El legado de Rutilio Grande

Entrevista al P. Rodolfo Cardenal:

«El legado de Rutilio Grande está en no ceder ante las injusticias»

El P. Rutilio y los dos compañeros mártires

«Un jesuita que nunca olvidó, a pesar de sus viajes y estudios, el pueblo pobre donde había nacido y donde fue criado»

«Hijo de una familia disfuncional, cosa que le hizo sufrir mucho hasta provocarle una grave crisis nerviosa, con secuelas para toda la vida, entró muy joven en el seminario menor de San Salvador»

«Deseaba un clero responsable y maduro, no servil a la autoridad. Cultivó asiduamente las raíces populares de los seminaristas. Habían salido del pueblo y a él debían regresar»

«Esa opción por los pobres y su liberación de toda clase de opresión fue el motivo fundamental del asesinato»

(Vatican News).- Ahora que se cumplen 43 años de su asesinato (12 de marzo de 1977), compartimos con ustedes esta entrevista al p. Rodolfo Cardenal S.J. sobre el legado del p. Grande, realizada por Carol Cuzcano G. de la Oficina de Comunicación Institucional de la CPAL.

¿Quién era Rutilio Grande, cómo era su vida al servicio de la Iglesia y de la Compañía de Jesús?

Rutilio Grande es un jesuita que nunca olvidó, a pesar de sus viajes y estudios, el pueblo pobre donde había nacido y donde fue criado hasta su primera adolescencia. A ese pueblo volvió siendo adulto y en medio de él fue asesinado, junto con un anciano y un joven, símbolos del pueblo salvadoreño.

Hijo de una familia disfuncional, cosa que le hizo sufrir mucho hasta provocarle una grave crisis nerviosa, con secuelas para toda la vida, entró muy joven en el seminario menor de San Salvador. Luego ingresó en la Compañía de Jesús. Estudió en Quito, Oña, París, Córdoba y Bruselas. La mayor parte de su vida la dedicó a formar el clero. Durante una década fue el prefecto del seminario. A pesar de la dificultad de esa responsabilidad, se ganó el apreció de varias generaciones de sacerdotes, que luego lo tuvieron como amigo y director espiritual. Su deseo de introducir en la formación del clero las directrices del Vaticano II, su predicación profética y su papel en la actualización de la pastoral arquidiocesana, de acuerdo con el magisterio del concilio y de Medellín, hicieron que los obispos vetaran su nombramiento como rector del seminario.

«Deseaba dedicarse a la pastoral rural, en un país mayoritariamente campesino»

Entonces, decidió que, si no gozaba de la confianza del episcopado, no podía continuar en la formación del clero. En 1971 estuvo, también como prefecto, en el Colegio Externado San José de San Salvador. Pero vio que ese no es su lugar. Deseaba dedicarse a la pastoral rural, en un país mayoritariamente campesino. Antes de asumir su nuevo destino, hizo el curso de pastoral del Instituto Latinoamericano de Pastoral, en Quito.

A mediados de 1972, es nombrado párroco de la ciudad de Aguilares. Aunque él era el párroco, «el equipo misionero», tres jesuitas y un sacerdote diocesano, es clave en la labor evangelizadora. El 12 de marzo de 1977, fue asesinado, junto con dos campesinos, cuando se dirigía a celebrar misa en su pueblo natal, que formaba parte de la jurisdicción parroquial.

El P. Tilo, tal como era llamado cariñosamente, se esforzó por desterrar el clericalismo, caciquismo decía él, del clero. En esto, se adelanta al esfuerzo del papa Francisco. Deseaba un clero responsable y maduro, no servil a la autoridad. Cultivó asiduamente las raíces populares de los seminaristas. Habían salido del pueblo y a él debían regresar para servirlo.

La parroquia de Aguilares no acentuó la administración de sacramentos, sino la evangelización y la creación de comunidades. El padre Tilo soñó con una parroquia llevada por laicos, donde el ministro ordenado se limitara a la administración de sacramentos. Las duras condiciones socioeconómicas del campo estimularon la organización campesina y la lucha por sus derechos. Esto planteó la relación entre fe y política. El padre Tilo mantuvo un equilibrio difícil, agobiante en algunos momentos, razón por la cual presentó la renuncia varias veces. Pero ni el arzobispo, que confiaba en él plenamente, ni el provincial se la aceptaron.

«El P. Tilo, tal como era llamado cariñosamente, se esforzó por desterrar el clericalismo, caciquismo decía él, del clero»

El desarrollo de la organización política y la defensa de los derechos de los campesinos hicieron el padre Tilo, y la parroquia, fuera percibida por la oligarquía y el régimen militar como una amenaza para el orden establecido. Por esa razón, los acusaron de comunista. En definitiva, esa opción por los pobres y su liberación de toda clase de opresión fue el motivo fundamental del asesinato.

El padre Tilo contribuyó de manera determinante en la configuración de la pastoral arquidiocesana. La parroquia de Aguilares fue un modelo para otras parroquias, promovió y defendió las comunidades cristianas, la formación y promoción de los agentes de pastoral y la pastoral de conjunto.

Con tantos aconteceres sociales que vive El Salvador, ¿cuál es la importancia de la beatificación del P. Rutilio Grande para su pueblo?

La vida y el ministerio del padre Tilo están asociados a Mons. Romero. El ministerio del arzobispo fue posible por la labor que aquel y otros sacerdotes habían hecho. Mons. Romero transitó por los caminos abiertos por el padre Tilo. El padre Tilo representa la lucha para actualizar la Iglesia desde el concilio y Medellín. En ese sentido, fue un apóstol del magisterio conciliar y latinoamericano. Este apostolado da cuenta de su martirio. Mons. Romero aprobó su ministerio pastoral, lo reconoció como mártir y como una gracia para la Iglesia salvadoreña.

«Las duras condiciones socioeconómicas del campo estimularon la organización campesina y la lucha por sus derechos. Esto planteó la relación entre fe y política»

El martirio del padre Tilo hizo que Mons. Romero fuera más consciente de su misión profética. Su predicación se vuelve entonces más decidida, clara y fuerte. Por eso, el papa Francisco dice que el gran milagro de Rutilio Grande es Mons. Romero.

¿Cuál es el legado que deja Rutilio Grande para los jóvenes de hoy?

El legado del P. Rutilio Grande para los jóvenes consiste, a mi juicio, en no ceder ante las injusticias, las esclavitudes y las opresiones. Estos males, pecados gravísimos, deben ser combatidos para erradicarlos. Pero para combatir eficazmente el pecado de este mundo es necesario una esmerada preparación. Todos los saberes y las habilidades son necesarias para trabajar por la construcción del reino de Dios.

Rutilio Grande era uno de los impulsores de la «justicia social». ¿Qué tienen que aprender de él los jesuitas que se encuentran en proceso de formación? 

Los jóvenes en formación, y todos los jesuitas, hemos de aprender a discernir en los signos de los tiempos actuales la voluntad de Dios para actuar en consecuencia. Las injusticias, las esclavitudes y opresiones de hoy no son las mismas de los tiempos del P. Rutilio, pero igualmente dan muerte a los débiles y los vulnerables. Por eso, es necesario escrutar, discernir y actuar. También hoy es necesario bajar de la cruz a los crucificados de estos tiempos recios que corren.

La Buena Noticia del Dgo. 2º de Pascua-A

Jesús resucitado se aparece a sus discípulos

Jn 20, 19-31

El primer día de la semana, Jesús se hace presente en medio de sus discípulos y les muestra las llagas, que son las señales de su pasión. Son la prueba de que es el mismo, el que ha sufrido la pasión y la muerte, pero que ahora vive y está resucitado.

Jesús exhala su aliento sobre ellos y les dice: recibid el Espíritu Santo.  Se llenan de alegría al ver al Señor y también de una gran fuerza para dar testimonio de que el Señor vive y está resucitado entre nosotroso

TESTIGOS DE LA PALABRA

Antonio Cano: sacerdote, periodista y hombre de Dios

Había nacido en Pedroche (Córdoba) en 1939, un pueblo que amaba y al que ha dedicado su último libro ilustrado y algunos comentarios en Facebook, glosando el sacramento de las cosas pequeñas: la cortina, la ventana, los matorrales del campo, la viejecita cosiendo en la puerta de su casa. Pronto entró en los carmelitas calzados, donde pasó por diversos destinos: Granada, Jerez, Canarias. Hasta que decidió, quizás buscando mayor libertad, pasarse al clero diocesano incardinándose pastoralmente en las parroquias de San Atanasio y San Juan María Vianney de Madrid, donde  el pueblo de Dios pudo disfrutar de su corazón abierto, su compromiso con los pobres y sobre todo de esa sencillez evangélica que sin duda fue su característica más señalada.                 Fue mi sucesor en San Atanasio, en el Barrio de Tetuán donde vivía con su familia , cuando yo salí en 1983 para El Salvador como misionero diocesano. Siempre le recordamos con mucho cariño por su apertura y sensibilidad en servicio siempre de los más necesitados.                                                                                                    Hacía algún tiempo que se encontraba mal por una avanzada diabetes; vivía en una residencia y tenía dificultades para caminar. Finalmente ha sido víctima fatal de la pandemia                                                                                                                                           “Parece que el mismo Dios está detrás de la cortina -escribió-. Intuimos su silueta, porque no acaba de mostrarse del todo; se dibuja como aguardando, como deseando que pasemos y lo veamos de una vez»

DIOS, ¿VIVO O MUERTO?

Abiertas las ventanas,

ofrezco al viento

mis sufrimientos de creyente.

Tengo vivencias de Alguien.

Intuyo su realidad.

Pero no puedo comunicar lo que presiento.

Y me consta

hasta el extremo de no poder negarlo.

Dios vivo.

(Los otros Salmos, Joaquín Suárez Bautista, Sal Terrae, pág 232)

Lo que Romero dijo de Rutilio Grande

 La tumba de Rutilio es gloria de la Iglesia

 “En El Paisnal tenemos un Jesuíta mártir, su tumba es gloria de la Compañía de Jesús y es gloria de la Iglesia. Yo quiero agradecerles a la Compañía todo lo que trajeron hasta acá, a enseñar a esta gente; también a amar a Jesús y a darles un sentido de salvación, de liberación, de redención a su pobreza, a su sufrimiento.Pero el mayor sufrimiento del P. Grande sería no haber sido comprendido y que su mensaje liberador se mutilase.                                    Hagámosle honor a él recogiendo su verdadero mensaje en Cristo Jesús sin el cual no hay liberación verdadera. Cristo es el único liberador sin el cual no se puede comprender toda la esperanza que él llevaba en su corazón y la cual le hace vivir alegre en su cielo porque sabe que vendrán días mejores para estas tierras”. (Hom.5.03.1978)

Las homilías de Rutilio

Una voz que grita en el desierto

 La predicación de la Palabra de Dios: una palabra encarnada en la realidad

 La predicación de Rutilio Grande pone en contacto la Biblia con la realidad que viven los campesinos y campesinas que lo escuchan. De lo que se trata en la predicación –para quien precica y para quien escucha- no es tanto de “entender” lo que dice la Biblia. Sino lo que “dice” Dios en la realidad actual, qué nos dice Dios ahora, qué nos dice hoy mismo. Por supuesto, para entender qué es lo que está pasando, para discernir los signos de los tiempos, es insustituible la palabra de Dis que ilumina como una lámpara. Pero la cuestión, repetimos, no es quedarse admirando la belleza de la lámpara (la Biblia), sino el camino que ilumina (nuestra realidad).

Materiales para preparar la celebración en las casas:

2º PASCUA  A  20  VIRUS.

Preparar: Biblia, vela, flores

Cantos: –Alegre la mañana

-Este es el día…

-Quédate con nosotros…

Ambientación: (Quien anime o coordine la celebración)

No lo sabemos pero a lo mejor hoy es el último domingo que nos juntamos en casa para rezar porque la iglesia sigue cerrada. Ojalá que el próximo domingo ya podamos celebrar nuestra misa en la iglesia como siempre. Ojalá. ///En los primeros siglos del cristianismo, en este domingo ocurría una cosa curiosa: venían a misa tan contentos todos los que se habían bautizado en la noche del Sábado Santo, pero se les distinguía muy bien porque todos venían vestidos con una túnica blanca. La túnica que se pusieron al bautizarse. Les llamaban “neófitos” o “recién nacidos” porque habían nacido en las aguas bautismales en la noche del anterior. Ellos se sentían como personas nuevas, resucitadas con Cristo, como decía San Pablo. Nosotros no estamos vestidos de blanco pero esa misma experiencia es la que vamos a celebrar ahora. Bienvenidos a esta oración en familia. Que os encontréis a gusto y que disfrutéis. Y comenzamos: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

OREMOS:

Dios padre bueno que reanimas nuestra fe con la resurrección de tu hijo Jesús, ayúdanos a conocer cada día mejor la gracia maravillosa de nuestro bautismo, del Espíritu Santo que nos ha hecho renacer y de la sangre de Jesús que nos ha redimido. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

LECTURA.

Vamos a leer el evangelio de la misa de este domingo. Es un trozo del evangelio de San Juan. Dice así:

 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:-Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el padre me ha enviado así también os envío yo.

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado “el Mellizo” no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los discípulos le decían: -Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos; si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo. Aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente. Contestó Tomás: -Señor mío y Dios mío. Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos se han escrito para que veáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.   Palabra del Señor.

 COMENTARIO A LA LECTURA.

 “A los ocho días llegó Jesús”

Esta lectura que hemos leído ahora nos ha recordado cómo ocurrieron las cosas según las cuenta el evangelio de San Juan: dice que Jesús, el que había muerto en una cruz, se presentó vivo en una casa cuando tenían las puertas cerradas por miedo a los judíos. Allí Jesús les enseñó las heridas de las manos y del costado y dice que «los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.» Se llenaron de alegría, se pusieron contentísimos al ver que Jesús estaba vivo. Uno de sus ami­gos, To­más, porque tenía dudas, hasta metió los dedos en las llagas para comprobarlo todo. Podríamos decir que así fue Jesús recuperando a todos sus amigos que habían sufrido un golpe muy fuerte cuando vieron que a Jesús lo mataban en una cruz. Ahora lo estaban viendo vivo. Se llenaron de alegria. Pues la resurrección de Jesús puso en marcha muchas cosas bonitas en el corazón de aquellos cristianos: ir de hermanos por la vida; pasar por la vida haciendo el bien; estar siempre con las víctimas y querer a Dios como se quiere a un Padre. Y para poder vivir así, Jesús les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. Como si les dijera: “Ya sé que no vais a poder vivir así, pero yo os doy la fuerza del Espíritu Santo para que os ayude y podáis”. Pues con el Espíritu Santo en el corazón empezaba algo nuevo en la vida de aquellos hombres y mujeres. Eran personas distintas. Ese día empezaba en ellos un cambio maravilloso e imparable. Nadie los pudo parar nunca. Pues si nosotros recibimos el Espíritu de Jesús, también sentiremos que él está en nosotros infundiéndonos las ganas de hacer un mundo más justo y más humano y las ganas de tratar con inmenso cariño a los más pobres del mundo. Así reflejamos al Señor que está actuando en nosotros. No lo vemos con los ojos de la cara pero lo podemos sentir en el corazón. Su Espíritu va cada día dibujando en nosotros los rasgos bonitos de Jesús. Y desde ese momento pasaremos a ser trabajadores incansables de lo que Jesús llamaba el Reino de Dios y que no era otra cosa que el proyecto humanizador del Padre para con sus hijos queridos. Ánimo que estamos en las manos cariñosas de Dios.

(Silencio meditativo)

Oración de los fieles.

Estamos en tiempo de Pascua celebrando la Resurrección de Jesús. Pero todavía estamos haciendo esta oración en casa porque aún tenemos encima a un virus atacando a los seres humanos. Pues hoy también le pedimos al Señor que nos ayude a salir de esta crisis para que podamos celebrar felices la resurrección de Jesús. A cada petición le decimos:

-Jesús resucitado, ayúdanos.

Todos: -Jesús resucitado, ayúdanos.

 -Empezamos rezando por todos los que han muerto en esta crisis. Para que Dios los lleve a la vida de Jesús resucitado. Oremos.

-También rezamos por todos los que están enfermos y que lo están pasando muy mal. Que Dios les dé fuerzas para salir de esa enfermedad y que vuelvan otra vez a vivir felices y contentos con sus familias en sus casas. Oremos.

-También pedimos por todos los que hacen funcionar el mundo: los sanitarios, los que atienden las residencias de ancianos, los militares que desinfectaban las ciudades, los de las funerarias que llevaban los cadáveres, los que producen los alimentos y todos los que trabajan duro por los demás. Oremos.

-También pedimos por nuestro pueblo y por nuestra parroquia, para que en este tiempo de crisis vivamos con intensidad el amor a Dios y el amor a nuestros hermanos. Oremos.

-Por todos los pobres del mundo, por los refugiados, por los emigrantes y por todos los que sufren, para que Jesús resucitado nos ayude a hacer otro mundo más justo y más humano. Oremos.

-Y si queréis hacer alguna petición más …… Oremos.

Jesús resucitado: concédenos aquello que más necesitamos para poder vivir siempre como hijos de Dios. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 PADRE NUESTRO.

Estamos terminando esta oración en casa. La vamos a terminar recordando que Dios es nuestro padre que nos quiere entrañablemente porque somos sus hijos. Pues con el cariño de los hijos rezamos la oración que Jesús nos enseñó: Padre Nuestro.

Y terminamos…..

Que Dios nuestro Padre que por la resurrección de Jesús nos ha hecho hijos suyos, que hoy nos llene de sus bendiciones. Amén.

-Y ya que por el bautismo nos ha llamado a vivir en una comunidad de hermanos que es la iglesia, que por su bondad nos conceda también vivir siempre felices a su lado. Amén

-Y así como hoy nos sentimos contentos de poder celebrar la resurrección de Jesús, que hoy también sintamos en nosotros la fuerza de su Espíritu para vencer la epidemia que nos ataca. Amén.

Y que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.

Canto a la Virgen:                                                                                                          Regina coeli,  laetare, alelluia:                                                                                             quia quem meruisti portare, alleluia,                                                                       resurrexit sicut dixit, alleluia                                                                                                ora pro nobis Deum, alleluia

Podemos ir en paz… porque hemos terminado.

 

 

Marzo, mes de martirios

 

Mural en la iglesia de El Paisnal, El Salvador, en memoria del P. Rutilio Grande
Mural en la iglesia de El Paisnal, El Salvador, en memoria del P. Rutilio Grande

Héctor Dada Hirezi

“Vivimos una hora de lucha entre la verdad y la mentira; entre

 la sinceridad, que ya casi nadie la cree, y la hipocresía y la intriga.

 (…). Es una hora en que debemos tener un gran sentido de

selección, de discernimiento” (Mons. Romero, homilía del 30/7/78)

Estamos absorbidos por la pandemia del coronavirus y la vorágine de medidas para intentar mitigar su contagio en el país. Acostumbrados a pasar por alto nuestra historia, la lógica preocupación sobre el presente ha reforzado esa negativa tendencia que muchas veces nos impide ver de dónde venimos y reconocer a los personajes notables que ha producido este pueblo en los más diversos campos de la vida.

En este mes de marzo, dos aniversarios resaltan en el calendario.

El pasado 12 se cumplieron 43 años del martirio de Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemus y Rutilio Grande. Dos laicos con profunda fe en la palabra de Jesús de Nazaret y un sacerdote convencido de la verdadera naturaleza de su misión. Las balas que acabaron con sus vidas, según declara el Vaticano, fueron disparadas “por odio a la fe”, es decir por rechazo al contenido de amor, misericordia y justicia de la palabra de Jesús de Nazaret.

Solemos hablar del P. Rutilio como el personaje central de la beatificación que se celebrará dentro de un tiempo. Seguramente a él le gustaría que se resaltara el papel que Manuel y Nelson tuvieron en la tarea difícil de predicar la palabra de Dios, en un momento de tensión política y social en el que portar la biblia católica o los documentos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín (1969) era muchas veces considerado una prueba de pertenencia a la “subversión”, una comprobación en sí misma de que se trataba de alguien que estaba en contra del poder autoritario que sufría el país; y muchas veces razón suficiente para acabar con la vida de personas de fe, comprometidas con el Evangelio.

No era fácil ser miembro de comunidades de base, evangelizar, acompañar a los más desvalidos en sus demandas por condiciones más justas como lo exige la doctrina social de la Iglesia. Mucha heroicidad hubo en muchos católicos en esa época, que no acabamos de valorar adecuadamente, y que nos exige reflexionar sobre el ejemplo a seguir que nos plantea la Iglesia al decidir la beatificación de un sacerdote y dos fieles.

El P. Rutilio era un amigo de Monseñor Romero, y su martirio fue un golpe para el al arzobispo, llevándolo a una profunda reflexión sobre su labor episcopal. De ser rector del Seminario de San José de la Montaña, el sacerdote jesuita pasó a ser párroco cerca del pueblo que lo vio nacer (El Paisnal), adonde dedicó su labor pastoral a seguir fielmente el Evangelio y las líneas señaladas por el Concilio Vaticano II y Medellín, lo que se expresó – como debía ser – en un serio compromiso por la causa de los marginados por el desarrollo, por la justicia social, por la convivencia basada en el amor al prójimo y al respeto a la igualdad intrínseca de todos los seres humanos.

Efectivos de los cuerpos de “seguridad” del gobierno militar autoritario acabaron con su vida junto a la de Nelson y la de Manuel, pretendiendo con ello acallar una prédica que veían como un peligro para la mantención de un orden basado en la sumisión de los más en beneficio de unos pocos. Su pecado, ser testigos de una fe que exige no sólo adhesión de palabra sino compromiso efectivo con la justicia y el amor al prójimo.

Este 24 de marzo se cumplieron cuarenta años del martirio de Monseñor Óscar Romero. Nombrado arzobispo de San Salvador en 1977, se enfrentó a la dirección de una diócesis que durante el período de su predecesor, Monseñor Luis Chávez (notable pastor que merece más reconocimiento), había asimilado las nuevas corrientes de la Iglesia Católica, lo que llevó a este último a ser considerado contrario a los intereses de los Estados Unidos de América.

Ya como obispo de Santiago de María, Romero había sufrido el asesinato de predicadores de la palabra por cuerpos de seguridad; y había confrontado con la actitud autoritaria del gobierno.

El asesinato de su amigo Rutilio lo llevó a hacer una acción casi insólita: cerrar todas las iglesias de la arquidiócesis en día domingo y celebrar sólo las exequias de los tres mártires en la iglesia catedral.

Es evidente que ni al gobierno autoritario, ni a las élites asociadas a él, ni a muchos católicos conservadores, les pareció adecuada la acción de protesta pacífica del arzobispo. Quienes creyeron que iba a ser un dirigente religioso que dejara de lado las dimensiones de trabajo por los pobres exigidas por la palabra de Jesús, encontraron en el hecho una prueba de la futilidad de sus ilusiones. Aunque, hay que recordarlo, los insurgentes tampoco veían con buenos ojos sus llamados a no ejercer la violencia como medio prioritario para lograr objetivos políticos y sociales, ni sus prevenciones contra lo que llamaba la deificación de la organización y la ideología por encima de las básicas normas de relaciones entre seres humanos.

Tres años de arzobispo fueron suficientes para que Monseñor Romero dejara una huella indeleble en el país que tanto amó, y en la Iglesia a la que se entregó. Y también fuera de ella, sean diversas denominaciones protestantes u organizaciones laicas que continúan recordando su palabra y su sentido de compromiso.

Una bala asesina le cortó la vida mientras celebraba una misa de difunto en la capilla del hospital de cancerosos en el que vivía. Los que decidieron matarlo – en diversos juicios se ha concluido que el autor material fue un escuadrón de la muerte dirigido por el mayor en retiro Roberto D’Abuisson, detrás del cual había seguramente otros actores – creyeron que eliminando a quien denunciaba sus atrocidades provocarían un temor inmovilizador en la ciudadanía, permitiéndoles así desarrollar impunemente el plan de contrainsurgencia que el gobierno de los Estados Unidos de América había impuesto al país. Se le asesinó como rechazo no sólo a su persona, sino sobre todo a la visión que practicaba sobre la forma de encarnar en el mundo la palabra de Jesús.

Cuarenta años han pasado y muchas cosas han cambiado. Pero hay algo que sigue presente: la injusticia social que implican las políticas económicas que se aplican, la falta de oportunidades para que las mayorías logren una vida con dignidad. Su palabra sigue teniendo mucha vigencia, más aún cuando la generación del odio y el insulto han vuelto a ser la línea central de la “nueva” forma de gobernar.

Al santo no lo agradamos con el simple culto estático, o con reconocimientos personales, que él rechazaba con contundencia (no me llamen excelencia, decía en una homilía, sino simplemente católico). Hay que traer al mundo de hoy su mensaje. Y ahora que muchos, sobre todo jóvenes, rechazan el compromiso con la realidad social y política, debemos recordar uno de sus llamados: “Hermanos, en nombre de Cristo, ayuden a esclarecer la realidad, busquen soluciones, no evadan su vocación de dirigentes. (…) Hoy la patria necesita sobre todo la inteligencia de ustedes (…) no con métodos o místicas ineficaces de violencia, sino con verdadera, auténtica, liberación” (Ahora imagino que diría no con métodos de generación de odio y de rechazo a los demás).

Recordemos a los tres beatos y al santo poniendo sobre la mesa su sentido del compromiso, la coherencia entre la palabra y la obra. No los convirtamos en simples adornos de iglesias.

  1. D.: Hace pocos días falleció don Javier Pérez de Cuéllar. Salvo artículos de algunos que lo conocieron, ni el ejecutivo ni la Asamblea Legislativa hicieron acción alguna para honrarlo, pese al papel fundamental que tuvo en el logro del cese del conflicto armado cuando era Secretario General de la ONU. Valga este simple recordatorio para agradecer el compromiso con la paz en el mundo, y especialmente en El Salvador, de este gran peruano

 

No hay Romero sin Rutilio

 «Rutilio Grande decía que Dios no está en las nubes  acostado en una hamaca»

«Mucho me temo, mis queridos hermanos y amigos, que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán entrar por nuestras fronteras. Nos llegarán las pastas nada más, porque todas sus páginas son subversivas…», dijo en su célebre sermón de Apopa

«“Si le han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”, fue el comentario de monseñor Romero, arzobispo de San Salvador y amigo de Rutilio, ante los cadáveres de los tres asesinados»

18.03.2020 Juan José Tamayo

El 12 de marzo de 1977 el jesuita Rutilio Grande, de 48 años, y los campesinos Manuel Solórzano, de 72 años, y Nelson Rutilio Lemus, de 16 años, fueron objeto de una emboscada por parte de una unidad de la Guardia Nacional de El Salvador, que ametralló el vehículo en el que viajaban los tres ocupantes y los asesinó a sangre fría cuando se dirigían a la población del Paisnal, donde había nacido Rutilio, para celebrar la eucaristía. Los primeros testigos del asesinato fueron los campesinos de Aguilares, de donde era párroco Rutilio, que encontraron los tres cuerpos “llenos de balas”.

Rutilio, Manuel y Nelson se convertían así en los protomártires de la persecución desatada por los militares y los sucesivos gobiernos salvadoreños apoyados por la oligarquía y, a partir de 1980, por los Estados Unidos, contra la Iglesia popular salvadoreña. Persecución que se prolongó durante casi tres lustros y provocó, entre muchos asesinatos, los de monseñor Romero y las cuatro religiosas norteamericanas en 1980 y de los seis jesuitas y dos mujeres en 1989. 43 años después de aquel asesinato va a tener lugar la beatificación de los tres protomártires de Aguilares.

Rutilio Grande nació en la pequeña población del Paisnal en 1928. Ingresó en el seminario de San José de la Montaña, de San Salvador, en 1941 y unos años después entró en la Compañía de Jesús. Estudió en la Facultad de Teología de los Jesuitas de Oña (Burgos, España), donde fue ordenado sacerdote en 1959. Fungió como formador del Seminario de San José de la Montaña y posteriormente como párroco de Aguilares.

Rutilio Grande y sus compañeros asesinados, en un cartel

Fue en Aguilares donde Rutilio hizo la opción radical por los colectivos campesinos empobrecidos, contribuyó a su concientización en la defensa de sus derechos en un lugar donde la tierra estaba en manos de unos pocos terratenientes y la mayoría de la población vivía en una situación de miseria. Fue allí donde redescubrió a Dios en medio de la marginación.

“Dios –acostumbraba a decir en sus sermones- no está en las nubes acostado en una hamaca. A él le importa que las cosas les vayan mal a los pobres por aquí abajo”. A partir de la experiencia del Dios de los pobres y de un análisis crítico de la realidad, animó a los campesinos a organizarse y a reclamar sus derechos. En dicha tarea contó con el apoyo de otros sacerdotes de la zona, entre ellos al padre colombiano Mario Bernal.

La reacción de los terratenientes no se hizo esperar. Acusaron a los sacerdotes de subversivos y de alterar el orden social. El sacerdote colombiano Mario Bernal, ya citado, párroco de Apopa, fue detenido, encarcelado, torturado y posteriormente expulsado del país por el Gobierno. El 13 de febrero de 1977 tuvo lugar una manifestación popular de protesta contra la expulsión del sacerdote colombiano, a la que siguió una eucaristía en la que Rutilio Grande denunció a los responsables de tamaña persecución contra la Iglesia de los pobres en una homilía conocida como el “Sermón de Apopa”:

“¡Es peligroso ser cristiano en nuestro medio! –dijo-. ¡Es peligroso ser verdaderamente católico! Prácticamente es ilegal ser cristiano auténtico en nuestro país… ¡Ay de ustedes, hipócritas, que del diente al labio se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia de maldad! ¡Son Caínes y crucifican al Señor cuando camina con el nombre de Manuel, con el nombre de Luis, con el nombre de Chabela, con el nombre del humilde trabajador del campo!…

«¡Ay de ustedes, hipócritas, que del diente al labio se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia de maldad!», denunció en su homilía

“Mucho me temo, mis queridos hermanos y amigos, que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán entrar por nuestras fronteras. Nos llegarán las pastas nada más, porque todas sus páginas son subversivas… Mucho me temo, hermanos, que si Jesús de Nazaret volviera, como en aquel tiempo, bajando de Galilea a Judea, es decir, desde Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría, con sus homilías y acciones, en este momento, hasta Apopa.

“Yo creo que lo detendrían allí, a la altura de Guazapa. Allí lo pondrían preso y a la cárcel con él. Se lo llevarían a muchas Juntas Supremas por inconstitucional y subversivo. Al hombre-Dios, al prototipo de hombre, lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, de enredador de ideas exóticas y extrañas, contrarias a la ‘democracia’, es decir, contrarias a la minoría. Ideas contrarias a Dios, porque lo son del clan de Caínes. Sin duda, hermanos, lo volverían a crucificar” (puede leerse el texto completo de esta homilía en Carta a las Iglesias, año 17, n, 371, 1-15 de febrero).

Coincido con Martin Maier, autor de Oscar Romero. Mística y lucha por la justicia, prologado por Jon Sobrino (Herder, Barcelona, 2005), en que con esta homilía Rutilio Grande firmó su sentencia de muerte. “Si le han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”, fue el comentario de monseñor Romero, arzobispo de San Salvador y amigo de Rutilio, ante los cadáveres de los tres asesinados, momento en el que, a mi juicio, se produjo su “conversión” a la Iglesia de los pobres.

A partir de ese momento Romero decidió no participar en acto alguno del Gobierno de El Salvador mientras no se investigara el crimen y no dejó de levantar su voz profética contra el Gobierno y contra la clase dominante, que quiso comprar su libertad de expresión con todo tipo de prebendas. El domingo 20 de marzo suspendió todos los servicios religiosos de la archidiócesis y celebró una sola misa delante de la catedral, a la que asistieron decenas de miles de personas.

Monseñor Romero reconoció que en Aguilares “se inició un movimiento atrevido de un evangelio más comprometido”. Presentó a Rutilio como “un peregrino campesino” y “hermano entre los pobres”, que encarnó a “un Cristo que es persecución…, enfermedad…, con su cruz a cuestas” y lo definió como “nuestro primer mártir”, que murió por defender la vida de los pobres.

Próxima la celebración del 40 aniversario del asesinato de monseñor Romero –el 24 de marzo- y cercana la fecha de la beatificación de Rutilio Grande, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, reconocidos como mártires, el papa Francisco ha calificado a Romero y a Rutilio de “un tesoro y una fundada esperanza para la Iglesia y la sociedad salvadoreña”.

Las homilías de Rutilio

Una voz que grita en el desierto

(Tomado de M. Cavada en CMR-UCA, Nº 10)

Con el propósito de conocer mejor la enseñanza de Rutilio Grande, el propulsor de la evangelización rural en El Salvador, y prepararnos a su próxima beatificación, voy a recoger algunos extractos de sus homilías recogidos por Miguel Cavada en el CMR nº 10 de la UCA, El Salvador.

Iniciaré el 24 de marzo en honor a Mons Romero, quien se inspiró mucho en él, y después todos los domingos hasta el 3 de mayo en la Página de Pastoral bíblica del Blog  www.unassemillitas.wordpress.com

 

       Las homilías de Rutilio

Una voz que grita en el desierto

1.  Cuando leer la Biblia era un riesgo

 Hoy abundan las predicaciones de la Biblia, pero algo falla y se trata de algo esencial: se lee y se habla de la Palabra de Dios pero “no se toca la realidad”, no se iluminan los problemas cotidianos que afligen a la gente. Como el sacerdote y el levita de la parábola, “damos un rodeo”, para evitar al herido. Tenemos la Biblia tan pegada a nuestros ojos que no vemos, o no queremos ver, lo que sucede a nuestro alrededor. Nos negamos a aceptar que que en el suelo está postrado el pueblo.

Mons. Romero calificó a ciertas predicaciones de su tiempo con estos calificativos: “predicación desencarnada, espiritualista, a veces hasta embustera y mentirosa” (16 de julio de 1978).

Lo mismo podemos decir de la mayoría de las predicaciones de hoy: son mensajes espiritualistas, que se quedan en las nubes y, cuando aterrizan, lo hacen para caer en un moralismo trasnochado y conservador. Pero nada de eso es casual. Si se impone este nuevo estilo de predicación es porque interesa echar tierra sobre la verdad.

Hace 25 años no era así. Llevar una Biblia debajo del brazo podía costar la vida.        De hecho hubo campesinos y campesinas asesinados por los cuerpos de seguridad por el simple hecho de llevar la Biblia latinoamericana. Y no es cualquier circunstancia, sino en el campo y en los suburbios de la ciudad, es decir, allí donde los pobres se reunían y organizaban su fe en comunidades cristianas y donde se leía la Biblia conectada con la realidad.

 

San Oscar Romero, obispo, profeta y mártir

El 24 de marzo: Fiesta de San Oscar Romero, obispo, profeta y mártir

San Romero de América, mártir de la justicia.
San Romero de América, mártir de la justicia.

San Romero de América, obispo, profeta y mártir, se entrañó con su pueblo. Cuando digo “pueblo”, digo la multitud, la mayoría condenada a la miseria por el poder y el lucro de unos pocos. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de su pueblo fueron sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias. La cruz de su pueblo fue su cruz. La pascua de su pueblo, la suya. Es un modelo, afable y firme, de la mística del pueblo, de la espiritualidad de las Bienaventuranzas. Pero no siempre lo fue. Tuvo que convertirse al Espíritu de Jesús, el Espíritu de Medellín y de las comunidades eclesiales de base.

Era hijo del pueblo humilde, sometido a las fuerzas armadas y/o a la oligarquía terrateniente –14 familias dueñas de casi todas las tierras y riquezas– respaldadas siempre por el capital y las armas de los Estados Unidos del Norte. Hijo de un pueblo hambriento de pan y libertad, que se debatía entre la desesperación resignada y la violencia armada, igualmente desesperada, contra la violencia primera, la violencia institucionalizada del poder y del dinero, la más asesina. Era, también hay que decirlo, hijo sumiso de una institución eclesiástica alienada, alienante, dedicada a sus rezos y mandamientos, aliada de los grandes, olvidada de las Bienaventuranzas revolucionarias del profeta galileo.

Fue un sacerdote, un párroco, un obispo bueno: austero, caritativo y piadoso. Ayudaba a los pobres y los acompañaba cuanto podía. Pero aún ignoraba las causas del hambre y del conflicto armado que asolaban el país. “A los pobres les aliviaba sus problemas y a los ricos su conciencia” (José Manuel Mira). Dios había hecho pobres a los pobres para ganar el cielo con su pobreza, y ricos a los ricos para ganar el mismo cielo con sus limosnas. Cada uno en su sitio. Eso era la paz.

Es lo que le habían enseñado, y es lo que él enseñó y practicó durante años, a pesar de la “opción preferencial por los pobres” proclamada por los obispos latinoamericanos en Medellín en 1968, a pesar de las numerosas comunidades eclesiales de base y de los muchos sacerdotes, de los jesuitas Rutilio Grande, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino y de tantos otros religiosos en los que había prendido el fuego de Jesús, el Espíritu y la teología de la liberación.

Los hechos y la vida, sin embargo, le fueron enseñando otra cosa, y él se dejó enseñar. Se fue convirtiendo a la verdad de la realidad, a los dolores y sueños del pueblo. El 12 de marzo de 1977 los escuadrones de la muerte mataron a su amigo jesuita Rutilio Grande junto con dos laicos: Manuel, de 72 años, y Nelson Rutilio, de 16. En cuanto lo supo, Monseñor Romero, ya arzobispo de San Salvador, acudió al templo donde descansaban los tres cuerpos acribillados. Permaneció un largo rato contemplando, ésta es la palabra, en el cadáver de Rutilio a Dios o la Realidad en el pueblo crucificado. Se le cayeron las vendas, se le abrieron los ojos del todo y todo lo vio de otra forma, como Ignacio de Loyola junto al río Cardener en Manresa: Todas las cosas le parecieron nuevas. Como Jesús junto al lago Genesaret de Galilea: Al desembarcar, vio un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas (Marcos 6,34), cosas de vida o muerte. Dadles vosotros de comer, dijo Jesús a sus discípulos, que a gusto se hubieran quedado en la barca con Jesús. Pero Jesús no se quedó.

En el cuerpo de Rutilio veía Monseñor Romero la injusticia flagrante, del fondo de sus heridas le llegaba el grito de los pobres. Tocaba tierra en la otra orilla. Por fin, rompiendo su largo silencio, solo dijo: Si lo mataron por hacer lo que hacía, me toca a mí andar por su mismo camino. Todo se revelaba.

Desembarcó. Optó. Vio, juzgó y actuó. Denunció sin cesar los abusos del poder. Condenó la violencia de los pobres, la guerrilla de los desesperados, pero sobre todo la guerra de los poderosos y la causa principal de toda violencia: la injusticia, la desigualdad, el hambre. Por comprensible que fuera la opción armada frente a las armas del poder, ¿era la opción más humana? Nuestra especie lleva trescientos mil años, desde su origen, empeñada en vano en lograr la justicia y la paz a través del poder violento en sus infinitas formas: individuos contra individuos, tribus contra tribus, pueblos contra pueblos, imperios contra imperios. Empresas contra empresas, iglesias contra iglesias, religiones contra religiones, el hombre contra la mujer, todos contra todos. La ley del más fuerte. Pero ¿la fuerza violenta es acaso la más poderosa? ¿La violencia del corazón y de las armas puede ser camino de esperanza?

San Romero anunció una esperanza rebelde y no violenta. Lo dijo Jesús: Bienaventurados los pobres porque dejaréis de serlo. Bienaventurados los pacíficos, porque poseeréis la tierra. Una esperanza pacífica y activa, fundada en la confianza en Dios o en la Bondad Creadora, en el pueblo, en el ser humano, en sí mismo. Una confianza capaz de trasladar montañas. Una esperanza valiente y arriesgada. La esperanza de Jesús, la esperanza de los profetas, la esperanza más profunda del pueblo salvadoreño.

El profeta Romero tuvo que pagar, eso sí, el precio de la esperanza profética, como Gandhi y Luther King, como Rutilio Manuel y Nelson, como luego Ignacio Ellacuría junto con otros cinco jesuitas, y Elba y Celina con ellos. Al igual que Jesús, él también lo presentía, pero no lo temía, estaba dispuesto a todo. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado por un francotirador a las órdenes de un alto militar, mientras celebraba la eucaristía en un hospital. Dos semanas antes había declarado: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Y de antemano perdonó a su asesino. Con el último aliento resucitó del todo.

Nosotros todavía no. Nuestro pobre mundo y nuestra pobre Iglesia y todas las religiones viven una gran crisis espiritual: crisis de respiro, de comunión planetaria de todos los pueblos, de fraternidad-sororidad de todos los vivientes. Necesitamos testigos como San Romero. Testigos creyentes o laicos del Aliento Vital, del Espíritu subversivo y consolador. Romero de Jesús y de América, camina con nosotros

Tomado de “Una espiritualidad del pueblo”
Escrito en este Blog el 17.03.2019 | José Arregi