Los muros de la UE ante los migrantes 

La UE se blinda al ‘estilo Trump’: crecen los muros mientras se reduce la llegada de refugiados 

En lo que va de año, Grecia, Polonia y Lituania han comenzado la construcción de fortalezas para impedir el paso de personas migrantes. Ante la falta de una política de asilo común, Europa se fortifica con más de 1.000 kilómetros de hormigón, vallas y alambradas. 

Muro: elemento destinado a soportar cargas o cerrar y dividir espacios. Algunos tan emblemáticos como el de Berlín cayeron hace poco más de 30 años simbolizando el fin de una de las épocas más oscuras de Europa. Pero tres décadas después, la UE cuenta con alambradas y paredes de hormigón que multiplican por seis la longitud del muro de Berlín. 

A día de hoy, diez Estados miembros (España, Grecia, Hungría, Bulgaria, Austria, Eslovenia, Polonia, Letonia, Estonia y Lituania) cuentan con algún tipo de fortificación para frenar el paso de personas migrantes. Las alambradas se han multiplicado en las últimas décadas pasando de dos en la década de los 90 a 15 en 2017. La mayoría de ellos brotaron tras la crisis migratoria de 2015, cuando más de un millón de personas –procedentes en su mayoría de Siria- alcanzaron las costas del Viejo Continente. Los muros pasaron ese año de cinco a 12, según el informe Políticas del miedo y securitización en la Unión Europea, elaborado por el Transnational Institute (TNI). Incluso Eslovaquia cuenta con un muro de separación interno para separar a la comunidad gitana. 

A los más de 1.000 kilómetros de muros que el espacio Schengen albergaba en 2018 se le unen otros cientos levantados este 2021 como escudo ante las potenciales crisis migratorias de Afganistán y de BielorrusiaGrecia inició tras la toma talibán una construcción de 40 kilómetros para contener a los refugiados afganos que podrían llegar a través de Turquía. Y durante los últimos días, Polonia ha iniciado el levantamiento de un muro de 130 kilómetros en su frontera con Bielorrusia Lituania espera culminar el suyo de 500 kilómetros dentro de un año. 

ALBA CAMBEIRO CERNADAS 

Los tres países han blindado estas fronteras externas de la UE con hormigón y alambrado 

Alexander Lukahsenko, conocido como último dictador de Europa, ha amenazado con «inundar la UE con migrantes, drogas y narcóticos». Durante los últimos meses ha empujado a unas 6.000 personas procedentes de Irak, Afganistán, Irán o Siria a sus fronteras con Lituania, Letonia o Polonia, desatando en lo que en Bruselas llaman una «guerra híbrida». Los tres países han blindado estas fronteras externas de la UE con hormigón y alambrado, declarado el estado de emergencia y endurecido los procedimientos para pedir asilo. También han pedido a sus socios comunitarios financiar los nuevos muros con dinero europeo

De momento, esta no es una opción. Sería para la Comisión Europea asumir un precio muy alto en términos de principios e imagen. Además, tampoco hay mayoría en el Consejo Europeo para ello. Solo doce Estados miembros (Austria, Bulgaria, Chipre, Chequia, Dinamarca, Estonia, Grecia, Hungría, Lituania, Letonia, Polonia y Eslovaquia) lo aprueban y piden que sea incluido en los fondos europeos «como asunto prioritario». Pero la propia Ursula von der Leyen, líder del Ejecutivo comunitario, atajó esta petición en la última cumbre europea: «La UE no financiará alambradas o muros en sus fronteras». 

No financiarán muros, pero tampoco se oponen a que los Estados miembros los edifiquen 

Sin embargo, los europeos sí han virado durante el último lustro a una posición más severa con el drama migratorio. No financiarán muros, pero tampoco se oponen a que los Estados miembros los edifiquen. Una posición que contrasta con las críticas a Donald Trump, ex presidente estadounidense, y su apuesta por sellar la frontera con México con un muro «artístico», «bonito» y «pagado por los mexicanos». «Nosotros no construimos muros, nosotros queremos construir puentes. Europa tiene que estar preparada para forjar alianzas fuertes con México», señaló Manfred Weber, actual líder del Partido Popular Europeo en enero de 2017. «No entendemos por qué la UE no puede financiar una valla en la frontera con Bielorrusia. Hay una guerra híbrida en marcha. No podemos ser naïve. Lituania, Letonia y otros países se merecen nuestro apoyo total, incluyendo fondos para construir barreras físicas si son necesarias», afirmó hace unos días. 

Sin visos de una política migratoria 

Crear una política de asilo común es la eterna asignatura pendiente del bloque comunitario. La UE lleva años intentando poner una solución a la malherida reforma de Dublín (que establece que el primer país al que llega un refugiado es el que debe gestionar su procedimiento de asilo). Esta legislación saltó por los aires en 2015, cuando países mediterráneos como Grecia, Italia o Malta quedaron desbordados ante la llegada sin precedentes de refugiados a las costas europeas. 

El objetivo es encontrar el balance entre solidaridad y responsabilidad. Dos virtudes poco atractivas para países anti-inmigración como Chequia, Polonia o Hungría. El fracaso para consensuar una política de migración europea sostenible, justa y que respete el Derecho Internacional fue una de las sombras del legado de la anterior Comisión liderada por Jean-Claude Juncker. La actual, encabezada por Von der Leyen, cruza el ecuador de su mandato sin visos de reconciliar las insalvables diferencias entre los Veintisiete. El precio a pagar son parches en el Mediterráneo, que dejan cada año a miles de migrantes a la deriva a esperas de un puerto y un destino seguro. En lo que va 2021, al menos 1.163 personas han desaparecido en el Mediterráneo Central, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). 

Los muros ‘invisibles’ 

Los muros físicos están acompañados de separaciones imaginarias. El discurso europeo es ya el de disuadir. El mensaje es que los migrantes no son bienvenidos en una Europa con un enfoque de refugiados cada vez más frontal. Y la política que impera es la de establecer alianzas con países terceros para externalizar la migración y mantener a los migrantes alejados de suelo comunitario, como demuestra el pacto con Turquía o con los guardacostas libios. 

MARTA MONFORTE JAÉN 

Hay que remontarse al 11-Septiembre para entender esta postura europea. Los atentados en el corazón del gigante norteamericano dejaron una lección en Bruselas: la seguridad fronteriza es una cuestión común y de máxima prioridad. Tres años después del ataque que marcó el inicio de una nueva era, nació la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex). Con el paso del tiempo se ha convertido en la agencia más dotada de la UE tanto a nivel logístico como presupuestario en medio de polémicas y acusaciones de vulneración de derechos humanos . «Las fronteras comienzan a ser vistas como zonas de guerra, incluso cuando no hay amenaza de pérdida territorial. Hay un gran despliegue militar», señala el informe de TNI

Todo ello coincide con un texto global marcado por la movilidad de las personas. Nunca antes ha sido tan fácil. Pero ello contrasta con las restricciones a aquellos que huyen de la guerra, la hambruna, la sequía o el conflicto, que cada vez afrontan travesías más peligrosas, siendo el Mediterráneo Central la ruta migratoria más mortífera del mundo durante estos años. 

Qué dicen los números 

En los pasillos de Bruselas hay cierta tranquilidad sobre la situación migratoria en las fronteras externas. Las cifras de llegadas a través de las vías irregulares nada tienen que ver con las alcanzadas en 2015. En lo que va de año han llegado a la UE unas 120.000 personas, algo superior a las 77.000 del mismo periodo de 2020 y de las 91.000 en 2019. Sin embargo, muy por detrás del más de un millón registradas hace un siglo. 

El negocio de los muros y de la seguridad es además muy lucrativoUn informe elaborado por el Centro Delàs de Estudios por la Paz, el Transnational Institute (TNI) y Stop Wapenhandel revela que en 2018 el mercado mundial de seguridad de fronteras movió unos 17.500 millones de euros y las perspectivas para los próximos años eran muy superiores. 

Los muros son la herramienta más visible, pero detrás del control en las fronteras externas existe un jugoso arsenal de tecnología puntera como drones o sistemas biométricos de huellas dactilares. «Los barcos, aviones y drones utilizados para patrullar el Mediterráneo han creado una muralla marítima y un cementerio para miles de personas migrantes y refugiadas que carecen de acceso legal a la seguridad o a ejercer su derecho a solicitar asilo», reza la investigación, que cuantifica en 900 los millones en euros invertidos en la UE en muros y vallas desde la Guerra Fría

¿Lesbos en Canarias?

¿Lesbos en Canarias?
Carlos Girbau
La llegada a Canarias en patera de unos miles de inmigrantes desde las costas africanas y su inhumano hacinamiento en el campamento improvisado del muelle de Arguineguín está provocando un revuelo que parece lejos de terminarse. Se han producido visitas de ministros a la zona y al extranjero, posiciones encontradas entre los socios del gobierno de coalición progresista y declaraciones de jefes la Unión Europea. Hasta el defensor del pueblo, Francisco Fernández Marugán, ante el despropósito vergonzante que se ha ido conociendo, ha exigido el cierre inmediato de una instalación cuya misma existencia representa una vulneración evidente de los derechos reconocidos en la Constitución y en la legalidad internacional.
En Arguineguín se han hacinado hasta más de dos mil personas, se ha separado de manera forzosa a menores de sus familiares, se ha mantenido a los confinados sin duchas, ni baños suficientes, sin mascarillas, sin asistencia letrada, durmiendo con mantas en el suelo y alimentándose a base de bocadillos. A día de hoy, continúan en el muelle cientos de personas. Para acabar, a todos los arribados se le limita el derecho de movimiento al negarse su traslado a una península en la que más del 50% de las plazas de acogida se hallan vacías. El fantasma de las islas “cárcel “o “islas frontera” como Lesbos o de Lampedusa planea de nuevo en el horizonte del sur de Europa.
¿No hay otra manera de recibir a quién arriba?
Nadie niega el derecho de cualquier Estado a controlar sus fronteras. Lo que resulta inadmisible es que para lograrlo haya que vulnerar toda la legalidad internacional que, se supone, nos protege de los abusos y representa la base de nuestras garantías.
Como demuestran las cifras de turistas que visitaron Canarias y que entraron y salieron sin problema alguno del archipiélago, más de 13 millones en 2019, existen maneras perfectamente compatibles con la legalidad internacional de atender a quién llega, darle comida y cobijo y de controlar, a la par, la frontera y su flujo de personas.
En consecuencia, que durante más de un mes a unos pocos miles de personas (en lo que va de año unas 18 mil) se las prive al tocar tierra (en deplorables condiciones físicas y psíquicas) de lo más mínimo solo puede ser resultado de una voluntad previa y expresa para que así suceda. De una decisión política premeditada y preestablecida.
Es la política europea común sobre migración, de la que el reino constituye frontera sur, la que ha ido evolucionando hasta quedar reducida a una sola máxima: que no vengan y, a partir de ahí, “se organiza el resto”. Ejemplo de ello son la externalización de fronteras a través del pago de importantes sumas de dinero a Estados próximos para que impidan las partidas (Turquía, Marruecos, Libia…), la imposibilidad de acceso ordenado a los puestos fronterizos (negando visados y corredores humanitarios), el rechazo en frontera y las devoluciones en caliente (avaladas recientemente por el Tribunal Constitucional), los vuelos de deportación y los barcos militares que retornan a los países de salida; o la falta de socorro en el mar -salvo el que proporcionan las ongs- que cuesta vidas (184 fallecidos en la ruta atlántica en lo que va de año y 945 en la mediterránea según la Organización Internacional de las Migraciones).
… Siguen llegando
Como acción y propuesta la política europea sobre migraciones representa un rotundo fracaso. Institucionalmente, ninguno de sus mecanismos funciona, ni siquiera el que genera mayor consenso y al que se destina mas dinero: el de las devoluciones y la externalización de fronteras. Tampoco marchan el reparto de cuotas de inmigrantes y refugiados, el Sistema Europeo Común de Asilo o el sistema de Dublín. Nada se despliega con éxito y, menos que nada, el supuesto objetivo final: evitar las llegadas.
Los muros más altos, las porras y fusiles de los policías, las deportaciones, la violencia, la negación de derechos, los muertos, las familias rotas, el medio millón de personas que ya se encuentran sin papeles y, en consecuencia, fuera de todo sistema en una España en plena pandemia, así como el racismo que destila se “justifican” como males necesarios para el supuesto fin superior: que no vengan y que si lo hacen, sea de manera “ordenada”. Lo cierto es que, a temporadas, los arribos de personas migrantes se ralentizan, pero nunca se detienen y, desde luego, menos aún, se ordenan. Cualquier cambio político, social, económico o medioambiental, como el provocado por el Covid-19, fuerza de nuevo un acelerón del movimiento migratorio que rompe el supuesto equilibrio de la vergüenza que todas estas medidas pretenden. Las cifras oficiales de NNUU (aquí) son claras: el número de migrantes internacionales pasó en el mundo, sólo en los 4 años que van entre 2015 y 2019, de 248,9 millones a 271,6 millones; todos los estudios continúan señalando su tendencia imparable al alza.
¿Qué empuja a salir?
Las interminables guerras, la crisis climática, el desgarramiento del tejido social, la descomposición de los Estados, el estallido de la violencia sin límite. La destrucción de los suelos, el colapso de los mares, el despojo de tierras a los campesinos, la marginación de los pobres urbanos, el saqueo de los pueblos en beneficio de las transnacionales. Es decir, se trata del desorden global que implica el orden del mundo capitalista globalizado, en el que, para poder subsistir (comer), la inmensa mayoría de la humanidad esté condenada a vender, sin otro remedio, su capacidad de producir (fuerza de trabajo) a quién pueda comprarla (los poseedores del capital). Y es precisamente esa condena la que obliga a unos a inmigrar (por muy altos que sean los muros) persiguiendo el dinero hiperconcentrado de hoy (como nos recuerda Oxfam en sus informes) y la que fuerza, para seguir engordando sus réditos, a los propietarios del capital, a buscar el mayor número potencial de fuerza de trabajo al precio más barato posible. Además, nada de lo anterior marcha en armonía ordenada, como nos demuestra la realidad, lo hace de manera caótica siguiendo una propia lógica autónoma, la que rige el sistema capitalista. En otras palabras, hablamos de un fenómeno consustancial al modo de producir, imposible de detener, ya que su existencia resulta imprescindible para el funcionamiento del mismo. Para mayor detalle sobre ello se pueden consultar diversos artículos sobre este particular aparecidos en Sin Permiso (aquí, aquí o aquí).
¿A quién beneficia?
El movimiento migratorio, sin el cual sería imposible la realidad capitalista del mundo, cincela una clase trabajadora mestiza compuesta por mujeres, y hombres de muy diferentes procedencias. Una clase trabajadora que tiene dificultades, precisamente por su pluralidad y la profunda desigualdad entre sus partes, para reconocerse como tal. En el reino de España la población extranjera ya alcanza al 12% del censo, un porcentaje que aumenta entre los trabajadores peor remunerados. El obstáculo para reconocerse y, consecuentemente, para construir un discurso común y compartido resulta patente. Pero, además, leyes como la de extranjería, las dificultades para la consecución de documentación, las que existen para pedir protección internacional o para la libertad de tránsito constituyen un arsenal que alimenta prejuicios y bulos que, a su vez, incrementan la desconfianza entre quienes llegan y quienes ya están aquí en un mar de dificultades económicas que la Covid ha agravado.
Solo una de las dos partes de la ecuación formada por quienes necesitan trabajo (para comer) y quienes necesitan contratarlo (para seguir sumando dinero) gana con esa desigualdad: los segundos. Nadie más. Gracias a ella se niegan derechos; que no impiden el hambre, pero que sí dan de comer a los prejuicios, que se aprovechan para ahondar la fragmentación social y bajar el precio del salario.
Migración segura, ordenada y regular
La ministra de Exteriores, González Laya, y los ministros de Interior, Grande Marlaska o de Transportes y Movilidad, Ábalos, señalan que el reino combate a las mafias de la migración y contraponen las 18 mil personas de Canarias con la idea de una migración segura, ordenada y regular. La situación de ahora, “sería por las mafias” aseguran. Tal explicación sería la supuesta justificación, no para atacar al “mafioso”, algo que no hacen, sino para castigar doblemente a la víctima que, superando al mafioso, llegó medio muerta a la costa. Es evidente que existe un negocio ilegal de paso de fronteras, como evidente es que la falta de rutas seguras lo alimenta, del mismo modo como la prohibición del alcohol enriqueció a Capone.
Pero lo que ya constituye una prueba de cinismo sin parangón es contraponer esas llegadas por su forma al Pacto Mundial por una Migración Segura, Ordenada y Regular de NNUU firmado en 2018 y que suscribió el Reino. Dicho pacto, con todas sus limitaciones, no dice en ninguna de sus partes que deban negarse los derechos (reconocidos por la legalidad internacional y por los propios Estados) a quienes migran, más bien al contrario, señala que hay que reforzarlos.
Poner orden y seguridad en el caos migratorio empieza por transformar los derechos en la base de la acción política y no, como ahora, basarla en su negación. Para combatir a los pasadores irregulares de fronteras, el racismo, la xenofobia y el discurso de la extrema derecha no hay mejor medicina que la igualdad en los derechos entre todas las personas. Mientras el capitalismo globalizado haga de millones de hogares bocas de lobo, como señala Warsan Shine en su ya famoso poema “Hogar”, y de las metrópolis pozos de mano de obra, los derechos son lo único que pondrá orden. Cuanto antes se establezcan visados y pasillos seguros para quienes huyen, cuanto antes se instaure un pasaporte europeo que permita la libertad de viaje a quien llega o quien aquí vive, cuanto más simple sea conseguir la ciudadanía y acceder con ello a la igualdad legal, menos mafia habrá, menos base para el discurso racista y xenófobo de la extrema derecha y más facilidad para reconocernos entre todos como parte, en nuestra rica diversidad, de la unidad humana que formamos.
Poe ello urge dar el primer paso para evitar que Canarias sea Lesbos cerrando Arguinegín, permitiendo el traslado de las personas migrantes a los centros de acogida de la Península y permitiéndoles ejercer su derecho a una atención letrada en condiciones

«Un mundo amurallado…hacia el aparteid global»

A desalambrar la *fortaleza* terrestre
Por Sergio Ferrari
El miedo hacia el otro, discurso hegemónico
La inmigración causa pánico. En particular la que proviene de los países del Sur buscando asegurar su sobrevivencia en el Norte desarrollado. La construcción de muros fortificados –o franjas militarizadas– se multiplica como respuesta de autoprotección.
4.679 millones de personas en el mundo, es decir el 60,98% de la población total, viven en países que han construido algún tipo de muro para protegerse. ¿El enemigo? Según los argumentos más usuales, la inmigración es el peor de todos. Pero también aparecen el terrorismo, el narcotráfico, el contrabando, las tensiones territoriales, entre otros
Paradoja histórica: a 31 años de la caída del Muro de Berlín, y 29 del derrumbe del apartheid sudafricano, las murallas geopolíticas se han multiplicado aceleradamente. Las mismas representan una fuente de suculentos beneficios para la industria armamentista, de la construcción y de la seguridad.
En la actualidad se contabilizan 63 muros a lo largo de fronteras o de territorios ocupados en todo el mundo. Se trata de un “Mundo amurallado… hacia el apartheid global”, como se titula un reciente estudio que cuatro organizaciones no gubernamentales publicaron en noviembre.
“Las fronteras como el apartheid se construyen sobre ideologías racistas, niegan a grupos de personas los derechos básicos y perpetúan la violencia”, subrayan los co-autores del informe: el catalán Centre Delàs d’Estudis per la Pau; el Transnational Institute con sede en Amsterdam, Países Bajos; su compatriota Stop Wapenhandel (Stop Arms Trade) y la campaña internacional Stop the Wall.
Además de la oleada de construcción de muros físicos fronterizos durante las últimas décadas, muchos países han militarizado sus entornos mediante el despliegue de tropas, barcos, aviones y aviones no tripulados, así como vigilancia digital para patrullar por tierra, mar y aire. Si se contabilizaran todos los diferentes tipos de muros existentes, este tipo de barreras geopolíticas a lo largo y lo ancho del planeta podría llegar a centenares. Como consecuencia directa, para aquellas personas que huyen de la pobreza y la violencia, cada vez resulta más peligroso y mortal cruzar esas fronteras.
“La tendencia global de las políticas en materia de gestión fronteriza muestra que se está construyendo un mundo en el que se refuerza la segregación y la desigualdad. En este mundo amurallado, las mercancías y el capital no encontrarán restricciones y serán las personas las que se verán cada vez más excluidas por razones de clase y origen”, señaló Ainhoa Ruiz Benedicto, co-autora del informe e investigadora del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, al presentar el estudio.
Horror generalizado
Israel, con seis muros, encabeza la lista de países que más han construido. Le siguen Marruecos, Irán e India, con tres cada uno. Con dos, Sudáfrica, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Jordania, Turquía, Turkmenistán, Kazajistán, Hungría y Lituania.
India ha erguido más de 6.540 kilómetros de barreras con los países vecinos, lo que significa que ha fortificado el 43,29% del total de su perímetro geográfico.
Por su parte, Marruecos construyó un muro de ocupación con el Sahara Occidental de 2.720 kilómetros de longitud, considerado como “la mayor barrera militar funcional del mundo”.
En el continente americano, la colosal obra arquitectónica que los Estados Unidos continúan construyendo a lo largo de su frontera sur para cercenar toda conexión física con México y Centroamérica, constituye el ejemplo típico de segregación.
El estudio de referencia recapitula y cuantifica estadísticas por continentes. Asia es la región con el mayor número de muros: un 56% del total. Seguida por Europa, con un 26%. África cuenta con un 16%. A América le pertenece el resto: el muro que los Estados Unidos están construyendo en su frontera con México.
Mucho más que muros de cemento…
Además de las murallas físicas, continúa intensificándose la militarización marítima de los espacios fronterizos, así como la actividad de cuerpos de seguridad y el empleo de tecnologías de vigilancia y control.
El informe destaca dos casos ejemplares. Uno es Australia, que ha transformado al mar en una barrera militarizada, con amplio despliegue de sus Fuerzas Armadas y de Fronteras. A ello se suma un sistema de detención más allá de sus fronteras, objeto de críticas virulentas por parte de los organismos de derechos humanos, que lo consideran una grave violación.
El otro es México, que ha militarizado de forma significativa su territorio de separación con Guatemala mediante equipos y financiamiento hecho posible por el programa de los Estados Unidos conocido como “Frontera Sur”. A pesar de que no equivale a un muro físico en un sentido literal, la extensa estructura de seguridad construida en y alrededor de dicha zona tiene consecuencias similares para los refugiados y los migrantes: contribuye a inhibir su avance hacia el norte y los fuerza a tomar rutas clandestinas más peligrosas, sostiene el estudio.
La Oficina para Asuntos Latinoamericanos, en la ciudad de Washington (WOLA, por sus iniciales en inglés), define a la frontera sur de México como “el ‘muro’ antes del muro”, es decir, anterior a la muralla USA-México. Además, sostiene que esta valla militarizada no se concentra únicamente a lo largo de la propia frontera sino también en la intensiva militarización del territorio meridional de México con el pretexto de impedir que los migrantes se dirijan hacia el norte. Evidencia de esta militarización es la sistemática red de vigilancia a lo largo de las autopistas, así como un aumento de los controles de seguridad en los centros urbanos. Organizaciones aztecas subrayan que, con el pretexto del resguardo migratorio, dicha militarización procura controlar a los movimientos sociales y las organizaciones indígenas, así como a la población autóctona de estados como Oaxaca y Chiapas.
Una gran cementerio denominado Mediterráneo
Aunque este informe no hace referencia directa a la Agencia de Fronteras y Costas (conocida como Frontex), es conocida su la fuerte presencia de este organismo creado para resguardar las espaldas de Europa. Una de cuyas misiones consiste en controlar las aguas del Mediterráneo y retornar a los inmigrantes a sus respectivos países de origen (https://frontex.europa.eu/language/es/).
Según el informe relacionado con el Nuevo Pacto de Migración y Asilo de septiembre del año en curso, la Comisión Europea reconoce que, en 2019, ocurrieron 142.000 cruces ilegales de fronteras. (https://ec.europa.eu/transparency/regdoc/rep/1/2020/ES/COM-2020-609-F1-ES-MAIN-PART-1.PDF).
Esta cifra ha sido ratificada por la misma Frontex en su informe exhaustivo de 120 páginas sobre sus actividades en 2019. Según los estados miembros de la Frontex, se llevaron a cabo 141.846 detecciones de cruces ilegales, lo cual representa una disminución del 4,9% con respecto a 2018 y una baja neta con respecto a 2015, año en que produjo un pico de refugiados que intentaron entrar a Europa. Ese año, la Unidad Europea contabilizó 1.800.000 detecciones. Para Frontex, el Mediterráneo es una de las áreas que exige mayor control (https://frontex.europa.eu/assets/Key_Documents/Annual_report/2019/General_Report_2019.pdf¨).
Desde hace años, organizaciones de la sociedad civil europea especializadas en el tema –y en derechos humanos—han estado enfatizando que la política migratoria excluyente de Europa es responsable de miles de muertes de migrantes, especialmente africanos, que intentan llegar a las costas del sur del continente. Y critican el “muro migratorio” que, a partir de la militarización de las aguas, se ha erguido para impedir el tránsito humano.
La Organización Mundial de Migraciones (OIM) estima que, sólo entre 2014 y 2019, unos 20.000 inmigrantes han perecido en el mar al intentar llegar a las costas europeas. El periódico español La Vanguardia realizó, en octubre del año pasado, una encuesta en línea. Preguntaba: ¿La Unidad Europea gestiona bien la crisis de los refugiados y las pateras? 96,34% de las respuestas fueron negativas.
El gran negocio fortificado
Las ONG co-autoras del informe sostienen que este incremento acelerado de muros a nivel internacional es resultado de un “complejo industrial fronterizo”, en el cual participan empresas de construcción locales y organismos gubernamentales, como el ejército.
Adicionalmente, estas murallas se complementan por una gran gama de sistemas tecnológicos –como equipos de monitoreo, detección e identificación, vehículos, aviones y armas– que las empresas militares y de seguridad proporcionan. También se utilizan sistemas autónomos y robóticos, como drones y torres inteligentes, físicamente integrados a muros y vallas o de que pueden ser operados a distancia.
La investigación conduce a grandes empresas armamentistas como Airbus, Thales, Leonardo, Lockheed Martin, General Dynamics, Northrop Grumman y L3 Technologies como las principales ganadoras de contratos relacionados con la construcción de muros fronterizos y vallas en Europa y Estados Unidos. Otras, como Elbit, Indra, Dat-Con, CSRA, Leidos y Raytheon, también son parte activa de este “mercado global de muros y vallas”.
También destaca el rol de las empresas israelíes, como Elbit y Magal Security, entre otras, que exportan servicios a nivel internacional al vender su experiencia “probada sobre el terreno” en la construcción de la extensa infraestructura de muros que ese país ha desarrollado para controlar los territorios ocupados.
Unos cuantos ejemplos ayudan a dimensionar la importancia ascendente, a nivel mundial, de esta nueva empresa de construcción de muros. “Informes recientes de investigación de mercado prevén un crecimiento anual del mercado global de seguridad fronteriza de entre 7,2% y 8,6% [llegando a] un total de entre 65-68 mil millones de dólares en 2025 (Global Reports Store, 2019). Europa se destaca por un índice de crecimiento anual previsto de 15%”, según el informe de las cuatro ONG europeas.
“Mundo amurallado. Hacia el apartheid global”, también destaca que, detrás del aumento de los muros y la industria específica que acompaña a los mismos, “se esconde una narrativa poderosa y manipuladora que se ha vuelto hegemónica”. La misma sostiene que los migrantes, en particular, “son una amenaza para el modo de vida de algunos países en vez de víctimas de políticas económicas y políticas perpetuadas y promovidas por los países más ricos para obligar a las personas a abandonar sus hogares”.
Esta narrativa utiliza el lenguaje del miedo para persuadir a las personas a que apoyen soluciones basadas en la seguridad. La narrativa del miedo y la seguridad es claramente seductora. Sin embargo, los cambios en la opinión pública, particularmente como resultado del cuestionamiento exitoso de parte de los movimientos sociales, tienen el potencial suficiente como para socavar incluso los sistemas de opresión más fuertes.
Los muros que nos dividen parecen permanentes, pero la educación y la acción política pueden derribarlos. “Es hora de una nueva ola de movilización, contra el mundo amurallado que solamente sirve a una pequeña élite y traiciona las esperanzas de la gran mayoría de la humanidad que quiere vivir con dignidad y justicia”, concluye el estudio