en dirección opuesta a los movimientos de emancipación de la mujer y a las tendencias igualitarias en la sociedad, la política, la vida doméstica y la actividad laboral.

El alto magisterio eclesiástico responde negativamente a esa reivindicación, apoyándose en dos argumentos: uno teológico-bíblico y otro histórico, que pueden resumirse así: Cristo no llamó a ninguna mujer a formar parte del grupo de los apóstoles, y la tradición de la Iglesia ha sido fiel a esta exclusión, no ordenando sacerdotes a las mujeres a lo largo de los más de veinte siglos de historia del catolicismo.

Esta práctica se interpreta como voluntad explícita de Cristo de conferir sólo a los varones, dentro de la comunidad cristiana, el triple poder sagrado de enseñar, santificar y gobernar. Sólo ellos, por su semejanza de género con Cristo, pueden representarlo y hacerlo presente en la eucaristía.

Estos argumentos vienen repitiéndose sin apenas cambios desde hace siglos y son desarrollados de manera sistemática en varios documentos de idéntico contenido a los que apelan los obispos cada vez que los movimientos cristianos críticos y la teología feminista reclaman el sacerdocio para las mujeres: la declaración de la Congregación para la Doctrina de la fe Inter insigniores (15 de octubre de 1976), durante el pontificado de  Pablo VI, y dos cartas apostólicas de Juan Pablo II: Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988) y Ordinatio sacerdotalis. Sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres (22 de mayo de 1984). La más contundente de todas las declaraciones al respecto es esta última, que zanja la cuestión y cerraba en falso un debate que sigue abierto:

Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión … que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.

Es verdad que la historia no resulta pródiga en narrar casos de mujeres sacerdotes. Esto no debe extrañar, ya que la historia de la Iglesia ha sido escrita por varones, en su mayoría clérigos, y su tendencia ha sido a ocultar el protagonismo de las mujeres en la historia del cristianismo. “Si las mujeres hubieran escrito los libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra manera, porque ellas saben que se les acusa en falso”. Esto escribía Cristina de Pisan, autora de La ciudad de las damas (1404).

Sin embargo, importantes investigaciones históricas desmienten tan contundentes afirmaciones del Magisterio eclesiástico, hasta invalidarlas y convertirlas en pura retórica al servicio de una institución patriarcal. Entre los estudios más relevantes al respecto citó tres: Mujeres en el altar. La rebelión de las monjas para ejercer el sacerdocio, de Lavinia Byrne, religiosa expulsada del Instituto de la Bienaventurada Virgen María por publicar este libro; Cuando las mujeres eran sacerdotes, de Karen Jo Torjesen, catedrática de Estudios sobre la Mujer y la Religión en Claremont  Graduate School, y los trabajos del historiador Giorgio Otranto, director del Instituto de Estudios Clásicos y Cristianos de la Universidad de Bari. Seguir leyendo